Todas las entradas de: adminJS2021

Libertad Digital, Libertad Digital - 2017

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Francisco y la tragedia de Alepo – 16/01/17

Imprimir

Aquél septiembre de 2013 era un momento delicado para la paz mundial. El presidente Barack Obama se aprestaba a dar un discurso a favor de la intervención armada en Siria bajo la doctrina de la responsabilidad de proteger a poblaciones civiles asediadas. La consigna había sido invocada para actuar en Libia previamente, cuando Muhamar Gadafi anunció, en marzo de 2011, que su fuerza aérea bombardearía a la sublevada Bengasi “sin piedad”, que sus soldados buscarían armas “casa por casa” y que la rebelión llegaría a su abrupto fin: “Estas son las últimas horas de esta tragedia, llegaremos esta noche y no tendremos compasión”. Dos años y medio después, la población siria enfrentaba un desafío mucho peor: el régimen de Bashar al-Assad no estaba amenazando, sino directamente usando, armas químicas contra la población civil y los rebeldes. Más de mil personas fueron gaseadas en los suburbios de Damasco en poco tiempo. El presidente norteamericano había advertido que su uso fijaba un
a línea roja para la acción militar. La comunidad internacional esperaba con ansiedad aquél 10 de septiembre, día en que Barack Obama haría un gran anuncio al pueblo americano y al mundo entero.

Fue en ese contexto dramático cuando el Papa Francisco decidió intervenir para alertar contra el uso de la fuerza en Siria. El 5 de septiembre instó por escrito a los líderes del G-20 a que “abandonen cualquier pretensión de una solución militar” y el 7 de septiembre convocó a la feligresía a una multitudinaria vigilia de oración por la paz. “¡Que se acabe el sonido de las armas! La guerra significa siempre el fracaso de la paz, es siempre una derrota para la humanidad” declaró el Sumo Pontífice durante su homilía en la Plaza de San Pedro. Tres días más tarde, el presidente Obama declinaba actuar militarmente en esa nación árabe. Y así, los civiles sirios quedaron abandonados a su suerte, que resultó ser muy mala.

Tres septiembres después, en 2016, la familia de las naciones se mostraba escandalizada por los indiscriminados bombardeos de la aviación siria y rusa sobre Alepo, una ciudad de 250.000 almas sitiadas, a las que Damasco y Moscú les negaban acceso al agua, alimentos o a un corredor humanitario para su evacuación. “No sé porqué el régimen nos bombardea de esta manera salvaje. Estamos sitiados y no tenemos adonde ir” dijo a AFP Imad Habbuche, en el barrio de Bab Al Nayrab. El secretario-general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, se mostró “consternado” por la “escalofriante escalada militar en Alepo”. “Justo cuando pensábamos que las cosas no podían ponerse peor en Siria, se pusieron”, lamentó el embajador británico ante la ONU, Mattew Rycroft. Su par francés, Francois Delattre, denunció: “Se están cometiendo crímenes de guerra en Alepo”. La embajadora estadounidense, Samantha Power, aseguró que las acciones rusas y sirias constituían “una barbarie”. Para fines de aquél septiembre de 2016, dirigiéndose a una multitud en Roma, Francisco advirtió que los responsables de esas masacres “un día tendrán que rendir cuentas a Dios”.

Nunca sabremos eso. Lo que sí sabemos es que el Papa -que tan ostentosamente intercedió para evitar una acción norteamericana a favor de civiles indefensos en Siria- se abstuvo de actuar públicamente para frenar las acciones rusas y sirias en contra de civiles indefensos allí. Francisco aun debe explicar por qué no convocó a emotivas vigilias y oraciones por la paz en el Vaticano para oponerse a los crímenes de guerra perpetrados por Putin y Assad en Alepo y otras partes de Siria.

Por ello, verdaderamente suenan huecas sus palabras dichas ante el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede el pasado 9 de enero: “Pienso en los chicos y chicas que sufren las consecuencias del terrible conflicto en Siria, privados de la alegría de la infancia y de la juventud: desde la posibilidad de jugar libremente a la oportunidad de ir a la escuela. A ellos, y a todo el querido pueblo sirio, dirijo constantemente mi pensamiento…”. Nadie está aquí poniendo en duda la sinceridad de su sentimiento. Sólo que debió haber pensado en los niños sirios aquél septiembre de 2013, cuando cientos de ellos fueron gaseados por el presidente Assad y él obstaculizó el camino para que el único país del mundo que podría haber hecho algo al respecto, lo hiciera. 

Varios

Varios

Por Julián Schvindlerman

  

Donald Trump y la historia contrafáctica – 01/17

Imprimir

Revista de los Amigos Uruguayos de la Universidad Hebrea de Jerusalem – Enero 2017

La historia contrafáctica es una herramienta académica que nos permite asignar idealmente desenlaces diferentes a hechos históricos conocidos. Ir de lo que pasó a lo que podría haber pasado es el camino que nos ofrece este vehículo intelectual. Pero tiene restricciones, tal como las ha detallado el profesor de la Universidad de Tel-Aviv Yoav Tenenbaum en History News Network: para que la historia contrafáctica sea creíble debe admitir solamente variables internas; si juega con variables externas entonces pierde rigor historicista. Tomando los ejemplos ofrecidos por el Dr. Tenenbaum, historia contrafáctica liviana sería una pregunta del tipo “¿Habría adoptado Gran Bretaña una política diferente con respecto a la Alemania nazi si Neville Chamberlain no hubiera sido nombrado Primer Ministro británico en 1937?”. Según el autor, aquí se estaría modificando la narrativa histórica tal como la conocemos, agregando una variable que sacude enteramente el tablero, a saber, que un protagonista distinto a Chamberlain hubiera sido el líder de Gran Bretaña en esa época. Para Tenenbaum, un ejemplo de historia contrafáctica sólida sería un planteo del tipo “¿Qué habría pasado si el plan para asesinar a Adolf Hitler en julio de 1944 hubiera tenido éxito?”. Aquí no hay variables externas a lo acontecido, efectivamente hubo un intento de matar al Führer y fracasó. Entonces los hechos se mantienen tal como los conocemos, con la salvedad de imaginar un resultado distinto por medio de la introducción de una variable interna que no desafía la lógica de los sucesos.

La literatura de ficción se ha apropiado de la historia contrafáctica liviana para jugar con nuestro pasado de manera libre, audaz y entretenida. Phillip Dick se preguntó qué hubiera sucedido si los nazis y sus aliados hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial. El resultado fue la obra de 1962 The Man in the High Castle, que imaginó a un Estados Unidos bajo ocupación alemana (en la costa Este) y japonesa (en la costa Oeste). En la trama, la victoria del Eje fue posible a partir de la introducción de una variable externa a los hechos fácticos: el asesinato en 1933 de Franklin Delano Roosevelt, lo que evita que el país supere la Gran Depresión, lo que a su vez impide que se involucre en la lucha antinazi y entonces Hitler triunfa militarmente en Europa. En El complot contra América, de 2004, otro escritor norteamericano de nombre Phillip (Roth) ideó una novela de historia alternativa especulando con la derrota electoral de FDR en 1940 y el triunfo del aislacionista y antisemita Charles Lindbergh. Otro caso de historia contrafáctica liviana. La ficción, naturalmente, tiene derecho a recurrir a ella.

Aplicando la historia contrafáctica liviana al mundo fantástico de los cómics, en 2003 Mark Miller se preguntó qué hubiera sucedido si la cápsula que trajo a la Tierra a Superman del espacio exterior hubiera caído en la Unión Soviética en vez de en Kansas, y a partir de allí creó el cómic Red Son, en el que el Hombre de Acero se pone al servicio de Stalin y la expansión global del comunismo, el que es opuesto por un Estados Unidos alicaído gobernado por el presidente Lex Luthor. El gran ícono americano re-imaginado como héroe soviético. Absolutamente genial.

El triunfo del magnate neoyorquino Donald Trump en las pasadas elecciones estadounidenses con seguridad ha liquidado toda especulación contrafáctica de los historiadores (¿a quién puede interesarle realmente imaginar cómo hubiera sido un aburrido gobierno de Hillary Clinton?) y ha evaporado los argumentos de posibles realidades alternativas de los novelistas, puesto que la realidad ha superado a la ficción. Lo impensable ocurrió, y lo que de aquí en más acontezca será parte indeleble de La Historia. Fáctica, por supuesto.

Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Por Julián Schvindlerman

  

El superhéroe equivocado de la ONU – 26/12/16

Imprimir

Piden dar de baja a la Mujer Maravilla. Ban Ki-moon la había designado embajadora de la ONU. – La Nación, 17/12/16.

¿Acaso creyeron los oficiales de las Naciones Unidas que, tras el rechazo de una mujer a la secretaría-general, podían arrojar en compensación un dibujito animado femenino y salirse con la suya? Aunque una cosa no está vinculada con la otra, muchos parecen creer que sí, y, sumado a otras objeciones, han puesto el grito en el cielo por la selección de la Mujer Maravilla como Embajadora Honoraria para el Empoderamiento de las Mujeres y las Niñas, el pasado octubre. Tinkerbell y WinniethePooh ya sentaron precedente al ser elegidos Embajadores del Verde y de la Amistad, respectivamente, pero los críticos se preguntaron por qué esta vez no fue elegida una mujer real en vez de una superheroína de cómic. Cuestionaron su “imagen sexualizada”. Señalaron que es blanca. Y norteamericana. También dijeron que su atuendo es medio pornográfico. Además adujeron que la Mujer Maravilla no es “culturalmente abarcadora ni sensible”. Nomás les faltó objetar que la actriz que la corporiza en la actualidad es una israelí, Gal Gadot, y cartón lleno.

La nuestra es una época de híper-sensibilización a lo diverso y lo plural, a lo diferente y periférico, donde incluso un personaje de ficción -por ser un ícono estadounidense, caucásico, poderoso y sexy- puede ser visto como un emblema imperial. Ya hemos leído a Vladimiro Ariel Dorfman, aquél intelectual setentista latinoamericano de izquierdas que buscó -y encontró, ojo- mensajes colonizadores subliminales en el Pato Donald, el elefantito Babar y el Llanero Solitario; vio en el corazón de las estructuras narrativas de Walt Disney ocultas perversiones y madrigueras retorcidas de infiltración, un fenomenal complot ideológico urdido sin compasión; y alertó a propósito del daño educativo y cultural a la identidad latinoamericana que la exposición infantil a esas manipuladoras lecturas yanquis podía ocasionar. Perseguido por Pinochet, se exilió a Francia y Holanda primero y a los Estados Unidos después, donde reside. Desde ya, nada como criticar al Imperio desde sus entrañas.

Volviendo a lo nuestro. A los efectos de apaciguar a los objetores de conciencia políticamente correctos, sugiero humildemente a los distinguidos diplomáticos de la ONU que postulen a un superhéroe diferente al cargo; uno cuya historia, identidad y misión quizás encaje mejor con las ansiedades ideológicas de los indignados: el Superman comunista de Mark Millar.

En 2003, un ocurrente escritor pensó en un escenario alternativo. ¿Qué hubiera sucedido si la cápsula que traía al bebé Kal El del espacio exterior hubiera aterrizado, no en Kansas, sino en la Unión Soviética? Este planteo dio nacimiento a uno de los guiones más originales del universo cómic: Superman Hijo Rojo. Aquí, el gran superhéroe americano es reinventado como ícono soviético. El extraterrestre superdotado está al servicio de Stalin y la expansión global del comunismo.

Posters de época lo anuncian así en Moscú: “¡Ciudadanos aclamemos a nuestro Camarada de Acero y la Utopía de los Trabajadores!”. Pero hay quienes advierten la contradicción conceptual que encierra el superhéroe soviético. “Eres lo opuesto a la doctrina marxista Superman”, le dice el jefe de la NKVD. “La prueba viviente de que no todos los hombres son iguales”.

El argumento va por el lado de un enfrentamiento épico entre el presidente de los Estados Unidos, LexLuthor, y el presidente de la URSS, Superman; Algunas bajadas de línea ideológicas (Batman: “No te preocupes Superman, dentro encontrarás todo lo que necesitas para sobrevivir… No como les pasó a los pobres disidentes de la época estalinista. Millones de personas murieron en sitios como este para construir el sistema que defiendes”; La puesta en escena de su némesis Linterna Verde (“la mayor esperanza que hemos tenido en casi medio siglo de patear el indestructible trasero de ese engendro de látex”); Y por supuesto, una subtrama de amor no consumado con Louis Lane, ahora esposa de Luthor.

La historia tiene un final infeliz para los contrarios a la WonderWoman de la ONU. Con el Superman comunista derrotado, Moscú se une a los Estados Unidos Globales de Luthor. El Tío Sam es victorioso. Y expansivo. TheEnd.

Después de todo, quizás este superhéroe no sea el mejor Plan B a la Mujer Maravilla de la ONU. Seamos salomónicos. Que Dorfman decida.

Comunidades, Comunidades - 2016

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Cuidado con Vladimir, Donald – 19/12/2016

Imprimir

Es todo un espectáculo ver al Partido Demócrata enojado con Vladimir Putin. Indignados por el aparente hackeo ruso de mails del jefe de campaña John Podesta, de la asesora Huma Abedin, de la propia candidata Hillary Clinton y de la convención partidaria meses atrás, los Demócratas ahora claman juego sucio y sugieren que las elecciones nacionales que consagraron a Donald Trump presidente de los Estados Unidos de América fueron fraudulentas. Ahora sabemos que la CIA ha determinado que la interferencia de Rusia en nuestras elecciones fue con el propósito de elegir a Donald Trump. Esto debería inquietar a cada estadounidense» aseguró el señor Podesta.

Atrás quedó aquél 6 de marzo de 2009, cuando en Ginebra una sonriente Secretaria de Estado Hillary Clinton presentó al Ministro de Relaciones Exteriores de Rusia Sergei Lavrov un botón rojo con la palabra inglesa reset y la promesa de una nueva era en las relaciones de Washington con Moscú. Posteriormente, Vladimir Putin pudo invadir Ucrania y anexar Crimea, defender a Irán en el Consejo de Seguridad de la ONU, trabar una invasión norteamericana en Siria para luego lanzar la suya propia, y bombardear Alepo -hospitales y civiles incluidos- sin misericordia, sin que los Demócratas hicieran demasiado al respecto. Pero que el Kremlin se meta en las elecciones presidenciales bueno, es eso les resulta intolerable. Que Clinton haya perdido puede tener algo que ver con su fastidio.

El descubrimiento tardío de los Demócratas de que Vladimir Putin no es de fiar es deprimente. No digo Fox News pero ¿acaso no miraron CNN estos últimos ocho años? Simbólicamente, aquél encuentro del reseteo arrancó con cierta extrañeza. Tal como reportó oportunamente Simon Schuster en Time, debido a un error de ortografía cometido por algún traductor del Departamento de Estado, la palabra que decía reset en ruso estaba mal. Al notar eso, Lavrov tuvo que explicar que el botón realmente decía «sobrecarga». Clinton bromeó al respecto, la ceremonia prosiguió y ambos dignatarios presionaron el botón de todos modos. «Así es como han salido las cosas», acotaría tiempo después Dmitri Rogozin, el delegado de Rusia ante la OTAN. «Ellos presionaron el botón equivocado, y con el tiempo la relación se sobrecargó».

Donald Trump heredará esta relación sobrecargada. El flamante presidente-electo parece inclinado a resetear el reseteo de Obama con Rusia. Quizás esta vez funcione, parece creer. Sólo que no lo hará. No mientras Vladimir Putin se siga comportando como Vladimir Putin.

Bajo su gobierno, los políticos opositores, periodistas disidentes, empresarios competidores y aun dignatarios foráneos no dóciles han terminado mal. En 2004, Viktor Yushchenko, un referente de la oposición ucraniana que era hostil a Rusia, cayó enfermo mientras estaba haciendo campaña para la presidencia. Sobrevivió y ganó las elecciones, pero su cara quedó desfigurada por lo que resultó ser envenenamiento de dioxina. En 2006, Alexander Litvinenko, un ex agente del servicio secreto ruso (FSB), asilado político en Gran Bretaña, fue mortalmente envenenado con polonio radioactivo. En 2005, el periodista de investigación Otto Latsis, crítico de Putin, murió después de que un jeep chocó su auto.

Paul Khlebnikov, un periodista y editor estadounidense de Forbes Rusia, fue asesinado a tiros de ametralladora fuera de su oficina en Moscú, en 2004. Era conocido por sus investigaciones sobre el turbio mundo de los negocios y la política rusa de los años noventa. Anna Politkovskaya, periodista que reportaba acerca de los abusos contra los derechos humanos en el Cáucaso Norte de Rusia, fue asesinada en la entrada de su edificio de apartamentos en Moscú en 2006. Secuestrada en la capital chechena de Grozny en 2009, Natalya Estemirova, activista de derechos humanos, fue encontrada a un lado de la carretera con heridas de bala en la cabeza. La periodista del periódico opositor Novaya Gazeta, Anastasiya Baburova, y el abogado de derechos humanos Stanislav Markelov, fueron abatidos a plena luz del día mientras salían de una conferencia de prensa cerca del Kremlin.

El famoso campeón de ajedrez Garri Kasparov, acérrimo crítico de Putin, debió exiliarse en Estados Unidos. Otro enemigo del neo-zar ruso, el multimillonario Mijaíl Jodorkovski también se vio forzado a exiliarse, a Suiza, tras pasar ocho años encarcelado en Siberia. El matemático, oligarca y opositor asilado en Inglaterra Boris Berezovsky apareció muerto en el baño de su mansión con una soga alrededor de su cuello, en 2013.

Nadie puede con seguridad atribuir todas estas muertes a la mano negra del líder ruso. Uno sólo puede observar que muchos de quienes han osado cuestionarlo, investigarlo o desafiarlo han terminado exiliados o en la tumba, o ambas cosas. Donald Trump ha minimizado esta racha de homicidios. Con típico descuido, dijo el año pasado en una entrevista que «nuestro país también mata mucho». Acaba de designar como Secretario de Estado a un empresario de alto nivel que ha sido condecorado por el Kremlin con la Orden de la Amistad. Trump ha criticado a Irán y ya ha empezado a fastidiar a China. Veremos qué tan exitosamente podrá irritar a los dos principales socios de Moscú y preservar buenos lazos con el presidente ruso. Con seguridad, a la larga él también comprobará que Vladimir Putin es irredimible.

Infobae, Infobae - 2016

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

Cuidado con Vladimir, Donald – 16/12/16

Imprimir

Es todo un espectáculo ver al Partido Demócrata enojado con Vladimir Putin. Indignados por el aparente hackeo ruso de mails del jefe de campaña John Podesta, de la asesora Huma Abedin, de la propia candidata Hillary Clinton y de la convención partidaria meses atrás, los Demócratas ahora claman juego sucio y sugieren que las elecciones nacionales que consagraron a Donald Trump presidente de los Estados Unidos de América fueron fraudulentas. “Ahora sabemos que la CIA ha determinado que la interferencia de Rusia en nuestras elecciones fue con el propósito de elegir a Donald Trump. Esto debería inquietar a cada estadounidense” aseguró el señor Podesta.

Atrás quedó aquél 6 de marzo de 2009, cuando en Ginebra una sonriente Secretaria de Estado Hillary Clinton presentó al Ministro de Relaciones Exteriores de Rusia Sergei Lavrov un botón rojo con la palabra inglesa reset y la promesa de una nueva era en las relaciones de Washington con Moscú. Posteriormente, Vladimir Putin pudo invadir Ucrania y anexar Crimea, defender a Irán en el Consejo de Seguridad de la ONU, trabar una invasión norteamericana en Siria para luego lanzar la suya propia, y bombardear Alepo -hospitales y civiles incluidos- sin misericordia, sin que los Demócratas hicieran demasiado al respecto. Pero que el Kremlin se meta en las elecciones presidenciales… bueno, es eso les resulta intolerable. Que Clinton haya perdido puede tener algo que ver con su fastidio.

El descubrimiento tardío de los Demócratas de que Vladimir Putin no es de fiar es deprimente. No digo Fox News pero ¿acaso no miraron CNN estos últimos ocho años? Simbólicamente, aquél encuentro del reseteo arrancó con cierta extrañeza. Tal como reportó oportunamente Simon Schuster en Time, debido a un error de ortografía cometido por algún traductor del Departamento de Estado, la palabra que decía reset en ruso estaba mal. Al notar eso, Lavrov tuvo que explicar que el botón realmente decía “sobrecarga”. Clinton bromeó al respecto, la ceremonia prosiguió y ambos dignatarios presionaron el botón de todos modos. “Así es como han salido las cosas”, acotaría tiempo después Dmitri Rogozin, el delegado de Rusia ante la OTAN. “Ellos presionaron el botón equivocado, y con el tiempo la relación se sobrecargó”.

Donald Trump heredará esta relación sobrecargada. El flamante presidente-electo parece inclinado a resetear el reseteo de Obama con Rusia. Quizás esta vez funcione, parece creer. Sólo que no lo hará. No mientras Vladimir Putin se siga comportando como Vladimir Putin.
Bajo su gobierno, los políticos opositores, periodistas disidentes, empresarios competidores y aun dignatarios foráneos no dóciles han terminado mal. En 2004, Viktor Yushchenko, un referente de la oposición ucraniana que era hostil a Rusia, cayó enfermo mientras estaba haciendo campaña para la presidencia. Sobrevivió y ganó las elecciones, pero su cara quedó desfigurada por lo que resultó ser envenenamiento de dioxina. En 2006, Alexander Litvinenko, un ex agente del servicio secreto ruso (FSB), asilado político en Gran Bretaña, fue mortalmente envenenado con polonio radioactivo. En 2005, el periodista de investigación Otto Latsis, crítico de Putin, murió después de que un jeep chocó su auto.

Paul Khlebnikov, un periodista y editor estadounidense de Forbes Rusia, fue asesinado a tiros de ametralladora fuera de su oficina en Moscú, en 2004. Era conocido por sus investigaciones sobre el turbio mundo de los negocios y la política rusa de los años noventa. Anna Politkovskaya, periodista que reportaba acerca de los abusos contra los derechos humanos en el Cáucaso Norte de Rusia, fue asesinada en la entrada de su edificio de apartamentos en Moscú en 2006. Secuestrada en la capital chechena de Grozny en 2009, Natalya Estemirova, activista de derechos humanos, fue encontrada a un lado de la carretera con heridas de bala en la cabeza. La periodista del periódico opositor Novaya Gazeta, Anastasiya Baburova, y el abogado de derechos humanos Stanislav Markelov, fueron abatidos a plena luz del día mientras salían de una conferencia de prensa cerca del Kremlin.
El famoso campeón de ajedrez Garri Kasparov, acérrimo crítico de Putin, debió exiliarse en Estados Unidos. Otro enemigo del neo-zar ruso, el multimillonario Mijaíl Jodorkovski también se vio forzado a exiliarse, a Suiza, tras pasar ocho años encarcelado en Siberia. El matemático, oligarca y opositor asilado en Inglaterra Boris Berezovsky apareció muerto en el baño de su mansión con una soga alrededor de su cuello, en 2013.

Nadie puede con seguridad atribuir todas estas muertes a la mano negra del líder ruso. Uno sólo puede observar que muchos de quienes han osado cuestionarlo, investigarlo o desafiarlo han terminado exiliados o en la tumba, o ambas cosas. Donald Trump ha minimizado esta racha de homicidios. Con típico descuido, dijo el año pasado en una entrevista que “nuestro país también mata mucho”. Acaba de designar como Secretario de Estado a un empresario de alto nivel que ha sido condecorado por el Kremlin con la Orden de la Amistad. Trump ha criticado a Irán y ya ha empezado a fastidiar a China. Veremos qué tan exitosamente podrá irritar a los dos principales socios de Moscú y preservar buenos lazos con el presidente ruso. Con seguridad, a la larga él también comprobará que Vladimir Putin es irredimible.

La Prensa (Panamá)

La Prensa (Panamá)

Por Julián Schvindlerman

  

El romance de la izquierda con Fidel – 01/12/16

Imprimir

Dentro de su gran cobertura del fallecimiento de Fidel Castro, Clarín orgullosamente publicó una fotografía del día en que el dictador cubano concedió una entrevista a la redacción del diario al visitar la Argentina trece años atrás. Se veía a Fidel hablando, rodeado del director del medio, el editor de internacionales, y dos periodistas estrella, todos escuchando con fascinación lo que fuere que el sabio comunista estuviere afirmando. Ceños fruncidos, gestos concentrados, poses atentas. Toda una coreografía de devota atención. En lo que a representaciones iconográficas del desvarío ideológico del progresismo contemporáneo se refiere, esta debería ser considerada un clásico. Salió el sábado pasado. Es de colección.

En la apta observación de James Taranto del Wall Street Journal, mientras que el conservadurismo hizo duelo durante los cincuenta y siete años de gobierno castrista en Cuba, ahora le toca al progresismo velar a uno de sus íconos predilectos. Y vaya si lo duelan. “Hay en Fidel, en él, una parte importante del pueblo cubano, una estatura de Quijote” exclamó con generosidad José Mujica. “Fidel fue un líder dedicado a la defensa de su tierra y de su gente, así como de la verdad y la justicia” declaró auto-referencialmente Mahmoud Abbas. Justin Trudeau, premier de una nación libre y vecina de Estados Unidos, corporizó el amor de izquierdas por Fidel al caracterizarlo de “revolucionario y orador legendario”, “líder destacado”, de “tremenda dedicación al pueblo cubano”. ¿Podía tornarse esto más patético todavía? Por supuesto que sí. John Carlin en El País de España conjuró esta reflexión que será un monumento a la estrechez intelectual para la posteridad: “Piense lo que uno piense
de su ideología o de su sistema de gobierno, lo que nadie puede dudar es que fue un coloso en el escenario mundial, heroico en su narcisismo y en su hambre de poder, sin duda, pero también un líder luminoso, un hombre audaz, un genio de la persuasión política que supo en sus entrañas, como Napoleón o las grandes figuras de la mitología griega, que había nacido para la grandeza. ¿Un dictador? Sí. ¿Brutal? Sí. Pero también un líder con una visión generosa de lo que debería ser la humanidad”. Con la izquierda comparando a Castro con el Quijote y Napoleón, uno ya puede advertir que se pasaron de raya en su adulación.

Su caballito preferido de batalla es hacer hincapié en los logros educativos y de salud en la isla. Fidel habrá sido un tirano despiadado que encarceló a homosexuales, ejecutó a disidentes y asfixió el desarrollo económico, admitirán (cuando raramente lo hacen) pero, ¿acaso no es genial lo que hizo con los hospitales y las universidades? Corramos de lado la evidencia que apunta a lo opuesto -que hay faltantes de aspirinas en los hospitales de Cuba y que es Harvard, y no la Universidad de La Habana, el imán académico para los estudiantes del mundo- y llevemos este razonamiento a su última conclusión. Pinochet mejoró la economía chilena de manera espectacular. ¿Lo convierte eso en un “líder luminoso” a pesar de las desapariciones de personas? Hitler promovió la cultura musical alemana apreciablemente desde que tomó el poder. ¿Lo convierte eso un “líder destacado” más allá del Holocausto? Porque si los éxitos económicos, culturales, educativos o de cualquier otro tipo han de pr
evalecer sobre las atrocidades humanitarias, entonces ¿dónde está el límite entre la ponderación fría de la gestión y el horror moral ante las conductas de los tiranos? ¿Existe tal límite? La izquierda ya dio su respuesta, y fue un sonoro no.

Según el diario La Nación, el líder cubano pronunció cerca de 1150 discursos entre 1959-2008. El primero, o uno de los primeros, tras el triunfo de la revolución en 1959: duró nueve horas. En 1960 disertó en las Naciones Unidas: cuatro horas y veintinueve minutos. En 1998 dejó constancia de la alocución más extensa ante la Asamblea Nacional cubana: siete horas y quince minutos. Incluso a la entrada de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenas Aires disertó Fidel, en el 2003: tres horas. ¿No se dan cuenta los progresistas que están celebrando a un loco? ¿De veras no entienden que están aplaudiendo a un hombre psicológicamente averiado? ¿Este demente es su modelo político?

Ya que estamos con el tema de los soliloquios del revolucionario caribeño, recordemos su más célebre. En su alegato ante el juicio por el asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, en 1953, Fidel Castro grandiosamente declaró: “Condenadme, no importa. La historia me absolverá”. No Comandante, la historia no lo hará. Sólo lo absolverán sus fieles fans progresistas.

ABC Color (Paraguay)

ABC Color (Paraguay)

Por Julián Schvindlerman

  

El romance de la izquierda con Fidel – 01/12/16

Imprimir

Dentro de su gran cobertura del fallecimiento de Fidel Castro, Clarín orgullosamente publicó una fotografía del día en que el dictador cubano concedió una entrevista a la redacción del diario al visitar la Argentina trece años atrás. Se veía a Fidel hablando, rodeado del director del medio, el editor de internacionales, y dos periodistas estrella, todos escuchando con fascinación lo que fuere que el sabio comunista estuviere afirmando. Ceños fruncidos, gestos concentrados, poses atentas. Toda una coreografía de devota atención. En lo que a representaciones iconográficas del desvarío ideológico del progresismo contemporáneo se refiere, esta debería ser considerada un clásico. Salió el sábado pasado. Es de colección.

En la apta observación de James Taranto del Wall Street Journal, mientras que el conservadurismo hizo duelo durante los cincuenta y siete años de gobierno castrista en Cuba, ahora le toca al progresismo velar a uno de sus íconos predilectos. Y vaya si lo duelan. “Hay en Fidel, en él, una parte importante del pueblo cubano, una estatura de Quijote” exclamó con generosidad José Mujica. “Fidel fue un líder dedicado a la defensa de su tierra y de su gente, así como de la verdad y la justicia” declaró auto-referencialmente Mahmoud Abbas. Justin Trudeau, premier de una nación libre y vecina de Estados Unidos, corporizó el amor de izquierdas por Fidel al caracterizarlo de “revolucionario y orador legendario”, “líder destacado”, de “tremenda dedicación al pueblo cubano”. ¿Podía tornarse esto más patético todavía? Por supuesto que sí. John Carlin en El País de España conjuró esta reflexión que será un monumento a la estrechez intelectual para la posteridad: “Piense lo que uno piense
de su ideología o de su sistema de gobierno, lo que nadie puede dudar es que fue un coloso en el escenario mundial, heroico en su narcisismo y en su hambre de poder, sin duda, pero también un líder luminoso, un hombre audaz, un genio de la persuasión política que supo en sus entrañas, como Napoleón o las grandes figuras de la mitología griega, que había nacido para la grandeza. ¿Un dictador? Sí. ¿Brutal? Sí. Pero también un líder con una visión generosa de lo que debería ser la humanidad”. Con la izquierda comparando a Castro con el Quijote y Napoleón, uno ya puede advertir que se pasaron de raya en su adulación.

Su caballito preferido de batalla es hacer hincapié en los logros educativos y de salud en la isla. Fidel habrá sido un tirano despiadado que encarceló a homosexuales, ejecutó a disidentes y asfixió el desarrollo económico, admitirán (cuando raramente lo hacen) pero, ¿acaso no es genial lo que hizo con los hospitales y las universidades? Corramos de lado la evidencia que apunta a lo opuesto -que hay faltantes de aspirinas en los hospitales de Cuba y que es Harvard, y no la Universidad de La Habana, el imán académico para los estudiantes del mundo- y llevemos este razonamiento a su última conclusión. Pinochet mejoró la economía chilena de manera espectacular. ¿Lo convierte eso en un “líder luminoso” a pesar de las desapariciones de personas? Hitler promovió la cultura musical alemana apreciablemente desde que tomó el poder. ¿Lo convierte eso un “líder destacado” más allá del Holocausto? Porque si los éxitos económicos, culturales, educativos o de cualquier otro tipo han de pr
evalecer sobre las atrocidades humanitarias, entonces ¿dónde está el límite entre la ponderación fría de la gestión y el horror moral ante las conductas de los tiranos? ¿Existe tal límite? La izquierda ya dio su respuesta, y fue un sonoro no.

Según el diario La Nación, el líder cubano pronunció cerca de 1150 discursos entre 1959-2008. El primero, o uno de los primeros, tras el triunfo de la revolución en 1959: duró nueve horas. En 1960 disertó en las Naciones Unidas: cuatro horas y veintinueve minutos. En 1998 dejó constancia de la alocución más extensa ante la Asamblea Nacional cubana: siete horas y quince minutos. Incluso a la entrada de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenas Aires disertó Fidel, en el 2003: tres horas. ¿No se dan cuenta los progresistas que están celebrando a un loco? ¿De veras no entienden que están aplaudiendo a un hombre psicológicamente averiado? ¿Este demente es su modelo político?

Ya que estamos con el tema de los soliloquios del revolucionario caribeño, recordemos su más célebre. En su alegato ante el juicio por el asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, en 1953, Fidel Castro grandiosamente declaró: “Condenadme, no importa. La historia me absolverá”. No Comandante, la historia no lo hará. Sólo lo absolverán sus fieles fans progresistas.

Comunidades, Comunidades - 2016

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

El romance de la izquierda con Fidel – 30/11/16

Imprimir

Dentro de su gran cobertura del fallecimiento de Fidel Castro, Clarín orgullosamente publicó una fotografía del día en que el dictador cubano concedió una entrevista a la redacción del diario al visitar la Argentina trece años atrás. Se veía a Fidel hablando, rodeado del director del medio, el editor de internacionales, y dos periodistas estrella, todos escuchando con fascinación lo que fuere que el sabio comunista estuviere afirmando. Ceños fruncidos, gestos concentrados, poses atentas. Toda una coreografía de devota atención. En lo que a representaciones iconográficas del desvarío ideológico del progresismo contemporáneo se refiere, esta debería ser considerada un clásico. Salió el sábado pasado. Es de colección.

En la apta observación de James Taranto del Wall Street Journal, mientras que el conservadurismo hizo duelo durante los cincuenta y siete años de gobierno castrista en Cuba, ahora le toca al progresismo velar a uno de sus íconos predilectos. Y vaya si lo duelan. Hay en Fidel, en él, una parte importante del pueblo cubano, una estatura de Quijote» exclamó con generosidad José Mujica. «Fidel fue un líder dedicado a la defensa de su tierra y de su gente, así como de la verdad y la justicia» declaró auto-referencialmente Mahmoud Abbas. Justin Trudeau, premier de una nación libre y vecina de Estados Unidos, corporizó el amor de izquierdas por Fidel al caracterizarlo de «revolucionario y orador legendario», «líder destacado», de «tremenda dedicación al pueblo cubano». ¿Podía tornarse esto más patético todavía? Por supuesto que sí. John Carlin en El País de España conjuró esta reflexión que será un monumento a la estrechez intelectual para la posteridad: «Piense lo que uno piense de su ideología o de su sistema de gobierno, lo que nadie puede dudar es que fue un coloso en el escenario mundial, heroico en su narcisismo y en su hambre de poder, sin duda, pero también un líder luminoso, un hombre audaz, un genio de la persuasión política que supo en sus entrañas, como Napoleón o las grandes figuras de la mitología griega, que había nacido para la grandeza. ¿Un dictador? Sí. ¿Brutal? Sí. Pero también un líder con una visión generosa de lo que debería ser la humanidad». Con la izquierda comparando a Castro con el Quijote y Napoleón, uno ya puede advertir que se pasaron de raya en su adulación.

Su caballito preferido de batalla es hacer hincapié en los logros educativos y de salud en la isla. Fidel habrá sido un tirano despiadado que encarceló a homosexuales, ejecutó a disidentes y asfixió el desarrollo económico, admitirán (cuando raramente lo hacen) pero, ¿acaso no es genial lo que hizo con los hospitales y las universidades? Corramos de lado la evidencia que apunta a lo opuesto -que hay faltantes de aspirinas en los hospitales de Cuba y que es Harvard, y no la Universidad de La Habana, el imán académico para los estudiantes del mundo- y llevemos este razonamiento a su última conclusión. Pinochet mejoró la economía chilena de manera espectacular. ¿Lo convierte eso en un «líder luminoso» a pesar de las desapariciones de personas? Hitler promovió la cultura musical alemana apreciablemente desde que tomó el poder. ¿Lo convierte eso un «líder destacado» más allá del Holocausto? Porque si los éxitos económicos, culturales, educativos o de cualquier otro tipo han de prevalecer sobre las atrocidades humanitarias, entonces ¿dónde está el límite entre la ponderación fría de la gestión y el horror moral ante las conductas de los tiranos? ¿Existe tal límite? La izquierda ya dio su respuesta, y fue un sonoro no.

Según el diario La Nación, el líder cubano pronunció cerca de 1150 discursos entre 1959-2008. El primero, o uno de los primeros, tras el triunfo de la revolución en 1959: duró nueve horas. En 1960 disertó en las Naciones Unidas: cuatro horas y veintinueve minutos. En 1998 dejó constancia de la alocución más extensa ante la Asamblea Nacional cubana: siete horas y quince minutos. Incluso a la entrada de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenas Aires disertó Fidel, en el 2003: tres horas. ¿No se dan cuenta los progresistas que están celebrando a un loco? ¿De veras no entienden que están aplaudiendo a un hombre psicológicamente averiado? ¿Este demente es su modelo político?

Ya que estamos con el tema de los soliloquios del revolucionario caribeño, recordemos su más célebre. En su alegato ante el juicio por el asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, en 1953, Fidel Castro grandiosamente declaró: «Condenadme, no importa. La historia me absolverá». No Comandante, la historia no lo hará. Sólo lo absolverán sus fieles fans progresistas.

Comunidades, Comunidades - 2016

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Lo que UNESCO expuso – 02/11/16

Imprimir

La UNESCO es una broma de mal gusto y su patético sentido de la comicidad no tiene límites. En sucesivas resoluciones politizadas ha arrancado a la historia judía de Jerusalem y ha reafirmado el carácter exclusivamente islámico de la ciudad santa. Según la UNESCO, el Muro de los Lamentos es un sitio sagrado musulmán. Cualquier historiador objetivo sabe que eso es una patraña: el Primer Templo judío fue construido ochocientos años antes del nacimiento de Jesús y mil cuatrocientos años antes del de Mahoma. Siglos antes de que el cristianismo y el islam emergieran, Jerusalem ya era la capital de un reino judío y los Templos habían adornado su paisaje. El Primer Templo fue destruido por los babilonios en el año 586 AEC y el Segundo Templo fue arrasado por los romanos en el año 70 de la Era Común. En un acto extraordinario de supremacía religiosa, sobre sus ruinas los musulmanes edificaron El Domo de la Roca en el año 692 de la EC y la Mezquita de Al-Aqsa doce años después. Sólo sobrevivió una muralla externa de estos Templos, conocida como Muro de los Lamentos, ante la cual los judíos han elevado sus plegarias desde tiempo inmemorial. Catorce siglos más tarde, por iniciativa de naciones musulmanas, la UNESCO asegura que ese Muro sólo reviste importancia islámica.

¿Importan las resoluciones de la UNESCO? No verdaderamente. Como bien decía el escritor Marcelo Birmajer en una nota en el diario Río Negro, este foro de la ONU puede aseverar mañana que los aztecas no existieron o que los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial. Los árabes tienen los votos suficientes para ello. Israel, indignada, retiró a su delegado de allí y canceló toda futura cooperación con el organismo. Bien hecho. Las demás naciones libres del mundo debieran imitar esta conducta. Sin embargo, no lo harán. Y aquí yace el nudo del problema desatado por la UNESCO. No es lo relevante aquí el universo ficticio de sus resoluciones alucinantes, sino la traición -concreta, dolorosa- de las naciones libres a Israel, al pueblo judío y a su propio pasado cristiano.

¿No fue de este Templo, acaso, dónde el judío Jesús de Nazaret echó a mercaderes durante la Pascua, según los Evangelios? Si el Templo que visitó Jesús es una mentira judía, entonces ¿dónde queda parado el relato del Evangelio cristiano sobre la Vía Dolorosa, del Gólgota, del Santo Sepulcro? Si la historia judía es falsa, ¿qué tiene de verídico, en consecuencia, la narrativa cristiana que en ella se sustenta? ¿No tiene nada que decir el Vaticano sobre esta negación histórica escandalosa por parte de UNESCO? Y al Papa Francisco, siempre atento al mínimo detalle de la política local argentina al otro lado del océano, ¿acaso se le ha pasado por alto semejante grosera aberración histórica en la ONU, en la propia Europa? Francisco dijo cierta vez que los cristianos, para comprenderse a sí mismos, no pueden dejar de referirse a sus raíces judías». La UNESCO en Paris acaba de repudiar la historia cristiana originaria en Jesús y en los judíos, ¿y el Papa permanece mudo en Roma? ¿Y el resto de la jerarquía vaticana? ¿Por qué no oímos las quejas de sus nuncios y delegados apostólicos? Y no menos acuciante: ¿Dónde están los socios cristianos y musulmanes del mentado diálogo interreligioso en esta hora angustiante? ¿Dónde están sus protestas? ¿Dónde sus expresiones de solidaridad con sus hermanos judíos? ¿Por qué no está internet saturada de campañas judeo-cristianas o judeo-islámicas de las múltiples instituciones dedicadas al diálogo confesional en contra de estas resoluciones fraudulentas de la UNESCO? Al momento de escribir estas líneas, este silencio es ilustrativamente ensordecedor.

A este abandono religioso se adiciona el papelón diplomático. México votó a favor de la resolución y luego se arrepintió. Algo parecido ocurrió a comienzos de año con otra resolución similar de UNESCO que recibió el apoyo inicial de Brasil y Francia, quienes luego se dieron vuelta como un panqueque. Insólito. Y la Argentina, que previamente votó a favor, esta vez se abstuvo. ¿De veras cree la Canciller Malcorra que esta es una postura digna o justa? Supongamos que UNESCO mañana declarase que el Cabildo no tiene relación con la historia argentina. ¿Aprobaría ella, por caso, que Israel se abstuviera, para complacer -cobardemente- a todos? Esta votación ha sido también un fiasco para el Primer Ministro Binyamín Netanyahu, quien el mes pasado ante la Asamblea General de la ONU fanfarroneó con que de ahora en más los países árabes, cansados del interminable conflicto con los palestinos y preocupados por la expansión regional iraní, votarían a favor de Israel en su recinto. Pues bien, Egipto y Jordania (con acuerdos de paz con Israel) así como Qatar, Argelia, Marruecos, Líbano y Omán respaldaron la iniciativa palestina. El viejo Medio Oriente es terco. Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña y otros se han opuesto a este ejercicio de barbarie diplomática. Okay, son los respaldos que cuentan realmente: los de las democracias liberales. Pero la UNESCO verdaderamente ha echado luz sobre la soledad política de Israel y religiosa de los judíos.

Aislar diplomáticamente al pueblo y al estado de Israel ha sido por largo tiempo una especialidad de la ONU. Y se le debe reconocer su eficiencia en ello. Sus resoluciones ridículas son una mancha para su historia institucional y un estigma para los países que no las rechazan. Pero tienen el atributo de dejar al descubierto la desoladora soledad internacional de Israel.

Libertad Digital, Libertad Digital - 2016

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Lo que UNESCO expuso – 28/10/16

Imprimir

La UNESCO es una broma de mal gusto y su patético sentido de la comicidad no tiene límites. En sucesivas resoluciones politizadas ha arrancado a la historia judía de Jerusalem y ha reafirmado el carácter exclusivamente islámico de la ciudad santa. Según la UNESCO, el Muro de los Lamentos es un sitio sagrado musulmán. Cualquier historiador objetivo sabe que eso es una patraña: el Primer Templo judío fue construido ochocientos años antes del nacimiento de Jesús y mil cuatrocientos años antes del de Mahoma. Siglos antes de que el cristianismo y el islam emergieran, Jerusalem ya era la capital de un reino judío y los Templos habían adornado su paisaje. El Primer Templo fue destruido por los babilonios en el año 586 AEC y el Segundo Templo fue arrasado por los romanos en el año 70 de la Era Común. En un acto extraordinario de supremacía religiosa, sobre sus ruinas los musulmanes edificaron El Domo de la Roca en el año 692 de la EC y la Mezquita de Al-Aqsa doce años después. Sólo sobrevivió una muralla externa de estos Templos, conocida como Muro de los Lamentos, ante la cual los judíos han elevado sus plegarias desde tiempo inmemorial. Catorce siglos más tarde, por iniciativa de naciones musulmanas, la UNESCO asegura que ese Muro sólo reviste importancia islámica.

¿Importan las resoluciones de la UNESCO? No verdaderamente. Como bien decía el escritor Marcelo Birmajer en una nota en el diario Río Negro, este foro de la ONU puede aseverar mañana que los aztecas no existieron o que los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial. Los árabes tienen los votos suficientes para ello. Israel, indignada, retiró a su delegado de allí y canceló toda futura cooperación con el organismo. Bien hecho. Las demás naciones libres del mundo debieran imitar esta conducta. Sin embargo, no lo harán. Y aquí yace el nudo del problema desatado por la UNESCO. No es lo relevante aquí el universo ficticio de sus resoluciones alucinantes, sino la traición -concreta, dolorosa- de las naciones libres a Israel, al pueblo judío y a su propio pasado cristiano.

¿No fue de este Templo, acaso, dónde el judío Jesús de Nazaret echó a mercaderes durante la Pascua, según los Evangelios? Si el Templo que visitó Jesús es una mentira judía, entonces ¿dónde queda parado el relato del Evangelio cristiano sobre la Vía Dolorosa, del Gólgota, del Santo Sepulcro? Si la historia judía es falsa, ¿qué tiene de verídico, en consecuencia, la narrativa cristiana que en ella se sustenta? ¿No tiene nada que decir el Vaticano sobre esta negación histórica escandalosa por parte de UNESCO? Y al Papa Francisco, siempre atento al mínimo detalle de la política local argentina al otro lado del océano, ¿acaso se le ha pasado por alto semejante grosera aberración histórica en la ONU, en la propia Europa? Francisco dijo cierta vez que “los cristianos, para comprenderse a sí mismos, no pueden dejar de referirse a sus raíces judías”. La UNESCO en Paris acaba de repudiar la historia cristiana originaria en Jesús y en los judíos, ¿y el Papa permanece mudo en Roma? ¿Y el resto de la jerarquía vaticana? ¿Por qué no oímos las quejas de sus nuncios y delegados apostólicos? Y no menos acuciante: ¿Dónde están los socios cristianos y musulmanes del mentado diálogo interreligioso en esta hora angustiante? ¿Dónde están sus protestas? ¿Dónde sus expresiones de solidaridad con sus hermanos judíos? ¿Por qué no está internet saturada de campañas judeo-cristianas o judeo-islámicas de las múltiples instituciones dedicadas al diálogo confesional en contra de estas resoluciones fraudulentas de la UNESCO? Al momento de escribir estas líneas, este silencio es ilustrativamente ensordecedor.

A este abandono religioso se adiciona el papelón diplomático. México votó a favor de la resolución y luego se arrepintió. Algo parecido ocurrió a comienzos de año con otra resolución similar de UNESCO que recibió el apoyo inicial de Brasil y Francia, quienes luego se dieron vuelta como un panqueque. Insólito. Y la Argentina, que previamente votó a favor, esta vez se abstuvo. ¿De veras cree la Canciller Malcorra que esta es una postura digna o justa? Supongamos que UNESCO mañana declarase que el Cabildo no tiene relación con la historia argentina. ¿Aprobaría ella, por caso, que Israel se abstuviera, para complacer -cobardemente- a todos? Esta votación ha sido también un fiasco para el Primer Ministro Binyamín Netanyahu, quien el mes pasado ante la Asamblea General de la ONU fanfarroneó con que de ahora en más los países árabes, cansados del interminable conflicto con los palestinos y preocupados por la expansión regional iraní, votarían a favor de Israel en su recinto. Pues bien, Egipto y Jordania (con acuerdos de paz con Israel) así como Qatar, Argelia, Marruecos, Líbano y Omán respaldaron la iniciativa palestina. El viejo Medio Oriente es terco. Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña y otros se han opuesto a este ejercicio de barbarie diplomática. Okay, son los respaldos que cuentan realmente: los de las democracias liberales. Pero la UNESCO verdaderamente ha echado luz sobre la soledad política de Israel y religiosa de los judíos.

Aislar diplomáticamente al pueblo y al estado de Israel ha sido por largo tiempo una especialidad de la ONU. Y se le debe reconocer su eficiencia en ello. Sus resoluciones ridículas son una mancha para su historia institucional y un estigma para los países que no las rechazan. Pero tienen el atributo de dejar al descubierto la desoladora soledad internacional de Israel.