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Comunidades, Comunidades - 2008

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

El medio oriente en el 2009 – 03/12/08

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Durante la campaña electoral que llevó finalmente a los Demócratas al poder en Estados Unidos, el candidato a la vicepresidencia Joe Biden dijo: Marquen mis palabras. No pasarán seis meses antes de que el mundo testee a Barack Obama…Les aseguro que eso sucederá». Él tenía razón, pues la debilidad percibida invita a la agresión. Aún cuando no hemos visto todavía el temple de Obama en tiempos de crisis, con sólo dar una mirada panorámica a algunas de las amenazas que asoman en el horizonte del Medio Oriente, se obtiene sobrado sustento para tal evaluación. Israel.

El nuevo presidente norteamericano asumirá sus funciones el 20 de enero próximo. Menos de tres semanas más tarde habrá elecciones en Israel. Al momento, la competencia está dada entre la actual primer ministro y titular del oficialista Kadima, Tzipi Livni, y el líder de la oposición Binyamín Netanyahu. Por primera vez en la historia electoral de Israel desde que ambos partidos existen, el Laborismo no será el principal contrincante del Likud. Tal como algunos comentaristas han señalado, Livni seguramente se presentará como la política mejor posicionada para capitalizar el cambio habido en Washington al sugerir que Kadima tendrá mejores chances de lidiar armoniosamente con el Partido Demócrata que el Likud, cuyo jefe ha tenido roces en el pasado con la Administración Clinton por temas relativos al proceso de paz con los palestinos. Por su parte Netanyahu recordará a la nación que él ya fue primer ministro y ministro de relaciones exteriores, y que en tal capacidad supo mantener buenas relaciones con Washington a pesar de las diferencias, así como ministro de economía, lo que le da capital político extra en el marco de una crisis financiera global. Alejado del gobierno durante los años en los que Israel no logró derrotar completamente al Hizbullah durante la guerra del 2006 y en los que Hamas tomó violentamente el poder en la Franja de Gaza en 2007, y en un contexto de crecientes desafíos a la seguridad -e incluso a la existencia- del estado, el Likud podría emerger como un partido confiable en temas de seguridad. Al mismo tiempo, pocos habían anticipado que Kadima sobreviviría a su fundador Ariel Sharon, a los escándalos de corrupción de su líder Ehud Olmert, y a las confrontaciones bélicas con Hamas y Hizbullah. La palabra final a propósito de estas elecciones nacionales la sabremos recién en febrero.

Gaza y Cisjordania.

Once días antes de que Obama asuma la presidencia, expirará el mandato del presidente de la Autoridad Palestina (AP) Mahmoud Abbas. Éste ha dicho que permanecerá en ejercicio por al menos otro año más, apoyándose en una enmienda de la ley electoral local. Hamas sostiene que según la ley básica, el vocero del parlamento debiera reemplazar a Abbas a partir del 9 de enero. Resta por ver como se resolverá este diferendo; si mediante negociaciones pacíficas o a través de choques violentos. La AP está dividida en dos partes: Cisjordania en manos de Fatah, y Gaza bajo control del Hamas. Estas agrupaciones llevan al menos dos décadas luchando por el control político e ideológico del nacionalismo palestino. La política israelí a partir de 1992 en adelante ha favorecido la creación de un estado palestino independiente. Aún cuando su territorio era gobernado por una sola entidad unificada bajo el liderazgo emblemático de Yasser Arafat, y sin injerencias de Irán en el asunto, este objetivo no pudo ser alcanzado. Ahora, con Irán entrometido, el fundamentalismo islámico controlando la Franja de Gaza, a su vez provocando militarmente a Israel y amenazando la estabilidad interna de la AP, las posibilidades de alcanzarlo el año entrante lucen pobres. Hamás todavía no aceptó las tres condiciones para ser aceptado como un socio -reconocer a Israel, respetar acuerdos preexistentes, renunciar al terror- y es muy poco probable que lo vaya a hacer en el futuro. La agrupación extremista ya quebró el cese de fuego con Israel, y el récord de Fatah relativo a la contención del terrorismo de Hamas ha sido hasta el momento lamentable. Así las cosas, nada sugiere que el 2009 será un año tranquilo en las zonas palestinas; sea en la arena doméstica o en la relación con el estado judío.

Hizbullah.

Antes del conflicto último con Israel en 2006, esta agrupación chiíta disponía de trece mil cohetes; hoy posee más de treinta mil. Entonces lo más lejos que podía llegar con sus cohetes era a Hadera; hoy éstos pueden llegar al Negev (incluyendo al reactor atómico en Dimona). En términos reales, controla la zona sur del Líbano. Tiene poder de veto en las decisiones del gabinete libanés y su influencia seguirá creciendo. Ha recibido el título oficial de Liberador de las Granjas Sheba y las aldeas chiítas de la Galilea, y ha acusado a Israel de estar detrás del asesinato del architerrorista Imad Mugniyeh en febrero de 2008, de quién juró vengarse. Según el general Amos Gilad, Director de la Oficina Político/Militar del Ministerio de Defensa, Hizbullah ha transformado al Líbano en una república bananera en la que su presidente (un general y ex comandante del ejército) no sabe cuándo su país se verá enredado en una nueva guerra con Israel. Quien decidirá ello, tal como la última vez, será Hassan Nasrallah, que está al servicio de sus patrones en Teherán. Una futura provocación militar del Hizbullah con toda probabilidad motivará una respuesta israelí mucho más contundente que la anterior, y esta vez la infraestructura oficial libanesa será considerada un legítimo objetivo militar. Con Hizbullah en el gobierno, una nueva guerra sería por definición interestatal.

Siria e Irán.

Los pertrechos militares iraníes llegan a manos del Hizbullah a través de Siria. La distribución desde Irán no es clandestina; arriban al aeropuerto de Damasco. Siria alberga en su suelo a un puñado de grupos terroristas, apoya a jihaditas de Al-Qaeda en Irak, y ha procurado desarrollar secretamente una instalación nuclear (destruida por la fuerza aérea israelí a finales de 2007). En esta coyuntura, las tratativas indirectas entre Siria e Israel en Turquía no llegarán a buen puerto. Siria reclama los Altos del Golán como requisito para otorgar la paz, pero difícilmente Israel pueda ceder un terreno que podría ser usado como plataforma de ataque a una entidad de semejante reputación. Por su parte, Irán continúa desarrollando su programa nuclear y, a menos que sea detenido, no lo abandonará. Conforme ha sido informado por la prensa internacional en noviembre, ya posee material suficiente para construir una bomba nuclear; sólo permanece la incógnita acerca de su nivel de know-how científico. Un Irán nuclear alteraría sustancialmente el ambiente de seguridad regional, precipitaría una carrera armamentista nuclear, y sumergiría al Medio Oriente en una era de gran inestabilidad. Para la región y el mundo, Irán representa una amenaza estratégica pero para Israel significa una amenaza existencial. De una constelación de casi doscientas naciones existentes, solamente el estado judío fue nombrado explícitamente como objetivo anhelado para la obliteración. Jerusalem sabe ello y el año entrante podría resultar definitorio de persistir la irresponsable indiferencia global.

No necesariamente estos escenarios posibles se materialicen el año entrante, sea de modo parcial o total, aislado o simultáneo. Pero la probabilidad de ocurrencia no es baja. Si imperase el realismo, la sabiduría, y la racionalidad en las nuevas administraciones en Washington y Jerusalem -así como en otras capitales- seguramente estos desafíos serán acotados o, mejor aún, finalmente superados.

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Por Julián Schvindlerman

  

La diplomacia epistolar de Irán – 24/11/08

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La victoria electoral de Barack Hussein Obama ha encantado a individuos, grupos y naciones. En Estados Unidos, negros, judíos y gays le dieron, cada uno, más del 70% de sus votos. En Kenia, su familia a la distancia posó para la prensa internacional en una reunión de alegría. En Israel, una tribu beduina adujo estar familiarmente vinculada al presidente electo. Incluso en Teherán hubo quien se mostró en público portando calcomanías de Obama sobre sus ropas.

Casi al momento de conocerse el resultado de las presidenciales norteamericanas, Mahmud Ahmadineyad envió una carta a Barack Obama. A diferencia de la larga carta que escribió a George W. Bush en mayo del 2006 (en la que mencionó a Jesús nueve veces y a Dios otras once, para terminar invitando a su corresponsal a servir a Alá), esta vez el presidente iraní menciona a Dios y a los profetas con contención y se abstiene de hacer proselitismo. No obstante, es muy probable que le rondaran consideraciones de orden teológico a la hora de redactarla.

Tal como el comentarista político iraní expatriado Amir Taheri ha señalado, en el siglo VII Alí ibn Abi Talib predijo que un hombre «negro [y] alto» al mando del «más grande ejército sobre la tierra» tomaría el poder en Occidente y portaría una «clara señal» del Tercer Imán, Hussein. En su profecía, Alí dijo de este personaje: «Los chiitas no deberían tener duda alguna de que está con nosotros». Daniel Pipes ha observado que, en árabe, «Barack Hussein» significa «la bendición de Hussein». Y Obama, en farsi, vale por «[él] está con nosotros». Así las cosas, el establishment clerical iraní podría pensar que este tipo de profecías podrían cumplirse con el ascenso de Obama al poder.

Si aquí está la razón del nuevo ejercicio epistolar iraní, es algo que está más allá de nuestro alcance determinar. Lo políticamente relevante es la existencia y el contenido de la carta, y las reacciones que ha suscitado.

Se trata de la segunda comunicación formal que Teherán cursa a Washington en 29 años. La carta, petulante, sermonea al próximo inquilino de la Casa Blanca: «La gente espera una respuesta clara e inmediata a la presión para el cambio fundamental en las políticas del Gobierno norteamericano (…) ése debiera ser el objetivo y la base de todos los programas y quehaceres de su Gobierno». Asimismo, le prescribe las áreas que habrán de ser objeto de su atención, desde la energía y el «servicio al pueblo» hasta la crisis económica y «imagen del país», pasando por la «erradicación de la pobreza y la discriminación» y el «respeto por los individuos, su seguridad y sus derechos».

En lo que puede interpretarse como una referencia a la cuestión nuclear, Ahmadineyad escribe: «Las naciones del mundo esperan un fin a las políticas basadas en la belicosidad, la invasión, el patoterismo, la chicana, la humillación de otros países por medio de la imposición de exigencias injustas y tendenciosas». Y atribuye a terceras partes lo que en realidad es un anhelo propio: «Quieren que el Gobierno norteamericano mantenga sus intervenciones dentro de los límites de sus propias fronteras». En una evidente alusión a los judíos norteamericanos, a los que sin embargo no menciona explícitamente, dice: «Espero que Ud. elija velar por los auténticos intereses del pueblo, la justicia y la equidad por sobre el apetito insaciable de la minoría egoísta». Por lo que hace a Israel, que acaba de cumplir su sexagésimo aniversario, afirma que en el Medio Oriente hay una «expectativa» de que las «acciones injustas» de los últimos «sesenta años» den lugar a una política que «estimule» los «derechos plenos» de todas las naciones, especialmente los de «las naciones oprimidas de Palestina, Irak y Afganistán». Después de ensalzar a su país como «gran constructor de civilización y buscador de justicia», Ahmadineyad concluye invocando a Dios y a los sagrados profetas y predicando «amor y afabilidad».

La carta iraní obligó a Obama a abordar la relación con Teherán durante su primera conferencia de prensa como presidente electo. En ella, el sucesor de Bush dijo que repasaría el texto de la misiva y que la respondería de la manera más apropiada. Asimismo, advirtió que el apoyo iraní al terrorismo debía cesar y aseguró que el desarrollo de armas nucleares por parte del régimen de los ayatolás era inaceptable. Todo esto motivó que el vocero del Parlamento iraní, y ex negociador en materia de asuntos nucleares, Alí Larijani, afirmara que Obama no se movía «en la dirección adecuada». Por su parte, el parlamentario conservador Ahmad Tavakoli aseguró que las «respuestas arrogantes» del norteamericano no servían a la dignidad del país.

La inoportuna misiva de Ahmadineyad, enviada el mismo día de la victoria de Obama, nos recuerda cuán inevitable será para la Administración demócrata lidiar con este espinoso asunto. El affaire ha motivado un debate entre los expertos. Robert Satloff ha observado que Washington mantiene cinco mega-relaciones en la región –con Israel, Egipto, Arabia Saudita, Turquía e Irak– interconectadas por la cuestión iraní, y afirma: «Resulta esencial una pronta definición de la política hacia Iránl». Por su parte, Patrick Clawson cree que Washington tratará con Teherán al menos para descomprimir la noción de que la ausencia de progreso se debe a la reticencia norteamericana a dialogar con la república islámica. Al mismo tiempo, advierte de que un acercamiento a Teherán reforzará la imagen de los duros ante la opinión pública iraní, cuando las presidenciales de junio están a la vuelta de la esquina, y generará intranquilidad tanto en los países del Golfo Pérsico como, obviamente, en Jerusalem. En cuanto a David Makovsky, sugiere que, aun si fracasaran unas tratativas con Irán, ello legitimaría el recurso a otras opciones.

En todo caso, Barack Obama tiene un amplio margen de acción. Su campaña se centró en la esperanza y el cambio. Como se ha comentado, Obama, por carecer de pasado, prometió el futuro. Para los estadounidenses, el cambio hacía referencia a la situación en Irak, el año pasado, y a la crisis financiera, en este 2008. En 2009, cambio podría significar cualquier otra cosa. Así las cosas, el nuevo presidente tendrá espacio para elegir a qué áreas aplicar el famoso cambio y a cuáles no.

Una buena política de Obama consistiría en mantener la decisión de no dialogar con Teherán, reforzar las hasta el momento débiles sanciones diplomáticas y respaldar las mismas con la amenaza críeble del uso de la fuerza en caso de que los ayatolás no cooperaran.

Cuando la república islámica haya cambiado de modales, Obama podrá enviar a Teherán una carta de agradecimiento.

Originalmente publicado en Comunidades

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Por Julián Schvindlerman

  

La diplomacia epistolar de Irán – 19/11/08

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La victoria electoral de Barak Hussein Obama ha encantado a individuos, grupos y naciones. En Estados Unidos, negros, judíos, y gays le dieron cada uno más del 70% de sus votos. En Kenia, su familia a la distancia posó para la prensa internacional en una reunión de alegría. En Israel, una tribu beduina adujo estar familiarmente vinculada al presidente electo. Incluso en Teherán hombres se mostraron en público portando calcomanías de Obama sobre sus ropas.

Políticamente, una de las manifestaciones más interesantes emanó de allí mismo; del palacio presidencial. Casi inmediatamente luego del resultado electoral, Mahmoud Ahmadinejad envió una carta a Barack Obama. A diferencia de la larga carta enviada a George W. Bush en mayo del 2006 (en la que mencionó a Jesús nueve veces y a Dios once veces para terminar invitando al presidente estadounidense a servir a Allah), la misiva menciona a Dios y a los profetas de manera mucho más moderada y se abstiene de hacer proselitismo. No obstante, es muy probable que consideraciones teológicas hayan estado presentes en la mente del presidente khomeinista al escribirla. Tal como el comentarista político iraní expatriado Amir Taheri ha señalado, en el siglo VII Alí ibn Abi-Talib predijo que un hombre negro alto» al mando «del más grande ejército en la tierra» tomaría el poder «en Occidente» y traería una «clara señal» del Tercer Imán, Hussein. En su profecía, Alí dijo de este personaje: «los chiítas no deberían tener duda alguna que él está con nosotros». Daniel Pipes ha observado que en árabe, Barack Hussein significa «la bendición de Hussein». En farsi, Obama significa «él está con nosotros». Así, las profecías en las que cree el establishment clerical iraní podrían -en la óptica de éstos- ver su realización inminente en el ascenso de Barack Obama al poder.

Si ella ha sido la razón del nuevo ejercicio epistolar iraní está más allá de nuestro alcance a determinar. Lo políticamente relevante es la existencia de la carta, el contenido de la misma, y la reacción que ella produjo. Ella representa la segunda comunicación escrita formal iniciada por Teherán hacia Washington en los últimos 29 años. La carta tiene un tono petulante en la que sermonea al gobierno de EE.UU.: «La gente espera una respuesta clara e inmediata a la presión para el cambio fundamental en las políticas del gobierno norteamericano, tanto internas como externas…ese debiera ser el objetivo y base de todos los futuros programas y acciones de su gobierno». Le prescribe las áreas que deberá atender, desde «energía» hasta «servir al pueblo», desde la «crisis económica» hasta la «imagen del país», desde «erradicar la pobreza y la discriminación» hasta «renovar el respeto por los individuos, su seguridad y sus derechos». En lo que puede interpretarse como una referencia a la cuestión nuclear, sostiene que «las naciones del mundo esperan un fin a las políticas basadas en la belicosidad, invasión, patoterismo, chicana, la humillación de otros países por medio de la imposición de exigencias injustas y tendenciosas». Le atribuye a terceras partes lo que en realidad es un anhelo iraní, al decir «ellas quieren que el gobierno norteamericano mantenga sus intervenciones dentro de las fronteras de su propio país». En una evidente referencia a los judíos norteamericanos, sin nombrarlos explícitamente, dice «Espero que Ud. elegirá honrar los reales intereses del pueblo y la justicia y la equidad por sobre el apetito insaciable de la minoría egoísta». En una alusión a Israel, que acaba de marcar su sesenta aniversario, menciona que en el Medio Oriente hay una «expectativa de que las acciones injustas de los últimos 60 años darán lugar a una política que estimule los derechos plenos a todas las naciones, especialmente a las naciones oprimidas de Palestina, Irak y Afganistán». Después de auto-congratular a su país como «la nación de Irán gran constructora de la civilización y buscadora de la justicia», la epístola termina invocando a Dios y a los sagrados profetas y predicando «amor y amabilidad» entre otros clisés.

Esta carta obligó al presidente-electo a abordar la relación con Irán en su primera conferencia de prensa post-electoral. En ella, Obama dijo que revisaría el texto y respondería apropiadamente. También dijo que el apoyo iraní a agrupaciones terroristas debía cesar y que el desarrollo de armas nucleares era inaceptable. Esto motivó que el vocero del Parlamento iraní, Alí Larijani, a la vez ex negociador de asuntos nucleares con Occidente, tildara a la respuesta de «no moverse en la dirección correcta». Ahmad Tavakoli, parlamentario conservador aseguró que las «respuestas arrogantes» de Obama no servían a la dignidad del país.

La inoportuna misiva de Ahmadinejad enviada a Obama el mismo día de su victoria nos recuerda cuan inevitable será para la próxima administración demócrata lidiar con este espinoso asunto. El affair motivó un debate en la comunidad de expertos. Robert Satloff ha observado que Washington posee cinco mega-relaciones con socios en la región -Israel, Egipto, Arabia Saudita, Turquía e Irak- interconectadas por la cuestión iraní. «Una pronta definición de una política hacia Irán es esencial», opina. Patrick Clawson cree que Washington tratará con Teherán al menos para descomprimir la noción de que la ausencia de progreso se debe a la reticencia norteamericana a dialogar con la república islámica. Al mismo tiempo, él advierte que un acercamiento a Irán reforzará la imagen de los «duros» ante la opinión pública iraní a meses de las elecciones presidenciales de junio próximo, además de generar intranquilidad en los países del Golfo Pérsico y obviamente en Jerusalém. David Makovsky sugiere que aún si tratativas con Irán fracasaran, ello legitimaría el recurso a otras opciones. En todo caso, Barack Obama tiene un amplio margen de acción. Su campaña se centró en la esperanza y el cambio. Como ha sido observado, al carecer de un pasado, él prometió un futuro. Para los estadounidenses, el «cambio» se refirió a la situación en Irak, el año pasado, y a la crisis financiera, éste. El año entrante podría significar cualquier otra cosa. De este modo, el nuevo presidente tendrá espacio para elegir a qué áreas aplicar el cambio y a cuales no a partir de enero.

En torno a los aciertos y errores de la administración Bush respecto a Irán, una buena política de Obama consistiría en mantener la decisión de no dialogar con Teherán, reforzar las hasta el momento débiles sanciones diplomáticas, y respaldarlas con la amenaza del uso creíble de la fuerza ante la no-cooperación de ese país. Si y cuando la república islámica haya cambiado sus modales, Obama podrá enviarle a Teherán una carta de agradecimiento.

Comunidades, Comunidades - 2008

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Estados unidos y el mundo – 05/11/08

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Al momento de escribir estas líneas las elecciones norteamericanas aún deben acontecer, pero ya resulta claro que Barak Obama es el favorito entre los estadounidenses y en el resto del mundo. Internacionalmente, encuestas de la BBC, The Economist y el Pew Research Center dan cuenta de ello. Domésticamente, otras varias encuestas lo confirman. Los demócratas consideran ello un éxito, y en un sentido evidente lo es. Sin embargo, que en las elecciones más fáciles de la historia nacional –con un presidente republicano hiper-desprestigiado, una guerra impopular a cuestas, un candidato muy carismático, los principales medios de comunicación a favor, ventaja recaudatoria apreciable, y una crisis financiera con repercusiones planetarias estallando en plena campaña electoral- los demócratas no logren superar en más de cinco o diez puntos de ventaja a los republicanos, y que de hecho en cierto momento hayan estado debajo de éstos, invita a una honesta reflexión acerca de la relevancia política de su plataforma.

Con un apoyo local de alrededor del 30%, y con un anti-Bushismo rampante desde Cancún hasta Ushuaia y desde Valencia hasta Shangai, la opinión pública parece haber dado su veredicto sobre las chances de los republicanos y especialmente acerca del presidente en funciones. Independientemente de quién sea el victorioso en las elecciones USA 2008, Bush en cualquier caso pronto se habrá ido. Pero antes de que el último clavo sea martillado en el féretro de su legado, reconozcámosle lo que se merece. George W. Bush llegó al poder sin tener la menor idea, ni él ni sus asesores, ni sus contrincantes ni sus seguidores, de lo que se avecinaba. Respondió al desafío con firmeza. Los atentados del 9/11 revolucionaron nuestro entendimiento de lo que una guerra significa en el siglo XXI. El presidente Bush reformuló la política de defensa estadounidense y llevó la batalla a las orillas de los enemigos. De ahí las guerras en Irak y en Afganistán: la estrategia no consistía en meramente responder a la agresión islamista, sino en prevenir el próximo ataque. Tal como ha señalado Douglas Feith, tercero en la jerarquía del Pentágono entre 2001-2005, se eligió remover a los Talibanes y a Saddam Hussein del poder porque ello era necesario. En los siguientes siete años transcurridos desde el golpe magistral de Al-Qaeda hasta estas elecciones, Londres, Madrid, Ammán, Estambul, y por supuesto Tel-Aviv, fueron blancos de ataque jihadista. En el mismo período, no hubo un solo atentado en suelo norteamericano. Puede que ello tenga algo que ver con las políticas defensivas de Bush, las que, debemos acotar, fueron universalmente repudiadas por los demócratas, quienes obsesionados con Guantánamo y las escuchas telefónicas, vivieron bajo el beneficio de la protección republicana.

El mundo sigue siendo un lugar peligroso. El Islam radical aún acecha. Irán avanza hacia el umbral nuclear. Hizbulla se rearma. Rusia retorna a la Guerra Fría. Venezuela abraza un nacionalismo populista de la peor calaña. Irak y Afganistán todavía deben equilibrarse. Pakistán, el único país musulmán poseedor de armas nucleares, es cada vez más inestable. La economía mundial tambalea. No sabemos quién atenderá el teléfono en la Casa Blanca a las 3 a.m. de ahora en más, pero sí sabemos que es allí donde sonará. Estados Unidos seguirá siendo una superpotencia aún después de esta crisis financiera fenomenal. Constantinopla cayó a los otomanos después de dos siglos de retroceso y declive. Tomó dos guerras mundiales, una depresión global y el surgimiento de la guerra fría para disminuir al imperio británico. Por lo tanto es seguro decir que la era del dominio norteamericano no será cerrada por lagos de default…» escribió el comentarista Bret Stephens. En todo caso, «Cuando el agua llega a la cintura de Gulliver, eso significa que los enanitos ya están ahogados». Él sustenta esta aseveración con estos datos: durante los tres meses previos a la debacle y después de ésta hasta el repunte transitorio de mediados de octubre, el Dow Jones cayó 25%, pero el XETRADAX de Alemania cayó 28%, la Bolsa de Shangai de China 30%, el NIKK225 de Japón 37%, la BOVESPA de Brasil 41% y el RTSI de Rusia 61%. Además, la cifra sideral de u$s 700 mil millones a los que en principio recurrió Washington para contener la crisis equivalen a un poco más del 5% del PBI norteamericano. El paquete de alrededor de u$s 500 mil millones de Alemania representa un 15% del suyo, y los u$s 835 mil millones de Gran Bretaña se aproxima al 30% de su PBI. Asimismo, la crisis golpeará a Rusia, Irán, Venezuela, Nigeria y algunos países del Golfo cuyos presupuestos operativos requieren de un precio del crudo elevado, y éste cayó de cerca de u$s 150/barril en julio a cerca de u$s 70/barril en octubre. En este período de incertidumbre, el dólar americano se ha fortalecido.

La crisis será eventualmente superada, pero las amenazas globales no desaparecerán. Aún en la era post-Bush, el anti-norteamericanismo seguirá de moda. Fuere quien fuere el nuevo Comandante en Jefe en Washington, Estados Unidos continuará recibiendo el desprecio de gran parte del globo terráqueo. Obama está mejor posicionado internacionalmente para distender la atmósfera; aún así, no podrá sostener a largo plazo el entusiasmo que cientos de miles de fans le mostraron en Berlín. McCain no tendrá período de gracia.

Estados Unidos seguirá encontrándose con su destino. Aún después de Bush, de Wall Street y de Irak, la hegemonía norteamericana primará. A decir del pensador Fouad Ajami: «Una cosa es protestar contra la Pax Americana. Pero cuando los encuestadores han partido, la verdad de nuestro orden contemporáneo de estados se sostiene. Vivimos en un mundo sostenido por el poder norteamericano; poder y benevolencia. Nada más bello, o más justo, se perfila en el horizonte».

Originalmente publicado en Libertad Digital (España)

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Por Julián Schvindlerman

  

Estados unidos y el mundo – 31/10/08

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Al momento de escribir estas líneas las elecciones norteamericanas aún no se han realizado, pero ya parece claro que Barak Obama es el favorito entre los estadounidenses y en el resto del mundo. Internacionalmente, encuestas de la BBC, The Economist y el Pew Research Center dan cuenta de ello. En Estados Unidos, otras encuestas confirman esta tendencia. Los demócratas lo consideran un éxito y en cierto sentido lo es. Sin embargo, que en las elecciones más fáciles de la historia nacional -con un presidente republicano hiperdesprestigiado, una guerra impopular a las espaldas, un candidato muy carismático, los principales medios de comunicación a favor, una ventaja recaudatoria apreciable y una crisis financiera con repercusiones planetarias- los demócratas no logren superar en más de cinco o diez puntos de ventaja a los republicanos, y que en ciertos momentos hayan estado por debajo de éstos- invita a una honesta reflexión acerca de la relevancia política de su plataforma.

Con un apoyo interno inferior al 30% y con un movimiento anti-Bush rampante desde Cancún hasta Ushuaia y desde Valencia a Shangai, la opinión pública parece haber dado su veredicto sobre los republicanos y especialmente sobre el presidente en funciones. Independientemente de quién gane las elecciones de noviembre, Bush pronto se habrá ido. Pero antes de colocar el último clavo en el féretro de su legado, reconozcámosle lo que se merece: George W. Bush llegó al poder sin tener la menor idea -ni él ni sus asesores, ni sus contrincantes ni sus seguidores- de lo que se avecinaba y respondió al desafío con firmeza.

Los atentados del 11-S revolucionaron el significado de una guerra en el siglo XXI. El presidente Bush reformuló la política de defensa estadounidense y llevó la batalla a las orillas de sus enemigos. Para ello se iniciaron las guerras en Irak y en Afganistán: la estrategia no consistía solamente en responder a la agresión islamista, sino en prevenir el próximo ataque. Tal como ha señalado Douglas Feith, tercero en la jerarquía del Pentágono entre 2001-2005, se eligió eliminar a los Talibanes y a Saddam Hussein del poder porque era necesario. En los siguientes siete años transcurridos desde el golpe magistral de Al-Qaeda hasta estas elecciones, Londres, Madrid, Ammán, Estambul, y por supuesto Tel-Aviv, fueron blancos de ataque jihadista. En el mismo período, no hubo un solo atentado en suelo norteamericano. Puede que ello tenga algo que ver con las políticas defensivas de Bush que, conviene recordar, fueron universalmente rechazadas por los demócratas (quienes obsesionados con Guantánamo y las escuchas telefónicas vivieron bajo la protección republicana).

El mundo sigue siendo un lugar peligroso. El Islam radical aún acecha. Irán avanza hacia el umbral nuclear. Hizbulla se rearma. Rusia vuelve a la Guerra Fría. Venezuela abraza un nacionalismo populista de la peor calaña. Irak y Afganistán todavía deben estabilizarse. Pakistán, el único país musulmán poseedor de armas nucleares, es cada vez más inestable. La economía mundial se tambalea.

No sabemos quién descolgará el teléfono en la Casa Blanca a las 3 de la madrugada a partir de noviembre, pero sí sabemos que donde sonará será allí. Estados Unidos seguirá siendo una superpotencia, aún después de esta profunda crisis financiera: «Constantinopla cayó en manos de los otomanos después de dos siglos de declive. Costó dos guerras mundiales, una depresión global y el comienzo de la guerra fría para enterrar el imperio británico. Por lo tanto, es evidente que la era del dominio norteamericano no terminará por la crisis actual», escribió el comentarista Bret Stephens.

En todo caso, «cuando el agua llega a altura de la cintura de Gulliver, eso significa que los liliputienses ya se habrán ahogado». Stephens ilustra esta afirmación con estos datos: durante los tres meses anteriores a la debacle y hasta la recuperación transitoria a mediados de octubre, el Dow Jones cayó 25%, pero el DAX-30 de Alemania cayó un 28%, la bolsa de Shangai de China el 30%, el Nikkei de Japón el 37%, la Bovepa de Brasil el 41% y el RTS de Rusia el 61%. Además, la cifra astronómica de 700.000 millones a los que en principio recurrió Washington para contener la crisis equivalen a poco más del 5% del PIB norteamericano. En cambio, el paquete de 500.000 millones de dólares de Alemania representa el 15% del suyo, y los 835.000 millones de Gran Bretaña se aproxima al 30%. Asimismo, la crisis también golpeará duramente a Rusia, Irán, Venezuela, Nigeria y algunos países del Golfo cuyos presupuestos dependen de que el precio del petróleo se mantenga elevado, cuando ya se sitúa por los 60 dólares en caída de los 147 dólares. Sólo hace falta darse cuenta de que en este período de incertidumbre, el dólar americano se ha fortalecido.

La crisis se superará en su momento, pero las amenazas globales no desaparecerán. Aún en la era post-Bush, el antiamericanismo seguirá de moda. Fuere quien fuere el nuevo comandante en jefe en Washington, Estados Unidos continuará recibiendo el desprecio de gran parte del globo terráqueo. Obama está mejor posicionado internacionalmente para reducir las tensiones; pero aun así no podrá conservar a largo plazo el entusiasmo que cientos de miles de fans le mostraron en Berlín. McCain no tendría ni siquiera un período de gracia.

Aun así, Estados Unidos seguirá encontrándose con su destino. Después de Bush, de Wall Street y de Irak, la hegemonía norteamericana se mantendrá. Y es que, como dice el pensador Fouad Ajami: «Una cosa es protestar contra la Pax Americana. Pero cuando los catastrofistas se hayan ido, la realidad de nuestro orden contemporáneo seguirá en pie. Vivimos en un mundo sostenido por el poder norteamericano; poder y benevolencia. Nada más bello, o más justo, se perfila en el horizonte».

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La Línea roja de Hugo Chavez – 20/10/08

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El rojo rojito es el color emblemático del presidente bolivariano de Venezuela, que acaba de cruzar una línea de ese mismo color sin que el mundo apenas reaccionara.

A finales de septiembre Chávez anunció que comenzaría a construir un reactor nuclear con tecnología y asistencia rusas. Regresado de un viaje a Moscú, en el cual Vladimir Putin confirmó que cooperaría en ese área con Caracas, el presidente venezolano expresó su interés en desarrollar energía nuclear; «por supuesto, con fines pacíficos», aclaró. Ello no es muy tranquilizador, que digamos, dada la naturaleza de su Gobierno y su vinculación estrecha con el régimen iraní, su más cercano aliado en el Medio Oriente, que también trata de nuclearizarse y también, por supuesto, con «fines pacíficos».

Tal como ha consignado el diario argentino La Nación, Venezuela lleva gastados más de 33.000 millones de dólares en América Latina para consolidar su influencia política en la región. Es financista de las economías argentina, boliviana, cubana, ecuatoriana y nicaragüense. Patrocina agrupaciones terroristas dentro y fuera del continente, tales como las FARC, ETA, Hamás y Hezbolá. Según un informe del Congreso norteamericano, una amplia red islamista se extiende por el territorio venezolano, con base en Isla Margarita y filiales en Barquisimeto, Anaco, Puerto Ordaz y Puerto Cabello. Asimismo, Venezuela recibió buques de guerra rusos en sus costas –es la primera vez, desde la Guerra Fría, que sucede algo así en la región–, anunció la realización de maniobras conjuntas con la Marina rusa para mediados de noviembre y prometió compras de armas rusas por más de 4.500 millones de dólares.

Poco tiempo atrás, Chávez expulsó al embajador estadounidense en Caracas, en un presunto gesto de solidaridad bolivariana con La Paz. «¡Váyanse al carajo cien veces, yanquis de mierda, que aquí hay un pueblo digno!», clamó, haciendo gala de sutileza, al efectuar el anuncio. Años atrás había retirado a su embajador en Tel Aviv. Frente a la crisis financiera de Wall Street, el presidente venezolano afirmó que estaba gestando «un nuevo sistema financiero propio», junto a Irán, Rusia, Bielorrusia y China, que contaría con la «asesoría» de Fidel Castro. Al momento del anuncio, su canciller, Nicolás Maduro, se hallaba en Teherán dialogando sobre el establecimiento de un banco binacional venezolano-iraní. Ya existe uno similar con China, y se planea crear otro junto a Rusia.

La cosmovisión ideológica que anima su repudio a USA, y en particular a «Mr. Danger», como gusta de llamar al presidente Bush, le han valido distinciones especiales: Libia le otorgó el (surrealista) Premio Internacional Gadafi de Derechos Humanos, y la República Islámica de Irán le concedió su más alto honor por apoyar a los ayatolás en su confrontación nuclear con la familia de las naciones. Mahmud Ahmadineyad realizó tres visitas oficiales a Caracas en los últimos dos años, y varias delegaciones venezolanas han visitado Irán. En el año 2007 se estableció el primer vuelo entre América Latina y el Medio Oriente en la ruta Teherán-Caracas. Según algunos testigos, la carga y el pasaje del primer vuelo ingresó a Venezuela sin cruzar ningún control aduanero.

Como parte de su estrategia de penetración regional, en los últimos dos años Irán ha abierto embajadas en Nicaragua, Bolivia y República Dominicana. Asimismo, reabrió la que tenía en Chile e inauguró una oficina comercial en Ecuador. Con la Argentina ha multiplicado el comercio bilateral. La embajada en Venezuela –puerto de entrada al continente– ha sido ampliada.

La prensa venezolana ha informado de que Chávez se ha gastado un millón de dólares en imprimir pósters de sí mismo en compañía del líder de Hezbolá, Hassán Nasrala, para que fueran exhibidos en una manifestación islamista en Beirut. La prensa israelí ha publicado que Hezbolá ha entrenado en el Líbano a miembros jóvenes del partido bolivariano.

Tal como ha señalado el escritor Travis Pantin, el Estado de Israel ocupa un lugar de infamia en el pensamiento chavista. Durante una entrevista que concedió en julio de 2006 a la cadena satelital árabe Al Yazira lo definió como «un instrumento de agresión». En 2007 llamó a Colombia «el Israel de la región» cuando Bogotá asestó un golpe letal a las FARC en su frontera con Ecuador. A su vez, comparó a los palestinos con los indios venezolanos durante un discurso pronunciado en 2005 en conmemoración del descubrimiento de América: «Ustedes fueron expulsados de su patria, como el heroico pueblo palestino».

La judeofobia del régimen chavista ha sido ampliamente documentada. Desde la asunción de Chávez, alrededor del 25% de la pequeña comunidad judía venezolana ha emigrado. Dos veces fue allanada la Sociedad Hebraica de Caracas, a partir de la espuria acusación de que allí se ocultaban armas. En junio de este año el embajador venezolano en Moscú denunció un supuesto golpe de estado contra su Gobierno y acusó al servicio secreto israelí (así como a «ciudadanos venezolanos pero judíos») de estar detrás del complot. La sinagoga Tiferret Israel ha sido víctima de vandalismo en más de una ocasión. El programa televisivo pro Chavista La Hojilla suele propagar estereotipos antisemitas. Por otra parte, el propio presidente venezolano denunció, en vísperas de la Navidad de 2004, a «algunas minorías, entre ellas los descendientes de los asesinos de Cristo, [que] se han apoderado de las riquezas de este mundo».

Por todo lo anteriormente expuesto, podemos fácilmente advertir la peligrosidad que subyace a las ambiciones nucleares de Hugo Chávez. Si bajo su mandato Venezuela se ha convertido en un Estado conflictivo y provocador, no se requiere demasiada imaginación para anticipar cuán inquietantes serían las cosas para todos los latinoamericanos si accediera a la nuclearidad.

Originalmente publicado en Comunidades

Comunidades, Comunidades - 2008

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

La línea roja de Hugo Chávez – 15/10/08

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El rojo rojito» es el color emblemático del presidente bolivariano de Venezuela. Él acaba de cruzar una línea de ese mismo color sin que el mundo casi reaccionara. A fines de septiembre, Chávez anunció que comenzaría a construir un reactor nuclear con tecnología y asistencia rusa. Regresado de un viaje a Moscú, en el cual Vladimir Putin confirmó que cooperaría en esa área con Caracas, Chávez expresó su interés en desarrollar energía nuclear «por supuesto, con fines pacíficos». Ello no es muy tranquilizador que digamos, dada la naturaleza del gobierno de Caracas y su vinculación estrecha con el régimen iraní, su más cercano aliado en el Medio Oriente, también avocado al desarrollo de un programa nuclear «por supuesto, con fines pacíficos».

Tal como ha consignado La Nación, Venezuela lleva gastados más de u$s 33.000 millones en América Latina para consolidar su influencia política en la región. Es financista de las economías argentina, boliviana, cubana, ecuatoriana, y nicaragüense. Patrocina a agrupaciones terroristas dentro y fuera del continente, tales como las FARC, ETA, Hamas y Hizbullah. Según un informe del congreso norteamericano, una amplia red islamista se extiende por el territorio venezolano con base en la Isla Margarita y con filiales en Barquisimeto, Anaco, Puerto Ordaz, y Puerto Cabello. Recibió buques de guerra rusos en sus costas -por primera vez desde la Guerra Fría algo así acontece en la región- anunció la realización de maniobras conjuntas con la marina rusa para mediados de noviembre, y prometió compras de armas rusas por más de u$s 4500 millones.

Poco tiempo atrás expulsó al embajador estadounidense ante Caracas, en un presunto gesto de solidaridad bolivariana con La Paz. «Váyanse al carajo cien veces, yanquis de mierda, que aquí hay un pueblo digno», dijo haciendo gala de sutileza chavista al efectuar el anuncio. Años atrás había retirado a su embajador ante Tel-Aviv. Frente a la crisis financiera de Wall Street, afirmó que estaba gestando «un nuevo sistema financiero propio» junto a Irán, Rusia, Belarús, y China, que contaría «con la asesoría de Fidel Castro». Al momento del anuncio, su canciller Nicolás Maduro se hallaba en Teherán dialogando sobre el establecimiento de un banco binacional venezolano-iraní. Ya existe uno similar con China y planea crear otro semejante con Rusia. «Quizás lo llamemos Casa de Valores Chávez-Ahamadinejad, Casa de Valores Chávez-Medvedev y Casa de Valores Chávez-Hu Jintao», bromeó -de buen humor ante el debacle norteamericano- el líder bolivariano.

La cosmovisión ideológica que anima su repudio a USA y en particular a «Mr. Danger», como gusta de llamar al presidente Bush, le han valido distinciones especiales: Libia le otorgó el (surrealista) Premio Internacional Qaddafi por los Derechos Humanos y la República Islámica de Irán le concedió su más alto honor por apoyar a Teherán en su confrontación nuclear con la familia de las naciones. Mahmoud Ahmanidejad realizó tres visitas oficiales a Caracas en los últimos dos años y delegaciones venezolanas han visitado Irán. En el año 2007 fue establecido el primer vuelo transoceánico entre América Latina y el Medio Oriente en la ruta Teherán-Caracas. Testigos han indicado que, al arribar a Venezuela, los pasajeros y la carga de éste vuelo ingresan al país sin cruzar control aduanero alguno. Como parte de su estrategia de penetración regional, Irán ha abierto en los últimos dos años embajadas en Nicaragua, Bolivia, y República Dominicana. Reabrió su embajada en Chile e inauguró una oficina comercial en Ecuador. Con la Argentina ha multiplicado el comercio bilateral. La embajada en Venezuela -puerto de entrada al continente- fue ampliada.

La prensa venezolana ha informado que Chávez ha gastado u$s 1 millón para imprimir posters de él mismo junto al líder del Hizbullah Hassan Nasrallah para ser exhibidos en una manifestación islamista en Beirut. La prensa israelí ha publicado que en El Líbano, Hizbullah ha entrenado a miembros jóvenes del partido bolivariano. Tal como ha señalado el escritor Travis Pantin, el Estado de Israel ocupa un lugar de infamia en el pensamiento chavista. Durante una entrevista en julio de 2006 con la cadena satelital árabe Al-Jazeera lo ha definido como «un instrumento de agresión». En 2007 llamó a Colombia «el Israel de la región» cuando Bogotá asestó un golpe letal a las FARC en su frontera con Ecuador. A su vez comparó a los palestinos con los indios venezolanos durante un discurso pronunciado en 2005 en conmemoración del descubrimiento de América: «Uds. fueron expulsados de su patria, como el heroico pueblo palestino».

La judeofobia del régimen chavista ha sido ampliamente documentada. Desde la asunción de Chávez al poder, alrededor del 25% de la pequeña comunidad judía venezolana ha emigrado. Dos veces fue allanada la Sociedad Hebraica de Caracas a partir de la espuria acusación de que allí se ocultaban armas. En junio de este año, el embajador venezolano en Moscú denunció un supuesto golpe de estado contra su gobierno y acusó al servicio secreto israelí (así como a «ciudadanos venezolanos pero judíos») de estar detrás del complot. La sinagoga Tiferret Israel ha sido víctima de vandalismo en más de una ocasión. El programa televisivo pro-Chavista «La Hojilla», que emite en canal público, suele propagar estereotipos antisemitas. Y el propio presidente venezolano protestó, en las vísperas de la Navidad de 2004, contra «algunas minorías, entre ellas los descendientes de los asesinos de Cristo, [que] se han apoderado de las riquezas de este mundo».

Por todo lo anteriormente expuesto, podemos fácilmente advertir la peligrosidad inmersa en la ambición nuclear de Hugo Chávez. Si bajo su mandato Venezuela se ha convertido en un estado conflictivo y provocador, no se requiere demasiada imaginación para anticipar cuan inquietante sería la situación para todos los latinoamericanos con un condimento nuclear adicionado.

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Por Julián Schvindlerman

  

Elie Wiesel y la preservación de la memoria – 09/10/08

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«Dime –le pregunta el niño que alguna vez fue–, ¿qué has hecho con mi futuro? ¿Qué has hecho con tu vida?». Y él responde que lo ha intentado. Que ha tratado de mantener viva la memoria. Que ha procurado luchar contra los que quieren olvidar. «Porque si olvidamos», advertirá al Comité Nobel en 1986, «somos culpables, somos cómplices». Él es Elie Wiesel.

En el primer volumen de sus memorias, Todos los torrentes van a la mar (1996), Elie Wiesel narra la siguiente anécdota.

Un día de 1936, esto es, cuando contaba ocho años, Elie acudió con su madre a ver al rabino de Wizhnitz –una eminencia en la Torah (Pentateuco)–, que se encontraba de visita en su pueblo natal, Sighet (Transilvania). En un primer momento se quedó a solas con el rabino; luego salió y dejó paso a su madre. Cuando ésta, a su vez, abandonó la habitación, vio que tenía la cara cubierta de lágrimas y que no podía parar de llorar. El pequeño Elie le preguntó una y otra vez qué le pasaba, cuál era la causa de su angustia, pero no obtuvo respuesta. Insistió durante días. Infructuosamente. Su madre jamás le dijo una palabra. Apesadumbrado, se interrogó acerca de qué pudo haber hecho mal para avergonzarla.

Le tomaría veinticinco años averiguar la verdad, y lo haría en otro rincón del mundo. En Manhattan.

Un día, un primo suyo que estaba a punto de someterse a una operación difícil le pidió que se acercara al hospital a bendecirle. Aunque no ejercía oficio religioso alguno, Wiesel, que por entonces tenía 33 años, se aprestó a cumplir los deseos de su pariente. A los pocos días éste, ya recuperado, le develó el enigma del encuentro misterioso de Sighet. Su madre le había contado. El rabino de Wizhnitz había dicho: «Sara, debes saber que tu hijo será un gadol b’Israel, un gran hombre en Israel, pero ni tú ni yo viviremos para verlo». Exactamente cincuenta años después, Elie sería galardonado con el Premio Nobel de la Paz.

Elie Wiesel no olvida, y nos cuenta en el segundo volumen de sus memorias: Y el mar nunca se llena (1999), que al momento de recibir la más alta distinción que confiere la humanidad no pudo evitar pensar en su madre, en su padre y en su hermana menor, asesinados durante el Holocausto:
No oigo el aplauso, no oigo nada, y luego todo lo que oigo son las lágrimas invisibles que fluyen por mi alma, las plegarias que mis padres muertos recitan en las alturas, el llamado de mi pequeña hermana Tsipouka, cuyo sufrimiento debió haber extinguido el Sol por toda la eternidad.
Wiesel tenía quince años cuando fue deportado junto con toda su familia a los campos de exterminio nazi. Sólo él y sus dos hermanas mayores sobrevivirían a lo que el propio Elie denominó «el reino de la noche». Luego de la guerra fue llevado a un orfanato en Francia, adoptó el francés como idioma –pues no podía seguir hablando en la lengua de los asesinos–, estudió filosofía en la Sorbona, enseñó hebreo, trabajó en coros y, luego, se orientó al periodismo. Su primer trabajo lo obtuvo con Zion in Kamf, publicación en yiddish del Irgún, un movimiento de resistencia judío que operaba en Palestina, y luego pasó al Yediot Aharonot, hoy uno de los más grandes diarios de Israel pero entonces un periódico menor.

Durante un decenio, Wiesel rehusó abordar su pasado. «Tan pesada era mi angustia –escribió en Un judío hoy (1978)–, que hice una promesa: no hablar, no tocar lo esencial durante por lo menos diez años. Tiempo suficiente para ver con claridad. Tiempo suficiente para volver a adueñarme de mi memoria. Tiempo suficiente para unir el lenguaje del hombre con el silencio de los muertos».

Fue un escritor católico, y en el marco de una entrevista inconexa, quien le alentó a tomar la pluma. Un año más tarde, Wiesel envió el manuscrito –que escribió «bajo el sello de la memoria y el silencio»– a quien acabaría convirtiéndose en su amigo y mentor: François Mauriac. Se trataba de La noche, el ensayo más aclamado de toda su obra, tan singular y rica, compuesta por más de cuarenta títulos de ficción y no ficción. Desde su aparición, en 1960, La noche ha vendido más de diez millones de ejemplares y sido traducida a 30 idiomas.

Su éxito descollante eclipsó los humildes orígenes de este ensayo poderoso, así como los muchos senderos que debió transitar antes de poder ver la luz del día. Inicialmente tenía 900 páginas, estaba escrito en yiddish y llevaba por título …Y el mundo callaba. La primera edición apareció en Buenos Aires en 1956: la editó la Unión Central Israelita Polaca, bajo la guía de Mark Turkow. Tenía 253 páginas, y se tiraron 1.500 ejemplares.

La versión francesa constaba de sólo 127 páginas y llevaba un prólogo de Mauriac, el más prominente escritor galo del momento (ganó el Nobel en 1952). Aun así, fue rechazado por la mayoría de las casas editoriales de París. La que se lo quedó: Les Éditions de Minuit, vendió poquísimos ejemplares. La traducción al inglés enfrentó similares problemas. El agente literario y amigo de Wiesel, Georges Borchardt – sobreviviente del Holocausto–, lo envió sin éxito a quince editoriales de Nueva York entre 1958 y 1959. Finalmente lo dio a la imprenta Hill & Wang. Recibió críticas positivas.

Con el cambio de década, las cosas cambiaron. En 1960 unos agentes israelíes secuestraron a Adolf Eichmann en la Argentina y lo trasladaron a Jerusalén. El juicio al jerarca nazi, celebrado en 1961, suscitó la atención internacional e instaló el tema de la Shoa en el interés de la opinión pública. Para los años setenta, el Holocausto era enseñado en universidades estadounidenses, y para los noventa La noche era ya un texto fundamental en universidades y escuelas.

Cuando apareció La noche, muy pocos estaban dispuestos a escuchar a los sobrevivientes. Imperaba la negación; no el negacionismo perverso contemporáneo, que desmiente la existencia de la Shoa, sino una actitud negadora de la realidad por inabarcable. El Diario de Ana Frank había aparecido en 1952 y alcanzado gran repercusión, pero se trataba de un libro sentimental, incluso optimista, que no llegaba a mostrar los horrores de los crematorios y las cámaras de gas. Wiesel ponía a los lectores ante ese infierno de muerte y destrucción al que la joven alemana aún no había arribado cuando escribió su conmovedor diario. Tampoco pudo llegar a documentar su propia muerte trágica, en Bergen-Belsen.

Elie Wiesel ha dicho: «Donde termina el libro de Ana Frank empieza el mío». En el prólogo a la edición francesa, Mauriac expresaba su deseo de que La noche tuviera tantos lectores como el libro de Ana Frank.

Muchos años después, Wiesel diría que si los sobrevivientes tuvieron el valor de escribir, los demás deberíamos tener la obligación de leer. Leer pasajes como éste, de la propia obra de Wiesel que venimos comentando:
Jamás olvidaré esa noche, esa primera noche en el campo de concentración que hizo de mi vida una sola larga noche bajo siete vueltas de llave. Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó para siempre las ganas de vivir. Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi Dios y mi alma, y mis sueños, que adquirieron el rostro del desierto. Jamás lo olvidaré, aunque me condenaran a vivir tanto como Dios. Jamás.
A Elie Wiesel se le atribuye haber creado –aun sin proponérselo– el género de la literatura del Holocausto. A lo largo de los años ha recibido varios premios, por su compromiso y trayectoria. Todos merecidos. Porque Elie Wiesel es el hombre que no permitió al mundo olvidar el Holocausto. Así pues, el adulto que es puede decirle al niño que fue: misión cumplida.

Originalmente publicado en la Revista de la Comunidad Amijai

Comunidades, Comunidades - 2008

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Por Julián Schvindlerman

  

Los Beatles y el estado Judío – 24/09/08

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La próxima visita del ícono del Rock´n Roll Paul McCartney a Israel ha electrificado a sus fans desde Eilat a Rosh Hanikrá. Aún antes de la confirmación del recital, el valor de las entradas oscilaba entre 140 y 430 dólares. La excitación colectiva posiblemente se deba al largo y sinuoso camino que le tomó a algún Beatle poder tocar en el estado judío. Por increíble que suene, el gobierno laborista en la década de 1960 vetó el ingreso de los cuatro fantásticos al estado de Israel, presuntamente por temor a la corrupción moral que la manía rockera pudiera tener sobre el espíritu sionista. A cuarenta y tres años de aquella insólita decisión, el grupo de Liverpool y el estado judío han hecho las paces, y McCartney prometió a sus seguidores darles la noche que han estado esperando por décadas».

Eran otros tiempos, naturalmente. En 1965, Israel era vulnerable y lidiaba con múltiples desafíos. Muchos de ellos aún la acompañan, pero el Israel actual está mucho mejor dotada de recursos, experiencia y auto-confianza para confrontarlos desde otra posición. Entonces, la situación era diferente. Durante la primera mitad de la década del sesenta, cuando la revolución feminista, la psicodelia, el Rock y la liberación personal sacudían a Occidente, el estado judío apenas sobrevivía a sus problemas económicos, continuaba recibiendo inmigrantes, peleaba contra terroristas y ejércitos vecinos, levantaba una nación contra enormes adversidades, y luchaba nada menos que por su propia supervivencia. Las corrientes culturales del momento no encontraban su espacio en un pequeño estado asediado, cuyos jóvenes por aquél entonces no tenían acceso siquiera a un televisor, y todo el contacto que pudieron haber tenido con la Beatlemanía era a través de una muy limitada emisión radial de alguno que otro de sus temas. (Curiosamente, una de las estaciones radiales más adeptas a la música pop occidental en esos tiempos era una radio árabe, Radio Ramalla).

La historia de lo que sucedió con los Beatles en Israel reúne distintas versiones. Según Yarden Uriel, autor de dos libros sobre la banda británica, aún cuando no había un motivo lógico para que existiera interés en el público israelí por la música de los Beatles a la luz del ostracismo de una sociedad centrada en sus muchos problemas cotidianos, surgió el intento de acercar a la banda de Rock a la Tierra Santa. La idea fue de un productor local llamado Yacov Ori, quién enterado de que el manager de los Beatles era judío y de que éste tenía familiares en Israel, tomó contacto y lo persuadió de la visita. Ori se topó con un inconveniente: en aquella época Israel estaba corta de moneda extranjera y ejercía estricta supervisión respecto de cada divisa que salía del país. El manager británico no estaba dispuesto a aceptar pagos en moneda israelí, así es que el productor local apeló al comité oficial que debía decidir que artistas foráneos eran merecedores de las escasas monedas extranjeras que había en el tesoro israelí. Este comité dependía del Ministerio de Educación, cuyo director general era un tal Yakov Schneider, «un hombre de cara severa» conforme a la caracterización que ha hecho de él CNNexpansión.com. Sobre él (así como también sobre David Ben-Gurión) cayó el estigma de haber negado el ingreso al estado judío del famoso cuarteto del Rock. Su hijo, el político de izquierda Yossi Sarid, niega que su padre haya tomado esa decisión y atribuye el lamentable desenlace a una disputa entre productores competidores. No es más que una «leyenda urbana sionista», insiste Sarid.

Con el correr del tiempo, el estado judío se fue abriendo a las modas de las épocas y hoy en día es un destino habitual para las estrellas de la música contemporánea internacional, con figuras tales como Madonna, Mercedes Sosa, Bob Dylan y David Bowie entre tantísimas otras, habiendo pisado su suelo. Ante la proximidad de las celebraciones de su Sesenta aniversario, Israel decidió dar una vuelta de página y enmendar el mal precedente. Durante una visita al Museo de los Beatles en Liverpool a principios de este año, el embajador israelí ante el Reino Unido, Ron Prosor, entregó una carta de disculpas a Julia Baird, hermana de John Lennon; en cuyo honor hay hoy en día un bosque en Israel nombrado «El Bosque de la Paz John Lennon». La carta, en parte, decía: «Desafortunadamente, el Estado de Israel canceló vuestra performance en el país debido a la falta de presupuesto y porque algunos políticos en la Knesset creyeron en ese entonces que vuestra performance podría corromper las mentes de la juventud israelí. No hay duda que fue una gran oportunidad perdida evitar que gente como Uds., que han formado las mentes de una generación, vinieran a Israel y tocaran».

Disculpas aceptadas, McCartney acepó con gusto el convite y se lo espera prontamente en Tel-Aviv. Pero si bien Israel ha hecho las paces con los Beatles, hay quienes aún prefieren hacer sonar los tambores de la guerra. «Los amigos de nuestros enemigos son nuestros enemigos. Por tanto, Paul McCartney es ahora el enemigo de todo musulmán en el mundo… si valora su vida, le aconsejamos que no viaje y actúe allí», sostuvo el sirio Omar Bakri desde El Líbano, país en donde está exiliado luego de haber sido expulsado de Gran Bretaña por integrar células terroristas. Los voceros del músico condenaron las amenazas y señalaron que la visita «sólo tiene propósito musicales con un mensaje de paz». El propio McCartney dijo que fue presionado por diversas agrupaciones políticas para que cancelara el viaje, pero que él declinó conceder. «Varios grupos se han dirigido a mí para exigirme que no actúe el 25 de septiembre en Israel pero les he dicho que iré». Bravo Paul.

La extraña decisión israelí de vetar a los Beatles en 1965 estuvo a años luz de la conducta retrógada propia de los estados totalitarios -estalinistas, fascistas o teocráticos- de prohibir el arte occidental o no-patriota. No obstante, es bueno ver que la discordia ha sido superada y que las partes parecen haber dicho, en las palabras de una famosa canción del cuarteto de Liverpool, «We can work it out».

Originalmente publicado en Libertad Digital

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Por Julián Schvindlerman

  

Los Beatles y el estado Judío – 22/09/08

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La próxima visita a Israel del ícono del pop Paul McCartney ha electrificado a sus fans desde Eilat hasta Rosh Hanikrá. Ya antes de que se confirmara el recital, el precio de las entradas oscilaba entre 140 y 430 dólares.

Puede que la excitación colectiva se deba al largo y sinuoso camino que ha tenido que recorrer este músico para poder tocar en el Estado judío. Por increíble que suene, en los años 60 el Gobierno laborista vetó el ingreso al país de los cuatro fantásticos, presuntamente por temor a la corrupción moral que la manía rockera pudiera ejercer sobre el espíritu sionista. A cuarenta y tres años de aquella insólita decisión, el grupo de Liverpool y el Estado judío han hecho las paces, y McCartney ha prometido a sus seguidores darles «la noche que han estado esperando durante décadas».

Eran otros tiempos, naturalmente. En 1965 Israel era vulnerable y lidiaba con múltiples desafíos. Muchos de ellos aún están ahí, pero el Israel actual está mucho mejor dotado de recursos, experiencia y confianza en sí mismo para afrontarlos.

Durante la primera mitad de aquella década, cuando la revolución feminista, la psicodelia, el rock y la liberación personal sacudían a Occidente, el Estado judío apenas sobrevivía a sus problemas económicos, continuaba recibiendo inmigrantes, peleaba contra terroristas y ejércitos vecinos, levantaba una nación en medio de indecibles adversidades y luchaba nada menos que por su propia existencia. Las corrientes culturales del momento no encontraban su espacio en ese Estado pequeño y asediado, donde los jóvenes no tenían acceso a la televisión y todo el contacto que podían mantener con la beatlemanía era a través de una muy limitada emisión radial de alguno que otro de sus temas. (Curiosamente, una de las emisoras más adeptas a la música pop occidental en esos tiempos era la árabe Radio Ramallah).

La historia de lo que sucedió con los Beatles en Israel tiene distintas versiones. Según Yarden Uriel, autor de dos libros sobre la banda británica, aun cuando no había un motivo lógico para que existiera interés en el público israelí por la música de los Beatles, a la luz del ostracismo de una sociedad centrada en sus muchos problemas cotidianos, surgió el intento de acercar la banda a Tierra Santa. La idea fue de un productor local llamado Yacov Ori, quien, enterado de que el manager de los Beatles era judío y tenía familiares en Israel, le llamó y persuadió de que organizara la visita.

Ori se topó con un inconveniente: en aquella época Israel estaba corto de moneda extranjera, y ejercía una estricta supervisión de cada divisa que salía de su territorio. El manager británico no estaba dispuesto a aceptar pagos en moneda israelí, así que el productor local apeló al comité oficial que debía decidir qué artistas foráneos eran merecedores de las escasas monedas extranjeras que había en el Tesoro. Este comité dependía del Ministerio de Educación, cuyo director general era Yakov Schneider, «un hombre de cara severa», conforme a la caracterización que ha hecho de él CNN. Sobre él (así como sobre David ben Gurión) cayó el estigma de haber negado el ingreso al Estado judío del famoso cuarteto. Su hijo, el político de izquierda Yosi Sarid, niega que su padre tomara esa decisión y atribuye el lamentable desenlace a una disputa entre productores en competencia. No es más que una «leyenda urbana sionista», insiste Sarid.

Con el correr del tiempo, el Estado judío se fue abriendo a las distintas modas, y hoy en día es un destino habitual para las estrellas de la música contemporánea: Madonna, Mercedes Sosa, Bob Dylan y David Bowie son algunos de los incontables ídolos que han actuado en Israel.

En el año de su 60º cumpleaños, Israel decidió pasar página y enmendar el mal precedente. Durante una visita al Museo de los Beatles en Liverpool, a principios de este año, el embajador israelí ante el Reino Unido, Ron Prosor, entregó una carta de disculpa a Julia Baird, hermana de John Lennon (hoy, por cierto, hay en Israel un parque llamado «El Bosque de la Paz John Lennon»), en la que podía leerse:
Desafortunadamente, el Estado de Israel canceló su performance en el país debido a la falta de presupuesto y a que algunos miembros de la Knesset [Parlamento] creyeron que podría corromper las mentes de la juventud israelí. No hay duda de que fue una gran oportunidad perdida el impedir que gente como los Beatles, que han formado las mentes de una generación, tocaran en Israel.
Disculpas aceptadas. McCartney aceptó con gusto el convite y ya se le espera en Tel Aviv.

Pero si bien Israel ha hecho las paces con los Beatles, hay quienes aún prefieren hacer sonar los tambores de la guerra. «Los amigos de nuestros enemigos son nuestros enemigos. Por tanto, Paul McCartney es ahora el enemigo de todo musulmán (…) Si valora su vida, le aconsejamos que no actúe allí», ha amenazado el sirio Omar Bakri desde el Líbano, país en el que está exiliado luego de haber sido expulsado de Gran Bretaña por conformar células terroristas. Los voceros del músico han condenado las amenazas y señalado que la visita «sólo tiene propósitos musicales, con un mensaje de paz». El propio McCartney afirma haber recibido presiones por parte de diversas agrupaciones políticas para que cancelara su viaje, pero se ha mantenido firme. «Varios grupos se han dirigido a mí para exigirme que no actúe el 25 de septiembre en Israel, pero les he dicho que iré». Bravo, Paul.

La extraña decisión israelí de vetar a los Beatles en 1965 estuvo a años luz de la conducta retrógrada propia de los Estados totalitarios –estalinistas, fascistas o teocráticos– de prohibir el arte occidental o no patriota. No obstante, es bueno ver que la discordia ha sido superada y que las partes parecen haber dicho, por emplear las palabras de una famosa canción del cuarteto de Liverpool: «We can work it out».