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Comunidades, Comunidades - 2005

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

La desconexión ausente – 10/08/05

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El contraste entre los hechos no podría ser mayor, ni el comentario sobre las dos culturas más elocuente. Contraponga dos episodios terroristas y las reacciones que éstos generaron de uno y otro lado de la Línea Verde, y Ud. verá claramente la diferencia moral fundamental entre las sociedades israelí y la palestina.

Recientemente, Eden Zada, un joven soldado israelí que había desertado del ejército, subió a un micro en una aldea árabe de Israel, abrió fuego contra sus pasajeros y mató así a cuatro ciudadanos árabes-israelíes e hirió a otros tantos antes de que fuera linchado hasta la muerte por árabes de la zona. El gobierno israelí condenó con suma contundencia aquél atentado. El premier Ariel Sharon lo tildó de “acto despreciable cometido por un terrorista sediento de sangre”. El ministro de defensa se rehusó a darle entierro militar y dijo que el atacante “no merece ser enterrado al lado de soldados caídos en combate”. El alcalde de Rishón Lezion aseguró que él no permitiría que el terrorista fuese enterrado en el cementerio de la ciudad, ni siquiera conforme a una ceremonia civil. Y el liderazgo del asentamiento de Tapuah, donde Zada había residido últimamente, también se opuso a que aquél extremista fuera enterrado allí.

El día anterior a este incidente, el Centro Gaza para la Cultura y las Artes publicitó un nuevo curso sobre folklore popular bajo el nombre de Wafra Idris, la primera mujer terrorista-suicida. Esa paramédica de 28 años, en enero de 2002 se inmoló en Jerusalén provocando la muerte a un anciano israelí e hiriendo a otros. Desde entonces, el Gremio de Mujeres Palestinas ha tomado a Idris como un modelo social, un desfile de jovencitas fue realizado en su honor, campamentos de verano, cursos universitarios y actividades de Fatah han sido nombrados por ella, y hasta se llevó a cabo un concierto dedicado a esta heroína del pueblo palestino, el que fuera luego televisado varias veces en la programación oficial de la Autoridad Palestina.

Vale decir, mientras que en Israel el ocasional terrorista es universalmente condenado y socialmente despreciado, del otro lado de la frontera, la sociedad palestina aplaude y colma de honores a sus terroristas (muy regulares, deberíamos agregar). Esta otra desconexión –la retirada afectiva y práctica de la inmoralidad del terrorismo- sigue ausente en el campo palestino. Así como los israelíes se desconectan de partes de la tierra disputada, análogamente los palestinos deberían comenzar a desconectarse de la violencia política.

Mientras tanto, los palestinos están preparando las celebraciones inminentes a toda máquina. La AP ha acuñado un par de eslógans –“Nuestra tierra retornará a nosotros, protejámosla” y “El pueblo liberó la tierra, el pueblo construirá la tierra”- anunciados en la prensa local, impresos sobre remeras y gorros, y dentro de poco a ser difundidos en los canales satelitales pan-árabes Al-Jazira y Al-Arabiya. Además la AP ha reservado 200 micros para realizar visitas guiadas a los asentamientos evacuados y ha ordenado la confección de unas 60.000 banderas palestinas a ser flameadas sobre las ruinas de los “territorios liberados”. Por su parte, el Sindicato de Prensa palestino en la Franja de Gaza –que anteriormente prohibió a sus miembros cubrir los choques entre Fatah y Hamas- ha dado instrucciones a los periodistas de “reflejar el rostro civilizado y brillante de nuestra gente luchadora”, y no le quepa la menor duda de que han tenido a Wafra Idris y sus colegas asesinos en mente al emitir esa rimbombante directiva. El movimiento fundamentalista Hamas se ha sumado a tales celebraciones puesto que, en palabras de Mamoud Zahar, uno de sus líderes, “Queremos consolidar la percepción de que esta tierra fue liberada con la sangre de nuestra gente, primordialmente del Hamas”. Exultante, a su vez, el primer ministro Ahmed Qurei ha dicho que “el proceso que ha empezado en 1965 se está abriendo paso, a través de la determinación y voluntad de nuestro pueblo, hacia Jerusalén, la Ribera Occidental y el resto de la patria”.

El lector haría bien en releer esta última frase: 1965 fue el año de la primer operación terrorista de Fatah, y “el resto de la patria” a liberar es -¿que duda cabe?- Haifa, Tel-Aviv y Eilat. Obviamente, los palestinos están celebrando la victoria de su “resistencia” y el éxito del progreso del “Plan por Fases” para la destrucción de Israel. Esta otra desconexión –la retirada emocional del campo de la incitación nacionalista y el imperialismo territorial- también permanece ausente en la cultura palestina. Y de manera similar a lo postulado anteriormente, así como los israelíes se desconectan de porciones de zonas disputadas, análogamente los palestinos deberían comenzar a desconectarse de sus nociones expansionistas y politicidas.
 
Además de ser territorial, la desconexión israelí de Gaza y sectores de Samaria es reflejo de una no menos importante retirada simbólica del ideal del “Gran Israel”. Cabe esperar que algún día el pueblo palestino pueda implementar su propio programa de desconexión: esa vital retirada unilateral del reinado del terrorismo y del chauvinismo, y, en el plano de lo simbólico, del ideal de la “Palestina del río al mar”. Hoy por hoy, desafortunadamente ella es la gran desconexión ausente.

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Por Julián Schvindlerman

  

Periodistas a la deriva – 27/07/05

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“La jihad no empezó en 2001 ni en 2003, sino antes, en los noventa, con la causa palestina como reflejo de la lucha del pobre contra el rico.»

Jorge Elías, La Nación, 17/7/05.

Si pudiéramos confeccionar un ranking a propósito de las frases más erradas, absurdas, o irresponsables, esgrimidas por los periodistas latinoamericanos desde los atentados de principios de mes en Londres, indudablemente la afirmación arriba citada obtendría el primer lugar con suma holgura; y eso que ha habido dignos competidores.

Lo único cierto en esa aseveración sorprendente es que la guerra santa islámica contra occidente, en efecto, no comenzó en el siglo XXI. De ahí en más todo está equivocado. Sabemos que la jihad no empezó en los noventa, sino siglos atrás, cuando el imperio musulmán se expandió desde el Medio Oriente hasta el Norte de África, España, Grecia, los Balcanes y Europa Oriental. Los fanáticos musulmanes mentalmente habitan un mundo situado centurias atrás y emplean aún hoy los términos históricos de Mesopotamia para referirse a Iraq, Al-Andalús acerca de España, y Palestina por Israel. Si fuéramos a olvidar la historia del imperialismo musulmán y a centrarnos solamente en la modernidad, deberíamos entonces poder recordar que la Hermandad Musulmana -el primer movimiento fundamentalista islámico del siglo XX- fue fundado en Egipto a principios de la década del veinte; y que la revolución que instauró una teocracia islámica en Irán aconteció a fines de la década de los setenta; y que fue durante los años ochenta cuando nació el terrorismo-suicida islámico anti-occidental; y que todos ellos esgrimieron la pancarta de la jihad, como también lo hicieron notables ideólogos musulmanes durante gran parte del siglo. Y que recién entonces, en los noventa, fue cuando Osama Bin-Laden emitió su primer extenso bayan (manifiesto doctrinal) y su famosa fatwa (edicto religioso) en las que declaraba la guerra a los infieles de todo el mundo. Y que tales pronunciamientos tomaron como excusa central la presencia de tropas norteamericanas en territorio saudita, sede de las ciudades sagradas de la Meca y Medina, y no las vicisitudes de la distante “Palestina”. Es más, la no centralidad de “Palestina” en dichas declaraciones islamistas puede ser advertida en el hecho de que ella fue incluida en una larga lista junto con Egipto, Sudán, Arabia Saudita, Irak, El Líbano, Burma, Cachemira, Filipinas, Somalía, Bosnia-Herzegovina, y Chechenia, entre otros. Y deberíamos saber, especialmente si uno es un formador de opinión, que la causa palestina y todas las demás son un ardid, no una preocupación, para los fundamentalistas. Con acierto el premier Tony Blair espetó: “Si les preocupa la suerte de los palestinos, ¿por qué cada vez que parece que Israel y los palestinos hacen progresos, esa ideología perpetra una atrocidad que vuelve a tornar la esperanza en desesperación? Y si es Afganistán lo que los motiva, ¿por qué hacen saltar por los aires a inocentes que se dirigen a votar por primera vez? ¿Y por qué, incluso después del atentado en Madrid y de la elección de un nuevo gobierno, planeaban otra atrocidad hasta que fueron atrapados?”. Porque, tal como el propio Blair acotó, estamos lidiando con “fanáticos que quieren imponer al mundo su ideología del mal”, en la que su retórica de salvadores de palestinos, afganos u otros es mero discurso para consumo y confusión occidental.

Pero si hasta este punto Elías ha demostrado una ignorancia tan vasta y una incomprensión tan escandalosa sobre el tema que escribe como comentarista político, su siguiente observación respecto de que la causa palestina es un reflejo de la lucha del pobre contra el rico, lo deja a uno preguntándose si este periodista no habrá estado cubriendo demasiado la situación de los piqueteros en la Argentina. ¿Debería uno explicarle que la agresión  palestina tiene origen en el extremismo político y el absolutismo nacionalista y nada que ver con una lucha de clases? ¿Qué la figura-modelo de la causa palestina es Haj Amín al-Husseini y no Karl Marx? ¿Que el padre del nacionalismo palestino, Yasser Arafat, de pobre no tenía nada, como tampoco la OLP, con sus activos de miles de millones de dólares? ¿Que los hermanos árabes de los palestinos, que habitan en palacios en los países del Golfo Pérsico y que habían contribuido grandes sumas de petrodólares a la lucha armada de la OLP contra Israel, desde 1994 han contribuido relativamente poco a los esfuerzos de reconstrucción nacional palestina? ¿Deberíamos explicarle que la Carta Nacional Palestina, adoptada en tiempos en que los palestinos eran gobernados por egipcios y jordanos, llama a la destrucción del Estado de Israel y no hace una sola mención al status socio-económico de los palestinos? ¿O que también hay pobres y ricos en Egipto, Siria, El Líbano, Libia, Yemen, y el resto de Oriente Medio, como para el caso también los hay en Asia, Latinoamérica, Europa y en todo el planeta tierra, y que, sin embargo, no por eso los pobres salen a destrozar a civiles indefensos en brutales atentados con bombas o a acribillarlos a tiros en las rutas o a lanzar morteros contra sus hogares? ¿Deberíamos explicarle algo tan elemental como lo es el hecho de que los palestinos no luchan por acceder a un DVD sino por obtener la independencia, en el mejor de los casos, o la obliteración de Israel, en el peor? Ah…parece que deberíamos explicarle todo esto a él, y, desafortunadamente, ahora también a los miles de lectores anónimos que han leído su penosa columna.

Además de obtusa y errada, la aseveración de Elías es perturbadora; dado que sugiere que la responsabilidad de la jihad mundial está sobre los hombros de Israel, al tener supuestamente su raíz en la siempre noble causa palestina. El pseudorazonamiento fluye -uno tan solo puede imaginar- más o menos así: los israelíes ricos oprimen a los palestinos pobres. Estos últimos realizan entonces intifadas contra los opresores israelíes. Estos a su vez reprimen desmesuradamente el levantamiento palestino, el que es 100% legítimo porque son pobres y oprimidos. Ofendidos por semejante ultraje, sus hermanos musulmanes residentes en países a cientos de kilómetros de distancia atacan entonces a 3000 civiles en Estados Unidos, país aliado de Israel y que pasa a ocupar entonces el lugar de opresor de musulmanes a escala global. El Tío Sam Invade Afganistán e Irak y genera más humillación aún en los musulmanes, en millones de ellos ahora liberados de terribles opresiones pero también pobres, desde ya. Más indignados aún, éstos entonces despedazan a más civiles que viajan en trenes en Madrid y en subtes en Londres y siembran el caos por todo el orbe. “¿Cómo empezó todo ésto?” se preguntan, desorientados, los occidentales. La génesis de esta jihad yace en la causa palestina de pobres contra ricos, explica la prensa…y eureka! Los israelíes, que durante la década del noventa han sufrido el embiste del fundamentalismo islámico como ningún otro grupo nacional lo ha hecho en ese período, pasan a ser los responsables últimos de la inestabilidad global contemporánea.

¿No lo había dicho ya el entonces embajador francés en Londres, al afirmar que la tercer guerra mundial comenzaría por culpa de “ese paísesito de porquería”? Todo encaja nítidamente. La culpa de la actual furia islámica la tienen, por supuesto, los judíos. O al menos los que residen en Israel. Por el momento, hasta que otro periodista se anime a dar un paso más.

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Por Julián Schvindlerman

  

El futuro de Iran – 13/07/05

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Irán tiene un nuevo presidente, al que la prensa internacional considera un “duro”. Esto es preocupante, puesto que tal caracterización emana de un sector de opinión habitualmente  incapacitado de ver al mal de frente. Si periodistas que vieron en Yasser Arafat un pacifista (por parlotear la palabra “paz” en inglés) y en Bashar Assad un pro-occidental sofisticado (¡por haber estudiado en Inglaterra y navegar en internet!) ven hoy en la figura de Mahmoud Ahmadinejad a un radical, entonces uno no puede menos que asumir que éste es, en realidad, un ultrafanático de aquellos. Aunque podríamos decir que si bien no dieron en el centro del blanco, esta vez los pontífices acertaron bastante en el objetivo.

Pero la prensa no merece tanto crédito. Ella no ha hecho más que aplicar su molde habitual de “moderados” y “extremistas” a toda situación que no alcanza a comprender del todo, y las elecciones iraníes han sido otro caso más. El otro candidato en la ronda final era Hashemi Rafsanjani, bajo cuyo gobierno como presidente de la República Islámica de Irán, la embajada de Israel y el edificio de la AMIA fueron explotados en la Argentina. Según los estándares de la prensa mundial, él era un “moderado”.

El balanceo entre “radicales” y “moderados” en la arena iraní es meramente superfluo. Habrá un nuevo presidente, pero el régimen teocrático permanecería en cualquier caso; como lo haría el patrocinio del terrorismo, la exportación de ideología islamista, el programa nuclear, los esfuerzos por desestabilizar Irak, la represión interna y demás ítems del menú totalitario iraní. Tal como indicara el experto norteamericano en temas iraníes Michael Ledeen, “Esta no es una pelea sobre el futuro del país; es una lucha de poder dentro de la elite tiránica”.

El ascenso de Ahmadinejad marca el copamiento total de la estructura del estado por parte de los islamistas conservadores. El ejército, el sistema judicial y la burocracia religiosa ya estaban en sus manos; luego ganaron en las elecciones municipales dos años atrás y las elecciones parlamentarias este año; y su actual victoria en las elecciones nacionales es la piece de la resístanse a la coronación conservadora en el trono del gobierno iraní. Según la analista israelí Ayelet Savyon, “los conservadores ahora tienen un control total de los centros de poder en todos los niveles; ya no quedan reformistas en ningún puesto”.

Mahmoud Ahmadinejad es un hijo predilecto de la revolución Khomeinista que tomó el poder en Irán en 1979. Estuvo involucrado en el planeamiento (y conforme a varios testigos, también en la ejecución) de la toma de la embajada estadounidense en Teherán a fines de los setenta, en la que ciudadanos norteamericanos fueron retenidos por 444 días. Asistió al programa cultural islámico del nuevo régimen durante el cual universidades fueron clausuradas y estudiantes y profesores disidentes arrestados y asesinados. Con el estallido de la guerra con Irak en los años ochenta, Ahmadinejad se unió a los luchadores iraníes en el frente occidental. Fue un interrogador en la temida prisión Evin, miembro de la Brigada Especial de las Guardias Revolucionarias, y oficial de la Fuerza Jerusalém; unidad responsable de apoyar al terrorismo palestino así como de efectuar asesinatos y atentados en el extranjero. La inteligencia austriaca lo ha identificado como miembro de un comando que asesinó a tres disidentes kurdos en Viena en 1989. Durante la década del noventa, Ahmadinejad fue uno de los organizadores de un grupo de vigilantes cuya tarea era quebrar manifestaciones pacíficas. En abril de 2003 fue designado alcalde de Teherán…y ahora presidente del país. Al poco tiempo de obtener la presidencia, prometió que “la ola de la revolución islámica pronto llegará a todo el mundo”.

Esto no luce bien, pero hay espacio para buenas noticias. Los rayos de sol en el horizonte ennegrecido por la victoria de Ahmadinejad los podemos vislumbrar en el simple hecho que el pueblo iraní no lo eligió como presidente de la república. Por supuesto que hubo elecciones, y por supuesto que fueron fraudulentas.

Considere la evidencia: Todos los candidatos presidenciales fueron designados por el líder supremo Alí Khameini. A unos mil candidatos reformistas no se les permitió participar en las elecciones, como tampoco a las mujeres. Al contrario de la desinformación que el régimen iraní diseminó, la participación electoral fue muy baja. Tal es así que los clérigos que gobiernan el país decidieron poner al aire imágenes de ciudadanos haciendo fila para votar, a modo de inducir al resto de la población elegible a hacer otro tanto. El único problema fue que la filmación pertenecía a elecciones de antaño; una mujer llamó a la radio de Teherán para contar que ella estaba en su casa viendo televisión cuando se vio votando “en vivo y en directo”. Presionado por los desarrollos, el régimen adoptó medidas para resolver el problema de la participación popular, que era vista como una muestra de desaprobación (hasta tal punto que, según informó The Economist, las elecciones han generado menos entusiasmo que el esfuerzo del equipo nacional de fútbol por alcanzar las finales de la Copa Mundial 2006). Primero postergó la hora de cierre para votar en varias horas. Luego miembros de la Guardia Revolucionaria y la fuerza paramilitar religiosa juntaron a seguidores, empleados estatales y estudiantes y los llevaron a las estaciones de votación. La noche del sufragio, el gobierno anunció que probablemente habría tres finalistas: Rafsanjani, Moin y Qalibaj. A las 7am del día siguiente, un vocero del Consejo Guardián (que no se supone que esté involucrado en el cuenteo de votos) afirmó que el alcalde de Teherán estaba en primer lugar. Ahmadinejad saltó de un éxito inicial de menos de 6 millones de votos a más de 17 millones en la segunda ronda; un cambio sorprendente según estándares normales de votación. Esta cifra, a su vez, excedió considerablemente los votos de todo el campo conservador, estimado en algo más de 11 millones. Cálculos extraoficiales sugieren que solo siete millones de personas votaron normalmente, cinco millones fueron inducidos a hacerlo, en tanto que alrededor de 17 millones de votos fueron considerados fraudulentos.

Es decir que Ahmadinejad no representa la expresión de la voluntad del pueblo, sino la expresión de la voluntad de los mullahs. Lo cual es bueno, pues supone la existencia de un enorme conjunto de gente insatisfecha con el gobierno iraní. Adecuadamente estimulada, podría convertirse en un factor moderador del establishment clerical, ó, mejor aún, en un potencial agente de transformación de la realidad política de Irán. 

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Por Julián Schvindlerman

  

¿Hacia una nueva intifada? – 29/06/05

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A menos de sesenta días para el inicio del programa de desconexión de la Franja de Gaza y partes de Judea y Samaria, podemos preguntarnos como luce el panorama en las zonas autónomas palestinas. La respuesta es sombría, pues allí reina una completa anarquía. Matones armados atacan la casa del primer ministro, estaciones policiales y hasta hospitales. Jueces son intimidados, sospechosos de colaborar con Israel asesinados. Terroristas lanzan misiles contra poblados israelíes e intentan infiltrar a sus propios enfermos para llevar a cabo ataques suicidas. Y todo lo que el presidente palestino, Mahmmoud Abbas, es capaz de hacer es repetir su mantra de que él no permitirá semejante comportamiento.

Hace poco, una joven estudiante palestina intentó fallidamente infiltrarse a Israel para efectuar un atentado en el mismo hospital donde anteriormente ella había recibido tratamiento. Su condición de enferma le daba un pase especial a Israel por consideraciones humanitarias; luego de ser apresada, confesó que quería matar cerca de cincuenta israelíes. Otros terroristas palestinos también han procurado abusar de los gestos humanitarios de Israel en el pasado. Uno dijo que era un donante de riñón, cuando su objetivo era en realidad llevar adelante un atentado suicida. Otro alegó que tenía cáncer y requería tratamiento médico en Israel, pero el propósito era matar judíos. Otros presentaron informes médicos falsos acerca de su condición física para ganar acceso a Israel, y, una vez allí, hacer descarrilar un tren.

La existencia de precedentes de otros tantos ejemplos de bestialidad terrorista palestina –utilizar a mujeres embarazadas, oligofrénicos, y niños para efectuar atentados contra israelíes- puede a esta altura habernos inmunizado un poco respecto de hasta que niveles pueden ellos descender en su inhumanidad; no obstante, ello no debería dejar de alertarnos a propósito de la gravedad de la amenaza a la seguridad que los israelíes aún enfrentan.

Desde el anuncio del celebrado “cese de fuego”, ha habido una reducción transitoria en los atentados, pero no un fin total. Solamente en el pasado mes de abril hubo 250 incidentes terroristas y 55 alertas de seguridad, y se espera un aumento en los ataques en coincidencia con la implementación del programa de desconexión. Estos datos lucirían más coherentes si los israelíes estuvieran acentuando su presencia en territorio disputado, pero dado que éstos están prestos a abandonar porciones de dichos territorios, resulta a priori menos fácil interpretar la conducta palestina. ¿No querían ellos, acaso, una Gaza libre de judíos? Entonces ¿por qué obstaculizar la retirada israelí con nuevos ataques y más atentados?

Porque la enfermiza motivación que los anima no es liberar Gaza solamente, sino toda Palestina. Del Río Jordán al Mar Mediterráneo. Hasta el último granito de arena. Igualmente de ilógico era para Yasser Arafat rechazar en Camp David cinco años atrás una oferta israelí que incluía Jerusalém Este como capital, la Mezquita de Al-Aqsa bajo control palestino, y un estado independiente sobre gran parte de los territorios reclamados. Pero el hecho es que el liderazgo palestino repudió esa oferta y lanzó la última intifada.
La próxima se esperaría para esta segunda mitad de año. En algún momento desde la retirada israelí de Gaza y hasta fin de año (cuando finalice la falsa “hudna” o “cese de fuego” al que han suscripto las agrupaciones terroristas), el nuevo “levantamiento” palestino surgiría, estiman analistas de seguridad. Y así como durante la primer intifada el símbolo fueron las piedras, y durante la segunda lo fueron los atentados suicidas, durante la tercera lo serían los morteros y los misiles lanzados desde la “liberada” Franja de Gaza y parte de Judea y Samaria. O al menos esto es lo que creen varios en la comunidad de inteligencia, estratos militares, y elite política israelí, y el hecho de que esté siendo planeada una segunda barrera de seguridad alrededor de Gaza, otra en el mar, y la construcción de sistemas anti-misiles en la zona, parecería confirmar su convicción.

Este pesimismo, aún si no fuera a resultar corroborado, es necesario. A pesar de consistir en una retirada territorial, el programa de desconexión no es una continuación del proceso de Oslo, sino una consecuencia de las realidades creadas por ese programa fantasioso. Lejos de ver a los palestinos como pacifistas con los que asociarse, dicho programa los ve como enemigos de los que separarse. Su objetivo es proteger a los israelíes de la animosidad palestina. Por eso debe continuar, independientemente de protestas o agresiones palestinas; sin que esto implique no responder, o incluso no anticiparse, a estas últimas.

Ahora bien, uno podría preguntar lo siguiente. Aceptado, este programa, a diferencia de Oslo, no promete paz, sino seguridad. Pero ya estamos viendo que la situación de seguridad no mejorará necesariamente luego de su implementación. Ergo, ¿para que seguir adelante? La respuesta la encontramos al considerar el hecho de que el Estado de Israel enfrenta una amenaza demográfica, además del desafío a su seguridad. Actualmente la población judía de Israel es de 5.5 millones, de los cuáles unos 300.000 son inmigrantes rusos cuya identidad judía es cuestionada. En conjunto, los árabes-israelíes y los palestinos de los territorios suman alrededor de 4.8 millones. Vale decir que ya hay casi paridad en las cantidades poblacionales. Según estimaciones de reputados investigadores israelíes, de mantenerse la posesión de los territorios con la población palestina, en cuestión de unas pocas décadas la población judía de Israel pasaría a ser minoritaria frente a la árabe/palestina. A la luz de esa realidad, la desconexión no parece ser tanto una opción política o militar, sino un imperativo nacional.

Es importante resaltar las diferencias entre el programa de desconexión y el proyecto Oslo para evitar desilusiones futuras. Aquí no hay panacea prometida, ni utopía soñada, ni era de paz mesiánica a punto de arribar. La desconexión es el paso más coherente, si bien doloroso, que los israelíes pueden adoptar en las circunstancias presentes para contener –más no resolver- los desafíos de seguridad y demográficos que el estado enfrenta. Mañana podrá ser otra la realidad, y otra la actitud a tomar. Pero hoy por hoy –como dice una conocida frase hebrea- ze ma she iesh (esto es lo que hay) y con esto se ha de lidiar.

Ni paz ideal, ni siquiera seguridad total, y con un costo territorial alto. Parecerá una locura, pero no lo es. En la coyuntura presente, el programa de desconexión surge como el paso más sensato que Israel pueda dar.  

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Por Julián Schvindlerman

  

Newsweek, Amnesty y unas retracciones – 15/06/05

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La denominada “Teoría del Caos” postula que el leve aleteo de una mariposa en algún rincón remoto de África puede generar una secuencia de eventos naturales que culminen con un terremoto devastador en California. O a la inversa. Digamos, que un artículo periodístico irresponsable en Norteamérica puede propiciar una reacción en cadena que resulte en manifestaciones, profanaciones y la muerte de 17 personas en el mundo islámico.

Tal fue el tristemente célebre caso del scoop de Newsweek que falsamente acusó al ejército estadounidense de profanar el Corán con el objeto de intimidar a los musulmanes detenidos en Guantánamo, Cuba. Posteriormente, los editores de la revista se retractaron y se disculparon, pero el daño –a la imagen de EE.UU. en el mundo musulmán principalmente- ya estaba hecho, y los muchos propagandistas en su núcleo podrán de ahora en más explotar el mito creado –“los yanquis imperialistas profanan el Islam”- por un largo tiempo en una zona del planeta altamente inclinada a la teoría conspirativa y la demonización colectiva.

Tal como Charles Krauthammer ha indicado en el Washington Post, dichos informes de abusos en Guantánamo emanan primordialmente de las investigaciones internas que el propio Pentágono lleva adelante. De 13 casos en estudio sobre posible manipulación del Corán, el ejército norteamericano ha confirmado cinco instancias, de las cuáles dos fueron consideradas accidentales. Según las reglas del Departamento de Defensa norteamericano, el Corán debe ser transportado por ambas manos de los soldados, los que deben además usar guantes durante el acto. Conforme a directivas militares, los prisioneros musulmanes deben tener acceso a su texto sagrado, a gozar de tiempo para rezar y se les debe respetar sus leyes alimenticias religiosas. Que una publicación reputada y bien informada como Newsweek cediera a la tentación de publicar una noticia tan incendiaria basándose exclusivamente en una sola fuente, encima anónima, y sin presentar ningún tipo de documentación respaldatoria, más aún cuando el acto estaría en contradicción con la política oficial del ejército respecto al trato de detenidos foráneos, constituye no solo un acto de irresponsabilidad periodística, sino –y de manera más relevante aún- se erige como un ejemplo más de la penosa tendenciosidad ideológica que satura a los medios masivos de comunicación internacionales.

Errar es humano, pecar también. Pero cuando los errores y los pecados son recurrentes, entonces advertimos que estamos frente a un problema más profundo que el del simple error bienintencionado. Newsweek es parte y parcela del establishment mediático liberal (léase progresista) norteamericano, ese segmento intelectual profundamente desconfiado de las políticas del gobierno, siempre sospechoso de las prácticas del ejército, y, puntualmente,  muy escéptico de los motivos de la intervención en Irak. Es decir, parte de una prensa condicionada por su propia naturaleza ideológica a creer más en los alegatos de los detenidos musulmanes que en las versiones de sus propios generales. Por definición, la prensa ha de ser desconfiada…pero no selectivamente desconfiada. Debería cuestionar tanto las afirmaciones de los políticos locales como las aseveraciones de los enemigos externos. En tiempos de guerra, uno supondría que de existir un desbalance, éste sería a favor de los responsables de la defensa nacional. Que, contrariamente, el desajuste favorezca a los enemigos del estado, es un claro indicador de hasta que niveles la prensa liberal norteamericana está alienada del sentir popular y, de hecho, del sentido común más elemental.

Como producto de esta obsesión progresista con todos los males norteamericanos, señala Claudia Rosett del Wall Street Journal, el mundo está muy familiarizado con los nombres de Guantánamo y Abu Ghraib, a pesar de que en sus celdas los abusos a los derechos humanos sean pocos y excepcionales. En contraste, difícilmente alguien en Occidente conozca el nombre de una prisión en las naciones islámicas. Esto es -para expresarlo caritativamente- llamativo, dado que es en países musulmanes donde se encuentran la mayor cantidad de regímenes despóticos del globo, en cuyas tierras se llevan a cabo el 80% de las ejecuciones mundiales, cuyas cárceles encierran a 2/3 de todos los prisioneros políticos del planeta, y donde las violaciones a los derechos humanos -dentro y fuera de las prisiones- son habituales y graves. ¿Puede alguien dar el nombre de una cárcel en Sudán, donde se practica la amputación cruzada (p/ej: mano derecha y pie izquierdo)? ¿O en Arabia Saudita, donde acontecen decapitaciones? ¿O en Nigeria, donde las mujeres adúlteras son lapidadas a muerte? ¿O en la Autoridad Palestina, donde se fusila sin juicio previo a sospechosos de colaborar con Israel?

En el Irak de hoy en día, las mezquitas (y con ellas los varios Coranes que están adentro) estallan en mil pedazos en medio de una cruenta lucha entre musulmanes shiítas y sunnitas, y apenas si oímos una protesta por ello en Occidente. En reacción a la noticia escandalosa divulgada por Newsweek, musulmanes salieron a las calles, se mataron entre sí y quemaron mezquitas en Afganistán, y tampoco oímos una queja por aquí. El mismo día, un terrorista-suicida hizo explotar un santuario islámico en Pakistán, y en Occidente no se oyó ni una sola lamentación sobre la profanación del Islam. Naturalmente, nada de esto excusa los abusos reales que han acontecido o pudieran acontecer a futuro en prisiones norteamericanas. Tan solo brinda un poco de perspectiva para que puedan dotarse de mejor juicio quienes se rehúsan a distinguir, en las aptas palabras de Natán Sharansky, “entre las democracias donde a veces hay serias violaciones a los derechos humanos y las dictaduras donde los derechos humanos son inexistentes”.

A propósito, hablando del sentido de la proporción. ¿Sabe como definió al centro de detención de Guantánamo la secretaria-general de Amnesty International al presentar en conferencia de prensa el nuevo reporte de la organización sobre el estado de los derechos humanos en el mundo? Como el “gulag de nuestros tiempos”. Recordemos que por los miles de campamentos de concentración que conformaron el gulag soviético pasaron más de veinte millones de prisioneros políticos condenados a trabajos forzosos. Eso si, menos de dos semanas después, Amnesty se retractó.

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Por Julián Schvindlerman

  

La cooperación sur-sur entre Árabes y Sudamericanos – 01/06/05

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En el marco de una Sudamérica que ha virado hacia la izquierda y el populismo y que ha abrazado nuevamente la pancarta setentista, antiyanqui y nacionalista, es decir, con una Sudamérica decidida a residir en el Tercer Mundo por un largo rato más, es apenas llamativo entonces que surgiera un espacio de diálogo con el mundo árabe bajo la consigna del “desarrollo de la cooperación sur-sur”, tal como lleva por título uno de los párrafos de la Declaración de la Cumbre Árabe-Sudamericana emitida a mediados del mes de mayo, con ecos de la famosa teoría de “Centro y Periferia” de Sunkel y Paz según la cual el subdesarrollo es función del lugar que le toca jugar a los países tercermundistas en el injusto sistema económico mundial y nunca debido a las decisiones erradas, pésimas políticas públicas, corrupción oficial, ausencia de visión estratégica, falta de compromiso nacional a  largo plazo y otros males que vienen plagando a las sociedades de numerosos países sudamericanos desde hace un largo tiempo.

No es que haya algo negativo per se en el hecho de que dos bloques regionales “periféricos” o “en vías de desarrollo” -para ser politically correct en el uso del lenguaje- decidan reunirse en Brasilia para “fortalecer las relaciones birregionales, ampliar la cooperación y establecer una asociación para promover el desarrollo, la paz y la justicia internacional”, tal como destaca el primer párrafo de la mencionada Declaración, sino que Sudamérica, junto con, o a cambio de, todos los beneficios comerciales y de otra índole que espera percibir, deberá también pagar un precio político en ciertas áreas, algunas de las cuales han quedado plasmadas en el texto consensuado de la cumbre, el que fuera precedido por catorce borradores, lo que nos da una idea de cuanta negociación diplomática previa acompañó al mentado evento.

Al evaluar el texto de la declaración por su contenido, podemos asumir que algo similar a lo que acontece en el foro de las Naciones Unidas debe haber sucedido en materia de tira y afloja diplomático, donde Sudamérica termina dando la luz verde (sea por apoyo o abstención) a resoluciones iniciadas por los árabes, radicales en su origen y levemente moderadas luego en el transcurso del regateo con Europa, Sudamérica u otros. Y así, nos encontramos con un manifiesto final que ilustra a propósito de las concesiones políticas sudamericanas al permitir la introducción del conflicto que las naciones árabes tienen con Israel en el espacio de un encuentro de cooperación árabe-sudamericano.

En un texto de doce páginas, no son proporcionalmente muchos los párrafos referidos a Israel, pero los pocos que existen son lo suficientemente problemáticos como para ameritar observación. En ellos se alude al programa nuclear israelí, a la construcción de asentamientos, a la valla de seguridad, al terrorismo, al futuro estado palestino y a sus fronteras finales. Como es usual, la distinguida retórica diplomática encubre la verdadera intencionalidad política: los llamados a la paz regional son en realidad formulados bajo el prisma de las demandas árabes, las condenas al terrorismo son en realidad justificaciones del mismo, la defensa de la soberanía de los estados son en realidad exculpaciones de crímenes atroces, etc. Veamos algunos ejemplos.

En el punto 2.8, la Declaración final pide por una “paz justa, duradera y completa” en el Medio Oriente; terminología tradicionalmente utilizada por los países árabes en la ONU al bregar por la obliteración de Israel. Insta a la “creación del Estado Palestino independiente con base en las fronteras de 1967”; algo que Israel opone, aunque afortunadamente se agrega a continuación un llamado a la coexistencia pacífica. Se exige “la retirada de Israel de todos los territorios árabes ocupados”; algo que se aparta sustancialmente del texto de la resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU (más conocida como “tierras por paz”) que deliberadamente omitió el uso del vocablo “todos” en antelación a la palabra “territorios”. El punto 2.9 expresa “inquietud” (léase correctamente: no condena) por la violencia, ataques militares y actos terroristas en el Oriente Medio, nivelando así la agresión terrorista con la defensa militar. El punto 2.16 enfatiza “la importancia de combatir al terrorismo en todas sus formas y manifestaciones”; una clarísima alusión a la defensa israelí, la que, según el parecer árabe, es el genuino acto de terror. El punto 2.17 limpia de toda responsabilidad al pueblo palestino por su agresión, donde los signatarios  “reafirman el rechazo a la ocupación extranjera y reconocen el derecho de los estados y pueblos a resistir a la ocupación extranjera…”  y continúa con este agregado, asumimos,  bajo presión sudamericana, “…de acuerdo con los principios de la legalidad internacional y de conformidad con el Derecho Internacional Humanitario”, una frase que le permitió al canciller brasileño posteriormente decir que cada cual podría interpretar este punto como quisiera.

La Declaración además se opone a las sanciones que Estados Unidos ha impuesto sobre Siria, sutilmente condena la invasión a Irak, expresa apoyo a Somalia y aplaude algunas medidas que el gobierno de Sudán -acusado de orquestar un genocidio contra su propia población- ha tomado últimamente. Emiratos Árabes Unidos ganó apoyo en su disputa territorial con Irán. Perú y Qatar obtuvieron apoyo para sus candidaturas para asientos no permanentes en el Consejo de Seguridad. Por su parte, la Argentina recibió apoyo en su reclamo por las Islas Malvinas.

¿Y que sobre las omisiones? Todo texto político es elocuente tanto por sus inclusiones como por sus exclusiones. Tratándose, como era el caso, de fomentar el acercamiento birregional, es tan solo natural que la promoción de la democracia -esa palabra prohibida en las sedes de gobierno del mundo árabe- quedara fuera de la agenda de preocupaciones de estas docenas de naciones separadas por un océano pero reunidas con el noble propósito de promover, entre otros dignos ideales, la justicia y la paz internacional. Finalizada la cumbre y rubricado el mensaje de un mundo más libre, más pacífico y más justo, los delegados regresaron a sus países: los sudamericanos a atender sus varios problemas, y los árabes a atender los propios. Entre ellos, indudablemente, el de perpetuar sus gobiernos despóticos ahora bajo el guiño de la complacencia sudamericana.

La cooperación Sur-Sur ha sido afianzada.

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Por Julián Schvindlerman

  

Inquietud en el Pacífico – 18/05/05

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Asia en estos momentos no está en calma. Varias disputas regionales –la nuclearización de Corea del Norte, el acoso chino a Taiwán, la tensión chino-japonesa debido a su pasado, discrepancias territoriales entre el Japón, la China y Corea del Sur, el choque entre distintos regímenes políticos, competencia comercial, etc -le quitan la paz a ella y la tranquilidad al resto del mundo. Ciertamente, una mirada superficial por los actuales campos de la controversia asiática nos da una somera idea del potencial de conflicto que yace bajo la capa de admiración universal por la promesa económica regional.

La República Popular China ocupa un lugar central en esta compleja telaraña de problemas. Debido a su tremendo tamaño geográfico y poblacional, a su creciente militarización, a su poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, al impacto que sus productos ejercen en la economía global y al magnetismo para inversiones extranjeras que detenta su mercado, entre otros factores, la China es cada vez más regularmente vislumbrada como una próxima superpotencia mundial. La influencia china en la economía global ha sido tema de debate desde hace ya un largo tiempo; ahora se ha sumado un nuevo foco de atención en el impacto futuro sobre el sistema político internacional que conllevaría el despertar de este Gulliver oriental.

El híbrido modelo chino -que combina un sistema político comunista con un sistema económico liberal- oculta numerosos resentimientos domésticos nacidos de las grandes disparidades entre ricos y pobres (el 60% de la población, unas 800 millones de personas, vive en zonas rurales con menos de un dólar por día), la corrupción esparcida, y el abuso partidario, los que conforman el caldo de cultivo propicio para el estallido social. La estabilidad política china lejos está de ser asegurada por su dramático crecimiento económico. Externamente, China enfrenta traspiés en su relación con sus vecinos Japón, Corea del Norte y Taiwán, y debido a todo ello también con los Estados Unidos (a los que debemos sumar otras desavenencias propias de la relación bilateral).

EE.UU. no está conforme con el papel jugado por Pekín en el diálogo nuclear multilateral con Corea del Norte- país dictatorial que trafica armas, dólares falsos y drogas- y al que la China exporta gran parte del consumo energético y alimenticio. China teme que el colapso del régimen de Kim Jung II podría fomentar un éxodo masivo de refugiados hacia su frontera, razón por la cuál se opone a la imposición de sanciones internacionales, así como también por la preocupación del precedente sentado que podría a futuro ser aplicado contra Pekín. La reciente adopción de la legislatura china de una ley anti-secesionista que amenaza con el uso de la fuerza militar a Taiwán si la isla democrática fuera a declarar su independencia, ha irritado no solamente a los EE.UU. sino que ha dañado la iniciativa europea de levantar el embargo militar que pesa sobre la China desde que el régimen comunista reprimiera violentamente una manifestación pro-democrática en la Plaza Tiananmen en 1989.

Sus roces con el Japón han quedado en manifiesto recientemente a la luz de una controversia supuestamente generada por el revisionismo histórico japonés acerca de su rol como invasor en las décadas del 1930 y 1940, aunque la propia China también ha adoptado una narrativa auto-exculpadora de sus propios excesos históricos. Además de pelear por el pasado, ambas naciones mantienen en el presente una disputa territorial por unas islas y unas zonas económicas exclusivas en el océano pacífico. Pero es en torno al futuro –comercial primordialmente- donde la relación sino-nipona es especialmente compleja, con instancias tanto de competencia como de cooperación. Por ejemplo, el año pasado la China desplazó al Japón de su lugar como segundo importador de petróleo del mundo, luego de EE.UU., a la vez que se transformó en el principal socio comercial del Japón, a expensas de EE.UU. Lo que es indudable, tal como notara la revista británica The Economist, es que “en tanto ambos países se han hecho más ricos, más poderosos y más importantes como socios comerciales, así se han convertido en rivales naturales por la primacía dentro de su región”.

En efecto, Asia no está en calma. Aunque en rigor a la verdad, rara vez lo ha estado. Es solo que en un ambiente global ya de por sí saturado de amenazas a la paz y a la seguridad, el aporte de inestabilidad del lejano continente asiático –con sus ingredientes nucleares, totalitarios, nacionalistas, y competitivos- luce depresivamente familiar.

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Por Julián Schvindlerman

  

La estrategia democrática del Hamas – 04/05/05

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La afirmación irónica del poeta Mario Benedetti que “después de todo y pese a todo los viejos verdes son los únicos ardientemente ecologistas” solo puede tener cabida en el humor occidental. Pues en el Oriente Medio, y especialmente en Cisjordania y Gaza, las revoluciones verdes poco tienen que ver con la ecología y mucho con el florecer islámico tipificado en el verde de la bandera del movimiento fundamentalista Hamas; agrupación que, de resultar exitosa la que parece vislumbrarse como su nueva estrategia democrática, podría efectivamente tomar el poder político en las zonas autónomas palestinas en un futuro no muy lejano.

Desde la asunción de Mahmoud Abbas como presidente de la Autoridad Palestina (AP), el Hamas ha accedido a un cese de fuego temporario con Israel, ha negociado su incorporación, aunque de manera condicional, a los rangos de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), ha participado -y ganado- en elecciones municipales, y ha anunciado su intención de competir –por primera vez desde el surgimiento del autogobierno palestino- en elecciones generales legislativas. El Hamas goza de importante apoyo popular y luce dispuesto a transformarlo en un activo político mediante su participación en las próximas elecciones palestinas estipuladas para el 17 de julio. Estas acontecerán apenas tres días previos a la fecha determinada por el gobierno israelí para iniciar el programa de desconexión territorial; un tema que a todas luces será central en el debate electoral  palestino en el que el Hamas presentará dicha retirada como una victoria de la “resistencia islámica” y se posicionará en ventaja respecto de Fatah. Aún si el gobierno israelí fuera a postergar la implementación del programa unas pocas semanas, como se venía discutiendo, ese desarrollo permanecerá como un asunto primordial en el escenario palestino.

Muchos observadores internacionales han visto con agrado este desplazamiento del Hamas hacia la arena política y lo han interpretado como una transición efectiva de la guerra santa hacia la participación democrática. Otros han advertido que solo se trata de un cambio político táctico sin abandono de la meta estratégico-teológica de establecer un régimen islámico desde el Río Jordán al Mar Mediterráneo. En el marco de una política asertiva pro-democracia en la región, sustentada por una administración norteamericana sólida en principios y puesta en marcha de sus creencias y proyectos políticos globales, el liderazgo del Hamás debe haber concluido que es más prudente capitalizar el nuevo contexto regional que confrontarlo directamente. Y así como tres décadas atrás la OLP adoptó en El Cairo el “Plan por Fases” para la destrucción del estado judío en etapas, ahora también el Hamas puede haber incorporado la noción del gradualismo en su propio programa islamista.

Al comprender que el Hamas es una amenaza no solo para Israel sino para el futuro palestino, el presidente Abbas ha llamado a la agrupación musulmana a deponer las armas luego de las próximas elecciones parlamentarias: “Cuando un movimiento o milicia se transforma en un partido político, yo diría que entonces no habría necesidad para ellos de poseer armas”. Mahmoud Zahar, líder del Hamas en Gaza, respondió que su agrupación no se desarmará. Sumando a esto la caracterización del período de relativa calma actual como un “descanso del guerrero” que hiciera el líder exiliado del Hamas Khaled Mashal, y la continua utilización de los términos “resistencia” y “jihad” por parte de altos líderes de la agrupación islámica, y considerando la verdadera cosmovisión religiosa de este movimiento fundamentalista, podemos razonablemente asumir que el Hamas no ha renunciado definitivamente al terrorismo como método ni a su misión  teocrática como objetivo.

Según un estudio escrito por el analista militar Jonathan Halevi para el Proyecto Jerusalém para la Democracia en el Medio Oriente, a través de su participación en el proceso electoral palestino, el Hamas espera cosechar  elogios diplomáticos y frutos políticos. En febrero, Al-Hayat al-Jadeeda citó a Javier Solana, responsable de la política exterior europea, indicando que la UE reconsideraría su actitud frente al Hamas si las negociaciones con la AP eran fructíferas. Al mes siguiente, Al-Sharq al Awsat informó que Francia y España estaban actuando para remover al Hamas de la lista de agrupaciones terroristas de la Unión Europea. El precedente existe: recordemos que el Hizbullah no figura en los listados de movimientos terroristas de la UE precisamente porque algunos de sus países-miembro la consideran un partido político dada su representación en el parlamento libanés, independientemente de su violencia terrorista. Asimismo, eventuales contactos israelíes con un gobierno palestino que incluyera ministros del Hamas darían la señal de un supuesto reconocimiento israelí hacia el movimiento islamista, proveyéndole aún de mayor legitimidad internacional.

Para contrarrestar este desarrollo, el analista político David Makovsky sugiere en la edición actual de la revista Foreign Affairs una estrategia económico-política consistente en atacar el punto fuerte del Hamas. Dos semanas después de la victoria presidencial de Abbas, el Hamas ganó las elecciones municipales en gran medida gracias a sus actividades sociales como dador de asistencia médica y educativa no provistas por la AP. En consecuencia, la AP debería cubrir ese espacio ahora copado por el Hamas como proveedor de tales servicios sociales y además demostrar que la no-violencia acarrea beneficios económicos. Los países árabes del Golfo –que en los últimos dos años han obtenido decenas de miles de millones de dólares extra en beneficio petrolero, por encima de sus habituales miles de millones que reciben anualmente- deberían tener un rol más activo en el campo de la filantropía fraternal y facilitar el trabajo del liderazgo palestino. Y el mundo árabe en su conjunto bien podría desligitimizar el terrorismo suicida mediante claras condenas públicas  de esa práctica aberrante que ellos mismos están sufriendo. Esto contribuiría sustancialmente a neutralizar al Hamas como una fuerza política emergente.

Más allá de los incentivos económicos, no podemos descartar el papel de la ideología en las preferencias palestinas y advertir la magnitud del evento potencial. Según Halevi, una victoria del Hamas en las elecciones legislativas del próximo julio podría marcar una histórica toma de poder por parte del Hamas del movimiento nacionalista palestino. Si esto llegara a suceder, posiblemente hasta Benedetti fuera a perder su sentido del humor.

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Por Julián Schvindlerman

  

Un papa excepcional – 19/04/05

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De toda la profusa y conmovedora manifestación de congoja universal por la partida de Juan Pablo II, y de todo el consiguiente tributo laudatorio que colmó las páginas de los periódicos, las ondas radiales, los sitios de internet y las pantallas de televisión internacionales, el réquiem más inesperado lo encontré en las declaraciones provenientes de sectores progresistas que aplaudieron la trayectoria del difunto Papa muy a pesar de su  conservadurismo doctrinario y férrea defensa de valores y principios ortodoxos anatema para el progresismo, tales como su oposición al comunismo, al homosexualismo, a las relaciones sexuales premaritales, al uso del preservativo como método preventivo del SIDA, al aborto, al sacerdocio femenino, y al divorcio, entre otros. Así advertimos el impacto espiritual que el último Papa ha ejercido sobre el corazón de los hombres.

Cualquiera sea el caso, lo cierto es que Juan Pablo II ha sido un Papa excepcional: excepcionalmente bueno para los judíos y en esto una notable excepción en la historia vaticana. A contrapelo de las enseñanzas del odio y del desprecio al judío que emanaron de los púlpitos eclesiásticos y fueron propagados desde sus campanarios, más marcadamente durante el medioevo, Juan Pablo II en 1992 proclamó que el antisemitismo era un pecado contra D´s y contra el hombre. En contraste con la política vaticana durante la Segunda Guerra Mundial -que en plena Shoa pidió a EE.UU. que impidiera el establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina- Juan Pablo II estableció relaciones diplomáticas entre el Vaticano y el Estado de Israel a fines de 1993, visitó Jerusalém, rindió homenaje en Yad Vashem, e institucionalizó la ceremonia de recordación del Holocausto en el Vaticano.

Juan Pablo II fue un pionero en el acercamiento católico al pueblo judío. Fue el primer Santo Pontífice en viajar a Auschwitz, el primer Papa en visitar una sinagoga en la historia de la Iglesia Católica, y el primero en referirse a los judíos como los “hermanos mayores”. Abrazó el espíritu de la declaración Nostra Aetate con genuina devoción y pronunció sendos pedidos de disculpas al pueblo judío por los horrores inflingidos durante siglos de judeofobia clerical. El hecho de que estas disculpas fueran efectuadas en nombre de “los hijos e hijas de la Iglesia”, eludiendo de esta forma responsabilidad institucional por los pecados históricos de los Papados, despertó un escepticismo entendible en las comunidades judías las que no obstante no dejaron de recibir con agrado mesurado el gesto vaticano. 

Su afecto personal hacia los judíos puede verse en la cita en su testamento del Gran Rabino de Roma. Su respeto religioso hacia los judíos puede apreciarse en un hecho de su historia personal. Al finalizar la guerra, siendo él un joven cura, aconsejó a una mujer católica en Polonia la búsqueda de los padres del niño judío que éstos habían dejado en sus manos para salvarle la vida, en lugar de proceder con el bautismo y conversión del niño al catolicismo. Esto ocurrió al mismo tiempo en que el Papa Pío XII –notorio por su pecaminoso silencio frente al genocidio judío durante la Shoa- dio órdenes en Francia de mantener a los niños judíos -bautizados o no- que se encontraban en los conventos y monasterios y no facilitar su reunión con familiares. Semanas atrás recobró ímpetu el proceso de beatificación de Pío XII, proceso que, según algunas fuentes judías relacionadas con el diálogo interreligioso, Juan Pablo II ayudó a demorar.

Este récord convierte por lejos a Juan Pablo II en el Papa más amigable que el pueblo judío haya alguna vez tenido en más de mil quinientos años de historia católica. Pero no todo podía ser tan perfecto, y la diplomacia vaticana hacia el Medio Oriente atinadamente ilustra tal imperfección.   

Juan Pablo II recibió diez veces a Yasser Arafat desde 1982, época en la que era aún legendario por sus credenciales terroristas. Cuando el famoso palestino murió, el representante papal Joaquín Navarro Valls rezó por la paz “del difunto ilustre”. Juan Pablo II se opuso a la barrera de seguridad israelí conforme a la noción de que “la Tierra Santa no necesita murallas, sino puentes”. Bajo la capitanía de este Papa, el Vaticano fue un fuerte crítico de la intervención estadounidense en Irak. En esos tensos momentos mundiales de la preguerra, Juan Pablo II personalmente bendijo al canciller iraquí Tariq Azíz, al poner sus manos sobre la cabeza de éste y decir “D´s bendiga a Irak”. Finalizada la guerra, y con Sadam Hussein apresado, el cardenal vaticano Renato Martino expresó indignación por el aspecto despeinado y piojoso del derrocado líder iraquí; una indignación aparentemente ausente respecto del trato opresor que Sadam dio a su propio pueblo. Por lo cuál, y tal como acotara el reconocido comentarista y religioso Shmuley Boteach, “El resultado de tan desubicado afecto es que en tanto él abandona este mundo ampliamente amado y admirado, deja detrás de sí un planeta en donde son soldados norteamericanos, luchando y muriendo por la democracia, quienes más están haciendo por crear el Paraíso en la Tierra que los prelados y pastores de Juan Pablo”.

Naturalmente, desavenencias políticas no pueden, ni deberían, ensombrecer la trayectoria  formidablemente filojudía de Juan Pablo II. Su partida no puede sino evocar los sentimientos más nobles hacia su persona y la empatía más sincera con la grey católica en estos momentos de duelo espiritual.

El Vaticano ingresa en una nueva etapa, y también lo hacen las relaciones judeo-católicas. La Iglesia Católica –que representa a más de mil millones de devotos que equivalen al 50% de los cristianos y el 17% de la población mundial- enfrenta desafíos globales importantes: desde la pérdida de influencia y número en Europa hasta la competencia religiosa de otras sectas en Latinoamérica, desde los dilemas que presentan los avances científicos en el campo de la clonación y otros hasta el auge del Islam militante. Habiendo Juan Pablo II dedicado tanta energía y atención a la construcción del diálogo con los judíos, no sería descabellado suponer que el nuevo Papa orientará mayores esfuerzos hacia el mundo islámico, especialmente en tiempos en los que el Islam fundamentalista y el Cristianismo parecen estar reencontrándose en el campo de la confrontación.

Mirando hacia el pasado, vemos en Juan Pablo II un Papa excepcional. Al mirar hacia el futuro, no nos queda mas que esperar que no vaya a ser ese el caso por siempre.

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Por Julián Schvindlerman

  

Francia y el partido de Dios – 30/03/05

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“Recuperar de nuevo los nombres de las cosas,
llamarle pan al pan, vino llamarle al vino,
al sobaco…sobaco, miserable al destino
y al que mata llamarle de una vez asesino.”

Joaquín Sabina

Tiempo atrás, enfrentado a la temible amenaza de la religiosidad de niñas musulmanas en Francia, el gobierno de Jacques Chirac recurrió a la totalidad de la fuerza del estado galo, movilizó a legisladores y ciudadanos, y logró proteger el sagrado principio del laicisismo del avance arrollador del velo islámico. Desde hace ya un tiempo hasta el presente y por el futuro cercano, toda niña islámica que ose adherir a su Fe personal y cubrirse la cabeza en deferencia ortodoxa, queda automáticamente excluida de la enseñanza en escuelas públicas en el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Hay ciertos temas que los franceses se toman muy en serio, y el laicisimo evidentemente es uno de ellos.

Igual de evidente resulta el hecho de que el terrorismo no lo es. La penosa actitud de Francia de rechazar la caracterización del Hizbullah (o Partido de Dios) como una agrupación terrorista ilustra sobre el peculiar sentido de la proporción gala. Un simple atuendo religioso parece despertar fuertemente el sentido de la autodefensa francesa más que las acciones de un movimiento fundamentalista shiíta que perpetra actos de terror, fomenta la incitación racial, exporta ideología extremista, participa de emprendimientos criminales, y boicotea el diálogo palestino-israelí que la propia Francia estimula activamente.

Absurdamente, Francia defiende su postura afirmando que el Hizbullah es una facción política en el mapa libanés, ejemplificado en los delegados que tiene ante el parlamento de esa nación y el apoyo popular del que goza. El postulado tendría gollete si no fuera por el detalle de que esta “facción política” posee miles de misiles que apuntan a Israel -estado al que además declara querer destrozar- por el apoyo que brinda a las agrupaciones terroristas palestinas, y por su involucramiento en el terrorismo internacional. Tal como el Jerusalem Post sugirió, siguiendo esta línea de razonamiento Al-Qaeda debería dejar de ser considerada una organización terrorista al instante en que fuera a establecer un partido político en algún lugar del mundo. Parecería que el estado galo quisiera diluir la frontera que separa a un legítimo partido político de un violento movimiento fundamentalista.

Claramente, Francia no está siendo ridícula sino cínica. Por un lado emite rimbombantes pronunciamientos sobre la necesidad de la paz y la estabilidad regional, y por el otro excusa flagrantemente a una agrupación radical decidida a aniquilar todo atisbo de paz y estabilidad regional. Este es el típico dualismo político que le ha permitido a Francia en el pasado condenar el terrorismo y al mismo tiempo recibir con alfombra roja a Yasser Arafat al Palais d´Orsay, protestar a Israel en 1981 por inutilizar el reactor atómico de los iraquíes que los mismos franceses les habían vendido, o pintar la insignia libia sobre los Maguen David que adornaban el escuadrón de jets Mirage que Francia había construido para los israelíes pero que entregó a Gaddafi luego de imponer un embargo militar sobre el estado judío en 1967.

Recientemente, Francia privó de su onda satelital al canal televisivo del Hizbullah, Al-Manar, sobre la (correcta) identificación del radicalismo e incitación que saturaba su contenido. Esta medida positiva, desafortunadamente, no ha sido seguida del siguiente paso lógico: identificar al llamado “Partido de Dios” como la agrupación fundamentalista que es y así ubicarla en los listados de grupos terroristas de la Unión Europa; algo que requiere el consenso de los 25 países-miembro.

Si Francia aspira a obtener un papel relevante en las renovadas negociaciones de paz entre palestinos e israelíes, si pretende recomponer las dañadas relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, y si desea recuperar el espíritu democrático y libertario que otrora legó al mundo libre, entonces ella debería poder distinguir un partido político de un movimiento terrorista y llamarlo a este último por su nombre. Como primer paso, y para hallar inspiración, quizás el premier Chirac pueda empezar a escuchar las canciones del español Joaquín Sabina.