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Libertad Digital, Libertad Digital - 2006

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Por Julián Schvindlerman

  

A propósito de la insensatez progresista – 06/09/06

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Que la mezcla de un progresista occidental y un fanático musulmán conforman un cóctel ideológico extraño –y además profundamente incongruente– nadie lo puede negar. Después de todo, el primero adhiere al ideario de la emancipación física, mental y espiritual del individuo, mientras que el segundo postula el encarcelamiento del cuerpo, de la mente y del alma del hombre. El progresismo supone la búsqueda de la libertad de los pueblos; el Islam fundamentalista materializa la opresión popular. El progresismo aspira a la hermandad universal; el Islam fanatizado al sometimiento mundial. Uno propone integración, el otro conquista. El progresista desea la democracia, el islamista la teocracia. El progresista respeta la variedad, el musulmán extremista la uniformidad. Donde uno celebra la paz, el otro canta a la guerra («santa», si es que cabe tal noción). Mientras que el buen progresista adopta el laicismo como manifestación de superación intelectual frente al rito y al mito, el fanático musulmán abraza la religión –ese mentado «opio de los pueblos» en la doctrina marxista– de la manera más oscurantista y primitiva posible.

En efecto, y en apariencia, no hay dos cosmovisiones más distanciadas la una de la otra que el progresismo occidental y el fanatismo musulmán. Y sin embargo, es cada vez más usual el deplorable espectáculo de identificación –ya no solo política sino afectiva– existente entre unos y otros. O más bien, de enamoramiento unilateral progresista con el Nuevo Hombre Islámico; ese hijo martirizado descendiente del Che Guevara y de Robin Hood según la curiosa teoría evolutiva darwiniano-izquierdista contemporánea. Varios desarrollos de los tiempos recientes han probado que los izquierdistas fanáticos y los musulmanes radicales tienen más en común de lo que las primeras vistas sugieren. Sí, tienen sus importantes diferencias. No obstante, ambos habitan un mismo planeta en el cual la adhesión al dogma ortodoxo, la supresión del pensamiento crítico y el fervor por la ideología totalitaria son elementos vitales para ellos tal como el aire lo es para los terráqueos.

El izquierdista radical y el fundamentalista islámico son seres eminentemente autoritarios. En las palabras del sociólogo argentino Patricio Brodsky, «en un caso será la tiranía en nombre de Alá, y en el otro en el de Marx, Lenin y el proletariado». Pero tiranía será. Y ambos son cabalmente religiosos. El caso de los musulmanes fundamentalistas no requiere mayor elaboración, y en el de los «talibanes de izquierda» –en la colorida caracterización de Brodsky– dicha religiosidad se expresa en la creencia en La Verdad Absoluta del manifiesto izquierdista, en su férreo dogmatismo ideológico, y sobre todo en la infalibilidad intelectual (ese noble talento para nunca equivocarse) que colma de virtud y grandeza a la sagrada empresa izquierdista cuyo canon incluye, por supuesto, al antisionismo y al antisemitismo. Se trata de una izquierda caduca, según la periodista española Pilar Rahola, «que ha perdido las utopías que ella misma traicionó y que, en su ingenuidad, cree recuperar parte de la épica perdida en cualquier pañuelito panarabista que se pone al cuello». Pañuelito, debemos agregar, que también cubre sus ojos al punto de enceguecerlos.

Prueba de ello han sido las varias manifestaciones de los militantes de Quebracho, cuando –kefiá en el rostro, palo en la mano, y banderitas del Hezbolá como pancarta– exhiben su clamor filoislamista y judeófobo en la calles porteñas. También la hemos visto en las aulas de ese bastión del izquierdismo argentino que es la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde pintadas gritaban «¡Por la destrucción del estado sionista fascista de Israel!» y «Judíos invasores, matemos judíos, hacé patria». Más evidencia hemos visto en la solicitada «Detengamos el genocidio israelí» publicada en el diario izquierdista Página12, en la que intelectuales de la talla de Beatriz Sarlo y Horacio Verbitzky han puesto sus firmas al servicio de la insensatez y la vileza del calibre más pueril. Y la hemos visto, asimismo, en la «Carta sobre el conflicto Israel-Palestina» escrita por las figuras estelares del anti-occidentalismo contemporáneo Noam Chomsky, José Saramago, Harold Pinter y John Berger, que acusa al estado judío de llevar adelante «una estratagema militar, económica, y geográfica de largo plazo cuyo objetivo político es nada menos que la liquidación de la nación palestina».

A este ritmo, deberíamos esperar demandas legales por parte de Tacuara contra los filósofos y letrados progres por el plagio ideológico de «haga patria, mate a un judío» y otro tanto por parte del Hamás, Hezbolá, la OLP y otras agrupaciones extremistas árabe-islámicas por robarles los intelectuales chic de Occidente la idea original de anhelar la obliteración de otro estado. Pero su plagio más peligroso sea quizás aquél que adopta la actitud nihilista del terrorismo suicida. Tal como el escritor Marcelo Birmajer ha postulado: «buena parte del coro intelectual de las democracias liberales está copiando una de las novedades que nos propone el fundamentalismo de Al-Qaeda y compañía: el suicidio. Los intelectuales se están autodestruyendo al no alzar su voz contra la amenaza del terrorismo».
Hasta hace algunas décadas atrás, luchar contra el racismo, el fascismo y el genocidio significaba estar a favor de los judíos. Hoy, producto de una indecente corrupción del lenguaje –donde el sionismo es racista, los israelíes son nazis, y los judíos somos cómplices del crimen que es Israel–, la lucha contra el racismo, el fascismo y el genocidio engloba, absurdamente, la oposición al estado judío. Es el mayor éxito de la incesante propaganda árabe, que ha envenenado sin el menor escrúpulo el discurso moral junto a sus fans en Occidente, esos tontos útiles de siempre cuya complicidad converge imperdonablemente en una matriz de errores, malicia e irresponsabilidad.

Comunidades, Comunidades - 2006

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

A propósito de la insensatez progresista – 06/09/06

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Que la mezcla de un progresista occidental y un fanático musulmán conforman un cóctel ideológico extraño –y además profundamente incongruente- nadie lo puede negar. Después de todo, el primero adhiere al ideario de la emancipación física, mental y espiritual del individuo, mientras que el segundo postula el encarcelamiento del cuerpo, de la mente y del alma del hombre. El progresismo supone la búsqueda de la libertad de los pueblos; el Islam fundamentalista materializa la opresión popular. El progresismo aspira a la hermandad universal; el Islam fanatizado al sometimiento mundial. Uno propone integración, el otro conquista. El progresista desea la democracia, el islamista la teocracia. El progresista respeta la variedad, el musulmán extremista la uniformidad. Donde uno celebra la paz, el otro canta a la guerra (“santa” si es que cabe tal noción). Mientras que el buen progresista adopta el laicismo como manifestación de superación intelectual frente al rito y al mito, el fanático musulmán abraza la religión –ese mentado “opio de los pueblos” en la doctrina marxista- de la manera más oscurantista y primitiva posible.

En efecto, y en apariencia, ningunas cosmovisiones podrían estar más distanciadas la una de la otra que el progresismo occidental y el fanatismo musulmán. Y sin embargo, es cada vez más usual el deplorable espectáculo de identificación -ya no solo política sino afectiva- existente entre unos y otros. O más bien, de enamoramiento unilateral progresista con el Nuevo Hombre Islámico; ese hijo martirizado descendiente del Che Guevara y de Robin Hood según la curiosa teoría evolutiva darwainiano/izquierdista contemporánea. Varios desarrollos de los tiempos recientes han probado que los izquierdistas fanáticos y los musulmanes radicales tienen más en común de lo que las primeras vistas sugieren. Sí, tienen sus importantes diferencias. No obstante, ambos habitan un mismo planeta en el cuál la adhesión al dogma ortodoxo, la supresión del pensamiento crítico, y el fervor por la ideología totalitaria, son elementos vitales para ellos tal como el aire lo es para los terráqueos.

El izquierdista radical y el fundamentalista islámico son seres eminentemente autoritarios. En las palabras del sociólogo Patricio Brodsky, “en un caso será la tiranía en nombre de Allah, y en el otro en el de Marx, Lenin y el proletariado”. Pero tiranía será. Y ambos son cabalmente religiosos. El caso de los musulmanes fundamentalistas no requiere mayor elaboración, y en el de los “talibanes de izquierda” -en la colorida caracterización de Brodsky- dicha religiosidad se expresa en la creencia en La Verdad Absoluta del manifiesto izquierdista, en su férreo dogmatismo ideológico, y por sobre todo en la infalibilidad intelectual (ese noble talento para nunca equivocarse) que colma de virtud y grandeza a la sagrada empresa izquierdista cuyo cánon incluye, por supuesto, al antisionismo y al antisemitismo. Se trata de una izquierda caduca, según la periodista española Pilar Rahola, “que ha perdido las utopías que ella misma traicionó y que, en su ingenuidad, cree recuperar parte de la épica perdida en cualquier pañuelito panarabista que se pone al cuello”. Pañuelito, debemos agregar, que también cubre sus ojos al punto de enceguecerlos.

Prueba de ello han sido las varias manifestaciones de los militantes de Quebracho, cuando –kefiá en el rostro, palo en la mano, y banderitas del Hizbollah como pancarta- exhiben su clamor filoislamista y judeófobo en la calles porteñas. También la hemos visto en las aulas de ese bastión del izquierdismo argentino que es la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde pintadas gritaban “¡Por la destrucción del estado sionista fascista de Israel!” y  “Judíos invasores, matemos judíos, hacé patria”. Más evidencia hemos visto en la solicitada “Detengamos el genocidio israelí” publicada en el diario izquierdista Página12, en la que intelectuales de la talla de Beatriz Sarlo y Horacio Verbitzky han puesto sus firmas al servicio de la insensatez y la vileza del calibre más pueril. Y la hemos visto, asimismo, en la “Carta sobre el conflicto Israel-Palestina” escrita por las figuras estelares del anti-occidentalismo contemporáneo Noam Chomsky, José Saramago, Harold Pinter y John Berger, que acusa al estado judío de llevar adelante “una estratagema militar, económica, y geográfica de largo plazo cuyo objetivo político es nada menos que la liquidación de la nación palestina”.

A este ritmo, deberíamos esperar demandas legales por parte de Tacuara contra los filósofos y letrados progre por el plagio ideológico de “haga patria, mate a un judío” y otro tanto por parte del Hamás, Hizbollah, la OLP y otras agrupaciones extremistas árabe-islámicas por robarles los intelectuales chick de Occidente la idea original de anhelar la obliteración de otro estado. Pero su plagio más peligroso sea quizás aquél que adopta la actitud nihilista del terrorismo-suicida. Tal como el escritor Marcelo Birmajer ha postulado: “buena parte del coro intelectual de las democracias liberales está copiando una de las novedades que nos propone el fundamentalismo de Al-Qaeda y compañía: el suicidio. Los intelectuales se están autodestruyendo al no alzar su voz contra la amenaza del terrorismo”.

Hasta hace algunas décadas atrás, luchar contra el racismo, el fascismo y el genocidio, significaba estar a favor de los judíos. Hoy, producto de una indecente corrupción del lenguaje –donde el sionismo es racista, los israelíes son nazis, y los judíos somos  cómplices del crimen que es Israel- la lucha contra el racismo, el fascismo y el genocidio engloba, absurdamente, la oposición al estado judío. Ello ha sido el éxito más acabado de la incesante propaganda árabe que ha inescrupulosamente envenenado el discurso moral junto a sus fans en Occidente, esos tontos útiles de siempre cuya complicidad converge imperdonablemente en una matriz de errores, malicia e irresponsabilidad.

Comunidades, Comunidades - 2006

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Por Julián Schvindlerman

  

La guerra aún no terminó – 23/08/06

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El balance al día de la fecha de la situación Líbano-Israel luce así: militarmente, hubo un empate entre los beligerantes. La tregua impuesta por la comunidad internacional salvó al Hizbollah de la ofensiva israelí, y no a la inversa, aunque al mismo tiempo frenó (de manera temporaria) las lluvias de misiles sobre Israel que este último no había logrado desactivar. Políticamente, sin embargo, el éxito ha sido rotundo para el estado israelí.

Ello quedó diplomáticamente reflejado en la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuyo texto explícitamente identifica -por nombre- al Hizbollah como el generador de la crisis y lo responsabiliza por los muertos y heridos “en ambos lados”; una valiosísima sanción a la agrupación islamista por las víctimas tanto israelíes como libanesas. Ella exige la “liberación incondicional” de los soldados israelíes secuestrados; insta al cumplimiento de las resoluciones 1559 y 1680 que imponen sobre El Líbano y Siria, respectivamente, la obligación de desarmar al Hizbollah y de evitar la transferencia de armas al territorio libanés; demanda que la única autoridad y armamento posible en el sur libanés sea la del gobierno de El Líbano o la que éste autorice (equivalente a impedir la presencia de miembros armados del Hizbollah); crea una zona de seguridad entre la Línea Azul y el Río Litani, y brega por que dicha área no sea empleada para “actividades hostiles de ningún tipo”.  En otras palabras, esta resolución incorpora muchos de los objetivos estratégicos de Israel vis-a-vis Hizbollah. La resolución incluye algunos aspectos favorables a la contraparte (después de todo, los franceses han hecho su trabajo como co-redactores, junto con los Estados Unidos, de esta resolución) pero en el análisis final ella refleja una clara victoria diplomática par el estado judío.

Ahora resta por monitorear su implementación en el terreno, y los primeros indicios no son auspiciosos. El Hizbollah ya ha anunciado que no se desarmará. El gobierno de Fouad Siniora se contradice repetidamente acerca de su futura actitud hacia el Hizbollah, con pronunciamientos un día respecto de la intolerancia a nuevos abusos por parte del movimiento chiíta, y con otras declaraciones muy permisivas hacia los luchadores islamistas al día siguiente. La Unión Europea, que presionó a las partes por un cese de fuego, no parece ahora mostrar la capacidad o la vocación de hacerse cargo de la pacificación de la zona. La propia Francia ha evidenciado un liderazgo tan tibio en este sentido que han surgido pedidos de reemplazo para que sea Italia quien tome su lugar. Otros países europeos no parecen estar dispuestos ni si quiera a enviar soldados al terreno, mientras que aquellas pocas naciones que sí lo han ofrecido están fuera de la órbita europea, son mayormente musulmanas, y no poseen lazos diplomáticos con el estado judío, razón por la cuál Jerusalén ha rechazado su inclusión. Mientras tanto, Siria e Irán continúan suministrando armas a la agrupación chiíta fundamentalista, lo que ha motivado una reacción militar israelí y la consabida protesta mediática a las supuestas violaciones israelíes del falso cese de fuego.

En el flanco sur de Israel, además, la batalla con la otra agrupación islamista, Hamas, continúa. La atención hacia la situación en el norte ha desconsiderado la persistencia del conflicto en la Franja de Gaza, donde se desató la instancia previa a la actual crisis en primer lugar, con el secuestro del soldado Gilad Shalit y el trasfondo de más de 700 ataques con cohetes desde la retirada unilateral y los nunca abandonados intentos de terrorismo-suicida palestino. Durante los 33 días de duración de la guerra en El Líbano, y de manera similar a lo acontecido cuando el dictador de Bagdad atacó a Israel durante la última guerra del Golfo, han acaecido manifestaciones palestinas a favor del Hizbollah y ha habido pedidos populares al jeque Hassan Nasrallah para que bombardeé Tel-Aviv. Desde el abandono del “Corredor Filadelfia” (el estrecho cordón fronterizo entre Gaza y el desierto del Sinai), Egipto no ha hecho lo suficiente para impedir el contrabando de armas hacia las zonas palestinas, y el Islam fundamentalista de extracción sunita fue electo democráticamente al poder. Al-Qaeda ya ha golpeado en Sharm el-Sheik, una localidad turística no muy alejada del límite con Gaza, y dada su filiación sunita con el Hamas no sería descabellado suponer lazos de cooperación entre ambas agrupaciones islamistas radicales, especialmente a la luz del ascenso regional del chiísmo promovido por la República Islámica de Irán, la que a su vez -a pesar del sectarismo religioso- financia al propio Hamas.

Poco después de la retirada israelí de la zona sur de El Líbano en el año 2000, el liderazgo palestino lanzó la denominada “intifada Al-Aqsa”. La cercanía temporal no fue casual, y efectivamente reflejó la gravitación en la estrategia palestina en relación a los israelíes de la postura militante del Hizbollah que presentó dicho repliegue como una victoria del Islam frente a los “ocupadores sionistas”. Este último desenlace, nuevamente en territorio libanés, donde el ejército israelí irá retirándose gradualmente a medida que lleguen (si es que alguna vez lo harán) las fuerzas multinacionales, y donde Irán, Siria y el Hizbollah están clamando  una vez más una fraudulenta victoria, es precisamente el tipo de escenario que deberíamos observar con inquietud. Poco importa si estamos presenciando un renovada “libanización” en las áreas palestinas, o una regionalización del conflicto palestino-israelí. Lo relevante es que las fuerzas del mal que rodean a Israel siguen decididas a atacarla y bajo ningún punto de vista una tregua transitoria debe ser vista como la paz final.

Comunidades, Comunidades - 2006

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Por Julián Schvindlerman

  

¿Está Israel ganando la guerra? – 09/08/06

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La guerra mediática hace tiempo que Israel la viene perdiendo. Si bien por razones tanto políticas como morales el esclarecimiento sigue siendo vital, el desafío ha sido desde siempre gigantesco en un mundo habitado por un solo estado judío entre otros doscientos y por un pueblo de trece millones de almas entre más de seis mil millones, en el que las comunidades periodísticas, artísticas e intelectuales -es decir, los referentes culturales por excelencia- en cualquier región del globo, son mayormente hostiles a Israel.

Lo genuinamente inquietante en este caso es que Israel parece estar perdiendo esta guerra también en el plano militar y en el diplomático. Tradicionalmente, Israel sobresalía en el campo de la batalla y fracasaba en la arena diplomática, cuando la familia de las naciones -corta de memoria y de dignidad- olvidaba la agresión original contra el estado judío y prestamente intervenía para contener la efectiva defensa israelí. Este patrón aún se mantiene, y los llamamientos internacionales a un cese de fuego -gestados no con la operación guerrillero/terrorista del Hizbollah sino a partir de la respuesta militar israelí- lo demuestran.

Esto no comenzó así. En un principio, la reacción israelí recibió un atípico (si bien tibio) apoyo internacional. Sí, se oyeron las voces de condena de los rincones usuales -Kofi Annán, Human Rights Watch, Hugo Chávez, Clarín, Zapatero, Quebracho- pero a través de diversas declaraciones y resoluciones, la familia de las naciones parecía estar concediéndole a Israel el derecho a la autodefensa en tanto responsabilizaba al Hizbollah por la generación de esta crisis. El artífice crítico de esta movida pro-israelí (o mejor dicho, el creador del escudo contenedor de la ola anti-israelí) fue el gobierno de los Estados Unidos, cuya determinación frustró la adopción de resoluciones de condena contra Israel en el Consejo de Seguridad de la ONU, en la reunión del G-8 en San Petersburgo, en los encuentros de Bruselas y otros lados, quién enfatizó repetidamente que un cese de fuego prematuro simplemente no era una opción diplomática aceptable, y quién incluso proveyó de bombas anti-bunker a Tzahal.

El supuesto de Washington era que el ejército israelí ganaría rápidamente esta batalla. La administración republicana comprendió correctamente que la guerra actual no era solamente un problema fronterizo entre El Líbano e Israel, sino una ofensiva regional iraní en primer grado y un avance islamista contra Occidente en segundo. El presidente Bush enmarcó esta crisis en la más amplia “guerra contra el terror” y, decidido a permitirle al estado judío quebrar al agente terrorista de Irán en Beirut, creó el encuadre diplomático oportuno para que el ejército israelí hiciera su trabajo. Pero el ejército israelí no hizo lo suyo, o al menos no lo hizo en el tiempo que el mundo consideró adecuado, y finalmente la Casa Blanca cedió a las presiones y protestas mundiales.

Las fallas de la inteligencia israelí en no advertir el rearme de la agrupación chiíta y la nula iniciativa de la cancillería en despertar atención mundial al respecto, en un plazo de seis años, son serios fracasos domésticos. Pero la ausencia de logros militares destacables en lo que va de la guerra no es un asunto meramente interno, pues los resultados del accionar israelí tienen repercusiones más allá de las fronteras libanesas. Hasta la fecha, Israel no ha logrado capturar o matar a Hasan Nasrallah ni a ningún otro líder de envergadura, no ha dañado de manera significativa la capacidad bélica del Hizbullah, no ha ganado territorio enemigo crítico, ni ha impedido que el “Partido de Ds” siga lanzando misiles contra poblados y ciudades israelíes. Durante las primeras dos semanas de la guerra, Hizbollah lanzó, en promedio, cien misiles diarios. Esta última semana llegó a lanzar ciento cincuenta cierto día, y recientemente lanzó doscientos misiles en un solo día. La agrupación islamista está dando un mensaje claro a los israelíes y al mundo entero, y éste parece ser recibido desde Washington hasta Bruselas. Como señalara el analista político estadounidense Bret Stephens, al principio, el gobierno israelí declaró que necesitaba dos semanas para realizar su tarea; hoy sigue diciendo lo mismo. Al principio, el ejército declaró haber destruido el 50% de la capacidad militar del Hizbollah; esta semana dijo que destruyó el 25%. Al principio, el premier Ehud Olmert anunció que el objetivo de la campaña militar era rescatar a los soldados secuestrados y desarmar al Hizbollah; hasta hoy no hay noticias acerca de los soldados secuestrados y parece que Israel deberá contentarse con apartar, sin certezas de desarme completo, al movimiento chiíta de la zona sur de El Líbano, y aceptar fuerzas de paz multinacionales en su frontera norte.

Aclaremos que al hablar de derrota israelí, no nos referimos a que Hizbollah vaya a izar su bandera sobre Tel-Aviv. Esto ciertamente no sucederá. Los términos del eventual fracaso israelí están siendo aquí evaluados en función al daño -terminal o efímero- que al final del camino el ejército inflinga a la agrupación terrorista islamista. En este sentido, y a pesar de los traspiés, es fundamental no caer presas del derrotismo. Si Hizbollah demostró ser un combatiente más feroz de lo anticipado, ello no debería desarticular la razón de la campaña, sino reforzarla. Ni ningún accidente de guerra, como desafortunada e inevitablemente ocurren en todas las guerras, debería precipitar decisiones estratégicas erradas en Jerusalén, ni a llevarnos a los judíos de la diáspora a cuestionar la legitimidad de la defensa israelí en una contienda que -no lo olvidemos- Israel no inició y que hubiera deseado no tener que pelear jamás.

Este drama acarrea consigo el germen de la posibilidad: la de deshacer al Hizbollah como un agente perturbador de relevancia y la de aleccionar a Teherán. Pero de manera más crucial aún, esta guerra ha dado la chance a Israel de recomponer su capacidad de disuasión militar ante el mundo árabe y de reafirmar su valor estratégico como aliado de Washington. Esperemos que los líderes israelíes sepan y puedan transformar esta dura crisis en una bien aprovechada oportunidad.

Televisivas

Hora Clave – 30/07/06

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Programa: Hora Clave
Conducción: Mariano Grondona
Canal: 9 (Bs As – Argentina)
Fecha: 30/07/2006

Parte 1 – Duración: 9′ 31″
Parte 2 – Duración: 9′ 31″

Parte 3 – Duración: 9′ 31″
Parte 4 – Duración: 9′ 38″

Parte 5 – Duración: 8′ 55″
Parte 6 – Duración: 7′ 00″

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Por Julián Schvindlerman

  

El cuarteto islamista del terror – 27/07/06

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Sin proponérselo, Hamas y Hizbollah han validado las aprehensiones de los israelíes y sus seguidores en la diáspora escépticos de la fórmula “tierras por paz”. Al atacar al estado judío desde zonas no ocupadas en el norte y en el sur, estas agrupaciones terroristas han arruinado definitivamente la ilusión de que la paz regional fuera asequible mediante la concesión territorial. Los israelíes se habían retirado unilateralmente de la totalidad de la Franja de Gaza y de la zona de seguridad del sur libanés privando así de la excusa retórica de la “ocupación” a la “resistencia islamista”. No obstante, los misiles (“artesanales” según la graciosa adjetivación del diario Clarín) y las matanzas y los secuestros de soldados y civiles israelíes persistieron. ¿Por qué?

La causa esencial yace en el rechazo -persistente y contundente- del Islam radical y el panarabismo a la existencia soberana judía en la tierra de Israel, o en lo que ellos llaman la “Palestina histórica”, que en realidad equivale a decir en cualquier parte del Medio Oriente que es exclusivamente árabe/musulmán. La causa coyuntural se apoya en el interés estratégico regional iraní. Este país está determinado a convertirse en una potencia nuclear y hará lo que sea necesario para lograrlo. Las bandas asesinas islamistas libanesas y palestinas son funcionales a una política iraní decidida a dominar el Medio Oriente como preludio a la hegemonía mundial. Esto que puede sonar fantástico a oídos occidentales es no obstante tomado muy en serio por los ayatollahs de Teherán, lugar en el que la política belicosa y la teología fundamentalista convergen. En todo caso, ello es comprendido por varios actores mesoorientales y explica la razón por la que voces de condena al ataque anti-israelí del Hizbollah se oyeron en Ryhad, El Cairo y Ammán.

Tanta atención mundial acerca de si Estados Unidos o Israel atacarían a Irán, y finalmente esta nación golpeó primero. Lo hizo de manera indirecta y contenida, activando a sus lacayos en Gaza y Beirut y eligiendo como objetivo, cuando no, al estado judío. Pero el mensaje fue dirigido a la comunidad internacional: no se entrometan con nuestro programa nuclear o incendiaremos la región. No olvidemos el timing: Irán repudió la oferta del grupo 5+1 (los miembros del  consejo de seguridad de la ONU más Alemania) sobre el affair nuclear al día siguiente de que la cúpula de Hamas en Damasco admitiera autoría del secuestro del soldado Gilad Shalit y un día antes del secuestro efectuado por Hizbollah. Tal como señaló un editorial del Wall Street Journal, “Irán está testeando al mundo en este momento. Y si es que habrá alguna esperanza de una solución diplomática a su programa nuclear, los mullahs deben ver que su opción militar no será tolerada”.      

Para ello se le debe permitir a Israel -la nación atacada y en la línea frontal de la batalla islamista imperial- defenderse. Imponer un cese de fuego prematuro (o “inmediato” según reclamara el secretario-general de la ONU) sería contraproducente en las circunstancias presentes. Equivaldría a arrojarle un salvavidas político a un movimiento terrorista cuya contención es imperativa para la tranquilidad regional. Significaría dejar activa una carta de agresión en la manga del expansionismo iraní. Y por sobre todo, ello prácticamente garantizaría nuevos ataques una vez que el grupo islamista se recompusiera organizacionalmente y se rearmara militarmente. Nadie espera que el mundo libre envíe tropas para la defensa de Israel frente a esta agresión foránea, pero sí es dable esperar de una familia de las naciones que por décadas presionó al estado judío a que asumiera “riesgos por la paz” que al menos no obstaculice su legítima autodefensa cuando tales riesgos teóricos se materializan en amenazas prácticas. Particularmente, las protestas de “desproporcionalidad” en el uso de la fuerza israelí lucen desubicadas, en el mejor de los casos, y viles, en el peor, dado que darían la impresión de encubrir una condena no a la manera en que Israel se defiende, sino al derecho mismo a la defensa.

Tiene razón el analista norteamericano Robert Satloff al indicar que el cuarteto islamista del terror -integrado por dos estados (Irán y Siria), un semi-estado (la Autoridad Palestina liderada por Hamas) y un estado dentro de un estado (Hizbollah)- podría lograr lo que Yasser Arafat fracasó en hacer con dos intifadas: regionalizar el conflicto palestino-israelí y alterar de manera radical el balance estratégico. Este cuarteto reúne a extremistas sunitas y chiítas con seculares baathistas en una conspiración de agresión islámica anti-occidental en la que Israel es la primera, más cercana, y más directa línea de ataque, pero de ninguna forma la única o la última. Los islamistas se han envalentonado a partir de una sucesión histórica de hechos que ellos ven con óptica triunfalista. La expulsión de los estadounidenses y franceses de El Líbano en 1984, de los soviéticos de Afganistán en 1989, de los israelíes de El Líbano en el 2000, de los españoles de Irak en el 2004, y de los israelíes una vez más, esta vez de Gaza en el 2005, ha consolidado en círculos islamistas una imagen de un Occidente débil y dominable.

Esta impresión ha de ser corregida si el mundo libre aspira a derrotar alguna vez al Islam fundamentalista y a su ideología autoritaria y beligerante. Ni la concesión territorial, ni el repliegue de tropas a destiempo, ni ceses de fuego forzados, ni el aislamiento de una democracia bajo fuego apaciguarán jamás a este enemigo decidido. Israel hoy está batallando en sus fronteras no solamente por su propia seguridad, sino por la de todas las naciones amantes de la paz. Los fanáticos musulmanes lo comprenden, es lamentable que muchos en Occidente aún no.

Publicado originalmente en Libertad Digital

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El cuarteto Islamista del terror – 26/07/06

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Sin proponérselo, Hamas y Hezbolá han validado las aprehensiones de los israelíes y sus seguidores en la diáspora escépticos de la fórmula «paz por territorios». Al atacar al estado judío desde zonas no ocupadas en el norte y en el sur, estas agrupaciones terroristas han arruinado definitivamente la ilusión de que la paz regional fuera asequible mediante la concesión territorial. Los israelíes se habían retirado unilateralmente de la totalidad de la Franja de Gaza y de la zona de seguridad del sur libanés privando así de la excusa retórica de la «ocupación» a la «resistencia islamista». No obstante, los misiles («artesanales» según la graciosa adjetivación del diario argentino Clarín) y las matanzas y los secuestros de soldados y civiles israelíes persistieron. ¿Por qué?

La causa esencial yace en el rechazo –persistente y contundente– del Islam radical y el panarabismo a la existencia soberana judía en la tierra de Israel, o en lo que ellos llaman la «Palestina histórica», que en realidad equivale a decir en cualquier parte del Medio Oriente que es exclusivamente árabe/musulmán. La causa coyuntural se apoya en el interés estratégico regional iraní. Este país está determinado a convertirse en una potencia nuclear y hará lo que sea necesario para lograrlo. Las bandas asesinas islamistas libanesas y palestinas son funcionales a una política iraní decidida a dominar el Medio Oriente como preludio a la hegemonía mundial. Esto que puede sonar fantástico a oídos occidentales es, no obstante, tomado muy en serio por los ayatolás de Teherán, lugar en el que la política belicosa y la teología fundamentalista convergen. En todo caso, ello es comprendido por varios actores mesorientales y explica la razón por la que voces de condena al ataque antiisraelí del Hezbolá se oyeron en Ryhad, El Cairo y Ammán.

Tanta atención mundial centrada en la posibilidad de que Estados Unidos o Israel atacaran a Irán, y finalmente esta nación golpeó primero. Lo hizo de manera indirecta y contenida, activando a sus lacayos en Gaza y Beirut y eligiendo como objetivo, cuando no, al estado judío. Pero el mensaje estaba dirigido a la comunidad internacional: no se entrometan con nuestro programa nuclear o incendiaremos la región. No olvidemos el timing: Irán repudió la oferta del grupo 5+1 (los miembros del consejo de seguridad de la ONU más Alemania) sobre el affaire nuclear al día siguiente de que la cúpula de Hamas en Damasco admitiera la autoría del secuestro del soldado Gilad Shalit y un día antes del secuestro efectuado por Hizbollah. Tal como señaló un editorial del Wall Street Journal, «Irán está poniendo a prueba al mundo en este momento. Y si se quiere mantener alguna esperanza en una solución diplomática a su programa nuclear, los mulás deben ver que su opción militar no será tolerada».

Para ello se le debe permitir a Israel –la nación atacada y en primera línea de la batalla islamista imperial– defenderse. Imponer un cese de fuego prematuro (o «inmediato» según reclamara el secretario general de la ONU) sería contraproducente en las circunstancias presentes. Equivaldría a arrojarle un salvavidas político a un movimiento terrorista cuya contención es imperativa para la tranquilidad regional. Significaría dejar activa una carta de agresión en la manga del expansionismo iraní. Y, sobre todo, prácticamente garantizaría nuevos ataques una vez que el grupo islamista recompusiera su organización y se rearmara militarmente. Nadie espera que el mundo libre envíe tropas para la defensa de Israel frente a esta agresión foránea, pero sí cabe esperar de la familia de las naciones que por décadas presionó al estado judío a que asumiera «riesgos por la paz» que al menos no obstaculice su legítima autodefensa cuando tales riesgos teóricos se materializan en amenazas prácticas. Particularmente, las protestas de «desproporcionalidad» en el uso de la fuerza israelí lucen desubicadas, en el mejor de los casos, y viles, en el peor, dado que darían la impresión de encubrir una condena no a la manera en que Israel se defiende, sino al derecho mismo a la defensa.

Tiene razón el analista norteamericano Robert Satloff al indicar que el cuarteto islamista del terror –integrado por dos estados (Irán y Siria), un semi-estado (la Autoridad Palestina liderada por Hamas) y un estado dentro de un estado (Hezbolá)– podría lograr lo que Yasser Arafat no logró con dos intifadas: regionalizar el conflicto palestino-israelí y alterar de manera radical el balance estratégico. Este cuarteto reúne a extremistas sunitas y chiítas con seculares baasistas en una conspiración de agresión islámica anti-occidental en la que Israel es la primera, más cercana, y más directa línea de ataque, pero de ninguna forma la única o la última. Los islamistas se han envalentonado a partir de una sucesión histórica de hechos que ellos ven con óptica triunfalista. La expulsión de los estadounidenses y franceses del Líbano en 1984, de los soviéticos de Afganistán en 1989, de los israelíes del Líbano en el 2000, de los españoles de Irak en el 2004, y de los israelíes una vez más, esta vez de Gaza en el 2005, ha consolidado en círculos islamistas una imagen de un Occidente débil y dominable.
Esta impresión ha de ser corregida si el mundo libre aspira a derrotar alguna vez al Islam fundamentalista y a su ideología autoritaria y beligerante. Ni la concesión territorial, ni el repliegue de tropas a destiempo, ni ceses de fuego forzados, ni el aislamiento de una democracia bajo fuego apaciguarán jamás a este enemigo decidido. Israel hoy está batallando en sus fronteras no solamente por su propia seguridad, sino por la de todas las naciones amantes de la paz. Los fanáticos musulmanes lo comprenden. Es lamentable que muchos en Occidente aún no.

Comunidades, Comunidades - 2006

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

El atentado a la AMIA y la sociedad Argentina – 12/07/06

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Uno de los ejes de análisis relativos al atentado del 18 de julio de 1994 -cuyo aniversario número 12 está próximo- gira en torno a la percepción social del mismo: ¿fue dicho ataque atroz perpetrado contra la comunidad judía puntualmente o contra toda la sociedad argentina?

Varios factores sustentarían la impresión de una afronta violentísima particularmente dirigida contra la judería local. La elección del objetivo es indicativo de ello: se atentó contra un símbolo de la vida judía en la Argentina; no contra algo más representativo de la argentinidad como podría serlo el Obelisco, la Catedral o el Monumento a la Bandera. Hasta el día de la fecha, son solamente las instituciones judías -sean éstas educativas, sociales, culturales o deportivas- las que se hallan protegidas por cantones de cemento y guardias de seguridad. De haber existido la impresión de un país, y no sólo de una comunidad, vulnerable al terrorismo, entonces todas las escuelas, clubes, museos, etc, de la nación estarían bajo similar protección. Esto simplemente no sucede. Asimismo, el hecho de que haya acontecido a pocos años de la voladura de la embajada israelí en Buenos Aires pudo haber reafirmado la noción vinculante entre uno y otro evento, tal como probablemente haya incidido en la conformación de dicha impresión la participación de tropas de rescate israelíes en suelo patrio. De haberse tratado de un atentado contra la Argentina ¿por qué habría exclusivamente Israel, de todos los países posibles, de enviar socorristas? Que el inconsciente colectivo percibió el atentado contra la AMIA como un incidente primordialmente anti-judío más que anti-argentino quedó plasmado en una polémica observación de un periodista desprevenido que afirmó que habían muerto “víctimas” (léase judíos de la AMIA) e “inocentes” (es decir, argentinos no judíos que pasaban por allí).

Esta imagen de un atentado de especificidad anti-judía tuvo eco global. Quien haya seguido la prensa judía mundial de aquél entonces, posiblemente estará familiarizado con una frase muy repetida que aludía al atentado de 1994 como el peor ataque terrorista contra el pueblo judío fuera de Israel desde el Holocausto. En conjunto, estos desarrollos, y posiblemente otros varios más, podrían explicar que el atentado cuyo nuevo aniversario estamos próximos a conmemorar fuera percibido por al menos gran parte de la sociedad argentina como un ataque contra la comunidad judía, fundamentalmente.

Al mismo tiempo, debe reconocerse que la nación Argentina fue deliberadamente seleccionada como objetivo, también. El horrible incidente ocurrió aquí; no en Bélgica o en Perú, y no fue resultado del azar sino de una planificada decisión foránea. Fue el peor atentado terrorista en la historia patria y, dejando de lado el hecho de que la sangre de las víctimas -judías y no judías- se mezcló indiscriminadamente, el trágico acontecimiento implicó un acto de agresión externa donde la soberanía nacional fue violada y ciudadanos argentinos atacados y asesinados por actores extranjeros (con traidora asistencia local). En suma, todos los argentinos fuimos golpeados.

Inicialmente, el shock y el espanto se apoderaron de la sociedad. Le siguieron la consternación popular y la atención periodística, las demandas de justicia, las exigencias de castigo a los culpables, y, con el tiempo, la indignación por el devenir de una causa judicial errática, compleja, y demasiado turbia. Gradualmente, la gesta recordatoria fue recayendo  casi exclusivamente sobre los hombros de la comunidad judía que, con valioso apoyo de la intelectualidad gentil, continúa cada 18 de julio llorando a los muertos, repudiando el atentado y reclamando justicia. Por su parte, excesivas internas comunitarias han socavado la constitución de un frente unido en el reclamo y firme en el seguimiento, y hasta el día de hoy la comunidad judía no ha sabido o podido resolver sus perniciosas diferencias.

Hasta aquí el pasado, ¿pero que hay del presente, del futuro? ¿Se han aprendido las lecciones de aquél atentado? ¿Se comprende la magnitud de la amenaza terrorista contemporánea? Me temo que no. Son pocos los que advierten que el mismo fundamentalismo islámico que azotó dos veces nuestras costas es el mismo que desde entonces y con escalofriante regularidad ha dejado sus huellas de odio en Nueva York, Madrid, Londres, Tel-Aviv, Chechenia, Bagdad, Ammán, Estambul y otras partes. ¿Se aprecia la resignificación de estos atentados frente a un escenario internacional con un Irán nuclear? ¿Se entiende que la conmemoración sin concientización deviene en mecanización? ¿Qué junto con el imperativo ético de honrar la memoria de los caídos tenemos un obligación práctica y moral de prevenir una repetición de análogas tragedias a futuro? Estas preguntas deben se formuladas, y, por sobre todo, y por el bien de todos nosotros, espero que en un futuro cercano, satisfactoriamente abordadas.