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Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Por Julián Schvindlerman

  

La salud en la ONU – 07/06/14

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La Organización de las Naciones Unidas está enferma. Es inmuno-deficiente al virus de la perversión política, el chantaje moral y la hipocresía. Ni siquiera su órgano responsable de velar por la salud global ha escapado al contagio.

Entre el 19-24 de mayo pasado la Organización Mundial de la Salud (OMS) celebró su 67 Asamblea Anual en Ginebra. El único país analizado -y condenado- sobre un total de 194 estados-miembro, fue Israel. Ni una sola resolución fue adoptada para criticar, cuestionar o señalar la situación de la salud en ningún otro país específico del orbe. La resolución fue patrocinada por países árabes: Egipto y Jordania (que tienen acuerdos de paz con Israel) más Marruecos, Kuwait, Libia, Omán, Argelia, Túnez, Yemen, Irak y Emiratos Árabes Unidos. Ciento cinco naciones votaron a favor, entre ellas estados no exactamente modélicos por sus sistemas de salud como Botsuana, Mozambique, Irán, Pakistán y Uganda. Exceptuando a Colombia, que se abstuvo, y a varias naciones latinoamericanas y caribeñas que estuvieron ausentes, demasiadas dieron sus votos para castigar a Israel: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Guatemala, Honduras, Jamaica, México, Nicaragua, Perú, Uruguay y Venezuela. Cuba fue electa para presidir la sesión. En su alegato, Siria acusó al estado judío de realizar “prácticas inhumanas” contra los pobladores de los Altos del Golán y aseguró que “las condiciones de salud de la población siria en el Golán ocupado continúan deteriorándose”.

Intuitivamente sabemos que algo no está bien aquí, pero es contrastando los hechos que podemos ver realmente la magnitud del doble estándar exhibido en la ONU. La ONG suiza United Nations Watch ha presentado una tabla comparativa en materia de salud entre Israel y los estados patrocinadores de la resolución que muestra inequívocamente la supremacía israelí en este campo. Por citar sólo el índice de mortandad materna del año pasado, en Israel fue de 0,4 mientras que el promedio de los once países árabes fue de 4,5 (once veces peor). En Cuba, la nación electa para presidir la Asamblea Anual de la OMS, el ciudadano medio debe rebuscárselas para conseguir aspirinas, muchos hospitales carecen de agua corriente, hay muertes por cólera y en el 2011 veintiséis pacientes de un manicomio murieron debido a las “condiciones deplorables” del lugar según informó la BBC. Y en Siria, que cuestionó a Israel en el recinto, ya hubo más de 150.000 muertos en una cruenta guerra fratricida (un tercio de ellos civiles), el régimen empleó armas químicas contra su propia población y aplicó políticas de hambruna deliberada para doblegar ciudades rebeldes.

Vale la pena detenerse por un instante en la cuestión siria puesto que en tanto el régimen Assad mata a los suyos, Israel hace esfuerzos por salvarlos. Dada la cantidad de hombres y mujeres sirios que, malheridos y desesperados, huyeron hacia Israel en busca de asistencia médica urgente, el ejército israelí abrió un hospital de campaña en la frontera con aquél país árabe para atenderlos. Desde el 2013, cuando los primeros siete heridos se arrimaron a la frontera con Israel solicitando ayuda, sus médicos comenzaron a asistirlos, inaugurando así una misión humanitaria riesgosa y sin precedentes. Como la cantidad y frecuencia de los heridos sirios que pedían ayuda fue creciendo, el gobierno dio la orden de construir un hospital que cubriese los casos de urgencia y evitase que ciudadanos de un país enemigo quedasen desamparados.

Al no haber acuerdos de cooperación médica entre Siria e Israel, los profesionales israelíes tienen desafíos importantes en conocer la historia clínica de los pacientes. Algunos doctores sirios envían a los heridos al país vecino con algunas indicaciones escritas en árabe o en inglés para facilitar las tareas de los médicos israelíes. Estos debieron ganarse la confianza de árabes atemorizados, demasiado habituados a la vil propaganda antiisraelí de Damasco. Una vez curados deben regresar a Siria, y al hacerlo deben ocultar que sus vidas fueron salvadas por los “sionistas”.

Nadie podrá saber nada de esto al leer el texto de la última resolución antiisraelí de la OMS, la que se suma a las toneladas de papel que acumulan las injustas resoluciones contra Israel en la ONU. Nada nuevo bajo el sol. El castigo colectivo contra Jerusalem ha sido el sello distintivo de este desacreditado foro por largo tiempo.

Newsweek

Newsweek

Por Julián Schvindlerman

  

El error de los Wagnerianos – 06/14

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Edición Impresa pp. 22-23

A inicios de la década de 1870, la mayoría de los socios del Club Wagner en Berlín eran judíos. El diario Bayreuther Blätter, fundando por Wagner en 1878, listaba contribuyentes a su obra entre los que sobresalían los apellidos judíos. En la siguiente década, su segunda esposa, Cósima, se mostró sorprendida por “el apego curioso que individuos judíos tienen con él”. Varios talentosos músicos hebreos cooperaron con Wagner: Joseph Rubinstein, Heinrich Porges, Angelo Neumann, Karl Tausig y Hermann Levi, entre otros. Algunos eran invitados frecuentes a sus aposentos. Al día de su defunción, cuatro de sus mejores amigos eran judíos y dos de ellos, junto con otros diez gentiles, cargaron su féretro.

El mejor director de Wagner en Alemania en su tiempo fue el judío Gustav Mahler. De los más destacados conductores que han dirigido a Wagner en el siglo XX, muchos de ellos fueron judíos: Otto Klemperer, Bruno Walter, Fritz Reiner, Erich Leinsdorf, Georg Solti, James Levine y Daniel Barenboim. En Bayreuth, una apreciable cantidad de los directores del festival de fines del siglo último también fueron judíos. Esta fascinación wagneriana se esparció a su vez entre las élites musicales del Estado judío, con la orquesta filarmónica del país liderando en esta área. Desde su fundación –en 1936 como la Orquesta Sinfónica de Palestina y con Arturo Toscanini en la dirección del concierto inaugural en Tel Aviv– mostró un claro interés en tocar obras de Richard Wagner. Esta afinidad cruzó 1948, año del establecimiento del Estado de Israel, cuando fue rebautizada como la Orquesta Filarmónica de Israel (OFI), y sus sucesivos directores continuaron pujando por tocar obras del destacado compositor alemán.

Durante el último cuarto de siglo, la cruzada a favor de Wagner en Israel ha sido liderada por Daniel Barenboim, quien ve la prohibición de facto, aunque no por ley, de que orquestas estatales interpreten obras de Wagner como un asunto de identidad nacional y supervivencia democrática. “No tengo intención de combatir como un misionero a favor de Wagner en Israel”, escribió el conductor argentino-israelí en sus memorias, “no obstante, opino que, en ese caso, Israel puede y debería definirse como una democracia”. Ciertamente la supresión de toda la obra de un eximio compositor clásico no es un tema menor y requiere cuidadosa ponderación. Sin embargo, democracia no significa anarquía, y la vida democrática es una gama de libertades y derechos que conviven con otra gama de restricciones y obligaciones. Asimismo, no debemos olvidar que el derecho al goce artístico es en última instancia el derecho sobre un placer, y como tal puede ser postergado ante consideraciones más esenciales que hacen al bien común. No dar lugar en el espacio público israelí al compositor favorito de Hitler no es un acto antidemocrático, es apenas un acto digno.

Los wagnerianos alegan que el hombre debe ser separado de su arte, sostienen que la música es neutral y que etiquetar a una obra de arte como moralmente buena o mala es imposible. “En tanto la obra en sí misma no sea algo que promueva odio (como puede ser dicho de un obra como El mercader de Venecia, aunque no prohibimos a Shakespeare), aquellos que aman la música deben separar al hombre de su arte”, argumentó por caso Jonathan Tobin en la revista neoyorquina Commentary. No obstante, muchas de las composiciones de Wagner trascendieron precisamente por su contenido ideológico, y los nazis lo hicieron su ícono cultural supremo al apreciar los trazos nacionalistas y racistas en su vida y su obra. “Los trabajos de Wagner son la encarnación de todo a lo que el Nacional-Socialismo aspira”, afirmó Adolf Hitler. Gottfried Wagner, bisnieto del compositor, dijo que no se puede apartar las óperas wagnerianas de su obra teórica: “Yo no puedo sentarme a disfrutar su música. Nunca pongo la música de Wagner en mi casa… Sus escritos y su música forman un todo unificado”.

En todo caso, ¿es verdaderamente posible separar al hombre de su creación en general? Supongamos, en un titánico esfuerzo de imaginación, que el ex presidente de Irán Mahmud Ahmadineyad fuese un notable pintor, mundialmente admirado por ello. ¿Sería correcto que los frescos de un hombre que clamó por la aniquilación de Israel se exhibieran en los museos del país? Si el gran inquisidor Tomás de Torquemada, cuando no estuviere quemando a judíos, hubiese escrito novelas sublimes de la talla de un Miguel de Cervantes, ¿deberían ellas ser divulgadas en las librerías del Estado judío?

Los defensores de la obra wagneriana en Israel presentan el argumento de que si el antisemitismo fuese el parámetro para determinar quién pudiese o no ser representado en el Estado judío, entonces Tchaikovsky, Chopin y otros famosos compositores que albergaron sentimientos antijudíos deberían ser igualmente prohibidos. Es un punto válido, pero debe notarse que Wagner no fue meramente un consumidor más de antisemitismo, sino un creador y propagador furibundo de antisemitismo. En su ensayo El judaísmo en la música pidió por la eliminación total de los judíos. Eso lo ubica en una categoría aparte en el infame panteón de los antisemitas. Como admitió el director musical de la OFI, Zubin Mehta, “Wagner fue ciento diez por ciento antisemita”.

La pérdida que sufren los músicos israelíes al quedar privados de estudiar a Wagner, un compositor crucial en la música clásica, es real. Pero conforme ha escrito en la revista Tablet David Goldman: “El arte, sin embargo, no reside en las nubes del monte Parnaso. Tiene consecuencias en el mundo real, en el cual humanos ordinarios viven y sufren, y la sociedad en casos extremos debe marcar una línea… En un Estado judío, el público tiene derecho a pedir a los músicos judíos que sean judíos primero y músicos en segundo lugar”.

En su raíz, el debate sobre Wagner en Israel contrapone dos símbolos poderosos. Por un lado, el compositor alemán fue un símbolo cultural del nazismo. Aun cuando él falleció antes del advenimiento del Nacional-Socialismo, su influencia sobre este movimiento fue enorme. La OFI es un símbolo cultural del Estado judío y es de esperar que su comportamiento sintonice con su significación simbólica. En este plano, el crítico Alex Ross ha hecho un aporte notable en The New Yorker al observar: “Si hay un lugar donde solamente se permite a Wagner ser escuchado”, escribió en relación a Bayreuth, “debiera también haber un lugar donde se le pide a Wagner permanecer en silencio”. No hay lugar más adecuado para ello que el Estado de Israel.

Schvindlerman es un escritor argentino. Su más reciente libro es “Triángulo de infamia. Richard Wagner, los nazis e Israel” (Mussicatt).

Triángulo De Infamia - Reseñas

Newsweek Argentina – 06/2014

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El error de los Wagnerianos – Edición Impresa pp. 22-23

A inicios de la década de 1870, la mayoría de los socios del Club Wagner en Berlín eran judíos. El diario Bayreuther Blätter, fundando por Wagner en 1878, listaba contribuyentes a su obra entre los que sobresalían los apellidos judíos. En la siguiente década, su segunda esposa, Cósima, se mostró sorprendida por “el apego curioso que individuos judíos tienen con él”. Varios talentosos músicos hebreos cooperaron con Wagner: Joseph Rubinstein, Heinrich Porges, Angelo Neumann, Karl Tausig y Hermann Levi, entre otros. Algunos eran invitados frecuentes a sus aposentos. Al día de su defunción, cuatro de sus mejores amigos eran judíos y dos de ellos, junto con otros diez gentiles, cargaron su féretro.

El mejor director de Wagner en Alemania en su tiempo fue el judío Gustav Mahler. De los más destacados conductores que han dirigido a Wagner en el siglo XX, muchos de ellos fueron judíos: Otto Klemperer, Bruno Walter, Fritz Reiner, Erich Leinsdorf, Georg Solti, James Levine y Daniel Barenboim. En Bayreuth, una apreciable cantidad de los directores del festival de fines del siglo último también fueron judíos. Esta fascinación wagneriana se esparció a su vez entre las élites musicales del Estado judío, con la orquesta filarmónica del país liderando en esta área. Desde su fundación –en 1936 como la Orquesta Sinfónica de Palestina y con Arturo Toscanini en la dirección del concierto inaugural en Tel Aviv– mostró un claro interés en tocar obras de Richard Wagner. Esta afinidad cruzó 1948, año del establecimiento del Estado de Israel, cuando fue rebautizada como la Orquesta Filarmónica de Israel (OFI), y sus sucesivos directores continuaron pujando por tocar obras del destacado compositor alemán.

Durante el último cuarto de siglo, la cruzada a favor de Wagner en Israel ha sido liderada por Daniel Barenboim, quien ve la prohibición de facto, aunque no por ley, de que orquestas estatales interpreten obras de Wagner como un asunto de identidad nacional y supervivencia democrática. “No tengo intención de combatir como un misionero a favor de Wagner en Israel”, escribió el conductor argentino-israelí en sus memorias, “no obstante, opino que, en ese caso, Israel puede y debería definirse como una democracia”. Ciertamente la supresión de toda la obra de un eximio compositor clásico no es un tema menor y requiere cuidadosa ponderación. Sin embargo, democracia no significa anarquía, y la vida democrática es una gama de libertades y derechos que conviven con otra gama de restricciones y obligaciones. Asimismo, no debemos olvidar que el derecho al goce artístico es en última instancia el derecho sobre un placer, y como tal puede ser postergado ante consideraciones más esenciales que hacen al bien común. No dar lugar en el espacio público israelí al compositor favorito de Hitler no es un acto antidemocrático, es apenas un acto digno.

Los wagnerianos alegan que el hombre debe ser separado de su arte, sostienen que la música es neutral y que etiquetar a una obra de arte como moralmente buena o mala es imposible. “En tanto la obra en sí misma no sea algo que promueva odio (como puede ser dicho de un obra como El mercader de Venecia, aunque no prohibimos a Shakespeare), aquellos que aman la música deben separar al hombre de su arte”, argumentó por caso Jonathan Tobin en la revista neoyorquina Commentary. No obstante, muchas de las composiciones de Wagner trascendieron precisamente por su contenido ideológico, y los nazis lo hicieron su ícono cultural supremo al apreciar los trazos nacionalistas y racistas en su vida y su obra. “Los trabajos de Wagner son la encarnación de todo a lo que el Nacional-Socialismo aspira”, afirmó Adolf Hitler. Gottfried Wagner, bisnieto del compositor, dijo que no se puede apartar las óperas wagnerianas de su obra teórica: “Yo no puedo sentarme a disfrutar su música. Nunca pongo la música de Wagner en mi casa… Sus escritos y su música forman un todo unificado”.

En todo caso, ¿es verdaderamente posible separar al hombre de su creación en general? Supongamos, en un titánico esfuerzo de imaginación, que el ex presidente de Irán Mahmud Ahmadineyad fuese un notable pintor, mundialmente admirado por ello. ¿Sería correcto que los frescos de un hombre que clamó por la aniquilación de Israel se exhibieran en los museos del país? Si el gran inquisidor Tomás de Torquemada, cuando no estuviere quemando a judíos, hubiese escrito novelas sublimes de la talla de un Miguel de Cervantes, ¿deberían ellas ser divulgadas en las librerías del Estado judío?

Los defensores de la obra wagneriana en Israel presentan el argumento de que si el antisemitismo fuese el parámetro para determinar quién pudiese o no ser representado en el Estado judío, entonces Tchaikovsky, Chopin y otros famosos compositores que albergaron sentimientos antijudíos deberían ser igualmente prohibidos. Es un punto válido, pero debe notarse que Wagner no fue meramente un consumidor más de antisemitismo, sino un creador y propagador furibundo de antisemitismo. En su ensayo El judaísmo en la música pidió por la eliminación total de los judíos. Eso lo ubica en una categoría aparte en el infame panteón de los antisemitas. Como admitió el director musical de la OFI, Zubin Mehta, “Wagner fue ciento diez por ciento antisemita”.

La pérdida que sufren los músicos israelíes al quedar privados de estudiar a Wagner, un compositor crucial en la música clásica, es real. Pero conforme ha escrito en la revista Tablet David Goldman: “El arte, sin embargo, no reside en las nubes del monte Parnaso. Tiene consecuencias en el mundo real, en el cual humanos ordinarios viven y sufren, y la sociedad en casos extremos debe marcar una línea… En un Estado judío, el público tiene derecho a pedir a los músicos judíos que sean judíos primero y músicos en segundo lugar”.

En su raíz, el debate sobre Wagner en Israel contrapone dos símbolos poderosos. Por un lado, el compositor alemán fue un símbolo cultural del nazismo. Aun cuando él falleció antes del advenimiento del Nacional-Socialismo, su influencia sobre este movimiento fue enorme. La OFI es un símbolo cultural del Estado judío y es de esperar que su comportamiento sintonice con su significación simbólica. En este plano, el crítico Alex Ross ha hecho un aporte notable en The New Yorker al observar: “Si hay un lugar donde solamente se permite a Wagner ser escuchado”, escribió en relación a Bayreuth, “debiera también haber un lugar donde se le pide a Wagner permanecer en silencio”. No hay lugar más adecuado para ello que el Estado de Israel.

Schvindlerman es un escritor argentino. Su más reciente libro es “Triángulo de infamia. Richard Wagner, los nazis e Israel” (Mussicatt).

Triángulo De Infamia - Reseñas

Revista Teatro Colón

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El valor del silencio
Por Julián Schvindlerman

Los defensores de la obra wagneriana en Israel presentan el argumento de que si el antisemitismo fuese el parámetro para determinar quién puede o no ser presentado en el estado judío, entonces Tchaikovsky, Chopin y otros famosos compositores judeófobos deberían ser igualmente prohibidos. Es un punto válido, pero debe notarse que Wagner no fue meramente un consumidor más de antisemitismo, sino un creador y propagador furibundo de antisemitismo. […] Él forjó la judeofobia genocida alemana. Recordemos que en su ensayo El judaísmo en la música pidió por la eliminación total de los judíos. Eso lo ubica en una categoría aparte en el infame panteón de los antisemitas. Como dijo Zubin Mehta: “Wagner fue ciento diez por ciento antisemita”.


En su raíz, el debate sobre Wagner contrapone dos símbolos poderosos. Por un lado, el compositor alemán fue un símbolo cultural del nazismo. Aun cuando él falleció antes del advenimiento del nacionalsocialismo, es innegable que su influencia ideológica y cultural sobre este movimiento fue enorme. La Orquesta Filarmónica de Israel es un símbolo cultural del estado judío, en gran parte un país-refugio del antisemitismo, y es de esperar que su comportamiento sintonice con su significación simbólica. La unión de ambos símbolos luce inapropiada. El violinista Avraham Melamed señaló, en cierto momento de la polémica, que si pintara una esvástica en la vía pública, él sería arrestado, aun cuando la esvástica originalmente era un símbolo indio inofensivo. Pues desde el momento en que los nazis la tomaron para sí, quedó asociada a la maldad y ya no a la cultura oriental antigua. De modo similar, la apropiación hitleriana de la música wagneriana es algo de lo que el propio Wagner no es responsable, pero desde el momento en que su obra pasó a ser modélica de la expresión cultural nazi, perdió la neutralidad que pudiera (o no) haber tenido para quedar irremediablemente asociada al nazismo.


Los profesores Yirmiyahu Yovel y Hans Jonan han agregado el papel de Bayreuth a este cuadro. La colina se erigió en un santuario político-musical que culminó con la unión no sólo del arte y la política nacionalista, sino con la de Wagner con Hitler. Bayreuth nunca fue una sala de conciertos normal; muchos wagnerianos la han visto –y aún hoy muchos la ven– como centro de culto y peregrinación a Wagner. Esa sacralización ha unido la interpretación con el homenaje al compositor. Como estos académicos han observado, Beethoven y Mozart no poseen más santuario que el de sus partituras, y nadie, cuando los interpreta, les rinde culto. En cambio, con Wagner hay un aura de sacralización a su persona y su obra. Los músicos israelíes pueden querer interpretarlo, pero la sociedad tiene derecho a no desear homenajearlo.


Aun con las contradicciones del caso –y las hay–, los sobrevivientes del Holocausto en Israel deben tener la última palabra en este espinoso tema. Es razonable que aquellos que padecieron las consecuencias llevadas al extremo del wagnerismo sean los jueces últimos en esta cuestión. “¿Debemos esperar hasta que recibamos un certificado de alguien que dice que el último sobreviviente ha fallecido?”, pregunta exasperado Yonatan Livne, fundador de la Sociedad Wagner en Israel. Pues sí, señor Livne, sí. Y si los wagnerianos aún no pueden ser persuadidos, finalmente se puede apelar a la justicia cósmica. “Si hay un lugar donde solamente se permite a Wagner ser escuchado –comentó sobre Bayreuth Alex Ross en The New Yorker–, debería también haber un lugar donde se le pide a Wagner permanecer en silencio.” No hay lugar más adecuado para ello que el estado de Israel.

Texto tomado del epílogo de Triángulo de infamia. Richard Wagner, los nazis e Israel. Buenos Aires. Mussicatt, 2014

Infobae, Infobae - 2014

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

Acrobacia papal en Tierra Santa – 29/05/14

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No hay modo de que un Papa -cualquier Papa, incluso Francisco- satisfaga a todas las partes en una peregrinación pontificia a la convulsionada Tierra Santa. Es inevitable que sus gestos hacia unos ofendan a otros, y viceversa. Es, además, de esperar que cada actor procure sacar el máximo rédito político a la presencia del Papa en su tierra, lo que usualmente pone al Sumo Pontífice en aprietos diplomáticos. El viaje pontificio puede evaluarse en su integralidad y en la evaluación general la gira ha sido exitosa. Si deseamos ponernos más específicos, sin embargo, debemos prestar atención a los detalles, pues son ellos los que -con mayor o menos sutileza o con diversos grados de simbolismo- expresan con elocuencia las posturas vaticanas.

¿Que nos dicen, entonces, los detalles del viaje de Francisco a la zona?

Desde Jordania, nación atestada de refugiados sirios, pidió por la paz en Siria. El Papa no tiene tanques y aviones a su disposición y es predecible que apele a un sermón moral para agitar conciencias. No obstante, él puede respaldar acciones de terceros que sí tienen el poderío político y militar para actuar. La Nación informó que en esa terrible guerra civil la comunidad cristiana ha padecido “degüellos, asesinatos de ancianos, niños y mujeres embarazadas, y hasta crucifixiones por negarse a abjurar de su fe y no renunciar a sus creencias y aceptar su conversión al Islam”. Y aun así, el año pasado, cuando Estados Unidos y Francia estaban montando el caso a favor de la intervención en aquel país árabe para detener las matanzas, Francisco se opuso a toda acción militar y convocó a una jornada mundial de ayuno y plegaria por la paz. El gesto fue caritativo y estuvo en sintonía con la prédica pacifista de la Iglesia, pero a la vez fue geopolíticamente vacuo ya que no tuvo impacto real en el régimen Assad ni en los rebeldes jihadistas. Los cristianos, junto con otros, seguirán sufriendo en Siria.

De allí viajó directamente a Belén donde fue recibido con afiches que mostraban al presidente palestino Mahmoud Abbas flanqueado por Francisco y el patriarca griego de Jerusalem con el lema “Estado de Palestina, mayo 2014”. De este modo la Autoridad Palestina buscaba capitalizar la presencia pontificia como una expresión favorable hacia la soberanía de su inexistente estado. Al no objetar eso, la diplomacia vaticana implícitamente lo validó y el propio Francisco habló allí del “Estado de Palestina” y se manifestó por “un reconocimiento al derecho del pueblo palestino a una patria soberana”. Ya antaño la Santa Sede había dado su apoyo a la movida unilateral del gobierno palestino de postular a “Palestina” al sistema de las Naciones Unidas. El incidente más comentado lo tuvo como protagonista frente a lo que podemos a estas alturas llamar el “Muro de los Lamentos” palestino, es decir, la valla de seguridad erigida por Israel para contener ataques terroristas. Ante un sector con la leyenda “Papa, necesitamos que alguien hable de justicia. Belén luce como el gueto de Varsovia. Liberen a Palestina”, Francisco rezó brevemente en silencio. La equiparación con la ocupación nazi en Polonia pasó inadvertida. Empero, Francisco tuvo un mensaje claro ante un grupo de niños de un campo de refugiados de Belén, a quienes les dijo que “la violencia no se vence con la violencia”, un llamado tan necesario como importante para una joven generación demasiado educada en la jihad y la guerra de liberación. En un gesto paralelo, al visitar la Mezquita Al-Aqsa un día después, exclamaría “¡Que nadie use el nombre de Dios para la violencia!”, unas palabras que, en el contexto del abuso teológico por parte de grupos fundamentalistas, fueron contundentes y oportunas.

El siguiente tramo de la gira lo llevó a Israel, país al que decidió entrar por Tel-Aviv. Belén está a pocos minutos en auto de Jerusalem, pero en un gesto diseñado para subrayar el no-reconocimiento vaticano a la capital designada por Israel, el Papa se desplazó hasta el aeropuerto internacional Ben-Gurión para, una vez allí, emprender el rumbo de regreso hacia Jerusalem. Eso no tuvo el menor sentido geográfico, pero políticamente fue rotundo. Una vez allí, Francisco se expresó por “el derecho del Estado de Israel a existir y a florecer en paz y seguridad dentro de fronteras internacionalmente reconocidas” e invitó a los presidentes palestino e israelí a orar juntos en el Vaticano próximamente. La iniciativa es noble pero admite más de una lectura a la luz de que la reciente ruptura del diálogo entre Israel y Ramallah surgió como consecuencia de la alianza de la AP con Hamas (movimiento fundamentalista islámico-palestino que repudia la existencia de Israel). ¿Estaba el Papa indirectamente consintiendo esa unión? Posiblemente no. Con seguridad el acto se inscribe en sus honestos esfuerzos a favor de la paz, es sólo que acarrea el riesgo de poner al gobierno de Israel en una postura difícil: la de aceptar negociar con Abbas mientras éste forma gobierno con Hamas.

En Israel Francisco tuvo una serie de gestos notables. Al visitar la tumba de Theodor Herzl, el fundador del sionismo político, sentó precedente y se diferenció de los previos pontífices que visitaron el país, lo que toma gran relieve además en el contraste con el hecho de que no fue a la tumba de Yasser Arafat en Ramallah. Asimismo, Francisco rindió tributo a las víctimas israelíes del terrorismo árabe y palestino, a lo que accedió a pedido del primer ministro Benjamín Netanyahu que estaba molesto con la decisión papal de orar frente a la valla de seguridad. En Yad Vashem, el Museo del Holocausto, besó las manos de los sobrevivientes que lo recibieron, un gesto de una humildad y calidez excepcionales. Ante el Muro de los Lamentos rezó y se abrazó con sus dos acompañantes argentinos, uno musulmán y el otro judío, logrando una emblemática iconografía de la coexistencia y del diálogo. A la vez, al destacar de manera tan extraordinaria la presencia simbólica de las tres religiones monoteístas frente al Muro de los Lamentos, el Papa podía estar sutilmente afirmando la universalidad del carácter de la ciudad santa; una postura tradicional de la Santa Sede que históricamente bregó por la internacionalización de Jerusalem.

Jorge Bergoglio tenía un amplio entrenamiento como líder religioso, pero no como diplomático. Aun así, Francisco ha sorteado exitosamente los desafíos de una visita delicada, ha hecho aportes positivos a la dinámica de la zona, ha sembrado optimismo y ha partido de regreso a Roma con un logro apreciable: dejar mayormente complacidas a todas las partes involucradas.

Comunidades, Comunidades - 2014

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Cheburashka contra Explorer – 21/05/14

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El anuncio reciente relativo a una posible tarifación de servicios online en los Estados Unidos ha ocasionado algo de atención. Pero la verdadera noticia acerca de la Internet -y la que más seriamente nos concierne- es la que ha pasado por demás inadvertida.

El gobierno de Barack Obama anunció el último marzo que su país cedería el control de la Internet el año entrante. En 2015 vence el contrato de supervisión de la Corporación de Internet para Nombres y Números Asignados, conocida por sus siglas en inglés Icann, que otorga y mantiene los nombres de dominio y direcciones de Internet. Obama no quiere seguir siendo el responsable de la misma, de modo que algún otro país o entidad debería ocuparse de ello. China y Rusia han estado presionando por varios años ya para que la función quede en manos de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), la cual es una agencia de las Naciones Unidas. En una pasada votación de 89 contra 55, los países de la UIT aprobaron un tratado que entra en vigor el próximo año que potencialmente legitima la censura de la Web y el bloqueo de las redes sociales en algunas zonas. Entre otras metas, Moscú y Pekín anhelan que la UIT prohíba el anonimato en la Web, lo que facilitaría la identificación de opositores y rebeldes. Hoy sólo pueden bloquear legalmente los sitios disidentes en sus propias naciones pero no más allá de sus fronteras. Si Estados Unidos abandonase Icann y ellos lograsen imponer su voluntad, la censura online tendrá el potencial de globalizarse.

Vladimir Putin, por ejemplo, ya ha dado algunas señales de qué tipo de Internet desea, como Gordon Crovitz ha mostrado en The Wall Street Journal. En febrero, cerró los portales de los opositores Garry Kasparov y Alexei Navalny. En abril, Pavel Durov, fundador de VKontakte (el Facebook ruso) se vio forzado a vender su empresa a oligarcas allegados a Putin y dejar su país por las presiones a las que fue sometido tras negarse a dar datos a Moscú de varias agrupaciones ucranianas críticas de la anexión rusa de Crimea. Este mes, Rusia adoptó una ley que exige registración ante el estado a los usuarios de redes sociales y blogeros que reciben más de tres mil visitas al día en sus portales. La prensa ha informado que un comité del Kremlin planea exigir a los proveedores de servicios de Internet que otorguen sólo dominios nacionales bajo control oficial. Asimismo, el Parlamento propuso crear una Web nacional desvinculada de la global; la que llevaría el nombre de un popular dibujo animado, Cheburashka.

Google avizoró el peligro y montó una campaña de alerta, consiguiendo que tres millones de personas firmasen una petición online por la libertad en Internet. Enterados del repliegue cibernético de Obama, los Republicanos estallaron en cólera. El Congreso norteamericano se opuso -por unanimidad- a cualquier control de la ONU sobre la Web. Sólo cuando varios congresistas del Partido Demócrata y el propio Bill Clinton hicieron llegar sus reparos a la Casa Blanca, la Administración Obama dio marcha atrás. Sus funcionarios ahora dicen que el contrato podrá ser renovado hasta el 2019, de modo que un nuevo presidente tome la decisión final. Pero la UIT y otros ya han tomado nota de que Icann quedará expuesta en un futuro próximo.

Por supuesto, cierta culpa progresista ha animado toda esta movida irresponsable. Luego de que Edward Snowden filtrara documentos que mostraron que -¡sorpresa!- la Agencia de Seguridad Nacional y la CIA espían, Obama entró en modo apologista y su disposición a desligar su presidencia de los cargos de mala praxis ética ha llegado al extremo de exponer a los internautas del mundo entero a la misericordia civil de China, Rusia, Corea del Norte, Cuba, Irán, Siria o cualquier otro estado-miembro de la ONU que pueda influir sobre la UIT.

En la actualidad muchos gozamos de los beneficios de la Internet. Pero recordemos: fueron los estadounidense sus creadores y fueron ellos quienes, desde su nacimiento y hasta hoy día, garantizaron el libre flujo de información en la misma. Al minuto siguiente de que Washington abandone el control de la Web, si es que finalmente lo hace, ésta correrá el riesgo de dejar de ser abierta o eficiente, o ambas. Si Cherubashka o Explorer fuese la opción, mi decisión está tomada.

Hamas e israel fuera de foco (16/07/2014)»

Comunidades, Comunidades - 2014

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Mahmoud Abbas, los Palestinos y la Shoá – 07/05/14

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A comienzos de mayo del 2003, poco después de que Mahmoud Abbas asumió como Primer Ministro de la Autoridad Palestina, publiqué una columna en The Miami Herald en la que sugerí que él debía repudiar públicamente su pasado negacionista como un primer paso indispensable para erigirse en un creíble socio de la paz con Israel. Unas semanas más tarde -y con seguridad sin haber leído mi artículo- Abbas hizo ello. En una entrevista con Akiva Eldar para Haaretz publicada a fines de ese mismo mes, el premier palestino aseguró: El Holocausto fue un terrible, imperdonable crimen contra la nación judía, un crimen contra la humanidad que no puede ser aceptado por la raza humana». En el 2011, ya como Presidente de la AP, Abbas dijo al diario holandés Nos: «Si ellos dicen seis millones, yo digo seis millones Yo no niego el Holocausto». Este año, en vísperas del Día de Recordación del Holocausto, Abbas respondió a una pregunta de un rabino con estas palabras: «Lo que le sucedió a los judíos en el Holocausto es el crimen más atroz que ha ocurrido contra la humanidad en la era moderna».

Estas importantes afirmaciones son bienvenidas dado el pasado del presidente palestino y dada la cultura negadora de la sociedad palestina.

En 1982, Abbas -entonces de cuarenta y siete años de edad- escribió una tesis doctoral para una universidad soviética titulada La conexión entre los nazis y los líderes del movimiento sionista, 1933-1945, dos años después fue publicada en Jordania como La otra cara: la conexión secreta entre el sionismo y el nazismo y desde entonces ha sido citada por propagandistas árabes y palestinos. Conforme Jonathan Schanzer ha señalado, en su texto Abbas tomó entre sus fuentes bibliográficas al conocido negacionista francés Robert Faurisson y escribió: «Después de la guerra, la palabra se propagó de que seis millones de judíos se encontraban entre las víctimas y que una guerra de exterminio fue dirigida principalmente contra los judíos… La verdad es que nadie puede confirmar o desmentir esta cifra. En otras palabras, es posible que el número de víctimas judías alcanzó seis millones, pero al mismo tiempo es posible que la cifra sea mucho más pequeña, por debajo de un millón». Abbas agregó que una «asociación se estableció entre los nazis de Hitler y el liderazgo del movimiento sionista… [que dio] permiso a todos los racistas del mundo, liderados por Hitler y los nazis, para que tratasen a los judíos como desearan, en tanto se garantizara la inmigración a Palestina». La Autoridad Palestina que él comandó junto con su camarada en armas Yasser Arafat se ocupó de perpetuar estas falacias a través de la prensa oficial y los programas educativos escolares. Por dar un solo ejemplo, un crucigrama en el periódico Al Hayat al-Jadeeda del 18 de febrero de 1999 desafiaba a sus lectores: Pista: «Centro judío para la eternalización del Holocausto y las mentiras». Solución: «Yad Vashem».

Los pocos y loables esfuerzos realizados por figuras palestinas por abordar el tema con seriedad fueron ampliamente cuestionados por la misma sociedad. En el 2000, cuando el proceso de paz estaba todavía vigente, un simposio fue organizado en Chipre bajo el lema «como afianzar la paz a través de la educación» con la participación del Ministro de Educación israelí y el subsecretario palestino de Planeamiento y Cooperación Internacional. Cuando el representante palestino, Anis al-Qaq, expresó su disposición a incluir la temática del Holocausto en la currícula educativa fue sumariamente desmentido por el presidente del Comité de Educación del Consejo Legislativo Palestino: «Nosotros no tenemos ningún interés en enseñar el Holocausto». Otro miembro del CLP afirmó que educar sobre el Holocausto en escuelas palestinas «es un gran peligro al desarrollo de la mentalidad palestina» y un líder de la Jihad Islámica Palestina en Gaza proclamó que «la intención de enseñar el Holocausto en escuelas palestinas contradice el orden natural del universo». En el 2005, el abogado palestino Khalid Mahameed fundó el Instituto Árabe para la Investigación y Educación sobre el Holocausto en la ciudad de Nazareth, el primero de su tipo en las zonas palestinas; fue criticado por los visitantes al museo, insultado en público y marginado por su propia familia. Este año el profesor Mohammed Dajani llevó a veintisiete estudiantes universitarios palestinos a Auschwitz como parte de un proyecto diseñado para promover tolerancia; su propia universidad repudió el viaje y sus compatriotas lo calificaron de traidor.

En consecuencia, no es algo menor que el presidente palestino refute la negación de la Shoá. Uno esperaría ello de todo líder de cualquier país, pero hacerlo en Palestina requiere ir contra un consenso establecido. Si Abbas está siendo sincero con la historia o está siendo oportunista -arrojando un hueso a los israelíes en el contexto del diálogo político languidecido- es un acertijo. Su asociación reciente con Hamas -movimiento que niega el Holocausto- ayuda a develarlo.

Esta nota fue originalmente publicada en Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Por Julián Schvindlerman

  

Mahmoud Abbas, los Palestinos y la Shoá – 06/05/14

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A comienzos de mayo del 2003, poco después de que Mahmoud Abbas asumió como Primer Ministro de la Autoridad Palestina, publiqué una columna en The Miami Herald en la que sugerí que él debía repudiar públicamente su pasado negacionista como un primer paso indispensable para erigirse en un creíble socio de la paz con Israel. Unas semanas más tarde -y con seguridad sin haber leído mi artículo- Abbas hizo ello. En una entrevista con Akiva Eldar para Haaretz publicada a fines de ese mismo mes, el premier palestino aseguró: “El Holocausto fue un terrible, imperdonable crimen contra la nación judía, un crimen contra la humanidad que no puede ser aceptado por la raza humana”. En el 2011, ya como Presidente de la AP, Abbas dijo al diario holandés Nos: “Si ellos dicen seis millones, yo digo seis millones… Yo no niego el Holocausto”. Este año, en vísperas del Día de Recordación del Holocausto, Abbas respondió a una pregunta de un rabino con estas palabras: “Lo que le sucedió a los judíos en el Holocausto es el crimen más atroz que ha ocurrido contra la humanidad en la era moderna”.

Estas importantes afirmaciones son bienvenidas dado el pasado del presidente palestino y dada la cultura negadora de la sociedad palestina.

En 1982, Abbas -entonces de cuarenta y siete años de edad- escribió una tesis doctoral para una universidad soviética titulada La conexión entre los nazis y los líderes del movimiento sionista, 1933-1945, dos años después fue publicada en Jordania como La otra cara: la conexión secreta entre el sionismo y el nazismo y desde entonces ha sido citada por propagandistas árabes y palestinos. Conforme Jonathan Schanzer ha señalado, en su texto Abbas tomó entre sus fuentes bibliográficas al conocido negacionista francés Robert Faurisson y escribió: “Después de la guerra, la palabra se propagó de que seis millones de judíos se encontraban entre las víctimas y que una guerra de exterminio fue dirigida principalmente contra los judíos… La verdad es que nadie puede confirmar o desmentir esta cifra. En otras palabras, es posible que el número de víctimas judías alcanzó seis millones, pero al mismo tiempo es posible que la cifra sea mucho más pequeña, por debajo de un millón”. Abbas agregó que una «asociación se estableció entre los nazis de Hitler y el liderazgo del movimiento sionista… [que dio] permiso a todos los racistas del mundo, liderados por Hitler y los nazis, para que tratasen a los judíos como desearan, en tanto se garantizara la inmigración a Palestina».

Los pocos y loables esfuerzos realizados por figuras palestinas por abordar el tema con seriedad fueron ampliamente cuestionados por la misma sociedad. En el 2000, cuando el proceso de paz estaba todavía vigente, un simposio fue organizado en Chipre bajo el lema “como afianzar la paz a través de la educación” con la participación del Ministro de Educación israelí y el subsecretario palestino de Planeamiento y Cooperación Internacional. Cuando el representante palestino, Anis al-Qaq, expresó su disposición a incluir la temática del Holocausto en la currícula educativa fue sumariamente desmentido por el presidente del Comité de Educación del Consejo Legislativo Palestino: “Nosotros no tenemos ningún interés en enseñar el Holocausto”. Otro miembro del CLP afirmó que educar sobre el Holocausto en escuelas palestinas “es un gran peligro al desarrollo de la mentalidad palestina” y un líder de la Jihad Islámica Palestina en Gaza proclamó que “la intención de enseñar el Holocausto en escuelas palestinas contradice el orden natural del universo”. En el 2005, el abogado palestino Khalid Mahameed fundó el Instituto Árabe para la Investigación y Educación sobre el Holocausto en la ciudad de Nazareth, el primero de su tipo en las zonas palestinas; fue criticado por los visitantes al museo, insultado en público y marginado por su propia familia. Este año el profesor Mohammed Dajani llevó a veintisiete estudiantes universitarios palestinos a Auschwitz como parte de un proyecto diseñado para promover tolerancia; su propia universidad repudió el viaje y sus compatriotas lo calificaron de traidor.

En consecuencia, no es algo menor que el presidente palestino refute la negación de la Shoá. Uno esperaría ello de todo líder de cualquier país, pero hacerlo en Palestina requiere ir contra un consenso establecido. Si Abbas está siendo sincero con la historia o está siendo oportunista -arrojando un hueso a los israelíes en el contexto del diálogo político languidecido- es un acertijo. Su asociación reciente con Hamas -movimiento que niega el Holocausto- ayuda a develarlo.

Triángulo De Infamia - Reseñas

Revista Mía (Perfil) – 30/4/14

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Triángulo de infamia: Richard Wagner, los nazis e Israel
De Julián Schvindlerman

El autor aborda la ideología de Wagner y su relación ambivalente con los judíos de su tiempo, su adopción ulterior como modelo artístico y político por parte del nazismo, y el debate intenso sobre la representación de sus obras en Israel, para finalmente cerrar con un epílogo que reúne la narración y la reflexión. Contiene además un anexo dedicado a la compleja relación que Friedrich Nietzsche tuvo con el compositor alemán.

Publicado en la p. 52 de la edición impresa del 30/4/14

La Razón (España)

La Razón (España)

Por Julián Schvindlerman

  

Desechar el diálogo – 25/04/14

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a) ¿Qué consecuencias tiene para el proceso de paz el pacto entre Hamas y Al Fatah? ¿Por qué lo complica aún más?
Dado que Hamas es un movimiento fundamentalista opuesto a la existencia del estado de Israel, una unión de Fatah con éste implica la imposibilidad de la negociación política con Israel. Para Jerusalem resulta inconcebible que su socio en el proceso de paz reniegue de las tratativas y se alíe con un grupo terrorista comprometido con su destrucción. Con Fatah es difícil llegar a un acuerdo, con Hamas es imposible sentarse a conversar. Esa es la diferencia crucial.

b) ¿Por qué para el primer ministro Benjamin Netanyahu el pacto significa suspender las negociaciones de paz así como nuevas sanciones?
Benjamín Netanyahu ha dicho que Mahmoud Abbas debe elegir entre la unión nacional con Hamas o la paz con Israel. La Autoridad Palestina repudió las conversaciones con Israel al negarse a posponer la fecha del acuerdo posible y postularse unilatertalmente a varios organismos de las Naciones Unidas. Hasta aquí uno podía pensar que se trataba de una técnica de negociación por medio de la presión. Al acercarse a Hamas daría más la impresión de que Abbas está dispuesto a desechar enteramente el diálogo con Israel. Ante esta conclusión, el gobierno israelí decidió suspender reuniones previstas y endurecer su posición.

c) Este pacto entre Al Fatah y Hamas, ¿se puede leer en clave electoral? ¿Por qué ahora sí habrá elecciones en seis meses?
Creo que debe leerse bajo la luz de un impedimento psicológico colectivo en el liderazgo palestino. La Autoridad Palestina, engendrada en los Acuerdos de Oslo entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina, quiere un estado independiente, pero anhela obtenerlo por medio de la confrontación, sea ésta militar o diplomática. Yasser Arafat rechazó la componenda en Camp David en el año 2000 y lanzó una intifada. Abbas rechaza ahora la posibilidad de la paz y la soberanía y apela a la imposición diplomática por medio de la ONU. En ambos casos veo una determinación del liderazgo palestino en alcanzar sus objetivos nacionales por fuera de un acuerdo con el estado judío. Los dirigentes palestinos parecen sentir que un estado que emerja de la negociación con Israel carecerá de legitimidad y sólo la tendrá si es «ganado» por medio de la confrontación.

d) En su opinión, ¿por qué EE UU, con su secretario de Estado John Kerry a la cabeza, ha insistido en retomar el proceso de paz cuando ninguna de las partes había hecho ningún avance considerable?
Fue un error de esta Casa Blanca. El nuevo Secretario de Estado John Kerry se entusiasmó con la idea de que él triunfaría donde todos los demás diplomáticos han fracasado y se abocó a la tarea con una fuerte obsesión. Barack Obama eligió dedicar energías y atención a un conflicto perdurable a expensas de atender otras urgencias globales. Oportunamente, muchos analistas hemos señalado que ese camino estaba errado, pero no es ésta la primera vez que un gobierno norteamericano pretende solucionar idealmente esta disputa centenaria.