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Perfil, Perfil - 2014

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Por Julián Schvindlerman

  

Israel impulsa la pena de muerte contra terroristas – 19/04/14

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El premier Netanyahu promovió en el Parlamento un proyecto de ley para aplicar la pena capital a autores de atentados. Aún no fue aprobado. Críticas de los palestinos.

Por Matías Mestas

El año 2018 empezó con un nuevo eje de debate en el conflicto entre Israel y Palestina. La pena de muerte, que ya existe en Israel contra crímenes de guerra, resurgió como una posible respuesta ante ataques terroristas perpetrados por palestinos. Esto reavivó el conflicto entre ambos Estados de Medio Oriente, más aún luego de que el Knesset (el Parlamento israelí) votara a favor de una aprobación preliminar del proyecto.

“Esto fue motivado por una serie de atentados atroces que hubo en el último tiempo”, dijo Julián Schvindlerman, analista político internacional y columnista de The Times of Israel, a PERFIL. “Como este tipo de atentado es frecuente, este proyecto de ley parlamentaria refleja un cansancio social existente contra los terroristas que son apresados y luego liberados por intercambio de prisioneros u otras alternativas”.

En 2011, por ejemplo, para asegurarse la liberación de un soldado secuestrado, Israel liberó a más de mil palestinos responsables de casi 600 muertes en total. Así otros miles también han sido liberados, algo que provocó que el nuevo proyecto facilite la aplicación de la pena de muerte contra terroristas. De aprobarse la ley (aún debe pasar, por lo menos, tres instancias), el veredicto judicial no necesitaría ser unánime para dictar la pena capital, sino solo la mayoría. Para Schvindlerman, el proyecto “tiene chances de avanzar”.

Más violencia. “Es una jugada que deteriora la calidad institucional y democrática de Israel y lo hace más susceptible a caer en la demagogia de los populistas”, remarcó a este diario una fuente diplomática de Israel, que no quiso dar su nombre a conocer. “Por otro lado, desde un punto de vista más pragmático, podría llevar al desquite de terroristas; como no puedo atentar en Israel porque me matan, hago el atentado en otros países contra judíos”, añadió. Esto podría afectar a las comunidades judías argentinas, entre otras.

Amplio apoyo oficial. La medida cuenta con el apoyo expreso del ministro de Defensa israelí, Avigdor Lieberman, y con el del primer ministro, Benjamin Netanyahu. Este último se dirigió a los legisladores antes de la primera votación y afirmó que “hay casos extremos en los que quienes cometen horribles crímenes no merecen vivir, deben sentir toda la dureza de la ley”.

Por su parte, desde la oposición señalaron que la pena de muerte existente no se aplica por desacuerdos entre quienes deben ejercerla. No obstante, los números no alcanzaron para frenar el proyecto en la primera instancia del Knesset (ganó la aprobación por 52 votos contra 49).

La pena capital cuenta también con un amplio apoyo popular entre los israelíes. Una encuesta de fines del año pasado, realizada por el Instituto de Democracia de Israel y la Universidad de Tel Aviv, relevó que el 70% de los israelíes está a favor de su uso contra atacantes palestinos.

Rechazo. Desde el lado palestino, sin embargo, aseveraron que el proyecto de ley promueve una “atmósfera fascista dentro de la sociedad israelí” y que está dirigido exclusivamente contra los palestinos.

Triángulo De Infamia - Reseñas

Infobae – 17/04/14

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Un legado musical ensombrecido

El año 1933 marcó el quincuagésimo aniversario de la muerte de Richard Wagner y el ascenso del nazismo al poder en Alemania. Fue una apta coincidencia, pues Wagner ejerció una influencia ideológica suprema sobre el movimiento nazi, fue una figura preeminente de su musicología y un hombre sobre el que el propio Adolf Hitler dijo: “Los trabajos de Wagner son la encarnación de todo a lo que el Nacional-Socialismo aspira” y “Para entender lo que el Nacional-Socialismo es, uno debe leer a Wagner”.

Ya desde la década del 1920 empezaron los esfuerzos nazis por divulgar los escritos y la obra de Wagner en Alemania, conforme han documentado Jonathan Carr, Joachim Köhler y Éric Michaud, entre otros. La Sociedad Richard Wagner fue fundada en 1926, compuesta principalmente por seguidores nazis del compositor, y el teatro de Bayreuth, creado por el maestro teutón para montar exclusivamente sus óperas, fue erigido epicentro de las actividades culturales de los nazis. El primer festival de posguerra abrió en 1924 para “reforzar el espíritu alemán”, tal como indicó la dirección. Se cantó Deutschland über alles y miembros del (ilegal) Partido Nazi gritaron “Heil” y alabaron a su Führer, entonces encarcelado. El programa de aquel año en Bayreuth contenía una nota con esta frase: “Richard Wagner es una guía al Nacional-Socialismo”.

En 1928, el crítico de música Bernhard Diebold escribió que “el público culto y situado políticamente a la derecha ha elevado a Richard Wagner a la especial condición de Dios supremo del arte y la cultura”. En 1933 el crítico de música del New York Times informó: “Bayreuth es el símbolo del Tercer Reich. El Nacional-Socialismo ve en las obras de Richard Wagner algo relacionado a él en la esencia y en el espíritu”. Junto con retratos del compositor, comenzaron a venderse retratos de Hitler como souvenirs en sus performances, y su rostro acompañaba el de su ídolo Wagner en los folletos. Eventualmente la esvástica flamearía en el festival y el Führer se pararía ante la tumba de Wagner para depositar un arreglo floral. En el Festival de Bayreuth de 1934 fue puesta en escena Parsifal, obra sobre la que Hitler comentó: “Es sobre Parsifal que edifico mi religión”.

Hitler personalmente se ocupó de que Bayreuth recibiera todo el apoyo financiero necesario para su funcionamiento entre 1933 y 1940, y durante la Segunda Guerra Mundial organizó transporte gratuito a Bayreuth para soldados heridos. Hitler, Goebbels, Speer y Göring, entre otros jerarcas nazis de importancia, eran asiduos visitantes al festival. A partir de 1931 las puestas en escena de Bayreuth comenzaron a ser transmitidas por radio a otras partes del mundo; a Europa, las Américas y África. “Adolf Hitler ha transformado el ideal de Bayreuth en el ideal alemán”, escribió el crítico Hans Conrad en 1936.

En un sentido acotado, el wagnerismo fue un fenómeno hitleriano más que nazi. Durante la guerra, obras de Verdi, Puccini y Lortzing se pusieron en escena más a menudo que las de Wagner. Incluso él parece no haber sido el compositor preferido de todos los oficiales nazis. “En realidad”, dijo después de la guerra Heinz Tietjen, director-general del Festival de Bayreuth en la era nazi, “los principales oficiales de la cúpula del gobierno durante el Reich eran hostiles a Wagner… La cúpula toleraba el entusiasmo de Hitler por Wagner, pero luchaba, oculta o abiertamente, contra aquellos que, como yo, éramos fieles a sus obras”. El ideólogo Alfred Rosenberg se inclinaba por Beethoven. “Quien quiera entender la esencia de nuestro movimiento”, escribió en 1927 para marcar el centenario del fallecimiento del compositor, “sabe que en todos nosotros existe un impulso semejante al que Beethoven encarna en su máxima expresión”.

En 1933 Hitler invitó a miembros del Partido Nazi a una gala wagneriana de Los maestros cantores en Núremberg y asistieron tan pocos que, indignado, envió patrullas a buscarlos a los burdeles y cervecerías de la ciudad. Al año siguiente, el Führer se aseguró de que el teatro estuviese repleto pero se ofuscó al comprobar que muchos de los asistentes forzados dormitaban o aplaudían a destiempo. En ocasión de una puesta en escena de Tristán e Isolda, el desenlace fue vergonzoso, según relató la secretaria de Hitler, Traudl Junge. Así lo transcribió Carr: “En cierta ocasión, recordó, uno de los integrantes del séquito del Führer fue rescatado en el último instante, cuando después de dormirse en plena representación estuvo a punto de caerse del palco. Quien lo rescató había estado completamente dormido poco antes. Otro de los miembros del grupo, dichosamente ajeno al pequeños drama del palco y al gran drama del escenario, se dedicó a roncar de principio a fin”.

Wagner no fue adorado por cada integrante del movimiento nazi ni fue el único músico tocado durante el Tercer Reich, tampoco fue siempre dominante. Su obra Parsifal fue condenada por los nazis como ideológicamente inaceptable y se prohibió su puesta en escena en Alemania desde 1939 en adelante. Pero simbólicamente Wagner fue supremo. La cabalgata de las valquirias fue el acompañamiento musical de muchos de los noticieros alemanes durante la guerra, especialmente al mostrar los ataques de la fuerza aérea. Segmentos de la obertura de Rienzi anticipaban los discursos nazis en Núremberg y otras ciudades. El ocaso de los dioses se emitió por radio para anunciar la muerte de Hitler.

Su música sonó en los altoparlantes de algunos campos de concentración y, según ha escrito Sam Shirakawa, biógrafo del prominente conductor Wilhelm Furtwängler, el doctor Mengele escuchaba obras de Wagner mientras llevaba a cabo sus experimentos médicos monstruosos. “La música de Richard Wagner conquistó el mundo porque fue conscientemente alemana y pujó por no ser más que eso”, sintetizó Goebbels en 1935. El Ministro de Propaganda consagró Die Meistersinger como la ópera oficial del régimen nazi: “De todos los dramas musicales, Die Meistersinger se destaca como el más alemán. Es simplemente la encarnación de nuestra identidad nacional”, afirmó. Leni Riefenstahl incluyó extractos de esta obra en su película El triunfo de la voluntad en 1934 y fue habitualmente presentada en las galas. Un segmento de la ópera dice: “¡Despierten! Pronto llegará el amanecer”; el llamado unificador de Hitler fue “¡Alemania, despierta!”. El Führer y los nazis celebraron a varios compositores -Bach, Mozart, Beethoven, Lizst- pero de Wagner hicieron su objeto de culto, su fetiche musical, ensombreciendo su legado para siempre.

Varios

Varios

Por Julián Schvindlerman

  

Un legado musical ensombrecido – 17/04/14

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Artículo publicado en Infobae

El año 1933 marcó el quincuagésimo aniversario de la muerte de Richard Wagner y el ascenso del nazismo al poder en Alemania. Fue una apta coincidencia, pues Wagner ejerció una influencia ideológica suprema sobre el movimiento nazi, fue una figura preeminente de su musicología y un hombre sobre el que el propio Adolf Hitler dijo: “Los trabajos de Wagner son la encarnación de todo a lo que el Nacional-Socialismo aspira” y “Para entender lo que el Nacional-Socialismo es, uno debe leer a Wagner”.

Ya desde la década del 1920 empezaron los esfuerzos nazis por divulgar los escritos y la obra de Wagner en Alemania, conforme han documentado Jonathan Carr, Joachim Köhler y Éric Michaud, entre otros. La Sociedad Richard Wagner fue fundada en 1926, compuesta principalmente por seguidores nazis del compositor, y el teatro de Bayreuth, creado por el maestro teutón para montar exclusivamente sus óperas, fue erigido epicentro de las actividades culturales de los nazis. El primer festival de posguerra abrió en 1924 para “reforzar el espíritu alemán”, tal como indicó la dirección. Se cantó Deutschland über alles y miembros del (ilegal) Partido Nazi gritaron “Heil” y alabaron a su Führer, entonces encarcelado. El programa de aquel año en Bayreuth contenía una nota con esta frase: “Richard Wagner es una guía al Nacional-Socialismo”.

En 1928, el crítico de música Bernhard Diebold escribió que “el público culto y situado políticamente a la derecha ha elevado a Richard Wagner a la especial condición de Dios supremo del arte y la cultura”. En 1933 el crítico de música del New York Times informó: “Bayreuth es el símbolo del Tercer Reich. El Nacional-Socialismo ve en las obras de Richard Wagner algo relacionado a él en la esencia y en el espíritu”. Junto con retratos del compositor, comenzaron a venderse retratos de Hitler como souvenirs en sus performances, y su rostro acompañaba el de su ídolo Wagner en los folletos. Eventualmente la esvástica flamearía en el festival y el Führer se pararía ante la tumba de Wagner para depositar un arreglo floral. En el Festival de Bayreuth de 1934 fue puesta en escena Parsifal, obra sobre la que Hitler comentó: “Es sobre Parsifal que edifico mi religión”.

Hitler personalmente se ocupó de que Bayreuth recibiera todo el apoyo financiero necesario para su funcionamiento entre 1933 y 1940, y durante la Segunda Guerra Mundial organizó transporte gratuito a Bayreuth para soldados heridos. Hitler, Goebbels, Speer y Göring, entre otros jerarcas nazis de importancia, eran asiduos visitantes al festival. A partir de 1931 las puestas en escena de Bayreuth comenzaron a ser transmitidas por radio a otras partes del mundo; a Europa, las Américas y África. “Adolf Hitler ha transformado el ideal de Bayreuth en el ideal alemán”, escribió el crítico Hans Conrad en 1936.

En un sentido acotado, el wagnerismo fue un fenómeno hitleriano más que nazi. Durante la guerra, obras de Verdi, Puccini y Lortzing se pusieron en escena más a menudo que las de Wagner. Incluso él parece no haber sido el compositor preferido de todos los oficiales nazis. “En realidad”, dijo después de la guerra Heinz Tietjen, director-general del Festival de Bayreuth en la era nazi, “los principales oficiales de la cúpula del gobierno durante el Reich eran hostiles a Wagner… La cúpula toleraba el entusiasmo de Hitler por Wagner, pero luchaba, oculta o abiertamente, contra aquellos que, como yo, éramos fieles a sus obras”. El ideólogo Alfred Rosenberg se inclinaba por Beethoven. “Quien quiera entender la esencia de nuestro movimiento”, escribió en 1927 para marcar el centenario del fallecimiento del compositor, “sabe que en todos nosotros existe un impulso semejante al que Beethoven encarna en su máxima expresión”.

En 1933 Hitler invitó a miembros del Partido Nazi a una gala wagneriana de Los maestros cantores en Núremberg y asistieron tan pocos que, indignado, envió patrullas a buscarlos a los burdeles y cervecerías de la ciudad. Al año siguiente, el Führer se aseguró de que el teatro estuviese repleto pero se ofuscó al comprobar que muchos de los asistentes forzados dormitaban o aplaudían a destiempo. En ocasión de una puesta en escena de Tristán e Isolda, el desenlace fue vergonzoso, según relató la secretaria de Hitler, Traudl Junge. Así lo transcribió Carr: “En cierta ocasión, recordó, uno de los integrantes del séquito del Führer fue rescatado en el último instante, cuando después de dormirse en plena representación estuvo a punto de caerse del palco. Quien lo rescató había estado completamente dormido poco antes. Otro de los miembros del grupo, dichosamente ajeno al pequeños drama del palco y al gran drama del escenario, se dedicó a roncar de principio a fin”.

Wagner no fue adorado por cada integrante del movimiento nazi ni fue el único músico tocado durante el Tercer Reich, tampoco fue siempre dominante. Su obra Parsifal fue condenada por los nazis como ideológicamente inaceptable y se prohibió su puesta en escena en Alemania desde 1939 en adelante. Pero simbólicamente Wagner fue supremo. La cabalgata de las valquirias fue el acompañamiento musical de muchos de los noticieros alemanes durante la guerra, especialmente al mostrar los ataques de la fuerza aérea. Segmentos de la obertura de Rienzi anticipaban los discursos nazis en Núremberg y otras ciudades. El ocaso de los dioses se emitió por radio para anunciar la muerte de Hitler.

Su música sonó en los altoparlantes de algunos campos de concentración y, según ha escrito Sam Shirakawa, biógrafo del prominente conductor Wilhelm Furtwängler, el doctor Mengele escuchaba obras de Wagner mientras llevaba a cabo sus experimentos médicos monstruosos. “La música de Richard Wagner conquistó el mundo porque fue conscientemente alemana y pujó por no ser más que eso”, sintetizó Goebbels en 1935. El Ministro de Propaganda consagró Die Meistersinger como la ópera oficial del régimen nazi: “De todos los dramas musicales, Die Meistersinger se destaca como el más alemán. Es simplemente la encarnación de nuestra identidad nacional”, afirmó. Leni Riefenstahl incluyó extractos de esta obra en su película El triunfo de la voluntad en 1934 y fue habitualmente presentada en las galas. Un segmento de la ópera dice: “¡Despierten! Pronto llegará el amanecer”; el llamado unificador de Hitler fue “¡Alemania, despierta!”. El Führer y los nazis celebraron a varios compositores -Bach, Mozart, Beethoven, Lizst- pero de Wagner hicieron su objeto de culto, su fetiche musical, ensombreciendo su legado para siempre.

Infobae, Infobae - 2014

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

Un legado musical ensombrecido – 17/04/14

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El año 1933 marcó el quincuagésimo aniversario de la muerte de Richard Wagner y el ascenso del nazismo al poder en Alemania. Fue una apta coincidencia, pues Wagner ejerció una influencia ideológica suprema sobre el movimiento nazi, fue una figura preeminente de su musicología y un hombre sobre el que el propio Adolf Hitler dijo: “Los trabajos de Wagner son la encarnación de todo a lo que el Nacional-Socialismo aspira” y “Para entender lo que el Nacional-Socialismo es, uno debe leer a Wagner”.

Ya desde la década del 1920 empezaron los esfuerzos nazis por divulgar los escritos y la obra de Wagner en Alemania, conforme han documentado Jonathan Carr, Joachim Köhler y Éric Michaud, entre otros. La Sociedad Richard Wagner fue fundada en 1926, compuesta principalmente por seguidores nazis del compositor, y el teatro de Bayreuth, creado por el maestro teutón para montar exclusivamente sus óperas, fue erigido epicentro de las actividades culturales de los nazis. El primer festival de posguerra abrió en 1924 para “reforzar el espíritu alemán”, tal como indicó la dirección. Se cantó Deutschland über alles y miembros del (ilegal) Partido Nazi gritaron “Heil” y alabaron a su Führer, entonces encarcelado. El programa de aquel año en Bayreuth contenía una nota con esta frase: “Richard Wagner es una guía al Nacional-Socialismo”.

En 1928, el crítico de música Bernhard Diebold escribió que “el público culto y situado políticamente a la derecha ha elevado a Richard Wagner a la especial condición de Dios supremo del arte y la cultura”. En 1933 el crítico de música del New York Times informó: “Bayreuth es el símbolo del Tercer Reich. El Nacional-Socialismo ve en las obras de Richard Wagner algo relacionado a él en la esencia y en el espíritu”. Junto con retratos del compositor, comenzaron a venderse retratos de Hitler como souvenirs en sus performances, y su rostro acompañaba el de su ídolo Wagner en los folletos. Eventualmente la esvástica flamearía en el festival y el Führer se pararía ante la tumba de Wagner para depositar un arreglo floral. En el Festival de Bayreuth de 1934 fue puesta en escena Parsifal, obra sobre la que Hitler comentó: “Es sobre Parsifal que edifico mi religión”.

Hitler personalmente se ocupó de que Bayreuth recibiera todo el apoyo financiero necesario para su funcionamiento entre 1933 y 1940, y durante la Segunda Guerra Mundial organizó transporte gratuito a Bayreuth para soldados heridos. Hitler, Goebbels, Speer y Göring, entre otros jerarcas nazis de importancia, eran asiduos visitantes al festival. A partir de 1931 las puestas en escena de Bayreuth comenzaron a ser transmitidas por radio a otras partes del mundo; a Europa, las Américas y África. “Adolf Hitler ha transformado el ideal de Bayreuth en el ideal alemán”, escribió el crítico Hans Conrad en 1936.

En un sentido acotado, el wagnerismo fue un fenómeno hitleriano más que nazi. Durante la guerra, obras de Verdi, Puccini y Lortzing se pusieron en escena más a menudo que las de Wagner. Incluso él parece no haber sido el compositor preferido de todos los oficiales nazis. “En realidad”, dijo después de la guerra Heinz Tietjen, director-general del Festival de Bayreuth en la era nazi, “los principales oficiales de la cúpula del gobierno durante el Reich eran hostiles a Wagner… La cúpula toleraba el entusiasmo de Hitler por Wagner, pero luchaba, oculta o abiertamente, contra aquellos que, como yo, éramos fieles a sus obras”. El ideólogo Alfred Rosenberg se inclinaba por Beethoven. “Quien quiera entender la esencia de nuestro movimiento”, escribió en 1927 para marcar el centenario del fallecimiento del compositor, “sabe que en todos nosotros existe un impulso semejante al que Beethoven encarna en su máxima expresión”.

En 1933 Hitler invitó a miembros del Partido Nazi a una gala wagneriana de Los maestros cantores en Núremberg y asistieron tan pocos que, indignado, envió patrullas a buscarlos a los burdeles y cervecerías de la ciudad. Al año siguiente, el Führer se aseguró de que el teatro estuviese repleto pero se ofuscó al comprobar que muchos de los asistentes forzados dormitaban o aplaudían a destiempo. En ocasión de una puesta en escena de Tristán e Isolda, el desenlace fue vergonzoso, según relató la secretaria de Hitler, Traudl Junge. Así lo transcribió Carr: “En cierta ocasión, recordó, uno de los integrantes del séquito del Führer fue rescatado en el último instante, cuando después de dormirse en plena representación estuvo a punto de caerse del palco. Quien lo rescató había estado completamente dormido poco antes. Otro de los miembros del grupo, dichosamente ajeno al pequeños drama del palco y al gran drama del escenario, se dedicó a roncar de principio a fin”.

Wagner no fue adorado por cada integrante del movimiento nazi ni fue el único músico tocado durante el Tercer Reich, tampoco fue siempre dominante. Su obra Parsifal fue condenada por los nazis como ideológicamente inaceptable y se prohibió su puesta en escena en Alemania desde 1939 en adelante. Pero simbólicamente Wagner fue supremo. La cabalgata de las valquirias fue el acompañamiento musical de muchos de los noticieros alemanes durante la guerra, especialmente al mostrar los ataques de la fuerza aérea. Segmentos de la obertura de Rienzi anticipaban los discursos nazis en Núremberg y otras ciudades. El ocaso de los dioses se emitió por radio para anunciar la muerte de Hitler.

Su música sonó en los altoparlantes de algunos campos de concentración y, según ha escrito Sam Shirakawa, biógrafo del prominente conductor Wilhelm Furtwängler, el doctor Mengele escuchaba obras de Wagner mientras llevaba a cabo sus experimentos médicos monstruosos. “La música de Richard Wagner conquistó el mundo porque fue conscientemente alemana y pujó por no ser más que eso”, sintetizó Goebbels en 1935. El Ministro de Propaganda consagró Die Meistersinger como la ópera oficial del régimen nazi: “De todos los dramas musicales, Die Meistersinger se destaca como el más alemán. Es simplemente la encarnación de nuestra identidad nacional”, afirmó. Leni Riefenstahl incluyó extractos de esta obra en su película El triunfo de la voluntad en 1934 y fue habitualmente presentada en las galas. Un segmento de la ópera dice: “¡Despierten! Pronto llegará el amanecer”; el llamado unificador de Hitler fue “¡Alemania, despierta!”. El Führer y los nazis celebraron a varios compositores -Bach, Mozart, Beethoven, Lizst- pero de Wagner hicieron su objeto de culto, su fetiche musical, ensombreciendo su legado para siempre.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

Homofobia en África – 04/14

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Año 6 – Nro 45

Unos años atrás, la revista Rolling Stone de Uganda (no relacionada con la homónima norteamericana) publicó una lista con los nombres y fotografías de cien presuntos o reales homosexuales en el país africano e instó a la población a que los ahorcara. Ello desencadenó una feroz persecución contra los sujetos listados; uno de ellos, David Kato, fue asesinado a martillazos. Este año, otro periódico ugandés, Red Pepper, repitió la nociva idea y publicitó los nombres de doscientos homosexuales. En Sierra Leone, George Freeman debió pasar a la clandestinidad luego de que un diario local publicara su foto junto a un artículo suyo que él había escrito para una revista extranjera acerca de su homosexualidad. Tras recibir mensajes de textos amenazantes decidió esconderse en un hotel afuera de la capital, pero en el camino fue reconocido por dos ciclistas que lo atacaron. Freeman logró escapar y los agresores dejaron una nota en el interior de su coche: “Los conocemos, iremos por ustedes malditos homosexuales”. En Camerún, en el 2011, el activista gay Roger Mbede fue enviado a prisión por haber enviado un mensaje de texto a otro hombre que decía “estoy muy enamorado de ti”. Fue liberado debido a la indignación mundial suscitada pero murió unos pocos años después, a los treinta y cuatro, de una hernia que generó durante el encarcelamiento. En Senegal, tumbas de homosexuales fueron profanadas.

El trasfondo de estas insólitas acciones es un prejuicio homofóbico ampliamente esparcido en la región africana. El pasado febrero, el parlamento ugandés aprobó una ley que penaliza la conducta homosexual. Su “promoción” está prohibida y todo gay asumido debe ser denunciado, conforme dijo el presidente Yoweri Museveni. Aquellos que mantengan relaciones sexuales con personas del mismo sexo, determinaron sus ilustrados legisladores, serán condenadas a entre cinco y siete años de cárcel, mientras que quienes sostengan uniones sentimentales homosexuales serán condenados a cadena perpetua. Se supone que esta ley es una evolución respecto de un proyecto de ley previo que pedía la pena de muerte para ciertos casos de homosexualidad. En su infinita sabiduría, los redactores de la ley postularon que la homosexualidad es una práctica electiva, desviada e inmoral que debe ser combatida para evitar su propagación, como si se tratase de una epidemia. Quizás hallaron inspiración en el presidente de Gambia, Yahya Jammeh, quien declaró poco tiempo atrás: “Vamos a luchar contra estos bichos llamados homosexuales o gays de la misma manera que estamos combatiendo a los mosquitos que causan malaria, sino más agresivamente”.

La Organización Mundial de la Salud removió a la homosexualidad de sus categorías de enfermedades mentales en 1990, pero muchos países no parecen haber tomado nota. Este año el Banco Mundial publicó un informe titulado “Los costos económicos de la homofobia” que asegura que la discriminación contra las minorías sexuales es dañina para el desarrollo económico de las naciones, pero a muchos en África ello ciertamente parece no incumbirles. Treinta y ocho sobre cincuenta y cuatro naciones del continente reprimen el comportamiento gay. Sudáfrica emerge como la gran excepción, habiendo incorporado en su Constitución de manera pionera la prohibición de discriminar por motivos sexuales, aunque las mujeres lesbianas padecen el brutal fenómeno popular de las “violaciones correctivas”, tópico terrible que he abordado en una edición anterior de Compromiso.

El problema es global. En Rusia y en Lituania se castiga la “propaganda” homosexual; Vladimir Putin en vísperas de los Juegos Olímpicos de Sochi advirtió a los deportistas y turistas gay que no se atreviesen a aproximarse a los niños. En Arizona, la gobernadora Jan Brewer debió vetar una ley que permitía a los comerciantes a negarse a servir a homosexuales. En la Argentina decirle a alguien homosexual en jerga callejera es equivalente a un insulto. La prensa regularmente ofrece instancias de marginación, acoso y agresiones que padecen los homosexuales en muchas partes. Pero la discriminación anti-gay es especialmente dura en África y Medio Oriente. En el mundo cerca de ochenta países criminalizan la homosexualidad, cinco de ellos con la pena de muerte: Afganistán, Arabia Saudita, Irán, Mauritania y Sudán.

La Corte Europea de Justicia falló el año pasado que el temor a ser encarcelado por razones sexuales en países africanos es motivo válido de asilo en la Unión Europea. Según el tribunal, una persona perseguida por su sexualidad en África califica como un perseguido elegible para el asilo en la UE. La corte tomó esa decisión luego de evaluar el caso de tres hombres gay de Uganda, Sierra Leone y Senegal que solicitaron asilo en Holanda. El fallo es vinculante a todos los miembros de la Unión Europea. Otras naciones han adoptado medidas punitivas contra la discriminación arraigada en las preferencias sexuales de las personas y campañas de concientización fueron elaboradas. Pero dada la ubicuidad y gravedad del prejuicio contra los gays en África, posiblemente será necesario recurrir a la fuerza de las sanciones económicas y el ostracismo diplomático para inducir a muchos líderes del continente a modificar sus inadmisibles actitudes hacia este colectivo minoritario.

Triángulo De Infamia - Reseñas

Clase Ejecutiva (El Cronista) – 04/2014

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Historia presente

En 2013 se celebraron 200 años del nacimiento de Richard Wagner, efeméride que reavivó el estudio, la reflexión y la polémica sobre su arte y su ideología. En Triángulo de infamia: Richard Wagner, los nazis e Israel (Mussicatt), el especialista en política internacional Julián Schvindlerman ofrece un enfoque integral sobre aspectos de la vida y obra de un creador tan singular como controvertido. Incluye, además, un anexo dedicado a la compleja relación que Friedrich Nietzsche mantuvo con el compositor alemán.

Publicado en la p. 7 de la edición impresa de abril de 2014

El Listín (República Dominicana)

El Listín (República Dominicana)

Por Julián Schvindlerman

  

Las desventuras de los escritores – 29/03/14

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En el oficio del creador no hay lugar para los débiles. Las frustraciones, el maltrato y la pobreza suelen ser las compañías más fieles de los artistas. Incluso los consagrados han debido padecer penurias a lo largo del arduo derrotero hacia la fama. “Diez años y en Alemania nadie ha considerado como un deber de conciencia defender mi nombre contra el silencio inexplicable bajo el que yacía sepultado” escribió Friedrich Nietzsche a fines del siglo XIX. El siglo siguiente otros autores también padecieron las inclemencias del mercado editorial. La Noche de Elie Wiesel debió sortear múltiples negativas antes de convertirse en el texto fundamental que dio inicio al género de literatura del Holocausto. La conjura de los necios fue rechaza tan seguidamente en los Estados Unidos que su autor, John Kennedy Toole, se suicidó en 1969, a los treinta y dos años de edad. Once años más tarde la novela fue publicada y en 1981 recibió el premio Pulltizer. En busca del tiempo perdido de Marcel Proust fue declinada por la editorial francesa Gallimard, El juguete rabioso de Roberto Arlt fue inicialmente ignorada por las editoriales argentinas y el español Carlos Barral se hizo un nombre para la historia como el editor que descartó Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.
Jack Canfield, Mark Victor Hansen y Bud Gardner brindaron otros ejemplos en un libro dedicado a los escritores. En 1889, dieciocho años antes de que recibiera el premio Nobel de Literatura, The San Francisco Examiner envió esta escueta carta de rechazo a Rudyard Kipling: “Lo lamentamos, Sr. Kipling, pero usted simplemente no sabe usar el idioma inglés”. Alex Haley, el autor de Raíces, recibió un rechazo por semana durante cuatro años mientras pujaba por hacerse un nombre como escritor y, deprimido, estuvo a punto de lanzarse al mar desde un barco en el océano Pacífico. Una vez publicada, su obra fue un bestseller mundial y se realizó una serie para la televisión que fue un hit masivo. Richard Bach vio como dieciocho editoriales declinaron publicar su novela Juan salvador gaviota antes de que Macmillan la aceptara: vendió millones de ejemplares. Después de trabajar durante ocho años en su libro y de recibir varios rechazos, finalmente la cocinera Julia Child logró publicar Mastering the art of French cooking: vendió más de un millón de ejemplares, llegó a la portada de Time y se hizo una película sobre ella. La primera novela de John Grisham, A time to kill, fue desechada por quince editoriales y treinta agentes literarios no quisieron representarlo. Ocho años después de haber obtenido el National Book Award por su libro Steps, Jerzy Kosinski autorizó a un autor desconocido a que presentara el manuscrito de su obra con un título diferente a trece agentes literarios y catorce editoriales. Todos lo rechazaron, incluso Random House, que había publicado la novela original.
Osvaldo Soriano, autor de No habrá más penas ni olvido, acumuló tal furia contra sus editores a lo largo de su carrera que en 1991 publicó en Página12 una serie de tres artículos en los que reunía anécdotas miserables del gremio editorial: las peleas terribles entre Louis-Ferdinand Céline y su editor Gaston Gallimard, una cita de Goethe sobre los editores “son hijos del diablo”, el consejo de Ernst Hemingway a su hijo “nunca confíes en un editor” y escenas de la vida conyugal entre el autor y el editor tales como la del chileno Ariel Dorfman reclamando, revolver en mano, el pago de regalías a una editorial, la del francés Georges Darien persiguiendo con un hacha a un editor que no le publicó una novela y una carta triste del italiano Emilio Salgari -enviada a sus editores el mismo día que se quitó la vida- haciéndolos responsables por su ruina.
Así es que cada libro contiene dos historias. Una es la visible, aquella relatada por el autor y que nos identifica o nos enfurece o nos aburre o nos enaltece. Y otra es la historia oculta, dulce o amarga, del propio escritor y del propio libro, aquella historia no narrada pero que como una sombra espectral sobrevuela cada una de sus páginas. A veces, una es tan conmovedora como la otra.

Una versión más amplia de esta nota fue originalmente publicada en Comunidades.

Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Por Julián Schvindlerman

  

Las desventuras de los escritores – 28/03/14

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En el oficio del creador no hay lugar para los débiles. Las frustraciones, el maltrato y la pobreza suelen ser las compañías más fieles de los artistas. Incluso los consagrados han debido padecer penurias a lo largo del arduo derrotero hacia la fama. El compositor Richard Wagner protestaba en 1864 en una epístola: “No puedo vivir con un mísero sueldo de organista, como vuestro hermano Bach”. Vincent Van Gogh, cuyas pinturas hoy se venden a precios millonarios en las subastas de Nueva York, vivió y murió como un indigente. Franz Kafka fue infeliz toda su existencia. Con demasiada regularidad, los intelectuales deben lidiar con el rechazo. “Diez años y en Alemania nadie ha considerado como un deber de conciencia defender mi nombre contra el silencio inexplicable bajo el que yacía sepultado” escribió Friedrich Nietzsche a fines del siglo XIX. El siglo siguiente otros autores también padecieron las inclemencias del mercado editorial. La Noche de Elie Wiesel debió sortear múltiples negativas antes de convertirse en el texto fundamental que dio inicio al género de literatura del Holocausto. La conjura de los necios fue rechazada tan seguidamente en los Estados Unidos que su autor, John Kennedy Toole, se suicidó en 1969, a los treinta y dos años de edad. Once años más tarde la novela fue publicada y en 1981 recibió el premio Pulltizer. En busca del tiempo perdido de Marcel Proust fue declinada por la editorial francesa Gallimard, El juguete rabioso de Roberto Arlt fue inicialmente ignorada por las editoriales argentinas y el español Carlos Barral se hizo un nombre para la historia como el editor que descartó Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.

Jack Canfield, Mark Victor Hansen y Bud Gardner brindaron otros ejemplos en un libro dedicado a los escritores. En 1889, dieciocho años antes de que recibiera el premio Nobel de Literatura, The San Francisco Examiner envió esta escueta carta de rechazo a Rudyard Kipling: “Lo lamentamos, Sr. Kipling, pero usted simplemente no sabe usar el idioma inglés”. Alex Haley, el autor de Raíces, recibió un rechazo por semana durante cuatro años mientras pujaba por hacerse un nombre como escritor y, deprimido, estuvo a punto de lanzarse al mar desde un barco en el océano Pacífico. Una vez publicada, su obra fue un bestseller mundial y se realizó una serie para la televisión que fue un hit masivo. Richard Bach vio como dieciocho editoriales declinaron publicar su novela Juan salvador gaviota antes de que Macmillan la aceptara: vendió millones de ejemplares. Después de trabajar durante ocho años en su libro y de recibir varios rechazos, finalmente la cocinera Julia Child logró publicar Mastering the art of French cooking: vendió más de un millón de ejemplares, llegó a la portada de Time y se hizo una película sobre ella. La primera novela de John Grisham, A time to kill, fue desechada por quince editoriales y treinta agentes literarios no quisieron representarlo. Ocho años después de haber obtenido el National Book Award por su libro Steps, Jerzy Kosinski autorizó a un autor desconocido a que presentara el manuscrito de su obra con un título diferente a trece agentes literarios y catorce editoriales. Todos lo rechazaron, incluso Random House, que había publicado la novela original.

Osvaldo Soriano, autor de No habrá más penas ni olvido, acumuló tal furia contra sus editores a lo largo de su carrera que en 1991 publicó en Página12 una serie de tres artículos en los que reunía anécdotas miserables del gremio editorial: las peleas terribles entre Louis-Ferdinand Céline y su editor Gaston Gallimard, una cita de Goethe sobre los editores “son hijos del diablo”, el consejo de Ernst Hemingway a su hijo “nunca confíes en un editor” y las siguientes escenas de la vida conyugal entre el autor y el editor. El chileno Ariel Dorfman (padre del brillantemente paranoico Para leer el Pato Donald) fue armado con un revólver a exigir la liquidación de sus regalías en Milán. El escritor francés Georges Darien amenazó de muerte al editor Pierre-Victor Stock si no publicaba su novela en un plazo de unos meses a lo que el editor respondió con un simple “merde!”. Cumplido el plazo, Darien ingresó a la editorial y despedazó el mobiliario con un hacha mientras Stock se fugaba por la ventana. En 1911, el italiano Emilio Salgari envió una misiva a sus editores en la que los acusaba de haberse enriquecido a expensas suya, de haberlo condenado a él y a su familia a la miseria y les pedía que tuviesen la deferencia de cubrir los gastos de su funeral. Mandó la carta y se suicidó. En un acto de sublimación no muy sutil, Soriano se aseguró de incluir mención al editor alemán Johann Philipp Palm, al que Napoleón hizo fusilar por haberlo difamado.

Así es que cada libro contiene dos historias. Una es la visible, aquella relatada por el autor y que nos identifica o nos enfurece o nos aburre o nos enaltece. Y otra es la historia oculta, dulce o amarga, del propio escritor y del propio libro, aquella historia no narrada pero que como una sombra espectral sobrevuela cada una de sus páginas. A veces, una es tan conmovedora como la otra.

Esta nota fue originalmente publicada en Comunidades

Comunidades, Comunidades - 2014

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Las desventuras de los escritores – 26/03/14

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En el oficio del creador no hay lugar para los débiles. Las frustraciones, el maltrato y la pobreza suelen ser las compañías más fieles de los artistas. Incluso los consagrados han debido padecer penurias a lo largo del arduo derrotero hacia la fama. El compositor Richard Wagner protestaba en 1864 en una epístola: No puedo vivir con un mísero sueldo de organista, como vuestro hermano Bach». Vincent Van Gogh, cuyas pinturas hoy se venden a precios millonarios en las subastas de Nueva York, vivió y murió como un indigente. Franz Kafka fue infeliz toda su existencia. Con demasiada regularidad, los intelectuales deben lidiar con el rechazo. «Diez años y en Alemania nadie ha considerado como un deber de conciencia defender mi nombre contra el silencio inexplicable bajo el que yacía sepultado» escribió Friedrich Nietzsche a fines del siglo XIX. El siglo siguiente otros autores también padecieron las inclemencias del mercado editorial. La Noche de Elie Wiesel debió sortear múltiples negativas antes de convertirse en el texto fundamental que dio inicio al género de literatura del Holocausto. La conjura de los necios fue rechazada tan seguidamente en los Estados Unidos que su autor, John Kennedy Toole, se suicidó en 1969, a los treinta y dos años de edad. Once años más tarde la novela fue publicada y en 1981 recibió el premio Pulltizer. En busca del tiempo perdido de Marcel Proust fue declinada por la editorial francesa Gallimard, El juguete rabioso de Roberto Arlt fue inicialmente ignorada por las editoriales argentinas y el español Carlos Barral se hizo un nombre para la historia como el editor que descartó Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.

Jack Canfield, Mark Victor Hansen y Bud Gardner brindaron otros ejemplos en un libro dedicado a los escritores. En 1889, dieciocho años antes de que recibiera el premio Nobel de Literatura, The San Francisco Examiner envió esta escueta carta de rechazo a Rudyard Kipling: «Lo lamentamos, Sr. Kipling, pero usted simplemente no sabe usar el idioma inglés». Alex Haley, el autor de Raíces, recibió un rechazo por semana durante cuatro años mientras pujaba por hacerse un nombre como escritor y, deprimido, estuvo a punto de lanzarse al mar desde un barco en el océano Pacífico. Una vez publicada, su obra fue un bestseller mundial y se realizó una serie para la televisión que fue un hit masivo. Richard Bach vio como dieciocho editoriales declinaron publicar su novela Juan salvador gaviota antes de que Macmillan la aceptara: vendió millones de ejemplares. Después de trabajar durante ocho años en su libro y de recibir varios rechazos, finalmente la cocinera Julia Child logró publicar Mastering the art of French cooking: vendió más de un millón de ejemplares, llegó a la portada de Time y se hizo una película sobre ella. La primera novela de John Grisham, A time to kill, fue desechada por quince editoriales y treinta agentes literarios no quisieron representarlo. Ocho años después de haber obtenido el National Book Award por su libro Steps, Jerzy Kosinski autorizó a un autor desconocido a que presentara el manuscrito de su obra con un título diferente a trece agentes literarios y catorce editoriales. Todos lo rechazaron, incluso Random House, que había publicado la novela original.

Osvaldo Soriano, autor de No habrá más penas ni olvido, acumuló tal furia contra sus editores a lo largo de su carrera que en 1991 publicó en Página12 una serie de tres artículos en los que reunía anécdotas miserables del gremio editorial: las peleas terribles entre Louis-Ferdinand Céline y su editor Gaston Gallimard, una cita de Goethe sobre los editores «son hijos del diablo», el consejo de Ernst Hemingway a su hijo «nunca confíes en un editor» y las siguientes escenas de la vida conyugal entre el autor y el editor. El chileno Ariel Dorfman (padre del brillantemente paranoico Para leer el Pato Donald) fue armado con un revólver a exigir la liquidación de sus regalías en Milán. El escritor francés Georges Darien amenazó de muerte al editor Pierre-Victor Stock si no publicaba su novela en un plazo de unos meses a lo que el editor respondió con un simple «merde!». Cumplido el plazo, Darien ingresó a la editorial y despedazó el mobiliario con un hacha mientras Stock se fugaba por la ventana. En 1911, el italiano Emilio Salgari envió una misiva a sus editores en la que los acusaba de haberse enriquecido a expensas suya, de haberlo condenado a él y a su familia a la miseria y les pedía que tuviesen la deferencia de cubrir los gastos de su funeral. Mandó la carta y se suicidó. En un acto de sublimación no muy sutil, Soriano se aseguró de incluir mención al editor alemán Johann Philipp Palm, al que Napoleón hizo fusilar por haberlo difamado.

Así es que cada libro contiene dos historias. Una es la visible, aquella relatada por el autor y que nos identifica o nos enfurece o nos aburre o nos enaltece. Y otra es la historia oculta, dulce o amarga, del propio escritor y del propio libro, aquella historia no narrada pero que como una sombra espectral sobrevuela cada una de sus páginas. A veces, una es tan conmovedora como la otra.

Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Por Julián Schvindlerman

  

Ucrania no es un burdel – 12/03/14

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Fuck woman´s day! Con esta frase y una caricatura que muestra a una mujer pateando en la cara a un hombre arrodillado ante ella con un ramo de flores recibió al Día Internacional de la Mujer el grupo ultra-feminista ucraniano FEMEN. Su eslogan es “mi cuerpo es mi arma” y su ideología está expresada en la trinidad de palabras “sextremismo-ateísmo-feminismo”. El movimiento nació en Kiev en 2008 para luchar contra la explotación sexual de las mujeres en Ucrania, combatir “la ocupación masculina cultural, económica e ideológica” del mundo y promover una agenda anti-patriarcal global. Cobraron gran fama con sus provocadoras manifestaciones en las que mostraban sus jóvenes y hermosos cuerpos con mensajes feministas y denuncias políticas pintados sobre sus torsos desnudos.

Sólo el año pasado han llevado a cabo protestas en más de una docena de ciudades europeas, americanas e incluso en el Medio Oriente. Su retórica es anarco-belicista, repleta de términos como “sabotaje”, “ataque” y “combate” y la palabra “fascismo” la emplean muy regularmente, pero sus acciones son pacíficas. Al igual que sus hermanas en armas, las Pussy Riot rusas, estas ucranianas irrumpen sorpresivamente en los lugares menos esperados para publicitar su causa.

En el Vaticano se quejaron del Papa Ratzinger: “¡Cállate homofóbico!”. En Italia protestaron contra el entonces mujeriego premier: “¡Basta Berlusconi!”. En México denunciaron la inacción del partido gobernante ante los ataques a mujeres: “¡PRI: falo gigante!”. En España marcharon a favor del aborto con una consigna dirigida al arzobispo de Madrid, Antonio Varela, apodado Toño: “¡Toño, fuera de mi coño!”. En París clamaron: “¡Que el fascismo descanse en el infierno!”. En Davos, Suiza, lanzaron granadas de humo negro para alertar contra el sometimiento económico de la mujer.

En la apertura de la Berlinale se manifestaron contra la mutilación genital femenina en el mundo islámico. En París, frente a una mezquita quemaron banderas salafistas contra “aquellos que matan y violan en nombre de Alá” y frente al Instituto de Cultura Árabe realizaron lo que denominaron una “jihad de topless”. Ante la corte de justicia de Túnez efectuaron un acto de “sabotaje topless” para exigir la liberación de una integrante de FEMEN árabe encarcelada y bajo una fatua que pedía su muerte por haber subido fotos suyas mostrando sus pechos y fumando mientras leía un libro. Frente a la mezquita principal de Estocolmo se exhibieron al quitarse los hijabs que vestían con la consigna “¡Abajo el islamismo!”.

Durante un show televisivo en Hamburgo que trataba el tema del fútbol irrumpieron al grito “¡Boicot a la FIFA-mafia!”. También Interrumpieron la emisión en vivo del programa Germany´s next top model conducido por Heidi Klum (“ideóloga fascista de la moda”) y atacaron un desfile de Nina Ricci durante la Paris Fashion Week para condenar la “industria anti-humana de la moda”.

Era de esperar que si las cargaron contra la Iglesia, el Islamismo, la moda occidental y la FIFA, Vladimir Putin -ese macho que cuando no está cabalgando en las estepas rusas con sus pectorales expuestos se entretiene invadiendo Georgia y Ucrania- no quedaría exento de la furia de estas activistas. “El Putinismo es un peligro para la humanidad” dijeron, y en una reciente manifestación en Times Square pintaron sobre sus cuerpos “¡Al carajo con la ocupación de Putin!”. Para ellas él no es más que un discípulo de Stalin, el “santo patrono del totalitarismo”. Muchas veces terminan con sus huesos en la cárcel, maltratadas y abusadas.

El grupo tiene su propio portal que combina el diseño de arte con la denuncia ideológica por igual. Vale la pena echarle un vistazo (www.femen.org) y apreciar las imágenes poderosas de sus integrantes posando entre semidesnudas y disfrazadas, divulgando sus mensajes feministas indignados. Incluso tiene un e-shop que ofrece un libro firmado por su autora, tazas, gorros y remeras (¡hay para hombres!) estampadas con frases del tipo “nudité-lutte-liberté” y “el punto G existe… en la boca”. Además del e-shop tiene un par de contradicciones. FEMEN fue fundada por un hombre, Victor Svyatski, hoy alejado del grupo, y al menos una de sus miembros que durante el día grita por los derechos de la mujer y clama contra la explotación sexual, de noche trabaja como stripper en un bar. “Ucrania no es un burdel” fue una de las consignas contra la prostitución en su tierra e inspiración del título de un documental presentado en el último festival de cine de Venecia.

Esperaré ansioso su llegada a las salas de América Latina.