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Compromiso

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Por Julián Schvindlerman

  

El camino hacia el acuerdo fundamental Vaticano-Israel – 10/13

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Año 5 – Nro 39

El 30 de diciembre de 1993 la Santa Sede y el estado de Israel firmaron el así llamado Acuerdo Fundamental. Este documento selló los lazos diplomáticos entre Israel y el Vaticano cuyas relaciones quedaron enteramente formalizadas unos meses más tarde con la apertura de una embajada y una nunciatura en los respectivos estados. Arribar allí no fue sencillo.

Para inicios de los años noventa, el Vaticano era uno de los últimos estados occidentales en todavía negar el reconocimiento formal a la nación judía. Desde su temprana oposición al sionismo político a partir del siglo XIX y atravesando una postura hostil hacia el naciente Israel a mediados del siglo XX, Roma no parecía dispuesta a aceptar la existencia de un estado hebreo soberano en Tierra Santa. Así, la Santa Sede vio desfavorablemente la Declaración Balfour y el Mandato Británico sobre Palestina y, cuando Israel fue establecido, buscó hacer una distinción entre el Israel bíblico y el estado judío moderno. El Papado desaprobó al ingreso de Israel como estado-miembro a las Naciones Unidas, rechazó la capital que éste designó para su nación y presionó a las naciones católicas a que adoptasen posturas políticas contrarias a los intereses del nuevo país. Por décadas se rehusó a reconocer formalmente a Israel, aunque debe destacarse que Roma jamás cuestionó el derecho de Israel a existir ni repudió oficialmente su establecimiento. Un negociador israelí dio cuenta de la frustración reinante en Jerusalem cuando dijo: “Nuestra posición era clara: estamos siempre listos. Si ustedes realmente desean normalizar relaciones, tan sólo deben decir la palabra. Nuestra dirección es la misma desde hace 2.000 años”.

Durante la última década del siglo XX, Roma modificó su actitud. Esta época marcó un desarrollo geopolítico importante con la inauguración de la Conferencia de Paz de Madrid, en la que varias naciones árabes e Israel, con mediación rusa y estadounidense, se sentarían a conversar sobre una posible paz regional. En 1993, la Organización para la Liberación de Palestina firmó el Acuerdo de Oslo con Israel, documento que abría un camino de diálogo político y la promesa de una futura coexistencia pacífica entre las partes. En esta atmósfera mundial resultaba extraña la persistente oposición vaticana hacia Israel. Contactos entre Roma y Jerusalem ya existían, orientados a abordar temas de mutua preocupación. Pero de allí en más esos contactos tuvieron un propósito específico: acercar a las partes y encaminarlas en la senda de la reconciliación política. No obstante, las partes discrepaban en un punto no menor. Los israelíes consideraban que esos encuentros debían llevar a la normalización de relaciones y que una vez formalizados los lazos podían abordarse todos los temas de interés mutuo. El Papado lo veía al revés: los contactos debían enfocarse en resolver asuntos pendientes luego de lo cual podrían normalizarse oficialmente las relaciones. De algún modo este desentendimiento pudo ser superado.

En mayo de 1992 el Jerusalem Post publicó la primicia de los primeros contactos secretos y al poco tiempo el Corriere della Sera informó sobre la creación de una comisión bilateral. Yossi Beilin de la cancillería israelí y Claudio María Celli por la Secretaría de Estado del Vaticano serían los árbitros de la comisión, quienes reforzarían los contactos ya existentes entre el monseñor Andrea Cordero Lanza di Montezemolo, delegado apostólico en Jerusalem, y Avi Pazner, embajador israelí ante Italia. El rol de mediador/facilitador recayó en la figura de David Jaeger, un experto en derecho canónico y en la historia de los lugares santos en Tierra Santa. Además, Jaeger tenía una peculiar historia personal: era un judío-israelí de nacimiento que se había ordenado sacerdote católico posteriormente. Ofició de puente entre las partes dados sus conocimientos de los modos vaticanos y su familiaridad con la sociedad israelí.

Los vaivenes de las negociaciones palestino-israelíes parecían influir fuertemente en la evolución de los contactos entre el Vaticano e Israel. La comisión bilateral fue creada nueve meses después del inicio de la Conferencia de Madrid, la que incluía una delegación jordano-palestina. Pausas importantes en las tratativas Roma-Jerusalem coincidieron con crisis en el plano palestino-israelí, como fue la expulsión de alrededor de cuatrocientos terroristas de Hamas de Israel hacia el Líbano. El acuerdo final fue completado luego de que se ultimaron los detalles del Acuerdo de Oslo. A partir de la firma de dicho acuerdo en los jardines de la Casa Blanca, la comisión bilateral aceleró sus tareas. Al mes siguiente el Papa Juan Pablo II recibió al ministro de relaciones exteriores Shimon Peres, y ese mismo día se dio inicio a la traducción del Acuerdo Fundamental del inglés al hebreo. Una vez terminada la traducción, el 10 de diciembre de 1993, se acordó la firma para el 30 de ese mismo mes.

Para los israelíes, el acuerdo era un acontecimiento sumamente simbólico que auguraba una nueva era en el vínculo con la Santa Sede. Sabían que estaban ante un documento jurídico y político interestatal, pero reconocían un trasfondo teológico en el mismo. El Vaticano no era por completo indiferente a esta dimensión religiosa, pero veía al acuerdo principalmente como un tratado enmarcado en un contexto de relaciones internacionales. Unos meses luego de la firma, el acuerdo fue ratificado y posteriormente los respectivos representantes diplomáticos fueron designados. El monseñor Montezemolo se ocuparía de la nunciatura, ubicada en el viejo monasterio franciscano de San Pedro en Yaffo, en las afueras de Tel-Aviv. Shmuel Hadas, oriundo de la Argentina, sería el primer embajador israelí ante la Santa Sede. El largo y accidentado camino había llegado a destino.

Infobae, Infobae - 2013

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

Hassan Rohani y el holocausto: Del negacionismo al revisionismo – 04/10/13

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El tratamiento que las autoridades iraníes de las últimas tres décadas han dado al genocidio judío en manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial ha sido deplorable. Sus líderes han regularmente negado la existencia del Holocausto, conferencias fueron organizadas en Teherán para refutar su veracidad y se dio rienda libre a una prensa controlada a que mintiera abiertamente al respecto. Es por ello que las declaraciones del flamante presidente Hassan Rohani, efectuadas durante su reciente visita a Nueva York, han concitado atención. ¿Pero qué ha dicho exactamente el presidente iraní sobre el Holocausto?

Durante una entrevista en farsi con Christiane Amanpour de la CNN Rohani pareció tomar apreciable distancia de las diatribas usuales de su predecesor Mahmoud Ahmadinejad. En el transcurso de la misma, aseguró: “Les puedo decir que cualquier crimen que sucede en la historia contra la humanidad, incluido el crimen que los nazis crearon contra los judíos y los no-judíos, es reprobable y condenable… Cualquiera que sea la criminalidad que cometieron contra los judíos, la condenamos”. Al menos así lo expresó el traductor del farsi a quién recurrió el canal, quien era un miembro de la comitiva iraní. También se aseguró que Rohani empleó la palabra “Holocausto”. A posteriori, la agencia de noticias semioficial iraní Fars declaró que Rohani no dijo eso exactamente y que nunca pronunció la palabra “Holocausto”. En su portal anunció: “Exclusiva: la CNN inventa apreciaciones del presidente iraní sobre el Holocausto”, aunque la traducción que ofreció incluyó una reprobación de los crímenes de los nazis.

Es asimismo interesante leer el modo en que Rohani respondió una pregunta de la CNN sobre el genocidio judío: “Yo no soy un estudioso de la historia… los aspectos de los que usted habla, la clarificación de estos aspectos es el deber de los historiadores e investigadores”. Esto mismo dijo a la NBC cuando le preguntaron si el Holocausto era un mito: “No soy un historiador, soy un político”. Esta postura es la que suelen adoptar los revisionistas al reconocer que un crimen fue cometido contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial pero relativizan la magnitud del mismo.

Durante una ponencia ante el Council on Foreign Relations, el dignatario iraní afirmó: “Condenamos los crímenes de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial… Y lamentablemente esos crímenes fueron cometidos contra muchos grupos, mucha gente, mucha gente fue matada incluyendo a un grupo del pueblo judío”. ¿Un grupo del pueblo judío? Manera curiosa de referir a seis millones de judíos. Nótese la universalización de la Shoá que hizo Rohani: el genocidio nazi de los judíos no fue un fenómeno esencialmente judío. Muchos otros murieron en la guerra. Esa es la manera clásica de mirar ese período por parte de los revisionistas.

Así, Hassan Rohani ha tomado distancia del negacionismo de Mahmoud Ahmadinejad y del líder supremo Alí Khameini para abrazar el revisionismo. En la ignominiosa escala del fanatismo de los ayatollahs esto puede pasar por progreso. Pero esa postura todavía lo ubica en compañía de aquellos que ponen en tela de juicio el genocidio nazi de los judíos durante 1939-1945. Y eso no luce terriblemente moderado.

Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Por Julián Schvindlerman

  

Réquiem por el infame Jacques Vergés – 17/09/13

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Aunque Vladimir Putin está haciendo un trabajo formidable en su favor, Bashar al-Assad debe estar lamentando el fallecimiento, el mes pasado, de Jacques Vergés, el mentado “abogado del diablo” que llegó a defender en corte al nazi Klaus Barbie, al terrorista palestino-venezolano Illich Ramírez Sánchez, al jefe de estado del Khmer Rouge en Camboya Khieu Samphan, al negador del Holocausto francés Roger Geraudy y que ofreció sus servicios legales al tirano iraquí Saddam Hussein y al genocida serbio Slodoban Milosevic. Prácticamente no hubo villano del siglo XX que él no haya querido defender o no lo haya hecho.

Jacques Vergés nació en 1925 en lo que hoy es Tailandia fruto de la unión de una institutriz vietnamita y un diplomático francés. Su madre murió cuando él era un niño y fue criado en Reunión, una isla del Océano índico. Se educó en una atmósfera de ideales franceses pero vivió enajenado de su propia cultura al ver el colonialismo francés de primera mano. “Es como si hubiera nacido enojado, nacido en guerra” comentó un amigo suyo. Fundó el Partido Comunista de Reunión y posteriormente militaría en los movimientos comunistas de Francia y Checoslovaquia. Durante la Segunda Guerra mundial se unió a la resistencia antinazi francesa, luego estudió derecho en Paris donde trabó amistad con dos jóvenes camboyanos, Khieu Samphan y Saloth Sar. Este último sería conocido en su adultez como Pol Pot, responsable del asesinato de casi dos millones de personas.

De fuertes convicciones anticoloniales, Vergés alcanzó la fama mundial al defender a guerrilleros argelinos. En 1957 fue abogado defensor de Djamila Bouhired, integrante del Frente de Liberación Nacional Argelino, condenada a muerte por haber realizado un atentado que dejó once víctimas fatales. Mientras esperaba la guillotina trascendió que ella había sido torturada en prisión y Vergés montó una campaña internacional por un indulto que llegó a contar con el respaldo del líder soviético Nikita Krushev. En 1962 ella fue liberada y tres años después, Jacques y Djamila contrajeron matrimonio y tuvieron dos hijos. A fines de los años sesenta Vergés defendió a miembros del Frente de Liberación Popular de Palestina que habían atacado a israelíes en Atenas y Zúrich y a terroristas alemanes de la Facción del Ejército Rojo. Durante los primeros ocho años de la década del setenta Vergés abandonó a su familia y desapareció del mapa; se rumoreó que estaba en Camboya con Pol Pot o en el Medio Oriente con grupos palestinos. Reapareció en 1978 y se dedicó a batallar judicialmente a favor de terroristas, dictadores, genocidas y parias de diversa calaña.

En 1983 Klaus Barbie fue extraditado de Bolivia hacia Francia. Conocido como “el carnicero de Lyon”, fue acusado de haber torturado, matado y deportado a miles de personas durante la ocupación nazi de Francia. Cuando comenzó el juicio en su contra en 1987, Vergés asumió su defensa legal. El abogado acusó a Francia y a Israel de cometer crímenes contra la humanidad peores que los de Barbie pero perdió el caso. El líder de la Gestapo fue condenado a cadena perpetua y murió en la cárcel en 1991. En 1994 agentes franceses capturaron en Sudán a Illich Ramírez Sánchez, conocido como “Carlos el Jackal”, buscado por una serie de atentados cometidos durante las décadas del setenta y ochenta en nombre de la causa palestina. Vergés lo defendió en las primeras instancias del caso pero por discrepancias con su cliente lo dejó. Carlos fue condenado a cadena perpetua en 1997. (En 1982 Vergés había tutelado a Magdalena Kopp, activista radical y entonces novia, luego esposa, de Carlos). En 1998 defendió a Roger Geraudy, un izquierdista radical converso al Islam, acusado de racismo y negacionismo.

Luego de la caída del régimen iraquí en el 2003, Vergés defendió a varios de sus líderes (entre ellos al Primer Ministro Tariq Aziz) y se ofreció a representar a Saddam Hussein pero su familia optó por otros abogados; fue ejecutado en el 2006 en Irak. Ese mismo año moría en prisión Slodoban Milosevic, a quién Vergés quiso salvar de toda condena por sus crímenes de lesa humanidad cuando fue juzgado en La Haya, pero el serbio eligió defenderse a sí mismo. Cuando el Tribunal por el Genocidio en Camboya dio inicio al juicio a Samphan, allí estaba Vergés protegiendo a su amigo de la juventud. “Mi ley es estar en contra de toda ley”, dijo años atrás al New York Times.

Murió a los ochenta y ocho años de edad en el hogar parisino de un amigo, en la misma casa que cierta vez habitó, y en la misma habitación que falleció, – paradójicamente- Voltaire.

Infobae, Infobae - 2013

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

De Siria mejor no hablar – 13/09/13

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Con este título no quiero significar que el asunto no sea importante; lo es. Tampoco pretendo sugerir que en vez de hablar se debe actuar; aunque creo ello. El título refiere puramente a las penosas implicancias recientes de la retórica del gobierno estadounidense sobre la crisis en este país árabe.

Un año atrás Barack Obama proclamó que el uso de armas químicas sería una línea roja. Esa frase espontánea y no coordinada con sus redactores de discursos lo puso en aprietos doce meses después cuando alrededor de mil cuatrocientas personas, cientos de niños entre ellas, fueron gaseadas en las afueras de Damasco. Forzado a abordar el asunto con seriedad el presidente de los Estados Unidos advirtió que la credibilidad presidencial y la imagen de la nación estaban en juego y, sumadas las consideraciones humanitarias, morales y estratégicas, concluyó que la acción bélica era el único curso de acción viable para castigar al gobierno sirio por su conducta inadmisible y a la vez disuadir a futuros regímenes malhechores de replicar esas acciones. La Casa Blanca comprendió que permitir a Bashar al-Assad permanecer en el poder daría el mensaje equivocado respecto de la proliferación de armas de destrucción masiva, el fortalecimiento de Irán como mandamás regional y la seguridad mundial.

El caso a favor de la guerra contra Siria fue montado. Se explicó que el desastre humanitario es tan descomunal que la familia de las naciones no podía seguir indiferente. Se alegó que debía contenerse el advenimiento de un eje chiíta que recorre el arco de los ayatollahs en Irán, los alauitas en Siria, Hezbollah en El Líbano y los adherentes en Irak. Se advirtió contra las consecuencias que la inacción en Siria tendría sobre la lectura en Teherán, que consolidaría su esfuerzo nuclear. Y así, un presidente pacifista, premiado con el Nobel de la Paz, famoso por su oposición a los emprendimientos militares de su antecesor, deseoso de abandonar Irak y Afganistán y reticente a involucrarse en Libia, se vio obligado a bregar por la acción militar en Siria. Cuando Gran Bretaña no pudo acompañarlo, la Liga Árabe lo abandonó, la ONU se paralizó, el G-20 titubeó, el Vaticano protestó y la opinión pública local dudó, el presidente recurrió al Congreso para validar su curso de acción. Su único consuelo lo encontró, al igual que Humphrey Bogart décadas atrás, en Francia: siempre tendremos a Paris.

Y entonces algo increíble ocurrió: su Secretario de Estado habló de más. Inicialmente, John Kerry había realizado unas declaraciones correctas acerca de la responsabilidad de proteger y del papel de Estados Unidos como garante del orden global. Él transmitió efectivamente la noción de que si Washington actuase, otros lo seguirían, pero si Washington no lo hiciera nadie más lo haría. Pero luego, al igual que Obama un año atrás, se dejó llevar por la espontaneidad y la embarró. Primero dijo que la acción militar contemplada era “increíblemente pequeña”, frase que -con el trasfondo de una Casa Blanca insólitamente publicitando los alcances, objetivos, medios y duración de la guerra anticipadamente- desarmó el andamiaje retórico a favor de la intervención. Luego, disertando en Londres, la misma ciudad que ató las manos del premier Cameron previamente, Kerry anunció que si Assad entregase su arsenal químico en el plazo de una semana, entonces su país no atacaría a Siria. Rápidamente Rusia respaldó la idea y seguidamente Siria le dio la bienvenida. La diplomacia se reactivó. El caso pro-ataque se desintegró. En su discurso a la nación, Obama supeditó un eventual ataque al resultado de las gestiones de la iniciativa de Vladimir Putin, el máximo aliado de Damasco.

Que yo sepa nunca antes una gaffe generó política exterior. Y desconozco si algún otro pronunciamiento presidencial instantáneo puso a una nación en el sendero de la guerra. Pero lo que debemos entender es que lo que está sucediendo en Siria tiene implicancias geopolíticas, estratégicas y humanitarias que trascienden un par de citas casuales. Los políticos se pueden desdecir y de hecho lo hacen regularmente. Las consecuencias de la acción o la inacción en Siria, en cambio, no tendrán marcha atrás. El caso a favor o en contra de una contienda bélica no debe depender de unas pocas palabras indeseadas.

La Nación (Costa Rica)

La Nación (Costa Rica)

Por Julián Schvindlerman

  

El bicentenario de Richard Wagner – 08/09/13

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Richard Wagner (1813-1883) fue un músico extraordinario, un esnob revolucionario, un creador de inmenso talento colmado de paradojas y un antisemita legendario. Un hombre que trabajó con judíos, se benefició de su filantropía y los odió como pocos. Un reaccionario que detestó a la aristocracia y militó en su contra, y a la vez recibió el apoyo de reyes y personalidades del establishment . Durante gran parte de su carrera fue un paria político, perseguido por las autoridades, con prohibición de ingresar a partes de su Alemania natal e incapacitado, incluso, de ver la representación de sus propias obras, donde fuera que la orden policial imperial estuviera vigente. Y al mismo tiempo fue un artista aclamado.

Opiniones encontradas. Tal fue su naturaleza que, incluso, la misma persona podía albergar opiniones encontradas sobre él en diferentes momentos de su vida. La primera impresión que de él tuvo Friedrich Nietzsche fue óptima: “Cuando ayer conocí a Richard Wagner, sentí un deleite de un sabor tan peculiar que ya no soy exactamente quien era antes”. Pero al final de sus días escribió dos ensayos hostiles afirmando: “Sostengo que Wagner es perjudicial” y “Mi vivencia más importante fue una convalecencia. Wagner es tan solo una de mis enfermedades”. En un libro titulado En búsqueda de Wagner, escrito a fines de la década de 1930, que es una exploración de las raíces ideológicas del nazismo, Theodor Adorno postuló que el antisemitismo de Wagner no era un atributo idiosincrático de su personalidad, sino una característica de toda su obra artística. Sin embargo, unas décadas después, Adorno desarrolló cierto aprecio por el compositor y en una serie de ensayos breves escritos en los años cincuenta y sesenta buscó rehabilitarlo. Thomas Mann inicialmente se refirió a Wagner como “la fuente de la experiencia más fértil y profunda de mi juventud” para terminar despreciándolo como “ese gnomo resoplado de la Sajonia con su talento colosal y personalidad lamentable”.

Ensayos y cartas. A diferencia de otros compositores, escribió sobre la música mientras componía música. Y, además de haber compuesto una obra monumental, Wagner escribió una considerable cantidad de ensayos políticos y artísticos, redactó unas diez mil cartas y dictó una autobiografía de alrededor de un millar de páginas. Uno de sus textos más famosos fue El judaísmo en la música, en el cual protestaba contra la “influencia judaica en la música”, afirmaba que el judaísmo era “la mala conciencia de nuestra civilización moderna”, alegaba que los judíos eran incapaces de crear artísticamente y clamaba por su total aniquilación. Su arenga era radical aún en una coyuntura en la que el antisemitismo estaba esparcido. Wagner fue también un nacionalista que exaltó la identidad alemana, basó sus óperas en el pasado legendario e histórico de Alemania y se preocupó por el futuro colectivo de su país.

Referente racista. La combinación intensa de nacionalismo y antisemitismo hicieron de él un referente para los racistas de su tiempo y por venir. Su influenciase notó en obras súper xenófobas como Los cimientos del siglo XIX, de Houston Stewart Chamberlain; Ensayo sobre la inequidad de las razas humanas,de Josef Arthur de Gobineau, y Mein Kampf, de Adolf Hitler, quien mencionó al compositor en su texto y de quien dijo orgullosamente: “Los trabajos de Wagner son la encarnación de todo a lo que el nacionalsocialismo aspira”. El ministro de Propaganda nazi, Josef Goebbels, consagró una de las obras de Wagner como la ópera oficial del régimen: “De todos los dramas musicales, DieMeistersinger se destaca como el más alemán. Es simplemente la encarnación de nuestra identidad nacional”.

En su tiempo Wagner fue un revolucionario. Cuando ocurrieron las revueltas de 1830 en París, las apoyó desde Leipzig: “Este día marcó para mí el comienzo de la historia, y yo naturalmente me encomié con corazón y alma a la revolución”. Cuando las revueltas estallaron en Dresdeen 1848, Wagner proclamó: “¡Dejen que sus antorchas quemen brillantemente!… ¡Dejen que reduzcan todo al polvo y las cenizas!”.

Habiendo puesto sus esperanzas revolucionarias en 1852, una vez arribado ese año sin cambio político real se negó a reconocerlo y fechó sus cartas “32 de diciembre de 1851” y así sucesivamente. “Durante la mitad de su vida”, observó Nietzsche con ironía, “Wagner creyó en la revolución como solo un francés podía hacerlo”.

Varios

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Por Julián Schvindlerman

  

La peculiar judeofobia de Richard Wagner – 09/13

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Artículo publicado en Revista Amijai

La relación de Richard Wagner con los judíos permanece como una de las paradojas más fuertes de su personalidad. El compositor alemán los detestó intensamente y manifestó su desprecio por los hebreos especialmente a través de un ensayo de su autoría titulado El judaísmo en la música, publicado por vez primera en 1850 con un seudónimo y posteriormente reditado en 1869 con su propia firma. En sus páginas, Wagner clamaba por la completa aniquilación de los judíos. Aún en un contexto de teorías raciales y rampante antisemitismo, su arenga antijudía fue tan extrema que con justicia ubicó a Wagner como uno de los más grandes enemigos en la historia del pueblo judío. Extrañamente, empero, el compositor alemán supo cultivar lazos personales y profesionales fructíferos con muchos judíos, conforme han documentado varios autores y especialmente Milton Brener.En Paris Wagner conoció a uno de sus primeros amigos judíos, Samuel Lehrs. Era un académico dedicado a la filología y a la filosofía de quién Wagner se beneficiaría enormemente. Su apellido familiar era Kaufman pero sus padres lo habían cambiado al convertirse al cristianismo. Lo que Lehrs no puedo darle al músico alemán en patrocinio material -era pobrísimo- se lo ofreció en enriquecimiento intelectual: el interés por la poesía medieval clásica, la filosofía y el material base de sus obras Tannähuser y Lohengrin. Cuando Lehrs falleció, Wagner, acongojado, escribió a un amigo en común: “este hombre valiente, maravilloso y tan desafortunado será para mí eternamente inolvidable”. Al dictar su autobiografía a su segunda esposa, Wagner caracterizó su vínculo con Lehrs como “una de las amistades más hermosas de mi vida”.Fue asimismo en la capital francesa donde Wagner se relacionó con otro judío, Giacomo Meyerbeer, el compositor de óperas más destacado de Francia en aquél entonces. Su nombre real era Jacob Beer pero lo modificó al convertirse al cristianismo antes de emigrar a Paris. Wagner lo contactó por medio de una epístola introductoria en la que aseguró que él no podía negar que “fueron sus trabajos los que sugirieron esta nueva dirección para mí… No puedo dejar de agregar que en usted yo veo la personificación perfecta de la tarea que enfrenta el artista alemán, una tarea que usted ha resuelto por medio de haber absorbido con maestría los méritos de las escuelas italiana y francesa para dar validez universal a los productos de tal genio”. Tres años después, dos mujeres judías, madre e hija, conocidas de Meyerbeer, redactaron una carta de presentación a Wagner para entregar a éste. A partir de entonces, el famoso compositor ayudó al joven aprendiz a abrirse un camino en el mundo de la música: logró que un teatro parisino aceptara presentar Rienzi y que el director de la Ópera de Berlín aceptase tocar Der Fliegende Holländer. El teatro parisino quebró y Rienzi no pudo ser realizada, el director de la Ópera de Berlín fue remplazado y el nuevo no mostró interés en mantener el compromiso del anterior en relación a Der Fliegende Holländer, pero claramente ello no quita de la historia la realidad de la asistencia de Meyerbeer. Wagner reconoció ello al definir a Meyerbeer como su “gran amigo y protector”.Durante su travesía parisina, Wagner se relacionó a su vez con Jacques Halévy, un compositor judío que mantenía una vida sentimental paralela: tenía una esposa judía, una amante cristiana, e hijos de ambas. Halévy contrató a Wagner para que lo asistiera en la composición pianística de un segmento de su ópera Reine de Chypre. Wagner se sintió fuertemente atraído por el arte de su mentor hebreo y declaró que su excelencia “justifica la participación de todos los judíos en nuestras preocupaciones artísticas”. En 1842 publicó un ensayo de veinticinco páginas en la Gazette Musicale en el cual aplaudía la obra de Halévy: “Juro que nunca antes he escuchado música dramática que me ha transportado tan completamente a cierto alcance de la historia”. Al referirse a la ópera de Halévy La Juive, Wagner dijo que “quienquiera que pueda apreciar la solidez, la dignidad de la música alemana, para él la influencia ejercida por parte de una de las ramas más importantes del autor de La Juive no parecerá uno de sus más pequeños título de gloria”. Tildó a las composiciones de Halévy como el “pathos de la tragedia lírica elevada”.Durante su período en Viena, Wagner trabó amistad con Karl Tausig, un sobresaliente pianista judío polaco que desde los catorce años era alumno de Liszt. Éste último, a pesar de su antisemitismo declarado, tuvo a varios alumnos judíos y de Tausig hizo un preferido; de él dijo que tenía “dedos de acero” y que su técnica era infalible. Al igual que Liszt, Wagner quedó encantado con el joven talento y cultivó incluso una cálida amistad con él.Otro amigo cercano suyo fue Heinrich Porges, un judío checo que estudió leyes y filosofía en la Universidad de Praga, eligió abocarse a la música clásica, tuvo como maestros a Liszt, Bülow y Cornelius, y fue corresponsal en Praga del Nuevo Jornal de Música unos diez años después de que éste mismo medio publicara el texto judeófobo wagneriano en sus páginas. Porges a su vez coeditó con Hans von Wolzogen el Bayreuth Blätter, una gacetilla dedicada exclusivamente a Wagner y su obra. Junto con Tausig y Cornelius, Porges propuso a Wagner la realización de un concierto suyo en Praga. Al día siguiente de la performance, Porges pagó unos dos mil marcos y Wagner le dijo jocosamente que “este era el primer dinero que alguna vez yo había ganado por medio de mis propias gestiones”. Ese dinero le permitió trasladarse a San Petersburgo para dar cinco conciertos y otros más en Moscú por los que percibió doce mil marcos. En Breslav fue organizada otra representación wagneriana por Leopold Damrosch, un director musical judío. La audiencia de este último concierto estuvo llena de judíos. Asimismo, Wagner fue amigo del tenor judío Angelo Neumann, quién llegó a ser el administrador del Teatro de la Ópera de Leipzig, se hizo empresario y promovió la obra wagneriana por doquier.Pero fue en su relación con Josef Rubinstein, un joven judío oriundo de Rusia, donde más cabalmente quedó evidenciada la dualidad emocional de Wagner hacia los judíos. Rubinstein tomó la iniciativa de escribir al compositor alemán ofreciendo ponerse a su servicio artístico. El pianista ruso traía consigo una buena reputación. A los dieciocho años había dado su primer concierto y a los veintidós había sido nombrado pianista personal de la Gran Princesa Elena de Rusia. La misma tarde en que arribó a la casa de los Wagner, les dio un concierto de piano que los dejó asombrados. “Es como si la música fuese realmente escuchada por primera vez” anotó su esposa Cósima en su diario. Richard lo designó como uno de sus cuatro copiadores y permaneció relacionado a los Wagner por los siguientes diez años.Cuando los Wagner quedaban satisfechos con las ejecuciones pianísticas del joven asistente, lo expresaban con alabanzas a su profesión. Pero cada vez que su performance les resultaba inadecuada, atribuían la falla a su religión. Así, Cósima caracterizó de “muy hermosamente y delicadamente” tocada la Sonata opus 111 de Beethoven que Rubinstein les ofreció en noviembre de 1874. Al mes siguiente, Rubinstein tocó otra pieza de Beethoven que no complació a Wagner, y éste acotó: “Los judíos no tienen sentimiento folklórico y en consecuencia no pueden amar ni reconocer la calidad en Beethoven”. En otra oportunidad, Cósima indica que su marido estaba “complacido con el talento de Josef Rubinstein” y que éste tocó para ellos waltzes de Strauss para su “gran disfrute”. De modo similar, Cósima describió como “espléndido” un concierto del pianista judío y en otro momento confesó que “Rubinstein provee un goce enorme con su ejecución de piano”. Pero cuando no le satisfizo anotó: “Los ensayos de piano terminaron con el completo descarte de Herr Rubinstein quién una vez más exhibió todas las características sombrías de su raza”. Con cierto candor, Wagner expresó su sentir hacia Rubinstein a mediados de 1876 al terminar un ensayo. En presencia de varios artistas, el compositor empezó agradeciendo a Rubinstein y finalizó así: “Si nosotros nunca nos acercamos más a nivel humano, la falta no es mía sino suya. Usted es miembro de una raza extranjera por la que no tenemos simpatía”.Con todo, el judío que de modo más prominente calzó en el espacio wagneriano fue Hermann Levi, al ser el elegido del compositor para dirigir su obra Parsifal (la cuál, llamativamente, es considerada una de sus obras más cristianas). Levi fue un director de orquesta notable, destacado incluso en un continente y un siglo repleto de conductores importantes. Wagner había causado una profunda impresión en el joven director desde aquella primera vez en que éste había asistido a una performance de Tristan und Isolde en la Ópera de Berlín: “Mi éxtasis me mantuvo cantando en mi interior hasta la mitad de la noche, y cuando desperté a la mañana siguiente supe que mi vida había cambiado. Una nueva época había empezado: Wagner era mi dios, y yo quería convertirme en su profeta”. Una declaración impresionante si uno considera que provenía de un descendiente de rabinos. Wagner se refirió a Levi como su “más apreciado amigo” y, cuando crecía la oposición de su entorno a que un judío dirigiese una obra suya en Bayreuth, se atribuye a Wagner haber dicho “no Levi, no Parsifal”.A la luz de sus lazos estrechos con muchos judíos, del patrocinio material que éstos le brindaron, del estímulo intelectual que le dieron, de la amistad sincera que le confirieron, de la admiración que le profesaron, y de los sentimientos afectuosos que el propio Wagner mostró hacia éstos durante su vida, resulta casi imposible leer Judaísmo en la Música y creer que la misma persona es su autor.
Wagner nunca logró despojarse de la tensión interna que en él vivía, empujándolo en direcciones opuestas por su admiración artística hacia sus colegas judíos y su desprecio ideológico hacia éstos. Wagner padecía una disonancia cognitiva entre su trato con los judíos y su imagen de ellos, una visión fracturada en su cerebro entre la ficción y la realidad de la existencia judía, y un sentir contradictorio en su corazón ocasionalmente hinchado por el afecto hacia los hebreos y mayormente corroído por el odio a éstos. “Mi vida es una mar de contradicciones”, él mismo admitió, “de la cual sólo espero emerger mediante la muerte”.Pero no fue así. A su muerte, los debates acerca de su persona se multiplicaron. En el año del bicentenario de su nacimiento las polémicas que desde siempre lo rodearon siguen enteramente vigentes.
Varios

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Por Julián Schvindlerman

  

¿Es bueno o malo que Estados Unidos intervenga e Siria? – 03/09/13

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Entrevista publicada en El Comercio (Perú)

El diario El Comercio (Perú) ha consultado a cuatro internacionalistas su postura respecto de la ‘intervención limitada’ que el presidente Obama ha planteado en Siria. Abajo mi comentario.

Todas las perspectivas pueden verse en la nota cliqueando el link.
http://elcomercio.pe/actualidad/1625793/noticia-bueno-malo-que-estados-unidos-intervenga-siria?ft=grid

La acción militar ayudará, dependiendo de cómo se haga. EE.UU. y el mundo libre no pueden tolerar una masacre con armas químicas como la que ha llevado en Siria y no reaccionar de modo efectivo. No se usan (estas armas) desde tiempos de Saddam Hussein, y antes, en la II Guerra Mundial. Esto es muy grave y debe haber una reacción. La mera condena, la retórica, no son efectivas. Por eso se piensa en un castigo militar, que apunta a evitar una vez más el uso de estas armas y de un carácter punitorio por una conducta aberrante.

No obstante, si hay un ataque militar debería buscarse el derrocamiento del régimen. Lo que no debe suceder es que haya una acción militar que sea muy limitada o simbólica que no tenga la utilidad buscada. Barack Obama debe cumplir con su advertencia, cuando dijo que el uso de armas químicas es cruzar la línea roja y esto ameritaba intervenir Siria. Ya la cantidad de muertos, 100 mil, antes de las armas químicas, ameritaban una intervención. La misma ONU dijo que esto era peor que la masacre de Ruanda. En momentos en que el Consejo de Seguridad está bloqueado por Rusia y China, necesariamente se debe actuar fuera de este marco: pero es crucial que no solo EE.UU., sino Europa, la Liga Árabe, Turquía están de acuerdo. Precedentes como el de Kosovo, Iraq, Libia, demuestran que se puede hacer.

En cuanto a los riesgos: no creo que Rusia ni China vayan a confrontar una coalición anti-Siria. Podremos ver protestas, embargo a la zona pero nada militar. Con Irán sí hay un riesgo de ataque contra Israel a pesar de que esta nación no está involucrada en el conflicto. Sin embargo, Irán también tiene que pensarlo seriamente al defender a Siria. Puede dar una excusa a Israel para que lo ataque. Israel podría responder y aprovechar para liquidar el programa nuclear iraní, por ejemplo. Hay precedentes: hace años Israel incursionó en territorio sirio para romper un reactor atómico, atacó un convoy de armas que iba a cruzar Siria para llegar a Hezbolá en el Líbano. Siria no respondió nunca estos ataques. ¿Por qué? Por que atacar a Israel trae sus riesgos.