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Comunidades, Comunidades - 2005

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

¿Hacia un oriente medio democrático? – 16/03/05

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En la Casa Blanca deben estar festejando, y con buenas razones. La política exterior estadounidense para el Medio Oriente cimentada en la promoción de la libertad y la democracia ha recogido importantes logros, manifestados en las exitosas elecciones presidenciales en Afganistán, Irak, y las zonas autónomas palestinas, elecciones municipales en Arabia Saudita, un inesperado anuncio egipcio de adopción del multipartidismo para las próximas elecciones, y una súbita reacción popular anti-ocupación siria y pro-democracia en El Líbano.

Ninguno de estos desarrollos deben ser minimizados. En una región históricamente desconocedora de sistemas de gobierno que no sean despotismos, imbuida de una profunda aversión anti-occidental, y altamente proclive a la fantasía política y a la autoindulgencia colectiva, es poco menos que milagroso el surgimiento de un –por ahora incipiente- despertar democrático integrador de valores y prácticas occidentales. Con la excepción israelí y turca, ambas naciones no-árabes, el Medio Oriente árabe había permanecido alarmantemente ajeno a la ola democratizadora mundial de los años noventa. Hasta ahora.

Demás estar decir que esta tendencia (si es que ya podemos usar el término) es resultado directo de la filosofía neoconservadora en Norteamérica así como de la fortaleza de las convicciones del presidente George W. Bush y de la firmeza con las que las ha aplicado a su política exterior. Las elites intelectuales del mundo libre habían universalmente caricaturizado a este idealista-realista de ser excesivamente parroquial, insufriblemente simplista, y peligrosamente arrogante. Sus nociones libertarias fueron repudiadas como parte de un ambicioso plan de Pax Americana global, sus discursos basados en sus principios y la claridad moral fueron reducidos a la extravagancia de un cowboy tejano ignorante, su insistencia en la necesidad de reforma política como preludio a la estabilidad regional fue descartada como algo fútil. Y sin embargo, en apenas poco más de tres años, empiezan a gestarse los primeros pimpollos de lo que el activista en derechos humanos egipcio Saad Eddin Ibrahim llamó la “primavera árabe de la libertad”.

Tan solo esperemos que a esta primavera democrática no le siga un invierno autoritario o fundamentalista. Claro que hay motivos de sobra para celebrar, pero con prudencia. Pues la democracia es una condición necesaria, pero insuficiente, para el advenimiento de la paz. Deberíamos estar alertas a tres aspectos que hacen al contenido, a las formas y las consecuencias.

En torno al contenido, tal como nos recuerda el escritor Carlos Alberto Montaner, mal empleada, la democracia puede ser autodestructiva, como cuando los italianos y los alemanes eligieron a Hitler y Mussolini respectivamente el siglo pasado. O, si no está acompañada de progreso social y económico, puede reavivar la nostalgia autoritaria de los gobernados. Ausente, a su vez, un verdadero estado de derecho, la democracia es una farsa. Pero si bien la democracia es un sistema de gobierno imperfecto, aún sigue siendo preferible a una dictadura. Winston Churchil famosamente captó esta verdad obvia al decir que la democracia era el peor de los sistemas, a excepción de todos los demás.

En lo que a formas concierne, deberíamos estar atentos a no confundir democracias verdaderas con falsas democracias en las que los adornos de la libertad ensombrecen las realidades del despotismo: elecciones libres pero ausencia total de una genuina cultura democrática, o de una vibrante sociedad civil, o de irrestricta libertad de expresión religiosa, política y sexual. No sea cosa que a posteriori la filosofía que avala la actual política democratizadora sea vituperada sobre la base de una deficiente implementación, en líneas similares al debate latinoamericano contemporáneo acerca del fracaso del modelo de libremercado como postulado económico cuando en realidad hubo una mala aplicación práctica del mismo en el terreno estos últimos 15 años.

Y en cuanto a las consecuencias, en la escena del Medio Oriente esto significa el riesgo del ascenso del islamismo al poder. Estuvo por ocurrir en Argelia en 1992, y aconteció luego en Turquía y Bangladesh. Tal como el comentarista Daniel Pipes señaló, en Irak las elecciones están llevando al poder a un islamista pro-iraní. Las elecciones en Arabia Saudita presenciaron un triunfo de los islamistas. El repliegue sirio de El Líbano bien podría resultar en un fortalecimiento del movimiento fundamentalista shiíta Hizbullah. En Egipto, los islamistas también podrían prevalecer en elecciones verdaderamente libres. Este escenario inquietante hace tiempo viene siendo debatido en foros internacionales y no hay demasiado espacio para las conclusiones fáciles. Pero de una cosa podemos estar seguros: la realidad global que produjo un Medio Oriente plagado de dictaduras ha sido bastante nefasta para la paz y la seguridad.

Ha llegado el tiempo de promover a escala mesooriental un sistema de gobierno benigno, imperfecto pero infinitamente más justo y libre que el totalitarismo pernicioso. La promoción de la democracia en el Oriente Medio no es un emprendimiento libre de riesgos. Pero tales riesgos lucen a priori menores que los riesgos que emanan de las dictaduras. Y en el análisis final, la promoción de la democracia es una misión política y moral más en consonancia con los valores del Occidente libre que lo que la tolerancia hacia el totalitarismo lo es. 

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Por Julián Schvindlerman

  

Asesinato en Beirut – 02/03/05

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En una clásica novela policial, la pregunta inmediata que surgiría luego del brutal atentado que cegó la vida del político y empresario Rafik Hariri es: ¿Quién se beneficia de esta muerte? La respuesta obvia es, Siria. Hariri era una prominente figura libanesa, un hombre muy conectado financiera y políticamente con las elites de su país, de la región y de varios países del mundo, y un fuerte opositor a la presencia siria en su país. La asociación del régimen sirio con la muerte de Hariri es tan obvia que ha llevado a algunos analistas a preguntarse por qué habría Bashar Assad de ordenar el asesinato de un personaje tan respetado mundialmente cuya muerte inevitablemente pondría a Siria en la pole position de los sospechosos usuales.

Los motivos son muchos según Gary Gambill, un analista político de Freedom House. En primer lugar, uno de los pocos actores que podrían efectuar algo tan políticamente osado en territorio libanés sin temor a ser castigados por los patrones sirios, son justamente los propios sirios. El Líbano es además una zona muy castigada por asesinatos políticos atribuidos a agentes sirios en el pasado: el líder druso Kamal Jumblatt, los presidentes Bashir Gemayel y Rene Mouawad, y el mufti Asan Khaled entre los más prominentes, así como un intento de asesinato el pasado octubre contra el ex ministro de economía y comercio Marwan Hamadeh. La cantidad de explosivos empleados indica una clara intención de garantizar la muerte de Hariri (no tan solo enviar un mensaje) y el transporte de los mismos en una capital custodiada por policías entrenados para detectar coches-bomba y repleta de agentes secretos sirios sugiere connivencia del más alto nivel.

Pero por sobre todo, el contexto político. A fines de 2004, en una rara muestra de comunión política libanesa, varios movimientos políticos que integran la oposición a la ocupación siria del Líbano se reunieron en el hotel Bristol en Beirut y emitieron una declaración de denuncia de la forzada reforma constitucional mediante la cuál Siria extendió el mandato del gobierno-títere de Emil Lahoud el previo agosto. Según el experto Robert Rabil, esto marcó la primera vez desde la independencia libanesa en 1943 en que drusos, sunitas, maronitas, izquierdistas y otras sectas libanesas (salvo los shiítas, aliados sirios) formaran un bloque político intra-comunal similar al que estableció el pacto nacional de 1943. En febrero del presente año, un nuevo encuentro del bloque opositor en el hotel Bristol exigió la retirada total de las tropas y agentes sirios. Hariri, quién había renunciado a su cargo ministerial en el gobierno en protesta por la injerencia siria y había mantenido cierto perfil bajo, se había sumado a esta iniciativa, algo que alteraba fuertemente la balanza de fuerzas políticas en la arena libanesa.

Otros desarrollos inquietantes para los sirios en la escena internacional completaban un cuadro peligroso para sus intereses. En una extraña instancia de cooperación diplomática franco-estadounidense, en septiembre del año pasado el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas adoptó la Resolución 1559 que exige la retirada siria del Líbano. A fines de 2003, la administración Bush había adoptado the Syrian Accountability Act que impone sanciones económicas sobre Damasco. En su discurso del “Estado de la Unión”, el presidente Bush había pronunciado sendas advertencias al gobierno de Assad por su conducta; la que incluye participación en el mercado mundial de la droga,  patrocinio del terrorismo internacional, procuración de armamento no convencional, apoyo a insurgentes iraquíes, retención de activos del gobierno de Saddam Hussein en bancos sirios, y la ocupación del país vecino. (Asimismo, EE.UU. e Israel han estado presionando a la Unión Europea para que incluya a la agrupación fundamentalista Hizbullah, apoyada por Irán y Siria, a su lista de movimientos terroristas). Viendo el cierne de amenazas al orden político impuesto en El Líbano, Damasco decidió actuar de la manera usual: con la violencia política.

Pero el tiro salió por la culata. EE.UU. retiró a su embajador de Damasco y, nuevamente junto a Francia, generó una petición solicitando a la secretaría de la ONU que investigue el atentado contra Hariri. La comunidad internacional reaccionó consternada e incluso la prensa progresista criticó duramente al régimen sirio. Que todo el espectro político libanés (a excepción de los aliados sirios, los shiítas del Hizbullah y del grupo Amal) haya puesto su condena en las puertas de Siria –en lugar de Israel, como suele ser el caso frente a cualquier inconveniente árabe- es todo un indicador de hasta que niveles ha llegado el hartazgo popular con la interferencia siria en los asuntos domésticos del Líbano.

Un momento político especial ha surgido para que la familia de las naciones derribe una de las ocupaciones más brutales del Medio Oriente. Por el bien de los libaneses, de la estabilidad regional y de los más altos valores de la libertad, esperemos que esto pronto suceda.

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Por Julián Schvindlerman

  

De la rabia a la razon – 12/01/05

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Para todo aquél que aún no haya leído los últimos dos libros de Oriana Fallaci -La Rabia y El Orgullo (2002) y La Fuerza de la Razón (2004) – me remito a un breve y enfático consejo: no pase un minuto más de su existencia sin leerlos. Ambos libros son fundamentales para comprender los desafíos políticos, religiosos, culturales e ideológicos de la realidad contemporánea; para entender la necesidad de reaccionar frente a los mismos; para advertir que aún existen intelectuales sensatos y valientes en este mundo; y para renovar el animo decaído frente a tanta idiotez, hipocresía, mediocridad y cobardía colectivas, vastamente esparcidas entre los países occidentales y muy especialmente en los círculos en los que habitan los bien pensant, esos seres moralmente devaluados instigadores de la dictadura de lo politically correct.

En ambos libros Fallaci embiste contra los enemigos usuales: el Islam radical, la Europa complaciente, la izquierda fundamentalista, la Iglesia Católica, la clase política italiana, y los millones y millones de espectadores no-pensantes que, cual autómatas, fagocitan todas y cada una de las porquerías que en forma de clichés la intelligentsia ininterrumpidamente arroja al mercado persa de ideologías caducas en que nuestro planeta se ha transformado.

Con La Rabia y El Orgullo, Fallaci había roto un silencio auto-impuesto de una década de duración. Los eventos del 11-S sacudieron a la periodista italiana; ella tenía algo importante que decir, y lo dijo sin vueltas: Bin-Laden es la cumbre de la montaña, pero el problema para occidente es toda la montaña. «Esa montaña que no se mueve desde hace mil cuatrocientos años, desde hace mil cuatrocientos años no sale de las profundidades de su ceguera, no abre las puertas a las conquistas realizadas por la civilización, no quiere saber nada de libertad ni de justicia ni de democracia ni de progreso». Y que la guerra que el Islam había lanzado contra Occidente, más que bélica era cultural, un ataque al alma de la civilización occidental, un golpe al corazón de los principios más nobles y liberadores que la humanidad había gestado y cobijado con tanto esfuerzo a lo largo de los siglos. Y una vez hecha su denuncia, finalizaba de manera contundente: «Stop. Lo que tenía que decir lo he dicho. La rabia y el orgullo me lo han ordenado, la conciencia limpia y la edad me lo han permitido. Ahora basta. Punto y basta».

Afortunada mente para sus lectores, fue un punto y seguido. En su nuevo libro, La Fuerza de la Razón, la autora -más sosegada pero no menos aguda- expone de manera fehaciente la naturaleza violenta del Islam, la historia de guerras santas y cruzadas con las que se enredó con Europa a lo largo de varios siglos, la invasión no beligerante pero muy física en la actualidad mediante la inmigración al continente, la ofensiva cultural de los nuevos inmigrantes, y -una perla informativa terriblemente perturbadora- la cooperación voluntaria del establishment europeo en transformar a Europa en Eurabia, es decir, en lo que ella llama «una colonia del Islam».

Sobre este punto, Fallaci cita un documento europeo rescatado originalmente de los archivos polvorientos por Bat Ye’or, una autoridad respecto del Islam y las minorías, denominado «Resolución de Estrasburgo», adoptada décadas atrás por la Asociación Parlamentaria para la Cooperación Euro-Árabe. Allí se declara la  disposición  europea  a  exportar tecnología al mundo árabe a cambio de petróleo y «reservas de mano de obra árabe» (léase musulmana). Dice que se les   debe respetar   sus    derechos fundamentales  y  que  «deberán  ser equivalentes a los de los ciudadanos nacionales». Habla de «la necesidad de crear por medio de la prensa y demás medios   de   información   un   clima favorable  a los  inmigrantes y  a sus familias» y que se ha de «exaltar a través de la prensa y del mundo académico la contribución dada por la cultura árabe al desarrollo europeo». También elabora sobre el derecho de los inmigrantes musulmanes a «exportar a Europa su cultura» y a «propagarla y difundirla». A  la  luz de  lo cual el  crecimiento demográfico islámico en el seno de Europa es apenas sorprendente, tal como lo es la atmósfera apologética frente al radicalismo de muchos de esos inmigrantes, o la actitud benévola de los medios y la academia en torno al Islam, o la proclividad a condenar a Israel por cualquier motivo o a cuestionar el proyecto democratizador estadounidense en el Medio Oriente, etc., etc.

En suma, de cómo Europa se ha vendido al Islam, de cómo se ha convertido en una «provincia donde el Corán es el nuevo Das Kapital, Mahoma el nuevo Karl Marx, (y) Ben Laden el nuevo Lenin…». Para Fallaci, el vínculo entre el Islam y la izquierda europea es muy coherente, dado que esta última ya ha dejado de ser laica para pasar a ser «confesional» y «eclesiástica», de «unaideología que se acoge a la Verdad Absoluta», donde como en el Islam, de una parte están «los fieles» y de la otra «los infieles», que «nunca reconoce sus culpas y sus errores» y que «no acepta que pienses de una forma diferente, y si piensas de una forma diferente te desprecia, te denigra, te procesa, te castiga, y si el Corán, o sea, el Partido, ordena fusilarte, te fusila».

En su nuevo libro, hay también espacio para criticar a la «filoslámica ONU», «la Europa de los banqueros que han inventado la farsa de la Unión Europea, de los Papas que han inventado la fábula del Ecumenismo, de los facinerosos que han inventado la mentira del Pacifismo de los hipócritas que han inventado e fraude del Humanitarismo» y mucho más. Yo paro aquí. Ud., hágame caso. Lea el resto en las páginas de estas dos auténticas gemas que son los dos más recientes libros de la valiente florentina.

Comunidades, Comunidades - 2004

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Por Julián Schvindlerman

  

Los Israelíes no minimizan el dolor Palestino – 29/12/04

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Nuestro columnista Julián Schvindlerman viajó a Venezuela a dar una serie de charlas en ámbitos académicos y universitarios vinculadas a la temática del Medio Oriente. A continuación publicamos un reportaje que le hiciera el Diario Tal Cual de Venezuela, uno de los más importantes del país.

TC: Algunos han dicho que la muerte de Arafat representa una oportunidad para la paz en Medio Oriente; sin embargo, usted ha escrito que esta ausencia abre paso a “escenarios sombríos”.
JS: La partida de Arafat favorece la posibilidad del surgimiento de un liderazgo nuevo, más inclinado a la negociación política y menos aferrado a las doctrinas que han guiado al movimiento nacionalista palestino. La oportunidad está marcada por el hecho de que Arafat había sido ya identificado como un obstáculo para la paz. Esto dio lugar a que emergieran nuevos líderes, con los que Israel entendió que podía hablar más. Está principalmente la figura de Mahmud Abbas (también conocido como Abu Mazen), que tuvo que renunciar al puesto de primer ministro porque Arafat lo trababa y no lo dejaba instrumentalizar políticas más contemporalizadoras. Pero Abu Mazen escribió una tesis doctoral en ruso donde minimiza el genocidio judío en la Segunda Guerra Mundial. Entonces, quizás una buena prueba de que cambió su mentalidad o disposición política a la negociación es exigirle que públicamente lo repudie. Los israelíes nunca minimizan el dolor palestino.

TC: Israel y Estados Unidos trataron de disminuir o desplazar a Arafat sin éxito. Al final, tenían que buscarlo para bajar tensiones y conseguir a un interlocutor válido ante los palestinos. Ahora que ya no está, ¿no lo echarán de menos ante la previsible insurgencia de grupos radicales?
JS: Ese es uno de los riesgos que tiene la escena palestina que, ante la ausencia de un líder que ha sido radical pero que al menos negoció, se opte por el fundamentalismo islámico que ni siquiera reconoce a Israel. Por otro lado, es mejor las cartas sobre la mesa y las cosas claras. Hamas declara que quiere destruir a Israel, entonces, si sube ya el estado judío sabe que está frente a un enemigo declarado. En este sentido, creo que la decisión es en última instancia de los palestinos. La esperanza sería que aparezca alguno que tenga chance real, peso político y apoyo popular para poder instrumentalizar políticas de negociación efectivas entre las partes.

TC: ¿Negociará Israel con facciones que, aún siendo catalogadas como extremistas, resulten vencedoras en los comicios palestinos?
JS: Este es un campo que pertenece más a la teoría académica; es decir, dar democracia en todos lados y qué hacer con los resultados. Creo de todas maneras que debería haber democracia, porque la alternativa sería un líder medio puesto por quién: ¿Israel? ¿EEUU? ¿Europa? No tiene chance de supervivencia. A la larga va a terminar cayendo. Y la falta de legitimidad representativa en el mundo árabe es un problema serio. En todo caso, permanentemente va a haber inestabilidad en la zona si no hay un apoyo del pueblo, lo que no quiere decir que el apoyo popular sea garantía de nada. No habrá dilema porque Israel no negociará con quienes no quieren hacerlo.

TC: ¿Cuál es la naturaleza de la paz posible en las condiciones actuales de Medio Oriente?
JS: Lo que sugiero es administrar el conflicto. Concentrémonos en minimizar la tragedia, en terminar con la pérdida de vidas humanas en los dos bandos. ¿Cómo hacer esto? En primer lugar la valla de seguridad es necesaria porque logra una retirada israelí, y pone una frontera que puede ser temporal, no política, pero que al menos en materia de seguridad funciona y permite a los palestinos gestar su autogobierno. O bien, lo bilateral que es la Hoja de Ruta – plan de paz propuesto por EEUU- y tratar de recomponer por ese lado. Pero, conceptualmente, intentar resolver un conflicto tan difícil como éste, donde están entremezclados intereses económicos, religiosos, políticos, culturales y sociales parece que es pedir mucho en este momento.

TC: ¿Debe formularse un nuevo plan, que incluya los requerimientos del liderazgo palestino electo?
JS: Eso existe en la Hoja de Ruta, un acuerdo que está suscrito por la ONU, Rusia, EEUU, la Unión Europea y que palestinos e israelíes han aceptado con ciertas reservas. En este sentido, ya hay un rector. Existe un gran documento, que no es fácil negociar a veces con tantas partes involucradas, y por eso creo que es la posibilidad más directa y clara de poder implementar algo. La Hoja de Ruta está armada casi de manera secuencial y el primer paso palestino es dejar de incitar y matar israelíes, lo cual es lógico desde todo punto de vista porque uno no se puede sentar a negociar mientras le están disparando.

TC: Analistas han dicho que luego de la salida intempestiva de un partido minoritario de la coalición que apoya a Ariel Sharon, su gobierno puede tambalearse y que, por ende, estaría en peligro la retirada de las fuerzas israelíes de la Franja de Gaza en 2005. ¿Ambos supuestos podrían cumplirse? ¿Cómo evalúa el estado de la democracia israelí?
JS: La institución democrática se mantiene, lo que hay es un rearmado de la coalición oficial. La democracia, al contrario, se está afianzando en el sentido de que este es un ejemplo clarísimo de cómo un gobierno no puede llevar adelante una política sin el consenso popular, sin el apoyo de los partidarios de la oposición. Ahora se está hablando inclusive de una coalición de unidad entre el Likud, el laborismo y un par de partidos religiosos para dar suficiencia de diputados en el parlamento, poder pasar adelante con las resoluciones y adoptar las que se necesiten.

TC: Sharon fue duramente criticado por su plan de retirada, incluso dentro de las filas de su partido Likud, y en su momento fue acusado de corrupción. ¿Considera que su liderazgo aún está vigente y en capacidad de llevar a Israel hacia las negociaciones de paz?
JS: Bueno, ha sido dañado pero no en el sentido que nos imaginamos. Tradicionalmente ha portado una imagen internacional negativa y en Israel es considerado un gran líder por su contribución al Estado, pero también tiene fama de problemático. Cuando estalla la Intifada, el pueblo israelí le vuelve a pedir a Sharon que venga a hacerse cargo del Gobierno porque su fama más legendaria es la de saber lidiar con el terrorismo palestino y tenía esta imagen de duro. Sin embargo, la realidad es que las medidas que tomó no fueron distintas a las ejecutadas por sus predecesores inmediatos. En el área política sucede una cosa que es totalmente a la inversa. Aunque políticamente es un hombre de ala dura, ha venido demostrando una flexibilidad ideológica muy importante. Es él quien está persuadiendo a los partidos de la derecha sobre la necesidad de retirarse de los territorios, lo que es un planteamiento político originado en la izquierda.

TC: Sin embargo, medidas como la construcción del muro de seguridad reafirman la mala imagen de Sharon, quien parece querer arrinconar al pueblo palestino.
JS: Acá hay algo mucho más fundamental que es la agresión armada no provocada y lanzada por los palestinos contra los israelíes. Esta valla de seguridad es necesaria para proteger vidas. Ahora, la valla de seguridad no pone un gueto a los palestinos, pues no es para marginarlos a ellos sino para proteger a los israelíes. De hecho, la resonancia psicológica que tiene la noción de la valla en Israel es enorme porque los judíos sí fueron puestos en guetos históricamente. No es que Israel es un estado apartheid. Este proceso (de paz) trató de integrar a los dos pueblos. Hay un montón de proyectos conjuntos, de zonas industriales creadas. Pero hay una realidad bélica concreta que no se puede ignorar. Es así de simple.

Entrevistaron Pedro Pablo Peñaloza y Alejandro Hinds.

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Por Julián Schvindlerman

  

La ONU frente a los genocidios – 01/12/04

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El pasado mes de noviembre, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas llevó a cabo un acto inusual en materia de procedimiento: sesionó fuera de Nueva York por primera vez en casi dos décadas. El lugar elegido fue Nairobi, el propósito fue analizar la «situación» en Sudán. Esa palabra-código alude al genocidio de más de dos millones de personas en el marco de la guerra civil que azota al norte y al sur desde 1983, y a las atrocidades que acontecen en la región del oeste del país, Darfur, en la que se estima han sido asesinadas 70.000 personas y más de un millón han sido desplazadas.

En esta oportunidad, el Consejo logró adoptar una resolución de condena al Sudán, para lo cuál algunos de sus miembros tuvieron que abandonar la idea de imponer sanciones, con lo que dicha resolución quedó inserta en el plano de lo simbólico/diplomático y carente de efectividad. Dos miembros permanentes con poder de veto -Rusia y China, importantes proveedores militares y socios comerciales de Sudán- ya han expresado en el pasado su rechazo a la imposición de sanciones de ningún tipo sobre el régimen sudanés. Otros dos miembros no permanentes Argelia y Pakistán- en forma similar se han opuesto a partir de nociones extravagantes de «solidaridad musulmana». Razón por la cual, se debió negociar el texto de una resolución de condena que excluiría la inclusión de sanciones. (A la semana siguiente al encuentro de Kenya, la Asamblea General de la ONU sesionó en Nueva York y votó en contra de una resolución condenatoria del gobierno sudanés por su complicidad en tales matanzas. Países africanos, tercermundistas e islámicos se unieron como es penosamente habitual y derribaron esta resolución).

Lo que resulta especialmente llamativo es que el propio representante especial de la ONU para Sudán, Jan Pronk, también se oponga a las sanciones. «Deberían ser el último recurso» dijo a periodistas el mes pasado y, que sólo debían adoptarse si todos los esfuerzos diplomáticos han fracasado. Su fría y evidente indiferencia frente a las gravísimas violaciones a los derechos humanos que las milicias árabes llamadas janjaweed (hombres a caballo) cometen contra población indefensa en ese país africano, empleando las violaciones como una de las armas y la protección oficial como escudo, es poco menos que escandalosa… pero muy típica de la actitud de oficiales de la ONU respecto de masivas y horribles carnicerías, más allá de la cháchara sentimentalista a la que estos diplomáticos de corazón sensible nos suelen someter. Tómense como precedentes los casos de Rwanda y Bosnia-Herzegovina.

En 1994 la pequeña nación africana de Rwanda se sumió en una limpieza étnica escalofriante en la que en un plazo de 100 días extremistas hutu y sus seguidores, bajo el estímulo de la incitación radial, mataron de la manera más bestial a unos 800.000 tutsis. Según un raconto de Dore Gold (ex embajador israelí ante la ONU), el general Romeo Dallaire, el comandante canadiense responsable de las fuerzas de la ONU allí asignadas, informó a sus superiores con antelación sobre los planes de exterminio de los hutus y sugirió que se les quitaran las armas. La respuesta del Departamento de Operaciones de la Paz de la ONU, que presidía en aquel entonces un tal Kofi Annán, fue clara: no hacer nada, lo que en la jerga de la ONU fue expresado así en un mensaje a Dallaire: «La consideración determinante es la necesidad de evitar entrar en un curso de acción que podría conducir al uso de la fuerza y a consecuencias no anticipadas» y se le instruyó para que evacuara a extranjeros solamente. Cuando la masacre comenzó, la ONU retiró a todo su personal asignado allí cuya misión era «garantizar la paz». Diez años después, Kofi Annán reconoció públicamente su responsabilidad en este genocidio al decir: «Yo creí en aquel entonces que estaba haciendo lo mejor. Pero me di cuenta luego del genocidio de que hubo más que yo pude y debí haber hecho para hacer sonar la alarma y obtener apoyo». Por su parte, el general Dallaire cayó en una depresión suicida luego de regresar a su patria porque la ONU no envió refuerzos cuando los rwandeses le rogaban ayuda, según un informe del periódico The Guardian de Nigeria.

Entre  1992-1995, Bosnia-Herzegovina estuvo sacudida por feroces ataques de serbios contra musulmanes. Los primeros contaban con el apoyo estatal bajo el liderazgo de Slobodan Milosevic y estaban decididos a limpiar étnicamente a Yugoslavia de la minoría islámica. La ONU había ubicado tropas allí para proteger a los musulmanes, a quienes distribuyó en seis «zonas seguras» entre ellas Srebrenica. Los serbios no tuvieron problema alguno en asesinar a miles de musulmanes en esta ciudad dado que las tropas de la ONU abandonaron el lugar dejándolos a merced de los atacantes serbios La responsabilidad criminal de la ONU en esta tragedia ha sido agravada por el hecho de que fue esta misma institución la que estimuló a los musulmanes a desplazarse a esta «zona segura» bajo supuesta protección internacional. Tal como afirmó el académico estadounidense Joshua Muravchik en un análisis de este episodio, “La organización los había, en efecto, reunido para la matanza”.

El manejo por parte de la ONU de estas graves crisis humanitarias en Sudán, Rwanda y Srebrenica no solamente ilustra de manera shockeante la ineptitud política y  la deriva moral de este organismo internacional, sino que también pone en evidencia una singular negligencia criminal de varios de sus oficiales de alto rango por la que algún día deberían responder.

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Por Julián Schvindlerman

  

El enigma y el legado de Arafat – 17/11/04

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Tanto en la vida como en la muerte, casi todo en Yasser Arafat ha sido enigmático. ¿Había muerto o estaba aún vivo? ¿Tenía coma irreversible o recuperable? ¿Parálisis cerebral o un ataque de hígado? ¿Fue envenenado o enfermó naturalmente? El no podía simplemente sufrir un paro cardíaco y hallar una muerte certera; tenía que terminar sus días vegetando en esa zona tan típicamente suya, ese territorio familiar de la incertidumbre, la vaguedad, el misterio y -al mismo tiempo- la notoriedad, la publicidad y la fama. Su muerte fue una metáfora de lo que ha sido su vida: incierta y confusa. Un terrorista y un premio Nóbel de la Paz. El líder del nacionalismo palestino que no nació en Palestina. Símbolo de los refugiados quien nunca fuera un refugiado. Padrino de un pueblo pobrísimo cubierto él de riquezas (el noveno dirigente más rico del mundo, según la revista Forbes). Indudablemente, Arafat ha sido un gran acertijo.

Así como Arafat se apropió de la causa palestina, luego sus seguidores han querido apropiarse de él. Suha, su distanciada esposa, desde París y protegida por la ley francesa acaparó la información sobre el estado de salud del rais y sus haberes. Las protestas no tardaron en llegar. «El presidente Arafat no pertenece sólo a su familia sino también al pueblo palestino» dijo Ahmed Qurei. «Arafat es más que el marido de Suha, él es un símbolo, es el padre de los palestinos» agregó Annan Ashrawi. La Autoridad Palestina decidió enviar una delegación a Francia y Suha elevó el nivel del choque. «Les digo que quieren enterrar vivo a Abu Ammar» (su nombre de guerra) disparó histéricamente ante la televisión Al-Jazeera en un mensaje dirigido al «honorable pueblo palestino». Desde los territorios contraatacó un alto oficial de Fatah: «Ella está reteniendo al presidente como rehén». La confrontación, otro signo distintivo de este místico personaje palestino.

Y de esta forma nos introducimos en su legado. Para evaluarlo, ya no hace falta incursionar en la genocida currícula educativa palestina que ha engendrado una generación de jóvenes jihadistas delirantes de sangre y muerte. No. Basta leer un par de consignas colgadas sobre la pared del hospital militar donde él fue internado: «Arafat nos ha abierto las puertas de Jerusalem» o «Palestina derrotó a Roma, vencerá a Washington». Thomas L. Friedman del New York Times tipeó las palabras «Yasser Arafat, Palestina, educación» en el buscador de Internet Google y no halló nada. Insertó la combinación «Yasser Arafat, martirio, jihad» y aparecieron muchas páginas. Hablar de su legado no es cosa fácil, dado que, en palabras del diplomático norteamericano Dennis Ross, «Arafat les ha dado a los palestinos un pasado y no un futuro».

Debido a ello, los escenarios probables de la era post-Arafat lucen sombríos. El vacío de poder que él ha dejado al no entrenar y legitimar a un sucesor transitorio -hecho atribuible a su irresponsabilidad dirigencial y su avaricia política- inevitablemente derivará en luchas de poder dentro de la Autoridad Palestina y Fatah, así como entre ellas y otros movimientos tales como el Hamas o la Jihad Islámica. Según la ley palestina, el vocero del parlamento, Rauhi Fattouh, asumirá la presidencia por un plazo de dos meses y elecciones serían convocadas. Sin embargo, el comité ejecutivo de la OLP podría optar por elegir al sucesor de Arafat directamente y eludiría las elecciones populares. Líderes shampoo -es decir, «nuevos y mejorados»- a-la AbuMazen o Ahmed Qurei que carezcan de apoyo popular y del soporte de los aparatos de seguridad difícilmente tendrán una larga vida política útil, aunque al principio posiblemente ellos prevalezcan en el reinante caos institucional palestino. El legendario y exiliado «canci­ller» de la OLP, Faruq Qaddumi, aún más radical que el propio Arafat, no emerge como una figura prometedora para el diálogo con los israelíes. Marwan Bargouthi, como todo terrorista palestino que se precie, posee las credenciales suficientes para obtener simpa­tías populares, pero adolece del inconvenien­te de estar encarcelado en Israel. Y la tensión histórica entre los aparatos de la (in)seguridad en Gaza y Cisjordania podría terminar en un quiebre entre estas dos zonas dando lugar a lo que el analista político Jonathan Schanzer ha denominado la posibilidad de “dos Palestinas” enfrentadas, cada una gobernada por su propio tirano. Las chances de conformar une coalición gobernadora que incluya a todas las facciones palestinas -políticas, terroristas seculares   y   religiosas-   podrían ser temporariamente exitosas pero improbable de sostener a largo plazo. Con lo cual, elecciones libres y democráticas serán imperativas para brindar legitimidad y estabilidad; un nuevo liderazgo aún cuando conlleven el riesgo de llevar el fundamentalismo islámico al poder.

Arafat ya está fuera de escena política, pero el mito perdurará. Tal como perdurarán el enigma del personaje y, lamentablemente, su legado de caos y destrucción.

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Por Julián Schvindlerman

  

Dos paradigmas diferentes – 20/10/04

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La comicidad es parte de la política. Enfrentado a un contrincante veinte años más joven en las elecciones de 1984, el septuagenario Ronald Reagan fue cuestionado por su edad para liderar una nación, a lo que respondió: «No haré de la edad un tema de esta campaña. No explotaré con propósitos políticos la juventud e inexperiencia de mi oponente».

Y el absurdo también es parte de la política. Durante el primer debate televisado entre George W. Bush y John F. Kerry, éste último sugirió que las acciones norteamericanas debían «pasar el test global», por lo que fue duramente atacado por los republicanos quienes usaron la frase para exponer los peligros del multilateralismo demócrata. Posteriormente, en un intento por aclarar las cosas, Kerry las terminó empeorando. Dijo a la CNN: «Puedo proteger mejor la seguridad de los Estados Unidos porque el test del que yo estaba hablando era un test de legitimidad, no solo en el globo, sino en todas partes». Ahora bien. Ya era suficientemente malo que Kerry quisiera someter la defensa nacional y la política exterior estadounidense a los caprichos de Francia y Alemania (o Burundi, para el caso). Pero que también parezca estar dispuesto a consultar a Marte y Júpiter -«no solo en el globo, sino en todas partes»- antes de actuar le resulta a este comentarista un poco exagerado.

Desde ya que aquello no fue más que un gaffe del candidato demócrata, pero el lapsus traiciona su veta universalista. Y este universalismo desubicado tan pregonado por los demócratas da testimonio a la diferencia fun­damental entre conservadores y liberales (léase progresistas) no solamente en EE.UU. sino en todo el orbe. Mentalmente, los conservadores habitan un mundo post-11 de septiem­bre de 2001; los progresistas no.

¿En que consisten estas cosmovisiones disímiles? Para los republicanos la comprensión de que el mundo ha inexorablemente cambiado el 11/9/01. Los ataques de Al-Qaida dejaron en evidencia una ideología fascista y fundamentalista dispuesta a derrocar los valores de Occidente. La avanzada jihadista en un orden internacional que contempla el nexo entre estados totalitarios, armas de destrucción masiva, y la posible transferencia de tecnología letal a agrupaciones terroristas decididas a golpear a Occidente ha gestado en la mente conservadora un nuevo paradigma de análisis de la realidad contemporánea. Tal cambio se manifestó con especial claridad en el área de la defensa nacional norteamericana caracterizada por la aceptación del hecho de que EE.UU. debe evaluar sin contemplaciones tanto las amenazas ac­tuales como las potenciales, de que no puede esperar a la materialización de un futuro atentado sino que debe actuar preventivamente, y que de ser necesario deberá obrar de manera unilateral.

Los demócratas podrán declarar su convicción de que en efecto el mundo ha cambiado el 11/9/01, pero juzgándolos por sus dichos y hechos no parece haber evidencia sustentadora de que creen realmente eso. Sus protestas en torno del «Eje del Mal», sus acusaciones de que Irak no representaba una amenaza «inminente», así como sus críticas al unilateralismo de la administración Bush, en conjunto prueban lo erróneo de su enfoque. La identificación de Corea del Norte e Irán como peligro potenciales, efectuada en 2001 por Bush, ha quedado materializada como una amenaza actual frente a la revelación de los programa nucleares de ambas naciones totalitarias visceralmente antinorteamericanas. La suscripción a la noción de «inminencia» es especialmente controvertida y claramente peligrosa a la luz del shockeante terrorismo islamista internacional. ¿Cuándo es exactamente la amenaza inminente? ¿Al momento en que los aviones están en ruta de vuelo a las Torres Gemelas pero aún no se han incrustado en ellas? ¿Un día antes de que trenes exploten en Madrid? ¿El minuto previo al estallido de una bomba en un hotel en Taba? ¿El instante justo anterior a la decapitación del rehén inglés en Irak? Y en torno al multilateralismo, ¿exactamente con quien desean aunar esfuerzos en la lucha contra el terror? ¿Con Francia, China y Rusia, comprados por Saddam Hussein en el marco del notorio programa Petróleo-Por-Alimentos? ¿Con Kofi Annán y sus diplomáticos increíblemente ineptos? ¿Con la ONU y sus dictaduras corruptas y opresoras?

Más que los particulares de la guerra en Irak o cualquier otro tema de la campaña electoral, en estas elecciones USA 2004 dirimirán filosofías enteramente dispares en cuanto a la administración del nuevo orden global. En tiempos de paz, podrá ser aceptable un ocupante demócrata en la Casa Blanca que sepa despertar el cariño de Annán y la aprobación de Chirac. Pero en tiempos de guerra y choques de civilizaciones, hay gustos que los estadounidenses -y el mundo libre- no se pueden dar.

Comunidades, Comunidades - 2004

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

La amenaza innombrable – 28/09/04

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Durante un debate sobre el Medio Oriente en el que participé poco tiempo atrás en la Universidad Torcuato Di Tella junto a un rabino y dos interlocutores de la comunidad islámica argentina, uno de ellos preguntó retóricamente: ¿Por qué se habla de terrorismo islámico cuando musulmanes cometen atentados mientras que no se habla de terrorismo judío cuando Sharon construye el muro? Mi respuesta consistió en señalar simplemente que el premier israelí no invoca a Quien Reina en las Alturas al edificar el mal llamado muro, en tanto que los musulmanes fanáticos que masacran a civiles en todo el orbe lo hacen en nombre de Allah y el Islam. Habiendo inyectado los mismos terroristas la dosis religiosa en su batalla política contra occidente, me parecía entonces extraño que luego hubiera sorpresa cuando las palabras «Islam» y «terrorismo» quedaran vinculadas.

Más que de lenguaje, éste es un tema de concepto. Lejos de ocultar un prejuicio, el término «terrorismo islámico» es una correcta descripción de una realidad innegable. Después de todo, la totalidad del terrorismo mortal desde el 11 de septiembre de 2001 en Estados  Unidos  ha sido efectuado por fundamentalistas islámicos que atentaron en nombre de Allah contra el hotel Marriot y la embajada australiana en Indonesia, contra una estación de trenes en Madrid, contra tropas estadounidenses y extranjeras en Iraq, así como contra periodistas, oficiales de la ONU y activistas humanitarios en el mismo país, contra niños escolares y aviones en Rusia, contra pizzerías y autobuses en Israel, contra sinagogas y consulados en Turquía, contra turistas en Kenya y Ryhad, contra soldados franceses en Pakistán e indios en Cachemira, entre otros varios casos más.

La sorpresa, en todo caso, la encontramos al advertir lo poco que el término es usado en los medios masivos de comunicación a la luz de la repetitividad y virulencia de tales ataques cuyo común denominador es el Islamismo. Recuerdo que al leer los primeros informes periodísticos en el diario La Nación sobre la reciente y trágica toma de rehenes en la escuela de Beslan por parte de separatistas chechenos musulmanes no lograba identificar claramente la identidad de los terroristas dado que éstos casi no hacían mención al involucramiento musulmán. La Nación no es más que parte de una gran tendencia global. El analista norteamericano Daniel Pipes encontró cerca de veinte eufemismos diferentes para evitar la   palabra   «terrorista»   -menos   aún «musulmán»- en los reportes de prensa internacionales respecto de la identidad de quienes tomaron a miles de niños como rehenes y mataron a cientos de ellos en la citada escuela de Rusia semanas atrás. Algunos de los términos empleados: Asaltantes. Atacantes. Captores. Comandos. Criminales. Extremistas. Luchadores. Guerrilleros. Hombres armados. Tomadores de rehenes. Insurgentes. Secuestradores. Militantes. Perpetradores. Radicales. Rebeldes.  Separatistas.  Y una genial contribución del Pakistán Times: Activistas.

Tal como este analista observara, los periodistas han debido hurgar largo y tendido en   sus  diccionarios  de  sinónimos  y homónimos para ingeniárselas en evitar pronunciar al actor innombrable: terrorismo islámico. Para ser justos con la prensa internacional, recordemos que al propio pueblo norteamericano le tomó casi tres años utilizar las palabras «terrorismo islámico» para definir el enemigo que enfrenta. Fue muy poco tiempo atrás cuando la comisión investigadora de la gestión de la comunidad de inteligencia estadounidense pre-9/11 concluyó que Norteamérica no estaba enrolada en una genérica y vagamente descripta «Lucha contra el Terror» sino específicamente contra el «Terrorismo Islámico». Y repitámoslo: no hay nada de prejuicioso o discriminatorio en el uso del término. Si judíos, cristianos y musulmanes estuvieran llevando a cabo actos de terror en todo el planeta, y la prensa eligiera destacar la identidad religiosa de un grupo de ellos solamente al describir los atentados, eso sería discriminatorio. Pero como la identidad de los terroristas en la inmensa -sino exclusiva- mayoría de los casos de terror contemporáneo es musulmana, y como éstos lo declaran orgullosamente y dicen actuar bajo mandato de Allah y en nombre del Islam, y lo hacen de manera tan reiterativa como atroz, entonces es tan lógico como inevitable que ambas palabras queden asociadas. No ligarlas sería un engaño.

Mi impresión es que uno de los causantes de esta actitud yace en la prudencia. Una prudencia entendible en no etiquetar a la totalidad del Islam como una religión de terror. En no caer en el simplismo de difamar a una civilización de catorce siglos de vida y más de mil millones de devotos que residen en más de cincuenta países musulmanes. El problema es que se ha estirado esta actitud al extremo tal que en aras de no condenar injustamente a todo el Islam, se termina exonerando a su fundamentalismo interno también. La noble prudencia se desfigura así en falsa piedad que deriva en obtusa negación y apaciguamiento peligroso. La mayoría silenciosa de musulmanes moderados que encuentra ofensivo el uso del término «terrorismo islámico» debería hablar y denunciar inequívocamente a sus fanáticos y así persuadir al mundo occidental de la validez del eslogan que acuñara el Dr. Pipes: El Islam fundamentalista es el problema, y el Islam moderado la solución.

Comunidades, Comunidades - 2004

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Bajo la lupa de Sherlock Holmes – 08/09/04

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A finales de agosto el programa televisivo «Sixty Minutes» de la cadena de noticias CBS informó a propósito de una investigación en curso del FBI acerca de la posibilidad de que un analista del Pentágono hubiera dado un documento secreto sobre la política de la Casa Blanca hacia Irán a un directivo del grupo de lobby judío AIPAC (American-Israel Public Affairs Committee) el que a su vez lo habría pasado a Israel. Tanto AIPAC como el gobierno de Israel han negado rotundamente tales insinuaciones; un ex jefe del Mossad, Danny Yatom, así como el Ministro de Asuntos Diaspóricos, Natán Sharansky, han informado públicamente sobre la existencia de reglas muy claras en vigor contra actividad de espionaje en territorio norteamericano; y comentaristas israelíes han especulado sobre diversas motivaciones detrás de la filtración de la noticia. Ellas se centran en unas cuantas hipótesis, a saber:

-Dañar al presidente Bush y las relaciones con Israel. La publicación de la noticia con un potencial de gran escándalo coincidió sospechosamente con la inauguración de la Convención Republicana en Nueva York, a pesar de que CBS ha informado que el FBI venía investigando a Larry Franklin, el analista en cuestión, por más de un año. Esto ha dado a especular sobre la posibilidad de cierta intencionalidad de dañar la imagen pública del presidente Bush en tanto aliado claro del Estado de Israel así como a las relaciones bilaterales.

-Reavivar teorías conspirativas antisemitas. Franklin trabaja en la oficina de Douglas Feith, el tercero en la jerarquía del Pentágono, luego de Paul Wolfowitz, el vice-Secretario de Defensa. Tanto Feith como Wolfowitz son judíos, conservadores, y pro-israelíes. Ambos mantienen una postura dura en relación a la política de defensa nacional, y ambos han sido fuertes postuladores de la doctrina preventiva para invadir Iraq. Junto con Richard Perle, otro judío de influencia en la administración Bush, han sido acusados de haber hecho pendular la política norteamericana en el Medio Oriente hacia los intereses israelíes. Incluso dentro del partido republicano, figuras tales como Pat B uchanan, o simpatizantes republicanos como el famoso comentarista Robert Novak, han invocado en el pasado la clásica fantasía antisemita acerca del control judío de EE.UU.

-Limar la determinación estadounidense contra Irán. Actualmente hay un debate intenso en Estados Unidos respecto de la política nuclear iraní, y la aparición de este escándalo de espionaje en Washington en una atmósfera ya contaminada por las insinuaciones de influencia judeo-israelí en la administración Bush podrían tener como objeto poner obstáculos a una eventual decisión norteamericana de frenar las ambiciones nucleares de los mullas. Asimismo el lobby árabe se vería beneficiado al desviarse la atención de la opinión pública estadounidense de temas tales como la ausencia de democracia árabe, armas de destrucción masiva, y terrorismo islámico hacia una supuesta impertinencia israelí.

-Pujas internas. Fuera del marco de las motivaciones, Israel pudo haberse encontrado desafortunadamente en medio de serias rivalidades internas en la comunidad de inteligencia, de defensa y diplomática en Washington en torno a la política exterior en dichas áreas. Muy especialmente desde el 11 de septiembre de 2001, la CÍA y el Departamento de Estado están enfrentados al Pentágono y la oficina del vicepresidente Dick Cheney donde varias comisiones investigadoras han criticado severamente fallas en uno u otro campo. Particularmente, la CÍA y el Depto. de Estado suelen suscribir a la cosmovisión pre-9/11 signada por presiones sobre Israel, el apaciguamiento hacia los árabes y la indiferencia al fundamentalismo islámico, algo de lo que esta Casa Blanca y el estabishment de defensa han tomado distancia.

-¿Y si es verdad? Más allá de las consideraciones anteriores y las desmentidas oficiales, cabe reconocer la posibilidad de que en efecto se pudo haber tratado de un caso de espionaje. El caso Pollard ilustra sobre la pertinencia de considerar la hipótesis, y, paradójicamente, ilustra también sobre las razones por las cuales Israel difícilmente cometería dos veces el mismo error, menos que menos cuando las relaciones Washington-Jerusalém están atravesando un período de grandes simpatías, y menos aún cuando Israel está alarmantemente aislada en la comunidad internacional y muy dependiente del apoyo norteamericano. Asimismo, puede que el episodio no haya sido generado por Israel, sino que Franklin haya transferido por motu proprio el documento en cuestión al oficial de AIPAC, quién a su vez lo pasara a Israel, dejando a autoridades israelíes en la incómoda situación de tener que optar entre rechazar la información y denunciar a AIPAC por su indiscreción para cubrirse de toda posible acusación (lo que dañaría su relación con la comunidad judía norteamericana) o aceptarla y permanecer en silencio (y exponerse así a la situación presente).

Sea cual fuere la hipótesis verdadera, probablemente nunca sabremos que sucedió realmente. Lo que sí sabemos es que las denuncias de espionaje siempre generan conmoción mediática.

Comunidades, Comunidades - 2004

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Guerras olimpicas – 25/08/04

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Aconteciendo como ocurrió -más o menos al mismo tiempo en que los iraníes anunciaron que se reservaban el derecho de atacar preventivamente a Estados Unidos e Israel si éstos continuaban insinuando que demolerían el reactor nuclear de los mullahs, en que los egipcios acusaron a los israelíes de libelos de sangre medievales en las portadas de sus diarios, en que los jordanos estaban comprando alta tecnología misilística norteamericana, y en que los sirios prohibieron a un barco extran­jero amarrar en sus puertos por haberse detenido previamente en Israel- el incidente no debería merecer demasiada atención.

No obstante, la decisión del judoca iraní Arash Miresmaeili de abandonar los juegos olímpicos con tal de no enfrentarse a un atleta israelí invita a comentar al menos sobre la incesante batalla árabe/musulmana contra Israel; la que, además de contiendas bélicas, campañas terroristas, ofensivas diplomáticas, boicotts económicos, y difamación mediática, parece haber permeado el campo deportivo también.

El atleta, que además era el abanderado de la delegación iraní, dijo al servicio de noti­cias de su país «me rehuso a luchar contra mi oponente israelí para simpatizar con el sufrimiento del pueblo de Palestina». Esto disparó las inmediatas por parte del establishment iraní (con el cual la decisión ha de haber estado obviamente coordinada): el presidente de la república islámica dijo que el hecho sería «grabado en la historia de las glorias iraníes», el vocero del parlamento iraní lo felicitó por su «valiente decisión» la que «promovería su posición en el corazón de los musulmanes», y el titular de la delegación olímpica iraní recomendó se le otorgara un premio de US$ 115.000, cifra equivalente al premio de medalla de oro.

Claro que esta no es la primera vez que atletas israelíes son boicoteados por los árabes y los musulmanes. Franklin Foer documentó algunas instancias en el Wall Street Journal. En 2001, un judoca israelí logró avanzar en los torneos de competición debido al ausentismo de los contrapartes iraníes. Inicialmente Jordania decidió no permitir el ingreso de esgrimistas israelíes durante la Copa Mundial de Esgrima del presente año, pero finalmente cedió ante la presión internacional. En 1962, Indonesia prefirió cancelar los Juegos Asiáticos antes que aceptar participación israelí, así como los libios desistieron de candidatear a su nación como anfitriona de la Copa Mundial de Fútbol para el 2010 cuando la Federación Internacional de Fútbol solicitó garantías de que los jugadores israelíes recibirían visas de ingreso. Recordemos que la Libia del coronel Qaddafi no per­mitió que ajedrecistas israelíes aterriza­ran en Trípoli donde el Campeonato Mundial de Ajedrez tuvo lugar unos  meses atrás. En 2002, la Federación Árabe de Fútbol propuso que se prohibiera la participación israelí en todos los partidos de fút­bol internacionales. En 2003, Argelia y Arabia Saudita se rehusaron a competir con Israel en fútbol y tenis durante las Olimpíadas Especiales de Irlanda. El mismo año, el tenista saudita Nabil Al-Magahwi rechazó jugar contra su par israelí durante el Cam­peonato Mundial de Tenis de Mesa en París, razón por la cuál recibió un certificado de Yasser Arafat «del que estoy muy orgulloso», tal como él dijera.

Por supuesto que todo esto refleja una evolución apreciable desde los tiempos en los que los atletas israelíes eran directamente asesinados en las olimpíadas. Durante los Juegos Olímpicos de Munich de 1972, terroristas palestinos evitaron a sus hermanos árabes tener que enfrentarse a la decisión de boicotear a sus contrincantes israelíes, al secuestrar y luego matar a miembros de la delegación deportista israelí. Y así como hoy los iraníes recompensan materialmente el «heroísmo» de los suyos, en su oportuni­dad el presidente libio donó cincuenta millones de dólares a la OLP por llevar a cabo la operación y un bonus de cinco millones de dólares a los hombres que participaron en ella.

Esta ha sido, pues, la contribución árabe/musulmana a los juegos olímpicos; el más importante encuentro deportivo de la humanidad, una gran ocasión para celebrar la fraternidad universal a través de la sana competencia. El Comité Olímpico Internacional debería sancionar -en lugar de absolver- a Irán y demás naciones árabes y musulmanas por violar el protocolo olímpico al politizar los juegos. Aunque quizás esto sea mucho pedir a oficiales que por años han permitido a los asesinos de atletas israelíes enviar su propia delegación de deportistas a desfilar orgullosamente durante la inauguración de las olimpíadas en representación de un estado inexistente.