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Infobae, Infobae - 2017

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

Así educan los palestinos a sus niños – 25/06/17

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Días atrás, el presidente de la Autoridad Palestina (AP), líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y titular del movimiento Fatah, Mahmoud Abbas, envió una carta, escrita en árabe, al Congreso Judío Latinoamericano (CJL) en Buenos Aires en la que felicitaba una iniciativa de diálogo interreligioso entre musulmanes-palestinos y judíos que esta organización promovió. “Nosotros incentivamos este tipo de nobles iniciativas que aporten a la promoción del diálogo y lazos entre las culturas y religiones”, escribió Abbas, “Hemos propiciado varios aportes en esta área”. Si tan sólo eso fuera cierto.

Lejos de promover lazos entre culturas y religiones y de propiciar aportes, la AP, OLP y Fatah que él comanda, incesantemente incitan contra los israelíes, los sionistas y los judíos en la currícula educativa y la prensa oficial palestina. Apenas unos días antes de esta carta, el Ministro de Educación palestino, Sabri Saidam, posteó en su Facebook una reacción al asesinato de una joven soldado israelí en Jerusalem: “Que Alá tenga piedad sobre los mártires de Jerusalem y toda Palestina”. Por “mártires” se refería a los terroristas que la apuñalaron. Abbas no lo repudió. De hecho, cuando estalló la “intifada de los cuchillos” -como se dio en denominar al último brote psicótico colectivo palestino pro-asesinato de israelíes- el propio presidente palestino llamó a su pueblo a derramar sangre por Al-Aqsa.

Según IMPACT-SE, una organización israelí que estudia y traduce los textos escolares palestinos, la nueva currícula oficial de la AP “es significativamente más radical que los currículos anteriores”. En los actuales textos educativos palestinos, oficialmente sancionados por la AP, los niños de Gaza y Cisjordania pueden leer: “Prometo que sacrificaré mi sangre, que saturaré la tierra de los generosos y eliminaré al usurpador de mi país, y aniquilaré el remanente de foráneos.Oh tierra de Al-Aqsa y el Haram, oh cuna de la hidalguía y generosidad paciente, sé paciente pues la victoria es nuestra, el horizonte está emergiendo de la opresión”. –Nuestro Hermoso Idioma, Grado 3, Vol. 2, 2016-17, p. 64. Y también: “Oh hermano, los opresores han excedido todos los límites y la jihad y el sacrificio son necesarios”. –Lecturas y Textos, Grado 8, Parte 1, 2015, p. 44.

Los textos escolares enseñan a los niños a rechazar las negociaciones con Israel, a abrazar el espíritu del combate y a convertirse en mártires. Mensajes como “el volcán de mi venganza”, la definición de Palestina como el “territorio ocupado en 1948” (año del establecimiento de Israel) y ejemplos aritméticos empleando cantidad de mártires muertos, son comunes. La conexión judía con Jerusalem es ignorada y la historia de su fundación, tergiversada: “Jerusalem es una ciudad árabe construida por nuestros antepasados árabes hace miles de años. Es sagrada para los musulmanes y los cristianos”. –Educación Nacional y Socialización, Grado 3, Vol. 1, 2016 – 17, p. 28.

La currícula educativa palestina entró en vigencia con la firma de los Acuerdos de Oslo en 1993 y el establecimiento de la Autoridad Palestina al año siguiente. Ya entonces los israelíes y los judíos eran caracterizados como “engañadores”, “animales salvajes”, “ladrones”, “enemigos de los profetas y los creyentes” y “conquistadores”. Israel era presentado como “una provocación al mundo árabe”, una “administración judía racista”, el “enemigo sionista” y “Palestina ocupada”. En el libro Educación Islámica, Grado 7, p. 19, los niños debían responder a esta consigna: “¿Por qué odian los judíos a los musulmanes y quieren causar división entre ellos? Dé un ejemplo de los malditos intentos de los judíos, tomados de eventos actuales”.En Nuestro Idioma Árabe, Grado 5, p.67 se podía hallar esta enseñanza: “Recuerda: el resultado final e inevitable será la victoria de los musulmanes por sobre los judíos”.

No exactamente una educación hacia la paz. Quien quiera entender la causa real de la ausencia de la paz palestino-israelí debería comenzar por mirar qué tipo de enseñanzas han estado recibiendo los niños palestinos por casi un cuarto de siglo.

Las exclamaciones de Mahmoud Abbas favorables a la coexistencia pronunciadas en su carta al CJL son un fraude. Es, por lo menos, su segundo engaño público en lo que va del año. Cuando visitó la Casa Blanca el pasado mayo, aseguró en presencia del presidente de los Estados Unidos en su conferencia de prensa conjunta que “estamos criando a nuestra juventud, a nuestros hijos y a nuestros nietos en una cultura de paz”.Donald Trump lo visitó en Belén tiempo después y, según una noticia muy publicitada en la prensa israelí, le increpó a Abbas a los gritos: “¡Usted me engañó en DC! ¡Habló de su compromiso con la paz, pero los israelíes me mostraron su participación en la incitación!”. Se informó que el presiente palestino permaneció en silencio durante varios minutos.

La mitomanía política del presidente palestino deja en un lugar incómodo a la familia de las naciones. Pues, como bien dice el refrán en inglés: “Si me engañas una vez, la vergüenza está contigo; si me engañas dos veces, la vergüenza es mía”.

Comunidades, Comunidades - 2017

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Israel 1967: del trauma al triunfalismo – 14/06/17

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No sorprendentemente, buena parte de la cobertura de prensa del 50 aniversario de la Guerra de los Seis Días fue sesgada, centrándose en una de sus consecuencias más perdurables: la ocupación de tierras palestinas», para ponerlo en la jerga mediática. Los medios podían haber puesto el foco en la génesis de la contienda, y hablar acerca de las amenazas árabes de echar a los judíos al mar; de los programas de radio, incluso en hebreo, que desde Egipto instaban a los israelíes a abandonar el país; de los diarios sirios, jordanos y egipcios que con euforia vaticinaban la aniquilación del ente sionista; de la traición francesa a Israel, que impuso un embargo militar en las vísperas de una guerra de exterminio a dos décadas del fin del Holocausto; y de la complicidad arabista de la ONU, que retiró a las tropas que debían resguardar la frontera en el Sinai; de la soledad internacional de Israel y de la angustia de sus ciudadanos; de las fosas comunes que se estaban cavando en parques, de la movilización de miles de reservistas, del colapso nervioso del jefe del ejército Itzak Rabín bajo el estrés del dramático momento. Por ejemplo.

Pero ello hubiera dinamitado la imagen de un Israel poderoso y de potencia ocupante que es la favorita de los periodistas. Era más cómodo preservar inalteradas las propias nociones y así se hizo. En consecuencia, el foco estuvo en la narrativa de victimización palestina y en los estragos de la ocupación. En un interesante caso de incontinencia editorial, el diario español El País ya desde el año pasado arrancó con una serie de notas encomendadas a ese gran amigo de Israel que es Mario Vargas Llosa, sobre las diversas facetas de la guerra; al menos todas las facetas que mostraran el rostro malvado del estado judío.

Uno de los escasos análisis profundos lo ofreció un israelí en el New York Times, diario que, a diferencia de muchos otros, brindó perspectivas divergentes sobre esa guerra, lo que permitió a sus lectores recibir una pluralidad de ideas y enfoques. En una nota titulada «Aún atrapados entre mayo y junio de 1967», Yossi Klein Halevy analizó el impacto psicológico en la sociedad israelí, y cómo este afecta al día de hoy las toma de postura de sus compatriotas. El articulista argumentó que el pasaje de trauma a triunfalismo que experimentaron los israelíes en cuestión de semanas, sigue influyendo en sus posiciones ideológicas actuales. En muy poco tiempo, la nación pasó de creer que sería arrasada a verse victoriosa ante enemigos más grandes y a expandir sus fronteras. Liberar Jerusalem, Gaza y Cisjordania, así como el Sinai y el Golán, de manos árabes, y acceder al Muro de los Lamentos, hasta entonces vedado a los judíos, a pocas semanas de sentir que el sionismo estaba por llegar a su fin, dejó una marca en el inconciente colectivo israelí. Halevy postula que los israelíes ven su situación contemporánea bajo el prisma de una simple pregunta: «¿estamos en un momento del tipo mayo o junio de 1967?» Vale decir, «¿somos vulnerables o fuertes?» Dependiendo de cómo respondan a ese interrogante, se comportarán de una u otra forma.

Halevy ofrece algunos ejemplos ilustrativos. Un «momento mayo 1967» ocurrió cuando la Asamblea General de la ONU votó a favor de equiparar al sionismo con el racismo en 1975. Los israelíes se sintieron maltratados e incomprendidos. Miles de ellos marcharon bajo la lluvia hacia una vieja estación de tren de la era otomana próxima a Nablus y clavaron un cartel que decía «Avenida Sionismo». El movimiento colono ya había nacido y crecido, no obstante y hasta el momento, era limitado. A partir de entonces recibió un empujón. En contraste, un «momento junio 1967» tuvo lugar cuando Anwar Sadat visitó Jerusalem en 1977. Los israelíes se sintieron aceptados. Miles de ellos lo recibieron con entusiasmo. Tras el acuerdo de paz, el gobierno de Menajem Begin levantó los asentamientos que el Laborismo había construido en el desierto del Sinai en años previos.

La dicotomía mayo-junio está insertada en la realidad del país. El Israel de 2017 se diferencia en mucho del de 1967: su economía es desarrollada, es un estado high-tech, tiene relaciones diplomáticas con casi todos los países del mundo. A la vez y esencialmente, no mucho ha cambiado. El odio antisionista persiste en la región, Hamas y Hezbolá tienen miles de misiles apuntándolos, Irán busca su destrucción y continuamente son montadas campañas de boicots y desprestigio desde Occidente. Entonces, ¿está Israel en una posición de fortaleza o de vulnerabilidad? ¿Puede ser concesivo porque está bien asentado, o debe asegurar sus posiciones porque está amenazado?

En las cinco décadas transcurridas desde aquella histórica contienda, muchas cosas han cambiado en el Medio Oriente. Otras, tercamente, no lo han hecho. Esperemos que el aniversario centenario regale una más diáfana realidad.

The Times of Israel, The Times of Israel - 2017

The Times of Israel

Por Julián Schvindlerman

  

Zionist Jazz – 06/06/17

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By Julian Schvindlerman
The Times of Israel – 6/6/17

http://blogs.timesofisrael.com/zionist-jazz/

Granted, the title is exaggerated. But how else could one properly describe Nina Simone’s 1962 performance of the classic Jewish and Zionist standard Eretz zavat halav udebash? A black and white video of the beautiful and sober execution in quintet formation (piano, bass, percussion, drums and guitar) can be seen on YouTube; for those who would rather enjoy good quality audio, there is the CD “Folksy Nina.”

I bumped into this album by chance. I write my books and articles with background jazz music. When I got to the task days ago, I randomly chose a Nina album from my iTunes library. After a few songs I seemed to hear a jazzed version of the great Hassidic classic. I interrupted my writing and checked the list of songs on that CD. There it was: the third theme was indeed Eretz zavat halav udebash.

The phrase translates as “the land abundant in milk and honey” and refers to the Promised Land, as it is written in Ketubot: Rami ben Ezekiel once … saw goats grazing under fig trees while honey flowed from figs, and the milk flowed from them [the goats], and these mixed with each other. “This is really,” he said, “flowing with milk and honey.” Jewish sages contend that the milk came from goats (not from cows) and the honey from figs and dates (not from bees) because everything should be kosher. It is considered a poetic metaphor of the wealth of the Land of Israel, which had to be fertile to receive the Jewish people so that it could multiply and thrive in its homeland.

In all likelihood, Nina Simone did not get caught in these exegete ´s minutiae. Still, the question remains. The divine promise to the Jewish people of a “land abundant in milk and honey” taken from Hebrew sources and launched into the world of jazz? A musical hit of modern Zionism within the genre canon? How did an African-American singer and pianist, racially conscious, and closer in ideas perhaps to Malcolm X than to Martin Luther King, embrace that song? A Google search offered some answers.

Before becoming “the High Priestess of soul,” Nina Simone met Rabbi Shlomo Carlebach in the 1950s, when they were both starting their careers, and she probably came in contact with this Jewish standard at the time. Carlebach’s own story is amazing. This “undercover agent of Orthodox Judaism,” as Amy Klein called him in Haaretz, was born in Berlin in 1925 and lived in Vienna, where his father was the chief rabbi. With the advent of Nazism, the family moved to Lithuania first and to the United States later, where he put his creativity at the service of Jewish-rooted folk-music composition. He created hundreds of catchy themes based on verses from the Hebrew Bible and disseminated them everywhere. His songs became hits: “David Melech Israel” and “Am Israel Chai” for instance are classics of the Hebrew songbook. The troubadour rabbi played his guitar for Jewish audiences mainly, but he also carried his Hasidic mantra to hippies in California and Gentiles in the Soviet Union as well as to post-Holocaust Europe. He is considered the most influential Jewish religious music composer of the 20th century. He died in New York in 1994.

Nina Simone was born Eunice Kathleen Waymon in 1933 into a poor family in North Carolina. As a review in The Times of Israel informs, at the age of three she was already playing the organ at church, and as a young woman she applied to a Philadelphia music school, where she aspired to become the world’s first classical black pianist. After being rejected she threw herself into the piano-bar circuit in Atlantic City and adopted an alias to prevent her mother from learning about her new occupation. Her career took off swiftly: she was only thirty years old when she made her debut at Carnegie Hall in 1963, a concert that shed light on her eclecticism and musical curiosity as she played jazz, blues, gospel, folk and Hebrew melodies, among them Eretz zavat halav udebash.

Her biographer Nadine Cohodas points out that this was the second time that Nina Simone played that song, she had played it the previous year during a presentation on CBS. There is a third record of this song being performed later that year in Virginia. Soon enough, Simone would direct her creative energy to the cause of civil rights in her country. Naturally, she sang the ballad that can be considered the African-American jazz anthem against racial persecution, “Strange fruits,” immortalized by Billie Holiday. These “strange fruits” alluded to the bodies of black men and women that hanged from the nation’s trees. This sad ballad also connected jazz with Jews, since its composer was a Jewish school teacher named Abel Meeropol.

Jazz has always been open to outside influences. This is attested by Louis Armstrong’s funny version of the Mexican song “La cucaracha” (1935), the “Concierto de Aranjuez” performed with the artistry of trumpeter Miles Davis and the orchestration of Gil Evans (1960), the precise execution of the bolero “Bésame mucho” by guitarist Wes Montgomery (1963), the sublime embrace of bossa nova by saxophonist Stan Getz and composer Joao Gilberto in “The Girl from Ipanema” (1964), the oriental dive of pianist Dave Brubeck in his album ”Jazz impressions of Japan” (1964), the New Age wave present in clarinet-player Tony Scott´s LP “Music for yoga meditations and other songs” (1965), to give just a few examples. But the adaptation of Eretz zavat halav udebash for jazz quintet that Nina Simone made in 1962 is likely one of the most unique and exotic acquisitions of the genre.
__________

[Versión en español]

Jazz Sionista

Por Julián Schvindlerman
The Times of Israel – 6/6/17

Lo admito, el título es exagerado. Pero, ¿de qué otra manera podría uno adecuadamente describir la performance de 1962 de Nina Simone del clásico judío y estándar sionista Eretz zavat halav udebash? Un registro en blanco y negro de la bella y sobria ejecución en formación de quinteto (piano, bajo, percusión, batería y guitarra) puede verse en YouTube; para una audición de buena calidad está el CD «Folksy Nina».

Me topé con este álbum accidentalmente. Escribo mis libros y mis artículos con música de jazz de fondo. Presto a la tarea días atrás, elegí al azar un álbum de Nina de mi biblioteca de iTunes y comencé. Tras unos pocos temas me pareció escuchar una versión jazzeada del gran clásico jasídico. Interrumpí mi escritura y, extrañado, leí la lista de temas de aquél CD. En efecto, el tercer tema era Eretz zavat halav udebash.

La frase se traduce como «la tierra abundante en leche y miel» y remite a la Tierra Prometida, tal como está escrito en Ketubot: Rami ben Ezequiel una vez… vio cabras pastando bajo higueras mientras la miel fluía de los higos, y la leche corría de ellas [las cabras], y estos se mezclaron entre sí. «Esto está realmente», comentó, «fluyendo con leche y miel». Los sabios judíos sostienen que la leche provenía de cabras (no de vacas) y la miel de higos y dátiles (no de abejas) pues todo debía ser kosher. Es considerada una metáfora poética de la riqueza de la Tierra de Israel, que debía ser fértil para recibir al pueblo judío y que éste pudiera multiplicarse y prosperar en su terruño.

Aun cuando, con toda probabilidad, Nina Simone no se haya metido en estas minucias de exégeta, el interrogante permanece. ¿La promesa divina al pueblo judío de una “tierra abundante en leche y miel” tomada de fuentes hebreas y lanzada al mundo del jazz? ¿Un hit musical del sionismo moderno dentro del canon del género? ¿Cómo llegó a incorporar a su repertorio este tema una cantante y pianista negra, con conciencia racial, y más próxima en ideas quizás a Malcolm X que a Martin Luther King? Una búsqueda en Google ofreció algunas respuestas.

Antes de convertirse en “la alta sacerdotisa del soul”, Nina conoció al rabino Shlomo Carlebach en la década de 1950, cuando ambos estaban lanzando sus carreras, y es probable que haya entrado en contacto con este estándar judío entonces. La propia historia de Carlebach es asombrosa. Este “agente encubierto del judaísmo ortodoxo”, como lo llamó Amy Klein en Haaretz, nació en 1925 en Berlín y residió en Viena, donde su padre oficiaba de rabino principal. Con el advenimiento del nazismo, la familia se mudó a Lituania primero y a Estados Unidos después, lugar en que puso su creatividad al servicio de la composición musical folclórica de raigambre judía. Creó cientos de temas pegadizos basados en versos de la Biblia hebrea y los diseminó por doquier. Sus canciones se convirtieron en hits: “David Melej Israel” y “Am Israel Jai” entre otras, son ya clásicos del cancionero hebreo. El rabino trovador tocó su guitarra para audiencias judías especialmente, pero también llevó su mantra jasídico a hippies en California y gentiles en la Unión Soviética así como a la Europa post-Holocausto. Es considerado el compositor de música religiosa judía más influyente del siglo XX. Murió en Nueva York en 1994.

Nina Simone nació como Eunice Kathleen Waymon en 1933 en el seno de una familia pobre de Carolina del Norte. Tal como dice una reseña en The Times of Israel, a los tres años ya tocaba el órgano de su iglesia y de joven se postuló a una escuela de música de Filadelfia, donde aspiraba a convertirse en la primera pianista clásica negra del mundo. Tras ser rechazada se lanzó al circuito de piano-bar en Atlantic City y adoptó un alias para evitar que su madre se enterara de su nueva ocupación. Su carrera despegó velozmente; tenía apenas treinta años cuando debutó en el Carnegie Hall, en 1963, concierto que dejó en evidencia su eclecticismo y curiosidad musical al abrevar del jazz, blues, gospel, folk y melodías hebreas, entre ellas Eretz zavat halav udebash.

Su biógrafa Nadine Cohodas indica que esta fue la segunda vez que Nina Simone tocaba aquél tema, lo había inaugurado el año previo durante una presentación en la CBS. Hay un tercer registro de una performance suya de la canción más tarde ese mismo año en Virginia. Poco después, Simone orientaría su energía creativa a la causa de los derechos civiles en su país. Naturalmente, versionó la balada que puede ser considerada el himno negro del jazz contra la persecución racial, “Strange fruits”, inmortalizada por Billie Holiday. Esas “frutas extrañas” aludían a los cuerpos ahorcados de los negros que quedaban colgados de los árboles de la nación, tema que también conectó al jazz con los judíos, puesto que su compositor fue un maestro de escuela judío llamado Abel Meeropol.

El jazz siempre ha estado abierto a influencias externas. Atestiguan ello la versión divertida de Louis Armstrong de la canción mexicana “La cucaracha” (1935), el “Concierto de Aranjuez” presentado con el arte del trompetista Miles Davis y la orquestación de Gil Evans (1960), la ejecución precisa del bolero “Bésame mucho” en la guitarra de Wes Montgomery (1963), el abrazo sublime a la bossa nova del saxofonista Stan Getz y el compositor Joao Gilberto en “The girl from Ipanema” (1964), la inmersión oriental del pianista Dave Brubeck en su álbum “Jazz impressions of Japan” (1964), la onda New Age que el clarinetista Tony Scott incorporó a su LP “Music for yoga meditations and other songs” (1965), por dar tan sólo unos pocos ejemplos. Pero la adaptación para quinteto de jazz de Eretz zavat halav udebash que Nina Simone realizó en 1962 probablemente sea una de las adquisiciones más singulares y exóticas del género.

Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Por Julián Schvindlerman

  

Un GPS para los diplomáticos, por favor – 25/05/17

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El viaje del presidente Donald Trump a Israel fue exitoso. Los israelíes pueden estar tranquilos ahora. En las vísperas del viaje no lo estaban. La confusión que rodeó la sola determinación de si el Muro de los Lamentos -el foco milenario de las plegarias hebreas- estaba ubicado en Israel, o no lo estaba, fue algo surrealista. Un diplomático del consulado americano en Jerusalem puso en marcha el gran lío cuando, en una conversación telefónica con oficiales israelíes, enojadamente aseguró que el Muro de los Lamentos “no es vuestro territorio”. Eso obligó a la Casa Blanca a fijar su postura. Lo que sucedió a continuación fue bastante caótico.

El Asesor de Seguridad Nacional H.R. McMaster declinó contestar a una pregunta directa si el gobierno de los Estados Unidos consideraba que el Muro de los Lamentos estaba dentro del territorio israelí. McMaster indicó que la pregunta “suena como una decisión política” y remó para otro lado. Unas horas más tarde, el Secretario de Prensa de la Casa Blanca Sean Spicer dijo a los periodistas: “El Muro de los Lamentos es obviamente uno de los sitios más sagrados en la fe judía. Está claramente en Jerusalem”. Por su parte, la embajadora ante las Naciones Unidas Nikki Haley remarcó con típica lógica que “siempre hemos pensado que el Muro de los Lamentos era parte de Israel”. En medio de la controversia aterrizó en el estado judío el flamante embajador norteamericano David Friedman; del aeropuerto se dirigió directamente a rezar al Muro de los Lamentos. El tema parecía estar cerrado.

Pero cuando consultaron al respecto al Secretario de Estado Rex Tillerson, con astucia respondió que “el muro es parte de Jerusalem”, eludiendo definir si estaba dentro de Israel. No obstante, Tillerson dejó entrever su parecer al afirmar durante el vuelo desde Arabia Saudita que la segunda escala del viaje presidencial sería “Tel Aviv, hogar del judaísmo”. El aeropuerto internacional de Israel está ubicado a unos quince kilómetros de esa ciudad, así es que podemos suponer generosamente que fue una asociación libre. Aun así, Trump no planeaba visitar Tel-Aviv, al limitar su estadía de 28 horas solamente a Jerusalem.

Finalmente fue Donald Trump quién definió su posición personal y la de su gobierno al convertirse en el primer presiente en funciones en visitar el sitio más sagrado de los judíos en la capital de la nación, y decir durante un discurso posterior: “Jerusalem es una ciudad sagrada. Su belleza, esplendor y herencia son como ningún otro lugar en la Tierra. Qué herencia. Qué herencia. Los vínculos del pueblo judío con esta Tierra Santa son antiguos y eternos. Se remontan miles de años, incluyendo el reinado del Rey David cuya estrella ahora flamea con orgullo en la bandera blanca y azul de Israel”.

El mandatario norteamericano también visitó Belén, donde se reunió con el presidente palestino Mahmud Abbas. En este caso, no hubo polémica alguna acerca de dónde queda Belén, si es parte de Palestina o no. Un ciudadano israelí, Ysrael Medad, sí se lo preguntó y halló la respuesta en la biblia cristiana, escrita cinco siglos antes que el Corán. En Mateo 2:1 se indica que “Belén [está] en Judea”. De la región de Judea (la actual Cisjordania) deviene el nombre de quienes la habitaban entonces, los judíos. En Mateo 2:20 se lee que Judea está en “La Tierra de Israel”. Pero mejor no confundamos a los diplomáticos con la historia, ocupados como están dilucidando si el Muro de los Lamentos está en Jerusalem, si Jerusalem está en Israel, y si esta ciudad es la capital del país.

Infobae, Infobae - 2017

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

Un GPS para los diplomáticos, por favor – 25/05/17

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El viaje del presidente Donald Trump a Israel fue exitoso. Los israelíes pueden estar tranquilos ahora. En las vísperas del viaje no lo estaban. La confusión que rodeó la sola determinación de si el Muro de los Lamentos -el foco milenario de las plegarias hebreas- estaba ubicado en Israel, o no lo estaba, fue algo surrealista. Un diplomático del consulado americano en Jerusalem puso en marcha el gran lío cuando, en una conversación telefónica con oficiales israelíes, enojadamente aseguró que el Muro de los Lamentos “no es vuestro territorio”. Eso obligó a la Casa Blanca a fijar su postura. Lo que sucedió a continuación fue bastante caótico.

El Asesor de Seguridad Nacional H.R. McMaster declinó contestar a una pregunta directa si el gobierno de los Estados Unidos consideraba que el Muro de los Lamentos estaba dentro del territorio israelí. McMaster indicó que la pregunta “suena como una decisión política” y remó para otro lado. Unas horas más tarde, el Secretario de Prensa de la Casa Blanca Sean Spicer dijo a los periodistas: “El Muro de los Lamentos es obviamente uno de los sitios más sagrados en la fe judía. Está claramente en Jerusalem”. Por su parte, la embajadora ante las Naciones Unidas Nikki Haley remarcó con típica lógica que “siempre hemos pensado que el Muro de los Lamentos era parte de Israel”. En medio de la controversia aterrizó en el estado judío el flamante embajador norteamericano David Friedman; del aeropuerto se dirigió directamente a rezar al Muro de los Lamentos. El tema parecía estar cerrado.

Pero cuando consultaron al respecto al Secretario de Estado Rex Tillerson, con astucia respondió que “el muro es parte de Jerusalem”, eludiendo definir si estaba dentro de Israel. No obstante, Tillerson dejó entrever su parecer al afirmar durante el vuelo desde Arabia Saudita que la segunda escala del viaje presidencial sería “Tel Aviv, hogar del judaísmo”. El aeropuerto internacional de Israel está ubicado a unos quince kilómetros de esa ciudad, así es que podemos suponer generosamente que fue una asociación libre. Aun así, Trump no planeaba visitar Tel-Aviv, al limitar su estadía de 28 horas solamente a Jerusalem.

Finalmente fue Donald Trump quién definió su posición personal y la de su gobierno al convertirse en el primer presiente en funciones en visitar el sitio más sagrado de los judíos en la capital de la nación, y decir durante un discurso posterior: “Jerusalem es una ciudad sagrada. Su belleza, esplendor y herencia son como ningún otro lugar en la Tierra. Qué herencia. Qué herencia. Los vínculos del pueblo judío con esta Tierra Santa son antiguos y eternos. Se remontan miles de años, incluyendo el reinado del Rey David cuya estrella ahora flamea con orgullo en la bandera blanca y azul de Israel”.

El mandatario norteamericano también visitó Belén, donde se reunió con el presidente palestino Mahmud Abbas. En este caso, no hubo polémica alguna acerca de dónde queda Belén, si es parte de Palestina o no. Un ciudadano israelí, Ysrael Medad, sí se lo preguntó y halló la respuesta en la biblia cristiana, escrita cinco siglos antes que el Corán. En Mateo 2:1 se indica que “Belén [está] en Judea”. De la región de Judea (la actual Cisjordania) deviene el nombre de quienes la habitaban entonces, los judíos. En Mateo 2:20 se lee que Judea está en “La Tierra de Israel”. Pero mejor no confundamos a los diplomáticos con la historia, ocupados como están dilucidando si el Muro de los Lamentos está en Jerusalem, si Jerusalem está en Israel, y si esta ciudad es la capital del país.

La Prensa (Nicaragua)

La Prensa (Nicaragua)

Por Julián Schvindlerman

  

Mientras Venezuela arde – 22/05/17

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A Nicolás Maduro le vendría bien tener a mano un moderno duque de La Rochefoucauld. A él se dirigió el rey Louis XVI al anochecer del 14 de julio de 1789 con una simple pregunta: «¿Es esto una revuelta?». Aquella mañana parisina había comenzado con el ataque popular a la prisión de la Bastilla; en horas de la tarde, la multitud desfiló por la ciudad con la cabeza del gobernador clavada en una lanza. Respondió entonces el duque: «¡No, señor, es una revolución!». No estoy seguro de que el país caribeño haya entrado ya en esa fase irreversible de su estadio histórico, pero la imagen de una estatua de Hugo Chávez tirada al suelo por una turba en Rosario de Perijá, próxima a Maracaibo, bien podría ser un presagio iconográfico de los tiempos políticos por venir.

El presidente de Venezuela no parece estar enterado del dramático momento que está atravesando el país. Sordo a los reclamos de su pueblo, está abierto sin embargo a platicar con animales. Durante una reciente visita a la Expo Venezuela Producción Soberana, dialogó con vacas, micrófono en mano. «Convoco desde ya a la Constituyente, quiero que voceros y líderes y productores del campo sean próximos diputados y diputadas de la Constituyente» dijo Maduro mirando fijamente a los mamíferos. «¿Me van a acompañar? ¿Me van a apoyar en la Constituyente?» indagó antes de marcharse, sin obtener respuesta. Hay que ver el video para creerlo. Ya sabíamos que conversaba con pajaritos. «Les voy a confesar que por ahí se me acercó un pajarito, otra vez se me acercó y me dijo que el comandante estaba feliz y lleno de amor de la lealtad de su pueblo», declaró el Presidente durante un acto en Sabaneta, ciudad donde nació Chávez.

El pueblo venezolano está desesperado. No tiene alimentos para sobrevivir, ni medicinas para curarse, ni dinero que valga ante una inflación galopante, ni seguridad policial para resguardarse de los criminales, ni un parlamento que pueda garantizar sus derechos, ni una corte de Justicia que intervenga en su favor. Los venezolanos están desahuciados, oprimidos y desconcertados. Y no menos grave, están abandonados. Abandonados por un Papa populista que les ha dado la espalda. Abandonados por los líderes latinoamericanos, que desoyeron los llamados urgentes de Luis Almagro para aplicar la Carta Democrática en la Organización de Estados Americanos (OEA) cuando se estaba a tiempo. Abandonados por la izquierda de limusina —Sean Penn, Oliver Stone, Michael Moore— que, ocupada como está militando contra Trump, se ha olvidado del adulado proyecto bolivariano.

Venezuela es primero un problema latinoamericano y después hemisférico. Sin embargo, ha sido Estados Unidos, y no los países latinoamericanos, quien ha estado imponiendo sanciones contra el régimen de Caracas. Comenzaron con Barack Obama en el 2014, tras la sangrienta represión de las marchas opositoras que dejaron 43 muertos y cientos de heridos. Luego Washington congeló los bienes que tenían en Estados Unidos funcionarios venezolanos vinculados con la represión y les anuló sus visados. En el 2015, Estados Unidos declaró a Venezuela una «amenaza a la seguridad nacional» y amplió las sanciones. Tras asumir el mando, Donald Trump continuó esta política. En febrero acusó y sancionó al vicepresidente Tareck El Aissami de ser un narcotraficante, y este mes anunció nuevas sanciones ni bien Maduro llamó a reemplazar la Constitución.

Ninguna nación latinoamericana puede ni remotamente mostrar un accionar semejante. Todo lo que pueden hacer es convocar a reuniones urgentes, emitir comunicados, respaldar a Francisco cuando desde Roma insta (otra vez) al diálogo, y mostrarse compungidos por el destino trágico de los venezolanos. ¿Acciones concretas? Muy poco. El secretario general Luis Almagro intentó movilizarlos, sacarlos de su sopor diplomático, forzarlos a hacer algo. En vano. Aun con Dilma Rousseff, Rafael Correa y Cristina Kirchner fuera del sillón presidencial, y con una nueva camada de líderes no populistas en varios gobiernos de la región, las naciones latinoamericanas no han hecho nada tangible para alivianar el padecimiento del pueblo venezolano. Hasta el Parlamento Europeo -desde Estrasburgo- aprobó al menos diez resoluciones de condena contra la represión y la violación de libertades del régimen de Caracas.

Eso es lo más lejos que han llegado las «naciones hermanas» en la OEA: han repudiado públicamente al gobierno caraqueño. Prestas para el comunicado de protocolo y la declaración conjunta de rigor, las naciones de América Latina no han hecho, hasta el momento, mucho más que eso por los venezolanos. Ofendido incluso ante este minimalismo diplomático latinoamericano, Maduro sacó a Venezuela de la OEA dando un portazo. Cuesta imaginar una situación más vergonzante para la región.

ABC Color (Paraguay)

ABC Color (Paraguay)

Por Julián Schvindlerman

  

Mientras Venezuela arde – 22/05/17

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A Nicolás Maduro le vendría bien tener a mano un moderno duque de La Rochefoucauld. A él se dirigió el rey Louis XVI al anochecer del 14 de julio de 1789 con una simple pregunta: «¿Es esto una revuelta?». Aquella mañana parisina había comenzado con el ataque popular a la prisión de la Bastilla; en horas de la tarde, la multitud desfiló por la ciudad con la cabeza del gobernador clavada en una lanza. Respondió entonces el duque: «¡No, señor, es una revolución!». No estoy seguro de que el país caribeño haya entrado ya en esa fase irreversible de su estadio histórico, pero la imagen de una estatua de Hugo Chávez tirada al suelo por una turba en Rosario de Perijá, próxima a Maracaibo, bien podría ser un presagio iconográfico de los tiempos políticos por venir.

El presidente de Venezuela no parece estar enterado del dramático momento que está atravesando el país. Sordo a los reclamos de su pueblo, está abierto sin embargo a platicar con animales. Durante una reciente visita a la Expo Venezuela Producción Soberana, dialogó con vacas, micrófono en mano. «Convoco desde ya a la Constituyente, quiero que voceros y líderes y productores del campo sean próximos diputados y diputadas de la Constituyente» dijo Maduro mirando fijamente a los mamíferos. «¿Me van a acompañar? ¿Me van a apoyar en la Constituyente?» indagó antes de marcharse, sin obtener respuesta. Hay que ver el video para creerlo. Ya sabíamos que conversaba con pajaritos. «Les voy a confesar que por ahí se me acercó un pajarito, otra vez se me acercó y me dijo que el comandante estaba feliz y lleno de amor de la lealtad de su pueblo», declaró el Presidente durante un acto en Sabaneta, ciudad donde nació Chávez.

El pueblo venezolano está desesperado. No tiene alimentos para sobrevivir, ni medicinas para curarse, ni dinero que valga ante una inflación galopante, ni seguridad policial para resguardarse de los criminales, ni un parlamento que pueda garantizar sus derechos, ni una corte de Justicia que intervenga en su favor. Los venezolanos están desahuciados, oprimidos y desconcertados. Y no menos grave, están abandonados. Abandonados por un Papa populista que les ha dado la espalda. Abandonados por los líderes latinoamericanos, que desoyeron los llamados urgentes de Luis Almagro para aplicar la Carta Democrática en la Organización de Estados Americanos (OEA) cuando se estaba a tiempo. Abandonados por la izquierda de limusina —Sean Penn, Oliver Stone, Michael Moore— que, ocupada como está militando contra Trump, se ha olvidado del adulado proyecto bolivariano.

Venezuela es primero un problema latinoamericano y después hemisférico. Sin embargo, ha sido Estados Unidos, y no los países latinoamericanos, quien ha estado imponiendo sanciones contra el régimen de Caracas. Comenzaron con Barack Obama en el 2014, tras la sangrienta represión de las marchas opositoras que dejaron 43 muertos y cientos de heridos. Luego Washington congeló los bienes que tenían en Estados Unidos funcionarios venezolanos vinculados con la represión y les anuló sus visados. En el 2015, Estados Unidos declaró a Venezuela una «amenaza a la seguridad nacional» y amplió las sanciones. Tras asumir el mando, Donald Trump continuó esta política. En febrero acusó y sancionó al vicepresidente Tareck El Aissami de ser un narcotraficante, y este mes anunció nuevas sanciones ni bien Maduro llamó a reemplazar la Constitución.

Ninguna nación latinoamericana puede ni remotamente mostrar un accionar semejante. Todo lo que pueden hacer es convocar a reuniones urgentes, emitir comunicados, respaldar a Francisco cuando desde Roma insta (otra vez) al diálogo, y mostrarse compungidos por el destino trágico de los venezolanos. ¿Acciones concretas? Muy poco. El secretario general Luis Almagro intentó movilizarlos, sacarlos de su sopor diplomático, forzarlos a hacer algo. En vano. Aun con Dilma Rousseff, Rafael Correa y Cristina Kirchner fuera del sillón presidencial, y con una nueva camada de líderes no populistas en varios gobiernos de la región, las naciones latinoamericanas no han hecho nada tangible para alivianar el padecimiento del pueblo venezolano. Hasta el Parlamento Europeo -desde Estrasburgo- aprobó al menos diez resoluciones de condena contra la represión y la violación de libertades del régimen de Caracas.

Eso es lo más lejos que han llegado las «naciones hermanas» en la OEA: han repudiado públicamente al gobierno caraqueño. Prestas para el comunicado de protocolo y la declaración conjunta de rigor, las naciones de América Latina no han hecho, hasta el momento, mucho más que eso por los venezolanos. Ofendido incluso ante este minimalismo diplomático latinoamericano, Maduro sacó a Venezuela de la OEA dando un portazo. Cuesta imaginar una situación más vergonzante para la región.

Infobae, Infobae - 2017

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Por Julián Schvindlerman

  

Mientras Venezuela arde – 13/05/17

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A Nicolás Maduro le vendría bien tener a mano un moderno duque de La Rochefoucauld. A él se dirigió el rey Louis XVI al anochecer del 14 de julio de 1789 con una simple pregunta: «¿Es esto una revuelta?». Aquella mañana parisina había comenzado con el ataque popular a la prisión de la Bastilla; en horas de la tarde, la multitud desfiló por la ciudad con la cabeza del gobernador clavada en una lanza. Respondió entonces el duque: «¡No, señor, es una revolución!». No estoy seguro de que el país caribeño haya entrado ya en esa fase irreversible de su estadio histórico, pero la imagen de una estatua de Hugo Chávez tirada al suelo por una turba en Rosario de Perijá, próxima a Maracaibo, bien podría ser un presagio iconográfico de los tiempos políticos por venir.

El presidente de Venezuela no parece estar enterado del dramático momento que está atravesando el país. Sordo a los reclamos de su pueblo, está abierto sin embargo a platicar con animales. Durante una reciente visita a la Expo Venezuela Producción Soberana, dialogó con vacas, micrófono en mano. «Convoco desde ya a la Constituyente, quiero que voceros y líderes y productores del campo sean próximos diputados y diputadas de la Constituyente» dijo Maduro mirando fijamente a los mamíferos. «¿Me van a acompañar? ¿Me van a apoyar en la Constituyente?» indagó antes de marcharse, sin obtener respuesta. Hay que ver el video para creerlo. Ya sabíamos que conversaba con pajaritos. «Les voy a confesar que por ahí se me acercó un pajarito, otra vez se me acercó y me dijo que el comandante estaba feliz y lleno de amor de la lealtad de su pueblo», declaró el Presidente durante un acto en Sabaneta, ciudad donde nació Chávez.

El pueblo venezolano está desesperado. No tiene alimentos para sobrevivir, ni medicinas para curarse, ni dinero que valga ante una inflación galopante, ni seguridad policial para resguardarse de los criminales, ni un parlamento que pueda garantizar sus derechos, ni una corte de Justicia que intervenga en su favor. Los venezolanos están desahuciados, oprimidos y desconcertados. Y no menos grave, están abandonados. Abandonados por un Papa populista que les ha dado la espalda. Abandonados por los líderes latinoamericanos, que desoyeron los llamados urgentes de Luis Almagro para aplicar la Carta Democrática en la Organización de Estados Americanos (OEA) cuando se estaba a tiempo. Abandonados por la izquierda de limusina —Sean Penn, Oliver Stone, Michael Moore— que, ocupada como está militando contra Trump, se ha olvidado del adulado proyecto bolivariano.

Venezuela es primero un problema latinoamericano y después hemisférico. Sin embargo, ha sido Estados Unidos, y no los países latinoamericanos, quien ha estado imponiendo sanciones contra el régimen de Caracas. Comenzaron con Barack Obama en el 2014, tras la sangrienta represión de las marchas opositoras que dejaron 43 muertos y cientos de heridos. Luego Washington congeló los bienes que tenían en Estados Unidos funcionarios venezolanos vinculados con la represión y les anuló sus visados. En el 2015, Estados Unidos declaró a Venezuela una «amenaza a la seguridad nacional» y amplió las sanciones. Tras asumir el mando, Donald Trump continuó esta política. En febrero acusó y sancionó al vicepresidente Tareck El Aissami de ser un narcotraficante, y este mes anunció nuevas sanciones ni bien Maduro llamó a reemplazar la Constitución.

Ninguna nación latinoamericana puede ni remotamente mostrar un accionar semejante. Todo lo que pueden hacer es convocar a reuniones urgentes, emitir comunicados, respaldar a Francisco cuando desde Roma insta (otra vez) al diálogo, y mostrarse compungidos por el destino trágico de los venezolanos. ¿Acciones concretas? Muy poco. El secretario general Luis Almagro intentó movilizarlos, sacarlos de su sopor diplomático, forzarlos a hacer algo. En vano. Aun con Dilma Rousseff, Rafael Correa y Cristina Kirchner fuera del sillón presidencial, y con una nueva camada de líderes no populistas en varios gobiernos de la región, las naciones latinoamericanas no han hecho nada tangible para alivianar el padecimiento del pueblo venezolano. Hasta el Parlamento Europeo -desde Estrasburgo- aprobó al menos diez resoluciones de condena contra la represión y la violación de libertades del régimen de Caracas.

Eso es lo más lejos que han llegado las «naciones hermanas» en la OEA: han repudiado públicamente al gobierno caraqueño. Prestas para el comunicado de protocolo y la declaración conjunta de rigor, las naciones de América Latina no han hecho, hasta el momento, mucho más que eso por los venezolanos. Ofendido incluso ante este minimalismo diplomático latinoamericano, Maduro sacó a Venezuela de la OEA dando un portazo. Cuesta imaginar una situación más vergonzante para la región.