Todas las entradas de: adminJS2021

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

La imagen global de Israel – 09/12

Imprimir

Año 4 – Nro 26

Consultadas unas veinticuatro mil personas en veintidós países diferentes acerca de si la influencia global de Israel es positiva o negativa, la mitad de ellas opinó que era negativa y la quinta parte que era positiva. La encuesta fue solicitada por la British Broadcasting Corporation (BBC) y efectuada por Globalscan y la Universidad de Maryland. Los resultados fueron publicados el pasado mes de mayo.

En el ránking de opinión popular Israel quedó ubicado, junto a Corea del Norte, como el tercer peor país del mundo en materia de impacto internacional (50%), sólo superado por Pakistán (51%) y la República Islámica de Irán (55%). La imagen del estado judío ha empeorado respecto del año anterior, cuando recibió un 47% de desaprobación entre los encuestados. Los únicos tres países cuyas poblaciones dieron mayorías de simpatía hacia Israel fueron los Estados Unidos (50% favorable y 35% desfavorable) y -por esos misterios insondables del cosmos- Nigeria (54%-29%) y Kenia (45%-31%). Los ghaneses parecen ser apáticos, con un empate del 19% tanto para quienes consideran que Israel ejerce una influencia positiva como negativa en el orden mundial.

Llamativamente, los ciudadanos de los cuatro países europeos consultados expresaron opiniones más negativas de Israel que los ciudadanos de los países musulmanes consultados, Indonesia y Pakistán. Los españoles lideraron el rubro con un alarmante 74% mostrando percepciones negativas de Israel y apenas un 12% positivas, seguidos por los alemanes (69%-16%), los británicos (68%-16%) y los franceses (65%-20%). A modo de comparación, en Indonesia el 61% de los encuestados evidenció una imagen negativa de Israel contra un 8% positiva, mientras que la mitad de los pakistaníes opinó adversamente a Israel y casi una décima parte de modo favorable.

Algunas sorpresas quedaron expresadas en los datos surgidos de naciones cuyos gobiernos son aliados de Israel. En Canadá y en Australia, por ejemplo, el 59% y el 65% de los pobladores respectivamente dieron malas notas a Jerusalem. Por su parte desde Asia, el 45% de los japoneses e igual número de chinos y el 69% de los surcoreanos desaprobaron su conducta global. Las naciones latinoamericanas consultadas reflejaron mayorías contrarias al estado judío aunque sus adherentes, salvo en la tierra de Pelé, no fueron mayorías absolutas: Brasil (58%-17%), México (44%-19%), Perú (35%-11%) y Chile (34%-21%). En el contexto de estas estadísticas desoladoras, quizás sea bueno saber que “solamente” un cuarto de los rusos y un tercio de los indios se expresaron desfavorablemente a Israel. El único país árabe encuestado se ubicó al tope de la lista: Egipto, donde el 85% de la población se mostró opuesta a su vecino. Un pequeño milagro: el 7% de los egipcios dijo creer que Israel ejerce una influencia mundial positiva.

Que los pobladores de países europeos sean más escépticos respecto de la bondad o malicia de Israel como ciudadano global que los de Pakistán (donde Osama Ben Laden halló refugio) e Indonesia (el más populoso país musulmán del orbe) y que algunos de ellos, como los de España, se aproximen a los niveles de desaprobación popular de un país árabe, como Egipto, da cuenta de que el sentimiento hostil a Israel es fuerte y esparcido en esas tierras. Si esta opiniones son formadas por los medios masivos de comunicación en su cobertura de las cuestiones relacionadas a Israel o si, por el contrario, la actitud mediática para con Israel es una expresión de esta animadversión popular, será un línea investigativa interesante para los sociólogos interesados.

Para los aproximadamente seis millones de judíos israelíes decanta una conclusión clara. Si ellos suelen sentirse incomprendidos y aislados en un mundo de más de seis mil millones de seres humanos, pues de ahora en más deberán aceptar que, tristemente, ese sentimiento es justificado.

Varios

Varios

Por Julián Schvindlerman

  

Génesis de nostra aetate: El trasfondo político – 09/12

Imprimir

Artículo publicado en Revista Amijai

Cinco décadas atrás, en octubre de 1962, la Iglesia dio inicio al Concilio Vaticano II del cual emergería años más tarde el pronunciamiento religioso católico más extraordinario de todos los tiempos en relación a los judíos. Sus orígenes se hallaban en el Holocausto y la repercusión que éste tuvo en el modo en que Roma comenzó a rever su relación histórica con un pueblo al que estaba profunda y dramáticamente vinculada.

Dos hombres fueron especialmente responsables de su gestación, uno judío y el otro católico: Jules Isaac y Angelo Roncalli. El primero era un intelectual francés sobreviviente de la Shoá que había perdido a casi toda su familia durante la Segunda Guerra Mundial. El segundo había sido nuncio en Estambul durante la guerra y había realizado esfuerzos notables para salvar vidas judías. Se lo conocería tiempo después como el Papa Juan XXIII. Una reunión que ambos mantuvieron en julio de 1960 en la Ciudad del Vaticano resultó instrumental para poner en marcha un proceso religioso crucial. El Sumo Pontífice instruyó al cardenal Augustín Bea, presidente de la Secretaría para la Promoción de la Unidad Cristiana, que redactase un documento sobre la relación de la Iglesia Católica con el pueblo judío reflejando la nueva visión. De todos los procedimientos y abordajes del Concilio, esta declaración católica sobre los judíos resultaría ser el asunto más controvertido, publicitado, cuestionado y sustantivo; tanto durante sus sesiones como posteriormente.

La historia de la oposición clerical interna que sufrió el proceso es conocida. Menos conocido es el rechazo que éste provocó en las naciones árabes e islámicas, las cuales montaron tal campaña de presión política y religiosa que el pronunciamiento vaticano sobre los judíos quedó severamente afectado. Lo que en sus orígenes iba a ser una declaración católica únicamente sobre su relación con los judíos, terminó transformándose en un documento católico sobre las relaciones de la Iglesia con el Islam, el Budismo, el Hinduismo y, también, el Judaísmo. El denominado “documento judío” pasó a ser el párrafo IV de la “Declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas”. El propósito inicial de abordar las relaciones judeo-católicas de manera exclusiva quedó desvirtuado por las presiones de varios países árabes y musulmanes.

Las aprehensiones árabes y musulmanas se basaban principalmente en el doble temor a que Israel y la Santa Sede establecieran relaciones diplomáticas y a que una exoneración católica del crimen del deicidio socavara la base teológica de la condena al pueblo judío a deambular en el exilio, dotando así validación religiosa cristiana a la presencia judía en Palestina, algo que estas naciones estaban combatiendo con tenacidad.

Ya durante la primera sesión del Concilio, entre octubre-diciembre de 1962, fue distribuido anónimamente, entre todos los Padres Conciliares, un panfleto judeófobo de novecientas páginas de extensión. Titulado Il Comploto contro la Chiesa, alegaba que existía una quinta columna hebrea dentro del clero y justificaba los crímenes de Hitler contra los judíos. Puestos a investigar, los servicios secretos de Italia e Israel detectaron que el gobierno egipcio estaba detrás de la movida.

Durante la segunda sesión, entre septiembre-diciembre de 1963, se debatió el pronunciamiento sobre el pueblo judío y los prelados árabes cristianos presentes protestaron enfáticamente. El Patriarca Cóptico de Alejandría, el Patriarca del Rito Sirio de Antíoco, el Patriarca Latino de Jerusalem, el Patriarca Armenio de Cilicia, entre otros, ejercieron una gran influencia para retardar o anular la aprobación del documento. El presidente de Indonesia y el embajador de Egipto ante la Santa Sede apelaron directamente al Papa mientras que desde Damasco el primer ministro sirio instigó a las comunidades católicas locales a que intercedieran ante el Papado. Manifestaciones populares contrarias a Nostra Aetate surgieron en las capitales del Medio Oriente junto a amenazas contra los cristianos de la región. Nuevos panfletos antijudíos fueron circulados en Roma llenos de denuncias sobre la presunta infiltración sionista en los rangos de la Iglesia.

Ente septiembre-noviembre de 1964 ocurrió la tercera sesión del Concilio, en la cual la declaración sobre los judíos siguió siendo debatida, y no estuvo exenta de indignadas protestas árabes y musulmanas. La Liga Árabe instruyó a sus representantes en Roma a que se reunieran con obispos y les advirtieran de las consecuencias políticas asociadas a la aprobación del “documento judío”. Cuando los Padres Conciliares aprobaron preliminarmente un texto que condenaba al antisemitismo y declaraba errado acusar a los judíos de deicidas, diez parlamentarios cristianos jordanos enviaron un mensaje al Papa diciendo que ello era “una puñalada en el corazón del cristianismo”. El canciller jordano aseguró que ahora Israel acentuaría su “política agresiva” y el ministro sirio de asuntos religiosos predijo que la decisión católica “elevará a los sionistas a mayores crímenes contra los pueblos palestinos”. La República Árabe Unida publicó un texto denominado El Israel Espurio que alertaba sobre los ardides sionistas contra el Vaticano, encargó traducciones a varios idiomas y una distribución internacional, e instruyó a que se filmara una película titulada Los judíos y Jesús con el objeto de frustrar una posible exoneración de la responsabilidad judía en el asesinato de Jesús. Otros nuevos libros fueron publicados en los que se acusaba a los israelíes de matar cristianos en Libia, Chipre e Italia y de complotar junto al dramaturgo alemán Rolf Hochhut, autor de El Vicario, contra la figura de Pío XII.

Finalmente, entre Septiembre-diciembre de 1965 aconteció la cuarta y última sesión del Concilio y ella encontró al alcalde musulmán de Jerusalem, entonces en manos de Jordania, anunciando que, por acuerdo de las comunidades cristianas, las campanas de la Iglesia del Santo Sepulcro doblarían en señal de protesta por el progreso habido respecto de la declaración católica sobre el pueblo judío, e informando que se había enviado un cable al Papa recordándole “los crímenes judíos contra los árabes de Palestina”. Otro texto judeófobo apareció en Italia culpando a los judíos por la revolución bolchevique y negando la Shoá. “Esta verdad”, proclamaba su autor, “está comenzando a aparecer en la prensa egipcia, siria y jordana. Vaya y pregunte a los árabes quiénes son los judíos, y usted realmente aprenderá cuanto odian a Jesús”. Aun cuando el Concilio ya había concluido, la OLP publicó un libro antisionista, en junio de 1966, bajo el título Nosotros, el Vaticano e Israel.

El Papado resistió lo más que pudo este embiste fenomenal y prevaleció al final del camino en publicar una declaración transformadora y fundamental acerca de su relación con el pueblo judío. Pero los árabes y los musulmanes triunfaron en lograr acotar la magnitud del pronunciamiento, en forzar a la Iglesia a rodearlo de expresiones sobre otras religiones y en minimizar el alcance de la delicada cuestión del deicidio. Sin dudas ello también fue resultado de la oposición católica interna y de otros factores, pero los líderes políticos y religiosos árabes y musulmanes hicieron su aporte no menor para que las relaciones entre católicos y judíos no prosperasen todo lo que ambos pueblos mayoritariamente deseaban. Con todo, y a pesar de esta obstrucción decidida, el vínculo judeo-católico floreció en las décadas siguientes a punto tal que los cincuenta años del inicio de Nostra Aetate son hoy en día causa de celebración.

Revista Fundación Judaica

Revista Fundación Judaica

Por Julián Schvindlerman

  

50º Aniversario de una declaración estelar – 09/12

Imprimir

Al ponderar, en una retrospectiva de cincuenta años, los comienzos de la más revolucionaria declaración católica sobre los judíos –conocida como Nostra Aetate (en nuestra era), cuya génesis data del inicio del Concilio Vaticano II en octubre de 1962– debemos inmediatamente resaltar cuán fundamental resultó para las relaciones entre católicos y judíos. Si durante los siglos anteriores, el maltrato, el desprecio, la humillación e, incluso, la persecución en tierras cristianas había sido la norma de la existencia judía a la sombra de la Iglesia Católica, a partir de 1965, una vez que Nostra Aetate fue publicada, el diálogo, el respeto y la coexistencia digna pasaron a ser los atributos definitorios del vínculo judeo-católico moderno.

La semilla plantada en 1962 germinó en 1965 y floreció de allí en más. La nueva luz echada por Roma sobre el pueblo judío impactaría a toda su grey. Este pronunciamiento religioso expulsó la longeva acusación del deicidio que pesaba sobre los judíos afuera de las enseñanzas doctrinales de la Iglesia. Tal como notara Moshe Aumann, Nostra Aetate incursionó en terreno teológico virgen y marcó el tono del diálogo interreligioso de las décadas siguientes. Fue un documento importante en sí mismo, pero no menos lo fue por haber puesto en marcha un crucial proceso de revisión histórico y teológico dentro del catolicismo. Su promulgación fue un hito religioso que, en la caracterización de Marcos Aguinis , “instaló a la Iglesia en la vanguardia de un vínculo fraternal con el pueblo y la fe de los que brotó”.

A la vez, y sin desmerecer lo arriba indicado, una mirada cabal sobre este acontecimiento singular obliga al historiador a observar esta declaración en su totalidad, con sus luces y con sus sombras. Al contrario de lo que habitual y erróneamente muchos aseguran, Nostra Aetate no exoneró por completo a los judíos por la muerte de Jesús. El párrafo relevante dice: “Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a lo judíos de hoy”.

Aquí la Iglesia afirmó que, efectivamente, hubo algún grado de responsabilidad judía en la crucifixión de Jesús, pues sus autoridades y seguidores “reclamaron” su muerte. “Reclamar”, cabe notar, no es lo mismo que “asesinar”. Pero la noción de que los judíos estuvieron enteramente desvinculados de la muerte de Jesús es inexistente en el texto. Lo que Roma sí afirmó de manera tajante es que nunca debió haberse culpado a todo el pueblo judío de la época ni a sus descendientes, por lo que algunos de ellos habían fomentado. En ello radica la raíz revolucionaria de esta declaración, pues apunta a remover el estigma perpetuo del presunto deicidio hebreo.

Análogamente, Nostra Aetate incorporó frases y conceptos religiosos que resultan extraños desde una perspectiva judía. Aseguró que “la salvación de la Iglesia está místicamente prefigurada en la salida del pueblo elegido de la tierra de la esclavitud”, que Jesús “reconcilió por la cruz a judíos y gentiles, y que de ambos hizo una sola cosa en sí mismo” y que “la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios”. A la vez, Nostra Aetate incorporó expresiones positivas, tales como que “no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos”, que “los judíos son todavía muy amados de Dios” y que la Iglesia “deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”.

Debe reconocerse el esfuerzo del Papado en reformular las relaciones con nuestro pueblo, y entenderse que debió enfrentar una oposición intensa, dentro y fuera de la Iglesia, que lo llevó a deber negociar consigo mismo el contenido definitivo de esta declaración crítica. La palabra “deicidio”, que era mencionada en el borrador inicial, quedó excluida del documento final. En cierto momento del proceso, una de las versiones de este documento contenía lo que parecía ser una expectativa de conversión de los judíos, la cual fue finalmente desechada. Nostra Aetate debió atravesar numerosas ediciones a lo largo de cuatro reuniones conciliares que sesionaron durante tres años, y su expresión final fue menos filojudía que la originalmente concebida.

Tres factores incidieron en ese desenlace: la muerte de Juan XXIII, impulsor del Concilio Vaticano II; el accionar saboteador del sector ultraconservador dentro del clero, opuesto al nuevo espíritu de conciliación; y el repudio diplomático y religioso de las naciones árabes y musulmanas al tratamiento que Roma quería dar a su relación con el pueblo judío.

Sin embargo, los obstáculos fueron sorteados, las diferencias pulidas y la declaración publicada. El resultado no fue inmaculado y es legítimo que haya cuestionamientos judíos a algunos elementos de la versión final. Al mismo tiempo, la importancia histórica y teológica de este pronunciamiento no debe ser minimizada. Lo que el Papado gestó cinco décadas atrás tuvo una trascendencia enorme y aún hoy sigue forjando –positivamente– los lazos, saturados de historia, entre católicos y judíos.

La Nación (Costa Rica)

La Nación (Costa Rica)

Por Julián Schvindlerman

  

El «timing» de la paz – 01/09/12

Imprimir

Es difícil comprender las motivaciones de la Casa Blanca para invertir esfuerzos diplomáticos considerables en relanzar el proceso de paz entre israelíes y palestinos en este preciso momento.

El Medio Oriente está en llamas. Siria adolece de una guerra civil de cien mil muertos, de tal gravedad que las Naciones Unidas han dicho que la magnitud de sus atrocidades han superado al genocidio de Ruanda, el símbolo de las matanzas de los años noventa. Armas químicas fueron usadas en su territorio y jihadistas de la región se están aglutinando allí. Rusia, Irán, Arabia Saudita y Turquía, entre otras naciones, están entrometidas. Israel ha cruzado fuego con el Ejército sirio en los Altos del Golán. Egipto está agonizando, con dos presidentes derrocados en poco más de dos años, un movimiento islamista expandido y a la vez masivamente reprimido, y una junta militar golpista ejereciendo, una vez más, el poder. El Sinaí se ha transformado en tierra de terroristas e Israel debió realizar una operación militar para contener las agresiones que de esa zona han emanado. El Líbano y Jordania han sido afectados por la onda expansiva violenta desde Damasco y están presionados por las grandes cantidades de refugiados albergados. En Túnez, asesinatos políticos bajo el sello islamista han puesto en jaque a la coalición gobernante, y Libia todavía batalla por evitar que las milicias armadas aumenten su poder. El fundamentalismo islámico se ha propagado e Irán continúa desafiando a la paz regional.

Inestabilidad. Vale decir, el Medio Oriente está –por decir lo mínimo– inestable. Lo único que ha estado relativamente estable ha sido Israel-Palestina. Dejando de lado la última contienda con Hamas desde Gaza, las relaciones de Fatah en Cisjordania con Israel han estado quietas. Sí, siempre hay reclamos y hubo una ofensiva política en la ONU. Pero eso fue básicamente todo. La Administración Demócrata ha elegido mayormente desentenderse de muchas de las situaciones del mundo árabe que realmente han demandado su urgente atención, y, sin embargo, ha decidido inmiscuirse en prácticamente la única área que no ofrecía una amenaza actual a la estabilidad regional: el conflicto palestino-israelí. El gobierno de Barack Obama eligió irse de Irak y de Afganistán, no entrar a Siria, liderar desde la retaguardia en Libia (es decir, no liderar) y mirar para el otro costado frente al programa nuclear de Irán, pero cargó todas sus fichas en el tablero palestino-israelí, un asunto que, además, ha mostrado ser resistente a una solución. El enigma no es menor.

Antes, Jordania y Egipto, en tanto socios de la paz de Israel y patrones políticos de la Autoridad Palestina, podían influir, y de hecho lo hacían, sobre las partes para avanzar las negociaciones. Hoy ninguna de estas naciones puede oficiar de garante de la paz; están demasiado introspectivas, justificadamente. Cuando los israelíes miran a su alrededor, ven grandes transformaciones geopolíticas y nubarrones de incertidumbre. Aun si hacen las concesiones que se les exige, se preguntan: ¿estará Abbas, o un sucesor confiable, presto a garantizar la paz conseguida? Y, si se lograra la paz con Cisjordania, ¿qué sobre la hostil Gaza?

La paz es maravillosa, pero forzar un proceso de paz, cuando no hay chances genuinos de que sea exitoso, puede tener consecuencias indeseadas, incluso violentas, que no podemos ignorar. A veinte años de Oslo y habiendo ocurrido todo lo que ocurrió, ya simplemente no podemos dejar, una vez más, que las ilusiones y el optimismo cancelen al realismo y la objetividad.

Originalmente publicado en Comunidades

Televisivas

Zoom a la noticia (NTN24 – de Colombia para Am. Latina y USA) – 24/08/12

Imprimir

Programa: Zoom a la Noticia
Conducción: Andrea Bernal
Canal:NTN24 (Colombia)
Fecha: 24/08/2012
Tema: El destino de Siria

Panelistas:
Desde Buenos Aires: Julián Schvindlerman, escritor y analista político internacional
Desde Miami: Wilfredo Ruíz, asesor y coordinador de la Asociación de Musulmanes de Norteamérica
Desde Santiago de Chile: Daniel Jadue, vicepresidente de comunicaciones de la Federación Palestina de Chile

El video no esta disponible. Disculpe las molestias.

Enlacejudio.com (México)

Enlacejudio.com (México)

Por Julián Schvindlerman

  

Pussy riot: La revolución Rusa feminista – 23/08/12

Imprimir

El prospecto de un cuarto de siglo continuo de Putinismo ha fastidiado a los rusos. Miles de ellos protestaron en las calles de Moscú cuando Vladimir Putin anunció su candidatura a las últimas elecciones presidenciales, las mismas que, una vez acontecidas, la Secretaria de Estado de los Estados Unidos Hillary Clinton tildó de “ni libres ni justas”. Desde el año 2000 Putin alterna su rol de primer ministro y presidente y, leyes especiales mediante, podría perpetuarse en el poder hasta el 2024.

Una reacción popular curiosa surgió en septiembre del 2011 bajo el extravagante nombre de Pussy Riot (“revuelta de la vagina”). Se trata de un grupo de rock-punk feminista que lleva a cabo performances de lo que libremente podemos denominar guerrilla musical urbana. Visten ropas alegres y usan pasamontañas de colores. Por decisión, no realizan sus espectáculos en salas de concierto sino en lugares públicos: la Plaza Roja, el techo de un centro de detención de disidentes políticos, la catedral Cristo Redentor de Moscú. Por este último show, en el cual tomaron por sorpresa a los feligreses al invadir el púlpito de la iglesia para cantar su canción Holy Shit (“mierda sagrada”), un alegato anticlerical adverso a Putin, tres de sus integrantes fueron arrestadas, enjuiciadas, halladas culpables y condenadas a dos años de prisión el viernes pasado.

Referentes de la comunidad rockera internacional se manifestaron en defensa de las tres jóvenes, de entre veintidós y veintinueves años de edad, encarceladas desde hace meses: Madonna, Björk, Sting, Paul McCartney,Red Hot Chilli Peppers. Amnesty International y Human Rights Watch criticaron el fallo. Los opositores Gari Kasparov y Serguei Udalzov fueron detenidos por la policía al protestar frente al tribunal y hubo pedidos por su liberación desde otras capitales. En Moscú, estatuas de próceres rusos fueron cubiertas con pasamontañas coloridos en señal de adhesión a las rebeldes. Pero posiblemente se requerirá de algún otro tipo de presión para motivar flexibilidad en el Kremlin. Como ha señalado el Wall Street Journal, un gobierno que teme a un grupo que lleva por nombre Pussy Riot exhibe un nivel de intolerancia y paranoia anormal. En típico estilo estalinista, el folio del juicio acumuló tres mil páginas. Todo por una expresión cultural disidente de menos de dos minutos de duración. Ciertamente ellas mostraron una actitud religiosamente ofensiva al usurpar un lugar de rezos para imponer un mini concierto de rock-punk con una lírica política. Pero una condena de años de prisión es a todas luces excesiva, especialmente dado que ellas se disculparon ante la feligresía ortodoxa durante el juicio. Por mucho más, León Ferrari y Damien Hirst caminan libremente en Buenos Aires y en Londres.

Pussy Riot reúne una mezcla de inocencia política y conciencia intelectual que resulta encantadora; y elogiable. Entrevistada por la prensa, una miembro del movimiento citó las fuentes ideológicas inspiradoras: “De Bouvoir y El segundo sexo, Dvorkin, Pankhurst y sus valientes acciones sufragistas, Firestone y sus locas teorías reproductivas, Millett, el pensamiento nómada de Braidotti, la parodia académica de Judith Butler”. Ubican a sus influencias musicales en el punk clásico de los años ochenta (“tenían una energía social y musical increíbles”) y en grupos de los noventa con mensajes políticos exagerados.

Ante la pregunta acerca del nombre del movimiento, otra explica: “El órgano sexual femenino, que se supone que debe ser algo meramente receptor, de repente empieza una rebelión radical contra el orden cultural. Los sexistas tienen determinadas ideas de como debería comportarse la mujer, y Putin, por supuesto, también tiene un par de ideas acerca de cómo deberían vivir los rusos. Luchar contra todo eso. Eso es Pussy Riot”. Otra de ellas acota que cuando la policía rusa les pregunta “¿qué demonios significan esas palabras inglesas de vuestra pancarta”, responde: “Desplegamos una pancarta durante algunas de nuestras actuaciones ilegales y casi ninguno de estos idiotas habla ningún idioma extranjero. Normalmente les contestamos algo así como ´Ah bueno, verá usted señor policía secreta, no es nada especial, esas palabras sólo significan gatitas rebeldes´. En Rusia, nunca debes decir la verdad a un policía ni a cualquier agente del régimen Putinista”.

Comparan a la Rusia de Putin con la Libia de Gaddafi y la Norcorea de la dinastía Kim y la tipifican así: “Como una dictadura del Tercer Mundo con todo su mierdoso glamour: una economía horrible basada en recursos naturales, niveles de corrupción escandalosos, falta de independencia parlamentaria y un sistema político disfuncional”. Entusiasmada, una de ellas asegura: “Mejor que se vaya antes que lo atrapemos. ¡Putin no querría verse cara a cara con las Pussy Riot!”.

Tiene razón: por eso el Kremlin las encierra.

Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Por Julián Schvindlerman

  

Jihadismo en el Sinaí – 13/08/12

Imprimir

Probablemente usted nunca antes oyó hablar de Jamaat al-Tawhid wal-Jihad Fi Filistin, o de Jaish al-Islam, o de Jamaat Ansar al-Sunna, o de Jund Ansar Allah, o de Masadah al-Mujahedin Fi Filinstin, pero puede que de ahora en más deba empezar a prestarles atención. Estas son facciones jihadistas de la Franja de Gaza, más extremistas que el propio Hamas (si puede concebir eso), y aparentemente cada vez más asociadas a los grupos islamistas foráneos que operan en el desierto del Sinaí junto a beduinos locales radicalizados.

El último episodio involucró un operativo terrorista asombroso: días atrás, un comando jihadista atacó y dio a muerte a dieciséis policías de frontera egipcios mientras quebraban el ayuno de Ramadán (un momento religioso relevante), se apoderaron de camionetas militares, cruzaron con violencia la frontera con Israel y emprendieron la marcha dentro del país hacia algún objetivo. El ejército israelí abatió a todos los terroristas. La osadía de la acción da cuenta de la temeridad de los integrantes, y la libertad con la que se movieron refleja la cada vez más caótica situación en el terreno. Este atentado ha sido el más reciente de una seguidilla gestada en el Sinaí que incluyó una infiltración un año atrás en la cual ocho israelíes fueron asesinados cerca de Eilat, el lanzamiento de tres cohetes Grad de fabricación iraní el pasado mes de abril y otro ataque ocurrido en junio último. El gasoducto que exporta gas egipcio hacia Israel fue atacado quince veces desde la caída de Hosni Mubarak. En el último año y medio, agrupaciones terroristas egipcias y palestinas han atacado múltiples veces a estaciones de frontera y puestos de control egipcios en el Sinaí, mientras que la propia Fuerza Multinacional de Observadores de las Naciones Unidas, allí asentada, fue agredida a tiros cerca de doscientas veces durante la primera mitad del año corriente.

El gobierno de Israel lleva ya un largo tiempo advirtiendo acerca de la presencia cada vez mayor de agrupaciones terroristas que operan junto a movimientos radicales de Gaza y beduinos egipcios extremistas. Ahora que muchos nacionales egipcios fueron ultimados en un único atentado, el gobierno de El Cairo comenzó a tomar nota. Para las agrupaciones jihadistas usar como base el desierto del Sinaí es tentador dada su proximidad a Israel y la posibilidad de eludir una represalia. Hasta el momento, el ejército israelí ha dado respuesta militar en la Franja de Gaza, desde donde algunos de los actores han surgido, y ha evitado responder directamente en el propio Sinaí, consciente del riesgo político-militar asociado a una incursión en un país vecino. El asunto es especialmente sensible en tiempos en los que el nuevo gobierno es de la Hermandad Musulmana, la cual ha cuestionado el Acuerdo de Paz egipcio-israelí.

Este peligroso incidente ha creado un desafío -y una evaluación- para el nuevo gobierno egipcio. La primera reacción fue ambivalente. El presidente Mohammed Morsi se pronunció con dureza contra los perpetradores, viajó al lugar del hecho y prometió justicia. Pero al mismo tiempo permitió que su agrupación emitiera absurdas acusaciones contra Israel. En un comunicado publicado en su sitio oficial, la Hermandad Musulmana adujo que el atentado “puede ser atribuido al Mossad”, el servicio secreto israelí. Luego cerró la frontera con Gaza y ordenó un operativo aéreo que involucró a la fuerza aérea y bombardeos en el desierto del Sinaí por primera vez desde la guerra de 1973.

Morsi deberá dar una doble batalla: contener a las facciones paranoicas de su movimiento y enfocarse en combatir al enemigo común que está poniendo en jaque a la seguridad nacional egipcia y la relación bilateral con Israel.

El descontrol en el desierto del Sinaí tiene ramificaciones regionales e implicancias mundiales. Los Estados Unidos, que aportan mil trescientos millones de dólares anuales a El Cairo, están observando con preocupación. Al-Qaeda, siempre astuta para infiltrarse en zonas de caos, está mirando con expectativa. Mohammed Morsi y los generales a su mando deben estabilizar la situación. Y deben hacerlo rápidamente.

Comunidades, Comunidades - 2012

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Mitt Romney sale al mundo – 08/08/12

Imprimir

Una de las mayores debilidades del presidente Barack Obama radica en su concepto de la política exterior, y uno de sus más grandes errores en este campo ha sido ofender gratuitamente a aliados y así dañar innecesariamente las relaciones internacionales de los Estados Unidos. Sus críticos destacan tres casos -Polonia, Gran Bretaña e Israel- con justa razón.

En 2008, Varsovia acordó con Washington albergar bases de misiles antimisiles en su suelo. El propósito era que actuaran como escudo protector contra las amenazas de Irán principalmente. Rusia vio ello como un desafío a su soberanía y como una invasión estadounidense de una antigua esfera de influencia moscovita. El gobierno ruso llegó a amenazar a Polonia con un ataque nuclear si procedía con sus planes pero el gobierno polaco se mantuvo firme y accedió al requerimiento de la Administración Bush. Al año siguiente, específicamente el 17 de septiembre del 2009, el sucesor en la Casa Blanca, Barack Obama, canceló ese acuerdo unilateralmente con vistas a apaciguar la ira de Rusia y resetear la relación. Para los polacos la traición fue doble. No solamente quedaron expuestos ante el poder de Rusia sino que la decisión estadounidense fue anunciada en el 70 aniversario de la invasión soviética de Polonia. A esta debacle estratégica, Obama agregó un par de insultos diplomáticos posteriores al hablar de campos de la muerte polacos» (hubo campos de la muerte alemanes en territorio ocupado polaco) y al ir a jugar golf el día del funeral del presidente polaco Lech Kaczynski.

Gran Bretaña y los Estados Unidos han mantenido tradicionalmente una relación histórica y sólida. Juntos combatieron al comunismo y al nazismo el siglo pasado, nada menos. En la época Bush, Londres obsequió a su aliado transatlántico un busto de Winston Churchill que fue exhibido en la Casa Blanca. Hasta que Obama ganó las elecciones y en uno de sus primeros actos presidenciales devolvió el regalo a la embajada británica, dónde aún permanece. Cuando la Argentina lanzó una campaña mundial por las islas Malvinas, la Administración Obama sorprendió a los británicos al adoptar una postura supuestamente neutral, llamando a las Falkland, Malvinas, algo inusual para un gobierno norteamericano. El propio Obama apeló a ese término preferido de los argentinos sólo que, en una gaffe excepcional -observada por Charles Krauthammer en el Washington Post- habló de las islas Maldivas, equivocando la ubicación geográfica de las Malvinas/Falklands en unos doce mil kilómetros.

Desde 1967 en adelante, Israel ha sido el principal y más confiable aliado estadounidense en el Oriente Medio. Ambas naciones han forjado una relación sumamente especial y única. Ella ha tenido altibajos, naturalmente, en tanto que los intereses globales de una superpotencia no siempre coinciden con los de un país pequeño, cuyas preocupaciones se centran en la región del Medio Oriente principalmente. Pero bajo el gobierno de Obama las tensiones han sido la norma y la calidez, la excepción. La actitud personal del presidente hacia su par israelí actual ha sido fría e incluso parca. «Tú estás cansado de él, pero yo debo lidiar con [Netanyahu] todos los días» se oyó decir a un Obama desprevenido en una conversación privada con Nicolás Sarkozy. «Las fronteras de Israel y Palestina deberían basarse en las líneas de 1967 con intercambios mutuamente acordados» afirmó públicamente el presidente estadounidense en vísperas de recibir a Binyamín Netanyahu tiempo atrás, a sabiendas del rechazo del líder del Likud a esa idea. En ocasiones, Obama se negó a ofrecer conferencias de prensa conjuntas con el premier israelí y llevó la crítica tradicional de su país hacia los asentamientos israelíes a extremos notables.

No extraña, entonces, que en su primera gira internacional, el candidato republicano a la presidencia Mitt Romney haya elegido visitar precisamente estas tres naciones despreciadas por la Administración Demócrata. Fue en Israel donde más claramente se notaron las diferencias entre uno y otro.

Romney declaró que Jerusalem es la capital de Israel y definió al país como «una nación que comenzó con una promesa antigua hecha en esta tierra». Aseguró que «no podemos permanecer callados en tanto aquellos que buscan socavar a Israel expresan sus críticas. Y ciertamente no deberíamos sumarnos a esas críticas». Declaró que «tenemos una obligación solemne y un imperativo moral de negar a los líderes de Irán los medios para avanzar con sus intenciones malévolas». Y auguró que «en tanto permanezcamos juntos, no hay amenaza que no podamos superar y muy poco que no podamos conseguir». El contraste con los pronunciamientos y las actitudes de Obama no es apenas acentuado. Es dramático.

Para concluir, una a favor de Barack. Ambos están en campaña, pero mientras que Obama preside un estado, Romney preside un partido. Las responsabilidades son diferentes. A partir de noviembre veremos si, en caso de triunfar, las declaraciones del republicano coinciden con sus gestiones, o si, en caso de perder, tendremos más -y quizás peor- de lo ya visto en esta Casa Blanca.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

Orígenes y actualidad del los protocolos de los sabios de Sión – 08/12

Imprimir

Año 4 – Nro 25

El primer congreso sionista ocurrió en Basilea en 1897. Convocado por el periodista e intelectual del imperio austro-húngaro Theodor Herzl, éste marcó el inicio formal del sionismo político cuya épica culminaría en el establecimiento de Israel en 1948. Allí se sentaron las bases y se diseñó un programa de acción política para forjar la creación del primer y único estado judío del mundo. Al finalizar el congreso, Herzl escribió esta anotación en su diario personal: “Si yo fuera a sintetizar el Congreso de Basilea en una palabra -que cuidaré de pronunciarla públicamente- sería ésta: en Basilea he fundado el estado judío. Si yo dijera esto en vos alta hoy, sería respondido con carcajadas universales. Quizás en cinco años, ciertamente en cincuenta, todos lo sabrán”.

Pero el propósito del congreso sionista celebrado en aquella localidad suiza sería prontamente usurpado por la policía secreta zarista y transformado en una de las mentiras más perdurables, propagadas y dañinas de toda la historia del antisemitismo mundial. En algún momento entre 1897 y 1899, Pytor Rachovsky, jefe de la sección foránea de la Ojrana (como se conocía a la policía secreta rusa) en París comenzó a elaborar un documento cuya finalidad era difamar a los judíos. Él se basó en dos libros publicados en la década del sesenta del siglo XIX -Diálogo en los Infiernos entre Maquiavelo y Montesquieu de Maurice Joly y Biarrtiz, novela antisemita de Hermann Goedesche- y le dio una gran vuelta de tuerca para acomodar esos relatos de modo tal que los judíos quedasen expuestos como dominadores globales. Su texto presentaba por primera vez los supuestos verdaderos protocolos del congreso sionista de 1897 según los cuales los judíos habían ideado un complot para conquistar el mundo y habían encubierto la ambición tras la fachada de una reunión político-nacionalista. Las autoridades rusas buscaban justificar ideológicamente las persecuciones contra la comunidad hebrea en Rusia. Terminaron justificando, en las mentes de los antisemitas al menos, las persecuciones contra los judíos por doquier.

La Ojrana lo divulgó por aquí y por allá. En 1903 apareció una versión abreviada en el diario Znamya de San Petersburgo. En 1905 fue añadido como un capítulo al libro Lo Grande en Pequeño: el Advenimiento del Anticristo y el Dominio de Satán en la Tierra de Serge Nilus. Durante la siguiente década y media continuó su propagación, con impacto menor. Pero a partir de 1920 comenzó a ser publicado en varias lenguas más allá de la rusa: en alemán, francés, polaco, italiano e inglés entre otras. Ese mismo año el magnate de la industria automotor, Henry Ford, publicó en los Estados Unidos El Judío Internacional, un texto judeófobo fuertemente inspirado por los Protocolos; fue traducido a una docena de idiomas. Apenas a tres años de la revolución bolchevique, en la que una minoría judía participó de manera visible, la presunta primicia se expandió velozmente.

En Gran Bretaña, en un contexto de debate intenso acerca de la política sionista hacia Palestina y con la Conferencia de San Remo presta a dar al gobierno británico el Mandato sobre Palestina para implementar la Declaración Balfour, la difusión de la acusación fue frenética. El Morning Post publicó una serie de dieciocho artículos que denunciaba un complot hebreo contra la cristiandad, meses después de que la primera edición de los Protocolos había aparecido en Inglaterra. The Times publicó una síntesis del panfleto y The Spectator requirió que una comisión real fuese creada para determinar la veracidad del alegato. En Italia y en Francia los Protocolos fueron introducidos y divulgados por figuras del clero católico.

Según ha detallado Yad Vashem, en 1923 el teórico nazi Alfred Rosenberg escribió Los Protocolos de los Sabios de Sión y la Política Judía Mundial y agotó tres ediciones en un solo año. En 1924, Joseph Goebbels señaló en su diario íntimo: “Creo que Protocolos de los Sabios de Sión son una falsificación… [Sin embargo], creo en la verdad intrínseca pero no la verdad factual de los Protocolos”. En su texto Mein Kampf, a partir de 1925 el propio Adolf Hitler sostuvo: “Hasta que punto la existencia de este pueblo está basada en una mentira continua, se muestra en Protocolos de los Sabios de Sión”. En 1933 los nazis tomaron el poder en Alemania y publicaron veintitrés ediciones del panfleto en los siguientes seis años. Para cuando la Segunda Guerra Mundial estalló, este libelo estaba siendo ampliamente leído en Europa.

Los Protocolos llegaron a la India en 1974 bajo el título La Conspiración Internacional contra los Indios, pero fue en el Medio Oriente árabe-islámico donde alcanzaron una aceptación fenomenal. En 1985 fueron publicados en la República Islámica de Irán y tres años más tarde el Movimiento de Resistencia Islámico (Hamas) aseguró en el artículo 32 de su Pacto fundacional: “El plan sionista no tiene límite. Después de Palestina, los sionistas aspiran a extenderse del Nilo al Eúfrates. Cuando hayan digerido esta región, aspirarán a una expansión adicional. Su plan está expresado en los Protocolos de los Sabios de Sion…”. En 1993, Shimon Peres publicó su obra pacifista El Nuevo Medio Oriente. Al poco tiempo fue traducida al árabe en Egipto y distribuida por la compañía oficial Al-Ahram con una introducción que alertaba que el libro de Peres “…produce prueba irrefutable de su veracidad. Su libro confirma en términos no poco ciertos que los Protocolos son genuinos”.

El siglo XXI todavía ofrece testimonios de su propagación en la zona. En el 2002, la televisión egipcia emitió una serie de cuarenta y un capítulos titulada “Jinete sin caballo” basada fundamentalmente en los Protocolos. Al año siguiente, el canal Al-Manar TV, perteneciente al movimiento integrista libanés Hezbollah, transmitió “La Diáspora”, serie de treinta capítulos sustentada en los Protocolos. Ese mismo año UNESCO debió protestar que la Biblioteca de Alejandría exhibiera un ejemplar de los Protocolos al lado de una Torá. En 2005 el Ministerio de Información de Siria autorizó una edición de los Protocolos que aseguró que “los Sabios de Sión” efectuaron los atentados del 11 de septiembre de 2001 en los Estados Unidos.

Más de un siglo ya ha transcurrido desde que un oscuro espía ruso ideara esta patraña inverosímil. Su perdurabilidad quizás yazca en un axioma del antisemitismo: cuánto más lunática la acusación, ésta será más creíble.