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Comunidades, Comunidades - 2004

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Entre el snob Frances y el cowboy Texano – 11/08/04

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En materia de seguridad nacional y política exterior, el eje de las elecciones nacionales este año en los EE.UU. girará en torno a dos aspectos básicos: la ideología política de los demócratas y republicanos y la personalidad de los líderes competidores por la Casa Blanca.

El primero contiene tanto similitudes como diferencias en temas tales como el recurso de la guerra, la noción de «ataque preventivo», la amenaza del terrorismo islámico, las armas de destrucción masiva, la democratización del Medio Oriente, la situación en Irak, el programa nuclear de Irán y Corea del Norte, el proceso de paz entre israelíes y palestinos, el acoso chino a Taiwán, las relaciones transatlánticas, etc. El segundo está signado por el contraste entre el multilateralismo declarado de John F. Kerry y el unilateralismo practicado de George W. Bush, tipificado en la caricatura de Kerry como un snob francés (donde se ha destacado su manejo del idioma y porte galo) y Bush como un cowboy texano (donde se presume de su simpleza y predisposición a la violencia).

Bush es, ciertamente, un hombre simple. Y en su simpleza personal, en su falta de sofisticación intelectual, en su inclinación por ver al mundo en blanco y negro, yace precisamente su seriedad moral y su coraje político. Bush tiene una visión clara y particular de las cosas y es un hombre determinado a actuar en concordancia con sus valores y actitudes. Ocasionalmente él incurre en gaffes, pero usualmente dice las cosas como son -o al menos como él cree que son- y opera en consonancia con sus declaraciones. A Saddam Hussein lo declaró un peligro a la seguridad norteamericana, y hoy el dictador bagdadí está en prisión. A Yasser Arafat lo declaró irrelevante, y nunca lo recibió en la Casa Blanca. A Fidel Castro lo declaró su enemigo, e instruyó políticas aislacionistas hacia la isla comunista. Fue ridiculizado universalmente por inyectar tal dosis de realismo y principios en un mundo posmoderno y multicultural en el que el diálogo, la negociación y la tolerancia cargan, supuestamente, la antorcha de la civilización.

Kerry es, al contrario, un internacionalista adorable. Está bien predispuesto a la consulta y a la cooperación mundial, al esfuerzo mancomunado, al matiz y la sutileza, al considerar los intereses y preferencias de otros actores globales. ¿Un Irán nuclear? La plataforma del Partido Demócrata lo define como «un riesgo inaceptable» pero Kerry expresó su disposición a entablar negociaciones bilaterales; del tipo infructífero que han mantenido Gran Bretaña, Alemania y Francia durante los últimos meses y han permitido a los ayatollahs burlar las restricciones del Tratado de No Proliferación Nuclear. ¿La ONU? Kerry prometió tratarla «como un socio pleno, no como un obstáculo que es necesario eludir»; como si la corrupción moral e inutilidad política del organismo no fueran abrumadoras. ¿Las relaciones con Europa? El anunció que trabajará «de manera agresiva para reconstruir las relaciones desgastadas y despedazadas por el gobierno de Bush»; como si Chirac y Schroeder no tuvieran responsabilidad alguna. Su constancia es, no sorprendentemente, la contradicción. Un condecorado veterano de la guerra de Vietnam a la que luego se opuso. Un congresista que se opuso a la invasión de Irak en 1991, estuvo a favor de intervenir en Irak en 2003, y luego votó en contra del financiamiento de la guerra (los famosos US$ 87.000 millones adicionales). Un multimillonario que avanza con una propuesta económica populista. Razón por la cuál solo el 38% de los norteamericanos considera a Kerry un líder fuerte y decidido, frente a un 55% que ve esas características en Bush.

Los demócratas apuntan a demostrar que los republicanos han hecho de EE.UU. y el mundo lugares menos seguros y que han arruinado todo a punto tal que uno debería ser perdonado por suponer que el mundo era maravilloso hasta que la actual administración tomó el poder en Norteamérica. Pero tal como observó la revista británica The Economist, mucho antes de que la guerra en Irak comenzara, incluso antes de que Bush asumiera la presidencia, ya existía el genocidio en Sudán, la guerra palestino-israelí, la inestabilidad latinoamericana, y las aventuras nucleares clandes­tinas iraníes y norcoreanas. El ciudadano norteamericano lo comprende, por eso los sondeos ubican a la par a los contrincantes; aún cuando la gestión de Bush ha estado bajo crítica diaria por años y en tanto Kerry goza del beneficio de la duda.

¿Y que sobre Israel? La política pro-israelí de la administración Bush es indiscutible. La fórmula Kerry-Edwards ha dado, hasta el momento, señales positivas. Al igual que Bush, Kerry se ha opuesto a la condena de la Corte Internacional de Justicia acerca de la valla antiterrorista. Al igual que la política del oficialismo republicano, la plataforma del partido demócrata destaca la «relación especial» entre ambos países, pide por un liderazgo «nuevo y responsable» en la Autoridad Palestina, afirma que los refugiados palestinos deberán retornar al estado palestino y no al «estado judío de Israel» (una muy positiva caracterización que afirma la naturaleza judía del estado), y sostiene que «no es realista» que Israel se retire completamente hasta las líneas del armisticio de 1949. Todo lo cuál no la distingue de la política republicana hasta la fecha, salvo por una manifestación a favor de intervenir en el terreno «con el mismo tipo de resolución para poner término al conflicto palestino-israelí que el Presidente Clinton mostró» (la resolución de Clinton pequeño favor le hizo a Israel).

Una noticia inquietante apareció hace poco en Yediot Aharonot, cuando publicó un supuesto documento secreto que aducía que Arafat estaba frenando las reformas internas con la esperanza de que los demócratas ganaran las elecciones. Hasta ahora el récord de Bush ha probado ser pro-israelí. Del de Kerry no podemos decir mucho aún, pero de ser cierto el informe del diario israelí, el hecho de que el líder palestino vea con mejores ojos a Kerry debería llamar a reflexión.

Comunidades, Comunidades - 2004

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Por Julián Schvindlerman

  

Estados Unidos, Israel y sus críticos – 28/07/04

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N.de R.: Este artículo, concebido a modo de res­puesta a una diatriba anti-israelí y anti-estadounidense de Mario Vargas Llosa, fue originalmente enviado a La Nación, diario que no aceptó la publicación del mismo.

En el plano intelectual, en lo concerniente al caótico Medio Oriente existen dos mundos paralelos enteramente diferentes: el mundo de la complejidad, de los hechos factuales, y de la razón; y el mundo en el que habitan la superficialidad, la distorsión, y la confusión. Estos mundos giran en órbitas apartadas y han dado lugar a visiones distintas, irreductiblemente separadas por la distancia definitiva que existe entre la realidad objetiva y el mito ideado.

En una nota recientemente publicada por La Nación, («Más destructivo que las bombas», 5 de junio de 2004) Mario Vargas Llosa parece efectuar un recorrido por ambos mundos, tomando con justicia parámetros del primero e incursionando imprudentemente en el segundo. Ejemplo de lo primero es el rescate que él realiza de la naturaleza democrática de Estados Unidos e Israel, de la valoración de la autocrítica nacional presente en ambos pueblos, y del reconocimiento a los objetivos nobles por ambas naciones perseguidos: la democratización de Oriente Medio, para Norteamérica, la propia supervivencia, sin ir más lejos, para el Estado de Israel. Ejemplo de lo segundo es la vinculación de la situación iraquí con la arena palestino-israelí, la comparación del presidente de Norteamérica con Saddam Hussein y del premier israelí con los líderes del fundamentalismo islámico palestino, y la sanción moral del proyecto estadounidense en Irak y de toda la empresa sionista, devenida, según el autor, en la peor vergüenza. Daría la impresión de que el prestigioso escritor peruano ha caído presa de la realidad de la desinformación a la que el mismo, lamentablemente, con su artículo coopera. Su peca­do capital intelectual consiste en descontextualizar las accio­nes estadounidenses e israelíes y en condenarlas con una inmisericordia indigna de su lucidez mental. ¿Pueden los repudiables abusos cometidos en la cárcel de Abu Ghraib eclipsar la totalidad del emprendimiento norteamericano que ha removido del poder al líder mesooriental responsable por la matanza de la mayor cantidad de musulmanes en la contemporaneidad y ha resultado en la liberación de veinticinco millones de árabes del yugo de uno de los peores déspotas de la historia moderna? ¿Pueden los cuestionables excesos militares israelíes en el marco de un operativo defensivo (impedir el contrabando de armas y explosivos desde Egipto a la Franja de Gaza, armamento empleado para matar soldados y civiles en Israel) llevarlo a uno a sostener que Israel ha perdido la superioridad moral frente a enemigos empeñados en erradicar la presencia judía no de Gaza sola­mente sino de Tel Aviv y Haifa también?

A pesar de su brillantez literaria y de su refinamiento cultural, Vargas Llosa evidencia en su nota una incapacidad muy elemental en distinguir conceptualmente entre la perpetración de terrorismo y las medidas de respuesta al terrorismo. O para postularlo de manera más mediática: ¿es la ocupación -estadounidense en Irak o israelí en las zonas disputadas- lo que fomenta el terror? ¿O será el terror el generador de tales ocupaciones? Veamos.

Norteamérica invadió Irak para evitar una repetición de la calamidad que sufrió el 11 de septiembre de 2001, oportunidad en la que alrededor de tres mil de sus ciudadanos fueron incinerados en una hecatombe terrorista. Este acto de violencia fue el promotor de la actual presencia de tropas norteamericanas en Irak. Si bien es cierto que la ocupación de este país árabe genera una resistencia local, debemos reconocer que la invasión ha sido originariamente motivada por el atentado terrorista del 11 de septiembre. Vale decir, fue el terror el generador de la ocupación, y no a la inversa.

En cuanto a la cuestión palestino-israelí, recordemos que el estado judío venía sufriendo terrorismo árabe-palestino, así como guerras y boicots económicos, décadas antes de la ocupación. La Organización para la Liberación de Palesti­na (OLP) fue fundada en 1964, es decir, tres años antes de que un solo soldado israelí pusiera una bota sobre Gaza o un solo colono judío construyera un asentamiento en Cisjordania. Aún cuando Israel no ocupaba esos territorios, ya existía un movimiento nacionalista palestino que bregaba, como su nombre indica, por la «liberación de Palestina». Es legítimo preguntarse que territorios exactamente pretendía liberar, y por qué motivo llevaba la OLP a cabo operaciones terroristas contra israelíes en Jerusalem o Eilat, en tanto la población palestina residía en Gaza y Cisjordania libre de ocupación israelí. Ahí entonces comienza uno a entender que la ocupación de Gaza y Cisjordania no es más que una excusa que la narrativa palestina presenta para justificar su lucha armada contra la totalidad de Israel.

En su artículo, Vargas Llosa invita al lector a «…hacer un esfuerzo, evitar las peligrosas amalgamas y, aun en medio del ruido y la furia, discriminar con un mínimo de raciona­lidad». Coincido. Y humildemente sugiero que el sentido de la discriminación nos debería llevar a discernir la natu­raleza dispar de los desafíos y dilemas que enfrentan las democracias en tiempos de paz de los que pesan sobre las democracias en tiempos de guerra, y que la racionalidad debería permitirnos comprender que ni Norteamérica ni Israel han de ser juzgadas bajo estándares utópicos de moralidad divorciados del cruento contexto mesooriental en la que ambas naciones hallan sus destinos hoy tormen­tosamente entrelazados en tanto vanguardistas en la lucha global contra el terror.

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Por Julián Schvindlerman

  

Injusticia en La Haya, impunidad en Buenos Aires – 14/07/04

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Hace rato que hemos cruzado la línea en la que la sola presentación de hechos factuales sobre el conflicto palestino-israelí ante la comunidad internacional resulta ser las más de las veces inútil e irrelevante; y las cotidianas manifestaciones de persistente tendenciosidad en el campo de la prensa, la diplomacia y la intelectualidad así lo demuestran. La reciente declaración de la Corte Internacional de Justicia respecto de la ilegalidad de la valla antiterrorista israelí tan solo reafirma esta realidad.

El viernes pasado, catorce de los quince jueces-miembro de la Corte asentada en La Haya opinaron que la construcción de la valla de seguridad israelí es ilegal y que contraviene la ley internacional, ordenaron a Israel reintegrar tierras tomadas e indemnizar a los palestinos afectados, y recomendaron al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que adoptara acciones tendientes a forzar a Israel a detener su construcción. Este pronunciamiento era anticipado a la luz de la composición de la propia Corte, de su vinculación con la estructura de la ONU, y de la misma redacción en la solicitud de injerencia en el asunto en la carta originalmente enviada a la Corte por la Asamblea General, la que preguntó: «¿Cuáles son las consecuencias legales que se desprenden de la construcción del muro por parte de Israel, la potencia ocupante, en el territorio ocupado palestino, incluyendo Jerusalém Oriental y sus alrededores?”. Más la predictibilidad del fallo no oscurece su gravedad, en diversos órdenes: en la trivialización de la noción de justicia universal; en el desprestigio creciente de aún otro foro más de la ONU, en el deterioro del concepto de la soberanía estatal frente al de los derechos de los pueblos o las minorías a la autodeterminación, en el daño al  principio de la defensa nacional, en la vindicación del terrorismo global, y en el estímulo a la perniciosa imagen colectiva de víctima de la sociedad palestina. No por nada afirmó el ministro del gabinete palestino Saeb Erakat al conocer el fallo de la Corte: «Este es un día histórico para la causa palestina.».

Y ha sido además un día histórico para el destino de la humanidad. Puesto que la opinión formada de la familia de las naciones, expresada a través del fallo de la Corte Internacional de Justicia, ha manifestado su simpatía por los perpetradores de actos de terror y no por sus víctimas; lo que si bien no es algo nuevo, no deja de repudiable serlo. «No tiene sentido que las Naciones Unidas se opongan con vehemencia a una valla que es una respuesta no violenta al terrorismo en lugar de oponerse al propio terrorismo», dijo la senadora demócrata Hillary Clinton, en un pronunciamiento portador de una verdad moral tan elemental que cuesta incluso admitir que exista disenso sobre el mismo.

La ONU tiene un largo y triste historial de apología del terror, producto de la politización interna del organismo y de su alevosa manipulación en manos de países árabes e islámicos que han inyectado tal dosis de radicalismo y distorsión, que al día de hoy este foro ha sido incapaz de acordar una definición sobre que es terrorismo y que no lo es, puesto que el terrorista para uno es el luchador por la libertad para el otro. Hasta tal punto esto es así, que una reciente iniciativa del Centro Simón Wiesenthal tendiente a lograr consenso mundial en torno a definir como crímenes contra la humanidad a los ataques suicidas, ha debido concentrarse en el método del terrorista -el asesinato de terceros por medio del suicidio personal- en lugar del perpetrador -el terrorista- dado que la confusión conceptual y moral reinante impide llamar a las cosas por su nombre.

Es en este contexto donde arribamos entonces a la conmemoración del décimo aniversario de la voladura del edificio de la AMIA-DAIA.  Diez años han transcurrido desde aquél fatídico atentado en el que «luchadores por la libertad» musulmanes cegaron la vida de ochenta y cinco almas en la Argentina.  Diez años de impericia y negligencia judicial. Diez años de cobardía o complicidad política oficial, o de las dos. Diez años de reclamos desatendidos y de dolorosa memoria. Diez años, en suma, de impunidad. De una impunidad que permite el crecimiento del monstruo terrorista, que lo alimenta con su complacencia e indiferencia, que lo sostiene con su injusticia y claudicación, y que lo catapulta hasta las alturas del tiempo inmemorial con su vergüenza y aprobación.

Vivimos en la era del aliento al terror, donde la injusticia de La Haya y la impunidad de Buenos Aires se entremezclan en una poción peligrosa de la que sólo pueden emerger más errores, mayor destrucción, y la postergación de la inevitable confrontación con el flagelo del mal que hoy el mundo libre está apaciguando con fútil devoción.

Comunidades, Comunidades - 2004

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Por Julián Schvindlerman

  

Relaciones peligrosas: Arabia Saudita y Estados Unidos – 30/06/04

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En mi última columna («Algo más que petróleo»), comenté sobre la dependencia internacional -y especialmente estadounidense- respecto del crudo saudita. En ésta mostraré cuan contaminada está la relación saudí-norteamericana como resultado de dicha dependencia.

Recuerdo haber asistido a una conferencia en Washington, D.C. hace dos años en la que uno de los panelistas era un ex embajador norteamericano en Ryhad. Para mi sorpresa, sus declaraciones eran desvergonzadamente pro-saudíes, incluso cuando se trataba de temas que oponían intereses entre ambas naciones. Cuando un miembro de la audiencia con ironía pidió al moderador que le aclare si esa persona había sido embajador de su país en Arabia Saudita o a la inversa, comprendí que mi impresión inicial era compartida. Me tomaría muchos meses más, no obstante, advertir que lo que había presen­ciado no era un caso aislado sino una manifestación puntual de un fenómeno generalizado.

Para entender de que fenómeno estamos hablando basta con leer el siguiente comentario del embajador saudita ante los EE.UU., el príncipe Bandar bin Sultán, durante una entrevista del 2002 con The Washington Post: «Si se crea la reputación de que los saudíes se ocupan de sus amigos una vez que éstos han abandonado sus funciones oficiales. Uds. estarían sorprendidos de que mejores amigos uno tiene que están recién asumiendo funciones». Y así, la revista National Review ha tildado de «pasmoso» el número de ex diplomáticos estadounidenses que ahora abrazan una postura pro-saudita, y el National Post concluyó respecto de cinco ex embajadores que había investigado que «se han hecho de un buen pasar insultando a sus propios compatriotas mientras que se hacen cómplices de uno de los regímenes más corruptos de la tierra».

Entre los beneficiarios del «programa de jubilación» saudita, el Washington Post ha nombrado a Edward Walter, ex Secretario Asistente de Estado para Asuntos del Cercano Oriente, quien actualmente preside el Middle East Institute, y a Walter Cutler, ex embajador en Arabia Saudita, quien dirige el Meridian Internacional Center, ambos en la capital estadounidense. Steven Emerson (un pionero en la denuncia del fundamentalismo islámico en Norteamérica, escuchado a destiempo) agrega a la lista los nombres de Jimmy Cárter, ex presidente, Spiro Agnew, ex vice-presidente, Clark Clifford, ex secretario de defensa, John Connally, ex secretario del tesoro, y James Akins, ex embajador en Ryhad.

Fuera de la red del soborno saudí en Estados Unidos, si fuéramos a considerar los nombres de oficiales vinculados en la actualidad o en el pasado a compañías estadounidenses que mantienen lazos comerciales con la Casa de Saúd, entonces deberíamos mencionar -según Robert Baer, ex agente de la CÍA y autor de «Durmiendo con el Enemigo», libro acerca de las relaciones Washignton-Ryhad- a John Deutch, ex director de la CÍA, Frank Carlucci, ex secretario de defensa, James Baker, ex secretario de estado, y Dick Cheney, actual vicepresidente.

Esta información nos podría permitir entender una de las causas del apaciguamiento estadounidense respecto de actitudes de Ryhad verdaderamente insólitas, tal como los siguiente ejemplos recopilados por el analista Daniel Pipes sugieren.

En noviembre de 1990, acompañado por su esposa y una delegación de congresistas, el entonces presidente Georgc H.W. Bush, visitó a las tropas norteamericanas en el Golfo Pérsico, asentadas allí para la defensa del feudo saudita frente a la agresión de Saddam Hussein. Cuando las autoridades sauditas supieron que Bush daría una plegaria cristiana por el Día de Acción de Gracias, protestaron…  y el  líder del  mundo libre decidió marcar el evento a bordo de un barco de guerra sobre aguas internacionales. En abril de 2002, el Príncipe de la Corona saudí, Abdullah, voló a través de Texas para reunirse con el actual presidente Bush, y, conforme dijo un ejecutivo del aeropuerto al Dallas Morning News, los sauditas habían indicado que “no querían personal femenino en la pista y también dijeron que no debería haber mujeres hablando con el avión”. La Administración Federal de Aviación cumplió con el pedido y lo transmitió a otras torres de control en la ruta de vuelo de Abdullah. Cuando esta noticia trascendió, las autoridades norteamericanas y sauditas negaron todo el asunto.

Asimismo, EE.UU. en 1991 instruyó a sus soldados mujeres en Arabia Saudita a vestir la abaya negra que cubre de pies a cabeza el cuerpo de las mujeres, a sentarse en el asiento trasero de los vehículos y ser acompañadas por un hombre cuando salieran de las bases militares. Oficiales norteamericanos cooperan incluso con la censura Saudita al revisar y vetar la correspondencia que llega al reino proveniente de EE.UU. dirigida a residentes norteamericanos. Soldados han relatado como fotografías de sus esposas o abuelas han sido confiscadas para respetar una prohibición saudí de representar imágenes de mujeres.

Dado que los judíos tienen prohibido el ingreso a Arabia Saudita, EE.UU. ha excluído a diplomáticos judíos de puestos en el reinado. Según Timothy Hunter, un empleado del Departamento de Estado asentado en Arabia Saudita durante 1992 y 1995, la embajada norteamericana en Jeddah y el Ministerio de Relaciones Exteriores saudí han firmado un protocolo según el cuál Washington evitaría enviar empleados judíos a Arabia Saudita. Esta práctica discriminatoria reconoce precedentes en el ámbito comercial, y ha habido casos de demanda legal por parte de ciudadanos judeo-norteamericanos contra sus empleadores por haberlos deliberadamente apartado de puestos en Arabia Saudita a partir de consideraciones religiosas.

Si algo podemos concluir acerca de todo este asunto lamentable, es en la esperanza de que fuentes alternativas al petróleo puedan ser pronto desarrolladas.

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Algo mas que petróleo – 16/06/04

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Desde que Arabia Saudita pasó a integrar los blancos elegidos de la ira jihadista de Al-Qaeda, no pocos oficiales de alto rango en Washington observaron el desarrollo con preocupación. Este país árabe es el principal productor y exportador de petróleo del mundo, posee las mayores reservas de crudo del globo (25%), y es el único miembro de la OPEP con capacidad de aumentar la producción rápidamente (de ocho a diez millones de barriles diarios); todo lo que lo convierte en el fijador del precio internacional del «oro negro».

El prospecto que más inquieta a Estados Unidos es la noción de una toma de poder en Ryhad por fundamentalistas islámicos, o bien, la perpetración de un atentado terrorista de envergadura contra la infraestructura petrolera en el reinado saudita; lo que afectaría gravemente a la economía mundial. Según entendidos en el tema, un ataque contra la más grande instalación procesadora de petróleo en Arabia Saudita podría provocar una reducción en el flujo del crudo similar a la que toda la OPEP afectó al imponer el embargo en 1973. Robert Bauer, un ex agente de la CIA y autor del libro «Durmiendo con el enemigo», dice que el sistema petrolero saudita es peligrosamente vulnerable a atentados. Aunque este país posee más de ochenta campos petroleros y de gas natural activos, así como miles de pozos petroleros, la mitad de sus reservas se concentran en ocho campos interconectados mediante una red de más de 15.000 kilómetros de extensión. Si terroristas fueran a golpear simultáneamente algunos de ellos, el impacto sería alto.

Norteamérica es el más grande consumidor de petróleo saudita, país que, a su vez, es el principal exportador de crudo a China, un gigante que está despertando y cuyo crecimiento económico está incidiendo en la demanda de crudo y el consecuente alza en el precio internacional. La economía global es altamente dependiente de la estabilidad del Reino Saudita, y esto explica la tolerancia internacional a los excesos, abusos, errores y caprichos de la realeza gobernante de esta nación que fuera cierta vez definida como la única empresa privada del mundo con un asiento en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

El asunto más problemático en este sentido es indudablemente la exportación de fundamentalismo wahhabista a los cuatro vientos, la vinculación saudí en el atentado del 11 de septiembre (15 de los 19 terroristas musulmanes que participaron era sauditas, tal como lo es Osama Bin-Laden) y la estrecha cooperación saudí con Al-Qaeda, donde según un informe del Consejo de Seguridad de la ONU, Arabia Saudita ha transferido quinientos millones de dólares a la organización integrista durante la última década. En la esfera pública Washington se ha esforzado a tal extremo en no ofender a su aliado árabe para no dañar el suministro del crudo, que el New York Times, diario usualmente tolerante con las dictaduras árabes, manifestó fastidio con la política norteamericana hacia la Casa de Saud al postular en un editorial que «tratar de obtener una impresión clara sobre las conexiones de Arabia Saudita con los atentados terroristas del 11 de septiembre se ha asemejado mucho a atravesar una tormenta de arena».

Para que se entienda la gravedad y absurdo de este asunto: la economía mundial es altamente dependiente de una nación feudal gobernada por una realeza corrupta, caprichosa y dictatorial, promotora de la ideología wahhabista -antioccidental, extremista y violenta- que ha estado financiando, exportando y coqueteando con el terrorismo fundamentalista islámico en un fútil y peligroso intento en ganar inmunidad frente a la amenaza jihadista. Una política evidentemente autodestructiva a la luz de los recientes atentados en la Casa de Saud; atentados que, recordemos, dispararon el precio del barril a cuarenta y dos dólares, el más alto en casi quince años.

Si Ryhad estornuda, el mundo se resfría. Razón por la cuál la comunidad de las naciones, con Estados Unidos a la cabeza, protege a este feudo rico. El problema es que lo hace con mejoralitos políticos insufriblemente caros.

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El fino límite entre el anti-Israelismo y el antisemitismo – 02/06/04

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Nadie puede poner en duda el hecho de que el Estado de Israel es globalmente discriminado.

El sionismo (es decir, el nacionalismo judío) es el único movimiento de liberación nacional alguna vez tildado de racista por la familia de las naciones. Alrededor de un tercio de todas las resoluciones de condena de las Naciones Unidas han caído sobre un único estado, Israel. La Comisión de Derechos Humanos monitorea a los 191 estados-miembro de la ONU colectivamente, en tanto que Israel es examinada separadamente bajo un ítem especial de la agenda. Cuando los Países Signatarios de las Convenciones de Ginebra se reunieron por primera vez, cincuenta y dos años luego de su establecimiento, lo hicieron para debatir a Israel. Al Magen David Adom (la Estrella de David Roja, en hebreo), la organización de asistencia humanitaria israelí, se le niega membresía a la Federación Internacional de las Sociedades de la Cruz Roja y el Cuarto Creciente Rojo, donde la Cruz Roja cristiana y el Cuarto Creciente Rojo musulmán son agencias reconocidas. Solo Israel fue objeto de campañas de desprestigio.

Ídem para la Corte Internacional de Justicia (la más saliente institución legal de la humanidad para resolver disputas entre países), cuyos 15 jueces ponderaron la legalidad de la valla antiterrorista israelí. La CIJ, que ha emitido solamente 22 opiniones desde 1947, ha juzgado a Israel no por cometer crímenes contra la humanidad, sino por evitar que otros los lleven a cabo, tal como aptamente observó el experto en derecho internacional Alan Stephens.

Ninguna nación es tan cotidianamente catalogada de nazi, fascista, imperialista, colonialista, expansionista, genocida y segregacionista, como Israel lo es. Una encuesta europea del 2003 arrojó el sorprendente dato que el 60% de los europeos considera a Israel la principal amenaza a la paz mundial.

Lo que estamos presenciando aquí es esencialmente un proceso de palestinización del discurso intelectual occidental. Es como si algunos formadores de opinión en Occidente hubieran adoptado la terminología intransigente y ofensiva de la Carta Nacional Palestina, el documento fundacional de la OLP que llama a la destrucción de Israel. Este no es un comentario irónico. El Artículo 22 de la Carta denomina a Israel «una base para el imperialismo mundial» y «una constante fuente de amenaza vis-à-vis la paz en el Medio Oriente y todo el mundo», un punto de vista reflejado en la encuesta europea. El sionismo es descrito como «racista y fanático en su naturaleza, agresivo, expansionista y colonial en sus objetivos, y fascista en sus métodos», una caracterización regularmente asignada a Israel aún en respetables plataformas occidentales. El Artículo 9 afirma que la «Lucha armada es el único camino para liberar Palestina», un concepto ya incorporado literalmente en varias resoluciones.

Tal lenguaje escapa del ámbito de lo retórico para ingresar al de la incitación. Pierre-André Taguieff, autor de La Nueva Judeofobia, lo expresó de esta manera: si Israel se ha realmente transformado en una entidad tan fea, peligrosa y amenazadora de la paz comparable a la Alemania nazi y a la Sudáfrica del Apartheid, ¿entonces no debiera la comunidad mundial aislar –sino directamente abolir- la existencia del estado judío?

La demonización de Israel es tan total, la crítica tan dura, y la condena tan maniqueísta, que uno apenas si puede considerar esta actitud no tendenciosa o incluso no maliciosa. ¿Se ha convertido Israel, tal como cada vez se dice más seguido, en el judío entre las naciones? ¿Cómo sabemos exactamente donde termina el territorio soberano de la crítica razonable y comienza el del ataque odioso?

Obviamente, la crítica de políticas israelíes puntuales es juego limpio. No es solamente legítima sino también necesaria. Israel es una nación perfectible, tal como lo es cada nación del planeta. Y este es precisamente el punto: tomar solamente al estado judío para el juicio moral de entre una pluralidad de naciones imperfectas es un acto discriminatorio. Enfocar tanta atención internacional sobre la democrática y diminuta Israel cuando existen mucho más urgentes, y de hecho intolerables, violaciones a los derechos humanos, guerras y destrucción alrededor del orbe, parecería estar un poco fuera de lugar.

Sería incorrecto atar automáticamente toda crítica de Israel al prejuicio o al odio. Pero sería igualmente equivocado ignorar el hecho de que a veces el nexo realmente existe. Cuando la condena a Israel es tan impiadosa, selectiva, desproporcionada y absoluta como lo es actualmente, cuando el estado judío es discriminado de manera tan injusta y demonizado a escala tan vasta, entonces inadvertidamente o no se cruza una línea; la línea, «fina como un cabello» en palabras del historiador León Poliakov, entre el antiisraelismo y el antisemitismo.

Extracto del ensayo «El Otro Eje del Mal: Antinorteamericanismo, antiisraelismo y antisemitismo» escrito por el autor y publicado recientemente por Editorial Mila.

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Por Julián Schvindlerman

  

Baremboim: Premiando a la ofensa – 19/05/04

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¿Qué podemos decir de la última controversia disparada por Daniel Barenboim en Israel? ¿Que es un insolente, al deliberadamente insultar al país anfitrión que ha decidido premiarlo? ¿Que es un desubicado, al introducir temática política en medio de una ceremonia cultural? ¿Que es un insensible, al abofetear públicamente a sus hermanos tal como había ofendido a judíos sobrevivientes de la Shoá tiempo atrás con su decisión de tocar música del judeófobo Richard Wagner en el estado judío, cuando se le había solicitado que se abstuviera de hacerlo? ¿Que es un cobarde, puesto que jamás ha sorprendido a audiencias árabes con un repertorio anatema o las ha criticado siendo su invitado, tal como ha hecho con audiencias israelíes?

Esta última observación pertenece a Marcelo Birmajer, quien destacó poco tiempo atrás la cobardía de Barenboim al señalar que era inimaginable que él fuera a tocar música israelí (salvando las distancias) fuera de programa en algunos de sus recitales en las zonas autónomas palestinas, cosa que hizo con su performance de obras de Wagner en Israel. Y es igualmente inconcebible que Barenboim fuera a tener las agallas para criticar la política árabe o palestina en el marco de una ceremonia en alguna ciudad árabe o palestina, si es que alguna vez ellos eligieran premiar al músico judío. Dejando de lado la improbable suposición de que ninguno de los miembros del comité elector pudo haber anticipado que el pianista guardaba alguna sorpresa desagradable en su galera, ya existía suficiente precedente como para cuestionar el otorgamiento del premio en primer lugar. Con lo que uno no puede menos que preguntarse acerca del motivo que lleva a oficiales israelíes a premiar a muchos de sus más ácidos críticos; a Yigal Tumarkin recientemente y a Daniel Barenboim ahora. La clásica advertencia en torno al imperativo de separar al artista de su obra es inadecuada, dado que ambos artistas han deliberadamente mezclado arte y política en sus pronunciamientos, incluso luego de hacerse público el anuncio de la distinción, y en el caso de Barenboim al menos en la mismísima ocasión.

Si el criterio de selección consistiera en separar al hombre de su creación, entonces José Saramago y el ahora difunto Edward Said podrían ser o haber sido dignos candidatos de honores israelíes. Saramago es un escritor universalmente aclamado y si la humanidad le ha conferido el premio Nobel de literatura, ciertamente Israel podría reconocer su excelencia literaria. Por su parte, el refinamiento cultural e intelectual de Said ha sido honrado mediante el premio Príncipe de las Asturias de España (compartido con Barenboim) y con una cátedra de literatura en la prestigiosa Universidad de Columbia.

Que el escritor portugués haya comparado a los israelíes con los nazis o que el académico egipcio/palestino haya negado el derecho a la existencia del estado judío son cuestiones puramente políticas, enteramente separadas de sus respectivas dotes artísticas. ¿Por que razón no se los ha premiado entonces? ¿Por que motivo -lo sabemos intuitivamente- prácticamente ningún israelí apoyaría tales distinciones? Porque ambos han cruzado una línea roja. Porque sus posturas políticas en torno al conflicto árabe-israelí son tan extremas que opacan cualesquiera sean sus contribuciones creativas universales y automáticamente los excluyen de la posibilidad de la distinción. Con lo cuál -sorpresa, sorpresa- resulta que existe cierto punto en el que el hombre y su arte son inseparables. La cuestión entonces es tener la sabiduría para poder determinar exactamente donde yace ese punto. Israel ha premiado en el pasado al escritor peruano Mario Vargas Llosa y a la escritora norteamericana Susan Sontag, a pesar de ser ellos fieros críticos de la política israelí. El Estado de Israel, en tanto democracia pluralista, puede premiar a disidentes ideológicos, entre los que se cuenta al distinguido músico argentino-israelí. Lo que no debiera hacer Israel es honrar a ofensores a la sociedad y al estado. Barenboim no debió haber sido premiado. No por su condena política de Israel, la que lo ubica más cerca de la crítica legítima (si bien disputable) de Vargas Llosa y Sontag que de la inmoral condena anti-israelí de Said y Saramago, sino por su notoria decisión de 2001 de forzar sobre oídos israelíes los acordes musicales del compositor predilecto del mayor genocida de los judíos en la historia. Eso lo posiciona como uno de los peores ofensores del pueblo de Israel, y como tal, desmerecedor de cualquier condecoración.

Comunidades, Comunidades - 2004

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

¿Hacia lo estados unidos de Europa? – 05/05/04

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Con veinticinco estados-miembro, fronteras extendiéndose desde el océano Atlántico hasta Rusia, una economía que representa el 21% del PBI mundial, y conformando la zona más poblada del mundo después de China e India, la flamante nueva Unión Europea emerge como un bloque regional política y económicamente fuerte. El continente europeo imperial que a principios del siglo XX controlaba con sus colonias alrededor del 85% de la tierra firme del globo, parece reconstituirse a sí mismo como un actor internacional im­posible de ignorar.

Al incorporarse a la UE un mes después de haber sido aceptados por la OTAN, los países bálticos parecen dar el cierre de puerta final al paraguas de la influencia soviética. Y es justamente tal aprehensión histórica al totalitarismo comunista ruso de antaño el factor que ha hecho pendular las simpatías bálticas hacia Estados Unidos de América, visión un tanto ausente en Europa occidental, a pesar de haber sido ella misma rescatada al menos dos veces por Estados Unidos de sus propios demonios el siglo pasado. Las nuevas naciones traen consigo el potencial de imbuir aire fresco al debate ideológico de Europa occidental en torno a su papel en el mundo, su política exterior y sus relaciones con Washington, aunque también está presente el riesgo de que los europeos orientales cedan a las presiones de grupo y, en tanto incipientes socios, deban amoldarse a visiones y políticas preestablecidas.

Como toda integración, es dable anticipar situaciones de conflicto interno. Las disparidades ideológicas, económicas, culturales y hasta idiomáticas, entre los viejos y los nuevos estados de la UE, abren el interrogante acerca de cuan unida será realmente la UE. Aún antes de la incorporación de los países bálticos, Europa debatía si incluiría a D’s en su Carta Magna o si mencionaría las raíces cristianas del continente, entre otros dilemas. Ha aceptado a la parte griega de Chipre, pero no así al sector turco de la isla.

Y aún debe definir su postura con relación a Turquía, el único estado aspirante musulmán, cuya postulación ha quedado diferida en al menos una década. («La Unión Europea tiene que ser europea, además de unión» acotaba hace poco el filósofo español Fernando Savater, dando eco al sentir continental).

Europa deberá demostrar de ahora en más cuan abierta realmente es en torno a la diversidad cultural que tanto predica. Los europeos han hecho un culto del multiculturalismo y del universalismo, y la absorción de 75 millones de habitantes provenientes de cul­turas diversas testeará sus nociones de apertura. El crecimiento religioso de la minoría musulmana en Francia y la consecuente reacción republicana de prohibir el uso en escuelas públicas del velo islámico (junto al Maguen David judío y la cruz cristiana) es ejemplo de los límites de la tolerancia europea -o en este caso, gala- por lo diferente, al menos en su propio terruño.

Europa porta una cosmovisión optimista del devenir de la humanidad, cree en la perfectibilidad del alma humana, deposita su fe en las instituciones supranacionales, y está convencida de las virtudes del multiculturalismo y del pacifismo. Vive en lo que Robert Kagan denomina el «paraíso post-histórico de relativa paz y seguridad» y sospecha del ejercicio del poder, especialmente cuando quien lo ejerce es EE.UU; una nación que concentra el 44% del gasto militar del mundo, aún cuando su población no supera el 5% de la población del planeta, y cuyo presupuesto militar dobla al de la propia UE de los veinticinco miembros.

Sorprende un poco que Europa sermonee a Estados Unidos respecto de los males de homogeneizar el mundo a través de la MTV, el libremercado, o la idea de la democracia liberal, pero al mismo tiempo -en la correcta observación de Alvin Toffler- ella está creando unidades únicas para el té, la educación, la geografía, y otros. O, como señalara Emanuele Ottolenghi de la Universidad de Oxford, que Europa proteste la misión civilizadora norteamericana mientras intenta imponer su propia visión eurocéntrica.

Hoy, Europa se posiciona como un bloque regional muy importante. Pero aún dista mucho de consolidarse como una superpotencia alternativa a Estados Unidos. No obstante, la ampliación de la UE -sea esa la intención o no- representa un paso en tal dirección. Las intensas divisiones políticas en el seno europeo expuestas en el marco de la guerra en Irak, evidencian fisuras a la cohesión regional sin la cual difícilmente el continente pueda constituirse en una potencia global. Para el futuro cercano al menos, la superpotencia mundial no se llamará Estados Unidos de Europa.

Comunidades, Comunidades - 2004

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

l’affair Vananu y la politica nuclear Israeli – 21/04/04

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“Revealed: the secrets of Israel’s nuclear arsenal”

Con este prominente titular en su portada de un día de octubre de 1986, el Sunday Times de Londres expuso por primera vez públicamente la hasta entonces secreta capacidad nuclear israelí. La información había llegado al diario británico de la boca de Mordejai Vanunu, un técnico israelí en la planta nuclear de Dimona, quien vendió el secreto de estado a la prensa inglesa por unas cuantas libras esterlinas. Al poco tiempo, una bella dama sedujo al ambicioso técnico a un encuentro en Italia, donde agentes del Mossad lo secuestraron y llevaron de regreso a Israel. Vanunu pasó los siguientes dieciocho años encarcelado. El 21 de abril, en coincidencia con la publicación de la presente edición de Comunidades, Vanunu será liberado.

Es de esperar que el traidor israelí -quien se ha convertido al Cristianismo y ha sido nominado sucesivamente al premio Nóbel de la Paz- sea ungido como un icono político por activistas antinucleares, neopacifistas, medioambientalistas e izquierdistas radicales, y que la prensa internacional vaya a instalar en la agenda mundial el tema de su actual liberación, pasado confinamiento y futuras restricciones de movimiento. Por sobre todo, la política nuclear israelí una vez más despertará significativa atención global. Este será especialmente el caso en el contexto de una atmósfera caldeada por las disputas internacionales debido a la posesión de armamento nuclear por parte de Corea del Norte, el desarrollo nuclear de Irán, el reciente abandono del programa nuclear de Libia, el escándalo del comercio nuclear pakistaní y el debate en torno a las armas de destrucción masiva en Irak. La Europa posmoderna y las naciones árabes premodernas indudablemente se unirán en la demanda desnuclearizadora de Israel en aras de un Medio Oriente libre de armamento nuclear. Egipto, vanguardista en este campo, sabrá capitalizar este acontecimiento para presionar aún más el tema en la agenda política mundial, particularmente en los foros de las Naciones Unidas. Dado que muchos países mesoorientales han firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear de la ONU, la presión global caerá sobre Israel para que reconozca y acate la voluntad de la familia de las naciones. Israel, por su parte, con toda probabilidad mantendrá su postura de opacidad clásica y ni confirmará ni negará la posesión de bombas nucleares, limitándose a reiterar su comunicado oficial en el sentido de que el estado judío no será el primero en introducir armas nucleares al Medio Oriente.

Según estimaciones de la CÍA, Israel posee más de doscientas armas nucleares. La política nuclear israelí nace a partir de la vocación politicida del mundo árabe, el que supera cuantitativamente de manera considerable en territorios, población, soldados en servicio y otros indicadores al estado judío, y de la consecuente compresión israelí en torno a la necesidad de disponer de una «ventaja cualitativa», es decir, la posibilidad de disuadir militarmente a sus enemigos. Es denominada la «Opción de Sansón» en alusión al personaje bíblico que enfrentado a la certeza de su propia muerte en manos de sus enemigos, provoca el derrumbe del templo en el que estaba detenido y mata así a sus verdugos y a sí mismo.

La política nuclear israelí ha sido un componente indispensable de su estrategia militar y se encuentra profundamente arraigada en la psicología israelí. En tanto los israelíes sigan oyendo día y noche llamados a la destrucción de Israel en el Medio Oriente, es improbable que ellos fueran a deshacerse voluntariamente de su única defensa real frente a enemigos declarados. Tan seriamente toma Israel esta amenaza, que supuestamente posee varios submarinos nucleares fuera del país para que éstos pudieran responder a un holocausto israelí.

En un mundo ideal, sería muy bueno que ningún estado poseyera armas nucleares. Pero en el mundo real, en el que vivimos, en el que Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Gran Bretaña, India, Pakistán, Corea del Norte y posiblemente algunos más ya poseen armamento nuclear, no sería justo exigirle a Israel -un país bajo constante amenaza existencial- que abandone una vital arma de último recurso que garantiza su viabilidad nacional. Si Francia cree necesitar opciones nucleares, ciertamente Israel también tiene motivos valederos.

La comunidad internacional debería saber distinguir la amenaza nuclear emanada de entes totalitarios de la posesión nuclear con propósitos defensivos y disuasorios de naciones democráticas. Esfuerzos en pos del desarme nuclear de Corea del Norte, Libia e Irán son claramente meritorios. Análogos esfuerzos orientados hacia democra­cias acosadas, no lo son. Pero como con casi todo lo concerniente a Israel, la familia de las naciones no podrá -o no querrá- ver estas diferencias evidentes, y es dable esperar un nuevo debate en torno a un país que ha sido definido por el 60% de los europeos como la principal amenaza a la paz mundial.

Comunidades, Comunidades - 2004

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

La muerte de un terrorista – 31/03/04

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Israel ha efectuado una importante contribución a la lucha global contra el terrorismo al eliminar a Ahmed Yassin, «el Osama Bin Laden palestino» según el vox populi israelí. Yassin era líder del Hamas; una agrupación musulmana fundamentalista que figura en los listados de organizaciones terroristas del Departamento de Estado norteamericano y de la Unión Europea, y responsable de llevar a cabo cuatrocientos veinticinco atentados en los últimos tres años y medio en Israel, provocando así la muerte de trescientos setenta y siete israelíes e hiriendo a dos mil setenta y seis. En una entrevista que Yassin dio en 1998, dijo: «El día en el que muera como un shahid (mártir) será el día más feliz de mi vida». Así pues, resulta que su eliminación fue una ocasión de alegría para muchos.

Pero no para todos. «Es inaceptable, es injustificado», aseveró Jack Straw, el ministro de asuntos exteriores británico. «Francia condena la acción contra el jeque Yassin», anunció el canciller galo, Dominique de Villepin. «Israel no tiene derecho a realizar ejecuciones extra-judiciales», sostuvo la Unión Europea. El Washington Post editorializó que «su muerte violenta en manos de Israel seguramente pospondrá en lugar de acelerar alguna moderación por parte de sus seguidores». La Comisión de Derechos Humanos de la ONU se pronunció en contra de la acción israelí. La República Argentina, que sufrió en su propio suelo el flagelo terrorista islámico, emitió un comunicado de condena y luego votó en contra de Israel en Ginebra.

Es sorprendente la vehemencia con la que la familia de las naciones sancionó a Israel por matar a un microgenocida como Yassin. Y es más sorprendente aún la caracterización mediática de este terrorista como un líder espiritual y un paralítico, ambos puntos correctos, pero que obviamente son usados para despertar cierta simpatía por él. Igualmente, cabe preguntar: ¿Dónde creen los periodistas que se recluta a los musulmanes fanáticos para la red del terror? ¿En templos budistas? ¿En sinagogas judías? Sobre la incapacidad física de Yassin, Malcolm Hoenlin, importante líder judeo-estadounidense, retóricamente preguntó: «¿No deberíamos ir tras Osama Bin Laden porque es diabético? ¿Deberíamos haber exculpado al jeque Rahman (ideó el ataque al World Trade Center de 1993) de sus actividades terroristas por ser ciego?» Por su parte, Natalio Stenier sagazmente observó que muchas de las víctimas israelíes han quedado parapléjicas por las bombas que Yassin.

En el Dar al-Islam, los actos de terror son vistos como actos de liberación y los verdaderos terroristas son los israelíes. En el mundo occidental, parece reinar una inmoral distinción entre terrorismo «malo» y terrorismo «bueno», a saber: el terrorismo malo es el de Al-Qaeda, cuando ataca objetivos fuera de Israel, en tanto que el terrorismo bueno es la lucha contra la ocupación israelí de la siempre noble y nunca impura resistencia palestina. ¿Cómo explicar sino la cobertura periodística del diario La Nación, que dedicó numerosas páginas al ataque en Madrid y ni siquiera un recuadro chiquito a un doble atentado contra el puerto de Ashdod apenas cuatro días después, y que tampoco publicó noticia alguna cuando al día siguiente terroristas palestinos ocultaron una bomba en la mochila de un niño en edad escolar, pero sí lo hizo cuando el ejército israelí respondió a estas barbaridades? ¿Cómo entender la reacción del Consejo de Seguridad de la ONU, que nunca se reunió?

Un editorial del Jerusalem Post captó con lucidez la realidad presente al afirmar que «debemos continuar probando que el terror en sí es fútil, no la guerra contra él. Cuando nuevos líderes terroristas emerjan, ellos también deberán ser atacados. No debiera haber seguridad, menos aún una carrera como entrevistador mediático, en la vocación del terror». Cuando un periodista le preguntó a Abdel Aziz Rantisi, nuevo autodeclarado líder del Hamas, si temía ser atacado por Israel, respondió: «Se muere siendo matado o de cáncer. Si debe ser un ataque cardíaco o un (helicóptero) Apache, prefiero ser matado por el Apache».

Es reconfortante saber que los comandos israelíes ya lo oyeron.