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Mundo Israelita

Mundo Israelita

Por Julián Schvindlerman

  

¿Otro proceso de paz? – 30/08/13

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Es difícil comprender las motivaciones de la Casa Blanca en invertir esfuerzos diplomáticos considerables en relanzar el proceso de paz entre israelíes y palestinos en este preciso momento.

El Medio Oriente está en llamas. Siria adolece una guerra civil de cien mil muertos, de tal gravedad que las Naciones Unidas han dicho que la magnitud de sus atrocidades han superado al genocidio de Ruanda; el símbolo de las matanzas de los años noventa. Armas químicas fueron usadas en su territorio y jihadistas de la región se están aglutinando allí. Rusia, Irán, Arabia Saudita y Turquía entre otras naciones están entrometidas. Israel ha cruzado fuego con el ejército sirio en los Altos del Golán. Egipto está agonizando, con dos presidentes derrocados en poco más de dos años, un movimiento islamista expandido y a la vez masivamente reprimido, y una junta militar golpista una vez más ejerciendo el poder. El Sinaí se ha transformado en tierra de terroristas e Israel debió realizar una operación militar para contener las agresiones que de esa zona han emanado. El Líbano y Jordania han sido afectados por la onda expansiva violenta desde Damasco y están presionados por las grandes cantidades de refugiados albergados. En Túnez, asesinatos políticos bajo el sello islamista han puesto en jaque a la coalición gobernante y Libia todavía batalla por evitar que las milicias armadas aumenten su poder. El fundamentalismo islámico se ha propagado e Irán continúa desafiando a la paz regional.

Vale decir, el Medio Oriente está -por decir lo mínimo- inestable. Lo único que ha estado relativamente estable ha sido Israel/Palestina. Dejando de lado la última contienda con Hamas desde Gaza, las relaciones de Fatah en Cisjordania con Israel han estado quietas. Sí, siempre hay reclamos y hubo una ofensiva política en la ONU. Pero eso fue básicamente todo. La Administración Demócrata ha elegido mayormente desentenderse de muchas de las situaciones del mundo árabe que realmente han demandado su urgente atención y, sin embargo, ha decidido inmiscuirse en prácticamente la única área que no ofrecía una amenaza actual a la estabilidad regional: el conflicto palestino-israelí. El gobierno de Barack Obama eligió irse de Irak y de Afganistán, no entrar a Siria, liderar desde la retaguardia en Libia (es decir, no liderar) y mirar para el otro costado frente al programa nuclear de Irán, pero cargó todas sus fichas en el tablero palestino-israelí, un asunto que además ha mostrado ser resistente a una solución. El enigma no es menor.

Por lo que a las partes refiere, sabemos que no tenían mucho interés en reunirse.

El premier Netanyahu ha sido tradicionalmente escéptico de las posibilidades de éxito en esta área y no desea que su país sea arrastrado a una negociación agotadora, fútil e interminable. Ya se ha intentado por dos décadas y a lo largo de ese lapso temporal hubo intifadas, terrorismo y confrontación política: de todo menos paz. Antes, Jordania y Egipto, en tanto socios de la paz de Israel y patrones políticos de la Autoridad Palestina, podían influir, y de hecho lo hacían, sobre las partes para avanzar las negociaciones. Hoy ninguna de estas naciones puede oficiar de garante de la paz; están demasiado introspectivas, justificadamente. Cuando los israelíes miran a su alrededor ven grandes transformaciones geopolíticas y nubarrones de incertidumbre. Aún si hacen las concesiones que se les exige, se preguntan: ¿estará Abbas o un sucesor confiable presto a garantizar la paz conseguida? Su mandato terminó en el 2005 y carece del carisma y popularidad de su problemático predecesor y está tan desinteresado en retomar el diálogo que pone precondiciones complicadas para sentarse a negociar en primer lugar. Y aún si triunfara el proyecto de la paz entre Israel y la AP, restaría lidiar con la hostil Gaza, que ha de ser, presuntamente, parte del futuro estado palestino. Palestina tampoco está en orden.

A muchos israelíes les resulta extraño que, dado que solamente ellos pueden dar a los palestinos el estado que anhelan, estos últimos eleven exigencias irrealizables para apenas dar inicio a las tratativas de paz. Les llama la atención estar viendo siempre los mismos rostros durante dos décadas de negociación: Mahmoud Abbas, Hanan Ashrawi, Saeb Erakat, Jibril Rajoub, etc. Y no sólo las mismas caras sino las mismas posiciones intransigentes. ¿Es que acaso han cambiado en algo las posiciones palestinas sobre Jerusalem, los asentamientos, las fronteras de 1967, el derecho al retorno y la naturaleza judía de Israel? Estos últimos veinte años no han flexibilizado uno sólo de los reclamos históricos del nacionalismo palestino. Del lado israelí hubo líderes negociadores que surgieron de diversos costados ideológicos: Shimon Peres, Itzjak Rabín, Ehud Olmert, Ariel Sharon, Ehud Barak, Binyamín Netanyahu. Y la sociedad se ha hecho centrista: posturas que antes repudiaba hoy son de consenso social: un estado palestino que viva en paz y seguridad junto a su pequeña nación. La cuestión de Jerusalem y la disposición final de sus fronteras así como el destino de los asentamientos son temas de continuo debate social allí. ¿Dónde está -de hecho dónde alguna vez ha estado- el mismo debate del lado palestino?

La paz es maravillosa. Pero forzar un proceso de paz cuando no hay chances genuinas de que sea exitoso puede tener consecuencias indeseadas, incluso violentas, que no podemos ignorar. A veinte años de Oslo y habiendo ocurrido todo lo que ocurrió, ya simplemente no podemos dejar, una vez más, que las ilusiones y el optimismo cancelen al realismo y la objetividad.

Comunidades, Comunidades - 2013

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Mis veinte años en Comunidades – 28/08/13

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Dos décadas atrás, en mis tiempos de estudiante universitario en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires -carrera que en retrospectiva vería como un error de juventud y que corregiría con un posgrado especializado en asuntos mesoorientales años más tarde en el extranjero- me tomó por sorpresa, como a tantos otros, el anuncio del Acuerdo de Oslo entre el Estado de Israel y la Organización para la Liberación de Palestina. A mis veintidós años no tenía una conciencia política sólida y mi conocimiento de los asuntos del Medio Oriente y de la historia de Israel eran limitados. Había visitado Israel en el marco de un plan para jóvenes y había recibido una educación primaria en escuela hebrea. El hogar familiar respiraba una atmósfera de identificación con el destino del pueblo judío y el de Israel. Estaba imbuido de las lecturas de autores notables como Leon Uris, Howard Fast, Elie Wiesel, Sholem Aleijem y otros que habían contribuido a moldear un cierto modo de ver las cosas y dotado un sentido de preocupación por el devenir del pueblo judío y las vicisitudes del estado judío. Pero carecía de una formación académica solvente y de una experiencia profesional o personal tal que permitiera una evaluación política o meta-histórica de los acontecimientos.

Sin embargo, la intuición se hizo escuchar y claramente se expresó por el lado del escepticismo. ¿Por qué estaban los israelíes negociando, y así validando, a terroristas sangrientos que tanto dolor les habían causado? ¿Podían ser tan crédulos de la palabra de quienes hasta el día anterior habían estado clamando por, y operando en pos de, su aniquilación? ¿Qué esperaban obtener de un acuerdo que, en mi parecer, era incorregiblemente inmoral? Incentivado por interrogantes de este tipo me senté frente a un ordenador (o quizás máquina de escribir) y me dejé llevar por mis ideas, trasladándolas al papel en forma de una alerta de que el acuerdo era un gran error histórico de Israel. Al completarlo, algo importante para mi futura carrera profesional había ocurrido: había escrito mi primer artículo sobre relaciones internacionales. En mi casa se recibía el periódico Comunidades así es que resultó lógico que pensara en aquél medio para hacer llegar mi breve e indignado manifiesto. Sus editores, Natalio Steiner y Alberto Rotenberg, aceptaron publicarlo. Fue el inicio de una relación que -felizmente- se extendería por muchos años. Los editores se tomaron la libertad de modificar el título, el cual quedó como un signo de pregunta: ¿Concesiones a quién?». Fue la primera y única vez que un título mío fue alterado en sus páginas. Ambos merecen el reconocimiento de haber dado lugar al texto de un joven desconocido, motivado e inquietado por los enormes sucesos de aquél entonces.

Conocemos la historia y cómo terminaron las cosas. Lo que comenzó con un apretón de manos de alto simbolismo en los jardines de la Casa Blanca y que fue acompañado por el entusiasmo de masas de judíos y gentiles, encandilados por una era de paz que creían divisar, concluyó abruptamente en una confrontación brutal. Veinte años después no hay nada para celebrar. La imagen internacional de Israel es pésima, y de hecho, peor de lo que era a inicios de los años noventa. Sus esfuerzos por la paz, aún a costa de grandes riesgos para su seguridad y para la cohesión de su sociedad, no han sido cabalmente apreciados por sus vecinos ni por la comunidad internacional. Israel es visto como un estado opresor y los palestinos, como un pueblo víctima. Equiparaciones de Israel con el Tercer Reich, el Apartheid y el colonialismo son frecuentes, aún en foros respetados. Las entregas territoriales que el país hizo desde entonces sólo le trajeron complicaciones e incluso contiendas bélicas. Cada acto de terror palestino en las ciudades de Israel no ha fomentado una mayor simpatía por la nación atacada y, paradójicamente, ha aumentado el estatus de víctima del pueblo palestino en la mirada mundial. Cada medida defensiva de Israel sólo ha generado rechazo universal. Dos décadas atrás, algunos líderes israelíes con el apoyo de importantes sectores de la población, aseguraron que riesgos debían tomarse en aras de la paz. Los riesgos fueron tomados y la paz no ha arribado. Incluso los más ardientes defensores de Oslo pueden ver hoy que las consecuencias de estrechar la mano a Yasser Arafat han sido fatales.

Veinte años después de la firma del Acuerdo de Oslo un nuevo esfuerzo se está realizando por la paz en Israel y en Palestina. Y una vez más ha sido inaugurado del modo equivocado: poniendo en libertad a asesinos de inocentes. Difícilmente un proceso de paz que requiere la liberación de terroristas pueda llegar a buen puerto. Una vez más se reincide en la equivocación de asumir que sólo Israel es la parte obligada a la realización de concesiones: nótese que Israel es presionada a dar muestras de buena voluntad para apenas lograr que la Autoridad Palestina se avenga a negociar. Y otra vez se está ignorando el crucial tema de la educación popular: mientras la incitación antijudía y antisionista en las zonas palestinas continúe impune no habrá la más remota chance para la paz.

¿Quién sabe? Quizás esta vez sí funcione. Pero algo me dice que, en el mediano plazo al menos, eso no sucederá. Ahora no se trata de una mirada intuitiva hacia el futuro. Veinte años de acontecimientos nos pueden educar.

La Razón (España)

La Razón (España)

Por Julián Schvindlerman

  

El nivel infernal del conflicto Sirio – 22/08/13

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A casi un año exacto desde que el presidente estadounidense, Barack Obama, advirtiera contra el uso de armas químicas al Gobierno sirio, y tres días después de la llegada al país árabe del primer equipo inspector de Naciones Unidas para la investigación del uso de tales armas no convencionales, una nueva y grave instancia de presunto empleo de armamento químico ha surgido. La oposición ha acusado al Gobierno de Bachar al Asad de haber masacrado a más de un millar de personas por medio de gas venenoso y diversos canales de televisión saudíes y qataríes han mostrado imágenes espeluznantes de las supuestas víctimas.

El régimen sirio niega enfáticamente las acusaciones y Rusia, su único aliado en el Consejo de Seguridad de la ONU, asegura que todo el asunto es una maniobra de propaganda destinada a consternar a la opinión pública mundial, a sabotear una planeada conferencia diplomática prevista próximamente en Ginebra, y a presionar a las potencias hacia el camino de la intervención militar. La Unión Europea y Estados Unidos han reaccionado con igual dosis de indignación y cautela, conscientes de que no podrán tolerar tamaña atrocidad y ansiosos por determinar la veracidad de las acusaciones. Por haber ocurrido los ataques en una zona virtualmente vedada a la Prensa internacional y en consecuencia de difícil acceso para confirmar la autenticidad de los hechos, en el momento de escribir estas líneas no puede evaluarse el panorama en su totalidad.

La credibilidad de las partes no ayuda a la tarea del esclarecimiento. El Gobierno integra a una tiranía atroz y gran parte de la oposición, a grupos yihadistas. En medio de tanta confusión, no obstante, es cada vez más claro que política y humanitariamente la crisis siria ha descendido a un nivel infernal.

Televisivas

Voice of America News – VOA (TV de Estados Unidos) – 16/08/13

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Programa: Foro Interamericano
Conducción: Patricia Dalmasy
Canal: Voice of América (TV de Estados Unidos)
Fecha: 16/08/2013
Tema: Los resultados electorales en la Argentina

Panelistas:
Desde Washington: Lino Gutiérrez, ex embajador de los Estados Unidos en la Argentina
Desde Buenos Aires: Francisco Resnicoff, analista del CIPPEC
Desde Buenos Aires: Julián Schvindlerman, comentarista poítico

El video no esta disponible. Disculpe las molestias.

Comunidades, Comunidades - 2013

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Hassan Rohani, marca registrada – 14/08/13

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¿Exactamente en qué momento se convirtió Hassan Rohani en un moderado? ¿Fue cuando pidió a las milicias Basij que reprimiesen “impiadosa y monumentalmente” las protestas estudiantiles de 1999? ¿Fue cuando presidió el Consejo de Seguridad Nacional entre 1989-2005, período en que las autoridades iraníes planificaron el atentado contra la AMIA (1994, 85 muertos) en la Argentina y contra las Torres Khobar (1996, 19 muertos) en Arabia Saudita? ¿Fue cuando lideró las negociaciones nucleares con Europa a partir del 2003 y no detuvo el programa nuclear persa? ¿Fue cuando no condenó públicamente a Ahmadinejad por negar reiteradamente el Holocausto durante los últimos ocho años? ¿O fue cuando no instó a su gobierno a que dejase de apoyar al régimen genocida de Bashar-al-Assad en Siria? ¿Exactamente cuando se moderó?

La moderación de Rohani es un espejismo que los occidentales sedientos de flexibilidad ven en el desierto de la política iraní. Pero él es parte y parcela de la estructura de poder en Irán, un hijo dilecto de la Revolución Khomeinista, un hombre seleccionado por el líder supremo ayatollah Alí Khameini para postularse a la presidencia de la República Islámica, sólo uno entre ocho privilegiados que dejó a 592 excluidos. Es tal la desesperación occidental por encontrar un reformista en Irán que basta una sonrisa fraudulenta para que las expectativas afloren.

Pero ya hemos estado en este mismo lugar.

En 1989 ascendió a la presidencia Alí Akbar Hashemi Rafsanjani, un político ampliamente etiquetado como un reformista y un moderado en la política persa. Y sin embargo, un informe de la CIA de 1990 aseveró: “Aunque Rafsanjani ha buscado mejorar las relaciones con algunos países occidentales desde que asumió directamente la presidencia el pasado agosto, acontecimientos del año pasado muestran que Teherán sigue considerando el uso selectivo del terrorismo como una herramienta legítima”. Dos años después, otro reporte de la CIA responsabilizaba a las autoridades iraníes por orquestar ataques contra funcionarios israelíes, sauditas y estadounidenses en Turquía, emigrados judíos de la ex Unión Soviética, así como a disidentes iraníes exiliados. En diciembre de 2001, dos meses posteriores al 9/11 en Estados Unidos, Rafsanjani vaticinó que el uso de una bomba atómica contra Israel no dejaría nada vivo sobre la tierra mientras que la posible respuesta israelí afectaría apenas a una porción del Islam. En lo relativo a la cuestión nuclear, en noviembre del 2004 Rafsanjani afirmó: “Definitivamente no podemos parar nuestro programa nuclear y no lo pararemos”. Así fue.

Rafsanjani fue sucedido en el sillón presidencial por Muhammad Khatami, otro presunto ícono de la moderación persa. No obstante, bajo su mandato (1997-2005) las cárceles del país siguieron atestadas de prisioneros políticos, Hezbollah continuó recibiendo el patrocinio de Irán y el programa nuclear prosiguió su marcha. Unos meses antes de dejar el poder aseguró ante un grupo de diplomáticos extranjeros que el enriquecimiento de uranio “es nuestro claro derecho” y legó una de las citas más extraordinariamente cómicas de la historia de Irán: “Damos nuestra garantía de que no vamos a producir armas nucleares, porque estamos en contra de ellas y no creemos que sean una fuente de poder”.

En el 2005 Mahmoud Ahmadinejad fue designado presidente y por los siguientes ocho años las cárceles del país siguieron atestadas de prisioneros políticos, Hezbollah continuó recibiendo el patrocinio de Irán y el programa nuclear prosiguió su marcha. En abril del 2012 él prometió: “No nos moveremos un milímetro de nuestros derechos atómicos”. La Agencia Internacional de Energía Atómica tenía motivos para creerle. Uno de sus informes del año previo había indicado: “La Agencia tiene serias preocupaciones concernientes a las posibles dimensiones militares del programa nuclear de Irán”; además había señalado: “La información indica que Irán ha llevado a cabo actividades relevantes al desarrollo de un mecanismo de explosión nuclear” e inequívocamente afirmó que Irán trabajó “en el desarrollo de un diseño local de un arma nuclear incluyendo el testeo de componentes”.

Al ganar las últimas elecciones nacionales, Hassan Rohani extendió un ramo de olivo a la familia de las naciones y aseguró: “Nuestros programas nucleares son completamente transparentes”. Parece que el humor es un atributo típico de la idiosincrasia política iraní.

El flamante presidente Rohani será funcional a Bruselas y a una Casa Blanca poco dispuestas a tomar acciones decididas para frenar el proyecto nuclear persa. El Ayatollah Khameini comprendió que es preferible, y más fácil, engañar a las potencias que confrontar con ellas. Ahmadinejad reflejaba demasiado fielmente el verdadero rostro del régimen teocrático y eso le complicó las cosas al país. Una nueva política de relaciones públicas era necesaria. Con la fachada de “Rohani el moderado”, Irán espera confundir y ganar tiempo. Total, mientras se dialoga Parchín, Natanz, Arak, Bushehr e Isfaham pueden seguir operando. A juzgar por las primeras reacciones mundiales al nuevo producto presidencial made in Iran, es notable ver cuán exitosa hasta ahora ha sido la treta.

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Hassan Rohani, marca registrada (14/08/2013)

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¿Exactamente en qué momento se convirtió Hassan Rohani en un moderado? ¿Fue cuando pidió a las milicias Basij que reprimiesen impiadosa y monumentalmente» las protestas estudiantiles de 1999? ¿Fue cuando presidió el Consejo de Seguridad Nacional entre 1989-2005, período en que las autoridades iraníes planificaron el atentado contra la AMIA (1994, 85 muertos) en la Argentina y contra las Torres Khobar (1996, 19 muertos) en Arabia Saudita? ¿Fue cuando lideró las negociaciones nucleares con Europa a partir del 2003 y no detuvo el programa nuclear persa? ¿Fue cuando no condenó públicamente a Ahmadinejad por negar reiteradamente el Holocausto durante los últimos ocho años? ¿O fue cuando no instó a su gobierno a que dejase de apoyar al régimen genocida de Bashar-al-Assad en Siria? ¿Exactamente cuando se moderó?

La moderación de Rohani es un espejismo que los occidentales sedientos de flexibilidad ven en el desierto de la política iraní. Pero él es parte y parcela de la estructura de poder en Irán, un hijo dilecto de la Revolución Khomeinista, un hombre seleccionado por el líder supremo ayatollah Alí Khameini para postularse a la presidencia de la República Islámica, sólo uno entre ocho privilegiados que dejó a 592 excluidos. Es tal la desesperación occidental por encontrar un reformista en Irán que basta una sonrisa fraudulenta para que las expectativas afloren.

Pero ya hemos estado en este mismo lugar.

En 1989 ascendió a la presidencia Alí Akbar Hashemi Rafsanjani, un político ampliamente etiquetado como un reformista y un moderado en la política persa. Y sin embargo, un informe de la CIA de 1990 aseveró: «Aunque Rafsanjani ha buscado mejorar las relaciones con algunos países occidentales desde que asumió directamente la presidencia el pasado agosto, acontecimientos del año pasado muestran que Teherán sigue considerando el uso selectivo del terrorismo como una herramienta legítima». Dos años después, otro reporte de la CIA responsabilizaba a las autoridades iraníes por orquestar ataques contra funcionarios israelíes, sauditas y estadounidenses en Turquía, emigrados judíos de la ex Unión Soviética, así como a disidentes iraníes exiliados. En diciembre de 2001, dos meses posteriores al 9/11 en Estados Unidos, Rafsanjani vaticinó que el uso de una bomba atómica contra Israel no dejaría nada vivo sobre la tierra mientras que la posible respuesta israelí afectaría apenas a una porción del Islam. En lo relativo a la cuestión nuclear, en noviembre del 2004 Rafsanjani afirmó: «Definitivamente no podemos parar nuestro programa nuclear y no lo pararemos». Así fue.

Rafsanjani fue sucedido en el sillón presidencial por Muhammad Khatami, otro presunto ícono de la moderación persa. No obstante, bajo su mandato (1997-2005) las cárceles del país siguieron atestadas de prisioneros políticos, Hezbollah continuó recibiendo el patrocinio de Irán y el programa nuclear prosiguió su marcha. Unos meses antes de dejar el poder aseguró ante un grupo de diplomáticos extranjeros que el enriquecimiento de uranio «es nuestro claro derecho» y legó una de las citas más extraordinariamente cómicas de la historia de Irán: «Damos nuestra garantía de que no vamos a producir armas nucleares, porque estamos en contra de ellas y no creemos que sean una fuente de poder».

En el 2005 Mahmoud Ahmadinejad fue designado presidente y por los siguientes ocho años las cárceles del país siguieron atestadas de prisioneros políticos, Hezbollah continuó recibiendo el patrocinio de Irán y el programa nuclear prosiguió su marcha. En abril del 2012 él prometió: «No nos moveremos un milímetro de nuestros derechos atómicos». La Agencia Internacional de Energía Atómica tenía motivos para creerle. Uno de sus informes del año previo había indicado: «La Agencia tiene serias preocupaciones concernientes a las posibles dimensiones militares del programa nuclear de Irán»; además había señalado: «La información indica que Irán ha llevado a cabo actividades relevantes al desarrollo de un mecanismo de explosión nuclear» e inequívocamente afirmó que Irán trabajó «en el desarrollo de un diseño local de un arma nuclear incluyendo el testeo de componentes».

Al ganar las últimas elecciones nacionales, Hassan Rohani extendió un ramo de olivo a la familia de las naciones y aseguró: «Nuestros programas nucleares son completamente transparentes». Parece que el humor es un atributo típico de la idiosincrasia política iraní.

El flamante presidente Rohani será funcional a Bruselas y a una Casa Blanca poco dispuestas a tomar acciones decididas para frenar el proyecto nuclear persa. El Ayatollah Khameini comprendió que es preferible, y más fácil, engañar a las potencias que confrontar con ellas. Ahmadinejad reflejaba demasiado fielmente el verdadero rostro del régimen teocrático y eso le complicó las cosas al país. Una nueva política de relaciones públicas era necesaria. Con la fachada de «Rohani el moderado», Irán espera confundir y ganar tiempo. Total, mientras se dialoga Parchín, Natanz, Arak, Bushehr e Isfaham pueden seguir operando. A juzgar por las primeras reacciones mundiales al nuevo producto presidencial made in Iran, es notable ver cuán exitosa hasta ahora ha sido la treta.