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Comunidades, Comunidades - 2009

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Un papa en tierra santa – 13/05/09

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La inminente visita de Benedicto XVI a Tierra Santa marcará el tercer viaje de un Sumo Pontífice a Israel en los últimos cuarenta y cinco años. Las dos visitas papales que lo anteceden han sido bien contrastantes.

Pablo VI fue el primer Papa en pisar suelo hebreo, en 1964, y lo hizo en el marco de un peregrinaje espiritual. En lo relativo a las relaciones Roma-Jerusalem, su viaje no tuvo el menor significado político. En aquellos tiempos, la Santa Sede no había entablado relaciones diplomáticas con Israel todavía y esa visita no promocionó tal desarrollo. Procedente de Jordania (donde la mayoría de los lugares santos cristianos se hallaban) Pablo VI ingresó a Israel a través de la Galilea en vez de la capital del estado; las autoridades israelíes debieron recibirlo en Meggido. Una vez allí, pasó menos de 24hs en el estado judío y rehusó reunirse con oficiales israelíes en Jerusalem. En ningún momento se dirigió al presidente israelí por el título de su investidura, sino como su excelencia». Durante toda su estadía se las ingenió para evitar pronunciar las palabras «Israel» o «estado judío». En Nazareth dio un discurso que parecía orientado a validar la Teoría del Desplazamiento: «Es la voz de Cristo promulgando el Nuevo Testamento; la nueva ley que tanto absorbe como supera a la vieja…». Antes de partir, hizo una defensa pública -en suelo israelí- del controvertido Pío XII: «Todos saben lo que Pío XII hizo por la defensa y rescate de todos aquellos que estaban en infortunio, sin ninguna distinción…». De regreso en Roma, envió un telegrama de agradecimiento dirigido a Tel-Aviv en lugar de Jerusalem, lugar de residencia del presidente. A pesar de que el Concilio Vaticano II estaba en curso al momento de concretarse esta visita papal, Pablo VI no empleó la ocasión de su presencia en Israel para renovar las relaciones religiosas con los judíos o los lazos políticos con los israelíes.

Treinta y seis años después, otro pontífice viajó a Israel. La visita de Juan Pablo II en el año 2000 también fue anunciada como una peregrinación espiritual, pero ocurrió en un contexto histórico muy distinto. Este Papa había reconocido diplomáticamente al estado judío y más que ningún otro pontífice en la historia del Vaticano había fomentado vínculos armoniosos con el pueblo hebreo. Aquel fue su viaje internacional número noventa y uno como Papa, de los ciento cuatro que realizó a ciento veintinueve países durante su pontificado. (Como Arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla había visitado la Tierra Santa en 1965). Juan Pablo II visitó Jerusalem, se reunió con oficiales israelíes, rindió tributo en el Museo del Holocausto, participó de un encuentro interreligioso, y rezó en el Muro de los Lamentos. Esta imagen simbólica fue luego motivo de una estampilla israelí y posteriormente un ministro viajó a Roma a presentarla. La visita no estuvo exenta de polémicas, pero fue de todos modos extraordinariamente positiva y dejó mensajes como éste: «La Iglesia Católica desea llevar adelante un diálogo interreligioso sincero y fructífero con los miembros de la fe judía…». Juan Pablo II legó a la Iglesia Católica la definitiva aceptación política y religiosa del estado judío. Ella significó un repudio a la teología anti-sionista de Pío X, el primer Papa en recibir en audiencia a un líder sionista. Durante su encuentro con Theodor Herzl- en 1904, el primero de su tipo- Pío X sustentó su rechazo al nacionalismo judío en premisas religiosas: «Los judíos no han reconocido a nuestro Señor, por consiguiente no podemos reconocer al pueblo judío…si Uds vienen a Palestina y asientan su gente allí, nosotros estaremos listos con iglesias y sacerdotes para bautizarlos a todos Uds». Noventa y seis años más tarde, otra sería la actitud de otro Sumo Pontífice hacia el sionismo.

Ante dos precedentes tan marcadamente dispares, resta por ver como será recordada esta nueva visita papal, ansiosamente esperada.

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Payasos en la onu – 29/04/2009

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Uno debe remontarse al año 1974 cuando el terrorista palestino Yasser Arafat fue invitado a disertar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas para recordar un escándalo de similar envergadura como el ocurrido la semana última en Ginebra. Al invitar oficialmente al presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad a orar en la inauguración de la Conferencia Mundial de la ONU contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia e Intolerancia Relacionada, esta institución supranacional ha dejado una vez más en evidencia su caducidad moral. El espectáculo de un tirano racista negador del Holocausto dando un discurso en el marco de una cumbre de la ONU contra el racismo marcó un precedente memorable. El momento iconográfico por excelencia de este drama quedó capturado en las imágenes de tres estudiantes franco-judíos disfrazados de payasos arrojando narices postizas rojas al podio del orador. Ninguna crítica intelectual podría superar en efectividad e impacto visual el retrato plasmado por esos intrépidos jóvenes: la ONU como farsa circense.

El presidente iraní fue el único jefe de estado en viajar a Ginebra para la ocasión. Arribó con una comitiva de 180 delegados que el gobierno suizo albergó en alrededor de cuarenta habitaciones de hotel. Fue recibido por el presidente suizo Hans-Rudolf Merz, quién defendió posteriormente su decisión, y por el Secretario-General de la ONU Ban Ki-moon, quién aseguró haber instado al iraní a la moderación. Ahmadinejad calificó a Israel de régimen racista, cruel y opresivo», afirmó que era «una nación entera [creada] con el pretexto del sufrimiento judío», e instó a «erradicar este bárbaro racismo». Eso decepcionó a Ki-moon, pero la vocera de la ONU Marie Heuze afirmó que el presidente iraní había moderado su discurso. Según ella ha dicho a Associated Press, la parte relevante del discurso oficial en farsi decía: «Luego de la Segunda Guerra Mundial, ellos recurrieron a la agresión militar para destituir a una nación entera sobre el pretexto del sufrimiento judío y la cuestión dudosa y ambigua del Holocausto». Heuze señaló que Ahmadinejad omitió decir «dudosa y ambigua» y en su lugar refirió al «abuso de la cuestión del Holocausto». Que atento, ciertamente. ¿Qué haríamos sin la asistencia indispensable de los oficiales de la ONU? Este evento dividió a los países del mundo en dos categorías morales: aquellos que decidieron boicotearlo y aquellos que decidieron participar del mismo. En el primer grupo se destacó Canadá, la primera nación en hacer pública su no-participación. Le siguieron Israel, y después, Estados Unidos. Se sumaron Italia, Polonia, Australia, Nueva Zelanda, y Alemania; una vez que Ahmadinejad anunció que asistiría como Jefe de Estado. La República Checa se retiró de la toda la conferencia luego del discurso del líder iraní. Entre quienes permanecieron en la conferencia quedaron subdivididos en dos grupos a su vez: aquellas naciones que se retiraron de la sala ante la diatriba de Ahmadinejad, y aquellas que optaron por quedarse en el recinto. Muchos países europeos pertenecen al primer subgrupo; las naciones latinoamericanas, africanas, árabes y musulmanas se encontraron en el segundo.

La conferencia -denominada «Durban II» por ser un seguimiento de la primera y previa conferencia de la ONU contra el racismo que devino en un linchamiento moral de Israel, acaecida en Sudáfrica en 2001- costó u$s 5.3 millones. El comité preparador del encuentro fue presidido por Libia y estuvo compuesto por Pakistán, Cuba, Rusia y el propio Irán, entre otros. Según UN Watch, cerca de u$s 1.6 millones fueron aportados por países donantes, entre ellos Rusia (u$s 600.000), Arabia Saudita (u$s 150.000), Irán (u$s 40.000), China (u$s 20.000), Kuwait (cifra indeterminada) más una contribución simbólica de la OLP (u$s 1.700). Los restantes u$s 3.7 millones fueron tomado del presupuesto regular de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, lo que significa que incluso los países que la boicotearon pero aportan a las arcas de la ONU indirectamente han financiado esta reunión. Washington, que es el más grande contribuyente a la ONU (22% de todo su presupuesto), había retenido el importe proporcional para esta conferencia.

Esta nueva extravagancia de las Naciones Unidas sólo sirvió para socavar aún más la pobre imagen internacional de ella misma, denostar a un estado-miembro, ofender a (algunas) naciones libres, regalar publicidad a un negador del Holocausto, y encubrir los reales abusos humanitarios que acontecen urbi et orbi. «En una conferencia que prometió revisar la conducta de los países sobre el racismo», indicó Hillel Neuer de UN Watch en testimonio ante la Conferencia de Revisión de Durban, «¿Puede alguien decirme quién ha sido monitoreado?» Esta cumbre fue copada íntegramente por los opresores. Para ser oídas, las víctimas de los abusadores y activistas de derechos humanos debieron asistir a un foro paralelo organizado por unas cuarenta organizaciones humanitarias, fuera del marco de la ONU. Allí pudieron hablar el sobreviviente de la Shoá Elie Wiesel, el ex disidente soviético Natan Sharansky, el activista Saad Edin Ibrahim (encarcelado durante tres años por el gobierno egipcio), Kristyiana Valcheva y Ashraf El-Hajoj (enfermera búlgara y médico palestino respectivamente, arrestados y torturados por el régimen libio bajo cargos falsos), Ahmad Batebi (pasó nueve años en cárceles iraníes por haber mostrado a la prensa internacional la remera ensangrentada de un amigo en una manifestación en Teherán), Ester Mujawayo (sobreviviente del genocidio contra los tutsis en Rwanda), Gibreil Hamid (darfuriana sobreviviente del genocidio sudanés), Soe Aung (opositora a la junta de Burma), y José Catillo (ex prisionero político en Cuba) entre muchos otros.

El mismo día que comenzó la conferencia de la ONU en Ginebra, el escritor Gerd Honsik fue llevado a juicio en Viena por negar públicamente el Holocausto. En febrero, la Argentina expulsó al obispo británico Williamson por el mismo motivo. Sin embargo, ni Austria ni Argentina boicotearon Durban II, y esta última ni siquiera abandonó la sala cuando habló el presidente iraní. Seguramente, ni Honsik ni Williamson negocian con estas dos naciones en volúmenes de millones de dólares, como la República Islámica de Irán lo hace. Pero por el bien de la consistencia más elemental, Austria, la Argentina y el resto del mundo libre deberían repudiar a Ahmadinejad con la misma determinación con la que sancionan a sátrapas de similar calibre. Si negar el Holocausto es un delito moral en Viena y en Buenos Aires, no debiera dejar de serlo en Ginebra o en Teherán.

Originalmente publicado en Libertad Digital

Guysen International News

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Por Julián Schvindlerman

  

Obama y el medio oriente – 08/04/09

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El mensaje nodal de la campaña que llevó a Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos se centró en el cambio y en la esperanza. Fiel a la promesa, al poco tiempo de asumir funciones, la flamante Administración Obama publicitó anuncios y adoptó decisiones que, en lo referido al Medio Oriente al menos, parecieran estar orientadas a tomar rápida distancia del legado de George W. Bush.

El anuncio de la retirada gradual de las tropas apostadas en Irak, el refuerzo de recursos hacia Afganistán, la declaración a favor del cierre de la cárcel en la Bahía de Guantánamo, la disposición a incorporar a Irán en una cumbre mundial sobre Afganistán, y el envío de dos emisarios estadounidenses a Damasco, pueden verse como manifestaciones de la nueva orientación. Indicios de cambio de política pueden verse también en los dos ofrecimientos insinuados por la nueva Casa Blanca a Teherán y a Moscú. Al primero, en un muy público mensaje hecho por el propio presidente al régimen iraní, y al segundo mediante la sugerencia de que Washington estaría dispuesta a reconsiderar su programa de instalaciones de radares y sistemas de misisles anti-misiles en Polonia y la República Checa si Rusia fuese a reevaluar su apoyo a los ayatollahs.

Las respuestas a estas frescas iniciativas no se hicieron demorar. “No creo que ningún intercambio sea posible al respecto” afirmó el presidente ruso Dimitry Medvedev a la BBC. “No aceptaremos ninguna oferta de negociaciones que vaya de la mano de la fuerza” dijo el líder supremo iraní, ayatollah Alí Khamenei. “La nueva administración estadounidense dice que quiere olvidar el pasado, pero la nación iraní no puede olvidar tan fácilmente”, agregó. ¿Sorprendente? Apenas. Había un motivo por el cual la Administración Republicana optó por no apelar al diálogo con Irán y jugar al apaciguamiento con Rusia, y la Administración Demócrata no debiera desechar consideraciones de peso por el sólo hecho de que ellas eran parte integral de la política mesoriental del presidente Bush.

La actitud que informa a la cosmovisión del nuevo gobierno referida al Medio Oriente puede advertirse en una cita del discurso inaugural del presidente Obama. Los primeros discursos presidenciales son verdaderas cartas de presentación. Ellos tienen gran valor político y dan testimonio del pensamiento de la nueva Casa Blanca. Al dirigirse al Medio Oriente y más allá, dijo el nuevo presidente: “Al mundo musulmán, buscamos un nuevo camino hacia delante, basado en intereses mutuos y respeto mutuo”. En una entrevista posterior con la televisión al-Arabiya, Obama habló de restaurar el “mismo respeto y sociedad que Estados Unidos tuvo con el mundo musulmán en tiempos tan recientes como hace veinte o treinta años atrás”.

No todos estuvieron felices con la apología. En “el presunto invierno de nuestra falta de respeto hacia el mundo islámico” observó el comentarista Charles Krauthammer, “Estados Unidos no solamente respetó a los musulmanes, sangró por ellos”. Efectivamente, en seis intervenciones militares diferentes, soldados estadounidenses arriesgaron y muchos dieron sus vidas para salvar a poblaciones musulmanas acosadas. Aún cuando la motivación norteamericana hubiere respondido a la preservación de sus intereses geoestratégicos, estas campañas resultaron en la liberación de millones de musulmanes hostigados. Las invasiones de Irak y de Afganistán en las realidades del post- 9/11, así como la guerra por Kuwait de 1991, fueron expresiones claras de incursiones militares orientadas a la protección de los intereses nacionales e internacionales de Estados Unidos; aún así, hubo poblaciones islámicas beneficiadas. Por el contrario, las intervenciones en Bosnia, Kosovo y Somalía fueron motivadas principalmente por consideraciones humanitarias. Tal como señaló Krauthammer, ninguna otra nación hizo más por musulmanes oprimidos en los últimos veinte años que los Estados Unidos de América. En cuanto al idilio perdido de veinte o treinta años atrás, es difícil imaginar exactamente a que momento histórico aludió Obama, si es que a alguno. Precisamente treinta años atrás, Irán cayó en manos de los islamistas komehinistas y a partir de entonces advino la peor era en las relaciones Washington-Teherán.

Las naciones, al igual que los hombres, tienden a idealizar el pasado. Al menos el pasado distante. Pero el idilio perdido de tres décadas atrás entre el Islam y Occidente sencillamente no existió. Curiosamente para una nueva administración proclive a la glorificación del pasado, su propia actitud hacia el pasado reciente ha sido negativa, como puede verse en sus recurrentes críticas a las políticas de Bush. El último gobierno en Washington ha sido usualmente vilipendiado por su decisión de ir a la guerra en Irak y por su distanciamiento de los vaivenes diarios del conflicto palestino-israelí, entre otros asuntos, y en general por haber legado un Medio Oriente convulsionado. No obstante, tendemos a olvidar cuál era la situación en el Medio Oriente heredada por los republicanos de los demócratas entrado el siglo XXI. Antes que Bill Clinton dejara la Casa Blanca, las fallidas tratativas de Camp David habían dado lugar a la segunda intifada palestina, Siria ocupaba El Líbano, los talibanes gobernaban en Afganistán, Saddam Hussein controlaba Irak, la Libia de Qaddafi buscaba armamento no convencional, y Al-Qaeda planeaba en las sombras los atentados del 9/11. Nadie objetivo caracterizaría semejante legado positivamente.

El punto crucial que Barack Obama y su entorno deberá entender es que no todo depende de Washington a propósito del destino del Medio Oriente. Ciertamente Estados Unidos tiene una capacidad de influir en esa región como pocos actores internacionales, pero ella no está menos afectada por su propia naturaleza, sus vicios y sus aflicciones. A la vez que deseamos éxitos a una nueva administración que busca la fórmula adecuada para una justa aproximación al Medio Oriente, nos cabe esperar que su ambición sea templada por el realismo de la experiencia sin necesariamente sacrificar el optimismo de la esperanza prometida en la campaña.

Publicado originalmente en Comunidades

Libertad Digital, Libertad Digital - 2009

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Por Julián Schvindlerman

  

Obama y el medio oriente – 06/04/09

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El mensaje nodal de la campaña que llevó a Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos se centró en el cambio y en la esperanza. Fiel a la promesa, al poco tiempo de asumir funciones, la flamante Administración Obama publicitó anuncios y adoptó decisiones que, en lo referido al Medio Oriente al menos, parecieran estar orientadas a tomar rápida distancia del legado de George W. Bush.

El anuncio de la retirada gradual de las tropas apostadas en Irak, el refuerzo de recursos hacia Afganistán, la declaración a favor del cierre de la cárcel en la Bahía de Guantánamo, la disposición a incorporar a Irán en una cumbre mundial sobre Afganistán, y el envío de dos emisarios estadounidenses a Damasco, pueden verse como manifestaciones de la nueva orientación. Indicios de cambio de política pueden verse también en los dos ofrecimientos insinuados por la nueva Casa Blanca a Teherán y a Moscú. Al primero, en un muy público mensaje hecho por el propio presidente al régimen iraní, y al segundo mediante la sugerencia de que Washington estaría dispuesta a reconsiderar su programa de instalaciones de radares y sistemas de misisles anti-misiles en Polonia y la República Checa si Rusia fuese a reevaluar su apoyo a los ayatollahs.

Las respuestas a estas frescas iniciativas no se hicieron demorar. “No creo que ningún intercambio sea posible al respecto” afirmó el presidente ruso Dimitry Medvedev a la BBC. “No aceptaremos ninguna oferta de negociaciones que vaya de la mano de la fuerza” dijo el líder supremo iraní, ayatollah Alí Khamenei. “La nueva administración estadounidense dice que quiere olvidar el pasado, pero la nación iraní no puede olvidar tan fácilmente”, agregó. ¿Sorprendente? Apenas. Había un motivo por el cual la Administración Republicana optó por no apelar al diálogo con Irán y jugar al apaciguamiento con Rusia, y la Administración Demócrata no debiera desechar consideraciones de peso por el sólo hecho de que ellas eran parte integral de la política mesoriental del presidente Bush.

La actitud que informa a la cosmovisión del nuevo gobierno referida al Medio Oriente puede advertirse en una cita del discurso inaugural del presidente Obama. Los primeros discursos presidenciales son verdaderas cartas de presentación. Ellos tienen gran valor político y dan testimonio del pensamiento de la nueva Casa Blanca. Al dirigirse al Medio Oriente y más allá, dijo el nuevo presidente: “Al mundo musulmán, buscamos un nuevo camino hacia delante, basado en intereses mutuos y respeto mutuo”. En una entrevista posterior con la televisión al-Arabiya, Obama habló de restaurar el “mismo respeto y sociedad que Estados Unidos tuvo con el mundo musulmán en tiempos tan recientes como hace veinte o treinta años atrás”.

No todos estuvieron felices con la apología. En “el presunto invierno de nuestra falta de respeto hacia el mundo islámico” observó el comentarista Charles Krauthammer, “Estados Unidos no solamente respetó a los musulmanes, sangró por ellos”. Efectivamente, en seis intervenciones militares diferentes, soldados estadounidenses arriesgaron y muchos dieron sus vidas para salvar a poblaciones musulmanas acosadas. Aún cuando la motivación norteamericana hubiere respondido a la preservación de sus intereses geoestratégicos, estas campañas resultaron en la liberación de millones de musulmanes hostigados. Las invasiones de Irak y de Afganistán en las realidades del post- 9/11, así como la guerra por Kuwait de 1991, fueron expresiones claras de incursiones militares orientadas a la protección de los intereses nacionales e internacionales de Estados Unidos; aún así, hubo poblaciones islámicas beneficiadas. Por el contrario, las intervenciones en Bosnia, Kosovo y Somalía fueron motivadas principalmente por consideraciones humanitarias. Tal como señaló Krauthammer, ninguna otra nación hizo más por musulmanes oprimidos en los últimos veinte años que los Estados Unidos de América. En cuanto al idilio perdido de veinte o treinta años atrás, es difícil imaginar exactamente a que momento histórico aludió Obama, si es que a alguno. Precisamente treinta años atrás, Irán cayó en manos de los islamistas komehinistas y a partir de entonces advino la peor era en las relaciones Washington-Teherán.

Las naciones, al igual que los hombres, tienden a idealizar el pasado. Al menos el pasado distante. Pero el idilio perdido de tres décadas atrás entre el Islam y Occidente sencillamente no existió. Curiosamente para una nueva administración proclive a la glorificación del pasado, su propia actitud hacia el pasado reciente ha sido negativa, como puede verse en sus recurrentes críticas a las políticas de Bush. El último gobierno en Washington ha sido usualmente vilipendiado por su decisión de ir a la guerra en Irak y por su distanciamiento de los vaivenes diarios del conflicto palestino-israelí, entre otros asuntos, y en general por haber legado un Medio Oriente convulsionado. No obstante, tendemos a olvidar cuál era la situación en el Medio Oriente heredada por los republicanos de los demócratas entrado el siglo XXI. Antes que Bill Clinton dejara la Casa Blanca, las fallidas tratativas de Camp David habían dado lugar a la segunda intifada palestina, Siria ocupaba El Líbano, los talibanes gobernaban en Afganistán, Saddam Hussein controlaba Irak, la Libia de Qaddafi buscaba armamento no convencional, y Al-Qaeda planeaba en las sombras los atentados del 9/11. Nadie objetivo caracterizaría semejante legado positivamente.

El punto crucial que Barack Obama y su entorno deberá entender es que no todo depende de Washington a propósito del destino del Medio Oriente. Ciertamente Estados Unidos tiene una capacidad de influir en esa región como pocos actores internacionales, pero ella no está menos afectada por su propia naturaleza, sus vicios y sus aflicciones. A la vez que deseamos éxitos a una nueva administración que busca la fórmula adecuada para una justa aproximación al Medio Oriente, nos cabe esperar que su ambición sea templada por el realismo de la experiencia sin necesariamente sacrificar el optimismo de la esperanza prometida en la campaña.

Originalmente publicado en Comunidades

Comunidades, Comunidades - 2009

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Obama y el medio oriente – 01/04/09

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El mensaje nodal de la campaña que llevó a Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos se centró en el cambio y en la esperanza. Fiel a la promesa, al poco tiempo de asumir funciones, la flamante Administración Obama publicitó anuncios y adoptó decisiones que, en lo referido al Medio Oriente al menos, parecieran estar orientadas a tomar rápida distancia del legado de George W. Bush.

El anuncio de la retirada gradual de las tropas apostadas en Irak, el refuerzo de recursos hacia Afganistán, la declaración a favor del cierre de la cárcel en la Bahía de Guantánamo, la disposición a incorporar a Irán en una cumbre mundial sobre Afganistán, y el envío de dos emisarios estadounidenses a Damasco, pueden verse como manifestaciones de la nueva orientación. Indicios de cambio de política pueden verse también en los dos ofrecimientos insinuados por la nueva Casa Blanca a Teherán y a Moscú. Al primero, en un muy público mensaje hecho por el propio presidente al régimen iraní, y al segundo mediante la sugerencia de que Washington estaría dispuesta a reconsiderar su programa de instalaciones de radares y sistemas de misisles anti-misiles en Polonia y la República Checa si Rusia fuese a reevaluar su apoyo a los ayatollahs.

Las respuestas a estas frescas iniciativas no se hicieron demorar. “No creo que ningún intercambio sea posible al respecto” afirmó el presidente ruso Dimitry Medvedev a la BBC. “No aceptaremos ninguna oferta de negociaciones que vaya de la mano de la fuerza” dijo el líder supremo iraní, ayatollah Alí Khamenei. “La nueva administración estadounidense dice que quiere olvidar el pasado, pero la nación iraní no puede olvidar tan fácilmente”, agregó. ¿Sorprendente? Apenas. Había un motivo por el cual la Administración Republicana optó por no apelar al diálogo con Irán y jugar al apaciguamiento con Rusia, y la Administración Demócrata no debiera desechar consideraciones de peso por el sólo hecho de que ellas eran parte integral de la política mesoriental del presidente Bush.

La actitud que informa a la cosmovisión del nuevo gobierno referida al Medio Oriente puede advertirse en una cita del discurso inaugural del presidente Obama. Los primeros discursos presidenciales son verdaderas cartas de presentación. Ellos tienen gran valor político y dan testimonio del pensamiento de la nueva Casa Blanca. Al dirigirse al Medio Oriente y más allá, dijo el nuevo presidente: “Al mundo musulmán, buscamos un nuevo camino hacia delante, basado en intereses mutuos y respeto mutuo”. En una entrevista posterior con la televisión al-Arabiya, Obama habló de restaurar el “mismo respeto y sociedad que Estados Unidos tuvo con el mundo musulmán en tiempos tan recientes como hace veinte o treinta años atrás”.

No todos estuvieron felices con la apología. En “el presunto invierno de nuestra falta de respeto hacia el mundo islámico” observó el comentarista Charles Krauthammer, “Estados Unidos no solamente respetó a los musulmanes, sangró por ellos”. Efectivamente, en seis intervenciones militares diferentes, soldados estadounidenses arriesgaron y muchos dieron sus vidas para salvar a poblaciones musulmanas acosadas. Aún cuando la motivación norteamericana hubiere respondido a la preservación de sus intereses geoestratégicos, estas campañas resultaron en la liberación de millones de musulmanes hostigados. Las invasiones de Irak y de Afganistán en las realidades del post- 9/11, así como la guerra por Kuwait de 1991, fueron expresiones claras de incursiones militares orientadas a la protección de los intereses nacionales e internacionales de Estados Unidos; aún así, hubo poblaciones islámicas beneficiadas. Por el contrario, las intervenciones en Bosnia, Kosovo y Somalía fueron motivadas principalmente por consideraciones humanitarias. Tal como señaló Krauthammer, ninguna otra nación hizo más por musulmanes oprimidos en los últimos veinte años que los Estados Unidos de América. En cuanto al idilio perdido de veinte o treinta años atrás, es difícil imaginar exactamente a que momento histórico aludió Obama, si es que a alguno. Precisamente treinta años atrás, Irán cayó en manos de los islamistas komehinistas y a partir de entonces advino la peor era en las relaciones Washington-Teherán.

Las naciones, al igual que los hombres, tienden a idealizar el pasado. Al menos el pasado distante. Pero el idilio perdido de tres décadas atrás entre el Islam y Occidente sencillamente no existió. Curiosamente para una nueva administración proclive a la glorificación del pasado, su propia actitud hacia el pasado reciente ha sido negativa, como puede verse en sus recurrentes críticas a las políticas de Bush. El último gobierno en Washington ha sido usualmente vilipendiado por su decisión de ir a la guerra en Irak y por su distanciamiento de los vaivenes diarios del conflicto palestino-israelí, entre otros asuntos, y en general por haber legado un Medio Oriente convulsionado. No obstante, tendemos a olvidar cuál era la situación en el Medio Oriente heredada por los republicanos de los demócratas entrado el siglo XXI. Antes que Bill Clinton dejara la Casa Blanca, las fallidas tratativas de Camp David habían dado lugar a la segunda intifada palestina, Siria ocupaba El Líbano, los talibanes gobernaban en Afganistán, Saddam Hussein controlaba Irak, la Libia de Qaddafi buscaba armamento no convencional, y Al-Qaeda planeaba en las sombras los atentados del 9/11. Nadie objetivo caracterizaría semejante legado positivamente.

El punto crucial que Barack Obama y su entorno deberá entender es que no todo depende de Washington a propósito del destino del Medio Oriente. Ciertamente Estados Unidos tiene una capacidad de influir en esa región como pocos actores internacionales, pero ella no está menos afectada por su propia naturaleza, sus vicios y sus aflicciones. A la vez que deseamos éxitos a una nueva administración que busca la fórmula adecuada para una justa aproximación al Medio Oriente, nos cabe esperar que su ambición sea templada por el realismo de la experiencia sin necesariamente sacrificar el optimismo de la esperanza prometida en la campaña.

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Obama y el medio oriente – 01/04/2009

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El mensaje nodal de la campaña que llevó a Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos se centró en el cambio y en la esperanza. Fiel a la promesa, al poco tiempo de asumir funciones, la flamante Administración Obama publicitó anuncios y adoptó decisiones que, en lo referido al Medio Oriente al menos, parecieran estar orientadas a tomar rápida distancia del legado de George W. Bush.

El anuncio de la retirada gradual de las tropas apostadas en Irak, el refuerzo de recursos hacia Afganistán, la declaración a favor del cierre de la cárcel en la Bahía de Guantánamo, la disposición a incorporar a Irán en una cumbre mundial sobre Afganistán, y el envío de dos emisarios estadounidenses a Damasco, pueden verse como manifestaciones de la nueva orientación. Indicios de cambio de política pueden verse también en los dos ofrecimientos insinuados por la nueva Casa Blanca a Teherán y a Moscú. Al primero, en un muy público mensaje hecho por el propio presidente al régimen iraní, y al segundo mediante la sugerencia de que Washington estaría dispuesta a reconsiderar su programa de instalaciones de radares y sistemas de misisles anti-misiles en Polonia y la República Checa si Rusia fuese a reevaluar su apoyo a los ayatollahs.

Las respuestas a estas frescas iniciativas no se hicieron demorar. No creo que ningún intercambio sea posible al respecto» afirmó el presidente ruso Dimitry Medvedev a la BBC. «No aceptaremos ninguna oferta de negociaciones que vaya de la mano de la fuerza» dijo el líder supremo iraní, ayatollah Alí Khamenei. «La nueva administración estadounidense dice que quiere olvidar el pasado, pero la nación iraní no puede olvidar tan fácilmente», agregó. ¿Sorprendente? Apenas. Había un motivo por el cual la Administración Republicana optó por no apelar al diálogo con Irán y jugar al apaciguamiento con Rusia, y la Administración Demócrata no debiera desechar consideraciones de peso por el sólo hecho de que ellas eran parte integral de la política mesoriental del presidente Bush.

La actitud que informa a la cosmovisión del nuevo gobierno referida al Medio Oriente puede advertirse en una cita del discurso inaugural del presidente Obama. Los primeros discursos presidenciales son verdaderas cartas de presentación. Ellos tienen gran valor político y dan testimonio del pensamiento de la nueva Casa Blanca. Al dirigirse al Medio Oriente y más allá, dijo el nuevo presidente: «Al mundo musulmán, buscamos un nuevo camino hacia delante, basado en intereses mutuos y respeto mutuo». En una entrevista posterior con la televisión al-Arabiya, Obama habló de restaurar el «mismo respeto y sociedad que Estados Unidos tuvo con el mundo musulmán en tiempos tan recientes como hace veinte o treinta años atrás».

No todos estuvieron felices con la apología. En «el presunto invierno de nuestra falta de respeto hacia el mundo islámico» observó el comentarista Charles Krauthammer, «Estados Unidos no solamente respetó a los musulmanes, sangró por ellos». Efectivamente, en seis intervenciones militares diferentes, soldados estadounidenses arriesgaron y muchos dieron sus vidas para salvar a poblaciones musulmanas acosadas. Aún cuando la motivación norteamericana hubiere respondido a la preservación de sus intereses geoestratégicos, estas campañas resultaron en la liberación de millones de musulmanes hostigados. Las invasiones de Irak y de Afganistán en las realidades del post- 9/11, así como la guerra por Kuwait de 1991, fueron expresiones claras de incursiones militares orientadas a la protección de los intereses nacionales e internacionales de Estados Unidos; aún así, hubo poblaciones islámicas beneficiadas. Por el contrario, las intervenciones en Bosnia, Kosovo y Somalía fueron motivadas principalmente por consideraciones humanitarias. Tal como señaló Krauthammer, ninguna otra nación hizo más por musulmanes oprimidos en los últimos veinte años que los Estados Unidos de América. En cuanto al idilio perdido de veinte o treinta años atrás, es difícil imaginar exactamente a que momento histórico aludió Obama, si es que a alguno. Precisamente treinta años atrás, Irán cayó en manos de los islamistas komehinistas y a partir de entonces advino la peor era en las relaciones Washington-Teherán.

Las naciones, al igual que los hombres, tienden a idealizar el pasado. Al menos el pasado distante. Pero el idilio perdido de tres décadas atrás entre el Islam y Occidente sencillamente no existió. Curiosamente para una nueva administración proclive a la glorificación del pasado, su propia actitud hacia el pasado reciente ha sido negativa, como puede verse en sus recurrentes críticas a las políticas de Bush. El último gobierno en Washington ha sido usualmente vilipendiado por su decisión de ir a la guerra en Irak y por su distanciamiento de los vaivenes diarios del conflicto palestino-israelí, entre otros asuntos, y en general por haber legado un Medio Oriente convulsionado. No obstante, tendemos a olvidar cuál era la situación en el Medio Oriente heredada por los republicanos de los demócratas entrado el siglo XXI. Antes que Bill Clinton dejara la Casa Blanca, las fallidas tratativas de Camp David habían dado lugar a la segunda intifada palestina, Siria ocupaba El Líbano, los talibanes gobernaban en Afganistán, Saddam Hussein controlaba Irak, la Libia de Qaddafi buscaba armamento no convencional, y Al-Qaeda planeaba en las sombras los atentados del 9/11. Nadie objetivo caracterizaría semejante legado positivamente.

El punto crucial que Barack Obama y su entorno deberá entender es que no todo depende de Washington a propósito del destino del Medio Oriente. Ciertamente Estados Unidos tiene una capacidad de influir en esa región como pocos actores internacionales, pero ella no está menos afectada por su propia naturaleza, sus vicios y sus aflicciones. A la vez que deseamos éxitos a una nueva administración que busca la fórmula adecuada para una justa aproximación al Medio Oriente, nos cabe esperar que su ambición sea templada por el realismo de la experiencia sin necesariamente sacrificar el optimismo de la esperanza prometida en la campaña.

Libertad Digital, Libertad Digital - 2009

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Por Julián Schvindlerman

  

Las falacias del Ateismo – 10/03/09

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En el eterno debate entre ateos y religiosos referido a la existencia de D’s o a la necesidad de la religión organizada, los primeros suelen adoptar una postura crítica sustentada en la, digamos, ofensiva del cuestionamiento, que automáticamente pone al hombre de fe a la defensiva.

El ateo se ubica en un pedestal superior desde el cual exige respuestas a sus muchas preguntas incisivas, acorralando al creyente con un torrente de interrogantes para los cuales, sencillamente, no hay respuestas simples. El planteo ateo tradicional, sin embargo, adolece de serias incoherencias, y exponerlas adecuadamente facilitaría un abordaje menos apasionado a propósito de temas tan esenciales como complejos.

El ateo suele afirmar que la divinidad es un misterio, y que, en consecuencia, toda afirmación certera a propósito de la existencia de D’s es poco menos que dogmática, si no directamente arrogante. Muy habitualmente, postula que D’s ha sido una creación del hombre a partir de una necesidad muy interna de encontrar cierta explicación al desorden histórico. Es decir, la divinidad como invento humano, como ficción sin sustento racional.

Pero esto en sí mismo constituye una afirmación –la afirmación de que D’s es un cuento–, y eso de misterioso no tiene nada. Si la divinidad es un misterio, tal misterio debería serlo para ambos lados. Si es dogmático afirmar la existencia de D’s, no lo debería ser menos afirmar su inexistencia. Si recae sobre el creyente el peso de explicar la persistencia del mal en la tierra, sobre el ateo recae el de explicar la persistencia del bien. En palabras de Milton Steinberg:

Si el creyente tiene sus problemas con el mal, el ateo tiene que bregar con dificultades más graves. La realidad también lo golpea, dejándole frustrado no por una sino por muchas, desde la existencia de la ley natural, pasando por la astucia del insecto, hasta el cerebro del genio y el corazón del profeta.
El ateo muy habitualmente esgrime las barbaridades perpetradas por el hombre en nombre de la religión como ejemplo de la naturaleza dañina de los sistemas religiosos. La Inquisición católica del Medioevo y la yihad islámica, ambas llevadas a cabo bajo el signo de D’s, indudablemente han causado estragos en la humanidad. La explicación del creyente consiste en recordar que no fue la religión la responsable, sino lo que en su nombre se ha hecho. Irwin Cotler es un exponente de esta posición:
No ha sido la religión la que nos ha traicionado, sino que hemos sido nosotros los que hemos traicionado a la religión.
Pero antes de llegar allí existe, en materia de argumentación, una inconsistencia que merece señalarse. Es innegable que ha habido inmoralidad en las religiones, y que ha habido individuos religiosos profundamente inmorales. Pero es igualmente innegable que muchas de las ideologías seculares han fracasado éticamente al remover todo vestigio de moralidad religiosa de sus proclamas meta-históricas. Ideologías ateas y anti-religiosas como los comunismos chino y soviético o el nazismo alemán provocaron la muerte de más de cien millones de personas el pasado siglo. Si las guerras de religión del pasado sirven, según el ateo, de evidencia del componente pernicioso de los sistemas religiosos, entonces ¿qué deberíamos concluir a propósito de la naturaleza de los sistemas seculares, a la luz de las masacres que han propiciado? Los rabinos Dennis Prager y Joseph Telushkin han dicho:
Todos los horrores perpetrados en nombre de los ideales constituyen un testimonio trágico pero irrefutable del hecho de que el idealismo no basta y de que es indispensable, para alcanzar la paz, la justicia y la fraternidad universal, un sistema ético que obligue a cada individuo.
El sistema ético al que aluden estos autores es el aporte de la religión, específicamente la judía, que introdujo hace 3.321 años, por medio de los Diez Mandamientos, la obligatoriedad de la conducta ética.

Los más fundamentales valores liberales occidentales que muchos ateos hoy defienden con encono están arraigados en esos mandamientos. Que esto es un aporte de la religión, y no de las ideologías seculares, es un principio elemental con el que todo debate acerca de estos temas debería arrancar; o mejor aún quizás: terminar.

Originalmente publicado en Keter

Guysen International News

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Por Julián Schvindlerman

  

Dinero para Gaza – 05/03/09

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Esta semana tuvo lugar en la localidad egipcia Sharm el-Sheikh la “Conferencia Internacional en Apoyo de la Economía Palestina para la Reconstrucción de Gaza”. Setenta y un estados, la ONU, y dieciséis organismos regionales e internacionales prometieron u$s 4.5 mil millones a ser entregados en un período de dos años. Esta cifra apreciable completa a su vez un fondo de u$s 7.7 mil millones que la Autoridad Palestina ya recibió para el período 2008-2010.

La generosidad mundial hacia la reconstrucción de Gaza es encomiable…y a la vez desubicada. La suposición reinante entre los donantes parece ser tal que el conflicto entre Hamas e Israel terminó, y que una nueva era de recomposición puede comenzar. Esa premisa debe ser revisada. El día previo al inicio de la cumbre global, un cohete Qassam cayó sobre una escuela en el poblado israelí de Sderot, como aditamento a su vez al cohete Grad que cayó en la cercana Ashkelon el día anterior. Al día siguiente de inaugurada la cumbre, otros dos cohetes Qassam aterrizaron en el Desierto del Négev y el ejército israelí frustró los planes de un grupo terrorista palestino que pretendía plantar una bomba en la frontera. Desde el cese de fuego del 18 de enero último, alrededor de cien cohetes y morteros fueron disparados desde la Franja de Gaza a Israel, y regularmente aviones israelíes han estado bombardeando los túneles clandestinos que unen a Egipto con Gaza. El mundo parece no haber estado prestando atención, pero las hostilidades todavía no han terminado. Por ello es que el presidente egipcio Hosni Mubarak, anfitrión del encuentro, alertó que “la prioridad debe ser alcanzar una tregua entre Israel y los palestinos”.

A esto debe agregarse una válida preocupación a propósito del destino final de esos fondos cuantiosos, no sea cosa que los dólares americanos y los francos suizos terminen en los cofres indebidos. Para legitimarse ante los ojos de la comunidad internacional como un receptor digno, Hamas accedió a negociar con Fatah (que gobierna Cisjordania, controla la Autoridad Palestina y con quién mantiene una feroz disputa política y militar) la formación de un gobierno de unidad nacional. El truco es demasiado obvio y nadie debiera dejarse engañar. Cuando este movimiento fundamentalista islámico expulsó violentamente a Fatah de Gaza en 2007 -ocasión en la que murieron trescientos cincuenta palestinos y mil resultaron heridos- la respuesta de la familia de las naciones fue simple. Puso ante Hamas tres condiciones para aceptarlo como interlocutor: renunciar al terrorismo, reconocer al Estado de Israel, honrar acuerdos preexistentes. ¿La respuesta de Hamas? No, gracias.

Dada la naturaleza y conducta histórica de esta agrupación, la precondiciones para el diálogo eran (y siguen siendo) sensatas. El Artículo 7 de su Carta constitutiva dice: “El Enviado dijo: ´Luchen los musulmanes contra los judíos y mátenlos, hasta que el judío se oculte tras las rocas y los árboles y entonces dirán: Oh, musulmán, oh siervo de Alá, tras de mí se oculta un judío, ven y mátalo´”. Este llamado agresivo ubica a Woody Allen, por caso, en la mira de la agrupación integrista. Pero se pone todavía peor. Durante la guerra última, la televisión palestina difundió este mensaje del Dr. Yunis al-Astal, parlamentario del Hamas: “Conquistaremos Roma y después toda Europa. Cuando acabemos con Europa, conquistaremos las Américas y no nos olvidaremos tampoco de la Europa Oriental”. ¿Es esta la gente a quién la familia de las naciones quiere entregar su dinero?

Finalmente, la experiencia acumulada de estos últimos años no abona la teoría de que la inyección monetaria termine mejorando el standard de vida de los palestinos. En términos per capita, éstos han sido los más grandes beneficiarios de asistencia internacional en las últimas décadas. Tómese por caso emblemático el año 2002 cuando una epidemia de hambre sacudió a Etiopía, país ubicado en una zona que padece crónicamente este problema. Desde 1994 la ONU creó el Consolidated Inter-Agency Appeal for Humanitarian Assistance (conocido simplemente como CAP) que agrupa los programas de recaudación de fondos del Programa Alimentario Mundial, la Organización Mundial de la Salud, el Alto Comisionado para los Refugiados y otros dieciocho organismos y agencias humanitarias para un uso eficiente de los fondos provenientes de donaciones. Según un reporte de UN Watch de entonces, el presupuesto proyectado para el año 2003 asignaba u$s 291 millones a Gaza y Cisjordania (población 1.5 millón) y u$s 316 millones a Etiopía (población 14.3 millones), lo que en términos per capita daba una asistencia de u$s 194/palestino en oposición a u$s 22/etíope. Vale decir, la ONU pedía casi nueve veces la cantidad de ayuda para un palestino que la que pedía para un etíope en medio de una epidemia de hambruna. Y aún así, años después nuevas cumbres globales han de ser convocadas para atender la situación en Gaza.

Así es que con todo lo anti-romántico que cuestionar los esfuerzos de reconstrucción de Gaza pueda lucir, un llamado de advertencia es empero necesario. Las necesidades humanitarias de los palestinos deben ser atendidas, y en parte esto está siendo efectuado a través de envíos regulares de alimentos, medicamentos y otros. Debe encontrarse el modo adecuado de asistir al pueblo gazatí sin beneficiar a sus gobernantes fanatizados. No resulta del todo claro si los participantes de esta reunión de alto nivel lo han logrado.