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Mundo Israelita

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Por Julián Schvindlerman

  

Las revueltas Árabes y el colapso de las expectativas – 23/09/11

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En el año 2003, en mi capacidad de director ejecutivo adjunto de United Nations Watch, tuve la oportunidad de dar un discurso ante la 59 sesión de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en Ginebra. La asamblea era presidida por la embajadora libia, Najat al-Hajjaji, a quien dirigí estas palabras:

“Señora Presidenta, yo nací en la Argentina. Cuando cursaba la escuela primaria, había solamente cuatro verdaderas democracias en Latinoamérica. Hoy hay veintiuna democracias electorales y una única verdadera dictadura: Cuba”. Luego de explayarme sobre el déficit de la libertad en el Medio Oriente, concluí: “Como ciudadano de un país libre que se ha librado de la dictadura, yo sinceramente le deseo a usted y a todos los ciudadanos de Libia las bendiciones de la libertad y el derecho a la autodeterminación; derecho al que usted y a otras dos mil millones de personas les está siendo trágicamente negado en la actualidad”.

Jamás imaginé que ocho años más tarde, su país, junto con otros varios más de la región, sería sacudido por unas poderosas revueltas a favor de la democracia que convertirían a su patrón, el coronel Gaddafy, en fugitivo del pueblo libio sublevado.

De por cierto, este analista y otros habíamos notado con sorpresa y satisfacción, al comienzo mismo de estos levantamientos espontáneos, la casi nula invocación a consignas antinorteamericanas y antiisraelíes en las manifestaciones populares. Habíamos sido persuadidos por la conducta misma de los revoltosos, que un proceso de introspección colectiva había sido puesto en marcha, que una transformación cultural inédita estaba en curso, donde los árabes identificaban, al fin, a los verdaderos responsables de sus penurias. La partida de Ben-Alí de Túnez, la caída de Mubarak de Egipto, la salida de Saleh de Yemen, la huída de Gaddafy en Libia y los desafíos al poder de Assad en Siria, todo ello parecía sugerir que un nuevo amanecer pronto brillaría en esas arenas orientales. Si tan sólo así fuera.

Egipto es un buen ejemplo para apreciar que tan hondamente está arraigado en el folklore árabe el sentimiento contra Israel y los Estados Unidos de América y de cuan poco ha cambiado allí el ánimo social en este sentido. Recientemente el mundo ha conmemorado los atentados del 9/11 en los cuales, una década atrás, fundamentalistas islámicos asesinaron en cuestión de horas a alrededor de tres mil personas en suelo norteamericano. Pero el 75% de los egipcios sospecha de la veracidad de que fueron islamistas los perpetradores. Según una encuesta de mediados de julio de Pew Global Research, Egipto registró el más alto índice de suspicacia entre ocho países árabes y musulmanes consultados. De modo llamativo, tal noción no habita exclusivamente en los ámbitos extremistas de la Hermandad Musulmana y de otros adeptos a las teorías conspirativas, sino también dentro del propio gobierno de transición egipcio. “La teoría de que Al-Qaeda lo hizo no tiene fundamento” dijo el mes pasado el Ministro de Seguridad Social, Gouda Abdel-Khalek, a un doctorando de la Universidad de Pennsylvania que lo entrevistó. “Usted debe haber visto algunas de las obras de Michael Moore; Fahrenheit 9/11”, señaló este oficial que enseñó economía en la Universidad de California en Los Angeles y fue becario de la Comisión Fulbright.

Figuras de la oposición y miembros del establishment egipcio han adoptado posturas inesperadas, tal como ha observado David Schenker en la revista The New Republic. Ayman Nour fue un opositor al régimen de Mubarak, se lanzó a la candidatura presidencial en competencia con el presidente vitalicio, perdió, fue luego acusado falsamente de haber cometido fraude y encarcelado. Bajo presiones del Presidente George W. Bush, él fue liberado. Hoy, Nour es un defensor de una alianza egipcio-iraní y, junto con el ex canciller de Mubarak y actual candidato presidencial, Amr Moussa, pide por la puesta en libertad del jeque Omar Abdul Rahman, clérigo que sirve una condena en los Estados Unidos por haber planeado el atentado contra el World Trade Center en 1993.

En cuanto a Israel, baste escuchar a otro opositor a Mubarak y aspirante a la presidencia, Mohamed el-Baradei, ex director general de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA), quien anda asegurando ante quien quiera prestar atención que Egipto debiera considerar ir a la guerra contra Israel para proteger a los palestinos de Gaza. Ahmed Shahat era un veinteañero desconocido hasta que realizó una proeza: trepó trece pisos del edificio que alberga a la embajada israelí en El Cairo, removió la bandera sionista y pasó a ser un héroe nacional. Actualmente, el acuerdo de paz egipcio-israelí, vigente por más de treinta años, es tan universalmente cuestionado que según el experto mesooriental Robert Staloff, “Hoy, no hay una sola figura política importante en la escena nacional egipcia dispuesta a defender la paz con Israel”. Estos son los frutos de la política de “Paz Fría” del propio Mubarak, quién por décadas mantuvo viva la demonización del estado judío en la cultura popular egipcia. Ello puede verse en construcciones simbólicas básicas. Conforme Eric Trager del Washington Institute for Near East Policy destaca, millones de egipcios cotidianamente experimentan la valorización de la guerra con Israel al cruzar el Puente 6 de Octubre, al asistir a la Universidad 6 de Octubre, ubicada en la Ciudad 6 de octubre, y al visitar el museo Panorama de la Guerra de Octubre. (También hay una ciudad y una universidad nombradas bajo esta fecha en el calendario musulmán, 10 de Ramadán). El 6 de Octubre, día en que Nasser atacó por sorpresa a Israel en 1973, es un feriado nacional, tal como el 25 de Abril, fecha en que las fuerzas israelíes completaron su retirada del Desierto del Sinaí. El aniversario del Acuerdo de Camp David no recibe tributo alguno en Egipto.

La revolución depuso al tirano pero los militares que lo reemplazaron no han creado todavía una democracia, ni parecen tener la menor intención de hacerlo. La revuelta está estancada y la frustración popular, alta. Es el momento ideal para sublimar las broncas colectivas en los chivos expiatorios de siempre.

Varios

Varios

Por Julián Schvindlerman

  

Entrevista: «Diez claves para entender las protestas en el mundo árabe» – 21/09/11

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Artículo publicado en El Comercio (Perú)
Los internacionalistas Farid Kahhat y Julián Schvindlerman analizan el proceso conocido como “Primavera Árabe”

Por Daniel Meza Mosqueira

En Yemen, asesinaron por represión a casi treinta rebeldes el fin de semana. En Siria, la cifra de muertos por la misma causa se elevó a 2.700 desde el mes de marzo. La guerra en Libia dejó nada menos que 25.000 muertos, según la última cifra de la ONU. ¿Por qué se producen estos hechos en el mundo árabe? ¿Qué involucra este duro proceso? Si todavía no lo sabe bien, eche un vistazo a estos importantes puntos.

1. La desigualdad: Si hay algo que une a los países del mundo árabe, todos clasificados dentro del “tercer mundo”, es que arrastran grandes deudas en lo económico y social. Farid Kahhat, catedrático de la PUCP y analista político internacional, apunta que “las personas con educación pero sin oportunidades de empleo son una constante que se arrastra durante décadas en la región árabe”. A esto, le deberíamos sumar una constante creciente en el costo de vida en aquellas naciones y la cada vez más grande brecha entre los ricos y pobres. Es la raíz de esta protesta.

2. La juventud: Fue un factor crucial de este levantamiento, sostiene Julián Schvindlerman, analista político internacional y especialista en Oriente Medio. “La región tiene una edad promedio de 26 años. Los gobernantes no ofrecieron a los jóvenes ni el horizonte de un desarrollo económico ni el de una libertad política”, sostiene. Ibrahim Mothana, activista yemení de 22 años, escribió en un artículo para la CNN: “La Primavera Árabe parece ser una resurrección de la juventud árabe desde la tumba de la marginalización y represión, hacia una era de renacimiento labrado desde casa”.

3. El detonante: En ese contexto solo faltaba una chispa para que el conflicto estalle. Coinciden los especialistas en que fue la inmolación del joven Mohammed Bouazizi, un graduado universitario de solo 26 años que sin poder conseguir trabajo, salió a las calles tunecinas a vender frutas en una carretilla. La policía le confiscó su herramienta de trabajo por tener un permiso y hasta lo golpeó. Bouazizi, frustrado y sin que nadie atienda sus quejas, se roció pintura inflamable en el cuerpo y se prendió fuego el 17 de diciembre (falleció el 4 de enero), dando inicio a un “efecto dominó” de caídas de gobiernos y revueltas en la región.

4. Las nuevas tecnologías: Rescatan los especialistas la presencia del Internet y la conexión celular. “Fue importante la presencia de Internet si bien no cruzó a todos los países que se encuentran en revueltas”, indica Kahhat. Por su parte, Schvindlerman rescata cómo se pudo superar una gran paradoja de los países árabes y las redes sociales. “Allá el acceso a Internet es limitado. Estos jóvenes facultaron y potenciaron la capacidad de convocatoria a través de estos medios para desafiar el toque de queda. Hace 30 años, hubiese sido imposible sin Facebook o sin celular”.

5. Las dictaduras: La república presidencialista cansó a las naciones involucradas. “Generó un gran descontento también la costumbre de heredar el cargo a los hijos”, coinciden Kahhat y Schvindlerman. “Esto enardece a la población que ve cómo el estado se convierte en patrimonio de la familia presidencial”. Veamos: en Túnez el derrocado Zine el Abidine Ben Alí se hallaba entornillado en el poder desde 1987. Egipto con Hosni Mubarak, desde 1981. En Siria, desde 1971, con Hafez Al Assad, quien le dejó el cargo a su hijo Bashar Al Assad desde el 2000. En Yemen, con el mandatario Ali Abdullah Saleh desde 1978 (hoy casi depuesto y refugiado en Arabia Saudita), quien le iba a dejar el régimen a su hijo Ahmed Saleh. Y así…

6. Los grados de represión: Para Kahhat, varía la capacidad de los gobiernos en este accionar para castigar las protestas. “Mientras más autónomos y profesionales sean los militares, es menos probable que repriman: es el caso de Túnez y Egipto. En países en que el alto mando esté determinado por el parentesco y la corrupción, y pertenezca a una minoría étnica, es más probable que pueda reprimir. En Siria, por ejemplo, un jefe militar importantísimo es hermano del presidente Al Assad y la élite gobernante es alawita (una minoritaria secta chiíta), que representa un 15% de la población. Yemen tiene un conexto similar al sirio; el domingo, las fuerzas del orden asesinaron a 26 personas. En los pequeños reinos de Bahrein y Kuwait, ubicadas en la península arábiga, el petróleo sirve para “comprar lealtades” (entre 2700 y 3000 dólares a cada familia para que “no se contaminen” y se sumen a las revueltas) y si no alcanza, se echa mano de la fuerza represiva.

7. EE.UU. y la OTAN: Libia se distingue en este contexto por la presencia de la OTAN (está claro que ni Túnez ni Egipto la necesitaron) ¿Pero, por qué la alianza no interviene en Siria? Schvindlerman explica esta omisión de las potencias occidentales: “Siria es protegida de Irán (país de ambiciones nucleares) y además apoya a los grupos terroristas Hamas y Hezbolla. Hay una mayor prudencia en cuanto a la consecuencia”, razona. Sobre Yemen, Kahhat añade que no se interviene ahí debido a que se trata de un aliado de EE.UU. en la lucha contra una rama muy activa de Al Qaeda en su territorio. La potencia norteamericana tampoco quisiera dejar caer a Bahrein, un aliado menor, en cuyo espacio se alberga la legendaria Quinta Flota de los “marines”.

8. El petróleo: “El petróleo de Libia (2% de las reservas mundiales) ya son propiedad de capitales franceses e italianos, de modo que no hay manera de quebrar la estabilidad regional con un cambio de gobierno”, explica Kahhat. En el caso de países como Siria, Yemen, Bahrein y quizás otros después, son naciones ubicadas en la Península Arábiga, donde descansa la mitad de reservas de petróleo del mundo. Eso explica la mesura de las potencias en fomentar la caída de sus gobiernos dictatoriales, concluye.

9. El mejor panorama: Analistas coinciden por igual en que los antiguos regímenes no caerán en todos los países árabes. Pero donde caigan, la transición dependerá de circunstancias muy particulares. Kahhat y Schvindlerman coinciden en que el nuevo gobierno de Túnez tiene las de ganar. Es un país étnicamente homogéneo, con alto nivel educativo, una clase media profesional importante, el más secular de los países árabes, no depende de una sola actividad extractiva de exportación (tiene agricultura, minería, energía, turismo, petróleo y manufactura), es un país de ingreso medio-alto. Y los militares están alejados del poder. Buen inicio.

10. Un futuro incierto: En Egipto, el panorama no es claro. Es étnicamente homogéneo, pero bastante más pobre que Túnez. Los militares controlan el Estado y quieren que el statu quo no cambie. Hay forcejeo entre opositores y junta militar. En Libia, el nuevo orden todavía está muy difuso. No hay organización e incluso todavía no se han rendido los leales a Gadafi. En Siria, la élite gubernamental alawita cerró filas y resiste con todas sus cartas. En el resto de países las protestas aún son débiles. ¿Y el apoyo de las potencias? Schvindlerman, cree que las nuevas naciones contarán con la ayuda de Amnistía Internacional, Human Rights Watch o la ONU por su inexperiencia en la construcción de la democracia. Kahhat, por su parte, cree que las potencias deberían jugar el mínimo rol posible, para evitar que se interpongan sus propios intereses y así pervertir el proceso.

Comunidades, Comunidades - 2011

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

De la primavera árabe al invierno Israelí – 21/09/11

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El Medio Oriente ha sido legendariamente una región colmada de incertidumbres, pero aún para sus estándares usuales, desde el estallido de las revueltas árabes el escenario de lo inesperado ha estado subiendo hasta alcanzar niveles peligrosamente inquietantes. Para el Estado de Israel esto ha sido trágicamente obvio.

El resquebrajamiento de su relación con Turquía y el deterioro de su relación con Egipto son los dos más grandes males estratégicos que han surgido de este cuadro de situación. Desde que Turquía reconoció a Israel en 1949, convirtiéndose en la primera nación musulmana en hacerlo, y desde que Egipto firmó la paz con Israel en 1979, transformándose en la primera nación árabe en lograrlo, Jerusalem halló cierto consuelo en la realidad de que dos actores centrales de la geopolítica regional estaban, de algún modo, de su lado. Ankara era un aliado militar crucial del estado judío y un socio en la lucha anti-terrorista. Baste recordar que Israel usó el espacio aéreo turco al bombardear un reactor atómico en construcción en Siria en 2007, o que fuerzas turcas detuvieron ese mismo año en su territorio nacional un tren de carga con trescientos cohetes iraníes rumbo a Siria. Con su acuerdo de paz, El Cairo edificó un pilar crítico de la estabilidad bilateral, se erigió como el gran contenedor de una guerra colectiva árabe-israelí por las últimas tres décadas y actuó como un mediador de paz entre israelíes y palestinos. Pero ahora, ambos países parecen decididos a dar una vuelta de página del libro de la historia árabe-islámica y a dejar la otrora fructífera asociación con Israel en el pasado.

A partir del ascenso del partido islámico en 2002, de la confrontación Israel-Hamas del 2009 y especialmente del incidente del Mavi Marmara en 2010, los turcos se han esmerado en hacer añicos sus lazos con Israel. Su primera reacción fue suspender ejercicios militares conjuntos, prohibir a aviones israelíes volar sobre su espacio aéreo y retirar momentáneamente su embajador de Tel-Aviv. El canciller Ahmed Davutoglu llegó a afirmar que este ataque es como el 9/11 para Turquía». Luego de la publicación del reporte Palmer-Uribe que, entre otras cosas validó el bloqueo israelí sobre Gaza, Ankara expulsó al embajador israelí y retiró al suyo del estado judío, degradó el estatus de la relación, congeló acuerdos militares y reforzó sus reclamos por una disculpa israelí por el operativo que dejó nueves ciudadanos turcos muertos, por una compensación material y por el fin del bloqueo marítimo a la Franja de Gaza. El premier Recep Tayyip Erdogan, quién anteriormente había agraviado a Israel seriamente, amenazó con enviar buques militares a modo de escolta a futuras flotillas humanitarias que navegaran hacia las costas de Gaza, insertando por primera vez en la historia de la relación la posibilidad de una guerra bilateral.

La salida de Hosni Mubarak puede haber sido necesaria para la incipiente democracia egipcia, pero resultó ser desastrosa para la seguridad israelí. Desde febrero, al menos cuatro veces fue saboteado el gasoducto que transporta gas desde Egipto a Israel, barcos iraníes navegaron por primera vez en décadas por el Canal de Suez, la construcción de un muro subterráneo entre Egipto y Gaza perdió vigor, Cairo auspició el reacercamiento entre la Autoridad Palestina y el movimiento fundamentalista Hamas, y el mismísimo tratado de Camp David ha sido puesto en tela de juicio. El Desierto del Sinaí, considerado un bastión de seguridad en el pasado no muy lejano, fue a mediados de agosto zona de tránsito para terroristas egipcios y palestinos provenientes de Gaza en ruta a Israel, donde provocaron múltiples atentados. Cuando soldados israelíes respondieron a los terroristas (disfrazados de policías egipcios), accidentalmente matando a seis soldados de frontera, la reacción oficial y popular fue extremadamente hostil. Ahmed Shahat, un joven de veintitrés años que trepó hasta el piso trece de un edificio de El Cairo que aloja a la embajada israelí y removió la bandera hebrea, se convirtió instantáneamente en héroe nacional y fue oficialmente recompensado con un puesto laboral en el gobierno, un nuevo departamento y una reunión con el Primer Ministro. Luego el gobierno ubicó una valla protectora la cual fue ceremoniosamente destrozada por el populacho que invadió la representación diplomática y, de no ser por la urgente intervención política de Washington que precipitó una operación de rescate egipcia, sus guardias de seguridad hubieran sido linchados in situ. Tal como el gobierno turco ante el Mavi Marmara, el gobierno egipcio espera una disculpa israelí.

Dos alianzas estratégicas cruciales, dañadas; el programa nuclear de Irán, intacto; el radicalismo de Hamas y de Hizbullah, persistentes; y fastidiosas iniciativas diplomáticas palestinas en las Naciones Unidas, auguran tempestades. A decir del cantautor español Joaquín Sabina, «el verano acabó, el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno».

Libertad Digital, Libertad Digital - 2011

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Vuelve el doble rasero antiisraelí – 05/09/11

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Los bríos que muchos cronistas suelen poner en sus reportes de prensa para suavizar la agresión palestina contra Israel son legendarios. Pero el modo en que la última respuesta militar del ejército israelí fue retratada por varias agencias de noticias internacionales merece un lugar especial en el apartado de las distorsiones periodísticas.

Un compendio de AP, Reuters, EFE y DPA publicado por un diario argentino decía así:

Un primer ataque contra el barrio de Zeitun, en el este de la ciudad de Gaza, dejó un muerto, Mohammed Enaya, y un herido, indicó Adham Abu Salmiya, de los servicios de urgencia de Hamás, en el poder en la Franja de Gaza. Al anochecer, otro palestino, Saber Abed, de 25 años, murió en un ataque aéreo en el norte del territorio palestino, según Salmiya. La tercera víctima murió unas dos horas antes en otro ataque similar en la localidad de Bet Lahiye, cuando circulaba en una moto. Según trascendió, dos de las víctimas, entre ellas Saber Abed, eran miembros de los Comités de Resistencia Popular (CRP), un grupo radical de Gaza.

Dado que la fuente de la noticia era el propio Hamás, es sorprendente que el dato de que «dos de las víctimas» fueran terroristas haya sido incorporado al reporte. Al fin de cuentas, parece que Israel no ha hecho de la caza aérea de motociclistas gazatíes un deporte militar.

Ésta fue la reacción israelí a una cadena de atentados que dejó ocho muertos y más de cuarenta heridos. Terroristas palestinos se infiltraron en el país, ametrallaron un autobús, lanzaron misiles antitanque contra dos automóviles privados, hicieron saltar por los aires un jeep militar y mantuvieron un tiroteo con soldados israelíes. Además, desde Gaza se atacó territorio israelí durante días con fuego de mortero.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas permaneció mudo. Quien habló fue la Autoridad Palestina… para cargar contra Israel. El presidente Mahmud Abbas pidió a la ONU que detuviera la «agresión» israelí y el principal negociador palestino, Saeb Erakat, advirtió a las autoridades israelíes de que no buscaran un «pretexto para la agresión» o de lo contrario se las verían con un «castigo colectivo». De los atentados múltiples, no provocados por acción militar israelí alguna, planeados desde un territorio gobernado por palestinos y perpetrados por extremistas procedentes de ese propio territorio, desocupado por Israel, ni una palabra.

Apenas unos días antes, unos diez mil palestinos fueron maltratados sin que previamente hubieran efectuado el menor ataque; pero como el malhechor era un gobernante árabe, el asunto no produjo gran consternación periodística, mucho menos una condena mundial importante.

El fin de semana del 13-14 de agosto, Bachar al Asad atacó con tropas y buques de guerra el campamento de refugiados palestinos de Latakia. La Autoridad Palestina habló de actuación «inaceptable», la OLP habló de «crímenes contra la humanidad», los medios de comunicación informaron al respecto. Pero no hubo punto de comparación entre la manera en que se trató la represión siria de los refugiados indefensos de Latakia, por un lado, y la respuesta defensiva israelí contra terroristas de Gaza, por otro. Como ya ocurrió cuando Kuwait y Arabia Saudita expulsaron a cientos de miles de trabajadores palestinos en represalia por el apoyo que Yaser Arafat dio a Sadam Husein durante la guerra del Golfo de 1991, o como cuando cientos de palestinos perecieron en la guerra entre Hamas y Fatah de 2007, las agencias de noticias internacionales y los simpatizantes usuales de la penuria palestina brillaron por su ausencia o su perfil bajo.

La doble vara moral ha retornado. No es que se hubiese marchado del todo, pero con los líos del revuelto mundo árabe parecía haber amainado la obsesión global con las vicisitudes del conflicto palestino-israelí, y surgido una tenue esperanza de que la mesura y el sentido común finalmente se impondrían. Fue apenas una ilusión. Tal como los incidentes de Latakia y Gaza han demostrado, las treguas que la prensa mundial da a Israel son tan efímeras como las de Hamás en el campo de batalla.

Originalmente publicado en Comunidades

Varios

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Por Julián Schvindlerman

  

El Vaticano e Israel: Del rechazo al reconocimiento – 09/11

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Artículo publicado en Revista Amijai

Durante sus primeros años de existencia, las prioridades nacionales de Israel se centraron en asegurar su supervivencia, con lo cuál la seguridad fue un asunto prioritario, y en garantizar viabilidad y autosuficiencia, con lo cuál la economía fue una cuestión focal. Luego se encontraba el importante tema de la inmigración, la que dotaría de vitalidad a todo el emprendimiento nacional y afianzaría la presencia física del estado, especialmente a la luz de la asimetría poblacional vis-à-vis el mundo árabe circundante. Asociada a todas ellas estaba la cuestión del reconocimiento externo de la nación incipiente. Tal como ha explicado el autor Uri Bialer, sostener la defensa de la patria, absorber inmigrantes, forjar una economía pujante; todo ello requería de fondos, armas, personas, materias primas, y apoyo internacional. Las naciones del mundo podían asistir u obstruir el esfuerzo israelí política, económica y demográficamente. Como las fronteras del país al finalizar la guerra de 1948 eran más amplias que las estipuladas por el Plan de Partición de 1947, la obtención de legitimidad para esa nueva realidad por parte del estado judío era una necesidad crucial de su política exterior.

Muchas naciones cuyo apoyo precisaba en este sentido Israel eran cristianas, varias de ellas católicas, y en consecuencia pasibles de influencia vaticana. Quiere decir que la Santa Sede tenía un poder político sobre el Estado de Israel que excedía ampliamente el propio de toda relación bilateral. Al negarle el reconocimiento diplomático, al oponerse a su ingreso como miembro de las Naciones Unidas, al socavar su soberanía sobre la ciudad que designó como su capital, al reclamar el retorno de los refugiados palestinos, y al incitar al mundo católico a presionar a sus propios gobernantes en todos los países posibles de modo desfavorable a los intereses del estado judío, el Vaticano no contribuyó a alivianar la ya de por sí dura realidad de los israelíes. En particular, la renuencia vaticana a reconocer formalmente a la nueva nación se prolongaría por décadas.

Contactos existían, pero no tenían como objeto negociar el entablado de relaciones diplomáticas. Más bien, variaban desde lo protocolar (como fue la audiencia privada que Pío XII concedió al ministro de relaciones exteriores Moshe Sharret, en mayo de 1952) a lo ceremonial (como fue el concierto dado por la Orquesta Filarmónica de Israel al Papa, en mayo de 1955, en Roma) o a lo pragmático (como fue la entrega de un cheque por parte del gobierno israelí al Patriarca Latino monseñor Antonio Vergani, en noviembre de 1955, en compensación por daños a las propiedades de la Iglesia Católica durante la guerra de 1948/49). La Santa Sede se apoyaba en la existencia de tales contactos para justificar que no había de parte suya una oposición de facto al estado judío. En mayo de 1948, por caso, L´Osservatore Romano publicó un artículo titulado “Riconoscimento de jure e riconoscimento de facto” en el cual elaboraba a propósito de esta diferencia teórica. Reconocimiento de jure, explicaba el órgano vaticano, es la manifestación de la voluntad de un estado a establecer relaciones diplomáticas con una entidad soberana, mientras que el reconocimiento de facto supone una aceptación tácita de otro estado, acotada temporalmente y supeditada a desarrollos futuros. De aquí se deducía que la Santa Sede reconocía la existencia de Israel aún cuando no hubiere publicado ninguna declaración solemne al respecto. Israel sencillamente no figuraba mencionado en los documentos y pronunciamientos del Vaticano. Cuando debía comentar sobre la situación en la zona, simplemente empleaba los términos “Palestina” o “Tierra Santa”. Esta práctica estaba tan asentada que cuando dos oficiales israelíes fueron recibidos en el Vaticano, en diciembre de 1948, su anfitrión les dijo: “Caballeros, he oído que han venido de Palestina hace tres días”, a lo que uno de ellos respondió: “hemos venido de Israel hace tres días”.

A pesar de este silencio, debe destacarse que la Santa Sede nunca cuestionó oficialmente la existencia del Estado de Israel. El no-reconocimiento ciertamente no reflejaba una actitud positiva hacia el estado judío, pero tampoco había el Vaticano repudiado oficialmente su existencia. Aunque, a juzgar por la siguiente declaración del máximo responsable de la política exterior vaticana, podemos concluir que no fue por falta de sentimiento. En 1957, dijo Domenico Tardini, Prosecretario para Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios de la Secretaría de Estado, al embajador francés ante la Santa Sede, Roland de Margerie, durante una conversación sobre Israel:

“Siempre he estado convencido de que no había necesidad real de establecer aquél estado…que su creación fue un error grave por parte de los estados occidentales y que su existencia es una fuente constante de peligro de guerra en el Medio Oriente. Ahora que Israel existe, no hay por supuesto posibilidad de destruirlo, pero cada día pagamos el precio de este error”.

Diversos factores fluctuaban en la actitud vaticana hacia el nuevo estado, algunos de ellos descansaban sobre sentimientos hostiles presentes en el catolicismo de la época. El día que Israel proclamó su independencia, L´Osservatore Romano afirmó que “la Tierra Santa y sus sitios sagrados pertenecen al cristianismo, el Verdadero Israel”. Al año siguiente, dos días antes de que Israel fuera admitido formalmente en las Naciones Unidas, el boletín de la Congregación para la Propaganda Fide de la Santa Sede caracterizó al sionismo como un movimiento “espiritualmente inspirado por una venganza de 2000 años de antigüedad contra el cristianismo”. Otro factor yacía en el clásico temor al comunismo y la asociación automática que hacía la Iglesia Católica de éste con los judíos. En 1948, en ruta hacia Israel para asumir su puesto como embajador, James McDonald efectuó una parada en Roma para dialogar con el Papa sobre las relaciones con Israel. Pío XII hizo saber su malestar por el reconocimiento dado por Washington a Israel y dejó saber al diplomático estadounidense que Roma temía que el estado judío “se hará comunista”. Las aprehensiones por la penetración comunista del Medio Oriente eran reforzadas por la sospecha de que los sionistas eran izquierdistas y la impresión de que el apoyo occidental a Israel empujaría a las naciones árabes hacia la órbita soviética, conforme ha observado la investigadora Esther Feldblum. Con la Guerra Fría asomando y regimenes comunistas emergiendo en el lejano oriente y Europa, con naciones católicas tales como Hungría, Rumania, Checoslovaquia, Polonia, y los países bálticos ingresando al campo soviético, y con fuerte presencia comunista en las puertas del propio Vaticano (el partido comunista italiano pasó a ser en determinado momento el más grande partido comunista de Occidente), el Papado se sentía amenazado. El panorama era especialmente aterrador para un pontífice alérgico al comunismo. Estos temores resultaron ser infundados. Israel fue un aliado de los Estados Unidos; los países árabes, de la Unión Soviética.

La Santa Sede alegaba otros varios motivos para no dar el reconocimiento formal al estado judío: la ocupación israelí de territorios reclamados por los palestinos, la anexión de Jerusalem, el status de la Iglesia Católica en Israel, la ausencia de fronteras internacionalmente reconocidas, etc. Pero las excusas no resistían demasiado análisis. En cuanto a la situación de los palestinos, bajo esa misma vara la Santa Sede debió haber privado de vínculo diplomático a Egipto (con quién estableció lazos en 1947) por haber gobernado Gaza entre 1949 y 1967 sin dar lugar a la independencia palestina. Si la ausencia de fronteras internacionalmente reconocidas fuese un criterio válido, entonces la Santa Sede debía explicar cómo sostenía relaciones diplomáticas con Irak (1966), y Kuwait (1968), por no citar al propio Líbano (1947), todas naciones con disputas fronterizas (con Irán y Kuwait, con Irak, y con Israel y Siria respectivamente). Si el status de la Iglesia era un problema en el estado judío -la única democracia de la región- ciertamente no menos lo era en las naciones totalitarias, teocráticas, o monárquicas con las que Israel compartía vecindario y en las que el Vaticano tenía presencia. El único tema objetivamente defendible, desde una óptica vaticana, era el de Jerusalem. En esto era coherente pues tampoco había entablado lazos diplomáticos con Jordania. Y aún así, el alegato no resultaba creíble. Muchos otros países tampoco reconocían como válida la anexión israelí de Jerusalem y sin embargo tenían relaciones diplomáticas con ella. Si la inexistencia de diferencias políticas entre las naciones fuese el parámetro guía, entonces la Santa Sede debió haberse abstenido de reconocer diplomáticamente a países como Uganda, Sudán, o Ruanda, en los cuáles hubo represiones y genocidios que Roma seguramente no aprobaría. Y ni que hablar de la Alemania Nazi, nación con la que el Vaticano no cortó lazos aún ante los gravísimos crímenes cometidos, la persecución contra la Iglesia, y las fluctuaciones territoriales de aquél país durante la guerra que jamás contaron con reconocimiento internacional. Resultaba cada vez más claro que Roma veía con apatía, sino con desprecio, a Jerusalem. Su renuencia a reconocer a Israel la ubicaba junto a los estados más intransigentes. En el contexto político de los años noventa, eso lucía como un anacronismo.

Esto cambió para comienzos de 1992 con los primeros contactos discretos, y para fines de 1993 el Acuerdo Fundamental entre las partes estaba sellado. Al año siguiente, Roma y Jerusalem intercambiaron embajadores. Desde entonces, dos pontífices visitaron el país y rezaron ante el Muro de los Lamentos. El largo camino que separa al rechazo del reconocimiento había sido, finalmente, transitado.

Roma y Jerusalem - Reseñas

Revista Amijai – 09/2011

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Sobre «Roma y Jerusalem. La política vaticana hacia el estado judío» de Julián Schvindlerman
Por Silvia Plager
Escritora. Sus últimas obras son El cuarto violeta, La rabina, Las damas ocultas del Greco.

Balzac pedía de la novela que fuera como un espejo que se pasea por el camino. Si bien el libro de Julián Schvindlerman es de ensayo, podría decirse que toma la idea para transformarla en un espejo que se pasea por el largo camino del antisemitismo. Esa reconstrucción del pasado, a través de documentación incuestionable- si se contemplan las fuentes que aparecen al final de las diferentes partes y en la introducción, titulada “Los papas y los judíos en la historia”- nos aportan la evidencia de un plan orquestado a través de los siglos para eliminar a un pueblo que sin intenciones catequizadoras, al saberse elegido por Dios, sentó las bases de lo que después la Iglesia llamaría Antiguo Testamento. Pero como aclara el autor en el prefacio, el enfoque de Roma y Jerusalem no es religioso sino político, aunque resulta evidente, mientras avanzamos en la lectura, que la religión fue una de las tantas máscaras adoptadas por aquellos que alentarían asesinatos y persecuciones durante épocas diversas.

Después de reveladoras y atrapantes cincuenta páginas, arribamos al primer capítulo, “El nacionalismo judío”. En sus primeras líneas se instruye al lector acerca del término sionismo, acuñado en 1885 por el escritor vienés Nathan Birnbaum, en alusión a Sión, uno de los nombres bíblicos de Jerusalem. Por más que hayamos abrevado en el tema, encontraremos datos que nos harán reflexionar acerca de las conductas -detalladas minuciosamente- de muchos líderes que conspiraban en contra de la posibilidad del establecimiento de los judíos en el territorio de sus ancestros por distintas conveniencias políticas. Las alianzas para lograr ese propósito se desnudan en este volumen que con nombres y fechas clarifica hechos que la prensa, generalmente cautiva de prejuicios antisemitas, mezquinó. El segundo capítulo, “La reacción de la Santa Sede” ha sido investigado por Julián Schvindlerman en sus múltiples facetas, una de tantas, el caso Dreyfus, sobre el que el diario del vaticano se expidió para relacionarlo con la masonería y el judaísmo surgidos conjuntamente para combatir y destruir el cristianismo en el mundo, según su peculiar visión.

En el capítulo siguiente, “El Vaticano y el Holocausto”, se revisa la actitud de la Iglesia, de los dirigentes políticos y de las masas durante la Segunda Guerra Mundial. Para muestra baste este párrafo extraído del sermón de veintiséis páginas pronunciado por el papa Pío XII la Nochebuena de 1942, en el que, después de un largo silencio se refirió al Holocausto con solo veintisiete palabras en las que mencionó a cientos de miles de personas que a causa de su nacionalidad o raza han sido condenadas a la muerte o a la extinción progresiva. Habló de cientos de miles en lugar de millones, aclara Schvindlerman, sin mencionar explícitamente a los judíos ni a los nazis. “La política hacia los judíos en la posguerra” (título del capítulo cuarto) cambió, pero surgían gestos constantes que conservaban en su esencia el germen de la judeofobia. Paradigmático fue el convento ubicado en Auschwitz. “Construir un convento sobre las tumbas invisibles de Auschwitz es errado y ofensivo”, dijo Elie Wiesel. No fue una protesta que prosperó de inmediato, pero finalmente y a pesar de la oposición del gobierno polaco, por decisión del papa Karol Wojtila, desplazaron el monasterio de las monjas carmelitas a 500 metros del campo de concentración.

De “La dimensión política” -que abre la tercera parte a la que hemos arribado en atenta complicidad con el autor, cuya indagación inteligente no ofrece fisuras- llegamos a la entrega final, “La dimensión religiosa”, asociada con la anterior, ya que “para el pueblo judío, la libertad espiritual ha estado históricamente ligada a la libertad política”. Del epílogo, acertadamente titulado “La victoria póstuma de Herzl”, rescato la imagen de Juan Pablo II, en el instante de introducir una plegaria en el Muro de Los lamentos. Como Marcos Aguinis , opino que las páginas de Roma y Jerusalem: la política vaticana hacia el estado judío informan, sorprenden y enseñan.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

A diez años del 9/11 – 09/11

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La respuesta estadounidense al más grave atentado en la historia universal del terrorismo quedó esencialmente expresada en dos vectores de consecución simultánea: the war on terror (la guerra contra el terror) y the war of ideas (la guerra de las ideas).

Manifestación de la primera fueron las intervenciones militares en Afganistán y en Irak, las operaciones anti-terroristas en tierras remotas, la reorganización de la estructura de inteligencia, la creación de un marco jurídico adecuado para llevar adelante el combate y, por sobre todo, el reconocimiento de que lo ocurrido había sido efectivamente un acto de guerra. En un reciente documental emitido por el canal de National Geographic, el ex presidente George W. Bush afirmó: “Con el primer avión se pensó que era un accidente. Con el segundo, que era un ataque. Con el tercero, que era una guerra”. Esto podrá lucir obvio hoy, una década posterior al hecho. Pero en aquél entonces requirió un esfuerzo general comprender -y aceptar- que las guerras del siglo XXI ya no serían primordialmente interestatales sino entre estados-nación y actores sub-estatales. Que, a diferencia de la Segunda Guerra Mundial o de la Guerra Fría, esta vez no habría un Berlín y un Moscú a los cuales responder directamente. La agresión islamista del 9/11 no había emanado del gobierno de un estado soberano, sino de una agrupación dentro de una comunidad religiosa global y demandaba una respuesta no convencional.

La guerra contra el terror aún permanece inconclusa, la presencia norteamericana en Afganistán e Irak, prolongada, y los recursos que ella insume son enormes (“no podemos ignorar el costo de la guerra” decía poco tiempo atrás el presidente Barack Obama al contemplar los quinientos treinta mil millones de dólares que su país gasta en defensa anualmente). Pero ella no estuvo exenta de sus propios triunfos. La eliminación de Osama Bin-Laden en Pakistán, y la de su segundo al mando al poco tiempo, marcó un punto de inflexión extraordinario en la lucha contra el jihadismo. El derrocamiento del régimen Talibán en Afganistán y de Saddam Hussein en Irak han sido victorias militares importantes, aún cuando la era posterior a esos gobiernos haya resultado complicada. La exportación del combate a países lejanos ha sido otro logro crucial, que da cuenta de un hecho increíble: en la década transcurrida desde el 9/11 no ha habido otro atentado terrorista islámico de envergadura en suelo norteamericano. Ello estaba lejos de ser una certeza en las semanas inmediatas posteriores al derrumbe de las Torres Gemelas.

La guerra de las ideas consistió principalmente en librar una lucha ideológica contra el fundamentalismo islámico y quedó contenida en la denominada Agenda de la Libertad. El presidente Bush la explicitó en éstos términos en un discurso ante la nación en el año 2005: “Es política de los Estados Unidos de América buscar y apoyar el crecimiento de movimientos democráticos e instituciones en toda nación y cultura, con el fin último de terminar con la tiranía en nuestro mundo”. La base conceptual de esta noción se hallaba en la filosofía kantiana. En un ensayo publicado en 1795 titulado La Paz Perpetua, el filósofo alemán argumentaba que las democracias propenden a la paz y las tiranías, a la guerra. Immanuel Kant lo expresaba en términos de repúblicas y monarquías y la precisión de su visión quedó confirmada en los siguientes doscientos años. Según el profesor R. J. Rummel, desde comienzos del siglo XIX hasta fines del XX hubo 198 guerras entre dictaduras, 155 guerras entre dictaduras y democracias, y ni una sola guerra entre democracias. A su vez, durante el siglo pasado 170 millones de personas fueron muertas en situaciones de no-beligerancia, y el 99% de estas muertes fueron provocadas por regímenes totalitarios. Ante esta evidencia agobiante, la Administración Bush decidió promover democracia en el Oriente Medio con el fin último de dar lugar a entidades más pacíficas y estables. Años después, presenciando revueltas pro-democráticas en múltiples países de la zona, el presidente Obama abrazaría el legado de su predecesor. En un discurso pronunciado en mayo del corriente, él aseguró: “Será la política de los Estados Unidos de América promover la reforma a lo largo de la región, y apoyar las transiciones hacia la democracia”.

Al igual que la guerra contra el terror, esta lucha aún no ha terminado. El Islam radical todavía reúne millones de adeptos y el desprecio colectivo de muchos árabes y musulmanes a la idea de la democracia es tangible. Pero es igualmente claro que muchos otros millones de árabes y musulmanes anhelan vivir en libertad y auto-gobernados, como las revueltas populares en Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Siria, Irán, Bahrein y otras partes han probado. La transformación política y cultural del Medio Oriente que estamos presenciando es inédita y sus consecuencias, potencialmente enormes. Pero ya ha dejado su primera certeza: los rebeldes de Trípoli, los activistas del Cairo y los manifestantes de Damasco no están en las calles apoyando el mensaje de la Jihad, sino el de la libertad.

Diez años atrás, el Islam fundamentalista desafió a los Estados Unidos y al mundo libre de manera inesperadamente feroz. La respuesta norteamericana fue militar contra el jihadista, e ideológica contra la cultura de la cual surgió. Este aniversario nos encuentra con ambas contiendas todavía en curso. Los tiempos de una y otra no serán los mismos. Pero al final del camino, la victoria militar llegará y los valores de la democracia y de la libertad prevalecerán.

Comunidades, Comunidades - 2011

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Israel – y los Palestinos- bajo ataque – 31/08/11

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Los bríos que muchos cronistas suelen poner en sus reportes de prensa para suavizar la agresión palestina contra Israel son legendarios. Pero el modo en que la última respuesta militar del ejército israelí fue retratada por varias agencias de noticias internacionales merece una distinción especial en la categoría de distorsión periodística. Un compendio de AP, Reuters, EFE y DPA publicado por un diario argentino decía así: Un primer ataque contra el barrio de Zeitun, en el este de la ciudad de Gaza, dejó un muerto, Mohammed Enaya, y un herido, indicó Adham Abu Salmiya, de los servicios de urgencia de Hamas, en el poder en la Franja de Gaza. Al anochecer, otro palestino, Saber Abed, de 25 años, murió en un ataque aéreo en el norte del territorio palestino, según Salmiya. La tercera víctima murió unas dos horas antes en otro ataque similar en la localidad de Bet Lahiye, cuando circulaba en una moto. Según trascendió, dos de las víctimas, entre ellas Saber Abed, eran miembros de los Comités de Resistencia Popular (CRP), un grupo radical de Gaza».

Dado que la fuente de la noticia era el propio Hamas, es sorprendente que el dato de que «dos de las víctimas» eran terroristas haya sido incorporado al reporte en primer lugar. Al fin de cuentas, parece que Israel no ha hecho de la caza aérea de motociclistas gazatíes un deporte militar después de todo.

Ésta fue la reacción militar inicial a atentados terroristas múltiples acontecidos en Israel en un lapso breve que dejó ocho muertos y más de cuarenta heridos. Terroristas se infiltraron al país, ametrallaron a un micro de línea, lanzaron misiles antitanque contra dos automóviles privados, explotaron con una mina un jeep militar y se tirotearon con soldado israelíes. A esto se sumó fuego de mortero desde Gaza, el que se extendió por días. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas permaneció mudo. Quien habló fue la Autoridad Palestina… para reprochar a Israel. El presidente Mahmmoud Abbas pidió a la ONU que «detenga la agresión israelí» y el principal negociador palestino Saeb Erakat advirtió a las autoridades israelíes de no buscar un «pretexto para la agresión» o aplicar medidas de «castigo colectivo». En cuanto a los atentados múltiples no provocados por acción militar israelí alguna, planeados desde un territorio autogobernado por los palestinos, perpetrados por extremistas surgidos desde una zona desocupada por Israel, ni una palabra.

Apenas días antes de estos hechos, unos diez mil palestinos fueron maltratados sin que ellos hubieran efectuado el menor ataque, sólo que por ser el malhechor un gobernante árabe el asunto no mereció gran consternación periodística, mucho menos una condena mundial importante. El fin de semana del 13-14 de agosto, Bashar al-Assad mandó tropas y buques de guerra a atacar el campamento de refugiados palestino próximo al puerto de Latakia provocando un éxodo, desaparición o muerte de unos diez mil residentes. La Autoridad Palestina exclamó que ello era «inaceptable», la OLP dijo que eran «crímenes contra la humanidad» y los medios masivos de comunicación informaron al respecto. Pero no hubo ni punto de comparación entre la manera en que fue globalmente presentada o censurada la represión siria contra refugiados indefensos en Latakia y la respuesta defensiva israelí contra terroristas en Gaza.

Tal como cuando Kuwait y Arabia Saudita expulsaron en masa a cientos de miles de trabajadores palestinos a inicios de los años noventa en represalia por el apoyo que Yasser Arafat dio a Saddam Hussein durante la Guerra del Golfo de 1991, o como cuando cientos de palestinos resultaron muertos en los choques entre las fuerzas de Hamas y Fatah durante la toma de poder de la Franja de Gaza en el 2007 (miembros de Fatah fueron arrojados, maniatados, desde las azoteas de los edificios por hombres de Hamas), las agencias de noticias internacionales y los simpatizantes usuales de la penuria palestina estuvieron mayormente ausentes.

La doble vara moral ha retornado. No es que se hubiese marchado del todo previamente, pero con todos los líos de un mundo árabe encolerizado había decantado, momentáneamente al menos, la impresión de cierta baja en el nivel de obsesión global con las vicisitudes del conflicto palestino-israelí, y con ella surgido la tenue esperanza de que alguna proporción y sentido común finalmente emergerían. Fue apenas una ilusión. Tal como los incidentes de Latakia y Gaza han demostrado, las treguas que la prensa mundial da a Israel en la arena de la opinión pública son tan efímeras como las que Hamas da en el campo de batalla.