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Comunidades, Comunidades - 2005

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Intolerancia musulmana, apaciguamiento occidental – 28/09/05

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“Hoy, 38 años de presencia israelí en Gaza han terminado. Estoy lleno de esperanza que cuando las puertas de Gaza reabran, serán puertas de paz”. Esto dijo el ministro de defensa israelí Shaul Mofaz el día que finalizó la implementación del programa de desconexión, y la respuesta palestina a su esperanza no tardó en llegar: hordas de vándalos saquearon, quemaron y destrozaron sinagogas dejadas atrás. Tal actitud no es más que un eslabón más de la historia del Islam, la que ha diseminado varios precedentes de desprecio por lugares santos de otras religiones. En Jerusalém, las mezquitas Al-Aqsa y el Duomo de la Roca fueron construidas sobre los restos de templos judíos. En la India, la mezquita Babri Masjid fue edificada encima de las ruinas del templo hindú Ayodhya. En Estambul, la iglesia Hagia Sofía fue transformada en una mezquita luego de ser conquistada. La iglesia que alberga la tumba de Juan el Bautista en la ciudad vieja de Damasco fue convertida en la mezquita Omayyad. En Afganistán, dos estatuas milenarias de Buda fueron demolidas por musulmanes talibanes. Etc.

Unos días previos a esta profanación de lugares santos judíos, otro episodio ilustrativo de intolerancia islámica había acontecido también en “Palestina”, está vez contra la cristiandad. En lo que podemos definir como una singular versión palestina de la tragedia shakespeareana de Romeo y Julieta, musulmanes de la aldea Dair Jarir atacaron la vecina aldea cristiana Taybeh al enterarse que el residente cristiano Mehdi Khouriyye había mantenido una relación romántica clandestina durante dos años con la joven musulmana Hiyam Ajaj. Cuando la joven de 23 años había quedado embarazada, sus padres decidieron asesinarla (forzándola a ingerir veneno) para “redimir el honor familiar” y los miembros de la aldea consideraron conveniente aleccionar al Romeo de Taybeh y toda la aldea, que fue invadida bajo el grito de “¡quemen a los infieles, quemen a los cruzados!”. (Incidentalmente, según algunos racontos, el nombre original de la aldea era Efraím, pero luego de la conquista islámica, Salah a-Din cambió el nombre por el de Taybeen, el que fue variando con el tiempo).

Quienes sostienen que no hay un choque de civilizaciones en curso, que no hay una guerra de valores y culturas, tendrán cierta dificultad en explicar estos eventos. Estos palestinos musulmanes enardecidos no profanaron templos judíos ni arrasaron una aldea cristiana porque Estados Unidos haya invadido Irak, o porque Israel ocupe Palestina (para el caso, acababa de terminar la “ocupación” de Gaza), o porque fueran pobres, marginales o se sintieran humillados. Especialmente en lo relativo al segundo caso, el disparador fue un romance multiétnico, algo que en Occidente es usualmente celebrado como apertura de puentes multiculturales pero que en “Palestina” fue visto como una agresión interreligiosa. Este incidente brinda importantes lecciones a propósito del poder de la ideología y de la fe y los condicionamientos culturales de la tradición en el Islam. Desafortunadamente, lejos de procurar entender cuán centrales tales nociones son para los devotos musulmanes -y que efectos tienen en sus motivaciones- Occidente tiende a acomodar los caprichos islámicos llegando al extremo de apaciguar la intolerancia islámica a partir de una profundamente desquiciada tolerancia liberal.

Así, el Comité Internacional de la Cruz Roja –cuyos miembros musulmanes objetan la aceptación del Maguen David Adom- debe abstenerse de usar la cruz cuando va a Irak porque a los musulmanes iraquíes no les agradan los símbolos cristianos. Inglaterra consideró anular la conmemoración del Día del Holocausto dado que eso de alguna manera era ofensivo para los musulmanes del país; finalmente, Tony Blair rechazó la idea de englobar la Shoa dentro de un genérico “Día del Genocidio”. La municipalidad de Sevilla ha removido la figura del Rey Ferdinando III (patrón y santo de la ciudad) de sus celebraciones porque éste luchó contra los moros durante 27 años. En Italia se ha considerado quitar un fresco de Dante que adorna el techo de la catedral de Bologna que ubica a Mahoma en el infierno. Mohammed Bouyeri -el musulmán holandés de ascendencia marroquí que degolló al cineasta Theo Van Gogh en plena vía pública en Ámsterdam por un film sobre el status de la mujer en tierras musulmanas que, según él, ofendía al Islam –había sido presentado en la prensa holandesa, dos años antes, como un ejemplo de buena integración cultural. En las escuelas secundarias de Dinamarca, cuyo secularismo las ha impelido de introducir la Biblia como material de estudio, se enseña no obstante el Corán . En Suiza, Tariq Ramadán -nieto de Hasan al-Banna, fundandor de la Hermandad Musulmana, y él mismo un polémico radical- es profesor en la Universidad de Friburgo y una reconocida figura mediática. Sami al-Arian –personaje vinculado a agrupaciones fundamentalistas- fue profesor en la University of South Florida hasta que un escándalo precipitó su destitución. Yusuf al-Qaradawi -buscado bajo cargos de terrorismo por las autoridades egipcias, y clérigo que aprueba golpizas a las esposas musulmanas y a favor de la pena de muerte para los homosexuales- fue recibido el año pasado en una ceremonia oficial de la City Hall de Londres por el alcalde de la ciudad. Cuando Hollywood decidió llevar a la pantalla grande la novela de Tom Clancy La suma de todos los miedos, lo hizo transformando a los terroristas palestinos que quieren evaporar Baltimore en neonazis europeos. Durante el último acto en conmemoración del atentado contra la AMIA, ninguno de los expositores pronunció la palabra “islámico” en sus discursos al condenar a los terroristas que perpetraron la masacre de 1994. La BBC, aún después de los atentados de Londres, elude el término “terrorista islámico”.

Hay que ser tolerante con todos menos con los intolerantes, dijo Voltaire. Paradójicamente, él fue un gran intolerante. Ya de por sí vivimos en un mundo imperfecto. Y con todo su patético y peligroso apaciguamiento hacia el Islam radical, Occidente está contribuyendo decididamente a empeorar aún más dicha imperfección.   

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Por Julián Schvindlerman

  

¿Dónde está el dinero Árabe? – 07/09/05

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Con la retirada israelí de Gaza se ha reanimado el entusiasmo mundial a propósito del prospecto de la independencia palestina, y, con ella, la necesidad de apuntalar la gestación del estado futuro mediante vasta asistencia económica. Así, ya durante el mes previo a la implementación del programa de desconexión, el encuentro del G-8 concluyó con una decisión de doblar la asistencia económica internacional a la Autoridad Palestina, ubicándola en los u$s 2 mil millones anuales. Esta es la continuación de un patrón de generosidad global con la causa palestina nacido con los Acuerdos de Oslo de 1993. Inicialmente, la ayuda internacional para los territorios autónomos palestinos fue de u$s 250 millones por año, se duplicó durante el período del llamado proceso de paz a u$s 500 millones por año, y se duplicó una vez más a u$s 1.000 millones anuales a partir del comienzo de la intifada “Al-Aqsa”. Esta cifra sería ahora también duplicada hasta llegar a los u$s 2 mil millones por año, el equivalente a u$s 600 per cápita; un importe diez veces mayor al objetivo económico delineado para el continente africano según la iniciativa del team Live8-Bob Geldof-Tony Blair.

Para el economista estadounidense Patrick Clawson (de quién he tomado los datos arriba presentados), la Autoridad Palestina no está en condiciones de absorber eficientemente semejante caudal de dinero. Gran parte será malgastada, robada, malversada, o desperdiciada (o un poco de todas esas opciones), lo que fomentará mayor desconfianza popular con la dirigencia palestina y creará inestabilidad política interna. Este observador reconoce que los palestinos son pobrísimos y dependen de ayuda humanitaria, pero sugiere que el problema no yace en la cantidad de asistencia que se pueda brindar, sino en de que manera tal asistencia será distribuida. Ejemplo: en 1993 el Banco Mundial estimó que los palestinos necesitarían cerca de u$s 1.500 millones para el siguiente lustro. Con clásica bondad, la comunidad internacional prometió u$s 3.500 millones, de los cuales había efectivamente asignado u$s 2.500 millones para cuando arribó el año 1998. La asistencia per cápita del año 1997 solamente para los territorios era de u$s 203; en marcado contraste con la totalidad de la asistencia humanitaria mundial a la India del mismo año que era de u$s 2 por persona.

Vale decir que la ayuda económica global para los palestinos fue considerablemente mayor que lo recomendado por el Banco Mundial y muy por encima de lo otorgado a países mucho más pobres. A pesar de lo cuál, la economía palestina no se transformó en el vaticinado Singapur del Medio Oriente sino en una de las entidades más problemáticas de la región. Pues tal como Clawson postula, lo importante no es la cantidad de asistencia, sino como ésta será empleada. Más relevante aún, sin una reforma política adjunta a la inyección monetaria, difícilmente pueda mejorar la situación, dado que más dinero no hará de culturas viciadas entidades más benignas, sino que las dejará simplemente más corruptamente enriquecidas. Y algo más pertinente todavía: la noción subyacente a estos programas asistenciales es que la eliminación de la pobreza palestina allanará el camino hacia la paz, un punto cuestionable en el mejor de los casos. Claramente, existen otros impedimentos a la consecución de la paz en la zona que trascienden el status económico del individuo en la sociedad palestina -desde el fanatismo religioso hasta el revanchismo nacionalista y desde el extremismo ideológico hasta el imperialismo territorial- que ningún programa económico, por más generoso que sea, podrá por sí mismo resolver.

No obstante, la familia de las naciones parece estar decidida a brindar dinero -y en grandes cantidades- a los palestinos. En este contexto, es atinado preguntarse cuál ha sido el papel que sus hermanos árabes han jugado en este campo hasta el momento y cuanto han contribuido a esta mancomunada campaña contra la pobreza en las zonas palestinas, especialmente cuando el precio del barril de crudo ha cruzado los u$s 70.

Según datos presentados por el analista británico Simon Henderson, los estados árabes se comprometieron a adjudicar u$s 999 millones a la AP durante el año 2004, de los cuáles tan solo u$s 107 millones fueron entregados. De esta cifra, u$s 92 millones provinieron de los cofres de Arabia Saudita que cumplió de esta manera con la suma prometida, aunque luce pequeña si se tiene en cuenta los u$s 20 mil millones de ingreso adicional que obtuvo el año pasado Ryhad respecto de sus ingresos del año 2003 por ventas de crudo. Henderson pone estos números en perspectiva al destacar que la contribución saudita a la AP equivale a u$s 252.000 por día, un importe no mucho mayor a los u$s 150.000 que el Rey Fahd y su entorno gastaron en arreglos florales durante las vacaciones del monarca en el sur de España en el 2002. Los Emiratos Árabes Unidos tuvieron un ingreso por venta de petróleo de u$s 30.000 millones el año pasado, prometieron u$s 43 millones a los palestinos y  terminaron entregando ni un centavo. Tan solo dos casos ilustrativos de la mezquindad fraternal de países ricos en petróleo, cuya OPEP (excluyendo a Irak) ganó durante el 2004 u$s 45.000 millones más que lo que había ganado durante el 2003.

Si las naciones árabes ricas en petróleo prácticamente no asisten al pueblo palestino porque no confían en la transparencia de las finanzas palestinas, o porque son simplemente avaras, o porque prefieren apoyar a los palestinos en tiempos de lucha (¿cómo olvidar los famosos cheques sauditas e iraquíes para las familias de los terroristas-suicidas durante la actual intifada?) más que en tiempos de calma, merecería una exploración aparte. Lo que hemos de destacar ahora es la errónea actitud occidental de saturar con fondos a una entidad en apariencia incapacitada de administrarlos eficientemente y de contribuir abundantes montos que deberían ser aportados en primer lugar por quienes poseen los activos suficientes para hacerlo y comparten además responsabilidad estatal en la gestación de este tortuoso conflicto que hoy están llamados a subsanar.

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Por Julián Schvindlerman

  

Un futuro unilateral – 24/08/05

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Finalmente, lo inimaginable ocurrió: un transfer en Eretz Israel. Sólo que no se trató del famoso y polémico transfer largamente discutido y hasta vituperado, esa noción ultranacionalista históricamente reprimida de expulsar a los palestinos de las zonas disputadas y retener así los territorios sin la amenaza demográfica. No. Este fue un transfer invertido, por así decir: consistió en la expulsión de los judíos de dichas áreas hacia “dentro” de Israel. Según algunos colonos se trató de un crimen racial, de una limpieza étnica -desprovista de la sangría que suele acompañarlas, pero limpieza al fin- de un desplazamiento forzado de civiles de religión judía con el único propósito de favorecer el establecimiento de un estado judenrein, libre de judíos, tal como los palestinos desean y reclaman. Algunos de ellos planeaban presentar una demanda contra Ariel Sharon ante la Corte Internacional de Justicia y la Corte Criminal Internacional. “Un judío no expulsa a otro judío” es su lema.

Las escenas eran desgarradoras. La del soldado y el colono ortodoxo llorando juntos, abrazados. La del niño que, sacado de su casa en brazos de un soldado, lo besa en la mejilla, y su madre le reprocha su ternura hacia el agresor. La de la joven soldada que va a presentar la orden de desalojo y es recibida por niños que a lágrima viva le imploran que se vaya, y entonces es ella la que a partir de allí ya no puede parar de llorar. La de la cadena humana formada por jóvenes colonos tirados sobre el suelo, brazos entrelazados, tzizit y kipot también, mientras soldados y policías intentan separarlos. Las quemas de basura y neumáticos, los insultos y las amenazas, las agresiones con huevos y pintura, el atrincheramiento en el techo de una sinagoga, la mujer que se prende fuego, los que amenazan con suicidarse, el terrorista que mata a trabajadores palestinos. Dudo que la sociedad israelí estuviera preparada para todo esto, y me pregunto cuanto tardará en cicatrizar la herida inflingida en el inconsciente colectivo por este drama nacional.

Para los colonos religiosos la hecatombe es por lo menos triplemente dolorosa. Junto con el trauma relacionado a la expulsión y la necesidad impuesta de rearmar sus vidas en otra parte, y junto con la blasfemia gubernamental de abandonar Tierra Prometida, está la traición de un Estado que los ensalzó originariamente como valientes pioneros de una gran gesta nacional y que ahora los ha transformado en parias de un proyecto fallido, algo que tan solo reafirma esta célebre frase de un mentado ideólogo de la colonización: “Hemos logrado afincarnos en los territorios, más no hemos logrado asentarnos en los corazones de los israelíes”. Este sentimiento de abandono y traición fue acentuado a su vez por la ausencia de un referéndum nacional o nuevas elecciones que permitieran una expresión popular a propósito de tan delicada y controvertida medida que efectivamente es el programa de desconexión. La aprobación de dicho programa por parte del gabinete y el parlamento no alcanzan para dotar de la legitimidad necesaria que las elecciones o referéndum nacionales le hubieran dado, puesto que Sharon subió al poder sobre una base política completamente opuesta a su accionar actual.

Una caricatura reciente en el Jerusalem Post ilustraba perfectamente la contradicción ideológica que encierra la figura de este nuevo Ariel Sharon. El va circulando en su auto de primer ministro mostrando dos cintas, una de color azul, la otra naranja. Sorprendido, un transeúnte le pregunta al respecto, a lo que Sharon responde: la azul es por Gaza y la naranja por Cisjordania. Si el abandono de la Franja de Gaza ha sido el precio a pagar para retener la mayor parte de Judea y Samaria, el equivalente a una amputación física para salvar el resto del cuerpo, entonces el legado de Sharon será indudablemente por siempre debatido pero posiblemente a largo plazo generalmente aceptado. Pero, si la retirada unilateral de Gaza no ha sido más que un presagio de futuras concesiones territoriales masivas, de nuevas rondas de inútiles negociaciones, de reapertura de diálogos interminables sobre cuestiones inclaudicables, entonces la iniciativa de Sharon quedará condenada a ser recordada como otro grave error de la historia política israelí. Públicamente, Sharon ha afirmado que no cederá toda Cisjordania. El problema es que en el pasado había dicho que Gaza sería israelí por siempre.

El programa de desconexión fue concebido como una medida unilateral, ente otras razones,  debido a la ausencia de un interlocutor palestino pacífico. La muerte de Yasser Arafat y el ascenso de Mahmmud Abbas no cambian eso. Reactivar la Hoja de Ruta, reavivar la falsa aureola de Oslo, re-escenificar la ilusión del progreso diplomático, todo eso sería un error garrafal. Ahora el nombre del juego es la unilateralidad. ¿Debería continuar la desconexión en Cisjordania? Desafortunadamente sí. La espada de Damocles demográfica que motivó el abandono de Gaza pesa también sobre Judea y Samaria. ¿Debería haber un repliegue total, tal como en Gaza? Definitivamente no. Aquí habitan no ya 8000 colonos sino alrededor de 225.000 en una zona de considerable valor estratégico e indiscutida importancia histórica. Si para evacuar a 8000 colonos se ha debido movilizar a 40.000 agentes de seguridad, de mantenerse las proporciones se requeriría más de un millón de tropas para evacuar a los colonos de la Ribera Occidental. Y esto solamente en el plano logístico. El vínculo emocional judío con Judea y Samaria es mucho mayor que el existente con Gaza e indescriptible sería el trauma asociado a una evacuación forzada. La esencia de la historia judía descansa en Judea y Samaria. Además, geográficamente este territorio tiene relevancia defensiva muy superior, comparativamente, a la Franja de Gaza.

¿Entonces, que hacer? Israel debería definir sus fronteras finales según sus propios criterios de seguridad, demografía e historia, delinear que porciones de Judea y Samaria ansía retener y afirmarse en esa posición. ¿Que esto no será satisfactorio para Ahmed Qurei, Kofi Annán, Javier Solana y hasta quizás para Condoleeza Rice? Pequeño precio a pagar en imagen internacional a cambio de la viabilidad nacional.

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Por Julián Schvindlerman

  

La desconexión ausente – 10/08/05

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El contraste entre los hechos no podría ser mayor, ni el comentario sobre las dos culturas más elocuente. Contraponga dos episodios terroristas y las reacciones que éstos generaron de uno y otro lado de la Línea Verde, y Ud. verá claramente la diferencia moral fundamental entre las sociedades israelí y la palestina.

Recientemente, Eden Zada, un joven soldado israelí que había desertado del ejército, subió a un micro en una aldea árabe de Israel, abrió fuego contra sus pasajeros y mató así a cuatro ciudadanos árabes-israelíes e hirió a otros tantos antes de que fuera linchado hasta la muerte por árabes de la zona. El gobierno israelí condenó con suma contundencia aquél atentado. El premier Ariel Sharon lo tildó de “acto despreciable cometido por un terrorista sediento de sangre”. El ministro de defensa se rehusó a darle entierro militar y dijo que el atacante “no merece ser enterrado al lado de soldados caídos en combate”. El alcalde de Rishón Lezion aseguró que él no permitiría que el terrorista fuese enterrado en el cementerio de la ciudad, ni siquiera conforme a una ceremonia civil. Y el liderazgo del asentamiento de Tapuah, donde Zada había residido últimamente, también se opuso a que aquél extremista fuera enterrado allí.

El día anterior a este incidente, el Centro Gaza para la Cultura y las Artes publicitó un nuevo curso sobre folklore popular bajo el nombre de Wafra Idris, la primera mujer terrorista-suicida. Esa paramédica de 28 años, en enero de 2002 se inmoló en Jerusalén provocando la muerte a un anciano israelí e hiriendo a otros. Desde entonces, el Gremio de Mujeres Palestinas ha tomado a Idris como un modelo social, un desfile de jovencitas fue realizado en su honor, campamentos de verano, cursos universitarios y actividades de Fatah han sido nombrados por ella, y hasta se llevó a cabo un concierto dedicado a esta heroína del pueblo palestino, el que fuera luego televisado varias veces en la programación oficial de la Autoridad Palestina.

Vale decir, mientras que en Israel el ocasional terrorista es universalmente condenado y socialmente despreciado, del otro lado de la frontera, la sociedad palestina aplaude y colma de honores a sus terroristas (muy regulares, deberíamos agregar). Esta otra desconexión –la retirada afectiva y práctica de la inmoralidad del terrorismo- sigue ausente en el campo palestino. Así como los israelíes se desconectan de partes de la tierra disputada, análogamente los palestinos deberían comenzar a desconectarse de la violencia política.

Mientras tanto, los palestinos están preparando las celebraciones inminentes a toda máquina. La AP ha acuñado un par de eslógans –“Nuestra tierra retornará a nosotros, protejámosla” y “El pueblo liberó la tierra, el pueblo construirá la tierra”- anunciados en la prensa local, impresos sobre remeras y gorros, y dentro de poco a ser difundidos en los canales satelitales pan-árabes Al-Jazira y Al-Arabiya. Además la AP ha reservado 200 micros para realizar visitas guiadas a los asentamientos evacuados y ha ordenado la confección de unas 60.000 banderas palestinas a ser flameadas sobre las ruinas de los “territorios liberados”. Por su parte, el Sindicato de Prensa palestino en la Franja de Gaza –que anteriormente prohibió a sus miembros cubrir los choques entre Fatah y Hamas- ha dado instrucciones a los periodistas de “reflejar el rostro civilizado y brillante de nuestra gente luchadora”, y no le quepa la menor duda de que han tenido a Wafra Idris y sus colegas asesinos en mente al emitir esa rimbombante directiva. El movimiento fundamentalista Hamas se ha sumado a tales celebraciones puesto que, en palabras de Mamoud Zahar, uno de sus líderes, “Queremos consolidar la percepción de que esta tierra fue liberada con la sangre de nuestra gente, primordialmente del Hamas”. Exultante, a su vez, el primer ministro Ahmed Qurei ha dicho que “el proceso que ha empezado en 1965 se está abriendo paso, a través de la determinación y voluntad de nuestro pueblo, hacia Jerusalén, la Ribera Occidental y el resto de la patria”.

El lector haría bien en releer esta última frase: 1965 fue el año de la primer operación terrorista de Fatah, y “el resto de la patria” a liberar es -¿que duda cabe?- Haifa, Tel-Aviv y Eilat. Obviamente, los palestinos están celebrando la victoria de su “resistencia” y el éxito del progreso del “Plan por Fases” para la destrucción de Israel. Esta otra desconexión –la retirada emocional del campo de la incitación nacionalista y el imperialismo territorial- también permanece ausente en la cultura palestina. Y de manera similar a lo postulado anteriormente, así como los israelíes se desconectan de porciones de zonas disputadas, análogamente los palestinos deberían comenzar a desconectarse de sus nociones expansionistas y politicidas.
 
Además de ser territorial, la desconexión israelí de Gaza y sectores de Samaria es reflejo de una no menos importante retirada simbólica del ideal del “Gran Israel”. Cabe esperar que algún día el pueblo palestino pueda implementar su propio programa de desconexión: esa vital retirada unilateral del reinado del terrorismo y del chauvinismo, y, en el plano de lo simbólico, del ideal de la “Palestina del río al mar”. Hoy por hoy, desafortunadamente ella es la gran desconexión ausente.

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Por Julián Schvindlerman

  

Periodistas a la deriva – 27/07/05

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“La jihad no empezó en 2001 ni en 2003, sino antes, en los noventa, con la causa palestina como reflejo de la lucha del pobre contra el rico.»

Jorge Elías, La Nación, 17/7/05.

Si pudiéramos confeccionar un ranking a propósito de las frases más erradas, absurdas, o irresponsables, esgrimidas por los periodistas latinoamericanos desde los atentados de principios de mes en Londres, indudablemente la afirmación arriba citada obtendría el primer lugar con suma holgura; y eso que ha habido dignos competidores.

Lo único cierto en esa aseveración sorprendente es que la guerra santa islámica contra occidente, en efecto, no comenzó en el siglo XXI. De ahí en más todo está equivocado. Sabemos que la jihad no empezó en los noventa, sino siglos atrás, cuando el imperio musulmán se expandió desde el Medio Oriente hasta el Norte de África, España, Grecia, los Balcanes y Europa Oriental. Los fanáticos musulmanes mentalmente habitan un mundo situado centurias atrás y emplean aún hoy los términos históricos de Mesopotamia para referirse a Iraq, Al-Andalús acerca de España, y Palestina por Israel. Si fuéramos a olvidar la historia del imperialismo musulmán y a centrarnos solamente en la modernidad, deberíamos entonces poder recordar que la Hermandad Musulmana -el primer movimiento fundamentalista islámico del siglo XX- fue fundado en Egipto a principios de la década del veinte; y que la revolución que instauró una teocracia islámica en Irán aconteció a fines de la década de los setenta; y que fue durante los años ochenta cuando nació el terrorismo-suicida islámico anti-occidental; y que todos ellos esgrimieron la pancarta de la jihad, como también lo hicieron notables ideólogos musulmanes durante gran parte del siglo. Y que recién entonces, en los noventa, fue cuando Osama Bin-Laden emitió su primer extenso bayan (manifiesto doctrinal) y su famosa fatwa (edicto religioso) en las que declaraba la guerra a los infieles de todo el mundo. Y que tales pronunciamientos tomaron como excusa central la presencia de tropas norteamericanas en territorio saudita, sede de las ciudades sagradas de la Meca y Medina, y no las vicisitudes de la distante “Palestina”. Es más, la no centralidad de “Palestina” en dichas declaraciones islamistas puede ser advertida en el hecho de que ella fue incluida en una larga lista junto con Egipto, Sudán, Arabia Saudita, Irak, El Líbano, Burma, Cachemira, Filipinas, Somalía, Bosnia-Herzegovina, y Chechenia, entre otros. Y deberíamos saber, especialmente si uno es un formador de opinión, que la causa palestina y todas las demás son un ardid, no una preocupación, para los fundamentalistas. Con acierto el premier Tony Blair espetó: “Si les preocupa la suerte de los palestinos, ¿por qué cada vez que parece que Israel y los palestinos hacen progresos, esa ideología perpetra una atrocidad que vuelve a tornar la esperanza en desesperación? Y si es Afganistán lo que los motiva, ¿por qué hacen saltar por los aires a inocentes que se dirigen a votar por primera vez? ¿Y por qué, incluso después del atentado en Madrid y de la elección de un nuevo gobierno, planeaban otra atrocidad hasta que fueron atrapados?”. Porque, tal como el propio Blair acotó, estamos lidiando con “fanáticos que quieren imponer al mundo su ideología del mal”, en la que su retórica de salvadores de palestinos, afganos u otros es mero discurso para consumo y confusión occidental.

Pero si hasta este punto Elías ha demostrado una ignorancia tan vasta y una incomprensión tan escandalosa sobre el tema que escribe como comentarista político, su siguiente observación respecto de que la causa palestina es un reflejo de la lucha del pobre contra el rico, lo deja a uno preguntándose si este periodista no habrá estado cubriendo demasiado la situación de los piqueteros en la Argentina. ¿Debería uno explicarle que la agresión  palestina tiene origen en el extremismo político y el absolutismo nacionalista y nada que ver con una lucha de clases? ¿Qué la figura-modelo de la causa palestina es Haj Amín al-Husseini y no Karl Marx? ¿Que el padre del nacionalismo palestino, Yasser Arafat, de pobre no tenía nada, como tampoco la OLP, con sus activos de miles de millones de dólares? ¿Que los hermanos árabes de los palestinos, que habitan en palacios en los países del Golfo Pérsico y que habían contribuido grandes sumas de petrodólares a la lucha armada de la OLP contra Israel, desde 1994 han contribuido relativamente poco a los esfuerzos de reconstrucción nacional palestina? ¿Deberíamos explicarle que la Carta Nacional Palestina, adoptada en tiempos en que los palestinos eran gobernados por egipcios y jordanos, llama a la destrucción del Estado de Israel y no hace una sola mención al status socio-económico de los palestinos? ¿O que también hay pobres y ricos en Egipto, Siria, El Líbano, Libia, Yemen, y el resto de Oriente Medio, como para el caso también los hay en Asia, Latinoamérica, Europa y en todo el planeta tierra, y que, sin embargo, no por eso los pobres salen a destrozar a civiles indefensos en brutales atentados con bombas o a acribillarlos a tiros en las rutas o a lanzar morteros contra sus hogares? ¿Deberíamos explicarle algo tan elemental como lo es el hecho de que los palestinos no luchan por acceder a un DVD sino por obtener la independencia, en el mejor de los casos, o la obliteración de Israel, en el peor? Ah…parece que deberíamos explicarle todo esto a él, y, desafortunadamente, ahora también a los miles de lectores anónimos que han leído su penosa columna.

Además de obtusa y errada, la aseveración de Elías es perturbadora; dado que sugiere que la responsabilidad de la jihad mundial está sobre los hombros de Israel, al tener supuestamente su raíz en la siempre noble causa palestina. El pseudorazonamiento fluye -uno tan solo puede imaginar- más o menos así: los israelíes ricos oprimen a los palestinos pobres. Estos últimos realizan entonces intifadas contra los opresores israelíes. Estos a su vez reprimen desmesuradamente el levantamiento palestino, el que es 100% legítimo porque son pobres y oprimidos. Ofendidos por semejante ultraje, sus hermanos musulmanes residentes en países a cientos de kilómetros de distancia atacan entonces a 3000 civiles en Estados Unidos, país aliado de Israel y que pasa a ocupar entonces el lugar de opresor de musulmanes a escala global. El Tío Sam Invade Afganistán e Irak y genera más humillación aún en los musulmanes, en millones de ellos ahora liberados de terribles opresiones pero también pobres, desde ya. Más indignados aún, éstos entonces despedazan a más civiles que viajan en trenes en Madrid y en subtes en Londres y siembran el caos por todo el orbe. “¿Cómo empezó todo ésto?” se preguntan, desorientados, los occidentales. La génesis de esta jihad yace en la causa palestina de pobres contra ricos, explica la prensa…y eureka! Los israelíes, que durante la década del noventa han sufrido el embiste del fundamentalismo islámico como ningún otro grupo nacional lo ha hecho en ese período, pasan a ser los responsables últimos de la inestabilidad global contemporánea.

¿No lo había dicho ya el entonces embajador francés en Londres, al afirmar que la tercer guerra mundial comenzaría por culpa de “ese paísesito de porquería”? Todo encaja nítidamente. La culpa de la actual furia islámica la tienen, por supuesto, los judíos. O al menos los que residen en Israel. Por el momento, hasta que otro periodista se anime a dar un paso más.

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Por Julián Schvindlerman

  

El futuro de Iran – 13/07/05

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Irán tiene un nuevo presidente, al que la prensa internacional considera un “duro”. Esto es preocupante, puesto que tal caracterización emana de un sector de opinión habitualmente  incapacitado de ver al mal de frente. Si periodistas que vieron en Yasser Arafat un pacifista (por parlotear la palabra “paz” en inglés) y en Bashar Assad un pro-occidental sofisticado (¡por haber estudiado en Inglaterra y navegar en internet!) ven hoy en la figura de Mahmoud Ahmadinejad a un radical, entonces uno no puede menos que asumir que éste es, en realidad, un ultrafanático de aquellos. Aunque podríamos decir que si bien no dieron en el centro del blanco, esta vez los pontífices acertaron bastante en el objetivo.

Pero la prensa no merece tanto crédito. Ella no ha hecho más que aplicar su molde habitual de “moderados” y “extremistas” a toda situación que no alcanza a comprender del todo, y las elecciones iraníes han sido otro caso más. El otro candidato en la ronda final era Hashemi Rafsanjani, bajo cuyo gobierno como presidente de la República Islámica de Irán, la embajada de Israel y el edificio de la AMIA fueron explotados en la Argentina. Según los estándares de la prensa mundial, él era un “moderado”.

El balanceo entre “radicales” y “moderados” en la arena iraní es meramente superfluo. Habrá un nuevo presidente, pero el régimen teocrático permanecería en cualquier caso; como lo haría el patrocinio del terrorismo, la exportación de ideología islamista, el programa nuclear, los esfuerzos por desestabilizar Irak, la represión interna y demás ítems del menú totalitario iraní. Tal como indicara el experto norteamericano en temas iraníes Michael Ledeen, “Esta no es una pelea sobre el futuro del país; es una lucha de poder dentro de la elite tiránica”.

El ascenso de Ahmadinejad marca el copamiento total de la estructura del estado por parte de los islamistas conservadores. El ejército, el sistema judicial y la burocracia religiosa ya estaban en sus manos; luego ganaron en las elecciones municipales dos años atrás y las elecciones parlamentarias este año; y su actual victoria en las elecciones nacionales es la piece de la resístanse a la coronación conservadora en el trono del gobierno iraní. Según la analista israelí Ayelet Savyon, “los conservadores ahora tienen un control total de los centros de poder en todos los niveles; ya no quedan reformistas en ningún puesto”.

Mahmoud Ahmadinejad es un hijo predilecto de la revolución Khomeinista que tomó el poder en Irán en 1979. Estuvo involucrado en el planeamiento (y conforme a varios testigos, también en la ejecución) de la toma de la embajada estadounidense en Teherán a fines de los setenta, en la que ciudadanos norteamericanos fueron retenidos por 444 días. Asistió al programa cultural islámico del nuevo régimen durante el cual universidades fueron clausuradas y estudiantes y profesores disidentes arrestados y asesinados. Con el estallido de la guerra con Irak en los años ochenta, Ahmadinejad se unió a los luchadores iraníes en el frente occidental. Fue un interrogador en la temida prisión Evin, miembro de la Brigada Especial de las Guardias Revolucionarias, y oficial de la Fuerza Jerusalém; unidad responsable de apoyar al terrorismo palestino así como de efectuar asesinatos y atentados en el extranjero. La inteligencia austriaca lo ha identificado como miembro de un comando que asesinó a tres disidentes kurdos en Viena en 1989. Durante la década del noventa, Ahmadinejad fue uno de los organizadores de un grupo de vigilantes cuya tarea era quebrar manifestaciones pacíficas. En abril de 2003 fue designado alcalde de Teherán…y ahora presidente del país. Al poco tiempo de obtener la presidencia, prometió que “la ola de la revolución islámica pronto llegará a todo el mundo”.

Esto no luce bien, pero hay espacio para buenas noticias. Los rayos de sol en el horizonte ennegrecido por la victoria de Ahmadinejad los podemos vislumbrar en el simple hecho que el pueblo iraní no lo eligió como presidente de la república. Por supuesto que hubo elecciones, y por supuesto que fueron fraudulentas.

Considere la evidencia: Todos los candidatos presidenciales fueron designados por el líder supremo Alí Khameini. A unos mil candidatos reformistas no se les permitió participar en las elecciones, como tampoco a las mujeres. Al contrario de la desinformación que el régimen iraní diseminó, la participación electoral fue muy baja. Tal es así que los clérigos que gobiernan el país decidieron poner al aire imágenes de ciudadanos haciendo fila para votar, a modo de inducir al resto de la población elegible a hacer otro tanto. El único problema fue que la filmación pertenecía a elecciones de antaño; una mujer llamó a la radio de Teherán para contar que ella estaba en su casa viendo televisión cuando se vio votando “en vivo y en directo”. Presionado por los desarrollos, el régimen adoptó medidas para resolver el problema de la participación popular, que era vista como una muestra de desaprobación (hasta tal punto que, según informó The Economist, las elecciones han generado menos entusiasmo que el esfuerzo del equipo nacional de fútbol por alcanzar las finales de la Copa Mundial 2006). Primero postergó la hora de cierre para votar en varias horas. Luego miembros de la Guardia Revolucionaria y la fuerza paramilitar religiosa juntaron a seguidores, empleados estatales y estudiantes y los llevaron a las estaciones de votación. La noche del sufragio, el gobierno anunció que probablemente habría tres finalistas: Rafsanjani, Moin y Qalibaj. A las 7am del día siguiente, un vocero del Consejo Guardián (que no se supone que esté involucrado en el cuenteo de votos) afirmó que el alcalde de Teherán estaba en primer lugar. Ahmadinejad saltó de un éxito inicial de menos de 6 millones de votos a más de 17 millones en la segunda ronda; un cambio sorprendente según estándares normales de votación. Esta cifra, a su vez, excedió considerablemente los votos de todo el campo conservador, estimado en algo más de 11 millones. Cálculos extraoficiales sugieren que solo siete millones de personas votaron normalmente, cinco millones fueron inducidos a hacerlo, en tanto que alrededor de 17 millones de votos fueron considerados fraudulentos.

Es decir que Ahmadinejad no representa la expresión de la voluntad del pueblo, sino la expresión de la voluntad de los mullahs. Lo cual es bueno, pues supone la existencia de un enorme conjunto de gente insatisfecha con el gobierno iraní. Adecuadamente estimulada, podría convertirse en un factor moderador del establishment clerical, ó, mejor aún, en un potencial agente de transformación de la realidad política de Irán. 

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Por Julián Schvindlerman

  

¿Hacia una nueva intifada? – 29/06/05

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A menos de sesenta días para el inicio del programa de desconexión de la Franja de Gaza y partes de Judea y Samaria, podemos preguntarnos como luce el panorama en las zonas autónomas palestinas. La respuesta es sombría, pues allí reina una completa anarquía. Matones armados atacan la casa del primer ministro, estaciones policiales y hasta hospitales. Jueces son intimidados, sospechosos de colaborar con Israel asesinados. Terroristas lanzan misiles contra poblados israelíes e intentan infiltrar a sus propios enfermos para llevar a cabo ataques suicidas. Y todo lo que el presidente palestino, Mahmmoud Abbas, es capaz de hacer es repetir su mantra de que él no permitirá semejante comportamiento.

Hace poco, una joven estudiante palestina intentó fallidamente infiltrarse a Israel para efectuar un atentado en el mismo hospital donde anteriormente ella había recibido tratamiento. Su condición de enferma le daba un pase especial a Israel por consideraciones humanitarias; luego de ser apresada, confesó que quería matar cerca de cincuenta israelíes. Otros terroristas palestinos también han procurado abusar de los gestos humanitarios de Israel en el pasado. Uno dijo que era un donante de riñón, cuando su objetivo era en realidad llevar adelante un atentado suicida. Otro alegó que tenía cáncer y requería tratamiento médico en Israel, pero el propósito era matar judíos. Otros presentaron informes médicos falsos acerca de su condición física para ganar acceso a Israel, y, una vez allí, hacer descarrilar un tren.

La existencia de precedentes de otros tantos ejemplos de bestialidad terrorista palestina –utilizar a mujeres embarazadas, oligofrénicos, y niños para efectuar atentados contra israelíes- puede a esta altura habernos inmunizado un poco respecto de hasta que niveles pueden ellos descender en su inhumanidad; no obstante, ello no debería dejar de alertarnos a propósito de la gravedad de la amenaza a la seguridad que los israelíes aún enfrentan.

Desde el anuncio del celebrado “cese de fuego”, ha habido una reducción transitoria en los atentados, pero no un fin total. Solamente en el pasado mes de abril hubo 250 incidentes terroristas y 55 alertas de seguridad, y se espera un aumento en los ataques en coincidencia con la implementación del programa de desconexión. Estos datos lucirían más coherentes si los israelíes estuvieran acentuando su presencia en territorio disputado, pero dado que éstos están prestos a abandonar porciones de dichos territorios, resulta a priori menos fácil interpretar la conducta palestina. ¿No querían ellos, acaso, una Gaza libre de judíos? Entonces ¿por qué obstaculizar la retirada israelí con nuevos ataques y más atentados?

Porque la enfermiza motivación que los anima no es liberar Gaza solamente, sino toda Palestina. Del Río Jordán al Mar Mediterráneo. Hasta el último granito de arena. Igualmente de ilógico era para Yasser Arafat rechazar en Camp David cinco años atrás una oferta israelí que incluía Jerusalém Este como capital, la Mezquita de Al-Aqsa bajo control palestino, y un estado independiente sobre gran parte de los territorios reclamados. Pero el hecho es que el liderazgo palestino repudió esa oferta y lanzó la última intifada.
La próxima se esperaría para esta segunda mitad de año. En algún momento desde la retirada israelí de Gaza y hasta fin de año (cuando finalice la falsa “hudna” o “cese de fuego” al que han suscripto las agrupaciones terroristas), el nuevo “levantamiento” palestino surgiría, estiman analistas de seguridad. Y así como durante la primer intifada el símbolo fueron las piedras, y durante la segunda lo fueron los atentados suicidas, durante la tercera lo serían los morteros y los misiles lanzados desde la “liberada” Franja de Gaza y parte de Judea y Samaria. O al menos esto es lo que creen varios en la comunidad de inteligencia, estratos militares, y elite política israelí, y el hecho de que esté siendo planeada una segunda barrera de seguridad alrededor de Gaza, otra en el mar, y la construcción de sistemas anti-misiles en la zona, parecería confirmar su convicción.

Este pesimismo, aún si no fuera a resultar corroborado, es necesario. A pesar de consistir en una retirada territorial, el programa de desconexión no es una continuación del proceso de Oslo, sino una consecuencia de las realidades creadas por ese programa fantasioso. Lejos de ver a los palestinos como pacifistas con los que asociarse, dicho programa los ve como enemigos de los que separarse. Su objetivo es proteger a los israelíes de la animosidad palestina. Por eso debe continuar, independientemente de protestas o agresiones palestinas; sin que esto implique no responder, o incluso no anticiparse, a estas últimas.

Ahora bien, uno podría preguntar lo siguiente. Aceptado, este programa, a diferencia de Oslo, no promete paz, sino seguridad. Pero ya estamos viendo que la situación de seguridad no mejorará necesariamente luego de su implementación. Ergo, ¿para que seguir adelante? La respuesta la encontramos al considerar el hecho de que el Estado de Israel enfrenta una amenaza demográfica, además del desafío a su seguridad. Actualmente la población judía de Israel es de 5.5 millones, de los cuáles unos 300.000 son inmigrantes rusos cuya identidad judía es cuestionada. En conjunto, los árabes-israelíes y los palestinos de los territorios suman alrededor de 4.8 millones. Vale decir que ya hay casi paridad en las cantidades poblacionales. Según estimaciones de reputados investigadores israelíes, de mantenerse la posesión de los territorios con la población palestina, en cuestión de unas pocas décadas la población judía de Israel pasaría a ser minoritaria frente a la árabe/palestina. A la luz de esa realidad, la desconexión no parece ser tanto una opción política o militar, sino un imperativo nacional.

Es importante resaltar las diferencias entre el programa de desconexión y el proyecto Oslo para evitar desilusiones futuras. Aquí no hay panacea prometida, ni utopía soñada, ni era de paz mesiánica a punto de arribar. La desconexión es el paso más coherente, si bien doloroso, que los israelíes pueden adoptar en las circunstancias presentes para contener –más no resolver- los desafíos de seguridad y demográficos que el estado enfrenta. Mañana podrá ser otra la realidad, y otra la actitud a tomar. Pero hoy por hoy –como dice una conocida frase hebrea- ze ma she iesh (esto es lo que hay) y con esto se ha de lidiar.

Ni paz ideal, ni siquiera seguridad total, y con un costo territorial alto. Parecerá una locura, pero no lo es. En la coyuntura presente, el programa de desconexión surge como el paso más sensato que Israel pueda dar.  

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Por Julián Schvindlerman

  

Newsweek, Amnesty y unas retracciones – 15/06/05

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La denominada “Teoría del Caos” postula que el leve aleteo de una mariposa en algún rincón remoto de África puede generar una secuencia de eventos naturales que culminen con un terremoto devastador en California. O a la inversa. Digamos, que un artículo periodístico irresponsable en Norteamérica puede propiciar una reacción en cadena que resulte en manifestaciones, profanaciones y la muerte de 17 personas en el mundo islámico.

Tal fue el tristemente célebre caso del scoop de Newsweek que falsamente acusó al ejército estadounidense de profanar el Corán con el objeto de intimidar a los musulmanes detenidos en Guantánamo, Cuba. Posteriormente, los editores de la revista se retractaron y se disculparon, pero el daño –a la imagen de EE.UU. en el mundo musulmán principalmente- ya estaba hecho, y los muchos propagandistas en su núcleo podrán de ahora en más explotar el mito creado –“los yanquis imperialistas profanan el Islam”- por un largo tiempo en una zona del planeta altamente inclinada a la teoría conspirativa y la demonización colectiva.

Tal como Charles Krauthammer ha indicado en el Washington Post, dichos informes de abusos en Guantánamo emanan primordialmente de las investigaciones internas que el propio Pentágono lleva adelante. De 13 casos en estudio sobre posible manipulación del Corán, el ejército norteamericano ha confirmado cinco instancias, de las cuáles dos fueron consideradas accidentales. Según las reglas del Departamento de Defensa norteamericano, el Corán debe ser transportado por ambas manos de los soldados, los que deben además usar guantes durante el acto. Conforme a directivas militares, los prisioneros musulmanes deben tener acceso a su texto sagrado, a gozar de tiempo para rezar y se les debe respetar sus leyes alimenticias religiosas. Que una publicación reputada y bien informada como Newsweek cediera a la tentación de publicar una noticia tan incendiaria basándose exclusivamente en una sola fuente, encima anónima, y sin presentar ningún tipo de documentación respaldatoria, más aún cuando el acto estaría en contradicción con la política oficial del ejército respecto al trato de detenidos foráneos, constituye no solo un acto de irresponsabilidad periodística, sino –y de manera más relevante aún- se erige como un ejemplo más de la penosa tendenciosidad ideológica que satura a los medios masivos de comunicación internacionales.

Errar es humano, pecar también. Pero cuando los errores y los pecados son recurrentes, entonces advertimos que estamos frente a un problema más profundo que el del simple error bienintencionado. Newsweek es parte y parcela del establishment mediático liberal (léase progresista) norteamericano, ese segmento intelectual profundamente desconfiado de las políticas del gobierno, siempre sospechoso de las prácticas del ejército, y, puntualmente,  muy escéptico de los motivos de la intervención en Irak. Es decir, parte de una prensa condicionada por su propia naturaleza ideológica a creer más en los alegatos de los detenidos musulmanes que en las versiones de sus propios generales. Por definición, la prensa ha de ser desconfiada…pero no selectivamente desconfiada. Debería cuestionar tanto las afirmaciones de los políticos locales como las aseveraciones de los enemigos externos. En tiempos de guerra, uno supondría que de existir un desbalance, éste sería a favor de los responsables de la defensa nacional. Que, contrariamente, el desajuste favorezca a los enemigos del estado, es un claro indicador de hasta que niveles la prensa liberal norteamericana está alienada del sentir popular y, de hecho, del sentido común más elemental.

Como producto de esta obsesión progresista con todos los males norteamericanos, señala Claudia Rosett del Wall Street Journal, el mundo está muy familiarizado con los nombres de Guantánamo y Abu Ghraib, a pesar de que en sus celdas los abusos a los derechos humanos sean pocos y excepcionales. En contraste, difícilmente alguien en Occidente conozca el nombre de una prisión en las naciones islámicas. Esto es -para expresarlo caritativamente- llamativo, dado que es en países musulmanes donde se encuentran la mayor cantidad de regímenes despóticos del globo, en cuyas tierras se llevan a cabo el 80% de las ejecuciones mundiales, cuyas cárceles encierran a 2/3 de todos los prisioneros políticos del planeta, y donde las violaciones a los derechos humanos -dentro y fuera de las prisiones- son habituales y graves. ¿Puede alguien dar el nombre de una cárcel en Sudán, donde se practica la amputación cruzada (p/ej: mano derecha y pie izquierdo)? ¿O en Arabia Saudita, donde acontecen decapitaciones? ¿O en Nigeria, donde las mujeres adúlteras son lapidadas a muerte? ¿O en la Autoridad Palestina, donde se fusila sin juicio previo a sospechosos de colaborar con Israel?

En el Irak de hoy en día, las mezquitas (y con ellas los varios Coranes que están adentro) estallan en mil pedazos en medio de una cruenta lucha entre musulmanes shiítas y sunnitas, y apenas si oímos una protesta por ello en Occidente. En reacción a la noticia escandalosa divulgada por Newsweek, musulmanes salieron a las calles, se mataron entre sí y quemaron mezquitas en Afganistán, y tampoco oímos una queja por aquí. El mismo día, un terrorista-suicida hizo explotar un santuario islámico en Pakistán, y en Occidente no se oyó ni una sola lamentación sobre la profanación del Islam. Naturalmente, nada de esto excusa los abusos reales que han acontecido o pudieran acontecer a futuro en prisiones norteamericanas. Tan solo brinda un poco de perspectiva para que puedan dotarse de mejor juicio quienes se rehúsan a distinguir, en las aptas palabras de Natán Sharansky, “entre las democracias donde a veces hay serias violaciones a los derechos humanos y las dictaduras donde los derechos humanos son inexistentes”.

A propósito, hablando del sentido de la proporción. ¿Sabe como definió al centro de detención de Guantánamo la secretaria-general de Amnesty International al presentar en conferencia de prensa el nuevo reporte de la organización sobre el estado de los derechos humanos en el mundo? Como el “gulag de nuestros tiempos”. Recordemos que por los miles de campamentos de concentración que conformaron el gulag soviético pasaron más de veinte millones de prisioneros políticos condenados a trabajos forzosos. Eso si, menos de dos semanas después, Amnesty se retractó.

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Por Julián Schvindlerman

  

La cooperación sur-sur entre Árabes y Sudamericanos – 01/06/05

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En el marco de una Sudamérica que ha virado hacia la izquierda y el populismo y que ha abrazado nuevamente la pancarta setentista, antiyanqui y nacionalista, es decir, con una Sudamérica decidida a residir en el Tercer Mundo por un largo rato más, es apenas llamativo entonces que surgiera un espacio de diálogo con el mundo árabe bajo la consigna del “desarrollo de la cooperación sur-sur”, tal como lleva por título uno de los párrafos de la Declaración de la Cumbre Árabe-Sudamericana emitida a mediados del mes de mayo, con ecos de la famosa teoría de “Centro y Periferia” de Sunkel y Paz según la cual el subdesarrollo es función del lugar que le toca jugar a los países tercermundistas en el injusto sistema económico mundial y nunca debido a las decisiones erradas, pésimas políticas públicas, corrupción oficial, ausencia de visión estratégica, falta de compromiso nacional a  largo plazo y otros males que vienen plagando a las sociedades de numerosos países sudamericanos desde hace un largo tiempo.

No es que haya algo negativo per se en el hecho de que dos bloques regionales “periféricos” o “en vías de desarrollo” -para ser politically correct en el uso del lenguaje- decidan reunirse en Brasilia para “fortalecer las relaciones birregionales, ampliar la cooperación y establecer una asociación para promover el desarrollo, la paz y la justicia internacional”, tal como destaca el primer párrafo de la mencionada Declaración, sino que Sudamérica, junto con, o a cambio de, todos los beneficios comerciales y de otra índole que espera percibir, deberá también pagar un precio político en ciertas áreas, algunas de las cuales han quedado plasmadas en el texto consensuado de la cumbre, el que fuera precedido por catorce borradores, lo que nos da una idea de cuanta negociación diplomática previa acompañó al mentado evento.

Al evaluar el texto de la declaración por su contenido, podemos asumir que algo similar a lo que acontece en el foro de las Naciones Unidas debe haber sucedido en materia de tira y afloja diplomático, donde Sudamérica termina dando la luz verde (sea por apoyo o abstención) a resoluciones iniciadas por los árabes, radicales en su origen y levemente moderadas luego en el transcurso del regateo con Europa, Sudamérica u otros. Y así, nos encontramos con un manifiesto final que ilustra a propósito de las concesiones políticas sudamericanas al permitir la introducción del conflicto que las naciones árabes tienen con Israel en el espacio de un encuentro de cooperación árabe-sudamericano.

En un texto de doce páginas, no son proporcionalmente muchos los párrafos referidos a Israel, pero los pocos que existen son lo suficientemente problemáticos como para ameritar observación. En ellos se alude al programa nuclear israelí, a la construcción de asentamientos, a la valla de seguridad, al terrorismo, al futuro estado palestino y a sus fronteras finales. Como es usual, la distinguida retórica diplomática encubre la verdadera intencionalidad política: los llamados a la paz regional son en realidad formulados bajo el prisma de las demandas árabes, las condenas al terrorismo son en realidad justificaciones del mismo, la defensa de la soberanía de los estados son en realidad exculpaciones de crímenes atroces, etc. Veamos algunos ejemplos.

En el punto 2.8, la Declaración final pide por una “paz justa, duradera y completa” en el Medio Oriente; terminología tradicionalmente utilizada por los países árabes en la ONU al bregar por la obliteración de Israel. Insta a la “creación del Estado Palestino independiente con base en las fronteras de 1967”; algo que Israel opone, aunque afortunadamente se agrega a continuación un llamado a la coexistencia pacífica. Se exige “la retirada de Israel de todos los territorios árabes ocupados”; algo que se aparta sustancialmente del texto de la resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU (más conocida como “tierras por paz”) que deliberadamente omitió el uso del vocablo “todos” en antelación a la palabra “territorios”. El punto 2.9 expresa “inquietud” (léase correctamente: no condena) por la violencia, ataques militares y actos terroristas en el Oriente Medio, nivelando así la agresión terrorista con la defensa militar. El punto 2.16 enfatiza “la importancia de combatir al terrorismo en todas sus formas y manifestaciones”; una clarísima alusión a la defensa israelí, la que, según el parecer árabe, es el genuino acto de terror. El punto 2.17 limpia de toda responsabilidad al pueblo palestino por su agresión, donde los signatarios  “reafirman el rechazo a la ocupación extranjera y reconocen el derecho de los estados y pueblos a resistir a la ocupación extranjera…”  y continúa con este agregado, asumimos,  bajo presión sudamericana, “…de acuerdo con los principios de la legalidad internacional y de conformidad con el Derecho Internacional Humanitario”, una frase que le permitió al canciller brasileño posteriormente decir que cada cual podría interpretar este punto como quisiera.

La Declaración además se opone a las sanciones que Estados Unidos ha impuesto sobre Siria, sutilmente condena la invasión a Irak, expresa apoyo a Somalia y aplaude algunas medidas que el gobierno de Sudán -acusado de orquestar un genocidio contra su propia población- ha tomado últimamente. Emiratos Árabes Unidos ganó apoyo en su disputa territorial con Irán. Perú y Qatar obtuvieron apoyo para sus candidaturas para asientos no permanentes en el Consejo de Seguridad. Por su parte, la Argentina recibió apoyo en su reclamo por las Islas Malvinas.

¿Y que sobre las omisiones? Todo texto político es elocuente tanto por sus inclusiones como por sus exclusiones. Tratándose, como era el caso, de fomentar el acercamiento birregional, es tan solo natural que la promoción de la democracia -esa palabra prohibida en las sedes de gobierno del mundo árabe- quedara fuera de la agenda de preocupaciones de estas docenas de naciones separadas por un océano pero reunidas con el noble propósito de promover, entre otros dignos ideales, la justicia y la paz internacional. Finalizada la cumbre y rubricado el mensaje de un mundo más libre, más pacífico y más justo, los delegados regresaron a sus países: los sudamericanos a atender sus varios problemas, y los árabes a atender los propios. Entre ellos, indudablemente, el de perpetuar sus gobiernos despóticos ahora bajo el guiño de la complacencia sudamericana.

La cooperación Sur-Sur ha sido afianzada.

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Por Julián Schvindlerman

  

Inquietud en el Pacífico – 18/05/05

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Asia en estos momentos no está en calma. Varias disputas regionales –la nuclearización de Corea del Norte, el acoso chino a Taiwán, la tensión chino-japonesa debido a su pasado, discrepancias territoriales entre el Japón, la China y Corea del Sur, el choque entre distintos regímenes políticos, competencia comercial, etc -le quitan la paz a ella y la tranquilidad al resto del mundo. Ciertamente, una mirada superficial por los actuales campos de la controversia asiática nos da una somera idea del potencial de conflicto que yace bajo la capa de admiración universal por la promesa económica regional.

La República Popular China ocupa un lugar central en esta compleja telaraña de problemas. Debido a su tremendo tamaño geográfico y poblacional, a su creciente militarización, a su poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, al impacto que sus productos ejercen en la economía global y al magnetismo para inversiones extranjeras que detenta su mercado, entre otros factores, la China es cada vez más regularmente vislumbrada como una próxima superpotencia mundial. La influencia china en la economía global ha sido tema de debate desde hace ya un largo tiempo; ahora se ha sumado un nuevo foco de atención en el impacto futuro sobre el sistema político internacional que conllevaría el despertar de este Gulliver oriental.

El híbrido modelo chino -que combina un sistema político comunista con un sistema económico liberal- oculta numerosos resentimientos domésticos nacidos de las grandes disparidades entre ricos y pobres (el 60% de la población, unas 800 millones de personas, vive en zonas rurales con menos de un dólar por día), la corrupción esparcida, y el abuso partidario, los que conforman el caldo de cultivo propicio para el estallido social. La estabilidad política china lejos está de ser asegurada por su dramático crecimiento económico. Externamente, China enfrenta traspiés en su relación con sus vecinos Japón, Corea del Norte y Taiwán, y debido a todo ello también con los Estados Unidos (a los que debemos sumar otras desavenencias propias de la relación bilateral).

EE.UU. no está conforme con el papel jugado por Pekín en el diálogo nuclear multilateral con Corea del Norte- país dictatorial que trafica armas, dólares falsos y drogas- y al que la China exporta gran parte del consumo energético y alimenticio. China teme que el colapso del régimen de Kim Jung II podría fomentar un éxodo masivo de refugiados hacia su frontera, razón por la cuál se opone a la imposición de sanciones internacionales, así como también por la preocupación del precedente sentado que podría a futuro ser aplicado contra Pekín. La reciente adopción de la legislatura china de una ley anti-secesionista que amenaza con el uso de la fuerza militar a Taiwán si la isla democrática fuera a declarar su independencia, ha irritado no solamente a los EE.UU. sino que ha dañado la iniciativa europea de levantar el embargo militar que pesa sobre la China desde que el régimen comunista reprimiera violentamente una manifestación pro-democrática en la Plaza Tiananmen en 1989.

Sus roces con el Japón han quedado en manifiesto recientemente a la luz de una controversia supuestamente generada por el revisionismo histórico japonés acerca de su rol como invasor en las décadas del 1930 y 1940, aunque la propia China también ha adoptado una narrativa auto-exculpadora de sus propios excesos históricos. Además de pelear por el pasado, ambas naciones mantienen en el presente una disputa territorial por unas islas y unas zonas económicas exclusivas en el océano pacífico. Pero es en torno al futuro –comercial primordialmente- donde la relación sino-nipona es especialmente compleja, con instancias tanto de competencia como de cooperación. Por ejemplo, el año pasado la China desplazó al Japón de su lugar como segundo importador de petróleo del mundo, luego de EE.UU., a la vez que se transformó en el principal socio comercial del Japón, a expensas de EE.UU. Lo que es indudable, tal como notara la revista británica The Economist, es que “en tanto ambos países se han hecho más ricos, más poderosos y más importantes como socios comerciales, así se han convertido en rivales naturales por la primacía dentro de su región”.

En efecto, Asia no está en calma. Aunque en rigor a la verdad, rara vez lo ha estado. Es solo que en un ambiente global ya de por sí saturado de amenazas a la paz y a la seguridad, el aporte de inestabilidad del lejano continente asiático –con sus ingredientes nucleares, totalitarios, nacionalistas, y competitivos- luce depresivamente familiar.