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Comunidades, Comunidades - 2010

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

El juicio a Tintín – 19/05/10

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Como un tintinófilo consumado, noté con cierta preocupación el anuncio de que el personaje más famoso del cómic belga (y europeo), cuyas aventuras devoraba de niño, sería llevado al banquillo de los acusados a comienzos del presente mes de mayo en una corte de Bruselas. Los cargos no eran livianos: Tintín ha sido acusado de ser racista y de favorecer el colonialismo.

Bienvenu Mbutu Mondongo, un contador público congolés de 42 años, lleva más de tres años intentando prohibir la circulación de las peripecias del intrépido reportero belga en su país natal, Tintín en el Congo. “Muestra a los africanos como imbéciles infantiles” ha dicho a la prensa. Según su parecer, el volumen, publicado por primera vez en 1930, es una manifestación colonialista europea. Por cierto, el relato contiene expresiones decididamente ofensivas y un enfoque claramente paternalista: su fiel perro Milú es coronado rey por los africanos y una mujer negra se inclina ante el joven y rubio europeo mientras dice “hombre blanco muy fabuloso”. En Gran Bretaña se permite su venta solamente si el fascículo lleva una advertencia en su portada y la Biblioteca Pública de Brooklyn lo mantiene bajo llave y sólo se puede acceder al mismo por solicitud. Su creador George Remi (alias Hergé) tenía 23 años cuando escribió la historieta, jamás visitó el Congo, y lo hizo bajo las consignas de la época. “Estaba influenciado por los prejuicios del medio burgués en el que vivía”, reconoció. Ediciones posteriores fueron revisadas por el propio autor. Es entendible la sensibilidad de los congoleños. El gobierno colonial belga en el Congo fue una de las incursiones europeístas más bestiales en el continente africano e incluso hasta 1960 las escuelas belgas describían a los africanos con atributos primitivos. Si Tintín merece ser censurado por ello es tema aparte.

Hergé reflejó en sus historias las impresiones del entorno y Tintín no fue ajeno a las preferencias políticas de su autor, quién lo metió en más de una controversia. Tal como la periodista Anne Jolis ha recordado, Tintín en la Tierra de los Soviéticos, la primera épica (1929), pintó la degradación del régimen blochevique. En 1942, la editorial pidió a Hergé que suavizara su retrato caricaturesco de la fisonomía japonesa en El Loto Azul (1936). Cariño por el reino animal no parecía sentir: durante su odisea en África, Tintín abate antílopes, monos, elefantes, rinocerontes y búfalos con una regularidad tal que hasta el propio Milú, dolido, afirma: “No puedo ver estas escenas de carnicería”, conforme ha observado  Michael Farr en Tintín: El sueño y la realidad. El pasado mes de febrero, las autoridades turcas multaron a un canal de televisión por emitir una animación de Tintín que contenía escenas con cigarrillos, lo cual está prohibido mostrar al aire. Hergé continuó trabajando en el diario y publicando sus historias aún durante la ocupación alemana de Bélgica. Para complacer a sus nuevos jefes, introdujo caricaturas antisemitas en sus cuentos. Terminada la Segunda Guerra Mundial, Hergé fue arrestado bajo cargos de colaboración con los nazis, brevemente encarcelado y luego liberado. En aventuras posteriores, haría luchar a Tintín contra comunistas y capitalistas y hasta el Dalai Lama lo elogiaría -y premiaría- por su relato Tintín en el Tíbet (1960).  

Tintín capturó el imaginario colectivo universal desde su primera aparición en Bélgica en 1929. Sus atrapantes aventuras quedaron registradas en más de veinte volúmenes publicados hasta 1976, pocos años antes de la muerte del autor. Traducido a más de cincuenta idiomas, vendió (dependiendo de la fuente consultada) entre ciento veinte y doscientos millones de copias en todo el mundo. La épica tintinesca ha despertado pasiones. Un periodista de Time ha dicho que su estilo influyó en las obras de Roy Lichtenstein y Andy Warhol, en tanto que un crítico literario que escribió un libro titulado Tintín y el Secreto de la Literatura le otorgó una “sutileza normalmente atribuida a Jane Austin y Henry James”. En 1999, la Asamblea Nacional Francesa fue convocada para debatir un tema singular: “Tintín: ¿es de izquierda o de derecha?”. Esa fue la primera vez que un personaje de caricatura fue objeto de debate en el parlamento francés; y posiblemente en cualquier parlamento del mundo. (No hubo votación ni conclusiones taxativas al respecto). Steven Spielberg y Peter Jackson anunciaron una próxima trilogía fílmica sobre el personaje.

Tintín ha sido un éxito colosal y como con casi todos los sucesos mayúsculos no ha permanecido inmune al escándalo o a la crítica. En cierto sentido, ha quedado ligado a las vicisitudes de otros dibujos animados: tal como el Pato Donald anteriormente -criticado por progresistas latinoamericanos por su presunto imperialismo- y los personajes de South Park después – sujetos a una fatua islamista por personificar a Mahoma- Tintín transita un recorrido signado por las inclemencias de nuestros tiempos.

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Obama e israel – 05/05/2010

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Cuando vemos a seguidores-estrella del Partido Demócrata como Elie Wiesel y Alan Dershowitz ventilar públicamente su disgusto con la política hacia Israel del actual presidente estadounidense, podemos deducir que lo que ha sido evidente por largo tiempo para los escépticos finalmente ha sido aceptado por los simpatizantes: Barack Obama no es afín al estado judío.

Los indicios que surgieron durante la campaña de Obama se han convertido en evidencia durante su presidencia. Su circunstancia personal (miembro de la comunidad africano-americana, hijo de padre musulmán, educación temprana en Indonesia), sus asociaciones sociales con prominentes figuras anti-israelíes (el pastor radical Jeremiah Wright, el orientalista anti-orientalista» Edward Said, el académico de la OLP Rashid Khalidi), y su ambigüedad durante la campaña electoral, despertaron numerosas inquietudes acerca de su posicionamiento ideológico respecto de Israel; sus discursos y acciones como presidente no han hecho más que acentuarlas. Su acercamiento al mundo islámico, su problemática omisión de la conexión judía con la Tierra de Israel durante su famoso discurso en El Cairo, su debilidad en torno al avance nuclear de Irán, su hostigamiento diplomático a Jerusalem a propósito del tema de los asentamientos; todo ello es parte de la misma paleta ideológica.

El desapego de Obama respecto de Israel ha sido tan cabal que bajo su corto mandato el Partido Demócrata ha prácticamente abandonado la defensa de Israel incluso en el Congreso norteamericano, bastión tradicional del apoyo bipartidista al estado judío. Conforme ha observado la periodista del Jerusalem Post Caroline Glick, «el apoyo a Israel se ha transformado en una posición minoritaria entre los Demócratas». Ella sustenta esa afirmación en lo siguiente: Durante la Operación Plomo Fundido, la Cámara de Representantes aprobó una resolución contra el Hamas, once días antes de la inauguración de Obama, con 390 votos a favor, 5 en contra (4 de ellos demócratas) y 37 abstenciones (29 de ellas demócratas). En noviembre de 2009, el Congreso adoptó una resolución de condena del Reporte Goldstone con 344 votos a favor, 36 en contra (33 de ellos demócratas) y 52 abstenciones (44 de ellas demócratas). En febrero de 2010, 44 congresistas enviaron una carta a Obama instándolo a presionar a Israel; todos ellos eran demócratas. En medio de la crisis desatada por esta Casa Blanca por la construcción de viviendas en Jerusalem Este el pasado marzo, 327 congresistas enviaron una carta a la Secretaria de Estado Hillary Clinton pidiendo un cese a las críticas públicas de Washington a Jerusalem; de los 102 miembros que se opusieron a firmarla, 94 eran demócratas. Otras varias iniciativas legisladoras tendientes a respaldar a Israel cosecharon solamente apoyo republicano.

A esto debemos agregar la divulgación pública -por parte del propio presidente Obama y de altos funcionarios del Pentágono- de la noción de Israel como factor de desestabilización del Medio Oriente. En una conferencia de prensa a mediados de abril, Obama dijo que su país tiene un «interés vital de seguridad nacional» en la resolución del conflicto palestino-israelí puesto que «cuando el conflicto estalla…ello termina costándonos significativamente tanto en sangre como en tesoro». El cuestionable postulado de que Israel es la causa de los males que aquejan al Medio Oriente ha sido por largo tiempo parte del arsenal retórico de la propaganda árabe, en tiempos más recientes fue tomado por izquierdistas europeos y tercermundistas. Que una administración estadounidense luzca dispuesta a respaldarlo marca un precedente tan novedoso como sorprendente.

Ciertamente, una confrontación entre israelíes y sus vecinos tendría un impacto en los objetivos estratégicos, recursos humanos y ganancias materiales de los Estados Unidos. Pero también lo tendría una guerra que involucrara a Pakistán, Irak, Irán, Afganistán o a cualquier otro país mesoriental desvinculado de la cuestión palestino-israelí. Y a diferencia de numerosas crisis que motivaron la intervención o acción militar norteamericana en países musulmanes o con altas concentraciones poblacionales islámicas -Kuwait, Arabia Saudita, El Líbano, Bosnia, Kosovo y Somalia- nunca debió Washington enviar soldados a la guerra para proteger al estado judío, en la atinada observación del Wall Street Journal. Por su parte, la impresión de que un Israel en paz con sus vecinos facilitaría la resolución de las disputas entre sunitas, chiítas y kurdos en Irak; la relación de Washington con el poco confiable presidente afgano; las ambiciones nucleares e imperiales de Irán; o el revanchismo religioso universal de Al-Qaeda et al, es tan fantástica que lo empuja a uno hacia la incredulidad.

Haber llevado a un deterioro tal en la relación entre dos aliados históricos en poco más de un año de gobierno no es una proeza menor. Imagínese cuanto más podrían empeorar las cosas en los restantes dos años y medio de mandato demócrata.

Comunidades, Comunidades - 2010

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Obama e Israel – 05/05/10

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Cuando vemos a seguidores-estrella del Partido Demócrata como Elie Wiesel y Alan Dershowitz ventilar públicamente su disgusto con la política hacia Israel del actual presidente estadounidense, podemos deducir que lo que ha sido evidente por largo tiempo para los escépticos finalmente ha sido aceptado por los simpatizantes: Barack Obama no es afín al estado judío.

Los indicios que surgieron durante la campaña de Obama se han convertido en evidencia durante su presidencia. Su circunstancia personal (miembro de la comunidad africano-americana, hijo de padre musulmán, educación temprana en Indonesia), sus asociaciones sociales con prominentes figuras anti-israelíes (el pastor radical Jeremiah Wright, el orientalista “anti-orientalista” Edward Said, el académico de la OLP Rashid Khalidi), y su ambigüedad durante la campaña electoral, despertaron numerosas inquietudes acerca de su posicionamiento ideológico respecto de Israel; sus discursos y acciones como presidente no han hecho más que acentuarlas. Su acercamiento al mundo islámico, su problemática omisión de la conexión judía con la Tierra de Israel durante su famoso discurso en El Cairo, su debilidad en torno al avance nuclear de Irán, su hostigamiento diplomático a Jerusalem a propósito del tema de los asentamientos; todo ello es parte de la misma paleta ideológica.

El desapego de Obama respecto de Israel ha sido tan cabal que bajo su corto mandato el Partido Demócrata ha prácticamente abandonado la defensa de Israel incluso en el Congreso norteamericano, bastión tradicional del apoyo bipartidista al estado judío. Conforme ha observado la periodista del Jerusalem Post Caroline Glick, “el apoyo a Israel se ha transformado en una posición minoritaria entre los Demócratas”. Ella sustenta esa afirmación en lo siguiente: Durante la Operación Plomo Fundido, la Cámara de Representantes aprobó una resolución contra el Hamas, once días antes de la inauguración de Obama, con 390 votos a favor, 5 en contra (4 de ellos demócratas) y 37 abstenciones (29 de ellas demócratas). En noviembre de 2009, el Congreso adoptó una resolución de condena del Reporte Goldstone con 344 votos a favor, 36 en contra (33 de ellos demócratas) y 52 abstenciones (44 de ellas demócratas). En febrero de 2010, 44 congresistas enviaron una carta a Obama instándolo a presionar a Israel; todos ellos eran demócratas. En medio de la crisis desatada por esta Casa Blanca por la construcción de viviendas en Jerusalem Este el pasado marzo, 327 congresistas enviaron una carta a la Secretaria de Estado Hillary Clinton pidiendo un cese a las críticas públicas de Washington a Jerusalem; de los 102 miembros que se opusieron a firmarla, 94 eran demócratas. Otras varias iniciativas legisladoras tendientes a respaldar a Israel cosecharon solamente apoyo republicano.

A esto debemos agregar la divulgación pública -por parte del propio presidente Obama y de altos funcionarios del Pentágono- de la noción de Israel como factor de desestabilización del Medio Oriente. En una conferencia de prensa a mediados de abril, Obama dijo que su país tiene un “interés vital de seguridad nacional” en la resolución del conflicto palestino-israelí puesto que “cuando el conflicto estalla…ello termina costándonos significativamente tanto en sangre como en tesoro”. El cuestionable postulado de que Israel es la causa de los males que aquejan al Medio Oriente ha sido por largo tiempo parte del arsenal retórico de la propaganda árabe, en tiempos más recientes fue tomado por izquierdistas europeos y tercermundistas. Que una administración estadounidense luzca dispuesta a respaldarlo marca un precedente tan novedoso como sorprendente.

Ciertamente, una confrontación entre israelíes y sus vecinos tendría un impacto en los objetivos estratégicos, recursos humanos y ganancias materiales de los Estados Unidos. Pero también lo tendría una guerra que involucrara a Pakistán, Irak, Irán, Afganistán o a cualquier otro país mesoriental desvinculado de la cuestión palestino-israelí. Y a diferencia de numerosas crisis que motivaron la intervención o acción militar norteamericana en países musulmanes o con altas concentraciones poblacionales islámicas -Kuwait, Arabia Saudita, El Líbano, Bosnia, Kosovo y Somalia- nunca debió Washington enviar soldados a la guerra para proteger al estado judío, en la atinada observación del Wall Street Journal. Por su parte, la impresión de que un Israel en paz con sus vecinos facilitaría la resolución de las disputas entre sunitas, chiítas y kurdos en Irak; la relación de Washington con el poco confiable presidente afgano; las ambiciones nucleares e imperiales de Irán; o el revanchismo religioso universal de Al-Qaeda et al, es tan fantástica que lo empuja a uno hacia la incredulidad.

Haber llevado a un deterioro tal en la relación entre dos aliados históricos en poco más de un año de gobierno no es una proeza menor. Imagínese cuanto más podrían empeorar las cosas en los restantes dos años y medio de mandato demócrata.

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BENEDICTO XVI Y LOS JUDÍOS: QUINTO ANIVERSARIO DE UN PONTIFICADO CONTROVERTIDO – 21/04/2010

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En lo que a las relaciones con los judíos y al estado judío refiere, desde que asumió el Trono de San Pedro en abril del 2005, Joseph Ratzinger ha básicamente dado continuidad a la política de su predecesor. Al igual que Juan Pablo II, el actual Sumo Pontífice de la Iglesia Católica ha visitado sinagogas (Colonia en 2005, Nueva York en 2008, Roma en 2010), ha viajado al campo de la muerte Auschwitz-Birkenau en 2006, y ha estado en Israel en 2009 reafirmando los lazos diplomáticos establecidos por la Santa Sede quince años antes.

No obstante, algunos de estos acontecimientos significativos fueron empañados por gestos, palabras u omisiones que incomodaron a las audiencias judías. Al visitar Auschwitz, por caso, el Santo Padre evitó caracterizar a la Shoá explícitamente como un crimen del pueblo alemán contra los judíos, atribuyéndolo en su lugar a un grupo de criminales que alcanzó el poder mediante falsas promesas». Unos años después -en vísperas del Día Internacional del Holocausto, en enero de 2009- el Papa levantó la excomunión que pesaba sobre cuatro obispos ultra-tradicionalistas opositores a las reformas del Concilio Vaticano II; entre ellos la de un obispo británico negador del Holocausto. A finales del mismo año, el Papa hizo venerable a Pío XII, facilitando así su proceso de beatificación. Benedicto XVI visitó sinagogas en las que dijo cosas agradables a los oídos judíos, pero a mediados de 2007 emitió un Motu Proprio en el cuál validó el uso del Rito Tridentino del Viernes Santo de 1962, titulado Pro Conversione Iudaeorum. Incluso su peregrinaje a Tierra Santa no estuvo exento de polémica, el que a su vez era precedido por la decisión vaticana de respaldar la muy cuestionada Conferencia de la ONU contra el Racismo celebrada en Ginebra un mes antes de la visita papal a Israel y de la polución diplomática creada por un vocero vaticano al tildar a Gaza como un «gran campo de concentración» durante la contienda última allí.

Es cierto que aún bajo el pontificado de Juan Pablo II las relaciones con el pueblo judío no fueron idílicas, pero el presente Papado parece haber desarrollado una habilidad especial para crear problemas innecesarios o agravar los preexistentes. Incluso cuando Roma se encontraba aquejada por una crisis institucional mayúscula, abarcando a cientos de sacerdotes pedófilos en decenas de países, protegidos durante décadas por una cultura de encubrimiento escandalosa que indignó a buena parte de la cristiandad, de algún modo, sorprendentemente oficiales vaticanos se la ingeniaron para enredar al pueblo judío en la polémica; abriendo así un nuevo frente enteramente incongruente.

Primero fue la frase atribuida públicamente a un judío anónimo, tomada de una carta citada por el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, pronunciada en presencia de Benedicto XVI durante la Pascua cristiana, en la que comparó las críticas a la Iglesia con «los aspectos más vergonzosos del antisemitismo». Un vocero vaticano debió aclarar que la comparación «absolutamente no es la línea del Vaticano y de la Iglesia Católica» y el propio predicador papal se vio obligado a emitir una disculpa pública al poco tiempo. Sin embargo, lo absurdo de la comparación no pasó desapercibido: «¿Por qué desearía la Iglesia Católica defenderse por medio de una referencia a otras enormidades en las cuales también estuvo implicada?» preguntó el comentarista estadounidense Leon Wieseltier.

Luego comenzó a trascender que en ciertos círculos católicos había (re)emergido la idea del legendario complot judío. En medio del lío, el diario italiano La Repubblica informó que fuentes católicas culparon al «lobby judío de Nueva York» de agrandar el escándalo, y unos días después el diario británico Guardian atribuyó al obispo emérito de Grosseto, Giacomo Babini, haber expresado que dado lo «poderoso y refinado» de la crítica anti-papal, un «ataque sionista» estaba detrás de la misma. La Conferencia Episcopal italiana emitió un comunicado en el cuál Babini negaba haber dicho tal cosa, pero la existencia de previas atribuciones a su creencia de que los judíos explotan el Holocausto no contribuyó a que su desmentida fuese tomada seriamente. A su vez, el propio cardenal Sodano equiparó los cuestionamientos al Papa con «las batallas del modernismo contra Pío X» y «la ofensiva contra Pío XII por su comportamiento durante el último conflicto mundial» entre otros casos.

Un lustro es apenas un granito en las arenas del tiempo, y la política vaticana ciertamente debe ser evaluada en perspectiva histórica. Para la política internacional, sin embargo, luce como un período razonable de tiempo para legítimamente forjar una noción del devenir de los hechos. Será justo postular que la política vaticana hacia los judíos bajo Benedicto XVI por ahora es ambivalente.

Comunidades, Comunidades - 2010

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Benedicto XVI y los Judíos: Quinto aniversario de un pontificado controvertido – 21/04/10

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En lo que a las relaciones con los judíos y al estado judío refiere, desde que asumió el Trono de San Pedro en abril del 2005, Joseph Ratzinger ha básicamente dado continuidad a la política de su predecesor. Al igual que Juan Pablo II, el actual Sumo Pontífice de la Iglesia Católica ha visitado sinagogas (Colonia en 2005, Nueva York en 2008, Roma en 2010), ha viajado al campo de la muerte Auschwitz-Birkenau en 2006, y ha estado en Israel en 2009 reafirmando los lazos diplomáticos establecidos por la Santa Sede quince años antes.

No obstante, algunos de estos acontecimientos significativos fueron empañados por gestos, palabras u omisiones que incomodaron a las audiencias judías. Al visitar Auschwitz, por caso, el Santo Padre evitó caracterizar a la Shoá explícitamente como un crimen del pueblo alemán contra los judíos, atribuyéndolo en su lugar “a un grupo de criminales que alcanzó el poder mediante falsas promesas”. Unos años después -en vísperas del Día Internacional del Holocausto, en enero de 2009- el Papa levantó la excomunión que pesaba sobre cuatro obispos ultra-tradicionalistas opositores a las reformas del Concilio Vaticano II; entre ellos la de un obispo británico negador del Holocausto. A finales del mismo año, el Papa hizo venerable a Pío XII, facilitando así su proceso de beatificación. Benedicto XVI visitó sinagogas en las que dijo cosas agradables a los oídos judíos, pero a mediados de 2007 emitió un Motu Proprio en el cuál validó el uso del Rito Tridentino del Viernes Santo de 1962, titulado Pro Conversione Iudaeorum. Incluso su peregrinaje a Tierra Santa no estuvo exento de polémica, el que a su vez era precedido por la decisión vaticana de respaldar la muy cuestionada Conferencia de la ONU contra el Racismo celebrada en Ginebra un mes antes de la visita papal a Israel y de la polución diplomática creada por un vocero vaticano al tildar a Gaza como un “gran campo de concentración” durante la contienda última allí.

Es cierto que aún bajo el pontificado de Juan Pablo II las relaciones con el pueblo judío no fueron idílicas, pero el presente Papado parece haber desarrollado una habilidad especial para crear problemas innecesarios o agravar los preexistentes. Incluso cuando Roma se encontraba aquejada por una crisis institucional mayúscula, abarcando a cientos de sacerdotes pedófilos en decenas de países, protegidos durante décadas por una cultura de encubrimiento escandalosa que indignó a buena parte de la cristiandad, de algún modo, sorprendentemente oficiales vaticanos se la ingeniaron para enredar al pueblo judío en la polémica; abriendo así un nuevo frente enteramente incongruente.

Primero fue la frase atribuida públicamente a un judío anónimo, tomada de una carta citada por el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, pronunciada en presencia de Benedicto XVI durante la Pascua cristiana, en la que comparó las críticas a la Iglesia con “los aspectos más vergonzosos del antisemitismo”. Un vocero vaticano debió aclarar que la comparación “absolutamente no es la línea del Vaticano y de la Iglesia Católica” y el propio predicador papal se vio obligado a emitir una disculpa pública al poco tiempo. Sin embargo, lo absurdo de la comparación no pasó desapercibido: “¿Por qué desearía la Iglesia Católica defenderse por medio de una referencia a otras enormidades en las cuales también estuvo implicada?” preguntó el comentarista estadounidense Leon Wieseltier.

Luego comenzó a trascender que en ciertos círculos católicos había (re)emergido la idea del legendario complot judío. En medio del lío, el diario italiano La Repubblica informó que fuentes católicas culparon al “lobby judío de Nueva York” de agrandar el escándalo, y unos días después el diario británico Guardian atribuyó al obispo emérito de Grosseto, Giacomo Babini, haber expresado que dado lo “poderoso y refinado” de la crítica anti-papal, un “ataque sionista” estaba detrás de la misma. La Conferencia Episcopal italiana emitió un comunicado en el cuál Babini negaba haber dicho tal cosa, pero la existencia de previas atribuciones a su creencia de que los judíos explotan el Holocausto no contribuyó a que su desmentida fuese tomada seriamente. A su vez, el propio cardenal Sodano equiparó los cuestionamientos al Papa con “las batallas del modernismo contra Pío X” y “la ofensiva contra Pío XII por su comportamiento durante el último conflicto mundial” entre otros casos.

Un lustro es apenas un granito en las arenas del tiempo, y la política vaticana ciertamente debe ser evaluada en perspectiva histórica. Para la política internacional, sin embargo, luce como un período razonable de tiempo para legítimamente forjar una noción del devenir de los hechos. Será justo postular que la política vaticana hacia los judíos bajo Benedicto XVI por ahora es ambivalente.

El País (Uruguay)

El País (Uruguay)

Por Julián Schvindlerman

  

La victoria del Castrismo

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Yo no soy comunista; estoy diciendo la verdad. –Fidel Castro, 15 de enero de 1959

Ahora que Cuba está à la mode -con los Rolling Stones por dar un concierto, la octava entrega de Fast and Furious por empezar su rodaje, Chanel por presentar su colección “Crucero”, los Tampa Bay Rays por jugar al béisbol, y Sting, Bruce Springstein y los Guns N´Roses planeando visitas-; ahora que los hermanos Castro están siendo mimados -por pontífices, políticos, diplomáticos, empresarios, periodistas, intelectuales-; ahora que el impulso de la ola ya es inevitable y el régimen totalitario más longevo del Hemisferio Occidental será validado a escala global; ahora, entonces, será un momento adecuado para recordar qué crimen indecible estamos perdonando. Si el mundo quiere perdonar, porque business is business, y Obama quiere creer, porque esa es la característica central de su política exterior, que así sea. Pero antes, recordemos.

Recordemos que dos años antes de que los rebeldes comunistas entraran a La Habana, en 1957 Fidel había dicho al New York Times: “El poder no me interesa. Después de la victoria quiero regresar a mi pueblo y continuar con mi carrera de abogado”. Y que en enero de 1959 proclamó: “Las ideas se defienden con razones. No con las armas. Soy un amante de la democracia”. Y que al día siguiente prometió “El día que el pueblo nos ponga mala cara, nada más nos ponga mala cara, nos vamos…”.

Recordemos que la revolución velozmente traicionó una a una sus proclamas democráticas y que adoptó una actitud vengativa contra los funcionarios y simpatizantes del tirano derrocado Fulgencio Batista, fusilando a cientos de ellos en pocos meses. Recordemos el grito del comandante pro-Batista Jesús Sosa Blanco, quien antes de ser ejecutado en un “juicio popular” en el Palacio de los Deportes, donde una multitud de 18.000 personas votó con sus pulgares hacia el suelo la condena del acusado, protestó alarmado: “¡Esto es digno de la Roma antigua!”.

Recordemos cuan pronto Fidel Castro cambió de idea respecto de los procesos electorales que había prometido convocar dentro de los dieciocho meses -“¡Elecciones! ¿Para qué?” fustigó durante un discurso en la capital cubana-, y qué tan rápido prohibió el derecho a huelga de los trabajadores -“El sindicato no es un órgano reivindicativo” indicó un partidario suyo-. Recordemos que por ley se reprimió el ausentismo laboral y se promulgó otra ley -denominada orwellianamente “peligrosidad pre-delictiva”- según la cual un ciudadano podía ser arrestado si las autoridades consideraban que representaba una amenaza potencial. Minority Report fuera de la pantalla.

Recordemos como, escandalizados por el derrotero que estaba tomando la revolución, varios miembros del gobierno renunciaron velozmente: el presidente de la República el ministro de asuntos sociales, el ministro de economía, los ministros de comunicaciones y de obras públicas, y que cerca de 50.000 personas de clase media que habían apoyado la revolución, partieron al exilio.

Recordemos que se cerraron todos los colegios religiosos y sus edificios fueron confiscados, incluido el colegio jesuita de Belén -donde Fidel había estudiado- y que aun cuando algunos sacerdotes habían seguido a los guerrilleros en su ofensiva contra Batista y el propio Castro, tras su arresto, había salvado su pellejo gracias a la intervención del arzobispo de Santiago de Cuba, el revolucionario barbado anunció que “los curas falangistas ya pueden empezar a hacer las maletas” y al poco tiempo 131 sacerdotes fueron expulsados de la isla.

Recordemos a Ernesto Padilla, famoso escritor revolucionario, que fue obligado a hacer una autocrítica antes de poder salir de Cuba, y a los homosexuales, que fueron marginados de la vida social, sancionados en público, forzados a reconocer sus “desviaciones” y eventualmente recluidos en “campos de reeducación”. Recordemos a los héroes de la victoria revolucionaria que por hacer sombra a Castro fueron purgados, como el aviador Huberto Matos, condenado a veinte años de prisión. Y recordemos a Pedro Luis Boitel, estudiante de ingeniería anticastrista, que tuvo la osadía de candidatearse a la presidencia de la Federación Estudiantil Universitaria sólo logrando que Fidel lo hiciera encarcelar en una prisión infame en la que este joven demócrata inició una huelga de hambre, el régimen lo privó de atención médica, murió a los 53 días de inanición y las autoridades negaron a la madre ver el cuerpo.

Recordemos -antes de que Karl Lagerfeld, Vin Diesel y Keith Richards aterricen en la isla y todo sea fuegos artificiales- que para finales de la década de 1960 se estimaba que cerca de diez mil opositores habían sido fusilados y treinta mil encarcelados. Que quienes no quisieron tomar las armas se lanzaron a los botes en un intento desesperado de respirar un poco de libertad. Que en las tres décadas que siguieron a la revolución, cien mil cubanos trataron de escapar de la isla por el mar, usualmente en balsas precarias superpobladas expuestas a tiburones en el agua y a helicópteros del ejército en el aire, desde los que les arrojaban pesados sacos de arena. Recordemos que entre los fugados -como anotó el periodista Pascal Fontaine- hubo blancos, mulatos y negros, muchos de las clases más bajas de la sociedad, lo que fue un símbolo del fracaso de la revolución comunista y un signo de desaprobación popular extraordinario.

Así es que cantemos en Cuba con los Rolling Stones, admiremos los diseños de Chanel en el desfile en el Paseo del Prado, gocemos con los Tampa Bay Rays, y aplaudamos el histórico discurso del presidente Obama en La Habana. Pero antes, recordemos.

Inicialmente publicado en Infobae

El País (Uruguay)

El País (Uruguay)

Por Julián Schvindlerman

  

Ojo con Vladimir, Donald

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Es todo un espectáculo ver al Partido Demócrata enojado con Vladimir Putin. Indignados por el aparente hackeo ruso de mails del jefe de campaña John Podesta, de la asesora Huma Abedin, de la propia candidata Hillary Clinton y de la convención partidaria meses atrás, los demócratas ahora claman “juego sucio” y sugieren que las elecciones nacionales que consagraron a Donald Trump presidente de los Estados Unidos de América, fueron fraudulentas.

“Ahora sabemos que la CIA ha determinado que la interferencia de Rusia en nuestras elecciones fue con el propósito de elegir a Donald Trump. Esto debería inquietar a cada estadounidense”, aseguró el señor Podesta.

Atrás quedó aquel 6 de marzo de 2009, cuando en Ginebra una sonriente secretaria de Estado Hillary Clinton presentó al ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, un botón rojo con la palabra inglesa reset y la promesa de una nueva era en las relaciones de Washington con Moscú. Posteriormente, Vladimir Putin pudo invadir Ucrania y anexar Crimea, defender a Irán en el Consejo de Seguridad de la ONU, trabar una invasión norteamericana en Siria para luego lanzar la suya propia, y bombardear Alepo -hospitales y civiles incluidos- sin misericordia, sin que los demócratas hicieran demasiado al respecto. Pero que el Kremlin se meta en las elecciones presidenciales… bueno, eso les resulta intolerable. Y que Clinton haya perdido puede tener algo que ver con su fastidio.

El descubrimiento tardío de los demócratas de que Vladimir Putin no es de fiar es deprimente. No digo la cadena Fox News, ¿pero acaso no miraron CNN en estos últimos ocho años?

Simbólicamente, aquel encuentro del reseteo arrancó con cierta extrañeza. Tal como reportó oportunamente Simon Schuster en Time, debido a un error de ortografía cometido por algún traductor del Departamento de Estado, la palabra que decía reset en ruso estaba mal. Al notar eso, Lavrov tuvo que explicar que el botón realmente decía “sobrecarga”. Clinton bromeó al respecto, la ceremonia prosiguió y ambos dignatarios presionaron el botón de todos modos. “Así es como han salido las cosas”, acotaría tiempo después Dmitri Rogozin, el delegado de Rusia ante la OTAN. “Ellos presionaron el botón equivocado, y con el tiempo la relación se sobrecargó”.

Donald Trump heredará esta relación sobrecargada. El flamante presidente electo parece inclinado a resetear el reseteo de Barack Obama con Rusia. Quizás esta vez funcione, parece creer. Solo que no lo hará. No mientras Vladimir Putin se siga comportando como Vladimir Putin.

Bajo su gobierno, los políticos opositores, periodistas disidentes, empresarios competidores y aun dignatarios foráneos no dóciles, terminaron mal o muy mal. En 2004, Viktor Yushchenko, un referente de la oposición ucraniana que era hostil a Rusia, cayó enfermo mientras hacía campaña para la presidencia. Sobrevivió y ganó las elecciones, pero su cara quedó desfigurada por lo que resultó ser envenenamiento por dioxina. En 2006, Alexander Litvinenko, un exagente del servicio secreto ruso (FSB), asilado político en Gran Bretaña, fue mortalmente envenenado con polonio radioactivo. En 2005, el periodista de investigación Otto Latsis, crítico de Putin, había muerto después que un jeep chocó su auto.

Paul Khlebnikov -periodista y editor estadounidense de Forbes Rusia- fue asesinado a tiros de ametralladora fuera de su oficina en Moscú, en 2004. Era conocido por sus investigaciones sobre el turbio mundo de los negocios y la política rusa de los años noventa. Anna Politkovskaya, periodista que reportaba acerca de los abusos contra los derechos humanos en el Cáucaso Norte de Rusia, fue asesinada a la entrada de su edificio de apartamentos moscovita en 2006. Secuestrada en la capital chechena de Grozny en 2009, Natalya Estemirova, activista de derechos humanos, fue encontrada a un lado de la carretera con heridas de bala en la cabeza. La periodista del periódico opositor Novaya Gazeta, Anastasiya Baburova, y el abogado de derechos humanos Stanislav Markelov, fueron abatidos a plena luz del día al salir de una conferencia de prensa cerca del Kremlin.

El famoso campeón de ajedrez Garri Kasparov, acérrimo crítico de Putin, debió exiliarse en Estados Unidos. Otro enemigo del neo zar ruso, el multimillonario Mijaíl Jodorkovski, también se exilió en Suiza, tras pasar ocho años encarcelado en Siberia. El matemático, oligarca y opositor asilado en Inglaterra Boris Berezovsky, apareció muerto en el baño de su mansión con una soga alrededor del cuello, en 2013.

Nadie puede atribuir con seguridad todas estas muertes al líder ruso. Uno solo puede observar que muchos de quienes osaron cuestionarlo, investigarlo o desafiarlo han terminado exiliados, en la tumba o ambas cosas. Donald Trump ha minimizado esta racha de homicidios. Con típico descuido, dijo el año pasado en una entrevista que “nuestro país también mata mucho”. Acaba de designar como secretario de Estado a un empresario de alto nivel que fue condecorado por el Kremlin con la Orden de la Amistad. Trump ha criticado a Irán y ya ha empezado a fastidiar a China. Veremos qué tan exitosamente podrá irritar a los dos principales socios de Moscú y preservar buenos lazos con el presidente ruso. Con seguridad, a la larga él también comprobará que Vladimir Putin es irredimible.

El Telégrafo (Ecuador)

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Por Julián Schvindlerman

  

El desafío de Teherán – 20/04/10

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Ciertamente, la era del terror nuclear ya ha arribado como hecho posible. Inicialmente confinada a los libros de ciencia ficción, finalmente se ha instalado como una preocupación cierta en nuestra contemporaneidad. Las agrupaciones terroristas pueden hacerse de material nuclear de diversos modos, pero básicamente mediante el robo o la compra.

El avance del programa nuclear de Irán -objeto de condena de numerosas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU- emerge en este contexto como la amenaza a la paz y a la seguridad global más acuciante del momento.

El presidente Ahmadinejad ha afirmado que su país posee sesenta mil centrifugadoras nuevas de tercera generación para enriquecer uranio; su máxima autoridad nuclear, Alí Akbar Salehi, anunció que Irán pasó de enriquecer uranio del 3.5% al 20%. Días atrás, en testimonio ante el congreso norteamericano, militares de alto rango aseguraron que Irán está a un año de producir suficiente uranio altamente enriquecido para fa bricar una bomba nuclear.

Evitar que el peligro real e inminente del terror nuclear se convierta en un hecho consumado necesariamente requiere que las aspiraciones nucleares de Teherán sean frustradas.

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Por Julián Schvindlerman

  

El desafío de Teherán – 20/04/10

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Ciertamente, la era del terror nuclear ya ha arribado como hecho posible. Inicialmente confinada a los libros de ciencia ficción, finalmente se ha instalado como una preocupación cierta en nuestra contemporaneidad. Las agrupaciones terroristas pueden hacerse de material nuclear de diversos modos, pero básicamente mediante el robo o la compra.

El avance del programa nuclear de Irán -objeto de condena de numerosas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU- emerge en este contexto como la amenaza a la paz y a la seguridad global más acuciante del momento.

El presidente Ahmadinejad ha afirmado que su país posee sesenta mil centrifugadoras nuevas de tercera generación para enriquecer uranio; su máxima autoridad nuclear, Alí Akbar Salehi, anunció que Irán pasó de enriquecer uranio del 3.5% al 20%. Días atrás, en testimonio ante el congreso norteamericano, militares de alto rango aseguraron que Irán está a un año de producir suficiente uranio altamente enriquecido para fa bricar una bomba nuclear.

Evitar que el peligro real e inminente del terror nuclear se convierta en un hecho consumado necesariamente requiere que las aspiraciones nucleares de Teherán sean frustradas.