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La Carta Escondida - Entrevistas (Escritas)

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La Carta Escondida, la historia de una familia Árabe Judía – 20/06/2018

Un buen día recibí el llamado de una mujer uruguaya que me dijo que tenía una historia familiar atípica y que ansiaba contarla. Buscaba un autor que redactara su biografía bajo un ángulo novelado. Un escritor amigo me había recomendado, pues el trasfondo de esta historia familiar ocurría en buena medida en el Medio Oriente -área que he estudiado largamente-, en la Europa nazi -época que por ser judío no me es ajena- y en América Latina -región de la que soy parte-. Me mostré abierto a la idea y honrado por la convocatoria, pero le aclaré que yo no era un novelista, sino un analista político, y que mi experiencia como escritor se había enfocado hasta entonces en el ensayo histórico. Le ofrecí un encuentro en Buenos Aires para explorar juntos la idea y acordamos vernos en la librería “El Ateneo Grand Splendid” de Santa Fe y Callao.

Fui a nuestra reunión con reparos. Sentía curiosidad por su relato, cuyos trazos superficiales me había adelantado en nuestra conversación telefónica, pero también albergaba dudas acerca de mi pertinencia como autor de una biografía novelada así como de cuan atractiva resultaría la historia familiar. Nos sentamos en una mesa en el café de esa espléndida librería, otrora notable sala de teatro, y pasadas las presentaciones formales me dediqué a escucharla. Al cabo de un par de horas, cuando finalizó, supe que debía escribir esa historia, fascinante y compleja a la vez, con intersecciones religiosas, étnicas y nacionales, cruzada por dilemas personales, presiones filiales y búsquedas prometedoras y angustiantes.

La escuché evocar a sus abuelos judíos lituanos, de parte de la madre, y a sus abuelos musulmanes libaneses, de parte del padre, y del derrotero que sus antepasados atravesaron, en la Europa nazi y en un Medio Oriente en llamas, para confluir en la apacible y laica república uruguaya.

La escuché atentamente mientras me contaba acerca de sus abuelos sobrevivientes de la Shoá, de parientes asesinados y otros separados por décadas hasta que una coincidencia permitió reunir, aunque ya no resultaba conveniente hacerlo. De las crisis de fe de estos judíos tradicionalistas casi salidos de un cuento de Sholem Aleijem y de su periplo desde la Europa de sus ancestros hacia una desconocida y lejana Latinoamérica. De los primeros tiempos vividos en el nuevo continente y de las durezas de ese volver a empezar, sin idioma, ni entorno familiar ni apoyo económico o afectivo alguno.

Y por sobre todo, del dolor más allá de toda descripción de ese trauma colectivo, de esa noche oscura de la humanidad, y de las repercusiones psicológicas para los sobrevivientes y sus descendientes.

La escuché relatar sobre sus años infantiles en un pequeño pueblo del interior de Uruguay, donde todo era un sacrificio, desde tener que tomar tres autobuses para llegar a la escuela de una localidad vecina hasta las privaciones típicas de una vida hogareña austera. De su mudanza a la capital y los desafíos de la adaptación. De la elección de la carrera de asistente social, que le daría independencia y autonomía pero que también confrontaría las rígidas pautas tradicionales del seno familiar. De su enamoramiento con un joven estudiante de veterinaria, de su casamiento, del nacimiento de sus hijos, del crecimiento de éstos, de su propio progreso personal y profesional; en fin, de la vida misma.

Y también la escuché hablar acerca del enigma del padre. De un hombre nacido en un pueblo del Líbano fronterizo con Israel, emigrado a América Latina como un musulmán chií, convertido al judaísmo al contraer matrimonio con una judía lituana, y francamente comprometido con la educación hebrea de sus hijos y nietos. Pero también, muy apegado a los valores de su fe de nacimiento y de su cultura, y de cómo esta hija, en su paso de la adolescencia a la adultez, intuía que el padre albergaba un secreto. Lo oía hablar en árabe, lo veía rezar privadamente bajo el rito musulmán, sentía la influencia de los hábitos árabes en la casa y sospechaba que había algo más allí, en esa historia de vida, de lo que el padre retraído dejaba saber a los demás. Hasta que dio accidentalmente con esa carta en cuyo sobre podía leerse un remitente libanés. Y decidió enviar una misiva a aquella nación árabe y al tirar de ese ovillo se abrió ante sus ojos el tapiz de una historia oculta fenomenal que la terminó llevando a visitar Beirut y Jabal Amel y a encontrarse con parientes árabes-musulmanes de los que ni idea tenía, debiendo -siempre- esconder su propia identidad religiosa. A partir de entonces, ya nada sería como antes para esta joven mujer judía uruguaya, ni tampoco para su propia familia.

En suma, me hallé ante el devenir de dos familias unidas -y desunidas a la vez- por la historia, la religión, la cultura y la geografía, y el anhelo privado de una mujer de encontrar su lugar justo en esa convulsa y atrapante historia familiar. Tres países, tres culturas, tres historias y modos divergentes de ver la vida, reunidos en un árbol familiar cuyas ramas cargan el peso de pasados duros, exóticos e incluso peligrosos. Interrogantes en torno a la identidad, la pertenencia y la fe, sumados al sueño de conocer a esa otra parte de la familia, atrayente y distante en simultáneo, pusieron a esta mujer en la senda de una búsqueda íntima y personal, cargada de pasado -el genocidio de los judíos europeos, la inmigración traumática a tierras lejanas, la yuxtaposición de valores y costumbres no siempre armónicos -, a la que se inmiscuyó la realidad geopolítica regional: el fanatismo de los extremistas islámicos, la vinculación de algunos miembros del clan con el movimiento chií Hezbolá, el conflicto con Israel, las barreras culturales, la misoginia y la intolerancia religiosa.

Leila, que en árabe significa “noche”, fue así nombrada por su padre libanés al nacer. Metafóricamente, el nombre se transformó en una representación simbólica de la noche negra que separa a ambas familias, y a cuya oscuridad Leila debió ingresar para poder emerger al alba de su propia plenitud existencial.

Tras despedirnos permanecí sentado un rato más, aun conmovido por la historia que acababa de escuchar. Tenía ante mí un desafío que valía la pena encarar; esta historia merecía ser contada y divulgada. Los personajes y la trama ya estaban desplegados, sólo faltaba organizar el relato, dar vida en el papel a los actores y permitir que sus experiencias aflorasen. Como a un coreógrafo al que le han obsequiado un argumento, yo debía montar la puesta en escena. Miré pensativamente hacia el techo. A lo alto podían verse los focos, cables y estructuras de lo que alguna vez fue un soberbio teatro.

Abandoné el escenario-café. Mientras me dirigía hacia la salida, rodeado de enormes estanterías repletas de libros y con mi imaginación excitada proyectando ideas en múltiples direcciones, creí sentir al telón de este antiguo teatro elevarse. En el viejo “Grand Splendid” una nueva obra acababa de gestarse.

De la introducción a la biografía novelada “La carta escondida: historia de una familia árabe-judía” del autor. 

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La historia de dos familias y un secreto epistolar que revela un pasado ignorado

“La carta escondida: historia de una familia árabe-judía” es un relato biográfico de una mujer que encuentra correspondencia de su padre, un musulmán convertido al judaísmo que reside en Uruguay, hacia sus familiares del Líbano y cómo aquel hallazgo la obliga a tener que rearmar su propia historia

Un buen día recibí el llamado de una mujer uruguaya que me dijo que tenía una historia familiar atípica y que ansiaba contarla. Buscaba un autor que redactara su biografía bajo un ángulo novelado. Un escritor amigo me había recomendado, pues el trasfondo de esta historia familiar ocurría en buena medida en el Medio Oriente -área que he estudiado largamente-, en la Europa nazi -época que por ser judío no me es ajena- y en América Latina -región de la que soy parte-. Me mostré abierto a la idea y honrado por la convocatoria, pero le aclaré que yo no era un novelista, sino un analista político, y que mi experiencia como escritor se había enfocado hasta entonces en el ensayo histórico. Le ofrecí un encuentro en Buenos Aires para explorar juntos la idea y acordamos vernos en la librería «El Ateneo Grand Splendid» de Santa Fe y Callao.

Fui a nuestra reunión con reparos. Sentía curiosidad por su relato, cuyos trazos superficiales me había adelantado en nuestra conversación telefónica, pero también albergaba dudas acerca de mi pertinencia como autor de una biografía novelada así como de cuan atractiva resultaría la historia familiar. Nos sentamos en una mesa en el café de esa espléndida librería, otrora notable sala de teatro, y pasadas las presentaciones formales me dediqué a escucharla. Al cabo de un par de horas, cuando finalizó, supe que debía escribir esa historia, fascinante y compleja a la vez, con intersecciones religiosas, étnicas y nacionales, cruzada por dilemas personales, presiones filiales y búsquedas prometedoras y angustiantes.

La escuché evocar a sus abuelos judíos lituanos, de parte de la madre, y a sus abuelos musulmanes libaneses, de parte del padre, y del derrotero que sus antepasados atravesaron, en la Europa nazi y en un Medio Oriente en llamas, para confluir en la apacible y laica república uruguaya.

La escuché atentamente mientras me contaba acerca de sus abuelos sobrevivientes de la Shoá, de parientes asesinados y otros separados por décadas hasta que una coincidencia permitió reunir, aunque ya no resultaba conveniente hacerlo. De las crisis de fe de estos judíos tradicionalistas casi salidos de un cuento de Sholem Aleijem y de su periplo desde la Europa de sus ancestros hacia una desconocida y lejana Latinoamérica. De los primeros tiempos vividos en el nuevo continente y de las durezas de ese volver a empezar, sin idioma, ni entorno familiar ni apoyo económico o afectivo alguno. Y por sobre todo, del dolor más allá de toda descripción de ese trauma colectivo, de esa noche oscura de la humanidad, y de las repercusiones psicológicas para los sobrevivientes y sus descendientes.

La escuché relatar sobre sus años infantiles en un pequeño pueblo del interior de Uruguay, donde todo era un sacrificio, desde tener que tomar tres autobuses para llegar a la escuela de una localidad vecina hasta las privaciones típicas de una vida hogareña austera. De su mudanza a la capital y los desafíos de la adaptación. De la elección de la carrera de asistente social, que le daría independencia y autonomía pero que también confrontaría las rígidas pautas tradicionales del seno familiar. De su enamoramiento con un joven estudiante de veterinaria, de su casamiento, del nacimiento de sus hijos, del crecimiento de éstos, de su propio progreso personal y profesional; en fin, de la vida misma.

Y también la escuché hablar acerca del enigma del padre. De un hombre nacido en un pueblo del Líbano fronterizo con Israel, emigrado a América Latina como un musulmán chií, convertido al judaísmo al contraer matrimonio con una judía lituana, y francamente comprometido con la educación hebrea de sus hijos y nietos. Pero también, muy apegado a los valores de su fe de nacimiento y de su cultura, y de cómo esta hija, en su paso de la adolescencia a la adultez, intuía que el padre albergaba un secreto. Lo oía hablar en árabe, lo veía rezar privadamente bajo el rito musulmán, sentía la influencia de los hábitos árabes en la casa y sospechaba que había algo más allí, en esa historia de vida, de lo que el padre retraído dejaba saber a los demás. Hasta que dio accidentalmente con esa carta en cuyo sobre podía leerse un remitente libanés. Y decidió enviar una misiva a aquella nación árabe y al tirar de ese ovillo se abrió ante sus ojos el tapiz de una historia oculta fenomenal que la terminó llevando a visitar Beirut y Jabal Amel y a encontrarse con parientes árabes-musulmanes de los que ni idea tenía, debiendo -siempre- esconder su propia identidad religiosa. A partir de entonces, ya nada sería como antes para esta joven mujer judía uruguaya, ni tampoco para su propia familia.

En suma, me hallé ante el devenir de dos familias unidas -y desunidas a la vez- por la historia, la religión, la cultura y la geografía, y el anhelo privado de una mujer de encontrar su lugar justo en esa convulsa y atrapante historia familiar. Tres países, tres culturas, tres historias y modos divergentes de ver la vida, reunidos en un árbol familiar cuyas ramas cargan el peso de pasados duros, exóticos e incluso peligrosos. Interrogantes en torno a la identidad, la pertenencia y la fe, sumados al sueño de conocer a esa otra parte de la familia, atrayente y distante en simultáneo, pusieron a esta mujer en la senda de una búsqueda íntima y personal, cargada de pasado -el genocidio de los judíos europeos, la inmigración traumática a tierras lejanas, la yuxtaposición de valores y costumbres no siempre armónicos -, a la que se inmiscuyó la realidad geopolítica regional: el fanatismo de los extremistas islámicos, la vinculación de algunos miembros del clan con el movimiento chií Hezbolá, el conflicto con Israel, las barreras culturales, la misoginia y la intolerancia religiosa.

Leila, que en árabe significa «noche», fue así nombrada por su padre libanés al nacer. Metafóricamente, el nombre se transformó en una representación simbólica de la noche negra que separa a ambas familias, y a cuya oscuridad Leila debió ingresar para poder emerger al alba de su propia plenitud existencial.

Tras despedirnos permanecí sentado un rato más, aun conmovido por la historia que acababa de escuchar. Tenía ante mí un desafío que valía la pena encarar; esta historia merecía ser contada y divulgada. Los personajes y la trama ya estaban desplegados, sólo faltaba organizar el relato, dar vida en el papel a los actores y permitir que sus experiencias aflorasen. Como a un coreógrafo al que le han obsequiado un argumento, yo debía montar la puesta en escena. Miré pensativamente hacia el techo. A lo alto podían verse los focos, cables y estructuras de lo que alguna vez fue un soberbio teatro. Abandoné el escenario-café. Mientras me dirigía hacia la salida, rodeado de enormes estanterías repletas de libros y con mi imaginación excitada proyectando ideas en múltiples direcciones, creí sentir al telón de este antiguo teatro elevarse. En el viejo «Grand Splendid» una nueva obra acababa de gestarse.

*De la introducción a la biografía novelada «La carta escondida: historia de una familia árabe-judía» (Linardi & Risso, pp. 300) del autor.

Comunidades, Comunidades - 2021

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Un llamado telefónico muy demorado – 02/21

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Por Julián Schvindlerman
Comunidades – Febrero 2021

Finalmente, el presidente Joe Biden agarró el teléfono y llamó al premier Binyamin Netanyahu. Tardó casi un mes en hacer ese llamado al más importante aliado de Estados Unidos en el Medio Oriente. Jonathan Schanzer nos recuerda que Bill Clinton llamó a Isaac Rabin el 23 de enero, que George W. Bush llamó a Ariel Sharon el 6 de febrero, que Barack Obama llamó a Ehud Olmert el 2 de enero (aun antes de la inauguración), y que Donald Trump lo hizo el 22 de enero. Pasadas cuatro semanas desde la asunción, el teléfono seguía sin sonar en Jerusalem.

La demora desató inquietudes entre los diplomáticos y especulaciones entre los periodistas. Se adujo que Biden tenía otras prioridades: la pandemia, la economía, la polarizada sociedad americana, el cambio climático. Se dijo que para Washington, el Medio Oriente venía rezagado en importancia estratégica: ante la peligrosa expansión global de China, la siempre presente animosidad política de Rusia, la urgente reparación de la alianza transatlántica, la problemática inmigración ilegal centroamericana. La vocera de la Casa Blanca, Jen Psaki, pasó estas semanas asegurando que el presidente norteamericano pronto llamaría al premier israelí, que no había ninguna intencionalidad en la tardanza, que Israel es un aliado importante, que Joe y Bibi eran viejos conocidos, etcétera. Pero el llamado no llegaba.

Hasta que el pasado 17 de febrero Joe Biden telefoneó a Jerusalem. La Oficina del Primer Ministro de Israel emitió un comunicado amable y publicó una fotografía de un sonriente Netanyahu al habla. Veremos cuánto dura esa sonrisa con esta nueva Administración norteamericana.

Es inevitable considerar que la demora fue una represalia por la propia tardanza de Netanyahu en felicitar a Biden tras su victoria electoral el pasado noviembre. “Felicitaciones @JoeBiden y @KamalaHarris. Joe, hemos tenido una relación personal larga y cálida durante casi 40 años, y te conozco como un gran amigo de Israel” escribió Netanyahu en su cuenta de Twitter más de doce horas después de que la prensa estadounidenses anunciara el triunfo de Biden. En ningún momento se refirió a éste como “presidente electo”. Se recordará: Donald Trump se negaba a admitir la derrota y comenzaba a litigar en las cortes contra el resultado electoral; Netanyahu no quería ofender a quien seguía al mando de la Casa Blanca. De hecho en ese mismo tweet, Netanyahu lo alababa «Por la amistad que nos han mostrado al Estado de Israel y a mí personalmente, por reconocer a Jerusalem y el Golán, por hacer frente a Irán, por los históricos acuerdos de paz y por llevar la alianza estadounidense-israelí a alturas sin precedentes». Diez días después, el premier israelí llamó a Biden como presidente electo. Tras la conversación, el equipo de Biden declaró que el nuevo presidente estadounidense dio «su firme apoyo a la seguridad de Israel y su futuro como un estado judío y democrático» y «señaló que espera trabajar en estrecha colaboración con el primer ministro para abordar los muchos desafíos que enfrentan [ambos] países”. La referencia a un “estado judío y democrático” no pasó desapercibida, ya que indicaba el respaldo a una solución de dos estados, idea que había perdido vigor en el período Trump.  

También es difícil no ver a este desaire diplomático y personal como una señal política contundente. Israel se encuentra en otra campaña electoral, en la que Netanyahu vuelve a postularse. Al despreciar tan públicamente a un Primer Ministro en funciones, el equipo de Biden parecía estar anunciado a los israelíes que si quieren mantener buenas relaciones entre estos dos países, no deberían votar por Bibi. La intromisión en la política interna de Israel fue osada, pero Estados Unidos como superpotencia puede darse el gusto y Joe Biden tiene cuarenta años de experiencia política como para saber aguijonear certeramente a un adversario.

El problema con esta actitud, además del daño obvio al vínculo bilateral, es la señal enviada a todo el Medio Oriente. Innecesariamente, casi infantilmente, la nueva Administración dejo ver a Irán, Turquía, Hamas y otros actores hostiles que el canal Washington-Jerusalem no está en perfecto estado. Ellos sabrán explotar a su favor esa rendija de debilidad. Sí, Israel fue el primer país de la región que recibió un llamado del flamante presidente, lo cual simbólicamente es óptimo. Pero ya se tomó nota de que Joe Biden no es exactamente un fan de Bibi Netanyahu y de que la época dorada de Donald Trump ha terminado.  Al menos se puede hallar consuelo en que no fue Ali Khamenei el privilegiado. Pero guarda que, al momento de escribir estas líneas, ningún líder árabe fue beneficiado, tampoco. En una atmósfera repleta de comentarios sobre el potencial retorno de Estados Unidos al JCPOA con Irán, eso no se ve bien.

Los Demócratas nunca fueron amantes del Likud, y ahora que el Partido se ha inclinado un poco más hacia la izquierda lo serán menos todavía. A su vez, la relación de Estados Unidos e Israel, si bien sumamente especial, ha tenido históricos altibajos. Es aun temprano para evaluar qué forma tomará el nuevo lazo, pero estos veintisiete días de inusual silencio telefónico no pueden ser ignorados.

Libertad Digital, Libertad Digital - 2020

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Muamar Gadafi, novelista – 03/12/20

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Por Julián Schvindlerman
Libertad Digital (España) – 3/12/2020

Aunque su obra cumbre ha sido indudablemente El Libro Verde, y legó una autobiografía titulada Mi visión, Gadafi también escribió cuentos. Si El Libro Verde puede verse como un compendio de propuestas y estrategias para forjar una nueva Libia al molde de las ideas del dictador libio, y Mi visión nos invita a ingresar a su vida desde un costado más humano que político, es en sus cuentos donde puede apreciarse su vocación artística. En 1993 apareció en Libia Escape al infierno, que reunía doce cuentos breves, y dos años después vio la luz del día Publicaciones ilegales, compuesto por cuatro ensayos políticos. La edición en francés publicada en Suiza en 1996 –Escape al infierno y otros cuentos- reúne ambas obras. En 1998 se editó en inglés en Estados Unidos. Varias de sus ediciones muestran al autor en primer plano en la portada: a colores, con ropas de beduino y escribiendo sobre un escritorio; o en sepia, vistiendo un piloto de lluvia y en pose pensativa con una biblioteca con libros de lomo de cuero al fondo.

A lo largo de sus aproximadamente 200 páginas de cuentos -supuestamente literarios- y de ensayos -supuestamente realistas-, el narrador libio declara que el continente americano fue descubierto por un príncipe árabe y no por Cristóbal Colón; se mofa de los musulmanes radicales (¿debe una barba ser teñida con alheña o champú?); dice que el comunismo no murió porque aún no nació; critica a los regímenes árabes del Golfo Pérsico por el apoyo dado a Estados Unidos tras la invasión de Kuwait por parte de Irak; condena la vida citadina (los niños son atropellados en las calles o secuestrados por criminales) y enfrenta el dilema de la muerte (¿es la muerte un hombre al que se debe dar batalla o una mujer a cuyas ternuras debemos rendirnos?), entre otros varios temas. El hombre que tras asumir el poder en 1969 había condenado la formación de un partido político como un acto de traición, concluye esta obra con un ensayo titulado “Una vez más, un llamado urgente a formar un Partido”.

Los cuentos están expresados en una primera persona que mezcla la narración anecdótica con la ficcional, la opinión política con la proyección psicológica, y lo coyuntural con lo auto-referencial. Estos relatos ponen de manifiesto conflictos internos, identidades cruzadas, preocupaciones sociales, remembranzas infantiles, valores islámicos y pensamientos mágicos. Permiten conocer la veta literaria del líder libio y adentrarse en su perfil psicológico, pues mucho de lo allí vertido parece ser una válvula de escape emocional. “Los cuentos de Gadafi son una buena fuente de información en varios sentidos y pueden ser abordados desde el espectro de la psicología, psiquiatría, sociología y antropología” observaron Santiago Espinoza García y María Patricia Domínguez Echeverría en una monografía académica sobre el legado intelectual de Gadafi. Estos académicos advierten que adentrarse a la literatura del Hermano Líder “implica necesariamente entrar en una lógica diferente”. Son filosóficamente pueriles, aunque no carentes de trazos biográficos, y en consecuencia interesantes.

En una reseña en Entertainment Weekly, Alan Smithee fue severo con el escritor libio: “¿Podemos sugerir un período en el Taller de Escritura de Trípoli para repasar, por ejemplo, trama, personaje, diálogo, tono y coherencia? Gadafi a menudo ignora estos a favor de la diatriba, recordando a Dennis Miller, aunque un poco más divertido”. Mahmoud Fazal observó en Vice: “Ciertamente no era un protegido de Flaubert, y sus cuentos a menudo se sienten como divagaciones de fogata. Son una mezcla de tonterías literarias y fábulas beduinas, todas terminando con una moralización dura que se percibe más como un regaño que una resolución”. Amazon ofrece su versión de tapa dura a partir de los setenta dólares (puede alcanzar los 107 dólares según el vendedor). Aparentemente el escritor Gadafi cotiza alto, aunque usado su libro se consigue por menos de cuatro dólares.

En el relato anti-científico El suicido del astronauta (“casi un cuento” en la sarcástica observación del periodista inglés Daniel Kalder), Gadafi imagina a un astronauta que regresa de la luna, no logra emplearse y termina quitándose la vida. El escritor libio al-Saddiq al-Naihum había previamente escrito un relato acerca de un ingeniero que retornaba a un lugar donde no podía aplicar su conocimiento. Gadafi publicó su cuento sobre el astronauta sólo tras la muerte de al-Naihum. Aun incursionando en la ficción, el líder libio no puede evitar criticar a “las grandes potencias insolentes” que buscan “dividirse los recursos naturales de la luna”.

En La aldea, Gadafi exalta la vida rural y critica a las ciudades. “Huye, sal de la ciudad rápidamente”, “Aléjate del humo”, “del sofocante dióxido de carbono” y “de la humedad pegajosa” incita el autor. En contraste, Gadafi presenta a la aldea como un lugar pacífico, limpio y ameno, “donde puedes ver la luna por primera vez en tu vida”. Un lugar donde la gente se conoce “y está aliada en tiempos de prosperidad y adversidad”, donde no hay delitos y en el que la reputación de la familia, la tribu y el buen nombre importan. Todo el texto es una exaltación idílica de la vida rural y un repudio visceral a las metrópolis modernas. Realmente no hay mucho más que eso en esta narración breve.

En Tierra, el Hermano Líder expone su veta ambientalista. Asegura que el hombre puede destruirlo todo menos una cosa: el planeta Tierra. Como contenedora de todos nuestros alimentos en todas sus formas -sólida, líquida, gaseosa, la Tierra es vital. “Por lo tanto, no tritures el único contenedor que hay de su tipo. Si, por ejemplo, arruinaste la tierra cultivable, sería lo mismo que si quisieras cocinar después de haber destrozado todas tus ollas y sartenes”. Gadafi compara a la Tierra con “tu verdadera Madre, de cuya materia has sido creado”. Ella “te abraza, te nutre y te proporciona agua, así que no abuses de tu madre” alecciona el ecologista libio.

En Muerte, el autor rememora el combate de su padre enfermo contra la muerte. “¿Fue la muerte la víbora venenosa que lo acosó en el desierto vacío y en otras ocasiones? ¿Fue la muerte su enemigo amargo, recalcitrante, cuya arrogancia hizo más imprudente a su oponente?” se interpela el escriba. Gadafi busca determinar el género de la muerte. “¿Es la muerte masculino o femenino?” se pregunta y proclama que “es nuestro deber especificar su sexo” para concluir que si es masculino debe ser combatido, pero si es femenina debe ser aceptada. Un estudioso de la obra literaria de Gadafi percibió a este relato como el más bello, el más conmovedor y el más claro lingüísticamente de la colección.

En La hierba bendita y el árbol maldito, Gadafi presenta ésto: “Buenas noticias para las personas con trastornos mentales, ya sean hombres o mujeres. Se descubrió una hierba en las llanuras de Benghazi, y ahora se vende en la tienda de Hajj Hasan. En una entrevista televisiva que realicé personalmente con él, y que fue vista por más de tres millones de personas, Hajj Hasan dijo que la hierba era una cura para los trastornos mentales. En cuanto a aquellos que aún no se han perturbado mentalmente, Hajj Hasan no dijo nada sobre ellos…”. Es imposible saber si esta entrevista fue alguna vez emitida en la televisión libia como el autor dice. En cualquier caso, una duda queda pululando en el aire: ¿fue acaso Gadafi un apologista de la marihuana libre -su hierba bendita de aplicaciones medicinales- en el Medio Oriente?

Escape al infierno, relato que da título a la obra, es el más rico existencialmente. Ofrece un viaje a la intimidad de Gadafi, hacia sus miedos, sus frustraciones, sus sueños y sus ansiedades. Este texto es una ventana a su psicología como líder transcurridas dos décadas y media en el poder.

Aquí el autor se imagina perseguido por el pueblo, se muestra como un incomprendido y lamenta que las masas libias no aprecien su gestión. Dice que el pueblo puede ser amoroso cuando está positivamente emocionado y cargar a sus líderes en sus hombros, como ha hecho con Hannibal Barca, Girolamo Savonarola, Georges Danton o Benito Mussolini. Pero que puede ser igualmente cruel cuando está negativamente emocionado y quemar, guillotinar y aplastar a sus propios dirigentes. “¡Qué terror! ¿Quién puede convencer a la entidad insensible de la conciencia? ¿Quién puede discutir con una mente masiva no encarnada en un individuo? ¿Quién puede tomar la mano de millones?”. Gadafi cuestiona a una “sociedad que te ama pero que no tiene piedad de ti” y a ciudadanos que “afirman sus derechos pero ignoran sus deberes hacia ti”.

De manera interesante, se ve a sí mismo como “un pobre beduino perdido en una loca ciudad moderna” que es incesantemente acosado por las demandas de un pueblo insatisfecho que a cada paso le pide servicios que el Coronel ridiculiza, y realiza una comparación osada: “Cometí un gran error cuando robé el bastón de Moisés con el que golpeé el desierto donde brotó un manantial”. Una cosa lleva a la otra y en cierto punto Gadafi sorprende con esta afirmación: “América, que yo sepa, fue descubierta por un príncipe árabe y no por Colón”. Tras esta letanía de quejas, finalmente el autor relata su experiencia en el infierno: “El camino al infierno no es lo que puedes esperar, o como te describe la imaginación enferma de algunos que se distraen. Yo, habiéndolo atravesado dos veces, te lo describiré. Dormí tranquilo y descansé en el corazón del infierno”.

El periodista alemán Arno Widmann dijo de este cuento: “No hay un texto similar de un autócrata en los últimos 3000 años, probablemente ni remotamente. Al-Gaddafi es el único que contempla fríamente al amor de las masas […] La atracción y el poder de este texto yace en la manera en que él las considera consistentemente desde el lado del gobernador, y ni por un segundo -que sería lo políticamente correcto- desde el lugar de los gobernados”. Aquí los déspotas son los perseguidos y los amenazados. Como ha señalado Heiner Lohmann en un profundo análisis de los escritos del líder libio, “Los tiranos no son para nada tiranos allí: ellos son inocentes, y no oprimen a otros; ellos son los oprimidos”.

Asimismo, la paranoia y la soledad del líder libio están claramente exhibidas en este cuento, al igual que las ya transitadas tensiones entre el campo y la ciudad, la tradición y la modernidad, lo beduino y lo citadino. Gadafi se auto-percibe como un nómada vulnerable a merced de multitudes represoras. “Aquí, entonces, la confusión hermenéutica de este texto ha alcanzado niveles de ininteligibilidad”, acota Lohmann, “Las estructuras de la historia se han desmoronado; pierde su sentido interno, funciona de tal manera que es confusa e incoherente”.

Narcisista, básica, autobiográfica, enredada y petulante, la literatura del tirano de Trípoli no deja de ser de todos modos intrigante y ofrece un exquisito material para el psicoanálisis.

Extracto del más reciente libro del autor, Escape hacia la utopía: el Libro Rojo de Mao y el Libro Verde de Gadafi (Biblos).

Infobae, Infobae - 2020

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

La Administración Biden y el Medio Oriente – 24/11/20

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Por Julián Schvindlerman
Infobae – 24/11/2020

https://www.infobae.com/opinion/2020/11/24/la-administracion-biden-y-el-medio-oriente/

El Medio Oriente que conoció Joe Biden la última vez que estuvo en la Casa Blanca es un Medio Oriente muy distinto al actual. Deberá ajustar apreciablemente el enfoque clásico del Partido Demócrata si aspira a tener un rol positivo en una región profundamente transformada. El presidente-electo se verá doblemente tensionado: en primer lugar, habrá un contraste entre su instinto político centrista y las presiones de los espacios más radicalizados ideológicamente dentro de su propio Partido; y en segundo término, por la necesidad de balancear su inclinación natural como nuevo presidente a desandar las políticas de su antecesor versus la sabiduría política de preservar los innegables logros de la diplomacia de Donald J. Trump en la zona.

Aquí algunos interrogantes:

Irán. ¿Implementará Joe Biden un reingreso al pacto nuclear que la Administración de la que él fue parte negoció y que el presidente Trump luego abandonó? Si es así, ¿bajo qué condiciones? ¿Mantendrá las robustas sanciones económicas que impuso la Administración anterior sobre el régimen ayatolá? ¿Aceptará los reclamos de compensaciones que Teherán podría elevar debido al daño económico causado por esas sanciones? ¿Tolerará Biden algún avance en la dimensión militar del proyecto nuclear de Irán? ¿Permitirá que el país persa prosiga con su expansión militar regional: en Yemen, Líbano, Siria, Gaza e Irak? ¿Con su patrocinio al terrorismo: de los Hutis, Hamas, Jihad Islámica Palestina y Hezbolá? ¿Con su represión interna: como la reciente ejecución del luchador olímpico Navid Afkari por el “delito” de participar en una protesta contra el régimen, o la condena a ocho años de cárcel contra Alireza Alinejad por el “delito” de ser hermano de una activista política iraní exiliada que busca la abolición del hijab en Irán? Preguntó el analista internacional Benny Avni: “¿Le dará la espalda Estados Unidos a la democracia y a los derechos humanos y aliará a Washington con un régimen que se acerca al récord mundial en ejecuciones públicas de disidentes?”.

Israelíes y palestinos. ¿Potenciará el proceso de normalización en marcha entre Israel y las naciones árabes, o lo ralentizará con medidas contraproducentes? ¿Capitalizará esta movida diplomática extraordinaria del presidente Trump que logró tres acuerdos de paz en poco más de un mes, tras 25 años de estancamiento? ¿O retornará al enfoque tradicional -y fallido- de la diplomacia Demócrata basada en la centralidad de la causa palestina para la estabilidad regional? ¿Preservará la alianza especial con Israel, o la debilitará como hizo Barack Obama al mimar la intransigencia de la Autoridad Palestina? ¿Dará marcha atrás con decisiones trascendentales de Trump como el reconocimiento de Jerusalem como capital de Israel, ubicar allí la embajada de EE.UU. y reconocer los Altos del Golán como parte de Israel? ¿O las aceptará con realismo como parte del nuevo status quo? El editor del Times of Israel David Horovitz propone: “Un Biden pragmático y matizado, que no sea excesivamente optimista sobre el potencial de un gran avance con los palestinos o ingenuo sobre su intransigencia, podría ser muy bueno para el futuro de las relaciones israelo-palestinas y una solución de dos estados”.

Arabia Saudita y Egipto. ¿Afianzará el vínculo con estos aliados históricos o lo degradará en pos de un acercamiento hacia Irán y Turquía? ¿Enfatizará los asuntos concernientes a los derechos humanos en esos países para satisfacer a su base partidista progresista que incoherentemente brega por esos derechos en Ryhad y El Cairo, más no en Teherán? ¿O priorizará esas alianzas a pesar de las violaciones a los derechos humanos que allí se cometen con regularidad? Históricamente, Arabia Saudita apañó a las corrientes más extremistas dentro del islam sunita y aplicó un conservadurismo férreo a rajatabla que ha violentado la conciencia pública mundial. Pero también ha estado cambiando en varias áreas y de varios modos, introduciendo reformas hasta hace poco inimaginables. ¿Notará eso la nueva Casa Blanca o seguirá viendo a Ryhad con la suspicacia habitual de Washington? En cuanto a Egipto, ¿reactivará la mirada benigna de su ex jefe sobre la agrupación fundamentalista Hermandad Musulmana en detrimento del presidente absolutista pero pro-occidental Abdel Fattah Al-Sisi?

Turquía. ¿Contendrá Biden la influencia turca en Siria, en Libia, en Gaza (e incluso en Azerbaiyán)? ¿Buscará un acercamiento con este incómodo miembro de la OTAN? ¿Cómo se parará ante los kurdos? ¿Y ante el despotismo no ocultado de Recep Tayyip Erdogan? ¿Advertirá el escepticismo que las políticas turcas generan en el amplio mundo árabe sunita? Al fin y al cabo, Turquía abreva seguidores del islam sunita (90%), a diferencia de Irán que lo hace del islam chiíta (10%). Aunque Irán sigue siendo el foco de las preocupaciones árabes sunitas, la capacidad potencial de Ankara para ejercer influencia regional no es despreciable. El perspicaz historiador Walter Russell Mead observó: “Irónicamente, la pesadilla árabe actual es que la próxima administración de Estados Unidos no apoyará lo suficiente a Israel. Los líderes regionales temen que el Equipo Biden ignore las objeciones israelíes y árabes, al abrazar a Turquía, un aliado de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, a pesar de las ambiciones de Erdogan, y al eliminar las sanciones contra Irán como parte de un regreso al acuerdo nuclear de 2015”.

Toda nueva Administración tiene el derecho, y hasta se espera de ella que lo ejerza, de modificar la política exterior de su nación. Pero ese cambio de hábito debe hacerse con la claridad suficiente para enmendar errores y capitalizar aciertos preexistentes. No por haber sido implementadas por Donald Trump, todas sus decisiones deban ser vistas malamente.

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Por Julián Schvindlerman

  

Veinticinco años del magnicidio de Rabin – 13/11/20

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Por Julián Schvindlerman
Libertad Digital (España) – 13/11/2020

El 4 de noviembre de 1995, el primer ministro de Israel, Isaac Rabin, pronunció un breve discurso ante una multitud reunida en una plaza céntrica de la ciudad costera de Tel Aviv en apoyo del proceso de paz. Había asistido junto a su ministro de Relaciones Exteriores, Shimon Peres, con quien había compartido el Premio Nobel de la Paz el año previo por la firma de los Acuerdos de Oslo con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) liderada por Yaser Arafat, el tercer receptor del galardón. Reinaba entonces una atmósfera de gran optimismo y crispación social en Israel, en simultánea contradicción. Buena parte de la población estaba convencida de que la paz con el pueblo palestino había advenido tras un prolongado período de duras disputas y sangrientas confrontaciones. Otra parte de la población consideraba que el pacto firmado con Arafat y su organización terrorista había sido un error histórico y moral que sólo traería una paz ilusoria. La bipolaridad política se había instalado en la nación, con dos bloques asentados en sus trincheras ideológicas portando dos visiones muy distintas de la realidad y con muy poca tolerancia hacia las opiniones antagónicas. La grieta era tan acentuada que no pocos analistas hablaban de una guerra cultural. 

A esa manifestación, sin embargo, no sólo habían asistido pacifistas y seguidores de la potente y compleja dupla que conformaban Rabin y Peres. También estaba entre ellos, agazapado y desapercibido, el joven que apuntaría su arma contra el premier y perpetraría el mayor asesinato político de la historia de Israel. Yigal Amir, estudiante universitario y militante de la derecha religiosa radical, esperó a los oradores cerca del estacionamiento. La cámara casual de un aficionado mostrará posteriormente el momento de su duda, cuando Rabin regresa al escenario a agradecer a los organizadores mientras Peres continúa su marcha hacia el automóvil oficial. ¿A cuál de ellos asesinar? Se inclinó por Rabin. Se acercó y le disparó tres veces por la espalda. Moría así, de un modo casi irreal e inconcebible, en pleno corazón del país y a manos de un judío israelí, uno de los estadistas más respetados de Israel y una personalidad universalmente admirada. La nación y una importante porción del mundo estaban shockeados.

A su funeral asistieron cerca de dos mil quinientos delegados de casi ochenta países, guarismo elevado para ese pequeño país asediado. El rey Husein de Jordania y el presidente egipcio Hosni Mubarak, representantes de los únicos dos países árabes que habían formalizado la paz con Israel por aquel entonces, viajaron a la ceremonia en Jerusalem. También acudieron representantes de Marruecos, Omán, Catar y Mauritania, lo que fue visto como una muestra del éxito de la diplomacia regional de Rabin. Por razones de seguridad, Arafat no fue invitado. Una porción considerable de la comunidad internacional quería despedir a un estadista apreciado, pero también se materializaba el interés no declarado de apuntalar el proceso de paz inaugurado apenas dos años atrás. Se temía que, con la partida de Rabin, tambaleara. El presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, se despidió emotivamente de su par israelí con su muy recordado “shalom, javer” (“adiós amigo”) ante la mirada atenta y emocionada de presidentes, secretarios de Estado, embajadores,  senadores y periodistas.

Thank you for watching

Por definición, un magnicidio es un acto de violencia política destinado a conmocionar. La víctima de tan anormal fallecimiento alcanza un aura propia post mortem. Su vida puede pasar a ser vista en una retrospectiva benevolente, incluso romántica, en virtud de un anhelo, consciente o inconsciente, de honrar debidamente al difunto y no herir la sensibilidad de sus familiares y seguidores con algún señalamiento objetivo. Pero adherir a esta sacralización inmaculada poco favor haría a la figura del verdadero Rabin y malograría una apreciación justa de su lugar en la Historia. Tal como su biógrafo, aliado y amigo Itamar Rabinovich ha escrito en Isaac Rabin: soldado, líder, estadista

por trascendental que fuera el asesinato de Rabin, es su vida –sus decisiones y sus actos— y no su muerte lo que define su legado.     

Es un tanto irónico que un patriota y héroe nacional como Rabin deba su nombre a su abuelo materno, Isaac Cohen, adinerado judío ortodoxo antisionista natural de Bielorrusia. Su hija, la futura madre de Rabin, se llamaba Rosa y era una comunista cabal que se ganó el apodo de Rosa la Roja debido al ímpetu de sus convicciones izquierdistas. El padre de Rabin, Nehemías Rubijev, nació en el seno de una familia pobre de Ucrania. Ambos emigraron a Palestina y tuvieron a Isaac el 1 de marzo de 1922 en Jerusalem. Rabin hizo la carrera militar y tuvo un rol protagónico en la Guerra de la Independencia (1948), especialmente en la batalla por Jerusalem. Su heroicidad quedó ensombrecida por ser quien ejecutó la decisión sombría del premier David Ben Gurión de hundir un buque que llevaba armas francesas y tripulación judía para una milicia derechista, el Irgún, comandada por Menajem Beguin. 

Pero fue su papel como jefe del Ejército durante la Guerra de los Seis Días lo que pulió su imagen de agudo estratega. Bajo su liderazgo, en pocos días Israel derrotó a tres países enemigos prestos a atacarlo y expandió sus fronteras hasta alcanzar un tamaño inimaginable al inicio de la contienda. Recién en 1974 se supo que en los días previos a la guerra Rabin tuvo un colapso nervioso. Tuvo que ser medicado y estuvo ausente durante 24 horas, lo que se justificó aduciendo que había padecido una sobredosis de nicotina. Otra ironía: el hombre que dio a Israel un éxito rotundo en 1967 que redundó en la expansión de su territorio nacional, décadas después será quien intentará resolver políticamente las secuelas territoriales de esta guerra. Esta cita suya de inicios de la década de 1970, vista con el beneficio de la retrospectiva histórica, ilustra su posicionamiento político. En un intercambio con israelíes nacionalistas, Rabin advirtió: “Desde mi punto de vista, la Biblia no es un registro de propiedad de tierras para Oriente Próximo”. En efecto, Rabin cultivó una imagen de halcón militar y de paloma política. El primero de sus atributos legitimó ante la opinión pública las acciones que tomaría impulsado por el segundo.

Tras la renuncia de la premier Golda Meir a consecuencia de su fracaso al desoír las advertencias acerca del ataque árabe de la Guerra del Yom Kipur (1973), Rabin asumió la conducción del país, en junio de 1974. A sus 52 años, se convirtió en el quinto primer ministro israelí. El salto de los barracones a la política no fue lineal: antes había servido como embajador en Washington. Durante su mandato debió lidiar con la crisis de Entebbe (1976), cuando comandos palestinos y alemanes secuestraron un avión francés en la ruta Tel Aviv-París y lo desviaron a Uganda. Su Gobierno ideó un arriesgado plan de rescate a casi cinco mil kilómetros de distancia y la operación se llevó a cabo con éxito. Políticamente, empero, un áspero debate lo enfrentó con Shimon Peres: éste había abogado por una misión militar desde el principio, en tanto que Rabin había mostrado dudas.    

En 1977 debió renunciar al Gobierno cuando un periodista reveló que su esposa tenía una cuenta en dólares en Estados Unidos, lo que constituía una violación de la ley de moneda del momento. Ese mismo año, por primera vez ganó las elecciones nacionales el partido Likud, y el laborismo perdió la hegemonía. Rabin seguirá activo en la política nacional, será ministro de Defensa en un Gobierno de coalición entre el Likud y el Partido Laborista y retornará a la cúspide del poder en 1992, con Peres a su lado como canciller. 

Debilitado por la intifada palestina gestada en 1987, el en ese momento primer ministro Rabin adoptará una agenda pacifista y concesiva. Cuando Peres le informe de la existencia de un canal secreto de contactos con la OLP, Rabin le dará luz verde y el proyecto culminará en 1993 en una ceremonia formal en la Casa Blanca. Al año siguiente firmará un acuerdo de paz con Jordania. Un año más tarde será trágicamente ultimado, en un clima enrarecido por una incitación desquiciada. 

Los primeros años posteriores al asesinato fueron muy lúgubres en Israel. Muchos de sus seguidores creyeron que la mejor manera de honrar su memoria era perpetuar su agenda de paz, en vez de tomar el magnicidio como un punto de inflexión en pos de la unión nacional. Sus detractores querían recordar con respeto al hombre, pero separarlo de sus políticas, que objetaban. La apropiación que se ha hecho de su persona centrista desdibujó el hecho de que había tensión ideológica no sólo entre el laborismo y el Likud, sino en el seno del laborismo. Peres ambicionaba la interacción completa de Israel con un futuro Estado palestino; Rabin, por el contrario, pretendía una escisión política y territorial con el pueblo palestino. Como se dijo en aquella época, Peres quería un matrimonio y Rabin un divorcio. Su dualidad de halcón militar y paloma política quedó cristalizada en una frase de Henry Kissinger que Itamar Rabinovich recuerda en su biografía. Tras escuchar algunos sermones rosados sobre el líder israelí en una ceremonia de recordación en Boston, Kissinger murmuró: “Isaac no era ningún hippy”.

Su legado político es ambivalente. Tuvo grandes aciertos, como la paz con Jordania y la mayor inserción diplomática de Israel en la región. Pero la dinámica de Oslo que puso en marcha tuvo terribles consecuencias: cientos de atentados terroristas palestinos en las calles de Israel durante el proceso de paz, una futura intifada de la Autoridad Palestina y tres guerras con Hamás. 

Transcurrido un cuarto de siglo de aquel crimen atroz, Isaac Rabin merece ser conmemorado con ecuanimidad.

Perfil, Perfil - 2020

Perfil

Por Julián Schvindlerman

  

A 25 años del magnicidio de Isaac Rabin – 07/11/20

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Por Julián Schvindlerman
Perfil – El Observador (7/11/2020)

https://www.perfil.com/noticias/opinion/a-25-anos-del-magnicidio-de-isaac-rabin.phtml

El 4 de noviembre de 1995, el Primer Ministro de Israel, Isaac Rabin, dio un corto discurso ante una multitud reunida en una plaza céntrica de la ciudad costera de Tel-Aviv en apoyo al proceso de paz. Había asistido junto a su Ministro de Relaciones Exteriores, Shimon Peres, con quien había compartido el Premio Nobel de la Paz el año previo, en reconocimiento a la firma de los Acuerdos de Oslo con la Organización para la Liberación de Palestina liderada por Yasser Arafat, el tercer recipiente del galardón. Reinaba entonces una atmósfera de gran optimismo y de mucha crispación social en Israel, en simultánea contradicción. Buena parte de la población estaba convencida de que la paz había advenido con el pueblo palestino tras un prolongado período de duras disputas y sangrientas confrontaciones. Otra parte de la población consideraba que el pacto firmado con Arafat y su organización terrorista había sido un error histórico y moral que sólo traería una paz  ilusoria. La bipolaridad política se había instalado en la nación, con dos bloques asentados en sus trincheras ideológicas, portando dos visiones muy distintas de la realidad circundante, y con muy poca tolerancia hacia las opiniones antagónicas. La grieta era tan acentuada que no pocos analistas hablaban de una guerra cultural.

A esa manifestación, sin embargo, no sólo habían asistido pacifistas y seguidores de la potente y compleja dupla que conformaban Rabin y Peres. También estaba entre ellos, agazapado y desapercibido, el joven que apuntaría su arma contra el premier israelí y perpetraría el mayor asesinato político en la historia de Israel. Yigal Amir, el estudiante universitario y militante de las esferas de la derecha religiosa radical, esperó a los oradores aquella noche cerca del estacionamiento. La cámara casual de un aficionado mostrará posteriormente el momento de su duda, cuando Rabin regresa al escenario a agradecer a los organizadores mientras Peres continúa su marcha hacia el automóvil oficial. ¿A cuál de ellos asesinar? Se inclinó por Rabin. Se acercó y le disparó tres veces por la espalda. Moría así, de un modo casi irreal e inconcebible, en pleno corazón del país y a manos de un judío israelí, uno de los estadistas más respetados de Israel y una personalidad universalmente admirada. La nación, y una importante porción del mundo, estaban shockeados.

A su funeral asistieron cerca de dos mil quinientos enviados de casi ochenta países, un guarismo elevado para ese pequeño país asediado. El rey Hussein de Jordania y el presidente Hosni Mubarak de Egipto, representantes de los únicos dos países árabes en formalizar la paz con Israel hasta entonces, viajaron a la ceremonia en Jerusalem. También fueron representantes de Marruecos, Omán, Catar y Mauritania; lo que fue visto como un ejemplo del éxito de la diplomacia regional de Rabin. Por razones de seguridad, Yasser Arafat no fue invitado. Una porción considerable de la comunidad internacional quería despedir a un estadista apreciado, pero también se materializaba el interés no declarado de apuntalar al proceso de paz inaugurado apenas dos años atrás. Se temía que con la partida de Rabin, éste tambaleara. El presidente de Estados Unidos Bill Clinton se despidió emotivamente de su par israelí con su muy recordado shalom javer (“adiós amigo”) ante la mirada atenta y emocionada de presidentes, secretarios de estado, embajadores,  senadores y periodistas.

Por definición, un magnicidio es un acto de violencia política destinado a conmocionar. La víctima de tan anormal fallecimiento alcanza un aura propia post mortem. Su vida puede pasar a ser vista en una retrospectiva benevolente, incluso romántica, en virtud a un anhelo, consciente o inconsciente, de honrar debidamente al difunto y de no herir las sensibilidades de sus familiares y seguidores con algún señalamiento objetivo. Pero adherir a esta sacralización inmaculada poco favor haría a la figura del verdadero Rabin y malograría una apreciación justa de su lugar en la Historia. Tal como el biógrafo suyo, aliado y amigo, Itamar Rabinovich, ha escrito en Isaac Rabin: Soldado, líder, estadista, “por trascendental que el asesinato de Rabin fuera, es su vida –sus decisiones y sus actos— y no su muerte la que define su legado”.     

Es un tanto irónico que un patriota y héroe nacional como Rabin deba su nombre a su abuelo materno, Isaac Cohen, un adinerado judío ortodoxo antisionista de Bielorusia. Su hija, y futura madre de Rabin, se llamaba Rosa y era una comunista cabal que se ganó el apodo de “Rosa la roja” debido al ímpetu de sus convicciones izquierdistas. El padre de Rabin, Nehemias Rubijev, nació en el seno de una familia pobre de Ucrania. Ambos emigraron a Palestina y tuvieron a Isaac el 1 de marzo de 1922 en Jerusalem. Rabin hizo la carrera militar y tuvo un rol protagónico en la Guerra de la Independencia de 1948, especialmente en la batalla por Jerusalem. Su heroicidad quedó ensombrecida por ser quien ejecutó la decisión sombría del premier David Ben-Gurión de hundir un buque que llevaba armas francesas y tripulación judía para una milicia derechista, el Irgún, comandada por Menajem Beguin.

Pero fue su papel como Jefe del Ejército durante la Guerra de los Seis Días lo que pulió su imagen de agudo estratega. Bajo su liderazgo, en pocos días Israel derrotó a tres países enemigos prestos a atacarla y expandió sus fronteras a un tamaño inimaginable al inicio de la contienda. Recién en 1974 se supo que en los días previos a la guerra Rabin tuvo un colapso nervioso. Tuvo que ser medicado y estuvo ausente durante 24 horas, lo que se justificó aduciendo que había padecido una sobredosis de nicotina. Otra ironía: el hombre que dio a Israel un éxito rotundo en 1967 que redundó en la expansión de su territorio nacional, unas décadas después será quien intentará resolver políticamente las secuelas territoriales de esta guerra. Esta cita suya de inicios de la década de 1970, vista con el beneficio de la retrospectiva histórica, ilustra su posicionamiento político. En un intercambio con israelíes nacionalistas, Rabin advirtió: “Desde mi punto de vista, la Biblia no es un registro de propiedad de tierras para Oriente Próximo”. En efecto, Rabin cultivó una imagen de “halcón” militar con otra de “paloma” política. El primero de sus atributos legitimó ante la opinión pública las acciones que tomaría impulsado por el segundo de ellos.

Tras la renuncia de la premier Golda Meir a consecuencia del fracaso de desoír las advertencias acerca del ataque árabe de la Guerra del Iom Kipur en 1973, Rabin asumió la conducción del país, en junio de 1974. A sus 52 años se convirtió en el quinto premier de la historia del país. El salto de las barracas a la política no fue lineal: antes había pasado una estancia como embajador en Washington. Durante su mandato debió lidiar con la crisis de Entebbe en 1976, cuando comandos palestinos y alemanes secuestraron un avión francés en la ruta Tel Aviv-Paris y lo desviaron a Uganda. Su gobierno ideó un arriesgado plan de rescate a casi cinco mil kilómetros de distancia y la operación se llevó a cabo con éxito. Políticamente, empero, un áspero debate se coló al ámbito público entre Shimon Peres e Isaac Rabin: el primero había alegado a favor de una misión militar desde el principio, en tanto que el segundo había dudado en aprobarla.    

En 1977 debió renunciar al gobierno cuando un periodista reveló que su esposa tenía una cuenta en dólares en Estados Unidos, lo que constituía una violación de la ley de moneda de entonces. Ese mismo año, por primera vez ganó las elecciones nacionales el partido Likud, y el Laborismo perdía la hegemonía política. Rabin seguirá activo en la política local, será Ministro de Defensa en un gobierno de coalición del Likud y el Laborismo, y retornará al tope del poder en 1992, con Peres a su lado como canciller. Debilitado por la intifada palestina gestada en 1987, el ahora Primer Ministro Rabin adoptará una agenda pacifista y concesiva. Cuando Peres le informe acerca de la existencia de un canal secreto de contactos con la OLP, Rabin le dará luz verde y el proyecto culminará en 1993 en una ceremonia formal en la Casa Blanca. Al año siguiente firmará un acuerdo de paz con Jordania. Un año más tarde será trágicamente ultimado, en un clima enrarecido por una incitación desquiciada.

Los primeros años posteriores al asesinato fueron muy lúgubres en Israel. Muchos de sus seguidores creyeron que la mejor manera de honrar su memoria era perpetuar su agenda de paz, en vez de tomar el magnicidio como un punto de inflexión en pos de la unión nacional. Sus detractores querían recordar con respeto al hombre, pero separarlo de sus políticas que objetaban. La apropiación que se ha hecho de su persona centrista desdibujó el hecho de que no sólo había una tensión ideológica entre el Laborismo y el Likud, sino también dentro del propio Laborismo. Peres ambicionaba la interacción completa de Israel con un futuro estado palestino; Rabin, por el contrario, pretendía una escisión política y territorial del pueblo palestino. Como se dijo en aquella época, Peres quería un matrimonio y Rabin un divorcio. Su dualidad de halcón militar y paloma política quedó cristalizada en una frase de Henry Kissinger que Itamar Rabinovich recuerda en su biografía. Tras escuchar algunos sermones rosados sobre el líder israelí en una ceremonia de recordación en Boston, Kissinger murmuró: “Isaac no era ningún hippy”.

Su legado político es ambivalente. Tuvo grandes aciertos, como fueron la paz con Jordania y la mayor inserción diplomática regional del país. Pero la dinámica de Oslo que él puso en marcha tuvo terribles consecuencias: cientos de atentados terroristas palestinos en las calles de Israel durante el proceso de paz, una futura intifada de la Autoridad Palestina y tres guerras con Hamas. Transcurrido un cuarto de siglo de aquél crimen atroz, Isaac Rabin merece ser conmemorado con ecuanimidad.