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Libertad Digital, Libertad Digital - 2017

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

La conspiration de silence en France – 10/08/17

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El 3 de abril último, un joven oriundo de Mali llamado Kobili Traoré regresó a su casa parisina tras haber pasado una tarde fumando marihuana con amigos. Estaba tan alterado que su madre lo echó puertas afuera en medio de la noche. Una familia vecina, también de Mali, lo acogió, pero al rato debió encerrarse en una habitación y llamar a la policía a la luz del comportamiento violento del invitado. En cuestión de minutos, tres policías arribaron al lugar, otros tres los hicieron más tarde. Al escuchar sus recitaciones de versos coránicos asumieron que se trataba de un potencial terrorista, llamaron al cuerpo de elite y quedaron a la espera de los refuerzos. Traoré cruzó al balcón de al lado, rompió la ventana y atacó a una mujer de 65 años. Se llamaba Sarah Halimi, era una médica judía y el africano la conocía, habiéndole gritado en el pasado “sucia judía”. El intruso la atacó con tal ferocidad que le provocó veinte fracturas en su cara y cuerpo. La torturó horriblemente durante un tiempo mientras proclamaba versos coránicos, decía “alá u akbar” y la acusaba de ser un diablo. Luego la arrojó por el balcón de un tercer piso. Aunque los gritos desgarradores de la víctima resonaron por todas partes, la policía no intervino. Tampoco lo hicieron los vecinos. Para cuando la unidad elite llegó a la escena, cincuenta minutos después, Sarah Halimi yacía muerta en el patio del edificio. Kobili Traoré, en tanto, estaba en la casa de sus vecinos de Mali, recitando calmadamente suras del Corán y alardeando “maté al vecino Sheitán” (diablo).

El asesino fue arrestado y enviado a un hospital psiquiátrico. El fiscal de Paris tardó diez días en iniciar la investigación y se negó a incluir en los cargos una motivación antisemita. En un caso previo en que un musulmán (Adel Amastibou) asesinó a un vecino judío (Sébastien Selam), en 2003, y admitió “maté a un judío, iré al paraíso”, también fue enviado a un instituto mental, donde pasó unos años, y nunca fue juzgado por su crimen. Ídem con Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el tunecino que en julio de 2016 atropelló con un camión y mató a 86 personas en la Promenade des Anglais en Niza. Fue declarado “insano” y enviado a un psiquiátrico. Es decir, para las autoridades Francia está bajo ataque de dementes, no de islamistas. Y esos musulmanes que andan matando judíos por ser judíos aparentemente tampoco tienen un motivo antisemita. En 2006, la autodenominada “banda de los bárbaros” liderada por Yussuf Fofana, de Costa de Marfil, secuestró y torturó con saña espeluznante durante tres semanas a un joven judío llamado Ilán Halimi. Lo abandonaron moribundo, maniatado con cinta aislante a un árbol, y murió en un hospital. La policía se rehusó a tratar el caso como uno de antisemitismo, atribuyendo la causa en su lugar a una pelea entre bandas juveniles. Fofana se fugó a África pero fue extraditado a Francia y condenado a cadena perpetua. “Los judíos son mis enemigos” gritó durante el juicio. En una variante rítmica del tema, vecinos del 11 arrondissement gritaron “muerte a los judíos” contra quienes participaron en una marcha silenciosa en tributo a Sarah Halimi el domingo siguiente a su muerte.

Con el estamento policial y jurídico minimizando las raíces antisemitas del ataque, la comunidad judía esperó contar con el apoyo de la prensa nacional. Sin suerte: los periodistas no investigaron el incidente ni lo reportaron. Una cortina de silencio descendió sobre los principales medios de comunicación franceses al punto que al cabo de siete semanas del crimen, el hermano de Sarah dijo con amargura a i24News: “El absoluto silencio que rodea el asesinato de mi hermana se ha tornado intolerable”. El crimen ocurrió entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones nacionales en Francia y la prensa progresista pareció haber tomado la decisión de no publicar nada que alentase el mensaje alertador del Frente Nacional de Marine Le Pen (incidentalmente, según indicó Luis Rivas en El Confidencial, ella fue la primera y única política local en condenar esta agresión). Le Monde, Liberation y los demás medios de izquierda llevan años ya pontificando que el islam es una religión de paz y, en su visión, mencionar la identidad religiosa de los agresores equivale a estigmatizar a toda la feligresía mahometana, además de que socavaría la inocencia proclamada. La corrección política impide hablar de un crimen religioso. Ergo, mientras el cadáver de Sarah Halimi yace en un cementerio, su historia es sepultada por la prensa bien pensant.

Tres meses después del asesinato de Sarah Halimi, alrededor de cien intelectuales musulmanes de Francia publicaron una carta abierta en el Journal de Dimanche con el título “Nosotros, franceses-musulmanes, estamos listos para asumir nuestras responsabilidades”. Sólo que no lo hicieron. Pedían por “una batalla cultural contra el islam radical”, clamaban por una reflexión islámica a la luz de la seguidilla de atentados perpetrados por musulmanes en nombre de su fe y listaban los incidentes: la matanza de periodistas de Charlie Hebdo, los atentados de Bataclán, el atropellamiento en Niza, el apuñalamiento fatal de dos policías casados frente a su pequeño hijo en las afueras de la capital y el degollamiento de un sacerdote en una iglesia en Étienne-du-Rouvray. Excluyeron toda mención a los ataques dirigidos contra blancos judíos: los cuatro que fueron matados por Amedy Coulebady en el supermercado kosher en Paris, la ejecución de un rabino y tres niños en Toulouse por Mohamed Merah y la violación de una joven en la casa de una familia judía en Creteil por parte de agresores musulmanes (no un acto terrorista pero sí antisemita: los delincuentes eligieron ese hogar porque, dirían posteriormente, “los judíos tienen siempre mucho dinero”). Salvo un puñado de intelectuales y líderes judíos que reaccionaron, a la sociedad francesa no pareció molestarle demasiado la omisión.

El ocultamiento y la minimización del componente antijudío en el asesinato bestial de una mujer judía en Paris a manos de un fanático musulmán obediente de Alá por parte de las autoridades policiales, judiciales, medios de prensa y reformistas musulmanes es un signo de la Francia actual, y por extensión de Europa. Tal como escribió en The Times of Israel la novelista norteamericana residente en Paris Nidra Poller, “Sarah Halimi es una imagen de nuestra civilización: indefensa porque los agentes de la ley no actúan, las autoridades engañan, la prensa enmudece, y aquellos que dicen la verdad son perseguidos y procesados”. 

Infobae, Infobae - 2017

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

La conspiration du silence en France – 07/08/17

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El 3 de abril último, un joven oriundo de Mali llamado Kobili Traoré regresó a su casa parisina tras haber pasado una tarde fumando marihuana con amigos. Estaba tan alterado que su madre lo echó puertas afuera en medio de la noche. Una familia vecina, también de Mali, lo acogió, pero al rato debió encerrarse en una habitación y llamar a la policía a la luz del comportamiento violento del invitado. En cuestión de minutos, tres policías arribaron al lugar, otros tres los hicieron más tarde. Al escuchar sus recitaciones de versos coránicos asumieron que se trataba de un potencial terrorista, llamaron al cuerpo de elite y quedaron a la espera de los refuerzos. Traoré cruzó al balcón de al lado, rompió la ventana y atacó a una mujer de 65 años. Se llamaba Sarah Halimi, era una médica judía y el africano la conocía, habiéndole gritado en el pasado “sucia judía”. El intruso la atacó con tal ferocidad que le provocó veinte fracturas en su cara y cuerpo. La torturó horriblemente durante un tiempo mientras proclamaba versos coránicos, decía “alá u akbar” y la acusaba de ser un diablo. Luego la arrojó por el balcón de un tercer piso. Aunque los gritos desgarradores de la víctima resonaron por todas partes, la policía no intervino. Tampoco lo hicieron los vecinos. Para cuando la unidad elite llegó a la escena, cincuenta minutos después, Sarah Halimi yacía muerta en el patio del edificio. Kobili Traoré, en tanto, estaba en la casa de sus vecinos de Mali, recitando calmadamente suras del Corán y alardeando “maté al vecino Sheitán” (diablo).

El asesino fue arrestado y enviado a un hospital psiquiátrico. El fiscal de Paris tardó diez días en iniciar la investigación y se negó a incluir en los cargos una motivación antisemita. En un caso previo en que un musulmán (Adel Amastibou) asesinó a un vecino judío (Sébastien Selam), en 2003, y admitió “maté a un judío, iré al paraíso”, también fue enviado a un instituto mental, donde pasó unos años, y nunca fue juzgado por su crimen. Ídem con Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el tunecino que en julio de 2016 atropelló con un camión y mató a 86 personas en la Promenade des Anglais en Niza. Fue declarado “insano” y enviado a un psiquiátrico. Es decir, para las autoridades Francia está bajo ataque de dementes, no de islamistas. Y esos musulmanes que andan matando judíos por ser judíos aparentemente tampoco tienen un motivo antisemita. En 2006, la autodenominada “banda de los bárbaros” liderada por Yussuf Fofana, de Costa de Marfil, secuestró y torturó con saña espeluznante durante tres semanas a un joven judío llamado Ilán Halimi. Lo abandonaron moribundo, maniatado con cinta aislante a un árbol, y murió en un hospital. La policía se rehusó a tratar el caso como uno de antisemitismo, atribuyendo la causa en su lugar a una pelea entre bandas juveniles. Fofana se fugó a África pero fue extraditado a Francia y condenado a cadena perpetua. “Los judíos son mis enemigos” gritó durante el juicio. En una variante rítmica del tema, vecinos del 11 arrondissement gritaron “muerte a los judíos” contra quienes participaron en una marcha silenciosa en tributo a Sarah Halimi el domingo siguiente a su muerte.

Con el estamento policial y jurídico minimizando las raíces antisemitas del ataque, la comunidad judía esperó contar con el apoyo de la prensa nacional. Sin suerte: los periodistas no investigaron el incidente ni lo reportaron. Una cortina de silencio descendió sobre los principales medios de comunicación franceses al punto que al cabo de siete semanas del crimen, el hermano de Sarah dijo con amargura a i24News: “El absoluto silencio que rodea el asesinato de mi hermana se ha tornado intolerable”. El crimen ocurrió entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones nacionales en Francia y la prensa progresista pareció haber tomado la decisión de no publicar nada que alentase el mensaje alertador del Frente Nacional de Marine Le Pen (incidentalmente, según indicó Luis Rivas en El Confidencial, ella fue la primera y única política local en condenar esta agresión). Le Monde, Liberation y los demás medios de izquierda llevan años ya pontificando que el islam es una religión de paz y, en su visión, mencionar la identidad religiosa de los agresores equivale a estigmatizar a toda la feligresía mahometana, además de que socavaría la inocencia proclamada. La corrección política impide hablar de un crimen religioso. Ergo, mientras el cadáver de Sarah Halimi yace en un cementerio, su historia es sepultada por la prensa bien pensant.

Tres meses después del asesinato de Sarah Halimi, alrededor de cien intelectuales musulmanes de Francia publicaron una carta abierta en el Journal de Dimanche con el título “Nosotros, franceses-musulmanes, estamos listos para asumir nuestras responsabilidades”. Sólo que no lo hicieron. Pedían por “una batalla cultural contra el islam radical”, clamaban por una reflexión islámica a la luz de la seguidilla de atentados perpetrados por musulmanes en nombre de su fe y listaban los incidentes: la matanza de periodistas de Charlie Hebdo, los atentados de Bataclán, el atropellamiento en Niza, el apuñalamiento fatal de dos policías casados frente a su pequeño hijo en las afueras de la capital y el degollamiento de un sacerdote en una iglesia en Étienne-du-Rouvray. Excluyeron toda mención a los ataques dirigidos contra blancos judíos: los cuatro que fueron matados por Amedy Coulebady en el supermercado kosher en Paris, la ejecución de un rabino y tres niños en Toulouse por Mohamed Merah y la violación de una joven en la casa de una familia judía en Creteil por parte de agresores musulmanes (no un acto terrorista pero sí antisemita: los delincuentes eligieron ese hogar porque, dirían posteriormente, “los judíos tienen siempre mucho dinero”). Salvo un puñado de intelectuales y líderes judíos que reaccionaron, a la sociedad francesa no pareció molestarle demasiado la omisión.

El ocultamiento y la minimización del componente antijudío en el asesinato bestial de una mujer judía en Paris a manos de un fanático musulmán obediente de Alá por parte de las autoridades policiales, judiciales, medios de prensa y reformistas musulmanes es un signo de la Francia actual, y por extensión de Europa. Tal como escribió en The Times of Israel la novelista norteamericana residente en Paris Nidra Poller, “Sarah Halimi es una imagen de nuestra civilización: indefensa porque los agentes de la ley no actúan, las autoridades engañan, la prensa enmudece, y aquellos que dicen la verdad son perseguidos y procesados”.

Comunidades, Comunidades - 2017

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

La conspiration du silence en France – 07/08/17

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El 3 de abril último, un joven oriundo de Mali llamado Kobili Traoré regresó a su casa parisina tras haber pasado una tarde fumando marihuana con amigos. Estaba tan alterado que su madre lo echó puertas afuera en medio de la noche. Una familia vecina, también de Mali, lo acogió, pero al rato debió encerrarse en una habitación y llamar a la policía a la luz del comportamiento violento del invitado. En cuestión de minutos, tres policías arribaron al lugar, otros tres los hicieron más tarde. Al escuchar sus recitaciones de versos coránicos asumieron que se trataba de un potencial terrorista, llamaron al cuerpo de elite y quedaron a la espera de los refuerzos. Traoré cruzó al balcón de al lado, rompió la ventana y atacó a una mujer de 65 años. Se llamaba Sarah Halimi, era una médica judía y el africano la conocía, habiéndole gritado en el pasado “sucia judía”. El intruso la atacó con tal ferocidad que le provocó veinte fracturas en su cara y cuerpo. La torturó horriblemente durante un tiempo mientras proclamaba versos coránicos, decía “alá u akbar” y la acusaba de ser un diablo. Luego la arrojó por el balcón de un tercer piso. Aunque los gritos desgarradores de la víctima resonaron por todas partes, la policía no intervino. Tampoco lo hicieron los vecinos. Para cuando la unidad elite llegó a la escena, cincuenta minutos después, Sarah Halimi yacía muerta en el patio del edificio. Kobili Traoré, en tanto, estaba en la casa de sus vecinos de Mali, recitando calmadamente suras del Corán y alardeando “maté al vecino Sheitán” (diablo).

El asesino fue arrestado y enviado a un hospital psiquiátrico. El fiscal de Paris tardó diez días en iniciar la investigación y se negó a incluir en los cargos una motivación antisemita. En un caso previo en que un musulmán (Adel Amastibou) asesinó a un vecino judío (Sébastien Selam), en 2003, y admitió “maté a un judío, iré al paraíso”, también fue enviado a un instituto mental, donde pasó unos años, y nunca fue juzgado por su crimen. Ídem con Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el tunecino que en julio de 2016 atropelló con un camión y mató a 86 personas en la Promenade des Anglais en Niza. Fue declarado “insano” y enviado a un psiquiátrico. Es decir, para las autoridades Francia está bajo ataque de dementes, no de islamistas. Y esos musulmanes que andan matando judíos por ser judíos aparentemente tampoco tienen un motivo antisemita. En 2006, la autodenominada “banda de los bárbaros” liderada por Yussuf Fofana, de Costa de Marfil, secuestró y torturó con saña espeluznante durante tres semanas a un joven judío llamado Ilán Halimi. Lo abandonaron moribundo, maniatado con cinta aislante a un árbol, y murió en un hospital. La policía se rehusó a tratar el caso como uno de antisemitismo, atribuyendo la causa en su lugar a una pelea entre bandas juveniles. Fofana se fugó a África pero fue extraditado a Francia y condenado a cadena perpetua. “Los judíos son mis enemigos” gritó durante el juicio. En una variante rítmica del tema, vecinos del 11 arrondissement gritaron “muerte a los judíos” contra quienes participaron en una marcha silenciosa en tributo a Sarah Halimi el domingo siguiente a su muerte.

Con el estamento policial y jurídico minimizando las raíces antisemitas del ataque, la comunidad judía esperó contar con el apoyo de la prensa nacional. Sin suerte: los periodistas no investigaron el incidente ni lo reportaron. Una cortina de silencio descendió sobre los principales medios de comunicación franceses al punto que al cabo de siete semanas del crimen, el hermano de Sarah dijo con amargura a i24News: “El absoluto silencio que rodea el asesinato de mi hermana se ha tornado intolerable”. El crimen ocurrió entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones nacionales en Francia y la prensa progresista pareció haber tomado la decisión de no publicar nada que alentase el mensaje alertador del Frente Nacional de Marine Le Pen (incidentalmente, según indicó Luis Rivas en El Confidencial, ella fue la primera y única política local en condenar esta agresión). Le Monde, Liberation y los demás medios de izquierda llevan años ya pontificando que el islam es una religión de paz y, en su visión, mencionar la identidad religiosa de los agresores equivale a estigmatizar a toda la feligresía mahometana, además de que socavaría la inocencia proclamada. La corrección política impide hablar de un crimen religioso. Ergo, mientras el cadáver de Sarah Halimi yace en un cementerio, su historia es sepultada por la prensa bien pensant.

Tres meses después del asesinato de Sarah Halimi, alrededor de cien intelectuales musulmanes de Francia publicaron una carta abierta en el Journal de Dimanche con el título “Nosotros, franceses-musulmanes, estamos listos para asumir nuestras responsabilidades”. Sólo que no lo hicieron. Pedían por “una batalla cultural contra el islam radical”, clamaban por una reflexión islámica a la luz de la seguidilla de atentados perpetrados por musulmanes en nombre de su fe y listaban los incidentes: la matanza de periodistas de Charlie Hebdo, los atentados de Bataclán, el atropellamiento en Niza, el apuñalamiento fatal de dos policías casados frente a su pequeño hijo en las afueras de la capital y el degollamiento de un sacerdote en una iglesia en Étienne-du-Rouvray. Excluyeron toda mención a los ataques dirigidos contra blancos judíos: los cuatro que fueron matados por Amedy Coulebady en el supermercado kosher en Paris, la ejecución de un rabino y tres niños en Toulouse por Mohamed Merah y la violación de una joven en la casa de una familia judía en Creteil por parte de agresores musulmanes (no un acto terrorista pero sí antisemita: los delincuentes eligieron ese hogar porque, dirían posteriormente, “los judíos tienen siempre mucho dinero”). Salvo un puñado de intelectuales y líderes judíos que reaccionaron, a la sociedad francesa no pareció molestarle demasiado la omisión.

El ocultamiento y la minimización del componente antijudío en el asesinato bestial de una mujer judía en Paris a manos de un fanático musulmán obediente de Alá por parte de las autoridades policiales, judiciales, medios de prensa y reformistas musulmanes es un signo de la Francia actual, y por extensión de Europa. Tal como escribió en The Times of Israel la novelista norteamericana residente en Paris Nidra Poller, “Sarah Halimi es una imagen de nuestra civilización: indefensa porque los agentes de la ley no actúan, las autoridades engañan, la prensa enmudece, y aquellos que dicen la verdad son perseguidos y procesados”.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

Cómo no combatir el terrorismo – 08/17

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Año 10. No. 67

A mediados del pasado mes de agosto, la región de Cataluña en España fue sacudida por una seguidilla de atentados jihadistas con epicentro en Barcelona, donde terroristas musulmanes arrollaron con una camioneta a transeúntes en las famosas ramblas de esa ciudad cosmopolita, matando a quince e hiriendo a docenas. El atentado causó una gran conmoción dentro y fuera de España. En particular, la Alcaldía de Barcelona fue duramente criticada por no haber puesto con anterioridad bloques de cemento a las entradas del paseo turístico para evitar ataques potenciales en un continente ya golpeado por esta modalidad homicida.

Sin embargo, la verdadera crítica a la Municipalidad debió haber sido de índole moral más que en el área de la seguridad (que de por cierto, no estuvo
de más). Puesto que apenas unos meses antes, una feria literaria barcelonesa, subvencionada con fondos públicos, había invitado a disertar a una legendaria terrorista palestina, Leila Khaled, bajo el lema “Revolución significa vida”. Afiches con su rostro sonriente fueron colgados en postes de la ciudad para promocionar la distinguida visita, fijada para el 14 de mayo, en coincidencia con el Día de la Independencia del Estado de Israel. Khaled fue miembro del muy radical Frente Popular para la Liberación de Palestina y contaba en su prontuario con el secuestro de dos aviones y el lanzamiento de una granada dentro de uno de ellos, con los pasajeros a bordo.

Ya en la ciudad, dijo en una entrevista con Catalunya Ràdio: “No se puede liberar a un pueblo sin lucha armada. La violencia se justifica cuando una persona no se puede defender”. Acusó a Israel de ser ocupador y genocida y defendió el secuestro de aviones con el pretexto de que “teníamos que llamar la atención de los medios de comunicación”. Y remató con una presunta lección cívica: “la democracia es escuchar al otro”. La Bnai Brith y la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo presentaron una denuncia contra el Ayuntamiento de Barcelona con la esperanza de bloquear la visita pero una jueza de la Audiencia Nacional no le dio lugar. La Federación de Comunidades Judías de España consideró “indignante que el Ayuntamiento de Barcelona haya financiado con dinero público la presencia de una terrorista en un momento en el que España se encuentra en alerta antiterrorista 4”.

Tres meses después, terroristas locales y del Medio Oriente cometieron una masacre en la propia ciudad de Barcelona. ¿Habrá atado los cabos la Alcaldía? ¿Habrá comprendido que si uno coquetea con el terror, lo puede terminar padeciendo? ¿Habrá entendido que banalizar los crímenes contra la humanidad es una forma de fomentarlos? Por supuesto que no es que una cosa haya llevado a la otra. Pero en el plano moral es inevitable hacer esta asociación.

Casi en paralelo a estos hechos, mientras los judíos españoles interponían demandas para evitar que una terrorista palestina fuese elevada al estatus de celebridad literaria y recibida con honores en una de las más importantes ciudades de Europa, en otro continente, los judíos de Sydney estaban apelando una decisión de un Consejo local que no autorizó la edificación de una sinagoga en la capital australiana por razones de seguridad. Una Corte denegó la apelación al aducir que “las medidas físicas propuestas para hacer frente a las amenazas identificadas tendrán un impacto inaceptable en el paisaje urbano y las propiedades adyacentes”. En otras palabras: como un templo judío puede potencialmente ser un objetivo de la ira islamista, entonces éste no debe ser construido. En lugar de poner en la mira al terrorismo y tomar las medidas de prevención adecuadas, el Consejo y la Corte de Sydney optaron por afectar a las víctimas posibles y cercenar sus derechos. Para esa época, los servicios de seguridad frustraron un plan islamista para derribar un avión.

Toda decisión ilógica lleva a un desenlace ilógico. Si el criterio se universalizara, entonces Australia no debería construir más aeropuertos, puesto que los islamistas los han hecho su objetivo. No podría habilitar nuevas pizzerías ni estadios deportivos ni discotecas dado el placer de los jihadistas en bombardearlos. Puesto que la música occidental es despreciada por los extremistas islámicos, y por ende pueden ser potenciales objetivos de terror, las radios clásicas, de jazz y de rock deberían ser igualmente prohibidas. Y ni que hablar de las salas de cine y teatro, así como las peluquerías, las tiendas de ropa femenina y las universidades. Llevada a su conclusión lógica, el apaciguamiento de las autoridades de Sydney nos empujaría al absurdo.

Amenazadas por una violencia maníaca, conectadas por sus incoherencias, Barcelona y Sydney se erigen en advertencia acerca de los peligros y desatinos inherentes al flirteo y a la claudicación ante el terror.

Infobae, Infobae - 2017

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

Furia islámica en Jerusalém – 25/07/17

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La noche del viernes pasado, dos abuelos estaban celebrando el shabat judío y el nacimiento de un nuevo nieto ese mismo día, en su hogar en Neve Tzuf, un pequeño asentamiento de Cisjordania, en compañía de otros familiares. La puerta estaba abierta a la espera de más invitados. Entró un extraño inesperado: Omar el-Abed, un palestino de 19 años simpatizante de Hamas, armado con un gran cuchillo. Apuñaló fatalmente a Yosef Salomon (70 años) y a sus dos hijos, Chaya (46) y Elad (36) e hirió gravemente a su mujer Tova (68), quien tuvo la trágica suerte de sobrevivir al ataque para ver a su esposo e hijos muertos en un charco de sangre. A Elad lo sobrevivieron su esposa y tres niños pequeños, quienes se salvaron al lograr encerrarse en una habitación. Los gritos desesperados de los presentes propiciaron que un vecino, soldado fuera de guardia, disparara al terrorista antes de que su carnicería continuara. El atacante fue curado en un hospital israelí.

“Tengo 20 años y muchos sueños, pero no hay vida después de lo que he visto en Al-Aqsa” posteó el-Abed en su perfil de Facebook antes de iniciar la masacre. ¿Y qué fue lo que había visto en la mezquita de Al-Aqsa que tanto lo consternó? Las autoridades israelíes habían puesto detectores de metales en los accesos a la Explanada de las Mezquitas, el tercer lugar más sagrado para el islam (y primer lugar sagrado del judaísmo, al que denomina Monte del Templo). ¿Y por qué pusieron las autoridades israelíes esos detectores? Una semana atrás, tres terroristas árabes de Israel contrabandearon armas hacia dentro de la Mezquita de Al-Aqsa y acribillaron a tiros por la espalda a dos policías israelíes en la Ciudad Vieja de Jerusalem. Las víctimas resultaron no ser judías, sino drusas: Haeil Sitawe (30), quién había sido padre hacía tres semanas, y Kamil Shnaan (22), quien acababa de comprometerse en matrimonio.

En rechazo a esa decisión de seguridad, motivada por un atentado sin precedentes con metralletas contrabandeadas por terroristas musulmanes a la tercera más importante mezquita del islam, el liderazgo palestino inflamó a la calle palestina con acusaciones de que Israel pretendía modificar el status-quo del lugar santo; cosa que el gobierno israelí negó reiteradamente. Fatah llamó a un “día de furia”, la autoridad religiosa a cargo del lugar (Waqf), dependiente de Jordania y la Autoridad Palestina, instó a cerrar las mezquitas de Jerusalem el día viernes y el muftí palestino llamó a todos los feligreses islámicos a que fuesen a protestar a la Explanada de las Mezquitas. Como era previsible, hubo enfrentamientos con la policía israelí y muertos palestinos, entre ellos uno al que le estalló en las manos la bomba molotov que estaba por arrojar contra las fuerzas de seguridad.

Dejando de lado el hecho de que en el acceso a la Gran Mezquita en la Meca hay detectores de metales, como también los hay a la entrada a la Tumba de los Patriarcas en Hebrón en la propia Cisjordania -por no decir los que se hallan en cualquier aeropuerto, sala de conciertos e inclusive en Disneylandia- cabe preguntarse qué clase de cultura produce un sujeto como Omar el-Abed dispuesto a masacrar a toda una familia inocentemente reunida en una mesa hogareña. En Gaza comenzaron inmediatamente las celebraciones por la masacre de judíos. Mahmoud Abbas canceló toda cooperación con las fuerzas de seguridad israelíes. Próximamente, la familia de el-Abed empezará a recibir dinero de la Autoridad Palestina, que -esto está determinado por ley- paga recompensas a los familiares de aquellos palestinos que hayan asesinado a israelíes. Cada año, la AP eroga alrededor de 300 millones de dólares de su presupuesto nacional para pagar salarios a terroristas palestinos en cárceles israelíes y a las familias de terroristas muertos u otros palestinos que hayan caído al luchar contra Israel. Es posible que a futuro alguna plaza o calle o escuela sea nombrada en su honor, como ya tienen otros tantos infames palestinos que han matado israelíes en el pasado.

Para contemplar: tres musulmanes profanan la mezquita de Al-Aqsa al transformarla en un centro de operaciones de terror, matan por la espalda a dos policías israelíes drusos, la calle palestina-islámica estalla en furia colectiva cuando Israel, con entera justificación, instala detectores de metales para evitar una repetición de semejante atentado, y en reacción a todo ello un musulmán indignado apuñala salvajemente a una pareja de ancianos judíos y a sus hijos. Ya padecieron este tipo de violencia insensata y desproporcionada los editores daneses del Jyllands Posten, los periodistas franceses de Charlie Hebdo, el Papa Benedicto XVI tras su famoso discurso en Ratisbona y Salman Rushdie al escribir Los versos satánicos, por citar unos pocos casos. Quizás lo ocurrido sirva para validar algo que muchos venimos señalando desde hace tiempo: que el terrorismo islamista que padece Israel no difiere del que padece el resto del mundo. O, parafraseando un viejo eslogan que buscaba concientizar sobre el SIDA en previas décadas: el terrorismo no discrimina, no lo hagamos nosotros. 

The Times of Israel, The Times of Israel - 2017

The Times of Israel

Por Julián Schvindlerman

  

Too many 7/18s – 18/07/17

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By Julian Schvindlerman
The Times of Israel – 18/7/17

http://blogs.timesofisrael.com/too-many-718s/

Two weeks ago, the Argentine newspaper La Nación announced: “AMIA Bombing: unidentified DNA found amid human remains and is suspected that it could be the attacker´s.” Readers should be pardoned for believing that we are in 1994, the year in which the AMIA Jewish community center was bombed. That the local press would report as a scoop new evidence taken from the scene of a crime perpetrated last century is a telling commentary on the arbitrary evolution of the various investigations that emerged after that fateful July 18: on the Iranian involvement, on the Syrian track, and on the local connection. And also about the cover-up of the AMIA case, the infamous Memorandum of Understanding between Cristina Kirchner ´s Argentina and Iran, the Buenos Aires-Teheran complicity denounced by prosecutor Alberto Nisman, and the still un-clarified death of the prosecutor himself. In a kind of inverted Mamushka process, where each Russian doll produces an even bigger one, from the ruins of AMIA flourished new causes, mysterious clues, sloppy investigations, atrocious outcomes and surprising revelations.

Unlike other countries that suffered terrorist attacks after which the intellectual and material authors were quickly identified, for the last 23 years Argentina bore witness to multiple errors, plots and even scabrous situations. This mess turned bizarre when the terrorists were summoned by the victim-country to join the investigation, when the president of the republic was denounced for treason by the main prosecutor, and when he was found dead of a shot in the head just hours before he was going to offer testimony in Congress.

Nevertheless and in spite of so much political, judicial and police chaos, thanks to Alberto Nisman we know the essential. We know that it was the ayatollah regime who planned this atrocity. We know that it was the Islamist group Hezbollah who executed it. We know that President Cristina Kirchner and Foreign Minister Héctor Timerman, along with other government minions and unofficial figures, sought to exculpate the murderers with the spurious aim of being able to trade with them and to ally with them politically. That required crushing justice and truth, so they tried that. Things did not go exactly as the conspirators wished –truth prevailed. But there was no justice for the victims, either. True, INTERPOL- issued red alerts hang over the heads of important officials of the Islamic Republic of Iran. But the chances that the long arm of the Law will reach them are remote.

Today, the Jews of Argentina, with the support of much of society, will meet once again at the premises of the rebuilt AMIA building. As every July 18 for the last 23 years, we will honor the memory of the victims and demand justice. Almost a quarter of a century after the largest Islamist attack in Latin America took place, expectations are low. But our determination is high.

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Demasiados 18-J

Por Julián Schvindlerman
The Times of Israel – 18/7/17

Dos semanas atrás, titulaba el diario argentino La Nación: “Atentado a la AMIA: hallan ADN sin identificar en restos humanos y sospechan que podría ser del atacante”. Los lectores deben ser disculpados por creer que estamos en 1994, año en que el centro comunitario judío AMIA fue bombardeado. Que la prensa local informe como primicia nueva evidencia tomada de la escena de un crimen perpetrado el siglo pasado es un comentario elocuente del devenir arbitrario de las varias investigaciones nacidas a posteriori de aquél fatídico 18 de julio: sobre la participación iraní, la pista siria y la conexión local. Y también sobre el encubrimiento de la causa AMIA, el infame Memorando de Entendimiento entre la Argentina de Cristina Kirchner e Irán, la denuncia de complicidad argentino-iraní del fiscal Alberto Nisman, y luego la muerte aún no esclarecida del propio fiscal. En una suerte de proceso Mamushka invertido, dónde cada muñeca rusa produce una aún más grande todavía, de las ruinas de la AMIA afloraron nuevas causas, pistas misteriosas, investigaciones de poco rigor, desenlaces atroces y revelaciones sorprendentes.

A diferencia de otros países que padecieron atentados terroristas tras los cuales rápidamente fueron identificados los autores intelectuales y materiales del caso, la Argentina de los últimos 23 años fue un testigo lastimoso de múltiples errores, ardides, desprolijidades e incluso de situaciones escabrosas. Este desorden culminó en lo insólito cuando los terroristas fueron convocados por el país-víctima a sumarse a la investigación, cuando la presidenta de la república fue denunciada por traición a la patria por el fiscal principal de la causa, y cuando éste fue hallado muerto de un tiro en la sien pocas horas antes de una audiencia de alto-voltaje en el Congreso de la Nación.

No obstante, a pesar de tanto caos político, judicial y policial, gracias a Alberto Nisman sabemos lo esencial. Sabemos que fue el régimen ayatolá quién planeó esta atrocidad. Sabemos que fue el movimiento integrista Hezbolá quien la ejecutó. Sabemos que la presidenta Cristina Kirchner y el canciller Héctor Timerman, junto a otros secuaces del gobierno y figurines extraoficiales, buscaron exculpar a los asesinos con el fin espurio de poder comerciar con ellos y aliarse políticamente a ellos. Lo cual requería aplastar a la justicia y la verdad, así es que lo intentaron. Las cosas no salieron exactamente como los conspiradores hubieran deseado; la verdad primó. Pero tampoco hubo justicia para las víctimas todavía. Cierto, circulares rojas de INTERPOL penden sobre las cabezas de importantes autoridades de la República Islámica de Irán. Pero las chances de que el peso de la ley caiga sobre ellas son remotas.

Hoy, los judíos de la Argentina, con el respaldo de buena parte de la sociedad, nos reuniremos una vez más frente al edificio reconstruido de la AMIA. Como cada 18 de julio por los últimos 23 años, honraremos la memoria de las víctimas y pediremos justicia. Casi un cuarto de siglo después del más grande atentado islamista en América Latina, las expectativas son bajas. Pero nuestra determinación permanece alta.

Comunidades, Comunidades - 2017

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Los círculos geoestratégicos de Israel – 12/07/17

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Tres círculos de conflictividad han tradicionalmente rodeado al estado de Israel. El primero integra sus relaciones con los palestinos. El segundo, con el mundo árabe a lo largo de todo el Medio Oriente. El tercero con el Islam, más allá de los límites del Medio Oriente árabe. Al elevar sus reclamos nacionales, los palestinos pretenden que Israel vea sus preocupaciones exclusivamente dentro del canal de la bilateralidad. Para Israel, sin embargo, sus consideraciones geopolíticas trascienden la estrechez del conflicto con los palestinos. Sus decisiones de seguridad, sus concepciones territoriales y sus evaluaciones políticas, necesariamente deben ver el panorama general.

La guerra de los Seis Días, cuyo 50 aniversario acabamos de marcar, tuvo consecuencias territoriales que aun impactan en el vínculo palestino-israelí. Pero esa guerra no involucró una contienda bélica de Israel con el pueblo palestino, sino con tres naciones árabes: Egipto, Siria y Jordania. Irak no comparte fronteras con Israel, no obstante durante la guerra del Golfo de 1991 disparó misiles Scud contra el país hebreo, a pesar de que éste no era parte de la coalición internacional que dio respuesta militar a la invasión iraquí de Kuwait. Pocas semanas atrás, la República Islámica de Irán conmemoró el Día Internacional de Jerusalem, en el que se quemaron banderas israelíes y se exhibieron misiles de largo alcance que pueden llegar a Israel. Irán no sólo no tiene fronteras con Israel sino que ni siquiera es un país árabe. Aun así, su política es hostil al estado judío y regularmente anuncia su intención de aniquilarlo.

Las resoluciones de las Naciones Unidas, la cobertura de la prensa y los reportes de las organizaciones no gubernamentales, tienden a ignorar esta realidad geopolítica. Las exigencias que lanzan contra Israel son enteramente indiferentes a los hechos en el terreno. Por décadas, los palestinos reclamaron que Israel abandone Gaza y Cisjordania. Los Acuerdos de Oslo buscaron dar respuesta (parcial) a este reclamo. Así, a partir de 1994 el ejército israelí se retiró de las principales ciudades con población palestina de Cisjordania, de manera que hoy prácticamente el 100% de la población palestina se auto-gobierna, y una porción de aquél territorio quedó bajo el control total o parcial de la Autoridad Palestina, creada a tal fin. Con las negociaciones estancadas, igualmente en el 2005 los israelíes se retiraron por completo de la Franja de Gaza y la dieron a la Autoridad Palestina. Dos años después, la franja cayó en manos de un movimiento islámico fundamentalista que se opone a la existencia de Israel, el Hamas. Desde entonces, esta agrupación empleó el terreno conquistado para iniciar tres guerras de agresión contra su vecino judío. En el 2000, los israelíes se retiraron de la zona de seguridad que ocupaban en el sur del Líbano (habían ingresado en 1982 para poner término a los incesantes ataques terroristas que desde allí orquestaba la Organización para la liberación de Palestina), colmando una exigencia añeja de la comunidad internacional. Poco más de cinco años más tarde, desde esa misma zona la milicia islamista chií Hezbolá lanzó un ataque de misiles contra Israel y precipitó una guerra de 34 días de duración. Hoy, este movimiento posee no menos de cien mil misiles apuntando a Israel desde esa porción de tierra “liberada”.

Aun así, todos los gobiernos israelíes desde aquellos eventos transformadores que ocurrieron en 1967 han estado dispuestos a asumir riesgos en aras de la paz. Fue Menajem Beguin quien sacó a los israelíes del desierto del Sinaí tras la firma del pacto de Camp David con Egipto, fue Itzak Rabin quien encogió la presencia de Israel en Cisjordania, fue Ehud Barack quien quitó a los soldados israelíes del sur del Líbano sorpresivamente, y fue Ariel Sharon quien arrancó a los israelíes de Gaza de manera violenta y unilateral. Esto es, cuatro líderes de tres partidos políticos diferentes: del derechista Likud, del izquierdista Avodá y del centrista Kadima. Esta disposición a la concesión territorial se inició el mismo año 1967, cuando al finalizar la guerra el gobierno israelí ofreció retornar territorios capturados -en un ejercicio de legítima defensa, cabe acotar- y las naciones árabes respondieron con su famoso comunicado de los “Tres No”: no a las negociaciones, no al reconocimiento y no a la paz.

formalmente, en 1993 el liderazgo palestino aceptó las negociaciones, el reconocimiento y aspirar a la paz con israel. psicológica y culturalmente, no obstante, aún no lo ha hecho. cuando deje de obsesionarse con su batalla política, diplomática, propagandística y legal contra israel, podrá ver que del otro lado de la mesa siempre hubo un socio dispuesto.

La conspiration du silence en france – 09/08/17″

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Por Julián Schvindlerman

  

Los círculos geoestratégicos de Israel – 09/07/17

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Tres círculos de conflictividad han tradicionalmente rodeado al estado de Israel. El primero integra sus relaciones con los palestinos. El segundo, con el mundo árabe a lo largo de todo el Medio Oriente. El tercero con el Islam, más allá de los límites del Medio Oriente árabe. Al elevar sus reclamos nacionales, los palestinos pretenden que Israel vea sus preocupaciones exclusivamente dentro del canal de la bilateralidad. Para Israel, sin embargo, sus consideraciones geopolíticas trascienden la estrechez del conflicto con los palestinos. Sus decisiones de seguridad, sus concepciones territoriales y sus evaluaciones políticas, necesariamente deben ver el panorama general.

La guerra de los Seis Días, cuyo 50 aniversario acabamos de marcar, tuvo consecuencias territoriales que aun impactan en el vínculo palestino-israelí. Pero esa guerra no involucró una contienda bélica de Israel con el pueblo palestino, sino con tres naciones árabes: Egipto, Siria y Jordania. Irak no comparte fronteras con Israel, no obstante durante la guerra del Golfo de 1991 disparó misiles Scud contra el país hebreo, a pesar de que éste no era parte de la coalición internacional que dio respuesta militar a la invasión iraquí de Kuwait. Pocas semanas atrás, la República Islámica de Irán conmemoró el Día Internacional de Jerusalem, en el que se quemaron banderas israelíes y se exhibieron misiles de largo alcance que pueden llegar a Israel. Irán no sólo no tiene fronteras con Israel sino que ni siquiera es un país árabe. Aun así, su política es hostil al estado judío y regularmente anuncia su intención de aniquilarlo.

Las resoluciones de las Naciones Unidas, la cobertura de la prensa y los reportes de las organizaciones no gubernamentales, tienden a ignorar esta realidad geopolítica. Las exigencias que lanzan contra Israel son enteramente indiferentes a los hechos en el terreno. Por décadas, los palestinos reclamaron que Israel abandone Gaza y Cisjordania. Los Acuerdos de Oslo buscaron dar respuesta (parcial) a este reclamo. Así, a partir de 1994 el ejército israelí se retiró de las principales ciudades con población palestina de Cisjordania, de manera que hoy prácticamente el 100% de la población palestina se auto-gobierna, y una porción de aquél territorio quedó bajo el control total o parcial de la Autoridad Palestina, creada a tal fin. Con las negociaciones estancadas, igualmente en el 2005 los israelíes se retiraron por completo de la Franja de Gaza y la dieron a la Autoridad Palestina. Dos años después, la franja cayó en manos de un movimiento islámico fundamentalista que se opone a la existencia de Israel, el Hamas. Desde entonces, esta agrupación empleó el terreno conquistado para iniciar tres guerras de agresión contra su vecino judío. En el 2000, los israelíes se retiraron de la zona de seguridad que ocupaban en el sur del Líbano (habían ingresado en 1982 para poner término a los incesantes ataques terroristas que desde allí orquestaba la Organización para la liberación de Palestina), colmando una exigencia añeja de la comunidad internacional. Poco más de cinco años más tarde, desde esa misma zona la milicia islamista chií Hezbolá lanzó un ataque de misiles contra Israel y precipitó una guerra de 34 días de duración. Hoy, este movimiento posee no menos de cien mil misiles apuntando a Israel desde esa porción de tierra “liberada”.

Aun así, todos los gobiernos israelíes desde aquellos eventos transformadores que ocurrieron en 1967 han estado dispuestos a asumir riesgos en aras de la paz. Fue Menajem Beguin quien sacó a los israelíes del desierto del Sinaí tras la firma del pacto de Camp David con Egipto, fue Itzak Rabin quien encogió la presencia de Israel en Cisjordania, fue Ehud Barack quien quitó a los soldados israelíes del sur del Líbano sorpresivamente, y fue Ariel Sharon quien arrancó a los israelíes de Gaza de manera violenta y unilateral. Esto es, cuatro líderes de tres partidos políticos diferentes: del derechista Likud, del izquierdista Avodá y del centrista Kadima. Esta disposición a la concesión territorial se inició el mismo año 1967, cuando al finalizar la guerra el gobierno israelí ofreció retornar territorios capturados -en un ejercicio de legítima defensa, cabe acotar- y las naciones árabes respondieron con su famoso comunicado de los “Tres No”: no a las negociaciones, no al reconocimiento y no a la paz.

Formalmente, en 1993 el liderazgo palestino aceptó las negociaciones, el reconocimiento y aspirar a la paz con Israel. Psicológica y culturalmente, no obstante, aún no lo ha hecho. Cuando deje de obsesionarse con su batalla política, diplomática, propagandística y legal contra Israel, podrá ver que del otro lado de la mesa siempre hubo un socio dispuesto.

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Por Julián Schvindlerman

  

Así educan los palestinos a sus niños – 25/06/17

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Días atrás, el presidente de la Autoridad Palestina (AP), líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y titular del movimiento Fatah, Mahmoud Abbas, envió una carta, escrita en árabe, al Congreso Judío Latinoamericano (CJL) en Buenos Aires en la que felicitaba una iniciativa de diálogo interreligioso entre musulmanes-palestinos y judíos que esta organización promovió. “Nosotros incentivamos este tipo de nobles iniciativas que aporten a la promoción del diálogo y lazos entre las culturas y religiones”, escribió Abbas, “Hemos propiciado varios aportes en esta área”. Si tan sólo eso fuera cierto.

Lejos de promover lazos entre culturas y religiones y de propiciar aportes, la AP, OLP y Fatah que él comanda, incesantemente incitan contra los israelíes, los sionistas y los judíos en la currícula educativa y la prensa oficial palestina. Apenas unos días antes de esta carta, el Ministro de Educación palestino, Sabri Saidam, posteó en su Facebook una reacción al asesinato de una joven soldado israelí en Jerusalem: “Que Alá tenga piedad sobre los mártires de Jerusalem y toda Palestina”. Por “mártires” se refería a los terroristas que la apuñalaron. Abbas no lo repudió. De hecho, cuando estalló la “intifada de los cuchillos” -como se dio en denominar al último brote psicótico colectivo palestino pro-asesinato de israelíes- el propio presidente palestino llamó a su pueblo a derramar sangre por Al-Aqsa.

Según IMPACT-SE, una organización israelí que estudia y traduce los textos escolares palestinos, la nueva currícula oficial de la AP “es significativamente más radical que los currículos anteriores”. En los actuales textos educativos palestinos, oficialmente sancionados por la AP, los niños de Gaza y Cisjordania pueden leer: “Prometo que sacrificaré mi sangre, que saturaré la tierra de los generosos y eliminaré al usurpador de mi país, y aniquilaré el remanente de foráneos.Oh tierra de Al-Aqsa y el Haram, oh cuna de la hidalguía y generosidad paciente, sé paciente pues la victoria es nuestra, el horizonte está emergiendo de la opresión”. –Nuestro Hermoso Idioma, Grado 3, Vol. 2, 2016-17, p. 64. Y también: “Oh hermano, los opresores han excedido todos los límites y la jihad y el sacrificio son necesarios”. –Lecturas y Textos, Grado 8, Parte 1, 2015, p. 44.

Los textos escolares enseñan a los niños a rechazar las negociaciones con Israel, a abrazar el espíritu del combate y a convertirse en mártires. Mensajes como “el volcán de mi venganza”, la definición de Palestina como el “territorio ocupado en 1948” (año del establecimiento de Israel) y ejemplos aritméticos empleando cantidad de mártires muertos, son comunes. La conexión judía con Jerusalem es ignorada y la historia de su fundación, tergiversada: “Jerusalem es una ciudad árabe construida por nuestros antepasados árabes hace miles de años. Es sagrada para los musulmanes y los cristianos”. –Educación Nacional y Socialización, Grado 3, Vol. 1, 2016 – 17, p. 28.

La currícula educativa palestina entró en vigencia con la firma de los Acuerdos de Oslo en 1993 y el establecimiento de la Autoridad Palestina al año siguiente. Ya entonces los israelíes y los judíos eran caracterizados como “engañadores”, “animales salvajes”, “ladrones”, “enemigos de los profetas y los creyentes” y “conquistadores”. Israel era presentado como “una provocación al mundo árabe”, una “administración judía racista”, el “enemigo sionista” y “Palestina ocupada”. En el libro Educación Islámica, Grado 7, p. 19, los niños debían responder a esta consigna: “¿Por qué odian los judíos a los musulmanes y quieren causar división entre ellos? Dé un ejemplo de los malditos intentos de los judíos, tomados de eventos actuales”.En Nuestro Idioma Árabe, Grado 5, p.67 se podía hallar esta enseñanza: “Recuerda: el resultado final e inevitable será la victoria de los musulmanes por sobre los judíos”.

No exactamente una educación hacia la paz. Quien quiera entender la causa real de la ausencia de la paz palestino-israelí debería comenzar por mirar qué tipo de enseñanzas han estado recibiendo los niños palestinos por casi un cuarto de siglo.

Las exclamaciones de Mahmoud Abbas favorables a la coexistencia pronunciadas en su carta al CJL son un fraude. Es, por lo menos, su segundo engaño público en lo que va del año. Cuando visitó la Casa Blanca el pasado mayo, aseguró en presencia del presidente de los Estados Unidos en su conferencia de prensa conjunta que “estamos criando a nuestra juventud, a nuestros hijos y a nuestros nietos en una cultura de paz”.Donald Trump lo visitó en Belén tiempo después y, según una noticia muy publicitada en la prensa israelí, le increpó a Abbas a los gritos: “¡Usted me engañó en DC! ¡Habló de su compromiso con la paz, pero los israelíes me mostraron su participación en la incitación!”. Se informó que el presiente palestino permaneció en silencio durante varios minutos.

La mitomanía política del presidente palestino deja en un lugar incómodo a la familia de las naciones. Pues, como bien dice el refrán en inglés: “Si me engañas una vez, la vergüenza está contigo; si me engañas dos veces, la vergüenza es mía”.