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Comunidades, Comunidades - 2012

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Israel: El impacto geopolítico de una coalición – 16/05/12

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En su tiempo, el entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos Henry Kissinger célebremente afirmó que “Israel no tiene una política exterior, sólo política interna”. El comentario aludía a una realidad que ha aquejado al sistema de gobierno israelí por décadas: los gobiernos dependen de coaliciones formadas por diversos partidos políticos, algunos mayores y otros menores, cuyas contrastantes ideologías o intereses los han llevado al límite de la inestabilidad o a la ruptura misma. Como todo partido que obtenga apenas el 2% del voto popular gana acceso al parlamento (Knesset), partidos minoritarios han ejercido una influencia desproporcionada en las coaliciones. Y como los asuntos cotidianos de la agenda israelí han sido tradicionalmente enormes -cuestiones de paz o guerra, el complejo entramado de lazos regionales e internacionales de Jerusalem, las relaciones entre laicos y ortodoxos, la situación económica, etc- las tensiones reinantes en las coaliciones han sido usualmente notorias.

El acuerdo alcanzado entre el Primer Ministro Benjamín Netanyahu y el líder del partido Kadima Sahul Mofaz ha legado posiblemente el más amplio gobierno en la historia de la nación hasta el presente: a partir de ahora el oficialismo controlará 94 sobre 120 asientos de la Knesset. Con anterioridad, solamente el laborista Shimon Peres y el likudnik Itzak Shamir lograron un gobierno de unidad nacional de similar envergadura (97 asientos del parlamento), en 1984. El precedente más extraordinario ocurrió en 1967 cuando se forjó un gobierno de emergencia en el contexto de la Guerra de los Seis Días (111 asientos). La norma, sin embargo, ha sido la inestabilidad política, con pocos gobiernos pudiendo cumplir mandatos electorales completos.

Netanyahu era un premier fuerte antes del pacto y lo seguirá siendo. Mofaz, en cambio, estaba destinado -según las encuestas indicaban- a sucumbir políticamente en las elecciones próximas. Ahora será designado vicepremier, ministro sin cartera y miembro del gabinete de seguridad. La incorporación de Kadima, una escisión del Likud que siguió a Ariel Sharon cuando llevó adelante la retirada unilateral israelí de la Franja de Gaza en el 2005, dará mayor margen de maniobra a Netanyahu en las tratativas con los palestinos, al reducir la influencia de un importante integrante de la colación, el canciller Avigdor Lieberman del partido Yisrael Beitenu, de línea dura. Una coalición menos dependiente de partidos derechistas y que ha sumado a partidarios del ala blanda del llamado campo nacional, seguramente será más concesiva en lo referido al proceso de paz. Su progreso real, resta observar, dependerá también de la parte palestina.

Quienes llevan las de perder de modo apreciable son los haredim o ultraortodoxos que han tenido peso considerable en las decisiones relativas a su posición en la sociedad. Un tema de gran discusión actual en Israel es la exención del servicio militar del que gozan los estudiantes ultraortodoxos. Este segmento deberá ahora enfrentar en esta área a tres partidos seculares (Likud, Kadima, Yisrael Beitenu) que agrupan a 70 de los 94 asientos que tendrá la coalición gobernante en el parlamento.

Pero el mayor impacto -geopolítico, más que político a secas- quizás se haga sentir a 1.500 kilómetros de distancia del estado judío, en la República Islámica de Irán. Israel estará siendo gobernado por tres ex comandos militares de la prestigiosa Unidad de Reconocimiento del Estado General, conocida en hebreo como Sayeret Matkal, la cual ha llevado a cabo las operaciones militares más legendarias de la historia del país. El premier Netanyahu, el vicepremier Mofaz y el Ministro de Defensa Ehud Barak han sido integrantes ejemplares de esta unidad. Las siguientes elecciones nacionales ocurrirán recién en octubre del 2013, lo que dará al gobierno la posibilidad de enfocarse en un asunto crítico para la seguridad nacional, y la supervivencia misma de la nación, sin las distracciones de una campaña electoral inminente. Un interrogante clave de esta movida política es, de hecho, si fue propiciada por la irresuelta cuestión nuclear iraní.

Con fuerzas islamistas cosechando los frutos de las revueltas árabes por toda la región (Egipto incluido), con el Hezbollah rearmándose sin pausa, con el régimen sirio inestable y con un gobierno Ayatollah cero dispuesto a abandonar sus aspiraciones nucleares conformando el entorno geopolítico de Israel, es factible que sus principales dirigentes hayan finalmente comprendido que el tiempo para la unidad nacional era impostergable.

Esto es todo lo que se puede asegurar. En cuanto a los desarrollos futuros, sólo el tiempo dirá.

Comunidades, Comunidades - 2012

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Israel frente al genocidio Armenio- 02/05/12

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El pasado 18 de abril el Estado de Israel conmemoró Iom Hashoá, el día de recordación del Holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial. Seis días después, el 24, la República de Armenia conmemoró el genocidio de los suyos en manos de los turcos durante la Primera Guerra Mundial. Entre uno y otro evento, el diario La Nación publicó un editorial titulado “Israel y el genocidio armenio” (22/4/12) en el cual afirmó que “La admisión israelí de la tragedia abatida sobre el pueblo armenio tendría una tremenda fuerza moral en el mundo actual”. El editorial en ningún momento sostuvo que era moralmente inconsistente por parte de Jerusalem homenajear a los seis millones de judíos asesinados a mediados del siglo pasado en Europa y simultáneamente negar reconocimiento -como un genocidio- a la masacre de entre un millón y un millón y medio de armenios acaecida anteriormente. La oportunidad de la publicación, sin embargo, pareció decirlo.

Aún cuando Israel dista de ser el único país del mundo en no admitir el genocidio armenio como tal (sin que ello implique negar la existencia de las masacres), el imperativo ético obliga a la lealtad con la verdad histórica. Y aún cuando apenas poco más de veinte naciones reconocen oficialmente al asesinato masivo de los armenios a partir de 1915 en territorio del Imperio Otomano como un genocidio, el juicio de valor de Israel acarrea un peso simbólico especial. Las razones de la reticencia israelí -así como las de muchos otros estados entre los más de ciento setenta del globo que no definen al acontecimiento como un genocidio- radican fundamentalmente en dos cuestiones: a) la existencia de un debate entre historiadores, y no solamente turcos o armenios, a propósito de si las masacres califican como un genocidio, y b) consideraciones políticas relativas a las relaciones internacionales.

Respecto del primer punto, los hechos parecen ser incontestables. En el contexto de una guerra mundial, los turcos-otomanos forzaron la partida y asesinaron a alrededor de la mitad de la población de las provincias armenias del imperio otomano. Una definición comúnmente aceptada de genocidio es la destrucción sistemática y deliberada, en todo o en parte, de un grupo étnico, nacional, religioso o racial. Eso es lo que los turcos musulmanes hicieron a los armenios cristianos entre 1915 y 1923. Rafael Lemkin, el judío polaco creador del término genocidio, afirmó: “Me interesé en el genocidio porque ocurrió muchas veces. Primero a los armenios, luego de los armenios, Hitler se puso en movimiento”. Elie Wiesel, sobreviviente de Auschwitz y Premio Nobel de la Paz, dijo: “si hubiera existido la palabra ´genocidio´ por aquellos días, lo que les pasó a los armenios se hubiera llamado genocidio”. Yad Vashem, el Museo del Holocausto de Israel, define como un genocidio a la masacre de los armenios. Años atrás, alrededor de cincuenta laureados Nobel publicaron una declaración de reconocimiento del genocidio armenio. Orham Pamuk, Nobel de Literatura turco, también identificó como genocidio a la tragedia armenia.

Respecto del segundo punto, al adentrarnos al campo de las relaciones internacionales, las cosas se tornan más grisáceas. La Argentina forma parte del pequeño grupo de naciones que apoya la posición de los armenios. El Primer Ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, canceló una visita al país en el 2010 luego de que el gobierno de la ciudad de Buenos Aires detuviera la inauguración de un monumento dedicado al fundador de Turquía, Mustafá Kemal Ataturk, debido a las presiones de la comunidad armenia local. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner telefoneó al premier turco para dar explicaciones pero no hubo caso. En el 2006, el parlamento francés adoptó una resolución que declaró la masacre de armenios como un genocidio. En respuesta, Ankara puso un freno a las relaciones bilaterales militares, congeló los ejercicios conjuntos, prohibió a Paris participar en licitaciones en el área de la defensa y generales turcos honrados por Francia devolvieron sus condecoraciones. Washington no ha reconocido oficialmente a las matanzas como un genocidio, pero cada vez que el congreso se ha movilizado en ese sentido, las deliberaciones domésticas y las protestas turcas fueron intensas.

En esta área, la realpolitik prima. En un esfuerzo por preservar una alianza estratégica con una importante nación islámica, Israel eludió abordar el delicado asunto por largos años. Su cancillería incluso hizo lobby en los Estados Unidos para obstruir progreso cuando el debate se instaló en Washington. Ahora que Turquía ha enfriado la relación con el estado judío y ha adoptado una postura extremadamente hostil hacia él, desafiándolo públicamente y operando políticamente en su contra, Jerusalem podría deshacerse de sus pruritos diplomáticos y dar luz verde a un reconocimiento postergado. Es cierto que el consentimiento tardío y circunstancial ya no tendrá la validez moral que pudo haber tenido antaño, pero esto es algo que la república de Armenia y el pueblo armenio podrán aceptar.

Después de todo, Armenia sabe algo sobre el pragmatismo. Tiene cerradas sus fronteras con Turquía y Azerbaiyán debido a conflictos históricos y depende de Georgia para obtener salida al mar Negro. También mantiene lazos cordiales con la República Islámica de Irán para reducir su aislamiento geográfico y acceder al mar Caspio. La última vez que revisé, Teherán seguía negando la Shoá.

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Israel: el impacto geopolítico de una coalición – 16/05/2012

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En su tiempo, el entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos Henry Kissinger célebremente afirmó que Israel no tiene una política exterior, sólo política interna». El comentario aludía a una realidad que ha aquejado al sistema de gobierno israelí por décadas: los gobiernos dependen de coaliciones formadas por diversos partidos políticos, algunos mayores y otros menores, cuyas contrastantes ideologías o intereses los han llevado al límite de la inestabilidad o a la ruptura misma. Como todo partido que obtenga apenas el 2% del voto popular gana acceso al parlamento (Knesset), partidos minoritarios han ejercido una influencia desproporcionada en las coaliciones. Y como los asuntos cotidianos de la agenda israelí han sido tradicionalmente enormes -cuestiones de paz o guerra, el complejo entramado de lazos regionales e internacionales de Jerusalem, las relaciones entre laicos y ortodoxos, la situación económica, etc- las tensiones reinantes en las coaliciones han sido usualmente notorias.

El acuerdo alcanzado entre el Primer Ministro Benjamín Netanyahu y el líder del partido Kadima Sahul Mofaz ha legado posiblemente el más amplio gobierno en la historia de la nación hasta el presente: a partir de ahora el oficialismo controlará 94 sobre 120 asientos de la Knesset. Con anterioridad, solamente el laborista Shimon Peres y el likudnik Itzak Shamir lograron un gobierno de unidad nacional de similar envergadura (97 asientos del parlamento), en 1984. El precedente más extraordinario ocurrió en 1967 cuando se forjó un gobierno de emergencia en el contexto de la Guerra de los Seis Días (111 asientos). La norma, sin embargo, ha sido la inestabilidad política, con pocos gobiernos pudiendo cumplir mandatos electorales completos.

Netanyahu era un premier fuerte antes del pacto y lo seguirá siendo. Mofaz, en cambio, estaba destinado -según las encuestas indicaban- a sucumbir políticamente en las elecciones próximas. Ahora será designado vicepremier, ministro sin cartera y miembro del gabinete de seguridad. La incorporación de Kadima, una escisión del Likud que siguió a Ariel Sharon cuando llevó adelante la retirada unilateral israelí de la Franja de Gaza en el 2005, dará mayor margen de maniobra a Netanyahu en las tratativas con los palestinos, al reducir la influencia de un importante integrante de la colación, el canciller Avigdor Lieberman del partido Yisrael Beitenu, de línea dura. Una coalición menos dependiente de partidos derechistas y que ha sumado a partidarios del ala blanda del llamado campo nacional, seguramente será más concesiva en lo referido al proceso de paz. Su progreso real, resta observar, dependerá también de la parte palestina.

Quienes llevan las de perder de modo apreciable son los haredim o ultraortodoxos que han tenido peso considerable en las decisiones relativas a su posición en la sociedad. Un tema de gran discusión actual en Israel es la exención del servicio militar del que gozan los estudiantes ultraortodoxos. Este segmento deberá ahora enfrentar en esta área a tres partidos seculares (Likud, Kadima, Yisrael Beitenu) que agrupan a 70 de los 94 asientos que tendrá la coalición gobernante en el parlamento.

Pero el mayor impacto -geopolítico, más que político a secas- quizás se haga sentir a 1.500 kilómetros de distancia del estado judío, en la República Islámica de Irán. Israel estará siendo gobernado por tres ex comandos militares de la prestigiosa Unidad de Reconocimiento del Estado General, conocida en hebreo como Sayeret Matkal, la cual ha llevado a cabo las operaciones militares más legendarias de la historia del país. El premier Netanyahu, el vicepremier Mofaz y el Ministro de Defensa Ehud Barak han sido integrantes ejemplares de esta unidad. Las siguientes elecciones nacionales ocurrirán recién en octubre del 2013, lo que dará al gobierno la posibilidad de enfocarse en un asunto crítico para la seguridad nacional, y la supervivencia misma de la nación, sin las distracciones de una campaña electoral inminente. Un interrogante clave de esta movida política es, de hecho, si fue propiciada por la irresuelta cuestión nuclear iraní.

Con fuerzas islamistas cosechando los frutos de las revueltas árabes por toda la región (Egipto incluido), con el Hezbollah rearmándose sin pausa, con el régimen sirio inestable y con un gobierno Ayatollah cero dispuesto a abandonar sus aspiraciones nucleares conformando el entorno geopolítico de Israel, es factible que sus principales dirigentes hayan finalmente comprendido que el tiempo para la unidad nacional era impostergable.

Esto es todo lo que se puede asegurar. En cuanto a los desarrollos futuros, sólo el tiempo dirá.

Infobae, Infobae - 2012

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

Israel: El impacto geopolítico de una coalición – 11/05/12

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En su tiempo, el entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos Henry Kissinger célebremente afirmó que “Israel no tiene una política exterior, sólo política interna”. El comentario aludía a una realidad que ha aquejado al sistema de gobierno israelí por décadas: los gobiernos dependen de coaliciones formadas por diversos partidos políticos, algunos mayores y otros menores, cuyas contrastantes ideologías o intereses los han llevado al límite de la inestabilidad o a la ruptura misma. Como todo partido que obtenga apenas el 2% del voto popular gana acceso al parlamento (Knesset), partidos minoritarios han ejercido una influencia desproporcionada en las coaliciones. Y como los asuntos cotidianos de la agenda israelí han sido tradicionalmente enormes -cuestiones de paz o guerra, el complejo entramado de lazos regionales e internacionales de Jerusalem, las relaciones entre laicos y ortodoxos, la situación económica, etc- las tensiones reinantes en las coaliciones han sido usualmente notorias.

El acuerdo alcanzado entre el Primer Ministro Benjamín Netanyahu y el líder del partido Kadima Sahul Mofaz ha legado posiblemente el más amplio gobierno en la historia de la nación hasta el presente: a partir de ahora el oficialismo controlará 94 sobre 120 asientos de la Knesset. Con anterioridad, solamente el laborista Shimon Peres y el likudnik Itzak Shamir lograron un gobierno de unidad nacional de similar envergadura (97 asientos del parlamento), en 1984. El precedente más extraordinario ocurrió en 1967 cuando se forjó un gobierno de emergencia en el contexto de la Guerra de los Seis Días (111 asientos). La norma, sin embargo, ha sido la inestabilidad política, con pocos gobiernos pudiendo cumplir mandatos electorales completos.

Netanyahu era un premier fuerte antes del pacto y lo seguirá siendo. Mofaz, en cambio, estaba destinado -según las encuestas indicaban- a sucumbir políticamente en las elecciones próximas. Ahora será designado vicepremier, ministro sin cartera y miembro del gabinete de seguridad. La incorporación de Kadima, una escisión del Likud que siguió a Ariel Sharon cuando llevó adelante la retirada unilateral israelí de la Franja de Gaza en el 2005, dará mayor margen de maniobra a Netanyahu en las tratativas con los palestinos, al reducir la influencia de un importante integrante de la colación, el canciller Avigdor Lieberman del partido Yisrael Beitenu, de línea dura. Una coalición menos dependiente de partidos derechistas y que ha sumado a partidarios del ala blanda del llamado campo nacional, seguramente será más concesiva en lo referido al proceso de paz. Su progreso real, resta observar, dependerá también de la parte palestina.

Quienes llevan las de perder de modo apreciable son los haredim o ultraortodoxos que han tenido peso considerable en las decisiones relativas a su posición en la sociedad. Un tema de gran discusión actual en Israel es la exención del servicio militar del que gozan los estudiantes ultraortodoxos. Este segmento deberá ahora enfrentar en esta área a tres partidos seculares (Likud, Kadima, Yisrael Beitenu) que agrupan a 70 de los 94 asientos que tendrá la coalición gobernante en el parlamento.

Pero el mayor impacto -geopolítico, más que político a secas- quizás se haga sentir a 1.500 kilómetros de distancia del estado judío, en la República Islámica de Irán. Israel estará siendo gobernado por tres ex comandos militares de la prestigiosa Unidad de Reconocimiento del Estado General, conocida en hebreo como Sayeret Matkal, la cual ha llevado a cabo las operaciones militares más legendarias de la historia del país. El premier Netanyahu, el vicepremier Mofaz y el Ministro de Defensa Ehud Barak han sido integrantes ejemplares de esta unidad. Las siguientes elecciones nacionales ocurrirán recién en octubre del 2013, lo que dará al gobierno la posibilidad de enfocarse en un asunto crítico para la seguridad nacional, y la supervivencia misma de la nación, sin las distracciones de una campaña electoral inminente. Un interrogante clave de esta movida política es, de hecho, si fue propiciada por la irresuelta cuestión nuclear iraní.

Con fuerzas islamistas cosechando los frutos de las revueltas árabes por toda la región (Egipto incluido), con el Hezbollah rearmándose sin pausa, con el régimen sirio inestable y con un gobierno Ayatollah cero dispuesto a abandonar sus aspiraciones nucleares conformando el entorno geopolítico de Israel, es factible que sus principales dirigentes hayan finalmente comprendido que el tiempo para la unidad nacional era impostergable.

Esto es todo lo que se puede asegurar. En cuanto a los desarrollos futuros, sólo el tiempo dirá.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

Breve historia de la hermandad Musulmana – 05/12

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Año 4 – Nro 22

La Hermandad Musulmana fue establecida en Egipto en 1928 por el jeque Hassan al-Banna bajo la inspiración de una visión islámica ultraortodoxa y xenófoba. Su objetivo era imponer la Sharía (ley religiosa musulmana) a la vida social y política de los egipcios y luchar contra los infieles. A partir de los años treinta se involucró en la política y vio una oportunidad participativa en las revueltas árabes de 1936-1939 en Palestina. Desde los años cuarenta, agrupaciones leales a su ideología adoptaron su nombre y sus consignas en Palestina, Jordania, Siria, el Líbano y Sudán, aunque no siempre mantuvieron lazos estrechos permanentes con la base en Egipto.

La Hermandad pretendió dar una respuesta islámica en el plano religioso, social, político y cultural a la percibida occidentalización de las sociedades musulmanas expresada en la secularización y el relajo en las normas tradicionales en su época. Los Hermanos Musulmanes consideraban que la sociedad árabe-islámica estaba en declive y sometida a la cultura occidental imperante y quisieron erigirse como un freno -idealmente, o en una alternativa posible al menos- a ese orden reinante. Veían en la comunidad su fortaleza, siendo la mezquita y la educación religiosa elementos centrales de su gestión. Pero también abrazaron la violencia -la jihad- como método de propagación de su causa, creando secciones clandestinas paramilitares en su seno. Apelaron a las revueltas y a los asesinatos políticos y para la segunda mitad de los años cuarenta ya podían exhibir el cuestionable crédito de haber matado a ministros del gabinete egipcio.

Cuando las naciones árabes declararon la guerra al recién nacido estado judío, en 1948, los Hermanos Musulmanes enviaron grandes contingentes de combatientes contra las tropas sionistas. Ante la derrota árabe en la guerra, la Hermandad culpó al gobierno de El Cairo y recrudeció su actividad guerrillera y terrorista. Para finales de 1948 el gobierno egipcio proscribió a la agrupación, ésta respondió asesinando al premier y, en represalia, el ejército ultimó al propio Hassan al-Banna al poco tiempo. El movimiento se debilitó.

Un nuevo golpe le fue asestado cuando un grupo de oficiales, entre ellos, Gamal Abdel Nasser, derrocó a la monarquía gobernante por medio de un golpe de estado y prohibió a todos los partidos políticos. Aunque inicialmente no incluyó a la Hermandad en la proscripción, las relaciones entre unos y otros rápidamente deterioraron. Los Hermanos Musulmanes objetaban la orientación laica del régimen y los militares veían en éstos un movimiento subversivo: los prohibieron en 1954. Luego de que la Hermandad intentara matar a Nasser, éste lanzó una campaña persecutoria feroz, arrestando a miles, ejecutando a varios cabecillas del movimiento y llevando a otros muchos a buscar refugio en el extranjero. Aún así, la agrupación sobrevivió. Un nuevo ataque fallido contra Nasser en la década del sesenta precipitó una nueva redada contra el movimiento, resultando en miles de arrestos, cientos de juicios y en la ejecución de Sayyid Qutb, el ideólogo preeminente de los Hermanos Musulmanes. La lucha entre el panarabismo nasserista y el islamismo radical estaba en plena ebullición.

A comienzos de los años setenta asumió Anwar Sadat el poder en Egipto y para fines de la década entabló la paz con el estado de Israel y llevó al país árabe a la órbita estadounidense. La Hermandad estaba escandalizada. Pero los años medios de la década mostraron una convivencia relativa, evidenciada en la puesta en libertad de integrantes del movimiento que habían sido arrestados por Nasser, se les permitió tener sus medios de prensa y llegaron a penetrar las universidades. Pero, al igual que sus predecesores, Sadat les impidió organizarse políticamente. Por momentos, sus publicaciones fueron censuradas y sus miembros perseguidos. Firmar la paz con Israel le costó a Sadat su vida: en octubre de 1981 un comando de extremistas islámicos de la Jihad Islámica Egipcia lo acribilló a tiros durante un desfile militar en conmemoración de la guerra lanzada contra Israel en 1973.

Sadat fue sucedido por Hosni Mubarak. Su gobierno de tres décadas tuvo una relación tirante con los islamistas en general y, de hecho, padeció atentados fallidos en su contra. La Hermandad se mantuvo alejada de la violencia política, concentrando su atención en consolidar una base política sólida y expandir su influencia por el país pudiendo transformarse en el movimiento fundamentalista islámico más grande de esa nación árabe. Cuando estallaron las revueltas contra el régimen de Mubarak a comienzos del 2011, la Hermandad hábilmente capitalizó el descontento popular logrando, gradualmente, convertirse en referente de una protesta masiva lanzada por laicos, obtener la mayor cantidad de bancas del Parlamento y finalmente ganar, en junio de 2012, la presidencia del país.

A ochenta y cuatro años de su fundación y al cabo de una historia turbulenta, los Hermanos Musulmanes alcanzaron el mayor éxito político y legitimidad posible en la tierra que los vio nacer.

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Israel frente al genocido armenio – 02/05/2012

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El pasado 18 de abril el Estado de Israel conmemoró Iom Hashoá, el día de recordación del Holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial. Seis días después, el 24, la República de Armenia conmemoró el genocidio de los suyos en manos de los turcos durante la Primera Guerra Mundial. Entre uno y otro evento, el diario La Nación publicó un editorial titulado Israel y el genocidio armenio» (22/4/12) en el cual afirmó que «La admisión israelí de la tragedia abatida sobre el pueblo armenio tendría una tremenda fuerza moral en el mundo actual». El editorial en ningún momento sostuvo que era moralmente inconsistente por parte de Jerusalem homenajear a los seis millones de judíos asesinados a mediados del siglo pasado en Europa y simultáneamente negar reconocimiento -como un genocidio- a la masacre de entre un millón y un millón y medio de armenios acaecida anteriormente. La oportunidad de la publicación, sin embargo, pareció decirlo.

Aún cuando Israel dista de ser el único país del mundo en no admitir el genocidio armenio como tal (sin que ello implique negar la existencia de las masacres), el imperativo ético obliga a la lealtad con la verdad histórica. Y aún cuando apenas poco más de veinte naciones reconocen oficialmente al asesinato masivo de los armenios a partir de 1915 en territorio del Imperio Otomano como un genocidio, el juicio de valor de Israel acarrea un peso simbólico especial. Las razones de la reticencia israelí -así como las de muchos otros estados entre los más de ciento setenta del globo que no definen al acontecimiento como un genocidio- radican fundamentalmente en dos cuestiones: a) la existencia de un debate entre historiadores, y no solamente turcos o armenios, a propósito de si las masacres califican como un genocidio, y b) consideraciones políticas relativas a las relaciones internacionales.

Respecto del primer punto, los hechos parecen ser incontestables. En el contexto de una guerra mundial, los turcos-otomanos forzaron la partida y asesinaron a alrededor de la mitad de la población de las provincias armenias del imperio otomano. Una definición comúnmente aceptada de genocidio es la destrucción sistemática y deliberada, en todo o en parte, de un grupo étnico, nacional, religioso o racial. Eso es lo que los turcos musulmanes hicieron a los armenios cristianos entre 1915 y 1923. Rafael Lemkin, el judío polaco creador del término genocidio, afirmó: «Me interesé en el genocidio porque ocurrió muchas veces. Primero a los armenios, luego de los armenios, Hitler se puso en movimiento». Elie Wiesel, sobreviviente de Auschwitz y Premio Nobel de la Paz, dijo: «si hubiera existido la palabra ´genocidio´ por aquellos días, lo que les pasó a los armenios se hubiera llamado genocidio». Yad Vashem, el Museo del Holocausto de Israel, define como un genocidio a la masacre de los armenios. Años atrás, alrededor de cincuenta laureados Nobel publicaron una declaración de reconocimiento del genocidio armenio. Orham Pamuk, Nobel de Literatura turco, también identificó como genocidio a la tragedia armenia.

Respecto del segundo punto, al adentrarnos al campo de las relaciones internacionales, las cosas se tornan más grisáceas. La Argentina forma parte del pequeño grupo de naciones que apoya la posición de los armenios. El Primer Ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, canceló una visita al país en el 2010 luego de que el gobierno de la ciudad de Buenos Aires detuviera la inauguración de un monumento dedicado al fundador de Turquía, Mustafá Kemal Ataturk, debido a las presiones de la comunidad armenia local. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner telefoneó al premier turco para dar explicaciones pero no hubo caso. En el 2006, el parlamento francés adoptó una resolución que declaró la masacre de armenios como un genocidio. En respuesta, Ankara puso un freno a las relaciones bilaterales militares, congeló los ejercicios conjuntos, prohibió a Paris participar en licitaciones en el área de la defensa y generales turcos honrados por Francia devolvieron sus condecoraciones. Washington no ha reconocido oficialmente a las matanzas como un genocidio, pero cada vez que el congreso se ha movilizado en ese sentido, las deliberaciones domésticas y las protestas turcas fueron intensas.

En esta área, la realpolitik prima. En un esfuerzo por preservar una alianza estratégica con una importante nación islámica, Israel eludió abordar el delicado asunto por largos años. Su cancillería incluso hizo lobby en los Estados Unidos para obstruir progreso cuando el debate se instaló en Washington. Ahora que Turquía ha enfriado la relación con el estado judío y ha adoptado una postura extremadamente hostil hacia él, desafiándolo públicamente y operando políticamente en su contra, Jerusalem podría deshacerse de sus pruritos diplomáticos y dar luz verde a un reconocimiento postergado. Es cierto que el consentimiento tardío y circunstancial ya no tendrá la validez moral que pudo haber tenido antaño, pero esto es algo que la república de Armenia y el pueblo armenio podrán aceptar.

Después de todo, Armenia sabe algo sobre el pragmatismo. Tiene cerradas sus fronteras con Turquía y Azerbaiyán debido a conflictos históricos y depende de Georgia para obtener salida al mar Negro. También mantiene lazos cordiales con la República Islámica de Irán para reducir su aislamiento geográfico y acceder al mar Caspio. La última vez que revisé, Teherán seguía negando la Shoá.

Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Por Julián Schvindlerman

  

Kofi Annan al rescate – 24/04/12

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Hosni Mubarak de Egipto, Alí Abdullah Saleh de Yemen, Zine Elabidine Ben Alí de Túnez y Muhammar Khaddafi de Libia (si es que puede ver desde el Más Allá) deben estar justificadamente celosos de Bashar al-Assad. Al igual que ellos, el presidente sirio debió confrontar con una población sublevada. A diferencia de ellos, él pudo masacrar a cerca de nueve mil, arrestar a alrededor de doscientos mil, ubicar minas en zonas fronterizas para dañar a fugitivos de la represión, atacar campos de refugiados en países vecinos, torturar niños y negar tratamiento médico a heridos, entre otras barbaridades, y aún así permanecer en el poder por más de un año. Lejos de considerarlo parte del problema, la familia de las naciones parece ponderarlo como parte de la solución a la crisis que él mismo creó y salvajemente perpetuó.

El último diciembre, la Liga Árabe designó a Mustafá al-Dabi, un general sudanés acusado de cometer crímenes de guerra en su país, como el jefe de una delegación árabe enviada a Siria a evaluar la situación en el terreno. Al cabo de unas semanas de monitoreo infructuoso, la comitiva abandonó el país y la violencia continuó sin pausa. En marzo, la Liga Árabe convocó al ghanés Kofi Annan a mediar ante el régimen sirio. Eso marcó una mejoría notable respecto de la elección previa: Annan es un ex secretario-general de las Naciones Unidas, receptor del Premio Nobel de la Paz, con vasta experiencia como negociador internacional y reconocido por la comunidad diplomática global. Bajo una mirada más cuidadosa, empero, su récord como oficial de la ONU y mediador luce poco impresionante e incluso, calamitoso.

Cuando él era jefe del Departamento de Operaciones de Paz de la ONU, acontecieron dos enormes matanzas completamente evitables. En 1994, Annan fue advertido por el comandante de las fuerzas de mantenimiento de la paz en Ruanda, el general Romeo Dallaire, sobre la propagación por el país de armamento que sería usado para cometer una sangría y solicitó autorización para confiscarlo. Annan desconsideró la información y negó el pedido. Tiempo después, milicias hutus atacaron a la minoría de los tutsis. El genocidio ocasionó alrededor de ochocientas mil víctimas. En 1995, el departamento que dirigía Annan tenía la misión de proteger el enclave de Srebrenica, una de las seis zonas declaradas “seguras” por la ONU. Éstas eran habitadas por musulmanes bosnios y estaban rodeadas de serbios. Cuando estos últimos comenzaron su ataque, las tropas de la ONU no intervinieron. Para cuando los serbios se retiraron, ocho mil bosnios yacían muertos.

Dos años más tarde, en 1997, Kofi Annan fue promovido al cargo máximo en la estructura de la ONU. Bajo su mandato (1997-2006) otra crisis humanitaria fenomenal tuvo lugar. En 2003, en Darfur, la población negra local se levantó contra el gobierno árabe de Sudán. El régimen de Jartum armó y respaldó a las notorias milicias Janjawed que acosaron a la población negra con una brutalidad tal que en unos años lograron matar a alrededor de doscientas mil personas y exiliar a cerca de dos millones, sin que la ONU pudiera hacer algo al respecto. Annan a su vez fue responsable de implementar el programa “petróleo-por -alimentos” diseñado en 1996 para dar ayuda humanitaria al pueblo iraquí a la luz de las sanciones internacionales que caían sobre el régimen de Saddam Hussein. El programa tuvo vigencia hasta la caída del líder iraquí en el 2003, período en el cual Saddam abusó de ese proyecto humanitario ante las narices del secretario-general, utilizó dinero allí generado para recompensar a familiares de terroristas suicidas palestinos, comprar armas y darse gustos lujosos. Su hijo, Kojo Annan, se vio implicado en una polémica cuando trascendió que la compañía suiza para la que trabajaba fue contratada por la secretaría-general para realizar tareas de inspección (bien remuneradas) en el país árabe.

Annan también participó en una misión a Damasco en el 2006, luego del cese de las hostilidades entre el ejército israelí y el movimiento Hezbollah en el Líbano. Bashar al-Assad prometió al diplomático de la ONU que no permitiría que llegara armamento de Siria al Líbano. La promesa fue incumplida. En la actualidad se estima que, desde entonces, esa agrupación patrocinada por Irán ha duplicado su arsenal de cohetes y misiles. Ahora, llamado a intervenir en la crisis siria, Annan ha presentado un plan de seis puntos que fue aceptado -aunque sólo parcialmente implementado- por el gobierno de Damasco. Su propuesta contiene elementos positivos pero falla en no pedir por la salida de Bashar al-Assad, ni por un juicio eventual contra su persona, ni ofrecer un esquema de transición del poder. Que China, Rusia e Irán hayan aplaudido el plan dice algo.

Quizás no sea realista esperar que Annan, tanto en sus funciones pasadas de responsable máximo de la ONU o en sus actuales como mediador, resuelva muchos de los más graves problemas mundiales. Incluso su propuesta pacificadora para Siria podría llegar a funcionar. Pero sus antecedentes poco estelares deben elevar alertas sobre las consecuencias potenciales de sus gestiones.

Comunidades, Comunidades - 2012

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

El poema político de Günter Grass – 18/04/12

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Corría el año 2006 y el septuagenario premio Nobel de Literatura alemán Günter Grass sentía que debía salir del armario y confesar públicamente algo incómodo de su pasado. Lo volcó en su autobiografía Pelando la cebolla en la cual admitió haber sido un joven miembro de las Waffen-SS: “Hace décadas que me negaba a reconocer esa palabra y la doble S. Lo que en los estúpidos años de mi juventud había aceptado con orgullo se transformó después de la guerra en una creciente vergüenza que quería silenciar… Hay que vivir con eso los años que quedan”.

Seis años después, un nuevo impulso lo ha urgido a exteriorizar un sentimiento que lo agobia, algo tan denso -cuyo “silencio general sobre ese hecho, al que se ha sometido mi propio silencio, lo siento como gravosa mentira” según ha escrito- que debía ser expurgado de su interior. De ahí el título grandioso de su poema-denuncia “Lo que hay que decir”.

¿Y que es lo que tenía que decir Herr Grass? ¿Qué lo atormentaba de modo tan acuciante? ¿Qué calamidad había precipitado en su interior ese tsunami emocional, esa urgencia por alertar? La causa de su malestar intelectual/sentimental era, como la de tantos otros pseudo-moralistas modernos, el Estado de Israel, “al que estoy unido y quiero seguir estándolo”. Por supuesto, como muchos de los más fieros críticos de Jerusalem, Grass eligió proclamar su amistad con el país que estaba a punto de demonizar. En su caso ya no blande la espada de la tradicional preocupación por la cuestión palestina; el tema ha quedado relegado en la conciencia colectiva de los indignados morales del mundo ante el más actual asunto del programa nuclear de Irán. Y tal como los adeptos a la reversión factual tan característica de la disputa palestino-israelí, el escritor alemán opta por ver al estado agresor como una víctima y al estado señalado para la obliteración como el provocador.

La excusa del alegato fue la venta de Alemania a Israel de “otro submarino cuya especialidad es dirigir ojivas aniquiladoras hacia donde no se ha probado la existencia de una sola bomba, aunque se quiera aportar como prueba el temor…”. ¿Como prueba el temor? La Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) ha publicado informes altamente detallados y profesionales dando cuenta del estado de evolución del programa nuclear de Irán. El bueno de Günter no los debe haber leído. Evidencia adicional de ello es su afirmación sesgada de que “Israel, potencia nuclear, pone en peligro una paz mundial” mientras que en Irán tan sólo “se sospecha la fabricación de una bomba atómica”. Es decir, respecto del estado judío Grass no tiene dudas de que es una potencia nuclear aún cuando Israel jamás ha admitido ello, pero a Irán le concede el beneficio de la duda, a pesar de que la AIEA ha denunciado que ese país trabajó “en el desarrollo de un diseño local de un arma nuclear incluyendo el testeo de componentes”. No menos sorprendente es su condena al “supuesto derecho a un ataque preventivo, el que podría exterminar al pueblo iraní”, puesto que Israel no ha amenazado con exterminar al pueblo iraní, en tanto que el régimen de Teherán sí ha amenazado con aniquilar a todo el pueblo israelí, hecho que no merece consideración -o apenas una mención- en el texto de Grass. Y desde ya que la noción de que Israel es un peligro para la paz mundial, tal como el laureado escritor alemán sugiere, es un clásico de la narrativa antiisraelí contemporánea.

La refutación fáctica del poema-denuncia es innecesaria. Ya sabemos con lo que estamos lidiando. Y Günter Grass también. Por eso se ataja preventivamente con la frase “´antisemitismo´ se llama la condena”. Tan típico. Ya no se puede advertir a propósito de una posible motivación antisemita en los alegatos de los antisemitas. Hemos de asumir que siempre la crítica/condena/difamación de Israel es legítima, bienintencionada, noble. Pero algo hace ruido. Que un alemán que fue miembro de las Waffen-SS decida pontificar sobre el supuesto peligro atómico de Israel a la par que minimizar el muy real peligro nuclear iraní, que lo haga por medio de un texto publicado simultáneamente en cuatro diarios internacionales, y en el preciso momento en que la familia de las naciones tiene en el foco a Irán es, cuando menos, curioso. Con todo, puede que Grass simplemente esté despistado. Tal como señaló el parlamentario cristiano-demócrata alemán Ruprecht Polenz, “siempre que se refiere a temas políticos tiene dificultades y casi nunca da en el clavo”.

Y sin embargo, no podemos dejar de notar que de toda una constelación de amenazas globales, el autor alemán eligió destacar de manera extraordinaria para la condena al estado judío. Günter Grass pudo haber escrito poemas sobre la falta de libertad en Cuba, o sobre la represión del régimen sirio, o sobre los ensayos nucleares de Corea del Norte. Pero la patología de la obsesión antiisraelí lo traicionó. Y ahora que ha sacado al genio de la botella, tal como cuando hizo su confesión nazi, deberá hacerse cargo de sus palabras.

Mundo Israelita

Mundo Israelita

Por Julián Schvindlerman

  

Caos en Afganistán – 06/04/12

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Según una encuesta de finales de marzo llevada a cabo por el New York Times y CBS, siete de cada diez estadounidenses considera que las tropas de su nación no debieran permanecer en Afganistán. El dato refleja cansancio popular con la prolongada presencia norteamericana en el caótico país musulmán, y es posible que tres hechos recientes hayan tenido su impacto en la opinión pública local. El primero concierne a un video que mostraba a soldados estadounidenses orinando sobre cadáveres de supuestos talibanes abatidos. El segundo refiere a la destrucción por fuego de libros del Corán en una base militar en las afueras de Kabul, lo que se atribuyó a un error o a una preocupación por presuntos mensajes ocultos de la insurgencia en el texto sagrado. El tercero comprende a un sargento norteamericano que súbitamente masacró a diecisiete civiles indefensos en Kandahar. Cada uno de estos hechos provocó reacciones airadas por parte de la población afgana, tensó las relaciones entre los gobiernos de ambos países y afectó el delicado diálogo entre Washington y los talibanes. En conjunto, no podían dejar de tener un impacto directo en la percepción colectiva estadounidense sobre el devenir de esta guerra.

Pero a ellos debe agregarse otro desarrollo que aumenta la impaciencia reinante: los ataques regulares contra fuerzas de la coalición por parte de soldados afganos.

Uno de tales hechos ocurrió a comienzos de año, cuando cuatro soldados franceses perdieron sus vidas y otros dieciséis resultaron heridos. Eso elevó a ochenta y dos la cantidad de personal militar francés que cayó en aquél país desde el 2001. Sólo que en este incidente, el agresor no surgió de las filas de los talibanes que han estado desde entonces agobiando con actos de guerrilla y terror a los miembros de la coalición global y a la sociedad civil afgana, sino del propio ejército nacional.

En los últimos cinco años, más de cuarenta ataques ocurrieron en los que el agresor pertenecía a la policía o al ejército afgano, provocando la muerte a cerca de ochenta soldados de ejércitos extranjeros apostados para garantizar la estabilidad y, paradójicamente, la seguridad de esa nación musulmana. Las tres cuartas partes de estos atentados acontecieron desde el año 2010. Preocupado por las dimensiones del problema, el gobierno tomó una decisión curiosa: instruyó al ejército a que espiara a sus propios soldados.

Como parte del plan, agentes del Directorado Nacional de Seguridad, el organismo de inteligencia del país, serán desplegados en varias localidades de modo de seguirles los pasos a los reclutas y familiarizarse con ellos en las bases militares mientras atraviesan las varias fases del entrenamiento castrense. Incluso monitorearán a los soldados durante sus licencias de fin de semana, pues muchos pasan sus días de descanso en zonas densamente pobladas por islámicos radicales, o viajan a regiones fronterizas con Pakistán o a la nación vecina misma (donde los talibanes también operan), y retornan con una actitud hostil hacia sus colegas en armas occidentales.

Tal precisamente fue el caso del asesino de los franceses: se trató de un joven afgano de veintiún años que dejó el ejército, viajó a Pakistán, regresó al ejército (soborno mediante) y acometió contra las tropas foráneas. Según algunos reportes de prensa, el ejército ya ha recopilado una lista con los nombres de los reclutas relacionados a Pakistán y oficiales han dado un ultimátum a soldados afganos cuyas familias residan en ese país: o mudarán a sus parientes a Afganistán o deberán dejar los cuarteles. “Cuando [nuestros soldados] están en Pakistán pueden ser influenciados o intimidados por el enemigo”, afirmó Sher Mohammad Karimi, Jefe del Estado Mayor Conjunto de Afganistán, “es una gran preocupación, y es algo que estamos tratando de cambiar”.

Purgar a células dormidas enemigas dentro del ejército no será una tarea menor, especialmente en una nación con fuertes divisiones étnicas y sectarias. Prevenir los actos violentos de individuos alienados o de ideología cambiante será más difícil todavía. Pero el esfuerzo es absolutamente necesario. Para los soldados de la OTAN, combatir a los talibanes ya es un desafío importante. Si además deberán hacerlo mirando constantemente a sus espaldas, su misión se tornará imposible.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

La resurrección (legal) de Mein Kampf en Alemania – 04/12

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Año 4 – Nro 21

En noviembre de 1923, Adolf Hitler junto a un grupo de seguidores intentó derrocar al gobierno bávaro. Fue arrestado, enjuiciado y sentenciado a cinco años de prisión, pero cumplió apenas una fracción de su condena.

Hitler usó efectivamente su tiempo en prisión. Durante los nueve meses que estuvo en la cárcel dictó a Rudolph Hess anécdotas autobiográficas y observaciones políticas que darían forma a una de las obras más perniciosas e influyentes del siglo XX: Mein Kampf (Mi Lucha). Inicialmente, quiso titular a su libro Cuatro años y medio de lucha contra las mentiras, la estupidez y la cobardía, pero su editor Max Amann, jefe de Franz Eher Verlag, sugirió el título por el cual su relato-arenga de alrededor de setecientas páginas es conocido.

El libro se publicó en dos volúmenes, en 1925 y 1926, se convirtió en un best seller e hizo rápidamente a Hitler millonario. Para 1933, Mein Kampf había vendido un millón de ejemplares y para 1945 había vendido diez millones de copias. Su popularidad eclipsó los trabajos de otros miembros del Partido Nazi -tales como Quebrando el interés esclavista de Gottfried Feder y El mito del siglo veinte de Alfred Rosenberg- y tuvo su edición de lujo en 1939, en ocasión del cumpleaños número cincuenta del Fhürer. El éxito editorial fue más resultado de la política nazi de obsequiar un ejemplar a cada pareja recién casada en Alemania a partir de 1936 que de su calidad literaria. El propio Benito Mussolini, el fascista italiano aliado del Nazismo, dijo que el libro era “un tomo aburrido que nunca he podido leer” y que las ideas vertidas en sus páginas eran “poco más que clichés comunes”. A la vez, sus ideas nacionalitas radicales y postulados racistas fueron bien recibidos por un importante segmento de la sociedad alemana de la época. Además de las ediciones de 1925/26 y la de 1936, una nueva edición fue publicada en 1940 por la Oficina Postal Nazi para que los alemanes enviaran el texto a sus familiares en el frente.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Mein Kampf ha estado prohibido en Alemania. El Estado de Baviera heredó los derechos de autor de la obra y ha pujado por frenar su divulgación pública. En 1999, por caso, luego de que el Centro Simon Wiesenthal alertara que Amazon y Barnes and Noble estaban ofreciendo ejemplares del libro a residentes en Alemania, el Estado de Baviera intervino y logró detener esas ventas. A principios de año frustró los deseos de un editor británico de publicar fragmentos de la obra en un semanario. Pero ahora, enfrentado al hecho de que su copyright vencerá el 1 de enero de 2016 (cuando se cumplirán setenta años de la muerte de Hitler y según la ley alemana caducarán los derechos de autor), ha decidido publicarla. Conciente de que editores neonazis u oportunistas harán uso de esa libertad, el Estado de Baviera optó por hacer pública la obra de Hitler acompañada de comentarios de historiadores que la pondrán en contexto. A su vez, la disponibilidad del volúmen en Internet ha hecho cada vez más dificultosa la tarea de contener su propagación.

Para una nación que ha abordado su pasado nazi de manera ejemplar, donde usar públicamente una esvástica o hacer el saludo nazi es considerado un delito, no será fácil lidiar con el nuevo escenario. La sola idea de ver en un futuro no muy lejano a algún pasajero cómodamente sentado en su asiento de ómnibus leyendo Mein Kampf en Berlín resultará intensa para muchos, especialmente sobrevivientes de la Shoá. Y aún cuando el libro es hoy en día vendido libre y masivamente en muchos otros países, puntualmente en el Medio Oriente, su aparición en la esfera pública alemana conlleva una sensibilidad especial. Dadas las circunstancias, la determinación de publicar esa obra nefasta comentada por historiadores, luce sabia.

Posdata: menos conocida es la historia de la secuela de Mein Kampf que Hitler presuntamente dictó en Munich a partir de 1928. Según Gerhard Wienberg -investigador judeo-alemán-norteamericano, autor de El segundo libro de Hitler: la secuela no publicada de Mein Kampf- convencido de que el fiasco electoral de aquél año fue producto de la incomprensión popular de sus ideas, Hitler produjo un nuevo manuscrito de alrededor de doscientos páginas. Este no fue editado ni publicado durante la época nazi y el propio Hitler ordenó que fuese guardado en una caja de seguridad en 1935, aparentemente preocupado porque los objetivos de su política exterior detallados en el manuscrito cobraran estado público. Fue descubierto inicialmente en 1945 por un oficial norteamericano, pero tomó estado público recién a partir 1958 cuando fue hallado en los Estados Unidos en un archivo de material nazi capturado por los aliados. Fue publicado en Alemania en 1960 por el Instituto de Historia Contemporánea asentado en Munich, con una introducción y observaciones del historiador que lo encontró. Se lo llamó Zweites Buch (El Segundo Libro). Algunos historiadores cuestionan que la autoría de este texto sea del propio Hitler.