Todas las entradas de: adminJS2021

Libertad Digital, Libertad Digital - 2007

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

El-Baradei y los Ayatolas – 19/11/07

Imprimir

La relación entre la comunidad internacional y la República Islámica de Irán parece seguir el movimiento de la Sonata nº 7 de Sergei Prokofiev: comenzó con un allegro inquieto, continuó bajo un andante caloroso y posiblemente finalizará con un precipitato. Primero hubo conmoción ante la noticia del plan atómico iraní; luego, intensa diplomacia; y ahora nos encaminamos a un brusco final.

No son muchos los miembros de la familia de las naciones que se toman en serio el escenario derivado de un Irán nuclearizado. Ciertamente, no lo hacen Holanda y la India, países que exportan el 40% del combustible que consumen los iraníes. Tampoco las muchas compañías alemanas que continúan operando en Irán, ni las firmas suizas, italianas, austriacas y españolas que aún mantienen negocios con Teherán. Claramente, no lo hace la UE en su conjunto, cuyo volumen de negocios representa para los iraníes el 40% de su comercio exterior, aunque para aquélla equivale solamente al 1% de su cartera foránea. Definitivamente, no lo hacen China y Rusia, que asisten tecnológicamente a Teherán y simultáneamente obstruyen en el Consejo de Seguridad de la ONU la adopción de sanciones contra el régimen de los ayatolás. Y, muy evidentemente, tampoco lo hace el responsable número uno en materia de seguridad atómica internacional, el Sr. Mohamed el Baradei, director general de la Organización Internacional para la Energía Atómica (OIEA), cuya negligencia ha sido duramente criticada por los israelíes.

«Las reiteradas afirmaciones de El Baradei, que ha negado, con gran incongruecia, que Irán esté buscando armas nucleares y obteniendo progresos en la materia, son difíciles de explicar», ha declarado Gerald Steinberg, titular del Departamento de Estudios Políticos de la Universidad de Bar Ilán. En una breve monografía, este académico afirma que el funcionario egipcio que está al frente de la OIEA «ha perdido credibilidad y está encubriendo amplias violaciones del Tratado de No Proliferación Nuclear (por parte de Irán)».

Steinberg explica que, por más de tres años, los reportes trimestrales de la OIEA sobre Irán dieron cuenta de las obstrucciones a las visitas de los inspectores, de importantes inconsistencias entre las declaraciones oficiales y los resultados de las muestras recogidas en las propias instalaciones, etcétera, pero que, absurdamente, cada reporte firmado por Baradei concluía que las evidencias no demostraban suficientemente que la república islámica estuviera tratando de fabricar armas nucleares.

De hecho, incluso Moscú y Pekín aceptaron la «sobrecogedora naturaleza de la evidencia», rechazaron las afirmaciones de El Baradei e identificaron a Irán como una nación incumplidora del Tratado de No Proliferación Nuclear (septiembre de 2005). La Junta de Gobernadores de la OIEA, reunida en noviembre del mismo año, decidió no obstante posponer el envío del dossier iraní al Consejo de Seguridad para dar más tiempo a los negociadores.

Esta postergación favoreció a los iraníes. Sólo en febrero de 2006 pudo obtener Estados Unidos el apoyo de los principales miembros de la OIEA para que el asunto fuese derivado al Consejo de Seguridad. Desde entonces, las evaluaciones de El Baradei relativas a la cuestión nuclear iraní –que, como señala Steinberg, forman la base para la consideración de nuevas sanciones por parte del Consejo de Seguridad– continúan negando que los ayatolás estén empeñados en cruzar el umbral nuclear.

El 9 del corriente, un día después de que Mahmud Ahmadineyad anunciara que su país disponía de 3.000 centrifugadoras para el enriquecimiento de uranio (es decir, el nivel crítico y final para construir bombas nucleares), Shaul Mofaz, responsable del diálogo estratégico con Washington por el asunto iraní y ex ministro de Defensa de Israel, acusó al funcionario egipcio de poner en peligro la paz mundial con su postura de cerrar los ojos ante el plan de Teherán y pidió su destitución, habida cuenta de su conducta «lenta e irresponsable».

El Baradei, que no había alertado respecto de que el régimen de Bachar al Assad contara con algún programa no convencional, ha criticado públicamente a Israel por su reciente incursión en territorio sirio, donde al parecer destruyó un reactor atómico de construcción norcoreana.

Que en el año 2005 la Administración Bush se opusiera a que El Baradei disfrutara de un tercer mandato al frente de la OIEA (dada su oposición a la guerra en Irak, lo que, por otra parte, le valió el Nobel de la Paz) y que el régimen de Ahmadineyad se haya mostrado poco tiempo atrás dispuesto a negociar con él son quizá los indicadores más claros de lo inadecuado que es este personaje para monitorear el programa nuclear iraní. Sencillamente, parece ser el hombre equivocado, en el lugar equivocado, en el momento equivocado.

Dados la incompetencia del director general de la OIEA, el obstruccionismo de China y Rusia y la imprudencia europea (excepción hecha de París y Londres), cada vez resulta más difícil detener a Irán antes de que se convierta en una nación nuclear. Ni siquiera la actual Casa Blanca parece estar uniendo su retórica condenatoria con sus actos sobre el terreno.

Jerusalén es especialmente sensible a este panorama, a la luz de las aspiraciones eliminacionistas de los iraníes. Diversas figuras relevantes del Ejército israelí han alertado últimamente de la gravedad de la situación, e insinuado que el próximo año será el último del que disponga la comunidad internacional para evitar que Irán sea nuclear. Con el trasfondo de la operación Osirak (1981) y de la reciente incursión en Siria, quizá el mundo dé por descontado que, una vez más, la acción decisiva correrá por cuenta de Israel.

Llegado el caso, qué duda cabe, no serán pocos los que condenen públicamente a Israel, aunque le aplaudan secretamente. Y habrá, también, quienes protesten por el unilateralismo espartano de Israel y lamenten la pérdida de credibilidad del sistema mundial de monitoreo nuclear. Las quejas se dirigirán hacia quien haya finalmente removido de la preocupación internacional una gran amenaza para la paz y la seguridad, y en el olvido quedarán los actos de quienes permitieron, con su incompetencia e irresponsabilidad, que aquélla cobrara cuerpo.

Comunidades, Comunidades - 2007

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Sobre autos y mujeres en Arabia Saudita – 07/11/07

Imprimir

Para una sociedad que se opuso a la radio y a la televisión y que abolió la esclavitud apenas siete años antes de que el hombre llegara a la luna, el reciente establecimiento de la “Liga de Demandantes del Derecho de la Mujer a Manejar Autos en Arabia Saudita” ha naturalmente generado repercusiones sociales.

A finales de septiembre, alrededor de 1100 mujeres saudíes han firmado una petición dirigida al Rey Abdullah exigiendo se les reconozca el derecho a manejar autos en el reino islámico. Entre las razones invocadas hay apelaciones a la tradición y a la historia (en el pasado, las mujeres saudíes podían desplazarse libremente en camellos y caballos, que no eran sino los medios de transporte de antaño), al sentido económico (cada vez resulta más oneroso para la clase media sostener un chofer particular que lleve de aquí para allá a las mujeres de la familia), y a la conciencia social (en el marco de un reclamo de mayor igualdad entre hombres y mujeres). La última vez que algo así fue intentado, terminó en fracaso. En 1990, aprovechando la presencia en tierra saudí de varios periodistas extranjeros que cubrían los desarrollos de la Guerra del Golfo, mujeres subieron a los autos de sus maridos o padres y manejaron a lo largo y ancho de Ryhad. Muchas de ellas terminaron en prisión, otras perdieron sus trabajos, y algunas fueron temporalmente expulsadas del país. Esta vez, si bien la iniciativa ha encontrado resistencias, ella ocurre en una atmósfera de mayor apertura y permisividad, en tanto la monarquía musulmana halla cada vez más difícil evadirse de la modernidad.

Los últimos dos años y medio han sido testigos de un acalorado debate en la sociedad saudí a propósito de este tema, desde que en mayo de 2005 dos miembros del Consejo de la Shura elevaron la idea -radical en la Arabia Saudita del siglo XXI- de que las mujeres deberían poder manejar. Periódicos han comenzado a publicar notas relativas a la posible aceptación y consecuentes implicancias del manejo femenino, programas televisivos han presentado paneles de debate al respecto, y al menos una organización patrocinada por el gobierno está abocada a la investigación de los efectos sobre la vida familiar y la sociedad de semejante cambio social. Los opositores alegan que ello fomentará la corrupción moral de la población, que las mujeres al volante provocarán accidentes viales, y que tal libertad las llevará a que salgan más de sus hogares, se maquillen y descubran sus caras, todo lo que derivará en que los hombres pierdan poderes de custodia sobre sus mujeres. “Si una mujer maneja”, sintetizó quizás inadvertidamente el Dr. Sleiman Al-Eid, titular del Departamento de Cultura Islámica de la Universidad Rey Saúd, “ella tendrá un cierto grado de independencia”.

El temor a la independencia femenina sea quizás el núcleo del asunto. Tal como el escritor Martin Amis ha señalado, al misógino musulmán “la libertad femenina le da pánico, porque el patriarcado les permite conservar los últimos vestigios de poder frente a su impotencia en el escenario mundial. Así que protegen su última pequeña fortaleza, llenos de pánico ante las mujeres, casándose con ellas cuando son niñas y todavía no logran asustarlos. Es todo un tema de impotencia masculina.”

Y así, las mujeres en Arabia Saudita son masivamente oprimidas y discriminadas. Su acceso a la educación universitaria es restringido a ciertas carreras y deben además estudiar en instituciones exclusivas para mujeres. Pueden trabajar solo en ciertos sectores de la economía, sus salarios son menores que los de sus colegas masculinos, y sus lugares de trabajo están apartados de los de los hombres. Lo mismo ocurre en los restaurantes y colectivos. Ellas jamás eligen con quien casarse y pueden divorciarse solamente si el marido lo consiente, en cuyo caso pierden automáticamente la custodia de sus hijos. Ellas no pueden ejercer la abogacía y sus testimonios ante la corte valen la mitad del de un hombre. No pueden deambular libremente por la vía pública; deben siempre estar acompañadas por un pariente masculino o sus esposos, y obligatoriamente deben vestir la abaya, un ropaje que las cubre de pies a cabeza. Espacios públicos tales como parques, zoológicos, museos y bibliotecas son reservados para el disfrute de los hombres “con solo limitado tiempo asignado para las visitas de las mujeres” según un informe de la ONG Freedom House. Las mezquitas, las calles y la mayoría de los ministerios son territorio masculino. Los policías de la Comisión para la Promoción de la Virtud y la Preservación del Vicio se toman tan seriamente su trabajo, que a comienzos del año 2002, cuando un incendio fustigó una escuela de mujeres con 800 alumnas adentro y las puertas estaban cerradas con llave para garantizar la separación de los sexos, éstos impidieron salir del edificio en llamas a las escolares que huían desesperadas del fuego por no tener cubiertas todas las partes de sus cuerpos. Muchas de ellas murieron en la estampida que generó la huida, otras carbonizadas por la terquedad criminal de los puritanos islamistas. Tal la realidad social para la mujer saudí.

En este contexto, entonces, el surgimiento de un movimiento liderado por mujeres bregando por los derechos de las mujeres en la nación a la que Caroline Glick definió como el “epicentro de la misoginia del totalitarismo islámico”, es a todas luces un desarrollo fenomenalmente novel. Si éste alcanzará la transformación social que desea o simplemente quedará acotado al plano del debate público pasajero, resta por verse. Pero con su sola aparición en escena, la “Liga de Demandantes del Derecho de la Mujer a Manejar Autos en Arabia Saudita” prueba la existencia de fisuras en las murallas anti-modernistas y fanáticamente machistas del feudo de Ryhad.

Libertad Digital, Libertad Digital - 2007

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Jerusalem y el Islam – 06/11/07

Imprimir

En marcado contraste con los insistentes reclamos árabes sobre Jerusalem, los musulmanes han históricamente confinado a la ciudad a los rincones más apartados de sus anhelos. Jerusalem ha sido tan marginal para el Islam que en el Corán no es mencionada ni siquiera una sola vez. Al rezar le dan la espalda: incluso estando en Jerusalem, los musulmanes rezan orientados hacia la Meca. En 700 años de gobierno árabe, Jerusalem no sólo no fue jamás ungida como capital, o al menos convertida en centro cultural de importancia, sino que fue considerada una ciudad menor. El interés musulmán en controlar Jerusalem está basado fundamentalmente en negar el control de la ciudad a terceros, en el caso actual, al pueblo judío, más que en afirmar el propio nexo. Durante los últimos 13 siglos, Jerusalem ha sólo esporádicamente sido de importancia el establishment musulmán, y tal interés errático estuvo basado en consideraciones políticas, no religiosas. La historia testimonia esta aseveración.

Jerusalem en la historia temprana y media del Islam:

En el año 622 de la EC, Mahoma abandona Meca por Medina, y en un intento de ganar adeptos judíos a la naciente religión, incorpora varios de los ritos y prácticas religiosas judías, entre las que se encuentran rezar en orientación al Monte del Templo en Jerusalem. Luego del rechazo judío a las prédicas mahometanas, el profeta musulmán sustituye Jerusalem por la Meca como foco de las plegarias.

Al siglo siguiente de la muerte del profeta, la dinastía Umayyad, que controlaba Jerusalem y estaba enfrentada con un liderazgo disidente en Meca, decidió elevar el status de Jerusalem para contrarrestar el poder de Arabia. Las virtudes de la ciudad comenzaron a ser destacadas en la literatura, en tanto que los «hadiths» (dichos y hechos del profeta) positivos a Jerusalem cobraron mayor relevancia. A finales del siglo VII, el Domo de la Roca fue construido sobre las ruinas del Gran Templo judío. Al siglo siguiente, los umayyads contruyeron una mezquita en Jerusalem, nuevamente sobre el Monte del Templo, y la llamaron la «mezquita alejada», también conocida como «al-Masjid-al-Aqsa», o simplemente «Al-Aqsa».

El nombre poseía un simbolismo muy especial. Al describir el viaje nocturno de Mahoma, el Corán dice: «Gloria a [Allah] quien tomó a su sirviente en un viaje nocturno desde la mezquita sagrada hacia la mezquita alejada». El Dr. Martin Kramer y otros entendidos en el tema sostienen que la «mezquita sagrada» existía en Meca, en tanto que la «mezquita alejada» apelaba a un lugar celestial, no terrenal. Pero incluso si aludía a un lugar terrestre, no podría ser en Palestina dado que dicha área recibía el nombre en el Corán de «la tierra más cercana».

En la actualidad los musulmanes aducen que Al-Aqsa es la mezquita referida en su texto sagrado como la «mezquita alejada». Una aseveración curiosa, dado que no había mezquita alguna en Jerusalem durante la vida de Mahoma. Jerusalem fue capturada por el califa Omar en el año 638, seis años después de la muerte del profeta islámico. Ochenta años después de la muerte de Mahoma, Abd el-Whad construyó la mezquita de Al-Aqsa. En consecuencia, es históricamente obvio que el profeta musulmán no pudo haber tenido esta mezquita en mente al compilar el Corán dado que la misma no existió por las siguientes 8 décadas posteriores a su muerte. Con lo cual, tal como acotó el Dr. Daniel Pipes, ¡así es como una mezquita construida con posterioridad a la revelación del Corán es retroactivamente insertada en los versos originales del Corán para validar un reclamo ulterior!

Con el colapso de la dinastía Umayyad en el año 750, Jerusalem perdió su brillantez. Durante los siguientes 350 años al ocaso político de la dinastía Umayyad, Jerusalem perdió relevancia religiosa en el mundo musulmán. Las loas literarias a Jerusalem disminuyeron, las construcciones se detuvieron, y las otrora gloriosas edificaciones incluso se desplomaron (el Domo de la Roca se derrumbó en 1016). Fue solamente a partir de la conquista de Jerusalem por los cruzados en 1099 que los musulmanes comenzaron a reafirmar la importancia de la ciudad. En el contexto de los preparativos para la captura de Jerusalem en 1150, hadiths y libros alabando las virtudes de Jerusalem reemergieron. Así como Saladino reconquistó la ciudad, el interés islámico en Jerusalem retornó a su posición de previa pasividad, a punto tal que uno de los nietos del propio Saladino cedió temporariamente la ciudad al emperador Federico II a cambio de asistencia militar a su hermano. La noción de que Jerusalem estaba nuevamente en manos infieles despertó fuertes reacciones y en el siglo XIII Jerusalem fue recapturada por luchadores musulmanes. Por los siguientes siete siglos, Jerusalem cayó en la irrelevancia habitual bajo la administración musulmana.

Jerusalem en la Historia Moderna del Islam

Bajo el imperio otomano la ciudad cayó en tal desatención que los varios viajeros que visitaron el área la describieron con penuria. En 1850 Gustav Flaubert encontró que la ciudad tenía «ruinas por todas partes». En 1867, Mark Twain escribió que la ciudad «ha perdido toda su grandeza antigua, y se ha convertido en una aldea paupérrima». Ya en 1795, el aristócrata Charles-Joseph de Ligne la había caracterizado como el petit trou horrible (el pequeño agujero horrible). Los renovados esfuerzos judíos en regresar a su capital, y estando ésta a partir de 1917 bajo control infiel (el Mandato Británico), despertaron, una vez más, la pasión musulmana por Jerusalem. Se comenzaron a recolectar fondos para restaurar el Domo de la Roca, líderes árabes comenzaron a visitar la ciudad, rezos en Al-Aqsa ganaron ímpetu y apasionados discursos sobre la santidad de Jerusalem para el Islam emergieron con vigor.

Luego de la guerra de 1948 Jerusalem cayó en manos musulmanas. Durante esta guerra, Jordania, una nación árabe, lanzó morteros contra la Ciudad Vieja de Jerusalem, convirtiéndose así en «el primer país en la era moderna en bombardear la ciudad santa», tal como señaló el profesor Yehuda Blum. (Bajo la administración jordana, los israelíes-incluyendo a los judíos y también a los árabes, fueran éstos cristianos o musulmanes- tenían prohibido acceder a sus lugares sacros en Jerusalem oriental. Cincuenta y ocho sinagogas de la Ciudad Vieja fueron profandas o destruidas, algunas de más de siete siglos de antigüedad. En el proceso, cientos de libros de rezos judíos fueron quemados. Asimismo, cerca de 50.000 lápidas del cementerio antiguo judío del Monte de los Olivos fueron removidas para ser usadas en proyectos de construcción, entre otros, letrinas. Algunas zonas dentro del cementerio fueron transformadas en estacionamientos y estaciones de servicio. Fue solamente a partir de la reunificación de la ciudad, luego de la conquista israelí en 1967, que la libertad de culto y el respeto a los lugares sacros de todas las religiones fue garantizada).

Al poco tiempo de estar bajo gobierno jordano, Jerusalem nuevamente perdió su esplendor en el Islam. Pipes nos explica que los hashemitas invirtieron energías en promover Ammán, su capital, y no Jerusalem, como el centro político-administrativo de su reinado. Instituciones oficiales árabes importantes, tales como el Alto Comité Arabe, fueron cerradas, mientras que otras, tales como el Tesoro de la Waqf, mudadas a Ammán. Actividades elementales tales como obtener un crédito bancario, suscribirse al servicio telefónico, o registrar un paquete postal demandaban un viaje a Ammán. La radio jordana difundía los sermones de los viernes no desde la mezquita de Al-Aqsa sino desde una pequeña mezquita de Ammán. (Incidentalmente, estos sermones eran censurados por las autoridades jordanas, una restricción que Israel rescindió al reunificar la ciudad en 1967). Las residencias de la familia real, así como la primera universidad jordana, fueron establecidas en Ammán, no en Jerusalem. La economía jerosolimitana se estancó, miles de árabes la abandonaron, y la ciudad se transformó en una localidad provincial de menor importancia. El propio rey Hussein muy ocasionalmente visitó la ciudad sacra, una actitud imitada por otros dignatarios árabes: entre 1948 y 1967 ningún líder árabe visitó Jerusalem. Ni tampoco en la Carta Nacional Palestina, el documento fundante de la OLP de 1964, podía hallarse una mención a Jerusalem.

Por supuesto, todo esto cambió significativamente a partir de 1967, año en que Jerusalem pasó a estar en su totalidad en manos israelíes. A partir de entonces, los árabes comenzaron a «extrañar» a Jerusalem. Menciones a la misma fueron incluidas en documentos oficiales de la OLP, y «fotos del Domo de la Roca aparecieron por todas partes, desde la oficina de Yasser Arafat hasta la verdulería de la esquina», en palabras de Pipes. La Liga Árabe adoptó numerosas resoluciones sobre Jerusalem. El Domo de la Roca halló su lugar en las monedas y billetes iraníes, desde la revolución islámica. El Ayatollah Khomeini declaró al último día viernes del Ramadán como el «día de Jerusalem». En años recientes, con Jerusalem sobre la mesa de negociaciones entre palestinos e israelíes, varios gobernantes árabes expresaron públicamente sus deseos de rezar en la ciudad santa antes de morir, declararon emotivamente cuán trascendente es para ellos, etcétera, etcétera.

Conclusión

El argumento árabe-musulmán, tan en voga en la actualidad, de que Jerusalem es la tercera ciudad santa, luego de Meca y Medina, para el Islam, debe entenderse en el contexto de las líneas precedentes. La centralidad de Jerusalem para los líderes musulmanes es una fábula.  Como con casi todas las fábulas árabes modernas, goza de enorme aceptación mundial, pero fábula es.

Bibliografía

La reseña histórica aquí presentada está basada en «If I Forget Thee: Does Jerusalem Really Matter to Islam?», The New Republic, 28/4/97, escrita por el Dr. Daniel Pipes; en una nota por el mismo autor, «Whose Jerusalem», The Jerusalem Post, 19/7/00; «The Temples of Jerusalem», por el Dr. Martin Kramer, Peace Watch No. 277, 18/9/00, The Washington Institute for Near East Policy; así como en una sinópisis armada por el Dr. Kedar de la Universidad Bar-Ilán, «How Did Jerusalem Come to be so Holy to Moslems? (Why and when was the myth of al-Aqsa created)», distribuída por email en octubre de 2000.

Artículo originalmente publicado en Keter

Televisivas

El innovador y su entorno – 11/07

Imprimir

Este video formó parte de la muestra «El innovador y su entorno: la contribución judía al mundo de las ideas» organizado por el CIDISEF, la Comunidad Bene Mizrah y la Fundación Hadar que fuera exhibido en el Jardín Botanico a finales de 2007.

El mismo incluye comentarios, por órden de aparición, de: Gustavo Perednik, María Kodama, Julián Schvindlerman, Carlos Escude, Guillermo J. Etcheverry, Pablo Jacovskis y Mario E. Cohen

Parte 1 – Duración: 8′ 00″
Parte 2 – Duración: 7′ 16″

Comunidades, Comunidades - 2007

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Apolo 13 y el proceso de paz – 24/10/07

Imprimir

Las mega-cumbres organizadas por los incansables hacedores de la paz para el Medio Oriente suelen estar acompañadas de enorme entusiasmo internacional. La noción de que la paz está a la vuelta de la esquina y de que el encuentro mundial en cuestión será el ámbito adecuado para hallarla, ha sido una constante diplomática desde los Acuerdos de Oslo de 1993, que lanzaron el proceso de paz palestino-israelí, hasta la reunión de Camp David del 2000, que lo sepultó. Sin embargo, la más reciente conferencia en construcción -Annapolis 2007- está rodeada no de excitación optimista, sino de desánimo derrotista. Salvo la Secretaria de Estado norteamericana, Condolezza Rice, los negociadores palestinos e israelíes así como algunos europeos, parecen coincidir en que esta cumbre en cuestión no  tiene altas chances de éxito.

Así, Ahmed Qurei, un oficial de alto rango de Fatah y ex primer ministro de la Autoridad Palestina, ha dicho que si la reunión no da resultados positivos, los palestinos probablemente respondan con actos de violencia: “Si las tratativas fracasan, podemos esperar una intifada mucho peor y más severa”. Análoga impresión reflejó Azzam al-Ahmed, el representante de Mahmoud Abbas en las negociaciones de Fatah con Hamas: “Si no nos preparamos bien para la conferencia de manera que resulte en algo positivo, las repercusiones serán más peligrosas que lo que ha pasado luego del fracaso de Camp David”. Asimismo, el representante especial de la Unión Europea para el Medio Oriente, Marc Otte, coincidió: “El costo del fracaso es aún mayor que el del 2000”. Por su parte, el ministro de seguridad pública y ex jefe del contraespionaje israelí, Avi Dichter, ha dejado trascender su parecer de que las negociaciones no serán exitosas, y Shimon Peres, presidente del estado y legendario negociador, ha advertido que “Si la conferencia tiene éxito, no será un éxito total. Pero si fracasa, será un fracaso completo”. En esta atmósfera, apenas sorprende que una reciente encuesta haya arrojado el dato de que solo el 23% de los israelíes cree que la cumbre de Annapolis triunfará.

Dejando de lado la predilección palestina hacia la violencia -¿por qué lanzarían una intifada si las negociaciones no prosperan? ¿No pueden simplemente continuar negociando civilizadamente?- es evidente que las diferencias políticas entre las partes son tan intensas hoy como lo fueron años atrás. Ellas van desde lo formal (los palestinos desean obtener un documento que detalle soluciones a cada problema tal como Jerusalén, asentamientos, fronteras, etc, mientras que los israelíes tan solo aspiran a alcanzar una declaración final vaga), hasta lo sustancioso (mientras que los palestinos desean implementar el “derecho al retorno” dentro del estado judío, obtener soberanía sobre Jerusalén Este, y una evacuación israelí del 100% de Judea y Samaria, una encuesta reciente del diario Haaretz reveló que el 87% de los israelíes está en contra del retorno de los cerca de 4.5 millones de refugiados palestinos a Israel, que 2/3 de ellos se opone a la división de Jerusalén, y a su vez resulta claro para los israelíes que aún si fuera a haber una concesión territorial en Cisjordania, ésta no representaría una evacuación total).

Los palestinos están mal acostumbrados a reclamar y a no cumplir. Ellos convenientemente olvidan que la primera obligación que les incumbe es frenar el terrorismo anti-israelí, cosa que aún no han hecho, e incluso podemos postular que ni siquiera han comenzado a intentar seriamente hacer. Los alrededor de dos mil cohetes lanzados desde la Franja de Gaza en los últimos dos años (es decir, desde la desconexión israelí), prueban el punto. Ellos convenientemente olvidan que la Hoja de Ruta, el documento-guía ampliamente aceptado por los Estados Unidos, Rusia, la UE y la ONU, y acatado a regañadientes pero acatado al fin por los israelíes y los propios palestinos, estipula un calendario secuencial que obliga primero a los palestinos a detener el terrorismo y luego insta a los israelíes a proceder con las concesiones territoriales. Y también convenientemente olvidan que en el pasado han rechazado parte de lo que ahora exigen y tienen las agallas de amenazar con nuevas oleadas de violencia como si aún no tuvieran que rendir cuentas por todo el sufrimiento innecesario que le han causado a los israelíes, además de a sí mismos.

Dada la realidad del escepticismo reinante referente a lo que esta nueva cumbre pueda lograr, dada la gigantesca brecha entre expectativas palestinas y posibilidades israelíes, dada la casi nula predisposición palestina a flexibilizar sus reclamos tradicionales, y dadas las propias advertencias/amenazas palestinas del renovado recurso al uso de la fuerza, es razonable esperar que la reunión de Annapolis sea postergada, sino directamente cancelada. Tal postergación/cancelación podría incluso ser beneficiosa para las partes, conforme a la observación del analista israelí Herb Keinon. Ehud Olmert, enfrentado ya a su tercera investigación criminal, no está precisamente en la más sólida de las posiciones para negociar mucho. Su debilitamiento interno podría dar lugar a falsas esperanzas palestinas de que él ofrecerá mucho para asegurar un acuerdo que le permita recuperar puntaje político doméstico, lo cuál podría llevar a la desilusión, o bien podría alimentar la sospecha acerca de su incapacidad para implementar cualquier acuerdo al regresar a casa, lo que afianzaría la desconfianza. Abbas, por su parte, podría alegar su preferencia por no participar de un encuentro que no garantizaría la consecución de los derechos palestinos, lo que le permitiría presentarse como un “duro” ante el Hamas. La parte que seguramente perdería mucho capital político en este asunto es la administración republicana que, ante un año electoral, necesita presentar progreso en al menos un área del Medio Oriente. Ello podría explicar el vigor con el que Condoleeza Rice ha estado promoviendo esta cumbre, así como su publicitado optimismo. Interrogada a propósito de las aprehensiones prevalecientes relativas a esta nueva conferencia internacional, ella respondió apelando a una cita de la película Apollo 13: “El fracaso no es una opción”.

Suena lindo. Pero alguien debería recordarle a la secretaria de estado otra frase de esa película, tomada de la vida real cuando los astronautas del Apollo 13 descubrieron que un desperfecto técnico los había dejado varados en el espacio sideral: “Houston, we have a problem”. Ciertamente, los diplomáticos y negociadores de la cumbre de Annapolis tienen un problema. Generalmente, lo más aconsejable al toparse con un problema, es arreglarlo…y no seguir adelante como si éste no existiera.

Originalmente publicado en Libertad Digital  

Libertad Digital, Libertad Digital - 2007

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Apolo 13 y el proceso de paz – 22/10/07

Imprimir

Las megacumbres organizadas por los incansables hacedores de la paz en el Medio Oriente suelen ir acompañadas de un enorme entusiasmo internacional. La noción de que la paz está a la vuelta de la esquina y de que el encuentro mundial de turno es su partera ha sido una constante desde los Acuerdos de Oslo de 1993, que lanzaron el proceso de paz palestino-israelí, hasta la reunión de Camp David de 2000, que lo sepultó. Sin embargo, a la más reciente conferencia, aún en construcción, Annapolis 2007, le rodea no la excitación optimista, sino el desánimo derrotista.

Salvo la secretaria de Estado norteamericana, Condolezza Rice, los negociadores palestinos e israelíes, así como algunos europeos, parecen coincidir en que la cumbre de Annapolis no tiene grandes posibilidades de éxito.

Ahmed Qurei, un oficial de alto rango de Al Fatah y ex primer ministro de la Autoridad Palestina, ha dicho que si la reunión no arroja resultados positivos es probable que los palestinos respondan con actos de violencia: «Si las negociaciones fracasan, podemos esperar una intifada mucho peor y más severa». En parecidos términos se ha expresado Azzam al Ahmed, el representante de Mahmud Abbás en las negociaciones de Al Fatah con Hamás: «Si no nos preparamos bien para la conferencia, de manera que resulte en algo positivo, las repercusiones serán más peligrosas de las que tuvo el fracaso de Camp David». Asimismo, el representante especial de la Unión Europea para el Medio Oriente, Marc Otte, ha declarado: «El costo del fracaso es aún mayor que el del año 2000». Por su parte, el ministro de Seguridad Pública y ex jefe del contraespionaje israelí, Avi Dichter, ha dejado que trascienda su parecer de que las negociaciones no serán fructíferas, y Shimon Peres, presidente del Estado y legendario negociador, ha advertido: «Si la conferencia tiene éxito, no será un éxito total. Pero si fracasa, será un fracaso completo».

Así las cosas, apenas sorprende que una reciente encuesta haya arrojado el dato de que sólo el 23% de los israelíes cree que la cumbre de Annapolis triunfará.

Dejando de lado la predilección palestina por la violencia (¿por qué lanzarían una intifada si las negociaciones no prosperan? ¿Acaso no pueden seguir negociando civilizadamente?), es evidente que las diferencias políticas entre las partes son tan intensas hoy como lo fueron años atrás. Van desde lo formal: los palestinos desean obtener un documento que detalle las soluciones para cada problema –Jerusalén, los asentamientos, las fronteras, etcétera–, mientras que los israelíes tan sólo aspiran a alcanzar una declaración final vaga, hasta lo sustancioso: mientras que los palestinos desean ejecutar el «derecho de retorno» al Estado judío, obtener la soberanía sobre Jerusalén Este y la evacuación israelí del 100% de Judea y Samaria, una encuesta del diario Haaretz ha revelado que el 87% de los israelíes está en contra del retorno de los cerca de 4,5 millones de refugiados palestinos a Israel y que dos tercios se oponen a la división de Jerusalén (asimismo, resulta claro para los israelíes que, aun si fuera a haber una concesión territorial en Cisjordania, no significaría la evacuación total).

Los palestinos están mal acostumbrados a reclamar y no cumplir. Convenientemente olvidan que la primera obligación que les incumbe es frenar el terrorismo antiisraelí, cosa que aún no han hecho –incluso podemos postular que ni siquiera han comenzado a intentarlo en serio–. Los alrededor de dos mil cohetes lanzados desde la Franja de Gaza en los últimos dos años (es decir, desde la desconexión israelí) prueban el punto. También olvidan que la Hoja de Ruta, el documento guía ampliamente aceptado por los Estados Unidos, Rusia, la UE y la ONU –y acatado, a regañadientes pero acatado al fin, por los israelíes y los propios palestinos–, estipula un calendario secuencial que obliga primero a los palestinos a detener el terrorismo y luego insta a los israelíes a proceder con las concesiones territoriales. Y, por supuesto, olvidan deliberadamente que en el pasado han rechazado parte de lo que ahora exigen. ¡Y tienen las agallas de amenazar con nuevas oleadas de violencia, como si no tuvieran que rendir cuentas por todo el sufrimiento innecesario que han causado a los israelíes, además de a sí mismos!

Dada la realidad del escepticismo reinante ante lo que esta nueva cumbre pueda lograr; dada la gigantesca brecha entre expectativas palestinas y posibilidades israelíes; dada la casi nula predisposición palestina a flexibilizar sus reclamos tradicionales, y dadas las propias advertencias/amenazas palestinas sobre un renovado recurso a la fuerza, es razonable esperar que la reunión de Annapolis sea postergada, si no directamente cancelada. Tal postergación/cancelación podría incluso ser beneficiosa para las partes, conforme a la observación del analista israelí Herb Keinon.

Ehud Olmert, que ya hace frente a una tercera investigación criminal, no está precisamente en la más sólida de las posiciones para negociar. Su debilitamiento interno podría dar lugar a la emergencia de falsas esperanzas en las filas palestinas: éstas podrían pensar que aquél ofrecerá mucho para asegurar un acuerdo que le permita recuperar crédito político entre sus compatriotas; pero ello podría llevar a la desilusión, o bien alimentar la sospecha acerca de su incapacidad para ejecutar cualquier acuerdo una vez de regreso a casa, lo cual daría vigor a la desconfianza. Abbás, por su parte, podría alegar que prefiere no tomar parte de un encuentro que no vaya a garantizar la consecución de los derechos palestinos, lo que le permitiría presentarse como un duro ante Hamás.

Por lo que hace a la Administración republicana, podría perder mucho capital político en este asunto. Hay que tener en cuenta que EEUU está a las puertas de un nuevo año electoral, y la Casa Blanca necesita presentar progresos en al menos un área del Medio Oriente. Ello podría explicar el vigor con que Condoleezza Rice está promoviendo la cumbre, y publicitando su optimismo. Interrogada a propósito de las aprehensiones prevalecientes relativas a esta nueva conferencia internacional, Rice respondió apelando a una cita de la película Apolo 13: «El fracaso no es una opción».

Suena lindo. Pero alguien debería recordarle otra frase de la misma película y tomada de la vida real; es de cuando los astronautas del Apolo 13 descubrieron que un desperfecto técnico los había dejado varados en el espacio sideral. «Houston, tenemos un problema». Ciertamente, los diplomáticos y negociadores de la cumbre de Annapolis tienen un problema.

Generalmente, cuando uno se topa con un problema, lo más aconsejable es arreglarlo, no seguir adelante como si no existiera.

Libertad Digital, Libertad Digital - 2007

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Irán, la bomba y el mundo libre – 15/10/07

Imprimir

El presidente iraní sigue exhibiendo su radicalismo. Numerosos israelíes están a merced de los cohetes que lanzan contra sus ciudades unas agrupaciones terroristas patrocinadas por Teherán. Los soldados norteamericanos mueren en Irak y Afganistán a manos de milicias armadas por Irán. El régimen de los ayatolás anuncia haber dado un paso más en su ruta hacia la nuclearización. Así las cosas, la ONU no hace otra cosa que emitir nuevas y frágiles resoluciones. Cada vez resulta más claro que la comunidad internacional parece haberse resignado a la pronta realidad de un Irán nuclear.

Las disparatadas afirmaciones del presidente iraní («El Holocausto es un mito»; «No hay homosexuales en Irán»), sus peligrosas amenazas («Israel debe ser borrado del mapa»; «Irán será nuclear, lo quieran o no»), así como las excentricidades varias organizadas por Teherán (desde la conferencia Un Mundo Sin Sionismo, en 2005, hasta la competencia de caricaturas negadoras del Holocausto, en 2006) y el progreso en su programa nuclear, han generado mucha conmoción mediática y una considerable actividad diplomática, pero hasta el momento no han despertado la determinación necesaria para frenar de una vez las ambiciones abrumadoramente hostiles del régimen teocrático iraní. Ambiciones, cabe acotar, globalmente publicitadas por Teherán.

Ya pasaron cinco años desde que el proyecto nuclear iraní fuera objeto de la atención mundial, luego de una denuncia efectuada por opositores al régimen de los ayatolás. Durante el período 2003-2005 Francia, Alemania y Gran Bretaña probaron la vía diplomática suave, esto es, el diálogo, el ofrecimiento de incentivos, las concesiones comerciales, etcétera, pero con ello no lograron disuadir a Teherán de alcanzar su objetivo nuclear. Moscú llegó a ofrecer a los ayatolás enriquecer uranio iraní en suelo ruso, pero éstos se negaron. Para cuando Washington logró derivar el dossier iraní al Consejo de Seguridad de la ONU y que se adoptaran dos resoluciones condenatorias, la república islámica ya había logrado enriquecer uranio en más de tres mil centrifugadoras, y la confianza de Ahmadineyad en sus fuerzas era tal que pudo despreciar dichas resoluciones y aseverar que su país sería, tarde o temprano, nuclear.

La oposición de Rusia y China a la imposición de nuevas y más duras sanciones a Teherán es tan firme que Estados Unidos, junto con su nuevo aliado, la Francia de Nicolas Sarkozy, está explorando nuevos canales sancionadores fuera del marco de la ONU. Aun así, y según ha informado el Wall Street Journal, dichas sanciones no incluirán, al parecer, la importación iraní de combustible refinado, que representa el 40% de su consumo interno y es, por razones obvias, el gran talón de Aquiles del régimen de los ayatolas.

Incluso en Washington subsiste la corriente apaciguadora: cuando, recientemente, la Casa Blanca quiso designar a la Guardia Revolucionaria Iraníes como una organización terrorista, el Departamento de Estado se opuso; de hecho, trabó la iniciativa por aprehensión a la repercusión que podría tener en algunas cancillerías.

La brecha entre declaraciones ofuscadas y acciones prácticas puede ser especialmente apreciada en la política iraní de la Alemania de Angela Merkel. Durante su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Merkel comparó a Ahmadineyad con Adolf Hitler. No obstante, apenas una semana antes su Ministerio de Economía había patrocinado una feria que tenía por objeto promover los lazos comerciales entre compañías alemanas e iraníes.

Alemania es uno de los principales socios comerciales de Irán: el año pasado exportó a la república islámica por valor de 5.000 millones de dólares. Según Yossi Klein Halevi, corresponsal en Israel de la revista The New Republic, son cinco mil las firmas alemanas –entre ellas BASF, Siemens, Mercedes y Volkswagen– que siguen operando en esa teocracia musulmana.

Ya he criticado la visita de la Orquesta Sinfónica de Osnabruck a Teherán. Músicos alemanes tocan para los ayatolás, empresas alemanas comercian con Irán bajo el patrocinio del Gobierno alemán: todo esto no cuadra muy bien con la vehemencia desplegada por la Merkel en la ONU. China y Rusia, al menos, no fingen.

El problema no es la hipocresía alemana, o no sólo: durante el período 2000-2005, el comercio entre la Unión Europea y la República Islámica de Irán prácticamente se triplicó. Irán destinó el 70% de esos ingresos a su programa nuclear.

La ambivalencia occidental es ubicua. Muy simbólicamente quedó reflejada en la abominable invitación de Columbia al líder iraní y en la esquizofrénica recepción que le dio el presidente de esta universidad: le tachó de «mezquino y cruel dictador»… antes de cederle el turno de palabra y concederle una inmerecida legitimidad. Lo más grave fue que Columbia, al invitar a un incitador del aniquilamiento de Israel, ha venido a decir, si bien involuntariamente, que apoyar u oponerse al genocidio del pueblo judío es un asunto legítimo de debate, tal como ha observado Caroline Glick en el Jerusalem Post. Las cálidas recepciones brindadas al déspota iraní en Bolivia y Venezuela marcan, a su vez, una triste página en la historia política latinoamericana.

La familia de las naciones cuenta con instrumentos jurídicos y diplomáticos suficientes para detener al régimen iraní. Tal y como han señalado juristas internacionales, Ahmadineyad está violando constantemente la Convención contra el Genocidio, que prohíbe expresamente «la incitación pública y directa al genocidio». Asimismo, su régimen comete crímenes contra la Humanidad con cada acto de terror que apaña, viola resoluciones de las Naciones Unidas con cada paso que da hacia su nuclearización y ofende a la Declaración Universal de los Derechos Humanos con cada acción de represión interna que ejecuta.

Todos estos abusos ya han sido tolerados por demasiado tiempo. Con cada día que pasa, Teherán está más cerca de obtener la bomba, y el mundo libre, de una situación de exposición insostenible. Lo más trágico de este asunto es que, al optar por no transitar aquellos caminos que llevarían pacíficamente al ostracismo iraní, el mundo libre está estrechando su propio margen de acción y encaminándose a la última de las opciones que se le presentan: la militar.

Originalmente publicado en Comunidades

La Nación (Argentina)

La Nación (Argentina)

Por Julián Schvindlerman

  

Paradojas de la tolerancia – 12/10/07

Imprimir

El siglo XX ha sufrido un mal extremo y ha conocido un bien supremo, al haber sido simultáneamente el siglo del totalitarismo y de la democracia. Fue un siglo de dos guerras mundiales, de matanzas implacables y de genocidios descomunales, del Holocausto y de la internacionalización del terror. Y además de haber causado millones de muertos con sus guerras bestiales, el siglo XX presenció el asesinato de unos 170 millones de personas en situaciones de no beligerancia, un guarismo aproximadamente cuatro veces superior al número total de muertos en los campos de batalla de todas las guerras ocurridas durante los primeros 88 años del siglo último, según el investigador R. J. Rummel. El 99% de esos asesinatos se produjo en regímenes totalitarios. Así, los más grandes imperios asesinos del siglo pasado han sido la Unión Soviética (mató a 62 millones de personas), China comunista (mató a 35 millones) y la Alemania nazi (mató a 21 millones).

Estas cifras devastadoras contrastan con la historia de las democracias. El político y poeta sueco Per Ahlmark indicó que en la Primera Guerra Mundial participaron 33 países, diez de los cuáles eran democracias que no combatieron entre sí. En la Segunda Guerra Mundial participaron 52 naciones, entre ellas 15 democracias que no abrieron fuego unas contra otras. El profesor Rummel ha estudiado, a su vez, el número de guerras acaecidas desde comienzos del siglo XIX hasta fines del XX y comprobó que hubo 198 guerras entre dictaduras, 155 guerras entre dictaduras y democracias y ninguna guerra entre democracias. A idénticas conclusiones ha arribado otro investigador, el académico Bruce Russet, quien, luego de analizar todos los conflictos bélicos de los últimos dos siglos, advirtió sobre la inexistencia de guerras entre Estados democráticos desde 1815 en adelante.

Esto confirma el famoso postulado de Immanuel Kant en el sentido de que las democracias propenden a la paz (interna, en el ámbito social, y externa, en las relaciones internacionales) y las dictaduras propenden a la violencia (interna, mediante la represión, y externa, mediante la contienda bélica). Esta precisa y visionaria observación kantiana es también apreciable hoy en día, si se miran el genocidio de Sudán, la guerra civil en Somalia, el desafío nuclear norcoreano e iraní y el fenómeno del terrorismo internacional promovido por movimientos irredentistas apadrinados por Estados totalitarios.

Los principales agentes de desestabilización global contemporánea son naciones o agrupaciones de extracción totalitaria.

Las sociedades democráticas –las que no han sido sino otra cosa que el desenlace lógico del aprendizaje colectivo del concepto de la tolerancia y de su consecuente institucionalización jurídica– deben ponderar sus nociones de tolerancia en el marco de una realidad de intolerancia. Paradójicamente, las naciones violadoras de los derechos humanos se amparan en el concepto liberador de la tolerancia para justificar sus infracciones. Ellas invocan nociones del respeto a la soberanía nacional y no injerencia externa en asuntos domésticos, o proclaman el derecho al particularismo religioso y reclaman el debido respeto a la diversidad cultural, precisamente para encubrir sus transgresiones. Estas actitudes pervierten el supuesto de la existencia de un lenguaje común a la humanidad en materia de derechos humanos básicos y libertades individuales fundamentales. La Declaración Universal de los Derechos Humanos presupone la existencia de un común denominador moral entre los hombres y las mujeres del globo. Pero ¿cómo afirmarla ante quienes izan la bandera del relativismo cultural y religioso para defender sus actos violatorios de esos mismos derechos que se presuponían comunes a toda la humanidad? ¿Debe respetarse la diversidad religiosa y cultural aun cuando bajo su amparo se realicen acciones criminales e inmorales? El activista libertario canadiense Irwin Colter señala una ironía al sugerir que antaño los principios atenientes a las relaciones entre religión y derechos humanos tenían por fin combatir la intolerancia contra los derechos humanos ejercida en nombre de la religión, mas hoy en día enfrentamos la intolerancia del pluralismo religioso, al que se ha llegado en aras de los derechos humanos. A propósito de lo cual, con lógica demoledora el filósofo Lévi-Strauss oportunamente acotó que si todo es relativo el canibalismo, es una cuestión de gustos.

Así vemos que la preservación de los derechos humanos demanda firmeza ante la intolerancia. Las sociedades libres, basadas en la tolerancia, han de reconocer que, en palabras del pintor y ensayista español Antoni Tapies, “es un error creer que la tolerancia es siempre buena y la intolerancia es siempre mala. Pues es evidente que mostrarse intolerante [frente al asesinato, la crueldad, el terrorismo, etc.] será siempre una virtud digna de elogio”. La idea de que la tolerancia está ante todo y por sobre todo sonará reconfortante, pero no deja de ser un cliché peligroso que nos expone a perder aquello que con tanto esfuerzo los libres del mundo supimos conseguir. Hay situaciones que nos exigen que seamos inflexiblemente intolerantes. ¿No fue Voltaire, acaso, quien dijo que debíamos ser tolerantes con todo menos con la intolerancia? Así como en el pasado ha sido necesario hacer la guerra para defender la paz, un acuciante desafío moral contemporáneo es el de comprender y aceptar que la defensa de la tolerancia requiere una cierta dosis de intransigencia. Sólo así podremos darle combate a la intolerancia, para algún día –en la caracterización de Elie Wiesel– “despojarla de la falsa gloria que le confiere su escandalosa ubicuidad”.

Comunidades, Comunidades - 2007

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Irán, la bomba y el mundo libre – 09/10/07

Imprimir

A medida que se acrecienta la evidencia del radicalismo del presidente iraní, en tanto más ciudadanos israelíes sufren los embates de cohetes lanzados por agrupaciones terroristas patrocinadas por Teherán y soldados norteamericanos mueren en Irak y en Afganistán en manos de milicias armadas por Irán, a la par que la República Islámica anuncia haber cruzado aún otra meta más en el sendero nuclear y se suceden nuevas y frágiles resoluciones en la ONU, resulta cada vez más claro que la comunidad internacional parece haberse resignado a la pronta realidad de un Irán nuclear.

Las disparatadas afirmaciones del presidente iraní (el Holocausto es un mito, no hay homosexuales en Irán) y sus peligrosas amenazas (Israel debe ser borrado del mapa, Irán será nuclear, quieran o no), así como las excentricidades varias organizadas por Teherán (desde la conferencia “Un Mundo Sin Sionismo” del 2005 hasta la competencia de caricaturas negadoras del Holocausto del 2006), y el progreso en su programa nuclear, han generado mucha conmoción mediática y considerable actividad diplomática, pero hasta el momento no han despertado la determinación mundial mancomunada necesaria para definitivamente frenar las ambiciones abrumadoramente hostiles del régimen teocrático iraní. Ambiciones, cabe acotar, globalmente publicitadas por Teherán.

Ya pasaron cinco años desde aquel momento en el año 2002 en que el proyecto nuclear iraní adquirió atención pública a partir de una denuncia efectuada por miembros de la oposición local. Durante el período 2003-2005, Francia, Alemania y Gran Bretaña probaron la vía diplomática suave, vale decir, diálogo con Teherán, ofrecimientos de incentivos, concesiones comerciales, etc, nada de lo cuál logró disuadir a los ayatollahs de su objetivo nuclear. Una oferta rusa de enriquecimiento de uranio iraní en suelo ruso fue igualmente rechazada por Teherán. Para cuando Washington logró derivar el dossier iraní al Consejo de Seguridad de la ONU y eventualmente adoptar dos resoluciones condenatorias, la república islámica ya había logrado enriquecer uranio en cascadas de más de tres mil centrifugadoras y su presidente disponía de la confianza tal para despreciar dichas resoluciones y aseverar que su país sería, tarde o temprano, nuclear. La oposición rusa y china a nuevas y robustas sanciones es tan decidida que Estados Unidos, junto con su nuevo aliado, la Francia de Nicolás Sarkozy, está explorando el canal de sanciones fuera del marco de la ONU. Y aún así, conforme ha informado el Wall Street Journal, dichas sanciones aparentemente no incluirán la importación iraní de combustible refinado, que representa el 40% de su consumo interno, y es por razones obvias su Talón de Aquiles más expuesto. Incluso en Washington subsiste la corriente de apaciguamiento: cuando recientemente la Casa Blanca quiso designar a las Guardias Revolucionarias Iraníes como una organización terrorista, el Departamento de Estado se opuso y efectivamente trabó la iniciativa por aprehensión a la repercusión en algunas cancillerías.

La brecha entre declaraciones ofuscadas y acciones prácticas puede ser especialmente apreciada en la política iraní de la Alemania de Angela Merkel. Durante su discurso de septiembre en la Asamblea General de las Naciones Unidas, ella comparó a Mahmoud Ahmadinejad con Adolf Hitler. No obstante, apenas una semana previa a este discurso, su propio Ministerio de Economía esponsoreó una feria de promoción de lazos comerciales entre compañías alemanas e iraníes en la localidad de Darmstadt. Alemania es uno de los principales socios comerciales de Irán, habiendo exportado u$s 5.000 millones solamente el año pasado. Según Yossi Klein Halevi, corresponsal en Israel de la revista The New Republic, cinco mil firmas alemanas -incluyendo a BASF, Siemens, Mercedes y Wolkswagen- continúan operando comercialmente en la teocracia musulmana. Ya se ha criticado desde esta columna la visita de la Orquesta Sinfónica de Osnabruck a Teherán. Que músicos alemanes estén tocando para los ayatollahs iraníes a la par que empresas alemanas comercian con Irán bajo el patrocinio del gobierno alemán, es un trasfondo que no cuaja muy bien con la vehemencia de Merkel en la ONU. China y Rusia al menos no fingen. El problema no es la hipocresía alemana solamente. Durante el período 2000-2005, el comercio entre la Unión Europea y la República Islámica de Irán casi se ha triplicado. Irán destinó el 70% de ese ingreso a su programa nuclear.

La ambivalencia occidental es ubicua. Muy simbólicamente quedó captada en la abominable invitación que extendiera la Universidad de Columbia al líder iraní y la esquizofrénica recepción que le dio su presidente Lee Bollinger al tildar a Ahmadinejad de “mezquino y cruel dictador” habiéndole cedido el prestigioso podio y una inmerecida legitimidad. Más grave aún ha sido la afirmación implícita de la universidad, que, al invitar a un incitador al aniquilamiento de Israel, ha involuntariamente anunciado que apoyar u oponerse al genocidio contra el pueblo judío es un tópico legítimo de debate, tal como ha observado Caroline Glick del Jerusalem Post. Las cálidas recepciones brindadas al déspota iraní en Bolivia y Venezuela marcan, a su vez, una triste página en la historia política latinoamericana.

La familia de las naciones cuenta con instrumentos jurídicos y diplomáticos suficientes como para detener al actual provocador régimen iraní. Tal como juristas internacionales han señalado, Ahmadinejad continuamente está violentando la Convención contra el Genocidio que expresamente prohíbe “la incitación pública y directa al genocidio”. E Irán continuamente comete crímenes contra la humanidad con cada acto de terror que apaña, viola resoluciones de las Naciones Unidas con cada paso que da hacia la procuración nuclear, y ofende a la Declaración Universal de los Derechos Humanos con cada acción de represión interna que toma. Todos estos abusos ya han sido tolerados por demasiado tiempo. Cada día que pasa acerca más a Teherán al umbral nuclear y al mundo libre a una situación de exposición insostenible. Lo más trágico de este asunto es que al optar por no transitar aquellos caminos que pacíficamente llevarían al ostracismo iraní, el mundo libre está estrechando su propio margen de acción, dejándose a sí mismo enfrentado a la última de las alternativas: la vía militar.