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Revueltas mesoorientales – 13/04/2011

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¿Quién hubiera imaginado que el suicidio a lo bonzo de un tunecino desesperado dispararía revueltas en una docena de países árabes, provocaría la caída de dos gobiernos y una intervención militar mundial en un tercero? ¿Quién hubiera concebido, apenas poco tiempo atrás, que manifestaciones populares en el Medio Oriente se verían libres de las consignas anti-norteamericanas y anti-israelíes tan típicas y que se enfocarían en su lugar en los propios monarcas y presidentes vitalicios? ¿Quién hubiera anticipado que luego de décadas de fallidos y apasionados proyectos -panarabismo o islamismo- los habitantes incursionarían en un inédito (y todavía incierto) activismo democrático? Las grandes revoluciones que nos sorprenden a primera vista deben haber estado precedidas por una revolución calma y secreta en el espíritu de la época…» escribió Hegel, «… especialmente imperceptible a los contemporáneos, y tan difícil de discernir como de describir en palabras». Hegel veía en la falta de familiaridad con ese aspecto espiritual de la revolución «lo que hace que los cambios resultantes sean asombrosos». Y decididamente asombrosos han sido los resultados, por el momento, de estas movilizaciones árabes. Revolución es una palabra demasiado grande para lo que estamos presenciando: no se percibe una ideología unificadora de las masas, ni líderes nítidamente identificables, ni una visión, o si quiera una propuesta, abarcadora de qué nuevo estadio se aspira a alcanzar. Pero ciertamente estamos ante unas revueltas significativas contra la represión política, el subdesarrollo económico, la postergación social y a favor de la libertad, la prosperidad y la democracia.

El Medio Oriente árabe es una de las zonas más corruptas, inestables, violentas y a la vez poblacionalmente joven del planeta. La edad promedio es de veintiséis años. Por demasiado tiempo, sus gobernantes eludieron realizar reformas políticas y económicas y culpar de todos los males internos a fuerzas externas. El «imperio americano» y el «ente sionista» han sido los blancos preferidos de autócratas ineficaces e incapaces de brindar soluciones reales a las necesidades de sus pueblos. China ofrece un contrapunto interesante. Pekín sostuvo un sistema político dictatorial donde la elite miembro del Partido Comunista gobierna con mano de hierro a más mil millones de personas que aún desconocen la brisa de la libertad. Pero económicamente, China adoptó reformas importantes que le han dado un crecimiento apreciable. Las naciones latinoamericanas ofrecen el contrapunto inverso. Cada nación es singular, pero en términos generales podemos ver que la región, aún cuando ha hecho esfuerzos económicos diversos, todavía tiene brechas sociales escandalosamente amplias. Sin embargo, América Latina hizo una transición de la tiranía a la democracia de manera generalmente pacífica y bastante exitosa. Pero los gobernantes árabes eligieron ni reformarse política ni económicamente, ni dieron señales de hacerlo en el futuro cercano. «Para millones de personas que concluyeron que sus sueños de vidas mejores expirarían incumplidos», observó el autor Zachary Karabell, «nada podía ser peor que el presente».

Las masas árabes ya no están dispuestas a consumir la retórica oficial. «No permitiremos que estos cristianos vengan por nuestro petróleo» bramó Muhamar Gaddafi ante la inminencia de la intervención internacional. Pero los opositores pidieron por asistencia externa para dar combate al régimen de todos modos. En Yemen, el presidente Alí Abdullah Saleh aparentemente permitió a grupos afiliados a Al-Qaeda tomar posesión de una fábrica de municiones, la que fue rápidamente explotada, en un intento de sugerir que si él se va, los fundamentalistas ingresarán. Après moi le déluge, lo mismo que enunció Hosni Mubarak al presentarse como el único líder posible para Egipto… por treinta años. Y en Irán, único bastión chiíta no árabe de la región, los ayatollahs ya no saben que hacer retóricamente para justificar su apoyo a los rebeldes árabes que desafían a sus enemigos sunitas históricos y simultáneamente reprimir manifestaciones democráticas en su propia nación, sin caer en contradicciones insalvables.

Se ha dicho de las guerras que se sabe siempre como comienzan pero nunca como terminan. Una definición en la que caben perfectamente los acontecimientos actuales del Medio Oriente. No obstante la incertidumbre del destino de esta realidad, la determinación colectiva de los árabes de comenzar a mirar dentro de sus sociedades y dejar de obsesionarse con los sospechosos usuales externos es un desarrollo tan inesperado políticamente, como necesario culturalmente.

Roma y Jerusalem - Reseñas

Revista Arcadia (Colombia) – 13/04/11

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Mauricio Sáenz reseña «Roma y Jerusalem. La política vaticana hacia el estado judío» de Julián Schvindlerman

Poco antes de morir, en 1904, Theodor Herzl fue recibido en el Vaticano por el papa Pío X. El fundador del sionismo moderno buscaba que la Iglesia Católica aprobara, o al menos no se opusiera, a su proyecto de establecer la patria de los hebreos. Pero tras los 25 minutos que duró la conversación, el visitante salió con las manos vacías. “Como titular de la Iglesia no puedo decirle otra cosa diferente: los judíos no han reconocido a nuestro Señor, por consiguiente no podemos nosotros reconocer al pueblo judío”, sentenció el Papa. Le daba una respuesta teológica a una propuesta política, y cerraba así cualquier posibilidad de acuerdo.

El movimiento sionista, nacido siete años antes, en la Conferencia Judía Mundial de Basilea, aún tardaría 44 años en conseguir su objetivo. Lo hizo a pesar de la oposición de muchos, tanto judíos como gentiles, y entre estos últimos estuvo desde el principio la jerarquía católica. Solo después del Concilio Vaticano II, de la mano de Juan XXIII, la Iglesia comenzó a aceptar a regañadientes la existencia del Estado judío, si bien con las dudas y las contradicciones que hoy no han desaparecido por completo.

El tema de Roma y Jerusalem, escrito por el columnista y analista político argentino Julián Schvindlerman, se remonta a los orígenes del cristianismo, en la tarde en la que Jesús fue sometido al tormento de la cruz. La nueva fe siempre vio en el rechazo de los judíos a aceptarla una amenaza a su legitimidad de religión verdadera. Si la llegada del Mesías era negada por su propio pueblo, entonces este debería ser desacreditado, por decir lo menos. A partir del siglo II la Iglesia, mediante la teoría del desplazamiento y la prédica de la dispersión, (el mito de la diáspora del año 70 d.C.) pasaba a ser el verus Israel, la verdadera Israel, en reemplazo del caduco judaísmo, cuyos integrantes, al fin y al cabo, habían “asesinado” al Mesías.

De ahí en adelante, la Iglesia persiguió por siglos a los judíos, con altibajos solamente en cuanto a la intensidad. Cuando Pío X recibió a Herzl, las épocas de las torturas y la persecución habían quedado atrás, pero todavía la prensa vaticana publicaba noticias sobre supuestas prácticas criminales de los hebreos. Y la Iglesia, una institución ultraconservadora, atravesaba una dura crisis. Había perdido los Estados Vaticanos con la unificación de Italia y, por lo tanto, veía con horror los movimientos nacionalistas, liberales, secularistas y modernistas, en el contexto de los cuales surgió la idea de Herzl y sus seguidores. De ahí que la creación de Israel estaba destinada a irritar al Vaticano, así su dirigente insistiera en que su causa era política y no religiosa. No solo por la terrenal razón de que la tierra santa quedara en manos de no creyentes, sino por posibilidad de que fuera reconocida como la Tierra Prometida, lo que negaba el reclamo de la Iglesia de ser el nuevo Pueblo Elegido.

En el recuento que hace Schvindlerman hay aspectos sorprendentes, como la hipótesis de que en los primeros años del siglo XX la Iglesia habría aspirado a establecerse en Palestina para recomponer su poder material perdido ante las tropas de Garibaldi. También toca los temas contenciosos, como el silencio de Pío XII ante el Holocausto, el papel del Vaticano en la fuga de jerarcas nazis, y la canonización de una monja judía conversa, víctima de los campos de concentración, en el contexto de lo que considera esfuerzos de la Iglesia por “cristianizar” ese infausto capítulo.

Se trata, en fin, de un texto apasionante y revelador, impecablemente documentado, del mayor desafío que ha tenido que enfrentar la Iglesia Católica en su historia: el nacimiento del Estado de Israel. Irónicamente, puesta ante la realidad de que este era irreversible, el Vaticano lo reconoció de iure, por fin, solo en 1993, pero con el argumento contrario al que esgrimió Pío X en su reunión de 1904: como un hecho político y no como el regreso bíblico a la Tierra Prometida.

Comunidades, Comunidades - 2011

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Revueltas mesoorientales – 13/04/11

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¿Quién hubiera imaginado que el suicidio a lo bonzo de un tunecino desesperado dispararía revueltas en una docena de países árabes, provocaría la caída de dos gobiernos y una intervención militar mundial en un tercero? ¿Quién hubiera concebido, apenas poco tiempo atrás, que manifestaciones populares en el Medio Oriente se verían libres de las consignas anti-norteamericanas y anti-israelíes tan típicas y que se enfocarían en su lugar en los propios monarcas y presidentes vitalicios? ¿Quién hubiera anticipado que luego de décadas de fallidos y apasionados proyectos -panarabismo o islamismo- los habitantes incursionarían en un inédito (y todavía incierto) activismo democrático?

“Las grandes revoluciones que nos sorprenden a primera vista deben haber estado precedidas por una revolución calma y secreta en el espíritu de la época…” escribió Hegel, “… especialmente imperceptible a los contemporáneos, y tan difícil de discernir como de describir en palabras”. Hegel veía en la falta de familiaridad con ese aspecto espiritual de la revolución “lo que hace que los cambios resultantes sean asombrosos”. Y decididamente asombrosos han sido los resultados, por el momento, de estas movilizaciones árabes. Revolución es una palabra demasiado grande para lo que estamos presenciando: no se percibe una ideología unificadora de las masas, ni líderes nítidamente identificables, ni una visión, o si quiera una propuesta, abarcadora de qué nuevo estadio se aspira a alcanzar. Pero ciertamente estamos ante unas revueltas significativas contra la represión política, el subdesarrollo económico, la postergación social y a favor de la libertad, la prosperidad y la democracia.

El Medio Oriente árabe es una de las zonas más corruptas, inestables, violentas y a la vez poblacionalmente joven del planeta. La edad promedio es de veintiséis años. Por demasiado tiempo, sus gobernantes eludieron realizar reformas políticas y económicas y culpar de todos los males internos a fuerzas externas. El “imperio americano” y el “ente sionista” han sido los blancos preferidos de autócratas ineficaces e incapaces de brindar soluciones reales a las necesidades de sus pueblos. China ofrece un contrapunto interesante. Pekín sostuvo un sistema político dictatorial donde la elite miembro del Partido Comunista gobierna con mano de hierro a más mil millones de personas que aún desconocen la brisa de la libertad. Pero económicamente, China adoptó reformas importantes que le han dado un crecimiento apreciable. Las naciones latinoamericanas ofrecen el contrapunto inverso. Cada nación es singular, pero en términos generales podemos ver que la región, aún cuando ha hecho esfuerzos económicos diversos, todavía tiene brechas sociales escandalosamente amplias. Sin embargo, América Latina hizo una transición de la tiranía a la democracia de manera generalmente pacífica y bastante exitosa. Pero los gobernantes árabes eligieron ni reformarse política ni económicamente, ni dieron señales de hacerlo en el futuro cercano. “Para millones de personas que concluyeron que sus sueños de vidas mejores expirarían incumplidos”, observó el autor Zachary Karabell, “nada podía ser peor que el presente”.

Las masas árabes ya no están dispuestas a consumir la retórica oficial. “No permitiremos que estos cristianos vengan por nuestro petróleo” bramó Muhamar Gaddafi ante la inminencia de la intervención internacional. Pero los opositores pidieron por asistencia externa para dar combate al régimen de todos modos. En Yemen, el presidente Alí Abdullah Saleh aparentemente permitió a grupos afiliados a Al-Qaeda tomar posesión de una fábrica de municiones, la que fue rápidamente explotada, en un intento de sugerir que si él se va, los fundamentalistas ingresarán. Après moi le déluge, lo mismo que enunció Hosni Mubarak al presentarse como el único líder posible para Egipto… por treinta años. Y en Irán, único bastión chiíta no árabe de la región, los ayatollahs ya no saben que hacer retóricamente para justificar su apoyo a los rebeldes árabes que desafían a sus enemigos sunitas históricos y simultáneamente reprimir manifestaciones democráticas en su propia nación, sin caer en contradicciones insalvables.

Se ha dicho de las guerras que se sabe siempre como comienzan pero nunca como terminan. Una definición en la que caben perfectamente los acontecimientos actuales del Medio Oriente. No obstante la incertidumbre del destino de esta realidad, la determinación colectiva de los árabes de comenzar a mirar dentro de sus sociedades y dejar de obsesionarse con los sospechosos usuales externos es un desarrollo tan inesperado políticamente, como necesario culturalmente.

Varios

Varios

Por Julián Schvindlerman

  

El Vaticano y el Sionismo – 04/11

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Revista de Amigos de la Universidad de Tel Aviv en Argentina

El Vaticano del siglo XIX era enemigo del nacionalismo y de los judíos. Así, no es sorprendente que Roma se opusiera al nacionalismo judío; la combinación de ambos. Para cuando surge el sionismo político en la segunda mitad del siglo XIX, la Iglesia Católica se encontraba en una verdadera lucha por su propia supervivencia. La Revolución francesa de 1789 había dado lugar a movimientos liberales, anticlericales, socialistas, republicanos y nacionalistas que sacudirían al continente durante todo el siglo siguiente. Hubo fuertes estallidos revolucionarios en 1820, 1831, 1848 y 1870. Una contienda gigantesca estaba en curso entre el orden católico de Europa central y los ideales gestados en el París de 1789. La península italiana fue sacudida por las tendencias modernistas de los nacionalismos que fueron minando la influencia social, política y legal de la Iglesia Católica. El poder temporal del Papa, es decir, su soberanía territorial sobre los estados papales del centro y norte de Italia, fue severamente dañado. A finales de 1860, el año del nacimiento de Theodor Herzl, al Papa le quedaba en su poder sólo un tercio de sus estados.

Los judíos se encontraron en el medio de esta fiera lucha que el Vaticano libraba contra la modernidad. Por surgir (inevitablemente) en el contexto de emergentes nacionalismos y en una atmósfera de creciente secularismo, liberalismo, y modernismo, y por beneficiarse de todas esas mismas corrientes cuestionadoras del orden clerical establecido, el sionismo estaba destinado a irritar al Papado.

El periódico Civiltà Cattolica, fundando con apoyo del Papa Pío IX, brindó una de las primeras reacciones al nacionalismo judío. Unos meses antes de la realización del Primer Congreso Sionista en 1897, invocó la teoría del desplazamiento y la prédica de la dispersión para sustentar su repudio a las aspiraciones nacionales de los judíos. “En cuanto a una Jerusalem reconstruida, que podría convertirse en el centro de un estado de Israel reconstituido, debemos agregar que esto es contrario a la predicción del propio Cristo”, aseguró el periódico. De manera similar, durante la primera audiencia dada por un Pontífice a un líder sionista unos años después, en 1904, Pío X apeló a la doctrina católica para lidiar con la propuesta liberadora de los judíos. El Papa dio una respuesta teológica a un planteo político, cerrando así toda posibilidad de acuerdo. Los judíos no habían reconocido a Jesucristo, indicó el Papa a Herzl, ergo la Iglesia no podía reconocer a los judíos. En las palabras del Sumo Pontífice: “Los judíos no han reconocido a nuestro Señor, por consiguiente no podemos nosotros reconocer al pueblo judío.”

El Papado también se opuso al sionismo por razones extras a las dogmáticas. Veía a los sionistas ya sea como bolcheviques anti-religiosos ya sea como complotadores desalmados. Ello quedó expresado en las páginas de L´Osservatore romano, el órgano oficial vaticano, que en 1922 convocó a la cristiandad a unirse “en contra del bolchevismo judío en Palestina”, y que el año previo había denunciado a los judíos por su supuesta “hostilidad hacia el cristianismo, guiada por el odio racial y por la sed de dominación”. El Vaticano, además, miraba con preocupación el secularismo de los sionistas y temía que su modo de vida resultara en la profanación de la Tierra Santa. Tenía aprehensiones respecto de su modernismo y liberalismo, y tenía un fuerte temor derivado de la incertidumbre de un posible gobierno hebreo sobre los sitios sagrados de los cristianos, lo que quedó encapsulado en esta aseveración del Monseñor Luigi Barlassina, Patriarca Latino de Jerusalem: “Que Palestina sea internacionalizada antes que algún día ser la sirviente del Sionismo”. 

Con la consolidación del sionismo y su creciente aceptación internacional por  parte de las grandes potencias, la Santa Sede centró su preocupación en el destino de los lugares santos y en la presencia cristiana en la Tierra Santa. El Vaticano vio desfavorablemente a la Declaración Balfour y a la creación del Mandato Británico sobre Palestina y desarrolló esfuerzos diplomáticos contrarios a los intereses de los sionistas.

El Papado mantuvo su rechazo al nacionalismo judío aún durante la Segunda Guerra Mundial. Con el trasfondo del genocidio de los judíos europeos en curso y con los países del mundo libre renuentes a recibir refugiados judíos, oficiales de alto rango de la Santa Sede se manifestaron contrarios a la idea de crear en Palestina un estado judío. Así, el secretario de estado, cardenal Luigi Maglione, aseveró que “los sentimientos religiosos de los católicos serían heridos y ellos con justicia sentirían por sus derechos si Palestina perteneciera exclusivamente a los judíos”. Monseñor Doménico Tardini, asesor papal, subrayó que “la Santa Sede nunca ha aprobado el proyecto de hacer de Palestina un hogar judío”. Por su parte, Monseñor Thomas McMahon, secretario nacional de la Asociación de Beneficencia Americana Católica para el Medio Oriente (CNEWA en inglés), institución creada por decisión papal, afirmó que los judíos intentarían “expulsar a Jesús de Palestina”. Estas declaraciones fueron hechas entre 1943 y 1944, cuando el Papado tenía pleno conocimiento de la existencia del Holocausto.

El proyecto sionista materializó exitosamente su sueño de fundar una república hebrea en la Tierra de Israel, en 1948. La política antisionista de Roma había sido derrotada.

Varios

Varios

Por Julián Schvindlerman

  

La Iglesia Católica y los judíos – 04/11

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Artículo publicado en Coloquio – Publicación del Congreso Judío Latinoamericano

Desde San Pedro Apóstol, el primer Papa (siglo I), hasta Benedicto XVI, el actual (siglo XXI), ha habido 263 Papas. Los primeros y semi-legendarios Papas, San Pedro y sus sucesores inmediatos, fueron judíos. A pesar de ello, no mucho se sabe de la relación de éstos con los judíos. El primer Papa del que se tiene conocimiento que ha entablado contacto directo con judíos fue Silvestre I en el siglo IV, quién discutió temas religiosos con ellos. Leo I escribió sermones polémicos anti-judíos en el siglo V. El siguiente Papa del que se sabe se ha vinculado con judíos fue Gelasio I a finales del mismo siglo. Los Papas del medioevo en adelante adoptaron una actitud en teoría ambivalente hacia los judíos, aunque su comportamiento para con éstos en la práctica ha sido mayormente negativo. Ello se extendió durante la Era Moderna en la que el Papado batallaba contra las nuevas corrientes del laicismo y el nacionalismo. Los judíos, siendo uno de los grupos humanos más beneficiados por el liberalismo y el modernismo, fueron objeto de la ira papal. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Iglesia tuvo por líder a Pío XII, cuya conducta hacia el pueblo judío en esos años oscuros aún suscita polémica entre apologistas y detractores.

En las décadas posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial el Vaticano inauguró una novedosa aproximación hacia el pueblo judío y su historia. Así, las últimas casi cinco décadas fueron testigos de eventos sensacionalmente positivos en las relaciones interreligiosas. Puede postularse que en este último medio siglo el Papado ha hecho a favor de armoniosas relaciones con los judíos lo que en los previos casi dos mil años no solamente no había efectuado, sino que había hecho lo contrario. La realización del Concilio Vaticano II entre 1962-1965, la plegaria que Juan XXIII compuso en 1963 en la que los católicos pedían perdón por haber maldecido injustamente el nombre de los judíos, las bendiciones efectuadas espontáneamente por este mismo Papa una mañana de Shabat a los judíos romanos al verlos salir de la sinagoga, las visitas de Juan Pablo II al campo de concentración y exterminio Auscwitz-Birkenau en 1979, a la sinagoga de Roma en 1986, al Museo del Holocausto y al Muro de los Lamentos durante su viaje a Israel en 2000, el entablado de relaciones diplomáticas con el estado judío en 1993, la publicación del primer documento oficial de la Iglesia Católica sobre la Shoá en 1998, el concierto efectuado en la Ciudad del Vaticano en conmemoración del Holocausto en 1994, los sendos pedidos de perdón en ocasión del Jubileo, las condenas del antisemitismo, la caracterización de los judíos como “hermanos mayores”, nuevas visitas de Benedicto XVI a sinagogas en Alemania en 2005, en Estados Unidos en 2008 e Italia en 2010, y los renovados bríos insuflados al diálogo interreligioso en general, han sido hitos de la política vaticana hacia el pueblo judío en la historia reciente.

La Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II iniciado por Juan XXIII ha marcado el punto de inflexión teológico más extraordinario en el dogma católico en lo relativo a los judíos en la historia. Tiene una extensión de cuatro páginas y tomó cuatro años redactarla. La acusación del deicidio fue abordada de la siguiente manera:

“Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en Su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy”.

Comúnmente, esta afirmación ha sido interpretada como una absolución católica de la participación judía en la muerte de Jesús, pero en rigor, ella no afirma tal cosa. Lo que sí afirma es que ni todos los judíos de la época ni los judíos de todas las siguientes generaciones debieron haber sido considerados culpables por aquellos judíos que, según la Iglesia Católica, “reclamaron la muerte de Cristo”. Aún cuando se trató de una limitación de la acusación y no de una exoneración, la declaración ha sido incuestionablemente revolucionaria. Años más tarde fueron publicados otros dos documentos importantes con el objeto de explicar e implementar Nostra Aetate: Las Guías y Sugerencias para Implementar la Declaración Conciliar en 1974, y las Notas sobre el Modo Correcto de Presentar a los Judíos y al Judaísmo en la Prédica y Catequesis en la Iglesia Católica Romana en 1985. En esta última se sostiene que “Pecadores cristianos son más culpables por la muerte de Cristo que aquellos pocos judíos que la provocaron”, lo que confirma lo más arriba observado.

El antisemitismo pasó a ser condenado por el Vaticano con una fuerza y reiteración impensadas apenas pocos años antes. Nostra Aetate repudió “los odios, persecuciones y manifestaciones de anti-semitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”. El reporte Iglesia y Racismo de 1988 definió al antisemitismo como “la forma más trágica que la ideología racista ha asumido en nuestro siglo”. En 1990, el cardenal Edward Cassidy, presidente de la Comisión para las Relaciones Religiosas con los Judíos llamó al antisemitismo “un pecado contra Dios y la humanidad”. En el Acuerdo Fundamental entre la Santa Sede e Israel de 1993 también fue incluido lo siguiente: “La Santa Sede toma esta ocasión para reiterar su condena del odio, la persecución y todas otras manifestaciones de antisemitismo”. Durante la primera visita de un Papa a una sinagoga desde San Pedro, en Roma en 1986, Juan Pablo II se refirió a los judíos como “nuestros hermanos mayores”, condenó la persecución de éstos, invocó “nuestra común herencia”, alabó el “amor fraternal”, y le agradeció a Dios por la “hermandad redescubierta” y por “el nuevo y más profundo entendimiento entre nosotros aquí en Roma”. Además, entregó en obsequio un ejemplar de una Torá del Museo Vaticano. En sus palabras de bienvenida, el rabino Elio Toaff aseguró que “Este gesto está destinado a ser recordado a lo largo de la historia”. En una recepción posterior a la visita se reunió con líderes judíos, entre ellos con Settima Spizzichino, la única mujer judía sobreviviente de la deportación de la judería romana de 1943.

En 1994, Juan Pablo II ofició de anfitrión para un concierto en la Ciudad del Vaticano en conmemoración del Iom Hashoá (Día del Holocausto). Por primera vez, el Gran Rabino de Italia Elio Toaff fue recibido como invitado de honor en una ceremonia vaticana. En un gesto diseñado para remarcar la igualdad entre ambas religiones, él y el Papa fueron sentados en tronos idénticos al lado del presidente italiano Oscar Luigi Scalfaro. El actor judeo-norteamericano Richard Dreyfuss rezó un Kaddish (plegaria hebrea en recordación de los difuntos) y la Orquesta Filarmónica Real de Londres tocó el Kol Nidré (plegaria rezada en el Día del Perdón judío). El organizador del concierto fue el conductor de orquesta judío Gilbert Levine, amigo del Papa desde los tiempos de ambos en Polonia. Ante cinco mil personas invitadas, sobrevivientes de la Shoá encendieron las velas del candelabro hebreo conocido como Menorá. Aquél es un símbolo de singular significado para los judíos y tiene resonancia especial con la historia antigua de Roma. Luego de la destrucción de Jerusalem, el candelabro original del Segundo Templo fue tomado por los conquistadores romanos y la imagen de ese momento quedó grabada en un arco triunfal construido por el emperador Tito en Roma. La actitud de Juan Pablo II de permitir la realización de un acto tan plagado de motivos y significado judíos al lado de la Basílica de San Pedro fue indudablemente un noble gesto de acercamiento entre las religiones.

Luego del fallecimiento de Juan Pablo II, el nuevo Papa dio señales de continuar la línea trazada por su antecesor al efectuar tres visitas en pocos años a tres sinagogas. La primera visita de Benedicto XVI a una sinagoga, en Colonia en 2005, fue simbólica en varios aspectos. Ésta había sido destruida durante la Kristallnacht en 1938 y fue reconstruida en 1959, esa fue la segunda visita de un Papa a un templo judío, y en particular se trataba de un pontífice que se había unido involuntariamente a la Juventud Hitleriana durante la guerra. En ocasión de su visita a la sinagoga de Nueva York en 2008, Benedicto XVI saludó a los presentes con un “Shalom” (tradicional salutación en Hebreo) y recordó que Jesús “rezó en un lugar como éste”. Al visitar la sinagoga de Roma en 2010, el Papa pidió que se sanen las heridas del antisemitismo y recordó a los judíos italianos deportados durante la guerra.

Estas instancias de acercamiento entre ambas religiones dan cuenta de la calidez con la que la vinculación, por momentos, se ha dado. Sin embargo, las desavenencias en la relación judeo-católica continuaron presentes a lo largo de los años y han tenido momentos de tensión particularmente aguda.

Así, en 1979 el Papa visitó Auschwitz, un acto verdaderamente trascendental. En su discurso, no obstante, omitió mencionar por nombre a los judíos allí exterminados. En 1985 el Vaticano emitió las Notas que explicaban como presentar a los judíos y al judaísmo a la luz de Nostra Aetate. Sin embargo, al año siguiente, Juan Pablo II se refirió a la responsabilidad judía en la muerte de Jesús en tres homilías cuaresmales. El mismo año, el Sumo Pontífice realizó una visita histórica a la sinagoga de Roma. En 1987 beatificó a Edith Stein, una judía conversa al catolicismo muerta en Auschwitz. En 1994, por primera vez el Papa ofició una ceremonia conmemorativa del Holocausto en el propio Vaticano. Unos meses más tarde, distinguió como Caballero Papal a Kurt Waldheim, un prominente diplomático internacional con un pasado nazi a cuestas. Durante su pontificado, Juan Pablo II hizo más que ningún otro pontífice en la historia papal para entablar puentes de diálogo con el pueblo judío, a punto tal que un conocido rabino lo definió como “el Papa de los judíos”. Aún así, cuando en 2004 se estrenó la película La Pasión, dirigida por Mel Gibson, la que presentaba a los judíos como responsables por la crucifixión de Jesús, se atribuyó al Papa haber dicho, después de ver el film en el Vaticano, “Es tal como fue”. A finales del mismo año, Juan Pablo II beatificó a Ann-Catherine Emmerich, cuyas visiones habían sido usadas como base para la película; lo que fue interpretado como una validación del mensaje del film.

Benedicto XVI visitó sinagogas en las que dijo cosas agradables a los oídos judíos, pero a mediados de 2007 emitió un Motu Proprio en el cuál validó el uso del Rito Tridentino del Viernes Santo de 1962, titulado Pro Conversione Iudaeorum (“Por la Conversión de los Judíos”). Al igual que su predecesor, fue a Auschwitz, en el 2006, pero evitó caracterizar a la Shoá explícitamente como un crimen del pueblo alemán contra los judíos, atribuyéndolo en su lugar “a un grupo de criminales que alcanzó el poder mediante falsas promesas”. Al poco tiempo de asumir, Benedicto XVI invitó al Rabino Principal de Roma a “continuar el diálogo y reforzar la cooperación con los hijos e hijas del pueblo de Israel”, pero -en vísperas del Día Internacional del Holocausto, en enero de 2009- el Papa levantó la excomunión que pesaba sobre cuatro obispos ultra-tradicionalistas opositores a las reformas del Concilio Vaticano II; entre ellos la del obispo británico Richard Williamson, negador del Holocausto y simpatizante de los Protocolos de los Sabios de Sión. Y así sucesivamente.

La tendencia del diálogo interreligioso es claramente auspiciosa, aún cuando se vea regularmente afectada por retrocesos amargos. El peso de dos mil años de historia compartida -no siempre amena, por decir lo mínimo- se hace sentir continuamente. Algunos desarrollos demandan nuestros aplausos, otros requieren ser aclarados por el bien del mismo diálogo. La aceptación de las diferencias insalvables, que las hay, es tan necesaria como el reconocimiento de los avances extraordinarios, prácticamente inéditos en dos mil años de interrelación. Católicos y judíos comienzan a transitar un nuevo siglo, y un nuevo milenio, con la certeza de próximos desafíos y con la esperanza de una relación armónica sustentada en los valores comunes de una tradición que constituye la piedra basal de la civilización occidental.

Caretas (Peru)

Caretas (Peru)

Por Julián Schvindlerman

  

Libia: Rebeldes sin pausa – 31/03/11

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Entrevista con Julián Schvindlerman

Internacional: La OTAN asume liderazgo de bombardeo aliado y los insurgentes ganan posiciones contra tiranía de Gadafi. Para analista judío Julián Schvindlerman, siendo la democracia aún remota, el Medio Oriente ya cambió de faz.

El analista argentino Julián Schvindlerman posee una maestría en la Universidad Hebrea de Jerusalem . Es autor de los libros “Roma y Jerusalem: la política vaticana hacia el estado judío” y “Tierras por Paz, Tierras por Guerra”. Su conocimiento del Medio Oriente y su relación con Israel le otorgan una perspectiva particular frente al conflicto que incendia Libia y toda la región.

–¿Cuál es el escenario que se abre en Libia?
–Lo fundamental es que no es una imposición de Occidente sino una asistencia a una revuelta netamente doméstica y popular. No parece haber una ideología motivadora, líderes identificables ni organizaciones que comanden la situación. Ni siquiera hay eslóganes antioccidentales, antijudíos o antiamericanos. Es una revuelta pro democrática e incluso la propia liga árabe pide asistencia para ayudar a los libios. Lo que estamos viendo no tiene precedentes.

–¿Qué riesgo hay de radicalismo y caos tribal?
–Libia tiene una oposición importante. Están las tradicionales disputas tribales en el país y una amenaza un poco distante de Al Qaeda. En una era pos Gadafi puede ser que estos elementos estén presentes. Los líderes opositores y los disidentes del gobierno, que son la élite política militar del país, tendrían que tomar las riendas del asunto. Con participación ciudadana, pero seguro que más acotada que en Egipto.

–¿Se puede llegar a una especie de democratización?
–Es lo deseable. Pero Medio Oriente no tiene una tradición consolidada en ese sentido, no tiene la menor experiencia de lo que es una vida democrática verdadera. Más allá de las elecciones tiene que haber libertad de prensa, de reunión, y esto no existe. Supongo que va a haber una especie de transición relativamente prolongada a una especie de democracia limitada que funcione en términos locales.

–¿Cómo observa Israel la situación?
–Con preocupación y con la esperanza de que nada empeore. Sabe que su situación en Medio Oriente siempre fue muy precaria. Comprende que la pérdida de un aliado como Mubarak en Egipto es un riesgo importante porque entra en juego el tratado de paz entre ambos países, que en realidad es un pilar de la seguridad regional. Esto tiene implicancias económicas, políticas y militares muy serias. Egipto ya autorizó a barcos militares de Irán a cruzar el Canal de Suez. Por otra parte, veo una oportunidad en el hecho de que algunos gobiernos autocráticos que incitaban permanentemente al antisemitismo en sus medios oficiales quizás no van a seguir haciéndolo. Porque lo crucial es que el mundo árabe va a comenzar a mirar mucho para adentro y esto era sociológicamente necesario. Era una sociedad obsesionada con Israel, el imperio americano, Europa y los cruzados. Ahora se preguntan: ¿qué vida queremos llevar?

–¿Qué ocurre en Bahrein?
–Es un país que tiene 70% de mayoría chiíta pero está gobernado por una minoría sunita. Arabia Saudita y otros países del golfo ya enviaron tropas para reprimir a los manifestantes en asistencia al gobierno. Es un aliado de Estados Unidos, con lo cual lo veo como el país más delicado y estratégico.

–¿Y qué tan grave es la situación en Arabia Saudita?
–Está controlada por el momento. Pero no sabemos el alcance del efecto contagio. No hay que olvidarse tampoco de la influencia iraní, que está tratando de capitalizar el descontento a favor de la desestabilización regional.

–¿Es la amenaza del extremismo islámico?
Irán es un régimen extremista religioso. Es el único país chiíta de toda la órbita árabe [JS: Irán no es árabe, error de trascripción] que es mayoritariamente sunita, por eso tiene una aspiración pan islámica, no pan arabista, de tratar de expandir su ideología. De ahí su presencia en el Líbano y Gaza, y ahora en Bahrein. Uno de los riesgos es que no se sabe como el Islam radical va a capitalizar este escenario. A diferencia de otros analistas, yo tengo más confianza de que esta revuelta pro libertades no sea aprovechada por las fuerzas oscurantistas del Islam radical. Pero es un riesgo.

–¿Estados Unidos se demoró mucho en entrar?
Sí. Pero esto tiene que ver con que esta vez eligió no liderar, a diferencia de Bush. Obama tiene una actitud mucho más colaboracionista con todo el mundo. Incluso para supeditar, por más insólito que suene esto, intereses estratégicos de EEUU a la aprobación mundial, particularmente Naciones Unidas.

–Lo peor es que Occidente le volvió a abrir las puertas a Gadafi.
–En el 2003, después de la invasión norteamericana a Irak, Gadafi toma la iniciativa de blanquear su programa de armamento no convencional y fue bien recibido en Occidente después de pagar cuantiosas sanciones en compensación por el atentado de Lockerbie (de 1988, donde un avión explotó en los aires y murieron 270 personas. Los sindicados fueron terroristas libios). Fue bien recibido por Occidente y puso su carpa beduina en París. Gran Bretaña, que ahora es uno de los líderes del operativo, fue la que presionó a Irlanda para que liberen al único terrorista convicto por Lockerbie. El propio Berlusconi, que tenía estrecha colaboración, abogó por un acuerdo de cooperación mutua.

–¿Gadafi se vendió como una contención al radicalismo islámico?
–Exactamente. Y también de la migración ilegal hacia Europa. Más allá de que hubo una prevalecencia de la real politik, esta intervención era necesaria y Gadafi no puede quedarse en el poder. Si no vamos a tener a un líder terriblemente represor, sanguinario, resentido, con una personalidad extravagante. Sin lugar a dudas volvería a las viejas usanzas de promoción del terrorismo y desestabilización regional, pues hasta la liga árabe lo dejó solo. Y lo dijo su ex embajador en la ONU: Gadafi está loco.

(Entrevistó Enrique Chávez)

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Lebanon – 30/03/2011

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En Lebanon hallamos, al fin, una película bélica israelí que no es anti-israelí. Acostumbrados a una comunidad cinematográfica local ultra crítica de su país, regularmente masoquista, siempre inclinada a ventilar públicamente sus fobias, complejos y traumas psicológicos -como si el cine fuese una gran sesión de terapia y la audiencia internacional un suerte de Freud global- no podemos sino ver en el film de Samuel Maoz una saludable ruptura con esa tendencia tan frecuente como nociva.

El sólo hecho de no caer en el adoctrinamiento kitsch usual y en los lugares comunes más básicos del cine israelí, hace de Lebanon meritoria en sí misma. Pero el film es mucho más que eso y, aunque es autobiográfica y retrata la experiencia personal del director durante la guerra de 1982, se erige como una clase de historia didáctica, sumamente educativa e informativa. Por sobre todo, es una película sobria; cruenta en su realismo visual y narrativo, acertada en los rubros técnicos, y balanceada en su visión política. Sus escenas muestran verdades obvias para muchos israelíes y judíos (a menos que uno milite en Shalom Ajshav o Betselem) pero no así para un público general alimentado cotidianamente con dosis de desinformación e incluso demonización anti-israelí. A saber: los soldados israelíes no son sádicos belicistas, ni violadores de mujeres, ni asesinos de niños, ni abusadores de prisioneros.

A diferencia del animado documental alucinatorio» (según lo caracterizó oportunamente el crítico del New York Times, A. O. Scott) de Ari Folman, Waltz con Bashir, que compara de modo aberrante a los soldados israelíes con los nazis, el Lebanon de Samuel Maoz elude, dentro de lo permisible en el cine bélico israelí, los juicios políticos para centrarse más en el aspecto vivencial y descarnado de la guerra. Tiene trazos comunes con la película de Folman en la dimensión autobiográfica, en la pintura dramática de los personajes, en la gráfica cruda de la contienda, y en la atmósfera agobiante que satura al largometraje: en Waltz con Bashir era oscura y deprimente, en Lebanon es claustrofóbica y tensionante. Salvo la imagen de apertura y de cierre de la película (que es la misma: un campo de girasoles abatidos en pleno día soleado), toda la trama transcurre dentro del tanque que habitan los cuatro soldados. Por supuesto que hay una narrativa mayor que es la de la incursión israelí en El Líbano en 1982, pero sólo accedemos a ella a través del lente de la mira desde el interior del tanque. Esto constituye sin dudas uno de los mayores logros del director.

Que el retrato es humano más que político, podemos apreciarlo en la completa desorientación espacial de los jóvenes soldados, verdaderos anti-héroes que se hallan en el lugar equivocado en el momento equivocado. Es decir, son conscriptos de un ejército en confrontación con terroristas asentados en un país vecino. Los soldados parecen no tener una idea clara de los hechos, a tal punto que cuando se topan con un falangista, uno de ellos pregunta «¿Qué es un falangista?» y deben explicarle que es un árabe cristiano aliado. Cuando es ingresado al interior del tanque un guerrillero sirio capturado, otro soldado, azorado, acota, «pensé que en El Líbano hallaríamos libaneses, no sirios». La ansiedad de los soldados por volver a casa, su limitada aptitud para manejar el tanque o disparar contra combatientes enemigos, la debilidad de liderazgo palpable en el comandante a cargo y la insubordinación interna que ella despierta, remiten a la descripción del comando israelí efectuada por Steven Spielberg en Munich a propósito de los cuestionamientos morales y torpeza profesional que aquejaban a sus miembros mientras daban caza en Europa a los terroristas del grupo Septiembre Negro; sólo que en Lebanon la situación es verdadera. Munich era presentada como «basada en hechos reales» pero, en rigor, estaba basada en la imaginación de su guionista, tal como aptamente señaló un crítico al momento de su estreno.

Otro punto de encuentro con Munich es alegórico. El film de Spielberg cerraba con una toma de las Torres Gemelas con un sugestivo subtexto de que la lucha contra el terrorismo es absurda y contraproducente. Maoz muestra imágenes del Big Ben, la Torre Eiffel y las Twin Towers que la mira del tanque capta en los pósters colgados dentro de una abandonada agencia de viajes libanesa a la que acaba de ingresar, destruyendo. El propósito aquí, sin embargo, parece ser menos aleccionador ideológicamente, limitándose a ilustrar la dimensión irreal de toda la situación.

El film de Samuel Maoz es ciertamente anti-belicista, pero sabiamente se abstiene de adoptar un tono político pedante y brinda en su lugar una experiencia intensa, cautivante y fielmente descriptiva del papel humano en el horror de la contienda. Chapeau a Lebanon, entonces, por evitar el cliché instructivo y legar a la cinematografía israelí un modo de hacer cine más realista, menos moralista y a la vez, entretenido.

Comunidades, Comunidades - 2011

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Lebanon – 30/03/11

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En Lebanon hallamos, al fin, una película bélica israelí que no es anti-israelí. Acostumbrados a una comunidad cinematográfica local ultra crítica de su país, regularmente masoquista, siempre inclinada a ventilar públicamente sus fobias, complejos y traumas psicológicos -como si el cine fuese una gran sesión de terapia y la audiencia internacional un suerte de Freud global- no podemos sino ver en el film de Samuel Maoz una saludable ruptura con esa tendencia tan frecuente como nociva.

El sólo hecho de no caer en el adoctrinamiento kitsch usual y en los lugares comunes más básicos del cine israelí, hace de Lebanon meritoria en sí misma. Pero el film es mucho más que eso y, aunque es autobiográfica y retrata la experiencia personal del director durante la guerra de 1982, se erige como una clase de historia didáctica, sumamente educativa e informativa. Por sobre todo, es una película sobria; cruenta en su realismo visual y narrativo, acertada en los rubros técnicos, y balanceada en su visión política. Sus escenas muestran verdades obvias para muchos israelíes y judíos (a menos que uno milite en Shalom Ajshav o Betselem) pero no así para un público general alimentado cotidianamente con dosis de desinformación e incluso demonización anti-israelí. A saber: los soldados israelíes no son sádicos belicistas, ni violadores de mujeres, ni asesinos de niños, ni abusadores de prisioneros.

A diferencia del animado “documental alucinatorio” (según lo caracterizó oportunamente el crítico del New York Times, A. O. Scott) de Ari Folman, Waltz con Bashir, que compara de modo aberrante a los soldados israelíes con los nazis, el Lebanon de Samuel Maoz elude, dentro de lo permisible en el cine bélico israelí, los juicios políticos para centrarse más en el aspecto vivencial y descarnado de la guerra. Tiene trazos comunes con la película de Folman en la dimensión autobiográfica, en la pintura dramática de los personajes, en la gráfica cruda de la contienda, y en la atmósfera agobiante que satura al largometraje: en Waltz con Bashir era oscura y deprimente, en Lebanon es claustrofóbica y tensionante. Salvo la imagen de apertura y de cierre de la película (que es la misma: un campo de girasoles abatidos en pleno día soleado), toda la trama transcurre dentro del tanque que habitan los cuatro soldados. Por supuesto que hay una narrativa mayor que es la de la incursión israelí en El Líbano en 1982, pero sólo accedemos a ella a través del lente de la mira desde el interior del tanque. Esto constituye sin dudas uno de los mayores logros del director.

Que el retrato es humano más que político, podemos apreciarlo en la completa desorientación espacial de los jóvenes soldados, verdaderos anti-héroes que se hallan en el lugar equivocado en el momento equivocado. Es decir, son conscriptos de un ejército en confrontación con terroristas asentados en un país vecino. Los soldados parecen no tener una idea clara de los hechos, a tal punto que cuando se topan con un falangista, uno de ellos pregunta “¿Qué es un falangista?” y deben explicarle que es un árabe cristiano aliado. Cuando es ingresado al interior del tanque un guerrillero sirio capturado, otro soldado, azorado, acota, “pensé que en El Líbano hallaríamos libaneses, no sirios”. La ansiedad de los soldados por volver a casa, su limitada aptitud para manejar el tanque o disparar contra combatientes enemigos, la debilidad de liderazgo palpable en el comandante a cargo y la insubordinación interna que ella despierta, remiten a la descripción del comando israelí efectuada por Steven Spielberg en Munich a propósito de los cuestionamientos morales y torpeza profesional que aquejaban a sus miembros mientras daban caza en Europa a los terroristas del grupo Septiembre Negro; sólo que en Lebanon la situación es verdadera. Munich era presentada como “basada en hechos reales” pero, en rigor, estaba basada en la imaginación de su guionista, tal como aptamente señaló un crítico al momento de su estreno.

Otro punto de encuentro con Munich es alegórico. El film de Spielberg cerraba con una toma de las Torres Gemelas con un sugestivo subtexto de que la lucha contra el terrorismo es absurda y contraproducente. Maoz muestra imágenes del Big Ben, la Torre Eiffel y las Twin Towers que la mira del tanque capta en los pósters colgados dentro de una abandonada agencia de viajes libanesa a la que acaba de ingresar, destruyendo. El propósito aquí, sin embargo, parece ser menos aleccionador ideológicamente, limitándose a ilustrar la dimensión irreal de toda la situación.

El film de Samuel Maoz es ciertamente anti-belicista, pero sabiamente se abstiene de adoptar un tono político pedante y brinda en su lugar una experiencia intensa, cautivante y fielmente descriptiva del papel humano en el horror de la contienda. Chapeau a Lebanon, entonces, por evitar el cliché instructivo y legar a la cinematografía israelí un modo de hacer cine más realista, menos moralista y a la vez, entretenido.

El Telégrafo (Ecuador)

El Telégrafo (Ecuador)

Por Julián Schvindlerman

  

Cuando la opresión estalla en revuelta – 20/03/11

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Los países de África del Norte y Oriente Próximo han experimentado épocas duras desde la colonización, las dictaduras hasta las protestas actuales.

Una decena de países del Magreb y de Oriente Medio se asienta en la actualidad sobre arenas movedizas por las constantes revueltas contra los regímenes dictatoriales que reflejan a un pueblo oprimido, ávido de cambios políticos y sociales.

Las protestas pillan desprevenidos a todos y mueven los pilares de naciones grandes y pequeñas. La historia empieza a finales de diciembre de 2010, en Túnez, donde la gente salió a las calles para reclamar por la muerte de un vendedor que se incendió a lo bonzo tras ser reprimido por agentes policiales.

Las manifestaciones tomaron cada vez más fuerza, hasta presionar al presidente Zine El Abidine Ben Alí, quien llevaba 23 años en el poder, a renunciar. El efecto dominó avanzó hasta Egipto.

El mandatario Hosni Mubarak, con siete años más que el líder tunecino en el gobierno, corrió con la misma suerte. El mandatario entregó el poder a los militares tras fuertes protestas que cobraron la vida de 300 personas.

Las revueltas, entonces, continuaron como un reguero de pólvora. Otros países levantados, hoy, son Yemen, Bahréin y Libia, mientras que en Argelia, Jordania, Marruecos, Omán, Irán e Irak se han dado protestas callejeras.

Sin embargo, Libia es la nación magrebí donde se registran los más encarnizados enfrentamientos. Allí, el régimen de Muamar el Gadafi, el dictador más longevo de África del Norte (42 años), se resiste a abandonar el poder y combate en forma sangrienta a los rebeldes. Actualmente, el país enfrenta una intervención militar autorizada, el pasado jueves, por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Para poner en perspectiva las revoluciones en África del Norte y Oriente Medio es imprescindible conocer la historia de estos países, la mayoría árabe y de religión musulmana, en gran parte sunita, con la excepción de Irán (donde sus ciudadanos son étnicamente persas y profesan el islam chiíta).

En el pasado, el imperialismo europeo tuvo un papel protagónico, aunque, según algunos expertos, las revoluciones actuales no tienen precedentes. Jorge Salomón, profesor de Sociología e Historia en la Universidad de Especialidades Espíritu Santo (UEES), explica que dicho imperialismo representó algo terrible para sus habitantes, como antes el otomano (1.500 después de Cristo), liderado por los Selyur, reconocidos como sanguinarios.

Con la llegada de la Revolución Industrial (1770-1780 a 1830-1850) viene la expansión de las naciones europeas. Influenciada por el boom, entre los años 1800 y 1900, Europa entra a apoderarse de África y Asia. En el caso del Magreb, Gran Bretaña necesitaba una forma de comerciar con Asia, entonces se toma en 1850 Egipto y construye el canal del Suez.

Pero, ¿qué pasa con estas naciones? Una de las primeras acciones que toman los líderes del imperio europeo es “deconstruir el pasado”, como afirma el ensayista mexicano Octavio Paz (1914-1998), a quien parafrasea Salomón, autor del libro Shukran América: Las familias palestinas en Ecuador.

El catedrático señala que la potencia imperial, es decir los británicos, desarrollaron una teoría llamada el darwinismo social, que se basa en la Evolución de las especies, de Charles Darwin, y en la cual las más fuertes eliminaban a las más débiles. Ellos la readaptan a los seres humanos y hacen sentir a la gente que su pasado no es importante, compara Salomón.

El proceso de la deconstrucción del pasado es clave para que la potencia imperial se adueñe de la mente de la población volviéndola sumisa. Es así como estos pueblos son sometidos por el imperio. Sin embargo, “las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo”, sostenía Octavio Paz. Y, en efecto, el pueblo tenía sed de liberación.

Salomón expresa que con la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el mundo se bipolariza. “Mal o bien la Unión Soviética representa en esa época otra forma de hacer política, está en contra del imperialismo (occidental) y hay todo un proceso mundial que permite que muchos países africanos comiencen a independizarse. Es así como se dan guerras muy fuertes, como la de Argelia, que se independiza de Francia, y la de Libia, que se libera, al fin, de Italia.

Dictaduras

Con la descolonización europea, surgieron gobernantes considerados ilegítimos por el pueblo. Julián Schvindlerman, analista internacional argentino y autor de Tierras por paz, tierras por guerra, precisa a El Telégrafo que por vocación de puro poder, o por idealización de un plan político mayor para las naciones árabes, los militares tomaron el gobierno por la fuerza, lo que dio lugar a las dictaduras que se extendieron durante mucho tiempo.

Así, los países árabes pasaron del imperialismo europeo a las dictaduras y de allí a las revoluciones actuales, en las que cada caso es singular, pero se puede generalizar: el pueblo sale a las calles de forma espontánea a ventilar las frustraciones de décadas de represión y subdesarrollo al que han estado sometidos, agrega el internacionalista.

“Hay sectores musulmanes extremistas en esos países, pero no están liderando las revueltas. En el caso de Egipto, se trató de una mezcla de seculares de clases varias con islamistas. En Libia son laicos, más tribus y disidentes oficiales. Pero la base es netamente popular”, añade Schvindlerman.

A juicio de Marc Saint-Upéry, internacionalista, periodista y escritor francés, la lucha que se da ahora no es ni ideológica ni religiosa. Son reivindicaciones democráticas y sociales que aglutinan a sectores muy diferentes.

“El aumento del costo de la vida, sobre todo del precio de los alimentos en los últimos meses, jugó un papel importante”, precisa, “pero a eso se sumó un rechazo generalizado a los autócratas, a sus familias de ladrones de siete suelas y a la omnipotencia y la arbitrariedad salvaje de los mukhabarat, los sanguinarios servicios de seguridad”.

Pero, ¿qué viene después de las revueltas? Saint-Upéry considera que un período de transición muy complejo, una explosión de la expresión de las frustraciones y de las demandas sociales reprimidas. “Paralelamente, habrá conflictos culturales sobre temas de orden moral y religioso, y el riesgo es que los poderes fácticos instrumentalizan y cooptan a los islamistas más conservadores para desviar la atención de los problemas de fondo”, acota el escritor.

Para George Chaya, especialista argentino en Oriente Medio y autor de La Yihad Global, el terrorismo del Siglo XXI, estos sucesos que presenciamos ahora en el mundo árabe islámico no son revoluciones.

Es cierto -dice- que las movilizaciones han sido multitudinarias, pero los movimientos que se ven en la calle aún no han dado la talla de “revoluciones genuinas”.

George Chaya opina que es muy prematuro evaluar resultados en términos de cambios positivos para la población: “La puja entre las ideas nacionalistas arabistas y la ideología del yihadismo radical militante chiíta está en curso”.

Hay una guerra de las ideas que se está librando en la región -explica el experto argentino- y el peligro que ambas posiciones encarnan es que cualquiera de ellas no dudará en fagocitarse a la juventud que fue la portadora de ideas de cambios haciendo uso de las redes sociales.

Eduardo Álvarez, analista internacional sobre Oriente Medio, analiza que, en el caso de Libia, se alista una inminente intervención de Estados Unidos y Europa para finiquitar la salida de Muamar el Gadafi, una vez que los opositores no lograron echarlo del poder aprovechando la ola de protestas y su efecto dominó en el Magreb.

Esa opinión es compartida por Jorge Salomón, mientras que, en términos generales, Julián Schvindlerman considera que las revueltas son muy significativas y puede que se den mayores reformas por parte de quienes no quieren perder el poder (Jordania y Bahréin), o mayor represión por parte de otros tantos que, así mismo, a toda costa desean mantenerlo.

El Cronista

El Cronista

Por Julián Schvindlerman

  

Libia y las Naciones Unidas – 18/03/11

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El coronel Gaddafi ha lanzado una fuerte contraofensiva contra posiciones rebeldes. Ciudades estratégicas y otras han sido recapturadas por las fuerzas leales al régimen. Tanques y aviones fueron enviados a reprimir a los manifestantes que clamaban por la libertad. Periodistas foráneos fueron secuestrados y torturados. Ya hay un cuarto de millón de refugiados en Túnez, Egipto, Argelia y Nigeria. Según el New York Times, Gaddafi tiene decenas de miles de millones de dólares en efectivo en Trípoli para financiar la feroz represión, limitando así el impacto del embargo. El mundo libre estudia sus opciones más duras -creación de zona de exclusión aérea, intervención militar- pero, mientras la situación para los libios es cada vez más dramática, no se decide a actuar.

¿El motivo? Pues que las Naciones Unidas aún no han autorizado el uso de la fuerza para preservar la paz y la seguridad en el país árabe y, en consecuencia, en la región. La OTAN, Estados Unidos y la Unión Europea esperan el aval legal del organismo, puntualmente de su Consejo de Seguridad. La Carta de la ONU garantiza la integridad territorial y la independencia política de las naciones, y contempla el uso de la fuerza en defensa propia o para la preservación de la paz y la seguridad global. El Consejo está integrado por cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, el Reino Unido y Francia) y otros diez miembros no permanentes. La adopción de una resolución sustantiva requiere el apoyo de nueve de sus quince miembros y la ausencia de veto por parte de los países-miembro permanentes.

Es importante entender entonces que cuando hablamos del aval de la ONU, estamos refiriendo a la autorización de estos quince países y no de los casi doscientos que integran el organismo. Vale decir que el destino del pueblo libio está en manos de la opinión ilustrada de unos pocos gobiernos. A esto comúnmente se denomina ‘la opinión de la familia de las naciones‘, una caracterización demasiado grandiosa que no refleja la realidad. El problema crucial radica en el poder de veto de los permanentes. Beijing y Moscú se oponen a que el Consejo autorice el uso de la fuerza contra Libia. Ello implica que el Consejo está paralizado. Si Washington y sus aliados decidieran actuar por fuera del marco de la ONU, lo harían en el ámbito de la ilegalidad. En la observación del profesor de derecho de la Universidad de California en Berkeley, John Yoo, esto da lugar a una situación extraña: aquellas naciones que aceptan la responsabilidad elevada de mantener la paz y la democracia en el mundo se convierten en violadores de la ley internacional. Estados que protegen a regímenes autoritarios actúan en conformidad con la ley.

La credibilidad de la ONU en este sentido puede también ser cuestionada por su propio récord institucional en relación a Libia. A pesar de que esta nación árabe ha estado bajo el poder del tirano Gaddafi por más de cuatro décadas, Libia ha sido siempre aceptada como una nación respetable en su burocracia. En fecha tan reciente como el período 2008-2009, Libia integró como miembro no-permanente el Consejo de Seguridad. En mayo del 2010, 155 países de la Asamblea General votaron a favor de la incorporación de Libia al Consejo de Derechos Humanos, del que acaba de ser suspendida (no expulsada) a partir de las revueltas. El CDH, establecido en 2006 en reemplazo de la desacreditada Comisión de Derechos Humanos, ha emitido alrededor de cincuenta resoluciones condenatorias de países en los últimos cinco años; ni una sola de ellas fue emitida contra la Libia de Gaddafi. A comienzos del presente año, el CDH publicó su reporte cuatrimestral sobre la situación de los derechos humanos en Libia como parte de una revisión universal periódica. El reporte cosechó elogios hacia Libia por parte de Sudán, Siria, Palestina, Corea del Norte, Arabia Saudita, Myanmar, Cuba, Venezuela y, sorpresivamente, también de Polonia, Australia y Canadá. No menos insólito es que la delegada de Gaddafi ante la ONU en Ginebra, Najat Al-Hajjaji, ha tenido asiento desde el año 2005 en el “Grupo de Trabajo sobre el uso de mercenarios como método de violación de los derechos humanos”; o que en 2009 haya presidido el comité planificador de la Conferencia Mundial contra el Racismo de la ONU; o que en el 2003 haya sido electa como presidenta de la CDH.

En septiembre de 2009, Gaddafi dio un discurso de 100 minutos de duración ante la Asamblea General en el cual tildó de “consejo del terror” al Consejo de Seguridad. Hoy debe estar arrepentido. Gracias a la inacción del mismo, el coronel puede seguir masacrando impunemente a su propio pueblo.