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Caretas (Peru)

Caretas (Peru)

Por Julián Schvindlerman

  

Libia: Rebeldes sin pausa – 31/03/11

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Entrevista con Julián Schvindlerman

Internacional: La OTAN asume liderazgo de bombardeo aliado y los insurgentes ganan posiciones contra tiranía de Gadafi. Para analista judío Julián Schvindlerman, siendo la democracia aún remota, el Medio Oriente ya cambió de faz.

El analista argentino Julián Schvindlerman posee una maestría en la Universidad Hebrea de Jerusalem . Es autor de los libros “Roma y Jerusalem: la política vaticana hacia el estado judío” y “Tierras por Paz, Tierras por Guerra”. Su conocimiento del Medio Oriente y su relación con Israel le otorgan una perspectiva particular frente al conflicto que incendia Libia y toda la región.

–¿Cuál es el escenario que se abre en Libia?
–Lo fundamental es que no es una imposición de Occidente sino una asistencia a una revuelta netamente doméstica y popular. No parece haber una ideología motivadora, líderes identificables ni organizaciones que comanden la situación. Ni siquiera hay eslóganes antioccidentales, antijudíos o antiamericanos. Es una revuelta pro democrática e incluso la propia liga árabe pide asistencia para ayudar a los libios. Lo que estamos viendo no tiene precedentes.

–¿Qué riesgo hay de radicalismo y caos tribal?
–Libia tiene una oposición importante. Están las tradicionales disputas tribales en el país y una amenaza un poco distante de Al Qaeda. En una era pos Gadafi puede ser que estos elementos estén presentes. Los líderes opositores y los disidentes del gobierno, que son la élite política militar del país, tendrían que tomar las riendas del asunto. Con participación ciudadana, pero seguro que más acotada que en Egipto.

–¿Se puede llegar a una especie de democratización?
–Es lo deseable. Pero Medio Oriente no tiene una tradición consolidada en ese sentido, no tiene la menor experiencia de lo que es una vida democrática verdadera. Más allá de las elecciones tiene que haber libertad de prensa, de reunión, y esto no existe. Supongo que va a haber una especie de transición relativamente prolongada a una especie de democracia limitada que funcione en términos locales.

–¿Cómo observa Israel la situación?
–Con preocupación y con la esperanza de que nada empeore. Sabe que su situación en Medio Oriente siempre fue muy precaria. Comprende que la pérdida de un aliado como Mubarak en Egipto es un riesgo importante porque entra en juego el tratado de paz entre ambos países, que en realidad es un pilar de la seguridad regional. Esto tiene implicancias económicas, políticas y militares muy serias. Egipto ya autorizó a barcos militares de Irán a cruzar el Canal de Suez. Por otra parte, veo una oportunidad en el hecho de que algunos gobiernos autocráticos que incitaban permanentemente al antisemitismo en sus medios oficiales quizás no van a seguir haciéndolo. Porque lo crucial es que el mundo árabe va a comenzar a mirar mucho para adentro y esto era sociológicamente necesario. Era una sociedad obsesionada con Israel, el imperio americano, Europa y los cruzados. Ahora se preguntan: ¿qué vida queremos llevar?

–¿Qué ocurre en Bahrein?
–Es un país que tiene 70% de mayoría chiíta pero está gobernado por una minoría sunita. Arabia Saudita y otros países del golfo ya enviaron tropas para reprimir a los manifestantes en asistencia al gobierno. Es un aliado de Estados Unidos, con lo cual lo veo como el país más delicado y estratégico.

–¿Y qué tan grave es la situación en Arabia Saudita?
–Está controlada por el momento. Pero no sabemos el alcance del efecto contagio. No hay que olvidarse tampoco de la influencia iraní, que está tratando de capitalizar el descontento a favor de la desestabilización regional.

–¿Es la amenaza del extremismo islámico?
Irán es un régimen extremista religioso. Es el único país chiíta de toda la órbita árabe [JS: Irán no es árabe, error de trascripción] que es mayoritariamente sunita, por eso tiene una aspiración pan islámica, no pan arabista, de tratar de expandir su ideología. De ahí su presencia en el Líbano y Gaza, y ahora en Bahrein. Uno de los riesgos es que no se sabe como el Islam radical va a capitalizar este escenario. A diferencia de otros analistas, yo tengo más confianza de que esta revuelta pro libertades no sea aprovechada por las fuerzas oscurantistas del Islam radical. Pero es un riesgo.

–¿Estados Unidos se demoró mucho en entrar?
Sí. Pero esto tiene que ver con que esta vez eligió no liderar, a diferencia de Bush. Obama tiene una actitud mucho más colaboracionista con todo el mundo. Incluso para supeditar, por más insólito que suene esto, intereses estratégicos de EEUU a la aprobación mundial, particularmente Naciones Unidas.

–Lo peor es que Occidente le volvió a abrir las puertas a Gadafi.
–En el 2003, después de la invasión norteamericana a Irak, Gadafi toma la iniciativa de blanquear su programa de armamento no convencional y fue bien recibido en Occidente después de pagar cuantiosas sanciones en compensación por el atentado de Lockerbie (de 1988, donde un avión explotó en los aires y murieron 270 personas. Los sindicados fueron terroristas libios). Fue bien recibido por Occidente y puso su carpa beduina en París. Gran Bretaña, que ahora es uno de los líderes del operativo, fue la que presionó a Irlanda para que liberen al único terrorista convicto por Lockerbie. El propio Berlusconi, que tenía estrecha colaboración, abogó por un acuerdo de cooperación mutua.

–¿Gadafi se vendió como una contención al radicalismo islámico?
–Exactamente. Y también de la migración ilegal hacia Europa. Más allá de que hubo una prevalecencia de la real politik, esta intervención era necesaria y Gadafi no puede quedarse en el poder. Si no vamos a tener a un líder terriblemente represor, sanguinario, resentido, con una personalidad extravagante. Sin lugar a dudas volvería a las viejas usanzas de promoción del terrorismo y desestabilización regional, pues hasta la liga árabe lo dejó solo. Y lo dijo su ex embajador en la ONU: Gadafi está loco.

(Entrevistó Enrique Chávez)

Comunidades, Comunidades - 2011

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Lebanon – 30/03/11

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En Lebanon hallamos, al fin, una película bélica israelí que no es anti-israelí. Acostumbrados a una comunidad cinematográfica local ultra crítica de su país, regularmente masoquista, siempre inclinada a ventilar públicamente sus fobias, complejos y traumas psicológicos -como si el cine fuese una gran sesión de terapia y la audiencia internacional un suerte de Freud global- no podemos sino ver en el film de Samuel Maoz una saludable ruptura con esa tendencia tan frecuente como nociva.

El sólo hecho de no caer en el adoctrinamiento kitsch usual y en los lugares comunes más básicos del cine israelí, hace de Lebanon meritoria en sí misma. Pero el film es mucho más que eso y, aunque es autobiográfica y retrata la experiencia personal del director durante la guerra de 1982, se erige como una clase de historia didáctica, sumamente educativa e informativa. Por sobre todo, es una película sobria; cruenta en su realismo visual y narrativo, acertada en los rubros técnicos, y balanceada en su visión política. Sus escenas muestran verdades obvias para muchos israelíes y judíos (a menos que uno milite en Shalom Ajshav o Betselem) pero no así para un público general alimentado cotidianamente con dosis de desinformación e incluso demonización anti-israelí. A saber: los soldados israelíes no son sádicos belicistas, ni violadores de mujeres, ni asesinos de niños, ni abusadores de prisioneros.

A diferencia del animado “documental alucinatorio” (según lo caracterizó oportunamente el crítico del New York Times, A. O. Scott) de Ari Folman, Waltz con Bashir, que compara de modo aberrante a los soldados israelíes con los nazis, el Lebanon de Samuel Maoz elude, dentro de lo permisible en el cine bélico israelí, los juicios políticos para centrarse más en el aspecto vivencial y descarnado de la guerra. Tiene trazos comunes con la película de Folman en la dimensión autobiográfica, en la pintura dramática de los personajes, en la gráfica cruda de la contienda, y en la atmósfera agobiante que satura al largometraje: en Waltz con Bashir era oscura y deprimente, en Lebanon es claustrofóbica y tensionante. Salvo la imagen de apertura y de cierre de la película (que es la misma: un campo de girasoles abatidos en pleno día soleado), toda la trama transcurre dentro del tanque que habitan los cuatro soldados. Por supuesto que hay una narrativa mayor que es la de la incursión israelí en El Líbano en 1982, pero sólo accedemos a ella a través del lente de la mira desde el interior del tanque. Esto constituye sin dudas uno de los mayores logros del director.

Que el retrato es humano más que político, podemos apreciarlo en la completa desorientación espacial de los jóvenes soldados, verdaderos anti-héroes que se hallan en el lugar equivocado en el momento equivocado. Es decir, son conscriptos de un ejército en confrontación con terroristas asentados en un país vecino. Los soldados parecen no tener una idea clara de los hechos, a tal punto que cuando se topan con un falangista, uno de ellos pregunta “¿Qué es un falangista?” y deben explicarle que es un árabe cristiano aliado. Cuando es ingresado al interior del tanque un guerrillero sirio capturado, otro soldado, azorado, acota, “pensé que en El Líbano hallaríamos libaneses, no sirios”. La ansiedad de los soldados por volver a casa, su limitada aptitud para manejar el tanque o disparar contra combatientes enemigos, la debilidad de liderazgo palpable en el comandante a cargo y la insubordinación interna que ella despierta, remiten a la descripción del comando israelí efectuada por Steven Spielberg en Munich a propósito de los cuestionamientos morales y torpeza profesional que aquejaban a sus miembros mientras daban caza en Europa a los terroristas del grupo Septiembre Negro; sólo que en Lebanon la situación es verdadera. Munich era presentada como “basada en hechos reales” pero, en rigor, estaba basada en la imaginación de su guionista, tal como aptamente señaló un crítico al momento de su estreno.

Otro punto de encuentro con Munich es alegórico. El film de Spielberg cerraba con una toma de las Torres Gemelas con un sugestivo subtexto de que la lucha contra el terrorismo es absurda y contraproducente. Maoz muestra imágenes del Big Ben, la Torre Eiffel y las Twin Towers que la mira del tanque capta en los pósters colgados dentro de una abandonada agencia de viajes libanesa a la que acaba de ingresar, destruyendo. El propósito aquí, sin embargo, parece ser menos aleccionador ideológicamente, limitándose a ilustrar la dimensión irreal de toda la situación.

El film de Samuel Maoz es ciertamente anti-belicista, pero sabiamente se abstiene de adoptar un tono político pedante y brinda en su lugar una experiencia intensa, cautivante y fielmente descriptiva del papel humano en el horror de la contienda. Chapeau a Lebanon, entonces, por evitar el cliché instructivo y legar a la cinematografía israelí un modo de hacer cine más realista, menos moralista y a la vez, entretenido.

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Lebanon – 30/03/2011

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En Lebanon hallamos, al fin, una película bélica israelí que no es anti-israelí. Acostumbrados a una comunidad cinematográfica local ultra crítica de su país, regularmente masoquista, siempre inclinada a ventilar públicamente sus fobias, complejos y traumas psicológicos -como si el cine fuese una gran sesión de terapia y la audiencia internacional un suerte de Freud global- no podemos sino ver en el film de Samuel Maoz una saludable ruptura con esa tendencia tan frecuente como nociva.

El sólo hecho de no caer en el adoctrinamiento kitsch usual y en los lugares comunes más básicos del cine israelí, hace de Lebanon meritoria en sí misma. Pero el film es mucho más que eso y, aunque es autobiográfica y retrata la experiencia personal del director durante la guerra de 1982, se erige como una clase de historia didáctica, sumamente educativa e informativa. Por sobre todo, es una película sobria; cruenta en su realismo visual y narrativo, acertada en los rubros técnicos, y balanceada en su visión política. Sus escenas muestran verdades obvias para muchos israelíes y judíos (a menos que uno milite en Shalom Ajshav o Betselem) pero no así para un público general alimentado cotidianamente con dosis de desinformación e incluso demonización anti-israelí. A saber: los soldados israelíes no son sádicos belicistas, ni violadores de mujeres, ni asesinos de niños, ni abusadores de prisioneros.

A diferencia del animado documental alucinatorio» (según lo caracterizó oportunamente el crítico del New York Times, A. O. Scott) de Ari Folman, Waltz con Bashir, que compara de modo aberrante a los soldados israelíes con los nazis, el Lebanon de Samuel Maoz elude, dentro de lo permisible en el cine bélico israelí, los juicios políticos para centrarse más en el aspecto vivencial y descarnado de la guerra. Tiene trazos comunes con la película de Folman en la dimensión autobiográfica, en la pintura dramática de los personajes, en la gráfica cruda de la contienda, y en la atmósfera agobiante que satura al largometraje: en Waltz con Bashir era oscura y deprimente, en Lebanon es claustrofóbica y tensionante. Salvo la imagen de apertura y de cierre de la película (que es la misma: un campo de girasoles abatidos en pleno día soleado), toda la trama transcurre dentro del tanque que habitan los cuatro soldados. Por supuesto que hay una narrativa mayor que es la de la incursión israelí en El Líbano en 1982, pero sólo accedemos a ella a través del lente de la mira desde el interior del tanque. Esto constituye sin dudas uno de los mayores logros del director.

Que el retrato es humano más que político, podemos apreciarlo en la completa desorientación espacial de los jóvenes soldados, verdaderos anti-héroes que se hallan en el lugar equivocado en el momento equivocado. Es decir, son conscriptos de un ejército en confrontación con terroristas asentados en un país vecino. Los soldados parecen no tener una idea clara de los hechos, a tal punto que cuando se topan con un falangista, uno de ellos pregunta «¿Qué es un falangista?» y deben explicarle que es un árabe cristiano aliado. Cuando es ingresado al interior del tanque un guerrillero sirio capturado, otro soldado, azorado, acota, «pensé que en El Líbano hallaríamos libaneses, no sirios». La ansiedad de los soldados por volver a casa, su limitada aptitud para manejar el tanque o disparar contra combatientes enemigos, la debilidad de liderazgo palpable en el comandante a cargo y la insubordinación interna que ella despierta, remiten a la descripción del comando israelí efectuada por Steven Spielberg en Munich a propósito de los cuestionamientos morales y torpeza profesional que aquejaban a sus miembros mientras daban caza en Europa a los terroristas del grupo Septiembre Negro; sólo que en Lebanon la situación es verdadera. Munich era presentada como «basada en hechos reales» pero, en rigor, estaba basada en la imaginación de su guionista, tal como aptamente señaló un crítico al momento de su estreno.

Otro punto de encuentro con Munich es alegórico. El film de Spielberg cerraba con una toma de las Torres Gemelas con un sugestivo subtexto de que la lucha contra el terrorismo es absurda y contraproducente. Maoz muestra imágenes del Big Ben, la Torre Eiffel y las Twin Towers que la mira del tanque capta en los pósters colgados dentro de una abandonada agencia de viajes libanesa a la que acaba de ingresar, destruyendo. El propósito aquí, sin embargo, parece ser menos aleccionador ideológicamente, limitándose a ilustrar la dimensión irreal de toda la situación.

El film de Samuel Maoz es ciertamente anti-belicista, pero sabiamente se abstiene de adoptar un tono político pedante y brinda en su lugar una experiencia intensa, cautivante y fielmente descriptiva del papel humano en el horror de la contienda. Chapeau a Lebanon, entonces, por evitar el cliché instructivo y legar a la cinematografía israelí un modo de hacer cine más realista, menos moralista y a la vez, entretenido.

El Telégrafo (Ecuador)

El Telégrafo (Ecuador)

Por Julián Schvindlerman

  

Cuando la opresión estalla en revuelta – 20/03/11

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Los países de África del Norte y Oriente Próximo han experimentado épocas duras desde la colonización, las dictaduras hasta las protestas actuales.

Una decena de países del Magreb y de Oriente Medio se asienta en la actualidad sobre arenas movedizas por las constantes revueltas contra los regímenes dictatoriales que reflejan a un pueblo oprimido, ávido de cambios políticos y sociales.

Las protestas pillan desprevenidos a todos y mueven los pilares de naciones grandes y pequeñas. La historia empieza a finales de diciembre de 2010, en Túnez, donde la gente salió a las calles para reclamar por la muerte de un vendedor que se incendió a lo bonzo tras ser reprimido por agentes policiales.

Las manifestaciones tomaron cada vez más fuerza, hasta presionar al presidente Zine El Abidine Ben Alí, quien llevaba 23 años en el poder, a renunciar. El efecto dominó avanzó hasta Egipto.

El mandatario Hosni Mubarak, con siete años más que el líder tunecino en el gobierno, corrió con la misma suerte. El mandatario entregó el poder a los militares tras fuertes protestas que cobraron la vida de 300 personas.

Las revueltas, entonces, continuaron como un reguero de pólvora. Otros países levantados, hoy, son Yemen, Bahréin y Libia, mientras que en Argelia, Jordania, Marruecos, Omán, Irán e Irak se han dado protestas callejeras.

Sin embargo, Libia es la nación magrebí donde se registran los más encarnizados enfrentamientos. Allí, el régimen de Muamar el Gadafi, el dictador más longevo de África del Norte (42 años), se resiste a abandonar el poder y combate en forma sangrienta a los rebeldes. Actualmente, el país enfrenta una intervención militar autorizada, el pasado jueves, por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Para poner en perspectiva las revoluciones en África del Norte y Oriente Medio es imprescindible conocer la historia de estos países, la mayoría árabe y de religión musulmana, en gran parte sunita, con la excepción de Irán (donde sus ciudadanos son étnicamente persas y profesan el islam chiíta).

En el pasado, el imperialismo europeo tuvo un papel protagónico, aunque, según algunos expertos, las revoluciones actuales no tienen precedentes. Jorge Salomón, profesor de Sociología e Historia en la Universidad de Especialidades Espíritu Santo (UEES), explica que dicho imperialismo representó algo terrible para sus habitantes, como antes el otomano (1.500 después de Cristo), liderado por los Selyur, reconocidos como sanguinarios.

Con la llegada de la Revolución Industrial (1770-1780 a 1830-1850) viene la expansión de las naciones europeas. Influenciada por el boom, entre los años 1800 y 1900, Europa entra a apoderarse de África y Asia. En el caso del Magreb, Gran Bretaña necesitaba una forma de comerciar con Asia, entonces se toma en 1850 Egipto y construye el canal del Suez.

Pero, ¿qué pasa con estas naciones? Una de las primeras acciones que toman los líderes del imperio europeo es “deconstruir el pasado”, como afirma el ensayista mexicano Octavio Paz (1914-1998), a quien parafrasea Salomón, autor del libro Shukran América: Las familias palestinas en Ecuador.

El catedrático señala que la potencia imperial, es decir los británicos, desarrollaron una teoría llamada el darwinismo social, que se basa en la Evolución de las especies, de Charles Darwin, y en la cual las más fuertes eliminaban a las más débiles. Ellos la readaptan a los seres humanos y hacen sentir a la gente que su pasado no es importante, compara Salomón.

El proceso de la deconstrucción del pasado es clave para que la potencia imperial se adueñe de la mente de la población volviéndola sumisa. Es así como estos pueblos son sometidos por el imperio. Sin embargo, “las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo”, sostenía Octavio Paz. Y, en efecto, el pueblo tenía sed de liberación.

Salomón expresa que con la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el mundo se bipolariza. “Mal o bien la Unión Soviética representa en esa época otra forma de hacer política, está en contra del imperialismo (occidental) y hay todo un proceso mundial que permite que muchos países africanos comiencen a independizarse. Es así como se dan guerras muy fuertes, como la de Argelia, que se independiza de Francia, y la de Libia, que se libera, al fin, de Italia.

Dictaduras

Con la descolonización europea, surgieron gobernantes considerados ilegítimos por el pueblo. Julián Schvindlerman, analista internacional argentino y autor de Tierras por paz, tierras por guerra, precisa a El Telégrafo que por vocación de puro poder, o por idealización de un plan político mayor para las naciones árabes, los militares tomaron el gobierno por la fuerza, lo que dio lugar a las dictaduras que se extendieron durante mucho tiempo.

Así, los países árabes pasaron del imperialismo europeo a las dictaduras y de allí a las revoluciones actuales, en las que cada caso es singular, pero se puede generalizar: el pueblo sale a las calles de forma espontánea a ventilar las frustraciones de décadas de represión y subdesarrollo al que han estado sometidos, agrega el internacionalista.

“Hay sectores musulmanes extremistas en esos países, pero no están liderando las revueltas. En el caso de Egipto, se trató de una mezcla de seculares de clases varias con islamistas. En Libia son laicos, más tribus y disidentes oficiales. Pero la base es netamente popular”, añade Schvindlerman.

A juicio de Marc Saint-Upéry, internacionalista, periodista y escritor francés, la lucha que se da ahora no es ni ideológica ni religiosa. Son reivindicaciones democráticas y sociales que aglutinan a sectores muy diferentes.

“El aumento del costo de la vida, sobre todo del precio de los alimentos en los últimos meses, jugó un papel importante”, precisa, “pero a eso se sumó un rechazo generalizado a los autócratas, a sus familias de ladrones de siete suelas y a la omnipotencia y la arbitrariedad salvaje de los mukhabarat, los sanguinarios servicios de seguridad”.

Pero, ¿qué viene después de las revueltas? Saint-Upéry considera que un período de transición muy complejo, una explosión de la expresión de las frustraciones y de las demandas sociales reprimidas. “Paralelamente, habrá conflictos culturales sobre temas de orden moral y religioso, y el riesgo es que los poderes fácticos instrumentalizan y cooptan a los islamistas más conservadores para desviar la atención de los problemas de fondo”, acota el escritor.

Para George Chaya, especialista argentino en Oriente Medio y autor de La Yihad Global, el terrorismo del Siglo XXI, estos sucesos que presenciamos ahora en el mundo árabe islámico no son revoluciones.

Es cierto -dice- que las movilizaciones han sido multitudinarias, pero los movimientos que se ven en la calle aún no han dado la talla de “revoluciones genuinas”.

George Chaya opina que es muy prematuro evaluar resultados en términos de cambios positivos para la población: “La puja entre las ideas nacionalistas arabistas y la ideología del yihadismo radical militante chiíta está en curso”.

Hay una guerra de las ideas que se está librando en la región -explica el experto argentino- y el peligro que ambas posiciones encarnan es que cualquiera de ellas no dudará en fagocitarse a la juventud que fue la portadora de ideas de cambios haciendo uso de las redes sociales.

Eduardo Álvarez, analista internacional sobre Oriente Medio, analiza que, en el caso de Libia, se alista una inminente intervención de Estados Unidos y Europa para finiquitar la salida de Muamar el Gadafi, una vez que los opositores no lograron echarlo del poder aprovechando la ola de protestas y su efecto dominó en el Magreb.

Esa opinión es compartida por Jorge Salomón, mientras que, en términos generales, Julián Schvindlerman considera que las revueltas son muy significativas y puede que se den mayores reformas por parte de quienes no quieren perder el poder (Jordania y Bahréin), o mayor represión por parte de otros tantos que, así mismo, a toda costa desean mantenerlo.

El Cronista

El Cronista

Por Julián Schvindlerman

  

Libia y las Naciones Unidas – 18/03/11

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El coronel Gaddafi ha lanzado una fuerte contraofensiva contra posiciones rebeldes. Ciudades estratégicas y otras han sido recapturadas por las fuerzas leales al régimen. Tanques y aviones fueron enviados a reprimir a los manifestantes que clamaban por la libertad. Periodistas foráneos fueron secuestrados y torturados. Ya hay un cuarto de millón de refugiados en Túnez, Egipto, Argelia y Nigeria. Según el New York Times, Gaddafi tiene decenas de miles de millones de dólares en efectivo en Trípoli para financiar la feroz represión, limitando así el impacto del embargo. El mundo libre estudia sus opciones más duras -creación de zona de exclusión aérea, intervención militar- pero, mientras la situación para los libios es cada vez más dramática, no se decide a actuar.

¿El motivo? Pues que las Naciones Unidas aún no han autorizado el uso de la fuerza para preservar la paz y la seguridad en el país árabe y, en consecuencia, en la región. La OTAN, Estados Unidos y la Unión Europea esperan el aval legal del organismo, puntualmente de su Consejo de Seguridad. La Carta de la ONU garantiza la integridad territorial y la independencia política de las naciones, y contempla el uso de la fuerza en defensa propia o para la preservación de la paz y la seguridad global. El Consejo está integrado por cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, el Reino Unido y Francia) y otros diez miembros no permanentes. La adopción de una resolución sustantiva requiere el apoyo de nueve de sus quince miembros y la ausencia de veto por parte de los países-miembro permanentes.

Es importante entender entonces que cuando hablamos del aval de la ONU, estamos refiriendo a la autorización de estos quince países y no de los casi doscientos que integran el organismo. Vale decir que el destino del pueblo libio está en manos de la opinión ilustrada de unos pocos gobiernos. A esto comúnmente se denomina ‘la opinión de la familia de las naciones‘, una caracterización demasiado grandiosa que no refleja la realidad. El problema crucial radica en el poder de veto de los permanentes. Beijing y Moscú se oponen a que el Consejo autorice el uso de la fuerza contra Libia. Ello implica que el Consejo está paralizado. Si Washington y sus aliados decidieran actuar por fuera del marco de la ONU, lo harían en el ámbito de la ilegalidad. En la observación del profesor de derecho de la Universidad de California en Berkeley, John Yoo, esto da lugar a una situación extraña: aquellas naciones que aceptan la responsabilidad elevada de mantener la paz y la democracia en el mundo se convierten en violadores de la ley internacional. Estados que protegen a regímenes autoritarios actúan en conformidad con la ley.

La credibilidad de la ONU en este sentido puede también ser cuestionada por su propio récord institucional en relación a Libia. A pesar de que esta nación árabe ha estado bajo el poder del tirano Gaddafi por más de cuatro décadas, Libia ha sido siempre aceptada como una nación respetable en su burocracia. En fecha tan reciente como el período 2008-2009, Libia integró como miembro no-permanente el Consejo de Seguridad. En mayo del 2010, 155 países de la Asamblea General votaron a favor de la incorporación de Libia al Consejo de Derechos Humanos, del que acaba de ser suspendida (no expulsada) a partir de las revueltas. El CDH, establecido en 2006 en reemplazo de la desacreditada Comisión de Derechos Humanos, ha emitido alrededor de cincuenta resoluciones condenatorias de países en los últimos cinco años; ni una sola de ellas fue emitida contra la Libia de Gaddafi. A comienzos del presente año, el CDH publicó su reporte cuatrimestral sobre la situación de los derechos humanos en Libia como parte de una revisión universal periódica. El reporte cosechó elogios hacia Libia por parte de Sudán, Siria, Palestina, Corea del Norte, Arabia Saudita, Myanmar, Cuba, Venezuela y, sorpresivamente, también de Polonia, Australia y Canadá. No menos insólito es que la delegada de Gaddafi ante la ONU en Ginebra, Najat Al-Hajjaji, ha tenido asiento desde el año 2005 en el “Grupo de Trabajo sobre el uso de mercenarios como método de violación de los derechos humanos”; o que en 2009 haya presidido el comité planificador de la Conferencia Mundial contra el Racismo de la ONU; o que en el 2003 haya sido electa como presidenta de la CDH.

En septiembre de 2009, Gaddafi dio un discurso de 100 minutos de duración ante la Asamblea General en el cual tildó de “consejo del terror” al Consejo de Seguridad. Hoy debe estar arrepentido. Gracias a la inacción del mismo, el coronel puede seguir masacrando impunemente a su propio pueblo.

Comunidades, Comunidades - 2011

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Benedicto XVI, Jesús y los Judíos – 16/03/11

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Las afirmaciones del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica contenidas en la segunda parte de un libro sobre Jesús de Nazaret, de reciente publicación, han causado una gran conmoción. En rigor, el Papa ha reafirmado lo que ya fue expresado, cuarenta y cinco años atrás, en la Declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, cuyo párrafo cuarto está dedicado a la religión judía.

Esta reafirmación papal está en consonancia con la política religiosa de previos pontífices, desde Juan XXIII en adelante. Con la salvedad que algunos de ellos por momentos incurrieron en contradicciones declarativas en esta materia, mientras que Benedicto XVI acaba de legar una lectura teológica de los textos sagrados desprovista de ambigüedades. Este Papa es un teólogo eminente y sus pronunciamientos en un libro tendrán mayor acogida por parte de feligreses que raramente se ocupen en leer documentos conciliares. Según extractos de la obra publicados en la prensa, Benedicto XVI sostiene que no hay base en las Sagradas Escrituras para el alegato de que el pueblo judío sea colectivamente culpable por la muerte de Jesús. Que esto deba ser subrayado en pleno siglo XXI es indicativo del daño que la acusación del deicidio ha provocado en la historia de la humanidad.

El Papa no afirma que los judíos no estuvieron implicados en la muerte de Jesús, como tampoco lo hace Nostra Aetate. Sino que los judíos no fueron colectivamente culpables, ni lo son eternamente. “Ahora debemos preguntarnos: ¿quiénes fueron exactamente los acusadores de Jesús?” escribe el Papa para responder que el Evangelio de Juan dice, simplemente, “los judíos”. A lo cual el pontífice observa “Pero el uso de Juan de esta expresión de modo alguno indica -como el lector moderno ha de suponer- el pueblo de Israel en general, menos aún es de carácter ´racista´” pues “Después de todo el mismo Juan era étnicamente un judío, como lo eran Jesús y sus seguidores”. Benedicto XVI concluye que la referencia de Juan era hacia la “aristocracia del templo”, la cual constituyó al “grupo real de acusadores”. Esto está en completa armonía con lo estipulado en Nostra Aetate, cuya sección relevante sostiene: “Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy”.

Por eso resulta llamativa la reacción de la comunidad judía global. Dijo el Comité Judío Norteamericano (AJC en inglés): “AJC recibe con agrado el libro del Papa que absuelve a los judíos por la muerte de Jesús”; declaró la Liga Anti-difamatoria (ADL): “ADL dice que la exoneración de los judíos en la muerte de Jesús de Benedicto XVI es ´histórica´ y adiciona al [Concilio] Vaticano II”; sostuvo el Congreso Judío Mundial (WJC): “WJC celebra el rechazo del Papa a la culpabilidad judía por la crucifixión de Jesús”; y un largo etcétera. Los titulares de estos comunicados carecen de la precisión que sí contienen sus textos, donde es indicado que la absolución, exoneración y el rechazo -para usar las palabras citadas- aluden al pueblo judío como colectivo. Es entendible que políticamente estas organizaciones deban agradecer a la Iglesia por el gesto del Papa. También es comprensible el entusiasmo de los partícipes del diálogo interreligioso al ver resultados tan positivos de sus continuas reuniones. E indudablemente Benedicto XVI merece ser alentado desde los rincones judíos por reafirmar pasadas enseñanzas positivas de la Iglesia. Tan sólo mayor rigor en la caracterización del acontecimiento, al menos en los titulares de prensa de las organizaciones judías, hubiera sido bienvenido.

Esta crítica no minimiza la importancia educativa de la aseveración papal para toda la cristiandad. Benedicto XVI sostiene que la lectura teológica correcta de los Evangelios no puede llevar a la conclusión de que los Padres del Cristianismo hayan señalado a la totalidad del pueblo judío como responsable eterno de la crucifixión del Mesías cristiano. Lástima que ninguno de sus 262 antecesores haya tenido la audacia teológica de llevar a cabo semejante exégesis con anterioridad. Indudablemente, mucho sufrimiento se hubiera evitado.

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Benedicto xvi, jesús y los judíos – 16/03/2011

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Las afirmaciones del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica contenidas en la segunda parte de un libro sobre Jesús de Nazaret, de reciente publicación, han causado una gran conmoción. En rigor, el Papa ha reafirmado lo que ya fue expresado, cuarenta y cinco años atrás, en la Declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, cuyo párrafo cuarto está dedicado a la religión judía.

Esta reafirmación papal está en consonancia con la política religiosa de previos pontífices, desde Juan XXIII en adelante. Con la salvedad que algunos de ellos por momentos incurrieron en contradicciones declarativas en esta materia, mientras que Benedicto XVI acaba de legar una lectura teológica de los textos sagrados desprovista de ambigüedades. Este Papa es un teólogo eminente y sus pronunciamientos en un libro tendrán mayor acogida por parte de feligreses que raramente se ocupen en leer documentos conciliares. Según extractos de la obra publicados en la prensa, Benedicto XVI sostiene que no hay base en las Sagradas Escrituras para el alegato de que el pueblo judío sea colectivamente culpable por la muerte de Jesús. Que esto deba ser subrayado en pleno siglo XXI es indicativo del daño que la acusación del deicidio ha provocado en la historia de la humanidad.

El Papa no afirma que los judíos no estuvieron implicados en la muerte de Jesús, como tampoco lo hace Nostra Aetate. Sino que los judíos no fueron colectivamente culpables, ni lo son eternamente. Ahora debemos preguntarnos: ¿quiénes fueron exactamente los acusadores de Jesús?» escribe el Papa para responder que el Evangelio de Juan dice, simplemente, «los judíos». A lo cual el pontífice observa «Pero el uso de Juan de esta expresión de modo alguno indica -como el lector moderno ha de suponer- el pueblo de Israel en general, menos aún es de carácter ´racista´» pues «Después de todo el mismo Juan era étnicamente un judío, como lo eran Jesús y sus seguidores». Benedicto XVI concluye que la referencia de Juan era hacia la «aristocracia del templo», la cual constituyó al «grupo real de acusadores». Esto está en completa armonía con lo estipulado en Nostra Aetate, cuya sección relevante sostiene: «Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy».

Por eso resulta llamativa la reacción de la comunidad judía global. Dijo el Comité Judío Norteamericano (AJC en inglés): «AJC recibe con agrado el libro del Papa que absuelve a los judíos por la muerte de Jesús»; declaró la Liga Anti-difamatoria (ADL): «ADL dice que la exoneración de los judíos en la muerte de Jesús de Benedicto XVI es ´histórica´ y adiciona al [Concilio] Vaticano II»; sostuvo el Congreso Judío Mundial (WJC): «WJC celebra el rechazo del Papa a la culpabilidad judía por la crucifixión de Jesús»; y un largo etcétera. Los titulares de estos comunicados carecen de la precisión que sí contienen sus textos, donde es indicado que la absolución, exoneración y el rechazo -para usar las palabras citadas- aluden al pueblo judío como colectivo. Es entendible que políticamente estas organizaciones deban agradecer a la Iglesia por el gesto del Papa. También es comprensible el entusiasmo de los partícipes del diálogo interreligioso al ver resultados tan positivos de sus continuas reuniones. E indudablemente Benedicto XVI merece ser alentado desde los rincones judíos por reafirmar pasadas enseñanzas positivas de la Iglesia. Tan sólo mayor rigor en la caracterización del acontecimiento, al menos en los titulares de prensa de las organizaciones judías, hubiera sido bienvenido.

Esta crítica no minimiza la importancia educativa de la aseveración papal para toda la cristiandad. Benedicto XVI sostiene que la lectura teológica correcta de los Evangelios no puede llevar a la conclusión de que los Padres del Cristianismo hayan señalado a la totalidad del pueblo judío como responsable eterno de la crucifixión del Mesías cristiano. Lástima que ninguno de sus 262 antecesores haya tenido la audacia teológica de llevar a cabo semejante exégesis con anterioridad. Indudablemente, mucho sufrimiento se hubiera evitado.

La Ilustración Liberal

La Ilustración Liberal

Por Julián Schvindlerman

  

Qué significa Israel para mí – Primavera 2011

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Por Julián Schvindlerman
Artículo publicado en La Ilustración Liberal (España)

En 2006 la editorial Wiley publicó el libro What Israel means to me, coordinado por Alan Dershowitz. En él, ochenta personalidades de Estados Unidos e Israel respondían a la pregunta que daba título al volúmen. La Ilustración Liberal, prestigiosa publicación española, ha planteado la misma cuestión a una docena de autores de Israel y el mundo de habla hispana (Carlos Alberto Montaner, Horacio Vazquez Rial, Marcelo Birmajer, entre otros). Aquí la respuesta de Julián Schvindlerman.

La saga de Israel comenzó cuando un príncipe egipcio y hebreo desafió a la autoridad gobernante al reclamar libertad para sus hermanos esclavizados, con las palabras “Deja salir a mi pueblo”. Como se estipuló desde el cielo que ningún esclavo podría ingresar a la Tierra Prometida -de modo que sólo una generación de mujeres y hombres libres forjaran la nueva nación- Moisés apenas pudo contemplar la tierra de la emancipación desde la distancia. Más de tres mil años después, aquella pequeña nación fundada bajo las inclemencias del desierto, los anhelos de la libertad y las promesas divinas todavía brilla bajo el mismo sol que lo vio todo desde su mismísima génesis.

El misterio de la supervivencia judía ha intrigado a filósofos e historiadores por largo tiempo. En la edición de septiembre de 1899 en la revista Harper´s, el escritor estadounidense Mark Twain reflexionaba al respecto de este modo:

“Los egipcios, los babilonios, los persas se levantaron, llenaron el planeta con sonido y esplendor, luego se desvanecieron al polvo de los sueños y pasaron; los griegos y los romanos siguieron e hicieron un ruido vasto, y se han ido; otros pueblos han surgido y sostenido su antorcha en lo alto por un tiempo, pero se apagó, y ahora se sientan en la penumbra o se han desvanecido. El judío los vio a todos, los venció a todos, y es ahora lo que siempre fue, sin exhibir decadencia, ni flaquezas de la edad, ni debilitamiento de sus partes, ni decaimiento de sus energías, ni embotamiento de su mente alerta y agresiva. Todas las cosas son mortales menos el judío: todas las demás fuerzas pasan, pero él permanece. ¿Cuál es el secreto de su inmortalidad?”.

El siglo previo, el filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau, había expresado similar asombro:

“Los judíos nos presentan un espectáculo sorprendente: las leyes de Numa, Licurgo y Solón están muertas; las mucho más antiguas de Moisés aún están vivas. Atenas, Esparta y Roma han perecido y sus pueblos se han desvanecido de la tierra; aunque destruida, Sión no ha perdido a sus hijos. Se mezclan entre las naciones pero no se pierden entre ellas; ya no tienen a sus líderes, sin embargo son una nación; ya no tienen un país, y sin embargo son todavía ciudadanos”.

A su vez, durante la segunda mitad del siglo XX, el poeta y escritor argentino Jorge Luis Borges celebraba con estas palabras el surgimiento del estado judío:

“Temí que en Israel acecharía con dulzura insidiosa la nostalgia que las diásporas seculares acumularon como un triste tesoro en las ciudades del infiel, en las juderías, en los ocasos de la estepa, en los sueños, la nostalgia de aquellos que te anhelaron, Jerusalem, junto a las aguas de Babilonia, ¿Qué otra cosa eras, Israel, sino esa nostalgia, sino esa voluntad de salvar, entre las inconstantes formas del tiempo, tu viejo libro mágico, tus liturgias, tu soledad con Dios? No así. La más antigua de las naciones es también la más joven”.

El destino de Israel es el destino del pueblo judío y el enigma de ambos es único. De haber vivido lo suficiente para presenciar el establecimiento del estado judío en su tierra ancestral a mediados del siglo último, seguramente Twain y Rousseau hubieran estado igualmente sorprendidos con el acontecer increíble de ese pequeño país surgido en un Medio Oriente decidido a extirparlo cuando las cenizas del Holocausto europeo, arrastradas por los vientos de la historia, aún no habían dejado de caer sobre su tierra fecunda. Asediado militarmente desde su nacimiento, acosado por boicots económicos por parte de toda una región, privado de recursos naturales propios, desafiado diplomática y moralmente de manera constante incluso por países de Occidente; es difícil imaginar a muchos países sobrevivir y más aún, progresar, en semejante entorno. Y sin embargo, la historia del Israel moderno es una historia de superación y crecimiento formidables.

Al visualizar las amenazas y los obstáculos que los pioneros sionistas debieron enfrentar, siempre he encontrado loable su espíritu constructor, su afán creador y su inventiva original para sortear desafíos reales. Pero nunca dejaré de admirar su vocación colectiva para dar forma, en medio de guerras interminables, a una sociedad intelectualmente inquieta y culturalmente rica. Theodor Herzl, el fundador del sionismo político, había comprendido que la tierras, las fronteras, los asentamientos, el ejército… todo ello constituía la base material de un estado, pero que era la idea de un estado –la utopía que albergaba los sueños y las aspiraciones, los anhelos y las ambiciones de sus pobladores- el elemento crucial que lo sostendría en el tiempo. Y así, ya en 1936 aconteció en Tel-Aviv el primer concierto de la Orquesta Filarmónica Palestina bajo la batuta de Arturo Toscanini. En una fecha tan temprana como 1932 había sido fundado en esa misma ciudad un museo de arte, y para esa misma época se establecieron los laboratorios del Mar Muerto. En la década que va entre 1924 y 1934, fueron establecidos tres institutos científicos y universidades: el Instituto de Tecnología de Israel (Tejnión) en 1924, la Universidad Hebrea de Jerusalem en 1925, y el Instituto de Ciencia Weizmann en 1934. Todo ello precedió al nacimiento del estado, en 1948.

Desde entonces su progreso no ha parado. Su excelencia académica, las patentes que presenta, los libros que publica, los premios Nobel que produce; todo ello suele ubicar a esta diminuta nación en la vanguardia del desarrollo humano. Pues como ha dicho célebremente uno de sus más famosos presidentes: imposibilitada de crecer geográficamente, Israel lo ha hecho creativamente.

Viajé por primera vez el país cuando era niño, junto con mi pequeña hermana y mis padres. Durante nuestra visita al Muro de los Lamentos, vimos rezar a hombres ortodoxos custodiados por jóvenes soldados. Recuerdo una apreciación de mi padre, quien, al ver ese cuadro hermoso, dijo: “El religioso no podría rezar allí si no fuera por la protección que le brinda el soldado. Pero la presencia del soldado no tendría sentido alguno allí si no estuviera rezando el ortodoxo”. Esta unión entre lo místico y lo moderno, entre la tradición y el pragmatismo, entre lo mundano y lo espiritual, aún con todas las tensiones que ella genera, dota al estado judío de una singularidad muy especial. Después de todo, si a Moisés le fuese concedido hoy el permiso de ingresar a la Tierra Prometida, se toparía con israelíes que hablan su mismo idioma, que tienen su misma religión y que habitan el mismo territorio al cual él llevó a sus antepasados hace tres mil años. Y eso es decididamente maravilloso.