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Comunidades, Comunidades - 2008

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

El Rabino Católico – 30/04/08

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La última pascua cristiana estuvo acompañada por la polémica conversión al catolicismo por parte del reconocido periodista musulmán residente en Italia Magdi Allam. Ese hecho fue recibido con agrado en el Vaticano, ha irritado a muchos en el mundo islámico, y ha generado sorpresa incluso entre los usualmente desinteresados de los asuntos interconfesionales.

Quizás resulte instructivo señalar que los judíos tenemos nuestro propio precedente controvertido en el campo de las conversiones voluntarias al catolicismo en la modernidad. El hecho también ocurrió en Italia, unas décadas atrás, y despertó gran sorpresa e indignación entre las comunidades judías de ese país y del mundo entero en esa época. No era para menos, a la luz de que el nuevo seguidor de San Pedro era por aquél entonces el Gran Rabino de Italia, Israel Zolli.

El 13 de febrero de 1945, él y su esposa fueron bautizados en una pequeña capilla cercana a la Iglesia de Santa María degli Angeli, y su hija se les sumaría unos meses más tarde. Hasta apenas 24hs antes, había estado oficiado como rabino. Según voceros vaticanos, la conversión nació en un espíritu de gratitud al Papa Pío XII, quién había ayudado al rabino y a su familia a ocultarse de los nazis. Aparentemente, Zolli había jurado que si sobreviviría al Holocausto, se convertiría. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial lo hizo bajo el nuevo nombre de Eugenio María», en honor a Eugenio Pacelli ó Pío XII. Además publicó un libro sobre el antisemitismo que incluye un capítulo de defensa de las gestiones vaticanas a favor de los judíos de Roma durante la ocupación nazi de la ciudad. Éste fue publicado por Anonimas Veritas Editrice, una editorial católica de Roma. En su libro El Papa de Hitler, el autor John Cornwell define a Zolli como «el más ardiente defensor judío de Pacelli en años posteriores». Voceros judíos de la época atribuyeron la conversión a una disputa feroz entablada entre la comunidad judeo-italiana y Zolli. Cuando los alemanes invadieron Roma, el rabino y su familia hallaron refugio en las casas de unas familias católicas, primero, y presuntamente en el propio Vaticano, después. Sobre este punto hay discrepancias en las fuentes consultadas, pero en todo caso resulta claro que Zolli pasó en algún escondite el período de la ocupación nazi de Roma, para resurgir en junio de 1944 una vez que éstos se habían marchado. Él quería recuperar su trabajo pero los judíos de Roma consideraban que él había abandonado a su comunidad y se opusieron. Eventualmente lo obtuvo por decisión del coronel Charles Poletti, el gobernador militar de Roma designado por los norteamericanos. Confrontaciones entre el rabino y los judíos romanos se sucedieron hasta que, finalmente, en enero de 1945 Zolli renunció al puesto. Tres semanas después abandonaría el judaísmo.

La versión del propio Zolli fue que su motivación había sido puramente espiritual. En una entrevista concedida en 1950 al periódico israelí Maariv, él elaboró acerca de las razones de su conversión vinculándolas al «conocimiento del catolicismo y mi amor por Cristo y por los Evangelios». En un libro autobiográfico de 1954 titulado Antes del Amanecer, publicado por una editorial católica de Nueva York, y supuestamente incentivado a la idea de escribir sobre las circunstancias de su conversión por Giovanni Cicognani, entonces delegado apostólico en Washington y luego Secretario de Estado en el Vaticano, el rabino converso afirmó que sus primeras meditaciones sobre Jesús comenzaron a los doce años en Austria, para concluir en una visión trascendental que experimentó cuarenta años después en Italia, durante el Iom Kipur de 1944. El escritor Sam Waagenaar detalla en su libro Los Judíos del Papa la existencia de precedentes del interés académico que Zolli manifestó a lo largo de su vida por un «puente religioso» entre los dos credos. Luego de finalizar sus estudios rabínicos, y mientras oficiaba como rabino en Trieste, Zolli enseñó sobre la «Teología del Viejo y Nuevo Testamento» en la Universidad de Padua. En 1935 escribió una tesis titulada «La Sagrada Alianza entre la literatura del Viejo y Nuevo Testamento», y en 1938 publicó un libro titulado «El Nazareno» que trataba acerca de la vida de Jesús como judío. Una vez bautizado, Zolli enseñó literatura hebrea y bíblica en el Instituto Pontifico Bíblico de Roma.

La comunidad judía italiana endilgó a Zolli haber «perpetrado el acto más deplorable del que un hombre puede moral y religiosamente ser culpado; y la responsabilidad del profesor Zolli es muy seria porque, con su cultura y talento poco común y competencia específica en conocimiento semita y en el estudio de la religión comparada, él más que ningún otro podía medir la gravedad de la impropiedad que él concientemente ha cometido». Robert Weisbord y Wallace Sillanpoa, autores de El Gran Rabino, el Papa, y el Holocausto, lo han definido como «el más grande meshummad (apóstata voluntario) rabínico en la historia moderna». La restricción temporal es correcta, puesto que a lo largo de los siglos algunos judíos, incluso rabinos, muy excepcionalmente se han convertido libremente al catolicismo. Pero el caso Zolli fue especialmente shockeante por haber ocurrido inmediatamente después de la Shoah y por tratarse del líder espiritual de una de las comunidades judías más antiguas de Europa.

Eugenio María Zolli murió en 1956 a los 75 años de edad. Al consumar su conversión, este curioso rabino ha legado uno de los episodios más extraños de la historia de las relaciones entre católicos y judíos. Para los primeros, ello representó el cenit del proselitismo religioso; para los segundos, ello significó una escandalosa traición. Pasó a la historia como un incidente singularmente misterioso.

Comunidades, Comunidades - 2008

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

La iglesia y la Inquisición – 16/04/08

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Una reciente gira de conferencias por Latinoamérica y el Caribe me regaló una parada de distensión en Cartagena de Indias. Esta bella ciudad colombiana contiene uno de los cascos antiguos más magníficos que he visitado. Arribar al mismo al anochecer, en el instante perfecto en que la luz del día se desvanece y comienzan a iluminarse sus largas calles empedradas y sus amplias casonas coloniales, es vislumbrar una experiencia singular. Cartagena ofrece desde un Museo del Oro hasta un Hard Rock Café, desde antiguos claustros remodelados en sofisticados hoteles hasta una universidad, desde plazas coloniales tupidas de palmeras y bailarines locales, hasta restaurantes típicos y locales de moda; todo ello integrado en una atmósfera de turismo intrigante y relajante a la vez.

Cuesta creer que esta hermosa ciudad haya sido asiento, cinco siglos atrás, de una de las instituciones más nefastas de la historia de la humanidad: la así llamada Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición, fundada en 1542 por Pablo III para defender a la Iglesia de las herejías. En el año 1610 fue instaurada la Inquisición en Cartagena de Indias. Junto con Lima y México, fue una ciudad del continente americano usada por la Iglesia Católica como base para juzgar delitos contra la fe cristiana. Su jurisdicción abarcaba el Nuevo Reino de Granada y Venezuela hasta Nicaragua, Panamá, Santo Domingo y las Islas de Barlovento. Ella permaneció allí hasta 1811 cuando los independentistas expulsaron a los inquisidores temporalmente, para erradicarlos definitivamente en 1821.

Entrar al Palacio de la Inquisición es adentrarse al oscurantismo medieval más aterrador. Las primeras salas están dedicadas a las brujas. Se informa que las mujeres delgadas eran sospechosas naturales de la brujería pues se requería un cuerpo liviano para volar. Un método de detección de brujas consistía en ponderar las proporciones del cuerpo con el peso de la sospechosa y si éstos no cuajaban con lo estipulado por los inquisidores, ésta caía en desgracia. Otro método surgía de derramar un líquido altamente irritante para los ojos, en caso de que la desdichada no lagrimeara, los inquisidores concluían en su culpabilidad dado que era atribuido al demonio la incapacidad de llorar, una característica que las brujas compartían. La siguiente sala exhibe los horribles mecanismos de tortura empleados por los inquisidores contra todos los herejes». Se trata de métodos inconcebibles a la razón. Atravesar estos cuartos conlleva un aplastamiento del ánimo que tomará horas recuperar. El «aplastacabezas», tal como sugiere su nombre, era una herramienta que permitía triturar el cerebro del hereje hasta que éste se le saliera por los ojos. Una mesa con cuerdas permitía atar las extremidades de los acusados y estirarlas hasta el desprendimiento brutal. Una silla a la que era sujetada la víctima tenía un cilindro de hierro que, a medida que el verdugo hacía girar una manija, avanzaba contra el cuello de ésta provocando asfixia primero y el destrozo de la columna vertebral después. Estos y otros métodos eran usados para extraer confesiones y llegar a la «verdad». La decapitación por hacha y el «fuego purificador» de la hoguera actuaban finalmente como castigos de ejecución una vez obtenida la «confesión».

En 1908, el Papa San Pío X modificó el nombre de la Inquisición por el de Sagrada Congregación del Santo Oficio. En 1965, Pablo VI la rebautizó bajo el nombre de Congregación para la Doctrina de la Fe, su nombre actual. Su prefecto por casi un cuarto de siglo fue el cardinal Joseph Ratzinger (1981-2005) hasta que fue proclamado Papa bajo el nombre de Benedicto XVI. Al visitar Brasil en mayo del 2007, en su discurso inaugural de la V Asamblea de la Conferencia Episcopal Latinoamericana, Ratzinger afirmó que «el anuncio de Jesús y de su evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas ni fue una imposición de una cultura extraña…Cristo era el salvador que anhelaban [los indígenas de América] silenciosamente». Su reafirmación del poder salvador de la Inquisición fue ampliamente considerado reaccionario y a contramarcha del nuevo espíritu componedor que desde el Concilio Vaticano II abrazó Roma. Ello es cierto, pero es menester recordar algunas cosas que aún Juan Pablo II -posiblemente el pontífice más dialoguista y sensible en la historia Papal- ha dicho al respecto.

En su carta apostólica Tertio millenio adveniente de 1994 escribió: «Así, es justo que (…) la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de sus hijos, recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo». (Énfasis en el original). Sin embargo, en un mensaje pronunciado al publicarse las Actas del Congreso sobre la Inquisición (octubre de 1998), Juan Pablo II observó: «En la opinión pública la imagen de la Inquisición representa casi el símbolo de ese antitestimonio y escándalo. ¿En que medida esa imagen es fiel a la realidad? Antes de pedir perdón, es necesario tener conocimiento exacto de los hechos y situar las faltas con respecto a las exigencias evangélicas allí donde se encuentran efectivamente». El pedido de perdón emitido el 12 de marzo de 2000 en ocasión de la celebración litúrgica que marcó la Jornada del Perdón, decía: «Señor, Dios de todos los hombres, en algunas épocas de la historia los cristianos a veces han transigido con métodos de intolerancia y no han seguido el gran mandamiento del amor, desfigurando así el rostro de la Iglesia, tu Esposa. Ten misericordia de tus hijos pecadores…». Léase bien: el arrepentimiento comprende no a la Iglesia como institución, sino a sus «hijos pecadores» los que «a veces» y en «algunas épocas» han transigido.

En lo referido a los actos perpetrados por la Iglesia durante su Inquisición y sus famosos pedidos de perdón, resta un largo camino por recorrer todavía. Con sus imperfecciones, bajo el pontificado de Juan Pablo II el camino había al menos comenzado. A juzgar por sus declaraciones, no queda claro si Benedicto XVI tiene intenciones de continuarlo.

Comunidades, Comunidades - 2008

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Una carpa en Jerusalem – 26/03/08

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Imaginemos por un instante una carpa erigida en Buenos Aires en 1994 en honor del terrorista suicida que se inmoló al volar la AMIA y a 85 personas, adornada con fotografías del mártir» y banderas del Hizbullah. O concibamos una carpa similar, en una casa ubicada en las inmediaciones del World Trade Center, clavada en el corazón de Manhattan luego del 11 de septiembre de 2001, para rendir tributo a los kamikazes de Al-Qaeda que estrellaron dos aviones repletos de civiles contra las torres gemelas. ¿Podemos anticipar la reacción social y política ante semejante ultraje? Pues bien, en el Estado de Israel esto ha ocurrido, y la respuesta de parte de la ciudadanía y de las autoridades ha sido tan alucinante como para relegar a segundo plano la ofensa inicial.

El jueves 6 de marzo, Alaa Abu D´heim ingresó a la yeshiva Mercaz Harav armado con una ametralladora y acribilló a sangre fría a ocho adolescentes antes de ser abatido. La sociedad no había siquiera comenzado a asimilar la magnitud de la tragedia, cuando sus familiares en la parte árabe de Jerusalém montaron una carpa para recibir las condolencias y la cubrieron con retratos del jahid y con banderas palestinas así como del Hamas y del Hizbullah; dos agrupaciones que llaman abiertamente a la destrucción de Israel. Así, con una carpa abierta al público y a la vista del mundo entero, fue honrado impunemente un asesino de judíos en la capital de Israel. Hubo protestas, naturalmente, pero lo que merece atención aquí es la reacción opuesta, la de indecisión oficial y de empatía popular. El Ministro de Seguridad Pública Avi Dichter explicó que, legalmente, nada prevenía a los deudos árabes montar la carpa del duelo al terrorista, razón por la cuál no podía ella ser desmontada. «No tenemos la autoridad legal para cerrarla» indicó. Pero como sí existe una ley que prohíbe la manifestación de simpatía con organizaciones terroristas, entonces había elementos para pedir a los deudos que remuevan las banderas del Hamas y del Hizbullah que agraciaban la escena. El Primer Ministro se reunió con oficiales para debatir el asunto. El Instituto Nacional del Seguro dijo que no cubriría los gastos del funeral del terrorista pero que esa decisión debía ser sometida a los expertos «para ver si puede ser justificada legalmente». A nivel popular, se registraron situaciones no menos delirantes. «Necesitamos comenzar a pensar en un compromiso y en como aceptar al otro y al diferente, incluso si no apreciamos sus costumbres» declaró ante la prensa un padre israelí que había perdido a un hijo en un atentado terrorista antaño. El parlamentario Dov Khenin tildó de «castigo colectivo» a un posible desmantelamiento de la carpa. La activista de la izquierda radical Tali Fahima fue al lugar a dar el pésame a la familia D´heim. Para cuando había transcurrido casi una semana de la masacre, el Ministro de Defensa Ehud Barak dio la orden de demoler la casa del terrorista.

Durante aquellos primeros días posteriores al ataque, mientras Israel ponderaba el detalle jurídico y evaluaba con minuciosidad científica la diferencia entre lo legalmente permisible y lo no permisible, concluyendo que flamear las banderas de agrupaciones terroristas era indebido, más no así el rendir tributo a un asesino de israelíes en plena capital de la nación, las autoridades jordanas -sin tantas tribulaciones- ordenaron sin más la prohibición de erigir una carpa idéntica a la de Jerusalém, que estaba siendo montada por otros parientes de Abu D´heim en Ammán. Poco tiempo antes, el gobierno kuwaití había decidido deportar a los ciudadanos que habían participado de una manifestación en conmemoración del terrorista Imad Mughniyeh, asesinado en febrero en Damasco. Al traer estos ejemplos no se está sugiriendo que Israel adopte los patrones de comportamiento político de otros países de la región, tan solo se está notando la ironía de que hayan sido dos naciones árabes las que han evidenciado mayor firmeza ante la apología del terrorismo anti-israelí que el propio estado judío.

Ciertamente, Israel es una democracia. Pero es una democracia en tiempos de guerra. Y no es mostrando sensibilidad y tolerancia como se derrota a un enemigo; el fin último en las contiendas. La adhesión a la Ley es un imperativo social, pero ella debe dar espacio para la acción en casos de ofensa a la conciencia pública como claramente lo es un atentado terrorista y su posterior glorificación. Si con estas actitudes los israelíes buscan agradar ante el mundo, pueden olvidarse de ello. El mismo día del atentado en Mercaz Harav, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ginebra adoptó una resolución de condena contra Israel por la escalada de violencia en Gaza. El texto de la resolución no hacía mención alguna a la masacre de Jerusalém. Treinta y tres países votaron a favor y sólo uno, Canadá, en contra. Dieciséis naciones occidentales se abstuvieron, a excepción de Suiza que -abandonando su tradicional neutralidad- votó a favor. En Nueva York, el Consejo de Seguridad no pudo reunir los votos necesarios para condenar el ataque en Jerusalén, luego de que Libia objetara el texto de la resolución. Y en cuanto a los palestinos, ellos estaban demasiado ocupados celebrando la atrocidad como para tomar nota de la consideración israelí hacia los familiares del asesino. Miles salieron a festejar a las calles de Gaza, a rezar plegarias de agradecimiento a las mezquitas, a repartir caramelos y a disparar sus rifles de la «liberación» hacia el cielo infinito.

Una periodista israelí advirtió que el mismo día del baño de sangre en Jerusalém, otro árabe murió en el país en circunstancias diferentes. Se trató de un joven beduino de 28 años, enlistado voluntariamente en el ejército israelí, que murió al pisar una mina en la frontera con Gaza. Temiendo represalias por parte de los palestinos o la propia comunidad árabe de Israel, su familia decidió no divulgar su nombre y evitar el funeral militar con honores. La paradoja trágica del caso es evidente: un árabe-israelí que dio su vida por su patria debió ser sepultado en secreto bajo el hálito de la vergüenza, mientras que otro árabe-israelí que masacró a civiles indefensos fue despedido con orgullo. Esto es todo un comentario relativo al sentimiento reinante en la comunidad árabe-israelí, sentimiento que el gobierno nacional ha contribuido poco en modificar con el ejemplo de su desubicada delicadeza hacia la carpa de la infamia.

Libertad Digital, Libertad Digital - 2008

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Por Julián Schvindlerman

  

Una carpa en Jerusalem – 17/03/08

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Imaginemos por un instante que en la Buenos Aires de 1994 se erige una carpa, con banderas de Hezbolá, en honor del terrorista suicida que voló la AMIA y mató a 85 personas ese mismo año. O que en la Nueva York de 2001 y en el Madrid de 2004 se hiciera lo mismo para homenajear a los que atentaron contra el World Trade Center y la estación de Atocha, respectivamente. ¿Podemos anticipar la reacción social y política ante semejante ultraje? Pues bien, en Israel ha ocurrido precisamente eso, y la respuesta de parte de la ciudadanía y de las autoridades ha sido tan alucinante como para que la ofensa inicial haya quedado en segundo plano.

El pasado día 6 Alá Abú Dheim ingresó en la yeshivá Mercaz Harav armado con una ametralladora y acribilló a sangre fría a ocho adolescentes, antes de ser abatido. La sociedad no había siquiera comenzado a asimilar la magnitud de la tragedia cuando los familiares del terrorista montaron una carpa en la parte árabe de Jerusalem para recibir las condolencias; una carpa que cubrieron con retratos del sahid y con banderas tanto palestinas como de Hamás y de Hezbolá, dos agrupaciones que llaman abiertamente a la destrucción de Israel.

Así, con una carpa abierta al público y a la vista del mundo entero, fue honrado impunemente un asesino de judíos en la capital de Israel. Hubo protestas, naturalmente, pero lo que llama la atención es la indecisión oficial y la empatía de parte de la sociedad. El ministro de Seguridad Pública, Avi Dichter, explicó que, legalmente, nada impedía a los deudos del terrorista montar una carpa de duelo, por lo que ésta no podía ser desmontada. «No tenemos la autoridad legal para cerrarla», indicó. Pero como sí existe una ley que prohíbe la manifestación de simpatías para con organizaciones terroristas, entonces había elementos para pedir a los deudos que retiraran las banderas de Hamás y de Hezbolá que agraciaban la escena.

El primer ministro, Ehud Olmert, mantuvo reuniones con otros altos cargos para debatir el asunto, y el Instituto Nacional del Seguro anunció que no cubriría los gastos del funeral, pero apuntó que tal decisión debía ser sometida al criterio de los expertos, «para ver si [podía] ser justificada legalmente».

No acabaron ahí las situaciones delirantes. «Necesitamos comenzar a pensar en un compromiso, y en cómo aceptar al otro y al diferente, incluso si no apreciamos sus costumbres», declaró a la prensa un padre israelí que había perdido a un hijo en un atentado, mientras que el parlamentario Dov Khenin aseguró que el desmantelamiento de la carpa sería un «castigo colectivo» y la ultraizquierdista Tali Fahima se allegó hasta la misma para dar el pésame a la familia Dheim…

Cuando ya había transcurrido casi una semana de la matanza, el ministro de Defensa, Ehud Barak, dio la orden de demoler la casa del terrorista.

Durante aquellos primeros días posteriores al ataque, mientras Israel ponderaba el detalle jurídico y evaluaba con minuciosidad científica la diferencia entre lo que era y no era legalmente permisible, para concluir que el hacer flamear banderas de agrupaciones terroristas era algo indebido pero no el rendir tributo a un asesino de israelíes en plena capital de la nación, las autoridades jordanas prohibieron sin más a unos familiares de Abú Dheim levantar en Ammán una carpa idéntica a la de Jerusalem. Poco tiempo antes, el Gobierno kuwaití había decidido deportar a unos individuos que habían participado en una manifestación conmemorativa del terrorista Imad Mughniyeh, asesinado en Damasco el pasado febrero.

Al traer estos ejemplos a colación no estoy sugiriendo que Israel adopte los patrones de comportamiento político de otros países de la región; sólo estoy notando la ironía de que dos naciones árabes han evidenciado una mayor firmeza ante la apología del terrorismo anti-israelí que el propio Estado judío.

Ciertamente, Israel es una democracia. Pero es una democracia en tiempos de guerra. Y no es mostrando sensibilidad y tolerancia como se derrota a un enemigo, que es de lo que se trata cuando se libra una guerra. La adhesión a la ley es un imperativo social; pero la ley debe dejar espacio para la acción en casos tan flagrantes de ofensa a la conciencia pública como la comisión de un acto terrorista y la posterior glorificación del autor.

Si con estas actitudes los israelíes buscan agradar al mundo, pueden olvidarse de ello. El mismo día del atentado contra la yeshivá Mercaz Harav, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas adoptó una resolución de condena contra Israel por la escalada de violencia en Gaza. El texto de la resolución no hacía mención alguna a la matanza de Jerusalem. Treinta y tres países votaron a favor, y sólo uno, Canadá, en contra. Dieciséis naciones occidentales se abstuvieron, a excepción de Suiza, que, abandonando su tradicional neutralidad, votó a favor. En Nueva York, el Consejo de Seguridad no pudo reunir los votos necesarios para condenar el ataque de Jerusalén, luego de que Libia pusiera objeciones al texto de la resolución.

En cuanto a los palestinos, estaban demasiado ocupados celebrando la atrocidad como para tomar nota de la consideración israelí hacia los familiares del asesino. Miles de ellos salieron a las calles de Gaza a festejar, repartir caramelos y disparar sus rifles liberadores, o bien acudieron a la mezquitas para efectuar plegarias de agradecimiento.

Una periodista israelí advirtió de que, el mismo día del baño de sangre en Jerusalén, otro árabe murió en Israel, pero en circunstancias completamente diferentes. Se trataba de un joven beduino de 28 años, alistado voluntariamente en el Ejército israelí, que murió al pisar una mina en la frontera con Gaza. Temiendo represalias por parte de los palestinos o de la propia comunidad árabe de Israel, su familia decidió no divulgar su nombre y evitar el funeral militar con honores.

La paradoja trágica del caso es evidente: un árabe-israelí que dio su vida por su patria debió ser sepultado en secreto, bajo el hálito de la vergüenza, mientras que otro árabe-israelí que masacró a civiles indefensos fue despedido con orgullo. Esto dice mucho del sentimiento reinante en la comunidad árabe-israelí, sentimiento que el Gobierno nacional apenas ha contribuido a modificar con su desubicada delicadeza para con la carpa de la infamia.

El Heraldo (Colombia)

El Heraldo (Colombia)

Por Julián Schvindlerman

  

Colombia como «El Israel de la región» – 15/03/08

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La reciente operación militar colombiana contra las Farc en Ecuador, la incursión militar turca contra el PKK en Irak, el avance israelí contra posiciones de Hamas en Gaza, y la un poco más lejana intervención norteamericana contra Al-Qaeda y los talibanes en Afganistán, han sido todas ellas instancias de autodefensa nacional ante provocaciones terroristas surgidas de territorio hostil.

En todos estos casos, los terroristas actúan desde bases de operaciones en zonas-refugio provistas por estados o entidades cuya soberanía nacional es vulnerada al momento de la represalia. Invariablemente, la familia de las naciones tiende a protestar ante las respuestas defensivas de las democracias a la par que ignora las agresiones originales motivadoras de esas respuestas en primer lugar.

Pero es importante tener presente que no hay principio o Ley internacional alguna que obligue a una nación a esperar temerosa la siguiente atrocidad que está siendo planeada en el santuario de una entidad vecina, conforme ha explicado el profesor William O’Brien de la Universidad de Georgetown unos quince años atrás en su libro Law and Morality in Israel’s War with the PLO; un concepto aplicable a todas las instancias arriba mencionadas.

Parte del problema yace en una pobre comprensión de las realidades de lo que luchar contra terroristas implica, así como en un desubicado romanticismo referido a la naturaleza y propósito de las agrupaciones insurgentes. Un cable de la Associated Press describió a las Farc como unos “rebeldes que han estado luchando por más de cuatro décadas por una más justa distribución de la riqueza en Colombia” y decía que el tráfico de drogas y la toma de rehenes “no han ayudado a su reputación”.

Esta verdadera gema de maquillaje periodístico apenas es atípica, y similares y repetidas caracterizaciones acerca de los movimientos terroristas que dan combate a las democracias en distintas partes del globo han ido gradual pero certeramente minando el entendimiento público a propósito del fenómeno del terrorismo y de las vicisitudes de la guerra contra el mismo. Casi todos los países latinoamericanos —para su propia vergüenza— han condenado a Colombia y así dificultado su campaña contra las Farc, agrupación que, a su vez, todavía no han podido definir de ‘terrorista’.

Cuando Hugo Chávez, en su infinita vocación para la provocación, afirmó “no vamos a aceptar por nada del mundo que Colombia se convierta en el Israel de esta tierra”, inadvertidamente nos brindó un alerta relativo al presente geopolítico latinoamericano. “En tal sentido”, observó Shimon Samuels del Centro Wiesenthal, “si siguiéramos la lógica del presidente de Venezuela, queda claro que si Colombia sería ‘el Israel de la región’, Chávez toma partido por el terrorismo”. Efectivamente, si Colombia es Israel, entonces las Farc son Hamas, Ecuador es Gaza y Venezuela es Irán. No vamos a forzar demasiado la analogía, tan solo esperemos que Brasilia, Santiago y Buenos Aires, entre otros, tomen nota del daño que hacen al centrar su atención en las medidas defensivas de Bogotá en lugar de condenar categóricamente a las actividades criminales y terroristas de las Farc y sus patrones.

Colombia bien podría hallar consuelo en los dilemas de Israel y la absoluta indiferencia internacional ante los mismos. Israel abandonó la Franja de Gaza con la esperanza de que el fin de la llamada ocupación pondría fin a la violencia palestina. Eso no pasó. De hecho, la violencia se acentuó. Solamente durante el 2007, más de tres mil cohetes fueron disparados desde Gaza contra Israel. Según datos presentados por el embajador Dore Gold del Jerusalem Center for Public Affairs, desde la desconexión de Gaza en 2005, los ataques con cohetes contra poblados israelíes crecieron más del 500%. Antes de 2006, el número de ataques con cohetes rara vez llegaba a los cincuenta al mes. Para comienzos de 2008, la capacidad palestina de lanzar cohetes llegó a cincuenta por día.

Hamas comenzó lanzando cohetes Qassam que tienen un alcance de 10km, lo que atormentó las vidas de los 20.000 residentes de Sderot. Ahora los palestinos han usado el cohete Grad (de fabricación iraní) con alcance de 15 km, y así llegaron hasta la ciudad de Ashkelon con 160.000 habitantes. Si los palestinos logran contrabandear los cohetes iraníes Fajr, con alcance de 45km, la reocupación de Gaza será posiblemente inevitable. (En rigor, esto debió haber ocurrido luego del aterrizaje en Sderot del primer Qassam palestino).

Para evitar el retorno israelí a Gaza o las actuales incursiones temporales en la franja, todo lo que debe hacer Hamas es desistir del lanzamiento de más cohetes. Sin ataques, no hay represalias. A pesar de la simpleza aritmética de la ecuación estratégica, es Jerusalén —no Gaza— la receptora de la indignación global.

En momentos en que los israelíes le dan la agria bienvenida a los colombianos al club de los incomprendidos, no nos queda sino esperar que, si no por principio de justicia moral al menos motivados por el pragmatismo, las naciones del mundo libre se desharán de las ilusiones que albergan sobre el terrorismo. Después de todo, nadie necesita uranio para alcanzar la igualdad social.

Originalmente publicado en Comunidades

Comunidades, Comunidades - 2008

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Colombia como el Israel de la region – 12/03/08

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La reciente operación militar colombiana contra las FARC en Ecuador, la incursión militar turca contra el PKK en Irak, el avance israelí contra posiciones de Hamas en Gaza, y la un poco más lejana intervención norteamericana contra Al-Qaeda y los talibanes en Afganistán, han sido todas ellas instancias de autodefensa nacional ante provocaciones terroristas surgidas de territorio hostil. En todos estos casos, los terroristas actúan desde bases de operaciones en zonas-refugio provistas por estados o entidades cuya soberanía nacional es vulnerada al momento de la represalia. Invariablemente, la familia de las naciones tiende a protestar ante las respuestas defensivas de las democracias a la par que ignora las agresiones originales motivadoras de esas respuestas en primer lugar. Pero es importante tener presente que no hay principio o ley internacional alguna que obligue a una nación a esperar temerosa la siguiente atrocidad que está siendo planeada en el santuario de una entidad vecina, conforme ha explicado el profesor William O´Brien de la Universidad de Georgetown unos quince años atrás en su libro Law and Morality in Israel´s War with the PLO; un concepto aplicable a todas las instancias arriba mencionadas.

Parte del problema yace en una pobre comprensión de las realidades de lo que luchar contra terroristas implica, así como en un desubicado romanticismo referido a la naturaleza y propósito de las agrupaciones insurgentes. Un cable de la Associated Press describió a las FARC como unos rebeldes que han estado luchando por más de cuatro décadas por una más justa distribución de la riqueza en Colombia» y decía que el tráfico de drogas y la toma de rehenes «no han ayudado a su reputación». Esta verdadera gema de maquillaje periodístico apenas es atípica, y similares y repetidas caracterizaciones acerca de los movimientos terroristas que dan combate a las democracias en distintas partes del globo han ido gradual pero certeramente minando el entendimiento público a propósito del fenómeno del terrorismo y de las vicisitudes de la guerra contra el mismo. Casi todos los países latinoamericanos -para su propia vergüenza- han condenado a Colombia y así dificultado su campaña contra las FARC, agrupación que, a su vez, todavía no han podido definir de «terrorista». Cuando Hugo Chávez, en su infinita vocación para la provocación, afirmó «no vamos a aceptar por nada del mundo que Colombia se convierta en el Israel de esta tierra», inadvertidamente nos brindó un alerta relativo al presente geopolítico latinoamericano. «En tal sentido», observó Shimon Samuels del Centro Wiesenthal, «si siguiéramos la lógica del presidente de Venezuela, queda claro que si Colombia sería ´el Israel de la región´, Chávez toma partido por el terrorismo». Efectivamente, si Colombia es Israel, entonces las FARC son Hamas, Ecuador es Gaza y Venezuela es Irán. No vamos a forzar demasiado la analogía, tan solo esperemos que Brasilia, Santiago y Buenos Aires entre otros, tomen nota del daño que hacen al centrar su atención en las medidas defensivas de Bogotá en lugar de condenar categóricamente a las actividades criminales y terroristas de las FARC y sus patrones.

Colombia bien podría hallar consuelo en los dilemas de Israel y la absoluta indiferencia internacional ante los mismos. Israel abandonó la Franja de Gaza con la esperanza de que el fin de la llamada ocupación pondría fin a la violencia palestina. Eso no pasó. De hecho, la violencia se acentuó. Solamente durante el 2007, más de tres mil cohetes fueron disparados desde Gaza contra Israel. Según datos presentados por el embajador Dore Gold del Jerusalem Center for Public Affairs, desde la desconexión de Gaza en 2005, los ataques con cohetes contra poblados israelíes creció más del 500%. Antes de 2006, el número de ataques con cohetes rara vez llegaba a los cincuenta al mes. Para comienzos de 2008, la capacidad palestina de lanzar cohetes llegó a cincuenta por día. Hamas comenzó lanzando cohetes Qassam que tienen un alcance de 10km, lo que atormentó las vidas de los 20.000 residentes de Sderot. Ahora los palestinos han usado el cohete Grad (de fabricación iraní) con alcance de 15 km, y así llegaron hasta la ciudad de Ashkelon con 160.000 habitantes. Si los palestinos logran contrabandear los cohetes iraníes Fajr, con alcance de 45km, la reocupación de Gaza será posiblemente inevitable. (En rigor, esto debió haber ocurrido luego del aterrizaje en Sderot del primer Qassam palestino). Para evitar el retorno israelí a Gaza o las actuales incursiones temporales en la franja, todo lo que debe hacer Hamas es desistir del lanzamiento de más cohetes. Sin ataques, no hay represalias. A pesar de la simpleza aritmética de la ecuación estratégica, es Jerusalén -no Gaza- la receptora de la indignación global.

En momentos en que los israelíes le dan la agria bienvenida a los colombianos al club de los incomprendidos, no nos queda sino esperar que, si no por principio de justicia moral al menos motivados por el pragmatismo, las naciones del mundo libre se desharán de las ilusiones que albergan sobre el terrorismo. Después de todo, nadie necesita uranio para alcanzar la igualdad social.

Libertad Digital, Libertad Digital - 2008

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Por Julián Schvindlerman

  

Y el mundo callaba… – 03/03/08

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La retórica anti-israelí del régimen de los ayatolás ya era extrema, pero desde el asesinato de su paladín-terrorista Imad Mughniyeh no ha hecho sino empeorar. Así, el jefe de la Guardia Revolucionaria, Muhamad Alí Safari, ha afirmado que «el tumor cancerígeno Israel desaparecerá pronto» por obra y gracia de la «radiación de los luchadores de Hezbola» (nótese la alusión a lo nuclear).

Mahmud Ahmadinejad ha calificado al Estado hebreo de «sucio microbio» y de «animal salvaje», mientras que el presidente del Parlamento iraní, Gholan Reza Haddad, ha proclamado que el futuro de la «entidad sionista» será «peor que su presente». Por su parte, el jefe de las Fuerzas Armadas, general Hassán Firuzabadi, ha llamado a la «destrucción completa del régimen sionista» y a la «liberación de toda la tierra de Palestina». Asimismo, el líder de Hezbolá, Hassán Nasrala, ha advertido de que «la sangre de Mughniyeh anuncia el fin de Israel», y sus hermanos en armas de Hamás han instado al mundo musulmán a «levantarse» para «hacer frente al demonio sionista». En cuanto al jefe de Al Qaeda en Irak, Abú Omar al Bagdadi, ha ofrecido el territorio iraquí como «plataforma de lanzamiento» para la toma de Jerusalén.

Por el momento, Teherán ha optado por responder al asesinato de su máximo jefe terrorista con una retórica feroz, no con la violencia física. Por el momento, claro. No debiera haber lugar para la indulgencia: el lenguaje que manejan los terroristas es el del terror, y Nasrala ha proclamado la «guerra abierta» contra Israel. Como si no estuviera en ello desde hace tanto tiempo. Como si jamás hubiera disparado cohetes Katyusha contra el norte del Estado judío, secuestrado soldados de las IDF, atacado objetivos judíos e israelíes en la República Argentina…

Sea como fuere, las prioridades del liderazgo de Hezbolá están claras. Para empezar, necesita reforzar el ánimo de sus luchadores tras la pérdida de su querido Mughniyeh, de ahí las grandes dosis de fervor anti-israelí, las promesas de venganzas redentoras y victorias apocalípticas. Luego, Inshalá, asestarán el golpe fulminante.

Puede que la muerte de Mughniyeh no haya sido cosa de Israel, sino del propio submundo terrorista, o incluso que Siria estuviera implicada, como ha sugerido el director de la Inteligencia Nacional norteamericana, Mike McConell. Poco importa todo esto: lo que importa es que ha brindado a Irán y a Hezbolá la excusa perfecta, el motivo ideal, para dar rienda suelta a los planes nefastos que tienen reservados para Israel y los judíos desde hace tiempo.

Cual testigo involuntario en la escena del crimen, el mundo entero, salvo Estados Unidos, elige mirar para otro lado. Desde Beirut, Teherán, Gaza y Bagdad, los fundamentalistas llaman al asesinato en masa de israelíes, y el mundo permanece callado. Jerusalén ha pedido al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que condene a Irán por incitar pública y abiertamente a la comisión de un genocidio, algo que viola la Convención para la Prevención y el Castigo del Crimen de Genocidio, de la que más de 130 naciones son signatarias, entre las que se cuenta, tragicómicamente, la propia Irán.

La denuncia del régimen iraní no sólo es un imperativo moral, sino una obligación legal, dado que los firmantes de la Convención tienen «no sólo el derecho, sino la responsabilidad, de aplicar[la], particularmente en lo referido a la prevención del genocidio», según ha explicado Irwin Colter, profesor universitario y ex ministro de Justicia del Canadá. ¿Lo harán?, se preguntaba recientemente el Jerusalem Post en un editorial. ¿Alzarán sus voces las naciones del mundo libre, ahora que acaba de celebrarse el Día Internacional para la Rememoración del Holocausto, contra una entidad que amenaza a los judíos con un segundo Holocausto? ¿Tan bajo ha caído la dignidad humana que el Estado judío ha de pedir formalmente a la ONU que emita una protesta elemental?

He aquí la soledad de Israel, y el doble rasero de la sociedad internacional. Según datos tomados de la prensa israelí, la compañía francesa Total, la noruega Statoil y la china Petro China llevan años invirtiendo en los sectores petrolero y gasístico iraníes. La multinacional alemana Siemens posee operaciones en Irán por valor de más de 500 millones de dólares, y por 300 millones la francesa Alcatel (si bien este monto incluye también actuaciones en Libia y Sudán). La austriaca Steyr-Mannlicher vendió rifles a Teherán en 2006. En enero de 2007, la holandesa Shell se unió a la española Repsol para desarrollar áreas petrolíferas en Irán por un valor de 10.000 millones de euros. En abril del mismo año, Irán y la compañía austriaca OMV firmaron un acuerdo comercial valorado en 22.000 millones. Durante los primeros diez meses de 2007, Alemania exportó a la tierra de los ayatolás por valor de 3.500 millones. El 40% del comercio exterior iraní tiene a Europa por destinatario…

Tengo en mi biblioteca un ejemplar del libro Y el mundo callaba, de Eliézer Wiesel. Escrito en yiddish, tiene 253 páginas, está impreso en Buenos Aires (por la Unión Central Israelita Polaca) en 1956. Escribí esta columna con este ensayo conmovedor e inolvidable a mi lado, y al orientar mi atención una vez más hacia Europa, compruebo con pesar cómo fue posible que el mundo permaneciera callado ante el asesinato en masa de los judíos de aquel continente.

La version original de este artículo fue publicada en Comunidades

Comunidades, Comunidades - 2008

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Por Julián Schvindlerman

  

…Y el mundo callaba – 27/02/08

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La retórica anti-israelí del régimen ayatollah ya era extrema…y desde el asesinato de su paladín-terrorista Imad Mughniyeh se puso peor. Regularmente nos veíamos forzados a oír las diatribas de Teherán -que hay que borrar a Israel del mapa», que comenzó la «cuenta regresiva» para su extinción, que el mundo debe aceptar el «colapso inminente» de ese «pequeño Satán», etcétera- y, por difícil que sea imaginarlo, Irán desde entonces radicalizó su polémica. Muhamad Alí Safari, jefe de las Guardias Revolucionarias, afirmó que «El crecimiento cancerígeno Israel pronto desaparecerá», por medio de la «radiación de los luchadores del Hizbullah» (nótese la alusión a lo nuclear). El presidente Mahmoud Ahmadinejad se refirió a Israel como un «sucio microbio» y un «animal salvaje». Ghollan Reza Haddad, presidente del parlamento iraní, amenazó con que «el futuro de la entidad sionista será peor que su presente». El Jefe de las Fuerzas Armadas, General Hassan Firouzabadi instó a «la destrucción completa del régimen sionista» y a la «liberación de toda la tierra de Palestina».Y el líder del Hizbullah, Hassan Nasrallah, aseveró que «la Sangre de Mughniyeh anuncia el fin de Israel». (Además, sus hermanos en armas de Hamás instaron al mundo musulmán a «levantarse para enfrentar al demonio sionista» y el líder de Al-Qaeda en Irak, Abu Omar al-Baghdadi, ofreció el territorio iraquí como «plataforma de lanzamiento» para capturar Jerusalén).

Estas son palabras desagradables, pero proviniendo de los iraníes hay algo de positivo en ello. Por el momento, Teherán ha optado por responder al asesinato de su máximo jefe terrorista con retórica feroz, no con violencia física. Por el momento, claro. No debiera haber lugar aquí para la indulgencia; el lenguaje con el que los terrositas hablan es el del terror y Nasrallah inmediatamente declaró una «guerra abierta» contra Israel. Como si nunca hubiera disparado miles de cohetes katyusha contra la población norteña del estado judío, secuestrado a sus soldados, o atacado objetivos judíos e israelíes en la República Argentina. Pero las prioridades son claras para el liderazgo del Hizbullah: primero es menester reforzar el ánimo de sus luchadores alicaídos por la pérdida de su ser querido, y para ello les suministra la dosis estimulante de fervor anti-israelí repleta de promesas de venganza redentora y horizontes de victoria apocalíptica. Más adelante, inshallah, darán el golpe fulminante. Poco importa que bien pudo no haber sido Israel quien puso fin a la vida de Mughniyeh, figura estelar del terror islamista con pedido de captura de INTERPOL y buscado en más de cuarenta países, o que bien pudo haber habido una interna en el macabro submundo del terrorismo, o incluso participación siria, tal como sugirió el Director de la Inteligencia Nacional norteamericana Mike McConell. No, lo políticamente relevante, lo prácticamente útil, es que esta muerte en Damasco brinda a Irán y al Hizbullah la excusa perfecta, el motivo ideal, para lanzar los planes nefastos que ya hace tiempo tienen reservados para Israel y los judíos.

Cual testigo involuntario en la escena del crimen, el mundo entero salvo Estados Unidos elige mirar para otro lado mientras este drama acontece. Desde Beirut, Teherán, Gaza y Bagdad los fundamentalistas llaman a cometer un asesinato en masa contra los israelíes y el mundo permanece impasible. Jerusalén pidió al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que condene a Irán por la «incitación pública y directa para cometer genocidio», algo que está en violación de la Convención para la Prevención y el Castigo del Crimen de Genocidio del que más de 130 naciones son signatarias (incluyendo, tragicómicamente, al propio Irán). La denuncia de Irán no es solamente una cuestión de imperativo moral, con todo lo fundamental que ello es, sino también una cuestión de obligación jurídica, en tanto los firmantes de la Convención «tienen no solo el derecho, sino la responsabilidad, de aplicar la Convención, particularmente en lo referido a la prevención de genocidio» en el parecer de Irwin Colter, profesor universitario y ex ministro de justicia canadiense. ¿Lo harán? Se interrogaba un editorial del Jersualem Post días atrás ¿Alzarán sus voces las naciones del mundo libre, apenas semanas después de haber conmemorado el Día Internacional para la Rememoración del Holocausto, para sancionar a una entidad que amenaza con un segundo Holocausto a los judíos? ¿Tan bajo ha caído la dignidad humana que para meramente obtener una protesta elemental deba el estado judío solicitarlo formalmente en la ONU? Tal la soledad de Israel.

Y tal la duplicidad global. Según datos tomados de la prensa israelí, la compañía francesa Total, la noruega Statoil, y la china Petro China llevan años invirtiendo en el sector petrolero y de gas de Irán. La multinacional alemana Siemens posee operaciones en Irán valuadas en más de usd 500 millones, la francesa Alcatel tiene operaciones por usd 300 millones en Irán, Sudán y Libia, y la austriaca Steyr-Mannlicher le vendió rifles a Irán durante el 2006. En enero de 2007, la firma holandesa Shell se unió a la española Repsol para conjuntamente desarrollar áreas petroleras de Irán por valor de usd diez mil millones. En abril del mismo año un acuerdo comercial valuado en 22 mil millones de euros fue firmado entre Irán y la austriaca OMV, que además de ser la más grande corporación petrolera en toda Europa central, tiene al estado austriaco como dueño de más de un tercio de sus acciones. Durante los primeros diez meses del año último, solamente Alemania exportó por valor de tres mil quinientos millones de euros a la tierra de los ayatollahs. El 40% del comercio exterior iraní tiene por cliente a Europa.

Tengo en mi biblioteca un ejemplar del libro «…Y el Mundo Callaba» de Eliézer Wiesel (así firma el autor); cortesía del IWO y de su culto director. Escrito en Yidish, tiene 253 páginas. Pertenece a una edición del año 1956, impreso en Buenos Aires y publicado por la Unión Central Israelita Polaca en la Argentina. Éste corresponde a la primera edición del primer libro que Wiesel ha escrito jamás. Este libro, primero publicado en la Argentina bajo la guía de Marc Turkow y con módicos 1500 ejemplares, fue luego traducido al francés donde recibió el favor de Francois Mauriac, y posteriormente al inglés, lengua en la que se convirtió en un bestseller internacional con el título «La Noche». Para cuando este libro llegó a mi manos, yo ya había leído hacía muchos años su versión en español. Escribí esta columna con este ensayo conmovedor e inolvidable a mi lado, y al orientar mi atención una vez más hacia Europa, compruebo con pesar como fue posible que el mundo permaneciera callado ante el asesinato en masa de judíos.