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Varios

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Por Julián Schvindlerman

  

Premio Scopus 2007 a Pilar Rahola: Una muy merecida distinción – 12/07

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Revista de la Fundación de Amigos Argentinos de la Universidad Hebrea de Jerusalem

La conocí en Estados Unidos cinco años atrás. Había viajado a Washington para participar de un congreso en el que, dada la lengua madre compartida, me pidieron que la recibiera. De lejos, ya se percibía su porte y su elegancia. De cerca, su afectuosa personalidad. Y después de haberla oído disertar, quedaba asentada su brillantez intelectual. Ella ya era famosa en su España natal. Desde entonces, su nombre comenzó a ser oído con creciente regularidad de este lado del Océano Atlántico. Razones no faltaban.

Pilar Rahola es una rara avis que descolla -precisamente- por su atipicidad: es intelectualmente sagaz, personalmente cálida, y moralmente valiente; atributos no siempre presentes en una sola persona. Madre, esposa, periodista, política, activista, diputada, filóloga, escritora, disertante, y tanto más, ha sabido expresar su capacidad en tantas y tan diversas áreas, y lo ha hecho de una manera tan singular, que uno no puede menos que experimentar una sensación de empequeñecimiento personal ante su obra profusa, plasmada en varios libros y numerosos artículos, conferencias y entrevistas en diversos países. Cualquiera que haya estado en contacto con ella -sea a través de la pantalla de un televisor, en una atestada sala de conferencias, o en un afable almuerzo personal- no puede permanecer indiferente ante su magnética personalidad, su elocuente forma de hablar, su solidez ideológica, su solvencia intelectual, su integridad moral, y la unión siempre presente en su discurso entre el sentido común y la coherencia racional.

Apenas sorprende, entonces, que tan destacada mujer haya sido premiada, reconocida y honrada copiosamente en campos tan variados como el del comercio, la imagen, el periodismo, el activismo humanitario, por su defensa de los derechos de los animales, por su lucha en pos de la igualdad de la mujer, por sus esfuerzos de conscientización pública relativos a la adopción, y por su campaña intelectual contra el antisemitismo y la difamación del Estado de Israel. El Premio Scoups, recientemente otorgado en Buenos Aires a Pilar Rahola por la Universidad Hebrea de Jerusalem, ha agregado un merecido laurel más a la trayectoria de esta catalana infatigable. Y vaya laurel, proviniéndo, como ha sido el caso, de una universidad de excelencia que en los últimos seis años ha legado al mundo nada menos que seis premios Nobel.

De interés particular para las comunidades judías ha sido su epopeya personal en contra de lo que Pilar Rahola denomina la “criminalización de Israel”. Algunas de sus exposiciones y escritos ya se han convertido en clásicos en el género de la denuncia política. Sus locuaces ponencias y sus persuasivos artículos han estado respaldados por la idiosincracia de la interlocutora y la oportunidad de la reacción: una mujer surgida de los cuadros de la izquierda española -de esa España católica que supo estimular el florecer de la cultura judía ibérica para luego expulsar a todos sus judíos y readmitirlos recién cinco siglos después- en un momento en que casi toda la Europa “progresista” había hecho de la demonización de Israel su canon más sacrosanto y de la exaltación de la falsedad su fetiche más adorado. Cuanto más masivo el oscurantismo colectivo, más visible el destello de la valía individual. Y así, Pilar Rahola en España (tal como Oriana Fallaci autoexiliada de su Italia, en Nueva York), tomó partido por la verdad y en contra de la distorsión en momentos en los que, tal como ella misma ha escrito, lo más cómodo para un intelectual era condenar al estado judío. Que no lo hace solamente por los judíos ni por Israel, dice. Sino por Europa misma, por el futuro de sus hijos, y por el bien de la humanidad. Sus detractores marginales jamás lo entenderán. Quienes la conocemos, sabemos que dice la verdad.

Esta nota, lo reconozco, puede adolecer de cierta subjetividad. Además de nuestro vínculo profesional, me une a Pilar Rahola una bella amistad. Pero escribo estas líneas con la firme convicción y la plena certeza de que son muchos los hombres y las mujeres de nuestro tiempo que sabrán reconocer en lo aquí descrito la fidelidad a la verdad y a los hechos que han hecho de esta pujante española una mujer, una intelectual y una luchadora ejemplar.

Libertad Digital, Libertad Digital - 2007

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Annapolis, 1947 – 03/12/07

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Annapolis ha mostrado con devastadora claridad que la paz entre israelíes y árabes es imposible. Aunque el objetivo de la cumbre era relanzar las negociaciones entre las partes con el respaldo de la sociedad internacional, los árabes –empezando por los palestinos– volvieron a poner de manifiesto que repudian el derecho de Israel a existir.

La Organización para la Conferencia Islámica tiene 57 Estados miembro, y la Liga Árabe 22. A Annapolis enviaron delegaciones 15 países árabes (Arabia Saudí, Argelia, Bahrein, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, el Líbano, Mauritania, Marruecos, Omán, Qatar, Sudán, Siria, Túnez, y el Yemen) y sólo cuatro países islámicos no árabes (Turquía, Indonesia, Malasia y Pakistán). Ni un solo canciller árabe accedió a reunirse con la ministra israelí de Exteriores, Tzipi Livni. Ningún delegado árabe mantuvo encuentro alguno con el primer ministro israelí, Ehud Olmert, que hubo de conformarse con un mero intercambio de saludos con los representantes de Qatar, Bahrein, Marruecos y Pakistán luego de haber pronunciado su discurso, en el que, por cierto, instó al mundo árabe a entablar relaciones diplomáticas con el Estado judío. El canciller saudí había anunciado públicamente que no estrecharía la mano de ningún israelí («No estamos dispuestos a ser parte de una presentación teatral», afirmó el príncipe Saúd al Faisal), y Livni hubo de desistir de hacer una escala en el norte de África durante su viaje de regreso a Israel.

En las semanas previas a la celebración de la cumbre, que posteriormente pasó a ser considerada un encuentro (para así dar a entender que se trataba del principio de las negociaciones, no de su final), la prensa del mundo árabe abundó en la publicación de caricaturas fuertemente hostiles a Israel. No sólo en Siria o en la Franja de Gaza pudieron verse dibujos ofensivos, también en Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Omán, Qatar; incluso en Jordania y Egipto, los dos únicos países árabes que han firmado acuerdos formales de paz con el Estado judío.

Diez días antes de Annapolis, las naciones islámicas emprendieron una exitosa campaña para que Israel sea condenado anualmente en las sesiones del supuestamente reformado Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Un día después de Annapolis, la ONU conmemoró, como cada 29 de noviembre, el Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino, en el que árabes y musulmanes reprueban la Resolución 181, que recomendó (1947) el establecimiento de un Estado judío y otro árabe en Palestina, y que siempre termina con la adopción, por parte de la Asamblea General, de una serie de resoluciones anti-israelíes.

A la luz de todo lo anterior, no es de extrañar que contemplemos con escepticismo la participación de árabes y musulmanes en encuentros como el de Annapolis. Ir a Maryland a hablar de paz mientras se lanzan campañas anti-israelíes en Nueva York y Ginebra y se incita a las masas contra el Estado judío no parece muy congruente, y pone en entredicho el declarado pacifismo de quienes así actúan.

Tras la idea de convocar al mundo árabe subyacía la premisa de que el apoyo colectivo de éste al proceso de paz facilitaría la asunción, por parte palestina, de unas posiciones más flexibles. A la vista está que las cosas han sido bien distintas.

Por lo que hace a los palestinos, se han mostrado tan intransigentes como los demás árabes. Su obstinada determinación de no reconocer a Israel como Estado judío hacía de Annapolis un fracaso anunciado. «Israel puede definirse a sí misma como guste, pero los palestinos no lo reconocerán como Estado judío», aseveró Salam Fayad, el primer ministro palestino. «Los palestinos nunca reconocerán la identidad judía de Israel», declaró, por su parte, Saeb Erekat, jefe del departamento de negociaciones de la OLP. «Este tema no está en la mesa», afirmó Yaser Abed Rabbo, secretario general del comité ejecutivo de la OLP. (Debo todas estas citas a Daniel Pipes, que asimismo ha dado cuenta del llamamiento de la comunidad árabe de Nazaret a la Autoridad Palestina para que no reconozca a Israel como Estado judío).

Da la impresión de que los palestinos pretenden resolver los problemas territoriales de 1967 sin antes aceptar las realidades fácticas de 1948. Así, el presidente de la AP, Mahmud Abbás, aludió por dos veces en su discurso de Annapolis a la Nakba, término con que se hace referencia en el mundo árabe a la creación de Israel y que literalmente quiere decir catástrofe.

Antes de enviar sus delegados a la cumbre, Siria hizo saber, a través de un editorial del periódico oficial Teshreen, que su intención era «frustrar el plan de Olmert de forzar a los países árabes a reconocer a Israel como Estado judío». En cuanto a Bush, prometió durante su discurso que EEUU seguiría comprometido con la idea de Israel como «patria para el pueblo judío» y preocupado por «la seguridad de Israel como Estado judío».

Curiosamente, la cumbre de Annapolis finalizó la víspera del 60º aniversario de la Resolución 181, mediante la cual la familia de las naciones expresó su disposición al establecimiento de «un Estado judío» (esta expresión aparece unas treinta veces en el texto) y otro árabe. Aunque la 181 no habla de «Estado palestino» alguno, a día de hoy Israel reconoce que se trata de una realidad futura, y de hecho sus delegados acudieron a Maryland –y antes a Oslo, y a Camp David– dispuestos a facilitar su creación.

Sesenta años después de la redacción de ese documento diplomático que sentó las bases para el establecimiento de dos Estados, uno judío y el otro árabe, en la zona, los interlocutores árabes y palestinos continúan estancados en las trincheras de la historia, aferrados tercamente a sus dogmas nacionalistas y psicológicamente incapacitados para dejar de cuestionar la existencia del Estado de Israel.

Annapolis 2007 nos ha brindado un atípico momento de claridad conceptual: a los árabes y a los palestinos les duele el 67, pero más les duele el 48. Mucho más.

Comunidades, Comunidades - 2007

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

El-Baradei e Irán – 21/11/07

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La relación entre la comunidad internacional y la República Islámica de Irán parece seguir el movimiento de la Sonata No.7 del compositor ruso Sergei Prokofiev: ha comenzado con un allegro inquieto, ha continuado bajo un andante caloroso y posiblemente finalizará con un precipitato. Primero hubo conmoción ante la noticia de su plan atómico, luego intensa diplomacia, y ahora nos encaminamos cada vez más certeramente a un brusco final.

No son muchos los miembros de la familia de las naciones que se toman seriamente el prospecto de un Irán nuclear. Ciertamente no lo hacen Holanda y la India, países que exportan el 40% del combustible que los iraníes consumen. Tampoco las muchas firmas alemanas que continúan operando en Irán, ni las empresas suizas, italianas, austriacas y españolas que aún mantienen negocios con Teherán. Claramente no lo hace la Unión Europea en su conjunto, cuyo volumen de negocios representa para los iraníes el 40% de su comercio exterior, aunque para la UE equivale solamente al 1% de su cartera foránea. Definitivamente no lo hacen China y Rusia, quienes asisten tecnológicamente a Teherán y simultáneamente obstruyen en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas las potenciales sanciones. Y muy evidentemente, tampoco lo hace el responsable número uno en materia de seguridad atómica internacional, el Sr. Mohamed El-Baradei, director-general de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA), cuya negligencia ha sido duramente criticada por los israelíes.

“Las reiteradas afirmaciones de El-Baradei, negando incongruentemente que Irán esté buscando y progresando hacia la adquisición de armas nucleares, son difíciles de explicar”, según Gerald Steinberg, titular del departamento de estudios políticos de la Universidad Bar-Ilán. En una breve monografía al respecto, este académico afirma que el funcionario egipcio que lidera la OIEA “ha perdido credibilidad y está encubriendo amplias violaciones del Tratado de No Proliferación Nuclear” por parte de Irán. Allí explica que por más de tres años, los reportes trimestrales de la OIEA sobre Irán contenían detalles de las violaciones, de las obstrucciones a las visitas de los inspectores, de importantes inconsistencias entre las declaraciones oficiales y los resultados de tests y muestras tomadas de las varias instalaciones, así como otras formas de incumplimiento, y que sin embargo y absurdamente, cada reporte firmado por el propio director-general, concluía que la evidencia no demostraba de manera suficiente que la república islámica estuviera procurando fabricar armas nucleares. Eventualmente, incluso Moscú y Pekín aceptaron la “sobrecogedora naturaleza de la evidencia”, rechazaron las afirmaciones de El-Baradei, e identificaron a Irán como una nación incumplidora del Tratado de No Proliferación Nuclear en septiembre de 2005. La junta de gobernadores de la OIEA, reunida en noviembre del mismo año, no obstante pospuso el envío del dossier iraní al Consejo de Seguridad para dar más tiempo a las negociaciones. Esta postergación favoreció a los iraníes. Solo en febrero de 2006 pudo obtener Estados Unidos el apoyo de los principales miembros de la OIEA, y lograr que el tema fuese derivado al Consejo de Seguridad. Desde entonces, las evaluaciones de El-Baradei relativas a la cuestión nuclear iraní -que, como señala Steinberg, forman la base para las consideraciones de nuevas sanciones en el Consejo de Seguridad- continúan negando los esfuerzos de los ayatollas en cruzar el umbral nuclear.

El 9 del corriente, un día después de que Mahmoud Ahmadinejad anunciara que su país disponía de 3000 centrifugadoras para el enriquecimiento de uranio (es decir, el nivel crítico y final para construir bombas nucleares), Shaul Mofaz, responsable del diálogo estratégico con Washington por el asunto iraní y ex ministro de defensa de Israel, acusó al funcionario egipcio de poner en peligro a la paz mundial al cerrar los ojos ante el plan iraní y pidió su destitución, definiendo la conducta de éste de “lenta e irresponsable”. El-Baradei, que no había alertado respecto de ningún programa no-convencional sirio, había no obstante criticado públicamente a Israel por su incursión en el territorio de Bashar al-Assad donde presuntamente destruyó un reactor atómico de construcción norcoreana. Que en el año 2005 la administración Bush se haya opuesto a la reelección para un tercer mandato de El-Baradei como director-general del organismo internacional (dada la oposición del mismo a la guerra en Irak, por lo que fue premiado con el Nobel de la Paz) y que el régimen de Ahmadinejad se haya mostrado poco tiempo atrás dispuesto a negociar con el egipcio, sea quizás el indicador más claro de lo inadecuado que es El-Baradei para monitorear el programa nuclear iraní. Sencillamente, él parece ser el hombre equivocado, en el lugar equivocado, en el momento equivocado.

Ante la incompetencia del director-general de la OIEA, ante el obstruccionismo chino-ruso, y ante la imprudencia europea (con excepción de París y Londres en este momento), se cierra cada vez más la ventana de oportunidad de detener a Irán antes de que se convierta en una nación nuclear. Ni siquiera la actual Casa Blanca parece estar uniendo su retórica condenatoria con sus actos en el terreno. Jerusalem es especialmente sensible a este cuadro de situación, a la luz de las aspiraciones eliminacionistas de los iraníes. Diversas figuras relevantes del ejército israelí han alertado últimamente a propósito de la gravedad del asunto e insinuado que el próximo año será el último del que disponga la comunidad internacional para evitar que Irán sea nuclear. Con el trasfondo de la operación Osirak en 1981 y de la reciente incursión en Siria por parte de fuerzas israelíes, quizás el mundo dé por descontado que, una vez más, la acción decisiva será efectuada por Israel. Llegado el caso, que duda cabe, no serán pocos los que condenen públicamente a Israel; aunque lo aplaudan secretamente. Y habrá, también, quienes protestarán por el unilateralismo espartano de Israel y lamentarán que el sistema mundial de monitoreo nuclear haya perdido credibilidad. Las quejas estarán dirigidas hacia quién haya finalmente removido de la preocupación internacional una gran amenaza a la paz y a la seguridad, y en el olvido quedarán los actos de quienes permitieron -a través de la incompetencia y la irresponsabilidad- la conformación de semejante amenaza en primer lugar.

Artículo originalmente publicado en Libertad Digital

Libertad Digital, Libertad Digital - 2007

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

El-Baradei y los Ayatolas – 19/11/07

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La relación entre la comunidad internacional y la República Islámica de Irán parece seguir el movimiento de la Sonata nº 7 de Sergei Prokofiev: comenzó con un allegro inquieto, continuó bajo un andante caloroso y posiblemente finalizará con un precipitato. Primero hubo conmoción ante la noticia del plan atómico iraní; luego, intensa diplomacia; y ahora nos encaminamos a un brusco final.

No son muchos los miembros de la familia de las naciones que se toman en serio el escenario derivado de un Irán nuclearizado. Ciertamente, no lo hacen Holanda y la India, países que exportan el 40% del combustible que consumen los iraníes. Tampoco las muchas compañías alemanas que continúan operando en Irán, ni las firmas suizas, italianas, austriacas y españolas que aún mantienen negocios con Teherán. Claramente, no lo hace la UE en su conjunto, cuyo volumen de negocios representa para los iraníes el 40% de su comercio exterior, aunque para aquélla equivale solamente al 1% de su cartera foránea. Definitivamente, no lo hacen China y Rusia, que asisten tecnológicamente a Teherán y simultáneamente obstruyen en el Consejo de Seguridad de la ONU la adopción de sanciones contra el régimen de los ayatolás. Y, muy evidentemente, tampoco lo hace el responsable número uno en materia de seguridad atómica internacional, el Sr. Mohamed el Baradei, director general de la Organización Internacional para la Energía Atómica (OIEA), cuya negligencia ha sido duramente criticada por los israelíes.

«Las reiteradas afirmaciones de El Baradei, que ha negado, con gran incongruecia, que Irán esté buscando armas nucleares y obteniendo progresos en la materia, son difíciles de explicar», ha declarado Gerald Steinberg, titular del Departamento de Estudios Políticos de la Universidad de Bar Ilán. En una breve monografía, este académico afirma que el funcionario egipcio que está al frente de la OIEA «ha perdido credibilidad y está encubriendo amplias violaciones del Tratado de No Proliferación Nuclear (por parte de Irán)».

Steinberg explica que, por más de tres años, los reportes trimestrales de la OIEA sobre Irán dieron cuenta de las obstrucciones a las visitas de los inspectores, de importantes inconsistencias entre las declaraciones oficiales y los resultados de las muestras recogidas en las propias instalaciones, etcétera, pero que, absurdamente, cada reporte firmado por Baradei concluía que las evidencias no demostraban suficientemente que la república islámica estuviera tratando de fabricar armas nucleares.

De hecho, incluso Moscú y Pekín aceptaron la «sobrecogedora naturaleza de la evidencia», rechazaron las afirmaciones de El Baradei e identificaron a Irán como una nación incumplidora del Tratado de No Proliferación Nuclear (septiembre de 2005). La Junta de Gobernadores de la OIEA, reunida en noviembre del mismo año, decidió no obstante posponer el envío del dossier iraní al Consejo de Seguridad para dar más tiempo a los negociadores.

Esta postergación favoreció a los iraníes. Sólo en febrero de 2006 pudo obtener Estados Unidos el apoyo de los principales miembros de la OIEA para que el asunto fuese derivado al Consejo de Seguridad. Desde entonces, las evaluaciones de El Baradei relativas a la cuestión nuclear iraní –que, como señala Steinberg, forman la base para la consideración de nuevas sanciones por parte del Consejo de Seguridad– continúan negando que los ayatolás estén empeñados en cruzar el umbral nuclear.

El 9 del corriente, un día después de que Mahmud Ahmadineyad anunciara que su país disponía de 3.000 centrifugadoras para el enriquecimiento de uranio (es decir, el nivel crítico y final para construir bombas nucleares), Shaul Mofaz, responsable del diálogo estratégico con Washington por el asunto iraní y ex ministro de Defensa de Israel, acusó al funcionario egipcio de poner en peligro la paz mundial con su postura de cerrar los ojos ante el plan de Teherán y pidió su destitución, habida cuenta de su conducta «lenta e irresponsable».

El Baradei, que no había alertado respecto de que el régimen de Bachar al Assad contara con algún programa no convencional, ha criticado públicamente a Israel por su reciente incursión en territorio sirio, donde al parecer destruyó un reactor atómico de construcción norcoreana.

Que en el año 2005 la Administración Bush se opusiera a que El Baradei disfrutara de un tercer mandato al frente de la OIEA (dada su oposición a la guerra en Irak, lo que, por otra parte, le valió el Nobel de la Paz) y que el régimen de Ahmadineyad se haya mostrado poco tiempo atrás dispuesto a negociar con él son quizá los indicadores más claros de lo inadecuado que es este personaje para monitorear el programa nuclear iraní. Sencillamente, parece ser el hombre equivocado, en el lugar equivocado, en el momento equivocado.

Dados la incompetencia del director general de la OIEA, el obstruccionismo de China y Rusia y la imprudencia europea (excepción hecha de París y Londres), cada vez resulta más difícil detener a Irán antes de que se convierta en una nación nuclear. Ni siquiera la actual Casa Blanca parece estar uniendo su retórica condenatoria con sus actos sobre el terreno.

Jerusalén es especialmente sensible a este panorama, a la luz de las aspiraciones eliminacionistas de los iraníes. Diversas figuras relevantes del Ejército israelí han alertado últimamente de la gravedad de la situación, e insinuado que el próximo año será el último del que disponga la comunidad internacional para evitar que Irán sea nuclear. Con el trasfondo de la operación Osirak (1981) y de la reciente incursión en Siria, quizá el mundo dé por descontado que, una vez más, la acción decisiva correrá por cuenta de Israel.

Llegado el caso, qué duda cabe, no serán pocos los que condenen públicamente a Israel, aunque le aplaudan secretamente. Y habrá, también, quienes protesten por el unilateralismo espartano de Israel y lamenten la pérdida de credibilidad del sistema mundial de monitoreo nuclear. Las quejas se dirigirán hacia quien haya finalmente removido de la preocupación internacional una gran amenaza para la paz y la seguridad, y en el olvido quedarán los actos de quienes permitieron, con su incompetencia e irresponsabilidad, que aquélla cobrara cuerpo.

Comunidades, Comunidades - 2007

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Sobre autos y mujeres en Arabia Saudita – 07/11/07

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Para una sociedad que se opuso a la radio y a la televisión y que abolió la esclavitud apenas siete años antes de que el hombre llegara a la luna, el reciente establecimiento de la “Liga de Demandantes del Derecho de la Mujer a Manejar Autos en Arabia Saudita” ha naturalmente generado repercusiones sociales.

A finales de septiembre, alrededor de 1100 mujeres saudíes han firmado una petición dirigida al Rey Abdullah exigiendo se les reconozca el derecho a manejar autos en el reino islámico. Entre las razones invocadas hay apelaciones a la tradición y a la historia (en el pasado, las mujeres saudíes podían desplazarse libremente en camellos y caballos, que no eran sino los medios de transporte de antaño), al sentido económico (cada vez resulta más oneroso para la clase media sostener un chofer particular que lleve de aquí para allá a las mujeres de la familia), y a la conciencia social (en el marco de un reclamo de mayor igualdad entre hombres y mujeres). La última vez que algo así fue intentado, terminó en fracaso. En 1990, aprovechando la presencia en tierra saudí de varios periodistas extranjeros que cubrían los desarrollos de la Guerra del Golfo, mujeres subieron a los autos de sus maridos o padres y manejaron a lo largo y ancho de Ryhad. Muchas de ellas terminaron en prisión, otras perdieron sus trabajos, y algunas fueron temporalmente expulsadas del país. Esta vez, si bien la iniciativa ha encontrado resistencias, ella ocurre en una atmósfera de mayor apertura y permisividad, en tanto la monarquía musulmana halla cada vez más difícil evadirse de la modernidad.

Los últimos dos años y medio han sido testigos de un acalorado debate en la sociedad saudí a propósito de este tema, desde que en mayo de 2005 dos miembros del Consejo de la Shura elevaron la idea -radical en la Arabia Saudita del siglo XXI- de que las mujeres deberían poder manejar. Periódicos han comenzado a publicar notas relativas a la posible aceptación y consecuentes implicancias del manejo femenino, programas televisivos han presentado paneles de debate al respecto, y al menos una organización patrocinada por el gobierno está abocada a la investigación de los efectos sobre la vida familiar y la sociedad de semejante cambio social. Los opositores alegan que ello fomentará la corrupción moral de la población, que las mujeres al volante provocarán accidentes viales, y que tal libertad las llevará a que salgan más de sus hogares, se maquillen y descubran sus caras, todo lo que derivará en que los hombres pierdan poderes de custodia sobre sus mujeres. “Si una mujer maneja”, sintetizó quizás inadvertidamente el Dr. Sleiman Al-Eid, titular del Departamento de Cultura Islámica de la Universidad Rey Saúd, “ella tendrá un cierto grado de independencia”.

El temor a la independencia femenina sea quizás el núcleo del asunto. Tal como el escritor Martin Amis ha señalado, al misógino musulmán “la libertad femenina le da pánico, porque el patriarcado les permite conservar los últimos vestigios de poder frente a su impotencia en el escenario mundial. Así que protegen su última pequeña fortaleza, llenos de pánico ante las mujeres, casándose con ellas cuando son niñas y todavía no logran asustarlos. Es todo un tema de impotencia masculina.”

Y así, las mujeres en Arabia Saudita son masivamente oprimidas y discriminadas. Su acceso a la educación universitaria es restringido a ciertas carreras y deben además estudiar en instituciones exclusivas para mujeres. Pueden trabajar solo en ciertos sectores de la economía, sus salarios son menores que los de sus colegas masculinos, y sus lugares de trabajo están apartados de los de los hombres. Lo mismo ocurre en los restaurantes y colectivos. Ellas jamás eligen con quien casarse y pueden divorciarse solamente si el marido lo consiente, en cuyo caso pierden automáticamente la custodia de sus hijos. Ellas no pueden ejercer la abogacía y sus testimonios ante la corte valen la mitad del de un hombre. No pueden deambular libremente por la vía pública; deben siempre estar acompañadas por un pariente masculino o sus esposos, y obligatoriamente deben vestir la abaya, un ropaje que las cubre de pies a cabeza. Espacios públicos tales como parques, zoológicos, museos y bibliotecas son reservados para el disfrute de los hombres “con solo limitado tiempo asignado para las visitas de las mujeres” según un informe de la ONG Freedom House. Las mezquitas, las calles y la mayoría de los ministerios son territorio masculino. Los policías de la Comisión para la Promoción de la Virtud y la Preservación del Vicio se toman tan seriamente su trabajo, que a comienzos del año 2002, cuando un incendio fustigó una escuela de mujeres con 800 alumnas adentro y las puertas estaban cerradas con llave para garantizar la separación de los sexos, éstos impidieron salir del edificio en llamas a las escolares que huían desesperadas del fuego por no tener cubiertas todas las partes de sus cuerpos. Muchas de ellas murieron en la estampida que generó la huida, otras carbonizadas por la terquedad criminal de los puritanos islamistas. Tal la realidad social para la mujer saudí.

En este contexto, entonces, el surgimiento de un movimiento liderado por mujeres bregando por los derechos de las mujeres en la nación a la que Caroline Glick definió como el “epicentro de la misoginia del totalitarismo islámico”, es a todas luces un desarrollo fenomenalmente novel. Si éste alcanzará la transformación social que desea o simplemente quedará acotado al plano del debate público pasajero, resta por verse. Pero con su sola aparición en escena, la “Liga de Demandantes del Derecho de la Mujer a Manejar Autos en Arabia Saudita” prueba la existencia de fisuras en las murallas anti-modernistas y fanáticamente machistas del feudo de Ryhad.

Libertad Digital, Libertad Digital - 2007

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Jerusalem y el Islam – 06/11/07

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En marcado contraste con los insistentes reclamos árabes sobre Jerusalem, los musulmanes han históricamente confinado a la ciudad a los rincones más apartados de sus anhelos. Jerusalem ha sido tan marginal para el Islam que en el Corán no es mencionada ni siquiera una sola vez. Al rezar le dan la espalda: incluso estando en Jerusalem, los musulmanes rezan orientados hacia la Meca. En 700 años de gobierno árabe, Jerusalem no sólo no fue jamás ungida como capital, o al menos convertida en centro cultural de importancia, sino que fue considerada una ciudad menor. El interés musulmán en controlar Jerusalem está basado fundamentalmente en negar el control de la ciudad a terceros, en el caso actual, al pueblo judío, más que en afirmar el propio nexo. Durante los últimos 13 siglos, Jerusalem ha sólo esporádicamente sido de importancia el establishment musulmán, y tal interés errático estuvo basado en consideraciones políticas, no religiosas. La historia testimonia esta aseveración.

Jerusalem en la historia temprana y media del Islam:

En el año 622 de la EC, Mahoma abandona Meca por Medina, y en un intento de ganar adeptos judíos a la naciente religión, incorpora varios de los ritos y prácticas religiosas judías, entre las que se encuentran rezar en orientación al Monte del Templo en Jerusalem. Luego del rechazo judío a las prédicas mahometanas, el profeta musulmán sustituye Jerusalem por la Meca como foco de las plegarias.

Al siglo siguiente de la muerte del profeta, la dinastía Umayyad, que controlaba Jerusalem y estaba enfrentada con un liderazgo disidente en Meca, decidió elevar el status de Jerusalem para contrarrestar el poder de Arabia. Las virtudes de la ciudad comenzaron a ser destacadas en la literatura, en tanto que los «hadiths» (dichos y hechos del profeta) positivos a Jerusalem cobraron mayor relevancia. A finales del siglo VII, el Domo de la Roca fue construido sobre las ruinas del Gran Templo judío. Al siglo siguiente, los umayyads contruyeron una mezquita en Jerusalem, nuevamente sobre el Monte del Templo, y la llamaron la «mezquita alejada», también conocida como «al-Masjid-al-Aqsa», o simplemente «Al-Aqsa».

El nombre poseía un simbolismo muy especial. Al describir el viaje nocturno de Mahoma, el Corán dice: «Gloria a [Allah] quien tomó a su sirviente en un viaje nocturno desde la mezquita sagrada hacia la mezquita alejada». El Dr. Martin Kramer y otros entendidos en el tema sostienen que la «mezquita sagrada» existía en Meca, en tanto que la «mezquita alejada» apelaba a un lugar celestial, no terrenal. Pero incluso si aludía a un lugar terrestre, no podría ser en Palestina dado que dicha área recibía el nombre en el Corán de «la tierra más cercana».

En la actualidad los musulmanes aducen que Al-Aqsa es la mezquita referida en su texto sagrado como la «mezquita alejada». Una aseveración curiosa, dado que no había mezquita alguna en Jerusalem durante la vida de Mahoma. Jerusalem fue capturada por el califa Omar en el año 638, seis años después de la muerte del profeta islámico. Ochenta años después de la muerte de Mahoma, Abd el-Whad construyó la mezquita de Al-Aqsa. En consecuencia, es históricamente obvio que el profeta musulmán no pudo haber tenido esta mezquita en mente al compilar el Corán dado que la misma no existió por las siguientes 8 décadas posteriores a su muerte. Con lo cual, tal como acotó el Dr. Daniel Pipes, ¡así es como una mezquita construida con posterioridad a la revelación del Corán es retroactivamente insertada en los versos originales del Corán para validar un reclamo ulterior!

Con el colapso de la dinastía Umayyad en el año 750, Jerusalem perdió su brillantez. Durante los siguientes 350 años al ocaso político de la dinastía Umayyad, Jerusalem perdió relevancia religiosa en el mundo musulmán. Las loas literarias a Jerusalem disminuyeron, las construcciones se detuvieron, y las otrora gloriosas edificaciones incluso se desplomaron (el Domo de la Roca se derrumbó en 1016). Fue solamente a partir de la conquista de Jerusalem por los cruzados en 1099 que los musulmanes comenzaron a reafirmar la importancia de la ciudad. En el contexto de los preparativos para la captura de Jerusalem en 1150, hadiths y libros alabando las virtudes de Jerusalem reemergieron. Así como Saladino reconquistó la ciudad, el interés islámico en Jerusalem retornó a su posición de previa pasividad, a punto tal que uno de los nietos del propio Saladino cedió temporariamente la ciudad al emperador Federico II a cambio de asistencia militar a su hermano. La noción de que Jerusalem estaba nuevamente en manos infieles despertó fuertes reacciones y en el siglo XIII Jerusalem fue recapturada por luchadores musulmanes. Por los siguientes siete siglos, Jerusalem cayó en la irrelevancia habitual bajo la administración musulmana.

Jerusalem en la Historia Moderna del Islam

Bajo el imperio otomano la ciudad cayó en tal desatención que los varios viajeros que visitaron el área la describieron con penuria. En 1850 Gustav Flaubert encontró que la ciudad tenía «ruinas por todas partes». En 1867, Mark Twain escribió que la ciudad «ha perdido toda su grandeza antigua, y se ha convertido en una aldea paupérrima». Ya en 1795, el aristócrata Charles-Joseph de Ligne la había caracterizado como el petit trou horrible (el pequeño agujero horrible). Los renovados esfuerzos judíos en regresar a su capital, y estando ésta a partir de 1917 bajo control infiel (el Mandato Británico), despertaron, una vez más, la pasión musulmana por Jerusalem. Se comenzaron a recolectar fondos para restaurar el Domo de la Roca, líderes árabes comenzaron a visitar la ciudad, rezos en Al-Aqsa ganaron ímpetu y apasionados discursos sobre la santidad de Jerusalem para el Islam emergieron con vigor.

Luego de la guerra de 1948 Jerusalem cayó en manos musulmanas. Durante esta guerra, Jordania, una nación árabe, lanzó morteros contra la Ciudad Vieja de Jerusalem, convirtiéndose así en «el primer país en la era moderna en bombardear la ciudad santa», tal como señaló el profesor Yehuda Blum. (Bajo la administración jordana, los israelíes-incluyendo a los judíos y también a los árabes, fueran éstos cristianos o musulmanes- tenían prohibido acceder a sus lugares sacros en Jerusalem oriental. Cincuenta y ocho sinagogas de la Ciudad Vieja fueron profandas o destruidas, algunas de más de siete siglos de antigüedad. En el proceso, cientos de libros de rezos judíos fueron quemados. Asimismo, cerca de 50.000 lápidas del cementerio antiguo judío del Monte de los Olivos fueron removidas para ser usadas en proyectos de construcción, entre otros, letrinas. Algunas zonas dentro del cementerio fueron transformadas en estacionamientos y estaciones de servicio. Fue solamente a partir de la reunificación de la ciudad, luego de la conquista israelí en 1967, que la libertad de culto y el respeto a los lugares sacros de todas las religiones fue garantizada).

Al poco tiempo de estar bajo gobierno jordano, Jerusalem nuevamente perdió su esplendor en el Islam. Pipes nos explica que los hashemitas invirtieron energías en promover Ammán, su capital, y no Jerusalem, como el centro político-administrativo de su reinado. Instituciones oficiales árabes importantes, tales como el Alto Comité Arabe, fueron cerradas, mientras que otras, tales como el Tesoro de la Waqf, mudadas a Ammán. Actividades elementales tales como obtener un crédito bancario, suscribirse al servicio telefónico, o registrar un paquete postal demandaban un viaje a Ammán. La radio jordana difundía los sermones de los viernes no desde la mezquita de Al-Aqsa sino desde una pequeña mezquita de Ammán. (Incidentalmente, estos sermones eran censurados por las autoridades jordanas, una restricción que Israel rescindió al reunificar la ciudad en 1967). Las residencias de la familia real, así como la primera universidad jordana, fueron establecidas en Ammán, no en Jerusalem. La economía jerosolimitana se estancó, miles de árabes la abandonaron, y la ciudad se transformó en una localidad provincial de menor importancia. El propio rey Hussein muy ocasionalmente visitó la ciudad sacra, una actitud imitada por otros dignatarios árabes: entre 1948 y 1967 ningún líder árabe visitó Jerusalem. Ni tampoco en la Carta Nacional Palestina, el documento fundante de la OLP de 1964, podía hallarse una mención a Jerusalem.

Por supuesto, todo esto cambió significativamente a partir de 1967, año en que Jerusalem pasó a estar en su totalidad en manos israelíes. A partir de entonces, los árabes comenzaron a «extrañar» a Jerusalem. Menciones a la misma fueron incluidas en documentos oficiales de la OLP, y «fotos del Domo de la Roca aparecieron por todas partes, desde la oficina de Yasser Arafat hasta la verdulería de la esquina», en palabras de Pipes. La Liga Árabe adoptó numerosas resoluciones sobre Jerusalem. El Domo de la Roca halló su lugar en las monedas y billetes iraníes, desde la revolución islámica. El Ayatollah Khomeini declaró al último día viernes del Ramadán como el «día de Jerusalem». En años recientes, con Jerusalem sobre la mesa de negociaciones entre palestinos e israelíes, varios gobernantes árabes expresaron públicamente sus deseos de rezar en la ciudad santa antes de morir, declararon emotivamente cuán trascendente es para ellos, etcétera, etcétera.

Conclusión

El argumento árabe-musulmán, tan en voga en la actualidad, de que Jerusalem es la tercera ciudad santa, luego de Meca y Medina, para el Islam, debe entenderse en el contexto de las líneas precedentes. La centralidad de Jerusalem para los líderes musulmanes es una fábula.  Como con casi todas las fábulas árabes modernas, goza de enorme aceptación mundial, pero fábula es.

Bibliografía

La reseña histórica aquí presentada está basada en «If I Forget Thee: Does Jerusalem Really Matter to Islam?», The New Republic, 28/4/97, escrita por el Dr. Daniel Pipes; en una nota por el mismo autor, «Whose Jerusalem», The Jerusalem Post, 19/7/00; «The Temples of Jerusalem», por el Dr. Martin Kramer, Peace Watch No. 277, 18/9/00, The Washington Institute for Near East Policy; así como en una sinópisis armada por el Dr. Kedar de la Universidad Bar-Ilán, «How Did Jerusalem Come to be so Holy to Moslems? (Why and when was the myth of al-Aqsa created)», distribuída por email en octubre de 2000.

Artículo originalmente publicado en Keter

Televisivas

El innovador y su entorno – 11/07

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Este video formó parte de la muestra «El innovador y su entorno: la contribución judía al mundo de las ideas» organizado por el CIDISEF, la Comunidad Bene Mizrah y la Fundación Hadar que fuera exhibido en el Jardín Botanico a finales de 2007.

El mismo incluye comentarios, por órden de aparición, de: Gustavo Perednik, María Kodama, Julián Schvindlerman, Carlos Escude, Guillermo J. Etcheverry, Pablo Jacovskis y Mario E. Cohen

Parte 1 – Duración: 8′ 00″
Parte 2 – Duración: 7′ 16″

Comunidades, Comunidades - 2007

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Apolo 13 y el proceso de paz – 24/10/07

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Las mega-cumbres organizadas por los incansables hacedores de la paz para el Medio Oriente suelen estar acompañadas de enorme entusiasmo internacional. La noción de que la paz está a la vuelta de la esquina y de que el encuentro mundial en cuestión será el ámbito adecuado para hallarla, ha sido una constante diplomática desde los Acuerdos de Oslo de 1993, que lanzaron el proceso de paz palestino-israelí, hasta la reunión de Camp David del 2000, que lo sepultó. Sin embargo, la más reciente conferencia en construcción -Annapolis 2007- está rodeada no de excitación optimista, sino de desánimo derrotista. Salvo la Secretaria de Estado norteamericana, Condolezza Rice, los negociadores palestinos e israelíes así como algunos europeos, parecen coincidir en que esta cumbre en cuestión no  tiene altas chances de éxito.

Así, Ahmed Qurei, un oficial de alto rango de Fatah y ex primer ministro de la Autoridad Palestina, ha dicho que si la reunión no da resultados positivos, los palestinos probablemente respondan con actos de violencia: “Si las tratativas fracasan, podemos esperar una intifada mucho peor y más severa”. Análoga impresión reflejó Azzam al-Ahmed, el representante de Mahmoud Abbas en las negociaciones de Fatah con Hamas: “Si no nos preparamos bien para la conferencia de manera que resulte en algo positivo, las repercusiones serán más peligrosas que lo que ha pasado luego del fracaso de Camp David”. Asimismo, el representante especial de la Unión Europea para el Medio Oriente, Marc Otte, coincidió: “El costo del fracaso es aún mayor que el del 2000”. Por su parte, el ministro de seguridad pública y ex jefe del contraespionaje israelí, Avi Dichter, ha dejado trascender su parecer de que las negociaciones no serán exitosas, y Shimon Peres, presidente del estado y legendario negociador, ha advertido que “Si la conferencia tiene éxito, no será un éxito total. Pero si fracasa, será un fracaso completo”. En esta atmósfera, apenas sorprende que una reciente encuesta haya arrojado el dato de que solo el 23% de los israelíes cree que la cumbre de Annapolis triunfará.

Dejando de lado la predilección palestina hacia la violencia -¿por qué lanzarían una intifada si las negociaciones no prosperan? ¿No pueden simplemente continuar negociando civilizadamente?- es evidente que las diferencias políticas entre las partes son tan intensas hoy como lo fueron años atrás. Ellas van desde lo formal (los palestinos desean obtener un documento que detalle soluciones a cada problema tal como Jerusalén, asentamientos, fronteras, etc, mientras que los israelíes tan solo aspiran a alcanzar una declaración final vaga), hasta lo sustancioso (mientras que los palestinos desean implementar el “derecho al retorno” dentro del estado judío, obtener soberanía sobre Jerusalén Este, y una evacuación israelí del 100% de Judea y Samaria, una encuesta reciente del diario Haaretz reveló que el 87% de los israelíes está en contra del retorno de los cerca de 4.5 millones de refugiados palestinos a Israel, que 2/3 de ellos se opone a la división de Jerusalén, y a su vez resulta claro para los israelíes que aún si fuera a haber una concesión territorial en Cisjordania, ésta no representaría una evacuación total).

Los palestinos están mal acostumbrados a reclamar y a no cumplir. Ellos convenientemente olvidan que la primera obligación que les incumbe es frenar el terrorismo anti-israelí, cosa que aún no han hecho, e incluso podemos postular que ni siquiera han comenzado a intentar seriamente hacer. Los alrededor de dos mil cohetes lanzados desde la Franja de Gaza en los últimos dos años (es decir, desde la desconexión israelí), prueban el punto. Ellos convenientemente olvidan que la Hoja de Ruta, el documento-guía ampliamente aceptado por los Estados Unidos, Rusia, la UE y la ONU, y acatado a regañadientes pero acatado al fin por los israelíes y los propios palestinos, estipula un calendario secuencial que obliga primero a los palestinos a detener el terrorismo y luego insta a los israelíes a proceder con las concesiones territoriales. Y también convenientemente olvidan que en el pasado han rechazado parte de lo que ahora exigen y tienen las agallas de amenazar con nuevas oleadas de violencia como si aún no tuvieran que rendir cuentas por todo el sufrimiento innecesario que le han causado a los israelíes, además de a sí mismos.

Dada la realidad del escepticismo reinante referente a lo que esta nueva cumbre pueda lograr, dada la gigantesca brecha entre expectativas palestinas y posibilidades israelíes, dada la casi nula predisposición palestina a flexibilizar sus reclamos tradicionales, y dadas las propias advertencias/amenazas palestinas del renovado recurso al uso de la fuerza, es razonable esperar que la reunión de Annapolis sea postergada, sino directamente cancelada. Tal postergación/cancelación podría incluso ser beneficiosa para las partes, conforme a la observación del analista israelí Herb Keinon. Ehud Olmert, enfrentado ya a su tercera investigación criminal, no está precisamente en la más sólida de las posiciones para negociar mucho. Su debilitamiento interno podría dar lugar a falsas esperanzas palestinas de que él ofrecerá mucho para asegurar un acuerdo que le permita recuperar puntaje político doméstico, lo cuál podría llevar a la desilusión, o bien podría alimentar la sospecha acerca de su incapacidad para implementar cualquier acuerdo al regresar a casa, lo que afianzaría la desconfianza. Abbas, por su parte, podría alegar su preferencia por no participar de un encuentro que no garantizaría la consecución de los derechos palestinos, lo que le permitiría presentarse como un “duro” ante el Hamas. La parte que seguramente perdería mucho capital político en este asunto es la administración republicana que, ante un año electoral, necesita presentar progreso en al menos un área del Medio Oriente. Ello podría explicar el vigor con el que Condoleeza Rice ha estado promoviendo esta cumbre, así como su publicitado optimismo. Interrogada a propósito de las aprehensiones prevalecientes relativas a esta nueva conferencia internacional, ella respondió apelando a una cita de la película Apollo 13: “El fracaso no es una opción”.

Suena lindo. Pero alguien debería recordarle a la secretaria de estado otra frase de esa película, tomada de la vida real cuando los astronautas del Apollo 13 descubrieron que un desperfecto técnico los había dejado varados en el espacio sideral: “Houston, we have a problem”. Ciertamente, los diplomáticos y negociadores de la cumbre de Annapolis tienen un problema. Generalmente, lo más aconsejable al toparse con un problema, es arreglarlo…y no seguir adelante como si éste no existiera.

Originalmente publicado en Libertad Digital  

Libertad Digital, Libertad Digital - 2007

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Apolo 13 y el proceso de paz – 22/10/07

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Las megacumbres organizadas por los incansables hacedores de la paz en el Medio Oriente suelen ir acompañadas de un enorme entusiasmo internacional. La noción de que la paz está a la vuelta de la esquina y de que el encuentro mundial de turno es su partera ha sido una constante desde los Acuerdos de Oslo de 1993, que lanzaron el proceso de paz palestino-israelí, hasta la reunión de Camp David de 2000, que lo sepultó. Sin embargo, a la más reciente conferencia, aún en construcción, Annapolis 2007, le rodea no la excitación optimista, sino el desánimo derrotista.

Salvo la secretaria de Estado norteamericana, Condolezza Rice, los negociadores palestinos e israelíes, así como algunos europeos, parecen coincidir en que la cumbre de Annapolis no tiene grandes posibilidades de éxito.

Ahmed Qurei, un oficial de alto rango de Al Fatah y ex primer ministro de la Autoridad Palestina, ha dicho que si la reunión no arroja resultados positivos es probable que los palestinos respondan con actos de violencia: «Si las negociaciones fracasan, podemos esperar una intifada mucho peor y más severa». En parecidos términos se ha expresado Azzam al Ahmed, el representante de Mahmud Abbás en las negociaciones de Al Fatah con Hamás: «Si no nos preparamos bien para la conferencia, de manera que resulte en algo positivo, las repercusiones serán más peligrosas de las que tuvo el fracaso de Camp David». Asimismo, el representante especial de la Unión Europea para el Medio Oriente, Marc Otte, ha declarado: «El costo del fracaso es aún mayor que el del año 2000». Por su parte, el ministro de Seguridad Pública y ex jefe del contraespionaje israelí, Avi Dichter, ha dejado que trascienda su parecer de que las negociaciones no serán fructíferas, y Shimon Peres, presidente del Estado y legendario negociador, ha advertido: «Si la conferencia tiene éxito, no será un éxito total. Pero si fracasa, será un fracaso completo».

Así las cosas, apenas sorprende que una reciente encuesta haya arrojado el dato de que sólo el 23% de los israelíes cree que la cumbre de Annapolis triunfará.

Dejando de lado la predilección palestina por la violencia (¿por qué lanzarían una intifada si las negociaciones no prosperan? ¿Acaso no pueden seguir negociando civilizadamente?), es evidente que las diferencias políticas entre las partes son tan intensas hoy como lo fueron años atrás. Van desde lo formal: los palestinos desean obtener un documento que detalle las soluciones para cada problema –Jerusalén, los asentamientos, las fronteras, etcétera–, mientras que los israelíes tan sólo aspiran a alcanzar una declaración final vaga, hasta lo sustancioso: mientras que los palestinos desean ejecutar el «derecho de retorno» al Estado judío, obtener la soberanía sobre Jerusalén Este y la evacuación israelí del 100% de Judea y Samaria, una encuesta del diario Haaretz ha revelado que el 87% de los israelíes está en contra del retorno de los cerca de 4,5 millones de refugiados palestinos a Israel y que dos tercios se oponen a la división de Jerusalén (asimismo, resulta claro para los israelíes que, aun si fuera a haber una concesión territorial en Cisjordania, no significaría la evacuación total).

Los palestinos están mal acostumbrados a reclamar y no cumplir. Convenientemente olvidan que la primera obligación que les incumbe es frenar el terrorismo antiisraelí, cosa que aún no han hecho –incluso podemos postular que ni siquiera han comenzado a intentarlo en serio–. Los alrededor de dos mil cohetes lanzados desde la Franja de Gaza en los últimos dos años (es decir, desde la desconexión israelí) prueban el punto. También olvidan que la Hoja de Ruta, el documento guía ampliamente aceptado por los Estados Unidos, Rusia, la UE y la ONU –y acatado, a regañadientes pero acatado al fin, por los israelíes y los propios palestinos–, estipula un calendario secuencial que obliga primero a los palestinos a detener el terrorismo y luego insta a los israelíes a proceder con las concesiones territoriales. Y, por supuesto, olvidan deliberadamente que en el pasado han rechazado parte de lo que ahora exigen. ¡Y tienen las agallas de amenazar con nuevas oleadas de violencia, como si no tuvieran que rendir cuentas por todo el sufrimiento innecesario que han causado a los israelíes, además de a sí mismos!

Dada la realidad del escepticismo reinante ante lo que esta nueva cumbre pueda lograr; dada la gigantesca brecha entre expectativas palestinas y posibilidades israelíes; dada la casi nula predisposición palestina a flexibilizar sus reclamos tradicionales, y dadas las propias advertencias/amenazas palestinas sobre un renovado recurso a la fuerza, es razonable esperar que la reunión de Annapolis sea postergada, si no directamente cancelada. Tal postergación/cancelación podría incluso ser beneficiosa para las partes, conforme a la observación del analista israelí Herb Keinon.

Ehud Olmert, que ya hace frente a una tercera investigación criminal, no está precisamente en la más sólida de las posiciones para negociar. Su debilitamiento interno podría dar lugar a la emergencia de falsas esperanzas en las filas palestinas: éstas podrían pensar que aquél ofrecerá mucho para asegurar un acuerdo que le permita recuperar crédito político entre sus compatriotas; pero ello podría llevar a la desilusión, o bien alimentar la sospecha acerca de su incapacidad para ejecutar cualquier acuerdo una vez de regreso a casa, lo cual daría vigor a la desconfianza. Abbás, por su parte, podría alegar que prefiere no tomar parte de un encuentro que no vaya a garantizar la consecución de los derechos palestinos, lo que le permitiría presentarse como un duro ante Hamás.

Por lo que hace a la Administración republicana, podría perder mucho capital político en este asunto. Hay que tener en cuenta que EEUU está a las puertas de un nuevo año electoral, y la Casa Blanca necesita presentar progresos en al menos un área del Medio Oriente. Ello podría explicar el vigor con que Condoleezza Rice está promoviendo la cumbre, y publicitando su optimismo. Interrogada a propósito de las aprehensiones prevalecientes relativas a esta nueva conferencia internacional, Rice respondió apelando a una cita de la película Apolo 13: «El fracaso no es una opción».

Suena lindo. Pero alguien debería recordarle otra frase de la misma película y tomada de la vida real; es de cuando los astronautas del Apolo 13 descubrieron que un desperfecto técnico los había dejado varados en el espacio sideral. «Houston, tenemos un problema». Ciertamente, los diplomáticos y negociadores de la cumbre de Annapolis tienen un problema.

Generalmente, cuando uno se topa con un problema, lo más aconsejable es arreglarlo, no seguir adelante como si no existiera.

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Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

Irán, la bomba y el mundo libre – 15/10/07

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El presidente iraní sigue exhibiendo su radicalismo. Numerosos israelíes están a merced de los cohetes que lanzan contra sus ciudades unas agrupaciones terroristas patrocinadas por Teherán. Los soldados norteamericanos mueren en Irak y Afganistán a manos de milicias armadas por Irán. El régimen de los ayatolás anuncia haber dado un paso más en su ruta hacia la nuclearización. Así las cosas, la ONU no hace otra cosa que emitir nuevas y frágiles resoluciones. Cada vez resulta más claro que la comunidad internacional parece haberse resignado a la pronta realidad de un Irán nuclear.

Las disparatadas afirmaciones del presidente iraní («El Holocausto es un mito»; «No hay homosexuales en Irán»), sus peligrosas amenazas («Israel debe ser borrado del mapa»; «Irán será nuclear, lo quieran o no»), así como las excentricidades varias organizadas por Teherán (desde la conferencia Un Mundo Sin Sionismo, en 2005, hasta la competencia de caricaturas negadoras del Holocausto, en 2006) y el progreso en su programa nuclear, han generado mucha conmoción mediática y una considerable actividad diplomática, pero hasta el momento no han despertado la determinación necesaria para frenar de una vez las ambiciones abrumadoramente hostiles del régimen teocrático iraní. Ambiciones, cabe acotar, globalmente publicitadas por Teherán.

Ya pasaron cinco años desde que el proyecto nuclear iraní fuera objeto de la atención mundial, luego de una denuncia efectuada por opositores al régimen de los ayatolás. Durante el período 2003-2005 Francia, Alemania y Gran Bretaña probaron la vía diplomática suave, esto es, el diálogo, el ofrecimiento de incentivos, las concesiones comerciales, etcétera, pero con ello no lograron disuadir a Teherán de alcanzar su objetivo nuclear. Moscú llegó a ofrecer a los ayatolás enriquecer uranio iraní en suelo ruso, pero éstos se negaron. Para cuando Washington logró derivar el dossier iraní al Consejo de Seguridad de la ONU y que se adoptaran dos resoluciones condenatorias, la república islámica ya había logrado enriquecer uranio en más de tres mil centrifugadoras, y la confianza de Ahmadineyad en sus fuerzas era tal que pudo despreciar dichas resoluciones y aseverar que su país sería, tarde o temprano, nuclear.

La oposición de Rusia y China a la imposición de nuevas y más duras sanciones a Teherán es tan firme que Estados Unidos, junto con su nuevo aliado, la Francia de Nicolas Sarkozy, está explorando nuevos canales sancionadores fuera del marco de la ONU. Aun así, y según ha informado el Wall Street Journal, dichas sanciones no incluirán, al parecer, la importación iraní de combustible refinado, que representa el 40% de su consumo interno y es, por razones obvias, el gran talón de Aquiles del régimen de los ayatolas.

Incluso en Washington subsiste la corriente apaciguadora: cuando, recientemente, la Casa Blanca quiso designar a la Guardia Revolucionaria Iraníes como una organización terrorista, el Departamento de Estado se opuso; de hecho, trabó la iniciativa por aprehensión a la repercusión que podría tener en algunas cancillerías.

La brecha entre declaraciones ofuscadas y acciones prácticas puede ser especialmente apreciada en la política iraní de la Alemania de Angela Merkel. Durante su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Merkel comparó a Ahmadineyad con Adolf Hitler. No obstante, apenas una semana antes su Ministerio de Economía había patrocinado una feria que tenía por objeto promover los lazos comerciales entre compañías alemanas e iraníes.

Alemania es uno de los principales socios comerciales de Irán: el año pasado exportó a la república islámica por valor de 5.000 millones de dólares. Según Yossi Klein Halevi, corresponsal en Israel de la revista The New Republic, son cinco mil las firmas alemanas –entre ellas BASF, Siemens, Mercedes y Volkswagen– que siguen operando en esa teocracia musulmana.

Ya he criticado la visita de la Orquesta Sinfónica de Osnabruck a Teherán. Músicos alemanes tocan para los ayatolás, empresas alemanas comercian con Irán bajo el patrocinio del Gobierno alemán: todo esto no cuadra muy bien con la vehemencia desplegada por la Merkel en la ONU. China y Rusia, al menos, no fingen.

El problema no es la hipocresía alemana, o no sólo: durante el período 2000-2005, el comercio entre la Unión Europea y la República Islámica de Irán prácticamente se triplicó. Irán destinó el 70% de esos ingresos a su programa nuclear.

La ambivalencia occidental es ubicua. Muy simbólicamente quedó reflejada en la abominable invitación de Columbia al líder iraní y en la esquizofrénica recepción que le dio el presidente de esta universidad: le tachó de «mezquino y cruel dictador»… antes de cederle el turno de palabra y concederle una inmerecida legitimidad. Lo más grave fue que Columbia, al invitar a un incitador del aniquilamiento de Israel, ha venido a decir, si bien involuntariamente, que apoyar u oponerse al genocidio del pueblo judío es un asunto legítimo de debate, tal como ha observado Caroline Glick en el Jerusalem Post. Las cálidas recepciones brindadas al déspota iraní en Bolivia y Venezuela marcan, a su vez, una triste página en la historia política latinoamericana.

La familia de las naciones cuenta con instrumentos jurídicos y diplomáticos suficientes para detener al régimen iraní. Tal y como han señalado juristas internacionales, Ahmadineyad está violando constantemente la Convención contra el Genocidio, que prohíbe expresamente «la incitación pública y directa al genocidio». Asimismo, su régimen comete crímenes contra la Humanidad con cada acto de terror que apaña, viola resoluciones de las Naciones Unidas con cada paso que da hacia su nuclearización y ofende a la Declaración Universal de los Derechos Humanos con cada acción de represión interna que ejecuta.

Todos estos abusos ya han sido tolerados por demasiado tiempo. Con cada día que pasa, Teherán está más cerca de obtener la bomba, y el mundo libre, de una situación de exposición insostenible. Lo más trágico de este asunto es que, al optar por no transitar aquellos caminos que llevarían pacíficamente al ostracismo iraní, el mundo libre está estrechando su propio margen de acción y encaminándose a la última de las opciones que se le presentan: la militar.

Originalmente publicado en Comunidades