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Comunidades, Comunidades - 2012

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Ahmadinejad el humanista – 27/06/12

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Prácticamente todos los encuentros de las Naciones Unidas tienen siempre un momento John Lennon repleto de invocaciones elevadas y apelaciones al bien común. Con sólo mirar los objetivos proclamados en la última Conferencia de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sustentable, conocida simplemente como Río+20, vemos que ella no fue una excepción: reducir la pobreza, avanzar la equidad social, asegurar protección medioambiental. Usualmente, los asistentes honran la consigna y dan sentidos discursos siguiendo esa línea loable, especialmente los políticos, para quienes no siempre (no digo nunca) estos temas no son tan prioritarios como lo son para la sociedad civil activamente involucrada en estos asuntos aún fuera del marco de estas reuniones globales.

El presidente de Irán, Mahmmoud Ahmadinejad, actuó su papel a la perfección, alternando el rol del humanista, el ecologista, el pacifista, el sociólogo y el historiador con gran descaro y eficiente soltura. En una sucesión de tediosas reflexiones que provocan mareo, saltó de hacerse el Jacques Cousteau («nadie tiene el derecho de destruir el medioambiente, el cual pertenece a todos») a Madre Teresa de Calcuta («creemos que el ser humano es, en esencia, monoteísta, buscador de justicia, equilibrado y que desea amor y belleza»), a Theodor Roosevelt («debemos valorar los sacrificios, valorar los esfuerzos como principios esenciales de la humanidad, sólo así podrá seguir desarrollándose la humanidad») a Jorge Bucay («la felicidad de unos no debe estar en contra de la felicidad de otros»). Por momentos adoptó un tono más severo, al pontificar a la Noam Chomsky que «la división cada vez más amplia entre el Norte y el Sur y varias crisis y preocupaciones… son todas resultado del orden y sistema actuales que dominan al mundo». Pero no pudo evitar ser él mismo al despotricar contra las «guerras globales tales como aquellas en Corea y Vietnam y las guerras de los sionistas contra Palestina y naciones regionales, el Líbano y Gaza, así como la guerra que Saddam lanzó contra Irán, las guerras de la OTAN contra Afganistán e Irak, África y los Balcanes y otras partes del mundo».

Ahmadinejad ya había ensayado estas parábolas verbales cuando arribó a América Latina a comienzos de este año. En Nicaragua dijo que Irán puja por establecer «la solidaridad y la justicia en el mundo». En Cuba fustigó al capitalismo al que «ya le falta lógica, recurre a las armas para matar y destruir». Pero fue en Venezuela donde exhibió su prosa más florida al defender su programa nuclear así: «la bomba no es más que la bomba de la libertad de los pueblos y nosotros amamos a todos los pueblos… nuestra arma es la lógica, son los valores humanos; nuestra arma es el amor, el cariño, la amistad…».

El pseudo Dalai Lama iraní fue recibido en Río de Jainero por una manifestación de judíos, gays y activistas de derechos humanos opuestos a su presencia. A pesar de su mensaje de amor universal, varias naciones boicotearon su discurso, entre ellas Canadá, Israel, los Estados Unidos, Australia, el Reino Unido y la Unión Europea. Su preocupación por el medioambiente no le acreditó una reunión oficial con la presidenta del Brasil, Dilma Rouseff, quién rechazó el pedido del iraní agregando al repudio mostrado por el alcalde de la cidade maravilhosa Eduardo Paes, quién eligió no asistir a la inauguración de una réplica de las columnas de Persépolis, obsequiadas a Brasilia por Teherán. La suya no fue una gira especialmente exitosa. La influencia diplomática iraní en América Latina sigue restringida al núcleo bolivariano: Caracas, La Paz, Managua, La Habana y Quito. Es solamente en esas tierras latinas donde Ahmadinejad puede ser recibido a los abrazos, realizar anuncios extravagantes sobre aviones no tripulados y protestar contra el «imperio». Por el momento al menos, el resto de la región -Buenos Aires y Montevideo inquietan un poco- permanece inmune a los cantos de sirena persas.

Con todo, se nota una excesiva frivolidad en el trato mundial conferido al presidente de Irán. Por razones formales la ONU debe invitarlo a sus eventos y, ávido de explotar la plataforma global, Ahmadinejad saca provecho a cada oportunidad. De esta forma, solemos verlo en las sesiones anuales de la Asamblea General en Nueva York, o en la última Conferencia de las Naciones Unidas contra el Racismo y la Xenofobia en Ginebra, e incluso invitado a discursar en la Universidad de Columbia. Es reconfortante ver a algunos países expresar su rechazo a su persona mediante el abandono de las salas en las que él expone su fanatismo, pero sigue siendo lamentable ver a muchas otras democracias permanecer en esos mismos recintos. Para un negador del Holocausto, un invocador a un genocidio, un dictador, un patrocinador de terrorismo y un embaucador serial de la AIEA, la recepción internacional que le es dada no está nada mal.

Ahmadinejad y el régimen de Teherán son un problema para la paz, la estabilidad y la seguridad global. Es perturbador advertir que -sea por simpatía ideológica, oportunismo político o falta de temeridad colectiva- él y su gobierno continúen recorriendo el planeta con total impunidad.

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Ahmadinejad el humanista – 27/06/2012

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Prácticamente todos los encuentros de las Naciones Unidas tienen siempre un momento John Lennon repleto de invocaciones elevadas y apelaciones al bien común. Con sólo mirar los objetivos proclamados en la última Conferencia de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sustentable, conocida simplemente como Río+20, vemos que ella no fue una excepción: reducir la pobreza, avanzar la equidad social, asegurar protección medioambiental. Usualmente, los asistentes honran la consigna y dan sentidos discursos siguiendo esa línea loable, especialmente los políticos, para quienes no siempre (no digo nunca) estos temas no son tan prioritarios como lo son para la sociedad civil activamente involucrada en estos asuntos aún fuera del marco de estas reuniones globales.

El presidente de Irán, Mahmmoud Ahmadinejad, actuó su papel a la perfección, alternando el rol del humanista, el ecologista, el pacifista, el sociólogo y el historiador con gran descaro y eficiente soltura. En una sucesión de tediosas reflexiones que provocan mareo, saltó de hacerse el Jacques Cousteau (nadie tiene el derecho de destruir el medioambiente, el cual pertenece a todos») a Madre Teresa de Calcuta («creemos que el ser humano es, en esencia, monoteísta, buscador de justicia, equilibrado y que desea amor y belleza»), a Theodor Roosevelt («debemos valorar los sacrificios, valorar los esfuerzos como principios esenciales de la humanidad, sólo así podrá seguir desarrollándose la humanidad») a Jorge Bucay («la felicidad de unos no debe estar en contra de la felicidad de otros»). Por momentos adoptó un tono más severo, al pontificar a la Noam Chomsky que «la división cada vez más amplia entre el Norte y el Sur y varias crisis y preocupaciones… son todas resultado del orden y sistema actuales que dominan al mundo». Pero no pudo evitar ser él mismo al despotricar contra las «guerras globales tales como aquellas en Corea y Vietnam y las guerras de los sionistas contra Palestina y naciones regionales, el Líbano y Gaza, así como la guerra que Saddam lanzó contra Irán, las guerras de la OTAN contra Afganistán e Irak, África y los Balcanes y otras partes del mundo».

Ahmadinejad ya había ensayado estas parábolas verbales cuando arribó a América Latina a comienzos de este año. En Nicaragua dijo que Irán puja por establecer «la solidaridad y la justicia en el mundo». En Cuba fustigó al capitalismo al que «ya le falta lógica, recurre a las armas para matar y destruir». Pero fue en Venezuela donde exhibió su prosa más florida al defender su programa nuclear así: «la bomba no es más que la bomba de la libertad de los pueblos y nosotros amamos a todos los pueblos… nuestra arma es la lógica, son los valores humanos; nuestra arma es el amor, el cariño, la amistad…».

El pseudo Dalai Lama iraní fue recibido en Río de Jainero por una manifestación de judíos, gays y activistas de derechos humanos opuestos a su presencia. A pesar de su mensaje de amor universal, varias naciones boicotearon su discurso, entre ellas Canadá, Israel, los Estados Unidos, Australia, el Reino Unido y la Unión Europea. Su preocupación por el medioambiente no le acreditó una reunión oficial con la presidenta del Brasil, Dilma Rouseff, quién rechazó el pedido del iraní agregando al repudio mostrado por el alcalde de la cidade maravilhosa Eduardo Paes, quién eligió no asistir a la inauguración de una réplica de las columnas de Persépolis, obsequiadas a Brasilia por Teherán. La suya no fue una gira especialmente exitosa. La influencia diplomática iraní en América Latina sigue restringida al núcleo bolivariano: Caracas, La Paz, Managua, La Habana y Quito. Es solamente en esas tierras latinas donde Ahmadinejad puede ser recibido a los abrazos, realizar anuncios extravagantes sobre aviones no tripulados y protestar contra el «imperio». Por el momento al menos, el resto de la región -Buenos Aires y Montevideo inquietan un poco- permanece inmune a los cantos de sirena persas.

Con todo, se nota una excesiva frivolidad en el trato mundial conferido al presidente de Irán. Por razones formales la ONU debe invitarlo a sus eventos y, ávido de explotar la plataforma global, Ahmadinejad saca provecho a cada oportunidad. De esta forma, solemos verlo en las sesiones anuales de la Asamblea General en Nueva York, o en la última Conferencia de las Naciones Unidas contra el Racismo y la Xenofobia en Ginebra, e incluso invitado a discursar en la Universidad de Columbia. Es reconfortante ver a algunos países expresar su rechazo a su persona mediante el abandono de las salas en las que él expone su fanatismo, pero sigue siendo lamentable ver a muchas otras democracias permanecer en esos mismos recintos. Para un negador del Holocausto, un invocador a un genocidio, un dictador, un patrocinador de terrorismo y un embaucador serial de la AIEA, la recepción internacional que le es dada no está nada mal.

Ahmadinejad y el régimen de Teherán son un problema para la paz, la estabilidad y la seguridad global. Es perturbador advertir que -sea por simpatía ideológica, oportunismo político o falta de temeridad colectiva- él y su gobierno continúen recorriendo el planeta con total impunidad.

Varios

Varios

Por Julián Schvindlerman

  

Vaticano e Israel – 18/06/12

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Por Aroldo Murá

Jornal Indústria e Comércio (Curitiba) – 18/6/12

http://www.icnews.com.br/2012.06.18/colunistas/aroldo-mura/com-documentos-ducci-desmente-acusacoes-de-veja/

As relações entre o Vaticano e Israel foi o tema da conferência de Julian Schvindlerman na sede do Centro Israelita do Paraná no último dia 14. Com isenção, Julian apresentou a complexidade das relações diplomáticas entre o Estado Papal e Israel.

O diálogo diplomático entre esses dois países se apresenta sempre surpreendente. Agrada a uns, desagrada a outros. Se por um lado se conduz por regras normais da diplomacia moderna, por outro, se confunde com uma história nada exemplar das relações entre catolicismo e judaísmo.

O Vaticano é um estado com interesses próprios. Deve tratar assuntos, principalmente em regiões de conflitos entre povos e religiões diferentes, com um cuidado cirúrgico. Deve evitar retaliações às frágeis comunidades cristãs nessas regiões. E é com este cuidado que trata as questões com Israel, apesar de que em Israel, ao contrário de outros países da região, não há indicativos do êxodo de cristãos.

Pesam nas relações diplomáticas com Israel a falta de clareza quanto ao vínculo de Pio XII com o nazismo e a demora do Vaticano em reconhecer oficialmente o Estado de Israel. Só em 1994, quarenta e cinco anos após a criação do Estado de Israel, houve o reconhecimento oficial e a instalação da sede diplomática. Embora, o Vaticano, na condição de observador na ONU, foi favorável a criação de um estado judaico na histórica terra de Israel.

Julian é professor no Seminário Rabínico Latino Americano Marshall T. Meyer. É, também, autor de vários livros, entre eles “Roma y Jerusalem – la política vaticana hacia el estado judío”, publicado pela Editora Debate em 2010. É um especialista em relações internacionais. Escreve para diversos jornais da Argentina e de Israel.

Comunidades, Comunidades - 2012

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Egipto y aquellos años locos – 13/06/12

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Hubo un tiempo en que la relación política entre Egipto e Israel era una certeza relativa. Entre ambos existía una Paz Fría que regulaba la relación bilateral. Así era llamada por la ausencia de calidez en el lazo. El presidente que la firmó, Anwar Sadat, fue asesinado por ello y su sucesor, Hosni Mubarak, decidió preservar el legado pero reducir el trato al mínimo indispensable. El Cairo mantenía la calma en la frontera con el estado judío, reprimía al islamismo local, mediaba entre israelíes y palestinos y era un socio razonablemente confiable de Washington. A la vez, Mubarak evitaba visitar Israel (lo hizo una sola vez en sus tres décadas de gobierno cuando, presionado por los Estados Unidos, asistió al funeral de Yitzjak Rabin), lanzaba campañas diplomáticas hostiles a los intereses de Jerusalem en el foro de la ONU, pujaba por desnuclearizar a su vecino, desincentivaba el intercambio económico, científico y cultural y creaba una atmósfera violentamente antisionista y antijudía en su país. Mientras que la película “La lista de Schindler” era prohibida, se permitía la propagación de una canción popular que ganaba fama con el título “Amo a Amr Mussa y odio a Israel”. Mientras que las mujeres egipcias no gozaban de grandes derechos, se permitía la creación de la Asociación de Mujeres para Combatir al Sionismo. La prensa era censurada si cuestionaba al gobierno de El Cairo, pero las críticas -y las difamaciones- contra Israel eran toleradas y, de hecho, promovidas. Esos eran los buenos tiempos de la relación bilateral.

Hoy el estatus de la relación está en duda. Como consecuencia de las revueltas, Mubarak fue depuesto, juzgado y condenado a cadena perpetua. El Acuerdo de Camp David fue cuestionado por las principales fuerzas políticas del país. El Sinaí es un caos. El gasoducto que traslada gas a Israel es regularmente atacado. Jerusalem comenzó a construir una barrera de seguridad en su frontera con Egipto y reactivó una división del ejército responsable de proteger ese límite. Si Egipto desapareciese definitivamente como socio de Israel, un pilar de la estabilidad bilateral y regional se iría con él. Históricamente, al saberse rodeados de enemistad vecinal árabe, los líderes israelíes buscaron forjar alianzas con países musulmanes no-árabes más alejados, pertenecientes a lo que se denominó el “círculo periférico” del país: Irán, Turquía y otras naciones asiáticas y africanas. El advenimiento de la paz egipcia, primero, y la posterior paz con Jordania y diálogo con la OLP parecieron quebrar la hostilidad del “círculo interno” a Israel en un lapso histórico en el que Irán cayó en manos de los Khomeinistas y Turquía en manos de los islamistas del partido de Erdogan. Actualmente, las chances de una paz palestino-israelí son remotas, Irán es el principal enemigo internacional del estado judío, Ankara pasó de ser un aliado a convertirse en un antagonista de Jerusalem, y Egipto se encuentra atravesado por una transición inestable cuyas consecuencias pueden ser calamitosas. Su parlamento ya está en manos del Islam político.

En cuanto a las elecciones actuales, bajo la mirada de las formas todo parece ir en orden allí. Hubo elecciones nacionales en mayo que depuraron candidatos, habrá un ballotage esta semana entre dos contendientes, los resultados serán anunciados el 21 de junio y el poder transferido de una autoridad militar a una civil el 1 de julio. Un problema es que ninguno de los candidatos es especialmente fantástico para Egipto o para la relación bilateral. Mohamed Morsi, el candidato de la Hermandad Musulmana, ganó el 24% del voto popular. Aunque Egipto tiene una población de ochenta millones, importa el 60% de los alimentos y el 40% del combustible que consume, y su economía está afectada, su partido rechazó un ofrecimiento de 3.2 mil millones de dólares del Fondo Monetario Internacional. Morsi no es un enamorado de los israelíes, a quienes llamó “vampiros” y “asesinos”. Ahmed Shafiq, el candidato del Ancien Régime, cosechó el 23% y promete ser más moderado que su competidor, pero su pertenencia al gobierno de Mubarak no despierta el entusiasmo de las masas de laicos y jóvenes que revolucionaron al país un año y medio atrás. Además, la validez de su candidatura misma está en jaque, pendiente de una decisión que debe tomar la Corte Constitucional Suprema en vísperas del ballotage. (Luego de las revueltas, el parlamento adoptó una ley que prohíbe a figuras de la época de Mubarak postularse).

Morsi representa el cambio y el islamismo, Shafiq la continuidad y el totalitarismo. No son grandes opciones. Los frutos de la revolución no están ya en manos de quienes la gestaron. Si gana Morsi, ¿aceptará ello el ejército, el cual ha reprimido desde siempre a la Hermandad Musulmana? Si gana Shafiq, ¿aceptará ello el pueblo, que derrocó al gobierno del cual él era parte? No se avecinan tiempos calmos en Egipto. Lo que significa que tampoco lo serán para Israel.

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Egipto y aquellos años locos – 13/06/2012

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Hubo un tiempo en que la relación política entre Egipto e Israel era una certeza relativa. Entre ambos existía una Paz Fría que regulaba la relación bilateral. Así era llamada por la ausencia de calidez en el lazo. El presidente que la firmó, Anwar Sadat, fue asesinado por ello y su sucesor, Hosni Mubarak, decidió preservar el legado pero reducir el trato al mínimo indispensable. El Cairo mantenía la calma en la frontera con el estado judío, reprimía al islamismo local, mediaba entre israelíes y palestinos y era un socio razonablemente confiable de Washington. A la vez, Mubarak evitaba visitar Israel (lo hizo una sola vez en sus tres décadas de gobierno cuando, presionado por los Estados Unidos, asistió al funeral de Yitzjak Rabin), lanzaba campañas diplomáticas hostiles a los intereses de Jerusalem en el foro de la ONU, pujaba por desnuclearizar a su vecino, desincentivaba el intercambio económico, científico y cultural y creaba una atmósfera violentamente antisionista y antijudía en su país. Mientras que la película La lista de Schindler» era prohibida, se permitía la propagación de una canción popular que ganaba fama con el título «Amo a Amr Mussa y odio a Israel». Mientras que las mujeres egipcias no gozaban de grandes derechos, se permitía la creación de la Asociación de Mujeres para Combatir al Sionismo. La prensa era censurada si cuestionaba al gobierno de El Cairo, pero las críticas -y las difamaciones- contra Israel eran toleradas y, de hecho, promovidas. Esos eran los buenos tiempos de la relación bilateral.

Hoy el estatus de la relación está en duda. Como consecuencia de las revueltas, Mubarak fue depuesto, juzgado y condenado a cadena perpetua. El Acuerdo de Camp David fue cuestionado por las principales fuerzas políticas del país. El Sinaí es un caos. El gasoducto que traslada gas a Israel es regularmente atacado. Jerusalem comenzó a construir una barrera de seguridad en su frontera con Egipto y reactivó una división del ejército responsable de proteger ese límite. Si Egipto desapareciese definitivamente como socio de Israel, un pilar de la estabilidad bilateral y regional se iría con él. Históricamente, al saberse rodeados de enemistad vecinal árabe, los líderes israelíes buscaron forjar alianzas con países musulmanes no-árabes más alejados, pertenecientes a lo que se denominó el «círculo periférico» del país: Irán, Turquía y otras naciones asiáticas y africanas. El advenimiento de la paz egipcia, primero, y la posterior paz con Jordania y diálogo con la OLP parecieron quebrar la hostilidad del «círculo interno» a Israel en un lapso histórico en el que Irán cayó en manos de los Khomeinistas y Turquía en manos de los islamistas del partido de Erdogan. Actualmente, las chances de una paz palestino-israelí son remotas, Irán es el principal enemigo internacional del estado judío, Ankara pasó de ser un aliado a convertirse en un antagonista de Jerusalem, y Egipto se encuentra atravesado por una transición inestable cuyas consecuencias pueden ser calamitosas. Su parlamento ya está en manos del Islam político.

En cuanto a las elecciones actuales, bajo la mirada de las formas todo parece ir en orden allí. Hubo elecciones nacionales en mayo que depuraron candidatos, habrá un ballotage esta semana entre dos contendientes, los resultados serán anunciados el 21 de junio y el poder transferido de una autoridad militar a una civil el 1 de julio. Un problema es que ninguno de los candidatos es especialmente fantástico para Egipto o para la relación bilateral. Mohamed Morsi, el candidato de la Hermandad Musulmana, ganó el 24% del voto popular. Aunque Egipto tiene una población de ochenta millones, importa el 60% de los alimentos y el 40% del combustible que consume, y su economía está afectada, su partido rechazó un ofrecimiento de 3.2 mil millones de dólares del Fondo Monetario Internacional. Morsi no es un enamorado de los israelíes, a quienes llamó «vampiros» y «asesinos». Ahmed Shafiq, el candidato del Ancien Régime, cosechó el 23% y promete ser más moderado que su competidor, pero su pertenencia al gobierno de Mubarak no despierta el entusiasmo de las masas de laicos y jóvenes que revolucionaron al país un año y medio atrás. Además, la validez de su candidatura misma está en jaque, pendiente de una decisión que debe tomar la Corte Constitucional Suprema en vísperas del ballotage. (Luego de las revueltas, el parlamento adoptó una ley que prohíbe a figuras de la época de Mubarak postularse).

Morsi representa el cambio y el islamismo, Shafiq la continuidad y el totalitarismo. No son grandes opciones. Los frutos de la revolución no están ya en manos de quienes la gestaron. Si gana Morsi, ¿aceptará ello el ejército, el cual ha reprimido desde siempre a la Hermandad Musulmana? Si gana Shafiq, ¿aceptará ello el pueblo, que derrocó al gobierno del cual él era parte? No se avecinan tiempos calmos en Egipto. Lo que significa que tampoco lo serán para Israel.

Clarín

Clarín

Por Julián Schvindlerman

  

Silencio ante el drama Sirio – 08/06/12

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El silencio oficial respecto de la crisis política y humanitaria en Siria rápidamente está alcanzando la magnitud del escándalo. Para un gobierno que ha hecho de los derechos humanos una causa primordial, su postura discreta es inadmisible moralmente .

El mensaje que están dando la Casa Rosada y el Palacio San Martín a los argentinos y al mundo entero es que al Gobierno le importan exclusivamente los derechos humanos cuando atañen a los años setenta, aquí, y nada más.

Por eso no ven inconsistencia alguna en visitar a un dictador que lleva décadas en el poder en Angola, comerciar con un tirano legendario como Muhamar Kaddafi oportunamente, instruir al delegado argentino ante la ONU en Nueva York a permanecer en su asiento mientras el presidente de Irán daba un discurso extremo, solidarizarse con la longeva tiranía de los hermanos Castro en Cuba y codearse con el poco demócrata Hugo Chávez. Para una Presidenta y un canciller usualmente propensos a la crítica pública hacia terceros, callar ante los crímenes atroces del carnicero de Damasco es insólito.

En su sitio oficial, el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto informa que nuestro país representará a Latinoamérica como miembro no-permanente en el Consejo de Seguridad para el bienio 2013-2014. En su texto, el Gobierno orgullosamente anuncia: “Todos los miembros de las Naciones Unidas pueden confiar que la defensa de la paz, la seguridad, la soberanía y el fin del colonialismo contarán con un país, Argentina, que será un defensor incansable de los valores fundantes de la organización multilateral”.

Es curioso que los derechos humanos, tan proclamados en casa, no hayan sido mencionados.

Pero si realmente la Presidencia y la Cancillería anhelan honrar esta promesa solemne, deberán recordar que entre los valores fundacionales de la ONU se encuentra el compromiso de proteger globalmente los derechos humanos universales. Si la vocación declarada es sincera, no habrá necesidad de esperar hasta el 2013 o el 2014. La defensa de los derechos humanos, este año en Siria, puede comenzar inmediatamente.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

El paradigma cultural Árabe – 06/12

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Año 4 – Nro 23

La primavera árabe ha dado que hablar. Sacudió los cimientos de una estructura política atrofiada y precipitó la caída de varios gobiernos ilegítimos anclados al poder por largo tiempo. Pero ella no estuvo acompañada de otra revolución muy necesaria en el Oriente Medio: una primavera cultural que transforme nodalmente el paradigma del pensamiento árabe regional. Lamentablemente, las semillas de las cuales esos cambios podrán florecer no han sido todavía plantadas.

Lo sucedido meses atrás al escritor argelino Boualem Sansal ejemplifica ello con alarmante claridad. Él es un escritor renombrado con una trayectoria profesional destacada. Estudió ingeniería en Argelia y economía en Francia, fue ejecutivo de empresa, consultor, académico e incluso oficial del gobierno. De ese puesto fue despedido por sus cuestionamientos a los programas educativos de su país, a los que veía saturados de nacionalismo e islamismo. Comenzó a escribir ensayos y novelas en 1999, a los cincuenta años de edad, y casi instantáneamente se convirtió en un referente literario. Desde entonces no paró; lleva escritos nueve libros en poco más de diez años. Sus textos fueron alabados en Europa principalmente, donde sus libros fueron traducidos. Sus elites lo colmaron de premios a su creatividad y, por sobre todo, a su valentía intelectual.

“En su deseo de denunciar la injusticia, las mentiras y los dictados de todo tipo, de luchar contra la amnesia y el revisionismo histórico, pero también de recordar, nada parece poder frenar a Boualem Sansal” escribió sobre él Christine Rousseau en Le Monde. Acerca de su libro El Mujahid alemán, comentó Haaretz: “El Mujahid alemán lidia con la fina línea entre el poder destructivo esgrimido por el fundamentalismo islámico hoy y el poder de otro movimiento que dejó una marca indeleble en la historia: el nazismo ”. Sobre su obra Un trabajo no terminado, dijo Les Inrockuptibles: “Debe ser celebrado por su estructura virtuosa y por su preocupación por lo universal y por su coraje político”. Su última novela, La calle Darwin, fue premiada por Editions Gallimard a la mejor novela árabe del 2012. Israel lo convocó a participar del Tercer Festival Internacional de Escritores en Jerusalem como invitado de honor. Sansal aceptó y visitó el estado judío. Fue entonces cuando se desató la tormenta.

Desde la Franja de Gaza, Hamas denunció al escritor argelino de haber cometido un “acto de traición contra el pueblo palestino”. En una nota publicada en la versión en inglés de Al-Akhbar, Najwan Darwish fundamentó sus objeciones de este modo: “[El festival literario] fue lanzado por Shimon Peres en 2008. Es apoyado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel e instituciones de la extrema derecha sionista. Es casi un festival promocional en ocasión de su ´Día de la Independencia´ y parte de la enorme campaña de propaganda organizada por la ocupación cada año el día de la Nakba”. Los veintidós diplomáticos de la Liga Árabe asentados en París, cuyas naciones han patrocinado el premio por los últimos tres años, anunciaron la cancelación de la ceremonia de entrega y que no darían al autor el monto de quince mil euros que acompaña a la distinción, en consonancia con las políticas de sus gobiernos que ven a Israel como un enemigo. La Argelia natal de Boualem Sansal se sumó al boicot. Editions Gallimard llevó adelante una pequeña ceremonia en junio donde confirió el premio literario al autor sin la dotación monetaria. El jurado aseguró que buscaría nuevos donantes. Entristecido, el escritor argelino dijo que las naciones árabes se habían encerrado en una prisión de intolerancia.

El episodio confirmó de manera dramática una reflexión hecha unos años antes por el autor argelino, durante una entrevista con Le Nouvel Observateur, acerca de la cultura de su país: “Es el mismo discurso de odio, enseñado en nuestras escuelas y mezquitas, retransmitido y amplificado por la televisión y las oficinas de propaganda. [Sus ciudadanos] no sólo se sienten prisioneros de muros y de fronteras herméticas, sino también de un orden tenebroso y violento en el que ni siquiera hay lugar para los sueños”. Esta apreciación bien puede extenderse al resto de las naciones árabes.

Con caridad podemos imaginar que la decisión árabe colectiva de este boicot cultural emergió del viejo orden regional, que todavía las nuevas elites no han podido iniciar una reingeniería social y educativa transformadora, atareadas como están en derrocar a los déspotas que los someten o en consolidarse políticamente en aquellos países donde sus revueltas ya han triunfado. Esperemos que así sea, y que todavía haya alguna esperanza de que una futura revolución cultural acontezca en el Medio Oriente. Pues sociedades que sabotean a sus librepensadores jamás podrán saborear los frutos de la plena libertad.

Varios

Varios

Por Julián Schvindlerman

  

As Olimpíadas de Londres à sombra da Alemanha – 06/12

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Artículo publicado en Visão Judaica (Curitiba – Brasil)

Possivelmente um dos momentos mais gloriosos da história universal das olimpíadas tenha ocorrido — paradoxalmente— nas infames Olimpíadas de Berlim de 1936. Adolf Hitler desenhou o máximo encontro desportivo mundial como uma celebração da raça ariana, como manifestação nacional da superioridade alemã sobre o resto dos povos. Os atletas alemães ganharam a maior quantidade de medalhas, mas suas convicções racistas foram espetacularmente desafiadas quando o atleta negro Jesse Owens, representando dos Estados Unidos da América, derrotou os atletas arianos de Hitler e ganhou quatro medalhas de ouro, batendo inclusive recordes olímpicos.

Segundo a tradição, o líder do país anfitrião devia felicitar o vencedor, mas Hitler rejeitou de cara a ideia:“Vocês realmente acham que vou deixar ser fotografado apertando a mão de um negro?”. Essa não foi a única ansiedade que afrontou o líder nazista em sua própria casa. Outros nove atletas judeus ganharam medalhas nas Olimpíadas de Berlim, entre eles Helene Mayer, alemã meio judia que os nazistas incluíram entre os seus na tentativa de suavizar a imagem racista da nação. (Infelizmente, tal como todos os esportistas alemães ganhadores, ela fez a saudação nazista no pódio).

Sem dúvida o pior momento da história universal das olimpíadas ocorreu também na Alemanha 36 anos depois. Nas Olimpíadas de Munique, em 1972, terroristas palestinos do grupo Setembro Negro sequestraram e assassinaram onze membros da delegação israelense. Alguns dos israelenses haviam sobrevivido aos nazistas durante a Segunda Guerra Mundial para terminar sendo mortos na Alemanha décadas mais tarde por palestinos. Um deles, Shaul Ladani, sobreviveu à febre tifoide em Bergen-Belsen.

Outro deles, Yakov Springer, lutou contra os nazistas no Levante do Gueto de Varsóvia. Zeev Friedman, por sua
vez, era o último homem de uma família exterminada durante a Shoá. Todos morreram em Munique em 1972. O jornalista italiano Giulio Meotti, que anotou estes detalhes em um artigo recente no Yediot Ahronot, observou
que estes homens, junto ao resto dos atletas israelenses assassinados, foram os primeiros judeus a ser mortos na Alemanha, por ser judeus, após 1945. Enlutado, Israel se retirou do encontro. Os jogos continuaram.

Este ano terá lugar um novo evento olímpico, em Londres, coincidindo com o 40º aniversário do massacre de Munique. Familiares dos atletas israelenses dizimados pediram que um minuto de silêncio fosse recordado em sua honra durante os jogos. Dois congressistas norte-americanos, Eliot Engel e Nita Lowey, solicitaram o mesmo, assim como o Estado de Israel. Mas, o Comitê Olímpico Internacional se negou, como outras vezes no passado. Supostamente isso politizaria as coisas. A OLP não teve essa consideração naquela ocasião. Nem o próprio Comitê Olímpico Internacional pareceu preocupar-se muito com isso quando aceitou uma delegação de atletas da “Palestina” nos jogos de Atlanta em 1996, quando tal como agora, a Palestina era um estado inexistente.

Recordar o atentado de Munique ofenderia as muitas nações árabes e muçulmanas participantes, assim como os seus aliados, parece ser o argumento tacitamente alegado. Para um encontro que exalta a virtude, e que premia quem mais merece, ceder a uma pressão deste tipo é uma desgraça. “Ainda que ouçamos muito sobre o ‘espírito olímpico’ durante a interminável promoção deste evento,é e sempre foi uma fraude gigantesca que preferiu apaziguar tiranos e ignorar crimes na busca de uma marca comercial global”, opinou Jonathan Tobin na
revista Commentary.

Dá a impressão que um elemento de frivolidade também está presente na decisão do Comitê Olímpico Internacional. Depois de tudo, supõe-se que os jogos devem ser um acontecimento feliz, uma celebração global do espírito humano pela superação e um símbolo de união coletiva através do esporte. Parece que os israelenses devem ter a sensibilidade peculiar de não estragar a festa com as suas reivindicações morais, lembrando o mundo inteiro de um fato desagradável antigo. Tal como quando a família das nações decidiu homenagear a Alemanha nazista com os Jogos de 1936 e o comunismo soviético nas Olimpíadas de Moscou de
1980 e não interromper os de Munique em 1972, este ano, em Londres, o show deve continuar.

Varios

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Por Julián Schvindlerman

  

Julián Schvindlerman interpreta relações entre Vaticano e Israel – 06/12

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Entrevista publicada en Visão Judaica (Curitiba – Brasil)
Por Antônio Carlos Coelho*

As relações entre Vaticano e Israel parecem ser complicadas. Quase sempre são surpreendentes. Ou, por serem negativas ao ponto de vista judaico, noutras, muito estimuladoras. O que rege essa relação? O que fez com que o Estado católico esperasse 45 anos para reconhecer formalmente o Estado de Israel e instalar sua sede diplomática no país somente em 1994, embora tenha sido favorável à criação de Israel antes mesmo da sua independência?

Questões como estas foram tratadas com a autoridade de quem conhece a fundo. Na noite de 14 de junho, no
Centro Israelita do Paraná, por Julián Schvindlerman, professor no Centro de Estudos de Religião, Estado e Sociedade (CERES) do Seminário Rabínico Latino Americano Marshall T. Meyer e colunista do jornal Comunidades e da Rádio Chai, Argentina.

Julián trata desses assuntos com isenção. Expõe um tema complicado, que facilmente poderia ferir sensibilidades, com muita sabedoria. Isso está registrado em seu último livro “Roma y Jerusalem – la política vaticana hacia el estado judío”, publicado do pela Editora Debate (Argentina) em 2010. Nele mostra a complexidade de uma relação que perdura por dois mil anos, e que tem por substrato a trágica relação entre judeus e cristãos, dois povos que reconhecem seus laços espirituais comuns e que, mesmo assim, mantêm justificados resquícios de amargura.

A relação Vaticano–Israel não é para amadores. São poucos os que podem compreendê-la e interpretá-la à luz da ciência política. Talvez, difícil até mesmo para os experientes diplomatas israelenses e os chefiados pelo arcebispo Giovanni Lajolo, presidente da Pontifícia Comissão para o Estado da Cidade do Vaticano.

O Vaticano é um Estado como qualquer outro da Europa ou da América. Mas, ao mesmo tempo é a sede papal,
isto é, “capital” da Igreja Católica. Portanto, só por esta condição as relações envolvem aspectos muitas vezes opostos: interesses temporais e interesses espirituais, fatalmente são conflitantes.

Não é por acaso que fatos puramente humanos, cheios de malícia política, quando ocorridos no Vaticano, escandalizem a tantos. Espera-se do Estado do Papa a prática da moral da Igreja e não a omissão diante de necessidades humanas de maior relevância. Espera-se que da Praça São Pedro ecoe a voz profética – forte como um trovão, como a que saía da boca dos profetas bíblicos, que condene os regimes ditatoriais, os massacres de cristãos pelos muçulmanos e outros tantos barbarismos do mundo. No entanto, o que temos, muitas vezes, é o silêncio, ou um discurso vago que se traduz em omissão.

As relações com Israel contemplam questões antigas, que ainda sobrevivem ao tempo na cultura cristã. Além disto, exigem cuidados com as comunidades católicas em países islâmicos. Assim se explica a demora do Vaticano em reconhecer oficialmente o Estado de Israel. O país católico jamais deixou de reconhecer o direito do povo judeu a ter seu Estado independente. Foi favorável, mesmo como Estado observador da ONU, a criação de Israel e sempre manteve relações informais com Israel. Mas, o temor aos efeitos de um reconhecimento formal ao país judeu, pelo que isto pudesse refletir nas comunidades católicas em países árabes, aguardou um momento propício. Foram os ataques de Sadam Hussein a Israel durante a Guerra do Golfo e o Acordo de Oslo, em 1993, que encorajaram o Vaticano instalar sua embaixada em Israel.

Julián Schvindlerman, em sua palestra, bem como em seu livro, fez uma retrospectiva das relações entre judeus e católicos. Destacou o papel dos últimos papas nas relações judaico-católicas e Vaticano–Israel. Chamou a atenção aos gestos positivos do Papa João XXIII durante o Concílio Vaticano II. Valorizou a fidelidade – que caracterizou, também, como algo pessoal– do Papa João Paulo II na relação com judeus, aos erros da história, aos perdidos na Shoá. Lembrou das posições de Bento XVI em favor do diálogo com o judaísmo e sua coerência com os atos de seu antecessor. Julián, não deixou de lembrar o silêncio, ou as referências veladas de Pio XII em relação à morte de judeus, embora, este tenha ordenado a proteção de centenas dentro de conventos em diferentes países ocupados pelos nazistas.

Julián falou como quem conhece. Falou com isenção, expôs verdades, consertou erros de interpretação, trouxe uma luz sobre um tema marcado por uma história trágica. Não encobriu erros da Igreja e do Vaticano no trato com os judeus e com Israel. Mostrou, com profundidade, as implicações da diplomacia entre estados que, apesar de estabelecerem protocolos formais, isentos de memórias do passado, não conseguem se livrar do peso das suas origens bíblicas e do dever de guardarem os valores morais proclamados ao longo dos séculos.


* Antônio Carlos Coelho é professor universitário, escritor, diretor do Instituto de Ciência e Fé e colaborador do jornal Visão Judaica.

Comunidades, Comunidades - 2012

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Las olimpíadas de Londres a la sombra de Alemania – 30/05/12

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Posiblemente uno de los momentos más gloriosos de la historia universal de las olimpíadas haya ocurrido -paradójicamente- en las infames Olimpíadas de Berlín de 1936. Adolf Hitler diseñó el máximo encuentro deportivo mundial como una celebración de la raza aria, sería una manifestación nacional de la superioridad alemana por sobre el resto de los pueblos. Los deportistas alemanes ganaron la mayor cantidad de medallas, pero sus convicciones racistas fueron espectacularmente desafiadas cuando el atleta negro Jesse Owens, en representación de los Estados Unidos de América, derrotó a los atletas arios de Hitler y ganó cuatro medallas de oro, batiendo incluso récords olímpicos. Según la tradición, el líder del país anfitrión debía felicitar al ganador, pero Hitler rechazó de plano la idea: “¿Ustedes realmente creen que voy a dejar ser fotografiado estrechando la mano de un negro?”. Esa no fue la única desazón que debió afrontar el líder nazi en su propia casa. Otros nueve atletas judíos ganaron medallas en las Olimpíadas de Berlín, entre ellos Helene Mayer, una alemana medio judía que las autoridades nazis incluyeron entre los suyos en un intento de suavizar la imagen racista de la nación. (Tristemente, tal como todos los deportistas alemanes ganadores, ella hizo el saludo nazi en el podio).

Indudablemente el peor momento de la historia universal de las olimpíadas acaeció también en Alemania, treinta y seis años después. En las Olimpíadas de Munich, en 1972, terroristas palestinos de la agrupación Septiembre Negro secuestraron y asesinaron a once miembros de la delegación israelí. Algunos de los israelíes habían sobrevivido a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial para terminar siendo ultimados en Alemania décadas más tarde por palestinos. Uno de ellos, Shaul Ladani, sobrevivió a la fiebre tifoidea en Bergen-Belsen. Otro de ellos, Yakov Springer, luchó contra los nazis en el levantamiento del gueto de Varsovia. Zeev Friedman, a su vez, era el último hombre de una familia exterminada durante la Shoá. Todos murieron en Munich en 1972. El periodista italiano Giulio Meotti, quién anotó estos detalles en un artículo reciente en Yediot Ahronot, observó que estos hombres, junto al resto de los atletas israelíes asesinados, fueron los primeros judíos en ser matados en Alemania, por ser judíos, desde 1945. Enlutada, Israel se retiró del encuentro. Los juegos continuaron.

Este año tendrá lugar un nuevo encuentro olímpico, en Londres, en coincidencia con el 40 aniversario de la masacre de Munich. Familiares de los atletas israelíes diezmados pidieron que un minuto de silencio fuese conmemorado en su honor durante los juegos. Dos congresistas norteamericanos, Eliot Engel y Nita Lowey, solicitaron lo mismo, al igual que el Estado de Israel. Pero el Comité Olímpico Internacional se negó, como otras veces en el pasado. Supuestamente ello politizaría las cosas. La OLP no tuvo esa consideración oportunamente. Ni el propio Comité Olímpico Internacional pareció preocuparse demasiado por ello cuando aceptó una delegación de atletas de “Palestina” en los juegos de Atlanta en 1996, cuando, tal como ahora, Palestina era inexistente como un estado. Recordar el atentado de Munich ofendería a las muchas naciones árabes y musulmanas participantes, así como a sus aliados, parece ser el argumento tácitamente alegado. Para un encuentro que exalta la virtud y que premia a quien más lo merece, ceder a una presión de este tipo es una desgracia. “Aunque oiremos mucho sobre el ´espíritu olímpico´ durante la interminable promoción de este evento, es y siempre ha sido un fraude gigantesco que siempre ha preferido apaciguar a los tiranos e ignorar crímenes en la búsqueda de una marca comercial global”, opinó Jonathan Tobin en la revista Commentary.

Daría la impresión que un elemento de frivolidad está también presente en la decisión del Comité Olímpico Internacional. Después de todo, se supone que los juegos han de ser un acontecimiento feliz, una celebración global del espíritu humano por la superación y un símbolo de unión colectiva a través del deporte. Pareciera que los israelíes debieran tener la sensibilidad peculiar de no aguar la fiesta con sus reclamos morales, recordándole al mundo entero un desagradable acontecimiento añejo. Tal como cuando la familia de las naciones decidió homenajear a la Alemania nazi con los Juegos de 1936 y al comunismo soviético en las Olimpíadas de Moscú de 1980 y continuar con los de Munich en 1972, este año en Londres el show debe seguir.