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Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Obama y el medio oriente – 06/04/09

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El mensaje nodal de la campaña que llevó a Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos se centró en el cambio y en la esperanza. Fiel a la promesa, al poco tiempo de asumir funciones, la flamante Administración Obama publicitó anuncios y adoptó decisiones que, en lo referido al Medio Oriente al menos, parecieran estar orientadas a tomar rápida distancia del legado de George W. Bush.

El anuncio de la retirada gradual de las tropas apostadas en Irak, el refuerzo de recursos hacia Afganistán, la declaración a favor del cierre de la cárcel en la Bahía de Guantánamo, la disposición a incorporar a Irán en una cumbre mundial sobre Afganistán, y el envío de dos emisarios estadounidenses a Damasco, pueden verse como manifestaciones de la nueva orientación. Indicios de cambio de política pueden verse también en los dos ofrecimientos insinuados por la nueva Casa Blanca a Teherán y a Moscú. Al primero, en un muy público mensaje hecho por el propio presidente al régimen iraní, y al segundo mediante la sugerencia de que Washington estaría dispuesta a reconsiderar su programa de instalaciones de radares y sistemas de misisles anti-misiles en Polonia y la República Checa si Rusia fuese a reevaluar su apoyo a los ayatollahs.

Las respuestas a estas frescas iniciativas no se hicieron demorar. “No creo que ningún intercambio sea posible al respecto” afirmó el presidente ruso Dimitry Medvedev a la BBC. “No aceptaremos ninguna oferta de negociaciones que vaya de la mano de la fuerza” dijo el líder supremo iraní, ayatollah Alí Khamenei. “La nueva administración estadounidense dice que quiere olvidar el pasado, pero la nación iraní no puede olvidar tan fácilmente”, agregó. ¿Sorprendente? Apenas. Había un motivo por el cual la Administración Republicana optó por no apelar al diálogo con Irán y jugar al apaciguamiento con Rusia, y la Administración Demócrata no debiera desechar consideraciones de peso por el sólo hecho de que ellas eran parte integral de la política mesoriental del presidente Bush.

La actitud que informa a la cosmovisión del nuevo gobierno referida al Medio Oriente puede advertirse en una cita del discurso inaugural del presidente Obama. Los primeros discursos presidenciales son verdaderas cartas de presentación. Ellos tienen gran valor político y dan testimonio del pensamiento de la nueva Casa Blanca. Al dirigirse al Medio Oriente y más allá, dijo el nuevo presidente: “Al mundo musulmán, buscamos un nuevo camino hacia delante, basado en intereses mutuos y respeto mutuo”. En una entrevista posterior con la televisión al-Arabiya, Obama habló de restaurar el “mismo respeto y sociedad que Estados Unidos tuvo con el mundo musulmán en tiempos tan recientes como hace veinte o treinta años atrás”.

No todos estuvieron felices con la apología. En “el presunto invierno de nuestra falta de respeto hacia el mundo islámico” observó el comentarista Charles Krauthammer, “Estados Unidos no solamente respetó a los musulmanes, sangró por ellos”. Efectivamente, en seis intervenciones militares diferentes, soldados estadounidenses arriesgaron y muchos dieron sus vidas para salvar a poblaciones musulmanas acosadas. Aún cuando la motivación norteamericana hubiere respondido a la preservación de sus intereses geoestratégicos, estas campañas resultaron en la liberación de millones de musulmanes hostigados. Las invasiones de Irak y de Afganistán en las realidades del post- 9/11, así como la guerra por Kuwait de 1991, fueron expresiones claras de incursiones militares orientadas a la protección de los intereses nacionales e internacionales de Estados Unidos; aún así, hubo poblaciones islámicas beneficiadas. Por el contrario, las intervenciones en Bosnia, Kosovo y Somalía fueron motivadas principalmente por consideraciones humanitarias. Tal como señaló Krauthammer, ninguna otra nación hizo más por musulmanes oprimidos en los últimos veinte años que los Estados Unidos de América. En cuanto al idilio perdido de veinte o treinta años atrás, es difícil imaginar exactamente a que momento histórico aludió Obama, si es que a alguno. Precisamente treinta años atrás, Irán cayó en manos de los islamistas komehinistas y a partir de entonces advino la peor era en las relaciones Washington-Teherán.

Las naciones, al igual que los hombres, tienden a idealizar el pasado. Al menos el pasado distante. Pero el idilio perdido de tres décadas atrás entre el Islam y Occidente sencillamente no existió. Curiosamente para una nueva administración proclive a la glorificación del pasado, su propia actitud hacia el pasado reciente ha sido negativa, como puede verse en sus recurrentes críticas a las políticas de Bush. El último gobierno en Washington ha sido usualmente vilipendiado por su decisión de ir a la guerra en Irak y por su distanciamiento de los vaivenes diarios del conflicto palestino-israelí, entre otros asuntos, y en general por haber legado un Medio Oriente convulsionado. No obstante, tendemos a olvidar cuál era la situación en el Medio Oriente heredada por los republicanos de los demócratas entrado el siglo XXI. Antes que Bill Clinton dejara la Casa Blanca, las fallidas tratativas de Camp David habían dado lugar a la segunda intifada palestina, Siria ocupaba El Líbano, los talibanes gobernaban en Afganistán, Saddam Hussein controlaba Irak, la Libia de Qaddafi buscaba armamento no convencional, y Al-Qaeda planeaba en las sombras los atentados del 9/11. Nadie objetivo caracterizaría semejante legado positivamente.

El punto crucial que Barack Obama y su entorno deberá entender es que no todo depende de Washington a propósito del destino del Medio Oriente. Ciertamente Estados Unidos tiene una capacidad de influir en esa región como pocos actores internacionales, pero ella no está menos afectada por su propia naturaleza, sus vicios y sus aflicciones. A la vez que deseamos éxitos a una nueva administración que busca la fórmula adecuada para una justa aproximación al Medio Oriente, nos cabe esperar que su ambición sea templada por el realismo de la experiencia sin necesariamente sacrificar el optimismo de la esperanza prometida en la campaña.

Originalmente publicado en Comunidades

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Obama y el medio oriente – 01/04/2009

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El mensaje nodal de la campaña que llevó a Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos se centró en el cambio y en la esperanza. Fiel a la promesa, al poco tiempo de asumir funciones, la flamante Administración Obama publicitó anuncios y adoptó decisiones que, en lo referido al Medio Oriente al menos, parecieran estar orientadas a tomar rápida distancia del legado de George W. Bush.

El anuncio de la retirada gradual de las tropas apostadas en Irak, el refuerzo de recursos hacia Afganistán, la declaración a favor del cierre de la cárcel en la Bahía de Guantánamo, la disposición a incorporar a Irán en una cumbre mundial sobre Afganistán, y el envío de dos emisarios estadounidenses a Damasco, pueden verse como manifestaciones de la nueva orientación. Indicios de cambio de política pueden verse también en los dos ofrecimientos insinuados por la nueva Casa Blanca a Teherán y a Moscú. Al primero, en un muy público mensaje hecho por el propio presidente al régimen iraní, y al segundo mediante la sugerencia de que Washington estaría dispuesta a reconsiderar su programa de instalaciones de radares y sistemas de misisles anti-misiles en Polonia y la República Checa si Rusia fuese a reevaluar su apoyo a los ayatollahs.

Las respuestas a estas frescas iniciativas no se hicieron demorar. No creo que ningún intercambio sea posible al respecto» afirmó el presidente ruso Dimitry Medvedev a la BBC. «No aceptaremos ninguna oferta de negociaciones que vaya de la mano de la fuerza» dijo el líder supremo iraní, ayatollah Alí Khamenei. «La nueva administración estadounidense dice que quiere olvidar el pasado, pero la nación iraní no puede olvidar tan fácilmente», agregó. ¿Sorprendente? Apenas. Había un motivo por el cual la Administración Republicana optó por no apelar al diálogo con Irán y jugar al apaciguamiento con Rusia, y la Administración Demócrata no debiera desechar consideraciones de peso por el sólo hecho de que ellas eran parte integral de la política mesoriental del presidente Bush.

La actitud que informa a la cosmovisión del nuevo gobierno referida al Medio Oriente puede advertirse en una cita del discurso inaugural del presidente Obama. Los primeros discursos presidenciales son verdaderas cartas de presentación. Ellos tienen gran valor político y dan testimonio del pensamiento de la nueva Casa Blanca. Al dirigirse al Medio Oriente y más allá, dijo el nuevo presidente: «Al mundo musulmán, buscamos un nuevo camino hacia delante, basado en intereses mutuos y respeto mutuo». En una entrevista posterior con la televisión al-Arabiya, Obama habló de restaurar el «mismo respeto y sociedad que Estados Unidos tuvo con el mundo musulmán en tiempos tan recientes como hace veinte o treinta años atrás».

No todos estuvieron felices con la apología. En «el presunto invierno de nuestra falta de respeto hacia el mundo islámico» observó el comentarista Charles Krauthammer, «Estados Unidos no solamente respetó a los musulmanes, sangró por ellos». Efectivamente, en seis intervenciones militares diferentes, soldados estadounidenses arriesgaron y muchos dieron sus vidas para salvar a poblaciones musulmanas acosadas. Aún cuando la motivación norteamericana hubiere respondido a la preservación de sus intereses geoestratégicos, estas campañas resultaron en la liberación de millones de musulmanes hostigados. Las invasiones de Irak y de Afganistán en las realidades del post- 9/11, así como la guerra por Kuwait de 1991, fueron expresiones claras de incursiones militares orientadas a la protección de los intereses nacionales e internacionales de Estados Unidos; aún así, hubo poblaciones islámicas beneficiadas. Por el contrario, las intervenciones en Bosnia, Kosovo y Somalía fueron motivadas principalmente por consideraciones humanitarias. Tal como señaló Krauthammer, ninguna otra nación hizo más por musulmanes oprimidos en los últimos veinte años que los Estados Unidos de América. En cuanto al idilio perdido de veinte o treinta años atrás, es difícil imaginar exactamente a que momento histórico aludió Obama, si es que a alguno. Precisamente treinta años atrás, Irán cayó en manos de los islamistas komehinistas y a partir de entonces advino la peor era en las relaciones Washington-Teherán.

Las naciones, al igual que los hombres, tienden a idealizar el pasado. Al menos el pasado distante. Pero el idilio perdido de tres décadas atrás entre el Islam y Occidente sencillamente no existió. Curiosamente para una nueva administración proclive a la glorificación del pasado, su propia actitud hacia el pasado reciente ha sido negativa, como puede verse en sus recurrentes críticas a las políticas de Bush. El último gobierno en Washington ha sido usualmente vilipendiado por su decisión de ir a la guerra en Irak y por su distanciamiento de los vaivenes diarios del conflicto palestino-israelí, entre otros asuntos, y en general por haber legado un Medio Oriente convulsionado. No obstante, tendemos a olvidar cuál era la situación en el Medio Oriente heredada por los republicanos de los demócratas entrado el siglo XXI. Antes que Bill Clinton dejara la Casa Blanca, las fallidas tratativas de Camp David habían dado lugar a la segunda intifada palestina, Siria ocupaba El Líbano, los talibanes gobernaban en Afganistán, Saddam Hussein controlaba Irak, la Libia de Qaddafi buscaba armamento no convencional, y Al-Qaeda planeaba en las sombras los atentados del 9/11. Nadie objetivo caracterizaría semejante legado positivamente.

El punto crucial que Barack Obama y su entorno deberá entender es que no todo depende de Washington a propósito del destino del Medio Oriente. Ciertamente Estados Unidos tiene una capacidad de influir en esa región como pocos actores internacionales, pero ella no está menos afectada por su propia naturaleza, sus vicios y sus aflicciones. A la vez que deseamos éxitos a una nueva administración que busca la fórmula adecuada para una justa aproximación al Medio Oriente, nos cabe esperar que su ambición sea templada por el realismo de la experiencia sin necesariamente sacrificar el optimismo de la esperanza prometida en la campaña.

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Por Julián Schvindlerman

  

Obama y el medio oriente – 01/04/09

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El mensaje nodal de la campaña que llevó a Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos se centró en el cambio y en la esperanza. Fiel a la promesa, al poco tiempo de asumir funciones, la flamante Administración Obama publicitó anuncios y adoptó decisiones que, en lo referido al Medio Oriente al menos, parecieran estar orientadas a tomar rápida distancia del legado de George W. Bush.

El anuncio de la retirada gradual de las tropas apostadas en Irak, el refuerzo de recursos hacia Afganistán, la declaración a favor del cierre de la cárcel en la Bahía de Guantánamo, la disposición a incorporar a Irán en una cumbre mundial sobre Afganistán, y el envío de dos emisarios estadounidenses a Damasco, pueden verse como manifestaciones de la nueva orientación. Indicios de cambio de política pueden verse también en los dos ofrecimientos insinuados por la nueva Casa Blanca a Teherán y a Moscú. Al primero, en un muy público mensaje hecho por el propio presidente al régimen iraní, y al segundo mediante la sugerencia de que Washington estaría dispuesta a reconsiderar su programa de instalaciones de radares y sistemas de misisles anti-misiles en Polonia y la República Checa si Rusia fuese a reevaluar su apoyo a los ayatollahs.

Las respuestas a estas frescas iniciativas no se hicieron demorar. “No creo que ningún intercambio sea posible al respecto” afirmó el presidente ruso Dimitry Medvedev a la BBC. “No aceptaremos ninguna oferta de negociaciones que vaya de la mano de la fuerza” dijo el líder supremo iraní, ayatollah Alí Khamenei. “La nueva administración estadounidense dice que quiere olvidar el pasado, pero la nación iraní no puede olvidar tan fácilmente”, agregó. ¿Sorprendente? Apenas. Había un motivo por el cual la Administración Republicana optó por no apelar al diálogo con Irán y jugar al apaciguamiento con Rusia, y la Administración Demócrata no debiera desechar consideraciones de peso por el sólo hecho de que ellas eran parte integral de la política mesoriental del presidente Bush.

La actitud que informa a la cosmovisión del nuevo gobierno referida al Medio Oriente puede advertirse en una cita del discurso inaugural del presidente Obama. Los primeros discursos presidenciales son verdaderas cartas de presentación. Ellos tienen gran valor político y dan testimonio del pensamiento de la nueva Casa Blanca. Al dirigirse al Medio Oriente y más allá, dijo el nuevo presidente: “Al mundo musulmán, buscamos un nuevo camino hacia delante, basado en intereses mutuos y respeto mutuo”. En una entrevista posterior con la televisión al-Arabiya, Obama habló de restaurar el “mismo respeto y sociedad que Estados Unidos tuvo con el mundo musulmán en tiempos tan recientes como hace veinte o treinta años atrás”.

No todos estuvieron felices con la apología. En “el presunto invierno de nuestra falta de respeto hacia el mundo islámico” observó el comentarista Charles Krauthammer, “Estados Unidos no solamente respetó a los musulmanes, sangró por ellos”. Efectivamente, en seis intervenciones militares diferentes, soldados estadounidenses arriesgaron y muchos dieron sus vidas para salvar a poblaciones musulmanas acosadas. Aún cuando la motivación norteamericana hubiere respondido a la preservación de sus intereses geoestratégicos, estas campañas resultaron en la liberación de millones de musulmanes hostigados. Las invasiones de Irak y de Afganistán en las realidades del post- 9/11, así como la guerra por Kuwait de 1991, fueron expresiones claras de incursiones militares orientadas a la protección de los intereses nacionales e internacionales de Estados Unidos; aún así, hubo poblaciones islámicas beneficiadas. Por el contrario, las intervenciones en Bosnia, Kosovo y Somalía fueron motivadas principalmente por consideraciones humanitarias. Tal como señaló Krauthammer, ninguna otra nación hizo más por musulmanes oprimidos en los últimos veinte años que los Estados Unidos de América. En cuanto al idilio perdido de veinte o treinta años atrás, es difícil imaginar exactamente a que momento histórico aludió Obama, si es que a alguno. Precisamente treinta años atrás, Irán cayó en manos de los islamistas komehinistas y a partir de entonces advino la peor era en las relaciones Washington-Teherán.

Las naciones, al igual que los hombres, tienden a idealizar el pasado. Al menos el pasado distante. Pero el idilio perdido de tres décadas atrás entre el Islam y Occidente sencillamente no existió. Curiosamente para una nueva administración proclive a la glorificación del pasado, su propia actitud hacia el pasado reciente ha sido negativa, como puede verse en sus recurrentes críticas a las políticas de Bush. El último gobierno en Washington ha sido usualmente vilipendiado por su decisión de ir a la guerra en Irak y por su distanciamiento de los vaivenes diarios del conflicto palestino-israelí, entre otros asuntos, y en general por haber legado un Medio Oriente convulsionado. No obstante, tendemos a olvidar cuál era la situación en el Medio Oriente heredada por los republicanos de los demócratas entrado el siglo XXI. Antes que Bill Clinton dejara la Casa Blanca, las fallidas tratativas de Camp David habían dado lugar a la segunda intifada palestina, Siria ocupaba El Líbano, los talibanes gobernaban en Afganistán, Saddam Hussein controlaba Irak, la Libia de Qaddafi buscaba armamento no convencional, y Al-Qaeda planeaba en las sombras los atentados del 9/11. Nadie objetivo caracterizaría semejante legado positivamente.

El punto crucial que Barack Obama y su entorno deberá entender es que no todo depende de Washington a propósito del destino del Medio Oriente. Ciertamente Estados Unidos tiene una capacidad de influir en esa región como pocos actores internacionales, pero ella no está menos afectada por su propia naturaleza, sus vicios y sus aflicciones. A la vez que deseamos éxitos a una nueva administración que busca la fórmula adecuada para una justa aproximación al Medio Oriente, nos cabe esperar que su ambición sea templada por el realismo de la experiencia sin necesariamente sacrificar el optimismo de la esperanza prometida en la campaña.

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Por Julián Schvindlerman

  

Las falacias del Ateismo – 10/03/09

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En el eterno debate entre ateos y religiosos referido a la existencia de D’s o a la necesidad de la religión organizada, los primeros suelen adoptar una postura crítica sustentada en la, digamos, ofensiva del cuestionamiento, que automáticamente pone al hombre de fe a la defensiva.

El ateo se ubica en un pedestal superior desde el cual exige respuestas a sus muchas preguntas incisivas, acorralando al creyente con un torrente de interrogantes para los cuales, sencillamente, no hay respuestas simples. El planteo ateo tradicional, sin embargo, adolece de serias incoherencias, y exponerlas adecuadamente facilitaría un abordaje menos apasionado a propósito de temas tan esenciales como complejos.

El ateo suele afirmar que la divinidad es un misterio, y que, en consecuencia, toda afirmación certera a propósito de la existencia de D’s es poco menos que dogmática, si no directamente arrogante. Muy habitualmente, postula que D’s ha sido una creación del hombre a partir de una necesidad muy interna de encontrar cierta explicación al desorden histórico. Es decir, la divinidad como invento humano, como ficción sin sustento racional.

Pero esto en sí mismo constituye una afirmación –la afirmación de que D’s es un cuento–, y eso de misterioso no tiene nada. Si la divinidad es un misterio, tal misterio debería serlo para ambos lados. Si es dogmático afirmar la existencia de D’s, no lo debería ser menos afirmar su inexistencia. Si recae sobre el creyente el peso de explicar la persistencia del mal en la tierra, sobre el ateo recae el de explicar la persistencia del bien. En palabras de Milton Steinberg:

Si el creyente tiene sus problemas con el mal, el ateo tiene que bregar con dificultades más graves. La realidad también lo golpea, dejándole frustrado no por una sino por muchas, desde la existencia de la ley natural, pasando por la astucia del insecto, hasta el cerebro del genio y el corazón del profeta.
El ateo muy habitualmente esgrime las barbaridades perpetradas por el hombre en nombre de la religión como ejemplo de la naturaleza dañina de los sistemas religiosos. La Inquisición católica del Medioevo y la yihad islámica, ambas llevadas a cabo bajo el signo de D’s, indudablemente han causado estragos en la humanidad. La explicación del creyente consiste en recordar que no fue la religión la responsable, sino lo que en su nombre se ha hecho. Irwin Cotler es un exponente de esta posición:
No ha sido la religión la que nos ha traicionado, sino que hemos sido nosotros los que hemos traicionado a la religión.
Pero antes de llegar allí existe, en materia de argumentación, una inconsistencia que merece señalarse. Es innegable que ha habido inmoralidad en las religiones, y que ha habido individuos religiosos profundamente inmorales. Pero es igualmente innegable que muchas de las ideologías seculares han fracasado éticamente al remover todo vestigio de moralidad religiosa de sus proclamas meta-históricas. Ideologías ateas y anti-religiosas como los comunismos chino y soviético o el nazismo alemán provocaron la muerte de más de cien millones de personas el pasado siglo. Si las guerras de religión del pasado sirven, según el ateo, de evidencia del componente pernicioso de los sistemas religiosos, entonces ¿qué deberíamos concluir a propósito de la naturaleza de los sistemas seculares, a la luz de las masacres que han propiciado? Los rabinos Dennis Prager y Joseph Telushkin han dicho:
Todos los horrores perpetrados en nombre de los ideales constituyen un testimonio trágico pero irrefutable del hecho de que el idealismo no basta y de que es indispensable, para alcanzar la paz, la justicia y la fraternidad universal, un sistema ético que obligue a cada individuo.
El sistema ético al que aluden estos autores es el aporte de la religión, específicamente la judía, que introdujo hace 3.321 años, por medio de los Diez Mandamientos, la obligatoriedad de la conducta ética.

Los más fundamentales valores liberales occidentales que muchos ateos hoy defienden con encono están arraigados en esos mandamientos. Que esto es un aporte de la religión, y no de las ideologías seculares, es un principio elemental con el que todo debate acerca de estos temas debería arrancar; o mejor aún quizás: terminar.

Originalmente publicado en Keter

Guysen International News

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Por Julián Schvindlerman

  

Dinero para Gaza – 05/03/09

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Esta semana tuvo lugar en la localidad egipcia Sharm el-Sheikh la “Conferencia Internacional en Apoyo de la Economía Palestina para la Reconstrucción de Gaza”. Setenta y un estados, la ONU, y dieciséis organismos regionales e internacionales prometieron u$s 4.5 mil millones a ser entregados en un período de dos años. Esta cifra apreciable completa a su vez un fondo de u$s 7.7 mil millones que la Autoridad Palestina ya recibió para el período 2008-2010.

La generosidad mundial hacia la reconstrucción de Gaza es encomiable…y a la vez desubicada. La suposición reinante entre los donantes parece ser tal que el conflicto entre Hamas e Israel terminó, y que una nueva era de recomposición puede comenzar. Esa premisa debe ser revisada. El día previo al inicio de la cumbre global, un cohete Qassam cayó sobre una escuela en el poblado israelí de Sderot, como aditamento a su vez al cohete Grad que cayó en la cercana Ashkelon el día anterior. Al día siguiente de inaugurada la cumbre, otros dos cohetes Qassam aterrizaron en el Desierto del Négev y el ejército israelí frustró los planes de un grupo terrorista palestino que pretendía plantar una bomba en la frontera. Desde el cese de fuego del 18 de enero último, alrededor de cien cohetes y morteros fueron disparados desde la Franja de Gaza a Israel, y regularmente aviones israelíes han estado bombardeando los túneles clandestinos que unen a Egipto con Gaza. El mundo parece no haber estado prestando atención, pero las hostilidades todavía no han terminado. Por ello es que el presidente egipcio Hosni Mubarak, anfitrión del encuentro, alertó que “la prioridad debe ser alcanzar una tregua entre Israel y los palestinos”.

A esto debe agregarse una válida preocupación a propósito del destino final de esos fondos cuantiosos, no sea cosa que los dólares americanos y los francos suizos terminen en los cofres indebidos. Para legitimarse ante los ojos de la comunidad internacional como un receptor digno, Hamas accedió a negociar con Fatah (que gobierna Cisjordania, controla la Autoridad Palestina y con quién mantiene una feroz disputa política y militar) la formación de un gobierno de unidad nacional. El truco es demasiado obvio y nadie debiera dejarse engañar. Cuando este movimiento fundamentalista islámico expulsó violentamente a Fatah de Gaza en 2007 -ocasión en la que murieron trescientos cincuenta palestinos y mil resultaron heridos- la respuesta de la familia de las naciones fue simple. Puso ante Hamas tres condiciones para aceptarlo como interlocutor: renunciar al terrorismo, reconocer al Estado de Israel, honrar acuerdos preexistentes. ¿La respuesta de Hamas? No, gracias.

Dada la naturaleza y conducta histórica de esta agrupación, la precondiciones para el diálogo eran (y siguen siendo) sensatas. El Artículo 7 de su Carta constitutiva dice: “El Enviado dijo: ´Luchen los musulmanes contra los judíos y mátenlos, hasta que el judío se oculte tras las rocas y los árboles y entonces dirán: Oh, musulmán, oh siervo de Alá, tras de mí se oculta un judío, ven y mátalo´”. Este llamado agresivo ubica a Woody Allen, por caso, en la mira de la agrupación integrista. Pero se pone todavía peor. Durante la guerra última, la televisión palestina difundió este mensaje del Dr. Yunis al-Astal, parlamentario del Hamas: “Conquistaremos Roma y después toda Europa. Cuando acabemos con Europa, conquistaremos las Américas y no nos olvidaremos tampoco de la Europa Oriental”. ¿Es esta la gente a quién la familia de las naciones quiere entregar su dinero?

Finalmente, la experiencia acumulada de estos últimos años no abona la teoría de que la inyección monetaria termine mejorando el standard de vida de los palestinos. En términos per capita, éstos han sido los más grandes beneficiarios de asistencia internacional en las últimas décadas. Tómese por caso emblemático el año 2002 cuando una epidemia de hambre sacudió a Etiopía, país ubicado en una zona que padece crónicamente este problema. Desde 1994 la ONU creó el Consolidated Inter-Agency Appeal for Humanitarian Assistance (conocido simplemente como CAP) que agrupa los programas de recaudación de fondos del Programa Alimentario Mundial, la Organización Mundial de la Salud, el Alto Comisionado para los Refugiados y otros dieciocho organismos y agencias humanitarias para un uso eficiente de los fondos provenientes de donaciones. Según un reporte de UN Watch de entonces, el presupuesto proyectado para el año 2003 asignaba u$s 291 millones a Gaza y Cisjordania (población 1.5 millón) y u$s 316 millones a Etiopía (población 14.3 millones), lo que en términos per capita daba una asistencia de u$s 194/palestino en oposición a u$s 22/etíope. Vale decir, la ONU pedía casi nueve veces la cantidad de ayuda para un palestino que la que pedía para un etíope en medio de una epidemia de hambruna. Y aún así, años después nuevas cumbres globales han de ser convocadas para atender la situación en Gaza.

Así es que con todo lo anti-romántico que cuestionar los esfuerzos de reconstrucción de Gaza pueda lucir, un llamado de advertencia es empero necesario. Las necesidades humanitarias de los palestinos deben ser atendidas, y en parte esto está siendo efectuado a través de envíos regulares de alimentos, medicamentos y otros. Debe encontrarse el modo adecuado de asistir al pueblo gazatí sin beneficiar a sus gobernantes fanatizados. No resulta del todo claro si los participantes de esta reunión de alto nivel lo han logrado.

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Marx y el islam – 04/03/2009

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Si los izquierdistas pro-islamistas de Occidente que solemos encontrar en las manifestaciones contrarias a Israel y a Estados Unidos se molestaran en leer más cuidadosamente a Karl Marx, podrían llevarse una sorpresa ingrata.

En tiempos de la Guerra de Crimea (1853-1856), el pensador alemán abordó en sus escritos la cuestión oriental» con una franqueza tal que provocaría escozor a los políticamente correctos progresistas actuales. Escribió Marx: «El Corán y la legislación musulmana que emana de él reducen la geografía y la etnografía de los varios pueblos a la distinción convenientemente simple de dos naciones y de dos países; el Fiel y el Infiel. El Infiel es harby, es decir, el enemigo. El islamismo proscribe la nación de los Infieles, postulando un estado de hostilidad permanente entre el musulmán y el no-creyente». Esta completamente acertada observación marxista acerca de la religión mahometana sería a su vez confirmada a principios del siglo XX por Hanafi Muzzafar, un volga tártaro quién dijo: «El pueblo musulmán se unirá al comunismo; como el comunismo, el Islam rechaza al nacionalismo estrecho». Este repudio al nacionalismo se sostenía en una premisa sencilla. Según este musulmán socialista, «El Islam es internacional y reconoce sólo la hermandad y la unidad de todas las naciones bajo la pancarta del Islam». Esto provenía de un socialista, no de un fundamentalista religioso.

Tan convencido estaba Marx de la xenofobia presente en el Islam que llegó incluso a escribir apologéticamente respecto del colonialismo occidental: «En tanto que el Corán trata a todos los foráneos como enemigos, nadie se atreverá a presentarse en un país musulmán sin haber tomado precauciones. Los primeros mercaderes europeos, por ende, que arriesgaron las chances del comercio con semejante gente, se esforzaron en asegurarse un tratamiento excepcional y privilegios originalmente personales, pero posteriormente extendidos a toda su nación. He aquí el origen de la capitulaciones». Marx entendía que el laicismo debía imperar para que la revolución tuviera alguna posibilidad de darse en esas tierras lejanas: «…si se pudiese abolir su sometimiento al Corán por medio de la emancipación civil, se cancelaría, al mismo tiempo, su sometimiento al clero, y se provocaría una revolución en sus relaciones sociales, políticas, y religiosas…». Al mismo tiempo, él no tenía demasiadas esperanzas en el espíritu proletario de las masas musulmanas: «Ciertamente habrá, tarde o temprano, una necesidad absoluta de liberar una de las mejores partes de este continente del gobierno de la turba, con la que comparada el populacho de la Roma Imperial era una reunión de sabios y héroes». Por su parte, Friedrich Engels no parecía tener mayor respeto por las instituciones públicas de los musulmanes. En una carta enviada a Marx, escribió: «El gobierno en el Este siempre ha tenido solamente tres departamentos: Finanzas (p/ej. robar a los habitantes del país), Guerra (p/ej. robar a los ciudadanos del país y de otros países), y Obras Públicas (preocupación por la ´reproducción´)».

Claramente, el sentimiento comunista encendió el interés de un sector de la intelectualidad islámica. Mir-Said Sultán-Galiev, titular de la sección musulmana del Partido Comunista ruso y protegido de Stalin en la Comisaría de Nacionalidades, opinó en 1918: «Todos los pueblos musulmanes colonizados son pueblos proletarios y como casi todas las clases en la sociedad musulmana han sido oprimidas por los colonialistas, todas las clases tienen el derecho de ser llamadas ´proletarias´». Sultán-Galiev murió cinco años después, víctima de una purga estalinista. Pero a diferencia de sus camaradas en Europa, las masas islámicas del Medio Oriente permanecieron en general indiferentes al llamado de los comunistas. El eminente historiador Walter Laqueur (de quién he tomado las citas de Marx y Engels) ha trazado un panorama de la situación en su tratado Communism and Nationalism in the Middle East. Durante los años cincuenta, por ejemplo, en plena Guerra Fría Austria podía sentirse orgullosa de tener más comunistas en su tierra que los que había en todo el Medio Oriente combinado. En Holanda había veinte veces más comunistas que los que había en Sudán, quince veces más que los que había en Jordania, y diez veces más que los que había en Turquía. Todos los partidos comunistas de Egipto, Siria, El Líbano, e Irak juntos apenas lograban igualar o levemente superar el número de comunistas en Bélgica. Estos guarismos son especialmente elocuentes a la luz de que dejamos fuera de la comparación a Francia y a Italia, países donde el movimiento comunista mostró su mayor fortaleza.

Los izquierdistas radicales que hoy adornan las manifestaciones musulmanas en las capitales de Occidente podrán estar siguiendo el lema de Molotov «Todos los caminos conducen al comunismo», pero sus camaradas ocasionales en la lucha contra el orden establecido tienen otras metas en mente. Ellos no luchan por un mundo más igualitario, sino por un mundo más islámico. Por extraño que esto parezca a los pseudo-progresistas modernos, para el fundador del comunismo ésta era una verdad evidente.

Originalmente publicado en Libertad Digital (España)

Comunidades, Comunidades - 2009

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Por Julián Schvindlerman

  

Marx y el Islam – 04/03/09

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Si los izquierdistas pro-islamistas de Occidente que solemos encontrar en las manifestaciones contrarias a Israel y a Estados Unidos se molestaran en leer más cuidadosamente a Karl Marx, podrían llevarse una sorpresa ingrata.

En tiempos de la Guerra de Crimea (1853-1856), el pensador alemán abordó en sus escritos la “cuestión oriental” con una franqueza tal que provocaría escozor a los políticamente correctos progresistas actuales. Escribió Marx: “El Corán y la legislación musulmana que emana de él reducen la geografía y la etnografía de los varios pueblos a la distinción convenientemente simple de dos naciones y de dos países; el Fiel y el Infiel. El Infiel es harby, es decir, el enemigo. El islamismo proscribe la nación de los Infieles, postulando un estado de hostilidad permanente entre el musulmán y el no-creyente”. Esta completamente acertada observación marxista acerca de la religión mahometana sería a su vez confirmada a principios del siglo XX por Hanafi Muzzafar, un volga tártaro quién dijo: “El pueblo musulmán se unirá al comunismo; como el comunismo, el Islam rechaza al nacionalismo estrecho”. Este repudio al nacionalismo se sostenía en una premisa sencilla. Según este musulmán socialista, “El Islam es internacional y reconoce sólo la hermandad y la unidad de todas las naciones bajo la pancarta del Islam”. Esto provenía de un socialista, no de un fundamentalista religioso.

Tan convencido estaba Marx de la xenofobia presente en el Islam que llegó incluso a escribir apologéticamente respecto del colonialismo occidental: “En tanto que el Corán trata a todos los foráneos como enemigos, nadie se atreverá a presentarse en un país musulmán sin haber tomado precauciones. Los primeros mercaderes europeos, por ende, que arriesgaron las chances del comercio con semejante gente, se esforzaron en asegurarse un tratamiento excepcional y privilegios originalmente personales, pero posteriormente extendidos a toda su nación. He aquí el origen de la capitulaciones”. Marx entendía que el laicismo debía imperar para que la revolución tuviera alguna posibilidad de darse en esas tierras lejanas: “…si se pudiese abolir su sometimiento al Corán por medio de la emancipación civil, se cancelaría, al mismo tiempo, su sometimiento al clero, y se provocaría una revolución en sus relaciones sociales, políticas, y religiosas…”. Al mismo tiempo, él no tenía demasiadas esperanzas en el espíritu proletario de las masas musulmanas: “Ciertamente habrá, tarde o temprano, una necesidad absoluta de liberar una de las mejores partes de este continente del gobierno de la turba, con la que comparada el populacho de la Roma Imperial era una reunión de sabios y héroes”. Por su parte, Friedrich Engels no parecía tener mayor respeto por las instituciones públicas de los musulmanes. En una carta enviada a Marx, escribió: “El gobierno en el Este siempre ha tenido solamente tres departamentos: Finanzas (p/ej. robar a los habitantes del país), Guerra (p/ej. robar a los ciudadanos del país y de otros países), y Obras Públicas (preocupación por la ´reproducción´)”.

Claramente, el sentimiento comunista encendió el interés de un sector de la intelectualidad islámica. Mir-Said Sultán-Galiev, titular de la sección musulmana del Partido Comunista ruso y protegido de Stalin en la Comisaría de Nacionalidades, opinó en 1918: “Todos los pueblos musulmanes colonizados son pueblos proletarios y como casi todas las clases en la sociedad musulmana han sido oprimidas por los colonialistas, todas las clases tienen el derecho de ser llamadas ´proletarias´”. Sultán-Galiev murió cinco años después, víctima de una purga estalinista. Pero a diferencia de sus camaradas en Europa, las masas islámicas del Medio Oriente permanecieron en general indiferentes al llamado de los comunistas. El eminente historiador Walter Laqueur (de quién he tomado las citas de Marx y Engels) ha trazado un panorama de la situación en su tratado Communism and Nationalism in the Middle East. Durante los años cincuenta, por ejemplo, en plena Guerra Fría Austria podía sentirse orgullosa de tener más comunistas en su tierra que los que había en todo el Medio Oriente combinado. En Holanda había veinte veces más comunistas que los que había en Sudán, quince veces más que los que había en Jordania, y diez veces más que los que había en Turquía. Todos los partidos comunistas de Egipto, Siria, El Líbano, e Irak juntos apenas lograban igualar o levemente superar el número de comunistas en Bélgica. Estos guarismos son especialmente elocuentes a la luz de que dejamos fuera de la comparación a Francia y a Italia, países donde el movimiento comunista mostró su mayor fortaleza.

Los izquierdistas radicales que hoy adornan las manifestaciones musulmanas en las capitales de Occidente podrán estar siguiendo el lema de Molotov “Todos los caminos conducen al comunismo”, pero sus camaradas ocasionales en la lucha contra el orden establecido tienen otras metas en mente. Ellos no luchan por un mundo más igualitario, sino por un mundo más islámico. Por extraño que esto parezca a los pseudo-progresistas modernos, para el fundador del comunismo ésta era una verdad evidente.

Originalmente publicado en Libertad Digital (España)

Cali Cultural (Colombia)

Cali Cultural (Colombia)

Por Julián Schvindlerman

  

Una reflexión acerca de Gaza – 03/09

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Con relativa retrospectiva es menester reflexionar sobre lo acaecido de modo de evitar una repetición de esta última contienda bélica. Tres puntos resultarán centrales para entender la naturaleza y las consecuencias de este conflicto.

El primero refiere a la asimetría ideológica de la disputa. Este ha sido un tema generalmente obviado en los análisis de prensa, más es un asunto crucial. Hay una gran disparidad entre el objetivo político de Israel -proteger a su población civil de los cohetes del Hamas – y el objetivo religioso de este último -la obliteración del Estado de Israel y el aniquilamiento de los judíos donde quiera que éstos estén-. El Artículo 7 de la Carta constitutiva de este movimiento integrista sostiene: “El Enviado dijo: ´Luchen los musulmanes contra los judíos y mátenlos, hasta que el judío se oculte tras las rocas y los árboles y entonces dirán, Oh, musulmán, oh siervo de Alá, tras de mí se oculta un judío, ven y mátalo´”. Así planteado, Hamas aspira a la aniquilación no solamente de los israelíes (un propósito genocida grave en sí mismo) sino a la de todo el pueblo judío, desde Woody Allen a Steven Spielberg. Pero su cosmovisión expansionista trasciende a los judíos y a los israelíes. El Dr. Yunis al-Astal, parlamentario palestino del Hamas, ha dicho en un mensaje difundido por la televisión palestina: “Conquistaremos Roma y después toda Europa. Cuando acabemos con Europa, conquistaremos las Américas y no nos olvidaremos, tampoco de la Europa Oriental”. En consecuencia, es necesario que el mundo libre advierta que la lucha de Israel contra el Hamas es la lucha contra el fundamentalismo islámico y su Jihad global.  

El segundo punto conecta con la génesis de esta contienda. Ningún observador honesto puede disputar el hecho de que Hamas inició la conflagración al atacar a la población israelí sin que mediare provocación previa por parte de Israel. Desde el año 2001, Hamas disparó más de diez mil cohetes contra poblados israelíes. Desde el año 2005 (luego de la retirada unilateral que dejó a Gaza libre de presencia israelí) Hamas disparó unos seis mil trescientos cohetes. Durante la tregua informal que rigió por seis meses y caducó el día que Hamas optó por no renovarla, cayeron sobre Israel doscientos quince cohetes. El día previo a que el ejército israelí finalmente respondiera, llovieron en un solo día ochenta cohetes sobre suelo israelí. Durante este largo y tumultoso período, la familia de las naciones no censuró al Hamas por estos actos de agresión injustificados. Ninguna nación hubiera tolerado semejante acoso por tan largo tiempo. En vistas al futuro, será necesario revisar esta conducta. Eventualmente, de ejercer presiones sobre el movimiento terrorista palestino para que se abstenga de atacar a Israel, se evitará una indeseada respuesta por parte de Jerusalem.

El tercer punto está relacionado con la conducta de las partes durante la guerra. Según cifras de fuentes árabes y de la ONU, han resultado muertos 1300 palestinos, entre ellos 300 niños, y miles de heridos. Del lado israelí, las víctimas no han llegado a las dos docenas. Naturalmente, esto ha llevado a muchos a concluir que el ejército hebreo ha sido desmedido y multitudes han puesto sobre sus puertas protestas e indignación. El sufrimiento de la población civil palestina es innegablemente conmovedor desde el punto de vista humanista. Pero la pregunta política crucial aquí es: ¿quién es el responsable último por ese sufrimiento? Dejando de lado el hecho de que si Hamas no hubiese atacado a Israel nada de esto hubiera acontecido, es pertinente señalar algo atroz en el comportamiento de la agrupación islamista: Hamas atacó a población civil israelí utilizando como escudo humano a población civil palestina. La Franja de Gaza es una de las zonas más densamente pobladas del plantea y, tal como ha consignado el profesor Gunnar Heinsohn de la Universidad de Bremen, es una de las regiones con más criaturas per capita del globo: por cada 1000 adultos de 40-44 años, hay 4300 niños de 0-4 años. Casi la mitad de la población gazatí es menor a 15 años de edad. Si a ello agregamos que Hamas expuso deliberadamente a los niños palestinos al fuego israelí, podemos comprender la razón de estas cifras agobiantes.

El conflicto palestino-israelí despierta pasiones aún en observadores imparciales, pero el análisis desapasionado es crítico a la hora de atribuir responsabilidades a las partes.

Libertad Digital, Libertad Digital - 2009

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Marx y el Islam – 25/02/09

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Si los izquierdistas pro-islamistas de Occidente que solemos encontrar en las manifestaciones contrarias a Israel y a Estados Unidos se molestaran en leer más cuidadosamente a Karl Marx, podrían llevarse una sorpresa ingrata.

En tiempos de la Guerra de Crimea (1853-1856), el pensador alemán abordó en sus escritos la “cuestión oriental” con una franqueza tal que provocaría escozor a los políticamente correctos progresistas actuales. Escribió Marx: “El Corán y la legislación musulmana que emana de él reducen la geografía y la etnografía de los varios pueblos a la distinción convenientemente simple de dos naciones y de dos países; el Fiel y el Infiel. El Infiel es harby, es decir, el enemigo. El islamismo proscribe la nación de los Infieles, postulando un estado de hostilidad permanente entre el musulmán y el no-creyente”. Esta completamente acertada observación marxista acerca de la religión mahometana sería a su vez confirmada a principios del siglo XX por Hanafi Muzzafar, un volga tártaro quién dijo: “El pueblo musulmán se unirá al comunismo; como el comunismo, el Islam rechaza al nacionalismo estrecho”. Este repudio al nacionalismo se sostenía en una premisa sencilla. Según este musulmán socialista, “El Islam es internacional y reconoce sólo la hermandad y la unidad de todas las naciones bajo la pancarta del Islam”. Esto provenía de un socialista, no de un fundamentalista religioso.

Tan convencido estaba Marx de la xenofobia presente en el Islam que llegó incluso a escribir apologéticamente respecto del colonialismo occidental: “En tanto que el Corán trata a todos los foráneos como enemigos, nadie se atreverá a presentarse en un país musulmán sin haber tomado precauciones. Los primeros mercaderes europeos, por ende, que arriesgaron las chances del comercio con semejante gente, se esforzaron en asegurarse un tratamiento excepcional y privilegios originalmente personales, pero posteriormente extendidos a toda su nación. He aquí el origen de la capitulaciones”. Marx entendía que el laicismo debía imperar para que la revolución tuviera alguna posibilidad de darse en esas tierras lejanas: “…si se pudiese abolir su sometimiento al Corán por medio de la emancipación civil, se cancelaría, al mismo tiempo, su sometimiento al clero, y se provocaría una revolución en sus relaciones sociales, políticas, y religiosas…”. Al mismo tiempo, él no tenía demasiadas esperanzas en el espíritu proletario de las masas musulmanas: “Ciertamente habrá, tarde o temprano, una necesidad absoluta de liberar una de las mejores partes de este continente del gobierno de la turba, con la que comparada el populacho de la Roma Imperial era una reunión de sabios y héroes”. Por su parte, Friedrich Engels no parecía tener mayor respeto por las instituciones públicas de los musulmanes. En una carta enviada a Marx, escribió: “El gobierno en el Este siempre ha tenido solamente tres departamentos: Finanzas (p/ej. robar a los habitantes del país), Guerra (p/ej. robar a los ciudadanos del país y de otros países), y Obras Públicas (preocupación por la ´reproducción´)”.

Claramente, el sentimiento comunista encendió el interés de un sector de la intelectualidad islámica. Mir-Said Sultán-Galiev, titular de la sección musulmana del Partido Comunista ruso y protegido de Stalin en la Comisaría de Nacionalidades, opinó en 1918: “Todos los pueblos musulmanes colonizados son pueblos proletarios y como casi todas las clases en la sociedad musulmana han sido oprimidas por los colonialistas, todas las clases tienen el derecho de ser llamadas ´proletarias´”. Sultán-Galiev murió cinco años después, víctima de una purga estalinista. Pero a diferencia de sus camaradas en Europa, las masas islámicas del Medio Oriente permanecieron en general indiferentes al llamado de los comunistas. El eminente historiador Walter Laqueur (de quién he tomado las citas de Marx y Engels) ha trazado un panorama de la situación en su tratado Communism and Nationalism in the Middle East. Durante los años cincuenta, por ejemplo, en plena Guerra Fría Austria podía sentirse orgullosa de tener más comunistas en su tierra que los que había en todo el Medio Oriente combinado. En Holanda había veinte veces más comunistas que los que había en Sudán, quince veces más que los que había en Jordania, y diez veces más que los que había en Turquía. Todos los partidos comunistas de Egipto, Siria, El Líbano, e Irak juntos apenas lograban igualar o levemente superar el número de comunistas en Bélgica. Estos guarismos son especialmente elocuentes a la luz de que dejamos fuera de la comparación a Francia y a Italia, países donde el movimiento comunista mostró su mayor fortaleza.

Los izquierdistas radicales que hoy adornan las manifestaciones musulmanas en las capitales de Occidente podrán estar siguiendo el lema de Molotov “Todos los caminos conducen al comunismo”, pero sus camaradas ocasionales en la lucha contra el orden establecido tienen otras metas en mente. Ellos no luchan por un mundo más igualitario, sino por un mundo más islámico. Por extraño que esto parezca a los pseudo-progresistas modernos, para el fundador del comunismo ésta era una verdad evidente.

Libertad Digital, Libertad Digital - 2009

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Bravo, Angela – 05/02/09

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La canciller alemana Angela Merkel merece nuestras felicitaciones por haber persuadido al Sumo Pontífice de la Iglesia Católica de condicionar la reincorporación del obispo Williamson a una retracción pública e inequívoca relativa a su postura en torno al Holocausto. Nadie mejor que ella para intervenir en este espinoso asunto. Como líder de la nueva Alemania y como compatriota de Joseph Ratzinger, Merkel estaba particularmente bien posicionada para influir de manera decisiva en este affaire escandaloso.

La canciller ha demostrado un liderazgo ejemplar. Ella, respaldada por importantes miembros del clero católico alemán, ha frenado –aparentemente– la creación de un precedente serio en materia de legitimación de la negación de la Shoá. Evidentemente, no era ésa la intención de Benedicto XVI. El Pontifex Máximum tan solo pretendía resolver un asunto interno de la Iglesia, sin provocar ningún daño. Pero, enfrentado a las alternativas mutuamente excluyentes de integrar a lefrevistas excomulgados –entre ellos a un judeófobo encunado– y ofender así a los judíos o preservar relaciones armoniosas con éstos a expensas de dejar un tema eclesiástico irresuelto, el Papa claramente favoreció lo primero. Esa era su prerrogativa. Por su parte, los judíos también tenían el derecho de ejercer la suya y denunciar el atropello. Y si todo fue un error por desconocimiento, como ha indicado un comunicado de la Santa Sede, entonces bienvenida la rectificación.

Ahora que Angela Merkel ha probado su determinación en contener a un negador del Holocausto, será menester que evidencie igual vocación para atender los desmanes de aún otro negador. Éste, podemos argüir, representa un peligro mucho más grave que el del obispo renegado. Por ser presidente de una teocracia, por llamar públicamente a la destrucción de un Estado-miembro de la ONU, por llevar adelante un programa nuclear ilegal, por promover terrorismo más allá de sus fronteras y por reprimir a su propia ciudadanía, Mahmoud Ahmadinejad definitivamente encarna un desafío no sólo a nuestra humanidad común, sino también a la estabilidad global. Para detenerlo, Merkel esta vez no deberá mirar hacia Roma, ni siquiera a Teherán, sino a su propia Alemania. Una Alemania que en los últimos años ha promovido oficialmente lazos económicos con la república islámica con tal celo, que se ha transformado en el principal socio comercial de los ayatollahs en Europa. Según cifras publicadas por The Wall Street Journal, la Cámara de Industria y Comercio germano-iraní posee dos mil empresas miembros; la Oficina Federal de Economía y Control de Exportación aprobó –solamente en los primeros siete meses del 2008– 1926 contratos comerciales con Irán, y en ese mismo período las exportaciones alemanas hacia Irán crecieron un 14%.

De modo que en tanto aplaudimos a la canciller alemana por su gesta oportuna, albergamos la esperanza de que una mirada introspectiva no quede desatendida. Su heroicidad quedará completada al momento en que confronte al negador iraní con la misma rotundidad con la que deploró al negador británico. Pues tal como ella ha dicho en su diálogo con el Vaticano, debemos dejar en claro «que a la negación del Holocausto no se le permitirá permanecer sin consecuencias».