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Comunidades, Comunidades - 2012

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Sablanut, Israel – 14/03/12

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En lo que concierne a la nuclearización de Irán, la relación entre el premier Binyamín Netanyahu y el presidente Barack Obama me recuerda la célebre canción de los años cuarenta del cantante cubano Osvaldo Farrés, “Quizás, quizás, quizás”:

Siempre que te pregunto que, cuándo, cómo y dónde, tú siempre me respondes quizás, quizás, quizás. Y así pasan los días y yo, desesperando y tú, tú contestando quizás, quizás, quizás. Estás perdiendo el tiempo pensando, pensando, por lo que tu más quieras, ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo?

Que me disculpe Farrés por des-romantizar su precioso bolero, pero realmente señor presidente, ¿hasta cuando? Sí, lo admito: Obama cambió el tono de su discurso, y el de su Administración, en las vísperas del arribo de la comitiva israelí. (¡Comitiva que incluyó al primer ministro, al ministro de defensa y al presidente de la nación! Si de enviar mensajes subliminales dramáticos se trataba, debemos dar el debido crédito a los relacionistas públicos israelíes). Pero ¿son a estas alturas creíbles todas esas declamaciones presidenciales solemnes de que los Estados Unidos protegen la espalda de Israel, de que no aceptará que Irán obtenga la Bomba y de que él personalmente es un líder que no alardea al respecto?

Veamos. Obama comenzó su mandato intercambiando epístolas con Mahmoud Ahmadinejad como un adolescente de los años ochenta entusiasmado con su nuevo compañerito global de intercambio de cartas. ¿Resultados obtenidos? Ninguno. Luego, cuando el régimen Ayatollah fue desafiado por opositores al fraude electoral del año 2009, Obama titubeó y desaprovechó una oportunidad única de respaldar los reclamos de democracia y transparencia de la ciudadanía iraní, permitiendo que el gobierno de Teherán mantuviera su legitimidad. Muy tardíamente, endureció su postura y fomentó la adopción de sanciones robustas contra la república islámica, tanto propias como de sus aliados: el banco central, las exportaciones de petróleo y la permanencia de Irán en el sistema financiero SWIFT quedaron afectadas. Las medidas fueron adecuadas, pero para entonces hasta la propia Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) desde Viena estaba expresando su preocupación con las posibles dimensiones militares del programa nuclear de Irán. El presidente norteamericano aseguró múltiples veces que todas las opciones estaban sobre la mesa, un eufemismo para aludir a la posibilidad de una acción militar, pero la repetición del mantra, lejos de persuadir, terminó por convertirse en un cliché.

Simultáneamente, oficiales de primerísimo rango de su Administración se manifestaron de manera contradictoria y dando la impresión de que más temían un ataque preventivo israelí sobre las instalaciones nucleares de Irán, que el cruce del umbral atómico por parte de Teherán. La Secretaria de Estado Hillary Clinton afirmó el pasado 29 de febrero que era objetivo de su gobierno evitar que Irán adquiriese la capacidad de fabricar bombas atómicas, pero el previo 19 de diciembre el Secretario de Defensa Leon Panetta había asegurado que Irán podría construir una bomba nuclear en el plazo de un año si así lo quisiese. Algo no cierra. Si la evaluación del Pentágono es que Teherán tiene la capacidad de construir una bomba atómica en el corto plazo y el Departamento de Estado ha definido como meta de su política exterior el no permitir a Teherán tener dicha capacidad, ¿entonces por qué no se actúa de manera decisiva? Aquí es donde la intervención del Director de Inteligencia Nacional James Clapper, diciendo que los iraníes aún no han decidido fabricar una bomba atómica, fue ridículamente conveniente.

Asimismo, Leon Panetta, James Clapper y el Jefe del Estado Mayor Conjunto Martin Dempsey expresaron públicamente sus dudas acerca del éxito, y sus preocupaciones respecto de las consecuencias, de una operación militar contra Irán. Tales dudas y preocupaciones son legítimas. Ponderar las posibilidades y las repercusiones de una guerra es una tarea necesaria para estrategos y diplomáticos. Es sólo que la exteriorización de tales consideraciones -especialmente cuando este tema estaba en la cima de la conversación política mundial- pareció tener el propósito de inhibir la acción israelí y dio una inquietante imagen de debilidad en la relación Washington-Jerusalem. A su vez, reflotaron últimamente en algunos lugares de la opinión pública las menciones a un Estimado de Inteligencia Nacional -confeccionado por toda la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos- que concluyó, en el 2007, que Irán había detenido los aspectos militares de su programa nuclear en el 2003. Sin embargo, un informe de la AIEA sobre el programa nuclear iraní emitido en noviembre de 2011 afirmó haber notado “indicaciones de que algunas actividades relevantes al desarrollo de un mecanismo explosivo nuclear continuaron después del 2003”.

¿Alguien puede culpar a los israelíes por estar impacientes?

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

Un papa en Cuba – 03/12

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Año 4 – Nro 20

La relación del Vaticano con el comunismo nunca fue armoniosa, razón por la cual una visita papal a la Cuba de los hermanos Castro era vista como un acontecimiento singular. Dos hechos ilustraron la tensión reinante al comienzo mismo del peregrinaje pontificio. En el avión que lo llevaba rumbo a México, destino inicial de la gira latinoamericana, Benedicto XVI aseguró que “el marxismo, tal como fue concebido, no responde ya a la realidad”. Al aterrizar en la isla, el presidente Raúl Castro le dio la bienvenida con un cálido apretón de manos, pero sin besar el anillo papal.

El viaje pontificio a Cuba tenía dos objetivos contrapuestos. El propósito diplomático de la visita era estimular mayor cordialidad en la relación bilateral con vistas a mejorar el status de la Iglesia allí. El propósito pastoral era reforzar a la feligresía católica local, la cual representa el 5% de una población de alrededor de once millones. Para cumplir con la primera meta, el Papa debía complacer a los gobernantes; para cumplir con la segunda, el Papa debía brindar apoyo moral a una comunidad reprimida. Aquél era un equilibrio difícil de sostener y por eso hallaremos en las palabras y las omisiones de Benedicto XVI elementos que inclinan la balanza tanto para uno como para otro lado.

Como la sola presencia papal en suelo cubano era el mayor gesto político hacia el régimen, y Benedicto XVI rehusó reunirse con la oposición, a modo de compensación hacia ésta, o de mensaje hacia todas las partes, lo que también abarca a la comunidad internacional como testigo, incorporó en sus discursos críticas hacia el sistema castrista. Ni bien aterrizó, el Papa aseguró llevar en su corazón “las justas aspiraciones y legítimos deseos de todos los cubanos” y entre los grupos que mencionó -jóvenes y ancianos, enfermos y trabajadores- incluyó a “los presos y sus familiares”. Al reflexionar sobre las relaciones entre Cuba y la Santa Sede, el Papa recalcó que “aún quedan muchos aspectos en los que se puede y debe avanzar”. Al referirse a la Virgen de la Caridad del Cobre, habló de “los derechos fundamentales” de los hombres, y en una homilía posterior dijo que “resulta conmovedor ver como Dios no sólo respeta la libertad humana, sino que parece necesitarla”. Luego de visitar un santuario venerado, rezó por “las necesidades de aquellos que sufren, de quienes están privados de la libertad, de aquellos que están separados de sus seres queridos o quienes están atravesando tiempos de dificultad”. Su mejor momento fue cuando pidió, en su último discurso, que “Cuba sea la casa de todos los cubanos”. Hablar públicamente en la isla de libertad, presos, derechos fundamentales y justas aspiraciones fue un mérito de Benedicto XVI.

Por su lado, el gobierno cubano no pudo con su genio. El sumo pontífice fue recibido por el presidente, niños que le entregaron un arreglo floral y una alfombra roja, pero también con veintiún disparos de salva de cañón. Recibir a un Papa a los cañonazos como muestra de cortesía fue toda una ocurrencia. Será fruto de su mentalidad militarista. Como también lo habrá sido su decisión de arrestar a alrededor de doscientos disidentes en las vísperas del arribo del Papa, impedir a otros muchos que asistieran a su misa y bloquear sus comunicaciones móviles. Un infiltrado que gritó entre la muchedumbre “¡abajo el comunismo!” fue sumariamente detenido. Raúl, a su vez, dedicó su discurso a protestar contra el bloqueo económico norteamericano, a recitar eslóganes patrióticos del tipo “con todos y para el bien de todos” y a sermonear acerca de que “la corrupción política y la falta de verdadera democracia son males de nuestro tiempo”. Para un Papa que en su vida como Joseph Ratzinger presidió por casi un cuarto de siglo la Congregación para la Doctrina de la Fe -la cuál combatió duramente a la teología de la liberación- haber tenido que escuchar al presidente caribeño predicar sobre las virtudes del socialismo castrista debe haber sido todo un ejercicio de paciencia pontificia.

La visita estuvo rodeada de especulaciones acerca de una reunión entre el Papa y el presidente venezolano Hugo Chávez, quién coincidentemente se desplazó a la isla para someterse a tratamiento médico. Mayor expectativa todavía despertó la idea de un posible encuentro entre el Papa y Fidel Castro. Éste, se recordará, había sido excomulgado en 1962 por Juan XXIII luego de declararse marxista-leninista, anunciar que Cuba sería atea y lanzar una campaña de hostigamiento contra la Iglesia Católica que comprendió la deportación de cientos de monjas y sacerdotes, el cierre de todos los colegios católicos y la nacionalización de los terrenos de la Iglesia. Con el correr del tiempo, El Comandante pudo reunirse con pontífices. Fue recibido por Juan Pablo II en el Vaticano en 1996 y dos años después se reencontró con Karol Wojtyla en La Habana.

Finalmente, se hizo recibir también por Benedicto XVI. Ofender a Fidel en su propia casa no era una opción para el Vaticano. La nota más ocurrente de la visita la dio Fidel cuando, fiel a su peculiar estilo, preguntó a Benedicto XVI “¿Qué hace un Papa?”. Quizás al Santo Padre se le haya cruzado por la mente una pregunta que no podía formular: ¿que hacen los hermanos Castro, al cabo de más de medio siglo, todavía gobernando -y sofocando- a Cuba?

Comunidades, Comunidades - 2012

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Por Julián Schvindlerman

  

Décimo aniversario de Guantánamo Bay -18/01/12

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Cuando era candidato presidencial, Barack Obama edificó gran parte de su perfil como un opositor firme a la arquitectura de defensa del presidente George W. Bush diseñada luego de los atentados del 9/11. Ni bien se ubicó en la Casa Blanca como el nuevo presidente de los Estados Unidos de América, Obama ordenó el cierre de la cárcel norteamericana de Guantánamo, ubicada en Cuba, en un plazo de un año, y anunció que los juicios a los allí detenidos pasarían de la jurisdicción militar a la civil. Dos años más tarde, firmó una orden ejecutiva que permitió la detención indefinida de los sospechosos encarcelados en Guantánamo; luego validó la vigencia de los tribunales militares.

Obama y el Partido Demócrata creyeron ser capaces de poder resolver la tensión permanente entre justicia y seguridad nacional que afrontan las democracias en tiempos de guerra. Su noción de que los combatientes enemigos sospechosos de terrorismo debían recibir la misma protección jurídica que los ciudadanos norteamericanos bajo la constitución nacional terminó chocando con las limitaciones que, tarde o temprano, la realidad política impone a los más nobles ideales. En enero de 2010, fue procesado en los Estados Unidos bajo cargos de intento de homicidio el nigeriano Umar Farouk Abdulmutallab, quién había fracasado en hacer estallar explosivos a bordo de un vuelo de Northwest Airlaines en la Navidad del 2009. La Administración Demócrata decidió juzgarlo en una corte civil, lo que significó darle el derecho a permanecer en silencio durante el interrogatorio y el beneficio de un abogado. De allí en más, el estado se vio forzado a negociar información sensible a cambio de concesiones en la penalidad eventual.

Un año después, la Casa Blanca cambió radicalmente de actitud. En septiembre de 2011, un avión militar no tripulado sobrevoló Yemen y disparó un misil contra un automóvil que transportaba a jihadistas, entre ellos a Anwar al-Awlaki, uno de los más altos líderes de Al-Qaeda. Awlaki había sido uno de los entrenadores de Abdulmutallab. A diferencia de éste, era ciudadano americano. Eso significó que Barack Obama autorizó la eliminación violenta de un compatriota sin detención ni juicio previo, ni siquiera en un tribunal militar en Guantánamo. Para entonces resultaba evidente que el presidente Obama miraba al mundo de modo diferente que el candidato Obama. De hecho, el actual presidente amplió el uso de aviones militares no tripulados contra terroristas islamistas en Pakistán, Afganistán, Somalia y Yemen. Según un estudio de la New America Foundation, desde que Obama asumió el poder, hubo doscientos cuarenta ataques de este tipo que mataron a mil trescientas personas sospechosas de terrorismo solamente en Pakistán. Durante todo el mandato del presidente Bush hubo cuarenta y cuatro ataques de este tipo en Pakistán que mataron a unos cuatrocientos presuntos islamistas.

Esto no fue fruto de un abandono de principios, sino de un reconocimiento de que preservar ciertos valores en tiempos de guerra suele ser desafiante para las democracias. Guantánamo no es un ideal de la democracia, es apenas una herramienta necesaria en la lucha contra el terror. Su permanencia es testimonio de que en las guerras, las elecciones suelen ser entre lo malo y lo peor. 

Originalmente publicada en El Telégrafo (Ecuador)

Comunidades, Comunidades - 2012

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

George Méliès y los Judíos – 29/02/12

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La invención de Hugo Cabret, última y bella película de Martin Scorsese, homenajea los orígenes del cine y rinde tributo al más destacado pionero después de los hermanos Lumière, el genial Georges Méliès. Basta con ver algunos de sus films online -El hombre de la cara de caucho (1901), El demonio negro (1905), Las alucinaciones del baron de Münchhausen (1911)- para apreciar la creatividad escénica, talento fílmico e inventiva visual de este director original. Aunque mayormente los cortos que pueden verse pertenecen al género de la comedia -verlos en una retrospectiva de más de cien años, con su exagerada gestualidad actoral, simpleza argumental y trucos cinematográficos rudimentarios, acrecienta el sentido de la comicidad- Méliès filmó también dramas políticos y relatos bíblicos, dos de ellos directamente relacionados con la historia judía. Abordaremos ello en un instante.

Georges Méliès nació en París en 1861 y a pesar de su vocación artística fue obligado por sus padres a ingresar al negocio familiar del calzado. Una vez que su padre se retiró, Méliès rehusó continuarlo y compró, en 1888, un teatro donde montaría espectáculos de magia e ilusionismo. Luego de ver, en 1895, la primera película de los hermanos Lumière, se orientó al cine, para lo cual debió construir su propia cámara de filmación ante la renuencia de los Lumière a venderle una. En 1902 escribió, dirigió, produjo y actuó en su obra cumbre: El viaje a la luna. La escena en la que un cohete se incrusta en la cara de la luna es una de las imágenes más entrañables y reconocidas en la historia del celuloide. Inspirada en las obras de Julio Verne De la tierra a la luna (1865) y de H.G. Wells Los primeros hombres en la luna (1901), con un presupuesto millonario para la época, catorce minutos de duración, actores, acróbatas de circo y bailarinas de ballet en escena, y efectos especiales de vanguardia, se convirtió en una película exitosa al punto que técnicos que trabajaban para Thomas Alva Edison la piratearon y comercializaron en los Estados Unidos sin abonar un centavo al director francés. Es un film icónico y el primero del género de ciencia ficción. Fue el corto número cuatrocientos de una filmografía de alrededor de quinientas que legó Méliès. Lamentablemente, tal como Scorsese relata, sólo unas pocas sobrevivieron. La Primera Guerra Mundial lo cambió todo. En su penuria económica y abatimiento existencial, Méliès destruyó algunas y se vio forzado a vender otras para ser usadas como materia prima en la fabricación de tacos para zapatos de mujer (¿irónica revancha póstuma paterna?). En 1913 abandonó la cinematografía.

Como tantos otros cineastas, Méliès fue testigo de su época. El juicio al capitán Alfred Dreyfus sacudió a la sociedad francesa del siglo XIX de la cual él era parte. Francia quedó partida en dos bandos, editoriales encendidos fueron publicados en la prensa, hubo duelos públicos en las calles, grescas en la cámara de diputados, disturbios antisemitas en varias ciudades. Un año y medio después de la publicación del J´accuse! De Émile Zola, Méliès comenzó a rodar once cortos que retrataron el arresto, la degradación, el juicio y el encarcelamiento en la Isla del Diablo del capitán judío. Méliès era católico y su postura favorable a Dreyfus causó una gran conmoción. La exhibición de esta miniserie de trece minutos usualmente concluía con la audiencia a puñetazos y paraguazos. En la que es considerada la primera instancia de censura política sobre un film, el gobierno francés prohibió nuevas exhibiciones de la película por incitar al desorden público y posteriormente prohibió cualquier película que abordara el tema, disposición que se extendió hasta 1950.

En 1904, a cinco años del estreno de El caso Dreyfus, Méliès realizó otro film relacionado a la temática judía. Bizarro y en un sentido ininteligible, El judío errante puede dejar perplejo a más de uno. El corto muestra a un judío de barba larga y vestido de túnicas, deambulando sobre rocas valiéndose de un largo palo, agobiado por visiones de Jesús cargando una gran cruz en lo que ha de ser la vía dolorosa, acosado por el diablo primero y echado del lugar por la Virgen María después. En la escena final, con el trasfondo de un cielo colmado de relámpagos, el judío se golpea el pecho e implora el perdón divino. Si Méliès tan solo reflejó la posición del judío en el dogma católico de su tiempo, si pretendió validar esa concepción o contrariarla, es difícil de determinar. Al espectador judío, este corto de tres minutos seguramente lo incomodará.

Muchas de sus películas fueron entretenidas. Pero ello no debe distraernos del muy real compromiso político de este cineasta francés. En El viaje a la luna puede resultar divertido ver hombres vestidos formalmente, con grandes galeras, largos bastones y prominentes mostachos, caminado en la superficie lunar, pero puede también advertirse una crítica ideológica al colonialismo europeo de la época cuyos emisarios aterrizan en un nuevo mundo, luchan contra los nativos y terminan escapándose apresuradamente. Su decisión de realizar un documental de denuncia acerca del acontecimiento político máximo de la Francia del fin de siècle y tomar partido por el capitán judío injustamente humillado, jugándose todo su prestigio y medio de vida, de modo similar da testimonio a su humanismo y nobleza. Quizás por ello terminó sus días vendiendo juguetes en la estación de trenes de Montparnasse… hasta que fue rescatado del olvido por el director de una revista de cine que lo reconoció al pasar.

Infobae, Infobae - 2012

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

La carrera atómica de Irán – 29/02/12

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En algún momento anterior a febrero de 2008, agentes alemanes y estadounidenses capturaron la laptop de un ingeniero iraní vinculado al programa nuclear de su país. Entre los documentos que hallaron, uno sobresalía de manera alarmante: mostraba el arco de la trayectoria de un misil de fabricación iraní, el Shahab-3, que puede recorrer mil trescientos kilómetros, con una indicación de detonación a los seiscientos metros de altura. Mostrando esa documentación ante alrededor de cien delegados internacionales en una conferencia altamente clasificada, el entonces vice-director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Olli Heinonen, explicó que la explosión de una bomba convencional a esa altura no tendría el menor efecto sobre la tierra, pero que una detonación nuclear a esa altitud era la ideal para lograr un efecto devastador sobre una ciudad. De hecho, esa fue la altura aproximada a la que fue detonada la bomba atómica sobre Hiroshima en 1945.

En noviembre de 2011, la AIEA publicó un informe sobre el estado de desarrollo del programa nuclear iraní del cual cabe citar tres graves afirmaciones: 1) “La información indica que Irán ha llevado a cabo actividades relevantes al desarrollo de un mecanismo de explosión nuclear”, 2) Irán adquirió “información y documentación acerca del desarrollo de armas nucleares por parte de una red clandestina de provisión nuclear”, 3) Irán trabajó “en el desarrollo de un diseño local de un arma nuclear incluyendo el testeo de componentes”. El viernes pasado, la AIEA informó que el gobierno iraní aumentó la producción de uranio enriquecido al 20%, que lo hizo en cantidades que exceden ampliamente un posible uso civil, señaló que más de un tercio del proceso de enriquecimiento ocurre en la planta de Fordo -la cual está enterrada a unos ochenta metros bajo la superficie y rodeada de sistemas de defensa antiaérea- y notó con preocupación que Irán haya prohibido el acceso de sus inspectores a algunas de sus plantas nucleares. Por ello, concluyó, “la agencia sigue teniendo serias preocupaciones relativas a las posibles dimensiones militares del programa nuclear de Irán”.

La integridad de este organismo de las Naciones Unidas difícilmente pueda ser cuestionada. Fue esta misma institución la que aseguró, en pleno debate sobre la inminente guerra en Irak en el 2003, que para ese entonces Saddam Hussein ya no tenía armas de destrucción masiva. Si algo, la conducta del propio régimen iraní ha hecho poco por reasegurar la confianza mundial respecto de su fiabilidad. Aún debe explicar convincentemente por qué necesita invertir grandes cantidades de recursos en la construcción de reactores nucleares para generar electricidad si posee importantes reservas de gas y petróleo, o por qué rechazó en el 2010 una oferta rusa de importar uranio enriquecido a la gradación de uso civil solamente y se abocó en vez de ello a la costosa tarea de enriquecer uranio por sí misma, o por qué ocultó algunas de sus instalaciones nucleares bajo tierra, o por qué permitió sólo limitada e intermitentemente el acceso a la inspección internacional. No es menos fácil entender su decisión de avanzar con su ambición nuclear a prácticamente cualquier costo político y económico, exponerse a sanciones internacionales, ostracismo diplomático e incluso al prospecto no remoto de una guerra total, si tal programa respondiese a una necesidad exclusivamente pacífica.

La evidencia y el sentido común sugieren que el programa nuclear de la República Islámica de Irán tiene una finalidad militar. En algunos rincones, hay quienes insisten en negar esto por temor a que la admisión de esta realidad derive en una situación bélica. Pero cerrar lo ojos no hará que la amenaza desaparezca. En tiempos recientes, el gobierno ayatollah robó una elección nacional, arrestó a cineastas, estudiantes, diseñadores de moda y políticos disidentes, prohibió la venta de la muñeca Barbie, las películas occidentales y los juegos con agua en las plazas públicas, condenó a muerte a una mujer adúltera y a un pastor cristiano mientras siguió ejecutando a homosexuales, amenazó con cerrar el estrecho de Ormuz, atentó contra diplomáticos israelíes en Tailandia, Georgia y la India, planeó el asesinato del embajador saudita en la capital de los Estados Unidos, y continuó armando a la agrupación fundamentalista Hezbollah y respaldando al represor de Damasco. Todo esto lo hizo sin tener la bomba nuclear en sus manos. Imagínese de lo que sería capaz Irán si estuviese armado atómicamente.

Página Siete (Bolivia)

Página Siete (Bolivia)

Por Julián Schvindlerman

  

El rompecabezas Palestino – 19/02/12

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El Movimiento de Resistencia Islámico, comúnmente conocido como Hamas, y Fatah, órgano central de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), han estado peleando por la conducción del nacionalismo palestino por un cuarto de siglo. La OLP fue establecida en 1964 pero fue especialmente a partir de 1968, cuando Fatah ganó el control decisivo sobre la misma, que se erigió como el representante y vocero de la causa palestina. A lo largo de su historia, Fatah debió lidiar con desafíos a su autoridad por parte de otras agrupaciones, pero fue con el surgimiento de Hamas en 1987 que se topó con un adversario de envergadura. Los Acuerdos de Oslo entre Israel y la OLP inclinaron la balanza histórica hacia Fatah, quien bajo las formas de la Autoridad Palestina pasó a gobernar a la población cisjordana y gazatí a partir de 1994. Hamas hizo sus mejores esfuerzos para sabotear el proceso de paz inaugurado, recurriendo al terrorismo y manchando de sangre las calles de Jerusalem, Tel-Aviv y Haifa entre otras ciudades.

En el año 2005, los israelíes se retiraron unilateralmente de la Franja de Gaza. Al año siguiente se llevaron a cabo elecciones legislativas, en las que Fatah encogió abismalmente ante la victoria estelar de Hamas. En 2007, una cruenta lucha interna se sucedería entre los dos colosos del nacionalismo palestino. Al cabo de un tiempo violento, el movimiento integrista Hamas quedaría con el control total de Gaza. El presidente Mahmoud Abbas proclamó un gobierno de emergencia. Fue un acto de subsistencia inconstitucional que removía al ejecutivo de la injerencia del parlamento, en manos de Hamas, cuyo líder Ismael Hanyeh se consideraba el primer ministro legítimo. Palestina quedaría partida geográficamente en dos sub-entidades gobernadas separadamente por dos enemigos políticos históricos.

En este escenario, la comunidad internacional apostó por Cisjordania. Ansiosa ante el posible descenso de Gaza al islamismo, decidió reforzar su apoyo material y político a la facción palestina más moderada. La Gaza de Hamas quedó bajo el paraguas de la protección iraní, creció militarmente y se empobreció económicamente. Bajo la capitanía del primer ministro palestino Salam Fayyad- un tecnócrata con una conexión apenas remota con las pasiones de la ideología- la economía cisjordana floreció: carreteras, escuelas y hospitales fueron construidos, árboles fueron plantados, la transparencia administrativa emergió y la asistencia mundial continuó fluyendo hacia Ramallah. El milagro palestino parecía, finalmente, haber advenido.

Pero cuando el primer ministro Fayyad parecía haber asegurado la estabilidad en Cisjordania, el presidente Abbas repudió el diálogo con Israel y adoptó una política -tanto interna como externa- agresiva. En el 2011, Abbas tomó tres decisiones que resultaron ser perniciosas para los intereses palestinos. En primer lugar, llevó adelante una purga de oficiales leales a Fayyad, efectivamente limitando el poder de su hábil premier. En segundo lugar, promovió el reconocimiento de Palestina como estado independiente en el sistema de las Naciones Unidas, lo cual le valió el enojo de buena parte de Europa y los Estados Unidos. Finalmente, Abbas inició un diálogo con Hamas que concluyó recientemente, bajo los auspicios de Qatar, en un acuerdo de reconciliación con su Némesis política. La noción de que él podía incorporar a su gobierno a un movimiento terrorista que se opone a la existencia de Israel y aún así mantener una negociación con esta nación fue rápidamente objetada por el gobierno de Jerusalem.

La movida de Hamas obedece a un pragmatismo inducido por la coyuntura regional. A partir del estallido de las revueltas en el mundo árabe y de la elevación de los partidos islamistas a nuevas esferas de poder político, su liderazgo eligió reposicionarse hacia esa corriente de éxito sunita. La imposición de renovadas sanciones financieras internacionales sobre el régimen iraní aparentemente ha resultado en un restricción del apoyo económico y militar dado por Irán a Hamas, mientras que la represión feroz que el gobierno alawita/chiíta sirio ha hecho contra la población mayormente sunita han llevado a Hamas, de extracción sunita, a abandonar Damasco, lo que simbólicamente significó también un distanciamiento de su gran aliado, Teherán. En esta coyuntura, Hamas accedió a la unión nacional con Fatah.

Para dos movimientos que -en la simpática caracterización de Jonathan Schanzer- les resulta difícil ponerse de acuerdo hasta en cual es el color del humus, el pacto fue una proeza. Quedará por ver cuanto durará. Mientras tanto, el prospecto de la paz languidecerá todavía más.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

Sobre piratas y corsarios Judíos – 02/12

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Año 4 – Nro 19

Visualice al típico pirata del Caribe del siglo XVII: parche en el ojo, espada en una mano y botella de ron en la otra, buque mercenario, bandera de calaveras. Agréguele ahora estos elementos a la imagen: una Estrella de David en la bandera flameante, “Mazal Tov” al nombre grabado en la madera de la embarcación y comida kosher a bordo. ¿Difícil de creer, cierto? Pues bien, la piratería hebrea existió y dejó una huella distintiva no solamente en la historia judía sino en la historia universal de la piratería misma.

Los primeros antecedentes podemos hallarlos incluso hasta más de dos mil años atrás. Según José Chocrón Cohén ha señalado en un artículo escrito para el Centro de Estudios Sefaradíes de Caracas, “en el siglo I antes de la era común hay evidencia de judíos que combatieron con piratas”. El legendario historiador Flavio Josefo relató ataques de marineros hebreos contra barcos romanos desde el puerto de Yaffo. Josefo da cuenta de un debate oral acaecido en Damasco en el año 63 antes de la era común entre dos líderes judíos llamados Hircano y Aristóbulo, quienes en un esfuerzo por persuadir a Pompeyo de ser alguno de ellos declarado rey de los de su pueblo, uno acusó al otro de llevar adelante “piratería en el mar”. Conforme ha escrito Cohén, en el siglo VI de la era común sacerdotes cristianos testimoniaron acerca de piratas judíos en la costa del norte del continente africano. Un documento clerical de ese siglo cuenta que el obispo Sinesio fue capturado por piratas hebreos en represalia por encarcelamientos que éste ordenaba y dice que los piratas judíos se abstenían de navegar el día de shabat. El propio Maimónides en el sigo XII afirmó, en una carta enviada a su hermano, que judíos y musulmanes compartían barcos piratas.

Pero la época de mayor apogeo de la piratería judía parece haber ocurrido durante los siglos XVI y XIX. A comienzos de 1492, los reyes católicos de España ordenaron la conversión forzosa o expulsión de los judíos residentes en tierras bajo su gobierno. Diversos historiadores han notado la coincidencia curiosa de la fecha en la cual zarparon los buques de Cristóbal Colón hacia lo que sería el nuevo mundo con la fecha tope para la partida de los judíos españoles según el edicto de expulsión. El famoso y difunto cazador de nazis Simon Wiesenthal, en un libro de su autoría titulado Operación Nuevo Mundo, señaló la presencia de hebreos en la flotilla del explorador genovés y ponderó incluso las posibles raíces judías del mismísimo Colón. En cualquier caso, motivados por la sed de venganza contra la corona española, varios judíos expulsados surcaron los mares en embarcaciones que llevaron por nombre “Reina Esther”, “Escudo de Abraham” y “Profeta Samuel”, atacando barcos españoles en el marco de alianzas políticas con potencias europeas enemigas de España. En una nota publicada en la revista Guesharim, Ernesto Antebi , tomando información de las actas de la comunidad hebrea de Amsterdam Mikve Israel, cita el que posiblemente sea uno de los sermones más insólitos de la historia de la prédica rabínica: el sermón de Ioshua de Córdoba, rabino de la comunidad hebrea de la isla caribeña de Curazao, pronunciado en 1753, en el cual éste advierte a su congregación sobre como evitar atracos piratas en alta mar entre buques judíos y predica sobre la necesidad de solidaridad fraterna cuando un barco español atacaba a una embarcación hebrea.

Si hemos de ser rigurosos, debiéramos distinguir entre pirata y corsario pues el papel de uno y otro en aquellos tiempos no era idéntico. El corsario recibía ese nombre en virtud de un acuerdo que el navegante entablaba con un gobierno con el fin de capturar y saquear embarcaciones de bandera hostil a ese gobierno. El corsario estaba así facultado a actuar solamente contra los buques de naciones determinadas y, una vez obtenido el botín, estaba obligado a repartirlo con el gobierno que le otorgó la llamada “patente de corso”. El pirata, por el contrario, no tenía relación contractual alguna con estado alguno, atacaba indiscriminadamente y se guardaba el tesoro tomado para sí. Unos y otros, sin embargo, aterrorizaron los mares y forjaron leyendas reales y fantásticas.

Un aporte decisivo y original al estudio de la piratería judía lo hizo el periodista estadounidense Edward Kritzler en su obra Los Piratas Judíos del Caribe. En sus páginas retrata las aventuras y desventuras de célebres piratas, corsarios y bucaneros hebreos cuyas hazañas han legado un capítulo colorido -heroico y trágico a la vez- a la historia judía.

Así sabemos de Sinan Reis, corsario judeo-turco, almirante de la flota turca y aliado del conocido Barbarroja, quién en 1538 combatió a la flota conjunta de la Liga Santa (compuesta por los Estados Pontificios, el Sacro Imperio Romano Germánico, la República de Venecia y la Orden de Malta) en la batalla de Preveza que dio al Imperio Otomano control sobre el Mediterráneo por más de treinta años. Simón Fernández fue un corsario judeo-español escapado de la Inquisición que colaboró con el pirata galés John Callis acosando a barcos españoles y franceses, lo cual le valió el permiso británico para usar sus puertos. Junto al pirata y corsario inglés Walter Raleigh navegó hacia las Indias Occidentales, América del Norte y el Océano Pacífico. Yaacov Curiel descendía de una familia de judíos conversos al Cristianismo y llegó a ser capitán de la flota naval española. Capturado por los agentes inquisitoriales y rescatado por sus propios marineros marranos, pasó a atacar embarcaciones españolas en el Mar del Caribe hasta su retiro cabalístico en la Tierra Santa. David Abrabanel fue un temido corsario judeo-holandés al servicio de los británicos que tenía un linaje familiar notable. Conocido como “Capitán Davis”, cuyo barco se llamó “Jerusalem” y aparentemente observaba el shabat, asedió a los barcos españoles durante una década. Su familia entera había perecido en un ataque español en alta mar cuando él era un adolescente. Samuel Pallache -antes de ganarse el apodo de “Pirata Rabino” por descender de rabinos y dedicarse a la piratería- había sido embajador de Marruecos en Madrid. Fue corsario de los holandeses (reclutó marranos a su tripulación) y comerciante global. Otro destacado corsario fue Moisés Cohen Henriques, judeo-portugués al servicio de Amsterdam cuyas travesías los llevaron a Cuba y a Brasil para terminar siendo asesor del pirata más famoso de todos los tiempos, Henry Morgan. En 1628 perpetró el mayor acto de la piratería mundial cuando capturó la flota de plata española. Y por último pero sin que ello agote el listado, cabe mencionar a los hermanos Pierre y Jean Lafitte, judíos cuyos antepasados habían huido de España a Francia y se convirtieron en dos de los más afamados corsarios de fines de siglo XVIII e inicios del XIX. Bajo la égida de Francia y desde los pantanos de Louisiana, atacaban a los buques ingleses que navegaban por el Golfo de México. En 1812, en la batalla de New Orleans, Jean luchó victoriosamente junto a Andrew Jackson, futuro presidente de los Estados Unidos, y terminó sus días de corsario en Yucatán, México.

Si todo esto le parece demasiado increíble, haga un viajecito a Curazao. Diríjase al antiguo cementerio judío y deténgase frente a la tumba de Lea Jana Schneur, esposa de un pirata judío. Si mira atentamente, verá grabada en la lápida que lleva su nombre, la calavera y los huesos cruzados.

Varios

Varios

Por Julián Schvindlerman

  

Los cruciales momentos que atraviesan Siria y su dictador Bashar Al Assad – 04/02/12

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Una sangrienta guerra civil podría devenir en este país la situación no se resuelve pronto, coinciden analistas
Artículo publicado en El Comercio (Perú)

Por Daniel Meza

La situación de Siria se agrava día a día. Después de Libia, es uno de los países donde más sangre se ha derramado a causa de los disturbios y represión contra opositores al régimen de su mandatario, Bashar al Assad. Alrededor de 6.000 han muerto por los enfrentamientos que empezaron hace diez meses, según estimaciones de la ONU. Anoche se dio la peor masacre desde el inicio de las protestas: 200 personas fueron asesinadas en bombardeos, informaron grupos opositores.

Causa escalofríos el hecho de que dentro de esos miles mencionados, se encuentren alrededor de 400 niños, según la Unicef. Es difícil saber cuál será el desenlace de este capítulo de terror a casi un año de iniciados los primeros conatos de rebeldía en esta nación árabe, y si en algo coinciden los analistas, es que la situación debe resolverse pronto para evitar un final con más sangre. Como van las cosas, ni un magnicidio quedaría descartado.

¿QUIÉN ES BASHAR AL ASSAD?

El presidente sirio gobierna desde que falleció su padre Hafez al Assad en el 2000, quien a su vez estuvo al mando por casi 30 años (desde 1971). Doctor de profesión y posteriormente preparado como militar por su padre, ascendió grado a grado hasta llegar a coronel. Una vez muerto el Assad más viejo, Bashar fue elegido como presidente siendo candidato único por el Partido Árabe Socialista Baaz, haciéndose reelegir mediante referéndum en el 2007. Durante su mandato, ha sido criticado constantemente por corrupción y violaciones de derechos humanos contra sus rivales, un continuismo de lo que ya hacía su padre. Frente al mundo, ha sido un crítico de las políticas de Estados Unidos e Israel.

LA SITUACIÓN TENSA QUE ATRAVIESA EL PAÍS

“Es difícil cuantificar el apoyo o desprecio que hay hacia Assad en Siria. Hubo deserciones por parte de soldados y otros mandos castrenses y la oposición popular es enorme. Los Assad pertenecen a la minoría alauita, de extracción chiita, que gobierna a una nación mayoritariamente sunita (75%). Eso exacerba el desprecio hacia el régimen”, indica a elcomercio.pe el analista especializado en temas de medio oriente Julián Schvindlerman. En contraste, el internacionalista Ramiro Escobar sostiene a este medio online que “pese a la fuerte oposición, existe una gran porción de sirios, que incluyen a los alauitas (chiitas), e incluso cristianos, drusos y kurdos que prefieren la permanencia de Assad en el poder” que les permiten convivir en cierta armonía. “Sondeos fiables” recientemente citados por la BBC dicen que Assad goza de un respaldo del 50%.

Frente al exterior, desde el año pasado países de Occidente (EE.UU. y la Unión Europea) y la Liga Árabe han cercado a Damasco de sanciones, bloqueando a sus principales entidades bancarias y perjudicando así duramente la economía siria.

EL PLANTEAMIENTO DE LA ONU Y LA LIGA ÁRABE

Un Consejo de Seguridad partido. Entramos en terreno movedizo. La Liga Árabe quiere que Assad deje el poder, retire las tropas de las calles y ceda el liderazgo al vicepresidente, de modo que dé lugar a un gobierno de unidad nacional con los opositores. Los miembros del Consejo de Seguridad apoyan mayoritariamente este planteamiento (EE.UU. Francia, Gran Bretaña de un lado). No obstante, Rusia y China están en contra. Para el Kremlim, el Consejo de Seguridad —encargado de la paz y la seguridad internacionales— no debe inmiscuirse en el conflicto interno en Siria ni imponer medidas para un eventual acuerdo porque no tiene el mandato para eso.

Las razones de Moscú. Si Rusia arguye que es mejor que los trapos sucios se laven dentro de casa, una razón de peso por la que apoya a su aliada Siria, para Schvindlerman es que “le vende armamento cuantioso a Damasco y no quiere perder el negocio por la adopción de sanciones o embargos”. Escobar indica que “esta relación se remonta a cuando Rusia era la URSS, tiempos en que inició sus vínculos con Hafez al Assad, el padre de Bashar. Estos vínculos jamás se rompieron”.

Los Estados Unidos de siempre. Ernesto Gómez Abascal, periodista y ex embajador de Cuba en varios países de Medio Oriente, considera (sin dejar de rechazar la represión en Siria) que “esta es una guerra que persigue claros objetivos políticos y geoestratégicos por la posición ideológica antiimperialista de Damasco que comparte con Líbano e Irán. “EE.UU. y sus aliados quieren ir con todo, y quienes se comprometen con ellos tendrán que someterse después. Deben producirse las transformaciones, pero a la vez luchar contra la intervención extranjera”, advierte Abascal en una columna de opinión.

¿CUÁL SERÁ EL DESENLACE?

“Hay varios escenarios: uno es el de la intervención militar limitada, otro el del derrocamiento por golpe interno, otro que Assad abandone el poder y el país, y otro que Siria caiga en una guerra civil prolongada”, sostiene Schvindlerman. Escobar coincide, y agrega que mientras el Consejo de Seguridad no llegue a un acuerdo en cuanto a pedirle a Assad que deje el poder, la violencia y la represión continuará. “La situación podría agravarse si Al Assad se empeña en quedarse en el poder. Esto generaría una crisis humanitaria grave y en consecuencia, una guerra civil”, indicó el analista.

Varios

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Por Julián Schvindlerman

  

Manual de educación para el antisemitismo

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Libro pésimo: Carla Fibla y Fadi N. Skaik, Resistiendo en Gaza, Península, Barcelona, 2010, 271 páginas.
Por Carmen Pulín Ferrer
La Ilustración Liberal (España) – Nº 47 Primavera (boreal) 2011

http://www.ilustracionliberal.com/47/manual-de-educacion-para-el-antisemitismo-carmen-pulin-ferrer.html

En un número reciente de esta revista, un excelente artículo de Julián Schvindlerman analizaba el fenómeno del nuevo antisemitismo. Una de las conclusiones a las que se llegaba en dicho artículo era que el actual antisionismo no es sino la judeofobia de siempre, puesta al día en cuanto a argumentos y presentación con una capa de progresía y un toque de solidaridad, tolerancia y buena conciencia. El libro Resistiendo en Gaza. Historias palestinas sirve perfectamente como ejemplo ilustrativo.

Esta obra, escrita por la periodista Carla Fibla (corresponsal de la cadena SER en Israel) y el traductor palestino Fadi N. Skaik, es un completo catálogo de todos los argumentos y clichés que emplea ese antisionismo analizado por Schvindlerman: el Gobierno israelí es nazi; Israel practica el apartheid y ha convertido Gaza en un gueto o un campo de concentración; Israel es culpable de genocidio, etcétera. Tampoco faltan las habituales manipulaciones: de datos históricos (sobre todo los referidos a la creación del Estado de Israel), de cifras, de hechos y, claro está, del lenguaje. En este último apartado los ejemplos son particularmente abundantes: Hamás «capturó» al soldado israelí Gilad Shalit, pero las Fuerzas de Defensa Israelíes «secuestran» a los palestinos; Hamás no es una organización terrorista, sino un «movimiento de resistencia islamista»; los terroristas, en general, parecen no existir para los autores, pues siempre se habla de «milicianos», «luchadores» o «defensores miembros de la lucha armada». En todo el libro sólo se menciona una vez la palabra «suicida», y se emplea el término «mártires» como sinónimo de «víctimas» (palestinas).

El análisis de los postulados de las campañas BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) y PSCABI (Estudiantes Palestinos para el Boicot Académico de Israel, por sus siglas en inglés), aquí presentados, resulta especialmente significativo por dos motivos: Fadi N. Skaik, coautor del libro, es también miembro activo de la primera de dichas campañas, y en la última parte de la obra queda claro que tanto él como Carla Fibla comparten (en gran medida, al menos) la postura de las mencionadas organizaciones y las medidas que proponen. Los activistas Haidar Eid (catedrático de la Universidad Al Aqsa) y Mohamed Abu Abdu (estudiante recién licenciado) afirman que Israel aplica una política de apartheid y, por tanto, debe ser tratado por la comunidad internacional como lo fue Sudáfrica en las décadas de 1970 y 1980. Desde BDS y PSCABI promueven el aislamiento académico internacional de Israel y el boicot a todos sus productos e instituciones, en aras de la paz y la justicia, ya que Israel no sólo discrimina, sino que ha emprendido «una limpieza étnica que no ha acabado», transformando Gaza en «el mayor campo de concentración sobre la faz de la Tierra».

Semejantes manifestaciones no constituyen, según ellos, un ataque contra los ciudadanos israelíes ni contra los judíos. El enemigo, el culpable de todo, es el Estado de Israel. Nadie aquí es antijudío, sino antisionista, que, según nos explican, es algo muy distinto: los objetivos de su campaña de boicot no son los individuos, pese a que la mayoría de los israelíes esté involucrada en la guerra contra los palestinos, sino las organizaciones (encabezadas por «el Gobierno más fascista de la historia del país») y los intelectuales sionistas, divulgadores de un ideología racista y discriminadora. Sin embargo, no parece que esas afirmaciones sean muy consistentes con la siguiente frase, pronunciada por Eid:

Hay que lograr que cada israelí sienta el aislamiento, que se sienta excluido vaya a donde vaya.

En cuanto a la solución que proponen para el conflicto, pasa por la creación de un Estado único «laico, secular y democrático». La solución de los dos Estados, pese a que el mundo quiera creer lo contrario, ha sido ya liquidada por Israel con la Operación Plomo Fundido.

Los testimonios de habitantes de Gaza como Eid y Abu Abdu constituyen la parte principal del libro, las «Historias palestinas» del título. Se presentan 24 casos: madres, estudiantes, grupos de rap, empresarios, miembros de ONG… Son testimonios diferentes entre sí, pero que presentan una serie de opiniones casi unánimes: el bloqueo es un castigo colectivo impuesto por Israel a la población de Gaza por haber votado a Hamás (la «formación política» que incomoda a Occidente); los israelíes dispensan un trato inhumano a los palestinos; la paz con Israel es muy difícil o directamente imposible; los occidentales no se implican suficientemente; Hamás ha logrado traer el orden y la seguridad a Gaza, etcétera.

Con una estructura distinta, en forma de pregunta-respuesta, aparecen cinco testimonios más: de representantes de Hamás, Fatah, Yihad Islámica, Salafiya Yihadiya y de un clérigo salafista. En ningún caso se les presenta como miembros de organizaciones terroristas o vinculadas al terrorismo; las preguntas formuladas no puede decirse que sean incómodas (a los salafistas ni siquiera se les pregunta acerca de Israel); las repuestas a las mismas no son comentadas ni cuestionadas, como sí ocurría en el caso de los 24 testimonios anteriores.

Fibla y Skaik se muestran satisfechos con esta parte del libro. Afirman haber alcanzado su objetivo: realizar un análisis exhaustivo de la vida en Gaza, compartiendo las actividades cotidianas de sus habitantes, y presentar un testimonio fiel de lo ocurrido en la Franja entre los años 1948 y 2009. Para completar su análisis, presentan una narración de la Operación Plomo Fundido (27 de diciembre de 2008 – 18 de enero de 2009) y la visión que, en su opinión, tienen de Gaza los israelíes y la comunidad internacional.

Las conclusiones que alcanzan los autores en estos apartados quedan claras: el Estado de Israel es una fuerza ocupante, dominadora y opresora que ha creado miles de refugiados y que, para conservar un territorio injustamente arrebatado a sus legítimos dueños, emplea la violencia más extrema y desproporcionada, de la que los palestinos no pueden defenderse más que con los muy limitados medios a su alcance. El mundo occidental contempla con indiferencia estos acontecimientos o, en el mejor de los casos, reacciona con tibieza, permitiendo que Israel quede siempre impune, incluso tras la Operación Plomo Fundido: una masacre en la que perecieron mujeres, niños y ancianos, y que arrasó el ya devastado territorio de Gaza. La Franja sufre la ira de un vecino poderoso y cruel que no permitirá jamás a sus habitantes, mientras no se plieguen a sus exigencias, tener un futuro de paz y prosperidad.

Tan brillantes y fundadas conclusiones, por supuesto, no debería alterarlas la información que se omite respecto a la situación de Gaza, como que, pese al bloqueo, los mercados están relativamente bien abastecidos. Dicho bloqueo pretende únicamente impedir la entrada de armamento, materiales o financiación para los terroristas de Hamás; diariamente, tras ser inspeccionados por las autoridades fronterizas, en la Franja entran camiones con miles de toneladas de suministros de todo tipo, incluyendo materiales con los que, en la misma época en que se escribía el libro, se construía allí una piscina olímpica y un centro comercial (ambos inaugurados pocos meses después). Tampoco hay por qué mencionar, al parecer, el número de misiles y cohetes lanzados desde Gaza sobre el territorio israelí en los años previos al bloqueo: 10.000 en ocho años. Sin embargo, sí se citan con entusiasmo las conclusiones del Informe Goldstein y las manifestaciones de personas como Amira Hass, Ilan Pappé o Gideon Levy, conocidos judíos antiisraelíes, que son presentados como voces «independientes» que se atreven a criticar el apartheid que ejerce el Estado de Israel, o que han logrado descubrir archivos secretos que revelan la política de matanzas y destrucción que acompañó a la creación de Israel en 1948.

En la primera frase del prólogo, escrito por Maruja Torres, se afirma que este libro ha sido escrito «con la cabeza fría y el corazón caliente». Tal vez la señora Torres no tenga demasiado claros esos conceptos, pues la frialdad y la ecuanimidad brillan por su ausencia en esta obra. De entrada, afirmar que el libro se ha escrito por «justicia informativa», para poder contrarrestar la «poderosa fuerza de la propaganda» israelí, que ha hecho que el caso de Gaza sea prácticamente abandonado por todos los medios de comunicación, resulta grotesco. Dicha «propaganda israelí» no ha podido evitar que la abrumadora mayoría de los medios occidentales (incluidos los españoles) aborde cualquier información sobre Gaza con una actitud siempre crítica hacia el Estado de Israel, al que, por ejemplo, se acusa de «uso desproporcionado de la fuerza», en el mejor de los casos, o de «genocidio», en los más extremos.

Criticar a Israel no implica directamente ser judeófobo. La propia sociedad israelí, como cualquier democracia sana, es muy crítica con sus dirigentes. Es cuando la crítica se vuelve desproporcionada, empleando términos como nazismo, Holocausto o apartheid para calificar la política del Estado israelí; cuando cualquier acción de Israel, del signo que sea, es censurada; cuando se disculpan o justifican los defectos y errores de cualquier país u organización, excepto los israelíes; es entonces que nos topamos con la judeofobia, en la que claramente incurre este libro, un perfecto manual de Educación para el Antijudaísmo.