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Libertad Digital, Libertad Digital - 2008

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Una carpa en Jerusalem – 17/03/08

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Imaginemos por un instante que en la Buenos Aires de 1994 se erige una carpa, con banderas de Hezbolá, en honor del terrorista suicida que voló la AMIA y mató a 85 personas ese mismo año. O que en la Nueva York de 2001 y en el Madrid de 2004 se hiciera lo mismo para homenajear a los que atentaron contra el World Trade Center y la estación de Atocha, respectivamente. ¿Podemos anticipar la reacción social y política ante semejante ultraje? Pues bien, en Israel ha ocurrido precisamente eso, y la respuesta de parte de la ciudadanía y de las autoridades ha sido tan alucinante como para que la ofensa inicial haya quedado en segundo plano.

El pasado día 6 Alá Abú Dheim ingresó en la yeshivá Mercaz Harav armado con una ametralladora y acribilló a sangre fría a ocho adolescentes, antes de ser abatido. La sociedad no había siquiera comenzado a asimilar la magnitud de la tragedia cuando los familiares del terrorista montaron una carpa en la parte árabe de Jerusalem para recibir las condolencias; una carpa que cubrieron con retratos del sahid y con banderas tanto palestinas como de Hamás y de Hezbolá, dos agrupaciones que llaman abiertamente a la destrucción de Israel.

Así, con una carpa abierta al público y a la vista del mundo entero, fue honrado impunemente un asesino de judíos en la capital de Israel. Hubo protestas, naturalmente, pero lo que llama la atención es la indecisión oficial y la empatía de parte de la sociedad. El ministro de Seguridad Pública, Avi Dichter, explicó que, legalmente, nada impedía a los deudos del terrorista montar una carpa de duelo, por lo que ésta no podía ser desmontada. «No tenemos la autoridad legal para cerrarla», indicó. Pero como sí existe una ley que prohíbe la manifestación de simpatías para con organizaciones terroristas, entonces había elementos para pedir a los deudos que retiraran las banderas de Hamás y de Hezbolá que agraciaban la escena.

El primer ministro, Ehud Olmert, mantuvo reuniones con otros altos cargos para debatir el asunto, y el Instituto Nacional del Seguro anunció que no cubriría los gastos del funeral, pero apuntó que tal decisión debía ser sometida al criterio de los expertos, «para ver si [podía] ser justificada legalmente».

No acabaron ahí las situaciones delirantes. «Necesitamos comenzar a pensar en un compromiso, y en cómo aceptar al otro y al diferente, incluso si no apreciamos sus costumbres», declaró a la prensa un padre israelí que había perdido a un hijo en un atentado, mientras que el parlamentario Dov Khenin aseguró que el desmantelamiento de la carpa sería un «castigo colectivo» y la ultraizquierdista Tali Fahima se allegó hasta la misma para dar el pésame a la familia Dheim…

Cuando ya había transcurrido casi una semana de la matanza, el ministro de Defensa, Ehud Barak, dio la orden de demoler la casa del terrorista.

Durante aquellos primeros días posteriores al ataque, mientras Israel ponderaba el detalle jurídico y evaluaba con minuciosidad científica la diferencia entre lo que era y no era legalmente permisible, para concluir que el hacer flamear banderas de agrupaciones terroristas era algo indebido pero no el rendir tributo a un asesino de israelíes en plena capital de la nación, las autoridades jordanas prohibieron sin más a unos familiares de Abú Dheim levantar en Ammán una carpa idéntica a la de Jerusalem. Poco tiempo antes, el Gobierno kuwaití había decidido deportar a unos individuos que habían participado en una manifestación conmemorativa del terrorista Imad Mughniyeh, asesinado en Damasco el pasado febrero.

Al traer estos ejemplos a colación no estoy sugiriendo que Israel adopte los patrones de comportamiento político de otros países de la región; sólo estoy notando la ironía de que dos naciones árabes han evidenciado una mayor firmeza ante la apología del terrorismo anti-israelí que el propio Estado judío.

Ciertamente, Israel es una democracia. Pero es una democracia en tiempos de guerra. Y no es mostrando sensibilidad y tolerancia como se derrota a un enemigo, que es de lo que se trata cuando se libra una guerra. La adhesión a la ley es un imperativo social; pero la ley debe dejar espacio para la acción en casos tan flagrantes de ofensa a la conciencia pública como la comisión de un acto terrorista y la posterior glorificación del autor.

Si con estas actitudes los israelíes buscan agradar al mundo, pueden olvidarse de ello. El mismo día del atentado contra la yeshivá Mercaz Harav, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas adoptó una resolución de condena contra Israel por la escalada de violencia en Gaza. El texto de la resolución no hacía mención alguna a la matanza de Jerusalem. Treinta y tres países votaron a favor, y sólo uno, Canadá, en contra. Dieciséis naciones occidentales se abstuvieron, a excepción de Suiza, que, abandonando su tradicional neutralidad, votó a favor. En Nueva York, el Consejo de Seguridad no pudo reunir los votos necesarios para condenar el ataque de Jerusalén, luego de que Libia pusiera objeciones al texto de la resolución.

En cuanto a los palestinos, estaban demasiado ocupados celebrando la atrocidad como para tomar nota de la consideración israelí hacia los familiares del asesino. Miles de ellos salieron a las calles de Gaza a festejar, repartir caramelos y disparar sus rifles liberadores, o bien acudieron a la mezquitas para efectuar plegarias de agradecimiento.

Una periodista israelí advirtió de que, el mismo día del baño de sangre en Jerusalén, otro árabe murió en Israel, pero en circunstancias completamente diferentes. Se trataba de un joven beduino de 28 años, alistado voluntariamente en el Ejército israelí, que murió al pisar una mina en la frontera con Gaza. Temiendo represalias por parte de los palestinos o de la propia comunidad árabe de Israel, su familia decidió no divulgar su nombre y evitar el funeral militar con honores.

La paradoja trágica del caso es evidente: un árabe-israelí que dio su vida por su patria debió ser sepultado en secreto, bajo el hálito de la vergüenza, mientras que otro árabe-israelí que masacró a civiles indefensos fue despedido con orgullo. Esto dice mucho del sentimiento reinante en la comunidad árabe-israelí, sentimiento que el Gobierno nacional apenas ha contribuido a modificar con su desubicada delicadeza para con la carpa de la infamia.

El Heraldo (Colombia)

El Heraldo (Colombia)

Por Julián Schvindlerman

  

Colombia como «El Israel de la región» – 15/03/08

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La reciente operación militar colombiana contra las Farc en Ecuador, la incursión militar turca contra el PKK en Irak, el avance israelí contra posiciones de Hamas en Gaza, y la un poco más lejana intervención norteamericana contra Al-Qaeda y los talibanes en Afganistán, han sido todas ellas instancias de autodefensa nacional ante provocaciones terroristas surgidas de territorio hostil.

En todos estos casos, los terroristas actúan desde bases de operaciones en zonas-refugio provistas por estados o entidades cuya soberanía nacional es vulnerada al momento de la represalia. Invariablemente, la familia de las naciones tiende a protestar ante las respuestas defensivas de las democracias a la par que ignora las agresiones originales motivadoras de esas respuestas en primer lugar.

Pero es importante tener presente que no hay principio o Ley internacional alguna que obligue a una nación a esperar temerosa la siguiente atrocidad que está siendo planeada en el santuario de una entidad vecina, conforme ha explicado el profesor William O’Brien de la Universidad de Georgetown unos quince años atrás en su libro Law and Morality in Israel’s War with the PLO; un concepto aplicable a todas las instancias arriba mencionadas.

Parte del problema yace en una pobre comprensión de las realidades de lo que luchar contra terroristas implica, así como en un desubicado romanticismo referido a la naturaleza y propósito de las agrupaciones insurgentes. Un cable de la Associated Press describió a las Farc como unos “rebeldes que han estado luchando por más de cuatro décadas por una más justa distribución de la riqueza en Colombia” y decía que el tráfico de drogas y la toma de rehenes “no han ayudado a su reputación”.

Esta verdadera gema de maquillaje periodístico apenas es atípica, y similares y repetidas caracterizaciones acerca de los movimientos terroristas que dan combate a las democracias en distintas partes del globo han ido gradual pero certeramente minando el entendimiento público a propósito del fenómeno del terrorismo y de las vicisitudes de la guerra contra el mismo. Casi todos los países latinoamericanos —para su propia vergüenza— han condenado a Colombia y así dificultado su campaña contra las Farc, agrupación que, a su vez, todavía no han podido definir de ‘terrorista’.

Cuando Hugo Chávez, en su infinita vocación para la provocación, afirmó “no vamos a aceptar por nada del mundo que Colombia se convierta en el Israel de esta tierra”, inadvertidamente nos brindó un alerta relativo al presente geopolítico latinoamericano. “En tal sentido”, observó Shimon Samuels del Centro Wiesenthal, “si siguiéramos la lógica del presidente de Venezuela, queda claro que si Colombia sería ‘el Israel de la región’, Chávez toma partido por el terrorismo”. Efectivamente, si Colombia es Israel, entonces las Farc son Hamas, Ecuador es Gaza y Venezuela es Irán. No vamos a forzar demasiado la analogía, tan solo esperemos que Brasilia, Santiago y Buenos Aires, entre otros, tomen nota del daño que hacen al centrar su atención en las medidas defensivas de Bogotá en lugar de condenar categóricamente a las actividades criminales y terroristas de las Farc y sus patrones.

Colombia bien podría hallar consuelo en los dilemas de Israel y la absoluta indiferencia internacional ante los mismos. Israel abandonó la Franja de Gaza con la esperanza de que el fin de la llamada ocupación pondría fin a la violencia palestina. Eso no pasó. De hecho, la violencia se acentuó. Solamente durante el 2007, más de tres mil cohetes fueron disparados desde Gaza contra Israel. Según datos presentados por el embajador Dore Gold del Jerusalem Center for Public Affairs, desde la desconexión de Gaza en 2005, los ataques con cohetes contra poblados israelíes crecieron más del 500%. Antes de 2006, el número de ataques con cohetes rara vez llegaba a los cincuenta al mes. Para comienzos de 2008, la capacidad palestina de lanzar cohetes llegó a cincuenta por día.

Hamas comenzó lanzando cohetes Qassam que tienen un alcance de 10km, lo que atormentó las vidas de los 20.000 residentes de Sderot. Ahora los palestinos han usado el cohete Grad (de fabricación iraní) con alcance de 15 km, y así llegaron hasta la ciudad de Ashkelon con 160.000 habitantes. Si los palestinos logran contrabandear los cohetes iraníes Fajr, con alcance de 45km, la reocupación de Gaza será posiblemente inevitable. (En rigor, esto debió haber ocurrido luego del aterrizaje en Sderot del primer Qassam palestino).

Para evitar el retorno israelí a Gaza o las actuales incursiones temporales en la franja, todo lo que debe hacer Hamas es desistir del lanzamiento de más cohetes. Sin ataques, no hay represalias. A pesar de la simpleza aritmética de la ecuación estratégica, es Jerusalén —no Gaza— la receptora de la indignación global.

En momentos en que los israelíes le dan la agria bienvenida a los colombianos al club de los incomprendidos, no nos queda sino esperar que, si no por principio de justicia moral al menos motivados por el pragmatismo, las naciones del mundo libre se desharán de las ilusiones que albergan sobre el terrorismo. Después de todo, nadie necesita uranio para alcanzar la igualdad social.

Originalmente publicado en Comunidades

Comunidades, Comunidades - 2008

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Colombia como el Israel de la region – 12/03/08

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La reciente operación militar colombiana contra las FARC en Ecuador, la incursión militar turca contra el PKK en Irak, el avance israelí contra posiciones de Hamas en Gaza, y la un poco más lejana intervención norteamericana contra Al-Qaeda y los talibanes en Afganistán, han sido todas ellas instancias de autodefensa nacional ante provocaciones terroristas surgidas de territorio hostil. En todos estos casos, los terroristas actúan desde bases de operaciones en zonas-refugio provistas por estados o entidades cuya soberanía nacional es vulnerada al momento de la represalia. Invariablemente, la familia de las naciones tiende a protestar ante las respuestas defensivas de las democracias a la par que ignora las agresiones originales motivadoras de esas respuestas en primer lugar. Pero es importante tener presente que no hay principio o ley internacional alguna que obligue a una nación a esperar temerosa la siguiente atrocidad que está siendo planeada en el santuario de una entidad vecina, conforme ha explicado el profesor William O´Brien de la Universidad de Georgetown unos quince años atrás en su libro Law and Morality in Israel´s War with the PLO; un concepto aplicable a todas las instancias arriba mencionadas.

Parte del problema yace en una pobre comprensión de las realidades de lo que luchar contra terroristas implica, así como en un desubicado romanticismo referido a la naturaleza y propósito de las agrupaciones insurgentes. Un cable de la Associated Press describió a las FARC como unos rebeldes que han estado luchando por más de cuatro décadas por una más justa distribución de la riqueza en Colombia» y decía que el tráfico de drogas y la toma de rehenes «no han ayudado a su reputación». Esta verdadera gema de maquillaje periodístico apenas es atípica, y similares y repetidas caracterizaciones acerca de los movimientos terroristas que dan combate a las democracias en distintas partes del globo han ido gradual pero certeramente minando el entendimiento público a propósito del fenómeno del terrorismo y de las vicisitudes de la guerra contra el mismo. Casi todos los países latinoamericanos -para su propia vergüenza- han condenado a Colombia y así dificultado su campaña contra las FARC, agrupación que, a su vez, todavía no han podido definir de «terrorista». Cuando Hugo Chávez, en su infinita vocación para la provocación, afirmó «no vamos a aceptar por nada del mundo que Colombia se convierta en el Israel de esta tierra», inadvertidamente nos brindó un alerta relativo al presente geopolítico latinoamericano. «En tal sentido», observó Shimon Samuels del Centro Wiesenthal, «si siguiéramos la lógica del presidente de Venezuela, queda claro que si Colombia sería ´el Israel de la región´, Chávez toma partido por el terrorismo». Efectivamente, si Colombia es Israel, entonces las FARC son Hamas, Ecuador es Gaza y Venezuela es Irán. No vamos a forzar demasiado la analogía, tan solo esperemos que Brasilia, Santiago y Buenos Aires entre otros, tomen nota del daño que hacen al centrar su atención en las medidas defensivas de Bogotá en lugar de condenar categóricamente a las actividades criminales y terroristas de las FARC y sus patrones.

Colombia bien podría hallar consuelo en los dilemas de Israel y la absoluta indiferencia internacional ante los mismos. Israel abandonó la Franja de Gaza con la esperanza de que el fin de la llamada ocupación pondría fin a la violencia palestina. Eso no pasó. De hecho, la violencia se acentuó. Solamente durante el 2007, más de tres mil cohetes fueron disparados desde Gaza contra Israel. Según datos presentados por el embajador Dore Gold del Jerusalem Center for Public Affairs, desde la desconexión de Gaza en 2005, los ataques con cohetes contra poblados israelíes creció más del 500%. Antes de 2006, el número de ataques con cohetes rara vez llegaba a los cincuenta al mes. Para comienzos de 2008, la capacidad palestina de lanzar cohetes llegó a cincuenta por día. Hamas comenzó lanzando cohetes Qassam que tienen un alcance de 10km, lo que atormentó las vidas de los 20.000 residentes de Sderot. Ahora los palestinos han usado el cohete Grad (de fabricación iraní) con alcance de 15 km, y así llegaron hasta la ciudad de Ashkelon con 160.000 habitantes. Si los palestinos logran contrabandear los cohetes iraníes Fajr, con alcance de 45km, la reocupación de Gaza será posiblemente inevitable. (En rigor, esto debió haber ocurrido luego del aterrizaje en Sderot del primer Qassam palestino). Para evitar el retorno israelí a Gaza o las actuales incursiones temporales en la franja, todo lo que debe hacer Hamas es desistir del lanzamiento de más cohetes. Sin ataques, no hay represalias. A pesar de la simpleza aritmética de la ecuación estratégica, es Jerusalén -no Gaza- la receptora de la indignación global.

En momentos en que los israelíes le dan la agria bienvenida a los colombianos al club de los incomprendidos, no nos queda sino esperar que, si no por principio de justicia moral al menos motivados por el pragmatismo, las naciones del mundo libre se desharán de las ilusiones que albergan sobre el terrorismo. Después de todo, nadie necesita uranio para alcanzar la igualdad social.

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Por Julián Schvindlerman

  

Y el mundo callaba… – 03/03/08

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La retórica anti-israelí del régimen de los ayatolás ya era extrema, pero desde el asesinato de su paladín-terrorista Imad Mughniyeh no ha hecho sino empeorar. Así, el jefe de la Guardia Revolucionaria, Muhamad Alí Safari, ha afirmado que «el tumor cancerígeno Israel desaparecerá pronto» por obra y gracia de la «radiación de los luchadores de Hezbola» (nótese la alusión a lo nuclear).

Mahmud Ahmadinejad ha calificado al Estado hebreo de «sucio microbio» y de «animal salvaje», mientras que el presidente del Parlamento iraní, Gholan Reza Haddad, ha proclamado que el futuro de la «entidad sionista» será «peor que su presente». Por su parte, el jefe de las Fuerzas Armadas, general Hassán Firuzabadi, ha llamado a la «destrucción completa del régimen sionista» y a la «liberación de toda la tierra de Palestina». Asimismo, el líder de Hezbolá, Hassán Nasrala, ha advertido de que «la sangre de Mughniyeh anuncia el fin de Israel», y sus hermanos en armas de Hamás han instado al mundo musulmán a «levantarse» para «hacer frente al demonio sionista». En cuanto al jefe de Al Qaeda en Irak, Abú Omar al Bagdadi, ha ofrecido el territorio iraquí como «plataforma de lanzamiento» para la toma de Jerusalén.

Por el momento, Teherán ha optado por responder al asesinato de su máximo jefe terrorista con una retórica feroz, no con la violencia física. Por el momento, claro. No debiera haber lugar para la indulgencia: el lenguaje que manejan los terroristas es el del terror, y Nasrala ha proclamado la «guerra abierta» contra Israel. Como si no estuviera en ello desde hace tanto tiempo. Como si jamás hubiera disparado cohetes Katyusha contra el norte del Estado judío, secuestrado soldados de las IDF, atacado objetivos judíos e israelíes en la República Argentina…

Sea como fuere, las prioridades del liderazgo de Hezbolá están claras. Para empezar, necesita reforzar el ánimo de sus luchadores tras la pérdida de su querido Mughniyeh, de ahí las grandes dosis de fervor anti-israelí, las promesas de venganzas redentoras y victorias apocalípticas. Luego, Inshalá, asestarán el golpe fulminante.

Puede que la muerte de Mughniyeh no haya sido cosa de Israel, sino del propio submundo terrorista, o incluso que Siria estuviera implicada, como ha sugerido el director de la Inteligencia Nacional norteamericana, Mike McConell. Poco importa todo esto: lo que importa es que ha brindado a Irán y a Hezbolá la excusa perfecta, el motivo ideal, para dar rienda suelta a los planes nefastos que tienen reservados para Israel y los judíos desde hace tiempo.

Cual testigo involuntario en la escena del crimen, el mundo entero, salvo Estados Unidos, elige mirar para otro lado. Desde Beirut, Teherán, Gaza y Bagdad, los fundamentalistas llaman al asesinato en masa de israelíes, y el mundo permanece callado. Jerusalén ha pedido al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que condene a Irán por incitar pública y abiertamente a la comisión de un genocidio, algo que viola la Convención para la Prevención y el Castigo del Crimen de Genocidio, de la que más de 130 naciones son signatarias, entre las que se cuenta, tragicómicamente, la propia Irán.

La denuncia del régimen iraní no sólo es un imperativo moral, sino una obligación legal, dado que los firmantes de la Convención tienen «no sólo el derecho, sino la responsabilidad, de aplicar[la], particularmente en lo referido a la prevención del genocidio», según ha explicado Irwin Colter, profesor universitario y ex ministro de Justicia del Canadá. ¿Lo harán?, se preguntaba recientemente el Jerusalem Post en un editorial. ¿Alzarán sus voces las naciones del mundo libre, ahora que acaba de celebrarse el Día Internacional para la Rememoración del Holocausto, contra una entidad que amenaza a los judíos con un segundo Holocausto? ¿Tan bajo ha caído la dignidad humana que el Estado judío ha de pedir formalmente a la ONU que emita una protesta elemental?

He aquí la soledad de Israel, y el doble rasero de la sociedad internacional. Según datos tomados de la prensa israelí, la compañía francesa Total, la noruega Statoil y la china Petro China llevan años invirtiendo en los sectores petrolero y gasístico iraníes. La multinacional alemana Siemens posee operaciones en Irán por valor de más de 500 millones de dólares, y por 300 millones la francesa Alcatel (si bien este monto incluye también actuaciones en Libia y Sudán). La austriaca Steyr-Mannlicher vendió rifles a Teherán en 2006. En enero de 2007, la holandesa Shell se unió a la española Repsol para desarrollar áreas petrolíferas en Irán por un valor de 10.000 millones de euros. En abril del mismo año, Irán y la compañía austriaca OMV firmaron un acuerdo comercial valorado en 22.000 millones. Durante los primeros diez meses de 2007, Alemania exportó a la tierra de los ayatolás por valor de 3.500 millones. El 40% del comercio exterior iraní tiene a Europa por destinatario…

Tengo en mi biblioteca un ejemplar del libro Y el mundo callaba, de Eliézer Wiesel. Escrito en yiddish, tiene 253 páginas, está impreso en Buenos Aires (por la Unión Central Israelita Polaca) en 1956. Escribí esta columna con este ensayo conmovedor e inolvidable a mi lado, y al orientar mi atención una vez más hacia Europa, compruebo con pesar cómo fue posible que el mundo permaneciera callado ante el asesinato en masa de los judíos de aquel continente.

La version original de este artículo fue publicada en Comunidades

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Por Julián Schvindlerman

  

…Y el mundo callaba – 27/02/08

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La retórica anti-israelí del régimen ayatollah ya era extrema…y desde el asesinato de su paladín-terrorista Imad Mughniyeh se puso peor. Regularmente nos veíamos forzados a oír las diatribas de Teherán -que hay que borrar a Israel del mapa», que comenzó la «cuenta regresiva» para su extinción, que el mundo debe aceptar el «colapso inminente» de ese «pequeño Satán», etcétera- y, por difícil que sea imaginarlo, Irán desde entonces radicalizó su polémica. Muhamad Alí Safari, jefe de las Guardias Revolucionarias, afirmó que «El crecimiento cancerígeno Israel pronto desaparecerá», por medio de la «radiación de los luchadores del Hizbullah» (nótese la alusión a lo nuclear). El presidente Mahmoud Ahmadinejad se refirió a Israel como un «sucio microbio» y un «animal salvaje». Ghollan Reza Haddad, presidente del parlamento iraní, amenazó con que «el futuro de la entidad sionista será peor que su presente». El Jefe de las Fuerzas Armadas, General Hassan Firouzabadi instó a «la destrucción completa del régimen sionista» y a la «liberación de toda la tierra de Palestina».Y el líder del Hizbullah, Hassan Nasrallah, aseveró que «la Sangre de Mughniyeh anuncia el fin de Israel». (Además, sus hermanos en armas de Hamás instaron al mundo musulmán a «levantarse para enfrentar al demonio sionista» y el líder de Al-Qaeda en Irak, Abu Omar al-Baghdadi, ofreció el territorio iraquí como «plataforma de lanzamiento» para capturar Jerusalén).

Estas son palabras desagradables, pero proviniendo de los iraníes hay algo de positivo en ello. Por el momento, Teherán ha optado por responder al asesinato de su máximo jefe terrorista con retórica feroz, no con violencia física. Por el momento, claro. No debiera haber lugar aquí para la indulgencia; el lenguaje con el que los terrositas hablan es el del terror y Nasrallah inmediatamente declaró una «guerra abierta» contra Israel. Como si nunca hubiera disparado miles de cohetes katyusha contra la población norteña del estado judío, secuestrado a sus soldados, o atacado objetivos judíos e israelíes en la República Argentina. Pero las prioridades son claras para el liderazgo del Hizbullah: primero es menester reforzar el ánimo de sus luchadores alicaídos por la pérdida de su ser querido, y para ello les suministra la dosis estimulante de fervor anti-israelí repleta de promesas de venganza redentora y horizontes de victoria apocalíptica. Más adelante, inshallah, darán el golpe fulminante. Poco importa que bien pudo no haber sido Israel quien puso fin a la vida de Mughniyeh, figura estelar del terror islamista con pedido de captura de INTERPOL y buscado en más de cuarenta países, o que bien pudo haber habido una interna en el macabro submundo del terrorismo, o incluso participación siria, tal como sugirió el Director de la Inteligencia Nacional norteamericana Mike McConell. No, lo políticamente relevante, lo prácticamente útil, es que esta muerte en Damasco brinda a Irán y al Hizbullah la excusa perfecta, el motivo ideal, para lanzar los planes nefastos que ya hace tiempo tienen reservados para Israel y los judíos.

Cual testigo involuntario en la escena del crimen, el mundo entero salvo Estados Unidos elige mirar para otro lado mientras este drama acontece. Desde Beirut, Teherán, Gaza y Bagdad los fundamentalistas llaman a cometer un asesinato en masa contra los israelíes y el mundo permanece impasible. Jerusalén pidió al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que condene a Irán por la «incitación pública y directa para cometer genocidio», algo que está en violación de la Convención para la Prevención y el Castigo del Crimen de Genocidio del que más de 130 naciones son signatarias (incluyendo, tragicómicamente, al propio Irán). La denuncia de Irán no es solamente una cuestión de imperativo moral, con todo lo fundamental que ello es, sino también una cuestión de obligación jurídica, en tanto los firmantes de la Convención «tienen no solo el derecho, sino la responsabilidad, de aplicar la Convención, particularmente en lo referido a la prevención de genocidio» en el parecer de Irwin Colter, profesor universitario y ex ministro de justicia canadiense. ¿Lo harán? Se interrogaba un editorial del Jersualem Post días atrás ¿Alzarán sus voces las naciones del mundo libre, apenas semanas después de haber conmemorado el Día Internacional para la Rememoración del Holocausto, para sancionar a una entidad que amenaza con un segundo Holocausto a los judíos? ¿Tan bajo ha caído la dignidad humana que para meramente obtener una protesta elemental deba el estado judío solicitarlo formalmente en la ONU? Tal la soledad de Israel.

Y tal la duplicidad global. Según datos tomados de la prensa israelí, la compañía francesa Total, la noruega Statoil, y la china Petro China llevan años invirtiendo en el sector petrolero y de gas de Irán. La multinacional alemana Siemens posee operaciones en Irán valuadas en más de usd 500 millones, la francesa Alcatel tiene operaciones por usd 300 millones en Irán, Sudán y Libia, y la austriaca Steyr-Mannlicher le vendió rifles a Irán durante el 2006. En enero de 2007, la firma holandesa Shell se unió a la española Repsol para conjuntamente desarrollar áreas petroleras de Irán por valor de usd diez mil millones. En abril del mismo año un acuerdo comercial valuado en 22 mil millones de euros fue firmado entre Irán y la austriaca OMV, que además de ser la más grande corporación petrolera en toda Europa central, tiene al estado austriaco como dueño de más de un tercio de sus acciones. Durante los primeros diez meses del año último, solamente Alemania exportó por valor de tres mil quinientos millones de euros a la tierra de los ayatollahs. El 40% del comercio exterior iraní tiene por cliente a Europa.

Tengo en mi biblioteca un ejemplar del libro «…Y el Mundo Callaba» de Eliézer Wiesel (así firma el autor); cortesía del IWO y de su culto director. Escrito en Yidish, tiene 253 páginas. Pertenece a una edición del año 1956, impreso en Buenos Aires y publicado por la Unión Central Israelita Polaca en la Argentina. Éste corresponde a la primera edición del primer libro que Wiesel ha escrito jamás. Este libro, primero publicado en la Argentina bajo la guía de Marc Turkow y con módicos 1500 ejemplares, fue luego traducido al francés donde recibió el favor de Francois Mauriac, y posteriormente al inglés, lengua en la que se convirtió en un bestseller internacional con el título «La Noche». Para cuando este libro llegó a mi manos, yo ya había leído hacía muchos años su versión en español. Escribí esta columna con este ensayo conmovedor e inolvidable a mi lado, y al orientar mi atención una vez más hacia Europa, compruebo con pesar como fue posible que el mundo permaneciera callado ante el asesinato en masa de judíos.

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Por Julián Schvindlerman

  

Israel a los 60 – 21/01/08

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Lo de la genialidad judía es, ciertamente, un caso peculiar. La medición de excelencia humana más reconocida, el Premio Nobel, así lo demuestra. Durante la primera mitad del siglo XX, el 14% de los premiados en literatura, química, física y medicina/psicología fueron judíos. Esto, en una época de intensas persecuciones y fuertes restricciones sociales y legales para la judería mundial; en un período, en fin, en el que un tercio del pueblo judío fue exterminado por el régimen nazi. Durante la segunda mitad de dicha centuria, con una atmósfera más respirable, los judíos representaron el 29% de los galardonados con el Nobel. En lo que va del nuevo milenio la cifra es aún mayor: 32%. El mérito luce extravagante cuando se tiene en cuenta que los judíos son apenas el 0,2% de la población mundial. (Charles Murray, “Jewish Genius”, Commentary, April 2007)

Así las cosas, se entiende que el Estado de Israel sea la maravillosa realidad que es. Junte usted todo el talento judío en un espacio reducido, dé a sus habitantes la oportunidad de expresar toda su creatividad en el marco de la independencia estatal y la libre autodeterminación nacional… y el resultado será espectacular. En síntesis, ésta es la historia de Israel: la genialidad judía aplicada a la construcción nacional.

Cuando, a finales del siglo XIX, Theodor Herzl imaginó el Estado judío, lo concibió como un refugio físico para su pueblo, pero también como un centro de producción económica, espiritual, científica y cultural. ¡Y vaya si ha sido así!

Ya antes de constituirse el Estado la comunidad judía establecida en Palestina había erigido los cimientos para el desarrollo nacional en algunas de las áreas que han hecho del Israel actual un modelo ejemplar. La escuela Mikve Israel, fundada en 1870, marca la génesis de la investigación agrícola israelí, posteriormente potenciada con la Estación Agrícola (1921), que andando el tiempo se convertiría en la Organización de Investigación Agrícola, el mayor centro nacional de I+D en este campo.

La Estación Hebrea de Salud fue creada a comienzos del siglo XX, con el objeto de promover la investigación médica. También merece destacarse la fundación, en los años 30, de los Laboratorios del Mar Muerto, orientados a la investigación industrial. En 1924 le llegó el turno al Instituto de Tecnología de Israel, más conocido como Technion; y en 1925 a la Universidad Hebrea de Jerusalem. Casi una década más tarde, en 1934, echó a andar en Rehovot el Instituto Sieff, hoy conocido como Instituto Weizmann.

Tras el establecimiento del Estado de Israel vieron la luz otros cuatro centros de educación superior: la Universidad Bar-Ilán (1955), la Universidad de Tel Aviv (1956), la Universidad de Haifa (1963) y la Universidad Ben Gurión (1967). En 1948 las universidades entonces existentes apenas sumaban 1.600 estudiantes; en las que funcionan hoy en día estudian 125.000. A esta cifra hay que añadir los 100.000 que están inscritos en institutos terciarios.

No menos impresionante ha sido la promoción cultural. Atendamos, por ejemplo, al mundo de la música. La Filarmónica Palestina (rebautizada posteriormene como Filarmónica de Israel) dio su primer concierto, de la mano de Arturo Toscanini, en Tel Avivi en el año 1936. Desde entonces, Israel ha brindado a la música figuras descollantes como Itzjak Perlman, Shlomo Mintz, Pinjas Zuckerman o Daniel Barenboim. Hoy, el país cuenta con numerosas orquestas sinfónicas y de cámara, en ciudades como Jerusalem, Haifa, Holon, Ramat Gan, Beer Sheva, Netanya y Rishon Lezion. La Academia de Música Samuel Rubin (fundada en 1945) es otro ejemplo de la calidad artística que es usual hallar en Israel.

No son muchas las naciones que ponen en pie museos antes de alcanzar la independencia, y ciertamente la creación del Museo de Arte de Tel Aviv (1932) representa un hito cultural singular. En la actualidad hay cerca de 200 museos, de diverso tamaño, en la Tierra de Israel.

Por lo que hace al turismo, el crecimiento ha sido fenomenal: mientras que en 1950 fueron 33.000 los turistas que visitaron el país, para finales de los años 90 (antes de que la segunda intifada dañara apreciablemente al sector) los visitantes habían pasado a ser 2,5 millones, una cifra 76 veces superior a la primera. (Por cierto, en ese período la población judía de Israel se multiplicó por diez, de 600.000 a 5,5 millones de personas, aproximadamente).

Los logros económicos de Israel en estos 60 años han sido también extraordinarios, como queda de manifiesto en el hecho de que se cuente entre los 25 con más renta per cápita y entre los que mayores tasas de crecimiento económico presentan. Para cualquier nación, ello sería una proeza digna de elogio, pero para un Estado asediado desde su mismísimo nacimiento, que ha debido enfrentar el boicot económico de todo un bloque regional, que ha tenido que librar guerras y sacrificar preciosas vidas humanas (sólo durante la Guerra de la Independencia, librada en 1948, Israel perdió el 1% de su población) y que se ha visto obligado a destinar sumas astronómicas de su presupuesto a la defensa nacional (un 10% durante sus primeras dos décadas de existencia y un 25% a partir de 1967; el máximo se alcanzó durante la Guerra del Yom Kippur, en 1973: ¡un 45%!); para un país que ha tenido que absorber a más de 2,5 millones de inmigrantes en seis décadas (cuatro veces el número de pobladores judíos en el momento del establecimiento de la patria); para un país que después de cuatrocientos años de gobierno otomano se encontró una tierra desolada y una hostilidad vecinal manifiesta; para una nación, en fin, que se ha topado con semejantes desafíos, todo esto no es menos que un milagro.

El Estado de Israel mantiene relaciones diplomáticas con 162 naciones, sobre un total de 192 acreditadas ante la ONU. Varias de ellas son árabes. Aun así, el ideal de la paz sigue estando lejos de alcanzarse, y la existencia de Israel sigue poniéndose en cuestión.

En otro orden de cosas, la distribución de la riqueza nacional no es todo lo equitativa que debiera ser, y la gama de problemas sociales que aquejan al Estado no es despreciable. Israel, por supuesto, no es una tarea completada; la construcción continúa. Ahora bien, el balance de estas seis décadas es reconfortante.

Estamos hablando de una pequeña nación que comenzó su emprendimiento secando pantanos en el desierto a fines del siglo XIX y que ha ingresado en XXI con satélites propios en el espacio, así que algún crédito debemos reconocerle. Vayan, pues, las mejores salutaciones para Israel en éste su sexagésimo aniversario.

Originalmente publicado en la Revista de Amigos de la Universidad de Tel Aviv en Argentina

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Por Julián Schvindlerman

  

Mr. Bush en tierras ingratas – 16/01/08

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El arribo de George W. Bush a Tierra Santa acontece en un momento sensible. A casi diez años de su visita previa y la primera en su papel de Presidente de los Estados Unidos de América, los temas que preocupan a la administración norteamericana incluyen -pero trascienden- los contornos propios de la disyuntiva palestino-israelí. Con Israel como punto de partida de la gira regional, y las zonas autónomas palestinas la siguiente escala, es natural que la atención mediática se haya centrado en los asuntos del prolongado conflicto entre unos y otros. No obstante, el periplo oficialmente anunciado abarca también a Egipto, Kuwait, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. Irak no figura en el itinerario oficial pero se ha especulado a propósito de una visita sorpresa. En cualquier caso, la estabilidad de Bagdad sigue siendo una alta prioridad en la política mesoriental de la Casa Blanca.

Los éxitos más sonados de la política exterior de Estados Unidos en esta región durante el mandato del presidente Bush han sido la liberación (aún incompleta la estabilización) de Irak y de Afganistán, el repliegue sirio de El Líbano, y el abandono por parte de Libia de su programa de armas de destrucción masiva. Los eventos del 11 de septiembre del 2001, las guerras en Irak y en Afganistán, y el programa nuclear de Irán, han reorientado la atención norteamericana del meollo palestino-israelí hacia problemas más vitales de la zona y más significativos para el mundo. Los palestinos habían sido reducidos a su escala adecuada en la constelación árabe», escribió el académico Fouad Ajami, «es el crédito singular del Sr. Bush el haber sido el primer presidente estadounidense en reconocer que Palestina no era la preocupación central de los árabes, o la fuente principal de las dolencias políticas». A diferencia de Bill Clinton, cuya indulgencia hacia Yasser Arafat ha sido legendaria, George W. Bush anticipó que no visitaría la tumba del fallecido líder palestino durante su estadía en Ramallah, ni mucho menos rendiría tributo a su figura. Su entereza moral será largamente añorada cuándo él haya abandonado el sillón presidencial.

Para un líder tan sobrio en su pensamiento estratégico y tan bien dotado para distinguir lo históricamente esencial de lo políticamente efímero, la última iniciativa que él ha impulsado -Annapolis- luce como un traspié desafortunado. Ciertamente, la lógica que animó el relanzamiento del proceso de paz entre israelíes y palestinos se basó en una premisa sensata: la de cooptar a las naciones árabes sunitas moderadas y pro-occidentales, alejarlas de la mala influencia de la república chiíta iraní, y así aislarla a ésta y a sus secuaces en Damasco, El Líbano, y la Franja de Gaza. Pero eso fue antes de la publicación del Estimado de Inteligencia Nacional (NIE), en el cuál sectores de la comunidad de inteligencia norteamericana interfirieron en la política exterior de Washington de manera tan espectacular que probablemente hayan motivado un giro de 180 grados en la política hacia Teherán en la actual administración republicana. El informe adujo que Irán detuvo su programa nuclear en el año 2003. Una nota al pie aclaraba que esta aseveración aludía a la fase armamentista del proceso nuclear, pero que otros aspectos críticos -tales como el enriquecimiento de uranio- continuaban en marcha y que Irán podría a futuro, si así lo deseara, cruzar el umbral nuclear. El reporte fue redactado de manera tal que llevara a la conclusión (errónea) de que la república islámica había abandonado su programa nuclear. Ello puso en tela de juicio los esfuerzos diplomáticos de los años pasados y dañó mortalmente a las opciones militares futuras. El especialista israelí en asuntos estratégicos Gerlad Steinberg ha señalado que en las siguientes dos semanas a la publicación del NIE, China y Malasia firmaron contratos de desarrollo y suministro de energía a Irán, Rusia despachó dos envíos de energía para la planta atómica de Bushehr (acción que había detenido durante el año anterior alegando incumplimientos de pago por parte de los ayatollahs), Egipto se acercó a Irán con el objeto de normalizar las relaciones interrumpidas desde el asesinato de Anwar el-Sadat en 1981, Arabia Saudita recibió a Mahmoud Ahmadinejad en la Meca, y la Alianza Árabe del Golfo invitó al presidente iraní a uno de sus encuentros. Cabe destacar que esta «alianza» fue inicialmente creada con el propósito de contener las ambiciones iraníes.

Ahora, Annapolis pasó a ser una distracción de los temas más graves. Puestos militares, cruces fronterizos, la valla de seguridad y los asentamientos nuevamente pasaron a captar titulares…mientras Irán continúa avanzando en el sendero nuclear. La continuidad de ataques con cohetes kassam (y también katyusha) contra ciudades israelíes y los intentos de atentados terroristas aún en curso (como el caso reciente de la «parejita enamorada» que, tomada de sus manos, se acercó a un puesto militar israelí y repentinamente abrió fuego) son un buen recordatorio de cuán distante se halla aún el horizonte de la paz. Peor aún, los palestinos todavía deben dar una señal creíble de que desean la paz verdadera, y el reconocimiento público de Israel como un «estado judío» sería un buen punto de partida para el reaseguro. Los israelíes aún esperan -ya por décadas- ello. Frente a esto, Har Homa es decididamente secundario.

El incidente de esta semana en el que naves iraníes hostigaron a buques de la marina norteamericana en el Estrecho de Ormuz, quizás sirva de llamado de atención al presidente Bush respecto del lugar real donde se encuentran las amenazas a la paz y a la seguridad global. Por esta ruta marítima pasa a diario el 40% del comercio mundial de petróleo y el 90% de las exportaciones de crudo de los países del Golfo Pérsico. Además por allí circula gran parte del abastecimiento militar para los más de 40.000 soldados norteamericanos apostados en la zona. Garantizar la libre navegación en esas aguas ha sido un objetivo estratégico histórico para Washington, conforme ha explicado Walter Russell Mead del Council on Foreign Relations. De allí mantuvo Estados Unidos alejados a los soviéticos durante la Guerra Fría, y protegió a los reinados del petróleo de las ambiciones de Gamal Abdel Nasser y de los designios de Saddam Hussein. Hoy, Estados Unidos continúa velando por la seguridad del Golfo ante la amenaza que encarnan los ayatollahs iraníes. Es bueno que Bush haya incluido en su itinerario a los países del Golfo, en tanto reafirma la importancia geopolítica que Washington le da a la zona que Winston Churchill llamó «aquellos desiertos ingratos» y nos devuelve un sentido de la perspectiva y de la prioridad que por momentos luce confuso.

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Por Julián Schvindlerman

  

Maradona y Ahmadineyad – 07/01/08

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De Villa Fiorito a Teherán hay un largo camino, pero Diego Armando Maradona parece decidido a transitarlo. Dada su colorida peripecia ideológica, apenas sorprende que el palacio presidencial de la República Islámica de Irán pueda ser un próximo destino para este talentoso y polémico futbolista devenido semiactvista político.

El incidente ocurrió en fechas cercanas a la Navidad, luego de un partido de fútbol entre la Argentina y Brasil en el que Maradona fue presentado al encargado de negocios de Irán en Buenos Aires, quien invitó al astro del fútbol a visitar su país. Encantado, Maradona respondió: «Ya conocí a Chávez y a Fidel. Ahora sólo me falta conocer a su presidente. Quiero conocer a Ahmadineyad». Y agregó: «Estoy con los iraníes de todo corazón, de verdad lo digo. Lo digo porque lo siento: estoy con el pueblo de Irán».

Maradona no alcanza a comprender que su preocupación por el pueblo iraní lo debería llevar a condenar, y no a saludar, al régimen que lo somete, reprime y hostiga. La de los ayatolás es una de las dictaduras más prolongadas y más crueles de la contemporaneidad. Pero el Diego es un gran futbolista, no un gran pensador, y sus decisiones parecen obedecer más a la espontaneidad del sentimiento que a la frialdad de la razón.

Unos pocos días antes, Maradona había anunciado que pretendía tatuarse a Hugo Chávez, que así acompañará en su cuerpo a Fidel Castro y a Ernesto Che Guevara. Su romance con el líder bolivariano nació casi tres años atrás, en 2005, durante una visita del ex futbolista a Caracas. Al salir de una reunión con el mandatario de Venezuela en el Palacio de Miraflores, Maradona exclamó: «A mí me gustan las mujeres, pero salí enamorado de Chávez». Y agregó: «Me parece que Chávez le hace bien al mundo. Es un número 10… Es un gigante, un monstruo».

Ese mismo año Maradona participó en la Cumbre de los Pueblos que el kirchnerismo organizó extraoficialmente en Mar del Plata en repudio a Estados Unidos y a su presidente, a quien Maradona había tachado de «basura humana». Antes había viajado en el Tren del ALBA junto a Chávez, Evo Morales y el cineasta Emir Kusturica, quien asimismo estaba deseoso de realizar una película sobre el ex campeón de fútbol.

A mediados de este año Maradona viajó de nuevo a Venezuela, esta vez para inaugurar la Copa América. El estadio lo ovacionó.

Aparentemente, su interés por la política internacional afloró en Cuba, durante el período que pasó allí para tratar su adicción a las drogas (una sobredosis de cocaína casi lo mata en el año 2000). Pero su gusto por la vida global ya se había manifestado con anterioridad. En 1999 viajó a Trípoli invitado por la Federación Libia de Fútbol, presidida por Saadi Gadafi, multimillonario hijo del presidente libio y él mismo futbolista profesional. En el aeropuerto de Ezeiza, antes de partir, dio una conferencia de prensa en la que criticó a los Estados Unidos y elogió a Libia. Dos años más tarde, Maradona asistiría como invitado de honor a la boda de Saadi Gadafi.

En 1985 se trenzó en un curioso episodio que involucraba al entonces Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, Juan Pablo II. Luego de una visita al Vaticano, trascendió el malestar de Maradona con el Papa por un asunto relativo a los rosarios que éste le dio, algo que el icono del fútbol consideró una «falta total de respeto». Posteriormente, Maradona diría: «Estuve en el Vaticano y vi los techos de oro. Y después escucho al Papa diciendo que la Iglesia estaba preocupada por los pibes pobres. ¿Y? ¡Vende los techos, viejo! ¡Hacé algo!». Para entonces, conforme ha revelado el escritor británico Martin Amis, Maradona tenía unos ingresos anuales de 15 millones de dólares: 7 millones del Nápoles, 3 de la televisión italiana y 5 de Hitachi.

Muchos años después, Maradona lanzaría su propio programa televisivo: La Noche del 10. «Si Jesús tambaleó, ¿por qué no debería tambalear yo también?», preguntó conmovido a su millonaria audiencia. Nada pudo con el rating de aquel programa esa noche: ni un film de Harry Potter ni el show del famosísimo Marcelo Tinelli.

Diego Armando Maradona conmociona. Millones de fans lo adoran. En ciertos sectores, él forma opinión pública. Y ello explica probablemente por qué los iraníes lo quieren a su lado. Dieguito puede ser un valioso activo en una campaña de relaciones públicas.

Originalmente publicado en Comunidades