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Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Por Julián Schvindlerman

  

El ejemplo de Malala Yousafzai – 18/12/13

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En octubre de 2012, un tiroteo a quemarropa contra una niña de 14 años en Pakistán conmocionó a la opinión pública mundial.
Con frialdad notable, un sicario talibán se dirigió a un colectivo que transportaba a un grupo de niñas en edad escolar en aquel país musulmán, preguntó quién era Malala Yousafsay, elevó su arma y le disparó sin más «por ir en contra de los soldados de Alá”.
Una bala dio en su cabeza, la otra en su cuello. Ella fue enviada de urgencia a un hospital en Inglaterra, fue atendida médicamente y resguardada de posibles nuevos intentos homicidas. Su vida había quedado profundamente afectada y pendía de un hilo.
«Nadie que haya tenido una bala cruzando su cerebro tiene una recuperación completa”, dijo entonces Jonathan Fellus, de la Fundación Internacional para la Investigación Cerebral.
Muchísimas personas, dentro y fuera de Pakistán, rezaron por su vida. Atravesó varias operaciones, le colocaron una placa de titanio en el cráneo. Milagrosamente sobrevivió y en febrero del 2013 fue dada de alta.
Malala es hija de un maestro y oriunda del valle de Swat, región paquistaní fronteriza con Afganistán que cayó en manos de extremistas talibanes, en el año 2007. Desde entonces, los hombres fueron obligados a dejarse crecer la barba, se prohibió a las mujeres ir a los mercados y, en repetidas ocasiones, escuelas de niñas fueron bombardeadas.
Luego de la invasión norteamericana a Afganistán, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, grupos talibanes se refugiaron al otro lado de la frontera, creando zonas de semigobierno en Pakistán.
Según el diario El País de España, las quemas y sabotajes de escuelas de niñas en las regiones tribales de Waziristán del Norte y del Sur, donde los radicales están acuartelados, «han dejado de ser noticia porque ya no quedan más centros por destruir”.
En el valle de Swat, durante el breve pero infernal gobierno de los talibanes, entre 2007-2009, antes de que el ejército paquistaní los expulsara de la zona, 13 niñas fueron decapitadas, 170 escuelas destruidas y otras cinco atacadas con bombas.
Bajo el seudónimo de Gul Makai (el nombre de una heroína de un cuento folklórico local), y desde los 11 años de edad, Malala había estado contando en un blog de la BBC cómo había sido la vida allí.
Su columna se titulaba «Diario de una estudiante paquistaní”. Anotaba comentarios del tipo: «Me duele abrir el armario y ver mi uniforme, mi mochila y mi cartuchera. Las escuelas de los varones abren mañana, pero los talibanes prohibieron la educación para las niñas. ¿Mi verdadero nombre significa desesperación?”.
Luego de su recuperación ella dijo: «La gente me conoce como la niña que fue disparada por los talibanes, pero quiero que me conozcan por ser la niña que lucha por los derechos de todos los niños y niñas, por su derecho a la educación y por su derecho a la igualdad”.
Antes de la agresión, Malala era conocida por su excepcional valentía y activa militancia en la causa vital de los derechos de las mujeres en Pakistán. Ella era regularmente entrevistada por la prensa y había sido premiada con una distinción al mérito civil. En el 2009 se hizo un documental fílmico sobre ella. Luego del ataque su fama y su causa se potenciaron.
La actriz Angelina Jolie estableció un fondo con el nombre de Malala para fomentar la educación infantil en Pakistán. Este año fue nominada al Premio Sájarov a la Libertad de Conciencia y al Premio Nobel de la Paz.
A una muy temprana edad, Malala se había convertido en un referente local e internacional y, como tal, en una amenaza para los fundamentalistas. El vil esfuerzo de éstos en silenciarla pretendió callar, no sólo a esta joven, sino a todas aquellas que están defendiendo la libertad, además de disuadir a colegas futuras. Afortunadamente han fracasado.
Para los talibanes Malala Yousafsay era, conforme dijo oportunamente uno de sus voceros, «un símbolo de los infieles y de la obscenidad”. Para muchos otros, ella es un modelo de rectitud, coraje y dignidad. Es de esperar que su ejemplo contagie de energía a quienes luchan por la igualdad de género en Pakistán.

Originalmente publicada en revista Compromiso.

Comunidades, Comunidades - 2013

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Ryhad-Jerusalem-Teherán: ¿un triángulo isósceles? – 18/12/13

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Las estrellas geopolíticas se han alineado como nunca antes en el cosmos del Medio Oriente propiciando un escenario hipotético pero no imposible: una alianza estratégica entre Ryhad y Jerusalem contra Teherán.

¿Suena descabellado? No tanto. La fantástica política exterior de la Administración Obama -centrada en la noción de espantar aliados y apaciguar adversarios- ha creado un inédito punto de intersección entre los intereses israelíes y sauditas. Ambas naciones son fuertes enemigas de Irán, ambas recelan del programa nuclear persa, a ambas les preocupa el avance del chiísmo en la región y ambas están alarmadas por el acercamiento Washington-Teherán. Aún dentro de la dimensión sunita, tanto Israel como Arabia Saudita parecen estar del mismo lado del cuadrilátero, sea la confrontación intra-rebelde del Ejército Libre Sirio contra Al-Qaeda en Siria, Fatah contra Hamas en Palestina, los militares del general Al-Sisi contra la Hermandad Musulmana en Egipto o la monarquía Hashemita contra insurgentes islamistas en Jordania.

Respecto de un Irán nuclear, Arabia Saudita podría incluso estar más inquieta que el propio Israel. Jerusalem posee armas nucleares con las que defenderse efectivamente de la agresión iraní; Ryhad no. Israel comparte valores con los Estados Unidos que la realeza saudita no. Su alianza con Washington se asienta en intereses -petróleo y seguridad- y la historia ha probado incontables veces que los intereses de las naciones pueden cambiar. Allí está la primavera árabe para recordarles la velocidad con la que la Casa Blanca abandonó a su socio histórico Hosni Mubarak ante el incipiente islamista Mohammed Morsi o la galantería con la que el presidente Obama dejó que se evaporasen sus rimbombantes advertencias de líneas rojas ante el uso de armas químicas por parte de Bashar al-Assad.

El Reino Saudita ha dejado saber su malestar. El gobierno ha informado a Washington que no lo favorecerá más frente a otros proveedores para futuras órdenes de compra militares. Hace poco trascendió que Ryhad había encargado la confección de una bomba atómica a Pakistán. Y en unas inusuales declaraciones públicas, autoridades sauditas han amonestado al gobierno estadounidense por sus últimas políticas hacia el Medio Oriente. En la actualidad, y en lo relativo a ciertos temas, parecería que Ryhad y Jerusalem están más cerca entre sí que en relación a los Estados Unidos.

Esto ha llevado a algunos analistas a imaginar un escenario de cooperación entre estos dos polos opuestos. En particular Walter Russell Mead, editor del American Interest, ve factible tal asistencia mutua. En su visión, si Arabia Saudita permitiese a la aviación israelí sobrevolar su territorio en ruta a Irán, eso cambiaría fuertemente la ecuación presente sobre las posibilidades de la opción militar como freno al programa nuclear de los ayatollahs. En tanto líder regional, Ryhad podría contener la subsiguiente furia islámica antisionista así como controlar el precio del petróleo en la posguerra. Israel por su parte podría ser concesiva en la cuestión palestina -Jerusalem y asentamientos especialmente- de modo que la monarquía wahabita emergiese como el gran patrón de los palestinos y protector de la ciudad santa.

Otros observadores miran el cuadro desde otra perspectiva. Yoram Friedman, comentarista político del diario israelí Yediot Aharonot, destaca que, como guardián del sunismo regional, Arabia Saudita ve con profundo resquemor la idea de que el enemigo judío (Israel) y el enemigo chiíta (Irán) posean armas nucleares y el mundo sunita, no. Él destaca que Ryhad es enemiga de Persia, pero no lo es menos del estado judío. Con Irán comparte espacio en la OPEP, mantiene relaciones diplomáticas y a los iraníes les está permitido ingresar a tierra saudita. Nada de esto vale para los israelíes. Además los países del Golfo Pérsico, aliados de Ryhad, han estado coqueteando con el régimen Ayahtollah últimamente: Omán medió entre Estados Unidos e Irán, Kuwait y Qatar mantienen buenos lazos con Teherán y Emiratos Árabes Unidos se ha acercado a Irán. El único país del Golfo que permanece reacio es Bahrein, en cuyo territorio Irán ha estado incitando a la población chiíta a la sublevación.

Si Ryhad debe elegir entre Irán e Israel seguramente optará por el primero. Ello estaría más en sintonía con la actual política de la administración norteamericana y ésta es una relación vital para el reinado. Ello a su vez armonizaría con el ethos antisionista del Medio Oriente y con la afiliación religiosa de los actores. Si y cuando el bastión del sunismo se amigase con el motor del chiísmo en la región, eso alejará a Israel de cualquier intento de reconciliación con el mundo musulmán» señaló Friedman. En tal caso, la soledad existencial de Israel será total. Amenazado con la aniquilación por Irán y aislado como nunca antes en la zona, para prevalecer dependerá crucialmente de la veracidad de la promesa presidencial del señor Obama «nosotros cubriremos las espaldas de Israel». Lástima que las amenazas iraníes sean más creíbles que las palabras de esta Casa Blanca.

Comunidades, Comunidades - 2013

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Paranoia zoológica en el medio oriente – 04/12/13

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Días atrás, el conocido relacionista público ecuatoriano Jaime Durán Barba se declaró simpatizante de Adolf Hitler y de Joseph Stalin en una entrevista con la revista Noticias: Hitler era un tipo espectacular» dijo, y Stalin «tenía una finura impresionante». Poco antes, Silvio Berlusconi aseguró que su familia era perseguida judicialmente en Italia «como las familias judías bajo el régimen de Hitler». Esa misma semana, una asociación de granjeros italiana creó el «Premio Hitler» a ser otorgado irónicamente a activistas por los derechos de los animales. También esa semana, un encuentro interreligioso en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires se vio interrumpido durante cuarenta minutos cuando un grupo de católicos ultra-tradicionalistas de la Hermandad Sacerdotal San Pío X comenzaron a entonar el Ave María para frustrar la reunión. El último julio, el bar Soldatenkaffe fue finalmente clausurado en Indonesia por estar ambientado con temática nazi: las paredes estaban decoradas con esvásticas y las mozas vestían uniformes de las SS; aún así, permaneció abierto por más de dos años. Durante un pasado partido fútbol entre Hungría e Israel, hinchas húngaros dieron la espalda cuando sonó el himno nacional israelí Hatikva y elevaron carteles que decían «judíos apestosos» y «Heil Benito Mussolini».

Forzosamente debemos preguntarnos cuál es el estado de nuestra salud moral como sociedad universal a 75 años de la Noche de los Cristales Rotos. Fue esa noche, entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, cuando los nazis lanzaron un pogromo contra las juderías de Austria y Alemania, destrozaron los negocios y las propiedades de los judíos, quemaron sus sinagogas, asesinaron a noventa y uno y deportaron a alrededor de treinta mil. La orgía de devastación fue un presagio del genocidio por venir en el cual seis millones de judíos serían industrialmente aniquilados en menos de seis años, entre 1939 y 1945. Durante la Segunda Guerra Mundial más de cincuenta millones de personas morirían dentro y fuera del campo de batalla.

Pero para que los judíos europeos pudiesen ser llevados a Auschwitz, Dachau y otros campos de la muerte, previamente debieron ser obliterados ante la opinión pública alemana y europea. Sólo una vez que éstos habían sido deshumanizados en las cátedras universitarias, en los artículos de prensa, en las manifestaciones públicas y en las películas de propaganda, pudieron ser finalmente masacrados en los campos de concentración. Auschwitz fue el final de un largo camino iniciado con la retórica fanática.

Es por eso que el poder de la palabra decanta como una de las lecciones más fundamentales de este episodio atroz. Para que el discurso nazi prendiese en Alemania y Europa debió darse una comunicación entre dos actores: el emisor y el receptor. El mensaje del primero no hubiera calado si no hubiera tenido un recipiente sobre el cual verter su extremismo. Siglos de prédica antijudía habían allanado el camino para la destrucción de la judería europea.

La propaganda fascista atacó a espectros más que a seres reales. Persiguió imágenes más que personas. La culpa ficticia, sin embargo y como un filósofo ha notado, dio lugar a un castigo hiperreal.

Premonitoriamente, Sigmund Freud escribió en la década de 1920 sobre la psicología de las masas unas reflexiones que cimentaron observaciones de futuros pensadores sobre la dinámica que se dio durante el Holocausto. Entonces hubo un delirio colectivo encarnado en la relación entre un padre terrible y las masas. Hitler rehuyó del rol de padre amoroso y lo remplazó por el del padre autoritario. El amor quedó reservado sólo para Alemania. El führer hizo de figura de padre temido por una masa con sed de obediencia y que se supeditó al mandato colectivo.

El Führer era histérico y paranoico, pero fue un hábil comunicador de sus ideas. Como ha observado Theodor Adorno, en un sentido fue un maestro en el uso de su propia neurosis con finalidades perversas: vendió sus defectos psicológicos magistralmente. Se entabló una relación de placer entre el líder nazi y sus seguidores en la que éstos esperaban gratificaciones al someterse a su liderazgo. Conforme Adorno ha indicado, Hitler no atrajo a pesar de su extremismo, sino precisamente por ser un extremista. Curiosamente el lema nazi era «Despierta Alemania» cuando buscaba todo lo contrario: mantenerla embobada en sueños de grandeza nacional en la búsqueda fantástica de chivos expiatorios.

Un eminente historiador israelí ha dicho que el Holocausto existió porque pudo existir y que lo que pasó una vez puede suceder de nuevo. Es por eso que aprender sus lecciones y comprometernos enteramente al Nunca Más es nuestra obligación permanente.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

Tributo a Nelson Mandela – 12/13

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Año 5 – Nro 41

Grandes personalidades han tenido funerales masivos. Mahatma Gandhi fue llorado por dos millones de indios en 1948. Josef Stalin fue despedido por cinco millones de soviéticos en 1953. Un millón de norteamericanos saludaron a John F. Kennedy en 1963. Tres millones de iraníes asistieron al funeral de Ruhollah Khomeini en 1989, dos millones de católicos llenaron la Plaza San Pedro en el 2005 por Juan Pablo II e igual cantidad despidió a Hugo Chávez en el 2013.

Grandes números, no obstante, no significa honra necesariamente. La grandeza de un hombre o de una mujer no se puede medir por la cantidad de seguidores solamente. Aunque aún bajo ese sólo estándar el recientemente fallecido Nelson Mandela calificaría noblemente, lo que lo ha distinguido como uno entre pocos líderes extraordinarios del siglo XX fueron los atributos de su personalidad. A su memorial asistieron conmovidos por igual el presidente de los Estados Unidos Barack Obama y el presidente de Cuba Raúl Castro. Al enterarse de su muerte, lo elogiaron el presidente de Irán Hassan Rohani y el premier israelí Binyamín Netanyahu.

Lo que hizo único a Mandela fue su capacidad sobrehumana para perdonar -sin olvidar- a sus enemigos, para dar vuelta una página de su historia personal y la de su pueblo a favor de la reconciliación y la paz. La historia está repleta de rebeldes y luchadores por la libertad (usando el término libremente) que una vez alcanzado el poder traicionan sus ideales, pisotean sus promesas y dan la espalda a su pueblo. Idi Amín, Fidel Castro y Yasser Arafat son algunos ejemplos que vienen a la mente de líderes fracasados que han prometido la luna y entregado una estrella fugaz. Si eso.

Al cabo de veintisiete años de injusto encarcelamiento, al lograr la libertad Mandela pudo haberse dejado llevar por el anhelo de la retribución. Al hacer a un costado la sed de venganza particular y priorizar el destino colectivo de su nación, al desestimar la idea de la relección indefinida y al repudiar las tentaciones del populismo facilista, Mandela aseguró que Sudáfrica no se convirtiese en otro estado fallido de esa castigada región. Basta con mirar alrededor de su patria para comprobar cuan distinto ha sido el camino que él eligió transitar. Esto lo ha hecho un grande.

Como casi toda figura pública relevante, Mandela no ha estado exento de ceder al oportunismo o de caer en el error. Su asociación con representantes de lo peor del Medio Oriente, por caso, no ha sido precisamente una marca de distinción. Apenas dos semanas de salir de prisión, en 1990, se reunió con Yasser Arafat, por entonces firmemente anclado en su política violentamente hostil hacia Israel. La OLP había entrenado militarmente a hombres del Congreso Nacional Africano y Mandela veía con simpatía la causa de liberación palestina. Tuvo además como gran aliado al coronel Muhamar Gadafi, quién patrocinaría financieramente la campaña electoral del sudafricano años después. Un nieto de Mandela lleva por nombre Gadafi, tal la cercanía que los unió. Su pasada militancia en el extremismo y sus posteriores vinculaciones problemáticas le valieron su inclusión en la lista de terroristas de los Estados Unidos, hasta el 2008.

Mandela tuvo una actitud ambivalente hacia Israel. Justificadamente le reprochaba su alianza con la Sudáfrica del Apartheid: Jerusalem no rompió relaciones diplomáticas con Pretoria y de hecho fue un importante socio comercial. Tardó mucho en aceptar visitar el país. Para cuando finalmente lo hizo su mandato presidencial ya había terminado. Antes honró con su presencia a Irán, Siria y Jordania. Fue un crítico de la denominada ocupación israelí de las tierras capturadas tras la guerra de 1967 y argumentó con vehemencia contra la noción de que la paz era posible en ese escenario. A la vez, defendió el derecho de Israel a existir en un clima de paz y seguridad y pidió a las naciones árabes que aceptasen la legitimidad de Israel en la zona.

Mejores relaciones tuvo con sus compatriotas judíos. Quizás no formalmente con la comunidad judía como tal, pero sí de por cierto con varios de sus miembros. Sus primeros empleadores fueron judíos de apellido Sidelsky, quienes lo contrataron como abogado en su estudio jurídico en 1942; época poco habituada a tales cosas. Diez años más tarde establecería el primer bufete de abogados de su país integrado solamente por personas de color, el estudio Mandela & Tambo. Un judío, Arthur Goldreich, dio refugio a Mandela y a camaradas en armas del perseguido Congreso Nacional Africano en una granja de su propiedad. El fiscal principal del juicio que lo condenó por supuesta alta traición era un judío, Percy Yutar, pero también lo fueron varios de sus defensores legales: Israel Maisels y Arthur Chaskalson. Entre los miembros blancos y judíos del Partido Comunista Sudafricano, de fuerte tenor anti-apartheid, estaban Joe Slovo y Gill Marcus, a quienes Mandela incluiría en su gabinete al asumir la presidencia de la nación. Que el gran rabino de Sudáfrica, Cyril Harris, fuese invitado a bendecir su último matrimonio es un testimonio de los lazos cálidos que supo cultivar con sus hermanos hebreos sudafricanos.

El mundo ha perdido a un gran líder. Una figura no inmaculada quizás, pero ciertamente de elevada estatura moral. Su legado ahora descansa en las manos de sus sucesores.

Infobae, Infobae - 2013

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

Yusuf Islam en la Argentina – 21/11/13

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Nació como Steven Demetre Georgiou de un padre greco-chipriota y madre sueca pero adoptó el nombre artístico de Cat Stevens. Con este alias alcanzó gran fama y forjó una leyenda musical extraordinaria. Compuso canciones bellísimas, como Father and Son, Wild World, I love my dog entre muchas otras. En tanto su carrera progresaba, el joven Steven exploraba el Budismo zen, el vegetarianismo, la numerología y la astrología. Pero sería finalmente en el Islam donde hallaría su refugio espiritual final.

Su primer encuentro con la religión del Profeta Mahoma ocurrió a principios de los años setenta en un mercado en Marrakech, Marruecos, a donde había ido en busca de inspiración. Stevens oyó una bella melodía y preguntó que música era esa. Le respondieron que era música para Dios. “Nunca había oído nada igual en mi vida” exclamaría el compositor. “He oído hablar de la música de alabanza, de aplauso, por el dinero, pero esto era música que no buscaba recompensa sino de Dios. ¡Qué maravillosa declaración!”.

Tiempo después Stevens tuvo una experiencia reveladora en las playas de Malibú cuando debió luchar contra las corrientes peligrosas del Océano Pacífico. Quiso regresar a nado a tierra firme pero el mar era inclemente. Pensó que se ahogaría y clamó a Dios. “Milagrosamente la marea se volvió con rapidez, una repentina ola lo levantó, y él nadó fácilmente a la orilla” según se relata en su sitio oficial. Su fe en Mahoma creció cuando su hermano mayor -de nombre hebreo, David- le dio un ejemplar del Corán. A partir de entonces, el músico incorporó rezos diarios a Alá y se apartó de la bebida, los bares y las fiestas. En 1977 dejó a la industria de la música y se convirtió al Islam, aunque mantuvo un compromiso contractual previo que se cristalizó en un nuevo álbum en 1978. De allí en más sería conocido como Yusuf Islam. Sus fans estaban desconcertados. Cat Stevens había desaparecido.

Una de las primeras canciones que compuso en su nueva vida como musulmán se tituló “A es por Alá”. Pero fue recién en 1995, luego de casi dos décadas de haberse desprendido de su colección de guitarras, que retornó a los estudios de grabación con el álbum La vida del último profeta bajo su propio sello discográfico Montaña de Luz. Durante ese largo período de aislamiento dedicó sus energías a la religión, a su familia y a causas benéficas: fundó la primera escuela privada islámica de Inglaterra, creó una organización caritativa para paliar el hambre en África y dedicó canciones a los bosnios musulmanes masacrados en Sarajevo. Con el advenimiento del siglo XXI se instaló en Dubai. El sábado 23 dará un concierto en el Luna Park porteño titulado “Wanted: Yusuf alias Cat Stevens – Peace Train Tour”.

La inclusión de la palabra wanted en el afiche promocional no es casual. Al convertirse al Islam desaparecieron las controversias asociadas a la agitada vida de los músicos del gremio del sexo, las drogas y el rock´n roll; pero nuevas polémicas relacionadas con su militancia religiosa emergieron. En años posteriores Yusuf Islam sería deportado de Israel por simpatizar con, y haber apoyado materialmente a, el grupo fundamentalista Hamas, vería vedado su ingreso a los Estados Unidos bajo cargos de respaldar al terrorismo y despertaría nuevos llamados de atención al afirmar que la música está prohibida en el Corán y por su postura acerca de los atentados del 9/11 y la libertad de expresión.

En su portal (www.yusufislam.com) dedica una sección de FAQS (preguntas frecuentes) a varios de estos asuntos polémicos. Un listado de casi veinticinco ítems reúne interrogantes del tipo: “¿Acaso no apoyó al Hamas?”, “¿Se opone Yusuf a al libre discurso?”, “¿Qué sobre el 9/11 y el terrorismo?”, “¿No dijo ‘¡Maten a Rushdie!’?”, “¿Por qué ha dejado Yusuf caer Islam de su nombre de escena?” y “¿Es el Islam presentado de mala manera por la prensa occidental?” entre otros. Todos ellos son alegatos defensivos en su naturaleza que buscan o bien dejar las cosas en claro, o bien exculpar al artista de su propio pasado.

Una rápida constatación de los hechos que rodearon al affair Rushdie, por caso, parece indicar lo segundo. En 1989 el Ayatolá Ruhollah Khomeini emitió una fatua homicida contra el autor indio-británico al publicarse Los versos satánicos. En una entrevista televisiva, Yusuf Islam fue consultado si él iría a una manifestación a quemar esfinges de Rushdie. “Preferiría que sea la cosa verdadera” respondió. También aseguró que si el escritor apareciese en la puerta de su casa pidiendo ayuda, “trataría de telefonear al Ayatollah Khomeini para decirle exactamente donde este hombre se encuentra”. Cuando le prensa le repreguntó por sus pronunciamientos, Yusuf Islam los confirmó.

El músico converso envió una carta de queja a Penguin Books, la editorial que publicó el libro: “Deseo expresar mi más profunda indignación por la falta de sensibilidad de Penguin Books en publicar el libro de Salman Rushdie, Los versos satánicos. Este libro es claramente blasfemo en su naturaleza y tan profundamente ofensivo para la comunidad musulmana que le insto a que de al contenido de esta carta su más urgente atención y tome una decisión responsable”. En su sitio Yusuf Islam insiste: “Nunca pedí por la muerte de Salman Rushdie, ni respaldé la fatua emitida por el ayatolá Khomeini, y todavía no lo hago. El libro en sí destruyó la armonía entre los pueblos y creó una crisis internacional innecesaria”. El libro, no la fatua, según su saber, creó la crisis. Esta sección luego cita extractos de Éxodo, Levítico y Mateo con entonaciones bíblicas contrarias a la blasfemia, queriendo sugerir que no sólo el Islam se expresa de modo contundente en este sentido. Aunque en el siglo XX ningún Papa o Gran Rabino ha clamado por la muerte de un escritor disidente como el líder global del chiísmo lo hizo.

El hecho de que esta multitud de temas exijan ser aclarados en la página web de un músico es un testimonio en sí mismo acerca de su trayectoria y de su ideología. En 1989 el Financial Times informó que una corte militar israelí en Gaza lo acusó de haber donado dinero a Hamas cuando visitó el país el año previo. En 1996, el experto en terrorismo Steven Emerson dio testimonio ante el Congreso de los Estados Unidos y citó un folleto redactado por Yusuf Islam para la Asociación Islámica de Palestina: “Los judíos no parecen respetar a Dios ni a su creación. Sus propios libros sagrados contienen la maldición que Dios trajo sobre ellos por medio de sus profetas a causa de su desobediencia a Él y por su engaño en la tierra… No habrá justicia hasta que toda la tierra sea devuelta sus legítimos dueños… Sólo el Islam puede devolver la paz a Tierra Santa”.

Su presunto pacifismo no se ve reforzado en este intercambio con un periodista del New York Times. Entrevistado en el 2007, así respondió el músico a esta simple pregunta: “¿Diría que usted tiene desprecio por un grupo terrorista como Hamas?” Yusuf Islam: “No voy a poner esas palabras en mi boca. Yo no diría nada al respecto. Estoy aquí para hablar de paz. Soy un hombre que quiere la paz para este mundo, y yo no creo que vaya a lograr eso arrinconando a la gente y haciéndoles preguntas muy, muy difíciles sobre cuestiones muy polémicas”.

Disfruten del show.

Comunidades, Comunidades - 2013

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

A 75 años de la kristallnacht – 20/11/13

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Días atrás, el conocido relacionista público ecuatoriano Jaime Durán Barba se declaró simpatizante de Adolf Hitler y de Joseph Stalin en una entrevista con la revista Noticias: Hitler era un tipo espectacular» dijo, y Stalin «tenía una finura impresionante». Poco antes, Silvio Berlusconi aseguró que su familia era perseguida judicialmente en Italia «como las familias judías bajo el régimen de Hitler». Esa misma semana, una asociación de granjeros italiana creó el «Premio Hitler» a ser otorgado irónicamente a activistas por los derechos de los animales. También esa semana, un encuentro interreligioso en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires se vio interrumpido durante cuarenta minutos cuando un grupo de católicos ultra-tradicionalistas de la Hermandad Sacerdotal San Pío X comenzaron a entonar el Ave María para frustrar la reunión. El último julio, el bar Soldatenkaffe fue finalmente clausurado en Indonesia por estar ambientado con temática nazi: las paredes estaban decoradas con esvásticas y las mozas vestían uniformes de las SS; aún así, permaneció abierto por más de dos años. Durante un pasado partido fútbol entre Hungría e Israel, hinchas húngaros dieron la espalda cuando sonó el himno nacional israelí Hatikva y elevaron carteles que decían «judíos apestosos» y «Heil Benito Mussolini».

Forzosamente debemos preguntarnos cuál es el estado de nuestra salud moral como sociedad universal a 75 años de la Noche de los Cristales Rotos. Fue esa noche, entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, cuando los nazis lanzaron un pogromo contra las juderías de Austria y Alemania, destrozaron los negocios y las propiedades de los judíos, quemaron sus sinagogas, asesinaron a noventa y uno y deportaron a alrededor de treinta mil. La orgía de devastación fue un presagio del genocidio por venir en el cual seis millones de judíos serían industrialmente aniquilados en menos de seis años, entre 1939 y 1945. Durante la Segunda Guerra Mundial más de cincuenta millones de personas morirían dentro y fuera del campo de batalla.

Pero para que los judíos europeos pudiesen ser llevados a Auschwitz, Dachau y otros campos de la muerte, previamente debieron ser obliterados ante la opinión pública alemana y europea. Sólo una vez que éstos habían sido deshumanizados en las cátedras universitarias, en los artículos de prensa, en las manifestaciones públicas y en las películas de propaganda, pudieron ser finalmente masacrados en los campos de concentración. Auschwitz fue el final de un largo camino iniciado con la retórica fanática.

Es por eso que el poder de la palabra decanta como una de las lecciones más fundamentales de este episodio atroz. Para que el discurso nazi prendiese en Alemania y Europa debió darse una comunicación entre dos actores: el emisor y el receptor. El mensaje del primero no hubiera calado si no hubiera tenido un recipiente sobre el cual verter su extremismo. Siglos de prédica antijudía habían allanado el camino para la destrucción de la judería europea.

La propaganda fascista atacó a espectros más que a seres reales. Persiguió imágenes más que personas. La culpa ficticia, sin embargo y como un filósofo ha notado, dio lugar a un castigo hiperreal.

Premonitoriamente, Sigmund Freud escribió en la década de 1920 sobre la psicología de las masas unas reflexiones que cimentaron observaciones de futuros pensadores sobre la dinámica que se dio durante el Holocausto. Entonces hubo un delirio colectivo encarnado en la relación entre un padre terrible y las masas. Hitler rehuyó del rol de padre amoroso y lo remplazó por el del padre autoritario. El amor quedó reservado sólo para Alemania. El führer hizo de figura de padre temido por una masa con sed de obediencia y que se supeditó al mandato colectivo.

El Führer era histérico y paranoico, pero fue un hábil comunicador de sus ideas. Como ha observado Theodor Adorno, en un sentido fue un maestro en el uso de su propia neurosis con finalidades perversas: vendió sus defectos psicológicos magistralmente. Se entabló una relación de placer entre el líder nazi y sus seguidores en la que éstos esperaban gratificaciones al someterse a su liderazgo. Conforme Adorno ha indicado, Hitler no atrajo a pesar de su extremismo, sino precisamente por ser un extremista. Curiosamente el lema nazi era «Despierta Alemania» cuando buscaba todo lo contrario: mantenerla embobada en sueños de grandeza nacional en la búsqueda fantástica de chivos expiatorios.

Un eminente historiador israelí ha dicho que el Holocausto existió porque pudo existir y que lo que pasó una vez puede suceder de nuevo. Es por eso que aprender sus lecciones y comprometernos enteramente al Nunca Más es nuestra obligación permanente.

Esta nota fue originalmente publicada en Página Siete (Bolivia).

Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Por Julián Schvindlerman

  

A 75 años de la Kristallnacht – 16/11/13

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Días atrás, el conocido relacionista público ecuatoriano Jaime Durán Barba se declaró simpatizante de Adolf Hitler y de Joseph Stalin en una entrevista con la revista Noticias: “Hitler era un tipo espectacular” dijo, y Stalin “tenía una finura impresionante”. Poco antes, Silvio Berlusconi aseguró que su familia era perseguida judicialmente en Italia “como las familias judías bajo el régimen de Hitler”. Esa misma semana, una asociación de granjeros italiana creó el “Premio Hitler” a ser otorgado irónicamente a activistas por los derechos de los animales. También esa semana, un encuentro interreligioso en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires se vio interrumpido durante cuarenta minutos cuando un grupo de católicos ultra-tradicionalistas de la Hermandad Sacerdotal San Pío X comenzaron a entonar el Ave María para frustrar la reunión. El último julio, el bar Soldatenkaffe fue finalmente clausurado en Indonesia por estar ambientado con temática nazi: las paredes estaban decoradas con esvásticas y las mozas vestían uniformes de las SS; aún así, permaneció abierto por más de dos años. Durante un pasado partido fútbol entre Hungría e Israel, hinchas húngaros dieron la espalda cuando sonó el himno nacional israelí Hatikva y elevaron carteles que decían “judíos apestosos” y “Heil Benito Mussolini”.

Forzosamente debemos preguntarnos cuál es el estado de nuestra salud moral como sociedad universal a 75 años de la Noche de los Cristales Rotos. Fue esa noche, entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, cuando los nazis lanzaron un pogromo contra las juderías de Austria y Alemania, destrozaron los negocios y las propiedades de los judíos, quemaron sus sinagogas, asesinaron a noventa y uno y deportaron a alrededor de treinta mil. La orgía de devastación fue un presagio del genocidio por venir en el cual seis millones de judíos serían industrialmente aniquilados en menos de seis años, entre 1939 y 1945. Durante la Segunda Guerra Mundial más de cincuenta millones de personas morirían dentro y fuera del campo de batalla.

Pero para que los judíos europeos pudiesen ser llevados a Auschwitz, Dachau y otros campos de la muerte, previamente debieron ser obliterados ante la opinión pública alemana y europea. Sólo una vez que éstos habían sido deshumanizados en las cátedras universitarias, en los artículos de prensa, en las manifestaciones públicas y en las películas de propaganda, pudieron ser finalmente masacrados en los campos de concentración. Auschwitz fue el final de un largo camino iniciado con la retórica fanática.

Es por eso que el poder de la palabra decanta como una de las lecciones más fundamentales de este episodio atroz. Para que el discurso nazi prendiese en Alemania y Europa debió darse una comunicación entre dos actores: el emisor y el receptor. El mensaje del primero no hubiera calado si no hubiera tenido un recipiente sobre el cual verter su extremismo. Siglos de prédica antijudía habían allanado el camino para la destrucción de la judería europea.

La propaganda fascista atacó a espectros más que a seres reales. Persiguió imágenes más que personas. La culpa ficticia, sin embargo y como un filósofo ha notado, dio lugar a un castigo hiperreal.

Premonitoriamente, Sigmund Freud escribió en la década de 1920 sobre la psicología de las masas unas reflexiones que cimentaron observaciones de futuros pensadores sobre la dinámica que se dio durante el Holocausto. Entonces hubo un delirio colectivo encarnado en la relación entre un padre terrible y las masas. Hitler rehuyó del rol de padre amoroso y lo remplazó por el del padre autoritario. El amor quedó reservado sólo para Alemania. El führer hizo de figura de padre temido por una masa con sed de obediencia y que se supeditó al mandato colectivo.

El Führer era histérico y paranoico, pero fue un hábil comunicador de sus ideas. Como ha observado Theodor Adorno, en un sentido fue un maestro en el uso de su propia neurosis con finalidades perversas: vendió sus defectos psicológicos magistralmente. Se entabló una relación de placer entre el líder nazi y sus seguidores en la que éstos esperaban gratificaciones al someterse a su liderazgo. Conforme Adorno ha indicado, Hitler no atrajo a pesar de su extremismo, sino precisamente por ser un extremista. Curiosamente el lema nazi era “Despierta Alemania” cuando buscaba todo lo contrario: mantenerla embobada en sueños de grandeza nacional en la búsqueda fantástica de chivos expiatorios.

Un eminente historiador israelí ha dicho que el Holocausto existió porque pudo existir y que lo que pasó una vez puede suceder de nuevo. Es por eso que aprender sus lecciones y comprometernos enteramente al Nunca Más es nuestra obligación permanente.