Entrevistó Natalio Steiner desde Israel
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Clarín
Por Julián Schvindlerman
  ¿Hacia una transformación geopolítica del Medio Oriente? – 16/10/25
Por Julián Schvindlerman
“Esto tardó 3000 años en llegar a este punto. ¿Pueden creerlo?” dijo el presidente estadounidense Donald Trump al anunciar el cese de fuego en Gaza. En su mirada, el choque religioso milenario entre el islam y el judaísmo -no meramente la dimensión política contemporánea de este conflicto- acaba de concluir. “Y se va a mantener”, aseguró.
En rigor, el islam nació hace 1400 años, Hamas no ha renunciado a su objetivo mesiánico de aniquilar a Israel y que el cese de fuego se vaya a mantener es algo incierto. No obstante, más allá de la exageración -que es un clásico en la verborragia de Trump- es cierto que hubo un cambio crucial en el teatro bélico y geopolítico regional. Potencialmente, este pacto de rehenes y de cese del fuego podría significar una redefinición estratégica del Medio Oriente, algo que algunos analistas ya llaman “el momento Yalta de la región”.
¿Cómo se llegó a este punto? La guerra comenzó tras los ataques atroces del 7 de octubre de 2023, que dejaron a Israel en estado de shock. Su respuesta fue una campaña militar de dos años que sucedió a las más acotadas del 2008-2009, 2012, 2014 y los enfrentamientos de 2021. Esta guerra estallada en octubre de 2023 fue la más larga de la historia de Israel. También la más sombría. Y se extendió a varios frentes.
El ejército israelí invadió Gaza (de donde se había retirado en 2005), destruyó la red de túneles de Hamas y eliminó a sus líderes. En su frontera norte logró algo que parecía imposible: neutralizó a Hezbolá en el Líbano mediante una operación de inteligencia excepcional. A esto se sumaron ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra instalaciones nucleares iraníes y lanzaderas de misiles balísticos. Israel también hizo represalias contra los Houtíes en Yemen y demolió buena parte de la infraestructura militar de Siria tras el colapso del régimen Assad. Asimismo, al atacar a Hamas en Catar, forzó a Doha a recalcular su posicionamiento ambiguo en el tablero regional.
Este fin (o pausa) en la guerra no se explica solamente por una mediación diplomática, sino por una relativa derrota palestina en el campo de batalla. Una medida de esto la señaló el editor del Times of Israel David Horowitz: el 7 octubre de 2023 el movimiento jihadista palestino lanzó cerca de 5000 misiles, el 7 octubre de 2024 sólo 14, y este 7 de octubre, apenas un patético misil. Hamas comprendió además que ya no tenía vías de escape: ni Hezbolá, ni Irán, ni Catar, ni Turquía podían rescatarlo. El cese del fuego fue, en realidad, una capitulación negociada.
Aquí se ve el rol central de Donald Trump. A diferencia de la Administración Biden, que había intentado moderar a Israel y frenar su ofensiva militar, el presidente republicano respaldó la continuación del combate hasta la rendición de Hamas. Su doctrina fue simple: presionar al grupo terrorista, no al país aliado.
Esa presión combinó tres elementos: amenazas creíbles a Hamas, negociaciones duras con Catar, Turquía y Egipto e incentivos a los estados árabes para participar en la reconstrucción de la posguerra. El resultado está a la vista: la liberación de los rehenes israelíes vivos, la permanencia del ejército israelí en más de la mitad de Gaza, la requerida desmilitarización de Hamas y su exclusión política en la posguerra, y la creación de una fuerza árabe de estabilización, respaldada por Washington.
Al viajar a Egipto a presentar formalmente su nuevo plan de paz, Trump profetizó el amanecer histórico de un nuevo Medio Oriente. Aunque la frase suena grandilocuente, refleja una convicción: el conflicto Hamas-Israel no se resolvería con apaciguamiento (como Europa proponía) ni con contención (como Joe Biden deseaba), sino con una victoria rotunda (como Israel concibió). Esto último no se alcanzó plenamente: Hamas aún retiene cadáveres de israelíes secuestrados y ostenta poder público mediante la ejecución de opositores internos. Sin embargo, es solo un fragmento de la máquina militar que supo ser.
La equiparación de la fase actual con la Conferencia de Yalta de 1945, donde se rediseñó el orden mundial tras la Segunda Guerra, tiene sentido ilustrativo: estamos frente a un reajuste de poder regional. Tres desarrollos militares lo hicieron posible: la derrota parcial de Hamas en Gaza; el desmantelamiento de Hezbolá y la progresiva recuperación del control del Líbano por su propio ejército; y los ataques a Irán, que dañaron su programa nuclear e interrumpieron su expansión imperial.
Estos hechos provocaron una reconfiguración apreciable: el eje radical del islam político quedó debilitado, el bloque pragmático árabe emergió como actor relevante y se reabrió la posibilidad de expandir los Acuerdos de Abraham. Pero hay que recordar que Yalta también tuvo su lado oscuro. El exceso de influencia soviética condenó a Europa oriental a medio siglo de tiranía. Si el nuevo orden de posguerra carece de equilibrio, podría ocurrir que se sustituya una dictadura jihadista por un gobierno palestino ineficaz, una reocupación israelí problemática o un tutelaje extranjero perpetuo. En tales escenarios resultará difícil imaginar una situación de paz.
En definitiva, el desenlace de la guerra Israel-Hamas representa al momento una victoria simbólica para Israel, pero todavía no una paz realizable como se viene publicitando. Israel emerge sin dudas como la nueva potencia militar regional, pero los riesgos para el Medio Oriente no desaparecerán si Hamas sobrevive políticamente, Hezbolá se recupera militarmente, los Houtíes no son aplacados, Irán activa su venganza o una combinación de todo ello.
El éxito estratégico de este acuerdo dependerá también de si los vencedores y sus aliados lograrán convertir este momento político en un proyecto de estabilidad realista. No obstante, un hecho positivo se destaca: la narrativa de sangre y fuego que Teherán y Hamas insertaron en el Medio Oriente dos años atrás, hoy se está consumiendo ante el horizonte posible de una normalización regional.
Observatorio sobre la Lucha contra el Antisemitismo (UBA) – 13/10/25
Clase de Julián Schvindlerman en el Programa Ejecutivo en Política y Gestión de la Seguridad de la UCA y la Fundación Konrad Adenauer – 26/09/25
Entrevista de Julián Schvindlerman con Sebastian Galiani – 03/10/25
Tema: El proceso de paz en Gaza
Sebastián Galiani fue viceministro de economía de la República Argentina. Es profesor en la Universidad de Maryland (EE.UU.) y obtuvo su doctorado en la Universidad de Oxford. Entre sus previos entrevistados están Nicolas Dijovne, Federico Sturzenegger, Domingo Cavallo, Laura Alonso, Sergio Berensztein, Fabián Calle y otros.
Presentación de Julián Schvindlerman en la Facultad de Derecho de la UBA – 25/09/25
Perfil
Por Julián Schvindlerman
  El genocidio es ahora una cuestión de gustos – 20/09/25
Por Julián Schvindlerman
Perfil – 20/9/2025
https://www.perfil.com/noticias/elobservador/el-genocidio-es-ahora-una-cuestion-de-gustos.phtml
Organizaciones internacionales alteraron los estándares establecidos en la definición legal de genocidio y de hambruna para poder condenar a Israel. Tel Aviv proporcionó alimentos, agua y medicinas a la población de Gaza durante el conflicto; en ninguna otra guerra moderna un ejército ayudó de forma semejante mientras el enemigo aún luchaba.
La Asociación Internacional de Académicos del Genocidio (IAGS en inglés) causó una polémica hace poco al declarar que “las políticas de Israel en Gaza cumplen con la definición legal de genocidio”. Como parte de sus fundamentos, la asociación citó a varios grupos de derechos humanos que habían llegado a la misma conclusión, así como a funcionarios de la ONU conocidos por su sesgo antisionista. Sin embargo, no señaló que algunas de esas conclusiones se basaban en reinterpretaciones de la definición legal de genocidio. Aunque se anunció que consiguió un respaldo casi unánime, apenas un 20% de los miembros de la IAGS apoyó la declaración.
En un sensacional informe emitido el año pasado, Amnistía Internacional eludió la definición legal de genocidio para determinar que Israel era culpable de genocidio. En la página 101 de su informe de 296 páginas, Amnistía Internacional afirmó que consideraba que la definición establecida de genocidio era “una interpretación excesivamente limitada de la jurisprudencia internacional que, en la práctica, impediría la constatación de genocidio en el contexto de un conflicto armado”. Es decir, Amnistía Internacional alteró los estándares establecidos en la definición legal de genocidio para poder condenar a Israel de cometer un genocidio.
Algo similar ocurrió con la infundada acusación contra Israel de haber provocado intencionalmente una hambruna en Gaza. La Clasificación Integrada de Fases de Seguridad Alimentaria (IPC en inglés), que es avalada por las Naciones Unidas, recientemente decretó que había una hambruna en Gaza; fue la primera designación de este tipo en Oriente Medio. Pero The Washington Free Beacon expuso que el IPC “modificó discretamente una de sus métricas claves (…) facilitando la declaración formal de que hay hambruna en el territorio controlado por Hamas”.
Agregó TWFB: “A diferencia de informes anteriores del IPC sobre la situación humanitaria en Gaza, el informe de julio incluye una métrica –conocida como circunferencia braquial (MUAC)– que la agencia no ha utilizado históricamente para determinar si se está produciendo una hambruna. El informe también incluye un umbral reducido para la proporción de niños que deben considerarse desnutridos para que el IPC declare una hambruna, que se reduce del 30% al 15%”.
En otras palabras, el IPC simplemente adaptó sus métricas para que encajaran con la acusación. Un análisis crítico de este reporte realizado por el coordinador de Actividades Gubernamentales en los Territorios (Cogat) de Israel y el Ministerio de Asuntos Exteriores mostró que las cifras tomadas de Unrwa para la ciudad de Gaza arrojaron índices MUAC superiores a los documentados en la literatura médica, lo que generó dudas sobre la fiabilidad de las mediciones.
Estos informes, ampliamente citados en los medios masivos de comunicación, se conocen sobre un trasfondo en que la Corte Internacional de Justicia debió evaluar una petición de Sudáfrica (nación aliada a Hamas e Irán), que instaló la acusación ya en diciembre de 2023. Así, una narrativa difamatoria se ha impuesto en la corte de la opinión pública: Israel estaría cometiendo un genocidio y hambreando a los palestinos. No obstante, la evidencia disponible sugiere otra realidad, más compleja y matizada, que combina los desafíos de una guerra urbana, los aciertos y errores de Israel, la propaganda y el cinismo de Hamas, la responsabilidad de la ONU, los intereses de los Estados, la parcialidad de muchos medios de prensa y la hostilidad de numerosas ONG. Es hora de separar la ficción de los hechos.
En primer lugar, cabe notar que algunos de los que redactaron estos informes o fueron citados en ellos manifestaron posturas abiertamente políticas con anterioridad. Para justificar la aplicabilidad del genocidio en Gaza, IAGS citó a oficiales de la ONU con un vasto récord de sesgo antiisraelí: Navi Pillay (quien ya había acusado a Israel de hacer “limpieza étnica”, fue repudiada por la administración Biden) y Francesca Albanesse (bajo sanciones de la administración Trump por su extremismo). Entre quienes redactaron el informe de la hambruna del IPC están Andrew Seal (había acusado a Israel de cometer genocidio antes del inicio de la ofensiva terrestre en Gaza), Zeina Jamaluddine (describió la masacre de Hamas del 7 de octubre como un acto de “descolonización”) y otros que apoyaron los ataques hutíes contra el transporte marítimo internacional.
En cuanto a la acusación de genocidio en sí, para que exista un genocidio se requiere la intención de eliminar un grupo, en su totalidad o en parte, como tal; no la ocurrencia de muertes civiles. Las medidas israelíes orientadas a minimizar bajas civiles, como advertir a la población gazatí acerca de zonas que serán atacadas, los desplazamientos de población civil hacia zonas seguras, los ataques precisos contra combatientes de Hamas, las operaciones abortadas para no dañar civiles, desmienten la fábula genocida.
Bret Stephens, en The New York Times, señala que si Israel tuviera verdaderas intenciones genocidas, las muertes serían muchísimo mayores y sistemáticas. Con capacidad militar ampliamente superior, podría haber destruido Gaza rápidamente. Por ejemplo, podría haber bombardeado indiscriminadamente desde el aire sin arriesgar las vidas de sus soldados en el terreno ni dar aviso previo a la población palestina, incluso por mensajes de texto enviados a sus celulares. “Un ejército genocida no tarda dos años en ganar una guerra en un territorio del tamaño de Las Vegas”, acotó el filósofo francés Bernard-Henri Lévy. Las bajas colaterales reflejan la complejidad de un conflicto urbano y asimétrico, exacerbado por las tácticas inmorales de Hamas, que oculta terroristas entre civiles y utiliza túneles para protegerse mientras los civiles quedan expuestos en la superficie.
Las imágenes de niños desesperados esperando alimentos conmueven, pero no siempre muestran el panorama completo. La académica Netta Barak-Corren destacaba en un artículo reciente en The Wall Street Journal que en conflictos como Somalia, Siria, Afganistán, Irak, Sudán, Etiopía o Yemen, la ayuda mundial suele ser desviada por milicias armadas o regímenes autoritarios. En Gaza también. (“Gaza presenta el caso más prolongado de desvío de ayuda”, anota la autora) y además la Unrwa (bajo gran influencia de Hamas) gestiona la mayoría de los servicios públicos, mientras que el movimiento yihadista se apropia de recursos y revende la ayuda gratuita saqueada. A principios de agosto, la ONU admitió que alrededor del 88% de los camiones de ayuda que entraron a Gaza desde mediados de mayo habían sido asaltados y desviados de sus destinos.
John Spencer, director del Instituto de Guerra Urbana, resalta un hecho extraordinario: Israel ha proporcionado o facilitado ayuda directa a la población de Gaza (incluyendo alimentos, agua, medicinas y combustible) mientras el conflicto está activo, y Hamas controla el territorio y retiene secuestrados a ciudadanos israelíes. Esto es histórico. En ninguna otra guerra moderna un ejército ha hecho algo semejante mientras el enemigo aún luchaba y gobernaba su territorio. Ni Gran Bretaña alimentó a los civiles alemanes mientras daba combate a los nazis en Alemania, ni Estados Unidos brindó ayuda humanitaria a los vietnamitas en zonas controladas por el Viet Cong. Este hecho, aunque raramente reconocido, es clave para entender la verdadera naturaleza del conflicto.
A esto se suma un estudio reciente de más de 300 páginas del profesor Danny Orbach y su equipo en la Universidad Hebrea de Jerusalén y otras universidad israelíes afiliadas que constata dos datos cruciales: 1) a marzo de 2025, no hubo hambruna sistemática en Gaza, y, de hecho, la entrada de alimentos superó la de períodos previos al 7 de octubre de 2023, 2) la Unrwa y otras ONG cometieron errores metodológicos, incluyendo citas circulares y correcciones retroactivas, que inflaron la percepción de crisis humanitaria. El estudio introduce el concepto de “sesgo humanitario”: la tendencia a aceptar alegatos alarmantes de partes interesadas sin verificación, lo que distorsiona los hechos, afecta las percepciones y compromete las decisiones políticas.
El sufrimiento en Gaza es innegable, pero la narrativa del genocidio y la promoción deliberada de una hambruna no se sostienen, puesto que la ayuda humanitaria fue real y sin precedentes, e Israel implementó medidas concretas para minimizar bajas civiles. Por el contrario, Hamas –el iniciador de esta trágica guerra– adoptó tácticas que pusieron adrede en riesgo a su propia población, saqueó la asistencia externa y manipuló las estadísticas.
Todas las guerras tienen entre sus víctimas a civiles inocentes y no por ello son consideradas situaciones de genocidio. Como decía Stephens, no podemos tachar de genocidio a toda guerra que no nos guste. Tergiversar la realidad no protegerá a los palestinos: solo logrará suprimir la verdad.
*Profesor titular en la carrera de Relaciones Internacionales de la Universidad de Palermo. Miembro de Profesores Republicanos y el Foro Argentino contra el Antisemitismo.
Comunidades
Por Julián Schvindlerman
  Toronto y Venecia: nuevos escenarios de la guerra en Gaza – 09/25
Por Julián Schvindlerman
Comunidades Plus – Septiembre 2025
Que en los festivales de cine se cuelen las tensiones políticas del momento no es algo inusual y dos festivales recientes así lo comprueban: ¿acaso Gaza e Israel no tienen convocatoria global? Al contraponer dos estrenos actuales advertimos, por un lado, la cálida acogida en Venecia del film tunecino The Voice of Hind Rajab, acerca de una niña palestina muerta en la guerra en Gaza, y por otro, la censura ejercida en Toronto contra el documental canadiense The Road Between Us: The Ultimate Rescue, centrado en un rescate el 7 de octubre en Israel. El contraste no es anecdótico. Refleja la creciente hostilidad contra Israel que se extiende, ya sin pudor, al ámbito de las artes visuales.
El Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) decidió excluir el único documental “proisraelí” en competencia alegando problemas de derechos de las imágenes utilizadas, pues pertenecerían a Hamas, cuyos miembros filmaron la masacre del 7 de octubre de 2023. Aunque las autoridades del Festival se echaron atrás luego de quedar en verdadero ridículo moral (si hubieran pedido autorización a Goebbels para mostrar imágenes de Auschwitz, se les cuestionó), el incidente dejó en evidencia el clima de época. Se trató de un veto cultural y una condena ideológica escondidos detrás de un alucinante tecnicismo jurídico.
Tiempo después, en Venecia se celebraba con entusiasmo la proyección de The Voice of Hind Rajab. La película fue ovacionada durante 23 minutos y logró el segundo premio del jurado. Nadie discutió derechos de autor, nadie levantó reparos. Seamos claros: es legítimo que el cine “propalestino” sea reconocido. Lo inquietante no es su éxito, sino el contraste: la empatía ilimitada hacia la narrativa palestina versus la exclusión de la experiencia israelí, incluso cuando se refiere a víctimas de una masacre perpetrada por jihadistas.
Al cotejar Toronto con Venecia vemos que el doble rasero es evidente: las víctimas en Gaza reciben reflectores en tanto que las víctimas del 7 de octubre permanecen en la oscuridad. Las imágenes y testimonios del sufrimiento palestino circulan libremente. Pero cuando un director intenta mostrar el dolor de Israel, le es negado su derecho a contar el trauma de octubre y se lo expulsa de la sala. Lo que en otros contextos sería celebrado como cine de memoria o denuncia, en el caso israelí se convierte en tabú. La motivación es visceral. Desde hace años, una parte significativa del progresismo ha adoptado sin matices el discurso que identifica a Israel con colonialismo, apartheid y genocidio. Estas difamaciones se han convertido en dogmas en ciertos círculos. La industria del cine, siempre sensible a las corrientes de opinión progresistas, está abrazando esta narrativa, potenciando lo que adora y suprimiendo lo que le molesta. La tragedia palestina atrae, el padecimiento israelí fastidia.
Esto transforma al cine en una extensión de la guerra política. Días atrás mil ochocientos actores, directores y productores de cine anunciaron un boicot completo a la filmografía israelí. Cuando los festivales internacionales discriminan por ideología o corrección política, dejan de ser foros abiertos para la expresión plural y se transforman en campos de disputa. El espacio donde debería primar la pluralidad queda reducido a una caja de resonancia de la versión palestina. Curiosamente, se pone en la mira a un cine que es diverso, cuestionador e incluso ferozmente crítico con su propio país, como lo es el cine israelí. Lejos de ser monolítico, es una filmografía que explora dilemas éticos y acontecimientos sociopolíticos con crudeza. Eliminar esa voz del circuito internacional empobrece al arte y parcializa la historia.
La paradoja es que, en nombre de la justicia, se perpetúa una injusticia. El dolor de las víctimas israelíes -asesinadas, mutiladas, violadas, quemadas o secuestradas el 7 de octubre- queda invisibilizado. Se les niega no solo la solidaridad humana, sino también el derecho a ser expresadas en el arte. En cambio, la representación del sufrimiento palestino es premiado y ovacionado. Queda así absurdamente desdibujada una competencia artística en una por el victimismo. El resultado entonces es previsible: un festival abraza una narrativa mientras otro festival cancela la opuesta.
El cine nunca fue ajeno a la polarización política, pero la asimetría actual es muy marcada. No importa ya la reputación de un festival ni la carrera de un director ni el éxito de una película; sino la credibilidad del ámbito cultural. Celebrar a una parte mientras se silencia a la otra es perder todo equilibro, es trocar el mérito artístico por el gusto político, es un acto de propaganda estilizada. Y los festivales que ceden a esa lógica se convierten en cómplices de un sesgo que mezcla el aplauso con la vileza.
El acto original de censura previa camuflado de sensibilidad política en Toronto fracasó, The Road Between Us: The Ultimate Rescue fue exhibido y aplaudido de pie durante cinco minutos, aunque por un auditorio mayormente judío. Su proyección ilustra que la empatía hacia las víctimas palestinas no tiene porque implicar negar la humanidad de las víctimas israelíes. No obstante, hoy la voz “proisraelí” -o “israelí” a secas, quizás- en el cine está siendo acallada, y eso es así porque enoja a una elite cultural que ya decidió quién merece toda la compasión, y quién ninguna.
Perfil
Por Julián Schvindlerman
  El momento de Netanyahu – 28/06/25
Por Julián Schvindlerman
Perfil (El Observador) – 28/6/2025
https://www.perfil.com/noticias/elobservador/el-momento-de-netanyahu.phtml
Podría decirse que la filosofía política y la determinación práctica de Binyamin Netanyahu abrevan de dos fuentes familiares fundamentales en su vida: su padre, Ben Zión, un académico de renombre, y su hermano mayor Jonathan, líder del épico operativo comando en Entebbe, donde cayó durante el rescate de rehenes israelíes y judíos en el aeropuerto de Uganda, en 1976. Del primero heredó su pasión intelectual; del segundo tomó su valor personal. Bibi -como es conocido por su famoso apodo- fue comando de elite en el ejército israelí, un destacado escritor y conferencista, un hábil diplomático y político, para finalmente llegar a ser el primer ministro que más tiempo gobernaría el Estado de Israel.
Por décadas se mostró preocupado por la amenaza nuclear del terrorismo en general y del Irán teocrático en particular. En su libro de 1995 Combatiendo el terrorismo: cómo las democracias pueden vencer el terrorismo doméstico e internacional, escribió: “Los gobiernos occidentales no han abordado adecuadamente la posibilidad, muy real, de que estados y organizaciones terroristas adquieran pronto terribles armas de destrucción masiva y las utilicen para intensificar el terrorismo más allá de nuestras peores pesadillas”, y advirtió que “una vez que Irán tenga armas nucleares, nada impide que se decante por un mayor aventurerismo e irracionalidad en lugar de una mayor responsabilidad”, lo cual llevaría a “una transformación increíble en la que no se amenazará ni destruirá a ciudadanos o edificios individuales, sino que ciudades enteras serán tomadas como rehenes”.
Como para confirmar el punto, unos años después, quien fuera presidente de la República Islámica de Irán, Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, dio un sermón en la Universidad de Teherán. El 14 de diciembre de 2001 (poco más de dos meses después del 9/11) ante miles de fieles pronunció: “El uso de una sola bomba nuclear dentro de Israel destruiría todo”. Netanyahu persistió con sus alertas, alcanzando un momento trascendental en ocasión de su discurso en marzo del 2015 ante el Congreso de los Estados Unidos, cuando denunció el pacto nuclear de las potencias con Teherán: “el régimen de Irán no es solo un problema judío, como tampoco lo fue el régimen nazi […] Así también, el régimen de Irán representa una grave amenaza, no solo para Israel, sino también para la paz mundial” y vaticinó: “como primer ministro de Israel, puedo prometerles una cosa más: aunque Israel tenga que defenderse solo, se defenderá solo”.
Según informó Elliot Kaufmann en The Wall Street Journal, durante una reunión de gabinete en junio de 2024, Netanyahu declaró que “la amenaza [iraní] debe eliminarse bajo nuestra supervisión” y en otra reunión cerrada afirmó: “No podemos dejarlo para la próxima generación, porque podría no haber una próxima generación”. Unos meses más tarde, hizo pública su posición.
Al dirigirse a la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre del mismo año, anunció al régimen ayatolá: “Tengo un mensaje para los tiranos de Teherán: si nos atacan, los atacaremos. No hay lugar -ningún lugar en Irán- al que el largo brazo de Israel no pueda llegar”. Y a la familia de las naciones le espetó: “Durante demasiado tiempo, el mundo ha apaciguado a Irán. Ignoró su represión interna. Ignoró su agresión externa. Pues bien, ese apaciguamiento debe terminar. Y debe terminar ya”. Agregó el premier israelí: “Durante décadas, he advertido al mundo contra el programa nuclear de Irán. Nuestras acciones retrasaron este programa quizás una década, pero no lo hemos detenido. Irán ahora busca convertir su programa nuclear en un arma. Por el bien de la paz y la seguridad de todos sus países, por el bien de la paz y la seguridad del mundo entero, no debemos permitir que eso suceda”. Y remató: “Les aseguro que Israel hará todo lo posible para garantizar que no suceda”.
Sin embargo, cuando Irán lanzó cientos de misiles balísticos y drones hacia Israel -en dos ocasiones a falta de una, en abril y octubre de aquél 2024- el Israel de Netanyahu respondió de manera acotada, si bien estupendamente quirúrgica. El momento de Bibi parecía esfumarse. Su arribo necesitó de una Administración más espabilada en la Casa Blanca y de una muy eficaz campaña de inteligencia y acción militar israelí que diezmó a los principales proxies de Teherán en las fronteras del país (a Hamas en Gaza, a Hezbolá en el Líbano, y que provocó la caída del gobierno proiraní en Siria). Finalmente, el día D llegó. El 12 de junio último, Jerusalem lanzó un impresionante ataque preventivo contra el programa nuclear de Irán aprovechando una rara ventana de oportunidad y confluencia de factores. La Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) acababa de publicar informes altamente inquietantes a propósito del estatus nuclear de Irán y estimaciones de inteligencia coincidían en la capacidad de los ayatolás de dotarse de varias bombas nucleares. La discrepancia en las evaluaciones era temporal, no acerca de la capacidad o la intención del régimen de Teherán; de por cierto muy publicitada.
Luego de la intervención militar decisiva de Washington, sobre el trasfondo de una contundente campaña aérea israelí sobre los cielos de Irán, Netanyahu reiteró su punto de que no se puede permitir al régimen más peligroso del mundo, obtener las armas más peligrosas. Con el programa nuclear iraní severamente dañado o quizás definitivamente estropeado, esta frase de Netanyahu dicha al analista Fareed Zakaria en 2016 parece adquirir un sentido histórico: “Me gustaría ser recordado como el protector de Israel. Con eso me basta, protector de Israel”.
El 7 de octubre de 2023 esa cita hubiera sonado ridícula. En junio de 2025, Bibi emerge de las cenizas vindicado.
Debate de Julián Schvindlerman en La Conversación – Infobae TV – 28/08/25
Tema: Historia, actualidad y posibles salidas del conflicto israelí-palestino
Participantes:
Kevin Ari-Levin, profesor UBA
Said Chaya, profesor UA y UNLP
Claudio Fantini, profesor U. Siglo XXI
Julián Schvindlerman, profesor UP
Moderó: Gonzalo Sánchez



