Programa: La Servilleta
Conducción: Mauro Viale
Canal: P&E
Fecha: 29/11/2006
Todas las entradas de: adminJS2021
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Por Julián Schvindlerman
  La «diplomacia Activa» de Venezuela e Irán en la Argentina – 29/11/06
La República Argentina está atravesando un momento mesoriental. Desde que el juez federal Rodolfo Canicoba Corral emitió un pedido de captura internacional contra un ex presidente iraní y otros altos ex funcionarios iraníes, apoyándose en las conclusiones de la unidad fiscal liderada por Alberto Nisman y Marcelo Martínez Burgos, los sistemas de seguridad del país se han reforzado fuertemente. ¿La razón? El temor, completamente fundamentado, a la posibilidad de represalias iraníes contra la Argentina. Después de todo, quién ya ha golpeado dos veces en esta tierra, podría hacerlo una tercera vez.
Extrañamente, el fiscal general de la república islámica en cuestión, Qorbanali Dorri-Najafabadi, anunció que Teherán pediría a INTERPOL el arresto y extradición del ex juez Juan José Galeano (no del juez actual que dictaminó la orden de captura) y de solo uno de los dos fiscales (Nisman, de religión judía) que identificaron a Irán como autor del atentado contra la AMIA en 1994. “Cualquier extranjero que encontrándose en el exterior cometa un delito contra la república islámica puede ser perseguido”, sentenció el fiscal iraní. Al provenir esta amenaza, como es el caso, de un régimen que años atrás pronunció una fatwa contra un escritor disidente exiliado, forzándolo a vivir el resto de sus días a escondidas, y habiendo sido atacados a puñaladas y a tiros los traductores de la obra al italiano y al noruego respectivamente, y habiendo sido asesinado el traductor japonés del libro en cuestión, Los versos satánicos de Salman Rushdie, ciertamente existen motivos para tomar con total seriedad la advertencia iraní; tal como las amenazas de muerte anónimas que han recibido desde entonces jueces y fiscales argentinos. Curiosamente, el presidente Nestor Kirchner -usualmente tan dispuesto a entrometerse personalmente por ofensas de menor calibre- permaneció escandalosamente callado frente a esta inusitada respuesta iraní, hasta que la actitud imprudente de un funcionario/piquetero lo obligó a romper su mutismo auto-impuesto.
Según informes de la prensa local, la visita del ahora ex subsecretario de Tierras para el Hábitat Social, Luis D´Elía, a la embajada iraní en medio del meollo, fue estimulada por el embajador venezolano en la Argentina, Roger Capella; hombre de fuertes vínculos con agrupaciones de la extrema izquierda nacional y supuesto mentor de la contracumbre de Mar del Plata. El enviado de Hugo Chávez ya había visitado a Nilda Garré, actual Ministra de Defensa y ex embajadora argentina en Caracas, para suavizar la situación de tensión entre Teherán y Buenos Aires. Tal como el encargado de negocios de Irán en Buenos Aires, Moshen Baharvand, que ha disertado últimamente en diversas universidades del país, y que posee estrechos vínculos con el así llamado Movimiento Patriótico Revolucionario Quebracho (vaya patriotismo ponerse al servicio de una nación foránea acusada de asesinar compatriotas), otro tanto ha estado haciendo el representante venezolano, “habitué de charlas universitarias organizadas por centros de estudiantes”, según el diario La Nación, y cuyas actividades de extensión diplomática incluye el otorgamiento de becas de estudio, programas de alimentación y planes de salud para sectores populares e intercambios comerciales para cooperativas y pymes. Viajes a Venezuela para interiorizarse en los muchos “logros” de la revolución bolivariana complementan este tour de force ideológico al que no le falta como souvenir de despedida a los invitados bolsos con la cara de Chávez. (Pobre Guevara…). Tal es el involucramiento chavista en asuntos domésticos que hasta motivó una protesta del Consejo Argentino de Oftalmología por la presencia de enviados venezolanos y cubanos en el conurbano bonaerense y en el interior del país ofreciendo cirugías oculares a realizarse en Venezuela, Cuba o Bolivia.
De esta forma, revolucionarios bolivarianos y khomeinistas han estado ganando adeptos en las calles y universidades argentinas. Las delegaciones venezolanas e iraníes -hermanadas como nunca antes desde el ascenso de Hugo Chavez y Mahmoud Ahmadinejad- han prácticamente copado el terreno propagandístico entre estudiantes y militantes callejeros argentinos. A estos jóvenes los une un arrebatado sentimiento anti-imperialista y anti-capitalista que, con la hábil asistencia de los adoctrinadores foráneos, queda licuado en una visceral hostilidad a los Estados Unidos, Israel y los judíos. Caracas inicialmente negó su intervención en los asuntos internos de la Argentina pero luego ordenó a su enviado reducir sus actividades públicas, primeramente, y luego (al momento de escribir estas líneas) lo hizo regresar a Caracas. Conforme al diario venezolano El Universal, Venezuela había culpado a Washington de montar una estrategia para dañar a Chávez. Tal como los iraníes, que pretenden presentarse como las víctimas de un “complot sionista-imperialista” en la causa AMIA. La posición iraní es tan insostenible que apela a descabelladas teorías conspirativas para distraer a la opinión pública de la realidad de su extremismo. Aspira a la santificación moral un régimen teocrático y fundamentalista que -al mismísimo momento de escribir estas líneas- está patrocinando terrorismo en Irak, Afganistán, El Líbano y la Franja de Gaza cuando menos.
El líder venezolano le es funcional a un régimen islámico en busca de apoyo político mundial. Al presentar la oposición occidental a su programa nuclear como un asunto en el que las potencias nucleares privan a una nación en vías de desarrollo del progreso tecnológico, opina Fareed Zakaria en la revista Newsweek que Teherán está ganando simpatías tercermundistas: 118 naciones han expresado su apoyo durante el último encuentro de los países no-alineados en La Habana. Y al mostrarse al menos tan anti-norteamericano como la República Islámica de Irán, Chávez se posiciona cada vez más solidamente como un auténtico líder anti-imperialista de estatura internacional.
En la era de la globalización, a la Argentina hoy le toca encontrarse en el tablero de un juego mucho mayor.
La Cornisa – 19/11/06
Programa: La Cornisa
Conducción: Luis Majul
Canal: América TV
Fecha: 19/11/2006
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Por Julián Schvindlerman
  La obsesión anti-Israelí – 15/11/06
“Tenía el alma encogida. Llevaba menos de tres horas en Palestina y ya me sentía asfixiada por Israel”
María Messa en “El Puntal” de Río IV, 1/10/06.
En mi experiencia profesional como historiador del conflicto palestino-israelí he estado expuesto a diversos textos tendenciosos y prejuiciosos por parte de observadores supuestamente neutrales y objetivos, y ciertamente la nota de María Messa -“Palestina: sin derecho a réplica”- es un claro exponente de esta corriente. Por razones de espacio sería imposible refutar punto por punto cada una de sus disparatadas difamaciones (su referencia a los “protocolos” y al shekel israelí como supuesta evidencia del expansionismo hebreo así como su aseveración de que Israel tiene como meta la eliminación de todos los palestinos del mundo, son verdaderas gemas en el arte de la propaganda moderna) con lo cuál quisiera solamente focalizarme en el maniqueísmo que plaga su columna, puesto que éste es revelador de una intencionalidad inexcusable.
La caricatura es tan obvia que linda con lo patético. Los palestinos, según la autora, “son gente excepcional, personas amables y de buen corazón”. Su chofer palestino resultó ser “un hombre de cara amable y barba blanca”. Ramallah “es una ciudad alegre” y sus habitantes son “amables, alegres y hospitalarios”. Y, a pesar de sus penurias, “en Palestina la gente ríe”. En contraste, no hallaremos en su nota una sola caracterización remotamente positiva hacia los israelíes. Los soldados que protegen sus fronteras posen “mirada inquisidora”. Israel se comporta “como un vulgar ladrón” y con la “paranoia de quien se sabe criminal”. Los líderes del estado “son sin duda criminales de guerra de la talla de Hitler, Himmler, Goering [y] Eichman”. Los sionistas “matan indiscriminadamente”, la valla de seguridad antiterrorista pasa a ser en los ojos de la autora un “muro de apartheid”, y cruzar las puertas de hierro de los checkpoints, en su impresión, “era como pasar por los anillos del infierno”. Si uno necesitara un caso de estudio de absolutismo periodístico, la nota de María Messa sería todo un paradigma.
Esta articulista, sin embargo, no opera en el vacío. Su cosmovisión es compartida por muchos. Lejos de ser un caso aislado, refleja un patrón. La simpatía reinante hacia el pueblo palestino es evidente. Y no hay nada de malo en ello per se. Es solo que hurgando un poco en las razones de esa simpatía es que nos adentramos en las verdaderas motivaciones -no siempre santas- de muchos de estos leales seguidores. ¿Será empatía con las percibidas víctimas en general las causas del sentimiento pro-palestino? Puede ser, pero en cualquier caso resulta llamativo que verdaderas situaciones de opresión y genocidio (Sudán, Mauritania, Congo, Ruanda, etc) no hayan despertado equivalente compasión, por no decir atención y dedicación de artículos, por parte de estas almas sensibles. ¿Será entonces indignación frente al cercenado derecho a la auto-determinación de los palestinos? Puede ser, pero resulta extraño entonces la ausencia de denuncias similares dada la supresión del nacionalismo de tibetanos, kurdos, vascos, irlandeses, etc. ¿Será entonces preocupación puntual por la tragedia palestina? Puede ser, pero en ese caso luce exótico el hecho de que cuando los palestinos han sufrido en manos de sus propios hermanos árabes (sea la represión durante el septiembre negro jordano a principios de los años setenta o la expulsión en masa de cientos de miles de trabajadores palestinos de Kuwait y Arabia Saudita a comienzos de los años noventa) haya sido inaudible la protesta de estos adalides de los desposeídos. Daría la impresión de que, en realidad, los palestinos estarían siendo manipulados como vehículo para la exteriorización de un sentimiento hostil a Israel.
A excepción quizás de los Estados Unidos de George W. Bush, ningún país es tan regularmente tildado de nazi, fascista, imperialista, colonialista, expansionista, genocida y segregacionista como Israel lo es. Influyentes intelectuales han transformado en el campo de la opinión pública al estado judío en una entidad repugnante y peligrosa comparable a la Alemania nazi o a la Sudáfrica del Apartheid, pasando así de la crítica a la condena y de allí a la demonización de toda una nación. Al hacerlo, le adicionan saña a la ya dañina tendenciosidad. Nuestro desafío yace en distinguir la crítica razonable del ataque odioso. Obviamente, criticar determinadas políticas israelíes es juego limpio. No es solamente legítimo, sino necesario, dado que Israel es una nación perfectible. El asunto es que todas las naciones lo son, y tomar solo al estado judío para el escrutiñio moral de entre una pluralidad de naciones imperfectas es un acto discriminatorio.
Quisiera ser claro en esto: sería incorrecto, desde ya, vincular automáticamente toda crítica a Israel al prejuicio o al odio. No obstante, sería igualmente equivocado ignorar el hecho de que a veces el nexo efectivamente existe. Cuando la condena a Israel es tan impiadosa, selectiva, desproporcionada y absoluta como en la nota de María Messa, cuando una nación entera, y no tal o cuál política, es puesta en el banquillo de los acusados, entonces inadvertidamente o no, la fina línea divisoria que separa la crítica válida de la condena prejuiciosa ha sido cruzada. Y los observadores imparciales deberían poder reconocer que lejos de estar solidarizándose con los palestinos, Messa & Cía. están, de hecho, usándolos.
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Por Julián Schvindlerman
  Benedicto XVI, Mozart y el Islam radical – 18/10/06
En algún momento, en lo relativo a las relaciones con el Islam radical, los occidentales deberemos abandonar la corrección política por el sentido común, y la timidez intelectual por la valentía de defender nuestros valores más preciados. Mientras que ese momento no llegue, continuaremos presenciando cada vez más graves episodios de intimidación y de violencia musulmanas.
Hemos desaprovechado una valiosa oportunidad de marcar un punto de inflexión en nuestras relaciones con el Islam radical semanas atrás, cuando Benedicto XVI -en su rol dual de líder espiritual del Catolicismo y Jefe de Estado del Estado Vaticano- tuvo la valía de cuestionar la actual y pasada violencia religiosa en el Islam en un discurso pronunciado en la Universidad de Ratisbona. Por haber rechazado -en una erudita ponencia sobre fe y razón – la irracionalidad de la violencia religiosa, y por haber afirmado -al invocar una vieja cita de un emperador bizantino -que hay algo desordenado dentro de la Casa del Islam, hemos obligado al Papa a retractarse y a distanciarse de una formulación que es históricamente correcta y cuyo enunciado es necesario en el mundo actual. Si algo, la propia reacción de los ofendidos musulmanes ha confirmado la pertinencia de la frase inicial. Para protestar en contra de la vinculación papal entre Islam y violencia, los musulmanes agraviados han atacado siete iglesias en la Franja de Gaza y Cisjordania y una en Basra, han asesinado a una monja italiana en Somalía y dos asirios en Irak, han emitido una fatwa contra el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, se han manifestado violentamente, quemado esfinges del Papa y llamado a destruir la cruces de Roma. Si Benedicto XVI se había equivocado en aseverar que había algo de violento en el Islam, está reacción no ha contribuido a refutarlo.
No habían terminado de aquietarse las aguas de esta tempestad, cuando nos hemos enterado que la Oper Deutsche de Berlín en la Alemania natal del Papa había decidido levantar la ópera “Idomeneo” de Mozart debido a un riesgo de seguridad “incalculable”. Dado que la ópera muestra las cabezas decapitadas de Poseidón, Mahoma, Buda y Jesús, se temió por una eventual reacción por parte de feligresías ofendidas; muy puntualmente por parte de los seguidores de Mahoma, no los de Buda o de Jesús. Algo similar había acontecido el año pasado en Londres, donde el museo Tate Britain vetó una exhibición de arte sobre el Corán para no herir la sensibilidad de la comunidad musulmana en un clima enrarecido luego de los atentados de julio contra los subtes y micros de la capital inglesa. Combinadas, estas dos cancelaciones artísticas reflejan una capitulación preventiva ante violencia anticipada. Este desarrollo es inquietante puesto que pondría en evidencia una grave auto-censura a partir de la intimidación por parte de las filas del Islam radical a propósito de que es permisible y que no lo es en el arte y en el discurso occidental. Tal como ha señalado el comentarista norteamericano Roger Kimball, hoy ha sido Mozart, mañana quizás sea Shakespeare, o Dante.
El punto no es abogar por la ofensa gratuita al prójimo, o al distinto, o al creyente o al no creyente. El punto es preservar el derecho a la libertad de expresión -desde el del líder de la Iglesia Católica hasta el de Mozart- aún al abordar asuntos islámicos. Ya son varios los intelectuales residentes en países occidentales bajo pena de muerte islámica por el simple hecho de haberse atrevido a denunciar, criticar o cuestionar tal o cual aspecto del Islam; desde el francés Robert Redeker hasta el indio Salman Rushdie, desde la recientemente fallecida italiana Oriana Fallaci hasta la somalí Ayán Hirsi Alí, y desde el asesinado holandés Theo Van Gogh hasta el alemán Joseph Ratzinger.
Hoy día en Occidente un artista como el argentino León Ferrari sabe que puede insultar a los católicos a través de su arte provocador con la convicción de que nadie lo matará por ello. Un cineasta como el estadounidense Mel Gibson sabe que puede difamar a los judíos en un film con la sólida creencia de que nadie lo asesinará por ello. Y de la misma manera, un caricaturista danés sabe que puede ofender a los musulmanes con la certeza de que de ahí en más su vida estará en juego. En consecuencia, los Ferrari y Gibson de Occidente seguirán adelante con lo suyo, mientras que probablemente ningún danés se atreva a dibujar una caricatura ni remotamente lesiva al Islam por un largo tiempo.
Este es el triunfo del oscurantismo por sobre la razón, el de la violencia por sobre la fe. Precisamente de ello estaba hablando el Papa cuando desde nuestros miedos lo forzamos al silencio.
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Por Julián Schvindlerman
  Kirchner frente al eje Caracas-Teherán – 04/10/06
La última bravuconada del payaso bolivariano en el recinto de la Asamblea General de las Naciones Unidas el mes pasado fue recompensada con un fuerte aplauso y una larga fila de diplomáticos que se acercó a saludarlo y sacarse fotos con él. Su puesta en escena (pues sus intervenciones públicas traspasan el mero discurso y se enmarcan en la teatralización de sus consignas) consistió en insultar al presidente de los Estados Unidos de América, en su propia tierra, al tildarlo de “diablo”, “tirano” e “imperialista” y decirle que “no le haría mal un psiquiatra”. “Ayer vino el diablo aquí”, dijo el líder venezolano desde el podio en la ONU instantes antes de persignarse ante las risas de los presentes, “en este lugar huele a azufre todavía”. Chávez continuó con sus ofensas al día siguiente durante una visita al barrio neoyorquino de Harlem donde se refirió al presidente Bush como “un alcohólico, un hombre enfermo y acomplejado” y alguien “que camina como John Wayne”. Estos exabruptos hechos a medida para la audiencia anti-norteamericana calan tan bien entre los seguidores de Chávez -esos militantes de la inmadurez- que una simple referencia del revolucionario de Venezuela es suficiente para disparar al top-10 un libro oscuro del autor radical Noam Chomsky que hasta el día anterior se ubicaba en el puesto número 160.772 del ranking de ventas de Amazon.
“Chávez no es serio”, aseveró cierta vez Rosendo Fraga, “pero el fenómeno Chávez sí lo es”. Efectivamente, y desde su ascenso al poder el buscapleitos de Caracas ha estado forjando una alianza con cuanto extremista anti-estadounidense habita en el globo, comenzando con su colega el dictador cubano y finalizando (por ahora) con su nuevo hermano de armas el neonazi iraní Mahmoud Ahmadinejad. En los últimos meses Chávez visitó Moscú, Pekín, Bali, Kuala Lampur, Habana y Teherán; fue en esta última capital donde comparo a Israel con Hitler y abrazó al incitador al genocidio que tiene como presidente la República Islámica de Irán. Chávez ofreció su país como base misilística contra EE.UU. tal como Fidel Castro había servido a Nikita Kruschev durante la crisis de los misiles de los años sesenta, se ha puesto a fabricar rifles Kalashnikov en su tierra y ha expresado deseos de nuclearizar Latinoamérica. Además esponsorea a varias agrupaciones guerrilleras de la región y cada vez más regularmente fomenta inestabilidad regional. Con un Fidel Castro enfermo, Hugo Chávez pudo posicionarse como el líder carismático durante el último encuentro del Movimiento de Países No Alineados realizado en Cuba el mes pasado, donde usó la ocasión para cultivar apoyo a la candidatura de su país a un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Entre los países que ya le dieron su apoyo figuran Irán, Siria, Malasia, Cuba, Rusia, China y la Argentina.
Preocupada por este desarrollo, la comunidad judía estadounidense le planteó al presidente Néstor Kirchner su disconformidad por la amistad con el presidente venezolano, durante la reciente visita que éste realizara a Nueva York. “Nadie nos va a elegir los aliados. No tenemos que darle ninguna explicación a ninguna comunidad” fue la respuesta presidencial a la inquietud comunitaria según un informe del diario La Nación. Cuando le preguntaron si no le incomodaban los aliados de Chávez (en alusión a Ahmadinejad), el presidente argentino respondió: “A Hugo le tengo mucho afecto. Nos ayudó en momentos difíciles. El es así y no le voy a decir lo que tiene que hacer”. Y cuando le cuestionaron la no ruptura de relaciones diplomáticas con Irán a la luz del papel iraní en los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA en los años noventa, Kirchner se defendió aduciendo que “esos fueron ataques contra todos los argentinos. Nadie se puede hacer dueño del dolor”. Tales fueron sus palabras según el racconto de La Nación.
El presidente de los argentinos hace rato que pendula entre la izquierda responsable de un Lula o una Bachelet y la izquierda troglodita de un Evo o un Chávez. Siempre propenso a ofenderse con facilidad, las afirmaciones arriba citadas ilustran acerca de la poca gravedad que le asigna a su vinculación con los elementos más estrafalarios del populismo latinoamericano. “Dime con quién andas, y te diré quién eres” reza una conocida frase popular. No será digna del análisis político sofisticado, pero ciertamente retiene mucho del saber campechano que la engendró. En una era de tantos sglógans gastados, es útil recordar que al menos algunos de ellos mantienen aún su vitalidad.
Al comparar al presidente norteamericano con el diablo, Chávez no se está comportando meramente como un propagandista desenfrenado. Más bien, está adoptando el discurso teológico del régimen iraní que define a EE.UU. como “el gran Satán” (y a Israel como el “pequeño Satán” que hay que “borrar del mapa”). Al visitar Teherán reiteradamente, al invitar al presidente iraní a Caracas, al firmar convenios de cooperación energética y al manifestarse a favor de la construcción de una mezquita iraní en Venezuela, Chávez no está jugando a la revolución; la está creando. Y al no distanciarse de este eje judeófobo, anti-yanqui y anti-israelí, nuestro presidente no está solamente correspondiendo al amigo Hugo. Más bien, está demostrando que su corazón está orientado hacia el destino al que su política exterior ya ha arribado.
La Voz del Interior
Por Julián Schvindlerman
  El 11-S, cinco años despues – 20/09/06
Cuando el líder azteca Moctezuma vio por primera vez al navegante español Hernán Cortés y sus hombres en las costas mexicanas, seguramente la curiosidad y la incomprensión azotaron su mente con interrogantes en torno a quienes eran esos sujetos de piel blanca y ropas extrañas, de donde provenían y que querían. Moctezuma debió imaginar las respuestas en función a su propia cosmovisión y entendimiento del mundo; es decir, de su mundo. Tomando como referencia la mitología azteca, Moctezuma concluyó que Cortés era el dios Quetzacoatl. Enfrentado a un acontecimiento fenomenalmente exógeno a su mundo habitual, el líder azteca redujo el evento extraño a las dimensiones por él entendibles. La historia ya nos ha permitido verificar cuán trágico fue para los aztecas ese error comprensible.
Mediante este ejemplo, el filósofo estadounidense Lee Harris explica en su libro “Civilization and its Enemies: The Next Stage of History” que el 11 de septiembre de 2001 dejó a los norteamericanos y a Occidente enfrentados a un enigma similar al que se le presentó a los aztecas oportunamente, un enigma tan total que aún hoy no ha terminado de digerirse emocionalmente. Amoldando el terrible incidente a un contexto de racionalidad occidental, muchos buscaron en la propia historia occidental la explicación de una matanza tan colosal. Así, el colonialismo europeo, el imperialismo norteamericano, el conflicto palestino-israelí, el apoyo de Estados Unidos a Israel, la presencia de tropas en Arabia Saudita, o una combinación de estas cuestiones, pasó a conformar una suerte de paradigma único para entender el hecho atroz, al menos en los círculos bien pensant. A su vez, la exploración de las llamadas “raíces causales” del terrorismo -supuestamente la pobreza, la humillación, la opresión ,etc- cobró una nueva magnitud a partir de aquél fatídico 11 de septiembre, en detrimento de una exploración de la ideología totalitaria de la jihad global y de las motivaciones religiosas de los guerreros santos.
Tal como Moctezuma en el siglo XVI, los perplejos observadores del siglo XXI debieron recurrir a su propio entendimiento del mundo para explicar un desarrollo de considerable extrañeza. No que el terrorismo internacional en general, ni el de la variante musulmana en particular, fueran poco conocidos en Occidente. Pero la audacia y originalidad en la planificación, la simpleza y efectividad de la ejecución, la singular elección de objetivos, y la envergadura y letalidad de la conclusión, indudablemente posicionaron a dicho atentado en una nueva y hasta entonces no vista escala de espectacularidad en la historia del terrorismo mundial. Desde entonces, el Islam radical ha dejado sus huellas de terror en las estaciones de trenes de Madrid y Bombay, en los subtes de Londres, en las mezquitas y el edificio de la ONU en Irak, en las sinagogas de Túnez, Turquía y Marruecos, en las iglesias de Indonesia, en los hoteles de Bali, Sharm el-Sheikh y Amán, y en otros indecibles ataques en Kenya, Chechenia y Karachi, tal como ya había golpeado durante los años noventa a los argentinos en las calles de Buenos Aires y a los israelíes en los cafés de Tel-Aviv.
Durante estos largos y trágicos años, quienes vivimos en Occidente hemos estado discutiendo si nos encontramos o no en una guerra de civilizaciones. Independientemente del devenir de semejante disquisición, sería útil advertir que es lo que los propios musulmanes fanáticos de Al-Qaeda y Cía dicen al respecto. Mientras que nosotros ponderamos sutilezas, Bin-Laden y sus seguidores no albergan duda alguna de que, efectivamente, una guerra de valores a escala mundial está en curso. Pocos casos ilustran esto con tanta claridad como el secuestro de dos periodistas de la cadena Fox el mes pasado en la Franja de Gaza. Sus captores palestinos accedieron a dejarlos en libertad solo una vez que éstos hubieran aceptado convertirse al Islam. ¿Puede alguien imaginar hoy algún país en Occidente en el que un musulmán sería forzado bajo amenaza de muerte a convertirse al Cristianismo o al Judaísmo? ¿Hemos olvidado que el periodista del Wall Street Journal Daniel Pearl fue obligado a anunciar su identidad judía instantes antes de ser degollado por su verdugo paquistaní? ¿Recordamos el llamado reciente de Al-Qaeda al pueblo norteamericano a abrazar la fe mahometana?
Al conmemorar el quinto aniversario del peor atentado terrorista de la historia, bien haríamos en valorar estas palabras del escritor inglés Paul Johnson: “Lo mejor que se puede hacer para honrar a quienes murieron es proteger a los que viven”. Para ello es vital dejar de lado las obsesiones auto-condenatorias que tanto nos afligen, reconocer que las amenazas de guerra santa y destrucción global no emanan ni de Washington, ni de Londres ni de Jerusalén, y por sobre todo, no cometer el error de Moctezuma de proyectar sobre enemigos decididos nuestro adorado pacifismo.
Libertad Digital
Por Julián Schvindlerman
  A propósito de la insensatez progresista – 06/09/06
Que la mezcla de un progresista occidental y un fanático musulmán conforman un cóctel ideológico extraño –y además profundamente incongruente– nadie lo puede negar. Después de todo, el primero adhiere al ideario de la emancipación física, mental y espiritual del individuo, mientras que el segundo postula el encarcelamiento del cuerpo, de la mente y del alma del hombre. El progresismo supone la búsqueda de la libertad de los pueblos; el Islam fundamentalista materializa la opresión popular. El progresismo aspira a la hermandad universal; el Islam fanatizado al sometimiento mundial. Uno propone integración, el otro conquista. El progresista desea la democracia, el islamista la teocracia. El progresista respeta la variedad, el musulmán extremista la uniformidad. Donde uno celebra la paz, el otro canta a la guerra («santa», si es que cabe tal noción). Mientras que el buen progresista adopta el laicismo como manifestación de superación intelectual frente al rito y al mito, el fanático musulmán abraza la religión –ese mentado «opio de los pueblos» en la doctrina marxista– de la manera más oscurantista y primitiva posible.
En efecto, y en apariencia, no hay dos cosmovisiones más distanciadas la una de la otra que el progresismo occidental y el fanatismo musulmán. Y sin embargo, es cada vez más usual el deplorable espectáculo de identificación –ya no solo política sino afectiva– existente entre unos y otros. O más bien, de enamoramiento unilateral progresista con el Nuevo Hombre Islámico; ese hijo martirizado descendiente del Che Guevara y de Robin Hood según la curiosa teoría evolutiva darwiniano-izquierdista contemporánea. Varios desarrollos de los tiempos recientes han probado que los izquierdistas fanáticos y los musulmanes radicales tienen más en común de lo que las primeras vistas sugieren. Sí, tienen sus importantes diferencias. No obstante, ambos habitan un mismo planeta en el cual la adhesión al dogma ortodoxo, la supresión del pensamiento crítico y el fervor por la ideología totalitaria son elementos vitales para ellos tal como el aire lo es para los terráqueos.
El izquierdista radical y el fundamentalista islámico son seres eminentemente autoritarios. En las palabras del sociólogo argentino Patricio Brodsky, «en un caso será la tiranía en nombre de Alá, y en el otro en el de Marx, Lenin y el proletariado». Pero tiranía será. Y ambos son cabalmente religiosos. El caso de los musulmanes fundamentalistas no requiere mayor elaboración, y en el de los «talibanes de izquierda» –en la colorida caracterización de Brodsky– dicha religiosidad se expresa en la creencia en La Verdad Absoluta del manifiesto izquierdista, en su férreo dogmatismo ideológico, y sobre todo en la infalibilidad intelectual (ese noble talento para nunca equivocarse) que colma de virtud y grandeza a la sagrada empresa izquierdista cuyo canon incluye, por supuesto, al antisionismo y al antisemitismo. Se trata de una izquierda caduca, según la periodista española Pilar Rahola, «que ha perdido las utopías que ella misma traicionó y que, en su ingenuidad, cree recuperar parte de la épica perdida en cualquier pañuelito panarabista que se pone al cuello». Pañuelito, debemos agregar, que también cubre sus ojos al punto de enceguecerlos.
Prueba de ello han sido las varias manifestaciones de los militantes de Quebracho, cuando –kefiá en el rostro, palo en la mano, y banderitas del Hezbolá como pancarta– exhiben su clamor filoislamista y judeófobo en la calles porteñas. También la hemos visto en las aulas de ese bastión del izquierdismo argentino que es la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde pintadas gritaban «¡Por la destrucción del estado sionista fascista de Israel!» y «Judíos invasores, matemos judíos, hacé patria». Más evidencia hemos visto en la solicitada «Detengamos el genocidio israelí» publicada en el diario izquierdista Página12, en la que intelectuales de la talla de Beatriz Sarlo y Horacio Verbitzky han puesto sus firmas al servicio de la insensatez y la vileza del calibre más pueril. Y la hemos visto, asimismo, en la «Carta sobre el conflicto Israel-Palestina» escrita por las figuras estelares del anti-occidentalismo contemporáneo Noam Chomsky, José Saramago, Harold Pinter y John Berger, que acusa al estado judío de llevar adelante «una estratagema militar, económica, y geográfica de largo plazo cuyo objetivo político es nada menos que la liquidación de la nación palestina».
A este ritmo, deberíamos esperar demandas legales por parte de Tacuara contra los filósofos y letrados progres por el plagio ideológico de «haga patria, mate a un judío» y otro tanto por parte del Hamás, Hezbolá, la OLP y otras agrupaciones extremistas árabe-islámicas por robarles los intelectuales chic de Occidente la idea original de anhelar la obliteración de otro estado. Pero su plagio más peligroso sea quizás aquél que adopta la actitud nihilista del terrorismo suicida. Tal como el escritor Marcelo Birmajer ha postulado: «buena parte del coro intelectual de las democracias liberales está copiando una de las novedades que nos propone el fundamentalismo de Al-Qaeda y compañía: el suicidio. Los intelectuales se están autodestruyendo al no alzar su voz contra la amenaza del terrorismo».
Hasta hace algunas décadas atrás, luchar contra el racismo, el fascismo y el genocidio significaba estar a favor de los judíos. Hoy, producto de una indecente corrupción del lenguaje –donde el sionismo es racista, los israelíes son nazis, y los judíos somos cómplices del crimen que es Israel–, la lucha contra el racismo, el fascismo y el genocidio engloba, absurdamente, la oposición al estado judío. Es el mayor éxito de la incesante propaganda árabe, que ha envenenado sin el menor escrúpulo el discurso moral junto a sus fans en Occidente, esos tontos útiles de siempre cuya complicidad converge imperdonablemente en una matriz de errores, malicia e irresponsabilidad.
Comunidades
Por Julián Schvindlerman
  A propósito de la insensatez progresista – 06/09/06
Que la mezcla de un progresista occidental y un fanático musulmán conforman un cóctel ideológico extraño –y además profundamente incongruente- nadie lo puede negar. Después de todo, el primero adhiere al ideario de la emancipación física, mental y espiritual del individuo, mientras que el segundo postula el encarcelamiento del cuerpo, de la mente y del alma del hombre. El progresismo supone la búsqueda de la libertad de los pueblos; el Islam fundamentalista materializa la opresión popular. El progresismo aspira a la hermandad universal; el Islam fanatizado al sometimiento mundial. Uno propone integración, el otro conquista. El progresista desea la democracia, el islamista la teocracia. El progresista respeta la variedad, el musulmán extremista la uniformidad. Donde uno celebra la paz, el otro canta a la guerra (“santa” si es que cabe tal noción). Mientras que el buen progresista adopta el laicismo como manifestación de superación intelectual frente al rito y al mito, el fanático musulmán abraza la religión –ese mentado “opio de los pueblos” en la doctrina marxista- de la manera más oscurantista y primitiva posible.
En efecto, y en apariencia, ningunas cosmovisiones podrían estar más distanciadas la una de la otra que el progresismo occidental y el fanatismo musulmán. Y sin embargo, es cada vez más usual el deplorable espectáculo de identificación -ya no solo política sino afectiva- existente entre unos y otros. O más bien, de enamoramiento unilateral progresista con el Nuevo Hombre Islámico; ese hijo martirizado descendiente del Che Guevara y de Robin Hood según la curiosa teoría evolutiva darwainiano/izquierdista contemporánea. Varios desarrollos de los tiempos recientes han probado que los izquierdistas fanáticos y los musulmanes radicales tienen más en común de lo que las primeras vistas sugieren. Sí, tienen sus importantes diferencias. No obstante, ambos habitan un mismo planeta en el cuál la adhesión al dogma ortodoxo, la supresión del pensamiento crítico, y el fervor por la ideología totalitaria, son elementos vitales para ellos tal como el aire lo es para los terráqueos.
El izquierdista radical y el fundamentalista islámico son seres eminentemente autoritarios. En las palabras del sociólogo Patricio Brodsky, “en un caso será la tiranía en nombre de Allah, y en el otro en el de Marx, Lenin y el proletariado”. Pero tiranía será. Y ambos son cabalmente religiosos. El caso de los musulmanes fundamentalistas no requiere mayor elaboración, y en el de los “talibanes de izquierda” -en la colorida caracterización de Brodsky- dicha religiosidad se expresa en la creencia en La Verdad Absoluta del manifiesto izquierdista, en su férreo dogmatismo ideológico, y por sobre todo en la infalibilidad intelectual (ese noble talento para nunca equivocarse) que colma de virtud y grandeza a la sagrada empresa izquierdista cuyo cánon incluye, por supuesto, al antisionismo y al antisemitismo. Se trata de una izquierda caduca, según la periodista española Pilar Rahola, “que ha perdido las utopías que ella misma traicionó y que, en su ingenuidad, cree recuperar parte de la épica perdida en cualquier pañuelito panarabista que se pone al cuello”. Pañuelito, debemos agregar, que también cubre sus ojos al punto de enceguecerlos.
Prueba de ello han sido las varias manifestaciones de los militantes de Quebracho, cuando –kefiá en el rostro, palo en la mano, y banderitas del Hizbollah como pancarta- exhiben su clamor filoislamista y judeófobo en la calles porteñas. También la hemos visto en las aulas de ese bastión del izquierdismo argentino que es la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde pintadas gritaban “¡Por la destrucción del estado sionista fascista de Israel!” y “Judíos invasores, matemos judíos, hacé patria”. Más evidencia hemos visto en la solicitada “Detengamos el genocidio israelí” publicada en el diario izquierdista Página12, en la que intelectuales de la talla de Beatriz Sarlo y Horacio Verbitzky han puesto sus firmas al servicio de la insensatez y la vileza del calibre más pueril. Y la hemos visto, asimismo, en la “Carta sobre el conflicto Israel-Palestina” escrita por las figuras estelares del anti-occidentalismo contemporáneo Noam Chomsky, José Saramago, Harold Pinter y John Berger, que acusa al estado judío de llevar adelante “una estratagema militar, económica, y geográfica de largo plazo cuyo objetivo político es nada menos que la liquidación de la nación palestina”.
A este ritmo, deberíamos esperar demandas legales por parte de Tacuara contra los filósofos y letrados progre por el plagio ideológico de “haga patria, mate a un judío” y otro tanto por parte del Hamás, Hizbollah, la OLP y otras agrupaciones extremistas árabe-islámicas por robarles los intelectuales chick de Occidente la idea original de anhelar la obliteración de otro estado. Pero su plagio más peligroso sea quizás aquél que adopta la actitud nihilista del terrorismo-suicida. Tal como el escritor Marcelo Birmajer ha postulado: “buena parte del coro intelectual de las democracias liberales está copiando una de las novedades que nos propone el fundamentalismo de Al-Qaeda y compañía: el suicidio. Los intelectuales se están autodestruyendo al no alzar su voz contra la amenaza del terrorismo”.
Hasta hace algunas décadas atrás, luchar contra el racismo, el fascismo y el genocidio, significaba estar a favor de los judíos. Hoy, producto de una indecente corrupción del lenguaje –donde el sionismo es racista, los israelíes son nazis, y los judíos somos cómplices del crimen que es Israel- la lucha contra el racismo, el fascismo y el genocidio engloba, absurdamente, la oposición al estado judío. Ello ha sido el éxito más acabado de la incesante propaganda árabe que ha inescrupulosamente envenenado el discurso moral junto a sus fans en Occidente, esos tontos útiles de siempre cuya complicidad converge imperdonablemente en una matriz de errores, malicia e irresponsabilidad.
Plan de Lluvia – 09/06
Programa: Plan de Lluvia
Conducción: María Zaldívar
Canal: Metro (Bs As – Argentina)
Fecha: Septiembre de 2006