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Las olimpíadas de londres a la sombra de alemania – 30/05/2012

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Posiblemente uno de los momentos más gloriosos de la historia universal de las olimpíadas haya ocurrido -paradójicamente- en las infames Olimpíadas de Berlín de 1936. Adolf Hitler diseñó el máximo encuentro deportivo mundial como una celebración de la raza aria, sería una manifestación nacional de la superioridad alemana por sobre el resto de los pueblos. Los deportistas alemanes ganaron la mayor cantidad de medallas, pero sus convicciones racistas fueron espectacularmente desafiadas cuando el atleta negro Jesse Owens, en representación de los Estados Unidos de América, derrotó a los atletas arios de Hitler y ganó cuatro medallas de oro, batiendo incluso récords olímpicos. Según la tradición, el líder del país anfitrión debía felicitar al ganador, pero Hitler rechazó de plano la idea: ¿Ustedes realmente creen que voy a dejar ser fotografiado estrechando la mano de un negro?». Esa no fue la única desazón que debió afrontar el líder nazi en su propia casa. Otros nueve atletas judíos ganaron medallas en las Olimpíadas de Berlín, entre ellos Helene Mayer, una alemana medio judía que las autoridades nazis incluyeron entre los suyos en un intento de suavizar la imagen racista de la nación. (Tristemente, tal como todos los deportistas alemanes ganadores, ella hizo el saludo nazi en el podio).

Indudablemente el peor momento de la historia universal de las olimpíadas acaeció también en Alemania, treinta y seis años después. En las Olimpíadas de Munich, en 1972, terroristas palestinos de la agrupación Septiembre Negro secuestraron y asesinaron a once miembros de la delegación israelí. Algunos de los israelíes habían sobrevivido a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial para terminar siendo ultimados en Alemania décadas más tarde por palestinos. Uno de ellos, Shaul Ladani, sobrevivió a la fiebre tifoidea en Bergen-Belsen. Otro de ellos, Yakov Springer, luchó contra los nazis en el levantamiento del gueto de Varsovia. Zeev Friedman, a su vez, era el último hombre de una familia exterminada durante la Shoá. Todos murieron en Munich en 1972. El periodista italiano Giulio Meotti, quién anotó estos detalles en un artículo reciente en Yediot Ahronot, observó que estos hombres, junto al resto de los atletas israelíes asesinados, fueron los primeros judíos en ser matados en Alemania, por ser judíos, desde 1945. Enlutada, Israel se retiró del encuentro. Los juegos continuaron.

Este año tendrá lugar un nuevo encuentro olímpico, en Londres, en coincidencia con el 40 aniversario de la masacre de Munich. Familiares de los atletas israelíes diezmados pidieron que un minuto de silencio fuese conmemorado en su honor durante los juegos. Dos congresistas norteamericanos, Eliot Engel y Nita Lowey, solicitaron lo mismo, al igual que el Estado de Israel. Pero el Comité Olímpico Internacional se negó, como otras veces en el pasado. Supuestamente ello politizaría las cosas. La OLP no tuvo esa consideración oportunamente. Ni el propio Comité Olímpico Internacional pareció preocuparse demasiado por ello cuando aceptó una delegación de atletas de «Palestina» en los juegos de Atlanta en 1996, cuando, tal como ahora, Palestina era inexistente como un estado. Recordar el atentado de Munich ofendería a las muchas naciones árabes y musulmanas participantes, así como a sus aliados, parece ser el argumento tácitamente alegado. Para un encuentro que exalta la virtud y que premia a quien más lo merece, ceder a una presión de este tipo es una desgracia. «Aunque oiremos mucho sobre el ´espíritu olímpico´ durante la interminable promoción de este evento, es y siempre ha sido un fraude gigantesco que siempre ha preferido apaciguar a los tiranos e ignorar crímenes en la búsqueda de una marca comercial global», opinó Jonathan Tobin en la revista Commentary.

Daría la impresión que un elemento de frivolidad está también presente en la decisión del Comité Olímpico Internacional. Después de todo, se supone que los juegos han de ser un acontecimiento feliz, una celebración global del espíritu humano por la superación y un símbolo de unión colectiva a través del deporte. Pareciera que los israelíes debieran tener la sensibilidad peculiar de no aguar la fiesta con sus reclamos morales, recordándole al mundo entero un desagradable acontecimiento añejo. Tal como cuando la familia de las naciones decidió homenajear a la Alemania nazi con los Juegos de 1936 y al comunismo soviético en las Olimpíadas de Moscú de 1980 y continuar con los de Munich en 1972, este año en Londres el show debe seguir.

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Zoom a la Noticia – 28/05/12

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Programa: Zoom a la Noticia
Conducción: Andrea Bernal
Canal:NTN24 (Colombia)
Fecha: 28/05/2012
Tema: La crisis en Siria

Panelistas:
Desde Washington, DC: Lajos Szaszdi, investigador académico
Desde Miami: Wilfredo Ruiz, comentarista de actualidad
Desde Buenos Aires: Julián Schvindlerman, analista político internacional

El video estara disponible en breve. Disculpe las molestias.

Comunidades, Comunidades - 2012

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Israel frente al genocidio Armenio- 02/05/12

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El pasado 18 de abril el Estado de Israel conmemoró Iom Hashoá, el día de recordación del Holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial. Seis días después, el 24, la República de Armenia conmemoró el genocidio de los suyos en manos de los turcos durante la Primera Guerra Mundial. Entre uno y otro evento, el diario La Nación publicó un editorial titulado “Israel y el genocidio armenio” (22/4/12) en el cual afirmó que “La admisión israelí de la tragedia abatida sobre el pueblo armenio tendría una tremenda fuerza moral en el mundo actual”. El editorial en ningún momento sostuvo que era moralmente inconsistente por parte de Jerusalem homenajear a los seis millones de judíos asesinados a mediados del siglo pasado en Europa y simultáneamente negar reconocimiento -como un genocidio- a la masacre de entre un millón y un millón y medio de armenios acaecida anteriormente. La oportunidad de la publicación, sin embargo, pareció decirlo.

Aún cuando Israel dista de ser el único país del mundo en no admitir el genocidio armenio como tal (sin que ello implique negar la existencia de las masacres), el imperativo ético obliga a la lealtad con la verdad histórica. Y aún cuando apenas poco más de veinte naciones reconocen oficialmente al asesinato masivo de los armenios a partir de 1915 en territorio del Imperio Otomano como un genocidio, el juicio de valor de Israel acarrea un peso simbólico especial. Las razones de la reticencia israelí -así como las de muchos otros estados entre los más de ciento setenta del globo que no definen al acontecimiento como un genocidio- radican fundamentalmente en dos cuestiones: a) la existencia de un debate entre historiadores, y no solamente turcos o armenios, a propósito de si las masacres califican como un genocidio, y b) consideraciones políticas relativas a las relaciones internacionales.

Respecto del primer punto, los hechos parecen ser incontestables. En el contexto de una guerra mundial, los turcos-otomanos forzaron la partida y asesinaron a alrededor de la mitad de la población de las provincias armenias del imperio otomano. Una definición comúnmente aceptada de genocidio es la destrucción sistemática y deliberada, en todo o en parte, de un grupo étnico, nacional, religioso o racial. Eso es lo que los turcos musulmanes hicieron a los armenios cristianos entre 1915 y 1923. Rafael Lemkin, el judío polaco creador del término genocidio, afirmó: “Me interesé en el genocidio porque ocurrió muchas veces. Primero a los armenios, luego de los armenios, Hitler se puso en movimiento”. Elie Wiesel, sobreviviente de Auschwitz y Premio Nobel de la Paz, dijo: “si hubiera existido la palabra ´genocidio´ por aquellos días, lo que les pasó a los armenios se hubiera llamado genocidio”. Yad Vashem, el Museo del Holocausto de Israel, define como un genocidio a la masacre de los armenios. Años atrás, alrededor de cincuenta laureados Nobel publicaron una declaración de reconocimiento del genocidio armenio. Orham Pamuk, Nobel de Literatura turco, también identificó como genocidio a la tragedia armenia.

Respecto del segundo punto, al adentrarnos al campo de las relaciones internacionales, las cosas se tornan más grisáceas. La Argentina forma parte del pequeño grupo de naciones que apoya la posición de los armenios. El Primer Ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, canceló una visita al país en el 2010 luego de que el gobierno de la ciudad de Buenos Aires detuviera la inauguración de un monumento dedicado al fundador de Turquía, Mustafá Kemal Ataturk, debido a las presiones de la comunidad armenia local. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner telefoneó al premier turco para dar explicaciones pero no hubo caso. En el 2006, el parlamento francés adoptó una resolución que declaró la masacre de armenios como un genocidio. En respuesta, Ankara puso un freno a las relaciones bilaterales militares, congeló los ejercicios conjuntos, prohibió a Paris participar en licitaciones en el área de la defensa y generales turcos honrados por Francia devolvieron sus condecoraciones. Washington no ha reconocido oficialmente a las matanzas como un genocidio, pero cada vez que el congreso se ha movilizado en ese sentido, las deliberaciones domésticas y las protestas turcas fueron intensas.

En esta área, la realpolitik prima. En un esfuerzo por preservar una alianza estratégica con una importante nación islámica, Israel eludió abordar el delicado asunto por largos años. Su cancillería incluso hizo lobby en los Estados Unidos para obstruir progreso cuando el debate se instaló en Washington. Ahora que Turquía ha enfriado la relación con el estado judío y ha adoptado una postura extremadamente hostil hacia él, desafiándolo públicamente y operando políticamente en su contra, Jerusalem podría deshacerse de sus pruritos diplomáticos y dar luz verde a un reconocimiento postergado. Es cierto que el consentimiento tardío y circunstancial ya no tendrá la validez moral que pudo haber tenido antaño, pero esto es algo que la república de Armenia y el pueblo armenio podrán aceptar.

Después de todo, Armenia sabe algo sobre el pragmatismo. Tiene cerradas sus fronteras con Turquía y Azerbaiyán debido a conflictos históricos y depende de Georgia para obtener salida al mar Negro. También mantiene lazos cordiales con la República Islámica de Irán para reducir su aislamiento geográfico y acceder al mar Caspio. La última vez que revisé, Teherán seguía negando la Shoá.

Comunidades, Comunidades - 2012

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Israel: El impacto geopolítico de una coalición – 16/05/12

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En su tiempo, el entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos Henry Kissinger célebremente afirmó que “Israel no tiene una política exterior, sólo política interna”. El comentario aludía a una realidad que ha aquejado al sistema de gobierno israelí por décadas: los gobiernos dependen de coaliciones formadas por diversos partidos políticos, algunos mayores y otros menores, cuyas contrastantes ideologías o intereses los han llevado al límite de la inestabilidad o a la ruptura misma. Como todo partido que obtenga apenas el 2% del voto popular gana acceso al parlamento (Knesset), partidos minoritarios han ejercido una influencia desproporcionada en las coaliciones. Y como los asuntos cotidianos de la agenda israelí han sido tradicionalmente enormes -cuestiones de paz o guerra, el complejo entramado de lazos regionales e internacionales de Jerusalem, las relaciones entre laicos y ortodoxos, la situación económica, etc- las tensiones reinantes en las coaliciones han sido usualmente notorias.

El acuerdo alcanzado entre el Primer Ministro Benjamín Netanyahu y el líder del partido Kadima Sahul Mofaz ha legado posiblemente el más amplio gobierno en la historia de la nación hasta el presente: a partir de ahora el oficialismo controlará 94 sobre 120 asientos de la Knesset. Con anterioridad, solamente el laborista Shimon Peres y el likudnik Itzak Shamir lograron un gobierno de unidad nacional de similar envergadura (97 asientos del parlamento), en 1984. El precedente más extraordinario ocurrió en 1967 cuando se forjó un gobierno de emergencia en el contexto de la Guerra de los Seis Días (111 asientos). La norma, sin embargo, ha sido la inestabilidad política, con pocos gobiernos pudiendo cumplir mandatos electorales completos.

Netanyahu era un premier fuerte antes del pacto y lo seguirá siendo. Mofaz, en cambio, estaba destinado -según las encuestas indicaban- a sucumbir políticamente en las elecciones próximas. Ahora será designado vicepremier, ministro sin cartera y miembro del gabinete de seguridad. La incorporación de Kadima, una escisión del Likud que siguió a Ariel Sharon cuando llevó adelante la retirada unilateral israelí de la Franja de Gaza en el 2005, dará mayor margen de maniobra a Netanyahu en las tratativas con los palestinos, al reducir la influencia de un importante integrante de la colación, el canciller Avigdor Lieberman del partido Yisrael Beitenu, de línea dura. Una coalición menos dependiente de partidos derechistas y que ha sumado a partidarios del ala blanda del llamado campo nacional, seguramente será más concesiva en lo referido al proceso de paz. Su progreso real, resta observar, dependerá también de la parte palestina.

Quienes llevan las de perder de modo apreciable son los haredim o ultraortodoxos que han tenido peso considerable en las decisiones relativas a su posición en la sociedad. Un tema de gran discusión actual en Israel es la exención del servicio militar del que gozan los estudiantes ultraortodoxos. Este segmento deberá ahora enfrentar en esta área a tres partidos seculares (Likud, Kadima, Yisrael Beitenu) que agrupan a 70 de los 94 asientos que tendrá la coalición gobernante en el parlamento.

Pero el mayor impacto -geopolítico, más que político a secas- quizás se haga sentir a 1.500 kilómetros de distancia del estado judío, en la República Islámica de Irán. Israel estará siendo gobernado por tres ex comandos militares de la prestigiosa Unidad de Reconocimiento del Estado General, conocida en hebreo como Sayeret Matkal, la cual ha llevado a cabo las operaciones militares más legendarias de la historia del país. El premier Netanyahu, el vicepremier Mofaz y el Ministro de Defensa Ehud Barak han sido integrantes ejemplares de esta unidad. Las siguientes elecciones nacionales ocurrirán recién en octubre del 2013, lo que dará al gobierno la posibilidad de enfocarse en un asunto crítico para la seguridad nacional, y la supervivencia misma de la nación, sin las distracciones de una campaña electoral inminente. Un interrogante clave de esta movida política es, de hecho, si fue propiciada por la irresuelta cuestión nuclear iraní.

Con fuerzas islamistas cosechando los frutos de las revueltas árabes por toda la región (Egipto incluido), con el Hezbollah rearmándose sin pausa, con el régimen sirio inestable y con un gobierno Ayatollah cero dispuesto a abandonar sus aspiraciones nucleares conformando el entorno geopolítico de Israel, es factible que sus principales dirigentes hayan finalmente comprendido que el tiempo para la unidad nacional era impostergable.

Esto es todo lo que se puede asegurar. En cuanto a los desarrollos futuros, sólo el tiempo dirá.

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Israel: el impacto geopolítico de una coalición – 16/05/2012

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En su tiempo, el entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos Henry Kissinger célebremente afirmó que Israel no tiene una política exterior, sólo política interna». El comentario aludía a una realidad que ha aquejado al sistema de gobierno israelí por décadas: los gobiernos dependen de coaliciones formadas por diversos partidos políticos, algunos mayores y otros menores, cuyas contrastantes ideologías o intereses los han llevado al límite de la inestabilidad o a la ruptura misma. Como todo partido que obtenga apenas el 2% del voto popular gana acceso al parlamento (Knesset), partidos minoritarios han ejercido una influencia desproporcionada en las coaliciones. Y como los asuntos cotidianos de la agenda israelí han sido tradicionalmente enormes -cuestiones de paz o guerra, el complejo entramado de lazos regionales e internacionales de Jerusalem, las relaciones entre laicos y ortodoxos, la situación económica, etc- las tensiones reinantes en las coaliciones han sido usualmente notorias.

El acuerdo alcanzado entre el Primer Ministro Benjamín Netanyahu y el líder del partido Kadima Sahul Mofaz ha legado posiblemente el más amplio gobierno en la historia de la nación hasta el presente: a partir de ahora el oficialismo controlará 94 sobre 120 asientos de la Knesset. Con anterioridad, solamente el laborista Shimon Peres y el likudnik Itzak Shamir lograron un gobierno de unidad nacional de similar envergadura (97 asientos del parlamento), en 1984. El precedente más extraordinario ocurrió en 1967 cuando se forjó un gobierno de emergencia en el contexto de la Guerra de los Seis Días (111 asientos). La norma, sin embargo, ha sido la inestabilidad política, con pocos gobiernos pudiendo cumplir mandatos electorales completos.

Netanyahu era un premier fuerte antes del pacto y lo seguirá siendo. Mofaz, en cambio, estaba destinado -según las encuestas indicaban- a sucumbir políticamente en las elecciones próximas. Ahora será designado vicepremier, ministro sin cartera y miembro del gabinete de seguridad. La incorporación de Kadima, una escisión del Likud que siguió a Ariel Sharon cuando llevó adelante la retirada unilateral israelí de la Franja de Gaza en el 2005, dará mayor margen de maniobra a Netanyahu en las tratativas con los palestinos, al reducir la influencia de un importante integrante de la colación, el canciller Avigdor Lieberman del partido Yisrael Beitenu, de línea dura. Una coalición menos dependiente de partidos derechistas y que ha sumado a partidarios del ala blanda del llamado campo nacional, seguramente será más concesiva en lo referido al proceso de paz. Su progreso real, resta observar, dependerá también de la parte palestina.

Quienes llevan las de perder de modo apreciable son los haredim o ultraortodoxos que han tenido peso considerable en las decisiones relativas a su posición en la sociedad. Un tema de gran discusión actual en Israel es la exención del servicio militar del que gozan los estudiantes ultraortodoxos. Este segmento deberá ahora enfrentar en esta área a tres partidos seculares (Likud, Kadima, Yisrael Beitenu) que agrupan a 70 de los 94 asientos que tendrá la coalición gobernante en el parlamento.

Pero el mayor impacto -geopolítico, más que político a secas- quizás se haga sentir a 1.500 kilómetros de distancia del estado judío, en la República Islámica de Irán. Israel estará siendo gobernado por tres ex comandos militares de la prestigiosa Unidad de Reconocimiento del Estado General, conocida en hebreo como Sayeret Matkal, la cual ha llevado a cabo las operaciones militares más legendarias de la historia del país. El premier Netanyahu, el vicepremier Mofaz y el Ministro de Defensa Ehud Barak han sido integrantes ejemplares de esta unidad. Las siguientes elecciones nacionales ocurrirán recién en octubre del 2013, lo que dará al gobierno la posibilidad de enfocarse en un asunto crítico para la seguridad nacional, y la supervivencia misma de la nación, sin las distracciones de una campaña electoral inminente. Un interrogante clave de esta movida política es, de hecho, si fue propiciada por la irresuelta cuestión nuclear iraní.

Con fuerzas islamistas cosechando los frutos de las revueltas árabes por toda la región (Egipto incluido), con el Hezbollah rearmándose sin pausa, con el régimen sirio inestable y con un gobierno Ayatollah cero dispuesto a abandonar sus aspiraciones nucleares conformando el entorno geopolítico de Israel, es factible que sus principales dirigentes hayan finalmente comprendido que el tiempo para la unidad nacional era impostergable.

Esto es todo lo que se puede asegurar. En cuanto a los desarrollos futuros, sólo el tiempo dirá.

Infobae, Infobae - 2012

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

Israel: El impacto geopolítico de una coalición – 11/05/12

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En su tiempo, el entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos Henry Kissinger célebremente afirmó que “Israel no tiene una política exterior, sólo política interna”. El comentario aludía a una realidad que ha aquejado al sistema de gobierno israelí por décadas: los gobiernos dependen de coaliciones formadas por diversos partidos políticos, algunos mayores y otros menores, cuyas contrastantes ideologías o intereses los han llevado al límite de la inestabilidad o a la ruptura misma. Como todo partido que obtenga apenas el 2% del voto popular gana acceso al parlamento (Knesset), partidos minoritarios han ejercido una influencia desproporcionada en las coaliciones. Y como los asuntos cotidianos de la agenda israelí han sido tradicionalmente enormes -cuestiones de paz o guerra, el complejo entramado de lazos regionales e internacionales de Jerusalem, las relaciones entre laicos y ortodoxos, la situación económica, etc- las tensiones reinantes en las coaliciones han sido usualmente notorias.

El acuerdo alcanzado entre el Primer Ministro Benjamín Netanyahu y el líder del partido Kadima Sahul Mofaz ha legado posiblemente el más amplio gobierno en la historia de la nación hasta el presente: a partir de ahora el oficialismo controlará 94 sobre 120 asientos de la Knesset. Con anterioridad, solamente el laborista Shimon Peres y el likudnik Itzak Shamir lograron un gobierno de unidad nacional de similar envergadura (97 asientos del parlamento), en 1984. El precedente más extraordinario ocurrió en 1967 cuando se forjó un gobierno de emergencia en el contexto de la Guerra de los Seis Días (111 asientos). La norma, sin embargo, ha sido la inestabilidad política, con pocos gobiernos pudiendo cumplir mandatos electorales completos.

Netanyahu era un premier fuerte antes del pacto y lo seguirá siendo. Mofaz, en cambio, estaba destinado -según las encuestas indicaban- a sucumbir políticamente en las elecciones próximas. Ahora será designado vicepremier, ministro sin cartera y miembro del gabinete de seguridad. La incorporación de Kadima, una escisión del Likud que siguió a Ariel Sharon cuando llevó adelante la retirada unilateral israelí de la Franja de Gaza en el 2005, dará mayor margen de maniobra a Netanyahu en las tratativas con los palestinos, al reducir la influencia de un importante integrante de la colación, el canciller Avigdor Lieberman del partido Yisrael Beitenu, de línea dura. Una coalición menos dependiente de partidos derechistas y que ha sumado a partidarios del ala blanda del llamado campo nacional, seguramente será más concesiva en lo referido al proceso de paz. Su progreso real, resta observar, dependerá también de la parte palestina.

Quienes llevan las de perder de modo apreciable son los haredim o ultraortodoxos que han tenido peso considerable en las decisiones relativas a su posición en la sociedad. Un tema de gran discusión actual en Israel es la exención del servicio militar del que gozan los estudiantes ultraortodoxos. Este segmento deberá ahora enfrentar en esta área a tres partidos seculares (Likud, Kadima, Yisrael Beitenu) que agrupan a 70 de los 94 asientos que tendrá la coalición gobernante en el parlamento.

Pero el mayor impacto -geopolítico, más que político a secas- quizás se haga sentir a 1.500 kilómetros de distancia del estado judío, en la República Islámica de Irán. Israel estará siendo gobernado por tres ex comandos militares de la prestigiosa Unidad de Reconocimiento del Estado General, conocida en hebreo como Sayeret Matkal, la cual ha llevado a cabo las operaciones militares más legendarias de la historia del país. El premier Netanyahu, el vicepremier Mofaz y el Ministro de Defensa Ehud Barak han sido integrantes ejemplares de esta unidad. Las siguientes elecciones nacionales ocurrirán recién en octubre del 2013, lo que dará al gobierno la posibilidad de enfocarse en un asunto crítico para la seguridad nacional, y la supervivencia misma de la nación, sin las distracciones de una campaña electoral inminente. Un interrogante clave de esta movida política es, de hecho, si fue propiciada por la irresuelta cuestión nuclear iraní.

Con fuerzas islamistas cosechando los frutos de las revueltas árabes por toda la región (Egipto incluido), con el Hezbollah rearmándose sin pausa, con el régimen sirio inestable y con un gobierno Ayatollah cero dispuesto a abandonar sus aspiraciones nucleares conformando el entorno geopolítico de Israel, es factible que sus principales dirigentes hayan finalmente comprendido que el tiempo para la unidad nacional era impostergable.

Esto es todo lo que se puede asegurar. En cuanto a los desarrollos futuros, sólo el tiempo dirá.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

Breve historia de la hermandad Musulmana – 05/12

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Año 4 – Nro 22

La Hermandad Musulmana fue establecida en Egipto en 1928 por el jeque Hassan al-Banna bajo la inspiración de una visión islámica ultraortodoxa y xenófoba. Su objetivo era imponer la Sharía (ley religiosa musulmana) a la vida social y política de los egipcios y luchar contra los infieles. A partir de los años treinta se involucró en la política y vio una oportunidad participativa en las revueltas árabes de 1936-1939 en Palestina. Desde los años cuarenta, agrupaciones leales a su ideología adoptaron su nombre y sus consignas en Palestina, Jordania, Siria, el Líbano y Sudán, aunque no siempre mantuvieron lazos estrechos permanentes con la base en Egipto.

La Hermandad pretendió dar una respuesta islámica en el plano religioso, social, político y cultural a la percibida occidentalización de las sociedades musulmanas expresada en la secularización y el relajo en las normas tradicionales en su época. Los Hermanos Musulmanes consideraban que la sociedad árabe-islámica estaba en declive y sometida a la cultura occidental imperante y quisieron erigirse como un freno -idealmente, o en una alternativa posible al menos- a ese orden reinante. Veían en la comunidad su fortaleza, siendo la mezquita y la educación religiosa elementos centrales de su gestión. Pero también abrazaron la violencia -la jihad- como método de propagación de su causa, creando secciones clandestinas paramilitares en su seno. Apelaron a las revueltas y a los asesinatos políticos y para la segunda mitad de los años cuarenta ya podían exhibir el cuestionable crédito de haber matado a ministros del gabinete egipcio.

Cuando las naciones árabes declararon la guerra al recién nacido estado judío, en 1948, los Hermanos Musulmanes enviaron grandes contingentes de combatientes contra las tropas sionistas. Ante la derrota árabe en la guerra, la Hermandad culpó al gobierno de El Cairo y recrudeció su actividad guerrillera y terrorista. Para finales de 1948 el gobierno egipcio proscribió a la agrupación, ésta respondió asesinando al premier y, en represalia, el ejército ultimó al propio Hassan al-Banna al poco tiempo. El movimiento se debilitó.

Un nuevo golpe le fue asestado cuando un grupo de oficiales, entre ellos, Gamal Abdel Nasser, derrocó a la monarquía gobernante por medio de un golpe de estado y prohibió a todos los partidos políticos. Aunque inicialmente no incluyó a la Hermandad en la proscripción, las relaciones entre unos y otros rápidamente deterioraron. Los Hermanos Musulmanes objetaban la orientación laica del régimen y los militares veían en éstos un movimiento subversivo: los prohibieron en 1954. Luego de que la Hermandad intentara matar a Nasser, éste lanzó una campaña persecutoria feroz, arrestando a miles, ejecutando a varios cabecillas del movimiento y llevando a otros muchos a buscar refugio en el extranjero. Aún así, la agrupación sobrevivió. Un nuevo ataque fallido contra Nasser en la década del sesenta precipitó una nueva redada contra el movimiento, resultando en miles de arrestos, cientos de juicios y en la ejecución de Sayyid Qutb, el ideólogo preeminente de los Hermanos Musulmanes. La lucha entre el panarabismo nasserista y el islamismo radical estaba en plena ebullición.

A comienzos de los años setenta asumió Anwar Sadat el poder en Egipto y para fines de la década entabló la paz con el estado de Israel y llevó al país árabe a la órbita estadounidense. La Hermandad estaba escandalizada. Pero los años medios de la década mostraron una convivencia relativa, evidenciada en la puesta en libertad de integrantes del movimiento que habían sido arrestados por Nasser, se les permitió tener sus medios de prensa y llegaron a penetrar las universidades. Pero, al igual que sus predecesores, Sadat les impidió organizarse políticamente. Por momentos, sus publicaciones fueron censuradas y sus miembros perseguidos. Firmar la paz con Israel le costó a Sadat su vida: en octubre de 1981 un comando de extremistas islámicos de la Jihad Islámica Egipcia lo acribilló a tiros durante un desfile militar en conmemoración de la guerra lanzada contra Israel en 1973.

Sadat fue sucedido por Hosni Mubarak. Su gobierno de tres décadas tuvo una relación tirante con los islamistas en general y, de hecho, padeció atentados fallidos en su contra. La Hermandad se mantuvo alejada de la violencia política, concentrando su atención en consolidar una base política sólida y expandir su influencia por el país pudiendo transformarse en el movimiento fundamentalista islámico más grande de esa nación árabe. Cuando estallaron las revueltas contra el régimen de Mubarak a comienzos del 2011, la Hermandad hábilmente capitalizó el descontento popular logrando, gradualmente, convertirse en referente de una protesta masiva lanzada por laicos, obtener la mayor cantidad de bancas del Parlamento y finalmente ganar, en junio de 2012, la presidencia del país.

A ochenta y cuatro años de su fundación y al cabo de una historia turbulenta, los Hermanos Musulmanes alcanzaron el mayor éxito político y legitimidad posible en la tierra que los vio nacer.