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Mundo Israelita

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Por Julián Schvindlerman

  

Osama Bin Laden y la Real Academia Española – 13/05/11

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De los creadores de mánayer y exmarido llega ahora… ¡Usama Ibn Ladin!

En medio de la conmoción internacional creada por la eliminación del terrorista más buscado del planeta, con extraños cuestionamientos a la legalidad o ilegalidad del operativo comando, con la absurda atención al detalle si el asesino de tres mil civiles en suelo estadounidense estaba armado o no al preciso instante en ser abatido (el tiroteo sugiere que alguien más que los comandos portaba armas en el refugio), con el desubicado cuidado de la Casa Blanca en no divulgar fotografías del cuerpo de Ben Laden (en medio de un clima de ebullición de teorías conspirativas a propósito de la veracidad de todo el asunto en el Oriente Medio y más allá) para no herir sensibilidades musulmanas (hemos de asumir que los jihadistas quedarán muy impresionados, entre la decapitación de un rehén occidental y otro, por las imágenes del líder muerto), encuentro adorable la intervención de la Real Academia Española para aclarar que el modo correcto de escribir el nombre del difunto Sr. Jihad en español es Usama Ibn Ladin.

Que alguien avise al Pentágono.

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La beatificación de juan pablo ii desde la mirada judía – 11/05/2011

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Con la publicación de la Declaración Nostra Aetate en octubre de 1965, la Iglesia Católica se ha embarcado en un sendero dialoguista y anhelante de relaciones armoniosas con el pueblo judío. Juan XXIII merece el justo crédito por la iniciativa, pero Juan Pablo II es merecedor de un enorme reconocimiento por haber dado continuidad a la política trazada y por haber consolidado las enseñanzas de aquél importante documento católico durante su largo pontificado.

Él fue el primer Papa en visitar un campo de concentración, al ir a Auschwitz en 1979. También fue el primer Sumo Pontífice en visitar una sinagoga desde San Pedro, en 1986, oportunidad en la que se refirió a los judíos como nuestros hermanos mayores», entregó un Pentateuco del museo vaticano a sus anfitriones y recibió, entre otros, a Settima Spizzichino, única mujer judía sobreviviente de la deportación nazi, en 1943, de la comunidad judía romana. En 1994, Juan Pablo II dio lugar, por primera vez en la Ciudad del Vaticano, a un concierto en conmemoración del Iom Hashoá (Día del Holocausto hebreo), ocasión en la cual la Orquesta Filarmónica de Londres tocó el Kol Nidré (plegaria del Día del Perdón judío, Iom Kipur). Fue además el Papa que entabló relaciones diplomáticas con el Estado de Israel, en 1993, luego de décadas de indefinición vaticana; en visitar Israel en el año 2000; en ir a Yad Vashem (Museo del Holocausto) y a rezar ante el Muro de los Lamentos, donde insertó una sentida plegaria. La imagen del Papa allí, capturada en incontables fotografías, se convirtió en lo que un vaticanista denominó la representación iconográfica más espectacular posible de la nueva política vaticana hacia el pueblo judío. Su afecto personal hacia los judíos fue asimismo apreciado en la mención del Gran Rabino de Roma en su testamento.

En honor a la verdad, no obstante, deben recordarse también instancias en las que Juan Pablo II se alejó de su de otra manera impecable actitud hacia el pueblo judío. Al visitar Auschwitz, llamativamente, omitió mencionar la palabra «judíos» en un lugar diseñado expresamente para matar judíos. En 1987 beatificó, y en 1994 canonizó, a Edith Stein, una judía conversa al catolicismo muerta durante la Shoá, lo cual fue percibido como la elección de una apóstata hebrea como modelo de veneración católica. Ese mismo año, Juan Pablo II condecoró como caballero papal a Kurt Waldheim, ex presidente de Austria y Secretario General de las Naciones Unidas cuya revelación de su pasado nazi había causado una mayúscula conmoción internacional unos años antes. En 2004, se atribuyó al Sumo Pontífice haber reaccionado positivamente después de ver en el Vaticano la película La Pasión de Mel Gibson, que presentaba al pueblo judío como responsable de la crucifixión de Jesús. En lo relativo a la diplomacia de la Santa Sede hacia el conflicto palestino-israelí, Juan Pablo II lleva el crédito del reconocimiento a Israel, pero también el de haber recibido múltiples veces a Yasser Arafat, líder del nacionalismo palestino, y de haberlo hecho por primera vez en 1982 cuando éste todavía no había renunciado al terrorismo como método de lucha política. Durante su pontificado dio claras muestras de apoyo a la causa palestina y no se privó de condenar públicamente a Israel cuando lo consideró acertado.

Numerosas veces se manifestó Juan Pablo II a favor de los derechos nacionales de los palestinos, pidió por la inclusión de la OLP en las negociaciones internacionales pertinentes, y promovió la noción de que la resolución del problema palestino era indispensable para alcanzar la paz regional. El Sumo Pontífice condenó la violencia palestina y pidió por la seguridad de Israel, pero usualmente enmarcó sus palabras en pronunciamientos ambiguos que incluyeron consideraciones a las motivaciones de los terroristas. En esto, el Papa básicamente daba continuidad a una política ya trazada por sus predecesores. A diferencia de éstos, al decidir extender el reconocimiento diplomático a Israel marcó una ruptura con la praxis política vaticana y legó a su Iglesia la definitiva aceptación política (y podemos decir que teológica también) del estado judío. Cabe también recordar que bajo su pontificado el Vaticano publicó un documento contra el racismo, en 1988, que incluyó la afirmación de que el antisionismo «sirve a veces de cobertura al antisemitismo».

Al evaluar integralmente su pontificado como Papa y su actitud personal hacia los judíos e Israel, resulta evidente que Juan Pablo II fue un destacado amigo del pueblo hebreo a pesar de los roces y los sinsabores. Su legado en el ámbito de las relaciones con los judíos, en conjunto, es descomunalmente positivo.

Comunidades, Comunidades - 2011

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

La beatificación de Juan Pablo II desde la mirada Judía – 11/05/11

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Con la publicación de la Declaración Nostra Aetate en octubre de 1965, la Iglesia Católica se ha embarcado en un sendero dialoguista y anhelante de relaciones armoniosas con el pueblo judío. Juan XXIII merece el justo crédito por la iniciativa, pero Juan Pablo II es merecedor de un enorme reconocimiento por haber dado continuidad a la política trazada y por haber consolidado las enseñanzas de aquél importante documento católico durante su largo pontificado.

Él fue el primer Papa en visitar un campo de concentración, al ir a Auschwitz en 1979. También fue el primer Sumo Pontífice en visitar una sinagoga desde San Pedro, en 1986, oportunidad en la que se refirió a los judíos como “nuestros hermanos mayores”, entregó un Pentateuco del museo vaticano a sus anfitriones y recibió, entre otros, a Settima Spizzichino, única mujer judía sobreviviente de la deportación nazi, en 1943, de la comunidad judía romana. En 1994, Juan Pablo II dio lugar, por primera vez en la Ciudad del Vaticano, a un concierto en conmemoración del Iom Hashoá (Día del Holocausto hebreo), ocasión en la cual la Orquesta Filarmónica de Londres tocó el Kol Nidré (plegaria del Día del Perdón judío, Iom Kipur). Fue además el Papa que entabló relaciones diplomáticas con el Estado de Israel, en 1993, luego de décadas de indefinición vaticana; en visitar Israel en el año 2000; en ir a Yad Vashem (Museo del Holocausto) y a rezar ante el Muro de los Lamentos, donde insertó una sentida plegaria. La imagen del Papa allí, capturada en incontables fotografías, se convirtió en lo que un vaticanista denominó la representación iconográfica más espectacular posible de la nueva política vaticana hacia el pueblo judío. Su afecto personal hacia los judíos fue asimismo apreciado en la mención del Gran Rabino de Roma en su testamento.

En honor a la verdad, no obstante, deben recordarse también instancias en las que Juan Pablo II se alejó de su de otra manera impecable actitud hacia el pueblo judío. Al visitar Auschwitz, llamativamente, omitió mencionar la palabra “judíos” en un lugar diseñado expresamente para matar judíos. En 1987 beatificó, y en 1994 canonizó, a Edith Stein, una judía conversa al catolicismo muerta durante la Shoá, lo cual fue percibido como la elección de una apóstata hebrea como modelo de veneración católica. Ese mismo año, Juan Pablo II condecoró como caballero papal a Kurt Waldheim, ex presidente de Austria y Secretario General de las Naciones Unidas cuya revelación de su pasado nazi había causado una mayúscula conmoción internacional unos años antes. En 2004, se atribuyó al Sumo Pontífice haber reaccionado positivamente después de ver en el Vaticano la película La Pasión de Mel Gibson, que presentaba al pueblo judío como responsable de la crucifixión de Jesús. En lo relativo a la diplomacia de la Santa Sede hacia el conflicto palestino-israelí, Juan Pablo II lleva el crédito del reconocimiento a Israel, pero también el de haber recibido múltiples veces a Yasser Arafat, líder del nacionalismo palestino, y de haberlo hecho por primera vez en 1982 cuando éste todavía no había renunciado al terrorismo como método de lucha política. Durante su pontificado dio claras muestras de apoyo a la causa palestina y no se privó de condenar públicamente a Israel cuando lo consideró acertado. 

Numerosas veces se manifestó Juan Pablo II a favor de los derechos nacionales de los palestinos, pidió por la inclusión de la OLP en las negociaciones internacionales pertinentes, y promovió la noción de que la resolución del problema palestino era indispensable para alcanzar la paz regional. El Sumo Pontífice condenó la violencia palestina y pidió por la seguridad de Israel, pero usualmente enmarcó sus palabras en pronunciamientos ambiguos que incluyeron consideraciones a las motivaciones de los terroristas. En esto, el Papa básicamente daba continuidad a una política ya trazada por sus predecesores. A diferencia de éstos, al decidir extender el reconocimiento diplomático a Israel marcó una ruptura con la praxis política vaticana y legó a su Iglesia la definitiva aceptación política (y podemos decir que teológica también) del estado judío. Cabe también recordar que bajo su pontificado el Vaticano publicó un documento contra el racismo, en 1988, que incluyó la afirmación de que el antisionismo “sirve a veces de cobertura al antisemitismo”.

Al evaluar integralmente su pontificado como Papa y su actitud personal hacia los judíos e Israel, resulta evidente que Juan Pablo II fue un destacado amigo del pueblo hebreo a pesar de los roces y los sinsabores. Su legado en el ámbito de las relaciones con los judíos, en conjunto, es descomunalmente positivo.

El Telégrafo (Ecuador)

El Telégrafo (Ecuador)

Por Julián Schvindlerman

  

La muerte de Bin Laden no termina con Al Qaeda – 03/05/11

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EE.UU. dio a conocer que las pruebas de ADN confirmaron que el cuerpo es del líder de la red terrorista. Hubo júbilo por la noticia, mientras que talibanes amenazaron con vengar el asesinato.

Guayaquil – La muerte del hombre más buscado por Estados Unidos y líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, de quien ayer se confirmó su fallecimiento con un análisis de ADN, no representa el fin de la red yihadista, consideran especialistas en terrorismo.

El país norteamericano en Nueva York y el mundo entero celebraron este golpe al terrorismo, mientras que el presidente Barack Obama, quien recibió las felicitaciones de mandatarios de otros países aunque temen represalias, expresó que “es un buen día para Estados Unidos” la muerte del acusado de los atentados del 11 de septiembre de 2001, abatido en la noche del domingo durante una operación de fuerzas especiales de Estados Unidos en Pakistán.

Otros, en cambio, no celebraron. Un millar de personas desfilaron ayer al grito de “Muerte a Estados Unidos” en Quetta, en el sur de Pakistán, mientras que los talibanes pakistaníes amenazaron ayer con “vengar” la muerte de Bin Laden en un comunicado en el que ponen de manera prioritaria en su punto de mira al Gobierno de Islamabad.

El movimiento talibán pakistaní (TTP) advirtió a la cúpula de Pakistán de que encabeza la lista de sus objetivos, y particulariza la amenaza en el presidente Asif Alí Zardari.

Para Estados Unidos, la muerte de Osama marca un “punto decisivo” en la guerra contra el terrorismo, expresó un asesor de Barack Obama y añadió que el fin es terminar con el resto de los miembros de la organización Al Qaeda.

George Chaya, docente, analista político y experto en Oriente Medio en asuntos relativos a la seguridad y prevención del Terrorismo, señala a El Telégrafo que el fallecimiento del hombre más buscado por EE.UU. es una victoria para este país en la lucha contra el terror global.

Sin embargo, el especialista de origen libanés asegura que no es el fin de Al Qaeda tras explicar que los líderes de grupos radicales, como Bin Laden, solo son personas a quienes la historia les deparó un tiempo de protagonismo dirigencial en sus movimientos políticos y grupos comunitarios. Pero la fuerza de la ideología que encarnan los trascenderá en el devenir de la historia, añade.

“Ellos un día no estarán, de hecho Osama ya es un capítulo más en la historia del yihadismo radical, pero la ideología seguirá generando nuevos líderes en sus respectivos movimientos. Al Qaeda es vista como una organización central para los integristas de todo el mundo, donde la mayoría de los grupos militantes ve en ella el centro de gravedad de sus ideas”, acota.

En entrevista con este diario, el analista internacional argentino y experto en Oriente Medio, Julián Schvindlerman, coincide con Chaya de que la desaparición de Bin Laden no garantiza la caída de Al Qaeda, porque él no era un líder operativo crucial sino más bien una figura mítica inspiradora.

Pero representa -precisa- un éxito descollante para EE.UU. que prácticamente en el décimo aniversario de los atentados del 9/11 logró ajusticiar al responsable principal de esa masacre. “Es un golpe certero y podría marcar el inicio del declive de la organización islamita. Ello no implica la desaparición de la amenaza del islam fundamentalista terrorista en su totalidad”, agrega.

El peligro latente fue advertido por el propio Barack Obama cuando anunció, la noche del domingo, el asesinato de Bin Laden: “No hay duda de que Al Qaeda continuará intentando un ataque contra nosotros”.

Seth Jones, ex funcionario del Pentágono que asesoró a las fuerzas en Afganistán, manifiesta que la muerte del líder de Al Qaeda no significa que “no sigan conspirando. “Nada de esto significa que el terrorismo contra EE.UU. haya acabado”, indica el experto del centro de análisis Rand Corporation.

Varios

Varios

Por Julián Schvindlerman

  

El conflicto en Libia y las revueltas Árabes – 21/04/11

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Artículo publicado en El Comercio (Perú)

Por Jorge Matos

Julián Schvindlerman es un analista político internacional de nacionalidad argentina, cuyo amplio conocimiento sobre la realidad del Medio Oriente e Israel le confieren autoridad para hablar sobre el actual momento internacional que se vive a raíz de las revueltas árabes, que amenazan con cambiar de manera significativa el mapa geopolítico de una zona sensible del planeta. Schvindlerman, que estuvo recientemente en el Perú, habla muy claro cuando se refiere al conflicto en Libia. Entrevistó Jorge Moreno Matos.

Cuando cayó el Muro de Berlín, alguien dijo que no dio tiempo ni de sorprenderse. ¿Con las revueltas árabes fue lo mismo?

Verdaderamente fue algo sorprendente, inaudito. Es algo muy sorprendente y positivo, pero que tiene también un elemento inquietante: uno no sabe a dónde va a llevar políticamente todo esto.

En el caso de Libia lo que ha sorprendido es la represión brutal del régimen de Gadafi. ¿Se esperaba que fuera así?

La actitud de los países vecinos árabes y del mundo libre en general fue la de esperar y ver. En Túnez, esperaron y vieron cómo el presidente se iba. En el caso de Egipto, otro tanto. En el caso de Libia esperaron y hubo una represión bestial. Gadafi mandó tanques contra su propia población. Frente a esto, la comunidad internacional no pudo permanecer impasible.

Pero la pasividad de la ONU con Libia ha sido por décadas. ¿Por qué actuar ahora contra Gadafi?

La estructura de la ONU, en realidad, está compuesta por países, y cuando hablamos de la ONU, per se, tenemos que entender que hablamos de la opinión de los países que la componen. Y en este caso específicamente, del Consejo de Seguridad. Han sido sus 15 países miembros los que han decidido si se intervenía o no en Libia.

Pero está el caso de Ruanda, en el que la ONU no intervino.

La ONU tiene un historial bastante triste de países en los que no ha intervenido o de otros en donde ha estado y sus propios miembros cometieron felonías, pero afortunadamente esto fue corregido.

¿El camino de la intervención era inevitable?

No era inevitable, era deseable. Era perfectamente evitable si alguno de los países del Consejo de Seguridad de la ONU lo vetaba. Porque si hubiéramos estado en la época del ex presidente Bush, no hay la menor duda de que él hubiera ignorado a la ONU y habría atacado a Libia de todos modos.

Usted ha dicho que cuando el diálogo no funciona hay que apelar a otras funciones.

El diálogo es siempre la primera opción y es lo que moralmente debe perseguir la diplomacia en primer lugar. Lo que hay que hacer es un reconocimiento realista de que si el diálogo no lleva a los objetivos deseados, entonces se puede intervenir militarmente. De lo contrario, uno cae en un engaño.

¿Siempre?

Esto en casos extremos, entre democracias siempre hay que dialogar. Pero como estamos tratando con entidades totalitarias que no son propensas al diálogo, entonces uno debe, por lo menos, considerar esa posibilidad.

¿Van a triunfar las revueltas?

Es difícil anticipar eso, hay que ser muy prudente. Lo que sí creo es que se ha puesto en marcha algo importante. Hacia dónde va, no lo sabemos. Se va a transformar en algo malo, no sabemos. Lo que sí puedo decir es que estamos presenciando un momento histórico, un momento transformador de una región crucial.

¿Qué le espera a Israel si estas revueltas triunfan?

En el caso de que las revueltas triunfen, habrá que ver quién gobernará en esos países y, a partir de ahí, evaluar cuál sería la posición que tomen con Israel; y si fracasan, otro tanto.

¿Y qué pasa si solo cambian los regímenes?

Esa es una posibilidad, pero el reclamo fue tan intenso que no me imagino a ninguno de los nuevos líderes desoyendo los reclamos de los manifestantes.

¿No ha habido un matiz religioso o de otro tipo en las revueltas?

No se han visto pancartas antiisraelíes, antijudías, antisionistas, antioccidentales, antiyanquis. Las revueltas han sido por la libertad y por la democracia.

“Chávez es un líder desastroso”

Usted ha dicho que Chávez es un líder desastroso para la región.

Me reafirmo por completo y, de hecho, la propia posición de Chávez en relación a libia ha sido vergonzosa. Él defendió a un asesino del propio pueblo libio.

¿Debiera sorprendernos?

Él siempre fue un defensor de libia y Gadafi. Una cosa es defender a libia cuando también lo hacía Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, por intereses pragmáticos de sus propios países; pero una vez que ves que Gadafi reprime a sus ciudadanos que claman por libertad, se acabó toda defensa.

¿Cuál es el futuro que le espera a Chávez?

No puedo hablar en meses, años, es difícil; pero el veredicto de la historia con Chávez no va a ser generoso. Y no lo va a ser porque está socavando la democracia venezolana a unos niveles graves, burlándose de su propia población. El modelo chavista es un fracaso estrepitoso.

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Revueltas mesoorientales – 13/04/2011

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¿Quién hubiera imaginado que el suicidio a lo bonzo de un tunecino desesperado dispararía revueltas en una docena de países árabes, provocaría la caída de dos gobiernos y una intervención militar mundial en un tercero? ¿Quién hubiera concebido, apenas poco tiempo atrás, que manifestaciones populares en el Medio Oriente se verían libres de las consignas anti-norteamericanas y anti-israelíes tan típicas y que se enfocarían en su lugar en los propios monarcas y presidentes vitalicios? ¿Quién hubiera anticipado que luego de décadas de fallidos y apasionados proyectos -panarabismo o islamismo- los habitantes incursionarían en un inédito (y todavía incierto) activismo democrático? Las grandes revoluciones que nos sorprenden a primera vista deben haber estado precedidas por una revolución calma y secreta en el espíritu de la época…» escribió Hegel, «… especialmente imperceptible a los contemporáneos, y tan difícil de discernir como de describir en palabras». Hegel veía en la falta de familiaridad con ese aspecto espiritual de la revolución «lo que hace que los cambios resultantes sean asombrosos». Y decididamente asombrosos han sido los resultados, por el momento, de estas movilizaciones árabes. Revolución es una palabra demasiado grande para lo que estamos presenciando: no se percibe una ideología unificadora de las masas, ni líderes nítidamente identificables, ni una visión, o si quiera una propuesta, abarcadora de qué nuevo estadio se aspira a alcanzar. Pero ciertamente estamos ante unas revueltas significativas contra la represión política, el subdesarrollo económico, la postergación social y a favor de la libertad, la prosperidad y la democracia.

El Medio Oriente árabe es una de las zonas más corruptas, inestables, violentas y a la vez poblacionalmente joven del planeta. La edad promedio es de veintiséis años. Por demasiado tiempo, sus gobernantes eludieron realizar reformas políticas y económicas y culpar de todos los males internos a fuerzas externas. El «imperio americano» y el «ente sionista» han sido los blancos preferidos de autócratas ineficaces e incapaces de brindar soluciones reales a las necesidades de sus pueblos. China ofrece un contrapunto interesante. Pekín sostuvo un sistema político dictatorial donde la elite miembro del Partido Comunista gobierna con mano de hierro a más mil millones de personas que aún desconocen la brisa de la libertad. Pero económicamente, China adoptó reformas importantes que le han dado un crecimiento apreciable. Las naciones latinoamericanas ofrecen el contrapunto inverso. Cada nación es singular, pero en términos generales podemos ver que la región, aún cuando ha hecho esfuerzos económicos diversos, todavía tiene brechas sociales escandalosamente amplias. Sin embargo, América Latina hizo una transición de la tiranía a la democracia de manera generalmente pacífica y bastante exitosa. Pero los gobernantes árabes eligieron ni reformarse política ni económicamente, ni dieron señales de hacerlo en el futuro cercano. «Para millones de personas que concluyeron que sus sueños de vidas mejores expirarían incumplidos», observó el autor Zachary Karabell, «nada podía ser peor que el presente».

Las masas árabes ya no están dispuestas a consumir la retórica oficial. «No permitiremos que estos cristianos vengan por nuestro petróleo» bramó Muhamar Gaddafi ante la inminencia de la intervención internacional. Pero los opositores pidieron por asistencia externa para dar combate al régimen de todos modos. En Yemen, el presidente Alí Abdullah Saleh aparentemente permitió a grupos afiliados a Al-Qaeda tomar posesión de una fábrica de municiones, la que fue rápidamente explotada, en un intento de sugerir que si él se va, los fundamentalistas ingresarán. Après moi le déluge, lo mismo que enunció Hosni Mubarak al presentarse como el único líder posible para Egipto… por treinta años. Y en Irán, único bastión chiíta no árabe de la región, los ayatollahs ya no saben que hacer retóricamente para justificar su apoyo a los rebeldes árabes que desafían a sus enemigos sunitas históricos y simultáneamente reprimir manifestaciones democráticas en su propia nación, sin caer en contradicciones insalvables.

Se ha dicho de las guerras que se sabe siempre como comienzan pero nunca como terminan. Una definición en la que caben perfectamente los acontecimientos actuales del Medio Oriente. No obstante la incertidumbre del destino de esta realidad, la determinación colectiva de los árabes de comenzar a mirar dentro de sus sociedades y dejar de obsesionarse con los sospechosos usuales externos es un desarrollo tan inesperado políticamente, como necesario culturalmente.

Roma y Jerusalem - Reseñas

Revista Arcadia (Colombia) – 13/04/11

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Mauricio Sáenz reseña «Roma y Jerusalem. La política vaticana hacia el estado judío» de Julián Schvindlerman

Poco antes de morir, en 1904, Theodor Herzl fue recibido en el Vaticano por el papa Pío X. El fundador del sionismo moderno buscaba que la Iglesia Católica aprobara, o al menos no se opusiera, a su proyecto de establecer la patria de los hebreos. Pero tras los 25 minutos que duró la conversación, el visitante salió con las manos vacías. “Como titular de la Iglesia no puedo decirle otra cosa diferente: los judíos no han reconocido a nuestro Señor, por consiguiente no podemos nosotros reconocer al pueblo judío”, sentenció el Papa. Le daba una respuesta teológica a una propuesta política, y cerraba así cualquier posibilidad de acuerdo.

El movimiento sionista, nacido siete años antes, en la Conferencia Judía Mundial de Basilea, aún tardaría 44 años en conseguir su objetivo. Lo hizo a pesar de la oposición de muchos, tanto judíos como gentiles, y entre estos últimos estuvo desde el principio la jerarquía católica. Solo después del Concilio Vaticano II, de la mano de Juan XXIII, la Iglesia comenzó a aceptar a regañadientes la existencia del Estado judío, si bien con las dudas y las contradicciones que hoy no han desaparecido por completo.

El tema de Roma y Jerusalem, escrito por el columnista y analista político argentino Julián Schvindlerman, se remonta a los orígenes del cristianismo, en la tarde en la que Jesús fue sometido al tormento de la cruz. La nueva fe siempre vio en el rechazo de los judíos a aceptarla una amenaza a su legitimidad de religión verdadera. Si la llegada del Mesías era negada por su propio pueblo, entonces este debería ser desacreditado, por decir lo menos. A partir del siglo II la Iglesia, mediante la teoría del desplazamiento y la prédica de la dispersión, (el mito de la diáspora del año 70 d.C.) pasaba a ser el verus Israel, la verdadera Israel, en reemplazo del caduco judaísmo, cuyos integrantes, al fin y al cabo, habían “asesinado” al Mesías.

De ahí en adelante, la Iglesia persiguió por siglos a los judíos, con altibajos solamente en cuanto a la intensidad. Cuando Pío X recibió a Herzl, las épocas de las torturas y la persecución habían quedado atrás, pero todavía la prensa vaticana publicaba noticias sobre supuestas prácticas criminales de los hebreos. Y la Iglesia, una institución ultraconservadora, atravesaba una dura crisis. Había perdido los Estados Vaticanos con la unificación de Italia y, por lo tanto, veía con horror los movimientos nacionalistas, liberales, secularistas y modernistas, en el contexto de los cuales surgió la idea de Herzl y sus seguidores. De ahí que la creación de Israel estaba destinada a irritar al Vaticano, así su dirigente insistiera en que su causa era política y no religiosa. No solo por la terrenal razón de que la tierra santa quedara en manos de no creyentes, sino por posibilidad de que fuera reconocida como la Tierra Prometida, lo que negaba el reclamo de la Iglesia de ser el nuevo Pueblo Elegido.

En el recuento que hace Schvindlerman hay aspectos sorprendentes, como la hipótesis de que en los primeros años del siglo XX la Iglesia habría aspirado a establecerse en Palestina para recomponer su poder material perdido ante las tropas de Garibaldi. También toca los temas contenciosos, como el silencio de Pío XII ante el Holocausto, el papel del Vaticano en la fuga de jerarcas nazis, y la canonización de una monja judía conversa, víctima de los campos de concentración, en el contexto de lo que considera esfuerzos de la Iglesia por “cristianizar” ese infausto capítulo.

Se trata, en fin, de un texto apasionante y revelador, impecablemente documentado, del mayor desafío que ha tenido que enfrentar la Iglesia Católica en su historia: el nacimiento del Estado de Israel. Irónicamente, puesta ante la realidad de que este era irreversible, el Vaticano lo reconoció de iure, por fin, solo en 1993, pero con el argumento contrario al que esgrimió Pío X en su reunión de 1904: como un hecho político y no como el regreso bíblico a la Tierra Prometida.

Comunidades, Comunidades - 2011

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Revueltas mesoorientales – 13/04/11

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¿Quién hubiera imaginado que el suicidio a lo bonzo de un tunecino desesperado dispararía revueltas en una docena de países árabes, provocaría la caída de dos gobiernos y una intervención militar mundial en un tercero? ¿Quién hubiera concebido, apenas poco tiempo atrás, que manifestaciones populares en el Medio Oriente se verían libres de las consignas anti-norteamericanas y anti-israelíes tan típicas y que se enfocarían en su lugar en los propios monarcas y presidentes vitalicios? ¿Quién hubiera anticipado que luego de décadas de fallidos y apasionados proyectos -panarabismo o islamismo- los habitantes incursionarían en un inédito (y todavía incierto) activismo democrático?

“Las grandes revoluciones que nos sorprenden a primera vista deben haber estado precedidas por una revolución calma y secreta en el espíritu de la época…” escribió Hegel, “… especialmente imperceptible a los contemporáneos, y tan difícil de discernir como de describir en palabras”. Hegel veía en la falta de familiaridad con ese aspecto espiritual de la revolución “lo que hace que los cambios resultantes sean asombrosos”. Y decididamente asombrosos han sido los resultados, por el momento, de estas movilizaciones árabes. Revolución es una palabra demasiado grande para lo que estamos presenciando: no se percibe una ideología unificadora de las masas, ni líderes nítidamente identificables, ni una visión, o si quiera una propuesta, abarcadora de qué nuevo estadio se aspira a alcanzar. Pero ciertamente estamos ante unas revueltas significativas contra la represión política, el subdesarrollo económico, la postergación social y a favor de la libertad, la prosperidad y la democracia.

El Medio Oriente árabe es una de las zonas más corruptas, inestables, violentas y a la vez poblacionalmente joven del planeta. La edad promedio es de veintiséis años. Por demasiado tiempo, sus gobernantes eludieron realizar reformas políticas y económicas y culpar de todos los males internos a fuerzas externas. El “imperio americano” y el “ente sionista” han sido los blancos preferidos de autócratas ineficaces e incapaces de brindar soluciones reales a las necesidades de sus pueblos. China ofrece un contrapunto interesante. Pekín sostuvo un sistema político dictatorial donde la elite miembro del Partido Comunista gobierna con mano de hierro a más mil millones de personas que aún desconocen la brisa de la libertad. Pero económicamente, China adoptó reformas importantes que le han dado un crecimiento apreciable. Las naciones latinoamericanas ofrecen el contrapunto inverso. Cada nación es singular, pero en términos generales podemos ver que la región, aún cuando ha hecho esfuerzos económicos diversos, todavía tiene brechas sociales escandalosamente amplias. Sin embargo, América Latina hizo una transición de la tiranía a la democracia de manera generalmente pacífica y bastante exitosa. Pero los gobernantes árabes eligieron ni reformarse política ni económicamente, ni dieron señales de hacerlo en el futuro cercano. “Para millones de personas que concluyeron que sus sueños de vidas mejores expirarían incumplidos”, observó el autor Zachary Karabell, “nada podía ser peor que el presente”.

Las masas árabes ya no están dispuestas a consumir la retórica oficial. “No permitiremos que estos cristianos vengan por nuestro petróleo” bramó Muhamar Gaddafi ante la inminencia de la intervención internacional. Pero los opositores pidieron por asistencia externa para dar combate al régimen de todos modos. En Yemen, el presidente Alí Abdullah Saleh aparentemente permitió a grupos afiliados a Al-Qaeda tomar posesión de una fábrica de municiones, la que fue rápidamente explotada, en un intento de sugerir que si él se va, los fundamentalistas ingresarán. Après moi le déluge, lo mismo que enunció Hosni Mubarak al presentarse como el único líder posible para Egipto… por treinta años. Y en Irán, único bastión chiíta no árabe de la región, los ayatollahs ya no saben que hacer retóricamente para justificar su apoyo a los rebeldes árabes que desafían a sus enemigos sunitas históricos y simultáneamente reprimir manifestaciones democráticas en su propia nación, sin caer en contradicciones insalvables.

Se ha dicho de las guerras que se sabe siempre como comienzan pero nunca como terminan. Una definición en la que caben perfectamente los acontecimientos actuales del Medio Oriente. No obstante la incertidumbre del destino de esta realidad, la determinación colectiva de los árabes de comenzar a mirar dentro de sus sociedades y dejar de obsesionarse con los sospechosos usuales externos es un desarrollo tan inesperado políticamente, como necesario culturalmente.