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Por Julián Schvindlerman

  

A sesenta años de la captura de Adolf Eichmann en la Argentina – 09/05/20

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Por Julián Schvindlerman
Perfil – El Observador (9/5/2020)

https://www.perfil.com/noticias/elobservador/a-sesenta-anos-de-la-captura-de-adolf-eichmann-en-la-argentina.phtml?_ga=2.107319744.395662959.1589023191-871044461.1548884546

El shock.

El 23 de mayo de 1960, el Primer Ministro de Israel, David Ben-Gurion, dio un mensaje en el Parlamento que heló a la nación:
“Un tiempo atrás, fuerzas de seguridad israelíes descubrieron a uno de los más grandes criminales nazis, Adolf Eichmann, quién fuera responsable, junto con otros líderes nazis, de lo que ellos llamaron «la solución final al problema judío», es decir, la aniquilación de seis millones de judíos europeos. Adolf Eichmann ya está en la cárcel en Israel y pronto será juzgado en Israel bajo la Ley de 1950 para el Castigo de Nazis y sus Colaboradores”.

Eichmann había sido jefe del Departamento de Asuntos Judíos en la Gestapo desde 1941 hasta 1945. En 1942, organizó la infame Conferencia Wansee en la que se adoptó el programa del exterminio industrial de los judíos. Posteriormente supervisó la deportación de judíos europeos a los campos de la muerte, así como el saqueo de las propiedades que habían dejado atrás. Fue arrestado al final de la Segunda Guerra y confinado a un campo de prisioneros estadounidense, pero logró escapar hacia la Argentina con ayuda del Vaticano. Vivió aquí varios años bajo el nombre de Ricardo Klement, trabajando para Mercedes-Benz, hasta su captura el 11 de mayo de 1960 por parte de agentes israelíes.

Captura en Buenos Aires. Juicio en Jerusalem.

A comienzos de 1960 el servicio secreto israelí -Mossad- determinó que Ricardo Klement era en realidad el jerarca nazi Adolf Eichmann. Se armó un equipo de siete agentes -más el jefe del propio Mossad, Isser Harel- con el fin de ir por él. Peter Malkin fue uno de ellos. En 1990 publicó (en coautoría con Harry Stein) un libro de memorias sobre el operativo, titulado Eichmann en mis manos, que sirvió de base para la película Operación Final estrenada en Netflix en 2018.

Según ha narrado, Eichmann era un hombre de costumbres. Regresaba del trabajo a su casa de la calle Garibaldi en la provincia de Buenos Aires siempre por el mismo camino. El día de la captura, Malkin se paró frente a Eichmann y le dijo, “un momentito señor”, las únicas palabras que sabía en español. Eichmann se detuvo y dio un paso atrás. Forcejearon y ambos cayeron al suelo. Con la ayuda de otro agente lo metieron en un auto. ¡Ein Laut und du bist tot! (“un sonido y estás muerto”), le advirtió uno de ellos mientras conducían hacia el refugio. El jerarca nazi fue sacado clandestinamente de la Argentina en un vuelo de ELAL, la aerolínea de bandera israelí, drogado y vestido con uniforme de tripulación. Este había sido el mismo avión que transportó a una delegación israelí al país para participar de las conmemoraciones por el 150 aniversario del 25 de mayo de 1810. La cancillería israelí tenía la esperanza de entablar una línea comercial aérea entre Buenos Aires y Tel-Aviv, pero la operación del servicio secreto hizo trizas ese proyecto.

A lo largo del juicio en Jerusalem se leyeron más de 1200 documentos y se dio voz a más de cien testigos. Fue hallado culpable de crímenes contra la Humanidad y contra el pueblo judío. Condenado a muerte, fue ejecutado en 1962. Aquella fue la única pena capital que ha aplicado el Estado de Israel. Sus restos fueron cremados y esparcidos fuera de las aguas territoriales israelíes. Su insignificancia en su papel de acusado, llevó al Premio Nobel de la Paz Elie Wiesel a mostrarse sorprendido. En sus memorias de dos volúmenes –Todos los ríos van al mar y El mar nunca se llena– escribe que hubiera preferido ver al oficial de las SS como un retrato de Picasso: con cuatro orejas, dos bocas y tres ojos, y no como el tipo de apariencia normal que veía. La filósofa Hannah Arendt, autora del polémico Eichmann en Jerusalén: un informe sobre la banalidad del mal, quedó igualmente decepcionada: en unas cartas escritas desde Israel, lo caracterizó como “un fantasma en una salsa espiritualista”, y, tras verlo estornudar por un resfrío dentro de la cabina de vidrio antibala, le pareció excesivamente regular.

Tensiones diplomáticas.

El gobierno de Arturo Frondizi mantenía buenas relaciones con el Estado de Israel al momento del incidente Eichmann, el cual significó una operación secreta dentro del territorio nacional de una nación aliada. El gobierno argentino reaccionó airadamente: exigió el inmediato retorno del nazi a la Argentina, llamó a consultas a su embajador en Tel-Aviv, declaró persona no grata al embajador israelí en Buenos Aires, y presentó una protesta ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Este órgano adoptó una resolución que condenó a Israel por violar la soberanía de la República Argentina y causar fricción internacional al secuestrar al jerarca alemán y pidió el pago de reparaciones. En los meses siguientes, Argentina votó en contra de los intereses de Israel en el foro de la ONU.

Al mismo tiempo, el gobierno argentino comprendía que no podía ir demasiado lejos con su queja pues, al fin y al cabo, había estado cobijando a uno de los más altos oficiales nazis prófugos de la justicia internacional por el crimen de comisión de un genocidio. Al poco tiempo las aguas se aquietaron. En agosto, ambos gobiernos emitieron un comunicado conjunto, publicado en Buenos Aires y Jerusalem, en el cual Israel se disculpaba por haber violado la soberanía argentina y Buenos Aires declaraba que la crisis estaba superada.

El rebrote antisemita.

Ese mismo año, la comunidad judía marcaba el centenario de su nacimiento en la Argentina, efemérides que se vio empañada por el affair Eichmann. Los elementos ultra-nacionalistas sacaron provecho de la ocasión para atacar a los judíos, aun cuando estos se habían enterado del operativo por los medios de prensa. “Los dos años entre el secuestro de Eichmann en mayo de 1960 y su ejecución en junio de 1962 fueron los más duros que los judíos de Argentina tuvieron desde el pogromo de la Semana Trágica en enero de 1919” escribió Raanan Rein, profesor de la Universidad de Tel-Aviv especializado en historia argentina. La veloz resolución diplomática entre los gobiernos no tuvo un correlato en el plano doméstico. En su libro Argentina, Israel y los judíos: desde la Partición de Palestina hasta el affair Eichmann, Rein señala a tres actores centrales de la ofensiva antisemita de la época: el Movimiento Nacionalista Tacuara -liderado por Alberto Ezcurra Uriburu, un oligarca católico descendiente del General golpista José Félix Uriburu-; Hussein Triki -el representante tunecino de la Liga Árabe en Buenos Aires, a la vez colaborador del muftí palestino Haj Amín al-Husseini durante la Segunda Guerra Mundial en su gesta filonazi; y la Guardia Restauradora Nacionalista. En una conferencia de prensa ilustrativa del ánimo de la época, Ezcurra se manifestó contrario al “imperialismo marxista-judío-liberal-masónico-capitalista”, afirmó que él y su gente eran “enemigos de la judería” y aseguró que “en esta lucha tenemos mucho en común con Nasser”, el presidente egipcio. Por su parte, Triki pretendía “esclarecer la ilegitimidad, violencia y carácter colonial e imperialista del Movimiento sionista”, según detalla Juan Luis Besoky en su tesis doctoral para la Universidad Nacional de La Plata, La derecha peronista: Prácticas políticas y representaciones (1943-1976).

Publicaciones nacionalistas como Cabildo, Pampero y Azul y Blanco (sus editores se fastidiarían bastante al enterarse de que hoy un partido político israelí lleva ese nombre) acusaron a los judíos argentinos de doble lealtad. “En Israel”, anunció una de ellas, “hay menos judíos que en nuestro país” (el tamaño de la judería argentina equivalía al 2% de la población nacional de la época). Instituciones judías sufrieron actos vandálicos, estudiantes judíos fueron atacados a tiros en una escuela secundaria, dirigentes judíos recibieron amenazas telefónicas, y -en una agresión particularmente impactante- una joven judía fue secuestrada, torturada y abandonada con una esvástica gravada en el pecho. La policía federal y el gobierno nacional (ahora liderado por José María Guido) se vieron forzados a actuar bajo las protestas de la comunidad judía, la indignación de la sociedad en general y la presión extranjera.       

La luz al final del túnel.

Durante la década de 1950, Argentina rechazó pedidos de extradición de varios países europeos concernientes a prófugos nazis que habían hallado refugio aquí. Josef Mengele desapareció luego de que la República Federal Alemana solicitará su extradición a Buenos Aires. A la luz de estos precedentes, el gobierno israelí autorizó la operación de captura de Eichmann, cuyo secuestro ocurrió apenas dos días después de que ambas naciones habían firmado un tratado de extradición (todavía no ratificado por el Congreso y no aplicable al caso de Eichmann por varias razones). Al llevar a cabo una operación clandestina en su territorio, Israel había lesionado los lazos con la Argentina y había herido su orgullo patrio en el mes de su 150 aniversario. A la vez, Argentina había permitido residir en su suelo a criminales de guerra nazis responsables del genocidio de seis millones de judíos ocurrido apenas una década y media atrás. Ambos países, no obstante, querían preservar sus relaciones diplomáticas y así el vínculo sobrevivió al controvertido episodio.  

Profesor titular de Política Mundial en la carrera de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Palermo.

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Por Julián Schvindlerman

  

Las cuarentenas pueden no ser indispensables – 03/05/20

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Por Julián Schvindlerman
Libertad Digital (España) – 3/5/2020

https://www.libertaddigital.com/opinion/julian-schvindlerman/las-cuarentenas-pueden-no-ser-indispensables-90672/

Se denomina iatrogenia a los tratamientos médicos que tienen efectos dañinos, indeseados y no anticipados sobre los pacientes. Vale decir, grosso modo, aquellos tratamientos que terminan siendo más perjudiciales que la enfermedad que aspiran a curar. Las cuarentenas que se están aplicando en muchos países del mundo podrían caer dentro de esta categoría. Ellas fueron la primera trinchera cavada contra el mentado “enemigo invisible”. Desde el inicio mismo de la pandemia del Covid-19 se ha cristalizado una fuerte tensión entre los requerimientos de la salud pública y las necesidades de preservar las economías individuales y nacionales. Cada país afectado respondió a su manera, aunque mayormente guiado por las experiencias de aquellas naciones que padecieron la corona-crisis anticipadamente. La estricta cuarentena de Wuhan marcó el sendero de las políticas sanitarias globales, aunque científicamente había una carencia de información definitiva a propósito de su eficacia en la salud pública, o de sus efectos adversos en la salud económica.

A fines de abril último, tres profesores de la Universidad Hebrea de Jerusalem publicaron una monografía titulada “Gestión de la pandemia de Covid-19 sin destruir la economía”. Sus autores son David Gershon y Alexander Lipton (de la Escuela de Administración) y Hagai Levine (de la Escuela de Salud Pública). Basados en modelos matemáticos y epidemiológicos complejos, datos actuales de diferentes países, fases de la enfermedad, distinción entre población de alto y bajo riesgo, y otros factores, concluyeron que en los países en los que la cantidad de camas disponibles en las unidades de terapia intensiva es igual o superior al límite de cien por millón de habitantes, y en los que la ciudadanía cumple con las normas de higiene básicas (lavado de manos, uso de mascarillas, distanciamiento social), las cuarentenas son innecesarias. En los países por debajo de este umbral, una cuarentena temporalmente limitada y acotada a los grupos de alto riesgo al Covid-19 sería suficiente, aseguran los investigadores.

En su estudio, los autores mencionan previas pandemias y sus consecuencias devastadoras -tales como la “peste negra” (siglo XIV, mató a más del 30% de la población europea), la “gripe rusa” (1889/90, un millón de muertes en todo el mundo), la “gripe española” (1918/19, más de 50 millones de muertes mundiales), la “gripe asiática” (1957/58, más de un millón de muertes mundiales), la “gripe de Hong Kong” (1968/72, un millón de muertes mundiales) y la “gripe porcina” (2009/10, medio millón de muertes mundiales)- y observan que varias de ellas han atacado especialmente a la población de bajo riesgo (gente joven y sana). Destacan que el Coronavirus, por el contrario, es particularmente agresivo con la población de mayor edad, lo que los empuja a deducir que medidas pasadas no debieran ser la guía principal en la actual pandemia, sino medidas noveles que respondan a las realidades en el terreno. “Los modelos epidemiológicos actuales se basan en el supuesto simplista de que la población responde de la misma manera a la pandemia. Sin embargo, COVID-19 tiene un impacto notablemente diferente en las personas de alto y bajo riesgo”, escriben.

Ellos sostienen que en teoría las autoridades pueden poner en cuarentena a la población por largos períodos de tiempo, siempre y cuando ello sea técnicamente practicable, pero que la naturaleza medieval de estas medidas y los costos sociales y económicos pueden ser elevados: economías en ruinas, altas tasas de desempleo, padecimientos anímicos y mentales, abuso de drogas, violencia doméstica e inquietud social. “La principal conclusión de esta monografía es que en los países donde la mayoría de la población se rige por normas y reglamentos razonables, la economía puede seguir funcionando”, afirman. Los autores citan a su favor los ejemplos de Singapur, Taiwán, Hong Kong y Suecia: “Ninguno de ellos impuso ningún bloqueo, lo cual es consistente con nuestros resultados”.
En Israel, los hospitales tenían dos mil camas asignadas antes de la pandemia y ahora tienen tres mil. Según el modelo propuesto, no se habrían necesitado más de seiscientas incluso sin una cuarentena. Al momento de escribir estas líneas, el país tuvo 16.101 casos de coronavirus,  de los cuales 9.156 se han recuperado y doscientos veinticinco han resultado en el fallecimiento del enfermo. Su población es de 9.2 millones de personas. David Horovitz, editor del Times of Israel, pone estos números en perspectiva:

“Suecia, que eligió un enfoque radicalmente menos intervencionista, tiene aproximadamente 10 veces más muertes que Israel, alrededor de 2.500, en una población solo un poco más grande que la nuestra, con 10 millones. Bélgica, con una población de 11 millones, tiene más de 7.500 muertes, 34 veces más que Israel. Gran Bretaña, con una población seis veces mayor que la nuestra, ha enterrado a 26.000 víctimas. España, con cinco veces nuestra población, tiene 24.000 muertos. Italia, con una población de 60 millones, tiene un número de muertos que se acerca a 28.000. Estados Unidos, con 36 veces nuestra población, tiene casi 300 veces más muertos. Austria y Alemania, por delante de Israel en sus movimientos hacia una rutina más normal, también tienen guarismos de muerte marcadamente más altos: Austria, con más de 8.5 millones de personas, tiene casi 600 muertos; Alemania, con unos 80 millones, tiene 6.500”.

Es decir que las medidas adoptadas por Israel han sido bastante efectivas, cuarentena incluida. Pero el impacto en la economía fue intenso. La tasa de desempleo es del 27% -estaba debajo del 4% en marzo- y según el Fondo Monetario Internacional la economía israelí se contraerá un 6.3% este año. Esto ocurrió en todos los países que aplicaron cuarentenas. Se contuvo en cierto grado la propagación del contagio y se estropearon las economías. Aquí es donde el paper de los académicos de la Universidad Hebrea de Jerusalem se torna especialmente importante, al ofrecer una fórmula precisa que permita disminuir el golpe económico asociado al combate sanitario. Sus conclusiones son universales, no obstante sus autores son cautelosos:

“Nuestro análisis es útil en países con altos niveles de cumplimiento de las medidas higiénicas y de distanciamiento social. Si la capacidad del sistema de salud es lo suficientemente grande y el número de camas hospitalarias o en las salas de terapia intensiva es igual o superior al umbral, no se requiere cuarentena. Si el número de camas en las salas de terapia intensiva está por debajo del umbral, la cuarentena de solamente la población de alto riesgo puede permitir que el país reduzca la propagación de la enfermedad y aplane la curva. Mientras tanto, el grupo de bajo riesgo puede respaldar la economía al tiempo que mantiene intervenciones pandémicas”.    
Se ha señalado correctamente que la pandemia del Covid-19 es global, y que global ha de ser la respuesta para erradicarla. Bajo esta luz, el trabajo académico de estos investigadores israelíes podría ser un aporte relevante al debate científico contemporáneo.

Julián Schvindlerman es Magíster en Ciencias Sociales por la Universidad Hebrea de Jerusalem y profesor titular en la carrera de Relaciones Internacionales en la Universidad de Palermo (Argentina).

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Por Julián Schvindlerman

  

Combatir al Covid-19 al estilo ayatolá – 29/04/20

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Por Julián Schvindlerman
Comunidades – 29/4/2020

Irán fue el país más afectado por la crisis del Coronavirus en el Medio Oriente, y dentro de Irán, el epicentro del contagio fue la ciudad religiosa de Qoms. El ayatola Khameini y el establishment clerical que lo sigue se opusieron a las recomendaciones iniciales del Ministerio de Salud de poner a Qoms en cuarentena. Las plegarias en las mezquitas se extendieron más allá de lo aconsejable. Para peor, fomentaron que los feligreses fuesen a rezar por los enfermos y a pedir por su sanación al santuario de Fátima Masoumeh. Las autoridades médicas nacionales quisieron poner en cuarentena este sitio religioso, pero el custodio del mismo y a la sazón representante local de Khameini, Mohamad Saidi, objetó la sugerencia. Cuando estalló la crisis sanitaria, había en Qoms alrededor de setecientos seminaristas chinos musulmanes. (Desde hace más de un lustro, varios centros de estudio en Qoms, así como en Isfahan y otras ciudades, ofrecen cursos en mandarín). Además, dos millones y medio de turistas visitan Qoms cada año. Suele haber allí también cantidades de trabajadores chinos dedicados a proyectos de infraestructura. Solamente entre el 4-23 de febrero, la aerolínea Mahan Air realizó 55 vuelos desde China hacia Irán. No sorprende que algunas voces hayan sugerido (entre ellas la de Mehdi Khalaji, teólogo chiíta educado en Irán, y de quién he tomado la información concerniente a Qoms) que la alta presencia china en Irán pudo haber sido en parte responsable del contagio.

Además ha estado presente el componente de la corrupción. Conforme informó The Wall Street Journal, el año pasado el Jefe de Gabinete de la presidencia iraní admitió que se le había perdido el rastro a más de mil millones de un monto asignado a la importación de medicamentos. Cerca de 170 millones de un subsidio para insumos médicos se usaron para la importación de tabaco. A esto se agrega el orden de prioridades que dicta la ideología revolucionaria del régimen. Según el Departamento de Estado norteamericano, desde el 2012, Teherán gastó 16 mil millones de dólares en apoyo al terrorismo  globalmente. Hoy su sistema sanitario carece de la estructura y los equipamientos necesarios para dar combate a un Coronavirus que ya mató, de acuerdo a cifras oficiales, a casi 5.500 iraníes. Eso sí, acaban de lanzar un satélite militar al espacio exterior, siguen desarrollando misiles balísticos y enriquecen uranio óptimamente.

Otro factor de propagación fue la pedantería oficial. “No necesitamos médicos norteamericanos” aseguró el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán, Abas Musavi, luego de que el Presidente Donald trump ofreciera asistencia médica al gobierno de Teherán. “Yo les digo que si el pueblo norteamericano necesita ayuda, estamos listos a darla. Pero nosotros no necesitamos su ayuda” dijo el comandante de las Guardias Revolucionarias, Hossein Salami. Con el orgullo herido, la milicia paramilitar Basij propuso enviar máscaras y desinfectantes a Estados Unidos en respuesta al ofrecimiento de Washington. “¿Qué tipo de persona lógica confiaría en que él [Trump] trajera medicinas?” acotó el Líder Supremo Alí Khameini. (Nada de esto impidió, sin embargo, que por primera vez desde la revolución Khomeinista Teherán solicitara al Fondo Monetario Internacional un préstamo de cinco mil millones de dólares). Tan confiado estaba el régimen con su gestión de la crisis del Coronavirus, que echó del país a un grupo de voluntarios de la ONG francesa  Médicos Sin Fronteras que había arribado una semana antes. Basirat, un sitio de información perteneciente a las Guardias Revolucionarias, alegó que el contingente de MSF había viajado a Irán con la intención de examinar a los pacientes contagiados para desarrollar un virus nuevo que afectase exclusivamente a la población iraní. Algunos oficiales del área de la salud trataron de inyectar una dosis de cordura para balancear el discurso de los ayatolás y los militares. “Es muy improbable que se trate de una guerra biológica” observó Reza Malekzadeh, Vice-Ministro de Salud. “No estamos para nada en una posición de enviar equipamiento médico e insumos a ningún otro país”, advirtió el vocero del Ministerio de Salud, Kianpush Jahanpour. Pero en una teocracia es de esperar que prevalezca la religión -e incluso la superstición- por sobre la ciencia médica.

Sí, la superstición. El Líder Supremo ha insinuado que el Covid-19 pudo ser obra de “espíritus malignos” en Estados Unidos. El Ayatolá Alí Akbar Velayati, su asesor más cercano, lidera el Grupo de Medicina Tradicional e Islámica en la Academia de Ciencias Médicas en Irán. Tal como ha informado The Economist, ambos promueven un tipo de medicina islámica de corte divino basado en hierbas medicinales por sobre la medicina científica occidental. Otros clérigos inventaron pociones mágicas. Morteza Kohansal publicó un video de una visita que hizo a una sala de hospital con convalecientes de Coronavirus en el norte de Irán a los que les aplicó “el perfume del Profeta”, unas gotitas que se ponen en la nariz de los pacientes y curan el Covid-19, según asegura. Él mismo las aplicó, sin guantes, ni máscara protectora, ni distanciamiento social alguno, y recomendó que tras olerlas, estornudaran. El ayatolá Abbas Tabrizian, dueño de la tienda online Centro Médico Islámico, propuso vía Telegram esto a los infectados de Covid-19: “Antes de dormir, pon una bola de algodón sumergida en aceite violeta en tu ano”. Hossein Ravazadeh recomendó dejar caer gotas de aceite de calabaza en los oídos dos veces al día. Otra sugerencia singular provino de Mehdi Sabili, titular de la denominada Asociación Científico-Educativa de la Medicina del Imam Sadegh. En un video publicado en Instagram, donde tiene sesenta mil seguidores, se filmó al lado de un dromedario tragando orina de camello como antídoto al Coronavirus. Según sus indicaciones, se debe tomar “tres veces al día durante tres días” y mejor aún “a su temperatura inicial, caliente”. Cerró con una apreciación personal: “A pesar del sabor, es fantástica”. Al-Arabiya ha posteado online algunos de estos videos bizarros. Varios de estos charlatanes han sido arrestados y sus tiendas allanadas. Trágicamente, cerca de quinientos iraníes murieron tras ingerir metanol bajo la creencia, promovida en redes sociales, de que era una cura al Coronavirus.

Si los médicos iraníes deben restar una porción de sus energías y tiempo de su lucha titánica contra el Coronavirus para contrarrestar las fake news digitales, la corrupción estatal, la insensibilidad de los militares, los dogmas de los ayatolás y los delirios de los curanderos, a nadie ha de sorprenderle que Irán se haya convertido en el peor escenario de Coronavirus en el Medio Oriente y en uno de los más graves en el mundo.

The Times of Israel, The Times of Israel - 2020

The Times of Israel

Por Julián Schvindlerman

  

Remembering Li Wenliang – 04/04/20

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By Julián Schvindlerman
The Times of Israel – 4/4/20

https://blogs.timesofisrael.com/remembering-li-wenliang/

Now that the Coronavirus has crossed the million-infected and fifty thousand-dead mark, now that it has forced over 3.5 billion people to live in quarantine, now that it has seriously damaged the world economy, now that it has the whole world on edge pondering with anguish its potential aftermath, and now that it has transformed our lives in yet unintelligible ways; perhaps now is the right time to honor the young Chinese doctor who tried to warn us all of the coming apocalypse –and was inconceivably silenced by the Beijing government.

At the end of last December, the thirty-four years old doctor Li Wenliang detected the first symptoms of Covid-19 in seven hospitalized patients with a diagnosis similar to SARS and in one patient whom he attended at the Wuhan Central Hospital, and from whom he got fatally infected. He alerted his colleagues to the severity of the outbreak only to receive a reprimand from Chinese state authorities in return. The Police arrested him, accused him of spreading rumors, and forced him to sign a statement of repentance. The official press disqualified him and his professional colleagues with the nickname of “the eight gossipers.” In an online interview with The New York Times on February 1, Mr. Li stated: “If the officials had disclosed information about the epidemic earlier, I think it would have been a lot better. There should be more openness and transparency.”  He passed away within a few days.

His death sparked a wave of outrage -from Hong Kong to San Francisco- and prompted the Chinese government to react. The Supreme Court criticized the Wuhan Police for punishing the doctors who raised the alarm: “It might have been a fortunate thing to contain the new coronavirus, if the public had heard of this ‘rumor’ at that time.” The National Supervisory Commission ruled that the punishment of Li was “irregular” and “improper.” Hu Xijin, editor-in-chief of the state-controlled Global Times, wrote: “Wuhan indeed owes Li Wenliang an apology.” The Chinese Communist Party promptly issued a “solemn apology” to the doctor’s family and claimed to have disciplined the two policemen involved in the matter. As is so usual in totalitarian states, Beijing sought to limit the responsibilities to just two junior officers. But it is a fact that the Xi Jinping government “waited seventeen critical days before sharing the Covid-19 genome sequence with other nations” as stated by The Berman Law Group in a federal class action lawsuit against the People’s Republic of China, Hubei Province and Wuhan City.

In a recent column in The Wall Street Journal, Chris Jacobs proposed that the White House should award Dr. Li Wenliang the Presidential Medal of Freedom. In his viw, “Awarding the Medal of Freedom to Li Wenliang would recognize the role of free speech in maintaining a healthy society and serve as a fitting tribute to the role that millions of other first responders are playing in this pandemic.” Established in 1963, it has been posthumously given to Martin Luther King, Pope John XXIII and Anwar Sadat among other world figures, as well as to John F. Kennedy himself, its creator. In this vein, the United Nations could recognize Dr. Li in some prominent way, too. Now that China has accorded the highest possible honor conferred on citizens who die serving the country, by declaring him a “martyr,” there should be no objection from Beijing. After all, as Frank Sieren noted in Deutsche Welle about Li: “He was not an idealistic whistleblower a la Julian Assange. He was not a dissident. He wasn’t even political. He was just a doctor doing his job.”

The Sakharov Prize, established in 1988 by the European Parliament, would be another good recognition to bestow upon the late Chinese doctor that would assure him a place in the collective memory along other prominent awardees such as Nelson Mandela, Osvaldo Payá and Malala Yousafzai. Other countries could follow suit and similarly honor with their highest national distinctions this exemplary physician who paid with his life, and almost with his reputation, for trying to sound the alarm about the worst pandemic in more than a hundred years to hit mankind.

Version en Español:

Recordemos a Li Wenliang:

Ahora que el Coronavirus ha cruzado la marca del millón de infectados y de cincuenta mil muertos, que ha forzado a más de 3.5 mil millones de personas a vivir en cuarentena, que ha dañado gravemente a la economía mundial, que tiene al mundo entero en vilo ponderando con angustia sus secuelas potenciales, y que ha transformado nuestras vidas de manera todavía inentendible; ahora entonces quizás sea el momento adecuado para honrar al joven médico chino que intentó advertirnos del apocalipsis que se avecinaba… y que fue inconcebiblemente silenciado por el gobierno de Beijing.

De apenas treinta y cuatro años de edad, a fines de diciembre pasado, el médico Li Wenliang detectó los primeros síntomas del Covid-19 en siete pacientes internados con diagnóstico similar al SARS y en una paciente que atendió en el Hospital Central de Wuhan, y de la cual se contagió mortalmente. Alertó a colegas suyos de la gravedad del brote y recibió a cambio una reprimenda de las autoridades estatales chinas. La policía lo detuvo, lo acusó de esparcir rumores y le obligó a firmar una declaración de arrepentimiento. La prensa oficial le descalificó a él y a sus colegas profesionales con el mote de “los ocho chismosos”. En diálogo online con The New York Times el 1 de febrero, Li declaró: “Si los funcionarios hubieran divulgado antes la información referente a la epidemia, creo que todo habría sido mucho mejor. Debería haber más transparencia y apertura”. Falleció a los pocos días.

Su muerte disparó una oleada de indignación -desde Hong Kong hasta San Francisco- y empujó al gobierno chino a reaccionar. La Corte Suprema criticó a la policía de Wuhan por sancionar a los médicos que hicieron sonar la alarma: “Podría haber sido algo afortunado para contener el nuevo coronavirus, si el público hubiera escuchado este ‘rumor’ en ese momento”. La Comisión Nacional de Supervisión dictaminó que el castigo a Li fue “irregular” e “impropio”. Hu Xijin, el jefe de redacción del Global Times (controlado por el Estado), escribió: “Wuhan realmente le debe una disculpa a Li Wenliang”. Prontamente, el Partido Comunista Chino emitió una “disculpa solemne” a la familia del médico y aseguró que había disciplinado a los dos policías implicados en el asunto. Como es habitual en los estados totalitarios, Beijing pretendió acotar las responsabilidades a dos oficiales menores. Pero es un hecho que el gobierno de Xi Jinping “esperó diecisiete días críticos antes de compartir la secuencia del genoma Covid-19 con otras naciones” tal como afirmó el bufete norteamericano The Berman Law Group en una demanda colectiva federal contra la República Popular de China, la provincia de Hubei y la ciudad de Wuhan.

En una columna reciente en The Wall Street Journal, Chris Jacobs propuso que la Casa Blanca otorgue al Dr. Li Wenliang la Medalla Presidencial de la Libertad. En su visión, “Otorgar la Medalla de la Libertad a Li Wenliang reconocería el papel de la libertad de expresión en el mantenimiento de una sociedad saludable y serviría como un tributo adecuado al papel que millones de otros socorristas están desempeñando en esta pandemia”. Creada en 1963, ha sido dada póstumamente a Martin Luther King, Juan XXIII y Anwar Sadat entre otras figuras mundiales, así como al propio John F. Kennedy, su creador. Las Naciones Unidas podrían tomar la posta de esta iniciativa y reconocer al Dr. Li de algún modo prominente. Ahora que China le ha concedido el máximo honor posible que se confiere a ciudadanos que mueren sirviendo al país, al declararlo “mártir”, no debería haber objeción por parte de Beijing. Al fin de cuentas, como observó Frank Sieren en Deutsche Welle sobre Li: “No era un denunciante idealista a la Julian Assange. No era un disidente. Ni siquiera era político. Era simplemente un médico haciendo su trabajo”.

El Premio Sájarov para la Libertad de Conciencia, establecido en 1988 por el Parlamento Europeo, sería otro buen reconocimiento al médico chino, que le aseguraría un lugar en la memoria colectiva junto a otros destacados premiados como Nelson Mandela, Osvaldo Payá y Malala Yousafzai. Otros países podrían seguir la estela y honrar de manera similar con sus más altas distinciones nacionales a este profesional ejemplar que pagó con su vida, y casi con su reputación, por intentar dar aviso temprano de la peor pandemia en más de cien años que ha azotado a la humanidad.

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Por Julián Schvindlerman

  

Corona: un virus comunista – 25/03/20

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Por Julián Schvindlerman
Perfil.com – 25/3/20

https://www.perfil.com/noticias/columnistas/corona-un-virus-comunista.phtml

¿Alguien conoce el CUIT de la República Popular China y su condición ante el IVA?

Según se informó, la firma norteamericana The Berman Law Group inició una demanda colectiva federal contra la República Popular de China, la provincia de Hubei, la ciudad de Wuhan y varios ministerios del gobierno chino, en busca de compensaciones por lesiones personales, muertes por negligencia, daños a la propiedad y otras secuelas atribuidas a la responsabilidad de Pekín en diseminar primero, y en no contener luego, el Coronavirus. “Los funcionarios chinos sabían antes del 3 de enero que el COVID-19 se transmitió de humano a humano y los pacientes comenzaron a morir unos días después. Sin embargo, seguían diciéndole a la gente de Wuhan y al mundo en general que todo estaba bien, incluso celebrando una cena pública en Wuhan para más de 40.000 familias el 18 de enero” explicó uno de sus representantes. “Cuando leas sobre el aumento del número de víctimas mortales y veas la detención casi completa de la vida y los viajes normales, recuerda que China esperó diecisiete días críticos antes de compartir la secuencia del genoma COVID-19 con otras naciones, como lo deja en claro nuestra demanda”, declaró.

Josh Rogin coincidió en The Washington Post: “Debemos ser específicos al culpar al Partido Comunista Chino por sus acciones. Fue el PCCh el que ocultó el brote del virus durante semanas, silenciando a los médicos, encarcelando a periodistas y obstruyendo la ciencia, especialmente al cerrar el laboratorio de Shanghái que lanzó públicamente la primera secuencia del genoma del Coronavirus”. Efectivamente, el gobierno chino -que hace poco expulsó del país a los corresponsales del New York Times, Washington Post y Wall Street Journal– cerró las redes sociales locales que primero reportaron noticias del Coronavirus durante la primera quincena de enero. El doctor Li Wenliang, quién en diciembre alertó sobre un posible estallido epidémico similar al SARS, fue censurado por la policía comunista china y acusado de “esparcir rumores”. Forzado a reconocer su “comportamiento ilegal”, murió por Coronavirus en febrero; tenía treinta tres años de edad. También en enero, científicos de un laboratorio en Shanghái mapearon el genoma del virus y pidieron acciones preventivas. El régimen chino respondió clausurando el laboratorio. Con estas medidas negadoras, el gobierno de Xi Jinping limitó seriamente la capacidad de dar una respuesta mundial temprana al Coronavirus. “El resultado ha sido la pandemia global más peligrosa en un siglo” observó John P. Walters, CEO del Hudson institute.

Aun así, algunos parecen más preocupados por la imagen que por las muertes que el Coronavirus está ocasionando. La Asociación de Periodistas Asiáticos Americanos solicitó a las agencias de noticias que no utilicen el término “virus de Wuhan”, pues ello supuestamente estigmatizaría a sus residentes. Cuando el Presidente Donald Trump -en respuesta a la absurda acusación del vocero de la cancillería china de que el ejército estadounidense habría llevado el virus a Wuhan- habló del “virus chino”, Pekín adujo que esa era una postura racista. Esto lo dice un régimen que tiene encarcelados en Xinjiang a más de un millón de musulmanes por motivos étnicos. “Procede de China, por eso lo digo” retrucó Trump, impasible. La Organización Mundial de la Salud le hizo un gran favor a Pekín al denominar al virus COVID-19 en vez de asociarlo al país del cual emanó.

Este organismo de las Naciones Unidas está liderado por el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, un ex miembro del marxista Frente de Liberación Popular de Tigray. Según la BBC, cuando fue Ministro de Salud en Etiopía “era conocido por desalentar a los periodistas de informar sobre casos sospechosos de cólera en el país”. Después de viajar a Beijing, el Dr. Tedros dijo que China había establecido “un nuevo estándar para el control de brotes”. El historiador Walter Russell Mead acotó en The Wall Street Journal que “Pasos tales como excluir a Taiwán de reuniones de emergencia y alabar la respuesta de China al virus han hecho ver a la Organización Mundial de la Salud como un portavoz de Beijing”. Y Mario Noya, en una potente nota en el diario online español Libertad Digital, dedicó este párrafo al Dr. Tedros y la OMS: “[L]a pasmarota OMS, que no fue alertada por Pekín hasta el 31 de diciembre y que no envió delegación alguna al mastodonte asiático hasta el 10 de febrero; la corrupta y obsecuente OMS, pretendidamente comandada por un títere de Pekín, el marxista Tedros Adhanom, que siendo ministro de Sanidad en Etiopía silenció tres mortíferos brotes de cólera en el país africano: cómo no iba a ser bueno para el convento”. La expansión veloz y mortal del Coronavirus, su impacto sobre la economía mundial y la nueva normalidad que se avecina nos tienen bastante ocupados como para pensar sobre qué papel está jugando la OMS y su líder en estos momentos. Con la pandemia contenida a futuro, seguramente la prensa indagará un poco más en ello.

Por todo esto, ver ahora al gobierno chino en su faceta más amable -enviando enormes cantidades de respiradores, mascarillas, guantes, kits de prueba, equipos médicos y doctores a varios países, auto-promoviéndose como benefactor de la humanidad por medio de una diplomacia humanitaria generosa- puede resultar un poco raro. Bienvenida la asistencia que desesperadamente necesitamos, desde ya. Pero no olvidemos dónde brotó este virus letal y desde dónde se desató está pandemia. Como decía uno de esos tantos mensajes que han estado inundando nuestros celulares últimamente y cuya comicidad encierra una dosis de verdad: ¿qué les costaba hervir al murciélago dos minutos más?

Profesor en la carrera de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Palermo

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Por Julián Schvindlerman

  

Del Sandinismo al Sandernismo: ¿el socialismo nunca muere? – 11/03/20

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Por Julián Schvindlerman
Infobae – 11/3/2020

https://www.infobae.com/america/opinion/2020/03/11/del-sandinismo-al-sandernismo-el-socialismo-nunca-muere/

Joshua Muravchik, autor de Heaven on Earth: The Rise, Fall, and Afterlife of Socialism, trazó el origen del término “socialismo” a los seguidores de Robert Owen, quien en 1825 estableció una comuna en Indiana a la que llamó New Harmony para aplicar su sistema socialista. Al cabo de dos años, había colapsado. Sus seguidores fundaron otras casi cincuenta comunas en los Estados Unidos durante el siglo XIX y todas ellas terminaron en la ruina. A pesar de este resultado empírico, el modelo cobró impulso teórico cuando Karl Marx “transformó al socialismo de ser un experimento -probado, testeado y fallido- en una profecía” escribió Muravchik. El sueño de la revolución proletaria gestó muchos partidos socialistas en Europa en aquélla época -anotó este autor- pero las clases trabajadoras en los países industriales en vez de empobrecerse, mejoraron su calidad de vida, y las clases medias lejos de desaparecer, crecieron. Tras los estragos de la Primera Guerra Mundial y el ascenso de Lenin en Rusia, el socialismo ganó ímpetu y durante el siglo XX un tercio de la humanidad pasó a ser gobernado bajo este modelo económico. Habitualmente hermanado a un esquema represivo, se lo justificó por sus presuntos beneficios socioeconómicos, los que rara vez se materializaron.

La evidencia empírica prueba que el socialismo ha fracasado en cada lugar en que fue intentado, con la sola excepción quizás de las comunas agrícolas (kibutzim) de Israel que proliferaron especialmente durante la primera mitad del siglo XX. Pujantes, democráticas e igualitarias, hicieron un aporte importante a la construcción de la nación. Aun así, con la eventual convergencia del país hacia el capitalismo perdieron fuerza y terminaron adaptándose a la economía privada. Esto llevó a Muravcik a concluir que “el socialismo ha fracasado en todo lugar en que fue aplicado; incluso en donde ha triunfado”. Cuando -tras Rusia- China, Cuba, Vietnam, Camboya, Venezuela, Nicaragua, Corea del Norte, Siria, Afganistán y otros lo adoptaron, millones murieron y cientos de millones se empobrecieron.

Sus defensores más desapasionados suelen citar a Suecia como ejemplo de un buen socialismo, pero es un ejemplo inadecuado. Volvo es una compañía sueca. H&M es una compañía sueca. Ericsson es otra compañía sueca. Electrolux es asimismo sueca. IKEA es también una compañía sueca. Y Spotify es sueca. Todas ellas son ejemplos rotundos de exitosos emprendimientos capitalistas. Suecia está basada en una economía capitalista con un estado protector. Sus defensores más apasionados han estado defendiendo a los socialismos duros de Venezuela, Nicaragua y Cuba por un período notoriamente prolongado. Bernie Sanders destaca entre ellos. Carlos Alberto Montaner ha observado que al candidato Demócrata no lo ha conmovido el paso del tiempo: en ciclos de cada veinte años sigue aferrado a la tentación socialista.

Primero con la revolución cubana en 1959. En un video presentado en la televisión por el corresponsal de la CBS Anderson Cooper, se vio a Sanders en la década de 1980 defender a Fidel Castro sobre la base de que “educó a los niños, les brindó atención médica, transformó totalmente la sociedad”. Observadores han notado que antes de que Castro llegase al poder, Cuba era 80% letrada; muy por delante de otros países de la región. En las siguientes décadas varios países -Argentina, Chile y Costa Rica, por ejemplo- han casi igualado los niveles de Cuba mientras que Panamá, Paraguay, Ecuador y Colombia han alfabetizado considerablemente a su población. “La diferencia”, indicó un editorial del Wall Street Journal,  es que estos países “lo hicieron sin haber ´totalmente transformado a la sociedad´ con pelotones de fusilamiento, mazmorras, tortura y exilio”.

En 1985 Sanders era alcalde de Burlington, Vermont. La revolución sandinista llevaba seis años en curso en Nicaragua. Definió a Daniel Ortega como “un tipo impresionante” y sostuvo que “Vermont podría ser un ejemplo para el resto de la nación similar al tipo de ejemplo que Nicaragua está dando al resto de América Latina”. La Nicaragua sandinista estuvo signada por una guerra sangrienta, la creación de refugiados y el aplastamiento de libertades individuales. Sanders incluso viajó a Managua, donde asistió a un desfile militar sandinista durante el cual se entonó el himno que contiene esta estrofa que nos recuerda Montaner: “Los hijos de Sandino / ni se venden ni se rinden / luchamos contra el yankee / enemigo de la humanidad”.

Veinte años después del ascenso de Sandinismo en Nicaragua y a cuarenta del Castrismo en Cuba, arribó el Chavismo a Venezuela. Sanders no tardó en caer bajo su embrujo. En una entrevista televisada con Univisión en febrero de 2019, Sanders dijo que no consideraba que Juan Guaidó fuera el presidente legítimo de Venezuela. Tampoco respaldó las sanciones económicas de la Administración Trump contra Caracas. Durante la actual campaña electoral fue criticado por otros miembros del Partido Demócrata por negarse a tildar a Nicolás Maduro de dictador (finalmente lo hizo), pero su admiración por el “Socialismo del Siglo XXI” es de larga data. En enero de 2003, Sanders firmó una carta en apoyo a Hugo Chávez (años más tarde lo tachará de “dictador comunista”). Ese mismo mes, la experta en asuntos latinoamericanos Mary Anastasia O’ Grady escribía: “Los neandertales económicos siempre están rompiendo huevos en busca del esquivo omelet igualitario, pero si la agresión del Sr. Chávez contra su pueblo continúa sin restricciones, los pobres se empobrecerán, el medio ambiente natural de Venezuela quedará destrozado e incluso la mínima protección de los derechos humanos se convertirá en un recuerdo oscuro”. Adivine quién estaba en lo cierto, ¿Bernie o Mary?

Lo cual nos lleva a reflexionar sobre la seducción incomprensible que el socialismo aun genera en ciertos sectores. Es normal que las generaciones jóvenes se sientan atraídas por su mantra igualitaria, su panacea idealista, su utopianismo romántico. Pero que un  septuagenario estadounidense haya hecho su carrera política enteramente bajo su hechizo es realmente sorprendente. Que además sea un serio contendiente al liderazgo de un partido históricamente centrista que tuvo entre sus filas a Roosevelt y Truman es alarmante. Y que a su vez este hombre sea un candidato firme a la presidencia de los Estados Unidos -el país donde el capitalismo triunfó de la manera más exorbitante y definitiva posible- es casi surrealista. Así, el reciente renacimiento político de Joe Biden no es tan solo una esperanza racional para la progresía estadounidense. Lo es para el país entero. Biden no está exento de debilidades; basta recordar que fue vicepresidente en la Casa Blanca de Barack Obama. Pero al menos no eligió a la Unión Soviética para ir de luna de miel por diez días a sus 46 años, como Sanders sí hizo, en 1988. Especialmente aquellos que ven a Trump con enfado y a sus políticas con desprecio, deberían poder advertir que la alternativa ganadora al líder del jopo amarillo difícilmente pueda ser un revolucionario incurable a la Jeremy Corbyn.

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Por Julián Schvindlerman

  

El BDS en España: Entre la hipocresía y la irrelevancia – 26/02/20

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Por Julián Schvindlerman
Comunidades – 26/2/2020

Molins de Rei es una pequeña localidad catalana de alrededor de 25.000 habitantes. Tiene un buen restaurante japonés en el cual cené a principios de febrero, en ocasión de mi visita a Barcelona a presentar mi novela La carta escondida: historia de una familia árabe-judía. Molins de Rei se hizo conocida para la judería global en 2018 cuando objetó una competencia de la Liga Europea de waterpolo femenino entre la selección israelí y la española bajo presiones del BDS. Este puntito en el mapa, uno supondría, no estaría concernido con la geopolítica de Medio Oriente, o puntualmente con la distante problemática entre palestinos e israelíes, pero parece que a sus autoridades esos temas les importan mucho. Tal como les conmueve a otros 57 ayuntamientos españoles que acaban de adherir al llamado “Espacio Libre de Apartheid Israelí” (ELAI), promovido por el BDS España, con apoyo de PSOE y Podemos, con la consigna de no negociar con empresas israelíes, ni comprar sus servicios y productos.

Así, ayuntamientos, diputaciones, entidades, sindicatos y espacios culturales, comerciales o deportivos en Andalucía, Aragón,  Asturias, Cantabria, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Catalunya, Extremadura, Galicia, Madrid, Navarra y  Valencia, entre otros, han marcado su línea en la arena ante los impertinentes israelíes. Oh, y también alguno que otro en las cruciales islas Canarias y Baleares; focos de alta gravitación en la política mundial que no podían permanecer indiferentes a las penurias del pueblo palestino. La lista oficial de ELAI incluye -entre muchas otras adhesiones relevantes que quitarán el sueño a los israelíes- a la Izquierda Anticapitalista Revolucionaria de Granada, a la asociación Ecologistas en Acción, al Centro de Estudios Rurales y de Agricultura Internacional, al periódico del Partido Comunista de España Mundo Obrero, al Sindicato de Periodistas de Andalucía, a la radio comunitaria de Málaga Onda Color, a la librería La Vorágine de Santander, a la Taberna Morgan de Valladolid, al Laboratorio de Prótesis Dental F. Darwiche también en Valladolid, a la Tetería India de Sant Feliu de Llobregat (en la periferia de Barcelona) y a Vinos Barona de Extremadura. En lo que sólo puede ser descrito como un golpe durísimo a la economía israelí, se sumó al boicot La Chiguita Riojana (Puesto 41 del Mercado de San Fernando en Madrid). Jerusalem debería estar especialmente preocupada por la adhesión al BDS de la Carnicería Manolo Lago de Madrid, la peluquería New Look también de la capital española, la librería El Gusanito Lector de Sevilla y el Café-Pub Crit i Nit de Valencia.

Por supuesto que esta campaña es una broma de principio a fin. No tendrá el menor impacto económico sobre Israel, y sus mentores lo saben. El ángulo de ataque es político: hacer ruido en los medios, reinstalar el tema palestino en la agenda, aislar simbólicamente a Israel. Ya lo intentaron los países árabes desde 1945 en adelante; y fallaron. Hoy varios de ellos comercian, abierta u opacamente, con el estado judío. Incluso los palestinos se relacionan comercialmente con Israel. Según una monografía de 2018 del Tony Blair Institute for Global Change, “Israel sigue siendo el mayor socio comercial de la Autoridad Palestina”. Dice el informe: “Desde mediados de la década de 1990, Israel ha sido un destino casi exclusivo para las exportaciones palestinas, con un promedio de más del 90% del total de las exportaciones palestinas de bienes”. En septiembre de 2019, informaba France24: “En 2015, cuando el primer ministro Benjamín Netanyahu formó un gobierno considerado como el más derechista en la historia de Israel, alrededor de 45.000 palestinos tenían permisos de trabajo israelíes, según cifras oficiales palestinas. Cuatro años más tarde, ese número es de alrededor de 85.000”. En otras palabras: los propios palestinos, tanto a nivel estatal como popular, no están boicoteando a Israel.

El BDS España se manifiesta en su sitio online “contra la supremacía judía” y “contra el colonialismo sionista”. Están muy a la moda estos muchachos. Cuando lancen una campaña de boicot contra China por encarcelar a más de un millón de musulmanes uigures, contra Siria por lanzar bombas químicas contra su propia población islámica, contra Irán por arrestar a mujeres musulmanas que se quitan el velo en la vía pública o contra Myanmar por masacrar a los musulmanes rohinyas, (o aún fuera de la órbita islámica: contra Venezuela por exiliar a millones de los suyos, contra Rusia por perseguir sus opositores políticos, contra Corea del Norte por hambrear a casi todo su pueblo)- podríamos empezar a considerarlos con seriedad. Desde ya que no es ni remotamente justo equiparar a Israel con estas naciones, los ejemplos simplemente ilustran la hipocresía de los moralistas selectivos españoles. 

Por fortuna, no veo en el listado de ELAI a mi restaurante japonés favorito en Molins de Rei.

La Vanguardia (Colombia)

La Vanguardia (Colombia)

Por Julián Schvindlerman

  

Entrevista a Julián Schvindlerman con La Vanguardia (Colombia) – 28/01/20

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Auschwitz, símbolo del horror nazi

La Vanguardia (Colombia) – 28/1/20
Por Angela Castro

https://www.vanguardia.com/mundo/auschwitz-simbolo-del-horror-nazi-XL1937101

“Arbeit macht frei” (“El trabajo libera”). Esta inscripción en alemán en la puerta de hierro a la entrada de Auschwitz, fue la ‘bienvenida’ con la que los nazis recibieron con amargo sarcasmo a los cerca de 1,3 millones de prisioneros que pasaron por este campo de concentración, y el final para el 90% de ellos, que antes que libertad, encontraron la muerte. Auschwit-Birkenau, un territorio de 40 kilómetros cuadrados y antiguo cuartel de la monarquía austro-húngara, es el símbolo universal del genocidio nazi, construido en 1940 tras la invasión de Polonia por los alemanes.

En cinco años de funcionamiento, la Alemania nazi asesinó sistemáticamente en las temidas cámaras de gas a al menos 1,1 millones de personas, 960 mil de ellos judíos. Fueron gaseados, obligados a trabajar sin descanso o pasar hambre hasta la muerte e incluso fueron víctimas de crueles experimentos médicos. El 27 de enero de 1945, el ‘Ejército rojo’, como se conocían entonces a las tropas soviéticas, entraron al complejo de Auschwitz, poniendo fin a la mayor fábrica de la muerte del régimen nazi.

Para Julián Schvindlerman, profesor universitario y analista político internacional, la liberación del complejo de exterminio nazi Auschwitz-Birkenau mostró al mundo “el horror más increíble, ingresar al abismo más profundo, de la condición humana. Muchos sobrevivientes permanecieron en silencio durante un largo tiempo, para luego exteriorizar sus traumas, penas y dolores más agudos del alma”. En su opinión, es inaudito que aún existen corrientes negadoras del Holocausto, que plantean que nada de esto ocurrió, o minimicen el hecho, e igualmente, señala que “el negacionismo es una forma moderna de antisemitismo, en tanto toma un acontecimiento oscuro de la historia judía para usarlo como arma de ataque en su contra”. Por ello, este escritor argentino destaca que “estas conmemoraciones son cruciales para que las generaciones venideras conozcan la verdad. Cuando los hechos fácticos están bajo ataque, no hay más remedio que dar una respuesta educativa contundente”.

Sin duda, la lección más importante que de lejos deja el campo de exterminio de Auschwitz para la humanidad, cuando la cordura, la diplomacia y la política fallan y reinan el racismo, la intolerancia y la fuerza, es que el resultado es abrumador. Y en la memoria colectiva de las futuras generaciones, debe quedar, además, como valiosa lección el mantener vivo el recuerdo del Holocausto, para que Auschwitz no se repita.