Programa: Informativo NTN24
Canal: NTN24 (de Colombia para América Latina y USA)
Fecha: 17/03/2011
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Benedicto xvi, jesús y los judíos – 16/03/2011
Las afirmaciones del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica contenidas en la segunda parte de un libro sobre Jesús de Nazaret, de reciente publicación, han causado una gran conmoción. En rigor, el Papa ha reafirmado lo que ya fue expresado, cuarenta y cinco años atrás, en la Declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, cuyo párrafo cuarto está dedicado a la religión judía.
Esta reafirmación papal está en consonancia con la política religiosa de previos pontífices, desde Juan XXIII en adelante. Con la salvedad que algunos de ellos por momentos incurrieron en contradicciones declarativas en esta materia, mientras que Benedicto XVI acaba de legar una lectura teológica de los textos sagrados desprovista de ambigüedades. Este Papa es un teólogo eminente y sus pronunciamientos en un libro tendrán mayor acogida por parte de feligreses que raramente se ocupen en leer documentos conciliares. Según extractos de la obra publicados en la prensa, Benedicto XVI sostiene que no hay base en las Sagradas Escrituras para el alegato de que el pueblo judío sea colectivamente culpable por la muerte de Jesús. Que esto deba ser subrayado en pleno siglo XXI es indicativo del daño que la acusación del deicidio ha provocado en la historia de la humanidad.
El Papa no afirma que los judíos no estuvieron implicados en la muerte de Jesús, como tampoco lo hace Nostra Aetate. Sino que los judíos no fueron colectivamente culpables, ni lo son eternamente. Ahora debemos preguntarnos: ¿quiénes fueron exactamente los acusadores de Jesús?» escribe el Papa para responder que el Evangelio de Juan dice, simplemente, «los judíos». A lo cual el pontífice observa «Pero el uso de Juan de esta expresión de modo alguno indica -como el lector moderno ha de suponer- el pueblo de Israel en general, menos aún es de carácter ´racista´» pues «Después de todo el mismo Juan era étnicamente un judío, como lo eran Jesús y sus seguidores». Benedicto XVI concluye que la referencia de Juan era hacia la «aristocracia del templo», la cual constituyó al «grupo real de acusadores». Esto está en completa armonía con lo estipulado en Nostra Aetate, cuya sección relevante sostiene: «Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy».
Por eso resulta llamativa la reacción de la comunidad judía global. Dijo el Comité Judío Norteamericano (AJC en inglés): «AJC recibe con agrado el libro del Papa que absuelve a los judíos por la muerte de Jesús»; declaró la Liga Anti-difamatoria (ADL): «ADL dice que la exoneración de los judíos en la muerte de Jesús de Benedicto XVI es ´histórica´ y adiciona al [Concilio] Vaticano II»; sostuvo el Congreso Judío Mundial (WJC): «WJC celebra el rechazo del Papa a la culpabilidad judía por la crucifixión de Jesús»; y un largo etcétera. Los titulares de estos comunicados carecen de la precisión que sí contienen sus textos, donde es indicado que la absolución, exoneración y el rechazo -para usar las palabras citadas- aluden al pueblo judío como colectivo. Es entendible que políticamente estas organizaciones deban agradecer a la Iglesia por el gesto del Papa. También es comprensible el entusiasmo de los partícipes del diálogo interreligioso al ver resultados tan positivos de sus continuas reuniones. E indudablemente Benedicto XVI merece ser alentado desde los rincones judíos por reafirmar pasadas enseñanzas positivas de la Iglesia. Tan sólo mayor rigor en la caracterización del acontecimiento, al menos en los titulares de prensa de las organizaciones judías, hubiera sido bienvenido.
Esta crítica no minimiza la importancia educativa de la aseveración papal para toda la cristiandad. Benedicto XVI sostiene que la lectura teológica correcta de los Evangelios no puede llevar a la conclusión de que los Padres del Cristianismo hayan señalado a la totalidad del pueblo judío como responsable eterno de la crucifixión del Mesías cristiano. Lástima que ninguno de sus 262 antecesores haya tenido la audacia teológica de llevar a cabo semejante exégesis con anterioridad. Indudablemente, mucho sufrimiento se hubiera evitado.
Zoom a la Noticia – 16/03/11
Programa: Zoom a la Noticia
Conducción: Hassan Nassar
Canal: NTN24 (de Colombia para América Latina y USA)
Fecha: 16/03/2011
Comunidades
Por Julián Schvindlerman
  Benedicto XVI, Jesús y los Judíos – 16/03/11
Las afirmaciones del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica contenidas en la segunda parte de un libro sobre Jesús de Nazaret, de reciente publicación, han causado una gran conmoción. En rigor, el Papa ha reafirmado lo que ya fue expresado, cuarenta y cinco años atrás, en la Declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, cuyo párrafo cuarto está dedicado a la religión judía.
Esta reafirmación papal está en consonancia con la política religiosa de previos pontífices, desde Juan XXIII en adelante. Con la salvedad que algunos de ellos por momentos incurrieron en contradicciones declarativas en esta materia, mientras que Benedicto XVI acaba de legar una lectura teológica de los textos sagrados desprovista de ambigüedades. Este Papa es un teólogo eminente y sus pronunciamientos en un libro tendrán mayor acogida por parte de feligreses que raramente se ocupen en leer documentos conciliares. Según extractos de la obra publicados en la prensa, Benedicto XVI sostiene que no hay base en las Sagradas Escrituras para el alegato de que el pueblo judío sea colectivamente culpable por la muerte de Jesús. Que esto deba ser subrayado en pleno siglo XXI es indicativo del daño que la acusación del deicidio ha provocado en la historia de la humanidad.
El Papa no afirma que los judíos no estuvieron implicados en la muerte de Jesús, como tampoco lo hace Nostra Aetate. Sino que los judíos no fueron colectivamente culpables, ni lo son eternamente. “Ahora debemos preguntarnos: ¿quiénes fueron exactamente los acusadores de Jesús?” escribe el Papa para responder que el Evangelio de Juan dice, simplemente, “los judíos”. A lo cual el pontífice observa “Pero el uso de Juan de esta expresión de modo alguno indica -como el lector moderno ha de suponer- el pueblo de Israel en general, menos aún es de carácter ´racista´” pues “Después de todo el mismo Juan era étnicamente un judío, como lo eran Jesús y sus seguidores”. Benedicto XVI concluye que la referencia de Juan era hacia la “aristocracia del templo”, la cual constituyó al “grupo real de acusadores”. Esto está en completa armonía con lo estipulado en Nostra Aetate, cuya sección relevante sostiene: “Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy”.
Por eso resulta llamativa la reacción de la comunidad judía global. Dijo el Comité Judío Norteamericano (AJC en inglés): “AJC recibe con agrado el libro del Papa que absuelve a los judíos por la muerte de Jesús”; declaró la Liga Anti-difamatoria (ADL): “ADL dice que la exoneración de los judíos en la muerte de Jesús de Benedicto XVI es ´histórica´ y adiciona al [Concilio] Vaticano II”; sostuvo el Congreso Judío Mundial (WJC): “WJC celebra el rechazo del Papa a la culpabilidad judía por la crucifixión de Jesús”; y un largo etcétera. Los titulares de estos comunicados carecen de la precisión que sí contienen sus textos, donde es indicado que la absolución, exoneración y el rechazo -para usar las palabras citadas- aluden al pueblo judío como colectivo. Es entendible que políticamente estas organizaciones deban agradecer a la Iglesia por el gesto del Papa. También es comprensible el entusiasmo de los partícipes del diálogo interreligioso al ver resultados tan positivos de sus continuas reuniones. E indudablemente Benedicto XVI merece ser alentado desde los rincones judíos por reafirmar pasadas enseñanzas positivas de la Iglesia. Tan sólo mayor rigor en la caracterización del acontecimiento, al menos en los titulares de prensa de las organizaciones judías, hubiera sido bienvenido.
Esta crítica no minimiza la importancia educativa de la aseveración papal para toda la cristiandad. Benedicto XVI sostiene que la lectura teológica correcta de los Evangelios no puede llevar a la conclusión de que los Padres del Cristianismo hayan señalado a la totalidad del pueblo judío como responsable eterno de la crucifixión del Mesías cristiano. Lástima que ninguno de sus 262 antecesores haya tenido la audacia teológica de llevar a cabo semejante exégesis con anterioridad. Indudablemente, mucho sufrimiento se hubiera evitado.
La Ilustración Liberal
Por Julián Schvindlerman
  Qué significa Israel para mí – Primavera 2011
Por Julián Schvindlerman
Artículo publicado en La Ilustración Liberal (España)
En 2006 la editorial Wiley publicó el libro What Israel means to me, coordinado por Alan Dershowitz. En él, ochenta personalidades de Estados Unidos e Israel respondían a la pregunta que daba título al volúmen. La Ilustración Liberal, prestigiosa publicación española, ha planteado la misma cuestión a una docena de autores de Israel y el mundo de habla hispana (Carlos Alberto Montaner, Horacio Vazquez Rial, Marcelo Birmajer, entre otros). Aquí la respuesta de Julián Schvindlerman.
La saga de Israel comenzó cuando un príncipe egipcio y hebreo desafió a la autoridad gobernante al reclamar libertad para sus hermanos esclavizados, con las palabras “Deja salir a mi pueblo”. Como se estipuló desde el cielo que ningún esclavo podría ingresar a la Tierra Prometida -de modo que sólo una generación de mujeres y hombres libres forjaran la nueva nación- Moisés apenas pudo contemplar la tierra de la emancipación desde la distancia. Más de tres mil años después, aquella pequeña nación fundada bajo las inclemencias del desierto, los anhelos de la libertad y las promesas divinas todavía brilla bajo el mismo sol que lo vio todo desde su mismísima génesis.
El misterio de la supervivencia judía ha intrigado a filósofos e historiadores por largo tiempo. En la edición de septiembre de 1899 en la revista Harper´s, el escritor estadounidense Mark Twain reflexionaba al respecto de este modo:
“Los egipcios, los babilonios, los persas se levantaron, llenaron el planeta con sonido y esplendor, luego se desvanecieron al polvo de los sueños y pasaron; los griegos y los romanos siguieron e hicieron un ruido vasto, y se han ido; otros pueblos han surgido y sostenido su antorcha en lo alto por un tiempo, pero se apagó, y ahora se sientan en la penumbra o se han desvanecido. El judío los vio a todos, los venció a todos, y es ahora lo que siempre fue, sin exhibir decadencia, ni flaquezas de la edad, ni debilitamiento de sus partes, ni decaimiento de sus energías, ni embotamiento de su mente alerta y agresiva. Todas las cosas son mortales menos el judío: todas las demás fuerzas pasan, pero él permanece. ¿Cuál es el secreto de su inmortalidad?”.
El siglo previo, el filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau, había expresado similar asombro:
“Los judíos nos presentan un espectáculo sorprendente: las leyes de Numa, Licurgo y Solón están muertas; las mucho más antiguas de Moisés aún están vivas. Atenas, Esparta y Roma han perecido y sus pueblos se han desvanecido de la tierra; aunque destruida, Sión no ha perdido a sus hijos. Se mezclan entre las naciones pero no se pierden entre ellas; ya no tienen a sus líderes, sin embargo son una nación; ya no tienen un país, y sin embargo son todavía ciudadanos”.
A su vez, durante la segunda mitad del siglo XX, el poeta y escritor argentino Jorge Luis Borges celebraba con estas palabras el surgimiento del estado judío:
“Temí que en Israel acecharía con dulzura insidiosa la nostalgia que las diásporas seculares acumularon como un triste tesoro en las ciudades del infiel, en las juderías, en los ocasos de la estepa, en los sueños, la nostalgia de aquellos que te anhelaron, Jerusalem, junto a las aguas de Babilonia, ¿Qué otra cosa eras, Israel, sino esa nostalgia, sino esa voluntad de salvar, entre las inconstantes formas del tiempo, tu viejo libro mágico, tus liturgias, tu soledad con Dios? No así. La más antigua de las naciones es también la más joven”.
El destino de Israel es el destino del pueblo judío y el enigma de ambos es único. De haber vivido lo suficiente para presenciar el establecimiento del estado judío en su tierra ancestral a mediados del siglo último, seguramente Twain y Rousseau hubieran estado igualmente sorprendidos con el acontecer increíble de ese pequeño país surgido en un Medio Oriente decidido a extirparlo cuando las cenizas del Holocausto europeo, arrastradas por los vientos de la historia, aún no habían dejado de caer sobre su tierra fecunda. Asediado militarmente desde su nacimiento, acosado por boicots económicos por parte de toda una región, privado de recursos naturales propios, desafiado diplomática y moralmente de manera constante incluso por países de Occidente; es difícil imaginar a muchos países sobrevivir y más aún, progresar, en semejante entorno. Y sin embargo, la historia del Israel moderno es una historia de superación y crecimiento formidables.
Al visualizar las amenazas y los obstáculos que los pioneros sionistas debieron enfrentar, siempre he encontrado loable su espíritu constructor, su afán creador y su inventiva original para sortear desafíos reales. Pero nunca dejaré de admirar su vocación colectiva para dar forma, en medio de guerras interminables, a una sociedad intelectualmente inquieta y culturalmente rica. Theodor Herzl, el fundador del sionismo político, había comprendido que la tierras, las fronteras, los asentamientos, el ejército… todo ello constituía la base material de un estado, pero que era la idea de un estado –la utopía que albergaba los sueños y las aspiraciones, los anhelos y las ambiciones de sus pobladores- el elemento crucial que lo sostendría en el tiempo. Y así, ya en 1936 aconteció en Tel-Aviv el primer concierto de la Orquesta Filarmónica Palestina bajo la batuta de Arturo Toscanini. En una fecha tan temprana como 1932 había sido fundado en esa misma ciudad un museo de arte, y para esa misma época se establecieron los laboratorios del Mar Muerto. En la década que va entre 1924 y 1934, fueron establecidos tres institutos científicos y universidades: el Instituto de Tecnología de Israel (Tejnión) en 1924, la Universidad Hebrea de Jerusalem en 1925, y el Instituto de Ciencia Weizmann en 1934. Todo ello precedió al nacimiento del estado, en 1948.
Desde entonces su progreso no ha parado. Su excelencia académica, las patentes que presenta, los libros que publica, los premios Nobel que produce; todo ello suele ubicar a esta diminuta nación en la vanguardia del desarrollo humano. Pues como ha dicho célebremente uno de sus más famosos presidentes: imposibilitada de crecer geográficamente, Israel lo ha hecho creativamente.
Viajé por primera vez el país cuando era niño, junto con mi pequeña hermana y mis padres. Durante nuestra visita al Muro de los Lamentos, vimos rezar a hombres ortodoxos custodiados por jóvenes soldados. Recuerdo una apreciación de mi padre, quien, al ver ese cuadro hermoso, dijo: “El religioso no podría rezar allí si no fuera por la protección que le brinda el soldado. Pero la presencia del soldado no tendría sentido alguno allí si no estuviera rezando el ortodoxo”. Esta unión entre lo místico y lo moderno, entre la tradición y el pragmatismo, entre lo mundano y lo espiritual, aún con todas las tensiones que ella genera, dota al estado judío de una singularidad muy especial. Después de todo, si a Moisés le fuese concedido hoy el permiso de ingresar a la Tierra Prometida, se toparía con israelíes que hablan su mismo idioma, que tienen su misma religión y que habitan el mismo territorio al cual él llevó a sus antepasados hace tres mil años. Y eso es decididamente maravilloso.
Libertad Digital
Por Julián Schvindlerman
  La ONU y Libia – 15/03/11
El coronel Gaddafi ha lanzado una fuerte contraofensiva contra posiciones rebeldes. Ciudades estratégicas y otras han sido recapturadas por las fuerzas leales al régimen. Tanques y aviones fueron enviados a reprimir a los manifestantes que clamaban por la libertad. Periodistas foráneos fueron secuestrados y torturados. Ya hay un cuarto de millón de refugiados en Túnez, Egipto, Argelia y Nigeria. Según el New York Times, Gaddafi tiene decenas de miles de millones de dólares en efectivo en Trípoli para financiar la feroz represión, limitando así el impacto del embargo. El mundo libre estudia sus opciones más duras –creación de zona de exclusión aérea, intervención militar– pero, mientras la situación para los libios es cada vez más dramática, no se decide a actuar.
¿El motivo? Pues que las Naciones Unidas aún no han autorizado el uso de la fuerza para preservar la paz y la seguridad en el país árabe y, en consecuencia, en la región. La OTAN, Estados Unidos y la Unión Europea esperan el aval legal del organismo, puntualmente de su Consejo de Seguridad. La Carta de la ONU garantiza la integridad territorial y la independencia política de las naciones, y contempla el uso de la fuerza en defensa propia o para la preservación de la paz y la seguridad global. El Consejo está integrado por cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, el Reino Unido y Francia) y otros diez miembros no permanentes (actualmente: Alemania, Bosnia y Herzegovina, Brasil, Colombia, Gabón, India, El Líbano, Nigeria, Portugal y Sudáfrica). La adopción de una resolución sustantiva requiere el apoyo de nueve de sus quince miembros y la ausencia de veto por parte de los países-miembro permanentes.
Es importante entender entonces que cuando hablamos del aval de la ONU, estamos refiriendo a la autorización de estos quince países y no de los casi doscientos que integran el organismo. Vale decir que el destino del pueblo libio está en manos de la opinión ilustrada de unos pocos gobiernos. A esto comúnmente se denomina «la opinión de la familia de las naciones», una caracterización demasiado grandiosa que no refleja la realidad. El problema crucial radica en el poder de veto de los permanentes. China y Rusia se oponen a que el Consejo autorice el uso de la fuerza contra Libia. Ello implica que el Consejo está paralizado. Si Washington y sus aliados decidieran actuar fuera del marco de la ONU, lo harían en el ámbito de la ilegalidad. En la observación del profesor de derecho en la Universidad de California en Berkeley, John Yoo, esto da lugar a una situación extraña: aquellas naciones que aceptan la responsabilidad elevada de mantener la paz y la democracia en el mundo se convierten en violadores de la ley internacional. Estados que protegen a regímenes autoritarios como el de Trípoli, actúan en conformidad con la ley.
La credibilidad de la ONU en este sentido puede también ser cuestionada por su propio récord institucional en relación a Libia. A pesar de que esta nación árabe ha estado bajo el poder del tirano Gaddafi por más de cuatro décadas, Libia ha sido siempre aceptada como una nación respetable en su burocracia. En fecha tan reciente como el período 2008-2009, Libia figuró como miembro no-permanente el Consejo de Seguridad. En mayo del 2010, 155 países de la Asamblea General votaron a favor de la incorporación de Libia al Consejo de Derechos Humanos, del que acaba de ser suspendida (no expulsada) a partir de las revueltas. El CDH, establecido en 2006 en reemplazo de la desacreditada Comisión de Derechos Humanos, ha emitido alrededor de cincuenta resoluciones condenatorias de países en los últimos cinco años; ni una sola de ellas fue emitida contra la Libia de Gaddafi.
A comienzos del presente año, el CDH publicó su reporte cuatrimestral sobre la situación de los derechos humanos en Libia como parte de una revisión universal periódica. El reporte cosechó elogios hacia Libia por parte de Sudán, Siria, Palestina, Corea del Norte, Arabia Saudita, Birmania, Cuba, Venezuela y, sorpresivamente, también de Polonia, Australia y Canadá. No menos insólito es que la delegada de Gaddafi ante la ONU en Ginebra, Najat Al-Hajjaji, ha tenido asiento desde el año 2005 en el «Grupo de Trabajo sobre el uso de mercenarios como método de violación de los derechos humanos»; o que en abril del 2009 haya presidido el comité planificador de la Conferencia Mundial contra el Racismo de la ONU; o que en el 2003 haya sido electa como presidenta de la CDH. (Durante la 59 sesión de la CDH tuve la oportunidad de dirigirle unas palabras: «Sra. Presidenta, el derecho a la auto-determinación no es el derecho a tener su propio dictador». Como era de esperarse, el mensaje no tuvo gran impacto en la embajadora).
En septiembre de 2009, Gaddafi dio un discurso de 100 minutos de duración ante la Asamblea General en el cual tildó de «consejo del terror» al Consejo de Seguridad. Hoy debe estar arrepentido. Gracias a la inacción del mismo, el coronel puede seguir masacrando impunemente a su propio pueblo.
Admitámoslo, Bush tenía razón – 02/03/2011
«Aclararemos de manera persistente la elección ante cada gobernante y cada nación: la elección moral entre la opresión, la cual es siempre errada, y la libertad, la cual es eternamente correcta. – George W. Bush, discurso a la nación, 21 de enero de 2005.
En una de sus célebres ponencias, la afamada pensadora española Pilar Rahola nos legó una frase de impacto maravillosa y a la vez una reflexión histórica perspicaz: «la izquierda nunca se equivoca». Con ironía sutil, Rahola estaba afirmando que la izquierda siempre, o casi siempre, se equivoca, pero rara vez, o nunca, lo admite. Esto lo hemos comprobado con su apoyo al estalinismo, al maoísmo, al castrismo o a cualquier otro movimiento contrario a los valores de la época. Las no anticipadas revoluciones populares del mundo árabe e Irán le han dado a esta izquierda deshonesta una nueva oportunidad de desordenar las fichas del tablero de sus opiniones y reacomodarlas a gusto, impunemente. Sólo que esta vez ha ido un paso más lejos: mientras defiende el llamado por la libertad de los árabes, cosa que hasta ayer mismo no hacía, alega que los conservadores, que sí lo han hecho, han estado todo este tiempo equivocados. Este es un giro peculiar para una clase intelectual, académica y periodística que pasó gran parte de la primera década del siglo XXI cuestionando la denominada Agenda de la Libertad del presidente George W. Bush.
Ahora que el progresismo internacional ha dejado de tildar de conceptualmente fantástica o prejuiciosamente colonial la idea de que los árabes no son excepcionales en el terreno de la libertad, y acometen con total desvergüenza contra quienes se pasaron la última década defendiendo esa noción precisamente contra las críticas de éstos, resultará instructivo y esclarecedor releer extractos del mensaje que dio el presidente Bush al pueblo estadounidense en ocasión de la inauguración de su segundo mandato a principios del 2005. Apenas meses atrás, conocidos los resultados electorales, el periódico británico Daily Mirror había publicado en su portada una foto del presidente reelecto con este título: «¿Cómo pueden 59.054.087 de personas ser tan idiotas?». Quizás al releer las palabras del presidente Bush en el contexto mesoriental actual estemos mejor facultados para dirimir quien ha sido el verdadero idiota todo este tiempo.
Ya en el inicio mismo, el presidente de los Estados Unidos de América declaraba: «Hay solamente una fuerza de la historia capaz de quebrar el reino del odio y del resentimiento, y exponer las pretensiones de los tiranos, y recompensar las esperanzas de los decentes y de los tolerantes, y esa es la fuerza de la libertad humana». Explicitó que esos ideales guiarían su política exterior: «Así es que es política de los EE.UU. buscar y apoyar el crecimiento de movimientos democráticos e instituciones en toda nación y cultura, con el fin último de terminar con la tiranía en nuestro mundo». Aclaró que «ésta no es primariamente la tarea de las armas» y que su país «no impondrá nuestro propio estilo de gobierno a los no deseosos. Nuestro objetivo, en cambio, es ayudar a otros a hallar su propia voz, obtener su propia libertad y hacer su propio camino». Bush afirmó que la dificultad de la tarea no era excusa para eludirla y proclamó: «La influencia de los EE.UU. no es ilimitada, pero, afortunadamente para los oprimidos, la influencia de los EE.UU. es considerable, y la usaremos confiadamente en la causa de la libertad». ¡Imagine a los detractores políticos de aquella Casa Blanca -Gerhard Shroeder, Jacques Chirac, José Luis Rodríguez Zapatero- articular un mensaje así de inspirador! El presidente Bush incluyó una breve mención a sus críticos al decir: «Algunos que yo conozco han cuestionado el llamamiento a la libertad, aunque este momento en la historia -cuatro décadas definidas por el avance más veloz de la libertad alguna vez visto- es un tiempo extraño para la duda». Finalmente, el presidente concluyó de esta forma: «Los Estados Unidos, en este joven siglo, proclama la libertad a través de todo el mundo, y a todos sus habitantes de aquí en más. Renovados en nuestras fuerzas, desafiados pero no vencidos, estamos listos para los más grandes logros en la historia de la libertad».
Ahora que referentes del progresismo y sus acólitos en la prensa, embriagados de auto-concedida virtud, convencidos más que nunca de la precisión de sus postulados y del error de los ajenos, incurren en esta irritante y absurda puesta en escena de santurronería colectiva, podemos -parafraseando a los siempre elegantes británicos- preguntarnos: ¿Pueden tantos sujetos ser tan caraduras?
Comunidades
Por Julián Schvindlerman
  Admitámoslo, Bush tenía razón – 02/03/11
“Aclararemos de manera persistente la elección ante cada gobernante y cada nación: la elección moral entre la opresión, la cual es siempre errada, y la libertad, la cual es eternamente correcta”.
George W. Bush, Discurso a la Nación, 21 de enero de 2005.
En una de sus célebres ponencias, la afamada pensadora española Pilar Rahola nos legó una frase de impacto maravillosa y a la vez una reflexión histórica perspicaz: “la izquierda nunca se equivoca”. Con ironía sutil, Rahola estaba afirmando que la izquierda siempre, o casi siempre, se equivoca, pero rara vez, o nunca, lo admite. Esto lo hemos comprobado con su apoyo al estalinismo, al maoísmo, al castrismo o a cualquier otro movimiento contrario a los valores de la época. Las no anticipadas revoluciones populares del mundo árabe e Irán le han dado a esta izquierda deshonesta una nueva oportunidad de desordenar las fichas del tablero de sus opiniones y reacomodarlas a gusto, impunemente. Sólo que esta vez ha ido un paso más lejos: mientras defiende el llamado por la libertad de los árabes, cosa que hasta ayer mismo no hacía, alega que los conservadores, que sí lo han hecho, han estado todo este tiempo equivocados. Este es un giro peculiar para una clase intelectual, académica y periodística que pasó gran parte de la primera década del siglo XXI cuestionando la denominada Agenda de la Libertad del presidente George W. Bush.
Ahora que el progresismo internacional ha dejado de tildar de conceptualmente fantástica o prejuiciosamente colonial la idea de que los árabes no son excepcionales en el terreno de la libertad, y acometen con total desvergüenza contra quienes se pasaron la última década defendiendo esa noción precisamente contra las críticas de éstos, resultará instructivo y esclarecedor releer extractos del mensaje que dio el presidente Bush al pueblo estadounidense en ocasión de la inauguración de su segundo mandato a principios del 2005. Apenas meses atrás, conocidos los resultados electorales, el periódico británico Daily Mirror había publicado en su portada una foto del presidente reelecto con este título: “¿Cómo pueden 59.054.087 de personas ser tan idiotas?”. Quizás al releer las palabras del presidente Bush en el contexto mesoriental actual estemos mejor facultados para dirimir quien ha sido el verdadero idiota todo este tiempo.
Ya en el inicio mismo, el presidente de los Estados Unidos de América declaraba: “Hay solamente una fuerza de la historia capaz de quebrar el reino del odio y del resentimiento, y exponer las pretensiones de los tiranos, y recompensar las esperanzas de los decentes y de los tolerantes, y esa es la fuerza de la libertad humana”. Explicitó que esos ideales guiarían su política exterior: “Así es que es política de los EE.UU. buscar y apoyar el crecimiento de movimientos democráticos e instituciones en toda nación y cultura, con el fin último de terminar con la tiranía en nuestro mundo”. Aclaró que “ésta no es primariamente la tarea de las armas” y que su país “no impondrá nuestro propio estilo de gobierno a los no deseosos. Nuestro objetivo, en cambio, es ayudar a otros a hallar su propia voz, obtener su propia libertad y hacer su propio camino”. Bush afirmó que la dificultad de la tarea no era excusa para eludirla y proclamó: “La influencia de los EE.UU. no es ilimitada, pero, afortunadamente para los oprimidos, la influencia de los EE.UU. es considerable, y la usaremos confiadamente en la causa de la libertad”. ¡Imagine a los detractores políticos de aquella Casa Blanca -Gerhard Shroeder, Jacques Chirac, José Luis Rodríguez Zapatero- articular un mensaje así de inspirador! El presidente Bush incluyó una breve mención a sus críticos al decir: “Algunos que yo conozco han cuestionado el llamamiento a la libertad, aunque este momento en la historia -cuatro décadas definidas por el avance más veloz de la libertad alguna vez visto- es un tiempo extraño para la duda”. Finalmente, el presidente concluyó de esta forma: “Los Estados Unidos, en este joven siglo, proclama la libertad a través de todo el mundo, y a todos sus habitantes de aquí en más. Renovados en nuestras fuerzas, desafiados pero no vencidos, estamos listos para los más grandes logros en la historia de la libertad”.
Ahora que referentes del progresismo y sus acólitos en la prensa, embriagados de auto-concedida virtud, convencidos más que nunca de la precisión de sus postulados y del error de los ajenos, incurren en esta irritante y absurda puesta en escena de santurronería colectiva, podemos -parafraseando a los siempre elegantes británicos- preguntarnos: ¿Pueden tantos sujetos ser tan caraduras?
Informativo NTN24 – 01/03/11
Programa: Informativo NTN24
Canal: NTN24 (de Colombia para América Latina y USA)
Fecha: 01/03/2011
El Telégrafo (Ecuador)
Por Julián Schvindlerman
  El coronel Gaddafi no tiene quién le escriba – 27/02/11
Título publicado: “La era post-Gaddafi suena como inevitable”
En los últimos días, Bahrein liberó cien prisioneros políticos, Jordania distendió las reglamentaciones para las protestas públicas y Arabia Saudita redactó reformas económicas. Ninguno de sus gobernantes quiere terminar depuesto y exiliado como Zine Elabidine Ben-Alí de Túnez o Hosni Mubarak de Egipto. Para Muammar Gaddafi de Libia, sin embargo, parece ser demasiado tarde.
Bajo condenas del Consejo de Seguridad de la ONU, de la Liga Árabe y de la Organización de la Conferencia Islámica; con Estados Unidos y Europa estudiando sanciones contra la nación árabe; con Suiza congelando los activos financieros del clan gobernante depositados en sus bancos; con ministros de gobierno y diplomáticos renunciando y pasándose de bando; con pilotos de guerra renuentes a atacar a sus hermanos (dos aviadores se fugaron a Malta, otros dos se eyectaron de sus cabinas en pleno vuelo, y otros diecisiete fueron ejecutados por negarse a cumplir órdenes del régimen); con la población clamando con furia por la libertad y con rebeldes capturando ciudades del país; el panorama presente y futuro del controvertido coronel libio no luce auspicioso.
Un régimen acorralado reacciona con brutalidad y apela a la contratación de mercenarios extranjeros para acribillar a sus propios nacionales, mientras arroja aseveraciones delirantes: acusa a los manifestantes de estar “drogados”, a los periodistas foráneos de ser “forajidos” y “colaboradores de Al-Qaeda”, a las revueltas de ser orquestadas por el “terrorismo internacional”, mientras que el propio Gaddafi se compara con la Reina Elizabeth II de Inglaterra. Ella -argumenta el coronel- ha gobernado más tiempo que él y nadie la ha derrocado. Nada sorprende de un bufón que en ocasión del vigésimo octavo aniversario del golpe de estado que lo llevó al poder afirmó que “los países occidentales podrían invadirnos por nuestro sol puesto que Libia es un país soleado que está en la mejor posición bajo el astro rey en el planeta”.
Al momento de escribir estas líneas, el escenario sugiere que estamos presenciando los últimos momentos de uno de los regímenes más trogloditas de la región. La capacidad represiva de la elite no debe ser subestimada, pero la era post-Gaddafi ya asoma como inevitable.