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Comunidades, Comunidades - 2004

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

La amenaza innombrable – 28/09/04

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Durante un debate sobre el Medio Oriente en el que participé poco tiempo atrás en la Universidad Torcuato Di Tella junto a un rabino y dos interlocutores de la comunidad islámica argentina, uno de ellos preguntó retóricamente: ¿Por qué se habla de terrorismo islámico cuando musulmanes cometen atentados mientras que no se habla de terrorismo judío cuando Sharon construye el muro? Mi respuesta consistió en señalar simplemente que el premier israelí no invoca a Quien Reina en las Alturas al edificar el mal llamado muro, en tanto que los musulmanes fanáticos que masacran a civiles en todo el orbe lo hacen en nombre de Allah y el Islam. Habiendo inyectado los mismos terroristas la dosis religiosa en su batalla política contra occidente, me parecía entonces extraño que luego hubiera sorpresa cuando las palabras «Islam» y «terrorismo» quedaran vinculadas.

Más que de lenguaje, éste es un tema de concepto. Lejos de ocultar un prejuicio, el término «terrorismo islámico» es una correcta descripción de una realidad innegable. Después de todo, la totalidad del terrorismo mortal desde el 11 de septiembre de 2001 en Estados  Unidos  ha sido efectuado por fundamentalistas islámicos que atentaron en nombre de Allah contra el hotel Marriot y la embajada australiana en Indonesia, contra una estación de trenes en Madrid, contra tropas estadounidenses y extranjeras en Iraq, así como contra periodistas, oficiales de la ONU y activistas humanitarios en el mismo país, contra niños escolares y aviones en Rusia, contra pizzerías y autobuses en Israel, contra sinagogas y consulados en Turquía, contra turistas en Kenya y Ryhad, contra soldados franceses en Pakistán e indios en Cachemira, entre otros varios casos más.

La sorpresa, en todo caso, la encontramos al advertir lo poco que el término es usado en los medios masivos de comunicación a la luz de la repetitividad y virulencia de tales ataques cuyo común denominador es el Islamismo. Recuerdo que al leer los primeros informes periodísticos en el diario La Nación sobre la reciente y trágica toma de rehenes en la escuela de Beslan por parte de separatistas chechenos musulmanes no lograba identificar claramente la identidad de los terroristas dado que éstos casi no hacían mención al involucramiento musulmán. La Nación no es más que parte de una gran tendencia global. El analista norteamericano Daniel Pipes encontró cerca de veinte eufemismos diferentes para evitar la   palabra   «terrorista»   -menos   aún «musulmán»- en los reportes de prensa internacionales respecto de la identidad de quienes tomaron a miles de niños como rehenes y mataron a cientos de ellos en la citada escuela de Rusia semanas atrás. Algunos de los términos empleados: Asaltantes. Atacantes. Captores. Comandos. Criminales. Extremistas. Luchadores. Guerrilleros. Hombres armados. Tomadores de rehenes. Insurgentes. Secuestradores. Militantes. Perpetradores. Radicales. Rebeldes.  Separatistas.  Y una genial contribución del Pakistán Times: Activistas.

Tal como este analista observara, los periodistas han debido hurgar largo y tendido en   sus  diccionarios  de  sinónimos  y homónimos para ingeniárselas en evitar pronunciar al actor innombrable: terrorismo islámico. Para ser justos con la prensa internacional, recordemos que al propio pueblo norteamericano le tomó casi tres años utilizar las palabras «terrorismo islámico» para definir el enemigo que enfrenta. Fue muy poco tiempo atrás cuando la comisión investigadora de la gestión de la comunidad de inteligencia estadounidense pre-9/11 concluyó que Norteamérica no estaba enrolada en una genérica y vagamente descripta «Lucha contra el Terror» sino específicamente contra el «Terrorismo Islámico». Y repitámoslo: no hay nada de prejuicioso o discriminatorio en el uso del término. Si judíos, cristianos y musulmanes estuvieran llevando a cabo actos de terror en todo el planeta, y la prensa eligiera destacar la identidad religiosa de un grupo de ellos solamente al describir los atentados, eso sería discriminatorio. Pero como la identidad de los terroristas en la inmensa -sino exclusiva- mayoría de los casos de terror contemporáneo es musulmana, y como éstos lo declaran orgullosamente y dicen actuar bajo mandato de Allah y en nombre del Islam, y lo hacen de manera tan reiterativa como atroz, entonces es tan lógico como inevitable que ambas palabras queden asociadas. No ligarlas sería un engaño.

Mi impresión es que uno de los causantes de esta actitud yace en la prudencia. Una prudencia entendible en no etiquetar a la totalidad del Islam como una religión de terror. En no caer en el simplismo de difamar a una civilización de catorce siglos de vida y más de mil millones de devotos que residen en más de cincuenta países musulmanes. El problema es que se ha estirado esta actitud al extremo tal que en aras de no condenar injustamente a todo el Islam, se termina exonerando a su fundamentalismo interno también. La noble prudencia se desfigura así en falsa piedad que deriva en obtusa negación y apaciguamiento peligroso. La mayoría silenciosa de musulmanes moderados que encuentra ofensivo el uso del término «terrorismo islámico» debería hablar y denunciar inequívocamente a sus fanáticos y así persuadir al mundo occidental de la validez del eslogan que acuñara el Dr. Pipes: El Islam fundamentalista es el problema, y el Islam moderado la solución.

Comunidades, Comunidades - 2004

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Por Julián Schvindlerman

  

Bajo la lupa de Sherlock Holmes – 08/09/04

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A finales de agosto el programa televisivo «Sixty Minutes» de la cadena de noticias CBS informó a propósito de una investigación en curso del FBI acerca de la posibilidad de que un analista del Pentágono hubiera dado un documento secreto sobre la política de la Casa Blanca hacia Irán a un directivo del grupo de lobby judío AIPAC (American-Israel Public Affairs Committee) el que a su vez lo habría pasado a Israel. Tanto AIPAC como el gobierno de Israel han negado rotundamente tales insinuaciones; un ex jefe del Mossad, Danny Yatom, así como el Ministro de Asuntos Diaspóricos, Natán Sharansky, han informado públicamente sobre la existencia de reglas muy claras en vigor contra actividad de espionaje en territorio norteamericano; y comentaristas israelíes han especulado sobre diversas motivaciones detrás de la filtración de la noticia. Ellas se centran en unas cuantas hipótesis, a saber:

-Dañar al presidente Bush y las relaciones con Israel. La publicación de la noticia con un potencial de gran escándalo coincidió sospechosamente con la inauguración de la Convención Republicana en Nueva York, a pesar de que CBS ha informado que el FBI venía investigando a Larry Franklin, el analista en cuestión, por más de un año. Esto ha dado a especular sobre la posibilidad de cierta intencionalidad de dañar la imagen pública del presidente Bush en tanto aliado claro del Estado de Israel así como a las relaciones bilaterales.

-Reavivar teorías conspirativas antisemitas. Franklin trabaja en la oficina de Douglas Feith, el tercero en la jerarquía del Pentágono, luego de Paul Wolfowitz, el vice-Secretario de Defensa. Tanto Feith como Wolfowitz son judíos, conservadores, y pro-israelíes. Ambos mantienen una postura dura en relación a la política de defensa nacional, y ambos han sido fuertes postuladores de la doctrina preventiva para invadir Iraq. Junto con Richard Perle, otro judío de influencia en la administración Bush, han sido acusados de haber hecho pendular la política norteamericana en el Medio Oriente hacia los intereses israelíes. Incluso dentro del partido republicano, figuras tales como Pat B uchanan, o simpatizantes republicanos como el famoso comentarista Robert Novak, han invocado en el pasado la clásica fantasía antisemita acerca del control judío de EE.UU.

-Limar la determinación estadounidense contra Irán. Actualmente hay un debate intenso en Estados Unidos respecto de la política nuclear iraní, y la aparición de este escándalo de espionaje en Washington en una atmósfera ya contaminada por las insinuaciones de influencia judeo-israelí en la administración Bush podrían tener como objeto poner obstáculos a una eventual decisión norteamericana de frenar las ambiciones nucleares de los mullas. Asimismo el lobby árabe se vería beneficiado al desviarse la atención de la opinión pública estadounidense de temas tales como la ausencia de democracia árabe, armas de destrucción masiva, y terrorismo islámico hacia una supuesta impertinencia israelí.

-Pujas internas. Fuera del marco de las motivaciones, Israel pudo haberse encontrado desafortunadamente en medio de serias rivalidades internas en la comunidad de inteligencia, de defensa y diplomática en Washington en torno a la política exterior en dichas áreas. Muy especialmente desde el 11 de septiembre de 2001, la CÍA y el Departamento de Estado están enfrentados al Pentágono y la oficina del vicepresidente Dick Cheney donde varias comisiones investigadoras han criticado severamente fallas en uno u otro campo. Particularmente, la CÍA y el Depto. de Estado suelen suscribir a la cosmovisión pre-9/11 signada por presiones sobre Israel, el apaciguamiento hacia los árabes y la indiferencia al fundamentalismo islámico, algo de lo que esta Casa Blanca y el estabishment de defensa han tomado distancia.

-¿Y si es verdad? Más allá de las consideraciones anteriores y las desmentidas oficiales, cabe reconocer la posibilidad de que en efecto se pudo haber tratado de un caso de espionaje. El caso Pollard ilustra sobre la pertinencia de considerar la hipótesis, y, paradójicamente, ilustra también sobre las razones por las cuales Israel difícilmente cometería dos veces el mismo error, menos que menos cuando las relaciones Washington-Jerusalém están atravesando un período de grandes simpatías, y menos aún cuando Israel está alarmantemente aislada en la comunidad internacional y muy dependiente del apoyo norteamericano. Asimismo, puede que el episodio no haya sido generado por Israel, sino que Franklin haya transferido por motu proprio el documento en cuestión al oficial de AIPAC, quién a su vez lo pasara a Israel, dejando a autoridades israelíes en la incómoda situación de tener que optar entre rechazar la información y denunciar a AIPAC por su indiscreción para cubrirse de toda posible acusación (lo que dañaría su relación con la comunidad judía norteamericana) o aceptarla y permanecer en silencio (y exponerse así a la situación presente).

Sea cual fuere la hipótesis verdadera, probablemente nunca sabremos que sucedió realmente. Lo que sí sabemos es que las denuncias de espionaje siempre generan conmoción mediática.

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Por Julián Schvindlerman

  

Guerras olimpicas – 25/08/04

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Aconteciendo como ocurrió -más o menos al mismo tiempo en que los iraníes anunciaron que se reservaban el derecho de atacar preventivamente a Estados Unidos e Israel si éstos continuaban insinuando que demolerían el reactor nuclear de los mullahs, en que los egipcios acusaron a los israelíes de libelos de sangre medievales en las portadas de sus diarios, en que los jordanos estaban comprando alta tecnología misilística norteamericana, y en que los sirios prohibieron a un barco extran­jero amarrar en sus puertos por haberse detenido previamente en Israel- el incidente no debería merecer demasiada atención.

No obstante, la decisión del judoca iraní Arash Miresmaeili de abandonar los juegos olímpicos con tal de no enfrentarse a un atleta israelí invita a comentar al menos sobre la incesante batalla árabe/musulmana contra Israel; la que, además de contiendas bélicas, campañas terroristas, ofensivas diplomáticas, boicotts económicos, y difamación mediática, parece haber permeado el campo deportivo también.

El atleta, que además era el abanderado de la delegación iraní, dijo al servicio de noti­cias de su país «me rehuso a luchar contra mi oponente israelí para simpatizar con el sufrimiento del pueblo de Palestina». Esto disparó las inmediatas por parte del establishment iraní (con el cual la decisión ha de haber estado obviamente coordinada): el presidente de la república islámica dijo que el hecho sería «grabado en la historia de las glorias iraníes», el vocero del parlamento iraní lo felicitó por su «valiente decisión» la que «promovería su posición en el corazón de los musulmanes», y el titular de la delegación olímpica iraní recomendó se le otorgara un premio de US$ 115.000, cifra equivalente al premio de medalla de oro.

Claro que esta no es la primera vez que atletas israelíes son boicoteados por los árabes y los musulmanes. Franklin Foer documentó algunas instancias en el Wall Street Journal. En 2001, un judoca israelí logró avanzar en los torneos de competición debido al ausentismo de los contrapartes iraníes. Inicialmente Jordania decidió no permitir el ingreso de esgrimistas israelíes durante la Copa Mundial de Esgrima del presente año, pero finalmente cedió ante la presión internacional. En 1962, Indonesia prefirió cancelar los Juegos Asiáticos antes que aceptar participación israelí, así como los libios desistieron de candidatear a su nación como anfitriona de la Copa Mundial de Fútbol para el 2010 cuando la Federación Internacional de Fútbol solicitó garantías de que los jugadores israelíes recibirían visas de ingreso. Recordemos que la Libia del coronel Qaddafi no per­mitió que ajedrecistas israelíes aterriza­ran en Trípoli donde el Campeonato Mundial de Ajedrez tuvo lugar unos  meses atrás. En 2002, la Federación Árabe de Fútbol propuso que se prohibiera la participación israelí en todos los partidos de fút­bol internacionales. En 2003, Argelia y Arabia Saudita se rehusaron a competir con Israel en fútbol y tenis durante las Olimpíadas Especiales de Irlanda. El mismo año, el tenista saudita Nabil Al-Magahwi rechazó jugar contra su par israelí durante el Cam­peonato Mundial de Tenis de Mesa en París, razón por la cuál recibió un certificado de Yasser Arafat «del que estoy muy orgulloso», tal como él dijera.

Por supuesto que todo esto refleja una evolución apreciable desde los tiempos en los que los atletas israelíes eran directamente asesinados en las olimpíadas. Durante los Juegos Olímpicos de Munich de 1972, terroristas palestinos evitaron a sus hermanos árabes tener que enfrentarse a la decisión de boicotear a sus contrincantes israelíes, al secuestrar y luego matar a miembros de la delegación deportista israelí. Y así como hoy los iraníes recompensan materialmente el «heroísmo» de los suyos, en su oportuni­dad el presidente libio donó cincuenta millones de dólares a la OLP por llevar a cabo la operación y un bonus de cinco millones de dólares a los hombres que participaron en ella.

Esta ha sido, pues, la contribución árabe/musulmana a los juegos olímpicos; el más importante encuentro deportivo de la humanidad, una gran ocasión para celebrar la fraternidad universal a través de la sana competencia. El Comité Olímpico Internacional debería sancionar -en lugar de absolver- a Irán y demás naciones árabes y musulmanas por violar el protocolo olímpico al politizar los juegos. Aunque quizás esto sea mucho pedir a oficiales que por años han permitido a los asesinos de atletas israelíes enviar su propia delegación de deportistas a desfilar orgullosamente durante la inauguración de las olimpíadas en representación de un estado inexistente.

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Por Julián Schvindlerman

  

Entre el snob Frances y el cowboy Texano – 11/08/04

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En materia de seguridad nacional y política exterior, el eje de las elecciones nacionales este año en los EE.UU. girará en torno a dos aspectos básicos: la ideología política de los demócratas y republicanos y la personalidad de los líderes competidores por la Casa Blanca.

El primero contiene tanto similitudes como diferencias en temas tales como el recurso de la guerra, la noción de «ataque preventivo», la amenaza del terrorismo islámico, las armas de destrucción masiva, la democratización del Medio Oriente, la situación en Irak, el programa nuclear de Irán y Corea del Norte, el proceso de paz entre israelíes y palestinos, el acoso chino a Taiwán, las relaciones transatlánticas, etc. El segundo está signado por el contraste entre el multilateralismo declarado de John F. Kerry y el unilateralismo practicado de George W. Bush, tipificado en la caricatura de Kerry como un snob francés (donde se ha destacado su manejo del idioma y porte galo) y Bush como un cowboy texano (donde se presume de su simpleza y predisposición a la violencia).

Bush es, ciertamente, un hombre simple. Y en su simpleza personal, en su falta de sofisticación intelectual, en su inclinación por ver al mundo en blanco y negro, yace precisamente su seriedad moral y su coraje político. Bush tiene una visión clara y particular de las cosas y es un hombre determinado a actuar en concordancia con sus valores y actitudes. Ocasionalmente él incurre en gaffes, pero usualmente dice las cosas como son -o al menos como él cree que son- y opera en consonancia con sus declaraciones. A Saddam Hussein lo declaró un peligro a la seguridad norteamericana, y hoy el dictador bagdadí está en prisión. A Yasser Arafat lo declaró irrelevante, y nunca lo recibió en la Casa Blanca. A Fidel Castro lo declaró su enemigo, e instruyó políticas aislacionistas hacia la isla comunista. Fue ridiculizado universalmente por inyectar tal dosis de realismo y principios en un mundo posmoderno y multicultural en el que el diálogo, la negociación y la tolerancia cargan, supuestamente, la antorcha de la civilización.

Kerry es, al contrario, un internacionalista adorable. Está bien predispuesto a la consulta y a la cooperación mundial, al esfuerzo mancomunado, al matiz y la sutileza, al considerar los intereses y preferencias de otros actores globales. ¿Un Irán nuclear? La plataforma del Partido Demócrata lo define como «un riesgo inaceptable» pero Kerry expresó su disposición a entablar negociaciones bilaterales; del tipo infructífero que han mantenido Gran Bretaña, Alemania y Francia durante los últimos meses y han permitido a los ayatollahs burlar las restricciones del Tratado de No Proliferación Nuclear. ¿La ONU? Kerry prometió tratarla «como un socio pleno, no como un obstáculo que es necesario eludir»; como si la corrupción moral e inutilidad política del organismo no fueran abrumadoras. ¿Las relaciones con Europa? El anunció que trabajará «de manera agresiva para reconstruir las relaciones desgastadas y despedazadas por el gobierno de Bush»; como si Chirac y Schroeder no tuvieran responsabilidad alguna. Su constancia es, no sorprendentemente, la contradicción. Un condecorado veterano de la guerra de Vietnam a la que luego se opuso. Un congresista que se opuso a la invasión de Irak en 1991, estuvo a favor de intervenir en Irak en 2003, y luego votó en contra del financiamiento de la guerra (los famosos US$ 87.000 millones adicionales). Un multimillonario que avanza con una propuesta económica populista. Razón por la cuál solo el 38% de los norteamericanos considera a Kerry un líder fuerte y decidido, frente a un 55% que ve esas características en Bush.

Los demócratas apuntan a demostrar que los republicanos han hecho de EE.UU. y el mundo lugares menos seguros y que han arruinado todo a punto tal que uno debería ser perdonado por suponer que el mundo era maravilloso hasta que la actual administración tomó el poder en Norteamérica. Pero tal como observó la revista británica The Economist, mucho antes de que la guerra en Irak comenzara, incluso antes de que Bush asumiera la presidencia, ya existía el genocidio en Sudán, la guerra palestino-israelí, la inestabilidad latinoamericana, y las aventuras nucleares clandes­tinas iraníes y norcoreanas. El ciudadano norteamericano lo comprende, por eso los sondeos ubican a la par a los contrincantes; aún cuando la gestión de Bush ha estado bajo crítica diaria por años y en tanto Kerry goza del beneficio de la duda.

¿Y que sobre Israel? La política pro-israelí de la administración Bush es indiscutible. La fórmula Kerry-Edwards ha dado, hasta el momento, señales positivas. Al igual que Bush, Kerry se ha opuesto a la condena de la Corte Internacional de Justicia acerca de la valla antiterrorista. Al igual que la política del oficialismo republicano, la plataforma del partido demócrata destaca la «relación especial» entre ambos países, pide por un liderazgo «nuevo y responsable» en la Autoridad Palestina, afirma que los refugiados palestinos deberán retornar al estado palestino y no al «estado judío de Israel» (una muy positiva caracterización que afirma la naturaleza judía del estado), y sostiene que «no es realista» que Israel se retire completamente hasta las líneas del armisticio de 1949. Todo lo cuál no la distingue de la política republicana hasta la fecha, salvo por una manifestación a favor de intervenir en el terreno «con el mismo tipo de resolución para poner término al conflicto palestino-israelí que el Presidente Clinton mostró» (la resolución de Clinton pequeño favor le hizo a Israel).

Una noticia inquietante apareció hace poco en Yediot Aharonot, cuando publicó un supuesto documento secreto que aducía que Arafat estaba frenando las reformas internas con la esperanza de que los demócratas ganaran las elecciones. Hasta ahora el récord de Bush ha probado ser pro-israelí. Del de Kerry no podemos decir mucho aún, pero de ser cierto el informe del diario israelí, el hecho de que el líder palestino vea con mejores ojos a Kerry debería llamar a reflexión.

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Por Julián Schvindlerman

  

Estados Unidos, Israel y sus críticos – 28/07/04

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N.de R.: Este artículo, concebido a modo de res­puesta a una diatriba anti-israelí y anti-estadounidense de Mario Vargas Llosa, fue originalmente enviado a La Nación, diario que no aceptó la publicación del mismo.

En el plano intelectual, en lo concerniente al caótico Medio Oriente existen dos mundos paralelos enteramente diferentes: el mundo de la complejidad, de los hechos factuales, y de la razón; y el mundo en el que habitan la superficialidad, la distorsión, y la confusión. Estos mundos giran en órbitas apartadas y han dado lugar a visiones distintas, irreductiblemente separadas por la distancia definitiva que existe entre la realidad objetiva y el mito ideado.

En una nota recientemente publicada por La Nación, («Más destructivo que las bombas», 5 de junio de 2004) Mario Vargas Llosa parece efectuar un recorrido por ambos mundos, tomando con justicia parámetros del primero e incursionando imprudentemente en el segundo. Ejemplo de lo primero es el rescate que él realiza de la naturaleza democrática de Estados Unidos e Israel, de la valoración de la autocrítica nacional presente en ambos pueblos, y del reconocimiento a los objetivos nobles por ambas naciones perseguidos: la democratización de Oriente Medio, para Norteamérica, la propia supervivencia, sin ir más lejos, para el Estado de Israel. Ejemplo de lo segundo es la vinculación de la situación iraquí con la arena palestino-israelí, la comparación del presidente de Norteamérica con Saddam Hussein y del premier israelí con los líderes del fundamentalismo islámico palestino, y la sanción moral del proyecto estadounidense en Irak y de toda la empresa sionista, devenida, según el autor, en la peor vergüenza. Daría la impresión de que el prestigioso escritor peruano ha caído presa de la realidad de la desinformación a la que el mismo, lamentablemente, con su artículo coopera. Su peca­do capital intelectual consiste en descontextualizar las accio­nes estadounidenses e israelíes y en condenarlas con una inmisericordia indigna de su lucidez mental. ¿Pueden los repudiables abusos cometidos en la cárcel de Abu Ghraib eclipsar la totalidad del emprendimiento norteamericano que ha removido del poder al líder mesooriental responsable por la matanza de la mayor cantidad de musulmanes en la contemporaneidad y ha resultado en la liberación de veinticinco millones de árabes del yugo de uno de los peores déspotas de la historia moderna? ¿Pueden los cuestionables excesos militares israelíes en el marco de un operativo defensivo (impedir el contrabando de armas y explosivos desde Egipto a la Franja de Gaza, armamento empleado para matar soldados y civiles en Israel) llevarlo a uno a sostener que Israel ha perdido la superioridad moral frente a enemigos empeñados en erradicar la presencia judía no de Gaza sola­mente sino de Tel Aviv y Haifa también?

A pesar de su brillantez literaria y de su refinamiento cultural, Vargas Llosa evidencia en su nota una incapacidad muy elemental en distinguir conceptualmente entre la perpetración de terrorismo y las medidas de respuesta al terrorismo. O para postularlo de manera más mediática: ¿es la ocupación -estadounidense en Irak o israelí en las zonas disputadas- lo que fomenta el terror? ¿O será el terror el generador de tales ocupaciones? Veamos.

Norteamérica invadió Irak para evitar una repetición de la calamidad que sufrió el 11 de septiembre de 2001, oportunidad en la que alrededor de tres mil de sus ciudadanos fueron incinerados en una hecatombe terrorista. Este acto de violencia fue el promotor de la actual presencia de tropas norteamericanas en Irak. Si bien es cierto que la ocupación de este país árabe genera una resistencia local, debemos reconocer que la invasión ha sido originariamente motivada por el atentado terrorista del 11 de septiembre. Vale decir, fue el terror el generador de la ocupación, y no a la inversa.

En cuanto a la cuestión palestino-israelí, recordemos que el estado judío venía sufriendo terrorismo árabe-palestino, así como guerras y boicots económicos, décadas antes de la ocupación. La Organización para la Liberación de Palesti­na (OLP) fue fundada en 1964, es decir, tres años antes de que un solo soldado israelí pusiera una bota sobre Gaza o un solo colono judío construyera un asentamiento en Cisjordania. Aún cuando Israel no ocupaba esos territorios, ya existía un movimiento nacionalista palestino que bregaba, como su nombre indica, por la «liberación de Palestina». Es legítimo preguntarse que territorios exactamente pretendía liberar, y por qué motivo llevaba la OLP a cabo operaciones terroristas contra israelíes en Jerusalem o Eilat, en tanto la población palestina residía en Gaza y Cisjordania libre de ocupación israelí. Ahí entonces comienza uno a entender que la ocupación de Gaza y Cisjordania no es más que una excusa que la narrativa palestina presenta para justificar su lucha armada contra la totalidad de Israel.

En su artículo, Vargas Llosa invita al lector a «…hacer un esfuerzo, evitar las peligrosas amalgamas y, aun en medio del ruido y la furia, discriminar con un mínimo de raciona­lidad». Coincido. Y humildemente sugiero que el sentido de la discriminación nos debería llevar a discernir la natu­raleza dispar de los desafíos y dilemas que enfrentan las democracias en tiempos de paz de los que pesan sobre las democracias en tiempos de guerra, y que la racionalidad debería permitirnos comprender que ni Norteamérica ni Israel han de ser juzgadas bajo estándares utópicos de moralidad divorciados del cruento contexto mesooriental en la que ambas naciones hallan sus destinos hoy tormen­tosamente entrelazados en tanto vanguardistas en la lucha global contra el terror.

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Injusticia en La Haya, impunidad en Buenos Aires – 14/07/04

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Hace rato que hemos cruzado la línea en la que la sola presentación de hechos factuales sobre el conflicto palestino-israelí ante la comunidad internacional resulta ser las más de las veces inútil e irrelevante; y las cotidianas manifestaciones de persistente tendenciosidad en el campo de la prensa, la diplomacia y la intelectualidad así lo demuestran. La reciente declaración de la Corte Internacional de Justicia respecto de la ilegalidad de la valla antiterrorista israelí tan solo reafirma esta realidad.

El viernes pasado, catorce de los quince jueces-miembro de la Corte asentada en La Haya opinaron que la construcción de la valla de seguridad israelí es ilegal y que contraviene la ley internacional, ordenaron a Israel reintegrar tierras tomadas e indemnizar a los palestinos afectados, y recomendaron al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que adoptara acciones tendientes a forzar a Israel a detener su construcción. Este pronunciamiento era anticipado a la luz de la composición de la propia Corte, de su vinculación con la estructura de la ONU, y de la misma redacción en la solicitud de injerencia en el asunto en la carta originalmente enviada a la Corte por la Asamblea General, la que preguntó: «¿Cuáles son las consecuencias legales que se desprenden de la construcción del muro por parte de Israel, la potencia ocupante, en el territorio ocupado palestino, incluyendo Jerusalém Oriental y sus alrededores?”. Más la predictibilidad del fallo no oscurece su gravedad, en diversos órdenes: en la trivialización de la noción de justicia universal; en el desprestigio creciente de aún otro foro más de la ONU, en el deterioro del concepto de la soberanía estatal frente al de los derechos de los pueblos o las minorías a la autodeterminación, en el daño al  principio de la defensa nacional, en la vindicación del terrorismo global, y en el estímulo a la perniciosa imagen colectiva de víctima de la sociedad palestina. No por nada afirmó el ministro del gabinete palestino Saeb Erakat al conocer el fallo de la Corte: «Este es un día histórico para la causa palestina.».

Y ha sido además un día histórico para el destino de la humanidad. Puesto que la opinión formada de la familia de las naciones, expresada a través del fallo de la Corte Internacional de Justicia, ha manifestado su simpatía por los perpetradores de actos de terror y no por sus víctimas; lo que si bien no es algo nuevo, no deja de repudiable serlo. «No tiene sentido que las Naciones Unidas se opongan con vehemencia a una valla que es una respuesta no violenta al terrorismo en lugar de oponerse al propio terrorismo», dijo la senadora demócrata Hillary Clinton, en un pronunciamiento portador de una verdad moral tan elemental que cuesta incluso admitir que exista disenso sobre el mismo.

La ONU tiene un largo y triste historial de apología del terror, producto de la politización interna del organismo y de su alevosa manipulación en manos de países árabes e islámicos que han inyectado tal dosis de radicalismo y distorsión, que al día de hoy este foro ha sido incapaz de acordar una definición sobre que es terrorismo y que no lo es, puesto que el terrorista para uno es el luchador por la libertad para el otro. Hasta tal punto esto es así, que una reciente iniciativa del Centro Simón Wiesenthal tendiente a lograr consenso mundial en torno a definir como crímenes contra la humanidad a los ataques suicidas, ha debido concentrarse en el método del terrorista -el asesinato de terceros por medio del suicidio personal- en lugar del perpetrador -el terrorista- dado que la confusión conceptual y moral reinante impide llamar a las cosas por su nombre.

Es en este contexto donde arribamos entonces a la conmemoración del décimo aniversario de la voladura del edificio de la AMIA-DAIA.  Diez años han transcurrido desde aquél fatídico atentado en el que «luchadores por la libertad» musulmanes cegaron la vida de ochenta y cinco almas en la Argentina.  Diez años de impericia y negligencia judicial. Diez años de cobardía o complicidad política oficial, o de las dos. Diez años de reclamos desatendidos y de dolorosa memoria. Diez años, en suma, de impunidad. De una impunidad que permite el crecimiento del monstruo terrorista, que lo alimenta con su complacencia e indiferencia, que lo sostiene con su injusticia y claudicación, y que lo catapulta hasta las alturas del tiempo inmemorial con su vergüenza y aprobación.

Vivimos en la era del aliento al terror, donde la injusticia de La Haya y la impunidad de Buenos Aires se entremezclan en una poción peligrosa de la que sólo pueden emerger más errores, mayor destrucción, y la postergación de la inevitable confrontación con el flagelo del mal que hoy el mundo libre está apaciguando con fútil devoción.

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Relaciones peligrosas: Arabia Saudita y Estados Unidos – 30/06/04

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En mi última columna («Algo más que petróleo»), comenté sobre la dependencia internacional -y especialmente estadounidense- respecto del crudo saudita. En ésta mostraré cuan contaminada está la relación saudí-norteamericana como resultado de dicha dependencia.

Recuerdo haber asistido a una conferencia en Washington, D.C. hace dos años en la que uno de los panelistas era un ex embajador norteamericano en Ryhad. Para mi sorpresa, sus declaraciones eran desvergonzadamente pro-saudíes, incluso cuando se trataba de temas que oponían intereses entre ambas naciones. Cuando un miembro de la audiencia con ironía pidió al moderador que le aclare si esa persona había sido embajador de su país en Arabia Saudita o a la inversa, comprendí que mi impresión inicial era compartida. Me tomaría muchos meses más, no obstante, advertir que lo que había presen­ciado no era un caso aislado sino una manifestación puntual de un fenómeno generalizado.

Para entender de que fenómeno estamos hablando basta con leer el siguiente comentario del embajador saudita ante los EE.UU., el príncipe Bandar bin Sultán, durante una entrevista del 2002 con The Washington Post: «Si se crea la reputación de que los saudíes se ocupan de sus amigos una vez que éstos han abandonado sus funciones oficiales. Uds. estarían sorprendidos de que mejores amigos uno tiene que están recién asumiendo funciones». Y así, la revista National Review ha tildado de «pasmoso» el número de ex diplomáticos estadounidenses que ahora abrazan una postura pro-saudita, y el National Post concluyó respecto de cinco ex embajadores que había investigado que «se han hecho de un buen pasar insultando a sus propios compatriotas mientras que se hacen cómplices de uno de los regímenes más corruptos de la tierra».

Entre los beneficiarios del «programa de jubilación» saudita, el Washington Post ha nombrado a Edward Walter, ex Secretario Asistente de Estado para Asuntos del Cercano Oriente, quien actualmente preside el Middle East Institute, y a Walter Cutler, ex embajador en Arabia Saudita, quien dirige el Meridian Internacional Center, ambos en la capital estadounidense. Steven Emerson (un pionero en la denuncia del fundamentalismo islámico en Norteamérica, escuchado a destiempo) agrega a la lista los nombres de Jimmy Cárter, ex presidente, Spiro Agnew, ex vice-presidente, Clark Clifford, ex secretario de defensa, John Connally, ex secretario del tesoro, y James Akins, ex embajador en Ryhad.

Fuera de la red del soborno saudí en Estados Unidos, si fuéramos a considerar los nombres de oficiales vinculados en la actualidad o en el pasado a compañías estadounidenses que mantienen lazos comerciales con la Casa de Saúd, entonces deberíamos mencionar -según Robert Baer, ex agente de la CÍA y autor de «Durmiendo con el Enemigo», libro acerca de las relaciones Washignton-Ryhad- a John Deutch, ex director de la CÍA, Frank Carlucci, ex secretario de defensa, James Baker, ex secretario de estado, y Dick Cheney, actual vicepresidente.

Esta información nos podría permitir entender una de las causas del apaciguamiento estadounidense respecto de actitudes de Ryhad verdaderamente insólitas, tal como los siguiente ejemplos recopilados por el analista Daniel Pipes sugieren.

En noviembre de 1990, acompañado por su esposa y una delegación de congresistas, el entonces presidente Georgc H.W. Bush, visitó a las tropas norteamericanas en el Golfo Pérsico, asentadas allí para la defensa del feudo saudita frente a la agresión de Saddam Hussein. Cuando las autoridades sauditas supieron que Bush daría una plegaria cristiana por el Día de Acción de Gracias, protestaron…  y el  líder del  mundo libre decidió marcar el evento a bordo de un barco de guerra sobre aguas internacionales. En abril de 2002, el Príncipe de la Corona saudí, Abdullah, voló a través de Texas para reunirse con el actual presidente Bush, y, conforme dijo un ejecutivo del aeropuerto al Dallas Morning News, los sauditas habían indicado que “no querían personal femenino en la pista y también dijeron que no debería haber mujeres hablando con el avión”. La Administración Federal de Aviación cumplió con el pedido y lo transmitió a otras torres de control en la ruta de vuelo de Abdullah. Cuando esta noticia trascendió, las autoridades norteamericanas y sauditas negaron todo el asunto.

Asimismo, EE.UU. en 1991 instruyó a sus soldados mujeres en Arabia Saudita a vestir la abaya negra que cubre de pies a cabeza el cuerpo de las mujeres, a sentarse en el asiento trasero de los vehículos y ser acompañadas por un hombre cuando salieran de las bases militares. Oficiales norteamericanos cooperan incluso con la censura Saudita al revisar y vetar la correspondencia que llega al reino proveniente de EE.UU. dirigida a residentes norteamericanos. Soldados han relatado como fotografías de sus esposas o abuelas han sido confiscadas para respetar una prohibición saudí de representar imágenes de mujeres.

Dado que los judíos tienen prohibido el ingreso a Arabia Saudita, EE.UU. ha excluído a diplomáticos judíos de puestos en el reinado. Según Timothy Hunter, un empleado del Departamento de Estado asentado en Arabia Saudita durante 1992 y 1995, la embajada norteamericana en Jeddah y el Ministerio de Relaciones Exteriores saudí han firmado un protocolo según el cuál Washington evitaría enviar empleados judíos a Arabia Saudita. Esta práctica discriminatoria reconoce precedentes en el ámbito comercial, y ha habido casos de demanda legal por parte de ciudadanos judeo-norteamericanos contra sus empleadores por haberlos deliberadamente apartado de puestos en Arabia Saudita a partir de consideraciones religiosas.

Si algo podemos concluir acerca de todo este asunto lamentable, es en la esperanza de que fuentes alternativas al petróleo puedan ser pronto desarrolladas.

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Por Julián Schvindlerman

  

Algo mas que petróleo – 16/06/04

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Desde que Arabia Saudita pasó a integrar los blancos elegidos de la ira jihadista de Al-Qaeda, no pocos oficiales de alto rango en Washington observaron el desarrollo con preocupación. Este país árabe es el principal productor y exportador de petróleo del mundo, posee las mayores reservas de crudo del globo (25%), y es el único miembro de la OPEP con capacidad de aumentar la producción rápidamente (de ocho a diez millones de barriles diarios); todo lo que lo convierte en el fijador del precio internacional del «oro negro».

El prospecto que más inquieta a Estados Unidos es la noción de una toma de poder en Ryhad por fundamentalistas islámicos, o bien, la perpetración de un atentado terrorista de envergadura contra la infraestructura petrolera en el reinado saudita; lo que afectaría gravemente a la economía mundial. Según entendidos en el tema, un ataque contra la más grande instalación procesadora de petróleo en Arabia Saudita podría provocar una reducción en el flujo del crudo similar a la que toda la OPEP afectó al imponer el embargo en 1973. Robert Bauer, un ex agente de la CIA y autor del libro «Durmiendo con el enemigo», dice que el sistema petrolero saudita es peligrosamente vulnerable a atentados. Aunque este país posee más de ochenta campos petroleros y de gas natural activos, así como miles de pozos petroleros, la mitad de sus reservas se concentran en ocho campos interconectados mediante una red de más de 15.000 kilómetros de extensión. Si terroristas fueran a golpear simultáneamente algunos de ellos, el impacto sería alto.

Norteamérica es el más grande consumidor de petróleo saudita, país que, a su vez, es el principal exportador de crudo a China, un gigante que está despertando y cuyo crecimiento económico está incidiendo en la demanda de crudo y el consecuente alza en el precio internacional. La economía global es altamente dependiente de la estabilidad del Reino Saudita, y esto explica la tolerancia internacional a los excesos, abusos, errores y caprichos de la realeza gobernante de esta nación que fuera cierta vez definida como la única empresa privada del mundo con un asiento en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

El asunto más problemático en este sentido es indudablemente la exportación de fundamentalismo wahhabista a los cuatro vientos, la vinculación saudí en el atentado del 11 de septiembre (15 de los 19 terroristas musulmanes que participaron era sauditas, tal como lo es Osama Bin-Laden) y la estrecha cooperación saudí con Al-Qaeda, donde según un informe del Consejo de Seguridad de la ONU, Arabia Saudita ha transferido quinientos millones de dólares a la organización integrista durante la última década. En la esfera pública Washington se ha esforzado a tal extremo en no ofender a su aliado árabe para no dañar el suministro del crudo, que el New York Times, diario usualmente tolerante con las dictaduras árabes, manifestó fastidio con la política norteamericana hacia la Casa de Saud al postular en un editorial que «tratar de obtener una impresión clara sobre las conexiones de Arabia Saudita con los atentados terroristas del 11 de septiembre se ha asemejado mucho a atravesar una tormenta de arena».

Para que se entienda la gravedad y absurdo de este asunto: la economía mundial es altamente dependiente de una nación feudal gobernada por una realeza corrupta, caprichosa y dictatorial, promotora de la ideología wahhabista -antioccidental, extremista y violenta- que ha estado financiando, exportando y coqueteando con el terrorismo fundamentalista islámico en un fútil y peligroso intento en ganar inmunidad frente a la amenaza jihadista. Una política evidentemente autodestructiva a la luz de los recientes atentados en la Casa de Saud; atentados que, recordemos, dispararon el precio del barril a cuarenta y dos dólares, el más alto en casi quince años.

Si Ryhad estornuda, el mundo se resfría. Razón por la cuál la comunidad de las naciones, con Estados Unidos a la cabeza, protege a este feudo rico. El problema es que lo hace con mejoralitos políticos insufriblemente caros.

Comunidades, Comunidades - 2004

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Por Julián Schvindlerman

  

El fino límite entre el anti-Israelismo y el antisemitismo – 02/06/04

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Nadie puede poner en duda el hecho de que el Estado de Israel es globalmente discriminado.

El sionismo (es decir, el nacionalismo judío) es el único movimiento de liberación nacional alguna vez tildado de racista por la familia de las naciones. Alrededor de un tercio de todas las resoluciones de condena de las Naciones Unidas han caído sobre un único estado, Israel. La Comisión de Derechos Humanos monitorea a los 191 estados-miembro de la ONU colectivamente, en tanto que Israel es examinada separadamente bajo un ítem especial de la agenda. Cuando los Países Signatarios de las Convenciones de Ginebra se reunieron por primera vez, cincuenta y dos años luego de su establecimiento, lo hicieron para debatir a Israel. Al Magen David Adom (la Estrella de David Roja, en hebreo), la organización de asistencia humanitaria israelí, se le niega membresía a la Federación Internacional de las Sociedades de la Cruz Roja y el Cuarto Creciente Rojo, donde la Cruz Roja cristiana y el Cuarto Creciente Rojo musulmán son agencias reconocidas. Solo Israel fue objeto de campañas de desprestigio.

Ídem para la Corte Internacional de Justicia (la más saliente institución legal de la humanidad para resolver disputas entre países), cuyos 15 jueces ponderaron la legalidad de la valla antiterrorista israelí. La CIJ, que ha emitido solamente 22 opiniones desde 1947, ha juzgado a Israel no por cometer crímenes contra la humanidad, sino por evitar que otros los lleven a cabo, tal como aptamente observó el experto en derecho internacional Alan Stephens.

Ninguna nación es tan cotidianamente catalogada de nazi, fascista, imperialista, colonialista, expansionista, genocida y segregacionista, como Israel lo es. Una encuesta europea del 2003 arrojó el sorprendente dato que el 60% de los europeos considera a Israel la principal amenaza a la paz mundial.

Lo que estamos presenciando aquí es esencialmente un proceso de palestinización del discurso intelectual occidental. Es como si algunos formadores de opinión en Occidente hubieran adoptado la terminología intransigente y ofensiva de la Carta Nacional Palestina, el documento fundacional de la OLP que llama a la destrucción de Israel. Este no es un comentario irónico. El Artículo 22 de la Carta denomina a Israel «una base para el imperialismo mundial» y «una constante fuente de amenaza vis-à-vis la paz en el Medio Oriente y todo el mundo», un punto de vista reflejado en la encuesta europea. El sionismo es descrito como «racista y fanático en su naturaleza, agresivo, expansionista y colonial en sus objetivos, y fascista en sus métodos», una caracterización regularmente asignada a Israel aún en respetables plataformas occidentales. El Artículo 9 afirma que la «Lucha armada es el único camino para liberar Palestina», un concepto ya incorporado literalmente en varias resoluciones.

Tal lenguaje escapa del ámbito de lo retórico para ingresar al de la incitación. Pierre-André Taguieff, autor de La Nueva Judeofobia, lo expresó de esta manera: si Israel se ha realmente transformado en una entidad tan fea, peligrosa y amenazadora de la paz comparable a la Alemania nazi y a la Sudáfrica del Apartheid, ¿entonces no debiera la comunidad mundial aislar –sino directamente abolir- la existencia del estado judío?

La demonización de Israel es tan total, la crítica tan dura, y la condena tan maniqueísta, que uno apenas si puede considerar esta actitud no tendenciosa o incluso no maliciosa. ¿Se ha convertido Israel, tal como cada vez se dice más seguido, en el judío entre las naciones? ¿Cómo sabemos exactamente donde termina el territorio soberano de la crítica razonable y comienza el del ataque odioso?

Obviamente, la crítica de políticas israelíes puntuales es juego limpio. No es solamente legítima sino también necesaria. Israel es una nación perfectible, tal como lo es cada nación del planeta. Y este es precisamente el punto: tomar solamente al estado judío para el juicio moral de entre una pluralidad de naciones imperfectas es un acto discriminatorio. Enfocar tanta atención internacional sobre la democrática y diminuta Israel cuando existen mucho más urgentes, y de hecho intolerables, violaciones a los derechos humanos, guerras y destrucción alrededor del orbe, parecería estar un poco fuera de lugar.

Sería incorrecto atar automáticamente toda crítica de Israel al prejuicio o al odio. Pero sería igualmente equivocado ignorar el hecho de que a veces el nexo realmente existe. Cuando la condena a Israel es tan impiadosa, selectiva, desproporcionada y absoluta como lo es actualmente, cuando el estado judío es discriminado de manera tan injusta y demonizado a escala tan vasta, entonces inadvertidamente o no se cruza una línea; la línea, «fina como un cabello» en palabras del historiador León Poliakov, entre el antiisraelismo y el antisemitismo.

Extracto del ensayo «El Otro Eje del Mal: Antinorteamericanismo, antiisraelismo y antisemitismo» escrito por el autor y publicado recientemente por Editorial Mila.

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Por Julián Schvindlerman

  

Baremboim: Premiando a la ofensa – 19/05/04

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¿Qué podemos decir de la última controversia disparada por Daniel Barenboim en Israel? ¿Que es un insolente, al deliberadamente insultar al país anfitrión que ha decidido premiarlo? ¿Que es un desubicado, al introducir temática política en medio de una ceremonia cultural? ¿Que es un insensible, al abofetear públicamente a sus hermanos tal como había ofendido a judíos sobrevivientes de la Shoá tiempo atrás con su decisión de tocar música del judeófobo Richard Wagner en el estado judío, cuando se le había solicitado que se abstuviera de hacerlo? ¿Que es un cobarde, puesto que jamás ha sorprendido a audiencias árabes con un repertorio anatema o las ha criticado siendo su invitado, tal como ha hecho con audiencias israelíes?

Esta última observación pertenece a Marcelo Birmajer, quien destacó poco tiempo atrás la cobardía de Barenboim al señalar que era inimaginable que él fuera a tocar música israelí (salvando las distancias) fuera de programa en algunos de sus recitales en las zonas autónomas palestinas, cosa que hizo con su performance de obras de Wagner en Israel. Y es igualmente inconcebible que Barenboim fuera a tener las agallas para criticar la política árabe o palestina en el marco de una ceremonia en alguna ciudad árabe o palestina, si es que alguna vez ellos eligieran premiar al músico judío. Dejando de lado la improbable suposición de que ninguno de los miembros del comité elector pudo haber anticipado que el pianista guardaba alguna sorpresa desagradable en su galera, ya existía suficiente precedente como para cuestionar el otorgamiento del premio en primer lugar. Con lo que uno no puede menos que preguntarse acerca del motivo que lleva a oficiales israelíes a premiar a muchos de sus más ácidos críticos; a Yigal Tumarkin recientemente y a Daniel Barenboim ahora. La clásica advertencia en torno al imperativo de separar al artista de su obra es inadecuada, dado que ambos artistas han deliberadamente mezclado arte y política en sus pronunciamientos, incluso luego de hacerse público el anuncio de la distinción, y en el caso de Barenboim al menos en la mismísima ocasión.

Si el criterio de selección consistiera en separar al hombre de su creación, entonces José Saramago y el ahora difunto Edward Said podrían ser o haber sido dignos candidatos de honores israelíes. Saramago es un escritor universalmente aclamado y si la humanidad le ha conferido el premio Nobel de literatura, ciertamente Israel podría reconocer su excelencia literaria. Por su parte, el refinamiento cultural e intelectual de Said ha sido honrado mediante el premio Príncipe de las Asturias de España (compartido con Barenboim) y con una cátedra de literatura en la prestigiosa Universidad de Columbia.

Que el escritor portugués haya comparado a los israelíes con los nazis o que el académico egipcio/palestino haya negado el derecho a la existencia del estado judío son cuestiones puramente políticas, enteramente separadas de sus respectivas dotes artísticas. ¿Por que razón no se los ha premiado entonces? ¿Por que motivo -lo sabemos intuitivamente- prácticamente ningún israelí apoyaría tales distinciones? Porque ambos han cruzado una línea roja. Porque sus posturas políticas en torno al conflicto árabe-israelí son tan extremas que opacan cualesquiera sean sus contribuciones creativas universales y automáticamente los excluyen de la posibilidad de la distinción. Con lo cuál -sorpresa, sorpresa- resulta que existe cierto punto en el que el hombre y su arte son inseparables. La cuestión entonces es tener la sabiduría para poder determinar exactamente donde yace ese punto. Israel ha premiado en el pasado al escritor peruano Mario Vargas Llosa y a la escritora norteamericana Susan Sontag, a pesar de ser ellos fieros críticos de la política israelí. El Estado de Israel, en tanto democracia pluralista, puede premiar a disidentes ideológicos, entre los que se cuenta al distinguido músico argentino-israelí. Lo que no debiera hacer Israel es honrar a ofensores a la sociedad y al estado. Barenboim no debió haber sido premiado. No por su condena política de Israel, la que lo ubica más cerca de la crítica legítima (si bien disputable) de Vargas Llosa y Sontag que de la inmoral condena anti-israelí de Said y Saramago, sino por su notoria decisión de 2001 de forzar sobre oídos israelíes los acordes musicales del compositor predilecto del mayor genocida de los judíos en la historia. Eso lo posiciona como uno de los peores ofensores del pueblo de Israel, y como tal, desmerecedor de cualquier condecoración.