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Comunidades, Comunidades - 2007

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Los desafíos duales del Sionismo – 01/08/07

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En la actualidad, el sionismo está siendo severamente cuestionado desde un frente interno y uno externo. Éste último, es decir, el antisionismo clásico, es fácilmente reconocible: basta observar la obsesión boicoteadora de los gremios británicos contra Israel, o la tendenciosidad fiera de algunos medios de comunicación internacionales, o la agresividad diplomática de varias naciones árabes, para detectar su perniciosa presencia. De carácter no menos destructivo, sin embargo, se halla también presente el desafío del postsionismo, producto de fabricación casera: la reciente decisión de la Ministra de Educación Yuli Tamir de aprobar un libro de textos para estudiantes árabes-israelíes de tercer grado que presenta a la invasión árabe de 1948 contra Israel no como la verdad histórica que fue sino como una “narrativa” sionista en oposición a la lectura árabe de los hechos (la “Naqba”), ha sido precisamente la última manifestación de este fenómeno que alcanzó todo su esplendor durante los años noventa y que, como vemos, no ha desaparecido.

Desde sus orígenes, el sionismo ha enfrentado la decidida oposición de prominentes intelectuales judíos cuyo rechazo a la idea de un estado judío en la Tierra de Israel se sustentaba en su escepticismo hacia la noción del poder político, la fuerza militar, la intriga diplomática y demás elementos propios del ejercicio de la soberanía nacional. Figuras estelares del pensamiento judío tales como Martin Buber, Gershom Sholem, Hanna Arendt y Juda Magnes han abiertamente militado en contra del sionismo herzliano no por sentimiento anti-judío como el que anima a los antisionistas contemporáneos, sino por desprecio a la idea del poder judío. Así, por ejemplo, en 1917 líderes de la comunidad judía de Gran Bretaña publicaron un manifiesto antisionista en el periódico Times de Londres en contra de la Declaración Balfour y a favor de la igualdad de derechos entre árabes y judíos en Palestina. Del otro lado del Atlántico, filántropos estadounidenses judíos apoyaban financieramente programas soviéticos de reubicación de judíos urbanos en comunidades agrícolas en Ucrania, a la par que se negaban a asistir materialmente al esfuerzo sionista de colonizar Palestina. Adolf Och, dueño del New York Times, ponía el influyente diario al servicio de la causa antisionista dada su convicción de que “los judíos no son una nación, comparten solo una religión”. Ya en 1921 Buber propuso abandonar el sionismo en aras del binacionalismo (vale decir, en pos de una federación judeo-árabe en Palestina).

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto judío, la oposición judía al sionismo decayó, más no desapareció. Apenas unas pocas décadas desde la creación del Estado de Israel, dicha oposición reapareció; si bien bajo el estandárte de un nombre diferente. Para distinguirse a sí misma del antisionismo moderno de animadversión anti-judía, la nueva corriente profundamente crítica de casi todos los elementos constitutivos del estado judío se ha dado en llamar postsionista, pero en esencia, de implementarse su planteo programático, seríamos testigos del desmantelamiento del sionismo tal como lo conocemos.

En un libro de erudición y solvencia enciclopédicas, The Jewish State: The Struggle for Israel´s Soul, Yoram Hazony ha compilado, analizado y delatado un conjunto tan vasto de actos y pronunciamientos postsionistas de las últimas décadas que la lectura del voluminoso libro no puede realizarse sin sentir escalofríos. Tomadas individualmente, cada una de estas posturas serían debatibles. En conjunto, atestiguan acerca de una ofensiva sin tregua contra la mismísima idea de un estado judío y legitimidad de la soberanía judía.

Si hoy en día nos escandalizamos al oír comparaciones de las políticas israelíes con las políticas nazis de parte de un ex titular de la Agencia Judía, Avraham Burg, debemos recordar que fue otro judío, el profesor Yeshayahu Leibowitz quién años atrás acuño el término “judeo-nazis” para referirse a los soldados israelíes, y que el judío alemán Martin Buber ya en 1958 escribió que los judíos que creían en la eficacia del poder, habían aprendido ello de Hitler. Si hoy en día la demografía es una preocupación en Israel, debemos recordar que Gershom Shoken, editor del diario Haaretz, se expresó en 1985 a favor de los matrimonios mixtos entre árabes y judíos, y que el renombrado escritor Amoz Oz ha expresado ver “nada malo” en el hecho de que los judíos se convirtieran a otras religiones. Llevando estas impresiones hasta el extremo, A.B.Yehoshua opinó que los judíos israelíes deberían convertirse al Cristianismo o al Islam en aras de la paz fraternal. (Cabe recordar que incluso Theodor Herzl temporalmente sostuvo que la conversión de los judíos al catolicismo resolvería el problema del antisemitismo). A partir de la firma en 1993 de los Acuerdos de Oslo con la antisionista OLP, la ideología postsionista alcanzó su clímax y su agenda su más grande aplicación. En este período surgieron reclamos judíos para abolir la Ley del Retorno, desjudaizar la bandera e himno israelíes, des-sionizar la currícula educativa, y revertir la idea sionista de colonizar la tierra mediante graduales repliegues territoriales. Mientras que Shulamit Aloni, Ministra de Educación, preocupada por el sentimiento nacionalista y religioso que ello pudiera respectivamente generar, se oponía a las visitas de escolares israelíes al campo de exterminio de Auschwitz y exigía que referencias a Ds fueran eliminadas de los servicios de recordación de los soldados caídos, su subalterno, Micha Goldman, proponía modificar el contenido del “Hatikva” para que los ciudadanos no judíos de Israel pudieran identificarse con el mismo. Mientras que un periodista de Haaretz tildaba a la Ley del Retorno como iguales a las Leyes de Nuremberg, un posterior Ministro de Educación, Amnon Rubinstein, la comparaba con la Sudáfrica del Apartheid, el titular de la Autoridad de Reservas Naturales de Israel, Dan Peri, sostenía que ésta debía limitarse para proteger las reservas naturales, y el zoólogo Yoram Yom-Tov afirmaba que, desde el punto de vista ecológico, no era bueno traer tantos judíos a Israel. Cuando Haim Ramon obtuvo la secretaría-general de la Histadrut, cuyo nombre completo era “Federación General del Trabajo en la Tierra de Israel”, decidió remover “Tierra de Israel” del nombre de la legendaria institución. Cuando un comité armó el nuevo código de ética del ejército israelí, se opuso al ítem “amor por la tierra” sobre la base de que no es posible enseñar a amar y por resistir lo que denominó era una fetichización de un objeto. Mientras que la cancillería israelí fijaba como metas de su política exterior que se mantuviera la asistencia económica norteamericana a Egipto y deseba obtener lo mismo para Siria, y removía a Masada y al Golán del programa de visitas de dignatarios foráneos, el Ministerio de Turismo procuraba promover turismo desde Libia y el Ministerio de Asuntos Religiosos patrocinaba a organizaciones que promovían la peregrinación a la Meca.

Ante esta avasalladora corriente interna de renunciamiento al sionismo tradicional coexistiendo en simultaneidad con las inagotables agresiones externas provenientes del antisionismo moderno, no nos queda más que concluir que aún resta un largo camino por recorrer para que el concepto de un estado judío sea algún día finalmente aceptado…tanto afuera como adentro de nuestra casa.

Comunidades, Comunidades - 2007

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Por Julián Schvindlerman

  

El complot de los médicos: una reflexión sobre el terrorismo contemporáneo – 18/07/07

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En los trece años transcurridos desde el atentado contra la sede de la AMIA-DAIA en nuestro país hasta los recientes atentados fallidos en Inglaterra, el terrorismo ha ampliado su impacto global, ha aumentado su grado de letalidad y ha agigantado su nefasta espectacularidad. Los ataques del 11 de septiembre de 2001 marcan un antes y un después en la historia universal del terror, y el prospecto contemporáneo del terrorismo nuclear crea un horizonte, precisamente, aterrador, en lo relativo a amenazas a la paz y a la seguridad mundiales. La mera posibilidad de concebir a la más avanzada tecnología al servicio de un método tan destructivo (hoy en manos de la más retrógrada y fanatizada de las ideologías) nos obliga a reevaluar nuestras premisas más convencionales en lo referente a como lidiar con este agravado y urgente desafío internacional.

Y sin embargo, en tanto que el terrorismo ha crecido y se ha convertido en un problema casi cotidiano, y en tanto que se encuentra empleado hoy en día principalmente por militantes religiosamente tan radicalizados como geopolíticamente ambiciosos, es decir, por fundamentalistas islámicos que aspiran a la renovación global del califato de antaño, en tanto la amenaza aumenta y sus propagadores dan signos de intención y motivación cada vez más alarmantes, el resto de nosotros, las víctimas actuales y potenciales de la ira terrorista islamista, damos crecientemente signos de abatimiento, confusión y titubeo. El hecho de que todavía, ni jurídica ni diplomáticamente se haya podido consensuar una definición única de terrorismo es un lamentable testimonio a la falta de determinación imperante. Ni las Naciones Unidas, ni el Estatuto de Roma creador de la Corte Penal Internacional, ni la Convención Interamericana contra el Terrorismo ni ningún otro foro mundial o institución internacional ha logrado aglutinar un consenso lo suficientemente mayoritario o lo suficientemente sólido como para estipular lo obvio debido a la oposición de naciones subdesarrolladas que por décadas han estado desvirtuando la esencia de una simple verdad: terrorista es todo aquél que ataca de manera deliberada, con finalidades políticas o religiosas, y recurriendo al uso de fuerza letal, a civiles indefensos. La fraudulenta noción de que el terrorista para uno es un luchador por la libertad para otro debería de una buena vez ser descartada; tal como debería ser desechada la igualmente falsa idea de que la pobreza y la desesperación son factores decisivos en la gestación del terrorista moderno. Quienes masacran a civiles indefensos no tienen en mente a la libertad, ni arrojan su vida al Otro Mundo para mejorar la condición material de éste.

Pero si en los campos de la ley y la diplomacia reina soberana la indecisión, en el área del periodismo gobierna impunemente la cobardía. Y pocos casos retratan tan fielmente la penosa situación actual como la cobertura mediática de los últimos atentados frustrados en Glasgow y Londres. He aquí el titular de un influyente matutino local: “Gran Bretaña: los médicos en la mira”. ¿Los médicos? Desde que The Times informara que un líder de Al-Qaeda en Irak había anunciado el ataque a objetivos británicos de esta forma “Aquellos que te curan te matarán”, ya no hubo manera de frenar la avalancha de noticias cuyo eje fuera la medicina, no el Islam fundamentalista. Numerosos cables de noticias de agencias internacionales fomentaron el mismo tema, en un clásico ejemplo: “Ayer se supo que cinco de los ocho detenidos desde el sábado último son médicos, según confirmaron fuentes policiales, revelación que causó conmoción”. ¿¡Y como no habría de causar conmoción!? ¡Que médicos estuvieran complotando desde Irak para golpear en Inglaterra sería tan escalofriante como que arquitectos estuvieran complotando desde Marruecos para golpear en España, o como que pintores libaneses planificaran atentados contra la Argentina! Esta obvia y pueril manera de desviar la atención de la opinión pública a propósito del verdadero perpetrador de los ataques ya trasciende la mera corrección política; de por sí ya muy perniciosa. Este es un acto de cobardía. Es un acto deliberado de fingir incomprensión. Es un engaño activamente promovido hacia los cuatro puntos cardinales por profesionales deshonestos; consigo mismos y con el resto de nosotros. A diferencia de los diplomáticos y los juristas que han enfrentado la oposición sostenida de países renuentes a definir el terrorismo, los periodistas del mundo libre gozan de total libertad de expresión. Condicionados por las convenciones de un gremio altamente ideologizado, eligen desinformar.

Como resultado de todo ello, estamos cada vez más lejos de poder articular una estrategia de defensa coherente frente a la amenaza del terrorismo transnacional. Mientras que los diplomáticos sean incapaces de definir quién es un terrorista, y mientas que los periodistas simulen no saber distinguir a un terrorista de un médico, difícilmente pueda surgir la convicción -y de allí en más la determinación- en las sociedades libres de que combatir y destruir a este mal es, después de todo, posible.

Comunidades, Comunidades - 2007

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Por Julián Schvindlerman

  

Y el mundo descubrió al terrorismo… – 04/07/07

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“No hay diálogo con estos terroristas asesinos”, espetó el presidente palestino Mahmoud Abbas al definir su política hacia el Hamas que acababa de capturar la Franja de Gaza. Fue un “atentado terrorista”, afirmó el secretario-general de las Naciones Unidas Ban Ki-Moon al condenar al ataque sufrido por tropas de la FINUL en El Líbano en el que soldados españoles resultaron muertos.

Las razones por las que, esta vez, la ONU y Abbas han llamado “terroristas” a los perpetradores de tales actos, obedecen puramente a motivaciones políticas egoístas: esta vez han sido ellos mismos las víctimas del embate terrorista. La ONU tiene un largo y tristemente célebre récord de encubrimiento del terrorismo árabe anti-israelí y anti-occidental, inaugurado en el año 1972 en ocasión de la adopción de la primer resolución referente a esta cuestión, cuyo título elocuentemente ha ilustrado la posición oportuna de la Asamblea General respecto de este fenómeno criminal: “Medidas para prevenir el terrorismo internacional el que pone en peligro o toma vidas humanas inocentes o pone en jaque libertades fundamentales, y estudio de las causas subyacentes de esas formas de terrorismo y actos de violencia que yacen en la miseria frustración, pena y desesperanza y las que motivan a cierta gente a sacrificar vidas humanas, incluso las propias, en un intento de producir cambios radicales” (Res. 3034/XXVII).

Esta formulación orwelliana fue instigada por el bloque árabe/musulmán y tercermundista que procuraba justificar los actos de los “luchadores por la libertad” palestinos, entre cuyos líderes figuraba Mahmoud Abbas. Hoy, cuando facciones palestinas disidentes atacan a las filas de Abbas en lugar de a los israelíes, éstos ya dejan de ser luchadores por la libertad para convertirse en “terroristas asesinos”. Y poco parecen impactar en Abbas “las causas subyacentes” del terrorismo, sean éstas la “miseria”, la “frustración”, la “pena” o la “desesperanza” como tan sufridamente explicaba la propia ONU en 1972 y como tan habitualmente los propios palestinos y sus lamebotas en Occidente han postulado ante cada atentado atroz contra civiles israelíes, principalmente  desde 1994 en adelante. A propósito de lo cuál resulta también muy contrastante la categórica afirmación del actual secretario-general; definición que además de tomar distancia de la propia historia institucional tardíamente, es errada, pues, en rigor a la verdad, el atentado contra FINUL en junio último fue una operación de guerrilla -no de terrorismo- dado que el objetivo fue militar y no civil. Eso no le quita gravedad ni minimiza el repudio que sentimos al respecto. Tan solo nos indica cuán oportunista e hipócrita la ONU puede llegar a ser en los asuntos relativos a la violencia política mesooriental.

De a poco le fue llegando a cada uno. Comenzó en el Medio Oriente contra los “infieles”. Se empeño luego en ataques contra objetivos en Israel. Gradualmente se fue perfeccionando en letalidad y reiteración llegando a golpear en otras partes del mundo, para finalmente globalizarse por completo. Londres y Madrid, con sus pobladores habitualmente tan simpáticos hacia el sufrimiento palestino, tan apologistas de sus actos de “resistencia”, tan condenatorios de la autodefensa israelí, finalmente probaron el sabor amargo del terrorismo suicida islamista. Moscú, cuya política exterior por décadas ha sido arabista, padeció el horror terrorista islamista en Chechenia y en su propia capital. Arabia Saudita, Egipto, Jordania, El Líbano, Pakistán, Indonesia y Túnez; todos ellos defensores de la causa palestina y sus métodos de “liberación” non-sanctos, algunos de ellos promotores de la ideología fanática del Islam radical, también han sido golpeados al final del camino por la avalancha terrorista islamista. Debieron haberlo sabido: quien siembra vientos, cosecha tormentas.

En fin, en tiempos en los que publicar una determinada caricatura, escribir sobre ciertos temas políticamente incorrectos, o sencillamente abordar un avión o un autobús se han convertido en actividades de alto riesgo, en tiempos en los que oímos la denuncia pérfida de los que ayer nomás justificaban lo aberrante, es dable recordar la génesis de este ciclón de barbarie y extremismo. Es importante que jamás olvidemos que el monstruo no se alimentó solamente de su propio fanatismo, ni engordó hasta la obesidad por su propio salvajismo, sino que fue creciendo también bajo el aliento irresponsable de los oportunistas, que se agigantó con la aprobación obtusa de los necios, y que avanzó -y seguirá avanzando- por el beneplácito impío de los cobardes.

Sí, Sr. Abbas, Ud. tiene razón. Los militantes de Hamas son terroristas asesinos. Y hace Ud. bién, Sr. Ki-Moon, en repudiar en nombre de la ONU la violencia política en la región. Lo que lamentamos -desde hace un largo tiempo muchos de nosotros, y de ahora en más también lo lamentarán Uds- es que hayan hablado tan a destiempo.  

Publicado originalmente en Libertad Digital

Libertad Digital, Libertad Digital - 2007

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Por Julián Schvindlerman

  

Y el mundo descubrió el terrorismo – 03/07/07

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«No hay diálogo con estos terroristas asesinos», espetó el presidente palestino Mahmoud Abbas al definir su política hacia Hamás, que acababa de conquistar la Franja de Gaza. Fue un «atentado terrorista», afirmó el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, al condenar al ataque sufrido por tropas de la FINUL en el Líbano en el que soldados españoles resultaron muertos.

Las razones por las que en estos casos la ONU y Abbas han llamado «terroristas» a los perpetradores de tales actos obedecen puramente a motivaciones políticas egoístas: esta vez han sido ellos mismos las víctimas del embate terrorista. La ONU tiene un largo y tristemente célebre récord de encubrimiento del terrorismo árabe anti-israelí y anti-occidental, inaugurado en el año 1972 en ocasión de la adopción de la primer resolución referente a esta cuestión, cuyo título elocuentemente ha ilustrado la posición oportuna de la Asamblea General respecto de este fenómeno criminal: «Medidas para prevenir el terrorismo internacional que pone en peligro o toma vidas humanas inocentes o pone en jaque libertades fundamentales, y estudio de las causas subyacentes de esas formas de terrorismo y los actos de violencia que tienen su origen en las aflicciones, la frustración, los agravios y la desesperanza y que conducen a algunas personas a sacrificar vidas humanas, incluida la propia, en un intento de lograr cambios radicales.» (Resolución 3034/XXVII)

Esta formulación orwelliana fue instigada por el bloque árabe-musulmán y tercermundista que procuraba justificar los actos de los «luchadores por la libertad» palestinos, entre cuyos líderes figuraba Mahmoud Abbas. Hoy, cuando facciones palestinas disidentes atacan a las filas de Abbas en lugar de a los israelíes, éstos ya dejan de ser luchadores por la libertad para convertirse en «terroristas asesinos». Y poco parecen importar ahora a Abbas «las causas subyacentes» del terrorismo, sean éstas las «aflicciones», la «frustración», los «agravios» o la «desesperanza» como tan sufridamente explicaba la propia ONU en 1972 y como han postulado con tanta frecuencia los propios palestinos y sus lamebotas en Occidente ante cada atentado atroz contra civiles israelíes, sobre todo de 1994 en adelante.

A propósito de esto resulta también un fuerte contraste la categórica afirmación del actual secretario general de la ONU, una definición que además de tomar distancia de la propia historia de la institución con demasiado retraso, es errónea, pues en rigor a la verdad el atentado contra FINUL fue una operación de guerrilla y no de terrorismo, dado que el objetivo fue militar y no civil. Eso no le quita gravedad ni minimiza el repudio que sentimos al respecto. Tan solo nos indica cuán oportunista e hipócrita la ONU puede llegar a ser en los asuntos relativos a la violencia política mesooriental.

El terrorismo le fue llegando a cada uno de ellos poco a poco. Comenzó en Oriente Próximo contra los «infieles». Se empeño luego en ataques contra objetivos en Israel. Gradualmente se fue perfeccionando en letalidad y reiteración llegando a golpear en otras partes del mundo, para finalmente globalizarse por completo. Londres y Madrid, con sus pobladores habitualmente tan simpáticos hacia el sufrimiento palestino, tan apologistas de sus actos de «resistencia», tan condenatorios de la autodefensa israelí, finalmente probaron el sabor amargo del terrorismo islamista. Moscú, cuya política exterior ha sido arabista durante décadas, padeció el horror islamista en Chechenia y en su propia capital. Arabia Saudita, Egipto, Jordania, Líbano, Pakistán, Indonesia y Túnez, todos ellos defensores de la causa palestina y sus métodos de «liberación» non sanctos, algunos de ellos promotores de la ideología fanática del islam radical, también han sido golpeados al final del camino por la avalancha terrorista islamista. Debieron haberlo sabido: quien siembra vientos, recoge tempestades.

En fin, en tiempos en los que publicar una determinada caricatura, escribir sobre ciertos temas políticamente incorrectos o simplemente abordar un avión o un autobús se han convertido en actividades de alto riesgo, en tiempos en los que oímos la denuncia pérfida de los que ayer nomás justificaban lo aberrante, es dable recordar la génesis de este ciclón de barbarie y extremismo. Es importante que jamás olvidemos que el monstruo no se alimentó solamente de su propio fanatismo, ni engordó hasta la obesidad por su propio salvajismo, sino que fue creciendo también bajo el aliento irresponsable de los oportunistas, que se agigantó con la aprobación obtusa de los necios, y que avanzó –y seguirá avanzando– por el beneplácito impío de los cobardes.

Sí, señor Abbas, tiene usted razón. Los militantes de Hamas son terroristas asesinos. Y hace usted bien, señor Ki-Moon, en repudiar en nombre de la ONU la violencia política en la región. Lo que lamentamos –desde hace largo tiempo muchos de nosotros, y de ahora en adelante también lo harán ustedes– es que hayan hablado tan a destiempo.

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Por Julián Schvindlerman

  

Aires de los años noventa – 20/06/07

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En una de esas amargas ironías que muy usualmente el Medio Oriente nos arroja, la elección de Shimón Peres como el nuevo presidente del estado de Israel coincidió con la caída de Gaza en manos del movimiento islamista Hamas, con el aterrizaje de cohetes Katyusha en Kiryat Shmona, con el asesinato de un legislador libanés presumiblemente cometido por los sirios, y con el bombardeo de una mezquita chiíta en Irak. Todo un recibimiento para el hombre que se pasó buena parte de una década pronosticando el advenimiento de un “Nuevo Medio Oriente” políticamente domesticado, económicamente integrado, y socialmente pacificado. Que duda cabe que de todos los candidatos, Peres era, por lejos, el mejor dotado para el ejercicio de la presidencia israelí; especialmente al considerar la necesidad de restaurar la investidura presidencial a la luz de la partida escandalosa del lamentable Moshe Katsav. En tanto líder consustanciado con la historia israelí, políticamente bien formado y diplomáticamente experimentado, ponderado localmente y respetado mundialmente, Peres indudablemente tendrá mucho y de mucho valor para aportar al bienestar estatal desde el sillón presidencial. Es solo que no puede dejar de notarse el curioso sentido del humor de este terco Medio Oriente que parece haber querido regalarle a uno de sus referentes más prominentes un souvenir particular por haber ganado merecida y finalmente una elección. 

Pero si la coincidencia del triunfo político de Peres con una jornada mesoriental imposiblemente más alejada del horizonte prometedor de los naive noventa resulta irónico, el resurgimiento de Ehud Barak como líder del Laborismo no puede ser visto sino como una broma de muy mal gusto. La resurrección política de uno de los líderes más irresponsables y peores de la historia israelí y su coronación como titular del Partido Laborista y nuevo ministro de defensa en momentos en que el mismo pueblo al que éste ofreció Jerusalén ha transformado a la Franja de Gaza en un feudo  islamista y a Cisjordania en Somalía, es de tan mal augurio que uno comienza a sentir nostalgia por Amir Peretz. Es cierto que quedan pocos líderes históricos en Israel del estirpe y la visión de los pertenecientes a la camada de los padres fundadores, pero ciertamente uno hubiera esperado algo más del partido más tradicional de la política israelí. Barak tiene una importante experiencia política y militar a su favor, pero de nada sirve  cuando ella es puesta al servicio de políticas no sabias. Y pocas cosas lucen tan poco sabias  -hoy como ayer- que la decisión de Ehud Bark de convertirse en el primer líder de la milenaria historia del pueblo judío en haber querido voluntariamente ceder Jerusalén.  

En esta atmósfera deja-vu de los años noventa, no podía faltar el sentido de la oportunidad del New York Times que –en medio del caos palestino, cuando opositores políticos eran arrojados desde los techos de los edificios o acribillados a balazos frente a sus seres queridos en plena vía pública- consideró adecuado ¡recriminar a Israel por la construcción de asentamientos! En el mismo editorial, publicado para cuando una mujer embarazada palestina intentó, falso pretexto médico mediante ingresar a Israel para inmolarse, el Times instó a Israel a levantar los “onerosos, humillantes y asfixiantes bloqueos económicos de los movimientos palestinos”. Y, haciendo gala del irrealismo político al que nos tiene acostumbrados, sugirió que Washington y Jerusalén deberían iniciar conversaciones con el Hamas “Si el movimiento se muestra dispuesto a no involucrarse en actos terroristas y a ponerse a la altura de los gobiernos respetuosos de la ley”. Esto editorializó el influyente diario neoyorquino en el preciso momento en que Hamas había efectuado un golpe de estado y estaba en plena campaña de ajusticiamiento público y brutal de sus contrincantes.

Una mayor manifestación de insensatez provino, sin embargo, del Boston Globe, cuyos editores encontraron apropiado directamente culpar a Israel por el golpe de estado islamista en la Franja de Gaza. Honrando la más fina tradición del periodismo occidental progresista de “Culpar a Israel Primero” este diario editorializó: “La campaña de Hamas para erradicar a Fatah de Gaza no es ciertamente la única causa de la miseria de los habitantes de Gaza. Ellos por mucho tiempo padecieron la sofocante ocupación de Israel, y luego la tonta retirada unilateral de Ariel Sharon del 2005, una movida que permitió al Hamas llegar al poder con la engañosa proclama de que sus cohetes y atentados suicidas habían echado a los soldados y colonos israelíes fuera de Gaza”. En esta muestra sublime de incoherencia periodística, el Boston Globe se las ha ingeniado para culpar a Israel ¡tanto por la ocupación de Gaza como por haber puesto un fin a ella!

Los palestinos se violentan y la prensa elite internacional responsabiliza a Israel. Los malos hábitos nunca mueren.

La Capital

La Capital

Por Julián Schvindlerman

  

La verdad sobre la guerra de los seis dias – 09/06/07

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Días atrás, el actual representante palestino ante la República Argentina, Farid F. Suwwan, y su antecesor en el cargo, Suhail Daher Akel, en una columna y una entrevista respectivamente, han presentado una imagen tan distorsionada y fraudulenta de la historia del pueblo israelí y palestino, así como de la historia del conflicto entre ellos, que difícilmente pueda una breve nota de réplica esclarecer mucho al respecto. No obstante, quisiera plasmar evidencia que ellos han desconsiderado y presentar una visión más realista, menos apasionada, y definitivamente más leal a la verdad histórica de los hechos referidos a la guerra de 1967.

Comencemos por recordar lo obvio: aún cuando el estado de Israel no ocupaba territorio hoy reclamado por los palestinos (Cisjordania, Gaza, Jerusalén oriental) y por los sirios (los Altos del Golán) -y hasta 1979 por los egipcios (el desierto del Sinaí ahora en manos egipcias)- el mundo árabe en su totalidad estaba planeando una ataque mortal contra el estado judío. Antes del estallido de la guerra de junio de 1967, Egipto había expulsado a las fuerzas de paz de las Naciones Unidas que custodiaban la frontera entre aquél país e Israel, entabló una alianza militar con Siria, firmó un pacto de emergencia militar con Jordania, y movilizó tropas hacia el estado hebreo. Argelia, Irak, Libia, Arabia Saudita, Marruecos y Túnez -naciones árabes que no comparten fronteras con Israel- comenzaron a enviar soldados hacia allí. Para proteger a tres millones de israelíes de la masiva invasión anunciada por los líderes árabes y los ejércitos de 100 millones de árabes, Israel preventivamente atacó a sus vecinos y conquistó territorio que al finalizar la contienda ofreció retornar a cambio de paz. La respuesta árabe no tardó en llegar. Reunida la Liga Árabe en Kartún, capital de Sudán, emitió un comunicado famoso por su intransigencia: “No paz con Israel, no reconocimiento a Israel, no negociaciones con ella”.

En cuanto a los propios palestinos, recordemos que la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) fue creada en 1964, es decir, tres años antes de que un solo soldado israelí ingresara a Jerusalén oriental, la Franja de Gaza y Cisjordania, con el propósito de “liberar Palestina”; una Palestina que ya estaba “liberada” en realidad puesto que Gaza era gobernada por Egipto, y Jerusalén y Cisjordania por Jordania. Y recordemos esta frase exaltada del primer titular de la OLP, Ahmed Shuqayri, quién anunció en aquél entonces: “destruiremos a Israel y a sus habitantes, y en cuanto a los sobrevivientes -si hubiere- los botes están listos para deportarlos”. Y recordemos también que la OLP y sus denominados “luchadores por la libertad” estaban incesantemente atacando a población civil indefensa en Israel y posteriormente también en Francia, Alemania, Holanda y otras partes puesto que, en palabras de George Habbash, líder del Frente Popular para la Liberación de Palestina, “creemos que matar a un judío lejos del campo de batalla es más efectivo que matar a cien judíos en el campo de batalla, porque atrae más atención”.

Una vez perdida la guerra por ellos declarada, y habiendo perdido territorios desde los que agobiaron a Israel con actos de terror por décadas, los propagandistas árabes y palestinos se han pasado los siguientes cuarenta años afirmando que el estado judío es expansionista y colonialista. Pero reflexionemos. Si éste fuera el caso, ¿se hubiera retirado unilateralmente Israel del Sur de El Líbano y de la Franja de Gaza, territorios desde los cuáles ha sido atacada antes y  después de su repliegue? ¿ Hubiera entregado el desierto del Sinaí (que supera ampliamente el tamaño de todo Israel) a Egipto en el marco del acuerdo de paz entre ambas naciones en 1979? ¿Le hubiera rogado a Jordania que no ingresara a la ofensiva árabe de 1967? Si Israel fuera expansionista y colonialista, ¿hubiera entablado negociaciones con los palestinos en 1993 con el objetivo de ir poniendo un fin gradual a la ocupación? ¿Es lógico tildar de expansionista  y colonialista a un país que se asienta sobre menos del 1% de todo el Medio Oriente?

Estos son los hechos incómodos que los diplomáticos árabes y palestinos prefieren ignorar.

Comunidades, Comunidades - 2007

Comunidades

Por Julián Schvindlerman

  

Ingobernabilidad Palestina – 06/06/07

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Los cruentos choques entre Fatah y Hamas constituyen, a primera vista, una batalla por el poder político del gobierno autónomo palestino y por el control militar de la calle palestina. De manera más esencial, sin embargo, estos dos movimientos están luchando por el liderazgo del nacionalismo palestino.

Desde finales de los años sesenta, cuando la facción Al-Fatah de Yasser Arafat tomó las riendas de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) establecida por Egipto en 1964, el movimiento nacionalista palestino ha estado gobernado por esta agrupación nacionalista secular. La OLP siempre ha sido una organización paraguas que ha albergado a diversos grupos terroristas los cuáles muchas veces han cooperado y otras tantas veces peleado entre sí, pero Fatah ha mantenido su liderazgo y ha sido la principal responsable en lo relativo a las decisiones políticas, económicas y militares adoptadas por dicha organización.

Desde finales de los años ochenta, cuando el movimiento de resistencia islámico (Hamas) fue creado en Gaza, Fatah vio en éste un competidor por las simpatías populares palestinas. Al estallar la primera intifada en 1987, el Hamas ganó adeptos mediante un activo asistencialismo social y adoctrinamiento religioso, brindando soluciones a una población palestina prácticamente abandonada por líderes entonces exiliados en la distante Túnez, quienes se habían auto-proclamado como los “únicos y legítimos” representantes del pueblo palestino. Mientras que Arafat y su séquito desde un rincón del Medio Oriente predicaban perseverancia en la lucha contra los sionistas, el jeque Ahmed Yassin, fundador de Hamas, proveía servicios básicos y brindaba cobijo espiritual a los palestinos necesitados más de pan y un techo que de exaltadas pancartas nacionalistas. Preocupada por este desarrollo, la OLP adoptó un mayor involucramiento en la administración de la intifada palestina, la que en sus comienzos había surgido de forma espontánea, pero que a partir de entonces fue manipulada al servicio de los intereses olpistas.

La posición de Fatah en esta puja por el liderazgo palestino fue afianzada en 1993 a través de los Acuerdos de Oslo, los que establecieron a la Autoridad Palestina (AP) como ente gobernador del pueblo palestino asentado en Cisjordania y la Franja de Gaza. Durante el denominado proceso de paz, Hamas ofició de movimiento opositor a dichos acuerdos, llevando adelante el trabajo sucio que el Fatah -por obligaciones contractuales con el Estado de Israel- ya no podía realizar. Durante estos trágicos años, el Hamas perpetró cientos de atentados terroristas, en numerosas ocasiones bajo la luz verde de una AP liderada por nacionalistas palestinos leales a los objetivos históricos de la OLP, pero siempre actuando como grupo opositor dentro de la arena política palestina.

Esta situación sufrió un vuelco mayúsculo al ganar democráticamente Hamas las elecciones legislativas a principios del año 2006. Por primera vez en casi veinte años de contienda con Fatah, el movimiento islamista alcanzó el poder y lo hizo por la voluntad libre del pueblo palestino. Esto es algo que Fatah nunca pudo aceptar y al poco tiempo las tradicionales pujas internas palestinas cobraron una magnitud mucho mayor tanto en intensidad como en repetitividad. Ataques y contra-ataques feroces rápidamente se sucedieron, y ni los acuerdos para formar un gobierno de unidad nacional ni las varias treguas negociadas lograron frenar estas violentas luchas internecinas. Las presiones internacionales derivadas de la intransigencia del Hamas, cuya cosmovisión islamista radical le impide reconocer al estado judío y así ha estado trabando la generosa ayuda económica mundial, han acentuado la exasperación de Fatah y reforzado su determinación a recuperar el espacio perdido. Tal es el estado de anarquía en las calles palestinas, tal la arbitrariedad de las matanzas, tal la vulnerabilidad de la vida del ciudadano medio, que comenzaron a surgir cada vez más seguido tímidas voces palestinas expresando nostalgia por los “buenos viejos tiempos” de la ocupación israelí. Los insistentes ataques con cohetes lanzados desde las zonas palestinas contra poblados israelíes tienen el preciso propósito de provocar una reingreso israelí y así aglutinar a los guerreantes palestinos tras el enemigo común. De continuar estos lanzamientos de cohetes, es posible que este escenario se materialice, dado que la pasividad ante la agresión externa nunca ha sido una opción defensiva para Israel; y menos aún en tiempos en los que la capacidad de disuasión militar israelí ha quedado cuestionada durante la última guerra en El Líbano contra el Hizbullah.

El nacionalismo palestino está atravesando una de sus peores crisis históricas y la entidad palestina demuestra ser -una vez más- ingobernable, corrupta, violenta e inestable. Un editorial del diario Al-Quds al-Arabi afirmó que “la anarquía cruza todas las fronteras (…) parece que los derechos civiles son una baja prioridad (…) Las cosas van de mal en peor en los territorios controlados por la AP, y apenas se vislumbra un rayo de esperanza en el horizonte que anuncia una mejoría en la situación”. Estas líneas fueron escritas por un editorialista árabe en abril del año 2000. Siete años y muchas nuevas tragedias después, poco parece haber cambiado en la cultura política palestina.

Libertad Digital, Libertad Digital - 2007

Libertad Digital

Por Julián Schvindlerman

  

El viraje escandaloso de Al Hurra TV – 28/05/07

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Profundamente conmocionada por los atentados del 11 de Septiembre, la sociedad norteamericana se interrogó acerca del motivo por el cual era tan odiada en el Medio Oriente. Una de las conclusiones a que arribó fue que los árabes y los musulmanes estaban contaminados por la propaganda difamatoria que emanaba diariamente de los periódicos que leían, las radios que escuchaban y las televisiones que veían.

Los medios de comunicación mesoorientales estaban tan plagados de teorías conspirativas antiamericanas, y tan saturados de sentimientos visceralmente hostiles a USA, que una manera de revertir esa negativa impresión pasaba por brindar a las audiencias árabes la posibilidad de ver y oír noticias y reflexiones sostenidamente divergentes de las postuladas por el consenso periodístico de la región.

Con tal propósito, el Gobierno estadounidense creó, en febrero de 2004, el canal de televisión por satélite Al Hurra (La Libre), que emitiría en árabe y dispondría de un presupuesto anual de 70 millones de dólares. Al Hurra denunciaría las violaciones a los derechos humanos perpetradas en la región, expondría los casos de corrupción registrados en el mundo árabe, promovería la paz, apoyaría la democracia y contrarrestaría las distorsiones antiamericanas.

Y eso fue lo que estuvo haciendo hasta noviembre de 2006, cuando Mouafac Harb, un musulmán originario del Líbano, fue reemplazado en la dirección por Larry Register, un norteamericano que provenía de la CNN. Desde entonces, Al Hurra ha dado un giro de 180 grados: por más increíble que parezca, ha adoptado un sesgo visiblemente proislamista y antiamericano. Tan radical ha sido el cambio, que dos congresistas (un republicano de Indiana y un demócrata de la Florida) han instado a la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, a abrir una investigación al respecto. Tan radical, que un parlamentario iraní laico y reformista, Mithal al Alusi, ha llegado a decir: «Hasta ahora, estábamos muy felices con Al Hurra… Pero ya no».

La gota que colmó el vaso de la tolerancia a la autoflagelación del Sr. Register (tan típica, por cierto, de los periodistas progresistas de la CNN) fue la cobertura completa y en directo, durante más de 70 minutos, de un virulento discurso del líder del Hezbolá, Hasán Nasrala, a la que siguió una crítica de un oficial libanés al jefe terrorista por no haberse mostrado lo suficientemente antiisraelí y antiamericano…

A juicio de Joel Mowbray, el periodista que denunció todo este asunto originalmente, la nueva política editorial de la cadena consiste en ofrecer una cobertura amigable a los terroristas de Al Qaeda y Hamás, cuyas exageraciones, falsedades o difamaciones rara vez son cuestionadas. Veamos unos cuantos ejemplos.

– El pasado 9 de febrero los palestinos protestaron violentamente contra unas obras que se estaban llevando a cabo en Jerusalén, por orden de la alcaldía, para mejorar la seguridad en el Monte del Templo. Al Hurra hizo una cobertura especial, de casi dos horas, que superaba en extensión a la llevada a cabo por Al Yazira. Asimismo, se aseguró de que Ikrima Sabri, imán de la mezquita de Al Aqsa y ex muftí de Jerusalén (designado oportunamente por Yaser Arafat), tuviera la oportunidad de acusar a Israel de atacar con bombas y armas ligeras la mezquita y de prohibir a los servicios médicos que accedieran al lugar para socorrer a los heridos.

– El 12 de diciembre de 2006 Al Hurra dio cuenta de la conferencia negacionista del Holocausto celebrada en Teherán y dio cancha a gentes como el norteamericano David Duke y el francés Robert Faurrison, que propagaron sus mentiras sin que fueran interpelados por el corresponsal de la cadena, que se limitó a describirlos como «defensores del Holocausto». Atrás quedaban los tiempos de Mouafac Harb, cuando Al Hurra se hacía eco del 60º aniversario de la liberación de Auschwitz y entrevistaba a Elie Wiesel, acontecimiento verdaderamente extraordinario en el panorama informativo en lengua árabe.

– El pasado 20 de enero Al Hurra emitió un especial sobre Neturei Karta, un grupo marginal de judíos ultraortodoxos antisionistas. Los de Neturei participaron en la conferencia negacionista de Teherán. Los de Neturei han declarado, ante las cámaras de Al Hurra y el silencio de sus entrevistadores, que «los sionistas» incendian sus sinagogas. En Al Hurra se ha llegado a decir que Naturei cuenta con un millón de seguidores, cuando la web del propio grupo habla de apenas unos millares.

Podríamos seguir, pero creo que con estos ejemplos basta.

He aquí la historia de un canal que fue creado para ejercer de contrapeso a la propaganda antioccidental de Al Yazira y Al Arabiya y que ha terminado por competir con éstas en la promoción del antioccidentalismo. Por establecer comparaciones, imagínese que Radio Free Europe se hubiera dedicado en plena guerra fría a ofrecer una cobertura benigna sobre la Unión Soviética, o que, en plena Guerra Mundial, la BBC hubiera permitido a los nazis servirse de sus antenas para lanzar críticas contra Churchill.

Como decía recientemente un editorial del Wall Street Journal, Al Hurra puede ser una herramienta muy útil en la batalla de las ideas, tan importante en la guerra contra el extremismo islámico. Pero si va a ser otro puntal de la propaganda antiamericana, ¿para qué la necesitamos?

Publicado originalmente en Comunidades