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Comunidades, Comunidades - 2006

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

El paraíso de Hany Abu-Assad – 28/06/06

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Si es cierto lo que reza la conocida frase en lengua inglesa- “el camino al infierno está pavimentado con las mejores intenciones”- ¿podríamos afirmar que el camino al paraíso está pavimentado con las peores? Esto sería al menos lo que los atacantes-suicidas palestinos  parecerían querer confirmar, sólo que para ellos el asesinato indiscriminado de israelíes lejos está de ser una mala intención. Lo que el terrorista es para unos, un luchador por la libertad lo es para otros. O esto al menos es lo que parece querer afirmar el film “Paraíso Ahora” cuyo mensaje su director, el cineasta árabe-israelí Hany Abu-Assad, ha reiterado en numerosas entrevistas: “Una bomba humana no puede ser definida como ´terrorista´. Es simplemente un hombre con una bomba. Los atentados suicidas no son otra cosa que una reacción al terrorismo israelí. La ocupación y los ocupantes son el verdadero terrorismo” (La Nación, sección espectáculos, 19/6/06).

Con esta premisa como punto de partida, Abu-Assad ha construido una película justificadora del terrorismo palestino en la que apela a situaciones claramente irreales (como aquella escena en la que el hombre-bomba palestino decide no subirse al bus israelí al ver a una niña dentro del mismo) o totalmente higienizadas (como la toma final en la que el atentado queda meramente sugerido -pero jamás mostrado- donde vemos al atacante sentado en un bus copado mayoritariamente por soldados, no civiles). La saga de los terroristas palestinos encaja con los supuestos colectivos tradicionales propios de los círculos bien pensant a propósito de sus circunstancias y motivaciones. Dos jóvenes amigos quedan desempleados, son reclutados por una agrupación islamista, y aceptan la misión con mayor resignación que convicción. El ciclo pobreza-desesperación-reivindicación queda así asegurado. Por supuesto, el director somete al espectador al típico sermoneo propagandístico palestino: el terrorismo es el arma de los débiles, el gran igualador ante los tanques israelíes, el último recurso de los desesperados, etc. Y también: los israelíes humillan a los palestinos, los hacen sentir inferiores, etc. La ideología extremista y la incitación educativa parecen no jugar papel alguno en la gestación del jihadista palestino.

No obstante, lo más perturbador de “Paraíso Ahora” es la simpatía que genera hacia los terroristas. Al comentar sobre la película, Martha Fischer, crítica del New York Film Festival, reflexionaba con cierta inquietud acerca del nivel de identificación que ella, como espectadora, había sentido hacia uno de los atacantes y de cómo al ver que todo parecía salirse de curso se encontró anhelando que el terrorista pudiera cumplir con su misión asesina. Luego de ponderar sus “nociones de culpabilidad”, Fischer concluyó: “Me tranquilizó darme cuenta de que a todos quienes me rodeaban les había pasado lo mismo”. Lo que a esta crítica ha tranquilizado es precisamente lo que a este escritor ha preocupado: la empatía colectiva que este film apologético indudablemente despertará en audiencias desprevenidas.

Un aspecto positivo de la película es la autocrítica inmersa, una verdadera rareza en el discurso palestino. La aceptación popular de la violencia hasta la trivialización, la difusión de absurdas teorías conspirativas, los linajes familiares como determinantes de la ubicación social, la hipocresía de los líderes terroristas, y un muy demorado cuestionamiento al uso del terror como arma política, son algunos de los temas mencionados, si bien insuficientemente abordados, en el curso de la trama. El papel de Suha, la conciencia moral del film, está aptamente retratado, como lo está la ridiculización de la ceremonia de despedida de los jihadistas en la que la cámara deja de funcionar y los reclutadores mastican falafel mientras el elegido para la operación pronuncia su sentido discurso. Este novel sentido del humor palestino, esta suerte de parodia de sus enfermedades sociales más fundamentales, no puede sino ser bien recibido.

De haberse detenido allí, uno podría haberle dado cierto crédito al director. Pero  desafortunadamente, Abu-Assad nos induce a concluir que, cualesquiera sean los males que afligen a la sociedad palestina, todos ellos tienen origen en la “ocupación israelí”. No hay prácticamente nada que les competa hacerse cargo a los propios palestinos pues la raíz de todas sus aflicciones yacen en Israel. El punto es enfáticamente presentado por Said, el otro aspirante a terrorista-suicida, en un discurso bastante largo en el que, en un primer plano, recita ante la cámara las penurias de su existencia y cuyo eje central pasa por la apropiación del rol de víctima. Si hay algo en esta película que el director parece desear subrayar es la victimización palestina…un mensaje que resuena cómodamente en los sectores del falso  progresismo occidental contemporáneo. Ello explica la profusión de elogios regada sobre esta película: obtuvo doce premios y siete nominaciones, entre otros, el Golden Globe, Independent Spirit Award, European Film Award, Blue Angel del Festival de Berlín, y un premio de Amnesty International. La dirección no es especialmente buena, su guión no es singularmente atractivo, su montaje, fotografía o actuaciones tampoco sobresalen por su excepcionalidad. Más que la propuesta fílmica, lucen la etnicidad y la ideología como los determinantes finales. No sería exagerado aseverar que la comunidad artística mundial ha distinguido a este film como medio para premiar su preferencia política y reasegurar su cosmovisión del conflicto palestino-israelí.

Hany Abu-Assad ha alcanzado su propio paraíso profesional. Lo hizo recurriendo a la más usada de las recetas: justificando el terrorismo palestino y culpabilizando a Israel. No será novedoso, pero sigue siendo vigente para lo que hoy en día pasa por sofisticación intelectual.

Comunidades, Comunidades - 2006

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Por Julián Schvindlerman

  

Jóvenes al ataque – 14/06/06

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Primero apareció la noticia publicada el 31 de mayo último en el diario argentino La Nación. Su titular decía: “Seis meses después de los incidentes en los suburbios franceses. Noche de violencia cerca de París. Un grupo de jóvenes se enfrentó con la policía y atacó la alcaldía”. En la nota se utilizaba diez veces el término “jóvenes” al relatar el episodio, con  frases del tipo “unos 150 jóvenes se enfrentaron en la madrugada de ayer con la policía”, o “los incidentes se iniciaron cuando un grupo de jóvenes empezó a forzar la valla”, o “los jóvenes, muchos de ellos enmascarados y con bates de béisbol, lanzaron proyectiles contra la policía”, etc. Luego vino la segunda nota publicada en el mismo medio el 4 del presente. Decía su título: “Investigan lazos con Al-Qaeda. Desbarataron planes para cometer atentados en Canadá. Detuvieron a 17 personas que tenían en su poder una gran cantidad de explosivos”. El texto de la primicia indicaba que se trataba de “doce adultos y cinco jóvenes”, o simplemente de “hombres” y “menores”, y que todos ellos eran “residentes canadienses de diversos orígenes”. Los titulares son habitualmente armados por los editores del diario que los publica, mientras que los textos de las notas en este caso provenían de las agencias AP, AFP, ANSA, y Reuters. Quiere decir que al menos cuatro agencias de noticias internacionales y un medio nacional argentino nos informaban -en un lapso de cinco días- que “jóvenes”, “personas”, “adultos”, “hombres” y “menores” habían participado de actos de violencia en Francia y que planeaban cometerlos en Canadá, en cuyo caso específico se les habrían sumado “residentes canadienses de diversos orígenes”.

Al leer estos inquietantes desarrollos quedé muy sorprendido. Solo en la ciencia ficción podía uno encontrar una conspiración global tan vasta complotada por “personas”, “adultos”, “hombres” y “jóvenes”, aunque, hemos de admitir, no siempre por “menores” o “residentes canadienses de diversos orígenes”; eso ya era un touch peculiar. La vastedad de la amenaza retrotraía a la temible organización Specter que luchaba contra el James Bond de Ian Fleming en las primeras series de la saga o a la malvada Caos que perseguía al Maxwell Smart de Mel Brooks. En la vida real, yo había oído de Osama Bin-Laden, Al-Qaeda y la Hermandad Musulmana, pero nunca de una ofensiva semejante liderada por  “personas”, “adultos”, “hombres” y “jóvenes” a los que se les sumaban “menores” y “residentes canadienses de diversos orígenes”. Esto era algo sencillamente escalofriante.

Preocupado, decidí releer ambas notas en un intento de hallar alguna evidencia reveladora, algún indicio orientador, alguna pista aclaradora de la situación. Afortunadamente, la hallé en la fotografía que acompañaba a la segunda nota. Su capción rezaba “Mujeres allegadas a los arrestados dejan una corte, ayer, en Canadá”. Se veía a cuatro mujeres caminando tomadas de la mano, todas ellas vestían una especie de túnica negra que las cubría de pies a cabeza. Era el clásico chador islámico. Y ahí entendí. No se trataba del género, sino de una especie. No era que la humanidad toda había enloquecido y que las “personas” y los “adultos” y los “hombres” y los “jóvenes” y los “menores” y los “residentes canadienses de diversos orígenes” se habían juntado en una insólita conspiración mundial para atacar a Francia y a Canadá. Más bien, se trataba, como había sido tan usual en los últimos años, de violencia musulmana localizada. Los “jóvenes” de la primera nota eran en realidad jóvenes musulmanes o árabes en su mayoría, y las “personas”, “adultos”, “hombres” y “menores” involucrados en la segunda también eran árabes o musulmanes. Por su parte, los “diversos orígenes” de los residentes a los que aludía el texto eran en realidad orígenes árabes o islámicos.

No deja de resultarme curioso el hecho de que los mismos periodistas que se desviven por diferenciar entre el Islam moderado y el Islam radical, aquellos que insisten en considerar  las sutilezas, aquellos que nos sermonean día y noche acerca de los peligros de caer en excesivas generalizaciones, sean ellos mismos tan groseramente genéricos a la hora de describir simples hechos fácticos. Pongamos que un nativo de Marruecos, de religión musulmana, residente en Madrid, es detenido mientras planifica un atentado con explosivos contra un museo local. La manera justa de relatar ese episodio es indicar lo recién mencionado. No hay nada de racista o discriminador en identificar claramente al perpetrador. De hecho, esto es precisamente lo que los periodistas hacen regularmente al contar otras situaciones. Ejemplo: si un soldado norteamericano tortura en una cárcel iraquí, los periodistas y editores se ocupan de dejar bien en claro que el responsable de esa aberración ha sido un soldado norteamericano. No camuflan el dato con genéricos del tipo “un adulto torturó a prisioneros en Abu Grahib”. Si políticos israelíes deciden construir una valla de seguridad, la prensa internacional no confecciona titulares del tipo “personas construyen muro en Cisjordania”. Indican muy claramente el origen israelí de los involucrados. Pero cuando se trata de terroristas musulmanes que complotan en Canadá o de agitadores árabes que se violentan en Francia, la prensa abandona galantemente sus propios estándares. Ya no más claridad, ya no más discernimiento.

La prensa libre enfrenta una de dos opciones, si es que aspira a cierta coherencia intelectual. O bien de ahora en más democratiza su práctica protectora hacia los extremistas musulmanes, la amplia a todas las áreas, y produce titulares exóticos del tipo “seres humanos de una nación sudamericana anuncian trabas a las importaciones de cierto commodity”, o abandona sus absurdas generalizaciones y empieza de una vez por todas a ejercer su profesión de manera sensata y objetiva.

Publicado originalmente en Libertad Digital

Libertad Digital, Libertad Digital - 2006

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Jóvenes al ataque – 07/06/06

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Primero apareció la noticia publicada el 31 de mayo último en el diario argentino La Nación. Su titular decía: «Seis meses después de los incidentes en los suburbios franceses. Noche de violencia cerca de París. Un grupo de jóvenes se enfrentó con la policía y atacó la alcaldía». En la nota se utilizaba diez veces el término «jóvenes» al relatar el episodio, con frases del tipo «unos 150 jóvenes se enfrentaron en la madrugada de ayer con la policía», «los incidentes se iniciaron cuando un grupo de jóvenes empezó a forzar la valla» o «los jóvenes, muchos de ellos enmascarados y con bates de béisbol, lanzaron proyectiles contra la policía». Luego vino la segunda nota, publicada en el mismo medio el 4 de junio. Decía su título: «Investigan lazos con Al-Qaeda. Desbarataron planes para cometer atentados en Canadá. Detuvieron a 17 personas que tenían en su poder una gran cantidad de explosivos». El texto de la primicia indicaba que se trataba de «doce adultos y cinco jóvenes», o simplemente de «hombres» y «menores», y que todos ellos eran «residentes canadienses de diversos orígenes».

Los titulares son habitualmente armados por los editores del diario que los publica, mientras que los textos de las notas en este caso provenían de las agencias AP, AFP, ANSA, y Reuters. Quiere decir que al menos cuatro agencias de noticias internacionales y un medio nacional argentino nos informaban –en un lapso de cinco días– que «jóvenes», «personas», «adultos», «hombres» y «menores» habían participado de actos de violencia en Francia y que planeaban cometerlos en Canadá, en cuyo caso específico se les habrían sumado «residentes canadienses de diversos orígenes».

Al leer estos inquietantes desarrollos quedé muy sorprendido. Solo en la ciencia ficción podía uno encontrar una conspiración global tan vasta complotada por «personas», «adultos», «hombres» y «jóvenes», aunque, hemos de admitir, no siempre por «menores» o «residentes canadienses de diversos orígenes»; eso ya era un toque peculiar. La vastedad de la amenaza retrotraía a la temible organización Spectra que luchaba contra el James Bond de Ian Fleming en las primeras series de la saga o a la malvada Caos que perseguía al Maxwell Smart de Mel Brooks. En la vida real, yo había oído de Osama Bin-Laden, Al-Qaeda y la Hermandad Musulmana, pero nunca de una ofensiva semejante liderada por «personas», «adultos», «hombres» y «jóvenes» a los que se les sumaban «menores» y «residentes canadienses de diversos orígenes». Esto era algo sencillamente escalofriante.

Preocupado, decidí releer ambas notas en un intento de hallar alguna evidencia reveladora, algún indicio orientador, alguna pista aclaradora de la situación. Afortunadamente, la hallé en la fotografía que acompañaba a la segunda nota. Su capción rezaba «Mujeres allegadas a los arrestados dejan una Corte, ayer, en Canadá». Se veía a cuatro mujeres caminando tomadas de la mano, todas ellas vestían una especie de túnica negra que las cubría de pies a cabeza. Era el clásico chador islámico. Y ahí entendí. No se trataba del género, sino de una especie. No era que la humanidad toda había enloquecido y que las «personas» y los «adultos» y los «hombres» y los «jóvenes» y los «menores» y los «residentes canadienses de diversos orígenes» se habían juntado en una insólita conspiración mundial para atacar a Francia y a Canadá. Más bien, se trataba, como había sido tan usual en los últimos años, de violencia musulmana localizada. Los «jóvenes» de la primera nota eran en realidad jóvenes musulmanes o árabes en su mayoría, y las «personas», «adultos», «hombres» y «menores» involucrados en la segunda también eran árabes o musulmanes. Por su parte, los «diversos orígenes» de los residentes a los que aludía el texto eran en realidad orígenes árabes o islámicos.

No deja de resultarme curioso el hecho de que los mismos periodistas que se desviven por diferenciar entre el Islam moderado y el Islam radical, aquellos que insisten en considerar las sutilezas, aquellos que nos sermonean día y noche acerca de los peligros de caer en excesivas generalizaciones, sean ellos mismos tan groseramente genéricos a la hora de describir simples hechos fácticos. Pongamos que un nativo de Marruecos, de religión musulmana, residente en Madrid, es detenido mientras planifica un atentado con explosivos contra un museo local. La manera justa de relatar ese episodio es indicar lo recién mencionado. No hay nada de racista o discriminador en identificar claramente al perpetrador.

De hecho, esto es precisamente lo que los periodistas hacen regularmente al contar otras situaciones. Por ejemplo, si un soldado norteamericano tortura en una cárcel iraquí, los periodistas y editores se ocupan de dejar bien claro que el responsable de esa aberración ha sido un soldado norteamericano. No camuflan el dato con genéricos del tipo «un adulto torturó a prisioneros en Abu Ghraib». Si políticos israelíes deciden construir una valla de seguridad, la prensa internacional no confecciona titulares del tipo «personas construyen muro en Cisjordania». Indican muy claramente el origen israelí de los involucrados. Pero cuando se trata de terroristas musulmanes que organizan un complot en Canadá o de agitadores árabes que comenten se violentan en Francia, la prensa abandona galantemente sus propios estándares. Ya no más claridad, ya no más discernimiento.
La prensa libre enfrenta una de dos opciones, si es que aspira a cierta coherencia intelectual. O bien de ahora en adelante democratiza su práctica protectora hacia los extremistas musulmanes, la amplía a todas las áreas y produce titulares exóticos del tipo «seres humanos de una nación sudamericana anuncian trabas a las importaciones de cierto bien de consumo» o abandona sus absurdas generalizaciones y empieza de una vez por todas a ejercer su profesión de manera sensata y objetiva.

Comunidades, Comunidades - 2006

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Por Julián Schvindlerman

  

La traición Holandesa a Ayaan Hirshi Ali – 31/05/06

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En el marco de una feroz guerra interna en el Islam -que enfrenta a radicales con moderados, donde la preponderancia de los primeros se debe en gran parte al silencio de los segundos- cabe esperar que Occidente apoye a los moderados pacíficos en su gesta contra el extremismo de los fundamentalistas violentos. Dado que son tan pocos los musulmanes moderados que se atreven a criticar públicamente el dogmatismo de sus hermanos fanáticos, es dable esperar que ellos fueran a recibir todo el apoyo posible que las sociedades occidentales pudieran brindarles, cuando finalmente lo hacen. Esto que luce tan lógico no siempre suele darse, y el sonado caso reciente de Holanda versus Ayaan Hirsi Ali lamentablemente lo demuestra.

Esta señorita musulmana cobró fama mundial en el año 2004 cuando un musulmán radical asesinó a tiros y a puñaladas, a plena luz del día y en la vía pública, al cineasta holandés Theo Van Gogh. Su crimen: haber documentando en un film (“Sometimiento” es su nombre) el maltrato al que las mujeres están expuestas en las sociedades islámicas. El asesino dejó tras su puñalada final un panfleto de cinco páginas clavado sobre el pecho de la víctima, titulado “Carta abierta a Hirsi Ali”, la guionista del documental. Ella ya estaba bajo protección policial por haber renunciado a su Fe unos años atrás, dado que la apostasía es penalizada con la muerte en el Islam. Pero la ciudadanía pronto expiraría, con lo cuál esta feminista musulmana debió apresurar su partida del país bajo. Las razones aparentes de la caducidad de su ciudadanía son técnicas: Hirsi Ali declaró un nombre y una fecha de nacimiento incorrectos al aplicar para el status de asilo en Holanda, años atrás. Las razones reales son morales: la sociedad holandesa se hartó de proteger a una crítica del Islam radical.

En un principio, todo parecía indicar que Europa había acogido dignamente a esta luchadora ejemplar. Ayaan Hirsi Ali nació en Somalía en 1969, el mismo año en que un golpe de estado llevó al poder al comunista Mamad Siad Barre. La familia de Ayaan huyó a Arabia Saudita, un país ultra-religioso del que serían expulsados un año más tarde. La familia se asentó temporalmente en Etiopía para trasladarse eventualmente a Kenia. A los 23 años, Ayaan aparentemente fue informada por su padre que un primo lejano la esperaba para desposarla  en Canadá. Durante un escala en Alemania, Ayaan se fugó de polizonte en un tren hacia Holanda, con la esperanza de una vida mejor. Allí obtuvo asilo político como refugiada, trabajó de sirvienta, repartidora de cartas, y traductora, estudió ciencias políticas en la Universidad de Leiden, escribió un libro crítico de la cultura islámica, se sumó a la política local, fue electa diputada, y fue ganando cada vez más espacio como una pensadora independiente en una sociedad libre y meritocrática. Los reconocimientos a su trayectoria no tardaron en llegar. Con apenas treinta seis años de vida,  Hirsi Ali ha cosechado numerosos premios a la libertad y a la tolerancia por parte de centros de investigación, partidos políticos, y revistas de Dinamarca, Noruega, y España, y ha sido nominada al premio Nobel de la paz por un miembro del parlamento noruego.
 
Pero el encantamiento europeo con esta joven renegada islámica parece haberse esfumado, al menos en Holanda. La falsa declaración de Ayaan a propósito de su nombre y edad habían sido hechas públicas por ella misma años atrás, primero en un libro de su autoría y luego en una entrevista con un medio local. El escándalo actual estalló luego de que un programa televisivo de orientación izquierdista revelara el hecho el mes de mayo, años después de que ella misma lo hiciera. El verdadero escándalo es la debilidad ideológica y moral de sus compatriotas. El mes anterior, un juez la echó de su departamento luego de que sus vecinos adujeron que su presencia en el edificio los ponía en peligro y además provocaba una caída en el valor de la propiedad. Según sondeos, cerca de la mitad de los holandeses creen que ella debería perder la ciudadanía. Esta feminista valiente es una víctima de la cobardía y la necedad de su pares. Ellos creen, ingenuamente, que su partida calmará las aguas de la tempestad islamista local. Se equivocan.

Hirsi Ali encontró su nuevo refugio en los Estados Unidos, donde trabajará para el American Enterprise Institute, prominente centro de investigación conservador que la ha invitado a su casa. En la carta de invitación, el presidente de este instituto escribió unas palabras muy aleccionadoras para los europeos de temple tímido: “Nosotros apreciamos que sus puntos de vista han sido polémicos y probablemente permanecerán así; creemos que controversias como éstas, cuando son llevadas a cabo en un espíritu de civilidad y exploración razonada, son esenciales para el progreso intelectual, y deben ser bien recibidos en lugar de temidos…Mis colegas y yo esperamos con entusiasmo darle la bienvenida al AEI, y a América”. Solo en América; la tierra en la que la revista Time la ubicó entre las 100 personas más influyentes del mundo en el 2005, en la que la revista Reader´s Digest la eligió como “la europea del año 2006”, y en la que el American Jewish Committee le dio el “premio al coraje moral” este último mes de mayo.

Este caso ilustra muy elocuentemente las diferencias de enfoque entre Norteamérica y Europa acerca de la lucha contra el Islam radical, de la entereza moral de unos y otros, y de las consecuencias que se verán al fin del camino de uno y otro lado del Atlántico. Estas palabras de Daniel Schwammenthal, editorialista de la versión europea del Wall Street Journal, escritas acerca del affair Hirsi Ali, serán algún día consideradas proféticas : “Donde los defensores de la democracia deben huir mientras que los enemigos de la sociedad libre deambulan por las calles, no solo el valor de la propiedad será muy barato. También lo será la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

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Por Julián Schvindlerman

  

República del apocalipsis – 17/05/06

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“Hay un ayatollah sentado detrás de su escritorio”. Con esas palabras recibió una secretaria desde Teherán el llamado proveniente de Europa de un ex ejecutivo iraní en 1979. La Revolución Khomeinista acababa de triunfar y una larga noche comenzaba a descender sobre la alguna vez pujante Persia de antaño. Una generación después, los ayatollahs siguen sentados trás los escritorios del país.

En ese período los sufrimientos del pueblo iraní han sido agudos. El disenso ideológico ha sido penalizado. La libertad de expresión censurada. La única religión permitida es la oficial. Para las mujeres, la vida en Irán ha sido especialmente ardua. Niñas-mendigo de las calles de Teherán han debido disfrazarse de niños para evitar ser maltratadas. Años atrás, una diplomática europea acreditada en Tel-Aviv le contó a este articulista que cierta noche oyó ruidos extraños en su casa. Asustada, salió corriendo a la calle pero al percatarse que tenía su cabellera descubierta, optó por regresar. Más le temía a la policía iraní que al prospecto de encontrarse sola ante un intruso extraño en su propia casa. (Al final, se había tratado de un gato). En una reciente nota publicada en The New Republic, el politólogo alemán Matthias Kuntzel trajo una descripción del diario semi-oficial iraní Ettelaat a propósito del uso de niños para hallar minas explosivas durante la guerra que enfrentó a Irán con Irak en la década de los ochenta. “En el pasado hemos tenido niños voluntarios: de 14, 15 y 16 años. Iban a los campos minados. Sus ojos veían nada…y luego, unos momentos más tarde, uno veía nubes de polvo. Cuando el polvo se había dispersado, no se veía más nada de ellos. En algún lugar, ampliamente esparcidos en el paisaje, yacían restos de carne quemada y pedazos de hueso”. De ahora en más ello cambiaría, y un criterio más sensible hacia los niños iraníes prevalecería. Continuaba el diario iraní: “Antes de entrar a los campos minados, los niños [ahora] se envuelven en sábanas y ruedan por el suelo, de manera que las partes de su cuerpo permanezcan juntas luego de la explosión de las minas y uno pueda llevarlos a sus tumbas”.

Damas y caballeros, con Uds. el régimen iraní.

Desde el triunfo de Mahmoud Ahmadinejad la situación ha empeorado, aunque ya no solo para los iraníes. El actual presidente se ve a sí mismo como el facilitador de la llegada del Doceavo Imán (la cual estaría precedida por el Armageddón) y al poco tiempo de asumir cargos asignó u$s 17 millones de fondos oficiales a la mezquita Jamkaran, de cuyo precinto los más devotos iraníes musulmanes creen que el Doceavo Imán surgirá. A su vez, Ahmadinejad sufre de alucinaciones divinas. Inadvertidamente, quedó filmado en un video luego de su discurso ante la Asamblea General de la ONU el mes de septiembre último, al decir a un clérigo que mientras se dirigía a la familia de las naciones “sentí que la atmósfera repentinamente cambió y durante esos 27 o 28 minutos, los líderes del mundo no pestañearon…Era como si una mano los estuviera reteniendo allí, y abrió sus ojos para recibir el mensaje de la República Islámica”. Y además, parece ser proclive a la filosofía existencialista. Desde que asumió el poder, continuamente pondera si el Holocausto ha realmente ocurrido o no, reflexiona a propósito de la existencia del estado judío, y se pregunta como luciría -conforme al título de una conferencia pública de reciente acontecimiento en Teherán- “un mundo sin sionismo”. En pocas palabras, Irán está siendo gobernada por un delirante, y permitirle que acceda a armamento nuclear sería una locura.

El problema trasciende a este líder peculiar, no obstante; otros varios líderes iraníes en el pasado ya habían llamado a la destrucción de Israel, fomentado un sentimiento anti-occidental en su patria, esponsoreado terrorismo internacional, desarrollado misiles balísticos de largo alcance, y efectuado operaciones de asesinatos de disidentes exiliados. Pero la renovada obsesión anti-israelí del presente régimen debería ameritar renovada preocupación mundial acerca del uso no pacífico de la tecnología nuclear por parte de la república islámica. Un reciente intercambio indirecto de pronunciamientos amenazantes entre Estados Unidos e Irán muestra cuan grave es la amenaza que pesa sobre Israel. Primero, Ahmadinejad anuncia su anhelo de “borrar a Israel del mapa”. Acto seguido, el presidente Bush advierte que si Irán ataca al estado judío, Norteamérica defenderá a Israel. Luego, un almirante de las guardias revolucionarias iraníes dice que Israel será el primer objetivo en su lista si EE.UU. atacara a Irán. Vale decir, si Washington no interviene para frenar el programa nuclear iraní, sabemos que en un horizonte no muy lejano Teherán intentará pulverizar a Jerusalém. Y si Washington interviene para prevenir ello, entonces Teherán lo intentará también.  

Hace poco, Charles Krauthammer señalaba un simbolismo inquietante en las páginas del Washington Post. Por primera vez en casi dos mil años -desde la caída de Judea en manos de Roma en el siglo II de la era común- hay más judíos en Israel (5.6 millones) que en cualquier otra nación del mundo (incluyendo a EE.UU., con 5.2 millones de judíos). Para cuando Irán -hoy gobernada por un “demagogo que quiere hacerle a los israelíes lo que él aduce los nazis no le hicieron a los judíos” según Amnon Rubinstein- obtenga la bomba nuclear, de aquí unos años, la población judía de Israel estaría rondando los 6 millones…precisamente la cantidad de judíos exterminados en Europa, unas pocas décadas atrás, por otro fanático alucinado.

El paralelismo histórico es escalofriante y la situación ya se ha tornado demasiado grave como para seguir apostando a las virtudes de la diplomacia. El momento para actuar es ahora: antes de que Irán adquiera poderío nuclear y deje de ser una nación peligrosa para transformarse en una nación peligrosa y además intocable.

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T de terrorismo – 28/04/06

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En lo relativo al extremismo ideológico y la violencia política, una de las pocas decisiones moralmente claras que Hollywood parece haber podido tomar es que el Nazismo fue algo malo. De ahí en más, todo resulta confuso, grisáceo o relativo para los genios creativos de la industria del entretenimiento en celuloide. Tres películas de estreno reciente ilustran el punto: “Munich” de Steven Spielberg, una realización edulcorada que muestra titubeo en condenar sin amagues al terrorismo; “Paradise Now” de Hani Abu-Assad, una apología descarada del terrorismo-suicida palestino; y “V de Venganza” de los hermanos Andy y Larry Wachowski, bizarro film que celebra sin ambigüedades el anarquismo y terrorismo de antaño.

En “Munich”, en lugar de enfocarse en las obscenidades del terrorismo, Spielberg prefirió tratar los dilemas éticos del contraterrorismo, y para empeorar aún más las cosas, termina sugiriendo que moralmente no hay mayores diferencias entre lo primero y lo segundo.
Aquí no hay buenos y malos conforme al clásico patrón de Hollywood, sino personajes atormentados por el peso de sus conciencias en tanto avanzan en la consecución de su misión; ellos son los agentes israelíes que deben ajusticiar a los militantes palestinos que planearon y ejecutaron el asesinato de 11 compatriotas en las Olimpíadas de Munich de 1972. Las líneas entre lo justo y lo injusto, lo correcto y lo incorrecto, lo moral y lo inmoral, van gradualmente diluyéndose hasta transformarse en una masa acuosa que al evaporarse no deja tras de sí certeza ética alguna. La frase más citada del film, “Toda civilización encuentra necesario negociar concesiones con sus propios valores”, intenta sugerir que hay algo intrínsecamente errado en la noción de luchar contra el terror. Este film puede ser visto como un espejo de la confusión interna de su director en lo relativo a la lucha antiterrorista, acontezca ésta en Israel o en su país natal.

“Paradise Now” es un film de alto contenido político dirigido por un palestino nacido en Nazareth, portador de ciudadanía israelí, que actualmente reside en Holanda. Esta película, aún no estrenada en la Argentina, recibió entre otros el premio del Festival de Berlín y el Golden Globe a la mejor película extranjera y fue nominada en la misma categoría a los premios Oscar de la Academia. La película narra la historia de dos atacantes suicidas palestinos mientras preparan un atentado en Tel-Aviv. Sus críticos han centrado sus protestas en la amabilidad del retrato de los atacantes, en la ausencia de sentimientos hacia las víctimas, y en la glorificación del fenómeno del terrorismo-suicida presente en la trama. El cineasta palestino se defendió aduciendo que el “verdadero terrorismo” emana de Israel, “el estado ocupador”. Trágica e irónicamente, el día que “Paradise Now” recibió uno de sus premios en Europa, un terrorista palestino se inmoló en la localidad israelí de Netanya matando a seis personas e hiriendo a varias otras. Es muy lamentable que la comunidad artística mundial haya sido incapaz de sancionar un film que exalta al terrorismo. Que esta producción haya cosechado tantos premios en Europa y EE.UU. es un testimonio a la banalización occidental de la violencia política actual.

Es, no obstante, la película “V for Vendetta” la que uno debe ver para advertir hasta que niveles la trivialización del terrorismo ha llegado. Esta película está inspirada en la historia de Guy Fawkes, el anarquista católico que en 1601 intentó explotar el parlamento británico. El film es absurdo en muchos aspectos pero altamente inquietante en al menos uno: puede tener el efecto de que las audiencias salgan de las salas de cine aplaudiendo a un terrorista que logra hacer volar en mil pedazos el Big Ben mediante explosivos transportados en el sistema de subtes londinense. El estreno de “V for Vendetta” -planeado para noviembre de 2005- debió ser postergado hasta marzo de 2006 para tomar distancia temporal de los ataques de julio último en Londres. Celebrar el terrorismo a cuatro meses de aquella pesadilla sería de mal gusto, habrán concluido los gurúes marketineros del film. ¿Otros cuatro meses después estará bien?

Llamémoslas ironías del destino si se quiere, pero hay algo de simbólico en ello. Es como si no importara cuanto Hollywood lo siga intentando, la realidad, tarde o temprano, termina haciendo añicos sus fantasías de celuloide. Y pocos casos ilustran esto como el del director árabe-americano Moustafá Akkad.

Akkad nació en Siria y se mudó a los EE.UU. donde estudió cinematografía. Si bien produjo la serie de películas “Halloween”, dedicó gran parte de su vida profesional a presentar una imagen positiva de los musulmanes, a quienes él consideraba que Hollywood no retrataba con justicia. En películas tales como “Mohammed, Messenger of God”, sobre la vida de Mahoma, o “Lion of the Desert”, sobre beduinos que luchaban contra el colonialismo, este director aspiraba a presentar una épica musulmana divergente de los convencionalismos en los que, según él, los productores estadounidenses regularmente caían. Estaba preparando una nueva película cuando murió. El film se llamaría “Saladin”, sería protagonizado por Sean Connery, y su propósito sería proteger al Islam de las distorsiones occidentales. Tal como el mismo acotó: “El Islam ahora mismo está siendo retratado como una religión ´terrorista´ en occidente y al hacer este tipo de película, estoy mostrando la verdadera imagen”. El 9 de noviembre de 2005, varios terroristas-suicidas musulmanes fueron enviados por Abu Mussab al-Zarqawi hacia Ammán, la capital de Jordania. Una vez allí, se inmolaron en los hoteles Radisson, Grand Hyatt y Days Inn provocando la muerte a docenas de personas.

Una de las víctimas fue Moustafá Akkad.

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Por Julián Schvindlerman

  

Qué hacer frente al triunfo de Hamas – 06/04/06

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Los resultados de las elecciones palestinas e israelíes han sido sumamente esclarecedores. Mientras que los israelíes han optado por el centrismo y el pragmatismo, representados por Kadima, los palestinos han puesto en el poder al elemento más radical de sus filas, el fundamentalismo islámico del Hamas. En tanto que los israelíes parecen haber ingresado en la era que el comentarista Amotz Asa-El denomina “neo-centrista, post-territorial y post-ideológica”, los palestinos aparecen estancados más que nunca en el fanatismo y la intransigencia. Una vez más nos topamos con el hecho lamentable de que el conflicto palestino-israelí tiene sus raíces en el rechazo palestino a la existencia de Israel y de que, en consecuencia, su resolución no es contingente a los resultados de ésta o cualquier otra elección israelí.

El acceso de Hamas al máximo poder político en la arena palestina reafirma la opción unilateral israelí. Tal como acotó David Horovitz, editor general del Jerusalem Post, si el fracaso de Camp David en el 2000 demostró que el liderazgo palestino no quería la paz, el ascenso de Hamas en el 2006 prueba que el pueblo tampoco. La ausencia de un auténtico socio para la paz en el campo palestino es histórica. El primer líder palestino notable fue Haj-Amín al-Husseini, un simpatizante y colaborador del Tercer Reij. A éste lo sucedió un pariente suyo, Yasser Arafat, la primera figura palestina con la  que Israel se avino a lidiar diplomáticamente y que resultó ser un terrorista irreformado. Su sucesor, Abu Mazen, fue y aún es un negador del Holocausto. Y ahora los palestinos nos traen a Ismael Hanyeh, un fanático religioso. Ya es hora de aceptar la indisposición palestina hacia la paz.

En junio de 2002, el presidente George W. Bush creó un importante precedente político al convertirse en el primero de todos los presidentes norteamericanos en expresar apoyo público al establecimiento de un estado palestino. Tal apoyo fue, no obstante, condicional a la performance de su liderazgo. El estado palestino sería visto favorablemente siempre y cuando su liderazgo no estuviera “comprometido con el terror”. Hoy, para incomodidad de la administración republicana y para vergüenza palestina, el gobierno palestino esta lleno de terroristas. De 24 ministros del nuevo gabinete, 14 cumplieron condenas en cárceles israelíes.

¿Fue el voto hacia el Hamas un voto-protesta frente a la corrupción de Fatah? No. Había listados de candidatos independientes con propuestas de reforma y mayor transparencia y flexibilidad. Ellos obtuvieron solamente dos bancas, frente a las 74 del Movimiento de Resistencia Islámico (su nombre en árabe). La plataforma del Hamas es pública y bien conocida por los palestinos. Llama a la destrucción de Israel y a la creación de un califato islámico desde el río Jordán al mar Mediterráneo.

¿Cortar la asistencia económica implica castigar al pueblo palestino? No. Significa  educarlo, enseñarle que las decisiones nacionales acarrean consecuencias nacionales. Hamas no tomó el poder mediante un golpe de estado; fue electo mediante sufragio popular y libre. Su ascenso al poder refleja la voluntad del pueblo palestino. ¿Pero aislar al Hamas, no lo llevará a los brazos protectores de Irán? No, ya está allí. Los ayatollas iraníes ya vienen financiando a esta agrupación terrorista islámica por un largo tiempo.

¿Y que entonces sobre respetar los procesos democráticos tan defendidos por EE.UU.? Sí, pero una cosa es respetar a una democracia y otra cosa es respectar a una entidad terrorista. Ejemplo al caso es la Austria del año 2000 cuando la victoria democrática del nacionalista Jorg Haider no impidió que ese país fuera puesto en una virtual cuarentena diplomática. Acá la situación es más grave: además de ser negacionistas y judeófobos, como Haider, los islamistas palestinos anhelan destruir al estado judío y están involucrados en operaciones terroristas. Si por mucho menos se marginó a Austria, ¿por qué no hacerlo ahora con la nueva y empeorada Autoridad Palestina?

Desde su triunfo electoral, el Hamas se ha rehusado a reconocer a Israel y a abandonar la “resistencia”. Solo ha suscripto a una tregua informal y pronunciado lindas palabras para consumo occidental. El analista Ehud Yaari opina que probablemente el Hamas ofrecerá una extensión de dicha tregua y accederá a una falsa aceptación de Israel a cambio de independencia, sin paz ni resolución del conflicto. Él estima que la comunidad internacional presionará a Israel aduciendo que es preferible un armisticio sin acuerdo de paz a la violencia, y que la izquierda israelí optará por el escenario posible en detrimento del escenario necesario: el cumplimiento de los tres requisitos exigidos hasta el momento, a saber: reconocimiento de Israel, abandono del terrorismo, y respeto de acuerdos preexistentes.

Asumir que el Hamas moderará sus posiciones ahora que ha dejado de ser un grupo opositor y se ha hecho más fuerte mediante el control del aparato estatal palestino es ubicar a la esperanza por sobre la razón. Arafat no lo hizo, Saddam Hussein no lo hizo, Bashar el-Assad no lo hizo, Mahmoud Amadinejad no lo hizo, y el mullah Omar tampoco lo hizo. ¿Por que habría de hacerlo Ismael Hanyeh, cuando está a su vez comprometido teológicamente con una cosmovisión islamista radical vinculada a la agenda global de la Hermandad Musulmana?

El Islam fundamentalista ya gobierna Palestina. Hizbullah tiene fuerte presencia en El Líbano. Al-Qaeda opera en Jordania y Egipto. Esperemos que Europa, Rusia y otros se sumen a los esfuerzos israelíes y estadounidenses en contener el Hamastán que acaba de ser creado no muy lejos de Jerusalém. En este panorama inquietante, el unilateralismo defensivo surge como la mejor opción política para Israel. Podrá no ser lo más agradable en materia de relaciones públicas, pero en la escala de prioridades el cariño mundial viene después de la seguridad nacional.

Comunidades, Comunidades - 2006

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Por Julián Schvindlerman

  

Un Talibán en América – 15/03/06

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La mañana del 26 de febrero último me encontraba en Nueva York y decidí desayunar distendidamente en uno de los tantos Starbucks Coffee que adoro. Me senté en una de sus mesas acompañado por un delicioso y humeante café de chocolate blanco, desplegué la abultada edición dominical del New York Times, y, al toparme con la portada de su revista,  quedé estupefacto. El rostro de un joven afgano me miraba, vestía saco y camisa, y más abajo se leía la siguiente capción: “Él fue el vocero de los Talibanes. ¿Entonces que está haciendo en Yale?”. Así, en segundos, aquella atmósfera de relajo se disipó por completo.

Y no era para menos. ¿Cómo podría el ex portavoz de uno de los regímenes más retrógrados del planeta, legendario por su fanatismo religioso y antiamericanismo visceral, y bajo cuya hospitalidad planeó Osama Bin-Laden los atentados contra el World Trade Center, residir libremente y estudiar en una de las universidades elite del “imperio”? ¿Cómo pudo Yale aceptarlo cuando –consideraciones políticas al margen- este joven de 27 años ni siquiera había terminado el secundario? ¿Cómo pudo el Departamento de Estado –tan estricto desde el 11 de septiembre de 2001 con la emisión de visados- haber aprobado su ingreso al territorio soberano? ¿Cómo pudo la comunidad de inteligencia –después de tantas reorganizaciones institucionales- no haber detectado esto? Todo lucía demasiado bizarro para ser cierto. Pero lo era. Rahmatullah Hashemi, tal es su nombre, estudió tranquilamente en una de las más prestigiosas universidades norteamericanas (el alma mater del presidente George W. Bush, irónicamente) durante ocho meses hasta que el New York Times causó revuelo con la publicación de la insólita novedad.

El enlace que le abrió el camino hacia Estados Unidos fue Mike Hoover, un periodista freelance de la CBS de quién Hashemi fue guía y traductor durante una de las varias visitas que el primero hizo a Afganistán, luego permanecieron en contacto, y cuando el régimen Talibán cayó Hoover sugirió a Hashemi que continuara sus estudios del otro lado del mapamundi, llegando incluso a crear una fundación para lograr tal propósito. Como resultado de sus esfuerzos, ahora estamos presenciando una de las situaciones más surrealistas de la era post-9/11: quien fuera portavoz de un régimen bestial que promovió terrorismo, oprimió a las mujeres, masacró a homosexuales, y odiaba a los “infieles”, ahora se pasea en un campus universitario con judíos, cristianos, ateos, mujeres liberadas, gays y lesbianas, cena frecuentemente en el restaurante kosher de la universidad, y hasta se anotó en el curso “Terrorismo: pasado, presente y futuro”.

Todo esto es a primera vista tan sorprendente que uno se ve arrastrado al campo de la especulación en un intento de explicar racionalmente las motivaciones estadounidenses en este affair. ¿Podría tratarse de un premio político a un ahora informante? ¿Estarían los expertos en relaciones públicas procurando convertir al ex-Talibán en un símbolo del triunfo norteamericano en la tan mentada guerra de las ideas? Es difícil saberlo, pero ambas conjeturas lucen improbables. En cuanto a la primera, un buen fajo de billetes hubiera logrado lo mismo más discretamente. En cuanto a la segunda, para ser coherente debía haber estado acompañada de una campaña de publicidad. 

Me temo que más bien se trata de un caso de respeto a la diversidad cultural llevado al extremo, donde en aras del multiculturalismo las elites progresistas norteamericanas parecen estar dispuestas a todo…incluso a albergar al enemigo en su propia casa. Tal es así que lejos de abochornarse por la noticia, un diplomático que dicta clases allí dijo en una entrevista con la revista de la universidad Yale Daily News que “esto nos muestra al frente en identificar y estimular a aquellos con el potencial de hacer del Medio Oriente un lugar mejor y una región responsable dentro de la comunidad internacional”.

Si este es uno de esos candidatos destinados a mejorar el Medio Oriente estamos en problemas. Hashemi fue el defensor público de un régimen feudal que exhibió cuerpos descabezados en la calles a modo de advertencia a futuros rebeldes, que exterminó a homosexuales arrojándolos en pozos que luego eran cubiertos con trozos de paredes demolidas sobre ellos, que les arrancaba las uñas a mujeres que osaban maquillarse, que ejecutaba públicamente a opositores en el estadio de fútbol de Kabul, que demolió dos estatuas milenarias de Budah y que mandó a sacrificar cien vacas en penitencia por no haber derribado las estatuas con anterioridad, entre otras atrocidades. Tan cruel era la vida para las mujeres durante la era Talibán que según un estudio de la profesora de Harvard, Lynn Amowitz, el 18% de 223 mujeres afganas que ella entrevistó dijo haber intentado suicidarse bebiendo pesticidas o ahogándose en ríos locales. Una mujer que huyó de Afganistán durante los años ochenta comentó al Wall Street Journal: “La ironía de que Yale esté educando a un oficial de un régimen que prohibía a las mujeres  ir a la escuela es demasiado”. Consciente de la contradicción presente, el propio Hashemi dijo al New York Times: “En cierto sentido soy la persona más afortunada del mundo. Pude haber terminado en la Bahía Guantánamo. En lugar de ello terminé en Yale”.

Después de todo, quizás sea Yale el lugar adecuado para Hashemi. La noción de aceptación de la “otredad” reina tan magistralmente en su campus que en marzo de 2001 se realizó un debate titulado “El Talibán: pros y contras” -sigo curioso por saber cuales eran los “pros”- y Amy Aaland, la directora ejecutiva del centro judío donde el ex-talibán cena usualmente –la veta judía en este episodio no podía faltar- no tiene reparos en afirmar que este asunto es “representativo de la rica diversidad cultural de Yale”.

También es representativo, uno podría agregar, de la desubicada benevolencia que plaga a vastos sectores del progresismo norteamericano.

Comunidades, Comunidades - 2006

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Por Julián Schvindlerman

  

Las caricaturas de la discordia – 01/03/06

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Cuando el artista argentino León Ferrari exhibió su obra que mostraba la cocción de Jesús sobre una sartén, hubo quejas y protestas de parte de adherentes a la Fe católica en Buenos Aires. También hubo quejas y protestas cuando una muestra de arte en Estados Unidos presentaba un cuadro de la Virgen María cubierto con excremento de elefante (tuve el disgusto de presenciar esa asquerosidad personalmente en Nueva York años atrás) o cuando otro “artista” tuvo la ocurrencia de hacer pasar por innovación la exposición de un crucifijo dentro de un tacho lleno de orina. En todos estos casos el carácter insultante hacia  la simbología religiosa cristiana era tan intencional como evidente, más la reacción de los católicos ofendidos consistió principalmente en enviar cartas de lectores a los periódicos y  organizar manifestaciones pacíficas.

Se trató de cristianos que ofendían a otros cristianos, uno podría acotar, y eso explicaría la mesura de la respuesta a la ofensa inicial. Quizás. Pero cuando cristianos ofendieron a judíos publicando en la prensa europea caricaturas demonizadoras de los israelíes durante gran parte de lo que duró la denominada intifada “Al-Aqsa”, apelando en muchos casos a clásica iconografía antijudía, la reacción israelí consistió centralmente en presentar alguna que otra queja formal a nivel diplomático y en enviar cartas a los periódicos u organizar manifestaciones a nivel comunitario. Lo más violento que lo que yo tengo registro en este campo, consistió en la actitud de un embajador israelí en Estocolmo de estropear una “obra” que presentaba la fotografía de una terrorista palestina navegando sobre una piscina de líquido rojo que sugería la glorificación o banalización del derramamiento de sangre judía.  

Finalmente, cuando cristianos publicaron caricaturas ofensivas para la grey islámica, la reacción no se limitó al campo de la legítima y pacífica protesta, sino que devino en quemas de embajadas europeas en Beirut, Damasco y Teherán, violentas manifestaciones en Gaza, Yakarta, Somalia, Jordania, Siria, Egipto, Sudán, Irán, Pakistán, Afganistán  y otro países que dejaron más de una docena de muertos, retiradas de embajadores de países islámicos en Europa, boicots a productos daneses, y banderas de Suecia y Dinamarca (ambas con cruces en sus diseños) pisoteadas en frenesís públicos de masas exaltadas que totalmente fuera de sí pedían -literalmente- las cabezas de los infieles transgresores al tono de invocaciones a la grandeza de Alá. En la propia Londres -donde el museo Tate Britain vetó el año pasado una exhibición de arte sobre el Corán para no herir la sensibilidad de su comunidad musulmana luego de los atentados de julio perpetrados por musulmanes contra cristianos- se veían procesiones de enardecidos musulmanes con keffiyes en sus cabezas, carteles que anunciaban “Europa es el cáncer, Islam es la respuesta”, y hasta un individuo vestido como terrorista-suicida. ¿Modales británicos al estilo musulmán?

Esta reacción absolutamente desproporcionada a la supuesta ofensa primaria –una serie de dibujos que pretendían satirizar al Islam radical- posee un historial que ilustra de manera escalofriante la inclinación islámica hacia la violencia. El edicto de muerte iranícontra el escritor Salman Rushdie de 1989 por su supuesta blasfemia del Islam, la condena en 1994 de la periodista bengalí Taslima Nasreen por haber documentado los abusos que sufría la minoría hindú en la musulmana Bangladesh, la intifada palestina gestada en el 2000 según los voceros palestinos por la visita de Ariel Sharon de un sitio sacro tanto para judíos como para musulmanes en Jerusalém, las revueltas que disparó en 2002 un artículo de la nigeriana Isioma Daniel a favor de la celebración del concurso Miss Mundo en su país, el asesinato en la vía pública del cineasta holandés Theo Van Gogh en 2004 por haber documentado en un film la violencia contra las mujeres en las tierras musulmanas, las revueltas que provocaron muertes en el Medio Oriente en el 2005 luego de que Newsweek informara erróneamente que un Corán había sido profanado por soldados norteamericanos en Guantánamo, y la cólera colectiva parisina en la que enardecidos musulmanes incendiaron miles de automóviles en unas pocas semanas para protestar su marginación social, son solo algunos de los ejemplos más salientes a colación. Que sus bruscas protestas ocurran en paralelo a atropellos que ellos mismos cometen contra otras religiones tan solo puede darle un cierto toque irónico -sino directamente hipócrita- a todo el asunto. ¿No fueron acaso musulmanes quienes derribaron dos estatuas milenarias de Buda en Afganistán? ¿No ha sido acaso en las mezquitas palestinas donde cotidianamente por más de una década ya se viene tildando a los judíos de perros y cerdos? ¿No es acaso en la televisión egipcia donde se emite una serie de 41 episodios basados en los “Protocolos de los Sabios de Sión”? ¿No es acaso en Arabia Saudita donde no se puede ingresar al territorio soberano con cruces o estrellas de David? ¿No es acaso en Jordania donde está penalizada con la muerte la venta de tierras a judíos?

He aquí un choque de culturas en donde el valor occidental de la libertad de expresión, por un lado, y la intolerancia islámica, por otro lado, colisionan irremediablemente. “La libertad de expresión simboliza la guerra contra el Islam” se leía en una pancarta cargada por una turba en Dacca, Bangladesh. Se equivocan, sin embargo, los fanáticos de Dacca. La verdadera guerra contra el Islam la están llevando a cabo ellos mismos: los oscurantistas en sus propias tierras que reprimen todo vestigio de libertad personal, pensamiento crítico y actitud tolerante, quienes con su extremismo religioso, político y cultural insisten en mantener estancado al Islam en el medioevo, aquellos que con cada nuevo atentado en nombre de Alá confirman la certeza del pionero Samuel Huntington que allá por el año 1993 vaticinó precisamente lo que a lo largo de los años, y de manera cada vez más evidente, se ha ido desarrollando: un choque entre la civilización islámica y la judeocristiana occidental. Y se equivocan más aún, por sobre todo, aquellos musulmanes que consideran más dañino a su Fe unas simples caricaturas que su apoyo –a través del aplauso o del silencio- al fanatismo de sus correligionarios terroristas-suicidas.

Comunidades, Comunidades - 2006

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Por Julián Schvindlerman

  

Una pérdida colosal – 11/01/06

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El slogan de la campaña electoral que llevó a Ariel Sharon a la oficina del Primer Ministro de Israel en el año 2001 rezaba en hebreo “Rak Sharon evi shalom” (Sólo Sharon traerá la paz). La propaganda televisiva mostraba sucesivas imágenes de un Arik sonriente tomando flores en la pradera, manejando un tractor con el trasfondo de un cielo límpido, o sentado junto a un niño, con una tranquila melodía de fondo. Recuerdo que al ver ese corto publicitario en el televisor de mi departamento en Jerusalém no pude menos que sonreír  frente a la idea de los asesores de imagen de Sharon de apelar a la carta de la paz al promover la candidatura de un peso pesado de la política israelí como lo era “la topadora” Sharon: el militar implacable que había derrotado al terrorismo palestino de los años cincuenta, contenido el avance egipcio durante la guerra de Iom Kipur de 1973, expulsado a la OLP de su bastión en Beirut en 1982, generado temeroso respeto en el mundo árabe, y colonizado Judea, Samaria y Gaza a partir de la victoria relámpago del ejército israelí en la guerra de los seis días de 1967. Hoy, sin embargo, puedo advertir la verdad de aquel slogan forzado de antaño: efectivamente, al afianzar la seguridad del estado, Sharon ha sentado las bases para la consolidación de la paz.

Esto es así porque Sharon adoptó al realismo como el vector de su estrategia geopolítica, diplomática y militar. A diferencia de las propuestas tradicionales del Laborismo y del Likud- cada una a su manera ilusoria e imposible- Sharon encontró un camino intermedio, a la vez asequible y razonable, entre los polos opuestos de la paz fantasiosa con la que la izquierda ha incurablemente soñado, y el futuro de posesión territorial eterna que la derecha ha idealizado. Sharon comprendió que tanto la izquierda como la derecha habitaban, si bien en rincones apartados, el mismo territorio de la ilusión. La izquierda presenció el colapso de sus presupuestos ideológicos mediante el proyecto Oslo, donde la irrealidad de sus nociones y la ingenuidad de sus propuestas pacifistas estallaron con cada bomba de los terroristas palestinos. La derecha insistió en negar la realidad del mapa demográfico nacional y quedó así huérfana de un criterio sobre el que sustentar su de otra forma  coherente política de seguridad. Al posicionarse en el centro del espectro político, Sharon no solo aglutinó el sentir de muchos israelíes, sino que gestó la única estrategia política y de seguridad viable en la coyuntura presente; un sendero imperfecto quizás, pero desprovisto de la pureza ideológica de la derecha o del pacifismo romántico de la izquierda. Es decir, un sendero transitable al fin de cuentas.

Es por esto que la mayor parte de los israelíes lo apoyan, dándole altas posibilidades de haberse convertido en el primer gobernante israelí en obtener tres mandatos consecutivos, donde el último de ellos a su vez quebraría el habitual bipartidismo Likud-Laborismo al permitir, de haberse dado el caso, por primera vez a un candidato que no perteneciera a los partidos tradicionales alcanzar el puesto de primer ministro. Esto hubiera sucedido a pesar de los importantes vaivenes ideológicos de Sharon así como de la casi total vaguedad con la que manejaba su agenda política. Nadie, salvo quizás sus más próximos allegados, sabían con certeza hacia donde se dirigía Sharon. Existía, podríamos decir, una suerte de acuerdo tácito entre el gobernante y los gobernados a propósito de la dirección en la que la nación se encaminaría bajo su tutelaje. Había confianza en su sentido político, en su experiencia, en su realismo, en su criterio para la toma de decisiones, y, por sobre todo, vasta confianza en la fuerza con la que él implementaría tales decisiones. El cariño que gran parte del pueblo le tiene quedó expresado en boca de un ciudadano israelí entrevistado por la prensa internacional, al decir: “Él es como un abuelo para nosotros”. Esta veta paternalista y protectora es, en esencia, profundamente Ben-Gurionista, y será indudablemente añorada por un largo tiempo en Israel.

Al momento de escribir estas líneas, Sharon continúa internado. Ya es vox populi que no podrá retornar a la vida política, pero su legado –gestado en menos de cinco años de gobierno- ya es formidable. Él ha quebrado a la intifada palestina mediante una combinación de medidas tales como la construcción de la barrera de seguridad, la eliminación selectiva de terroristas, el reingreso a zonas conflictivas, y la marginación del entonces líder de los palestinos y acérrimo enemigo, Yasser Arafat, cuya muerte pudo Sharon presenciar. Ha demostrado la solvencia y la posibilidad del unilateralismo como modo de acción israelí, a partir de la carencia de un socio para la paz serio del lado palestino y frente a la realidad de un mundo poco comprensible de los dilemas de Israel. Y lo más importante de todo, a pesar de la vaguedad que lo rodeaba, ha legado a su nación una visión de futuro, una guía a seguir basada en lo que podríamos llamar un pacifismo realista, sustentado no en la fantasía de lo ideal, sino en la seguridad de lo verdadero.

El antaño considerado paria internacional por sus detractores, el general demonizado por sus adversarios, el político humillado otrora por sus propios hermanos, abandona el escenario político ahora vindicado ante enemigos y aliados por igual. Ariel Sharon deja tras de sí un estado judío más seguro, más unido, y con una Hoja de Ruta hacia el futuro diseñada a partir de la sabiduría, temple y trayectoria que merecidamente lo han ubicado en el panteón de los grandes próceres de Israel y héroes de la historia judía.