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Infobae, Infobae - 2013

Infobae

Por Julián Schvindlerman

  

El bicentenario de Richard Wagner – 19/05/13

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Richard Wagner (1813-1883) fue un músico extraordinario, un esnob revolucionario, un creador de inmenso talento colmado de paradojas y un antisemita legendario. Un hombre que trabajó con judíos, se benefició de su filantropía y los odió como pocos. Un reaccionario que detestó a la aristocracia y militó en su contra, y a la vez recibió el apoyo de reyes y personalidades del establishment. Durante gran parte de su carrera fue un paria político, perseguido por las autoridades, con prohibición de ingresar a partes de su Alemania natal e incapacitado incluso de ver la representación de sus propias obras donde fuera que la orden policial imperial estuviera vigente. Y al mismo tiempo fue un artista aclamado.

Tal fue su naturaleza que incluso la misma persona podía albergar opiniones encontradas sobre él en diferentes momentos de su vida. La primera impresión que de él tuvo Friedrich Nietzsche fue óptima: “Cuando ayer conocí a Richard Wagner sentí un deleite de un sabor tan peculiar que ya no soy exactamente quien era antes”. Pero al final de sus días escribió dos ensayos hostiles afirmando: “sostengo que Wagner es perjudicial” y “Mi vivencia más importante fue una convalecencia. Wagner es tan sólo una de mis enfermedades”. En un libro titulado En búsqueda de Wagner, escrito a fines de la década de 1930 que es una exploración de las raíces ideológicas del nazismo, Theodor Adorno postuló que el antisemitismo de Wagner no era un atributo idiosincrático de su personalidad sino una característica de toda su obra artística. Sin embargo, unas décadas después, Adorno desarrolló cierto aprecio por el compositor y en una serie de ensayos breves escritos en los años cincuenta y sesenta buscó rehabilitarlo. Thomas Mann inicialmente se refirió a Wagner como “la fuente de la experiencia más fértil y profunda de mi juventud” para terminar despreciándolo como “ese gnomo resoplado de la Sajonia con su talento colosal y personalidad lamentable”.

A diferencia de otros compositores, escribió sobre la música mientras componía música. Y además de haber compuesto una obra monumental, Wagner escribió una considerable cantidad de ensayos políticos y artísticos, redactó unas diez mil cartas y dictó una autobiografía de alrededor de un millar de páginas. Uno de sus textos más famosos fue El judaísmo en la música, en el cual protestaba contra la “influencia judaica en la música”, afirmaba que el judaísmo era “la mala conciencia de nuestra civilización moderna”, alegaba que los judíos eran incapaces de crear artísticamente y clamaba por su total aniquilación. Su arenga era radical aún en una coyuntura en la que el antisemitismo estaba esparcido. Wagner fue también un nacionalista que exaltó la identidad alemana, basó sus óperas en el pasado legendario e histórico de Alemania y se preocupó por el futuro colectivo de su país.

La combinación intensa de nacionalismo y antisemitismo hicieron de él un referente para los racistas de su tiempo y por venir. Su influencia se notó en obras superxenófobas como Los cimientos del siglo XIX de Houston Stewart Chamberlain, Ensayo sobre la inequidad de las razas humanas de Josef Arthur de Gobineau y Mein Kampf de Adolf Hitler, quien mencionó al compositor en su texto y de quien dijo orgullosamente: “Los trabajos de Wagner son la encarnación de todo a lo que el nacionalsocialismo aspira”. El ministro de Propaganda nazi Josef Goebbels consagró una de las obras de Wagner como la ópera oficial del régimen: “De todos los dramas musicales, Die Meistersinger se destaca como el más alemán. Es simplemente la encarnación de nuestra identidad nacional”.

En su tiempo Wagner fue un revolucionario. Cuando ocurrieron las revueltas de 1830 en París, las apoyó desde Leipzig: “Este día marcó para mí el comienzo de la historia y yo naturalmente me encomié con corazón y alma a la revolución”. Cuando las revueltas estallaron en Dresde en 1848 Wagner proclamó: “¡Dejen que sus antorchas quemen brillantemente!… ¡Dejen que reduzcan todo al polvo y las cenizas!”. Habiendo puesto sus esperanzas revolucionarias en 1852, una vez arribado ese año sin cambio político real se negó a reconocerlo y fechó sus cartas “32 de diciembre de 1851” y así sucesivamente. “Durante la mitad de su vida”, observó Nietzsche con ironía, “Wagner creyó en la revolución como sólo un francés podía hacerlo”.

A doscientos años de su nacimiento y a ciento treinta de su muerte, Richard Wagner sigue siendo una de las figuras creativas más discutidas de todos los tiempos.

Comunidades, Comunidades - 2013

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Los llaneros solitarios del terrorismo – 08/05/13

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Desde el año 2001, Al-Qaeda no ha podido montar exitosamente ataques dentro del territorio de los Estados Unidos, pero han surgido varios admiradores jihadistas que han buscado imitar sus hazañas terroristas a escala más modesta o que han decidido unirse a la organización islamista. Tal fue el caso de Nidal Hasan (mató a trece soldados en Fort Hood al grito de Alá u akbar» en el 2009), de Najibullah Zazi (quiso hacer estallar un subte el mismo año), de Faisal Shahzad (procuró activar una bomba en Times Square en el 2010) y de Richard Reid (intentó explotar un avión en 2001 con una bomba oculta en sus zapatos). Si estos sujetos proliferan, los estadounidenses tendrán serios problemas.

Las capacidades de los servicios secretos de monitorear los movimientos de los terroristas se ven seriamente afectadas al deber lidiar con individuos, en vez de grupos. Estos últimos tienen muchos miembros a los que deben primero reclutar y luego adoctrinar, entrenar, comunicarles instrucciones y remunerarlos, lo que genera algunas señales que son captadas en los radares de los agencias de inteligencia. Los sujetos auto-radicalizados, por el contrario, operan como fantasmas que surgen inesperadamente en la escena del terror. Usualmente tales individuos dejan alguna estela de evidencia que puede hacer sonar alarmas previamente: conducta extraña, posteos online extremistas, compra de materiales sospechosos, etc. Pero los indicios no siempre son advertidos a tiempo. Otras veces, las fuerzas de seguridad simplemente fracasan en cumplir con su tarea.

Tamerlan Tsarnaev, el mayor de los hermanos chechenos que atentaron contra maratonistas en Boston el mes pasado, fue la quinta persona desde los atentados del 11 de septiembre del 2001 que ha cometido actos de terror después de haber sido interrogado por el FBI. Antes que él, conforme ha mostrado el ex fiscal general de los Estados Unidos Michael Mukasey, pasó con el ya mencionado Nidal Hasan, con Anwar al-Awlaki (jihadista de alto rango en Al-Qaeda), con Abdulhakim Mujahid Muhammad (asesinó a un recluta en Little Rock en el 2009) y con David Coleman Headley (dio información a los autores de la masacre de Bombay en el 2008). A la luz del daño que los terroristas suelen provocar, tales errores lucen inadmisibles.

A la vez, muchos atentados en su fase de planeación fueron desbaratados y cabecillas terroristas, eliminados. La muerte de Osama Bin-Laden marcó el cenit simbólico de la lucha antiterrorista de los Estados Unidos contra Al-Qaeda. Como es sabido, las agencias de inteligencia son castigadas públicamente cuando fallan, y rara vez recompensadas cuando triunfan en operaciones clandestinas desconocidas para el público en general.

El terrorismo refiere a la comunicación. El acto de terror es esencialmente la transmisión de un mensaje. Sea derribar las Torres Gemelas en Nueva York, asesinar a deportistas en una Olimpíada en Berlín, o explotar una estación de trenes en Madrid, el acto de terror es una declaración al mundo. El anarquista del siglo diecinueve Paul Brousse llamó al terrorismo «propaganda por medio de la acción». Con el advenimiento de los medios de comunicación masivos, las agrupaciones terroristas alcanzaron notoriedad mundial. Se trate de nihilistas rusos, anarquistas europeos, revolucionarios sudamericanos o jihadistas mesorientales, todos ellos han buscado la atención de la audiencia local, regional o internacional.

Por definición, el terrorista, para ser considerado como tal, debe: a) hacer de su objetivo población civil indefensa, b) asegurarse que el factor atrocidad sea elevado, c) perseguir una finalidad política en su misión. Usualmente, los terroristas recurren a la denominación eufemística para encubrir su violencia política y se anuncian ante el mundo como luchadores por la libertad o combatientes por la igualdad. En sus mentes, el fin siempre justifica los medios. «¿Qué importa la vida de un niño árabe o judío si su muerte ayudará a traer la revolución?» decía décadas atrás Ghassan Kanafani del Frente Popular para la Liberación de Palestina.

Los terroristas son plenamente conscientes de la necesidad de disfrazar su agenda extremista y en consecuencia higienizan su retórica: llevan a cabo «operaciones», emiten «comunicados militares», declaran «la guerra» al enemigo. Para auto-compensarse psicológicamente, apelan a las comparaciones ventajosas según las cuáles ellos son las verdaderas víctimas de crímenes indescriptibles que les facultan -de hecho, les obligan- a dar respuesta al padecimiento personal y/o colectivo. Un tío de los hermanos Tsarnaev dijo que ellos se sentían socialmente marginados dentro de los Estados Unidos. Las sociedades del mundo están repletas de inadaptados, pero sólo una fracción de ellos reacciona a su condición masacrando a sus compatriotas. La ideología es vital para entender tales conductas de violencia política feroz.

El mismo día en que los hermanos chechenos musulmanes atentaron en Boston, miembros de Al-Qaeda mataron a medio centenar de personas en Irak. Que hayamos prestado atención a Boston e ignorado a Bagdad fue una alerta de que acostumbrarnos a convivir con el terror, sencillamente no es una opción.

Originalmente publicada en La Razón (España)

La Razón (España)

La Razón (España)

Por Julián Schvindlerman

  

La bomba es el mensaje – 05/05/13

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Desde el año 2001, Al-Qaeda no ha podido montar exitosamente ataques dentro del territorio de los Estados Unidos, pero han surgido varios admiradores jihadistas que han buscado imitar sus hazañas terroristas a escala más modesta o que han decidido unirse a la organización islamista. Tal fue el caso de Nidal Hasan (mató a trece soldados en Fort Hood al grito de “Alá u akbar” en el 2009), de Najibullah Zazi (quiso hacer estallar un subte el mismo año), de Faisal Shahzad (procuró activar una bomba en Times Square en el 2010) y de Richard Reid (intentó explotar un avión en 2001 con una bomba oculta en sus zapatos). Si estos sujetos proliferan, los estadounidenses tendrán serios problemas.

Las capacidades de los servicios secretos de monitorear los movimientos de los terroristas se ven seriamente afectadas al deber lidiar con individuos, en vez de grupos. Estos últimos tienen muchos miembros a los que deben primero reclutar y luego adoctrinar, entrenar, comunicarles instrucciones y remunerarlos, lo que genera algunas señales que son captadas en los radares de los agencias de inteligencia. Los sujetos auto-radicalizados, por el contrario, operan como fantasmas que surgen inesperadamente en la escena del terror. Usualmente tales individuos dejan alguna estela de evidencia que puede hacer sonar alarmas previamente: conducta extraña, posteos online extremistas, compra de materiales sospechosos, etc. Pero los indicios no siempre son advertidos a tiempo. Otras veces, las fuerzas de seguridad simplemente fracasan en cumplir con su tarea.

Tamerlan Tsarnaev, el mayor de los hermanos chechenos que atentaron contra maratonistas en Boston el mes pasado, fue la quinta persona desde los atentados del 11 de septiembre del 2001 que ha cometido actos de terror después de haber sido interrogado por el FBI. Antes que él, conforme ha mostrado el ex fiscal general de los Estados Unidos Michael Mukasey, pasó con el ya mencionado Nidal Hasan, con Anwar al-Awlaki (jihadista de alto rango en Al-Qaeda), con Abdulhakim Mujahid Muhammad (asesinó a un recluta en Little Rock en el 2009) y con David Coleman Headley (dio información a los autores de la masacre de Bombay en el 2008). A la luz del daño que los terroristas suelen provocar, tales errores lucen inadmisibles.

A la vez, muchos atentados en su fase de planeación fueron desbaratados y cabecillas terroristas, eliminados. La muerte de Osama Bin-Laden marcó el cenit simbólico de la lucha antiterrorista de los Estados Unidos contra Al-Qaeda. Como es sabido, las agencias de inteligencia son castigadas públicamente cuando fallan, y rara vez recompensadas cuando triunfan en operaciones clandestinas desconocidas para el público en general.

El terrorismo refiere a la comunicación. El acto de terror es esencialmente la transmisión de un mensaje. Sea derribar las Torres Gemelas en Nueva York, asesinar a deportistas en una Olimpíada en Berlín, o explotar una estación de trenes en Madrid, el acto de terror es una declaración al mundo. El anarquista del siglo diecinueve Paul Brousse llamó al terrorismo “propaganda por medio de la acción”. Con el advenimiento de los medios de comunicación masivos, las agrupaciones terroristas alcanzaron notoriedad mundial. Se trate de nihilistas rusos, anarquistas europeos, revolucionarios sudamericanos o jihadistas mesorientales, todos ellos han buscado la atención de la audiencia local, regional o internacional.

Por definición, el terrorista, para ser considerado como tal, debe: a) hacer de su objetivo población civil indefensa, b) asegurarse que el factor atrocidad sea elevado, c) perseguir una finalidad política en su misión. Usualmente, los terroristas recurren a la denominación eufemística para encubrir su violencia política y se anuncian ante el mundo como luchadores por la libertad o combatientes por la igualdad. En sus mentes, el fin siempre justifica los medios. “¿Qué importa la vida de un niño árabe o judío si su muerte ayudará a traer la revolución?” decía décadas atrás Ghassan Kanafani del Frente Popular para la Liberación de Palestina.

Los terroristas son plenamente conscientes de la necesidad de disfrazar su agenda extremista y en consecuencia higienizan su retórica: llevan a cabo “operaciones”, emiten “comunicados militares”, declaran “la guerra” al enemigo. Para auto-compensarse psicológicamente, apelan a las comparaciones ventajosas según las cuáles ellos son las verdaderas víctimas de crímenes indescriptibles que les facultan -de hecho, les obligan- a dar respuesta al padecimiento personal y/o colectivo. Un tío de los hermanos Tsarnaev dijo que ellos se sentían socialmente marginados dentro de los Estados Unidos. Las sociedades del mundo están repletas de inadaptados, pero sólo una fracción de ellos reacciona a su condición masacrando a sus compatriotas. La ideología es vital para entender tales conductas de violencia política feroz.

El mismo día en que los hermanos chechenos musulmanes atentaron en Boston, miembros de Al-Qaeda mataron a medio centenar de personas en Irak. Que hayamos prestado atención a Boston e ignorado a Bagdad fue una alerta de que acostumbrarnos a convivir con el terror, sencillamente no es una opción.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

El ejemplo de Malala Yousafzai – 05/13

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Año 5 – Nro 34

En octubre del 2012, un tiroteo a quemarropa contra una niña de catorce años en Pakistán conmocionó a la opinión pública mundial. Con frialdad notable, un sicario talibán se dirigió a un colectivo que transportaba a un grupo de niñas en edad escolar en aquel país musulmán, preguntó quién era Malala Yousafsay, elevó su arma y le disparó sin más “por ir en contra de los soldados de Alá”. Una bala dio en su cabeza, la otra en su cuello. Ella fue enviada de urgencia a un hospital en Inglaterra, fue atendida médicamente y resguardada de posibles nuevos intentos homicidas. Su vida había quedado profundamente afectada y pendía de un hilo. “Nadie que haya tenido una bala cruzando su cerebro tiene una recuperación completa” dijo entonces Jonathan Fellus de la Fundación Internacional para la Investigación Cerebral. Muchísimas personas, dentro y fuera de Pakistán, rezaron por su vida. Atravesó varias operaciones, le colocaron una placa de titanio en el cráneo, milagrosamente sobrevivió y en febrero del 2013 fue dada de alta.

Malala es hija de un maestro y oriunda del valle de Swat, región paquistaní fronteriza con Afganistán que cayó en manos de extremistas talibanes en el año 2007. Desde entonces, los hombres fueron obligados a dejarse crecer la barba, se prohibió a las mujeres ir a los mercados y, en repetidas ocasiones, escuelas de niñas fueron bombardeadas. Luego de la invasión norteamericana de Afganistán tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, grupos talibanes se refugiaron al otro lado de la frontera, creando zonas de semi-gobierno en Pakistán. Según el diario El País de España las quemas y sabotajes de escuelas de niñas en las regiones tribales de Waziristán del Norte y del Sur, donde los radicales están acuartelados, “han dejado de ser noticia porque ya no quedan más centros por destruir”. En el valle de Swat, durante el breve pero infernal gobierno de los talibanes entre 2007-2009, antes de que el ejército paquistaní los expulsara de la zona, trece niñas fueron decapitadas, ciento setenta escuelas destruidas y otras cinco atacadas con bombas.

Bajo el seudónimo de Gul Makai (el nombre de una heroína de un cuento folclórico local) y desde los once años de edad, Malala había estado contando como ha sido la vida allí en un blog de la BBC. Su columna se titulaba “Diario de una estudiante paquistaní”. Anotaba comentarios del tipo: “Me duele abrir el armario y ver mi uniforme, mi mochila y mi cartuchera. Las escuelas de los varones abren mañana, pero los talibanes prohibieron la educación para las niñas. ¿Mi verdadero nombre significa desesperación?”. Dijo luego de su recuperación: “La gente me conoce como la niña que fue disparada por los talibanes, pero quiero que me conozcan por ser la niña que lucha por los derechos de todos los niños y niñas, por su derecho a la educación y por su derecho a la igualdad”.

Antes de la agresión, Malala era conocida por su excepcional valentía y activa militancia en la causa vital de los derechos de las mujeres en Pakistán. Ella era regularmente entrevistada por la prensa y había sido premiada con una distinción al mérito civil. En el 2009 se hizo un documental fílmico sobre ella. Luego del ataque su fama y su causa se potenciaron. La actriz Angelina Jolie estableció un fondo con el nombre de Malala para fomentar la educación infantil en Pakistán. Este año fue nominada al Premio Sájarov a la Libertad de Conciencia y al Premio Nobel de la Paz.

A una muy temprana edad, Malala se había convertido en un referente local e internacional y, como tal, en una amenaza para los fundamentalistas. El vil esfuerzo de éstos en silenciarla pretendió callar no sólo a esta joven sino a todas aquellas que están defendiendo la libertad, además de disuadir a colegas futuras. Afortunadamente han fracasado.

Para los talibanes Malala Yousafsay era, conforme dijo oportunamente uno de sus voceros, “un símbolo de los infieles y de la obscenidad”. Para muchos otros, ella es un modelo de rectitud, coraje y dignidad. Es de esperar que su ejemplo contagie de energía a quienes luchan por la igualdad de género en Pakistán.

La Nación (Argentina)

La Nación (Argentina)

Por Julián Schvindlerman

  

La canonización de dos pontífices que hicieron historia – 25/04/13

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El próximo 27 de abril tendrá lugar una ceremonia extraordinaria en el Vaticano: en presencia de dos papas vivos serán canonizados dos papas fallecidos. Francisco anunció la canonización simultánea de Juan XXIII y de Juan Pablo II, en tanto que el papa emérito Benedicto XVI hizo saber que asistirá. Con la primera canonización doble de dos pontífices, Francisco anhela reunir a reformistas y conservadores dentro de la Iglesia Católica y ungir en figuras modélicas a dos personalidades históricas del papado.

Usualmente, tales asuntos son de preocupación exclusiva de los católicos. A veces, partes interesadas dejan oír sus voces cuando esos acontecimientos lesionan sus sentimientos. Tal el caso de Pío XII, el papa que lideró a la Iglesia durante la Segunda Guerra Mundial, cuya propuesta de beatificación ha sido cuestionada por la comunidad judía internacional al considerar que de esa forma Roma busca legitimar la política de la Santa Sede frente al nazismo. En la instancia actual, sin embargo, es harto probable que los judíos vean con aprobación esta doble canonización al involucrar a dos pontífices muy queridos.

Juan XXIII revolucionó las relaciones religiosas entre católicos y judíos; Juan Pablo II revolucionó las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y el estado judío. El legado individual de cada uno de ellos en las relaciones interreligiosas es notable. En conjunto, es monumental.

Durante los años de la Shoá, Angelo Roncalli fue nuncio en Estambul, desde donde trabajó denodadamente en favor de salvar a los judíos perseguidos por los nazis. Ya como Sumo Pontífice, compuso una plegaria en la que expresaba remordimiento por las legendarias difamaciones antijudías de la Iglesia y, en una ocasión memorable, saludó espontánea y cálidamente a un grupo de feligreses hebreos al verlos salir de la sinagoga en Roma. Pero su contribución más fundamental en el plano interreligioso fue la convocatoria del Concilio Vaticano II (1962-1965), cuya declaración Nostra Aetate marcó un punto de inflexión en los vínculos entre católicos y judíos, y sus repercusiones positivas se sienten todavía.

Juan Pablo II fue el primer papa en visitar Auschwitz (1979), el primero en ingresar en una sinagoga (1986) y quien entabló relaciones diplomáticas entre Roma y Jerusalén (1993). Al reconocer diplomáticamente al estado judío, Juan Pablo II normalizó las relaciones largamente postergadas entre la Santa Sede y el estado de Israel. Luego se convirtió en el primer pontífice en ir, con el inicio del nuevo milenio, a Yad Vashem (el Museo del Holocausto de Israel) y en rezar en el Muro de los Lamentos. La imagen del papa ante sus imponentes piedras blancas se erigió en la representación visual más destacada de la nueva era en las relaciones entre la grey católica y la judía.

Por supuesto que hubo desencuentros y desavenencias entre las partes. En cuestiones religiosas, la Iglesia Católica y el pueblo judío tienen sus diferencias, y en el plano de las relaciones internacionales, la diplomacia de la Santa Sede y la política de Israel no están en completa sintonía. Pero gracias a estos dos papas extraordinarios algo ha cambiado para siempre en los lazos que unen a ambos pueblos.

Por ello la ceremonia de este domingo en la Ciudad del Vaticano será seguramente observada con entusiasmo no sólo por todos los católicos del mundo, sino también por aquellos a quienes uno de estos pontífices famosamente llamó «nuestros hermanos mayores».

Comunidades, Comunidades - 2013

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

La doble apostasía de Magdi Allam – 24/04/13

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En coincidencia con las Pascuas últimas, el celebrado comentarista italiano Magdi Cristiano Allam anunció que abandonaba el catolicismo. Cinco años después de dejar el islam para recibir el bautismo -en el Vaticano y por el mismísimo Papa Benedicto XVI- Allam anunció el motivo de la despedida en una nota publicada en Il Giornale que puede resumirse en dos palabras: demasiado relativismo.

La decisión fue extrema y el anuncio, dramático. Su vida como católico se desarrolló por cinco años, entre las Pascuas del 2008 y las Pascuas del 2013, y su final coincidió con la renuncia al cargo papal de Benedicto XVI. “Creo en Jesús que me encantaba cuando era niño, leyendo los Evangelios y traído a la vida por auténticos testigos -religiosos y laicos cristianos- a través de sus buenas obras” escribió, “pero ya no creo en la Iglesia”. Allam se pronunciaba todavía creyente y se comprometía a no cejar en la lucha por la santidad de la vida, la unión familiar, la dignidad de la persona y la libertad religiosa. También reafirmaba su nacionalismo al subrayar su rechazo a la caridad que la Iglesia mostraba hacia los inmigrantes, especialmente a los ilegales, en Italia y proclamaba: “Estoy a favor de la recepción de las normas y la primera regla es que en Italia, primero debemos asegurar el bien de los italianos, la correcta aplicación de la exhortación de Jesús ama a tu prójimo como a ti mismo”.

El autor empleaba la ocasión para cuestionar a la Iglesia en aquellos elementos de disidencia individual que consideraba estar en oposición a la naturaleza humana, como el celibato sacerdotal, la abstención de relaciones sexuales fuera del matrimonio y el rechazo al divorcio. Reflexionaba, a su vez, sobre la misión universal de la Iglesia y concluía que al buscar la comunión de todos los católicos del mundo tomaba una postura contraria a la de la identidad nacional que él veía como necesaria para preservar a la civilización occidental.

Yendo al núcleo de su apostasía, Allam explicaba que lo que más lo alejó de su nueva fe había sido el relativismo y la legitimidad conferida al islam “como una verdadera religión de Allah como el único Dios verdadero, a Mahoma como un profeta verdadero, al Corán como libro sagrado y a las mezquitas como lugares de culto”. Para un hombre que había abandonado el islam en repudio a las violencias e intransigencias que en su visión anidaban en su seno, el respeto pontificio acordado a la religión Mahometana en el marco del diálogo interreligioso le resultó inadmisible. En su artículo, Allam se mostró consternado por la decisión de Juan Pablo II de haber besado el Corán en 1999, porque Benedicto XVI haya orado hacia la Meca desde la Mezquita Azul de Estambul en el 2006 y porque Francisco extendiera su consideración a los musulmanes del mundo, llegando a lavar los pies a dos de ellos en una prisión italiana el pasado mes de abril (esto ocurrió posteriormente). No por casualidad su artículo se titulaba “Por qué me voy de esta Iglesia débil con el islam”.

Y finalizaba: “voy a seguir adelante con la espalda recta y la cabeza alta para dar mi aporte al renacimiento de los valores e identidades italianos. Voy a ser un hombre íntegro en la totalidad de mi humanidad”.

Esta era una despedida fuerte, en consonancia con una determinación absoluta y forjada en su propia historia personal. Magdi Allam nació en Egipto en 1952 en el seno de una familia musulmana. Su educación estuvo en manos de salesianos en el Cairo y el contacto con sus muchos docentes italianos nutrió su primer vínculo con Italia, país al que emigró en 1972, donde se graduó de sociólogo en la Universidad de La Sapienza y en el cual, catorce años después, obtenía la ciudadanía. Llegó a ser subdirector de Il Corriere della Sera y se hizo famoso por su crítica al islam radical. En el 2008 trocó al islam por el catolicismo, y un lustro después anuló su pertenencia a la Iglesia Católica. Su viaje espiritual e ideológico ha sido ciertamente extraordinario.

Independientemente de lo extraño que pueda lucir el hecho de abandonar una religión por razones de opinión más que de fe, su decisión ha alertado a propósito de un atributo del diálogo interconfesional que promueve el Vaticano con el islam: la mitigación de los temas reales de preocupación en pos de las apariencias políticamente correctas de la coexistencia. Ésta posiblemente haya sido la alarma más clara que ha sonado con su acto insólito el doble apóstata Magdi Allam. Aunque Roma esté comprensiblemente indignada con el mensajero, su mensaje merece ser escuchado.

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La doble apostasía de magdi allam (24/04/2013)

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En coincidencia con las Pascuas últimas, el celebrado comentarista italiano Magdi Cristiano Allam anunció que abandonaba el catolicismo. Cinco años después de dejar el islam para recibir el bautismo -en el Vaticano y por el mismísimo Papa Benedicto XVI- Allam anunció el motivo de la despedida en una nota publicada en Il Giornale que puede resumirse en dos palabras: demasiado relativismo.

La decisión fue extrema y el anuncio, dramático. Su vida como católico se desarrolló por cinco años, entre las Pascuas del 2008 y las Pascuas del 2013, y su final coincidió con la renuncia al cargo papal de Benedicto XVI. Creo en Jesús que me encantaba cuando era niño, leyendo los Evangelios y traído a la vida por auténticos testigos -religiosos y laicos cristianos- a través de sus buenas obras» escribió, «pero ya no creo en la Iglesia». Allam se pronunciaba todavía creyente y se comprometía a no cejar en la lucha por la santidad de la vida, la unión familiar, la dignidad de la persona y la libertad religiosa. También reafirmaba su nacionalismo al subrayar su rechazo a la caridad que la Iglesia mostraba hacia los inmigrantes, especialmente a los ilegales, en Italia y proclamaba: «Estoy a favor de la recepción de las normas y la primera regla es que en Italia, primero debemos asegurar el bien de los italianos, la correcta aplicación de la exhortación de Jesús ama a tu prójimo como a ti mismo».

El autor empleaba la ocasión para cuestionar a la Iglesia en aquellos elementos de disidencia individual que consideraba estar en oposición a la naturaleza humana, como el celibato sacerdotal, la abstención de relaciones sexuales fuera del matrimonio y el rechazo al divorcio. Reflexionaba, a su vez, sobre la misión universal de la Iglesia y concluía que al buscar la comunión de todos los católicos del mundo tomaba una postura contraria a la de la identidad nacional que él veía como necesaria para preservar a la civilización occidental.

Yendo al núcleo de su apostasía, Allam explicaba que lo que más lo alejó de su nueva fe había sido el relativismo y la legitimidad conferida al islam «como una verdadera religión de Allah como el único Dios verdadero, a Mahoma como un profeta verdadero, al Corán como libro sagrado y a las mezquitas como lugares de culto». Para un hombre que había abandonado el islam en repudio a las violencias e intransigencias que en su visión anidaban en su seno, el respeto pontificio acordado a la religión Mahometana en el marco del diálogo interreligioso le resultó inadmisible. En su artículo, Allam se mostró consternado por la decisión de Juan Pablo II de haber besado el Corán en 1999, porque Benedicto XVI haya orado hacia la Meca desde la Mezquita Azul de Estambul en el 2006 y porque Francisco extendiera su consideración a los musulmanes del mundo, llegando a lavar los pies a dos de ellos en una prisión italiana el pasado mes de abril (esto ocurrió posteriormente). No por casualidad su artículo se titulaba «Por qué me voy de esta Iglesia débil con el islam».

Y finalizaba: «voy a seguir adelante con la espalda recta y la cabeza alta para dar mi aporte al renacimiento de los valores e identidades italianos. Voy a ser un hombre íntegro en la totalidad de mi humanidad».

Esta era una despedida fuerte, en consonancia con una determinación absoluta y forjada en su propia historia personal. Magdi Allam nació en Egipto en 1952 en el seno de una familia musulmana. Su educación estuvo en manos de salesianos en el Cairo y el contacto con sus muchos docentes italianos nutrió su primer vínculo con Italia, país al que emigró en 1972, donde se graduó de sociólogo en la Universidad de La Sapienza y en el cual, catorce años después, obtenía la ciudadanía. Llegó a ser subdirector de Il Corriere della Sera y se hizo famoso por su crítica al islam radical. En el 2008 trocó al islam por el catolicismo, y un lustro después anuló su pertenencia a la Iglesia Católica. Su viaje espiritual e ideológico ha sido ciertamente extraordinario.

Independientemente de lo extraño que pueda lucir el hecho de abandonar una religión por razones de opinión más que de fe, su decisión ha alertado a propósito de un atributo del diálogo interconfesional que promueve el Vaticano con el islam: la mitigación de los temas reales de preocupación en pos de las apariencias políticamente correctas de la coexistencia. Ésta posiblemente haya sido la alarma más clara que ha sonado con su acto insólito el doble apóstata Magdi Allam. Aunque Roma esté comprensiblemente indignada con el mensajero, su mensaje merece ser escuchado.

Comunidades, Comunidades - 2013

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

El Kirchnerismo y el papa Francisco – 10/04/13

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A lo largo y ancho del mundo, la elección de un nuevo Papa fue causa de celebración. La novedad del primer Sumo Pontífice latinoamericano en la historia de la Iglesia Católica provocó entusiasmo en la región. Pero increíblemente, enfrentados al hecho de que el nuevo Papa era un argentino, los estratos K reaccionaron negativamente, e incluso con hostilidad. ¿La razón? Pues que Jorge Mario Bergoglio, en su pasado rol de arzobispo de Buenos Aires, fue crítico del gobierno. Automáticamente, eso lo ubicó en la lista de enemigos del kirchnerismo.

Y así, una vez conocido el ascenso de Bergoglio al trono de Pedro, la presidenta Cristina Fernández tardó más de una hora en expresarse y cuando lo hizo fue mediante una fría carta de felicitación. Cuando unas horas después ella mencionó al nuevo Papa durante un acto del grupo oficialista La Cámpora, sus militantes lo abuchearon. El mismo día, el bloque oficialista en la Cámara de Diputados negó un pedido de la oposición de interrumpir un acto en homenaje a Chávez para dar lugar a una salutación al pontífice argentino. En tanto, los medios de comunicación oficiales ignoraban la elección de Bergoglio: mientras que los canales independientes pasaban incesantemente la primicia, el canal 7 emitía su ciclo habitual de dibujitos animados y la agencia gubernamental de noticias Télam demoraba informar sobre el tema.

El diario pro-gobierno Página 12 fue más allá y pasó de la indiferencia al ataque, resucitando una añeja acusación de que durante los tiempos de la dictadura Bergoglio había colaborado con la Junta Militar. El Premio Nobel de la Paz argentino Adolfo Pérez Esquivel, la miembro de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) Graciela Fernández Meijide y la ex jueza perseguida por los represores Alicia Oliveira salieron en defensa de Bergoglio. El Vaticano emitió un duro comunicado atribuyéndolo a una campaña difamatoria y calumniosa de una publicación de la izquierda anticlerical». Otras figuras del universo K respaldaron la ofensiva. La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo Estela de Carlotto aseguró «Bergoglio pertenece a la Iglesia que oscureció al país» y la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Hebe de Bonafini dijo que «la Iglesia es opresora».

Asimismo, el titular de la Biblioteca Nacional Horacio González definió la elección de Bergoglio al Papado de «retroceso político» y el activista kirchnerista Luis D´Elía dijo que ella fue resultado de «un nuevo intento del imperio por destruir la unidad sudamericana».

Al cabo de unos días, la presidenta comprendió que su gobierno no podía permanecer enfrentado al Papa como líder espiritual de mil doscientos millones de católicos e ir a contramano del sentimiento popular argentino que mayoritariamente recibió con alegría el acontecimiento. Velozmente solicitó, y consiguió, una audiencia privada con el Sumo pontífice. El mismo hombre que como sacerdote argentino había pedido catorce veces reunirse con la presidenta para ser ignorado una vez tras otra, acababa de conceder a Cristina el honor de la primera audiencia papal. Y ella, que no fue capaz de caminar unos cuantos metros dentro de su despacho para recibirlo, debió volar miles de kilómetros para verlo. La militancia K tomó nota del gesto y con obediencia debida a la líder suprema del movimiento pasó de la condena a la alabanza.

Página 12, que había recibido la elección papal con el título «¡Dios Mío!», tituló «Fructífero e importante» al encuentro de la presidenta con el Papa. Agustín Rossi, jefe de la bancada oficialista en Diputados que rehusó saludar ceremonialmente al Papa, viajó a Roma para presenciar la entronización de Bergoglio y tuiteó «Muy agradecido x haber participado de este acontecimiento histórico». Hebe de Bonafini -quién en el 2007 había calificado al arzobispo de Buenos Aires de fascista y en el 2008 había tomado la Catedral- modificó el tono de su condena en una carta dirigida al Vaticano: «Don Francisco, no sabía de su trabajo pastoral». Estela de Carlotto lo bendijo: «Tenemos confianza en él. Que el espíritu santo lo ilumine». En ocasión del pasado 24 de marzo, fecha aniversario del golpe militar, la Casa Rosada y sus aliados en el ámbito de los derechos humanos optaron por no criticar a Bergoglio. Luis D´Elía resumió: «Evidentemente, hoy es un día distinto».

El cambio abrupto del discurso K se debió al pragmatismo de Cristina. Tal como manifestó con sorprendente candor el filósofo oficialista José Pablo Feinmann: «Para ganar las elecciones [del próximo octubre], el kirchnerismo debe ganarse primero al Papa. Este Papa tiene que ser nuestro». De ahí que el movimiento K pasara de la hostilidad espontánea a la más deshonesta adulación. En su puja por el poder total, el kirchnerismo avanzó sobre las instituciones republicanas, atacó a la prensa independiente y desafió a la corte suprema bajo el lema «vamos por todo». Ahora aspira a apropiarse del Papa también.

Compromiso

Compromiso

Por Julián Schvindlerman

  

Hollywood y el tercer Reich: Cinco minutos por los seis millones – 04/13

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Año 5 – Nro 33

A partir de la década de 1930 los nazis buscaron eliminar toda presencia judía de la industria del cine alemán e impusieron una censura severa a la creatividad. Como resultado de ello, prominentes cineastas abandonaron el país para dirigirse, entre otros destinos, a los Estados Unidos, donde forjaron carreras notables y legaron películas asombrosas: Billy Wilder, Paul Henreid, Fritz Lang, Hedy Lamar, Perer Lorre y Max Ophlüs por nombrar algunos. Así es que indirecta e involuntariamente el Tercer Reich contribuyó al crecimiento de Hollywood.

Últimamente, algunos historiadores se han preguntado si Hollywood también fue útil a los nazis de algún modo. Un par de ellos han respondido afirmativamente en sendos libros que denuncian los vínculos entre los estudios de cine de California y el régimen de Adolf Hitler. En Hollywood y Hitler: 1933-1939, Thomas Doherty mostró que pocos films creados en Hollywood abordaron la temática del fascismo y que mayormente eludieron retratar los acontecimientos de Europa en ese período oscuro. Recién en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial Warner Bros. publicó una película que condenaba abiertamente a la dictadura Hitleriana en Confesiones de un espía nazi, de Anatole Litvak (1939), film que antecede a la famosa El gran dictador de Charles Chaplin (1940).

Pero una cosa es ignorar las aberraciones de los nazis y otra cosa es coquetear o incluso hacer negocios con la Alemania de Hitler, tal como Christopher Bray, biógrafo de Michael Caine y Sean Connery, ha observado en The Wall Street Journal. Y aquí es cuando el segundo autor en cuestión -Ben Urwand en La colaboración: el pacto de Hollywood con Hitler- parece haber metido el dedo en la llaga. Ciertamente los ejecutivos de Hollywood, entre quienes se contaban numerosos judíos, eran antinazis. Por caso, en 1938 Leni Riefenstahl arribó a Los Ángeles con la esperanza de lograr un jugoso contrato. Cuando ella negó que los nazis fuesen antisemitas, aún conocidos los hechos de la Kristallnacht ese mismo año, un director de cine le dijo que lo único en lo que en Hollywood podrían interesarse era en “películas sobre una autopsia del cerebro de su novio”, una alusión a Goebbles o Hitler seguramente. Pero el hecho de que la cineasta de Hitler haya sido recibida en primer lugar, da cuenta del nexo que existía entre los productores estadounidenses y la Alemania nazi.

Es sabido que Hitler era un fanático de Laurel & Hardy y de Mickey Mouse, aunque despreciaba a Tarzán. Su afecto por personajes de Hollywood facilitó el ingreso de las películas norteamericanas a Alemania. Pero con ciertas restricciones ajustadas al gusto ideológico del mandamás nazi. Aquí es donde la colaboración de Hollywood se hizo palpable. Con tal de no perder el lucrativo mercado alemán, algunos estudios acomodaron sus productos a las reglas nazis. El cónsul alemán en Los Ángeles, Georg Gyssling, era frecuentemente invitado a ver las películas de los estudios antes de que éstas fueran publicadas y sus objeciones eran tenidas en cuenta. Así, tal como David Mikics, profesor de la Universidad de Houston, ha señalado en Tablet, “los nazis tuvieron un poder de veto total sobre las películas de Hollywood” que serían distribuidas en Alemania y otros países.

El comienzo de esta cooperación con los nazis data de 1930 cuando Universal Studios accedió a recortar apreciablemente la película Sin novedad en el frente de Lewis Milestone, luego de que durante su exhibición en Alemania patoteros nazis sabotearan su presentación. En 1934 Warner Bros. fue expulsada de Alemania por negarse a incorporar todos los recortes exigidos por Gyssling en la película ¡Capturado!. En 1936 Metro Goldwyn Mayer planeaba producir una película que exaltaba a la democracia sobre el fascismo pero anuló el proyecto para no ofender a los nazis. Se trataba de una adaptación de la novela de Sinclair Lewis No puede pasar aquí. Ese mismo año todos los judíos empleados en la industria del cine estadounidense en Alemania debieron dejar el país. Hitler así lo había exigido y los grandes estudios habían accedido para preservar sus sedes en la nación germana.

Como Jennifer Schuessler ha indicado en el New York Times, en 1937 Warner Bros. removió la palabra “judío” de los diálogos del film La vida de Emile Zola, que describía el caso Dreyfus. En 1938, la filial alemana de 20th Century Fox firmó “¡Heil Hitler!” en cartas enviadas al régimen. Este mismo estudio produjo unos años antes el film La casa de los Rothschild que mostraba la supuesta influencia judía en las finanzas internacionales; una de sus escenas fue incorporada al film antisemita Der Ewige Jude. La Anti Defamation League (ADL) quedó tan consternada al ver la película que solicitó a todos los estudios que dejasen de lado a personajes judíos en sus producciones. En 1939 MGM recibió en sus oficinas a diez editores de diarios nazis, entre ellos al editor del Völkischer Beobachter, órgano del Partido Nazi. Urwand denunció que esta colaboración incluyó la producción de material que sería empleado con fines propagandísticos e incluso dio apoyo financiero a la industria militar alemana como parte de un esquema para repatriar las ganancias de sus películas.

Los censores nazis tuvieron influencia sobre todas las películas que Hollywood divulgaría en el mundo entero, no solamente en Alemania. Ello era fruto de una reglamentación de 1932 que estipulaba que los estudios de cine extranjeros podrían ver sus permisos revocados si proyectaran, en cualquier país del planeta, películas perjudiciales para la imagen de Alemania. El objeto era frenar un género creciente: películas ambientadas en la Primera Guerra Mundial que retrataban a los solados alemanes negativamente. Al llegar al poder en 1933, Hitler buscó censurar el modo en que los estudios norteamericanos mostrarían de allí en más a los alemanes y a los judíos en todas sus películas. Todos los estudios terminaron fuera de Alemania con el inicio de la guerra, pero aún así fracasaron en reflejar la situación de sus hermanos bajo amenaza de extinción.

Este escándalo moral no es atenuado por los esfuerzos que algunos de ellos hicieron por asistir a los judíos europeos detrás de las bambalinas, en algunos casos llegando a salvar muchas vidas judías. Un ejemplo de cuanto estaba dispuesta a hacer Hollywood en celuloide por los judíos europeos quedó reflejado en la película Nadie escapará (1944) que tenía una escena de cinco minutos sobre el Holocausto. Cinco minutos por los Seis Millones: esa fue la medida del compromiso Hollywoodense en sus películas durante la era nazi.

La Razón (España)

La Razón (España)

Por Julián Schvindlerman

  

Recomponer el tablero – 24/03/13

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En el primer viaje internacional de su segundo mandato, el presidente Barack Obama buscó alcanzar tres objetivos distintivos: resetear la relación de Washington con Jerusalem, respaldar al Rey de Jordania y reasegurar a la Autoridad Palestina que el proceso de paz sigue siendo una prioridad para su Administración.

Especialmente en la escala israelí, el tour estuvo repleto de símbolos y amenas palabras. El énfasis fue puesto en recomponer un vínculo afectado y subrayar ante la audiencia árabe y musulmana más amplia que Estados Unidos aún ve a Israel como un fortísimo aliado regional. De ahí la calidez en la oratoria -tanto a nivel personal hacia el premier Benjamín Netanyahu como protocolar hacia la nación hebrea- y la elocuencia presencial con visitas a las tumbas del fundador del sionismo político Theodor Herzl, del difunto premier Ytzjak Rabín y el Museo del Holocausto entre otras.

En Ramallah intentó mostrar a los palestinos que él no había olvidado sus aspiraciones estatales y proclamó su apoyo al proceso de paz entre las partes. Causó cierto desencanto allí el hecho de que el presidente Obama no convalidó la postura del presidente Mahmoud Abbas de condicionar la reanudación de las tratativas a un freno a la construcción de asentamientos. Si bien no ofreció propuestas puntuales o novedosas para relanzar el diálogo, enfatizó que el proyecto de la paz es parte del interés diplomático norteamericano. Con todo, resultó claro que en este momento Irán y Siria son asuntos prioritarios para la Casa Blanca.

En Jordania, Obama prometió asistencia humanitaria a una monarquía aquejada por problemas económicos agravados por el influjo de refugiados sirios. Ammán es un aliado importante de Washington, un socio de la paz de Israel y un actor a favor de la estabilidad regional. La presencia del presidente de los Estados Unidos allí fue crítica en un momento en que la casa real está siendo desafiada políticamente por la Hermandad Musulmana local y enfrentada a una población frustrada por las penurias económicas.

Antes de partir de la zona, Obama dejó el éxito más significativo de su gira: el acercamiento entre Ankara y Jerusalem. Considerando que apenas unas pocas semanas atrás el Primer Ministro turco Recep Tayyip Erdogan clamó ante una audiencia global que el sionismo es un “crimen contra la humanidad”, el logro de Obama fue poco menos que una proeza. Para Washington, preservar cierta armonía entre estos dos aliados cruciales es particularmente relevante a la luz del deterioro de la crisis en Siria, el avance del programa nuclear en Irán y la realidad de un Medio Oriente todavía convulsionado por las múltiples revueltas populares de la llamada “primavera árabe”.