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Libertad Digital, Libertad Digital - 2011

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

La ONU y Libia – 15/03/11

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El coronel Gaddafi ha lanzado una fuerte contraofensiva contra posiciones rebeldes. Ciudades estratégicas y otras han sido recapturadas por las fuerzas leales al régimen. Tanques y aviones fueron enviados a reprimir a los manifestantes que clamaban por la libertad. Periodistas foráneos fueron secuestrados y torturados. Ya hay un cuarto de millón de refugiados en Túnez, Egipto, Argelia y Nigeria. Según el New York Times, Gaddafi tiene decenas de miles de millones de dólares en efectivo en Trípoli para financiar la feroz represión, limitando así el impacto del embargo. El mundo libre estudia sus opciones más duras –creación de zona de exclusión aérea, intervención militar– pero, mientras la situación para los libios es cada vez más dramática, no se decide a actuar.

¿El motivo? Pues que las Naciones Unidas aún no han autorizado el uso de la fuerza para preservar la paz y la seguridad en el país árabe y, en consecuencia, en la región. La OTAN, Estados Unidos y la Unión Europea esperan el aval legal del organismo, puntualmente de su Consejo de Seguridad. La Carta de la ONU garantiza la integridad territorial y la independencia política de las naciones, y contempla el uso de la fuerza en defensa propia o para la preservación de la paz y la seguridad global. El Consejo está integrado por cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, el Reino Unido y Francia) y otros diez miembros no permanentes (actualmente: Alemania, Bosnia y Herzegovina, Brasil, Colombia, Gabón, India, El Líbano, Nigeria, Portugal y Sudáfrica). La adopción de una resolución sustantiva requiere el apoyo de nueve de sus quince miembros y la ausencia de veto por parte de los países-miembro permanentes.

Es importante entender entonces que cuando hablamos del aval de la ONU, estamos refiriendo a la autorización de estos quince países y no de los casi doscientos que integran el organismo. Vale decir que el destino del pueblo libio está en manos de la opinión ilustrada de unos pocos gobiernos. A esto comúnmente se denomina «la opinión de la familia de las naciones», una caracterización demasiado grandiosa que no refleja la realidad. El problema crucial radica en el poder de veto de los permanentes. China y Rusia se oponen a que el Consejo autorice el uso de la fuerza contra Libia. Ello implica que el Consejo está paralizado. Si Washington y sus aliados decidieran actuar fuera del marco de la ONU, lo harían en el ámbito de la ilegalidad. En la observación del profesor de derecho en la Universidad de California en Berkeley, John Yoo, esto da lugar a una situación extraña: aquellas naciones que aceptan la responsabilidad elevada de mantener la paz y la democracia en el mundo se convierten en violadores de la ley internacional. Estados que protegen a regímenes autoritarios como el de Trípoli, actúan en conformidad con la ley.

La credibilidad de la ONU en este sentido puede también ser cuestionada por su propio récord institucional en relación a Libia. A pesar de que esta nación árabe ha estado bajo el poder del tirano Gaddafi por más de cuatro décadas, Libia ha sido siempre aceptada como una nación respetable en su burocracia. En fecha tan reciente como el período 2008-2009, Libia figuró como miembro no-permanente el Consejo de Seguridad. En mayo del 2010, 155 países de la Asamblea General votaron a favor de la incorporación de Libia al Consejo de Derechos Humanos, del que acaba de ser suspendida (no expulsada) a partir de las revueltas. El CDH, establecido en 2006 en reemplazo de la desacreditada Comisión de Derechos Humanos, ha emitido alrededor de cincuenta resoluciones condenatorias de países en los últimos cinco años; ni una sola de ellas fue emitida contra la Libia de Gaddafi.

A comienzos del presente año, el CDH publicó su reporte cuatrimestral sobre la situación de los derechos humanos en Libia como parte de una revisión universal periódica. El reporte cosechó elogios hacia Libia por parte de Sudán, Siria, Palestina, Corea del Norte, Arabia Saudita, Birmania, Cuba, Venezuela y, sorpresivamente, también de Polonia, Australia y Canadá. No menos insólito es que la delegada de Gaddafi ante la ONU en Ginebra, Najat Al-Hajjaji, ha tenido asiento desde el año 2005 en el «Grupo de Trabajo sobre el uso de mercenarios como método de violación de los derechos humanos»; o que en abril del 2009 haya presidido el comité planificador de la Conferencia Mundial contra el Racismo de la ONU; o que en el 2003 haya sido electa como presidenta de la CDH. (Durante la 59 sesión de la CDH tuve la oportunidad de dirigirle unas palabras: «Sra. Presidenta, el derecho a la auto-determinación no es el derecho a tener su propio dictador». Como era de esperarse, el mensaje no tuvo gran impacto en la embajadora).

En septiembre de 2009, Gaddafi dio un discurso de 100 minutos de duración ante la Asamblea General en el cual tildó de «consejo del terror» al Consejo de Seguridad. Hoy debe estar arrepentido. Gracias a la inacción del mismo, el coronel puede seguir masacrando impunemente a su propio pueblo.

Comunidades, Comunidades - 2011

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Admitámoslo, Bush tenía razón – 02/03/11

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“Aclararemos de manera persistente la elección ante cada gobernante y cada nación: la elección moral entre la opresión, la cual es siempre errada, y la libertad, la cual es eternamente correcta”.

George W. Bush, Discurso a la Nación, 21 de enero de 2005.

En una de sus célebres ponencias, la afamada pensadora española Pilar Rahola nos legó una frase de impacto maravillosa y a la vez una reflexión histórica perspicaz: “la izquierda nunca se equivoca”. Con ironía sutil, Rahola estaba afirmando que la izquierda siempre, o casi siempre, se equivoca, pero rara vez, o nunca, lo admite. Esto lo hemos comprobado con su apoyo al estalinismo, al maoísmo, al castrismo o a cualquier otro movimiento contrario a los valores de la época. Las no anticipadas revoluciones populares del mundo árabe e Irán le han dado a esta izquierda deshonesta una nueva oportunidad de desordenar las fichas del tablero de sus opiniones y reacomodarlas a gusto, impunemente. Sólo que esta vez ha ido un paso más lejos: mientras defiende el llamado por la libertad de los árabes, cosa que hasta ayer mismo no hacía, alega que los conservadores, que sí lo han hecho, han estado todo este tiempo equivocados. Este es un giro peculiar para una clase intelectual, académica y periodística que pasó gran parte de la primera década del siglo XXI cuestionando la denominada Agenda de la Libertad del presidente George W. Bush.

Ahora que el progresismo internacional ha dejado de tildar de conceptualmente fantástica o prejuiciosamente colonial la idea de que los árabes no son excepcionales en el terreno de la libertad, y acometen con total desvergüenza contra quienes se pasaron la última década defendiendo esa noción precisamente contra las críticas de éstos, resultará instructivo y esclarecedor releer extractos del mensaje que dio el presidente Bush al pueblo estadounidense en ocasión de la inauguración de su segundo mandato a principios del 2005. Apenas meses atrás, conocidos los resultados electorales, el periódico británico Daily Mirror había publicado en su portada una foto del presidente reelecto con este título: “¿Cómo pueden 59.054.087 de personas ser tan idiotas?”. Quizás al releer las palabras del presidente Bush en el contexto mesoriental actual estemos mejor facultados para dirimir quien ha sido el verdadero idiota todo este tiempo.

Ya en el inicio mismo, el presidente de los Estados Unidos de América declaraba: “Hay solamente una fuerza de la historia capaz de quebrar el reino del odio y del resentimiento, y exponer las pretensiones de los tiranos, y recompensar las esperanzas de los decentes y de los tolerantes, y esa es la fuerza de la libertad humana”. Explicitó que esos ideales guiarían su política exterior: “Así es que es política de los EE.UU. buscar y apoyar el crecimiento de movimientos democráticos e instituciones en toda nación y cultura, con el fin último de terminar con la tiranía en nuestro mundo”. Aclaró que “ésta no es primariamente la tarea de las armas” y que su país “no impondrá nuestro propio estilo de gobierno a los no deseosos. Nuestro objetivo, en cambio, es ayudar a otros a hallar su propia voz, obtener su propia libertad y hacer su propio camino”. Bush afirmó que la dificultad de la tarea no era excusa para eludirla y proclamó: “La influencia de los EE.UU. no es ilimitada, pero, afortunadamente para los oprimidos, la influencia de los EE.UU. es considerable, y la usaremos confiadamente en la causa de la libertad”. ¡Imagine a los detractores políticos de aquella Casa Blanca -Gerhard Shroeder, Jacques Chirac, José Luis Rodríguez Zapatero- articular un mensaje así de inspirador! El presidente Bush incluyó una breve mención a sus críticos al decir: “Algunos que yo conozco han cuestionado el llamamiento a la libertad, aunque este momento en la historia -cuatro décadas definidas por el avance más veloz de la libertad alguna vez visto- es un tiempo extraño para la duda”. Finalmente, el presidente concluyó de esta forma: “Los Estados Unidos, en este joven siglo, proclama la libertad a través de todo el mundo, y a todos sus habitantes de aquí en más. Renovados en nuestras fuerzas, desafiados pero no vencidos, estamos listos para los más grandes logros en la historia de la libertad”.

Ahora que referentes del progresismo y sus acólitos en la prensa, embriagados de auto-concedida virtud, convencidos más que nunca de la precisión de sus postulados y del error de los ajenos, incurren en esta irritante y absurda puesta en escena de santurronería colectiva, podemos -parafraseando a los siempre elegantes británicos- preguntarnos: ¿Pueden tantos sujetos ser tan caraduras? 

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Admitámoslo, Bush tenía razón – 02/03/2011

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«Aclararemos de manera persistente la elección ante cada gobernante y cada nación: la elección moral entre la opresión, la cual es siempre errada, y la libertad, la cual es eternamente correcta. – George W. Bush, discurso a la nación, 21 de enero de 2005.

En una de sus célebres ponencias, la afamada pensadora española Pilar Rahola nos legó una frase de impacto maravillosa y a la vez una reflexión histórica perspicaz: «la izquierda nunca se equivoca». Con ironía sutil, Rahola estaba afirmando que la izquierda siempre, o casi siempre, se equivoca, pero rara vez, o nunca, lo admite. Esto lo hemos comprobado con su apoyo al estalinismo, al maoísmo, al castrismo o a cualquier otro movimiento contrario a los valores de la época. Las no anticipadas revoluciones populares del mundo árabe e Irán le han dado a esta izquierda deshonesta una nueva oportunidad de desordenar las fichas del tablero de sus opiniones y reacomodarlas a gusto, impunemente. Sólo que esta vez ha ido un paso más lejos: mientras defiende el llamado por la libertad de los árabes, cosa que hasta ayer mismo no hacía, alega que los conservadores, que sí lo han hecho, han estado todo este tiempo equivocados. Este es un giro peculiar para una clase intelectual, académica y periodística que pasó gran parte de la primera década del siglo XXI cuestionando la denominada Agenda de la Libertad del presidente George W. Bush.

Ahora que el progresismo internacional ha dejado de tildar de conceptualmente fantástica o prejuiciosamente colonial la idea de que los árabes no son excepcionales en el terreno de la libertad, y acometen con total desvergüenza contra quienes se pasaron la última década defendiendo esa noción precisamente contra las críticas de éstos, resultará instructivo y esclarecedor releer extractos del mensaje que dio el presidente Bush al pueblo estadounidense en ocasión de la inauguración de su segundo mandato a principios del 2005. Apenas meses atrás, conocidos los resultados electorales, el periódico británico Daily Mirror había publicado en su portada una foto del presidente reelecto con este título: «¿Cómo pueden 59.054.087 de personas ser tan idiotas?». Quizás al releer las palabras del presidente Bush en el contexto mesoriental actual estemos mejor facultados para dirimir quien ha sido el verdadero idiota todo este tiempo.

Ya en el inicio mismo, el presidente de los Estados Unidos de América declaraba: «Hay solamente una fuerza de la historia capaz de quebrar el reino del odio y del resentimiento, y exponer las pretensiones de los tiranos, y recompensar las esperanzas de los decentes y de los tolerantes, y esa es la fuerza de la libertad humana». Explicitó que esos ideales guiarían su política exterior: «Así es que es política de los EE.UU. buscar y apoyar el crecimiento de movimientos democráticos e instituciones en toda nación y cultura, con el fin último de terminar con la tiranía en nuestro mundo». Aclaró que «ésta no es primariamente la tarea de las armas» y que su país «no impondrá nuestro propio estilo de gobierno a los no deseosos. Nuestro objetivo, en cambio, es ayudar a otros a hallar su propia voz, obtener su propia libertad y hacer su propio camino». Bush afirmó que la dificultad de la tarea no era excusa para eludirla y proclamó: «La influencia de los EE.UU. no es ilimitada, pero, afortunadamente para los oprimidos, la influencia de los EE.UU. es considerable, y la usaremos confiadamente en la causa de la libertad». ¡Imagine a los detractores políticos de aquella Casa Blanca -Gerhard Shroeder, Jacques Chirac, José Luis Rodríguez Zapatero- articular un mensaje así de inspirador! El presidente Bush incluyó una breve mención a sus críticos al decir: «Algunos que yo conozco han cuestionado el llamamiento a la libertad, aunque este momento en la historia -cuatro décadas definidas por el avance más veloz de la libertad alguna vez visto- es un tiempo extraño para la duda». Finalmente, el presidente concluyó de esta forma: «Los Estados Unidos, en este joven siglo, proclama la libertad a través de todo el mundo, y a todos sus habitantes de aquí en más. Renovados en nuestras fuerzas, desafiados pero no vencidos, estamos listos para los más grandes logros en la historia de la libertad».

Ahora que referentes del progresismo y sus acólitos en la prensa, embriagados de auto-concedida virtud, convencidos más que nunca de la precisión de sus postulados y del error de los ajenos, incurren en esta irritante y absurda puesta en escena de santurronería colectiva, podemos -parafraseando a los siempre elegantes británicos- preguntarnos: ¿Pueden tantos sujetos ser tan caraduras?

El Telégrafo (Ecuador)

El Telégrafo (Ecuador)

Por Julián Schvindlerman

  

El coronel Gaddafi no tiene quién le escriba – 27/02/11

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Título publicado: “La era post-Gaddafi suena como inevitable”

En los últimos días, Bahrein liberó cien prisioneros políticos, Jordania distendió las reglamentaciones para las protestas públicas y Arabia Saudita redactó reformas económicas. Ninguno de sus gobernantes quiere terminar depuesto y exiliado como Zine Elabidine Ben-Alí de Túnez o Hosni Mubarak de Egipto. Para Muammar Gaddafi de Libia, sin embargo, parece ser demasiado tarde.

Bajo condenas del Consejo de Seguridad de la ONU, de la Liga Árabe y de la Organización de la Conferencia Islámica; con Estados Unidos y Europa estudiando sanciones contra la nación árabe; con Suiza congelando los activos financieros del clan gobernante depositados en sus bancos; con ministros de gobierno y diplomáticos renunciando y pasándose de bando; con pilotos de guerra renuentes a atacar a sus hermanos (dos aviadores se fugaron a Malta, otros dos se eyectaron de sus cabinas en pleno vuelo, y otros diecisiete fueron ejecutados por negarse a cumplir órdenes del régimen); con la población clamando con furia por la libertad y con rebeldes capturando ciudades del país; el panorama presente y futuro del controvertido coronel libio no luce auspicioso.

Un régimen acorralado reacciona con brutalidad y apela a la contratación de mercenarios extranjeros para acribillar a sus propios nacionales, mientras arroja aseveraciones delirantes: acusa a los manifestantes de estar “drogados”, a los periodistas foráneos de ser “forajidos” y “colaboradores de Al-Qaeda”, a las revueltas de ser orquestadas por el “terrorismo internacional”, mientras que el propio Gaddafi se compara con la Reina Elizabeth II de Inglaterra. Ella -argumenta el coronel- ha gobernado más tiempo que él y nadie la ha derrocado. Nada sorprende de un bufón que en ocasión del vigésimo octavo aniversario del golpe de estado que lo llevó al poder afirmó que “los países occidentales podrían invadirnos por nuestro sol puesto que Libia es un país soleado que está en la mejor posición bajo el astro rey en el planeta”.

Al momento de escribir estas líneas, el escenario sugiere que estamos presenciando los últimos momentos de uno de los regímenes más trogloditas de la región. La capacidad represiva de la elite no debe ser subestimada, pero la era post-Gaddafi ya asoma como inevitable.

Roma y Jerusalem - Reseñas

El Tiempo (Colombia) – 20/02/11

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Roma y Jerusalem: La política vaticana hacia el estado judío

«La relación entre cristianos y judíos tuvo un mal comienzo y un desarrollo mucho peor», anota, en la introducción del libro, el analista internacional Julián Schvindlerman. El autor desentraña las diferentes etapas de esta compleja relación, pasando por la posición del Vaticano frente al exterminio nazi, la revisión de su postura en el Concilio Vaticano II, la aparición de la idea de un Estado judío, primero, y la posterior creación del Estado de Israel.

El Telégrafo (Ecuador)

El Telégrafo (Ecuador)

Por Julián Schvindlerman

  

Euforia por renuncia de Hosni Mubarak – 12/02/11

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Análisis: Es momento de frenar las protestas

Lo que ocurrió en Egipto es una decisión muy significativa porque Hosni Mubarak, símbolo de ese país, se hace a un costado por los reclamos de semanas.

Es un momento histórico que un líder que estuvo treinta años en el poder haya accedido a un reclamo popular. Es algo altamente atípico en el mundo árabe. Lo que sucedió en Túnez es comparable con lo de Egipto, pero no es lo mismo, porque este país (Egipto), líder en el mundo árabe, fue pionero en la paz con Israel, y además es uno de los mayores beneficiarios de apoyo económico y militar estadounidense en el mundo, lo cual habla de la importancia de la política mundial de esa nación.

La salida de Mubarak es lo más simbólico y espectacular del reclamo, pero eso no resuelve las penurias de los egipcios.

Su principal objetivo lo lograron, pero creo que a partir de ahora se puede estabilizar al país. Es momento de que los egipcios frenen un poco las manifestaciones públicas, aprovechen la situación de transición y continúen con los reclamos en materia de reforma económica, educativa y política.

Con respecto a la figura de transición que lleve a las elecciones plenas en septiembre, insisto, en este momento es difícil de imaginarlo, pero frente a la alternativa que representa por ejemplo, Mohamed El Baradei, ex funcionario de la ONU, el vicepresidente Omar Suleimán está mucho mejor posesionado para estabilizar a la nación árabe. DAE

Enlacejudio.com (México)

Enlacejudio.com (México)

Por Julián Schvindlerman

  

Cosmopolitanismo corporativo – 10/02/11

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Contratista de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional, conocida como USAID, llamado Alan Gross. Él ya ha pasado el último año y medio en prisión por haber entregado computadoras a los judíos de la isla para que puedan estar conectados con la diáspora, lo cuál aparentemente constituye un delito en el paraíso castrista.

El domingo, el régimen iraní dio inicio a un juicio a puertas cerradas contra tres excursionistas norteamericanos bajo cargos de espionaje también. Shane Bauer y Josh Fattal, ambos de 29 años, ya han languidecido los últimos dieciocho meses en una prisión iraní por haber cruzado accidentalmente la frontera desde Irak, siguiendo a su guía. Según diplomáticos estadounidenses, ellos estaban en suelo iraquí al ser capturados por soldados iraníes. Una tercera caminante, Sarah Shroud, fue liberada bajo una fianza de medio millón de dólares debido a su crítico estado de salud. El juicio será presidido por Abolghasem Salavati, un juez de línea dura que ha estado a cargo de casi todos los juicios de detenidos políticos arrestados luego de las protestas del 2009 ante las famosas elecciones fraguadas.

El lunes, un informe británico confirmó que Londres presionó a Escocia para lograr la liberación de un terrorista convicto que cumplía sentencia en una cárcel escocesa. Abdel Baset Al-Megrahi es el único sujeto apresado y juzgado por haber hecho explotar el vuelo 103 de Pan Am en 1988, el que provocó la muerte a sus 270 pasajeros y tripulantes. Diecisiete meses atrás, Escocia le concedió la libertad por compasión basada en el diagnóstico de un médico inglés que declaró que Al-Megrahi sufría de una enfermedad incurable y le quedaban apenas tres meses de vida. Él todavía vive, en Libia, cuyo gobierno pagó los honorarios del médico en cuestión. Los antecedentes médicos completos relativos a la condición del terrorista árabe no fueron publicados todavía.

El trasfondo de este sórdido asunto es un negocio de USD 900 millones que el coronel Gadhafi acordó con British Petroleum para la exploración petrolera en aguas profundas en las costas libias en el 2007, apenas semanas después de que Londres y Trípoli firmaran un tratado de transferencia de prisioneros. “En todo momento que hablamos [del tratado de transferencia] era obvio que hablábamos de él” dijo oportunamente Saif Gadhafi, hijo del gobernante libio, en relación a Al-Megrahi. El actual informe británico es resultado de las presiones estadounidenses sobre el gobierno de su majestad, exacerbadas por el desastre ecológico del derrame petrolero de BP frente a las costas de EE.UU. el último mes de julio.

Así es que mientras que en Cuba y en Irán foráneos inocentes son arrojados a notorias prisiones bajo cargos inventados, y las vidas de tres hombres están a punto de ser irremediablemente destruidas, en Escocia es liberado un terrorista responsable de la comisión de un asesinato masivo por presiones de una de las más tradicionales democracias de Occidente. Que esta acción política escandalosa esté motivada por el interés material tan sólo agrega ofensa al dolor inicial.

Pero no es ni por lejos BP la única corporación involucrada en gestas miserables para proteger sus negocios en países mal reputados. El último día del 2010, David Feith publicó un curioso exposé en The Wall Street Journal según el cuál The Hongkong and Shanghai Banking Corporation, comúnmente conocido simplemente como HSBC, lavaba de manera insólita la imagen de la teocracia iraní en uno de sus avisos publicitarios. Una vieja cámara de video con el trasfondo de un oasis en el desierto acompañaba este texto: “Sólo el 4% de las películas norteamericanas son realizadas por mujeres. En Irán es el 25%. Hallamos potencial en los lugares más inesperados. ¿Ud. también?”.

El aviso apareció en coincidencia con la sentencia dictada por la Corte Revolucionaria iraní contra el afamado cineasta Jafar Panahi y un colega suyo, Mahmoud Rasoulof, a seis años de prisión, y mientras que otro director de cine, Mohammad Nourizad, entró en huelga de hambre en la temida prisión Evin. Según parece, estos artistas han difamado a la república islámica y a los mullahas que la gobiernan, al denunciar su opresión. Pero eso no pareció perturbar al banco (británico, dicho sea de paso), como aparentemente tampoco la espantosa situación de la mujer en Irán, donde las mujeres adúlteras -Sakineh Ashtiani fue el caso más sonado reciente- son cotidianamente lapidadas, donde la edad de casamiento del sexo femenino es trece años, donde no tienen derecho al divorcio o la custodia de sus hijos en caso de ser dejadas por sus maridos, y donde el testimonio de una mujer en la corte vale la mitad que el de un hombre.

Al columnista le llamó la atención que en semejante ambiente un cuarto de la producción cinematográfica del país estuviese en manos de mujeres y al consultar a un vocero de HSBC sobre la fuente de ese dato no recibió una respuesta clara. Es cierto que Irán cuenta a varias mujeres entre sus directores de cine: Tahmineh Milani aún trabaja en Irán (aunque fue arrestada y posteriormente liberada); Marjane Satrapi debió exiliarse en París luego de la revolución khomeinista y realizó en el 2007 la bella animación Persépolis. Pero más allá de los guarismos, es el mensaje exculpatorio de HSBC lo que mayor indignación provoca. “Imagine un aviso de 1939 señalando a Leni Riefensthal -la cineasta de la corte de Hitler y una artista feminista pionera- como evidencia del inesperado ´potencial´ del Tercer Reich”, acotó David Feith para ilustrar el punto. Como resultado de esta denuncia, el banco anunció que removería el controvertido aviso de su campaña de publicidad mundial. Pero continuará haciendo negocios en Irán… dentro de lo que permiten las sanciones corrientes, según explicó uno de sus voceros.

¿No es adorable el interés de estas corporaciones por otras culturas?

Perfil, Perfil - 2011

Perfil

Por Julián Schvindlerman

  

Vaivenes de una relación singular – 23/01/11

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La idea de un estado judío desafió al Vaticano política, psicológica y teológicamente. Durante la primera mitad del siglo pasado, la noción de que el pueblo judío tenía derecho a la autodeterminación era todavía inconcebible al entendimiento católico del papel del judío en la historia, y aceptar algo diferente demandaba un ajuste emocional exigente.

La respuesta vaticana al establecimiento de Israel quedó inicialmente contenida en un artículo de L´Osservatore Romano publicado el día en que Israel proclamó su independencia. “El Sionismo moderno no es el verdadero heredero del Israel bíblico” decía el órgano vaticano, el “Cristianismo [es] el verdadero Israel”. Existencialmente, la reconstitución de la soberanía judía en la Tierra de Israel hizo inseparables la noción de estado judío y de nación judía. Pero la Iglesia Católica veía con hostilidad la conexión judía con la Tierra de Israel. Pío X gestó en 1904 una teología antisionista que perduraría por buena parte del siglo XX. A partir del nacimiento del Estado de Israel, el Vaticano hizo un esfuerzo en caracterizar al estado judío como un fenómeno meramente político, desprovisto de connotación religiosa alguna. Ello le permitió al final del camino reconocer al Estado de Israel diplomáticamente sin tener que lidiar con el desafío teológico a él asociado. No obstante, ello significó una negación de las bases espirituales del sionismo y una ofensa al modo en que los judíos se veían a sí mismos y a su vínculo con Israel.

Una vez que Israel nació, la cuestión relativa al reconocimiento o no del nuevo estado pasó a ser un tema de preocupación vaticana, agregado a otras consideraciones ya presentes en la agenda de la Santa Sede, como el destino de Jerusalem y los lugares santos, el devenir del conflicto árabe-israelí y la situación de las comunidades cristianas en el Medio Oriente. Tal como el vaticanista católico Henry Bocala señaló, la Santa Sede veía a la cuestión de Jerusalem como un asunto religioso (protección de los lugares santos) con una dimensión política (status jurídico para la ciudad). Aquí Roma se veía como parte en la disputa y en consecuencia no sólo pidió por una resolución del asunto sino que exigió que formato debía tener dicha solución. Inicialmente pidió por la internacionalización de Jerusalem y los lugares santos, y a partir de 1967 alteró su postura en pos de un estatuto especial internacionalmente garantizado. Al conflicto árabe-israelí lo veía como un problema político (un choque entre dos nacionalismos) con un componente religioso (la disminuida presencia cristiana en Tierra Santa). Roma se veía a sí misma en el papel de un conciliador y pidió por una resolución sin proponer detalles para la misma. Esto no impidió que adoptara una posición pro-palestina, la cual quedó expresada en esta frase poderosa de 1983 del monseñor John Nolan, director de la Misión Pontificia en Jordania: “Si los palestinos no tienen voz, nosotros somos su voz”.

El respaldo de Roma a las aspiraciones nacionales palestinas no tuvo eco en análogo respaldo a las aspiraciones nacionales judías antes de 1948, y una vez que Israel fue establecido, el Vaticano demoró lo más posible entablar lazos diplomáticos. Con el correr de los años, esta renuencia fue dejando a la Santa Sede en compañía de los países más intransigentes. A pesar de su prédica a favor de la reconciliación entre las naciones, el Vaticano negaba la caridad al estado judío.

Sólo después que la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) consintió en reconocer formalmente a Israel, la Santa Sede decidió hacer lo mismo. Para entonces el Estado de Israel había cumplido cuarenta y cinco años de vida soberana. En diciembre de 1993 el Acuerdo Fundamental fue firmado entre las partes y en junio de 1994 Israel y la Santa Sede intercambiaron embajadores. Ello fue un hito histórico. Desde entonces, las partes han tenido mejores y peores momentos, pero, esencialmente, la relación entre Roma y Jerusalem ha quedado normalizada.