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The Times of Israel, The Times of Israel – 2026

The Times of Israel

Por Julián Schvindlerman

  

When Heroes Fear Being Blamed – 05/10/26

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By Julian Schvindlerman
The Times of Israel – 5/10/2026

https://blogs.timesofisrael.com/when-heroes-fear-being-blamed

A headline in the Times of Israel on October 4 is remarkably revealing of Israeli self-awareness. It read: “New footage shows Israeli passengers filming aftermath of flydubai attack for fear of arrest in Saudi Arabia”. The article reported:

“New footage from aboard flydubai Flight 1073 shows Israeli passengers who subdued the Omani terrorist worrying that they could be arrested and blamed for the violence upon landing in Saudi Arabia, Channel 12 reports […] Dr. Shota Musayev, one of the Israeli passengers who helped overpower the attacker, urges the others to document what happened, fearing Saudi authorities would not believe their account when they landed […]”.

It is an interesting psychological inversion that illustrates the psyche, perhaps the collective one, of Israelis who exercise self-defense and fear being blamed for it. The facts are well known: an Islamist Omani co-pilot tried to crash a plane full of Israelis, but he was neutralized in time by his intended victims. And yet, after averting disaster (with due credit also to the pilots who successfully landed the aircraft), they felt no relief. They were left uneasy at the prospect of being accused themselves of having been the aggressors.

This episode reflects a dynamic that is indeed at play on the broader stage of geopolitics, diplomacy, the press and Israel’s relationship with the entire world. The events of October 7, 2023 laid it bare with painful clarity. Israel suffered an inconceivably sadistic act of aggression, the most traumatic attack in its history (a history not devoid of atrocities), the worst attack on Jews since the Holocaust (a terrible benchmark). After only a few days of false international sympathy, as soon as Israel mounted its defense, it was widely punished.

The greater the effort its army made to protect the lives of the population of an enemy entity ruled by jihadists, the greater the unfounded accusations against it. The genocide libel is especially grotesque in light of Israel’s unprecedented actions, in the history of warfare, to protect civilians in hostile territory. Israel sent millions of text messages, made millions of phone calls and dropped millions of leaflets in Arabic urging civilians to leave combat zones. It coordinated the administration of a million polio vaccines to Gazans, allowed sick children to leave for hospitals in the UAE, and delivered some two million tons of food into Gaza. Something similar happened with the slanders about collective punishment, famine and collateral damage, among others.

It is sadly logical, then, that Israelis who defend themselves against aggression should expect to be accused of aggression themselves, whether on an Emirati plane or in Gaza. That is the suspicion the world has taught them to expect. This has been happening since 1967; over time it has worsened, and it has now hardened into the prevailing narrative on a global scale. This may have forged a collective consciousness in Israel shaped by decades of accusations. As a result, Israelis who had just saved some one hundred and eighty people, most of them compatriots, felt compelled to film the scene as proof that they were the innocent party, the victims of the foiled attack, and not the perpetrators.

Nearly four centuries ago, Thomas Hobbes warned in Leviathan that having done someone more harm than one can or will expiate inclines the doer to hate the one who suffered it. Few observations better explain why, in Israel’s case, guilt does not stay with the aggressor but migrates to the victim. This is how we come to understand why Israelis who had just prevented a massacre in the air felt they had to justify their actions. Those videos are a tragic metaphor for our twisted times.

Version en Español:

Cuando los héroes temen ser culpados

Un titular del Times of Israel del 4 de octubre último es notablemente revelador de la autoconciencia israelí. Decía: “Nuevas imágenes muestran a pasajeros israelíes grabando las secuelas del ataque en un vuelo de flydubai por temor a ser arrestados en Arabia Saudita”. El artículo informaba:

“Nuevas imágenes grabadas a bordo del vuelo 1073 de flydubai muestran a los pasajeros israelíes que redujeron al terrorista omaní expresando su preocupación por la posibilidad de ser arrestados y responsabilizados de la violencia al aterrizar en Arabia Saudita, según informa el Canal 12 […] El Dr. Shota Musayev, uno de los pasajeros israelíes que ayudó a neutralizar al atacante, insta a los demás a documentar lo sucedido, temiendo que las autoridades saudíes no creyeran su versión de los hechos al aterrizar […]”.

Es una inversión psicológica interesante que ilustra la psiquis -colectiva quizás- de los israelíes que ejercen la autodefensa y temen ser culpados por ello. Los hechos son conocidos: un copiloto omaní islamista intentó estrellar un avión repleto de israelíes, pero fue neutralizado a tiempo por las víctimas-objetivo. Sin embargo, tras evitar el desastre (crédito debido también a los pilotos que aterrizaron con éxito la aeronave), no sintieron alivio. Quedaron inquietas ante la perspectiva de ser acusadas ellas mismas de haber sido los agresores.

Este hecho refleja una dinámica que efectivamente está en juego en el plano más amplio de la geopolítica, la diplomacia, la prensa y la vinculación de Israel con el mundo entero. Los acontecimientos del 7 de octubre de 2023 lo han puesto de manifiesto con dolorosa claridad. Israel sufrió una agresión sádica inconcebible, el más traumático ataque en su historia (no exenta de atrocidades), el peor atentado contra judíos desde el Holocausto (una vara terrible), y tras apenas unos pocos días de falsa piedad internacional, ni bien Israel montó su defensa fue ampliamente castigado.

Cuanto mayor fue el esfuerzo que su ejército hiciera para proteger las vidas de la población de una entidad enemiga gobernada por yihadistas, mayores fueron las acusaciones infundadas en su contra. El libelo del genocidio es especialmente grotesco a la luz de las acciones israelíes sin precedentes en la historia de las contiendas bélicas en lo relativo a la protección de civiles en territorio hostil. Israel envió millones de mensajes de texto, hizo millones de llamadas telefónicas y lanzó millones de panfletos en árabe instando a los civiles a que abandonaran las zonas de combate. Coordinó la administración de un millón de vacunas contra la polio a los gazatíes, permitió la salida de niños enfermos hacia hospitales en EAU y repartió alrededor de dos millones de toneladas de alimentos en Gaza. Algo similar ocurrió con las difamaciones a propósito de castigos colectivos, hambrunas y daños colaterales, entre otras.

Es tristemente lógico, entonces, que israelíes que se defiendan de una agresión consideren que ellos mismos serán acusados de agresión; sea en un avión emiratí o en Gaza. Esa es la sospecha que el mundo les ha enseñado a esperar. Esto viene sucediendo desde 1967, con el tiempo se ha agravado y ahora se ha consolidado como narrativa preeminente a escala global. Ello puede haber forjado una conciencia colectiva en Israel moldeada por décadas de acusaciones. Como resultado de ello, unos israelíes que acababan de salvar a alrededor de ciento ochenta personas, mayormente compatriotas, se vieron compelidos a filmar la escena como evidencia probatoria de que ellos eran la parte inocente, las víctimas del ataque frustrado, y no los perpetradores.

Hace casi cuatro siglos, Thomas Hobbes advirtió en el Leviatán que haber hecho a alguien más daño del que se puede o se quiere expiar inclina a quien lo hizo a odiar a quien lo sufrió. Pocas observaciones explican mejor por qué, en el caso de Israel, la culpa no se queda con el agresor, sino que migra hacia la víctima. Así se entiende que unos israelíes que acababan de evitar una masacre en el aire sintieran que debían justificar sus acciones. Esos videos constituyen una metáfora trágica de nuestros tiempos retorcidos.

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Por Julián Schvindlerman

  

A 50 años de la Operación Entebbe – 04/07/26

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Por Julián Schvindlerman
Perfil – 04/07/2026

https://www.perfil.com/noticias/elobservador/a-50-anos-de-la-operacion-entebbe.phtml

«Me encuentro en una etapa crítica de mi vida, atravesando una profunda crisis interna que lleva mucho tiempo perturbando mi marco de referencia (…). Estoy cansado la mayor parte del tiempo, pero eso es solo una parte del problema: he perdido esa chispa vital para cualquier logro, la chispa de la alegría creativa, de la renovación personal, del renacimiento”. Así escribía Jonathan Netanyahu su última carta a su novia Bruria, el 29 de junio de 1976. “Sí, estoy pasando por un momento muy difícil, como pocas veces en mi vida».

Tal el estado de ánimo del hombre que, apenas cinco días después, estaría liderando a más de cien comandos en el operativo de rescate más extraordinario en la historia de Israel. Concluía su última carta de un modo que, en retrospectiva, se ve trágico: “Confío en ti, en mí, en ambos, para vivir nuestra juventud al máximo: tú, para vivir tu juventud y tu vida, y yo para vivir mi vida y el destello de mi juventud. Todo saldrá bien”. Pero no todo salió bien. Jonathan, como se lo conoce comúnmente, murió abatido en Uganda el 4 de julio de aquel año.

La historia fue contada mil veces: en libros, artículos, documentales, películas de ficción, entrevistas a los protagonistas. Y aun así no deja de asombrar, incluso ahora, cinco décadas después.

El 27 de junio de 1976, dos terroristas palestinos junto a dos alemanes secuestraron un avión de Air France con 248 pasajeros a bordo. El avión fue desviado de su ruta hacia Libia primero y Uganda, después, donde fueron alojados en un viejo aeropuerto. Retuvieron a 106 de ellos –los israelíes y judíos– y dejaron ir en tandas a los restantes 142 pasajeros de otras religiones y nacionalidades. Notablemente, los doce miembros de la tripulación eligieron permanecer junto a los rehenes. Los secuestradores reclamaron una recompensa de cinco millones de dólares y la liberación de 53 terroristas, mayormente palestinos, cuarenta de los cuales estaban encarcelados en Israel. Amenazaron con ejecutar a los rehenes si sus exigencias no eran cumplidas.

Tomados por sorpresa, los líderes políticos y militares de Israel tuvieron unos pocos días para decidir y planificar una operación de rescate a cuatro mil kilómetros de distancia en territorio enemigo. Algunos frentes fueron insólitos. Contemplaron cruzar en botes el lago Victoria próximo al aeropuerto africano, pero descartaron ello tras advertir que estaba lleno de cocodrilos. Se les ocurrió acercarse al aeropuerto en un auto similar al que usaba Idi Amín para engañar a los soldados que custodiaban la entrada. Pero conseguir un Mercedes-Benz en el Israel austero de mediados de la década de 1970 fue un desafío mayúsculo. Lo encontraron y lo pintaron de negro sin saber que el presidente ugandés había pasado a usar un Mercedes-Benz blanco dos días antes del operativo. Jugó a favor que una empresa israelí había construido el aeropuerto de Entebbe y así obtuvieron los planos. Asimismo, los rehenes liberados aportaron información valiosa. El tiempo apremiaba de tal modo que los aviones con los comandos a bordo partieron rumbo a Uganda cuando el gabinete todavía no había aprobado la misión. Debieron volar eludiendo los radares de países hostiles, aterrizar en un país africano en plena noche, eliminar a los terroristas junto a docenas de soldados ugandeses que custodiaban el aeropuerto, y regresar a Israel con la mayor cantidad de rehenes vivos y sin bajas en las propias filas. Y lo lograron.

Tristemente, tres rehenes murieron en el fuego cruzado, otra rehén fue asesinada por el vengativo presidente ugandés Idi Amín, quien, humillado por la destreza israelí, se desquitó con una anciana judía hospitalizada. Entre los comandos israelíes, dos resultaron heridos; uno de ellos quedó paralizado de por vida. Y uno murió durante el operativo: el líder, Jonathan Netanyahu, abatido por un francotirador ugandés situado en la torre de control. “Fue el primero en ir, el primero en caer”, informó su subalterno Muki Betser al entonces ministro de Defensa de Israel, Shimon Peres, al aterrizar en Tel-Aviv.

El 6 de julio Peres brindó una elegía por el valiente militar caído en combate, a los treinta años de edad: “¿Qué cargas no pusimos sobre los hombros de Jonathan y sus camaradas? La tarea más difícil de las Fuerzas de Defensa de Israel, la más audaz de sus operaciones. Misiones lejos de casa y cerca del enemigo, la oscuridad de la noche, la soledad del guerrero, la lucha contra lo desconocido y los peligros que se repiten tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra”. Habiendo conversado con Jonathan personalmente los preparativos del plan, Peres lo recordó con estas palabras: “El momento más difícil de esta noche de heroísmo se produjo cuando llegó la amarga noticia de que una bala había destrozado el joven corazón de uno de los mejores hijos de Israel, uno de los guerreros más valientes de Israel, uno de los comandantes más prometedores de las Fuerzas de Defensa de Israel: el magnífico Jonathan Netanyahu”.

Peres no estaba tan solo siendo amable en un momento de duelo. Jonathan Netanyahu había sido condecorado por su bravura en el campo de batalla en previas guerras del país. Se había destacado también durante sus estudios académicos en Harvard y en la Universidad Hebrea de Jerusalem, los cuales abandonó para dedicarse a la carrera militar. Miles de compatriotas asistieron a su funeral.

En 1980 se publicaron las cartas personales de Jonathan, cubriendo un período de trece años, desde su adolescencia hasta su temprana muerte. Son unas 330 cartas reunidas por sus hermanos menores, Iddo y Benjamín (actual primer ministro), y publicadas en hebreo primero. Tengo un ejemplar en mi biblioteca que corresponde a la edición inglesa con el título “Self-Portrait of a Hero: From the Letters of Jonathan Netanyahu, 1963-1976”. Aunque inicié este artículo con citas sombrías de la última carta contenida en este libro, Jonathan aborda una gama de temas que incluyen el destino de Israel, la amenaza del terrorismo, el rol del líder, el sentido del deber en contraposición al anhelo de una vida civil normal, el significado de la existencia, la soledad y otros conflictos internos, así como preocupaciones intelectuales varias.Quedaron afuera descripciones de sus operaciones como comando de élite. Por ejemplo, una incursión una noche de Beirut en 1973 para enfrentar a terroristas palestinos involucrados en el asesinato de atletas israelíes en las Olimpíadas de Múnich del año previo.

Sus cartas trascienden lo meramente personal, al ofrecer una ventana al pensamiento de un oficial israelí de élite durante una época decisiva de la historia nacional: la posguerra de 1967, la Guerra de Yom Kipur de 1973 y la internacionalización del terrorismo palestino a partir de la década de 1970. En un sentido, su retrato es generacional. No obstante, aunque las misivas tienen valor histórico, siguen siendo cartas personales y es a Jonathan a quien conocemos a través de ellas.

Es inevitable referir a esta reflexión suya a sus diecisiete años de edad. En una carta fechada 23 de mayo de 1963, enviada a su amiga Rina, Jonathan cita el extracto de un poema de Rudyard Kipling que exhibe su voluntad de aprovechar al máximo cada instante en esta vida: “Si puedes llenar cada minuto implacable con sesenta segundos de distancia: corre. Tuya es la Tierra”.

Jonathan corrió durante el resto de su corta vida. En un sentido premonitorio, en el penúltimo párrafo de esa carta escribió: “La muerte; eso es lo único que me inquieta. No me asusta, despierta mi curiosidad (…). No le temo porque le doy poco valor a una vida sin propósito. Y si tuviera que sacrificar mi vida para alcanzar su objetivo, lo haría de buena gana”.

Esto no debe confundirse con un mensaje de glorificación de la muerte heroica que a menudo se asocia con su figura a partir del desenlace de Entebbe. A pesar de haber protagonizado una de las operaciones militares más célebres del siglo XX y de haber caído en combate, Jonathan insistió en que el valor de la vida depende del propósito que la orienta. Su reflexión sobre la muerte era, en cierto sentido, la contracara de una preocupación más profunda por el significado de la existencia. La pregunta que atraviesa muchas de sus cartas no es cuánto tiempo vive una persona, sino para qué vive. En esa misma misiva, de hecho, anota: “Pero el hombre no vive para siempre, y debería aprovechar al máximo los días de su vida”. En vez de “romantizar” el martirio, apostó por la vida asumiendo riesgos extraordinarios en fidelidad a sus principios.

Las cartas de Jonathan Netanyahu revelan, ante todo, a un joven en búsqueda de un propósito. También muestran una personalidad excepcionalmente reflexiva para su edad. Lejos de la imagen unidimensional del héroe militar que la memoria pública terminó consagrando, emerge una personalidad compleja e introspectiva. Su muerte en Entebbe otorgó inevitablemente una dimensión simbólica a sus escritos. Sin embargo, el valor filosófico de estas cartas yace en otro lugar: mucho antes de convertirse en un símbolo nacional israelí, Jonathan dedicó buena parte de su breve existencia a meditar sobre cuestiones fundamentales.

“Self-Portrait of a Hero” pertenece a esa categoría infrecuente de libros en los que la fuente primaria resulta más fascinante que la leyenda posterior. En muchos personajes históricos sucede lo contrario. Con el paso del tiempo, las biografías –adulatorias, lapidarias o controversiales– terminan eclipsando al individuo real, transformándolo en personaje.

No con Jonathan Netanyahu. Sus cartas nos permiten acceder a su voz de manera directa, sin el filtro de intérpretes. Una voz inteligente y sensible que, varias décadas después de haberse expresado, conserva intacta su capacidad de interpelar.