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Informe sobre antisemitismo (DAIA)

Informe sobre antisemitismo (DAIA)

Por Julián Schvindlerman

  

La noticia es Israel: Los medios masivos de comunicación y el conflicto Palestino-Israelí – 2014

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De los múltiples aspectos explorados del conflicto palestino-israelí -la saga política contemporánea posiblemente más cubierta por la prensa internacional- destaca uno por su pobrísima cobertura: el rol de la propia prensa en el mismo. Ello es lógico en cierto sentido, pues tal cosa supondría esperar que los propios periodistas que cubren el conflicto evaluasen su propio profesionalismo. Eso no sería necesario si el reportaje periodístico fuese objetivo, pero como desafortunadamente no sólo suele no serlo sino que, podemos argumentar, tiende a ser marcadamente subjetivo, la necesidad de monitorear la conducta profesional de los propios cuadros de prensa se torna imperativa.

A juzgar por el comportamiento de muchos (demasiados, quizás) medios de prensa ante la disputa entre palestinos e israelíes, podemos concluir que muchos (demasiados, quizás) periodistas han tomado una postura, abrazado una causa, elegido a una víctima y a un victimario, y supeditado su requerida mirada objetiva ante los hechos a sus preferencias ideológicas particulares. Es decir, que han abandonado el rigor informativo y la neutralidad profesional en aras de un cabildeo de raíz ideológica a favor de una de las partes. Ello redunda en una brecha fenomenal entre los acontecimientos en Israel/Palestina y la manera en que estos son reportados. Puesto que la realidad ya no está siendo reportada como tal sino en función de los gustos ideológicos y prioridades políticas de los reporteros. La consecuencia primera de semejante conducta inaudita es la propagación de una ficción. Esta “historia” construida a partir de una mirada sesgada y politizada ha cobrado vida propia y es perpetuada por la misma cobertura defectuosa, continuamente replicada en diario tras diario, radio tras radio, televisor tras televisor urbi et orbi.

Como es usual, esto alcanza su nadir en tiempos de confrontaciones. Durante la última guerra entre Hamas e Israel (julio-agosto 2014) la mayoría de los medios masivos de comunicación centraron su atención en el padecimiento palestino ocasionado por la aviación israelí dentro de la Franja de Gaza. Las imágenes más divulgadas fueron aquellas que mostraban la devastación de la franja, los edificios demolidos por las bombas israelíes, las marchas fúnebres del pueblo palestino, el dolor de las madres que despedían a sus hijos. Esa cobertura usualmente estaba acompañada por informes de fondo sobre las condiciones económicas paupérrimas de los gazatíes, las que se atribuyeron al bloqueo israelí de las fronteras palestinas. (Notablemente ausentes o minimizadas estuvieron las menciones al bloqueo egipcio de la franja). Las razones de esa guerra, la naturaleza del conflicto, la disímil conducta bélica de las partes y otros factores de importancia vital para comprender los hechos fueron mayormente dejados de lado.

Por ejemplo: la Carta de Alá, el documento fundacional del Movimiento de Resistencia Islámico Hamas, grupo fundamentalista terrorista hermanado ideológicamente (aunque no operativamente) a Al-Qaeda, Estado Islámico, Boko Haram, etc, fue sólo ocasional y fugazmente citada por la prensa. Pero ese manifiesto es crucial para entender los objetivos políticos de una de las partes en disputa. Esa Carta dice que el día del juicio final llegará cuando los judíos (así, no los israelíes) se ocultarán tras rocas y árboles y estos clamarán a los musulmanes que vayan a matarlos donde quiera que se encuentren. Esa Carta afirma que la misión del Hamas es liberar la tierra palestina desde el río Jordán al mar Mediterráneo, eufemismo para la destrucción del estado de Israel. Esa Carta asegura que la paz y las negociaciones y conferencias de paz entre palestinos e israelíes son contrarias al Islam. Esa Carta acusa a los judíos de haber fomentado la revolución francesa y la revolución bolchevique. ¿Acaso no luce relevante informar a las audiencias al respecto? Educar a propósito de la intransigencia política y religiosa de una agrupación terrorista que gobierna a un millón y medio de palestinos y que inició tres guerras contra Israel desde una zona territorial abandonada unilateralmente por los israelíes años atrás parecería ser algo periodísticamente valioso. Y sin embargo, muy pocos medios de prensa informaron al respecto y cuando lo hicieron, lo hicieron muy al pasar.

Por ejemplo: como hizo en el pasado, Hamas escondió combatientes y arsenales en zonas densamente pobladas de civiles. Para evitar o minimizar víctimas civiles palestinas, el ejército israelí lanzó desde el aire panfletos en árabe advirtiendo que atacaría tal zona y llamó telefónicamente a los habitantes de los edificios en los que miembros de Hamas se ocultaban para advertirles que ese edificio sería próximamente atacado. Aquí parte del texto de uno de tales panfletos arrojados sobre Gaza por la aviación israelí:
“Por su propia seguridad, se le requiere vacar su residencia inmediatamente y dirigirse hacia la Ciudad de Gaza antes de las 8am el miércoles 16 de julio de 2014. Las FDI no quieren lastimarlo a usted o a sus familias. La evacuación es por su propia seguridad. Usted no debería regresar a la zona hasta nuevo aviso. Quienes desconsideren estas instrucciones y fracasaran en evacuar inmediatamente ponen en peligro sus propias vidas, así como las de sus familias.”

A continuación la fuerza aérea disparaba un misil sin carga explosiva que, al impactar en el objetivo, servía de alerta a los residentes para que se diesen a la fuga. Recién entonces era lanzado el misil real. Esta técnica llevó por nombre “golpe en la puerta” en la jerga castrense israelí. En los anales de la historia militar es difícil hallar ejemplo semejante de sensibilidad hacia una población enemiga. Y sin embargo, la noticia apenas fue divulgada por la prensa internacional.

Tristemente, tampoco recibió demasiada cobertura, si alguna, la reacción de Hamas, cristalizada en este comunicado de su Ministerio del Interior, publicado en la prensa gazatí: “El Ministerio de Interior advirtió a los habitantes a no prestar atención a los mensajes que las Fuerzas de Defensa israelíes transmiten a través de teléfono a los ciudadanos según los cuales deben desalojar sus viviendas inmediatamente [antes de los bombardeos]… El Ministerio solicita a los ciudadanos no prestar atención a esos mensajes y no abandonar sus hogares”.

Por ejemplo: Hamas disparó cohetes contra Ashdod, donde está alojada la central eléctrica desde la cual Israel provee de energía a Gaza (aún durante la contienda); contra Jerusalem, lugar de residencia de las mezquitas más sagradas para el Islam y en cuyo nombre en el pasado los palestinos han lanzado intifadas contra los israelíes; y contra el centro atómico en Dimona, ubicado a pocos kilómetros de Gaza, cuya explosión presuntamente detonaría una carga radioactiva que afectaría no solamente a israelíes sino a masas de palestinos, egipcios, jordanos y según soplen los vientos quien sabe a quién más. ¿Por qué esta actitud genocida no fue noticia de interés para la prensa internacional? ¿Por qué la construcción de túneles dentro de Gaza, a lo largo de años, por parte del Hamas no fue reportada? ¿Por qué no hizo la prensa mundial preguntas básicas al liderazgo de Hamas sobre sus intenciones, o acerca de los desvíos del cemento provisto por Israel hacia el armado de túneles de agresión? ¿Por qué no informó sobre el centenar y medio de niños palestinos que murió construyendo esos túneles como mano de obra explotada por el liderazgo de Hamas?

El patrón es claro. El énfasis está puesto en Israel. Los palestinos son noticia sólo en la medida en que sean útiles para hablar de lo que realmente importa a la prensa: Israel. El estado judío es la noticia, no Palestina. El destino, el sufrimiento y las vicisitudes de los palestinos no son relevantes para la mayoría de los medios masivos de comunicación a pesar de que la atención que ello suscita pueda sugerir lo contrario. Si así fuera, entonces los reporteros debieron haber alertado todas las veces que pudieran que los terroristas de Hamas dispararon cohetes y misiles desde zonas residenciales, pues ello ponía en serio riesgo las vidas de inocentes palestinos. Pero no lo hicieron. Tampoco denunciaron -durante semanas- las varias instancias en que combatientes del Hamas amedrentaron a los propios periodistas, amenazándolos si su cobertura echaba luz sobre aspectos indeseados por Hamas. Esto fue finalmente expuesto por la Asociación de Prensa Extranjera de Israel, la que aglutina a todos los corresponsales mundiales allí apostados, recién pasados treinta días de guerra. Decía:

“La APE protesta en los términos más duros los métodos no ortodoxos, enérgicos, incesantes y descarados empleados por las autoridades de Hamas y sus representantes en contra de periodistas internacionales visitantes en Gaza durante el mes pasado. La prensa internacional no son organizaciones de defensa y no pueden ser prevenidas de reportear por medio de amenazas o presiones, negando así a sus lectores y televidentes un panorama objetivo desde el terreno. En varios casos, reporteros extranjeros que trabajan en Gaza han sido acosados, amenazados o interrogados por noticias o información que han reportado a través de sus medios noticiosos o a través de medios sociales. También estamos al tanto de que Hamas está tratando de poner en práctica un procedimiento de ´vetado´ que permitiría, en efecto, poner en listas negras a periodistas específicos. La APE se opone vehementemente a semejante procedimiento”.

Un mes entero, el primero y crítico para formar opinión, pasó sin que un solo lector de diario, radioescucha o televidente supiera que los corresponsales asentados en el terreno estaban siendo presionados por una de las partes en disputa a informar básicamente sólo lo que ésta aprobaba.

El foco de la distorsión no se limita a Hamas y su belicosidad anti-sionista. Las decisiones de la Autoridad Palestina, o acontecimientos en zonas bajo su jurisdicción, son igualmente ignoradas. Más de una vez, actos llevados a cabo en la Universidad Al-Quds, en Jerusalem Oriental, en apoyo a la Jihad Islámica Palestina, contaron con actores palestinos que simulaban ser soldados israelíes abatidos a los pies de militantes que hacían el saludo nazi. La prensa oficial palestina, así como sus currículas escolares, contienen exaltaciones a personalidades terroristas palestinas del pasado que contradicen al espíritu de la coexistencia que cabría esperar de parte de un socio de la paz. Ambas indudablemente constituyen noticias periodísticas de primer orden. Aun así, y a pesar de que son datos importantes para entender la cultura política palestina, este tipo de información es usualmente dejada de lado en la cobertura de medios sobre el conflicto.

Tal como Matti Friedman, un ex corresponsal en la zona ha notado, cien casas que los israelíes construyan en zonas disputadas provocarán mayor interés que cien misiles que los palestinos contrabandeen a Gaza. Los reporteros informarán sobre el último detalle de cualquier caso de corrupción en el gobierno israelí a la par que callarán ante casos similares en el gobierno palestino. Que el presidente palestino Mahmoud Abbas, por ejemplo, lleve seis años en el poder en exceso de lo constitucionalmente permitido y que no haya llamado a elecciones al concluir su mandato legal, no despertará demasiada curiosidad en periodistas que sí observarán e informarán sobre la cantidad de bebidas que consumirá al año el Primer Ministro Benjamín Netanyahu.

La atención desproporcionada dada a este conflicto es notable. La matanza de 1.600 mujeres en Pakistán (cientos de ellas violadas y quemadas vivas) en 2013, las carnicerías del Congo (más de cinco millones de muertos hasta el 2012), La guerra de las drogas en México (60.000 muertos entre 2006-2012), la erradicación de la cultura tibetana en china, u otras disputas en lugares remotos quedan eclipsadas por la cuestión palestino-israelí. Israel ha de reunir la mayor tasa, o una de las mayores al menos, de corresponsal extranjero per cápita. Pero a pesar de ser el conflicto político moderno que más atención periodística concita, la disyuntiva palestino-israelí es la menos comprendida en el campo de la opinión pública mundial. La paradoja aparente tiene una explicación simple: quienes explican este asunto a las audiencias globales lo hacen mal. Aspectos esenciales de la conducta palestina son menospreciados o suprimidos a la vez que toda cuestión referida a los israelíes es magnificada y propagada. El resultado de una mirada desvirtuada sobre los hechos es una imagen falsificada de la realidad. Tras informarse de la prensa, la audiencia internacional cree saber lo principal que hay que saber de este conflicto. En rigor -y precisamente por tomar información de los medios- la opinión pública está escandalosamente desinformada al respecto. Para peor, está instigada a odiar a una de las partes y a simpatizar con la otra.

La prensa internacional ha dejado de ser un observador de la disputa palestino-israelí para convertirse en un actor que hace cabildeo favorable a la parte que ella determinó que es la víctima en el conflicto. Para servir a esa causa elije dejar de lado toda información que podría perturbar esa particular visión de las cosas y pone el zoom sobre los vicios, reales o fantásticos, de la parte despreciada. Esa actitud militante y anti-profesional ha dañado injustamente la imagen internacional de Israel y, aunque los periodistas involucrados no hayan tomado conciencia de ello todavía, está estropeando el ejercicio de una noble y valiosa profesión.

Informe sobre antisemitismo (DAIA)

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Por Julián Schvindlerman

  

La orquesta filarmónica de Israel en el teatro colón: Un caso donde el antisionismo y el antisemitismo se encontraron – 2013

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En agosto de 2013, la Orquesta Filarmónica de Israel vino a nuestro país a dar un concierto. Quienes fuimos al Teatro Colón a escuchar su performance nos topamos con una manifestación pro-palestina frente a las puertas de acceso. Junto a las banderas palestinas izadas, los solidarios de la causa palestina cantaron: “asesinos, como a los nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar”.

Que la simpatía por el pueblo palestino va frecuentemente unida al odio a Israel a estas alturas será innecesario remarcar. El cántico disipa toda duda: en la impresión de los manifestantes, músicos israelíes merecen ser exterminados debido a las políticas de su gobierno.

Ciertamente, a lo largo de su destacada trayectoria la Orquesta Filarmónica de Israel ha mostrado gran compromiso con su nación. Arturo Toscanini, quien dirigió su primer concierto en 1936 (cuando la OFI se llamaba Orquesta Sinfónica Palestina), declaró “hago esto por la humanidad”. En 1948, año del nacimiento del moderno Estado de Israel, Leonard Bernstein dio un concierto en el monte Scopus en Jerusalem para soldados y heridos. En 1967, en ocasión de la Guerra de los Seis Días, regresó para tocar la Resurrección de Gustav Mahler y el himno nacional Hatikva. Durante la Guerra del Iom Kipur en 1973, Pinchas Zukerman, Isaac Stern y Daniel Barenboim viajaron al país a grabar un concierto cuyo soporte luego fue llevado a hospitales que albergaban soldados. En 1982, Zubin Mehta (tiene la misma edad que la orquesta) dirigió al conjunto musical en la frontera con el Líbano y en 1991 dio un concierto durante la Guerra del Golfo durante el cual cayeron misiles desde Irak; tenía su máscara de gas puesta mientras dirigía una pieza de Bach. En 2010, Mehta fue a Sderot, sureña ciudad israelí, a tocar por Gilad Shalit, soldado que entonces estaba secuestrado por Hamas en Gaza.

Con toda probabilidad, no fue por esto que los simpatizantes pro-palestinos se plantaron frente al Teatro Colón e invocaron al nazismo al exteriorizar su objeción a la presencia de la OFI en suelo argentino. Esta manifestación se inscribió en una campaña global de boicot cultural, político y económico a todo lo relacionado con Israel. Es difícil imaginar una concentración similar ante la visita de la orquesta de cualquier otra nación cuyas políticas sean reprochadas por estos militantes argentinos. Sólo en el caso de Israel, sus músicos, artistas, escritores y académicos han de ser marginados, censurados, empujados fuera del marco de lo aceptable.

Esta discriminación delata la naturaleza real de las motivaciones de los simpatizantes de los palestinos. Al no salir a la calle a condenar a ningún otro gobierno del mundo ni a protestar contra ninguna dictadura ni al mostrar compasión alguna por otra víctima que no sea palestina, exhiben -aún involuntariamente- sus prejuicios. Tal como ha graficado Shlomo Ben-Ami, ex Ministro de Relaciones Exteriores de Israel, en un artículo en el diario español El País:

“A los israelíes les cuesta entender por qué cinco millones de refugiados y doscientas mil muertes en Siria tienen mucha menos gravitación en la conciencia occidental que los dos mil palestinos asesinados en Gaza. No llegan a comprender por qué los manifestantes europeos pueden denunciar las guerras de Israel y calificarlas de ´genocidio´, un término que nunca se aplicó a la hecatombe siria; el arrasamiento de Grozny por parte de Rusia; [y] a las quinientas mil víctimas en Irak desde la invasión liderada por Estados Unidos en 2003…”.

Hillel Neuer, Director Ejecutivo de UN Watch, lo expuso de este modo:

“Si durante el año pasado no gritaste cuando miles de manifestantes fueron asesinados por Turquía, Egipto y Libia, cuando más victimas que nunca fueron ahorcadas por Irán, fueron bombardeados mujeres y niños en Afganistán, fueron masacradas comunidades enteras en Sudán del Sur, mil ochocientos palestinos fueron matados de hambre y asesinados por Assad en Siria, cientos fueron asesinados en Pakistán por ataques terroristas jihadistas, fueron asesinados diez mil iraquíes por terroristas, fueron masacrados aldeanos en Nigeria, sino que sólo gritas por Gaza, entonces no eres pro-derechos humanos, eres solo anti-Israel.»

La indignación moral selectiva de los adherentes al pro-palestinismo es enigmática aún en otro aspecto, que Ben-Ami no aborda y Neuer insinúa: pues los manifestantes pro-palestinos no muestran consideración con las víctimas palestinas cuando estas no son ocasionadas por Israel o no puede culparse al estado judío por ellas. En Siria, mil ochocientos palestinos fueron matados por el régimen Assad y estas mismas personas que salieron contra la OFI no salieron contra el gobierno de Damasco. Ciento sesenta niños palestinos murieron construyendo los túneles de Hamas, y tampoco salieron a manifestarse contra el movimiento fundamentalita que gobierna la franja. De modo que la indignación moral no es selectiva solamente, es nítidamente hipócrita.

Esta atención desproporcionada asignada a Israel es el genuino foco de sus obsesiones: los palestinos son meros agentes pasivos, apenas un vehículo conveniente para transportar el odio que los filo-palestinos sienten contra el estado judío. Ante un universo importante de grandes masacres, callan, y sólo hablan -si y sólo si- Israel puede ser culpada por ellas. Esta actitud de condenar a los israelíes por acciones por las que no condenan a ningún otro grupo nacional los expone por lo que son: no “pro-palestinos” sino “anti-israelíes”.

Apartar al único estado judío del mundo de la familia de las naciones para la sanción específica es un acto discriminatorio. Y la discriminación contra los judíos lleva por nombre antisemitismo. Desde ya, no todo cuestionamiento a Israel está motivado por el antisemitismo. Existe, y debe ser tolerada, la crítica legítima. A la vez, eso no significa que nunca la crítica hacia Israel nazca del odio anti-judío. A los observadores de este fenómeno nos corresponde ser prudentes al evaluar tales cuestiones. Sin embargo, más usualmente que no, los pro-palestinos nos simplifican la tarea soberanamente.

Informe sobre antisemitismo (DAIA)

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Por Julián Schvindlerman

  

Sobre antisemitismo y antiisraelismo – 2012

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En noviembre del 2012 la Universidad Católica Argentina concedió un doctorado Honoris Causa al rabino Abraham Skorka. La revista Cabildo respondió a ello con el siguiente comentario: “Lo que se ejecutó ese día fue un hecho inicuo, consumado bajo el sello de la obsecuencia servil al judaísmo, de la adulación rastrera a la Sinagoga, del vasallaje envilecedor al Sanedrín, de la horribilísima abdicación ante el poder de Israel”. El hecho involucraba a un judío argentino y sin embargo “el poder de Israel” fue invocado para criticar el evento.
Cinco días después, un dirigente de Alternativa Nacional reaccionaba así ante un nuevo episodio de confrontación militar entre el ejército israelí y el movimiento terrorista Hamas: “En momentos internacionales como este, uno comprueba realmente que Jesús históricamente era Palestino y no Judío”. Los acontecimientos en el Medio Oriente eran vistos bajo el prisma de la identidad religiosa y nacional del Mesías cristiano y las acciones militares de Israel quedaban implícitamente censuradas sobre la base de que en la conducta de los israelíes-judíos no podía haber nada originado en el Jesús de Nazaret.

Las vinculaciones creadas en ambos casos por sujetos antisemitas al entremezclar a Israel y a los judíos en circunstancias que no los comprenden directamente -Skorka fue premiado como judío-argentino sin relación alguna con Israel, y el choque Hamas-Israel no tenía nada que ver con Jesús- son un tema recurrente de nuestra era en ámbitos tanto críticos de Israel como críticos de los judíos. Aunque no necesariamente ambos temas deban estar relacionados, comúnmente el odio a Israel y el odio a los judíos van hermanados. Por definición, un antisemita, es decir alguien que desprecia a los judíos, inevitablemente despreciará al estado judío; es un sujeto que su odio al pueblo judío abarca al estado creado por judíos y con el que los judíos del mundo se identifican afectiva y simbólicamente. La deducción inversa no es tan simple: un antisraelí puede no ser un antisemita. Pero que quién detesta al estado judío no siempre sea obligatoriamente un antisemita, de ningún modo significa que nunca un antisraelí sea un antisemita. De hecho, abundan las instancias que sugieren lo opuesto.

En este texto intentaremos presentar algunas reflexiones que asistan a la tarea de separar las aguas y permitan tener la prudencia de no etiquetar automáticamente la crítica, o incluso la condena, a Israel como un gesto necesariamente antijudío y a la vez den la posibilidad de reconocer al antiisraelísmo como una forma contemporánea de antisemitismo cuando éste efectivamente lo es.

Comencemos nuestro enfoque aclarando desde el vamos de qué no hablamos cuando destacamos el nexo entre el antiisraelísmo y el antisemitismo. La crítica política al estado de Israel es legítima. Cuestionar las políticas de un estado-nación en la modernidad es una prerrogativa de todo ser autónomo, sea el estado en cuestión Israel, Egipto, Francia, Perú o Japón. Nuestro problema es con la crítica antisemita al estado de Israel, aquella que la aparta de los demás cuestionamientos a otros países por su anormalidad, obsesión, reiteración, desproporción y virulencia. Por ejemplo, este último noviembre un reconocido ilustrador mendocino posteó en Facebook una pintura con una cruz esvástica junto a este comentario: “Hoy el sionismo, ideología que se manifiesta en el Estado de Israel y que se formó a la sombra de la violencia y opresivos hechos del siglo XIX, mucho se parece al nazismo…”. Al mismo tiempo en Buenos Aires fueron pintadas Estrellas de David superpuestas con cruces esvásticas sobre la fachada de una institución judía, aparecieron afiches con similar simbología en el barrio de Paternal, y en el Once se repitió la imagen con la consigna “Palestina libre”.[1]

Claramente, estos casos nos remiten a expresiones antijudías clásicas más que a cuestionamientos legítimos a las políticas de Israel. Como tales son expresiones antisemitas y el hecho de que hayan sido motivadas por los acontecimientos del Medio Oriente prueban que el vínculo entre el antisemitismo y el antiisraelismo no es fruto de la paranoia o de la exageración. Es innecesario acusar a los judíos de ser nazis para criticar alguna acción de Israel. Como es igualmente innecesario (e igualmente injusto) realizar esas analogías con el colonialismo, el imperialismo y las prácticas del Apartheid que tan usualmente se le endilgan a Israel.

Detrás de tamaña desproporción se esconde una intención maligna de aislar enteramente al estado judío del resto de las naciones. Pues ningún ser moral podría concebir -mucho menos admitir- en el seno de la familia de las naciones a un país con conductas y prácticas semejantes a las del nazismo, el colonialismo y la segregación racial. Para los antisemitas, los judíos del mundo son cómplices de lo que en sus mentes ven como los crímenes de Israel y en consecuencia responsabilizan moralmente a la judería mundial de las acciones de los israelíes. Ello queda reflejado en la superposición de simbología religiosa hebrea con simbología política nazi en las calles de la Argentina en tiempos de conflicto palestino-israelí.

De hecho, puede verse un continuo histórico en el sendero del odio antijudío, una metamorfosis de añejas difamaciones antisemitas hoy recicladas en novedosas manifestaciones antisraelíes. El libelo de sangre del Medioevo según el cuál los judíos asesinaban a niños cristianos para rituales propios de su fe tiene su equivalente moderno en la acusación de que los israelíes matan a niños palestinos. La acusación de que los judíos provocaban la muerte a los cristianos mediante la propagación de la peste negra afectando a todo un continente, tiene su equivalente actual en la acusación de que los israelíes cometen un genocidio contra los palestinos y en que son la causa de la inestabilidad en el Medio Oriente. Las descabelladas denuncias contenidas en Los Protocolos de los Sabios de Sión acerca del dominio hebreo universal renacen en las fantasías del control judío de la política exterior estadounidense. Aun cuando estas equivalencias podrán ser imperfectas, la memoria colectiva de un pueblo perseguido puede detectar las similitudes. Como ha observado con tino el académico Alvin Rosenfeld, si antaño se buscaba excluir al judío de la sociedad, hoy se aspira a marginar al estado judío de la comunidad internacional.

El antisemitismo es un fenómeno camaleónico. Se adapta al entorno con notable precisión. Sabe hablarle a sus contemporáneos en el lenguaje de su época. Lo que hoy nos parece estrafalario en tiempos pasados fue dado por cierto. Quizás en el futuro los historiadores puedan apreciar cuan infundadas eran las comparaciones de las conductas de los israelíes con las de los nazis, pero en la actualidad éstas son tomadas como válidas por muchas personas en muchos lugares. En tiempos en los que la religión definía a las relaciones humanas, el pueblo judío fue agredido por sus creencias. En tiempos de teorías raciales, los judíos fueron perseguidos por su sangre. En la era de la autodeterminación nacional, se los ataca por el ejercicio de su soberanía nacional. El antisemitismo fue inicialmente de naturaleza religiosa, luego racial y ahora política. La crítica a Israel se convierte en antisemitismo al cuestionar la legitimidad política y moral de la existencia judía en Israel. Esto puede tomar la forma de la negación tajante al derecho judío a la autodeterminación nacional, como en el caso obvio del antisionismo, o puede manifestarse de manera un poco más sutil por medio de múltiples e insensatas acusaciones contra Israel (estado genocida, apartheid, etc) que apuntan igualmente a su descalificación.

Un elemento central del antisemitismo político contemporáneo que damos en denominar antiisraelismo es la atención selectiva que dedica el antisemita a las acciones de Israel. Si por el mismo delito uno está dispuesto a condenar a un hombre negro y a perdonar a un hombre blanco, entonces uno es un racista. Y si uno está inclinado a condenar a un hombre negro por delitos que ni siquiera ha cometido y a perdonar los delitos graves del hombre blanco, entonces además de ser un racista uno será, digamos diplomáticamente, un racista exagerado. ¿Qué podemos decir ante la reacción indignada de cantidades de personas -presuntamente desconectadas de las vicisitudes del Medio Oriente- a ciertas acciones militares o políticas de Israel cuando estas mismas personas permanecen indiferentes a las acciones asesinas del régimen Assad en Siria? Y no solamente por los más de cien mil muertos sirios sino por los ataques que refugiados palestinos -el objeto habitual de su compasión- en Siria han padecido. ¿Por qué sólo cuando los israelíes están implicados en el sufrimiento palestino dejan oír sus voces? Su indignación moral selectiva expone sus reales intenciones. No es el padecimiento palestino aquello que concita su preocupación, sino su obsesión con los judíos (israelíes) lo que fomenta su reacción.

Estamos acostumbrados a reconocer un acto antisemita cuando una bomba molotov es arrojada contra una sinagoga. Nos resulta más complicado reconocerlo cuando Israel es tachado de estado-nazi o cuando casi todas sus políticas son universalmente cuestionadas o cuando es censurado por acciones que no fomentan una fracción del enojo popular cuando éstas son cometidas por otros, incluso ante situaciones objetivamente más graves y mucho más ofensivas a la conciencia mundial. Debemos superar esa dificultad y reconocer que un acto discriminatorio contra un -o mejor dicho “el”- estado judío no es más que la cristalización a nivel nacional de un viejo prejuicio milenario.

[1] En líneas similares, en respuesta a una columna publicada en Infobae en marzo de 2013 por quién escribe, un tal “Pepe Berenjena” posteó estas palabras: “Los Nazionistas elaborando mentiras cargadas de ODIO la verdad mi amigo que usted debería hacerse cargo de la matanza de los armenios a manos de los Judíos conocidos como los jóvenes turcos..en lugar de eso habla de revueltas árabes y desata sui ira NAZI contra los que son diferentes”.

La Carta Escondida - Entrevistas (Escritas)

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La Carta Escondida, la historia de una familia Árabe Judía – 20/06/2018

Un buen día recibí el llamado de una mujer uruguaya que me dijo que tenía una historia familiar atípica y que ansiaba contarla. Buscaba un autor que redactara su biografía bajo un ángulo novelado. Un escritor amigo me había recomendado, pues el trasfondo de esta historia familiar ocurría en buena medida en el Medio Oriente -área que he estudiado largamente-, en la Europa nazi -época que por ser judío no me es ajena- y en América Latina -región de la que soy parte-. Me mostré abierto a la idea y honrado por la convocatoria, pero le aclaré que yo no era un novelista, sino un analista político, y que mi experiencia como escritor se había enfocado hasta entonces en el ensayo histórico. Le ofrecí un encuentro en Buenos Aires para explorar juntos la idea y acordamos vernos en la librería “El Ateneo Grand Splendid” de Santa Fe y Callao.

Fui a nuestra reunión con reparos. Sentía curiosidad por su relato, cuyos trazos superficiales me había adelantado en nuestra conversación telefónica, pero también albergaba dudas acerca de mi pertinencia como autor de una biografía novelada así como de cuan atractiva resultaría la historia familiar. Nos sentamos en una mesa en el café de esa espléndida librería, otrora notable sala de teatro, y pasadas las presentaciones formales me dediqué a escucharla. Al cabo de un par de horas, cuando finalizó, supe que debía escribir esa historia, fascinante y compleja a la vez, con intersecciones religiosas, étnicas y nacionales, cruzada por dilemas personales, presiones filiales y búsquedas prometedoras y angustiantes.

La escuché evocar a sus abuelos judíos lituanos, de parte de la madre, y a sus abuelos musulmanes libaneses, de parte del padre, y del derrotero que sus antepasados atravesaron, en la Europa nazi y en un Medio Oriente en llamas, para confluir en la apacible y laica república uruguaya.

La escuché atentamente mientras me contaba acerca de sus abuelos sobrevivientes de la Shoá, de parientes asesinados y otros separados por décadas hasta que una coincidencia permitió reunir, aunque ya no resultaba conveniente hacerlo. De las crisis de fe de estos judíos tradicionalistas casi salidos de un cuento de Sholem Aleijem y de su periplo desde la Europa de sus ancestros hacia una desconocida y lejana Latinoamérica. De los primeros tiempos vividos en el nuevo continente y de las durezas de ese volver a empezar, sin idioma, ni entorno familiar ni apoyo económico o afectivo alguno.

Y por sobre todo, del dolor más allá de toda descripción de ese trauma colectivo, de esa noche oscura de la humanidad, y de las repercusiones psicológicas para los sobrevivientes y sus descendientes.

La escuché relatar sobre sus años infantiles en un pequeño pueblo del interior de Uruguay, donde todo era un sacrificio, desde tener que tomar tres autobuses para llegar a la escuela de una localidad vecina hasta las privaciones típicas de una vida hogareña austera. De su mudanza a la capital y los desafíos de la adaptación. De la elección de la carrera de asistente social, que le daría independencia y autonomía pero que también confrontaría las rígidas pautas tradicionales del seno familiar. De su enamoramiento con un joven estudiante de veterinaria, de su casamiento, del nacimiento de sus hijos, del crecimiento de éstos, de su propio progreso personal y profesional; en fin, de la vida misma.

Y también la escuché hablar acerca del enigma del padre. De un hombre nacido en un pueblo del Líbano fronterizo con Israel, emigrado a América Latina como un musulmán chií, convertido al judaísmo al contraer matrimonio con una judía lituana, y francamente comprometido con la educación hebrea de sus hijos y nietos. Pero también, muy apegado a los valores de su fe de nacimiento y de su cultura, y de cómo esta hija, en su paso de la adolescencia a la adultez, intuía que el padre albergaba un secreto. Lo oía hablar en árabe, lo veía rezar privadamente bajo el rito musulmán, sentía la influencia de los hábitos árabes en la casa y sospechaba que había algo más allí, en esa historia de vida, de lo que el padre retraído dejaba saber a los demás. Hasta que dio accidentalmente con esa carta en cuyo sobre podía leerse un remitente libanés. Y decidió enviar una misiva a aquella nación árabe y al tirar de ese ovillo se abrió ante sus ojos el tapiz de una historia oculta fenomenal que la terminó llevando a visitar Beirut y Jabal Amel y a encontrarse con parientes árabes-musulmanes de los que ni idea tenía, debiendo -siempre- esconder su propia identidad religiosa. A partir de entonces, ya nada sería como antes para esta joven mujer judía uruguaya, ni tampoco para su propia familia.

En suma, me hallé ante el devenir de dos familias unidas -y desunidas a la vez- por la historia, la religión, la cultura y la geografía, y el anhelo privado de una mujer de encontrar su lugar justo en esa convulsa y atrapante historia familiar. Tres países, tres culturas, tres historias y modos divergentes de ver la vida, reunidos en un árbol familiar cuyas ramas cargan el peso de pasados duros, exóticos e incluso peligrosos. Interrogantes en torno a la identidad, la pertenencia y la fe, sumados al sueño de conocer a esa otra parte de la familia, atrayente y distante en simultáneo, pusieron a esta mujer en la senda de una búsqueda íntima y personal, cargada de pasado -el genocidio de los judíos europeos, la inmigración traumática a tierras lejanas, la yuxtaposición de valores y costumbres no siempre armónicos -, a la que se inmiscuyó la realidad geopolítica regional: el fanatismo de los extremistas islámicos, la vinculación de algunos miembros del clan con el movimiento chií Hezbolá, el conflicto con Israel, las barreras culturales, la misoginia y la intolerancia religiosa.

Leila, que en árabe significa “noche”, fue así nombrada por su padre libanés al nacer. Metafóricamente, el nombre se transformó en una representación simbólica de la noche negra que separa a ambas familias, y a cuya oscuridad Leila debió ingresar para poder emerger al alba de su propia plenitud existencial.

Tras despedirnos permanecí sentado un rato más, aun conmovido por la historia que acababa de escuchar. Tenía ante mí un desafío que valía la pena encarar; esta historia merecía ser contada y divulgada. Los personajes y la trama ya estaban desplegados, sólo faltaba organizar el relato, dar vida en el papel a los actores y permitir que sus experiencias aflorasen. Como a un coreógrafo al que le han obsequiado un argumento, yo debía montar la puesta en escena. Miré pensativamente hacia el techo. A lo alto podían verse los focos, cables y estructuras de lo que alguna vez fue un soberbio teatro.

Abandoné el escenario-café. Mientras me dirigía hacia la salida, rodeado de enormes estanterías repletas de libros y con mi imaginación excitada proyectando ideas en múltiples direcciones, creí sentir al telón de este antiguo teatro elevarse. En el viejo “Grand Splendid” una nueva obra acababa de gestarse.

De la introducción a la biografía novelada “La carta escondida: historia de una familia árabe-judía” del autor. 

La Carta Escondida - Presentaciones

Presentación en Daín Usina Cultural (Buenos Aires)

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Fecha: 28/08/18
Panelistas:
Diana Wang, Escritora, psicoterapeuta y columnista en La Nación.
Magalí Milmaniene, Lic. en Filosofía y Dra. en Psicología (UBA).
Julián Schvindlerman, autor de la obra moderadora.
Carolina Di Tella, Doctoranda en neurociencias en la Universidad de Nueva York.

Triángulo De Infamia - Reseñas

Revista Mía (Perfil)

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Triángulo de infamia: Richard Wagner, los nazis e Israel
De Julián Schvindlerman

Julián Schvindlerman ofrece una mirada aguda y analítica sobre la profunda red de relaciones entre el genio de Wagner, su ideología, su valor simbólico, el nazismo, la comunidad judía y el estado de Israel. En sus páginas aborda un análisis detallado del compositor poniendo a la luz sus esenciales contradicciones entre las que se encuentra su antisemitismo. Además, el ensayo evidencia la relación también contradictoria de la comunidad judía para con él y su obra. Para ello hace un meticuloso repaso del debate intenso y prolongado de la representación de sus obras en Israel. Su relato da cuenta asimismo del contexto social e ideológico de la sociedad alemana del s. XIX que constituyó el fecundo caldo de cultivo en el que el nazismo prendiera tan profundamente sus raíces. En la manipulación ideológica nazi de los grandes creadores alemanes y la apelación enfermiza a la tradición germánica, Wagner “fue celebrado como el compositor cuya ideología prefiguró la del nacional-socialismo”. Finalmente, y a modo de apéndice, analiza la compleja relación del compositor con Friedrich Nietzsche, y de éste con el nazismo. “Pocos artistas han fomentado sentimientos tan grandes y tan extensos sobre su persona, desde la adulación más idealista hasta el rechazo más indignado. A doscientos años de su nacimiento y ciento treinta de su muerte, Wagner sigue siendo una de las figuras más discutidas de todos los tiempos”.

Publicado en la p. 65 de la edición impresa

El Otro Eje del Mal

El otro eje del mal – Ensayo Completo

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Antinorteamericanismo, Antiisraelismo y Antisemitismo

Introduccion

Nadie puede poner en duda el hecho de que el Estado de Israel es globalmente discriminado.

El sionismo (es decir, el nacionalismo judío) es el único movi­miento de liberación nacional alguna vez tildado de racista por la familia de las naciones. Alrededor de un tercio de todas las resoluciones de condena de las Naciones Unidas han caído sobre un único estado, Israel. La Comisión de Derechos Humanos monitorea a los 191 estados-miembro de la ONU colectivamente, en tanto que Israel es examinada separadamente bajo un ítem especial de la agenda. Cuando los Países Signatarios de las Convenciones de Ginebra se reunieron por primera vez, cincuenta y dos años luego de su establecimiento, lo hicieron para debatir a Israel. AI Magen David Adom (la Estrella de David Roja, en hebreo), la organización de asistencia humanitaria israelí, se le niega membresía a la Federación Internacional de las Sociedades de la Cruz Roja y el Cuarto Creciente Rojo, donde la Cruz Roja cristiana y el Cuarto Creciente Rojo musulmán son agencias reconocidas. Sólo Israel fue objeto de campañas de desprendimiento empresarial en las universidades occidentales, y sólo los académicos israelíes fueron boicoteados por sus colegas en Occidente.

Ídem para la Corte Internacional de Justicia (la más saliente institución legal de la humanidad para resolver disputas entre países), cuyos 15 jueces ponderaron la legalidad de la valla antiterrorista israelí. La CIJ, que ha emitido solamente 22 opiniones desde 1947, ha juzgado a Israel no por cometer crímenes contra la humanidad, sino por evitar que otros los lleven a cabo, tal como aptamente observó el experto en derecho internacional Alan Stephens.

Ninguna nación es tan cotidianamente catalogada de nazi, fascista, imperialista, colonialista, expansionista, genocida y segregacionista, como Israel lo es. Una encuesta europea del 2003 arrojó el sorprendente dato que el 60% de los europeos considera a Israel la principal amenaza a la paz mundial.

Lo que estamos presenciando aquí es esencialmente un proceso de palestinización del discurso intelectual occidental. Es como si algunos formadores de opinión en Occidente hubieran adoptado la terminología intransigente y ofensiva de la Carta Nacional Palestina, el documento fundacional de la OLP que llama a la destrucción de Israel. Este no es un comentario irónico. El Artículo 22 de la Carta denomina a Israel «una base para el imperialismo mundial» y «una constante fuente de amenaza vis-à-vis la paz en el Medio Oriente y todo el mundo», un punto de vista reflejado en la encuesta europea. El sionismo es descrito como «racista y fanático en su naturaleza, agresivo, expansionista y colonial en sus objetivos, y fascista en sus métodos», una caracterización regularmente asignada a Israel aún en respetables plataformas occidentales. El Articulo 9 afirma que la «lucha armada es el único camino para liberar Palestina», un concepto ya incorporado literalmente en varias resoluciones de la ONU. Y uno debiera ser perdonado por pensar que la CIJ pareciera estar respondiendo al Artículo 18 en el que los palestinos declaran «buscar el apoyo de estados amantes de la paz, la libertad y la justicia para restaurar sus legítimos derechos en Palestina…»

Tal lenguaje escapa del ámbito de lo retórico para ingresar al de la incitación. Pierre-André Taguieff, autor de La Nueva Judeofobia, lo expresó de esta manera: si Israel se ha realmente transformado en una entidad tan fea, peligrosa y amenazadora de la paz comparable a la Alemania nazi y a la Sudáfrica del Apartheid, ¿entonces no debiera la comunidad mundial aislar -sino directamente abolir- la existencia del estado judío?

La demonización de Israel es tan total, la crítica tan dura, y la condena tan maniqueísta, que uno apenas si puede considerar esta actitud no tendenciosa o incluso no maliciosa. ¿Se ha convertido Israel, tal como cada vez se dice más seguido, en el judío entre las naciones? ¿Cómo sabemos exactamente dónde termina el territorio soberano de la crítica razonable y comienza el del ataque odioso?

Obviamente, la crítica de políticas israelíes puntuales es juego limpio. No es solamente legítima sino también necesaria. Israel es una nación perfectible, tal como lo es cada nación del planeta. Y este es precisamente el punto: tomar solamente al estado judío para el juicio moral de entre una pluralidad de naciones imperfectas es un acto discriminatorio. Enfocar tanta atención internacional sobre la democrática y diminuta Israel cuando existen mucho más urgentes, y de hecho intolerables, violaciones a los derechos humanos, guerras y destrucción alrededor del orbe, parecería estar un poco fuera de lugar.

Sería incorrecto atar automáticamente toda crítica de Israel al prejuicio o al odio. Pero sería igualmente equivocado ignorar el hecho de que a veces el nexo realmente existe. Cuando la condena a Israel es tan impiadosa, selectiva, desproporcionada y absoluta como lo es actualmente, cuando el estado judío es discriminado de manera tan injusta y demonizado a escala tan vasta entonces, inadvertidamente o no, se cruza una línea; la línea, «fina como un cabello» en palabras del historiador León Poliakov, entre el antiisraelismo y el antisemitismo.


Análogas aunque no idénticas preguntas podemos realizar respecto de la crítica a Norteamérica. ¿Representa la sanción mundial a la única superpotencia una crítica a políticas específicas, o más bien refleja un desprecio por Norteamérica más general y abarcativo? ¿Hay una diferencia real entre el anti-Bushismo y el antinorteamericanismo, o tal como la férrea condena a Sharon puede englobar una fobia oculta a Israel, el rechazo contemporáneo a Bush pudiera quizás enmascarar un odio de base extemporáneo hacia los Estados Unidos? En otras palabras, ¿es Norteamérica, tal como Israel, criticada por lo que hace o por lo que es?

Naturalmente, el paralelismo entre el anti-Bushismo como antinorteamericanismo, emparentado al anti-Sharonismo como antiisraelismo, no es impecable. La noción de la relación entre el pueblo judío con Israel y el antisemitismo milenario no puede equiparase a la formulación simple del anti-Bushismo=antinorteamericanismo. La fórmula anitsharonismo=antiisraelismo seria harto insuficiente para estudiar de manera integral el fenómeno de la crítica a Israel, pero podría su simétrico constituirse en aproximación respetable para el otro caso en estudio. No obstante las diferencias comparativas, hay trazos comunes y vínculos interesantes entre el antiisraelismo, el antisemitismo y el antinorteamericanismo que este ensayo procurara explorar.

A esta altura cabría introducir la obligatoria y pertinente aclaración de que el presente ensayo no postula que el antiisraelismo necesariamente implica antisemitismo, que el antisemitismo obligatoriamente sugiere antinorteamericanismo, o que el antinorteamericanismo siempre va acompañado de antiisraelismo. Advertencia similar a la ya efectuada cabría insertar aquí y reiterar que sería poco prudente siempre emparentar automáticamente a estos ismos, o suponer que toda crítica de Israel esconde una malicia antisemita o una vinculación inexorable con un desprecio por todo lo nortea­mericano y viceversa. AI mismo tiempo, sería igualmente absurdo ignorar los vínculos -estrechos en muchos casos- que unen en una matriz del odio común a estas tres fobias en la actualidad. Después de todo, los propios detractores de Israel, Estados Unidos y el pueblo judío suelen agrupar sus críticas en un mismo conjunto.

Unos pocos ejemplos ilustrarán el punto. La encuesta europea más arriba referenciada, ubicó a los Estados Unidos como la segunda amenaza a la paz global, después de Israel, en las mentes de la mayoría de los europeos. En varias de las manifestaciones europeas y araboislámicas contra la guerra en Irak, los posters burlescos del presidente norteamericano George W. Bush solían estar acompañados de imágenes nazificadas del premier israelí Ariel Sharon. Irán define a Estados Unidos como «el gran Satán» y a Israel como «el pequeño Satán». En las calles de Egipto, Siria, Pakistán y otras naciones árabes y musulmanas se queman conjuntamente banderas norteamericanas e israelíes. En las zonas palestinas, las mismas donde se aplaudieron los misiles Scud que Saddam Hussein lanzó contra centros civiles israelíes en 1991, se venden hoy en día Torres Gemelas de plástico con aviones incrustándose en ellas. «Procurar matar norteamericanos y judíos en todas las partes del mundo es una de las más grandes obligaciones, y el buen acto más preferido por Alá», afirma el magnate terrorista (ex) saudita Osama bin-Laden. «Estados Unidos quiere convertir a Chile en el Israel de América Latina» explica el líder cocalero boliviano Evo Morales. «Los planes estadounidenses para el futuro de la región tras la intervención contra Irak no dejan lugar a dudas: controlar el suministro petrolífero del mundo industrializado e imponer la inserción económica de Israel en Oriente Medio» anuncia el cineasta español Pedro Almodóvar. El granjero radical francés José Bové ataca un MacDonalds en 1999 en el marco de su lucha contra la globalización; unos años después lo veremos en Ramallah denunciado a Israel y apoyando a Yasser Arafat en la Mukata. En tanto que círculos militares argentinos padecen de una teoría conspirativa según la cual los israelíes intentarán algún día invadir la Patagonia, las fuerzas armadas brasileras, nos informa el corresponsal en San Pablo del diario La Nación, «mantienen en el fondo una casi romántica hipótesis de conflicto en que los Estados Unidos podrían tomar la Amazonia”.

Podríamos continuar con más ejemplos de la vituperación trilliza de Israel, los judíos y Norteamérica pero considero que el punto ya es evidente. Digámoslo de otra manera: no se queman al mismo tiempo banderas de Francia y Perú en Nablus, ni se grita al unísono muerte a los argentinos y a los chinos en Irán, ni se considera a Kim Jong II y Hosni Mubarak las mas urgentes amenazas a la estabilidad del orden mundial. No, la crítica empareja a Estados Unidos con los judíos e Israel, los que se han constituido en objetivos del tiro al blanco; abstracto y dialéctico en Occidente, concreto y físico en Oriente.

Ahora bien, ni el antinorteamericanismo, ni el antiisraelísmo, ni el antisemitismo son fenómenos novedosos; pero la confluencia de los tres en una crítica común de acentuada intensidad sí lo es. Mucho se ha escrito sobre el antisemitismo y su relación con el antisionismo, y quizás no habría mayor originalidad en lo que un nuevo ensayo sobre el tema podría aportar. El enfoque que aquí se propone es el de universalizar relativamente el estudio del fenómeno en cuestión, tomando respetuosa distancia de la tradicional aproximación comprensiblemente particularista respecto de esos gemelos infames que son el antisemitismo y el antiisraelismo, e intentar dilucidar los trazos comunes que pudieran existir con el odio a Norteamérica. En otras palabras, procuraremos demostrar cómo hay un común denominador en la base del antiisraelismo y del antinorteamericanismo, fenómeno este último a primeras vistas enteramente distinto y disociado del otro «anti-ismo». Para lo cual estudiaremos primero las características más distintivas del odio a los Estados Unidos con el propósito de poder exponer de esta manera la comunión filosófico-ideológica de este verdadero eje del mal integrado por el antinorteamericanismo, el antiisraelismo y el antisemitismo.

La ética del poder y el paraíso post-histórico

A nivel fundamental, Israel y Estados Unidos son dos naciones imbuidas de un claro sentido de la misión histórica. El estado judío está íntimamente conectado con promesas divinas, profecías bíblicas y la construcción de un país «Luz entre las naciones», en tanto que la empresa norteamericana fue convocada con el lenguaje de la «tierra prometida», la «nueva Jerusalén» y la constante alusión a lo divino, al punto tal de haber sido considerada por algunos observadores como «la nación mas ‘judía’ en el mundo cristiano». El ideal igualitario y de justicia judío, fuente inspiradora del movimiento sionista, halla su paralelo en la visión libertaria y democrática de Estados Unidos, cuya revolución independentista comienza a gestarse quince años con anterioridad a la revolución francesa de la igualdad, la fraternidad y la libertad.

Actualmente, Israel y Estados Unidos son las dos potencias militarmente más poderosas y científicamente más desarrolladas en sus respectivas escalas: Israel en el Medio Oriente, Norteamérica en el mundo. Ambas naciones comparten en un nivel básico parecidas percepciones de los desafíos mundiales contemporáneos: desde el terrorismo fundamentalista islámico y los programas de proliferación de armas no convencionales en manos de estados totalitarios hasta la desconfianza de estructuras supranacionales como agentes rectores de la conducta global. Esto obedece en gran medida a que ambos países se encuentran enredados en guerras contra el terror, y en el caso de Israel, en una lucha de supervivencia. Esto hace que en lo relativo a la noción del poder -en su uso, su eficacia y su moralidad- estos dos países se distingan considerablemente del resto de las naciones de occidente, y muy especialmente de Europa.

Tienen, desde ya, serias diferencias en muchísimas áreas, pero a un nivel muy esencial ambas comparten una cosmovisión que contiene más similitudes que disparidades. No por casualidad Israel es el principal y más confiable aliado de Norteamérica en Medio Oriente, ni la comunidad judía más grande e influyente del orbe vive en Estados Unidos. Josef Joffe, editor del semanario alemán Die Zeit, define a ambas naciones como «diferentes del resto de occidente, diferentes de la misma manera».

Uno de los grandes vectores que distinguen en la actualidad a la filosofía política de las naciones es, según Robert Kagan, la determinación de dónde «exactamente se encuentra la humanidad en el continuo entre las leyes de la jungla y las leyes de la razón». Estados Unidos e Israel viven en un mundo anárquico hobbesiano en el cual el uso del poder es esencial. Europa (y hasta cierto punto aunque en mucho menor medida Latinoamérica) reside en lo que Kagan denomina «un paraíso post-histórico de paz y relativa prosperidad» en donde el poder es visto como algo maligno y la fe en la negociación y la conciliación es casi absoluta. Razón por la cual, nos explica Victor Davis Hanson, el poder se transforma en el principal medidor de virtuosidad:

«Aquellos sin él merecen la aprobación ética en virtud de su status de víctima; aquellos con él, al menos si son occidentales, y especialmente si son norteamericanos, son ipso facto opresores. Israel podría entregar la totalidad del Margen Occidental, sufrir 10.000 muertes en atentados suicidas, y disculparse formalmente por su existencia, y aún sería despreciada por intelectuales norteamericanos y europeos por ser lo que es: occidental, próspera, segura de sí misma, y exitosa en un mar de abyecto fracaso autoinducido».

Esto explica en gran medida el resentimiento a Norteamérica en occidente, y especialmente en los sectores progresistas, pacifistas y posmodernos que tipifican a gran parte del establishment diplomático y cultural europeo en los que Estados Unidos es visto como un Gulliver descontrolado e irresponsable que ejercita el poder por doquier. En su libro Of Paradise and Power, Robert Kagan describe con brillantez las diferencias transatlánticas en lo relativo a la noción del poder, mostrándonos cómo, habiendo sufrido en su propio suelo las calamidades de dos guerras mundiales en menos de medio siglo, Europa se ha tornado a rechazar la idea del poder y a restringir su uso al mínimo indispensable, mientras que Norteamérica -que desconoce esa perspectiva derivada de una experiencia formativa histórica diferente y habida cuenta de su papel en el mundo como la única superpotencia global- posee una menor aprehensión al concepto del poder y una mayor predisposición al uso del mismo.

¿Cómo una Europa prisionera de un sentimiento de aversión al poder podría no temer a los Estados Unidos cuando con sólo el 5% de la población mundial concentra el 44% del gasto militar del mundo? ¿Cómo cuando esta superpotencia tiene un presupuesto militar que supera al de los diez países que lo siguen y dobla al de la propia Unión Europea ya conformada por 25 países? ¿Cómo no podría aumentar la ansiedad europea cuando ve a Norteamérica en menos de quince años invadir Panamá, liberar militarmente a Kuwait, enviar tropas a Somalía, a Haití, a Bosnia y a Kosovo, y verla derrocar los regímenes afgano e iraquí?

Nótese que de estas intervenciones militares, solamente las dos últimas ocurrieron bajo la administración de George W. Bush. Las dos primeras acontecieron bajo el gobierno de Bush padre y las restantes cuatro durante el mandato de Bill Clinton. Cuando el entonces canciller francés Hubert Vedrine tildó a Norteamérica de «hiperpotencia» (el término superpotencia era insuficiente para describir a un megagigante como USA) lo hizo cuando Clinton era presidente. Y los ataques del 11 de septiembre fueron también planeados cuando el demócrata Clinton estaba en el poder. ¿Porqué? «Porque la bronca extremista contra los Estados Unidos», indica Charles Krauthammer, «es generada por la propia estructura del sistema internacional, no por los detalles de nuestra administración del mismo». Este sea quizás un claro ejemplo de cómo el odio en unos casos, y la suspicacia en otros, hacia Estados Unidos, no debe confundirse con, pues de hecho trasciende, el desprecio a George W. Bush. De la misma manera que la demonización de Ariel Sharon suele ser un sendero indirecto para la denostación de Israel, o de la distinción que el filósofo francés Alan Finkielkraut realiza de la critica política a Sharon de la critica antisemita a Sharon; una incuestionablemente legítima, la otra obviamente no.

Kagan sugiere que la psicología del poder y la debilidad tienen un rol importante en la conformación de percepciones en torno a qué constituye un riesgo cierto o los niveles de tolerancia frente a una amenaza concreta. No es que Europa y Estados Unidos coinciden en la identificación de las amenazas mundiales y discrepan en cuanto a las respuestas; pareciera no haber siquiera consenso en lo relativo a la definición de las amenazas a la seguridad internacional, tal como la guerra en Irak ampliamente demuestra. Este analista ejemplifica el caso con la siguiente ilustración: Imagine a un hombre en un bosque en el que un oso enorme habita, armado sólo con un puñal. Para él, convivir con el peligro que representa la posibilidad de que el oso lo ataque es un riesgo tolerable, dado que enfrentarse a la bestia con un puñal no le da altas chances de éxito. Para un hombre armado con una escopeta, sin embargo, el cálculo de lo que representa un peligro tolerable será distinto. ¿Para qué exponerse a ser devorado por el oso cuando no tiene porque hacerlo? Esto lo podemos apreciar en los datos de una encuesta germano-americana del año 2002 en la que se les preguntó a norteamericanos y europeos que definieran a cuáles de las siguientes amenazas consideraban «extremadamente importante» (las cifras muestran los porcentajes de estadounidenses y europeos en ese orden): terrorismo internacional (91-65), que Irak desarrolle armas de destrucción masiva (86-58), el fundamentalismo islámico (61­49), el conflicto militar entre Israel y vecinos árabes (67-43), las tensiones entre India y Pakistán (54-32), China como potencia mundial (56-19), el caos político en Rusia (27-15).

Como es sabido, con el colapso de la ex Unión Soviética, Estados Unidos se consolidó como la única superpotencia del orbe. Quiera ella o no, y quieran sus críticos o no, recae sobre Norteamérica la responsabilidad de velar por el orden mundial, y es de hecho a ella a quien recurren todos cuando una crisis de envergadura estalla entre cristianos y musulmanes en los Balcanes, entre hindúes y paquistaníes en Asia, entre israelíes y palestinos en Medio Oriente  entre partidarios y opositores en Haití. (Oh si, también se recurre a la ONU, una de las organizaciones mas inútiles en la historia de las instituciones multinacionales). Recordemos que Estados Unidos salvó dos veces el siglo pasado a Europa de sí misma, en las francas palabras de Oriana Fallaci: «…y nunca olvido que, si [Estados Unidos] no hubiese ganado la guerra contra Hitler y Mussolini, hoy hablaría alemán. Nunca olvido que si no se hubiese enfrentado a la Unión Soviética, hoy hablaría ruso».

Con una Europa que ha ingresado al estadio de la «paz perpetua» kantiana, en la que las supraestructuras internacionales, las leyes y los tratados marcan el rumbo para la humanidad, y en la que las guerras y las confrontaciones son manifestaciones poco civilizadas de tiempos pasados, con una Europa cada vez más decidida a no actuar militarmente y a mostrarse siempre confiable en la perfectibilidad del alma humana, Estados Unidos no tendrá otra opción mas que continuar siendo ese sheriff despreciado, ese policía global detestado obligado a actuar unilateralmente, no por pasión por el unilateralismo, sino porque Europa simplemente no esta dispuesta a hacer lo que debe hacerse para proteger el orden mundial. Una gran paradoja de las relaciones transatlánticas radica en el hecho de que, como Kagan propone, el pasaje hacia el paraíso post-histórico de los europeos ha dependido en que Estados Unidos no hiciera lo mismo:

«Lo que esto significa es que aunque Estados Unidos ha jugado un rol crítico en traer a Europa a este paraíso kantiano, y aún juega un papel central en hacer posible ese paraíso, no puede ingresar al paraíso. Custodia las murallas pero no puede cruzar el portón. Estados Unidos, con todo su vasto poder, permanece atascado en la historia, pronto a enfrentar a los Sadams y los ayatollas, los Kim Jong IIs y Jiang Zemins, dejando los beneficios para otros».

Esto a su vez hace que Norteamérica deba disponer de los medios necesarios para enfrentar los numerosos desafíos actuales globales y nacionales (más de la mitad de los atentados terroristas de los últimos tres años fueron contra objetivos estadounidenses). Krauthammer así lo explica: «En tanto poder unipolar y en consecuencia el garante de la paz en lugares a los que los suecos no deben ir, necesitamos armas que otros no necesitan. Al estar tan especialmente ubicados en el mundo, no podemos darnos el lujo de tolerar los eslóganes vacíos de aliados que no son lo suficientemente cándidos para admitir que viven bajo el paraguas del poder norteamericano”.

Históricamente, no siempre ha sido este el caso. Cuando Europa era una potencia imperial que dominaba las tierras y los mares, creía en el poder y la gloria marcial. Tal como Samuel Huntington señala en su obra El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, en la última mitad del silgo XIX, Europa extendió su autoridad sobre África, en el subcontinente asiático y otros lugares de Asia. Para principios del siglo XX controlaba directa o indirectamente prácticamente todo Oriente Próximo y Oriente Medio, salvo Turquía. Los europeos o las antiguas colonias europeas (en las Américas) controlaban el 35% de la tierra firme del planeta en 1800, el 67% en 1878 y el 84% en 1914. En 1920, el porcentaje llegó a ser aún mayor, cuando el imperio otomano fue dividido entre Gran Bretaña, Francia e Italia. Que esta Europa condene hoy el «imperialismo» norteamericano, o, para el caso, el «expansionismo» israelí, es poco menos que irónico.

Al contrario de Europa, Estados Unidos hace el trabajo que debe hacerse y luego se retira. Tal como destaca Krauthammer, no pretende imponer una gran visión de un nuevo mundo, un Reich de mil años, o un nuevo hombre soviético, ni de conquistar para extraer recursos naturales, o gobernar por puro placer de dominio. Su propósito es resguardar cierta estabilidad y tranquilidad en el mundo. Debe hacerlo porque otros no lo hacen. O como cierta vez escribió este comentarista: dejaremos a los europeos que nos tengan el saco mientras peleamos, pero no que nos aten las manos.

Las diferencias entre Europa y Estados Unidos han quedado especialmente reveladas luego del atentado terrorista del 11 de marzo del presente año en Madrid, donde el fundamentalismo islámico mato a 201 civiles e hirió a otros 1500. Acontecido durante la ronda final de un proceso de elecciones nacionales, el mismo provocó un cambio de actitud en la sociedad española, la que desplazó sus preferencias políticas hacia el PSOE, partido opositor al gobierno de José Maria Aznar. Matando civiles, Al-Qaida logró derrocar a un gobierno aliado a Norteamérica en su lucha contra el terror. La respuesta del electorado español ha dado lugar al escenario inquietante de que los terroristas musulmanes decidan de ahora en mas repetir atroces ataques contra civiles durante períodos electorales con el objeto de hacer pendular a la opinión pública de las democracias en la dirección por ellos deseada. Otros aliados de Estados Unidos tendrán de ahora en más genuinos motivos de preocupación. Si algunos de ellos fueran a ver un distanciamiento político de Estados Unidos como una medida defensiva frente a potenciales atentados, la brecha transatlántica se ampliaría peligrosamente.

El fenómeno del antinorteamericanismo, sin embargo, no es explicable solamente por la psicología del poder y la debilidad, o por el papel histórico que a Europa y a él le tocan jugar en la actualidad. Este tipo de antinorteamericanismo es de índole nacionalista, definido por una Europa nostálgica de la gloria perdida, frustrada por su irrelevancia geopolítica, y profundamente celosa de la consolidación y el uso del poder norteamericano. En cierto sentido, el proyecto de unificación europea apunta a la conformación de un bloque de poder (fundamentalmente económico) como contrapeso a Estados Unidos. Alvin Toffler encuentra curioso el hecho de que al mismo tiempo que acusan a Norteamérica de pretender homogeneizar el mundo, los europeos creen unidades únicas para el té, el queso, la educación, y el transporte entre otras áreas. Pero hay otra Europa, ya no nacionalista sino de extracción marxista, para la que la norteamericanofobia es parte y parcela de su definición identitaria. Ciertamente, para aquellos que deambulan los senderos del fanatismo religioso o secular, el asunto es distinto. El 11 de septiembre de 2001 cristalizó claramente el sentimiento de antipatía antinorteamericana en tales movimientos.

El 11 de septiembre y la ideología de la fantasía

Cuando el líder tribal azteca Moctezuma vio al navegante español Hernán Cortés y sus hombres por primera vez en las costas mexicanas, la curiosidad y la incomprensión seguramente azotaron su mente con interrogantes en torno a quiénes eran esos sujetos de piel blanca y ropas extrañas, de dónde provenían y qué querían. Moctezuma debió imaginar las respuestas en función a su propia cosmovisión y entendimiento del mundo; es decir, de su mundo. Tomando como referencia la mitología azteca, Moctezuma concluyó que Cortes era el dios Quetzalcoatl. Enfrentado a un acontecimiento fenomenalmente exógeno a su mundo habitual, Moctezuma redujo el evento extraño a las dimensiones por él entendibles. La historia ya nos ha permitido verificar cuán trágico fue para los aztecas ese error comprensible.

Mediante este ejemplo, el filósofo norteamericano Lee Harris explica que el 11 de septiembre de 2001 dejó a los norteamericanos y a occidente enfrentados a un enigma similar al que se le presentó a los aztecas oportunamente, un enigma tan total que incluso cuestiones de nomenclatura se convirtieron en desafíos: ¿había acontecido una tragedia, una calamidad, un acto criminal o un acto de guerra? «Eventualmente la sabiduría colectiva e inconsciente que gobierna tales asuntos prevaleció. Las palabras fallaron, luego cayeron completamente, y todo lo que quedó fue el frío y monumentalmente emotivo set de números, 9/11″ escribió Harris (*). Amoldando el episodio a un contexto de racionalidad occidental, muchos buscaron en las motivaciones de los terroristas islámicos la explicación del atroz incidente. Una masacre de civiles tan colosal sólo podía deberse a la desesperación personal, o la pobreza abyecta, o al imperialismo opresor de Norteamérica, o a su apoyo a Israel, o a la presencia de tropas yanquis en Arabia Saudita o a una combinación de estas cuestiones. La conocida alusión a las «raíces causales» del terrorismo cobró una nueva magnitud a partir de aquel fatídico 11 de septiembre.

Lo cual era entendible. Tal como Moctezuma en el siglo XVI, los perplejos observadores del siglo XXI debieron recurrir a su propio entendimiento del mundo para explicar un evento de considerable extrañeza. No que el terrorismo internacional en general, ni el de la variante musulmana en particular, fueran poco conocidos en occidente. Pero la audacia y originalidad de la planificación, la simpleza y efectividad de la ejecución, la singular elección de los objetivos, y la envergadura y letalidad de la conclusión, indudablemente posicionaron a dicho atentado en una nueva y hasta entonces no vista escala de espectacularidad en la historia del terrorismo mundial.

Es por esto que en su libro Civilization and its Enemies: The Next Stage of History, Harris invita a sus compatriotas a recordarse a sí mismos una y otra vez que el mismo evento puede no tener la misma significancia para ellos que la que pudiera tener para los seguidores del Islam radical. Tómese el caso del terrorista suicida. En occidente el fenómeno es visto como una técnica, un medio para obtener un fin mayor: la independencia o la gloria. En los países extremistas de Medio Oriente, sin embargo, el lugar que ocupa el suicido por una causa santa, es decir, el martirio, es un fin en sí mismo: la santificación y exaltación de Ala. («Los norteamericanos aman Pepsi-Cola, nosotros amamos la muerte» explicó un integrante de Al-Qaida).

Este escritor introduce el concepto de «ideología de la fantasía» para describir el estado mental de quienes idearon y perpetraron el atentado así como de quienes lo aplaudieron y aún aplauden en el mundo musulmán. Para Harris, los extremistas islámicos operan influenciados por una peligrosa seducción a la fantasía colectiva, similar -conceptualmente, no en contenido- a la que aqueja a los movimientos del fin de los tiempos, esos grupos apocalípticos presas de frenesís sobre la inminencia del armagedón, o a varias de las grandiosas y criminales ideologías del siglo XX, como ser el nazismo alemán o el comunismo estalinista, cautivos de falsas utopías. En estos movimientos, el concepto de la creencia adopta una valoración singular. En palabras de Harris: «Decir que Mussolini, por ejemplo, creía que la Italia fascista haría revivir el Imperio Romano no implica que el realizó una examinación cuidadosa de la evidencia y luego llegó a esa conclusión. Mas bien quiere decir que Mussolini tenía la voluntad para creer que la Italia fascista haría renacer al Imperio Romano».

Harris postula que en la cosmovisión musulmana fanática, el propósito del ataque descomunal del 11 de septiembre no fue provocar un cambio de política estadounidense, ni procurar destruir a la única superpotencia mundial, ni socavar el poder de occidente, sino que se trató de una obra de teatro espectacular para consumo interno en el mundo árabe/musulmán. El9/11 no fue entonces un acto de terror tendiente a debilitar psicológicamente a los norteamericanos o a lograr cualquier otro impacto sobre la sociedad norteamericana. Fue, más bien, un despliegue de «drama simbólico, un gran ritual que demuestra el poder de Ala, una ostentación diseñada para trasladar el mensaje no al pueblo norteamericano sino al mundo árabe». ¿Qué mensaje? Que el Islam es superior a Occidente a pesar de sus falencias actuales, o como decía un póster impreso en 1999 en Pakistán que incluía una foto de Bin-Laden, que «Alá es la única superpotencia». Puesto que el Islam es «una civilización diferente cuya gente esta convencida de la superioridad de su cultura y esta obsesionada con la inferioridad de su poder» en palabras de Samuel Huntington. Y hay un gran resentimiento por los Estados Unidos de América que define la cultura global en el siglo XXI de la manera en que el Islam definió el «orden mundial» catorce siglos atrás, como sugiriera Robert Satloff. (Especialmente elocuente fue esta editorial del periódico marroquí L’Opinion: «Es la espada contra el Tomahawk, un combate a priori desproporcionado. Sin embargo, en este caso la espada se halla preñada de 14 siglos de historia, está cargada de victorias, de derrotas, de frustraciones, de humillaciones y del deseo de vengar una dignidad que se considera escarnecida»).

Bajo esta óptica, Norteamérica no fue más que el conejillo de indias para «el gran psicodrama que Al-Qaida y sus seguidores habían ideado para su propio consumo» según Lee Harris. En resumidas cuentas, «el puro David islámico necesitaba un Goliat» y Estados Unidos con todo su chauvinismo cultural, su egocentrismo nacional, su poderío militar, y su hegemonismo económico cumpliría ese rol ideal. Este filósofo norteamericano sustenta su tesis, entre otras cosas, con la evidencia de la ausencia de demandas políticas por parte de Al-Qaida pre o post atentado, por el hecho asombroso que la organización fundamentalista ni siquiera clamó la autoría del ataque en primer lugar, dejando a Norteamérica durante las primeras semanas posteriores al atentado especulando sobre la identi­dad del agresor, y por la ausencia de nuevos atentados terroristas en suelo norteamericano en los años siguientes, puesto que estos carecerían del glamour y la grandiosidad que Al-Qaida buscaba en sus objetivos; un glamour y una grandiosidad indispensables para que la compensación psicológica colectiva fuera efectiva.

La reinvención del proletariado

La propuesta de Harris consistente en intentar ver los eventos, no bajo nuestra propia cosmovisión intelectual, sino bajo la óptica cultural de «los otros» (para usar terminología en boga en la academia), nos permitiría también comenzar a dilucidar el común denominador en el antinorteamericanismo que agrupa a anticapitalistas, antiglobalistas, medioambientalistas radicales, e «izquierdistas todoterreno» -conforme a la caracterización de Pierre-André Taguieff- en occidente, grupos que apoyan con visible entusiasmo al enemigo de turno de Estados Unidos, sea este Osama Bin-Laden, Sadam Husein, o Fidel Castro.

Cuando el compositor alemán Karlheinz Stockausen tildó al 9/11 como «la más grande obra de arte de todos los tiempos» ilustró hasta que niveles de disparidad puede un mismo evento ser interpretado por diferentes actores. Es dable asumir que para el común de la gente en occidente, el atentado representó un ataque terrorista no provocado sobre una nación en tiempos de paz. Para los islamistas significó la puesta en escena de un show criminal para consumo masivo en el mundo árabe/musulmán y además tipificó la proeza musulmana frente a la inmoralidad del infiel. Una democracia fue golpeada, y no cualquier democracia, sino la más robusta y añeja de nuestra contemporaneidad; se trató de un ataque contra el líder del mundo libre, el guardián de los valores mas preciados de occidente.

Y para los habitués legendarios de la izquierda radical, aquellos que ven en Estados Unidos la raíz de todo mal, el país causante de todo lo que esta errado en este mundo, para esa izquierda en la que Norteamérica -o más bien, el odio a Norteamérica- se ha consolidado como el hilo conductor de su propia existencia ideológica, su punto nodal intelectual, para esa izquierda extremista nostálgica de la revolución proletaria, del determinismo histórico materialista, de la lucha de clases y de la pseudoigualdad, para esa izquierda «con ingredientes de Marx y Mao, un poco de Fanon, y quizás un toque de Jean-Paul Sartre» (Harris), el 9/11 reivindicó en sus mentes la lucha de liberación de los oprimidos del mundo, un golpe espectacular de los débiles y los desposeídos. Pues aquella mañana de septiembre, un golpe descomunal fue arrojado sobre una superpotencia, y no cualquier superpotencia sino la única superpotencia. La poderosa Norteamérica había sido golpeada, y no por un estado bien armado sino por una agrupación musulmana clandestina usando el único medio posible del marginado, el arma de los débiles, la misma que los anarquistas de antaño empleaban contra el tirano: el terror. El renombrado lingüista Noam Chomsky fue uno de los primeros en contextualizar el atentado como una instancia de lucha renovada contra el capitalismo mundial. Por su parte, en un ensayo publicado en el journal Policy Review, Harris lo explica así: «Aquí, por primera vez, el mundo había presenciado al oprimido finalmente golpear al opresor; un golpe políticamente inmaduro, quizás, comparable a la toma de la Bastilla por la masa parisina en su furiosa desconsideración de todas las leyes de la humanidad, pero aún un acto igualmente meta-histórico en su significancia: el amanecer de una nueva era revolucionaria”.

El terrorista marxista venezolano/palestino converso al Islam «Carlos el Jackal» declaró al mes siguiente de los atentados que los musulmanes de Al-Qaida «han golpeado los centros de mando de la agresión imperialista yanqui contra los pueblos del mundo: militar en el Pentágono y de especulación financiera en Nueva York… prácticamente todos los muertos son soldados enemigos, de uniforme en el Pentágono y con corbata en Nueva York». Tal como Pierre-André Taguieff señala en La Nueva Judeofobia, la de Carlos es básicamente una postulación leninista y trotskista según la cual está justificada toda acción que acerque la revolución. En uno de sus mensajes Trotsky sentenció: «Sólo es moral lo que prepara el derrocamiento total y definitivo de la bestialidad capitalista, y nada más». Agrega Taguieff en torno a los neoizquierdistas antiestadounidenses: «Vuelven a andar los caminos del ensalzamiento del odio total que ya se observaban en la tradición revolucionaria, como atestigua este párrafo lleno de arrojo que le debemos al Che Guevara: “El odio como factor de lucha. El odio intransigente al enemigo, que arraiga más allá de los límites naturales del ser humano y hace de él una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados deben ser así’.»

Vista como una desigual lucha de los desheredados del orbe contra el capitalista opresor, es entonces inevitable y hasta comprensible que el despojado recurra a métodos non-sanctos pero siempre bien justificados, como Trotsky nos recordaría. Al reducir los atentados del 11 de septiembre a sus «causas» (humillación, pobreza, opresión, desigualdad, etc.), al catalogar a los Estados Unidos como el mal absoluto mas allá de toda redención, y al ungir al pobre musulmán despojado y desesperanzado como el nuevo arquetipo portador de la promesa reivindicadora del proletariado, la nueva/vieja izquierda radical materializa, en efecto, lo que Taguieff denomina el «Eterno retorno alucinatorio del Che Guevara… un residuo de guerrillero, una brizna de Robin Hood, un aire de mártir islámico». Así queda entonces edificada la posmoderna, nihilista, e inmoral reinvención del proletariado. Es el colgar un pasacalle en el inconsciente colectivo con el eslogan de una falsa promesa para el porvenir de la humanidad: el aggiornamiento del anarquista de otrora ahora reformulado en el packaging del terrorista islamista radical. Muy acertado estuvo Olivier Roy al afirmar que Bin-Laden ha islamizado el sentimiento antiestadounidense latente. Sería una suerte de islamización del marxismo, donde la lucha de clases se desdibuja en una guerra santa. Si antes hablamos de la palestinización del discurso intelectual en torno a Israel, bien podríamos ahora postular la islamización de la ideología neomarxista actual en relación a los Estados Unidos de América. 

¿Que irónico, no? que estos neoizquierdistas que siempre han visto a la religión como el opio del pueblo, ahora se alíen a su manifestación mas fundamentalista y oscurantista.

Demás está indicar que esta visión rosada de los terroristas binladenistas como combatientes cheguevaristas es pura tontería. Ver a un grupo de dementes consumidos por el fanatismo coma la vanguardia de la revolución social es un buen ejemplo de la ideología de la fantasía introducida por Lee Harris ya enunciada. Y en este caso especialmente, la denotación de la palabra fantasía es doble. Primeramente en el sentido ya descrito, en querer creer algo y aferrarse a ello al margen de la realidad objetiva. Y en segundo término en lo relativo a un hecho que la propia doctrina marxista ha enunciado como condición para el éxito de la revolución: la supremacía del realismo político por sobre la utopía deseada.

Al-Qaida no puede provocar la caída de Norteamérica ni menos aún del sistema capitalista o del libremercado, efectúe uno o treinta atentados más como los del 11 de septiembre. Atentados del tipo sin lugar a dudas crearían un sentimiento de psicosis en la sociedad norteamericana, afectarían su economía y estándar de vida, y dañarían sus prioridades nacionales. Pero al mismo tiempo, acentuarían el etnocentrismo nacionalista estadounidense, convertirían a Norteamérica en una nación cerrada sobre sí misma y más unilateralista y militarista que nunca, más dispuesta que nunca a derrocar entidades esponsoreadoras del terror, y por sobre todo más unida que nunca a nivel popular. Este es el punto justo donde Lee Harris encuentra la paradoja de la noeizquierda revolucionaria:

«Pero esta condición, recordemos, es precisamente lo opuesto a las condiciones políticas objetivas que, según Marx, deben estar presentes para que el capitalismo sea derrocado. Puesto que el Marxismo clásico requiere, con bastante realismo, un estado que esté siendo literalmente partido por el disenso interno. La revolución, en síntesis, demanda una guerra civil completa dentro del propio orden social capitalista, dado que nada que se aleje de eso puede lograr el objetivo que la revolución persigue. Entonces, ataques al estilo 9/11 que sólo sirven para reforzar la ya considerable solidaridad entre clases en los Estados Unidos son, desde la perspectiva del Marxismo clásico, fatalmente errados… las únicas masas que fueron motivadas por la puesta en escena de esta fantasía fueron las que habitan las calles árabes; una población patéticamente incapacitada de controlar incluso los aspectos mas elementales de su propio destino político, y en consecuencia apenas el material del cual un revolucionario verdadero podría tener la esperanza de dar forma a un instrumento de transformación histórico-mundial.»

Es una deshonra para lo que pudiera haber de virtuoso en la teoría marxista que quienes se consideran sus fieles herederos ideológicos pretendan forzarla para encasillar un acto político criminal en el marco teórico del marxismo tradicional y malusarlo de esta manera como justificativo de su sentimiento antiestadounidense. Pertenecen a la misma caña de los pseudopacifistas europeos y latinoamericanos que nos explicaban, durante la guerra en Afganistánn, y después en Irak, que la democracia no se exporta, que debíamos entender y respetar la diversidad cultural de otras zonas del planeta y de otros sistemas de gobierno, aún cuando esos sistemas fueran políticamente totalitarios, religiosamente fundamentalistas, socialmente retrógrados, y policíacamente represivos. Como señalara un analista, a los talibanes afganos y a los baatistas iraquíes había que comprenderlos en el marco del relativismo cultural, sólo los norteamericanos debían ser juzgados absoluta e inmisericordiosamente.

De víctimas y victimarios

La irracionalidad y la contradicción son, en este esquema multiculturalista, una constante intelectual, al igual que lo son la teoría conspirativa y las acusaciones infundadas. El peor ataque contra Estados Unidos sobre su propio suelo en los últimos casi doscientos años no despertó empatía con los sobrevivientes, simpatía con la nación, o comprensión por su necesaria defensa preventiva. Muy al contrario, generó la que posiblemente sea la mas furiosa alzada de sentimiento antiestadounidense a escala global desde la guerra de Vietnam, si no peor. Libros que afirmaban que la CIA provocó los atentados del 11 de septiembre y sus casi 3000 muertes norteamericanas se convirtieron en best-sellers en Francia y Alemania. (¿Convierte esto a George Tenet, el titular de la CIA, en un bolchevique de la avantgarde revolucionaria?).

Cuando las autoridades norteamericanas tomaron la decisión de fotografiar y tomar huellas dactilares de ciudadanos de muchos países del mundo, incluyendo a los brasileros, que ingresaran al territorio estadounidense, Julier Sebastiao da Silva, un juez brasilero dijo: «Considero el acto absolutamente brutal, amenazador de los derechos humanos, violador de la dignidad humana, xenofóbico y digno de los peores horrores cometidos por los nazis» y decidió adoptar la infantil «represalia» de replicar la medida norteamericana, convirtiéndose así en un nazi bajo sus propios estándares, tal como acotó James Taranto del Wall Street Journal. (Además, agregó el columnista, «uno pensaría que los niños del Brasil serían especialmente cautos en arrojar analogías nazis»). Luego de que el presidente Bush anunciara el objetivo espacial de poner un astronauta en Marte, Sebastián Dozo Moreno, escritor y profesor de literatura, publicó una nota de opinión con una insólita hipótesis en La Nación:

«George W. Bush, el mismo que atacó Afganistán e inició la guerra contra Irak, acaba de anunciar el plan de una misión tripulada a Marte. ¿Existe alguna relación simbólica entre estos hechos?… No parece una simple casualidad que el belicoso presidente de los Estados Unidos se interese hoy por el planeta de la guerra. Mas bien, los hechos insinúan una coincidencia alarmante y significativa: alarmante porque el deseo de Bush de llevar a cabo esa hazaña espacial no parece tener otra intención última que la guerra y su mayor eficacia destructiva: quien conquiste primero el Espacio podrá conquistar, ante todo, nuestro planeta… Decimos que Bush, por su pasión bélica y planes espaciales, ‘parecería’ estar bajo la nefasta y poderosa influencia del planeta de la guerra, y esto le confiere a los hechos un carácter simbólico muy sugestivo».

Por momentos, la crítica a Estados Unidos es efectuada mediante una defensa de sus enemigos. De esta forma se expresó el cardenal Renato Martino del Vaticano, luego de la difusión de las imágenes de la captura del dictador de Bagdad: “Lo que dio lástima fue ver a este hombre destruido, tratado como una vaca a la que le controlan los dientes. Nos podrían haber ahorrado esas imágenes». (¿Realmente, no? Qué brutos estos norteamericanos, tratar de esa manera a un genocida). Para el docente universitario Ruben Dri, “el terrorismo y la violación fundamental de los derechos humanos se encuentra al norte de Cuba, en los Estados Unidos, y la nación que lucha contra eso es precisamente el pueblo cubano». En líneas similares, una solicitada publicada en Pagina12, titulada “Judíos con Cuba», expresaba “solidaridad con la Revolución Cubana que, en una lucha de 45 años tan férrea como desigual, ha sabido enfrentar con dignidad a las fuerzas hegemónicas mundiales…». Y recordemos a Hebe de Bonafini y su notorio aplauso a Al-Qaeda luego del colapso del World Trade Center.

Los críticos del Tío Sam protestan además su imperialismo cultural, estereotipado en la Mcmundialización del orbe, prototipo del engendro materialista que está agobiando al mundo y a sus habitantes. Se quejan de la globalización uniformizante de la MTV, la Coca-Cola, Hollywood y Madona, sin comprender que la ideología de la Jihad fundamentalista es al menos igual de globalizadora y definitivamente más peligrosa. Después de todo, lo peor que le puede pasar a un occidentalista enfadado es tener que abstenerse de tomar Coke, ir al Village Recoleta a ver Titanic, o comprar un CD de Michael Jackson en Musimundo. Pero en donde reinan la Jihad y la Sha’aria, a uno le cortan las manos por robar, lo apedrean a muerte por ser infiel, lo arrestan por manejar sola o quitarse la burka de uso obligatorio bajo un sol de 40 grados si es mujer, y lo encarcelan o lo matan por disentir.

Esto sucede porque quienes odian a Estados Unidos (e Israel) son impermeables a la evidencia. Son prejuiciosos en el sentido estricto del término. El juicioso deja que sea la realidad la conformadora de la propia óptica; el prejuicioso forma su opinión y luego no tiene más que desconsiderar a la realidad. Sólo de esta manera puede uno estar convencido de que el programa espacial norteamericano obedece a una “poderosa y nefasta influencia» marciana sobre el presidente Bush, que Norteamérica es un estado nazi por tomar huellas dactilares a algunos visitantes extranjeros, o que el totalitarismo comunista del régimen cubano es digno, (o creer que Israel pretende expandirse del Nilo al Éufrates o que exporta caramelos afrodisíacos, etc.). Y en cuanto a la acusación de odio estadounidense contra los musulmanes (ataca a Afganistán e Irak, se opone a Irán, apoya a Israel, etc.) tiene mucho de teoría conspirativa pero nada de asidero. En palabras de Víctor Davis Hanson:

«El supuesto odio estadounidense a los musulmanes apenas encaja con nuestro record de salvar a kuwaitíes de Iraquíes fascistas, musulmanes en Kosovo y Bosnia de serbios cristianos, o afganos de comunistas rusos y luego de sus propios amos islamistas, todo esto mientras proveemos miles de millones de dólares en asistencia a Egipto, Jordania y la Autoridad Palestina. Fueron los jordanos y los kuwaitíes, no nosotros y no los israelíes, quienes limpiaron étnicamente a los palestinos; iraquíes y egipcios, no nosotros, quienes gasearon a poblaciones musulmanas. Y es a nuestras costas a donde musulmanes agotados del despotismo mesooriental están desesperados por emigrar.»

La reversión de víctima y victimario es imperativa para el sostenimiento de la caricatura antinorteamericana. El imán de Bolonia ejemplifica con estas palabras el punto: «Fue la derecha norteamericana la que abatió las dos Torres Gemelas y ahora utiliza a Bin-Laden como tapadera. Si no fue la derecha norteamericana, fue Israel. En cualquier caso, Bin-Laden es inocente y el peligro no es Bin-La­den: es Estados Unidos». Al imán le preocupa una sola cosa, y no es la verdad, sino que quede bien claro que el peligro es Estados Unidos. (Al autor de este ensayo le tocó presenciar en Ginebra a una periodista palestina que, a los gritos, decía a un auditorio de periodistas y diplomáticos que Osama Bin-Laden no era musulmán… sino judío).

Ahora bien, para que ese sea el caso, vale decir, para que Estados Unidos sea el genuino peligro mundial, Bin-Laden y su séquito de terroristas musulmanes deben ser descartados como amenaza o al menos la magnitud de la misma minimizada. El primer paso consiste en diferenciar entre el Islam y la minoría fundamentalista islámica. ¿Se recuerda como de la noche a la mañana, inmediatamente después del 9/11, periodistas que hasta hacía apenas 24 hs. atrás jamás habían si quiera tocado un libro sobre el Islam, nos explicaban con autoridad clerical que el Islam es una religión bondadosa y tolerante? ¿Cómo, pecando de arrogancia, se atribuían a sí mismos los títulos de mejores conocedores del canon islámico que el propio Bin-Laden y lo desmentían cuando el sostenía que era una obligación de todo musulmán unirse a la Jihad? ¿Cómo ignoraban lo que Fallaci denunciaba frustrada, “¿Simples grupos de extremistas? ¿Simples minorías de fanáticos? Son millones y millones, los fanáticos. Son millones y millones, los extremistas»?

Hecha esta distinción se procede a la construcción del mito del fundamentalista islámico como víctima, en donde su acción nunca es motivada por una ideología fanática, el fervor religioso o un odio ciego a la modernidad, sino que es mera consecuencia de sus condiciones sociales de existencia, tales como la humillación y la pobreza (y así, de paso y muy convenientemente, el principio marxista del determinismo socioeconómico queda a salvo, en la apta observación de Taguieff). El escritor francés denomina a esto «una retórica autoprotectora, como un cinturón de seguridad, véase como un mecanismo inmunitario (o autoinmunitario) que viene a prohibir toda critica del Islam o de la conducta de los musulmanes. Se trata de la puesta en marcha de un terrorismo intelectual que desemboca en una conducta ‘islámicamente correcta’.»

En menor escala y fuera del entorno político al que aquí se alude, una de todas maneras singular manifestación del fenómeno en discusión aconteció en octubre de 2001 durante los disturbios en un partido de fútbol entre Francia y Argelia. Luego de haber recibido el impacto directo de una botella vacía en pleno rostro, la ministra comunista de la juventud y los deportes, Marie-George Buffet, declaró: «No es grave. Por supuesto, no es nada malintencionado, invaden el campo para expresar algo… es preciso comprender a estos jóvenes”.

Es esta misma actitud mental la que explica la devoción en algunos sectores occidentales por racionalizar, proporcionar, contextualizar, entender o directamente justificar cualquier atrocidad terrorista islámica. Para estas almas nobles los musulmanes siempre son víctimas, aún cuando casi la totalidad de las dictaduras del globo estén en su reinado, aún cuando lleven a cabo el 80% de las ejecuciones anuales del mundo, aún cuando en sus cárceles se pudran 2/3 de los prisioneros políticos que hay en todo el planeta. Niegan la tesis de choque de civilizaciones de Samuel Huntington pero aún no logran explicar por qué los musulmanes han estado o aún están enfrentados con serbios ortodoxos en los Balcanes, con rusos en Chechenia, con chinos en Asia Central, con hindúes en India, con judíos en Israel, con budistas en Burma y Afganistán, y con cristianos en las Filipinas, Egipto, Indonesia, Timor Oriental, Sudan y Mauritania. O por qué razón el número de conflictos dentro del Islam es el más alto que en cualquier otra civilización, incluidos los conflictos tribales en África, o el motivo por el cual la década pasada han librado más guerras que los pueblos de otras civilizaciones, o por qué es el Islam la única religión del planeta en fabricar hordas de asesinos suicidas que van gustosos a sus muertes y cuyos padres en muchos casos los aplauden post-mortem. O sencillamente, por qué motivo todo el terrorismo mortal desde el 9/11 -en contra de trenes en Madrid, contra la ONU y Estados Unidos en Irak, contra pizzerías y autobuses en Israel, contra sinagogas en Túnez, contra soldados franceses en Pakistán, contra norteamericanos en Karachi, turistas en Bali, israelíes en Kenya, rusos en Moscú y Chechenia, extranjeros en Arabia Saudita, el consulado británico en Turquía, el hotel Marriot en Indonesia, etc., etc., etc.- fue llevado a cabo por devotos seguidores de ese Islam bondadoso y tolerante.

Ídem para el terrorista palestino y su «lucha de liberación» frente a Israel. No pareciera haber crimen posible merecedor de sanción moral por parte de las elites progresistas y sofisticadas en occidente que un palestino pudiera cometer. Él puede disparar a matar a una beba de meses, hacer estallar en mil pedazos a estudiantes en una universidad, transportar explosivos en ambulancias, ocultar bombas en mochilas de escolares, apedrear a conductores en plena ruta, linchar a reservistas, asesinar a un ministro en plena capital, aplaudir misiles que aterrizan en Tel-Aviv declarar a los cuatro vientos que él exige Palestina desde el río al mar, y puede estar seguro de que las almas nobles de occidente siempre encontrarán una explicación apologista para su acción. Es lo que Taguieff califica como el «neo y seudo palestinismo, condiciones en las que la denominación étnica ‘palestino’ funciona como un epónimo o seudónimo de toda víctima a la que se supone (o que se supone a ella misma) inocente». Elconfortable rol de víctima le da el derecho a odiar, matar y destruir, porque él es un desposeído, un oprimido, un humillado, y en consecuencia tiene derecho, es merecedor del buen trato de todos los corazones sensibles y de las buenas conciencias.

Este es el «pietismo hipócrita» de las elites snobs europeas que Oriana Fallaci critica con dureza en su magistral libro La Rabia y el Orgullo. Es el falso pietismo que el escritor francés Jean Genet epitomizó con su «todos somos palestinos» como muestra de afecto por los palestinos, al escribir:

«La elección que uno hace de una comunidad privilegiada… es una elección que se verifica por medio de una adhesión no razonada, no porque la justicia no tenga en ella su lugar, sino porque esa justicia y toda la defensa de esa comunidad se realizan en virtud de una atracción sentimental, tal vez incluso sensible, sensual; soy francés y, sin embargo, por entero, sin crítica, defiendo a los palestinos. Tienen el derecho de su parte, dado que les amo.»

¡Cuánto ha evolucionado el «todos somos palestinos» de Golda Meir a Jean Genet! Cuando Golda Meir lo pronunció, lo hizo presa del fastidio frente a una emergente identidad palestina inventada por necesidades políticas. Su «todos somos palestinos» aludía e incluía a los judíos israelíes que vivían en Israel, zona previamente al año 1948 llamada Palestina. Era una protesta frente a lo absurdo de la situación de pretender manufacturar una identidad árabe separada. El «todos somos palestinos» de Jean Genet también contiene un elemento de lo irracional, sólo que en sentido inverso. No es el repudio al «nuevo y mejorado» pueblo, sino una declaración publica de amor incondicional por quienes a esta altura ya se han convertido en el pueblo elegido de la neoizquierda fundamentalista.

Del antisemitismo clásico al antiisraelismo moderno

¿Quién podía haber imaginado que a comienzos del siglo XXI los judíos estarían enredados en una guerra de religión con el Islam, en donde sus seguidores cometerían un microgenocidio gradual en cámara lenta contra los ciudadanos del estado judío, inmolándose al grito de «Ala es grande» y levándose consigo al paraíso infernal preciosas vidas humanas? ¿O que volvamos a encontrar, según Taguieff, la dimensión redentora en la judeofobia islamista radical, que da a entender que el mundo musulmán sólo puede salvarse mediante el exterminio de los judíos?

¿Quien podía haber anticipado que en el inicio del tercer milenio la acusación cristiana del crimen del deicidio sería reavivada y mundialmente distribuida en DVD? ¿Que de la progresista Hollywood surgiría una película como La Pasión de Cristo? ¿Que incluso la prensa secular de la que es parte el diario italiano La Stampa, publicaría una caricatura del bebé Jesús rodeado de tanques israelíes con el titulo «No me digan que quieren matarme de nuevo»? ¿Que las comunidades judías una vez más vivirían a la sombra de una acusación tan diabólica? Y decimos diabólica porque ¿cómo podrían seres humanos matar a un dios? Solamente si, más que humanos, fueran satánicos, podrían haber hecho semejante cosa, ¿o no?

¿Quién podía haber concebido la noción de que unas pocas décadas después del Holocausto se le recomendaría a los judíos de Europa (puntualmente, en Francia, Bélgica y Alemania) no usar kippot en público, que seríamos testigos de profanaciones de cementerios judíos, golpizas a rabinos, incendios a sinagogas, que graffitis judeófobos serían pintarrajeados sobre las paredes de instituciones hebreas y que la demonización medieval del judío reemergería en la mismísima Europa de la ilustración y de la Shoá; una suerte de Shylock estafador de buenos cristianos reencarnado en Terminator asesino de inocentes palestinos?

No siempre es fácil discernir cuando ha sido cruzada la frontera entre antiisraelismo o antisionismo y antisemitismo. Pero otras veces, determinar eso es evidente. El uso de demonología antisemita clásica para tipificar la conducta israelí presente descubre el antifaz del rostro judeófobo. ¿»Es necesario», pregunta el académico de Oxford Emanuele Ottolenghi, «evocar la conspiración judía o describir a los israelíes como asesinos de Cristo para denunciar las políticas israelíes?» ¿Se equivocó Martin Luther King cuando afirmó que «Cuando la gente critica a los sionistas, ellos quieren decir judíos»? ¿O Franklin Littell al escribir «Teóricamente uno puede ser tolerante de los católicos romanos y trabajar día y noche por la destrucción del papado… En lo concreto y específico, sin embargo, tales distinciones no tienen diferencia. Nadie puede ser un enemigo del sionismo y amigo del pueblo judío hoy»? Ni uno ni otro se equivocaron. En la actualidad estamos siendo testigos de una nueva metamorfosis de lo que Robert Wistrich famosamente tildó el odio más prolongado de la historia.

Le debemos al filósofo judío Emil Fackenheim la asignación de tres etapas a la evolución de la judeofobia. En la primera, el mensaje es “Uds. no pueden vivir entre nosotros como judíos”. En la segunda es “Uds. no pueden vivir entre nosotros”. Y en la tercera es “Uds. no pueden vivir”. El académico y político israelí Amnon Rubinstein agrega la cuarta fase actual: Uds. no pueden tener su estado propio, o Uds. no pueden vivir con nosotros como miembro de la familia de las naciones. Podemos vislumbrar la evolución histórica del antisemitismo como un desplazamiento de foco de lo religioso desde los inicios hasta y durante el medioevo, a lo individual durante la ilustración, a lo racial durante la segunda guerra mundial, y a la dimensión estatal o de la autodeterminación nacional en la actualidad. Si antes se cuestionaba la legitimidad de la religión judía, de la individualidad judía, o de la etnicidad judía, ahora es la legitimidad de la soberanía judía lo que está en el tapete. Ella queda manifestada mediante la discriminación, la selectividad y la demonización. Conforme a la caracterización de Irwin Cotler, académico, activista y actual ministro de justicia canadiense, es la transformación de Israel en el judío entre las naciones, el único país pasible de ser juzgado por estándares utópicos de moralidad; es el estado judío convertido en el Salman Rushdie de las naciones, el país sobre el que recaen continuamente fatwas religiosas genocidas; es el nuevo anticristo para la religión secular de los derechos humanos, el supuesto violador serial de las normas más elementales de coexistencia humana.

«Estaba convencido de que el antisemitismo había muerto en Auschwitz, pero en cambio he debido constatar con estupor que sólo los judíos murieron en ese lugar, mientras que el antisemitismo está mas sano y vigoroso que nunca» se lamentaba hace poco Elie Wiesel ante un periodista del Corriere della Sera. La Shoá y su lugar en la memoria europea. ¿Podría ser que el inconsciente colectivo europeo busque autoexpiarse al revertir a víctimas israelíes y victimarios palestinos para satisfacerse con la respuesta de que los judíos, después de todo, son unos opresores que se lo tenían merecido, y ellos, los culpables de ayer entonces más inocentes hoy? O será como dice Finkielkraut, «Nos acordamos tan bien de los crímenes de Hitler que a partir de ese modelo interpretamos la realidad palestino-israelí. Los israelíes se convierten entonces en los nazis». Ambas nos permiten entender la fuerza de esta reflexión maestra del psiquiatra israelí Zvi Rex: «Los alemanes nunca perdonaran a los judíos por Auschwitz».

La periodista italiana Fiamma Nirenstein ha sugerido que la conmemoración del Holocausto como herramienta educativa contra el antisemitismo ha fallado. Personalidades europeas visitan Yad Vashem y no sienten la menor inhibición de tildar a Israel de estado apartheid a la mañana siguiente. Y las comunidades judías diaspóricas se autoengañan al creer que porque un dignatario participó en un homenaje por la Shoá o del aniversario de un atentado están inmunizados del antiisraelismo judeofóbico contemporáneo y en consecuencia sus programas de lucha contra el antisemitismo a resguardo.

Una de las principales dificultades en reconocer la nueva judeofobia radica en que sus más usuales y celosos promotores en la actualidad pertenecen al campo de la izquierda progresista. Tradicionalmente, bastaba que un Le Pen o un Haider minimizaran el Holocausto, celebraran a Hitler, o vituperaran a algún judío, para que la judería global reaccionara con justa indignación. Hoy, sin embargo, uno no tiene que ser un neonazi para evocar el fantasma del antisemitismo. Uno puede ser un intelectual renombrado, un distinguido profesor universitario, un comentarista respetado, un compositor conocido, y un marxista declarado y aún así ser un enemigo acérrimo del estado de Israel y del pueblo judío. ¿Pero pueden intelectuales ilustres, pensadores bien educados, personalidades refinadas cultural y políticamente, albergar hostilidad hacia los judíos? Pueden, y el antisemitismo de la ilustración demuestra el punto, con el propio padre fundador -Voltaire- un judeófobo rabioso. Y así nos topamos con una de las grandes ironías del presente, donde la izquierda, legendaria defensora de los derechos de los judíos, adopta el socialismo de los tontos de la derecha xenófoba. Según George Will del Washington Post:

«Todas las prescripciones de la izquierda para curar las enfermedades de la sociedad -socialismo, comunismo, psicoanálisis, educación “progresiva”, etc.- han sido descartadas, por ende ahora la izquierda se ve reducida a adaptar esa permanente resistente de la derecha, el antisemitismo. Este es un nuevo giro para la receta izquierdista de la salvación mediante la eliminación: Todo estará bien si eliminamos a los capitalistas, o a la propiedad privada, o a las clases gobernantes, o a los “intereses especiales”, o a la neurosis o a las inhibiciones. Ahora, tratemos de eliminar a un pueblo, comenzando por su nación, la que es detestablemente pronorteamericana e insufriblemente espartana».

Con su repudio a la legitimidad de la autoderminación nacional judía en la Tierra de Israel, el mundo árabe/musulmán primero, y la extrema izquierda ahora, han convertido a Israel en el país mas anormal del planeta al sentar su acusación sobre la existencia misma del estado. Al visualizar un estado judío, los padres fundadores del sionismo político del siglo XIX imaginaron el remedio al antisemitismo. Era la falta de un estado propio lo que explicaba el odio al judío, pensaron. Hoy pareciera ser que fuera la existencia del estado judío lo que explica tal odio. «En lugar de cambiar el destino de los judíos, Israel ha asumido el destino de los judíos» escribió la profesora de Harvard Ruth Wisse. Desde ya, la judeofobia no es función ni de la existencia actual de Israel ni de su ausencia anterior. Tal como escribió Natan Sharansky, «Obviamente, el estado de Israel no puede ser la causa de un fenómeno que lo precede en mas de 2000 años».

Elabandono de la izquierda progresista de la causa judía y su ácida condena de Israel, podrían estar basados en la imposibilidad en modificar su cosmovisión optimista de las relaciones humanas. Wisse elabora esta teoría en su libro If I Am Not For Myself… The Liberal Betrayal of the Jews (aclaremos que «liberal» en inglés equivale a “progresista» en español). Ella sostiene que una premisa central del progresismo es la creencia en la racionalidad, la tolerancia y hasta quizás la bondad de los hombres, donde la historia de la experiencia humana es un récord de progreso, de evolución de barbarie a civilización, donde las disputas siempre pueden ser negociadas y la razón invocada. La hostilidad irracional de árabes y musulmanes hacia Israel, la magnitud de su odio tan visceral, y la terquedad en torno a la no aceptación de la existencia judía en el Dar al­ Islam, desafían muchas de las premisas más centrales de la cosmovisión intelectual progresista. Enfrentados a una disonancia cognitiva tan marcada, recurren subliminalmente a la negación como mecanismo de protección del mundo imaginado. Así lo describe Wisse:

«Cuando el optimismo progresista es confrontado por la agresión decidida, o bien admite la realidad de la agresión y suspende su creencia de que el mundo es progresista por cierto tiempo para ayudar a que éste sea el caso, o bien mantiene su optimismo progresista y niega la realidad de la agresión… El progresista fundamentalista… es uno tal para el que el progresismo no es tanto una preferencia política si no un principio ontológico. Él debe por lo tanto negar la agresión que contradice su creencia».

De ahí la necesidad de negar el cuestionamiento existencialista árabe/musulmán hacia Israel. Debe haber otras razones para una oposición tan fenomenal a la empresa sionista. Los sionistas deben de haber hecho mal las cosas, han de haber truncado los derechos de otro pueblo, usurpado sus tierras, oprimido a sus habitantes o alguna vejación del tipo para despertar semejante animosidad. Vale decir, ha de haber causas racionales para esta hostilidad. La realidad es que no las hay. Que las podamos explicar racionalmente no las convierte en racionales; lo racional es el método de la explicación, no el objeto explicado. Y la ausencia de racionalidad en la raíz del conflicto árabe/israelí es una fuente de irritación muy grande para los creyentes en la hermandad entre los hombres. Su moderación es en realidad reflejo de debilidad ideológica y titubeo intelectual. Quienes han ingresado al paraíso post-histórico mencionado al principio de este ensayo, quienes desean residir en ese soñado estadio de paz perpetua, tendrán inevitablemente menor predisposición a cuestionar los pilares de la utopía que pudieran provocar su derrumbamiento. «Nadie le está agradecido a los judíos por recordarles la realidad del odio» escribe Wisse. Muchos eligen ir a pasear a lo que Charles Krauthammer definió como la Disneylandia Moral, un espacio ideal al que las almas sensibles y las nobles conciencias van a expresar toda su indignación por la supuesta inconducta israelí, para sentirse en elitista y confortable oposición a la representación del mal actual. Así, el Eje del Mal de Bush es una banalidad, sino una inmoralidad. El Eje del Mal de la izquierda radical -la trilogía antinorteamericana, judeófoba y antiisraelí- es, al contrario, fashionable en los círculos del pensar politically correct.

Reflexión final

Elie Wiesel ha escrito: «Supongamos que nuestro pueblo no hubiera transmitido la Ley a otras naciones. Olvidemos a Abraham y su ejemplo, a Moisés y su justicia, a los profetas y su mensaje. Supongamos que nuestras contribuciones a la filosofía, a la ciencia, a la literatura, son despreciables o incluso inexistentes. Maimonides, Nahmaniades, Rashi: nada. Spinoza, Bergson, Einstein, Freud: nada. Supongamos que de ninguna manera hemos añadido nada al progreso, al bienestar de la humanidad. Una cosa no puede ser impugnada: los grandes verdugos, los grandes asesinos de la historia -el Faraón, Nerón, Chmelnitzky, Hitler- ni uno solo se formó en nuestro seno». Uno podría humildemente agregar que no sólo que ninguno de los genocidas de la historia fue judío, sino que estos han hecho de los judíos sus mortales enemigos. Razón por la cual, según postula Ruth Wisse, estar con los judíos significó estar contra el zarismo y el estalinismo, contra el fascismo y el nazismo, y es estar hoy contra el despotismo del ya derrocado Sadam Hussein y el terrorismo de Yasser Arafat y el fanatismo de Osama Bin-Laden. Estar con los judíos es estar del lado moral de la historia.

Hasta hace poco más de treinta años atrás, luchar contra el racismo significaba estar a favor de los judíos. Hoy, producto de una indecente corrupción del lenguaje -donde el sionismo es racista, los israelíes nazis, y los judíos cómplices del crimen que es Israel­ la lucha contra el racismo engloba, absurdamente, la oposición al estado judío. Por supuesto, los verdaderos racistas son aquellos demagogos en el mundo árabe y musulmán que inescrupulosamente envenenan el discurso junto a sus fans en occidente, esos tontos útiles de siempre cuya complicidad converge imperdonablemente en una matriz de errores e ingenuidad.

Posiblemente haya sido Yossi Klein Halevi quien mejor tipificó la antedicha cooperación indigna al hacernos recordar el secuestro de Entebbe de 1976, durante el cual terroristas palestinos y alemanes marxistas separaron a los pasajeros judíos de los no judíos, en una «separación» propia de Dachau. La insensatez de esos jóvenes secuestradores alemanes -los cuales para Halevi intentaron probar cuán diferentes eran de la generación de sus padres al elegir la defensa de los «oprimidos» y terminaron atacando a los judíos- constituyen hoy «un símbolo apto para aquellos que afirmarían su humanidad demonizando a Norteamérica y los judíos». Recordemos que comandos israelíes liberaron a los rehenes el mismo día del bicentenario de la independencia norteamericana -un inolvidable 4 de julio- dotando quizás de un simbolismo elocuente a la unión de los destinos de esas dos grandes naciones en su lucha en pos de la justicia y de la libertad.

(*) En Estados Unidos, el 11/09/01 se lo conoce popularmente como 9/11 que es la manera de referenciar fechas en ese país, comenzando por el mes y siguiendo con el día.