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Comunidades, Comunidades - 2005

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

La verdad acerca de las mentiras sobre Irak – 28/12/05

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Al observar los desarrollos recientes dentro de la sociedad norteamericana en torno al debate sobre la situación en Irak, uno debería ser perdonado por suponer que la elite mediática y política estadounidense parecería estar decidida a sabotear los esfuerzos del gobierno en las áreas de la seguridad nacional y la política exterior. La infundada acusación de Newsweek de que el ejército norteamericano había profanado un Corán, la publicación por parte del Washington Post de una noticia reveladora acerca de la existencia de una red de prisiones secretas administradas por la CIA en Europa, la denuncia del New York Times a propósito de un sistema de monitoreo de las comunicaciones dentro y fuera de EE.UU. de sospechosos de terrorismo, el procesamiento del jefe de gabinete del vicepresidente Dick Cheney por la filtración a los medios de la identidad de un agente secreto, y la decisión del senado de limitar las atribuciones del “Acta Patriótica”, son algunos de los casos salientes que atestiguan acerca de una gigante ofensiva moral en el campo de la opinión pública norteamericana respecto de la política de defensa adoptada por la administración republicana luego del 11 de septiembre de 2001.

El epicentro del debate sobre los ejemplos arriba indicados ha girado en torno a las virtudes o defectos de la conducción de la guerra contra el terror. Existe, sin embargo, un cuestionamiento mucho más profundo a la totalidad de la empresa norteamericana en Irak que yace ya no en lo relativo a la manera en que la guerra está siendo librada, sino que impugna los motivos que gestaron esta guerra en primer lugar, a saber: la noción de que el presidente George W. Bush le mintió al pueblo norteamericano -y al mundo entero- al afirmar que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva y que estaba dispuesto a usarlas contra ciudadanos norteamericanos. Con todo lo escandalosas que las filtraciones de la prensa anteriormente citadas puedan ser, ellas empalidecen en gravedad al compararlas con la seria acusación de que el presidente Bush envió a la muerte a miles de jóvenes soldados a una tierra lejana detrás de una falacia deliberada. Si esto fuera cierto, es decir, si Bush efectivamente hubiera mentido para precipitar a su nación hacia el abismo de una guerra innecesaria y en consecuencia evitable, entonces el sustento moral de toda la estrategia político-militar estadounidense sería severamente dañado.

Es por esto que es tan importante poner las cosas en claro en este sentido. Y nadie lo ha hecho mejor hasta la fecha (al menos hasta donde yo sé) que el prestigioso observador político Norman Podhoretz, cuyo brillante exposé -publicado en la edición del presente mes de diciembre de la influyente revista Commentary– da por tierra con esta falsa invención al demostrar que no solamente el actual presidente republicano creía que el dictador de Bagdad tenía armas de destrucción masivas, sino que la creme de la creme del establishment demócrata y de la prensa liberal norteamericana también creía firmemente en ello; en algunos casos, aún con anterioridad a que Bush asumiera la presidencia.

Así, el entonces presidente William Jefferson Clinton dijo a fines de 1998: “Por más pesado que sea, el costo de la acción debe ser pesado contra el precio de la inacción. Si Saddam desafía al mundo y nosotros fallamos en responder, enfrentaremos una amenaza mucho mayor en el futuro. Saddam golpeará nuevamente a sus vecinos. Hará la guerra contra su propio pueblo. Y marquen mis palabras, él desarrollará armas de destrucción masivas. Él las desplegará y las usará”.* Su Secretaria de Estado, Madeline Albright, dijo esto también en 1998: “Irak está lejos, pero lo que allí sucede importa mucho aquí. Dado que el riesgo de que líderes de un estado agresivo usen armas nucleares, químicas o biológicas contra nosotros o nuestros aliados es la más grande amenaza de seguridad que enfrentamos”. Sandy Berger, el asesor de seguridad nacional de Clinton, sentenció que Saddam “usará esas armas de destrucción masiva de nuevo, tal como lo ha hecho diez veces desde 1983”. Al año siguiente, en 1999, un grupo de senadores demócratas instaron a la presidencia a “tomar las acciones necesarias (incluyendo, si fuera apropiado, golpes de misiles y aéreos contra sitios sospechosos iraquíes) para responder efectivamente a la amenaza que presenta el rechazo iraquí a dar por terminado sus programas de armamento de destrucción masiva”. Nancy Pelosi, hoy la líder del Partido Demócrata en el congreso, dijo: “Saddam ha estado involucrado en el desarrollo de tecnología de armas de destrucción masiva, lo que es un amenaza a los países de la región, y él se ha burlado del proceso de inspección de armas”. En octubre de 2002, la senadora Hillary Rodham Clinton afirmó: “En los cuatro años desde que se fueron los inspectores, informes de inteligencia muestran que Saddam Hussein ha trabajado para reconstruir su stock de armas químicas y biológicas, su capacidad de disparar misiles, y su programa nuclear. Él también ha dado asistencia, cobijo y santuario a terroristas, incluso a miembros de Al-Qaeda”. El mismo año, Al Gore (contrincante de Bush en la primer contienda electoral para la presidencia) dijo: “El procuramiento de armas de destrucción masiva por parte de Irak ha resultado imposible de disuadir, y deberíamos asumir que continuará en tanto Saddam permanezca en el poder”. También ese año, John Kerry (contrincante de Bush en la segunda contienda electoral para la presidencia) coincidió: “Yo votaré para darle al presidente de los EE.UU. la autoridad para usar la fuerza -si fuera necesario- para desarmar a Saddam Hussein porque yo creo que un arsenal mortal de armas de destrucción masiva en sus manos es un amenaza real y grave para nuestra seguridad”.

En cuanto a la prensa liberal, cabe traer a colación a los dos diarios más prominentes y más críticos del presidente Bush. Ya durante la presidencia de Bill Clinton, el New York Times estaba convencido de la existencia de armamento no convencional en Irak: “…sin más intervención externa, Irak podría reconstruir armas y plantas de misiles dentro del año y futuros ataques militares podrían necesitarse para reducir el arsenal nuevamente”. Por su parte, el Washington Post saludó la inauguración de la presidencia republicana en el 2001 diciendo que de todos los errores dejados atrás por la saliente administración demócrata, “ninguno es más peligroso -o más urgente- que la situación en Irak. A lo largo de los años, el Sr. Clinton y su equipo tranquilamente evitaron lidiar con…esfuerzos para aislar el régimen de Saddam Hussein y privarlo de reconstruir sus armamentos de destrucción masiva”.

Ahora, finalmente, podemos ver que la creencia del presidente Bush de que Saddam Hussein poseía armamento no convencional era una creencia ampliamente compartida por los líderes del partido demócrata, los diarios elite, y tantos otros que hoy convenientemente olvidan ello en pos de la promoción de una agenda política adversaria. Al hacerlo, ponen en jaque su seguridad nacional, la imagen internacional de su patria, y su propia credibilidad: después de todo, están bastardeando a la verdad. Lo cuál es bastante irónico, dado que si mal no recuerdo, esto era supuestamente lo que tanto les fastidiaba del presidente Bush.

* Salvo esta cita que he tomado de un editorial del Wall Street Journal, el resto de las presentadas en esta nota pertenecen al artículo de Norman Podhoretz.

Comunidades, Comunidades - 2005

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Tan solo una cuestión de perspectiva – 14/12/05

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Cuando una mujer belga se inmoló en un atentado contra tropas estadounidenses cerca de Bagdad el pasado mes de noviembre, la prensa belga estaba muy sorprendida. ¿Por qué habría una ciudadana belga de enredarse en terrorismo-suicida en el lejano Irak? Cuando jóvenes franceses de los barrios periféricos de París se alzaron en una ola de violencia y destrucción contra el estado galo desde fines de octubre a mediados de noviembre, la prensa francesa parecía estar totalmente desorientada. ¿Por qué protestaban tan furiosamente en este momento los marginados de siempre? Cuando ciudadanos ingleses de ascendencia paquistaní hicieron estallar subtes en Londres el último julio, la prensa británica reaccionó con similar aturdimiento. ¿Cómo explicar que ingleses atentaran contra sus conciudadanos?

La raíz del problema aparente yace en la típica incapacidad de la prensa occidental en identificar claramente el componente islámico presente. Muriel Degauque, la belga arriba mencionada, además de haber nacido en Bélgica era una conversa al Islam, y fue en nombre de Alla que se mató a ella misma para matar a otros en Irak. Los famosos “jóvenes franceses” de la intifada parisina eran mayoritariamente musulmanes, además de haber nacido en Francia. Y los terroristas de Londres, además de ser ingleses eran musulmanes. Como también lo era Mohammed Bouyeri, el musulmán nacido en Holanda que asesinó a puñaladas en la vía pública y a plena luz del día al cineasta Theo Van Gogh el año pasado. Y como también lo eran los terroristas que atentaron en Madrid, Nueva York, Netanya,  Chechenia, Sharm el-Sheikh, Ammán y en otras partes. El común denominador a todos ellos es su religión (islámica) independientemente de su nacionalidad (marroquí, saudita, palestina, iraquí, etc).

Parte de la confusión se debe a un enfoque distinto entre occidentales y musulmanes en torno a la organización de los grupos humanos en la actualidad. Tal como lo explica el orientalista Bernard Lewis en su libro La Crisis del Islam, en Occidente vemos al mundo dividido en naciones dentro de las cuales conviven diferentes religiones; mientras que los musulmanes ven al mundo dividido en religiones dentro de las cuales habitan distintas nacionalidades. Así, uno es primero musulmán y luego holandés, francés o belga. En Occidente se tiende a ver el asunto al revés: uno es holandés, francés o belga y luego musulmán, (o cristiano o judío, etc). De ahí la gran incomprensión en Occidente a propósito de las motivaciones –inexplicables desde esta perspectiva- de los terroristas islámicos. Sin la adición del elemento religioso resultaría prácticamente imposible entender racionalmente el hecho de que individuos de tantas y tan disímiles nacionalidades se vean cada vez más enredados en actos de terror anti-occidental.  

Richard Reid es un británico que ocultó explosivos en la suela de sus zapatos con el objeto de hacerlos explotar durante un vuelo París-Miami. Steven Smyrek es un alemán reclutado por el Hizbullah para atacar a israelíes. Domenico Quaranta es un italiano condenado a veinte años de prisión por incendiar una estación de subte de Milán e intentar atacar templos griegos en Sicilia. Clement Rodney Hampton-el, es un norteamericano que participó del plan de hacer estallar el World Trade Center. Pierre Richard Robert es un francés condenado a cadena perpetua por haber planeado atentados terroristas en Marruecos. Lo que tienen en común todos ellos no es su nacionalidad (el hecho de que sean alemanes, franceses, norteamericanos, etc, que de hecho no la comparten), sino su religión (pues todos ellos son conversos al Islam). Es decir, son miembros de una sola grey, la Fe musulmana, independientemente de que sus pasaportes hayan sido emitidos en tal o cual país. Advirtiendo entonces la existencia de un común denominador que los aglutina en una religión única -religión que parece estar en colisión con el resto del mundo y muy especialmente con los occidentales- vemos pues el hilo conductor que enhebra los atentados en Medio Oriente, Europa, EE.UU. y otros lugares en una misma red de violencia global. Los perpetradores de todos estos atentados cometieron sus actos de terror no por ser ingleses, holandeses o italianos, sino por creer firmemente en las consignas jihadistas del Islam fundamentalista.

Así es que cuando nos enteremos de próximos atentados (¿que duda cabe que los habrá?) lo primero que debemos observar es la religión de los partícipes, al margen de su nacionalidad. Si resultara que la absoluta mayoría de ellos comparten la Fe, y si resultara que dicha Fe es la islámica, y si resultara que este patrón se viene repitiendo ya por varios años, entonces deberíamos tener la voluntad de remover los velos que cubren nuestros ojos (y en el caso de los periodistas, los burkas que cubren la totalidad de sus cerebros) y reconocer que detrás de todos estos atentados-suicidas que cada vez con mayor estupor presenciamos se encuentra una cuestión de religiones –y no de nacionalidades- enfrentadas.

Se podría decir que es tan solo una cuestión de perspectiva. Más se trata de una perspectiva vital si aspiramos a comprender la dimensión terrorista de la realidad geopolítica actual.

Agenda Internacional

Agenda Internacional

Por Julián Schvindlerman

  

La fragilidad de la paz en el conflicto Palestino Israelí- Junio-Agosto 2005

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El año 2005 comenzó de manera promisoria para israelíes y palestinos: con cumbres diplomáticas del más alto nivel en Sharm El-Sheikh y Londres, visitas a Washington, apretones de mano entre los primeros ministros, declaraciones de fin de la contienda bélica, anuncios de cese-de-fuego, inminentes retiradas territoriales, y proclamaciones del comienzo de “una nueva era” en las relaciones entre ambos pueblos. En marcado contraste con los previos cuatro años de violencia física, parálisis política, desánimo social y decaimiento económico, el nuevo año parece haber traído consigo augurios positivos para el prospecto de la paz para estos pueblos.

Varios factores han confluido para generar cierto optimismo. Yasser Arafat, un gran obstáculo para la coexistencia pacífica entre israelíes y palestinos, ha desaparecido de la escena. Un nuevo líder palestino, el más moderado y menos doctrinario Mahmoud Abbas (o Abu Mazen), ha emergido y ha sido popularmente legitimado mediante sufragio electoral. El primer ministro israelí, Ariel Sharon, está decidido a abandonar porciones de tierra históricamente reclamadas por los israelíes como propias y tanto el gabinete como el parlamento israelí (Knesset) han aprobado el programa de desconexión de la Franja de Gaza y partes de Cisjordania (también conocida como Judea y Samaria), en tanto que la Corte Suprema de Justicia ha declarado constitucional dicho programa. Como trasfondo de todo este cuadro, George W. Bush ha sido reelecto como presidente de los Estados Unidos de América y su proyecto democratizador para el Oriente Medio ha recibido un impulso considerable con las exitosas elecciones en Afganistán, Irak y las zonas autónomas palestinas, así como con las manifestaciones pro-democracia en El Líbano, la incorporación (por el momento limitada) del multipartidismo en Egipto, y ciertos pasos políticos, de contenido democrático, adoptados en Kuwait, Qatar y Arabia Saudita

Una nueva ventana de oportunidad parece haberse abierto, ciertamente. Solo queda por explorar que tan abierta está o por cuanto tiempo permanecerá así, a la luz de los desafíos importantes que se avizoran en el sendero hacia la paz, y, por sobre todo, de la experiencia de las negociaciones fallidas de la última década.

Si bien goza de importante respaldo popular y de poder político, Ariel Sharon aún debe someter su propuesta de repliegue territorial a la consideración del gabinete ante cada fase de evacuación de cada grupo de asentamientos en cuestión, conforme fuera estipulado cuando el gabinete aprobó, en principio, el plan en junio de 2004. El programa de desconexión de la totalidad de la Franja de Gaza -cuya implementación se espera para el próximo mes de agosto- ha sido concebido como un proyecto unilateral y así permanecerá hasta el momento en que se decida evaluar el estado de las negociaciones con los palestinos y revisar la posibilidad de coordinar la implementación del mismo con sus autoridades.

La atmósfera política doméstica está caldeada por un inquietante nivel de acoso político a figuras ministeriales por parte de agrupaciones marginales de la extrema derecha, opositora  al repliegue territorial. Por su parte, Mahmoud Abbas –a pesar de haber obtenido más del 60% del voto popular- aún debe consolidar su base política, completar la reforma del aparato de seguridad, poner fin a la corrupción endémica en las instituciones oficiales, cesar  la incitación anti-israelí y anti-judía en la prensa, mezquitas y hasta en la currícula educativa, y lidiar con las facciones palestinas fundamentalistas que se oponen a negociaciones con Israel.

El espectro del terror

Sobre este último punto, Abbas enfrenta un dilema nada despreciable: según las obligaciones palestinas asumidas en los Acuerdos de Oslo y en la Hoja de Ruta, debe desmantelar la infraestructura terrorista, confiscar armas ilegales y efectuar arrestos, todo lo que lo pondría en un curso de colisión con las mismas facciones con las que está procurando mantener una “hudna” o tregua en su militancia anti-israelí para posibilitar la continuación de las negociaciones diplomáticas.

Los israelíes han dejado en claro que no negociarán bajo fuego y que el cese de actividad terrorista es, naturalmente, un sine-qua-non para el mantenimiento de las relaciones bilaterales. A su vez, Israel teme que el tan celebrado cese-de-fuego no sea más que un “recreo” oportunista que las agrupaciones fundamentalistas palestinas se toman para rearmarse y luego retomar sus ofensivas terroristas (como ya ha sucedido), o que éste se caiga, como tantos otros acuerdos en el pasado, entre Israel, la Autoridad Palestina y el Hamas. Los incidentes violentos ocurridos a principios de junio último ejemplifican cuán endeble es la situación: militantes del Hamas y de la Jihad Islámica dispararon fuego de mortero contra el asentamiento de Ganei, en Gaza, y contra el poblado israelí de Sderot, provocando la muerte a dos trabajadores palestinos y uno chino, hirieron a otros cinco y dañaron propiedades, alegando que era en respuesta a una confrontación previamente acontecida entre palestinos e israelíes en Jerusalén y a una acción israelí que dio muerte a uno de sus líderes(1). Obviamente, la repetición de tales acontecimientos afectaría sensiblemente las posibilidades para la paz.

Hasta el momento ha habido una reducción temporaria en los atentados, pero no un cese completo. En los estratos militares y la comunidad de inteligencia israelí hay algún consenso en que los ataques terroristas aumentarán a futuro, razón por la cuál se construiría una segunda barrera de seguridad alrededor de Gaza y se planea, además, instalar sistemas de alerta de misiles en la vecindad. Las estadísticas de abril último parecen justificar este pesimismo: hubo un aumento del 54% en los incidentes terroristas respecto del mes de marzo (250 en total) y 55 alertas de seguridad “calientes”(2). Las agrupaciones radicales palestinas han suscripto al “cese-de-fuego” de manera condicional a la liberación israelí de prisioneros palestinos y aquí podemos vislumbrar otra grieta: el gobierno de Israel ha dado el consentimiento a la liberación de más de 1000 prisioneros, excluyendo aquellos que tuvieran “sangre en sus manos”, pero el Hamas y la Jihad Islámica han requerido la liberación de los alrededor de 8000 palestinos encarcelados en Israel y podrían aducir un supuesto “incumplimiento” israelí para reiniciar así sus operaciones violentas cuando lo consideren conveniente.      
 
Indudablemente, ambas partes deberán enfrentar serios obstáculos domésticos para poder llevar adelante lo acordado. En este sentido, y sin aras de minimizar la magnitud del problema, debemos no obstante resaltar un aspecto conceptual de las obligaciones contractuales para disipar la repetición de una historia ya conocida: los compromisos asumidos han de ser cumplidos y no justificado su incumplimiento sobre la base de restricciones reales o ficticias. Durante el denominado proceso de paz entre israelíes y palestinos del período 1993-2000, la Autoridad Palestina (AP) repetidamente adujo no poder luchar contra los elementos radicales de su entorno a partir del riesgo de una guerra civil o de la falta de recursos suficientes para confrontarlos. Independientemente de lo valedero (o no) de esos planteamientos, el supeditar el cumplimiento de las obligaciones a un precio político doméstico vacía de contenido la idea de todo acuerdo y priva de credibilidad política al socio-infractor.

Esta vez, Israel no espera esfuerzos, sino resultados. Los israelíes han expresado su disposición a abandonar territorio disputado y un costoso programa ya ha sido desarrollado con vistas a ser implementado (solamente contemplando los costos del repliegue militar y las compensaciones a pagarse a colonos y empresas, el programa de desconexión totaliza unos 1.500 millones de dólares). Pero difícilmente pueda la administración de Sharon mantener una retirada -unilateral o coordinada- de Gaza y porciones de Cisjordania bajo el fuego de los extremistas palestinos o si éstos continúan sus ataques contra la población israelí. De hecho, los atentados palestinos tan solo forzarían al ejército israelí a retornar a las zonas disputadas y tomar control de las mismas para garantizar así la seguridad de su propia población, postergando indefinidamente, de esta manera, la retirada israelí y el eventual auto-gobierno palestino.

Los movimientos Hamas y Jihad Islámica pueden tener especial interés en que este sea precisamente el caso. Su raison d´etre es la lucha contra el estado judío, la liberación de toda Palestina (“del río al mar”) y no la pacífica convivencia. El conflicto provoca caos interno y ruina económica, un escenario que beneficia al Hamas en tanto proveedor de cobijo espiritual y servicios sociales a la población palestina. Las últimas elecciones municipales realizadas en la Franja de Gaza, en las que los candidatos del Hamas se impusieron sobre los de Fatah, han ilustrado el punto; como también lo han hecho las elecciones locales de mayo, en las que Hamas triunfó en ciudades importantes tales como Kalkilya, en la Ribera Occidental, y Rafah, Beit Lahia y al-Bureij, en Gaza. (También debemos dar crédito al hartazgo popular respecto de la corrupción de Fatah y al disenso interno por los resultados obtenidos). Desde la asunción de Abbas como Presidente de la AP, el movimiento fundamentalista Hamas ha dado una serie de pasos atípicos. Ha negociado su inclusión a la estructura de la OLP, lo que fue realizado de manera condicional pero aún así ha sido algo poco tradicional para la historia de este movimiento. Ha participado y ganado en elecciones locales y municipales, y ha anunciado su intención de competir -por primera vez desde la existencia del autogobierno palestino- en elecciones legislativas generales. A la luz de los previos éxitos electorales del Hamas, y temerosa de futuros logros, la AP ha decidido postergar dichas elecciones, planeadas inicialmente para el mes de julio. Este desplazamiento del Hamas hacia la arena política puede ser interpretado con optimismo como una transición efectiva de la guerra santa hacia la participación democrática, o bien ser visto con pesimismo tan solo como un cambio político táctico sin abandono de la meta estratégico-teológica de establecer un régimen islámico desde el Río Jordán al Mar Mediterráneo.  

Abbas comprende que las agresiones del Hamas no solamente representan una amenaza para Israel, sino también para el futuro palestino. Por eso ha instado a poner freno a las agresiones y enviado a miles de policías palestinos a patrullar la frontera de Gaza con Israel para evitar ataques. Puntualmente, luego de que el Hamas lanzara dos docenas de cohetes Qassam contra asentamientos y puestos militares israelíes a menos de 48hs del anuncio del cese-de-fuego, el premier palestino destituyó a altas figuras del área de la seguridad, entre ellos al jefe de la seguridad pública en Gaza y Cisjordania y de la policía nacional. Asimismo, en una medida orientada tanto a reafirmar su poder sobre las fuerzas de seguridad, como a enviar el mensaje a la comunidad internacional de que él está decidido a implementar reformas, Abbas ha sometido a todas las fuerzas de seguridad palestinas a la jurisdicción de tres organismos: el Ministerio de Interior, la Inteligencia General, y las Fuerzas de Seguridad Nacional.

Las contradicciones de Mahmoud Abbas

No obstante, la conducta de Abbas en este campo ha sido algo errática sino contradictoria. Ha tenido la valentía de bregar por la desmilitarización de la intifadah aunque su renuncia al terrorismo ha sido endeble y, particularmente, sus declaraciones durante la campaña electoral palestina fueron problemáticas. “Este no es el tiempo para este tipo de acto” (3) dijo a principios de enero en respuesta a un ataque con misiles del Hamas contra israelíes fuera de los territorios disputados, dejando abierta la posibilidad de un tiempo futuro en el que ese tipo acto pueda volver a efectuarse. En otras ocasiones había advertido que las confrontaciones con Israel habían hecho más daño que bien a la causa palestina, sugiriendo un enfoque netamente pragmático –no principista o moralista- en torno al uso de la violencia con fines políticos. En menos de una semana, entre el 30 de diciembre y el 4 de enero últimos, la actuación pública del entonces futuro premier palestino fue tan sorprendente que lindaba con la parodia. Primero, durante una visita a Jenín, Abbas -transportado en los hombros de Zakaria Zbeida, un terrorista de las Brigadas Al-Aqsa perseguido por sus felonías- declaró que él protegerá a todos los terroristas buscados por Israel. Al día siguiente anunció su exigencia de un repliegue israelí hasta las fronteras de 1949 (no las de 1967, aunque en otras ocasiones efectivamente habló de las fronteras del 67) y su apego al “derecho al retorno”; un supuesto derecho palestino a ahogar demográficamente al único estado judío del globo. Luego anunció que no luchará contra el terror palestino, y finalmente llamó a Israel “el enemigo sionista”(4), una caracterización empleada por los países y agrupaciones que desean la extirpación de Israel del Medio Oriente. La misma semana de su victoria electoral, Abbas dijo a su pueblo que “la Jihad pequeña ha terminado y la Jihad más grande está adelante”(5). Al mes siguiente, agentes de seguridad palestinos arrestaron a tres líderes del Frente Democrático para la Liberación de Palestina (una organización terrorista de la OLP) por un atentado cometido contra soldados israelíes, pero ellos fueron puestos en libertad cinco horas más tarde, en una clásica repetición de la política de “puertas giratorias” que prevaleció durante el gobierno de Arafat. Después de poco más de una semana, la AP decidió descongelar los fondos del Hamas depositados en varios bancos palestinos. Dos días más tarde, la AP anunció que unos 350 (el número ascendió luego a 500) fugitivos buscados por Israel por activismo terrorista, militantes de agrupaciones palestinas, entre ellas el Hamas y la Jihad Islámica, se unirían a las fuerzas de seguridad palestinas como fruto de un acuerdo entre Abbas y los líderes de esas facciones. “La acción es diseñada para protegerlos de intentos de asesinato israelíes” explicó Ibrahim Abu al-Naja, Ministro de Agricultura de la AP(6). Todo esto en apenas unas pocas semanas.

La noción de moderación palestina, ergo, ha de ser tomada con cierta prudencia. Abbas no es ciertamente Arafat. Pero tampoco es un paracaidista ingenuo recién caído en la arena palestina o regional. Todo lo contrario, es un veterano de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y de la AP, y cofundador –junto con Arafat y otros ocho palestinos- de un grupo nacionalista palestino gestado en 1959 cuyo nombre en árabe es Harakat al-Tahir al-Filastiniyya, cuyo acrónimo leído al revés dice “Fatah”, que quiere decir “conquista”. Este movimiento ya bregaba por la “liberación de Palestina” casi una década antes de que comenzara la ocupación israelí de Gaza y Cisjordania y fue pionero en la no tan noble disciplina de actos de terror anti-israelí. Fue (y aún es), además, un líder de alto rango de la OLP; organización que solamente entre 1969 y 1985 cometió más de 11.250 atentados terroristas dentro de Israel, 435 fuera de Israel, quitó la vida a más de 650 israelíes (3/4 de ellos civiles) y más de 450 extranjeros e hirió a miles de personas en cuarenta y cinco países (7). Ya como oficial de la AP, Abbas fue parte de un sistema de gobierno que inculcó en las mentes de toda una generación de jóvenes palestinos un odio  profundo hacia los israelíes, tipificado- por traer tan solo uno de docenas de ejemplos posibles- en esta enseñanza tomada de un cuaderno escolar palestino: “Recuerda: el resultado final e inevitable será la victoria de los musulmanes por sobre los judíos”(8). Abbas, a su vez, ha relativizado la dimensión real del Holocausto y calumniado al pueblo judío en una tesis doctoral escrita para una universidad soviética, titulada “La otra cara: la conexión secreta entre el sionismo y el nazismo”, en la que sugiere que los judíos han exagerado su trauma durante la segunda guerra mundial. Y, finalmente, durante su visita a El Cairo a fines de enero pasado, Abbas se rehusó a disculparse ante el gobierno egipcio en nombre del pueblo palestino por haber celebrado éste el asesinato en 1981 de Anwar Sadat, el entonces presidente egipcio que firmó el primer acuerdo de paz entre un estado árabe e Israel.

El “derecho al retorno” como epifenómeno

Las líneas precedentes no pretenden insinuar que Mahmoud Abbas no sea el hombre adecuado para negociar la paz con Israel. Ni tampoco que el nuevo premier palestino no desee alcanzar una situación de estabilidad en la región y de mejoramiento en las relaciones con los israelíes. Simplemente nos sugieren que las expectativas y el optimismo deben necesariamente ser templados por la sobriedad y el realismo.

Es posible que las circunstancias lo hayan moderado, pero debemos tener presente que en lo relativo a las más centrales demandas palestinas, no mucho ha cambiado desde Arafat. Tal como su predecesor, Abbas también demanda un completo derecho al retorno para los refugiados palestinos; también exige una retirada total de los israelíes hasta las fronteras previas al 5 de junio de 1967; y también espera obtener la soberanía palestina sobre Jerusalén oriental. Y mientras que las actitudes de la AP bajo la capitanía de Abbas hacia los grupos fundamentalistas islámicos podrían llegar a ser vistas caritativamente en el marco de una política de integración de esos movimientos para evitar la confrontación, o para motivarlos a disminuir sus atentados, su retórica extremista difícilmente pueda ser explicada con análoga benevolencia. Su defensa del “derecho al retorno”, por ejemplo, tiene ecos especialmente inquietantes en el oído israelí y debería ser causa de preocupación para todos aquellos genuinamente interesados en una paz bilateral. Es pertinente recordar que las tratativas de Camp David del año 2000 colapsaron en gran medida debido a la insistencia palestina en realizar este retorno respecto del que el propio Abbas, unos meses después de las fallidas negociaciones, dijo a un periódico árabe que ellos habían demandado el “retorno a Israel y no al estado palestino”(9), y cuya “justa solución” fue citada como demanda en la plataforma electoral presidencial de Abbas. Vale decir, lo que los palestinos demandan mediante este “derecho” es que Israel albergue a los refugiados palestinos originarios de la guerra de 1948 en la que cinco países árabes repudiaron la Resolución para la Partición de Palestina de las Naciones Unidas para crear dos estados; violaron el derecho internacional al recurrir al uso ilegal de la fuerza mediante la agresión; procuraron destruir al incipiente Estado de Israel; y motivaron primero y perpetuaron luego el éxodo palestino del área geográfica de lo que es hoy el Estado judío. Los refugiados fueron inicialmente 600.000; hoy sus descendientes totalizan, según cifras de la ONU, más de cuatro millones de seres humanos.

¿Por qué sostienen los israelíes que el retorno palestino equivale a la obliteración del estado judío? Es una simple cuestión de números. En la actualidad, habitan en Israel alrededor de 5.5 millones de judíos y 1.3 millones de árabes. En Gaza y Cisjordania viven alrededor de 3.5 millones de palestinos. Quiere decir que en lo que se conoce como la Palestina del Mandato Británico desde el río Jordán al mar Mediterráneo -la “Palestina histórica” según la narrativa palestina, o el “Gran Israel” según el discurso israelí- ya residen en conjunto alrededor de 10 millones de israelíes (judíos y árabes) y palestinos (musulmanes y cristianos) divididos en partes casi iguales. Los palestinos reclaman para sí un estado propio, libre de habitantes judíos (los famosos colonos que serán “repatriados” al otro lado de la Línea Verde), pero exigen que Israel no sea un estado exclusivamente judío, sino que de lugar ya no solamente al millón trescientos mil de árabes que residen en Israel, sino también a los más de cuatro millones de refugiados palestinos ubicados en campamentos en Siria, Líbano, Jordania, la Ribera Occidental y la Franja de Gaza. Si este “derecho al retorno” fuera a ser implementado, entonces el Estado de Israel pasaría a tener una población no judía a la par, portadora de una tasa de natalidad mucho más alta que la de los israelíes, lo que la transformaría en mayoría al corto plazo, cancelando demográficamente de esta forma la naturaleza judía del único estado judío del mundo. Los líderes árabes siempre han comprendido esto. “Si los refugiados retornan a Israel, Israel dejará de existir” dijo el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser a un periódico europeo en 1960(10). Arafat por su parte se refirió cierta vez a las mujeres palestinas como “bombas biológicas”.

Dejando de lado el absurdo lógico que representa la demanda palestina –un movimiento nacionalista que reclama un estado independiente para sí, pero exige que su diáspora retorne a la nación vecina- sería además contraproducente para Israel reducir el tamaño de sus fronteras y permitir luego que el estado encogido sea inundado de refugiados palestinos, exacerbando así el problema demográfico cuya retirada territorial apunta a resolver, entre otras cosas, en primer lugar.

Dos para bailar el tango

Es por razones de este tipo que se invita en este ensayo a templar las expectativas con altas dosis de realismo. Por cuanto que el histórico apego palestino a posiciones intransigentes y sin solución posible (Israel jamás podría aceptar el retorno de los refugiados) puede llevar las negociaciones políticas a un callejón sin salida. Cuando la ONU adoptó la Resolución 181 para la creación de dos estados, estipuló que uno sería judío y el otro árabe (o en términos actuales: palestino). Pero en ningún momento sugirió la familia de las naciones que ambos estados debían ser palestinos. El liderazgo y pueblo palestino deberán adoptar un cambio mental importante en este sentido, si es la coexistencia pacífica su meta. El liderazgo y pueblo israelí han demostrado en apenas una década una flexibilidad ideológica sorprendente y a menos que sean correspondidos, es poco probable que la paz real alguna vez llegue. Hasta principios de la década del noventa, la ley israelí prohibía el contacto con miembros de la OLP y penalizaba con el encarcelamiento las infracciones. Hablar en favor de la creación de un estado palestino era un tema tabú, y siquiera imaginar la partición de Jerusalén era una aberración. A partir de 1993 -cuando el público israelí fue sorpresivamente informado de la existencia de un acuerdo con la OLP negociado secretamente en los bosques de Noruega; que el archi-enemigo del estado, Yasser Arafat, sería de allí en más un socio en el sendero hacia la paz; que zonas de importante valor histórico y considerable valor estratégico serían cedidas a los palestinos; y que el mismísimo estado palestino que durante décadas se dijo a los israelíes era una amenaza mortal a su existencia nacional sería establecido de común acuerdo- los israelíes han atravesado un camino nada llano, de hecho muy ríspido, hacia la aceptación de la nueva realidad.

Nadie mejor que el propio Ariel Sharon ilustra el cambio socio-político acontecido. Sharon fue el principal promotor del proyecto de colonización de las zonas disputadas con los palestinos. Adquirió fama legendaria de ser un duro en la lucha contra el terrorismo palestino y de guerrear fieramente contra los ejércitos árabes en el campo de batalla. Fue históricamente un firme opositor a la noción de un estado palestino o de negociar con la OLP o incluso con voces más moderadas. No obstante, una vez que fue electo primer ministro e incluso en tiempos de contienda bélica con los palestinos, Sharon públicamente denunció la “ocupación” (empleando el término políticamente explosivo para un derechista), habló de concesiones territoriales y se expresó a favor del establecimiento de un estado palestino. Fue él quien -usando la legitimidad que le confieren sus credenciales militares, políticas e ideológicas- adoptó e impulsó el programa de desconexión de la Franja de Gaza y partes de Cisjordania aún cuando debió remar a contracorriente de su propio partido y campo ideológico de pertenencia. Escuchar a Ariel Sharon proclamar en un país árabe, tal como sucedió a principios de febrero último en Egipto, decir: “A nuestros vecinos palestinos les aseguro que tenemos la intención genuina de respetar vuestro derecho a vivir independientemente y en dignidad. Ya he dicho que Israel no desea continuar gobernando o controlando vuestro destino”(11), o afirmar en el mismo lugar: “Yo espero que Uds. podrán conducir a vuestro pueblo en el sendero de la democracia y el mantenimiento de la ley y el orden, hasta el establecimiento de un estado palestino independiente y democrático”(12), es un indicador del cambio de cosmovisión política y psicológica que la sociedad israelí en su conjunto ha atravesado (recordemos, en apenas poco más de una década). El premier israelí dijo además algo muy relevante para los propósitos de esta exposición: “Nosotros en Israel hemos tenido que despertarnos de nuestros sueños, dolorosamente…Uds., también, deben probar que tienen la fuerza y el coraje para contemporizar, abandonar sueños no realistas, someter las fuerzas que se oponen a la paz y vivir en paz y respeto mutuo a nuestro lado”(13). En otras palabras, Sharon advirtió respecto de la ausencia de similar transformación en la cultura política palestina en lo relativo a difíciles concesiones. Desde ya, el discurso de Abbas tuvo alusiones a la paz y la convivencia. Pero lejos de utilizar la ocasión para comenzar a preparar a su pueblo en dirección a la flexibilidad, recitó una lista de temas que él considera requieren solución, entre otros, el problema de los refugiados…

Un conflicto existencial

Generalmente, la atención diplomática y periodística internacional suele centrarse en los aspectos territoriales de la disputa palestino-israelí. Asentamientos, puestos de control fronterizos, zonas geográficas en disputa, etc, han captado la atención global como pocos otros temas –salvo el terrorismo suicida quizás- lo han hecho. La percepción de un conflicto normal, como cualquier otro en el mundo y en la historia, en el que no habría motivo por el que la razón, la lógica, la buena voluntad, el diálogo o la presión política no pudieran imponerse y traer una solución, ha dictado los términos de entendimiento y parámetros de referencia usuales, ya casi canónicos, en la opinión pública mundial. Los legendarios Acuerdos de Oslo contribuyeron enormemente a la consolidación de esta esparcida impresión al postular de manera subyacente que: 1) el conflicto tenía solución, 2) que tal solución era territorial, y 3) que la misma dependía fundamentalmente de las concesiones israelíes; todos puntos debatibles en el mejor de los casos. Una vez afianzada la noción de que el fin de la ocupación derivaría en un estadio de paz, entonces es apenas llamativo que la perpetuación del conflicto haya sido atribuida a la intransigencia israelí. La ausencia de paz debía ser resultado del mantenimiento de la ocupación, de lo contrario no tendría sentido la continuación del levantamiento (intifadah) palestino. Si estos tan solo obtuvieran las tierras que reclaman, y que Israel les arrebató, pues la disputa cesaría sin más. Recién frente al fracaso de las negociaciones del status final en Camp David en julio de 2000, cuando un líder israelí ofreció a los palestinos gran parte de sus reclamos territoriales (quizás no el 100%, pero si más del 90%), y éstos respondieron negativamente y con la violencia, fue que la idea de que algo más que una mera puja territorial pudiera estar en juego comenzó a encontrar ecos favorables.

Y con justicia. Cuando uno recuerda que las organizaciones revolucionario/terroristas de Fatah y la OLP fueron creadas con el objetivo de “liberar a Palestina” con anterioridad a la existencia de la ocupación israelí, es decir, en momentos en que los palestinos estaban libres del control de los israelíes; o que cinco ejércitos regulares árabes atacaron al Estado de Israel cuando los israelíes no controlaban ni Gaza, ni Cisjordania, ni Jerusalén, ni los Altos del Golán, y que lo hicieron declarando que echarían a los judíos al mar; o que todas y cada una de las propuestas diplomáticas internacionales basadas en la componenda territorial –la de la Comisión Peel de 1937, la de la ONU de 1947, la israelí de 1967, y las israelíes con auspicios norteamericanos de 1978 y 2000, ambas en Camp David- fueron sistemáticamente rechazadas por los palestinos; es que la idea de que el conflicto palestino-israelí es territorial adquiere connotaciones absurdas. En un sentido más abarcativo, cuando uno advierte que los países árabes ocupan más del 99% de la totalidad del área geográfica del Medio Oriente, en tanto que Israel ocupa la fracción restante; o que los árabes ya han podido realizar su derecho a la auto-determinación en una veintena de naciones árabes (por no traer a colación los más de cincuenta países musulmanes del planeta) y que los israelíes han alcanzado la soberanía nacional en solo un único estado; o que países árabes o musulmanes que no tienen fronteras con Israel lo han atacado en el pasado (Irak) o hayan financiando operaciones terroristas contra los israelíes (Irak, Irán, Siria, Arabia Saudita, entre otros); es que la noción de la territorialidad como base de la disputa se hace añicos.

Al respecto, quizás resulte instructivo destacar las siguientes declaraciones palestinas, árabes e islámicas del último medio siglo: “Alá ha conferido sobre nosotros el raro privilegio de finalizar lo que Hitler tan solo comenzó. Dejemos que empiece la Jihad. Maten a los judíos. Mátenlos a todos ellos”. (En 1946, del entonces Gran Mufti de Jerusalén, Haj Amín al-Husseini, el más grande líder palestino de la época)(14). “Todo problema en nuestra región puede ser trazado a este único dilema: la ocupación de Dar al-Islam por judíos infieles”. (En 1991, de Hashemi Rafsanjani, entonces presidente de la República Islámica de Irán, a punto de ser reelecto)(15). “Dennos un pedazo de tierra adyacente a [Israel]…y verán como ponemos fin al sionismo en poco tiempo” (En el 2000, de Sadam Hussein, entonces presidente de Irak)(16). “Cuando veo un judío delante de mí, lo mato. Si todo árabe hiciera esto, sería el fin de los judíos” (En el 2001, de Mustafá Tlass, entonces ministro de defensa sirio)(17). “Los participantes afirman que la estrategia que debería ser adoptada al lidiar con este asunto no puede estar basada en la coexistencia con el enemigo sionista…sino en la erradicación del mismo de nuestra tierra”. (En el 2001, de un comunicado emitido al finalizar la Conferencia Pan-Islámica sobre Jerusalén, en Beirut. Cuatrocientos delegados de cuarenta países árabes e islámicos participaron en la misma)(18).

En suma, el cuestionamiento regional al Estado de Israel no yace en el tamaño de sus fronteras, sino en su misma existencia. La verdadera motivación árabe/palestina debe ser reconocida para comprender la naturaleza del conflicto presente, así como para poder articular políticas efectivas y más acordes con la cruda realidad de la disputa.

Democracias, tiranías y una observación kantiana

Quien ha dado señales de haber comprendido esto, no es otro que el presidente George W. Bush. En un discurso diplomático crucial pronunciado el 24 de junio de 2002 en la capital de Estados Unidos, el presidente norteamericano dio a entender que el conflicto de Medio Oriente era función de la ideología y la cultura política más que del territorio, al condicionar el derecho a la soberanía palestina a la reforma del liderazgo político. Bush dijo: “Llamo al pueblo palestino a elegir nuevos líderes, líderes no comprometidos por el terror…los llamo a construir una democracia practicante, basada en la tolerancia y la libertad”(19). Desde entonces Bush ha reiterado su mensaje, y puntualmente, en una conferencia de prensa conjunta con el primer ministro británico Tony Blair el año pasado a propósito del estado palestino, lo expresó con suma claridad: “Si Uds. creen que pueden tener paz sin democracia, nuevamente…Yo seré extremadamente dubitativo de que eso suceda alguna vez”. Blair coincidió: “Lo que nosotros realmente estamos diciendo esta mañana es que un estado [palestino] viable debe ser un estado democrático”(20).

La política de paz del presidente estadounidense tiene su base filosófica en un postulado kantiano de hace más de 200 años. En 1795, Immanuel Kant escribió un ensayo titulado “La paz perpetua” en el que exponía las diferencias fundamentales entre las democracias y las tiranías, expresado en términos de la época como la brecha en la naturaleza de regímenes republicanos y monárquicos. Kant sostenía que la inclinación violenta o pacífica de una entidad política a resolver sus disputas (tanto externas como internas) dependería en gran medida de la naturaleza política del sistema de gobierno. La visión kantiana resultó ser profética, en tanto que desde entonces todas las guerras de la humanidad han sido entre dictaduras, o bien  entre dictaduras y democracias, pero nunca entre democracias. El político y poeta sueco Per Ahlmark ha señalado que 33 países independientes participaron en la Primer Guerra Mundial, 10 de los cuáles eran democracias, que no combatieron entre sí. En la Segunda Guerra Mundial participaron 52 naciones, entre ellas, 15 democracias que nunca abrieron fuego unas contra otras(21). Según un estudio realizado por el profesor R.J. Rummel –e incidentalmente citado en el Washington Times unos pocos días antes del ya referido discurso del presidente Bush- de 533 pares de naciones que fueron a la guerra entre 1816 y 1991, en 198 de los casos, fueron dictaduras que pelearon entre sí, y en 155 de los casos, dictaduras que pelearon contra democracias(22). No hubo, en cambio, guerras entre democracias. En su propia investigación del mismo período, detallada en el libro Grasping the Democratic Peace, publicado en 1993, Bruce Rusett arribó a análogos resultados: “No ha sido posible encontrar ni una sola guerra entre estados democráticos desde 1815”(23). ¿La razón? Pues que en las democracias, basadas como son, en el consentimiento popular, los gobernantes se deben al pueblo y sus decisiones están en consecuencia ligadas teóricamente al mejor beneficio de los gobernados. En los sistemas  totalitarios, basados como son, en el capricho del déspota, éste se debe solo a sí mismo y a su cohorte de ministros y sus decisiones estarán en consecuencia ligadas solo a su propio beneficio personal. Bashar Assad, por ejemplo, el déspota de Damasco, no necesitó someter a referéndum popular su decisión de ocupar El Líbano. George W. Bush, en cambio, debió defender públicamente y someter a sufragio popular llegado el momento de las elecciones presidenciales su decisión de invadir Irak en el marco de la doctrina de la “defensa preventiva”. O tómese el caso Argentina-Islas Malvinas. Solamente un gobierno dictatorial optó por intentar recuperar por la fuerza el territorio considerado patrio mediante el recurso de la guerra; todos los liderazgos democráticos sin excepción desde la caída de la dictadura argentina en 1983 y el ascenso de la democracia han preferido la vía de la diplomacia como medio para su recuperación.

El tipo de paz posible entre entidades democráticas es disímil -por definición y en la  práctica- del tipo de paz que encontramos entre entes totalitarios o entre éstos y las democracias. Las democracias conviven en estadios de paz completos –psicológica, cultural y políticamente- donde si bien el potencial del conflicto está presente, difícilmente pueda derivar en una contienda bélica. Entre ellos reina un estado de paz armoniosa. Los despotismos entre sí o con las democracias se relacionan de manera no pacífica, como hemos visto, y la “paz” que entre ellos pudiera reinar es mejor definida como un estado de ausencia de hostilidades o lo que el escritor Ambrose Bierce denominó “el período de engaños que transcurre entre dos períodos de peleas”. Las relaciones entre Egipto e Israel o EE.UU. y la U.R.S.S . durante la Guerra Fría caben en esta segunda categoría, mientras que las relaciones entre Brasil y la Argentina o Suecia y Noruega en la primera. Reconocer que existen dos tipos de paz distintos entre las naciones, los que a su vez dependen de la naturaleza política de la entidad en cuestión, es entonces vital para la articulación de una política exterior consistente. De ahí que el proyecto democratizador estadounidense para Oriente Medio tenga el mérito de haber identificado correctamente la base real de la inestabilidad política regional en la ausencia de democracias. Un columnista del Wall Street Journal expresó esto con suma elocuencia al afirmar que “Durante los últimos 250 años, la libertad ha sido una aspiración política y económica válida. Ahora debería ser vista como un instrumento de la seguridad global”(24) (empleando abiertamente en este caso “libertad” y “democracia” como conceptos sinónimos).

Conclusión

El choque entre israelíes y palestinos no constituye un conflicto normal basado solamente en una disputa territorial. Mas bien, evidencia un problema de índole existencial que demanda distintas aproximaciones a las ya probadas en los numerosos e infructuosos intentos de resolución del mismo. En el marco de incertidumbre e inestabilidad global contemporánea, y frente a un conflicto cuyas raíces yacen a una profundidad que escapa al ojo del observador no avezado, los mejores esfuerzos diplomáticos deberían orientarse hacia la administración en lugar de la resolución del conflicto. La resolución del conflicto palestino-israelí, o más genéricamente árabe-israelí, está quizás más allá de las posibilidades de lo que puede lograrse independientemente de la buena voluntad de los diplomáticos u observadores externos. Este choque registra en su base una raíz existencial cuya remoción demanda cambios fundamentales en valores, actitudes y cosmovisiones por parte de numerosos países en la única región del globo apenas rozada por la ola democratizadora mundial de los últimos tiempos.

La administración del conflicto con miras a contener la disputa, en cambio, es factible al mediano plazo, y los esfuerzos internacionales orientados a acercar a las partes a la mesa de negociaciones son encomiables. El repliegue territorial israelí de porciones de zonas disputadas con los palestinos, el desmantelamiento de asentamientos, el desplazamiento de puestos de control, el cese de actos de terrorismo e incitación palestinos, la reactivación de lazos económicos y diplomáticos entre las partes, y la construcción de una atmósfera más propicia al diálogo y la componenda, son algunas de las iniciativas positivas que se han gestado y es de esperar que arriben a buen puerto.

Tan solo nos queda por comprender y aceptar que tales medidas se enmarcan dentro de lo que podemos denominar contención o administración del conflicto. Éstas son cuestiones necesarias pero insuficientes para solucionar definitivamente la disputa. Ellas no pueden, en sí mismas y por sí solas, resolver un conflicto signado por un choque de valores y actitudes mentales que requieren un giro fenomenal, medido en tiempos generacionales. Para que el cambio pueda gestarse a largo plazo, la iniciativa democratizadora para el Medio Oriente liderada por los Estados Unidos de América ha comenzado a sembrar las primeras semillas.

En cuanto al papel de Latinoamérica en este momento y coyuntura mundial, ella debería guiarse por un simple mandato: apoyar aquellas medidas conducentes a la paz, y repudiar aquellas que la alejan. Hemos visto que a mayor presencia de entidades democráticas  menor es el riesgo de la guerra. En consecuencia, vemos aquí un área en la que las políticas y actitudes de los líderes de nuestra región podrían tener impacto. Con una historia reciente signada por la transición de dictaduras a democracias, Latinoamérica está especialmente bien ubicada para contribuir a la difusión de la libertad. La esperanza de una entente política en Medio Oriente que cristalice una coexistencia pacífica y segura entre israelíes y palestinos es una aspiración que amerita el apoyo que Latinoamérica pueda brindar, particularmente a aquellos estados comprometidos con la promoción de la democracia a escala global.  

Referencias1 “Burst of Arab-Israeli Violence Shatters a Time of Calm”, The New York Times, 8/6/05.

2 “Shin Bet: 54% increase in terror in April”, The Jerusalem Post, 4/5/05.

3 Citado por Charles Krauthammer, “Arafat´Heir”, The Washington Post, 7/1/05.

4 Ibid.

5 Citado por Daniel Pipes, “Dechipering Mahmoud Abbas”, The Jerusalem Post, 11/1/05.

6 Citado por Khaled Abu Toameh, “Fugitives to join PA security forces”, The Jerusalem Post, 16/2/05.

7 Ariel Merari & Shlomo Elad, The International Dimension of Palestinian Terrorism, (Colorado: Frederick A. Praeger, 1986), pp. 107-121; y Barry Rubin, Revolution Until Victory? (Cambridge: Harvard University Press, 1994), p. 25.

8 “Nuestro idioma árabe para 5to grado”, p. 67, de un abarcador estudio realizado por el Centro para el Monitoreo del Impacto de la Paz que revisó 140 textos escolares publicados por la AP.

9 Abbas en Al-Hayat (Londres-Beirut), 23-24/11/00, citado por MEMRI, “Palestinian Thoughts on the Right of Return”, 30/3/01.

10 Nasser en Neue Zuercher Zeitung, 1/9/60, citado por Ramon Bennett, Philistine, (Jerusalén: Arm of Salvation, 1995), p. 122.

11 Del discurso pronunciado por Sharon en Sharm El-Sheikh el 7/2/05.

12 Ibid.

13 Ibid.

14 Citado por Bennett, Philistine, p. 50.

15 Ibid.

16 “Sadam ready to ´destroy Zionism´”, The Jerusalem Post, 6/10/00.

17 “Syria´s Tlass calls on Arabs to kill all Jews”, The Jerusalem Post, 10/5/01.

18 “Islamic Conference endorses intifada”, The Jerusalem Post, 1/2/01.

19 Del discurso de Bush, Washington, D.C., 24/6/02.

20 Editorial “The Bush-Blair message”, The Jerusalem Post, 14/11/04.

21 Per Ahlmark, “La Tragedia de la Tolerancia: La Conciliación con las Tiranías”, en La Intolerancia (Barcelona: Ediciones Granica S.A., 2002), p. 104.

22 Arnold Beichman, “Peaceful democracies”, The Washington Times, 13/6/02.

23 Citado por Ahlmark, ibid.

24 Daniel Henninger, “Now Make Iraq´s Vote a Strategy For Our Protection”, The Wall Street Journal, 4/2/05.

Comunidades, Comunidades - 2005

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Por Julián Schvindlerman

  

Los Árabes y el terrorismo – 30/11/05

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Los árabes no fueron los creadores del terrorismo político, pero incuestionablemente han sido sus principales propagadores a escala global. A partir de la década de los años sesenta del siglo pasado, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) había mundializado el terrorismo con un alto factor de atrocidad mediante el secuestro aéreo, naval y terrestre, los ataques contra embajadas, la toma de rehenes, y los atentados en centros urbanos, entre otros crímenes. Desde la década del ochenta, agrupaciones musulmanas tales como el Hizbullah generaron el terrorismo de índole suicida, modalidad posteriormente adoptada por el Hamás y la Jihad Islámica, por citar tan sólo dos de los varios grupos imitadores. Ya en los años noventa, el movimiento fundamentalista Al-Qaeda perfeccionó la técnica hasta convertirla en un oficio diabólicamente espectacular, cuya expresión más espantosa hasta la fecha la hemos presenciado a comienzos del presente siglo con la masacre simultánea de cerca de 3000 personas en los Estados Unidos de América en un único atentado múltiple.

Durante todo este período, el mundo árabe se ha resistido a tildar de terrorismo al asesinato deliberado de civiles indefensos con fines políticos, con el propósito de validar los ataques anti-israelíes perpetrados por militantes palestinos bajo la consigna de la liberación nacional. Y así, por décadas, los debates al respecto en las Naciones Unidas quedaron trabados por la voluntad de mayorías automáticas que veían al terrorista como un fedayeen (guerrero) al servicio de la liberación (para los nacionalistas) o como un shahid (mártir) al servicio de Allah (para los ortodoxos). Inclusive los atentados no efectuados contra israelíes o judíos como blanco principal -tales como los llevados a cabo por Al-Qaeda contra occidentales en Londres, Madrid o Nueva York- no sólo no despertaron mayor encono en la sociedad árabe, sino que –al menos en lo relativo al ataque contra el World Trade Center- dispararon manifestaciones de euforia en algunos rincones del Medio Oriente.

Una vez que los islamistas comenzaron a atacar a sus hermanos en Bali, Ryhad, Bagdad y Sharm el-Sheikh, entre otros lugares, entonces los árabes parecieron evidenciar alguna predisposición a considerar al terrorismo…terrorismo. Solamente entonces surgió en las sociedades árabes el debate acerca de las virtudes o defectos del terrorismo suicida en nombre del Islam. Pocos casos ilustran esto tan claramente como el reciente ataque simultáneo a tres hoteles en Ammán, en el que las víctimas fueron mayoritariamente musulmanas, árabes y palestinas. De esta forma, durante el primer año de la guerra en Iraq, el apoyo popular en Jordania a los atacantes-suicidas islámicos anti-americanos rondaba el 70% según la encuestadora Pew Research Center. Hoy, el 91% de los jordanos considera a Al-Qaeda una agrupación “muy negativa” o “algo negativa” conforme a una encuesta citada por The New York Sun. Similarmente, una encuesta realizada en la Universidad Jordania en el 2004 mostró que 2/3 de los encuestados veía a Al-Qaeda en Iraq como una “legítima organización de resistencia”. Después de los atentados en Ammán, una nueva encuesta indicó que nueve de cada diez encuestados que previamente habían visto con agrado a Al-Qaeda habían cambiado de opinión. (Vaya el crédito al analista estadounidense Daniel Pipes por las cifras arriba citadas).

Análogamente, la tribu Al-Khalayleh -de la que surgió Abu Musab al-Zarqawi, el líder de Al-Qaeda en Iraq que se atribuyó la autoría de los atentados en Ammán- recién ahora decidió desligarse de su pariente. Según un cable de Associated Press, el clan tribal  publicó un solicitada de media página en los tres principales diarios jordanos en la que anunciaba que cortaba vínculos con él “hasta el apocalipsis”. Vale decir, la tribu no halló necesidad alguna de desvincularse de al-Zarqawi cuando los miembros de su agrupación atacaron la sede de la ONU en Bagdad, ni cuando masacraron a niños iraquíes mientras recibían caramelos de las manos de soldados norteamericanos, ni cuando hicieron explotar mezquitas repletas de feligreses islámicos, ni -por supuesto- cuando los luchadores de al-Zarqawi decapitaron a periodistas occidentales y trabajadores orientales frente a sus macabras cámaras de televisión. Solo cuando los secuaces de al-Zarqawi mataron a ciudadanos jordanos en suelo jordano, entendieron sus familiares nacidos en Jordania que había que distanciarse de su agresivo pariente.

No obstante lo arriba relatado, sería prematuro albergar alguna ilusión en torno a un posible cambio sustancial en las percepciones árabes hacia el terrorismo al corto o mediano plazo. Las sociedades árabes e islámicas están demasiado impregnadas de la ideología extremista que fomenta el terrorismo, ellas habitan en una cultura saturada de exaltación al sacrificio y a la muerte, en la que la violencia política es parte y parcela de la experiencia nacional. A excepción de la protesta auténtica de unos pocos valientes intelectuales, la condena al terror en el mundo árabe-islámico es temporaria y basada en el cálculo del interés. El rechazo al terrorismo por razones morales es inexistente. Y mientras este siga siendo el caso, seguiremos topándonos con nuevas y variadas manifestaciones de oportunismo y llana hipocresía.

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Por Julián Schvindlerman

  

Bush en la Argentina – 16/11/05

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Tiene razón Carlos Alberto Montaner al decir que “la izquierda hoy es sólo circo y violencia callejera”. Los destrozos a pedradas o con bombas incendiarias contra locales de McDonald´s, Burger King, Bank Boston, Citibank y Blockbuster en la capital federal y el interior del país, y los saqueos a comercios en Mar del Plata, ilustran a propósito de la violencia urbana de los inadaptados que conforman el cóctel de militantes izquierdistas, antinorteamericanos y antiglobalistas. Y en cuanto al circo en que se ha transformado la izquierda contemporánea basta con recordar la patética “anti-cumbre” marplatense en la que 45.000 eufóricos activistas se reunieron para corear gastados eslóganes contra los sospechosos usuales -Estados Unidos, su presidente, el imperialismo, y el capitalismo- a la vez que celebrar las virtudes del socialismo, cuyos modelos vietnamita, norcoreano, soviético y cubano, uno asume, deben ser para estos dinosaurios del siglo XX, modelos de virtud.

La famosa “anti-cumbre” reunió a lo más destacado del zoológico izquierdista latinoamericano. Primeramente a Diego Armando Maradona, cuya evolución de futbolista a drogadicto a conductor televisivo y ahora a activista político, parece haberle dotado de la madurez filosófica para generar profundas reflexiones del tipo “Bush es una basura humana”. En segundo término a Hugo Chávez, el charlatán presidente venezolano que sometió a sus fans a un discurso de casi dos horas y media repleto de citas de José Martí, Karl Marx, Mao Tse Tung, Rosa Luxemburgo, Eva Perón, Simón Bolívar, Noam Chomsky y Mario Benedetti. No podían faltar el líder cocalero boliviano Evo Morales -quien en el pasado afirmó que “Estados Unidos quiere convertir a Chile en el Israel de América Latina”- ni la madre de Plaza de Mayo Hebe de Bonafini, quien en el 2001 aplaudió los atentados contra el World Trade Center. Acompañó al florido elenco el diputado peronista Miguel Bonasso, el presidente del parlamento cubano Ricardo Alarcón, el cantante Silvio Rodríguez, el cineasta bosnio Emir Kusturika, y el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel; este último quizás para recordarnos que los intelectuales bien educados también pueden ser políticamente extremistas.

Claro que el desprecio a Bush y al Tío Sam no es una novedad por estos pagos. Entre las  manifestaciones más histéricas del pasado reciente cabe destacar la actitud del juez brasilero Julier Sebastiao da Silva de considerar “absolutamente brutal” y “peor que los horrores cometidos por los nazis” la decisión de las autoridades norteamericanas de fotografiar y tomar las huellas dactilares de visitantes foráneos en los aeropuertos por cuestiones de seguridad; y la afirmación del académico argentino Sebastián Dozo Moreno, publicada dentro de una columna de opinión en La Nación, de que “Bush, por su pasión bélica y planes espaciales, parecería estar bajo la nefasta y poderosa influencia del planeta de la guerra” luego de que el presidente estadounidense anunciara el objetivo espacial de poner un astronauta en Marte. Esta perdida total del sentido de la proporción a la hora de juzgar a Estados Unidos, la encontramos también cuando de alabar a Cuba se trata. Dos ejemplos coloridos a colación podrían ser esta aseveración del “historiador” Diego Maradona respecto de Fidel Castro: “es el mejor presidente de los últimos cien años” -por encima, desde ya, de Winston Churchill, Ronald Reagan, Margaret Tatcher, Mijail Gorvachov, y David Ben-Gurión entre otros- y una solicitada publicada tiempo atrás en Página12, titulada “Judíos con Cuba”, en la que se denunciaba a “las fuerzas hegemónicas mundiales” que amenazaban al régimen castrista y en la que para anunciar su apoyo a la única dictadura del continente americano, los firmantes no hallaron nada más adecuado que declarar orgullosamente su identidad judía.

El comentarista Rosendo Fraga nos regaló hace poco el dato deprimente de que todo el volumen económico de América Latina no llega al del estado de California. Mientras tanto,  todo lo que es capaz de hacer el movimiento izquierdista es aglomerarse en la ciudad feliz para aplaudir el colectivismo estalinista y el totalitarismo castrista. Por ahora, aunque cada vez en menor grado, esta izquierda bananera es marginal en la política regional. Si llegara a dejar de serlo, podemos olvidarnos de California y contentarnos con que fuéramos a estar a la par de Somalia.

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Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Legados entrelazados – 03/11/05

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El presente mes de noviembre marca el décimo aniversario del asesinato de Itzjak Rabin y el primer año del fallecimiento de Yasser Arafat. El primero -un legendario militar, político y estadista- encontró la muerte súbita en manos de un descarriado hermano suyo en su propia tierra; el segundo –un terrorista internacional que asesinó a cientos de personas en todo el orbe- murió por causas naturales bajo el cuidado de los mejores médicos franceses en una clínica parisina. Ambos recibieron honores tras sus partidas en sendos funerales al que asistieron notables personalidades de la política internacional y fueron despedidos con emoción por prácticamente el mundo entero.

Que en sus iguales tributos en 1995 y en 2004, la familia de las naciones haya sido incapaz de diferenciar los legados de estos hombres dispares ciertamente ilustra cabalmente el trastoque de valores contemporáneo. Pero de manera más intensa aún refleja también el entrecruzamiento de tales legados, puesto que la percepción global de Arafat como un icono de la paz se debe en gran medida a las acciones de Rabin, a la vez que el hecho de que éste último sea hoy tan cuestionado obedece decididamente a las actitudes del primero.

Con el beneficio de la retrospectiva de doce años desde la génesis del Acuerdo de Oslo, incluso el más terco de los izquierdistas debería poder admitir que el experimento fue un fiasco. La cifra escalofriante de más de dos mil israelíes asesinados en atentados terroristas -desde aquella fatídica mañana de septiembre de1993 en la que el denominado proceso de paz fue inaugurado hasta su colapso en el año 2000 y desde el estallido de la intifada jihadista palestina hasta la actualidad- por sí misma debería cerrar todo debate al respecto. Y el más leal de los activistas partidarios debería poder reconocer que Rabin es en gran parte responsable de ello. Él era el primer ministro del Estado de Israel cuando el líder palestino fue rescatado del aislamiento político en que se hallaba luego de la Guerra del Golfo para ser transformado de revolucionario en estadista y legitimado como supuesto pacifista. Él fue quien accedió a permitir el ingreso triunfal de los luchadores de la OLP a Gaza y Judea y Samaria y quién les dio las armas de cuyos cañones saldrían las balas que cegarían las vidas de tantos israelíes. Él fue quién decidió compartir el Premio Nobel de la Paz con quien él mismo cierta vez definiera como el hombre que más sangre judía tenía en sus manos desde Hitler y Stalin. Y él fue quien toleró y hasta excusó la rabiosa incitación palestina contra los israelíes durante el período Oslo; caldo de cultivo del que en los últimos años ha surgido la nueva generación de kamikazes fundamentalistas.

A su favor, Rabin tuvo la visión de comprender la necesidad de la separación entre israelíes y palestinos aún cuando los pontificados de su canciller Shimón Peres sobre las virtudes de la integración seducían a importantes segmentos de la sociedad israelí y diáspora judía. Fue un pragmático rodeado de románticos en el gobierno cuyo realismo y aplomo han atenuado al menos parte de la herencia de errores que legó el canal de negociaciones secretas de Oslo que derivaría en los famosos acuerdos. Y desde ya que su trayectoria como reconocido  militar y destacado político ha dejado sus muy positivas huellas en la historia del estado. Es por esto que uno tiene sentimientos encontrados a la hora de evaluar su legado: Rabin fue un gran prócer de la historia política y militar de Israel…y fue también un estadista mayor que cometió en Oslo su error cardinal.

Pero si de Rabin podemos decir que albergamos opiniones contradictorias, de Arafat definitivamente no. Su récord escandalosamente criminal, su intransigencia política, su estrechez mental, su desprecio hacia su propio pueblo y su descarnada maldad hacia los israelíes  no dejan el más mínimo espacio para la consideración hacia su persona; mientras que su legado de corrupción, violencia, fanatismo y anarquía tornan en completamente indefendible su gestión dirigencial. Por su cobardía y necedad, los palestinos perdieron la oportunidad histórica de obtener un estado en bandeja de plata cinco años atrás. Por su extremismo y ensimismamiento revolucionario los palestinos vivieron bajo “ocupación” durante las décadas anteriores. Por su ineptitud administrativa y su centralizada manera de gobernar, hoy la Autoridad Palestina necesita más asistencia económica internacional que nunca. He aquí la Palestina que legó Arafat: bandas armadas que se atacan entre sí, terroristas descontrolados que atacan a Israel, homosexuales y sospechosos de colaborar con agentes israelíes que son matados a tiros en las calles, madres orgullosas de que sus hijos se  inmolen por Allah, niños indoctrinados en el sendero de la guerra santa, corrupción, pobreza, desorientación nacional.

¿Pero no vamos a reconocerle su talento nato para la propaganda, su magistral manipulación de los distintos foros de la ONU para promocionar la causa palestina, el crudo pero efectivo uso del terrorismo espectacular, la transformación de los palestinos –según la elocuente caracterización de Thomas L. Friedman- de “refugiados necesitados de carpas en un pueblo en busca de independencia”? Sí, lo haremos. Pero no sin dejarnos de plantear hasta que punto todo ello fue mérito propio y hasta que punto el resultado del apoyo regional de los árabes y occidental de crédulos u odiosos simpatizantes. De todas formas, más allá de este posible reconocimiento, su legado actual es verdaderamente  patético.

Noviembre marca una intersección en los aniversarios de las muertes de dos figuras cuyas vidas se han cruzado y cuyos legados están entrelazados. Al evaluarlos en retrospectiva, debemos tener presente una simple verdad: Rabin pecó por pacifista, Arafat por belicista. Esta diferencia esencial, esperemos, sea tenida en cuenta por el veredicto de la historia; la que, en última instancia, tiene la palabra final.

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Por Julián Schvindlerman

  

Guía de fútbol para el islamista radical – 20/10/05

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Un insólito evento tuvo lugar poco tiempo atrás en Arabia Saudita cuando una fatua fue emitida por un jeque en contra del fútbol. Como resultado de la misma, al menos tres integrantes abandonaron su equipo, en tanto que uno de ellos fue arrestado mientras planificaba realizar un atentado en Irak. El curioso episodio motivó que destacados periodistas y clérigos sauditas se pronunciaran públicamente contra del edicto religioso y las autoridades que lo habían emitido.

La fatua –aparentemente promulgada por un tal jeque Abdallah Al-Najdi- fue publicada el pasado mes de agosto por el diario Al-Watan y traducida y divulgada posteriormente al mundo occidental por el instituto para la investigación de la prensa del Medio Oriente (MEMRI según sus siglas en inglés). La misma contiene quince puntos cuyo eje central se basa en diferenciar la práctica del deporte en cuestión por parte de los no-musulmanes y tornarla permisible, conforme a varias reglas, para los devotos musulmanes con el fin  expreso de que ello consista en entrenamiento físico para la jihad.

Así, su texto insta a no delinear al cancha de fútbol con un perímetro de cuatro líneas “dado que esa es la manera de los no-creyentes”. No se debe emplear la terminología “establecida por los no-creyentes y los politeístas” tales como “foul”, “penal”, “corner”y “gol” y quienquiera que pronuncie esos términos “debe ser castigado, recibir una reprimenda y ser  expulsado del juego”. En caso de que un jugador se rompiera una mano o un pie al caerse, él no debería gritar “foul” ni dejar de jugar el partido. Quien le hubiese causado la herida no recibirá una tarjeta roja o amarilla “sino que el caso será juzgado de acuerdo a la ley musulmana”. En lugar de once jugadores, el número debe ser mayor o menor que aquél que fijan los cristianos, los judíos y “la vil América”. En cuanto a la indumentaria, el jugador musulmán debe vestir su atuendo normal o pijamas dado que pantalones coloridos y remeras numeradas “no son ropas adecuadas para los musulmanes”. Tampoco debe extenderse el juego durante 45 minutos, ni dividirse en dos partes, ni mediar un referí, ni definir por penales un empate, ni los arcos deben tener tres caños, ni hay necesidad de poner suplentes, puesto que todo ello conforma la práctica usual entre los cristianos, judíos, ateos, politeístas y no-creyentes en general. Las hinchadas, además, están prohibidas, y en caso de juntarse una muchedumbre debe ordenársele que “se vaya a propagar el Islam”. Si, luego de un gol (la fatua naturalmente evita el término) los compañeros corren a abrazar y besar al goleador, éste debería “escupirles en la cara, castigarlos, y reprimirlos puesto que ¿qué tienen que ver la diversión, los abrazos y los besos con el deporte?”.
 
El establishment religioso saudita reaccionó indignado. El jeque Abd Al-Aziz ibn Abdallah  Aal-Sheikh, mufti de Arabia Saudita, pidió que se sometiera a juicio a los autores de la fatua e instó a los musulmanes a no actuar según lo estipulado en ella. El jeque Abd Al-Muhsin Al-Abikan, asesor del Departamento de Justicia, dijo que el fútbol es permitido siempre y cuando las prohibiciones de la Shaaría no fuesen violadas. Por su parte, varios periodistas –entre ellos del propio Al-Watan– se sumaron a la protesta anti-fatua. Un columnista del diario Al-Sharq Al- Awsat invitó a “reexaminar nuestro discurso religioso y corregirlo para proteger a nuestra juventud de las garras del extremismo ideológico y religioso”. 

Este colorido y curioso incidente sugiere dos observaciones contrastantes. La primera es  pesimista y nos ilustra a propósito de los niveles de oscurantismo y dogmatismo férreo que satura el pensamiento de los musulmanes fanatizados cuya visión teológica los lleva a condenar algo tan inocuo como el fútbol. La segunda es optimista y nos muestra la existencia de voces contrarias al fundamentalismo religioso que comienzan a surgir, presagiando –uno ansía- el tan mentado, necesario y postergado debate de ideas en el ámbito del Islam contemporáneo.

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Por Julián Schvindlerman

  

Intolerancia musulmana, apaciguamiento occidental – 28/09/05

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“Hoy, 38 años de presencia israelí en Gaza han terminado. Estoy lleno de esperanza que cuando las puertas de Gaza reabran, serán puertas de paz”. Esto dijo el ministro de defensa israelí Shaul Mofaz el día que finalizó la implementación del programa de desconexión, y la respuesta palestina a su esperanza no tardó en llegar: hordas de vándalos saquearon, quemaron y destrozaron sinagogas dejadas atrás. Tal actitud no es más que un eslabón más de la historia del Islam, la que ha diseminado varios precedentes de desprecio por lugares santos de otras religiones. En Jerusalém, las mezquitas Al-Aqsa y el Duomo de la Roca fueron construidas sobre los restos de templos judíos. En la India, la mezquita Babri Masjid fue edificada encima de las ruinas del templo hindú Ayodhya. En Estambul, la iglesia Hagia Sofía fue transformada en una mezquita luego de ser conquistada. La iglesia que alberga la tumba de Juan el Bautista en la ciudad vieja de Damasco fue convertida en la mezquita Omayyad. En Afganistán, dos estatuas milenarias de Buda fueron demolidas por musulmanes talibanes. Etc.

Unos días previos a esta profanación de lugares santos judíos, otro episodio ilustrativo de intolerancia islámica había acontecido también en “Palestina”, está vez contra la cristiandad. En lo que podemos definir como una singular versión palestina de la tragedia shakespeareana de Romeo y Julieta, musulmanes de la aldea Dair Jarir atacaron la vecina aldea cristiana Taybeh al enterarse que el residente cristiano Mehdi Khouriyye había mantenido una relación romántica clandestina durante dos años con la joven musulmana Hiyam Ajaj. Cuando la joven de 23 años había quedado embarazada, sus padres decidieron asesinarla (forzándola a ingerir veneno) para “redimir el honor familiar” y los miembros de la aldea consideraron conveniente aleccionar al Romeo de Taybeh y toda la aldea, que fue invadida bajo el grito de “¡quemen a los infieles, quemen a los cruzados!”. (Incidentalmente, según algunos racontos, el nombre original de la aldea era Efraím, pero luego de la conquista islámica, Salah a-Din cambió el nombre por el de Taybeen, el que fue variando con el tiempo).

Quienes sostienen que no hay un choque de civilizaciones en curso, que no hay una guerra de valores y culturas, tendrán cierta dificultad en explicar estos eventos. Estos palestinos musulmanes enardecidos no profanaron templos judíos ni arrasaron una aldea cristiana porque Estados Unidos haya invadido Irak, o porque Israel ocupe Palestina (para el caso, acababa de terminar la “ocupación” de Gaza), o porque fueran pobres, marginales o se sintieran humillados. Especialmente en lo relativo al segundo caso, el disparador fue un romance multiétnico, algo que en Occidente es usualmente celebrado como apertura de puentes multiculturales pero que en “Palestina” fue visto como una agresión interreligiosa. Este incidente brinda importantes lecciones a propósito del poder de la ideología y de la fe y los condicionamientos culturales de la tradición en el Islam. Desafortunadamente, lejos de procurar entender cuán centrales tales nociones son para los devotos musulmanes -y que efectos tienen en sus motivaciones- Occidente tiende a acomodar los caprichos islámicos llegando al extremo de apaciguar la intolerancia islámica a partir de una profundamente desquiciada tolerancia liberal.

Así, el Comité Internacional de la Cruz Roja –cuyos miembros musulmanes objetan la aceptación del Maguen David Adom- debe abstenerse de usar la cruz cuando va a Irak porque a los musulmanes iraquíes no les agradan los símbolos cristianos. Inglaterra consideró anular la conmemoración del Día del Holocausto dado que eso de alguna manera era ofensivo para los musulmanes del país; finalmente, Tony Blair rechazó la idea de englobar la Shoa dentro de un genérico “Día del Genocidio”. La municipalidad de Sevilla ha removido la figura del Rey Ferdinando III (patrón y santo de la ciudad) de sus celebraciones porque éste luchó contra los moros durante 27 años. En Italia se ha considerado quitar un fresco de Dante que adorna el techo de la catedral de Bologna que ubica a Mahoma en el infierno. Mohammed Bouyeri -el musulmán holandés de ascendencia marroquí que degolló al cineasta Theo Van Gogh en plena vía pública en Ámsterdam por un film sobre el status de la mujer en tierras musulmanas que, según él, ofendía al Islam –había sido presentado en la prensa holandesa, dos años antes, como un ejemplo de buena integración cultural. En las escuelas secundarias de Dinamarca, cuyo secularismo las ha impelido de introducir la Biblia como material de estudio, se enseña no obstante el Corán . En Suiza, Tariq Ramadán -nieto de Hasan al-Banna, fundandor de la Hermandad Musulmana, y él mismo un polémico radical- es profesor en la Universidad de Friburgo y una reconocida figura mediática. Sami al-Arian –personaje vinculado a agrupaciones fundamentalistas- fue profesor en la University of South Florida hasta que un escándalo precipitó su destitución. Yusuf al-Qaradawi -buscado bajo cargos de terrorismo por las autoridades egipcias, y clérigo que aprueba golpizas a las esposas musulmanas y a favor de la pena de muerte para los homosexuales- fue recibido el año pasado en una ceremonia oficial de la City Hall de Londres por el alcalde de la ciudad. Cuando Hollywood decidió llevar a la pantalla grande la novela de Tom Clancy La suma de todos los miedos, lo hizo transformando a los terroristas palestinos que quieren evaporar Baltimore en neonazis europeos. Durante el último acto en conmemoración del atentado contra la AMIA, ninguno de los expositores pronunció la palabra “islámico” en sus discursos al condenar a los terroristas que perpetraron la masacre de 1994. La BBC, aún después de los atentados de Londres, elude el término “terrorista islámico”.

Hay que ser tolerante con todos menos con los intolerantes, dijo Voltaire. Paradójicamente, él fue un gran intolerante. Ya de por sí vivimos en un mundo imperfecto. Y con todo su patético y peligroso apaciguamiento hacia el Islam radical, Occidente está contribuyendo decididamente a empeorar aún más dicha imperfección.   

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Por Julián Schvindlerman

  

¿Dónde está el dinero Árabe? – 07/09/05

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Con la retirada israelí de Gaza se ha reanimado el entusiasmo mundial a propósito del prospecto de la independencia palestina, y, con ella, la necesidad de apuntalar la gestación del estado futuro mediante vasta asistencia económica. Así, ya durante el mes previo a la implementación del programa de desconexión, el encuentro del G-8 concluyó con una decisión de doblar la asistencia económica internacional a la Autoridad Palestina, ubicándola en los u$s 2 mil millones anuales. Esta es la continuación de un patrón de generosidad global con la causa palestina nacido con los Acuerdos de Oslo de 1993. Inicialmente, la ayuda internacional para los territorios autónomos palestinos fue de u$s 250 millones por año, se duplicó durante el período del llamado proceso de paz a u$s 500 millones por año, y se duplicó una vez más a u$s 1.000 millones anuales a partir del comienzo de la intifada “Al-Aqsa”. Esta cifra sería ahora también duplicada hasta llegar a los u$s 2 mil millones por año, el equivalente a u$s 600 per cápita; un importe diez veces mayor al objetivo económico delineado para el continente africano según la iniciativa del team Live8-Bob Geldof-Tony Blair.

Para el economista estadounidense Patrick Clawson (de quién he tomado los datos arriba presentados), la Autoridad Palestina no está en condiciones de absorber eficientemente semejante caudal de dinero. Gran parte será malgastada, robada, malversada, o desperdiciada (o un poco de todas esas opciones), lo que fomentará mayor desconfianza popular con la dirigencia palestina y creará inestabilidad política interna. Este observador reconoce que los palestinos son pobrísimos y dependen de ayuda humanitaria, pero sugiere que el problema no yace en la cantidad de asistencia que se pueda brindar, sino en de que manera tal asistencia será distribuida. Ejemplo: en 1993 el Banco Mundial estimó que los palestinos necesitarían cerca de u$s 1.500 millones para el siguiente lustro. Con clásica bondad, la comunidad internacional prometió u$s 3.500 millones, de los cuales había efectivamente asignado u$s 2.500 millones para cuando arribó el año 1998. La asistencia per cápita del año 1997 solamente para los territorios era de u$s 203; en marcado contraste con la totalidad de la asistencia humanitaria mundial a la India del mismo año que era de u$s 2 por persona.

Vale decir que la ayuda económica global para los palestinos fue considerablemente mayor que lo recomendado por el Banco Mundial y muy por encima de lo otorgado a países mucho más pobres. A pesar de lo cuál, la economía palestina no se transformó en el vaticinado Singapur del Medio Oriente sino en una de las entidades más problemáticas de la región. Pues tal como Clawson postula, lo importante no es la cantidad de asistencia, sino como ésta será empleada. Más relevante aún, sin una reforma política adjunta a la inyección monetaria, difícilmente pueda mejorar la situación, dado que más dinero no hará de culturas viciadas entidades más benignas, sino que las dejará simplemente más corruptamente enriquecidas. Y algo más pertinente todavía: la noción subyacente a estos programas asistenciales es que la eliminación de la pobreza palestina allanará el camino hacia la paz, un punto cuestionable en el mejor de los casos. Claramente, existen otros impedimentos a la consecución de la paz en la zona que trascienden el status económico del individuo en la sociedad palestina -desde el fanatismo religioso hasta el revanchismo nacionalista y desde el extremismo ideológico hasta el imperialismo territorial- que ningún programa económico, por más generoso que sea, podrá por sí mismo resolver.

No obstante, la familia de las naciones parece estar decidida a brindar dinero -y en grandes cantidades- a los palestinos. En este contexto, es atinado preguntarse cuál ha sido el papel que sus hermanos árabes han jugado en este campo hasta el momento y cuanto han contribuido a esta mancomunada campaña contra la pobreza en las zonas palestinas, especialmente cuando el precio del barril de crudo ha cruzado los u$s 70.

Según datos presentados por el analista británico Simon Henderson, los estados árabes se comprometieron a adjudicar u$s 999 millones a la AP durante el año 2004, de los cuáles tan solo u$s 107 millones fueron entregados. De esta cifra, u$s 92 millones provinieron de los cofres de Arabia Saudita que cumplió de esta manera con la suma prometida, aunque luce pequeña si se tiene en cuenta los u$s 20 mil millones de ingreso adicional que obtuvo el año pasado Ryhad respecto de sus ingresos del año 2003 por ventas de crudo. Henderson pone estos números en perspectiva al destacar que la contribución saudita a la AP equivale a u$s 252.000 por día, un importe no mucho mayor a los u$s 150.000 que el Rey Fahd y su entorno gastaron en arreglos florales durante las vacaciones del monarca en el sur de España en el 2002. Los Emiratos Árabes Unidos tuvieron un ingreso por venta de petróleo de u$s 30.000 millones el año pasado, prometieron u$s 43 millones a los palestinos y  terminaron entregando ni un centavo. Tan solo dos casos ilustrativos de la mezquindad fraternal de países ricos en petróleo, cuya OPEP (excluyendo a Irak) ganó durante el 2004 u$s 45.000 millones más que lo que había ganado durante el 2003.

Si las naciones árabes ricas en petróleo prácticamente no asisten al pueblo palestino porque no confían en la transparencia de las finanzas palestinas, o porque son simplemente avaras, o porque prefieren apoyar a los palestinos en tiempos de lucha (¿cómo olvidar los famosos cheques sauditas e iraquíes para las familias de los terroristas-suicidas durante la actual intifada?) más que en tiempos de calma, merecería una exploración aparte. Lo que hemos de destacar ahora es la errónea actitud occidental de saturar con fondos a una entidad en apariencia incapacitada de administrarlos eficientemente y de contribuir abundantes montos que deberían ser aportados en primer lugar por quienes poseen los activos suficientes para hacerlo y comparten además responsabilidad estatal en la gestación de este tortuoso conflicto que hoy están llamados a subsanar.

Comunidades, Comunidades - 2005

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Por Julián Schvindlerman

  

Un futuro unilateral – 24/08/05

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Finalmente, lo inimaginable ocurrió: un transfer en Eretz Israel. Sólo que no se trató del famoso y polémico transfer largamente discutido y hasta vituperado, esa noción ultranacionalista históricamente reprimida de expulsar a los palestinos de las zonas disputadas y retener así los territorios sin la amenaza demográfica. No. Este fue un transfer invertido, por así decir: consistió en la expulsión de los judíos de dichas áreas hacia “dentro” de Israel. Según algunos colonos se trató de un crimen racial, de una limpieza étnica -desprovista de la sangría que suele acompañarlas, pero limpieza al fin- de un desplazamiento forzado de civiles de religión judía con el único propósito de favorecer el establecimiento de un estado judenrein, libre de judíos, tal como los palestinos desean y reclaman. Algunos de ellos planeaban presentar una demanda contra Ariel Sharon ante la Corte Internacional de Justicia y la Corte Criminal Internacional. “Un judío no expulsa a otro judío” es su lema.

Las escenas eran desgarradoras. La del soldado y el colono ortodoxo llorando juntos, abrazados. La del niño que, sacado de su casa en brazos de un soldado, lo besa en la mejilla, y su madre le reprocha su ternura hacia el agresor. La de la joven soldada que va a presentar la orden de desalojo y es recibida por niños que a lágrima viva le imploran que se vaya, y entonces es ella la que a partir de allí ya no puede parar de llorar. La de la cadena humana formada por jóvenes colonos tirados sobre el suelo, brazos entrelazados, tzizit y kipot también, mientras soldados y policías intentan separarlos. Las quemas de basura y neumáticos, los insultos y las amenazas, las agresiones con huevos y pintura, el atrincheramiento en el techo de una sinagoga, la mujer que se prende fuego, los que amenazan con suicidarse, el terrorista que mata a trabajadores palestinos. Dudo que la sociedad israelí estuviera preparada para todo esto, y me pregunto cuanto tardará en cicatrizar la herida inflingida en el inconsciente colectivo por este drama nacional.

Para los colonos religiosos la hecatombe es por lo menos triplemente dolorosa. Junto con el trauma relacionado a la expulsión y la necesidad impuesta de rearmar sus vidas en otra parte, y junto con la blasfemia gubernamental de abandonar Tierra Prometida, está la traición de un Estado que los ensalzó originariamente como valientes pioneros de una gran gesta nacional y que ahora los ha transformado en parias de un proyecto fallido, algo que tan solo reafirma esta célebre frase de un mentado ideólogo de la colonización: “Hemos logrado afincarnos en los territorios, más no hemos logrado asentarnos en los corazones de los israelíes”. Este sentimiento de abandono y traición fue acentuado a su vez por la ausencia de un referéndum nacional o nuevas elecciones que permitieran una expresión popular a propósito de tan delicada y controvertida medida que efectivamente es el programa de desconexión. La aprobación de dicho programa por parte del gabinete y el parlamento no alcanzan para dotar de la legitimidad necesaria que las elecciones o referéndum nacionales le hubieran dado, puesto que Sharon subió al poder sobre una base política completamente opuesta a su accionar actual.

Una caricatura reciente en el Jerusalem Post ilustraba perfectamente la contradicción ideológica que encierra la figura de este nuevo Ariel Sharon. El va circulando en su auto de primer ministro mostrando dos cintas, una de color azul, la otra naranja. Sorprendido, un transeúnte le pregunta al respecto, a lo que Sharon responde: la azul es por Gaza y la naranja por Cisjordania. Si el abandono de la Franja de Gaza ha sido el precio a pagar para retener la mayor parte de Judea y Samaria, el equivalente a una amputación física para salvar el resto del cuerpo, entonces el legado de Sharon será indudablemente por siempre debatido pero posiblemente a largo plazo generalmente aceptado. Pero, si la retirada unilateral de Gaza no ha sido más que un presagio de futuras concesiones territoriales masivas, de nuevas rondas de inútiles negociaciones, de reapertura de diálogos interminables sobre cuestiones inclaudicables, entonces la iniciativa de Sharon quedará condenada a ser recordada como otro grave error de la historia política israelí. Públicamente, Sharon ha afirmado que no cederá toda Cisjordania. El problema es que en el pasado había dicho que Gaza sería israelí por siempre.

El programa de desconexión fue concebido como una medida unilateral, ente otras razones,  debido a la ausencia de un interlocutor palestino pacífico. La muerte de Yasser Arafat y el ascenso de Mahmmud Abbas no cambian eso. Reactivar la Hoja de Ruta, reavivar la falsa aureola de Oslo, re-escenificar la ilusión del progreso diplomático, todo eso sería un error garrafal. Ahora el nombre del juego es la unilateralidad. ¿Debería continuar la desconexión en Cisjordania? Desafortunadamente sí. La espada de Damocles demográfica que motivó el abandono de Gaza pesa también sobre Judea y Samaria. ¿Debería haber un repliegue total, tal como en Gaza? Definitivamente no. Aquí habitan no ya 8000 colonos sino alrededor de 225.000 en una zona de considerable valor estratégico e indiscutida importancia histórica. Si para evacuar a 8000 colonos se ha debido movilizar a 40.000 agentes de seguridad, de mantenerse las proporciones se requeriría más de un millón de tropas para evacuar a los colonos de la Ribera Occidental. Y esto solamente en el plano logístico. El vínculo emocional judío con Judea y Samaria es mucho mayor que el existente con Gaza e indescriptible sería el trauma asociado a una evacuación forzada. La esencia de la historia judía descansa en Judea y Samaria. Además, geográficamente este territorio tiene relevancia defensiva muy superior, comparativamente, a la Franja de Gaza.

¿Entonces, que hacer? Israel debería definir sus fronteras finales según sus propios criterios de seguridad, demografía e historia, delinear que porciones de Judea y Samaria ansía retener y afirmarse en esa posición. ¿Que esto no será satisfactorio para Ahmed Qurei, Kofi Annán, Javier Solana y hasta quizás para Condoleeza Rice? Pequeño precio a pagar en imagen internacional a cambio de la viabilidad nacional.