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Libertad Digital, Libertad Digital - 2011

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Vuelve el doble rasero antiisraelí – 05/09/11

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Los bríos que muchos cronistas suelen poner en sus reportes de prensa para suavizar la agresión palestina contra Israel son legendarios. Pero el modo en que la última respuesta militar del ejército israelí fue retratada por varias agencias de noticias internacionales merece un lugar especial en el apartado de las distorsiones periodísticas.

Un compendio de AP, Reuters, EFE y DPA publicado por un diario argentino decía así:

Un primer ataque contra el barrio de Zeitun, en el este de la ciudad de Gaza, dejó un muerto, Mohammed Enaya, y un herido, indicó Adham Abu Salmiya, de los servicios de urgencia de Hamás, en el poder en la Franja de Gaza. Al anochecer, otro palestino, Saber Abed, de 25 años, murió en un ataque aéreo en el norte del territorio palestino, según Salmiya. La tercera víctima murió unas dos horas antes en otro ataque similar en la localidad de Bet Lahiye, cuando circulaba en una moto. Según trascendió, dos de las víctimas, entre ellas Saber Abed, eran miembros de los Comités de Resistencia Popular (CRP), un grupo radical de Gaza.

Dado que la fuente de la noticia era el propio Hamás, es sorprendente que el dato de que «dos de las víctimas» fueran terroristas haya sido incorporado al reporte. Al fin de cuentas, parece que Israel no ha hecho de la caza aérea de motociclistas gazatíes un deporte militar.

Ésta fue la reacción israelí a una cadena de atentados que dejó ocho muertos y más de cuarenta heridos. Terroristas palestinos se infiltraron en el país, ametrallaron un autobús, lanzaron misiles antitanque contra dos automóviles privados, hicieron saltar por los aires un jeep militar y mantuvieron un tiroteo con soldados israelíes. Además, desde Gaza se atacó territorio israelí durante días con fuego de mortero.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas permaneció mudo. Quien habló fue la Autoridad Palestina… para cargar contra Israel. El presidente Mahmud Abbas pidió a la ONU que detuviera la «agresión» israelí y el principal negociador palestino, Saeb Erakat, advirtió a las autoridades israelíes de que no buscaran un «pretexto para la agresión» o de lo contrario se las verían con un «castigo colectivo». De los atentados múltiples, no provocados por acción militar israelí alguna, planeados desde un territorio gobernado por palestinos y perpetrados por extremistas procedentes de ese propio territorio, desocupado por Israel, ni una palabra.

Apenas unos días antes, unos diez mil palestinos fueron maltratados sin que previamente hubieran efectuado el menor ataque; pero como el malhechor era un gobernante árabe, el asunto no produjo gran consternación periodística, mucho menos una condena mundial importante.

El fin de semana del 13-14 de agosto, Bachar al Asad atacó con tropas y buques de guerra el campamento de refugiados palestinos de Latakia. La Autoridad Palestina habló de actuación «inaceptable», la OLP habló de «crímenes contra la humanidad», los medios de comunicación informaron al respecto. Pero no hubo punto de comparación entre la manera en que se trató la represión siria de los refugiados indefensos de Latakia, por un lado, y la respuesta defensiva israelí contra terroristas de Gaza, por otro. Como ya ocurrió cuando Kuwait y Arabia Saudita expulsaron a cientos de miles de trabajadores palestinos en represalia por el apoyo que Yaser Arafat dio a Sadam Husein durante la guerra del Golfo de 1991, o como cuando cientos de palestinos perecieron en la guerra entre Hamas y Fatah de 2007, las agencias de noticias internacionales y los simpatizantes usuales de la penuria palestina brillaron por su ausencia o su perfil bajo.

La doble vara moral ha retornado. No es que se hubiese marchado del todo, pero con los líos del revuelto mundo árabe parecía haber amainado la obsesión global con las vicisitudes del conflicto palestino-israelí, y surgido una tenue esperanza de que la mesura y el sentido común finalmente se impondrían. Fue apenas una ilusión. Tal como los incidentes de Latakia y Gaza han demostrado, las treguas que la prensa mundial da a Israel son tan efímeras como las de Hamás en el campo de batalla.

Originalmente publicado en Comunidades

Varios

Varios

Por Julián Schvindlerman

  

El Vaticano e Israel: Del rechazo al reconocimiento – 09/11

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Artículo publicado en Revista Amijai

Durante sus primeros años de existencia, las prioridades nacionales de Israel se centraron en asegurar su supervivencia, con lo cuál la seguridad fue un asunto prioritario, y en garantizar viabilidad y autosuficiencia, con lo cuál la economía fue una cuestión focal. Luego se encontraba el importante tema de la inmigración, la que dotaría de vitalidad a todo el emprendimiento nacional y afianzaría la presencia física del estado, especialmente a la luz de la asimetría poblacional vis-à-vis el mundo árabe circundante. Asociada a todas ellas estaba la cuestión del reconocimiento externo de la nación incipiente. Tal como ha explicado el autor Uri Bialer, sostener la defensa de la patria, absorber inmigrantes, forjar una economía pujante; todo ello requería de fondos, armas, personas, materias primas, y apoyo internacional. Las naciones del mundo podían asistir u obstruir el esfuerzo israelí política, económica y demográficamente. Como las fronteras del país al finalizar la guerra de 1948 eran más amplias que las estipuladas por el Plan de Partición de 1947, la obtención de legitimidad para esa nueva realidad por parte del estado judío era una necesidad crucial de su política exterior.

Muchas naciones cuyo apoyo precisaba en este sentido Israel eran cristianas, varias de ellas católicas, y en consecuencia pasibles de influencia vaticana. Quiere decir que la Santa Sede tenía un poder político sobre el Estado de Israel que excedía ampliamente el propio de toda relación bilateral. Al negarle el reconocimiento diplomático, al oponerse a su ingreso como miembro de las Naciones Unidas, al socavar su soberanía sobre la ciudad que designó como su capital, al reclamar el retorno de los refugiados palestinos, y al incitar al mundo católico a presionar a sus propios gobernantes en todos los países posibles de modo desfavorable a los intereses del estado judío, el Vaticano no contribuyó a alivianar la ya de por sí dura realidad de los israelíes. En particular, la renuencia vaticana a reconocer formalmente a la nueva nación se prolongaría por décadas.

Contactos existían, pero no tenían como objeto negociar el entablado de relaciones diplomáticas. Más bien, variaban desde lo protocolar (como fue la audiencia privada que Pío XII concedió al ministro de relaciones exteriores Moshe Sharret, en mayo de 1952) a lo ceremonial (como fue el concierto dado por la Orquesta Filarmónica de Israel al Papa, en mayo de 1955, en Roma) o a lo pragmático (como fue la entrega de un cheque por parte del gobierno israelí al Patriarca Latino monseñor Antonio Vergani, en noviembre de 1955, en compensación por daños a las propiedades de la Iglesia Católica durante la guerra de 1948/49). La Santa Sede se apoyaba en la existencia de tales contactos para justificar que no había de parte suya una oposición de facto al estado judío. En mayo de 1948, por caso, L´Osservatore Romano publicó un artículo titulado “Riconoscimento de jure e riconoscimento de facto” en el cual elaboraba a propósito de esta diferencia teórica. Reconocimiento de jure, explicaba el órgano vaticano, es la manifestación de la voluntad de un estado a establecer relaciones diplomáticas con una entidad soberana, mientras que el reconocimiento de facto supone una aceptación tácita de otro estado, acotada temporalmente y supeditada a desarrollos futuros. De aquí se deducía que la Santa Sede reconocía la existencia de Israel aún cuando no hubiere publicado ninguna declaración solemne al respecto. Israel sencillamente no figuraba mencionado en los documentos y pronunciamientos del Vaticano. Cuando debía comentar sobre la situación en la zona, simplemente empleaba los términos “Palestina” o “Tierra Santa”. Esta práctica estaba tan asentada que cuando dos oficiales israelíes fueron recibidos en el Vaticano, en diciembre de 1948, su anfitrión les dijo: “Caballeros, he oído que han venido de Palestina hace tres días”, a lo que uno de ellos respondió: “hemos venido de Israel hace tres días”.

A pesar de este silencio, debe destacarse que la Santa Sede nunca cuestionó oficialmente la existencia del Estado de Israel. El no-reconocimiento ciertamente no reflejaba una actitud positiva hacia el estado judío, pero tampoco había el Vaticano repudiado oficialmente su existencia. Aunque, a juzgar por la siguiente declaración del máximo responsable de la política exterior vaticana, podemos concluir que no fue por falta de sentimiento. En 1957, dijo Domenico Tardini, Prosecretario para Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios de la Secretaría de Estado, al embajador francés ante la Santa Sede, Roland de Margerie, durante una conversación sobre Israel:

“Siempre he estado convencido de que no había necesidad real de establecer aquél estado…que su creación fue un error grave por parte de los estados occidentales y que su existencia es una fuente constante de peligro de guerra en el Medio Oriente. Ahora que Israel existe, no hay por supuesto posibilidad de destruirlo, pero cada día pagamos el precio de este error”.

Diversos factores fluctuaban en la actitud vaticana hacia el nuevo estado, algunos de ellos descansaban sobre sentimientos hostiles presentes en el catolicismo de la época. El día que Israel proclamó su independencia, L´Osservatore Romano afirmó que “la Tierra Santa y sus sitios sagrados pertenecen al cristianismo, el Verdadero Israel”. Al año siguiente, dos días antes de que Israel fuera admitido formalmente en las Naciones Unidas, el boletín de la Congregación para la Propaganda Fide de la Santa Sede caracterizó al sionismo como un movimiento “espiritualmente inspirado por una venganza de 2000 años de antigüedad contra el cristianismo”. Otro factor yacía en el clásico temor al comunismo y la asociación automática que hacía la Iglesia Católica de éste con los judíos. En 1948, en ruta hacia Israel para asumir su puesto como embajador, James McDonald efectuó una parada en Roma para dialogar con el Papa sobre las relaciones con Israel. Pío XII hizo saber su malestar por el reconocimiento dado por Washington a Israel y dejó saber al diplomático estadounidense que Roma temía que el estado judío “se hará comunista”. Las aprehensiones por la penetración comunista del Medio Oriente eran reforzadas por la sospecha de que los sionistas eran izquierdistas y la impresión de que el apoyo occidental a Israel empujaría a las naciones árabes hacia la órbita soviética, conforme ha observado la investigadora Esther Feldblum. Con la Guerra Fría asomando y regimenes comunistas emergiendo en el lejano oriente y Europa, con naciones católicas tales como Hungría, Rumania, Checoslovaquia, Polonia, y los países bálticos ingresando al campo soviético, y con fuerte presencia comunista en las puertas del propio Vaticano (el partido comunista italiano pasó a ser en determinado momento el más grande partido comunista de Occidente), el Papado se sentía amenazado. El panorama era especialmente aterrador para un pontífice alérgico al comunismo. Estos temores resultaron ser infundados. Israel fue un aliado de los Estados Unidos; los países árabes, de la Unión Soviética.

La Santa Sede alegaba otros varios motivos para no dar el reconocimiento formal al estado judío: la ocupación israelí de territorios reclamados por los palestinos, la anexión de Jerusalem, el status de la Iglesia Católica en Israel, la ausencia de fronteras internacionalmente reconocidas, etc. Pero las excusas no resistían demasiado análisis. En cuanto a la situación de los palestinos, bajo esa misma vara la Santa Sede debió haber privado de vínculo diplomático a Egipto (con quién estableció lazos en 1947) por haber gobernado Gaza entre 1949 y 1967 sin dar lugar a la independencia palestina. Si la ausencia de fronteras internacionalmente reconocidas fuese un criterio válido, entonces la Santa Sede debía explicar cómo sostenía relaciones diplomáticas con Irak (1966), y Kuwait (1968), por no citar al propio Líbano (1947), todas naciones con disputas fronterizas (con Irán y Kuwait, con Irak, y con Israel y Siria respectivamente). Si el status de la Iglesia era un problema en el estado judío -la única democracia de la región- ciertamente no menos lo era en las naciones totalitarias, teocráticas, o monárquicas con las que Israel compartía vecindario y en las que el Vaticano tenía presencia. El único tema objetivamente defendible, desde una óptica vaticana, era el de Jerusalem. En esto era coherente pues tampoco había entablado lazos diplomáticos con Jordania. Y aún así, el alegato no resultaba creíble. Muchos otros países tampoco reconocían como válida la anexión israelí de Jerusalem y sin embargo tenían relaciones diplomáticas con ella. Si la inexistencia de diferencias políticas entre las naciones fuese el parámetro guía, entonces la Santa Sede debió haberse abstenido de reconocer diplomáticamente a países como Uganda, Sudán, o Ruanda, en los cuáles hubo represiones y genocidios que Roma seguramente no aprobaría. Y ni que hablar de la Alemania Nazi, nación con la que el Vaticano no cortó lazos aún ante los gravísimos crímenes cometidos, la persecución contra la Iglesia, y las fluctuaciones territoriales de aquél país durante la guerra que jamás contaron con reconocimiento internacional. Resultaba cada vez más claro que Roma veía con apatía, sino con desprecio, a Jerusalem. Su renuencia a reconocer a Israel la ubicaba junto a los estados más intransigentes. En el contexto político de los años noventa, eso lucía como un anacronismo.

Esto cambió para comienzos de 1992 con los primeros contactos discretos, y para fines de 1993 el Acuerdo Fundamental entre las partes estaba sellado. Al año siguiente, Roma y Jerusalem intercambiaron embajadores. Desde entonces, dos pontífices visitaron el país y rezaron ante el Muro de los Lamentos. El largo camino que separa al rechazo del reconocimiento había sido, finalmente, transitado.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

A diez años del 9/11 – 09/11

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La respuesta estadounidense al más grave atentado en la historia universal del terrorismo quedó esencialmente expresada en dos vectores de consecución simultánea: the war on terror (la guerra contra el terror) y the war of ideas (la guerra de las ideas).

Manifestación de la primera fueron las intervenciones militares en Afganistán y en Irak, las operaciones anti-terroristas en tierras remotas, la reorganización de la estructura de inteligencia, la creación de un marco jurídico adecuado para llevar adelante el combate y, por sobre todo, el reconocimiento de que lo ocurrido había sido efectivamente un acto de guerra. En un reciente documental emitido por el canal de National Geographic, el ex presidente George W. Bush afirmó: “Con el primer avión se pensó que era un accidente. Con el segundo, que era un ataque. Con el tercero, que era una guerra”. Esto podrá lucir obvio hoy, una década posterior al hecho. Pero en aquél entonces requirió un esfuerzo general comprender -y aceptar- que las guerras del siglo XXI ya no serían primordialmente interestatales sino entre estados-nación y actores sub-estatales. Que, a diferencia de la Segunda Guerra Mundial o de la Guerra Fría, esta vez no habría un Berlín y un Moscú a los cuales responder directamente. La agresión islamista del 9/11 no había emanado del gobierno de un estado soberano, sino de una agrupación dentro de una comunidad religiosa global y demandaba una respuesta no convencional.

La guerra contra el terror aún permanece inconclusa, la presencia norteamericana en Afganistán e Irak, prolongada, y los recursos que ella insume son enormes (“no podemos ignorar el costo de la guerra” decía poco tiempo atrás el presidente Barack Obama al contemplar los quinientos treinta mil millones de dólares que su país gasta en defensa anualmente). Pero ella no estuvo exenta de sus propios triunfos. La eliminación de Osama Bin-Laden en Pakistán, y la de su segundo al mando al poco tiempo, marcó un punto de inflexión extraordinario en la lucha contra el jihadismo. El derrocamiento del régimen Talibán en Afganistán y de Saddam Hussein en Irak han sido victorias militares importantes, aún cuando la era posterior a esos gobiernos haya resultado complicada. La exportación del combate a países lejanos ha sido otro logro crucial, que da cuenta de un hecho increíble: en la década transcurrida desde el 9/11 no ha habido otro atentado terrorista islámico de envergadura en suelo norteamericano. Ello estaba lejos de ser una certeza en las semanas inmediatas posteriores al derrumbe de las Torres Gemelas.

La guerra de las ideas consistió principalmente en librar una lucha ideológica contra el fundamentalismo islámico y quedó contenida en la denominada Agenda de la Libertad. El presidente Bush la explicitó en éstos términos en un discurso ante la nación en el año 2005: “Es política de los Estados Unidos de América buscar y apoyar el crecimiento de movimientos democráticos e instituciones en toda nación y cultura, con el fin último de terminar con la tiranía en nuestro mundo”. La base conceptual de esta noción se hallaba en la filosofía kantiana. En un ensayo publicado en 1795 titulado La Paz Perpetua, el filósofo alemán argumentaba que las democracias propenden a la paz y las tiranías, a la guerra. Immanuel Kant lo expresaba en términos de repúblicas y monarquías y la precisión de su visión quedó confirmada en los siguientes doscientos años. Según el profesor R. J. Rummel, desde comienzos del siglo XIX hasta fines del XX hubo 198 guerras entre dictaduras, 155 guerras entre dictaduras y democracias, y ni una sola guerra entre democracias. A su vez, durante el siglo pasado 170 millones de personas fueron muertas en situaciones de no-beligerancia, y el 99% de estas muertes fueron provocadas por regímenes totalitarios. Ante esta evidencia agobiante, la Administración Bush decidió promover democracia en el Oriente Medio con el fin último de dar lugar a entidades más pacíficas y estables. Años después, presenciando revueltas pro-democráticas en múltiples países de la zona, el presidente Obama abrazaría el legado de su predecesor. En un discurso pronunciado en mayo del corriente, él aseguró: “Será la política de los Estados Unidos de América promover la reforma a lo largo de la región, y apoyar las transiciones hacia la democracia”.

Al igual que la guerra contra el terror, esta lucha aún no ha terminado. El Islam radical todavía reúne millones de adeptos y el desprecio colectivo de muchos árabes y musulmanes a la idea de la democracia es tangible. Pero es igualmente claro que muchos otros millones de árabes y musulmanes anhelan vivir en libertad y auto-gobernados, como las revueltas populares en Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Siria, Irán, Bahrein y otras partes han probado. La transformación política y cultural del Medio Oriente que estamos presenciando es inédita y sus consecuencias, potencialmente enormes. Pero ya ha dejado su primera certeza: los rebeldes de Trípoli, los activistas del Cairo y los manifestantes de Damasco no están en las calles apoyando el mensaje de la Jihad, sino el de la libertad.

Diez años atrás, el Islam fundamentalista desafió a los Estados Unidos y al mundo libre de manera inesperadamente feroz. La respuesta norteamericana fue militar contra el jihadista, e ideológica contra la cultura de la cual surgió. Este aniversario nos encuentra con ambas contiendas todavía en curso. Los tiempos de una y otra no serán los mismos. Pero al final del camino, la victoria militar llegará y los valores de la democracia y de la libertad prevalecerán.

Roma y Jerusalem - Reseñas

Revista Amijai – 09/2011

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Sobre «Roma y Jerusalem. La política vaticana hacia el estado judío» de Julián Schvindlerman
Por Silvia Plager
Escritora. Sus últimas obras son El cuarto violeta, La rabina, Las damas ocultas del Greco.

Balzac pedía de la novela que fuera como un espejo que se pasea por el camino. Si bien el libro de Julián Schvindlerman es de ensayo, podría decirse que toma la idea para transformarla en un espejo que se pasea por el largo camino del antisemitismo. Esa reconstrucción del pasado, a través de documentación incuestionable- si se contemplan las fuentes que aparecen al final de las diferentes partes y en la introducción, titulada “Los papas y los judíos en la historia”- nos aportan la evidencia de un plan orquestado a través de los siglos para eliminar a un pueblo que sin intenciones catequizadoras, al saberse elegido por Dios, sentó las bases de lo que después la Iglesia llamaría Antiguo Testamento. Pero como aclara el autor en el prefacio, el enfoque de Roma y Jerusalem no es religioso sino político, aunque resulta evidente, mientras avanzamos en la lectura, que la religión fue una de las tantas máscaras adoptadas por aquellos que alentarían asesinatos y persecuciones durante épocas diversas.

Después de reveladoras y atrapantes cincuenta páginas, arribamos al primer capítulo, “El nacionalismo judío”. En sus primeras líneas se instruye al lector acerca del término sionismo, acuñado en 1885 por el escritor vienés Nathan Birnbaum, en alusión a Sión, uno de los nombres bíblicos de Jerusalem. Por más que hayamos abrevado en el tema, encontraremos datos que nos harán reflexionar acerca de las conductas -detalladas minuciosamente- de muchos líderes que conspiraban en contra de la posibilidad del establecimiento de los judíos en el territorio de sus ancestros por distintas conveniencias políticas. Las alianzas para lograr ese propósito se desnudan en este volumen que con nombres y fechas clarifica hechos que la prensa, generalmente cautiva de prejuicios antisemitas, mezquinó. El segundo capítulo, “La reacción de la Santa Sede” ha sido investigado por Julián Schvindlerman en sus múltiples facetas, una de tantas, el caso Dreyfus, sobre el que el diario del vaticano se expidió para relacionarlo con la masonería y el judaísmo surgidos conjuntamente para combatir y destruir el cristianismo en el mundo, según su peculiar visión.

En el capítulo siguiente, “El Vaticano y el Holocausto”, se revisa la actitud de la Iglesia, de los dirigentes políticos y de las masas durante la Segunda Guerra Mundial. Para muestra baste este párrafo extraído del sermón de veintiséis páginas pronunciado por el papa Pío XII la Nochebuena de 1942, en el que, después de un largo silencio se refirió al Holocausto con solo veintisiete palabras en las que mencionó a cientos de miles de personas que a causa de su nacionalidad o raza han sido condenadas a la muerte o a la extinción progresiva. Habló de cientos de miles en lugar de millones, aclara Schvindlerman, sin mencionar explícitamente a los judíos ni a los nazis. “La política hacia los judíos en la posguerra” (título del capítulo cuarto) cambió, pero surgían gestos constantes que conservaban en su esencia el germen de la judeofobia. Paradigmático fue el convento ubicado en Auschwitz. “Construir un convento sobre las tumbas invisibles de Auschwitz es errado y ofensivo”, dijo Elie Wiesel. No fue una protesta que prosperó de inmediato, pero finalmente y a pesar de la oposición del gobierno polaco, por decisión del papa Karol Wojtila, desplazaron el monasterio de las monjas carmelitas a 500 metros del campo de concentración.

De “La dimensión política” -que abre la tercera parte a la que hemos arribado en atenta complicidad con el autor, cuya indagación inteligente no ofrece fisuras- llegamos a la entrega final, “La dimensión religiosa”, asociada con la anterior, ya que “para el pueblo judío, la libertad espiritual ha estado históricamente ligada a la libertad política”. Del epílogo, acertadamente titulado “La victoria póstuma de Herzl”, rescato la imagen de Juan Pablo II, en el instante de introducir una plegaria en el Muro de Los lamentos. Como Marcos Aguinis , opino que las páginas de Roma y Jerusalem: la política vaticana hacia el estado judío informan, sorprenden y enseñan.

Comunidades, Comunidades - 2011

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Israel – y los Palestinos- bajo ataque – 31/08/11

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Los bríos que muchos cronistas suelen poner en sus reportes de prensa para suavizar la agresión palestina contra Israel son legendarios. Pero el modo en que la última respuesta militar del ejército israelí fue retratada por varias agencias de noticias internacionales merece una distinción especial en la categoría de distorsión periodística. Un compendio de AP, Reuters, EFE y DPA publicado por un diario argentino decía así: Un primer ataque contra el barrio de Zeitun, en el este de la ciudad de Gaza, dejó un muerto, Mohammed Enaya, y un herido, indicó Adham Abu Salmiya, de los servicios de urgencia de Hamas, en el poder en la Franja de Gaza. Al anochecer, otro palestino, Saber Abed, de 25 años, murió en un ataque aéreo en el norte del territorio palestino, según Salmiya. La tercera víctima murió unas dos horas antes en otro ataque similar en la localidad de Bet Lahiye, cuando circulaba en una moto. Según trascendió, dos de las víctimas, entre ellas Saber Abed, eran miembros de los Comités de Resistencia Popular (CRP), un grupo radical de Gaza».

Dado que la fuente de la noticia era el propio Hamas, es sorprendente que el dato de que «dos de las víctimas» eran terroristas haya sido incorporado al reporte en primer lugar. Al fin de cuentas, parece que Israel no ha hecho de la caza aérea de motociclistas gazatíes un deporte militar después de todo.

Ésta fue la reacción militar inicial a atentados terroristas múltiples acontecidos en Israel en un lapso breve que dejó ocho muertos y más de cuarenta heridos. Terroristas se infiltraron al país, ametrallaron a un micro de línea, lanzaron misiles antitanque contra dos automóviles privados, explotaron con una mina un jeep militar y se tirotearon con soldado israelíes. A esto se sumó fuego de mortero desde Gaza, el que se extendió por días. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas permaneció mudo. Quien habló fue la Autoridad Palestina… para reprochar a Israel. El presidente Mahmmoud Abbas pidió a la ONU que «detenga la agresión israelí» y el principal negociador palestino Saeb Erakat advirtió a las autoridades israelíes de no buscar un «pretexto para la agresión» o aplicar medidas de «castigo colectivo». En cuanto a los atentados múltiples no provocados por acción militar israelí alguna, planeados desde un territorio autogobernado por los palestinos, perpetrados por extremistas surgidos desde una zona desocupada por Israel, ni una palabra.

Apenas días antes de estos hechos, unos diez mil palestinos fueron maltratados sin que ellos hubieran efectuado el menor ataque, sólo que por ser el malhechor un gobernante árabe el asunto no mereció gran consternación periodística, mucho menos una condena mundial importante. El fin de semana del 13-14 de agosto, Bashar al-Assad mandó tropas y buques de guerra a atacar el campamento de refugiados palestino próximo al puerto de Latakia provocando un éxodo, desaparición o muerte de unos diez mil residentes. La Autoridad Palestina exclamó que ello era «inaceptable», la OLP dijo que eran «crímenes contra la humanidad» y los medios masivos de comunicación informaron al respecto. Pero no hubo ni punto de comparación entre la manera en que fue globalmente presentada o censurada la represión siria contra refugiados indefensos en Latakia y la respuesta defensiva israelí contra terroristas en Gaza.

Tal como cuando Kuwait y Arabia Saudita expulsaron en masa a cientos de miles de trabajadores palestinos a inicios de los años noventa en represalia por el apoyo que Yasser Arafat dio a Saddam Hussein durante la Guerra del Golfo de 1991, o como cuando cientos de palestinos resultaron muertos en los choques entre las fuerzas de Hamas y Fatah durante la toma de poder de la Franja de Gaza en el 2007 (miembros de Fatah fueron arrojados, maniatados, desde las azoteas de los edificios por hombres de Hamas), las agencias de noticias internacionales y los simpatizantes usuales de la penuria palestina estuvieron mayormente ausentes.

La doble vara moral ha retornado. No es que se hubiese marchado del todo previamente, pero con todos los líos de un mundo árabe encolerizado había decantado, momentáneamente al menos, la impresión de cierta baja en el nivel de obsesión global con las vicisitudes del conflicto palestino-israelí, y con ella surgido la tenue esperanza de que alguna proporción y sentido común finalmente emergerían. Fue apenas una ilusión. Tal como los incidentes de Latakia y Gaza han demostrado, las treguas que la prensa mundial da a Israel en la arena de la opinión pública son tan efímeras como las que Hamas da en el campo de batalla.

Comunidades, Comunidades - 2011

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Turquía, entre la identidad y la política – 17/08/11

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Cuando la cúpula castrense de una nación que limita con Irán, Irak y Siria, y que constituye la segunda fuerza militar de la OTAN, renuncia en masa abruptamente, no se requiere ser un experto para advertir que algo inédito y con repercusiones potencialmente graves para ella misma y toda la región está en juego. Tal fue el caso cuando, a fines de julio, presentaron simultáneamente su dimisión el Jefe del Estado Mayor Conjunto y los comandantes del Ejército, la Fuerza Aérea y la Marina en Turquía.

El hecho fue de alto impacto, pero el modo en que renunciaron los militares fue -si es que podemos usar la palabra en este contexto- delicado: ellos esperaron a que den las seis de la tarde del día viernes, una vez que los mercados financieros habían cerrado, para efectuar el anuncio, y se aseguraron de que sus reemplazantes estuvieran listos antes de la apertura de los mercados el día lunes. Aún así, la lira turca cayó. El motivo ostensible de la dramática determinación tiene raíces en el denominado Caso Ergenekon, como se conoce al acontecimiento del 2007 bajo el cual el gobierno arrestó a unos doscientos cincuenta militares luego de acusarlos de complotar para derrocar a las autoridades civiles. Todos los generales de cuatro estrellas de la Fuerza Aérea y alrededor de la mitad de los almirantes de la Marina fueron implicados en el supuesto plan de golpe de estado. A cuatro años de iniciados los procesos, todavía no se ha emitido veredicto alguno.

Es cierto que en el pasado los militares han llevado a cabo tres golpes de estado (desde 1960) y que provocaron la renuncia de otro gobierno, de tinte islamista, en 1997. Pero en las circunstancias recientes daría la impresión de que las acusaciones no tienen fundamento real y que estarían enmarcadas en las tensiones cívico-castrenses que han estado aumentando desde el 2002, cuando el actual gobierno islámico tomó democráticamente el poder. Desde entonces el descrédito de las Fuerzas Armadas ha sido intenso: cayó de un 90% de apoyo popular a un 60% en menos de una década. Tradicionalmente, los militares eran vistos como los guardianes del secularismo y de la democracia turca; hoy están siendo presentados ante la sociedad como una amenaza al orden institucional. Como ha informado Soner Cagaptay en CNN Global Public Square, junto con la acusación de ser golpistas se les endilgó la intención de explotar las mezquitas de Estambul con el fin de propiciar una gran crisis política.

Las relaciones entre los dirigentes del gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo» y la cúpula castrense nunca fueron dóciles. En los años noventa, cuando Recep Tayyip Erdogan estaba todavía lejos de convertirse en el premier contemporáneo, fue arrestado por haber leído un poema islámico públicamente. Poco tiempo atrás, un reconocido general turco dos veces eligió no saludar a la esposa del presidente Abdullah Gul, presumiblemente por vestir ella un velo islámico. Estas disputas ilustran acerca de una lucha por el destino cultural del país en la que los turcos definirán si prefieren preservar el legado laico del fundador de la República Turca, Kemal Ataturk, o si lo descartan a favor de un populismo islamista que en estos últimos años ha estado alejando a Ankara de Occidente y llevándola cada vez más firmemente hacia el Oriente. «Lo que estamos presenciando ahora», opinaba un editorial del Jerusalem Post, «es un repudio de la idea esencial de la revolución de Ataturk: que la modernización exitosa sólo podría ocurrir si fuese acompañada de secularismo». Efectivamente, al haber puesto en el banquillo de los acusados a los protectores legendarios del laicisismo turco, en un sentido simbólico, el gobierno ha llevado a juicio a la propia herencia política kemalista.

Envalentonado por la tercera victoria electoral consecutiva (con cómodo margen porcentual) del pasado mes de junio, Erdogan esgrime su musculatura política bajo la luz caliente del sol oriental. Los militares, acosados y humillados, se hacen a un lado. El ciudadano medio turco contempla, asombrado, el espectáculo. Y el resto del mundo vigila con ansiedad el derrotero de una nación que supo ser un gran imperio y que hoy está negociando consigo misma, pujando por dar forma, al perfil de su propia identidad.

Mundo Israelita

Mundo Israelita

Por Julián Schvindlerman

  

La falsa pipa de la paz de Irán – 12/08/11

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Los ánimos cambian rápido en Teherán. En octubre del año pasado, el gobierno iraní presentó una dura carta a las Naciones Unidas en respuesta a la solicitud argentina de juzgar a los oficiales iraníes acusados de perpetrar el atentado contra la AMIA en la cual acusaba a Buenos Aires de cooperar con grupos terroristas -“en particular con la conocida Organización Muyahidin Jalq” (¿¡conocida por quién, además de Ahmadinejad!?)- decía que la comunidad musulmana “continúa aislada y discriminada en la Argentina ”, pedía que las autoridades desistan “de reiterar las improcedentes hipótesis y lugares comunes inventados”, e instaba a que se protegiesen “los derechos fundamentales” de los iraníes acusados. Unos nueves meses más tarde, el gobierno-ayatollah ofreció a la Argentina participar en un “diálogo constructivo” y extendió la cooperación para “aclarar las circunstancias” de un atentado que la fiscalía nacional atribuyó al propio Irán. La propuesta era tan transparentemente falsa y provocativa que AMIA y DAIA emitieron un comunicado conjunto afirmando, correctamente, que las declaraciones iraníes “no resultan creíbles”.

Pero la cancillería argentina no pareció opinar lo mismo. El Palacio San Martín emitió un comunicado definiendo al pronunciamiento iraní como “inédito y muy positivo”. Tal actitud refuerza las sospechas acerca de la existencia de un posible canal de cooperación entre la Argentina K y el Irán de Ahmadinejad, inicialmente denunciado por Pepe Eliaschev en el periódico Perfil. En marzo de este año, el periodista publicó una nota titulada “Argentina negocia con Irán dejar de lado la investigación de los atentados” en la que aseguraba que el estado nacional estaba dispuesto a abandonar la causa AMIA a cambio de mayores negocios comerciales con la república islámica. Durante largos días el gobierno eligió mantenerse en silencio, lo cuál resultaba extraño a la luz de la gravedad de la denuncia, para finalmente dejar en boca del canciller Héctor Timerman la desmentida oficial: “No hay ninguna evidencia de que la Argentina haya cambiado su curso de acción”. Esto no fue expresado formalmente en un comunicado escrito, sino manifestado espontáneamente en el marco de una conferencia de prensa en Israel a modo de respuesta a una pregunta local. El asunto fue dado por terminado.

Si Irán está realmente dispuesto a cooperar, sin embargo, hay varias cosas que puede hacer. Desarticular las fuentes de financiamiento ilícito de Hezbollah en la Triple Frontera puede ser un buen comienzo. Desistir de su proselitismo religioso entre indígenas en México y Venezuela puede ser un segundo paso adecuado. Regresar al Líbano y a su país a las múltiples células terroristas chiítas distribuidas en América Latina, frenar la construcción de un sistema misilístico en Venezuela y abandonar sus esfuerzos por obtener uranio boliviano y venezolano podría ayudar. Para completar sus muestras de buena fe, bien haría en poner a disposición de la justicia argentina a sus ciudadanos bajo pedido de captura mundial de INTERPOL. Recién entonces podremos afirmar, como ya ha hecho el Palacio San Martín, que los gestos iraníes son inéditos y positivos.

Hasta que ello ocurra no podremos sino ver a la propuesta iraní -en la notable observación de Shimon Samuels del Centro Simon Wiesenthal- como el equivalente a un ofrecimiento de Al-Qaeda a los Estados Unidos de América para cooperar en la investigación de los atentados del 11 de septiembre.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

El ocaso de un líder, y de un proyecto – 08/11

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“[Debemos] revisarnos nosotros, empezando por el liderazgo de mí mismo”. La frase, transmitida por la televisión estatal venezolana el viernes 29 de julio, pertenece a Hugo Chávez. Confrontado a su propia mortalidad, el presidente de la República Bolivariana de Venezuela decidió renovar su atuendo, sus slógans y las lecturas de algunos pronunciamientos de los padres del Cristianismo. “¿Por qué tenemos que andar todo el tiempo con camisa roja?” preguntó retóricamente el día de su cumpleaños número 57 al mostrarse con una camisa amarilla, por motivos espirituales, según dejó saber. “Esa gente que se viste ropa interior roja es sospechosa”, agregó. El lema “Patria socialista o muerte”, hasta entonces usado insistentemente, será cambiado por “Patria socialista y victoria”, anunció. Chávez añadió que la cita bíblica atribuida al apóstol San Pablo -“me consumiré gustosamente al servicio del pueblo sufriente”- demanda asignarle otro sentido pues “consumirse es acabarse y yo no me voy a consumir y mucho menos gustosamente”. Mostrándose ante las cámaras con los signos de la quimioterapia, Chávez declaró: “Este es my new look”.

Estrambótico como siempre, en los que parecen ser sus tiempos finales de liderazgo político el presidente venezolano parece estar dispuesto al cambio. Pero se requerirán modificaciones más que ornamentales si él espera salvar a su país del legado de su propia revolución. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL), el año pasado la economía venezolana se contrajo el 1,6%, mientras que las economías latinoamericanas crecieron, en promedio, el 6%. Venezuela tiene uno de los índices más altos de inflación regional, si no el más alto: 23,6% anual. Tal como ha publicado el diario La Nación, la escasez de alimentos, estimada en el 18%, alcanza a productos básicos como la leche en polvo, el aceite de maíz, el azúcar, la carne y el pollo. Habiendo sido en el pasado el quinto exportador mundial de café, Venezuela hoy debe importar café de Nicaragua. Casi el 7% de la población no tiene vivienda, en tanto que el servicio eléctrico es deplorable. Cuando Chávez llegó al poder en 1998 hubo 4.550 homicidios; una década después el guarismo era de 14.589 según el Observatorio de Violencia Venezolano. El gobierno ya no publica estadísticas sobre el crimen.

En el área de la salud la situación es especialmente calamitosa. Conforme ha informado Mary Anastasia O´Grady en las páginas del Wall Street Journal, en las clínicas privadas el costo de los servicios hospitalarios crece un 39,7% anualmente, los costos de los servicios médicos y paramédicos crecen un 21,5% y los costos de los remedios y de los equipos médicos lo hacen al 17,4%. En los hospitales donde los precios no pueden ser aumentados, la calidad y el servicio han caído, resultando en faltantes desde aspirinas hasta pastillas para el colesterol. Con sueldos promedio de 325 dólares mensuales, los doctores que pueden abandonar el país lo hacen; la Federación Médica Venezolana reportó que hay 130.000 pacientes en espera parar ser operados en hospitales públicos. Este cuadro podría explicar la razón por la que Chávez eligió viajar a Cuba para ser atendido médicamente.

La isla comunista tiene la reputación de ser un paraíso de la salud. Con 73.000 médicos con licencia, posee la mejor tasa de médico por paciente en el mundo (1/170). Sin embargo, puede que Hugo Chávez tampoco confié demasiado en el sistema de su amigo Fidel Castro. Como ha observado O´Grady, su cirujano es español.

Junto al deterioro en la salud física del presidente se advierte un deterioro en la salud institucional del país, y ello puede verse de manera particular en la situación de su comunidad judía. Diariamente son hostigados los judíos en la prensa oficial y semioficial venezolana. El padecimiento es continuo y el tipo de retórica pública que deben escuchar puede verse en apenas dos citas de años dispares: en la Navidad del 2005 Chávez aseguró, elípticamente, que “algunas minorías, entre ellas los descendientes de los asesinos de Cristo, se han apoderado de las riquezas de este mundo”, y en junio de 2011 proclamó, ya sin ambigüedades, “¡Maldito eres, Estado de Israel!”. Una de las sinagogas fue profanada y una institución central que oficia a la vez de escuela y de club deportivo fue dos veces allanada bajo pretexto. En poco más de una década de gobierno, Chávez logró que alrededor de la mitad de la comunidad judía emigrara.

Hugo Chávez está enfermo, y Venezuela también. La salud del presidente está siendo debidamente atendida. Ya es hora de que también esa hermosa nación reciba la oportunidad de recuperarse.